July 14, 2023

El Demonio Come Lenguas Historias De Terror - REDE

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Demonio comen lenguas. Mi nombre es Josué. No puedo quedarme sin contar mi historia al momento de mandarla cuento con más de sesenta años. Aunque mis padres eran hondureños, yo nací en México, en un pueblo muy cerca de la frontera con Guatemala, nunca he entendido por qué nos vinimos para Acá. Cuando era niño, aún vivían mis abuelos acostumbraban visitarnos por temporadas cortas una o dos veces al año, porque ellos sí estaban en Honduras. Como yo era el más grande de mis hermanos. Recuerdo muchas cosas que al caer la noche nos platicaba mi abuelo tenía una manera muy divertida de contarnos sus aventuras, pero ya entrada la noche cambiaba su semblante y la plática se volvía más seria. Todas sus historias eran escalofriantes. Nos platicaba del ciguanaba, del cadejo y de otros más. Sabíamos que eran leyendas de honduras. Pero sobre todo, me sorprendía una historia que nos contaba sobre un siniestro devorador de animales. Era una horrible criatura con un semblante amenazador. Atacaba a los pueblos sin piedad. Lo raro de este ser es que mataba a los animales en varios lugares. Al mismo tiempo, ese animal aparecía por temporadas atacaba cada vez con más violencia. Sus víctimas no tenían escapatoria allá por mil novecientos cuarenta o tal vez en el cincuenta. Fue su primera aparición. Cuando nos escuchaba mi abuela también se unía a la plática. Nos decía que nos portáramos bien, porque si no vendría, él come lenguas para llevarnos a su cueva y ya no nos iba a regresar, porque nosotros teníamos sangre hondureña. Según ella, todos los hondureños le pertenecen a esa extraña criatura. Cuando le pregunta, sentamos que era eso. Nos dijo que era un demonio por las noches. Era protegido por las sombras y la oscuridad, sobre todo cuando la temperatura había rebasado los treinta grados. Salía del infierno a cazar. Atacaba el ganado de una manera extraña, los mataba, pero no dejaba ninguna huella. Era como si tuviera alas y no tocara el suelo. Aseguraban los pobladores que ese demonio lo que quería beber era sangre humana por miedo a ser atacadas. Las personas se resguardaban desde temprano en sus casas y no salían por las noches. Entonces ese animal o criatura se conformaba con atacar a las bestias. Además, era un ser insaciable. Podía beber la sangre de muchos animales pequeños y en ocasiones de animales grandes sin derramar una sola gota, cabía la posibilidad de que fuera invisible, porque nadie lo podía ver. Además, siempre tomaba los animales por sorpresa. Por lo mismo, prácticamente los mataba sin hacer ningún ruido. Al día siguiente, cuando los encontraba, los animales estaban con las quijatas dislocadas y lo más extraño era que no tenían lengua. La gente creía que era un pájaro en forma de león por la fuerza que mostraba al quebrarle las quijadas a los animales grandes como vacas y toros. Yo estoy segura que es un demonio, decía mi abuela, porque ese demonio no sólo le extrae la sangre a los animales, también les saca su espíritu y se lo come. Nosotros, siendo niños, nos entraba mucho miedo cuando se ocultaba el sol. Nos metíamos corriendo a la casa imaginando a un animal enorme con alas, tratando de agarrarnos por ser descendientes de hondureños. Algo que pasamos por alto era el hecho que cuando nos visitaban los abuelos pasaban cosas extrañas dentro y fuera de la casa. Los animales no hacían ningún ruido. Los perros se mostraban inquietos en ocasiones hasta temerosos llegaron a rascar las puertas queriéndose meter en nuestro patio trasero había dos árboles donde anidaban las aves, pero cuando estaban los abuelos de visita buscaban refugio en otros árboles lejos de nuestra casa. Adentro se sentía un ambiente raro