El Camino De Las Brujas: La Promesa Cumplida - Historias De Terror - REDE
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0:05 Han pasado más de 20 años desde aquella noche y todavÃa me cuesta dormir. A veces cierro los ojos y escucho los mismos pasos sobre el techo, como si algo siguiera buscándonos. TenÃa 17 años cuando sucedió todo. Mi hermana menor, mi prima, mi primo y yo viajábamos rumbo al pueblo. donde vivÃa mi abuela para pasar las fiestas de diciembre. Era un trayecto corto de apenas unas horas y mis padres aceptaron dejarnos ir solos en la camioneta familiar. Lo que ellos no sabÃan era que planeábamos tomar un atajo por el camino viejo. una ruta rural que prometÃa ahorrarnos tiempo, pero que pocos usaban porque pasaba entre cerros y tramos sin alumbrado.
0:51 Salimos a media mañana con la música alta y una hielera llena de refrescos. Las primeras horas fueron tranquilas. ReÃamos, cantábamos y hablábamos de lo mucho que querÃamos ver a la abuela. El paisaje era seco, con pastizales amarillos y árboles retorcidos a los costados. Pero conforme el dÃa avanzó, el ambiente empezó a cambiar. El cielo se cubrió de nubes densas, el aire se volvió húmedo y frÃo, y una neblina espesa comenzó a bajar desde los cerros. Apenas se distinguÃa el camino unos metros adelante. El velocÃmetro empezó a parpadear y el motor subió de temperatura. Decidimos orillarnos frente a una vieja construcción de piedra. a simple vista parecÃa una casa abandonada pero en el portón oxidado aún se alcanzaban a leer unas letras gastadas hospedaje del camino viejo no habÃa más edificios alrededor sólo monte y algunos árboles secos Miré el mapa del teléfono. Marcaba que estábamos a menos de 20 kilómetros del pueblo, aunque la señal era débil y no aparecÃa ninguna construcción registrada en la zona.
2:02 Mi prima, temblando de frÃo, insistió en entrar a pedir ayuda. La verdad, dudé un momento, pero la neblina ya cubrÃa el camino por completo. Toqué la puerta tres veces. Tardaron en abrir hasta que apareció una mujer mayor, delgada, con un vestido oscuro y una trenza que le caÃa sobre el hombro. Su rostro parecÃa amable, pero su mirada me incomodó. Era fija y profunda, como si estuviera estudiándonos. Dijo que era peligroso quedarse afuera con el clima tan cerrado, y nos invitó a pasar. El interior estaba tibio y tenuemente iluminado por lámparas de aceite. Un olor a hierbas quemadas llenaba el aire, mezclado con humo de leña, y las paredes estaban cubiertas de retratos viejos, enmarcados en madera oscura, y el piso crujÃa con cada paso. La mujer explicó que vivÃa ahà con su hermana, y que, si el motor no encendÃa, podrÃamos quedarnos a dormir. comentó que el pueblo más cercano quedaba a varios kilómetros y que su hermana sabrÃa ayudarnos por la mañana nos ofreció té algo caliente y el sabor era amargo con un toque fuerte a romero o ruda La anciana nos observaba con calma, sin hablar mucho, moviendo las manos con una agilidad extraña para su edad. Nos miraba a cada uno, como si quisiera recordar nuestros rostros. Cuando terminamos, nos llevó por un
3:33 pasillo largo, hasta un cuarto con dos camas grandes y una ventana cubierta con cortinas gruesas. dijo que podÃamos descansar y que cerrarÃa la puerta principal para evitar visitantes indeseados al salir escuchamos el cerrojo del vestÃbulo asegurarse con un chasquido metálico nadie comentó nada pensábamos que sólo era precaución mi hermana agotada se acostó de inmediato y se quedó dormida mis primos bromeaban sobre lo raro que era encontrar un hospedaje abierto en medio de la nada Yo no podÃa relajarme, sentÃa algo extraño en el aire, y en el techo se oÃan pasos lentos que avanzaban en cÃrculos y se detenÃan justo encima de nosotros. Mi prima comentó que debÃa ser algún animal. Pero el sonido era demasiado rÃtmico, casi humano. Me levanté y empecé a revisar los retratos.
4:30 HabÃa una docena de ellos, todos con personas distintas, aunque los rostros se parecÃan entre sÃ, como si fueran de la misma familia. Algunos cuadros estaban llenos de polvo y otros se veÃan recién colgados. Me detuve frente a uno. El lienzo tenÃa los ojos arrancados. Miré los demás y todos estaban igual, con huecos negros donde deberÃan estar las pupilas. Toqué el marco. La pintura estaba fresca, húmeda, como si alguien la hubiera terminado hace unas horas. Retrocedà con el corazón acelerado, pero al girarme una corriente de aire helado vino del pasillo, aunque la puerta seguÃa cerrada. Uno de mis primos, sin notar mi expresión, soltó una risa nerviosa y dijo que quizá la mujer pintaba sus propios retratos y quitaba los ojos por gusto o superstición. Todos reÃmos con fuerza fingida, pero el ambiente ya no era el mismo.
5:28 un golpe seco en el techo interrumpió las risas sonó justo encima de nuestras cabezas me acerqué a la puerta y la abrà con cuidado el pasillo estaba apenas iluminado y la lámpara del extremo titilaba proyectando sombras que parecÃan moverse el olor a hierbas era más intenso la verdad No vi a nadie, pero el piso vibraba levemente bajo mis pies, como si alguien caminara lejos, dentro de las paredes. Volvà al cuarto y traté de disimular el miedo. Les dije que era mejor descansar y esperar a la mañana. Corrà las cortinas, apagué la lámpara y me acosté sin quitarme los tenis. El sonido del techo continuaba, un paso lento y repetido, cada 30 segundos, como un reloj marcando el tiempo.
6:17 Pasó casi una hora hasta que el sueño empezó a vencerme. Entonces, escuché un murmullo muy leve que venÃa del piso inferior. Me incorporé y agusé el oÃdo. Eran dos voces de mujer, una grave y otra aguda, repitiendo palabras que no entendÃa. Me acerqué a la puerta y miré por la rendija. Desde el comedor se filtraba un reflejo rojizo, oscilante como de fuego. Vi pasar una sombra alta cargando algo entre los brazos, y detrás otra más baja, y ambas se detuvieron frente a la mesa. y escuché el sonido de algo pesado cayendo dentro de un recipiente. El miedo me paralizó, cerré la puerta con cuidado y desperté a mi primo.
7:05 Le conté lo que habÃa visto, pero me pidió que esperara, que quizás solo estaban calentando agua o cocinando. Nos quedamos en silencio unos segundos, pero el murmullo continuaba, mezclado con un sonido como de lÃquido hirviendo. Después todo se detuvo, la casa quedó en silencio, y solo se oÃan los pasos de arriba, pero ahora eran más rápidos, como si algo se moviera sobre nuestro cuarto. Mi hermana, que aún dormÃa, se quejó de frÃo. La cubrà con una cobija y al mirar hacia el retrato frente a mÃ, sentà que el corazón se me detuvo. Los ojos ya no estaban vacÃos.
7:45 Ahora estaban pintados, perfectamente delineados y me miraban directamente. Desperté sobresaltado por un ruido metálico que venÃa del pasillo. Miré el reloj de mi muñeca. Marcaba las 2.40, pero el segundero estaba detenido. Me quedé observándolo unos segundos, hasta que escuché otro sonido, como si arrastraran una cubeta sobre el suelo. Me levanté con cuidado para no despertar a los demás. Tomé la lámpara del buró. y abrà la puerta apenas lo suficiente para mirar hacia afuera la luz del corredor era tenue las lámparas de aceite parpadeaban y el aire olÃa a tierra húmeda y hierbas quemadas Al fondo del pasillo, vi a la mujer que nos habÃa recibido. Caminaba despacio, descalza, con un balde lleno de lÃquido oscuro que goteaba, dejando un rastro espeso hasta la cocina. Las piernas las tenÃa cubiertas de barro y de lo que parecÃa sangre seca.