como si alguien más estuviera en la casa. De hecho, en ocasiones se escuchaban algunas pisadas. Nunca sabíamos quién caminaba por las noches. Recuerdo que la última vez que mis abuelos llegaron a visitarnos pasó algo inquietante. Todo transcurría tranquilo. Al pasar la medianoche, mi abuela se levantó asustada diciendo que él come lenguas, estaba en el techo. Nos pedía guardar silencio para que pudiéramos escucharlo, también para que él no pudiera escucharnos a nosotros. Ese demonio, el devorador vino por nosotros. Decía mi abuela en voz baja desesperada, cerraba las ventanas y atrancaba las puertas mientras rezaba. Nosotros no comprendíamos lo que pasaba. La mirábamos exaltada ir y venir con el miedo reflejado en su cara. Mis padres, sin saber qué hacer, trataban de convencerla que lo había soñado y le decían que recordara que estaba en México ese animal al que tanto le temía. No podía llegar hasta acá. Mi abuela parecía no escucharlos molesta. Nos decía que hiciéramos caso. Aseguraba que ese demonio se iba a meter a la casa. Quería que todos nos escondiéramos. Su actitud me asustaba porque en el techo no se escuchaba ningún ruido ni siquiera ladraban los perros. Lo que sí se percibía era un olor horrible, nauseabundo que hacía que nos tapáramos la nariz para que no nos fuera a provocar el vómito escóndanse. Nos decía no prendan la luz, porque puede vernos desde afuera. Su mirada traspasa las paredes. Si nos encuentra, nos va a comer la lengua a todos y se va a llevar nuestro espíritu. Nunca habíamos visto a mi abuela a comportarse de ese modo ni decir cosas tan raras con el alboroto. Se levantó mi abuelo cuando la miró, la abrazó con firmeza, logrando calmarla y de paso a nosotros porque sí nos alteramos. Le dieron un café caliente. Mientras lo bebía volteaba asustada para todas partes hasta que se tranquilizó por completo. Mi papá preocupado por el comportamiento de mi abuela, les preguntó si les había sucedido algo malo allá en Honduras para que mi abuela se pusiera así. Tenía que haber sido algo muy grave. El abuelo contestó que sí. Se persignó cuando nos dijo tal vez no nos crean, pero miramos al demonio. Cuando escuché eso, sentí un gran escalofrío. Nos contó que días anteriores de venir a México esa criatura, él como el rio lengua, les había matado al menos tres animales grandes y destrozado a uno de sus perros. Todo sucedió una madrugada. Por casualidad, esa noche se desvelaron preparando los ingredientes para el mondongo, la sopa que iban a cocinar el domingo porque ya se les había hecho tarde. Tal vez eran las dos de la mañana. Primero escucharon un fuerte aleteo luego cómo algo pesado se postró arriba del techo. Mis abuelos se miraron presintiendo que era ese terrible demonio. Sabían que sus animales estaban en peligro e incluso ellos, obviamente, no iban a salir a esas horas. Sabían lo peligroso que era esa criatura todo lo que se decía de él de las cosas que hacía. Muchas personas aseguraban que era cierto. Cerraron puertas y ventanas desesperados buscaron dónde esconderse mientras escuchaban que algo pesado se movía sobre su techo de la ono. A veces se escuchaba de un lado de la casa luego del otro. Era como si tuviera la capacidad de aparecer y desaparecer o simplemente tenía alas y andaba volando alrededor después de un rato. Al escuchar ruidos extraños en el corral, mi abuelo optó por asomarse desde la ventana. Intentaba distinguir algo, pero sólo se escuchaban algunos gruñidos y miraba sombras. Todo parecía en relativa calma, pero presentía que algo malo estaba pasando. En un determinado momento, una vaca salió corriendo mi abuelo se quedó helado cuando un ser horrible la alcanzó y comenzó a atacarla. Se montó encima de ella, la tumbó con una gran facilidad, la mordió con fuerza hasta que el pobre animal