8:48 se detuvo justo antes de entrar a la cocina y giró la cabeza hacia mà su sonrisa fue lenta casi forzada y noté que sus dientes estaban manchados no deberÃas andar por la casa a estas horas me dijo con voz grave las que vuelan podrÃan confundirte Sentà un escalofrÃo que me dejó inmóvil. No respondÃ, solo asentà y cerré la puerta despacio. Me quedé un momento apoyado contra ella, respirando con dificultad. Desperté a mis primos y a mi hermana. Les conté lo que habÃa visto, pero pensaron que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. mi primo mayor dijo que tal vez la vieja estaba limpiando algo pero aún asà se notaba que ninguno se sentÃa tranquilo apagué la lámpara pero no pude volver a dormir a los pocos minutos escuché el chirriar de ruedas sobre piedra me acerqué a la ventana con cuidado y aparté un poco la cortina Afuera, entre la neblina, vi tres figuras cubiertas con mantos negros que descendÃan lentamente por el cerro. Una de ellas cargaba un costal que se movÃa, como si algo vivo estuviera dentro. Me aparté de golpe. El corazón me latÃa tan fuerte que pensé que despertarÃa a los demás.
10:07 esperé inmóvil hasta que el sonido se perdió después todo quedó en silencio sin viento sin nada la verdad no dormà más sólo observé como la oscuridad iba perdiendo fuerza hasta que el amanecer empezó a colarse por la ventana y el sol apenas lograba atravesar la neblina a media mañana la mujer golpeó la puerta y la abrió con una llave traÃa una bandeja con pan duro y leche tibia dijo que su hermana estaba preparando el almuerzo y que después de comer podrÃamos irnos porque el camino aún no era seguro agradecimos el desayuno sin probarlo pues nadie tenÃa hambre bajamos al comedor intentando disimular el nerviosismo los relojes de las paredes marcaban horas diferentes pero uno de ellos seguÃa fijo en las 2.40 igual que el mÃo en las ventanas habÃa cruces hechas con huesos pequeños pegadas con una sustancia amarillenta que parecÃa cera le pregunté a la mujer qué eran y sonrió con tranquilidad me dijo que eran protecciones contra las del aire recordé que mi abuela solÃa decir que asà llamaban en los pueblos a las brujas que volaban de noche mis primos salieron a revisar la camioneta pero el motor no encendÃa dijeron que parecÃa que alguien habÃa vaciado el tanque aunque la aguja marcaba lleno cuando llegamos La mujer los vio desde la ventana
11:39 y comentó que esperaran un rato, que su hermana tenÃa un encargo pendiente y luego nos ayudarÃa. Nos invitó a sentarnos en la sala. El ambiente era pesado y los retratos sin ojos seguÃan colgados en las paredes, pero con la luz del dÃa parecÃan distintos. Algunos tenÃan manchas frescas sobre el lienzo, como si los hubieran retocado esa misma mañana. SentÃa que algo nos observaba desde detrás del vidrio. unos minutos después se oyeron pasos en la escalera apareció la segunda hermana era más alta que la primera de piel pálida y cabello largo hasta la cintura sus ojos parecÃan cubiertos por una capa de agua y en las manos tenÃa manchas oscuras Caminó directo hacia mi hermana menor y le sonrió con una expresión que me heló la sangre.
12:32 Luego le dijo, tienes sangre dulce pasándole los dedos por el cabello, me recuerdas a alguien. Eso no me pareció y la aparté con fuerza. Le pedà que no la tocara y exigà que nos dejaran salir. Las dos mujeres se miraron entre sà y empezaron a reÃr, con una carcajada que no sonaba humana. la más anciana dijo que el camino aún no era seguro que las del aire seguÃan buscando cuerpos jóvenes no entendà del todo pero la forma en que lo dijo me puso la piel de gallina fingà aceptar y esperé a que se distrajeran les dije a mis primos que saldrÃa un momento a revisar el coche de nuevo salà por la puerta trasera con el corazón acelerado detrás de la casa habÃa un cobertizo medio hundido en el suelo cubierto de maleza pero la puerta estaba entreabierta dentro olÃa a carne podrida y en una mesa de madera habÃa restos de animales plumas frascos con lÃquidos de colores y velas derretidas algunos frascos tenÃan etiquetas con nombres escritos a mano Encima vi fotografÃas rotas, mechones de cabello y anillos. Busqué algo que explicara lo que hacÃan ahÃ, hasta que abrà un cajón y encontré una credencial vieja, con la foto de una muchacha desaparecida hacÃa años. Recordé haber visto su rostro en un periódico viejo cuando era niño. Apoyé la mano sobre la mesa
14:02 y sentà humedad. Bajé la vista. Un lÃquido oscuro goteaba de un recipiente lleno de huesos, formando un charco bajo mis pies. El olor era insoportable y salà tambaleándome tratando de no vomitar. Al rodear el cobertizo noté una zona del terreno recién removida. La tierra seguÃa húmeda, con trozos de tela sobresaliendo. Escarbé con una rama y encontré ropa de mujer medio enterrada, junto con zapatos y trozos de cabello enredado entre el barro. Fue suficiente. Ahà entendà que esas mujeres no vivÃan solas. Eran brujas, y esa casa era una trampa para los viajeros que cruzaban el camino viejo.