dejó de moverse. Luego, algo como una sombra salió de la vaca. El demonio rápidamente la absorbió. Seguramente era el espía. Mi abuelo describió a ese animal bastante grande, con alas enormes y puntas en su espalda. El color de su pelaje era extraño, café oscuro o marrón, aunque en ocasiones se miraba negro completamente tanto que se confundía con la noche. Sus ojos eran alargados y sus orejas puntiagudas. No era un animal común, decía mi abuelo, Era el diablo con cuernos y filosos dientes. Se veía hambriento desesperado por atacar a los animales. Después de matar a la vaca, le abrió el hocico con sus dos garras hasta dislocarle las mandíbulas. Luego casi se mete dentro de ella para comerse la lengua. Quizás sintiéndose observado el extraño animal volteó con dirección a la casa. Miraba como queriendo encontrar al abuelo. Luego alzó el vuelo, perdiéndose entre la oscuridad. Segundos después se escuchó como otra criatura. También volvió, pero eran dos demonios negros, por lo menos los que estaban en el corral. Dijo mi abuelo. No se había dado cuenta que mi abuela estaba en shock. Ella también había visto a ese demonio y estaba horrorizada. Fue y la abrazó porque se veía muy mal como pudo, la ayudó y pasaron toda la noche rezando al día siguiente temeroso salieron a revisar. No fue solamente una tres vacas. Estaban tiradas muertas de la misma forma. Su hocico destrozado y sin lengua confirmaron lo que tanto decía en el suelo. No había huellas de otro animal ni rastro de sangre. Desde ese día, en adelante, mis abuelos se sintieron desprotegidos por las noches. Cualquier ruido los alteraba. Mi abuela fue la más afectada porque no encontraban un perro que ella quería. Mucho. Días después, un olor los llevó a sospechar que su mascota está muerta en el techo. Unos vecinos subieron a investigar y, efectivamente, el perro estaba arriba destrozado, no tenía lengua y prácticamente sin sangre. Ellos lo bajaron, lo enterraron en el patio, mientras mi abuela lloraba desconsolada. A partir de ahí se sospechaba que eran varios los animales o demonios los que estaban atacando. No faltó quien metió el miedo a la gente diciendo que tal vez era una manada de esas criaturas. Por eso abarcaban bastante espacio y mataban tantos animales. En una noche. Mi abuela comenzó a sufrir de alucinaciones. Decía que miraba ese demonio dentro de su cuarto, apuntaba con su dedo hacia un rincón. Juraba que ese ser espantoso, le señalaba la lengua y le decía que se iba a comer su alma. Sabiéndome abuelo que todo era imaginario, no entendía por qué en ocasiones se caían algunas cosas por sí solas? Sabiendo mi abuelo que todo era imaginario, no entendía por qué en ocasiones se caían algunas cosas por sí solas. Además del ambiente tan pesado que se sentía un olor muy desagradable invadía toda la casa. Tuvieron que curar a la abuela de espanto para que volviera la realidad, porque su comportamiento era extraño y las cosas que decía asustaban a cualquiera. Cuando el abuelo terminó de contar lo sucedido de nueva cuenta, la abuela se alteró un poco empezó a decir que él come lenguas, ya les había oído la sangre y lo seguiría donde fueran, sin importar la distancia. Durante todo el tiempo que duró el relato del abuelo, yo estuve escuchando extrañas pisadas alrededor de toda la casa. Lo que caminaba afuera era algo grande, más que un perro o una cabra. No quería imaginarme nada, pero en lo primero que pensaba era en el diablo. Mi papá todavía nervioso le dijo a la abuela que saldría al patio para que se convenciera que afuera no había ningún demonio ni nada parecido, y así pudiera estar tranquila. Los abuelos molestos le insistieron para que se quedara adentro, pero mi padre molesto dijo que no todos nos quedamos nerviosos. Cuando mi papá salió y cerró la puerta detrás