14:43 Corrà hasta la casa y empujé la puerta del cuarto. les grité que tenÃamos que irnos de inmediato ellos me vieron la cara y comprendieron que no era una broma asà que salimos corriendo hacia la entrada pero la puerta principal tenÃa gruesas cadenas cruzadas tiramos con todas nuestras fuerzas sin lograr abrirla afuera se escucharon risas primero lejanas luego más cercanas hasta que sonaron justo encima del techo algo pesado se movÃa de un lado a otro raspando la madera con uñas o garras la lámpara del pasillo se apagó y un humo espeso empezó a entrar por debajo de la puerta trayendo el mismo olor a hierbas que la noche anterior las risas se transformaron en un canto suave repetido que venÃa de distintas direcciones mi hermana comenzó a llorar y mis primos empujaban sin parar la cadena y del otro lado se oyeron pasos lentos seguidos por el sonido de unas llaves la mujer mayor tarareaba una melodÃa baja mientras se acercaba nos quedamos inmóviles mirando la puerta moverse poco a poco Algo rasguñaba desde el techo, cada vez más cerca de nosotros, y en ese momento entendà que no estábamos atrapados por accidente. Nos habÃan llevado ahà a propósito, y lo que caminaba sobre nosotros esa noche no tenÃa nada de humano. Nos refugiamos en el mismo cuarto donde habÃamos dormido y atrancamos la puerta con
16:15 una cómoda. afuera se escuchaban las voces de las dos ancianas mezcladas con el viento que golpeaba las ventanas las lámparas de aceite parpadeaban lanzando destellos anaranjados sobre las paredes el aire dentro del cuarto se volvió espeso cargado de humo y olor a hierbas quemadas cada respiración pesaba como si algo invisible se colara por los pulmones las brujas comenzaron a cantar no eran palabras normales sino un idioma que subÃa y bajaba de tono con sÃlabas que parecÃan chirridos cada nota hacÃa vibrar el suelo y las ventanas se empañaron desde dentro y entre la neblina del vidrio aparecieron manos pequeñas con uñas largas presionando desde fuera como si quisieran entrar mi prima menor se encogió llevó las manos a la cabeza y empezó a convulsionar sus ojos se pusieron en blanco y la boca se le tensó hasta que los dientes le rechinaban la sostenÃamos mientras rezábamos pero las oraciones se perdÃan entre los cantos sentÃa que algo le apretaba el cuerpo como si la estuvieran sujetando por dentro le mojé la frente con agua del vaso que tenÃamos en la mesa aunque no sirvió de nada el olor a humo se hizo más fuerte y la luz de las lámparas comenzó a fallar de repente todas se apagaron al mismo tiempo y la oscuridad nos envolvió en ese instante se escuchó un golpe seco en el
17:47 techo las tablas vibraron y un polvo fino cayó sobre nosotros El silencio duró apenas unos segundos, hasta que un sonido húmedo, como el goteo de algo espeso, bajó desde la esquina del techo. Alcé la mirada y una figura descendÃa muy lento, suspendida en el aire con los brazos extendidos y un velo cubriéndole el rostro. La reconocÃ, era la anciana del cobertizo. La piel le colgaba en pliegues oscuros y la boca la tenÃa cosida con hilos gruesos. Aún asÃ, de su garganta salÃa un silbido agudo, constante, que se colaba por los oÃdos y hacÃa vibrar los vidrios.
18:27 Cada vez que silbaba, las paredes temblaban. Las voces del exterior se unieron a la suya, gritando frases que no entendÃamos. La puerta empezó a moverse. primero con leves golpes luego con sacudidas tan fuertes que la cómoda se deslizó unos centÃmetros mis primos empujaron el mueble con el hombro pero los cajones se abrieron por la presión desde arriba se oÃan pasos rápidos y uñas rasgando la madera mi hermana gritó y dijo que algo se movÃa bajo la cama encendà mi lámpara de mano la última que quedaba con aceite y me agaché lo único que alcancé a ver fue una mano negra arrugada y con los dedos torcidos que se retiró con un movimiento seco el aire empezó a zumbar un sonido grave que me hizo vibrar el pecho era como si miles de insectos revolotearan dentro del cuarto la lámpara titiló lanzó un último parpadeo y se apagó quedamos en penumbra y la anciana del velo descendió por completo y tocó el piso sin hacer ruido el silbido cambió a un chillido que nos perforó los oÃdos los vidrios de la ventana vibraban mi primo mayor desesperado sacó una navaja que traÃa en el cinturón y trató de enfrentarse a ella avanzó con la hoja extendida pero la mujer ni se movió La punta le rozó el pecho y se clavó, aunque no salió sangre. Ella giró
19:58 la cabeza y los hilos que le cerraban la boca empezaron a reventarse uno por uno. En eso, un ruido áspero salió de su garganta. Entonces, el vidrio de una ventana estalló con un crujido. El viento entró de golpe, apagando lo poco que quedaba de luz. Aprovechamos ese momento, empujamos la cómoda y abrimos paso hacia la ventana rota. Nos cortamos las manos con los bordes, pero logramos salir al patio trasero. Corrimos sin mirar atrás. El aire estaba helado y la neblina tan espesa que apenas se distinguÃan las siluetas de los árboles. Detrás de nosotros seguÃan las voces, ahora más lejos, pero aún claras. mezcladas con risas y un sonido que parecÃa aleteo de alas grandes. Nos internamos entre los matorrales, tropezando con piedras y raÃces. Avanzamos sin dirección, guiándonos solo por el instinto. Después de un largo rato, vimos una luz roja parpadeando a lo lejos. Era una patrulla abandonada, con las puertas abiertas. En ella habÃa una sirena portátil. que al moverla se encendió sola, lanzando un sonido débil y distorsionado. Lo dejamos sonar, con la esperanza de que alguien nos escuchara. Pasó casi una hora antes de que un camión apareciera por el camino. Le hicimos señas y se detuvo. Los dos hombres que iban dentro nos miraron sin entender nada. Les explicamos lo poco que pudimos,
21:28 entre temblores y llanto. Nos subieron en la parte trasera y nos llevaron directo al puesto de policÃa del pueblo. Los oficiales escucharon la historia sin creerla del todo, pero aún asà aceptaron acompañarnos al lugar. Volvimos al camino viejo cuando el sol ya estaba alto. Sin embargo, la posada habÃa desaparecido. En su lugar solo quedaban restos de madera ennegrecida, como si hubiera ardido durante la noche. Entre las cenizas encontraron huesos humanos y una olla de barro con fotografÃas rotas, mechones de cabello y trozos de tela quemada. El letrero de hospedaje del camino viejo estaba tirado a un costado, todo chamuscado. Ninguno de nosotros volvió a hablar mucho de lo ocurrido. Mi prima, la que convulsionó, perdió el cabello en pocos dÃas. Los médicos no supieron explicar por qué.
22:24 Mi hermana tuvo pesadillas durante meses y mi primo dejó de conducir de noche. Yo soñaba cada noche con las manos sobre el vidrio y con el silbido que atravesaba el aire. Con los años tratamos de convencernos de que todo habÃa sido un trauma, una alucinación colectiva causada por el miedo, pero dentro de mà sabÃa que no era asÃ. hace unos meses cuando ya vivÃa en otra ciudad recibió una carta sin remitente el sobre estaba húmedo y el papel amarillento como si hubiera sido enterrado dentro en tinta rojiza decÃa sólo una frase falta una deuda por cobrar El olor a hierbas invadió mi casa esa misma noche.