de él. Tardó unos minutos que en verdad se me hicieron eternos. Escuchábamos cómo caminaba alrededor de la casa mientras le hablaba al perro. Al escuchar sus pasos, comprobé que los pasos que yo había oído minutos antes eran de un animal bastante grande y pesado más que mi papá Los minutos pasaban nerviosos. Nos mirábamos unos a otros hasta que por fin volvió. Nos aseguró a todos que afuera no había ningún come lenguas y ese animal nos dijo muy serio no habitaba esas tierras. Nos pidió que no tus viéramos miedo y nos fuéramos a dormir. Quizá me sugestioné con lo sucedido, pero después que nos acostamos de nuevo, escuché pasos arriba en el techo. Alguien se desplazaba de un lado a otro, Lo que caminara allá arriba era bastante grande y pesado. Se escuchaba el gruñido de nuestro perro, lo cual era extraño porque era un animal muy tranquilo, pero eso demostraba que alguien se andaba caminando arriba. Después de un rato de tensión, todo volvió a la calma. El perro dejó de gruñir y por fin me acosté a dormir, pero siempre muy al pendiente de todo lo que se escuchara. Todavía no amanecía cuando un ruido me despertó. Todo estaba en silencio, pero sentía que algo malo iba a suceder. Me asomé por la ventana que daba al patio trasero. Después de unos segundos me di cuenta que algo estaba parado del otro lado de la cerca de madera. Miraba hacia la casa sin hacer ningún movimiento. Por momento se me perdía de vista. Se desaparecía o se camuflajeaba porque se confundía con la cerca. Tal vez eran unos quince metros de distancia, pero aún así le podía ver sus ojos brillantes. Parecía un gato negro enorme parado en dos patas. Tuve la intención de hablarle a mi papá para que lo viera, pero al intentar moverme me dio miedo que aquel animal me descubriera y viniera a meterse a la casa para atacarme. Si esa criatura era sólo un animal, no sé por qué me provocaba tanto miedo. Seguramente mi abuela decía la verdad y eso lo que estaba afuera espiándonos. Era un demonio. Conforme iba amaneciendo. Aquel extraño ser se fue desapareciendo como si la luz lo fuera borrando. Al entrar los rayos de sol por la ventana, reaccioné me sentí como si me acabara de despertar. Yo llegué a pensar que pude estar hipnotizado por la forma que nos había hablado mi padre la noche anterior. Mejor guarde silencio. Lo preocupante era que todo lo que decía la abuela era verdad. Parecía que ese animal venía siguiéndolos a ellos desde Honduras los días que estuvieron los abuelos en nuestra casa. Ese demonio anduvo merodeando alrededor de ella. Nunca hizo el intento de meterse o de atacarnos, pero el simple hecho de saber que andaba fuera me causaba un gran temor. Nadie lo escuchaba ni lo miraba, pero yo sabía que estaba ahí. Los perros no ladraban ni lo olfateaban y los otros animales no eran atacados. Tal vez de veras, sólo quería a mis abuelos para ese entonces ya tenía miedo de lo que les pudiera suceder estando solos en su casa. No podía decirles lo que había visto, porque eso los asustaría más de lo que ya estaba. Antes de que se marcharan mis abuelos les dije que sí, les creía. Les pedí que buscaran ayuda, alguna protección. Sonriendo, Me dijeron que sí. Entendí que no era tan fácil defenderse de ese demonio. Fue la última vez que miré a mis abuelos con vida según mis papás, a dos meses que estuvieron con nosotros, enfermaron y murieron. Ellos fueron a enterrarlos. Nosotros nos quedamos en México. Yo siempre sospeché que ese demonio se atrevió a atacarlos, pero nuestros padres nos lo ocultaron, tal vez por nuestra edad. Así fue pasando el tiempo. Años después, cuando ya estaba todo olvidado, recuerdo que estaba solo en la casa. Todos habían ido a Honduras a vender la casa y a visitar las tumbas de los abuelos. A medianoche me desperté. Me di cuenta que mi abuelo estaba parado en la ventana de mi cuarto. Mirándome dos segundos reaccioné. No era posible porque mi abuelo estaba muerto en un parpadeo. Desapareció. No voy a negarlo. No podía gritar del susto. Tampoco mo verme era mi abuelo, pero ya no pertenecía a este mundo. A mí, esas cosas de fantasmas me aterraban. En otra ocasión me tocó ver a mi abuela caminando por el patio trasero. Estaba de espaldas haciendo la señal de la cruz. Rumbo al lugar donde yo había visto al demonio aquella noche, cuando se dio la vuelta, desapareció ante mis ojos. No lo podía creer. Muchas veces llegué a pensar que los veía en sueños, porque me parecía terrible aceptar que mis abuelos anduvieran penando. Tal vez ese demonio los tenía atrapados y no los dejaba llegar a su destino. Por dos noches se escucharon cosas raras, no sólo eso, algunas cruces desaparecieron en las paredes por fuera de la casa. Entonces empecé a creer que mi abuela las pintaba tratando de protegerla de algo maligno. Noches después me despertó el ladrido del perro. Por alguna razón me sentía agitado con un mal presentimiento. Me levanté. No sé por qué, como nunca salía a revisar afuera para ver qué pasaba. Era como si alguien me llamara. Había un olor extraño a veces a quemado. Luego invadía el ambiente una terrible peste insoportable. Parecía que un animal llevara días de muerto en ese tiempo teníamos gallinas y chivas, las cuales estaban tiradas en todo el patio. Algunos animales aún pataleaban antes de morir y otros estaban tan flacos que parecía que les habían succionado las entrañas. Nunca había visto cosa semejante. Era una escena que jamás voy a olvidar. No salía de mí mi asombro. Cuando sentí una fuerte mirada, se me erizó toda la piel. Cuando miré que en medio de toda esa oscuridad estaba parado un ser espantoso, me pareció más horrible que como lo había contado mi abuelo. Era un demonio, no un animal. No puedo asegurar que era el mismo que años atrás había visto, pero era igual de espantoso. Por más que lo intentaba. Me era imposible correr ese demonio. No me quitaba la mirada y empezó a leer el ambiente. Tal vez descubrió mi miedo. Cuando dio unos pasos hacia mí, reaccioné al mirarlo con la intención de atacarme corrí para meterme a la casa. Por alguna razón no pudo alcanzarme. Sólo se acercaba unos cuantos metros de la casa y se escuchaba cómo se regresaba. Recordé las cruces que había pintado mi abuela. Ahí comprendí que lo que ella quería era protegerme de esa criatura demoníaca. Me encerré de prisa. Aunque sabía que estaba a salvo. No dejaba de sentir esa mirada fría y pesada. Sabía que eso no lo producía ningún animal era cosa del diablo. Agarré un cuchillo dispuesto a defenderme. Así me pasé toda la noche. Desde mi cuarto se escuchaba cómo se cerraban y abrían las puertas seguramente por sí solas. Lo más cercano que pude sentir a ese demonio fue cuando empujaron la puerta del Cuarto y movieron la perilla con intenciones de entrar. Gracias a Dios, todo quedó en un terrible susto y a partir de esa noche, ese demonio empezó a atacar pueblos y ciudades de toda la República Mexicana. Conejos, gallinas, vacas y cabras. Amanecían muertas en sus corrales las encontraban sin ninguna gota de sangre. Nunca se encontraron pistas o huellas de qué fue lo que las atacó. Al igual que en Honduras, hay muy pocas personas que pudieron verlo por un tiempo, ese demonio se alimentó en México se llegó a pensar que eran brujas, chupa, sangre o nahuales. Otros, los más fantasiosos aseguraron que era una gárgola la culpable de los ataques. Un día así de la nada. Como llegó se fue, aunque aquí lo llamaron de otra manera. Yo sé que era ese demonio que tanto miedo le tenían mis abuelos. Él come lenguas. No puedo asegurarlo, pero sé que algún día volverá. Relato escrito y adaptado por Gato Negro