23:09 Pensé que era mi imaginación, pero desde entonces todas las madrugadas escucho pasos sobre el techo, siempre a la misma hora, las 2.40. Mi esposa dice que deben ser aves, pero yo sé que no. He salido varias veces al patio y entre la neblina he alcanzado a ver dos figuras de mujeres mirando hacia mi ventana. No se mueven. No hablan, solo me observan con el cabello cayéndoles al rostro y las manos cruzadas frente al pecho. Cada madrugada vuelve el mismo silbido, ese sonido que escuché en el cuarto cuando la anciana del velo bajó del techo. He pensado en mudarme, pero algo me dice que da igual, aunque cambie de lugar, ellas ya saben dónde estoy. No cuento esto para que me crean, sino para advertirlo. Hay caminos por los que nadie deberÃa pasar, y el camino viejo es uno de ellos.
24:13 TenÃa 17 años cuando mi madre y yo llegamos a San Julián del Monte, un pueblo perdido entre cerros y caminos de piedra. HacÃa dos semanas que habÃamos enterrado a mi padre, y ella insistió en que debÃamos empezar de nuevo lejos de la ciudad. DecÃa que la casa de mi tÃa, una propiedad vieja que habÃa quedado vacÃa tras su muerte, era el lugar perfecto para volver a respirar. El camino fue largo, empinado, y conforme subÃamos, la neblina se volvÃa tan espesa que los árboles se difuminaban entre el gris. San Julián era un sitio silencioso y triste. Las calles angostas parecÃan torcidas por los años, y las casas tenÃan techos vencidos por la humedad. Al llegar a la plaza, la gente nos observó sin disimulo. Recuerdo a una mujer que al vernos pasar se persignó. Mi madre sonrió con esa calma que siempre la acompañaba, fingiendo no notar el rechazo.
25:14 A pesar del frÃo, no temblaba, su piel era lisa, su cabello negro reflejaba la luz, y sus ojos tenÃan un brillo que no correspondÃa al rostro de una mujer que acababa de enviudar. Nadie habrÃa creÃdo que tenÃa más de 40 años, pues parecÃa detenida en el tiempo. Desde el primer dÃa, noté que las mujeres del pueblo la evitaban. Cuando entramos a la tienda, el dueño apenas nos miró y se limitó a señalar con la cabeza. una anciana me tomó del brazo al salir y me dijo en voz baja que tuviera cuidado que las que se bañan de noche no rezan a Dios sino al otro quise creer que eran supersticiones de gente desconfiada pero su tono me dejó un nudo en el estómago la casa quedaba al final de una vereda rodeada de pinos altos y un cerco de piedra cubierto de musgo adentro olÃa a madera húmeda y a encierro En el comedor habÃa retratos antiguos y una vela consumida sobre la mesa. Mientras mi madre limpiaba, encontré un baúl junto a la escalera que bajaba al sótano. En él habÃa objetos extraños, velas negras, frascos con lÃquidos oscuros, una cruz invertida y una figura de madera con cuernos tallados. La tomé por curiosidad, pero de inmediato escuché la voz de mi madre detrás de mÃ.« Guarda eso», me dijo arrebatándome la figura. Son cosas de familia, asà que no las toques. Su mirada fue dura, distinta,
26:46 asà que esa noche me costó dormir. Con los dÃas tratamos de llevar una rutina normal. Ella cocinaba, lavaba la ropa y hablaba de cómo Ãbamos a reparar la casa, pero cada noche desaparecÃa durante horas. DecÃa que bajaba al pueblo a rezar por el alma de mi padre, aunque nunca llevaba rosario ni biblia. Una madrugada escuché pasos en el patio. Me asomé por la ventana y la vi alejarse hacia el monte con una lámpara en la mano. Dudé si seguirla, pero me quedé quieta, pues detrás de ella, sobre el suelo, quedaban marcas circulares de ceniza que brillaban débilmente, como si el fuego se acabara de extinguir. A la mañana siguiente, el olor a azufre impregnaba la casa. Las escaleras amanecÃan con polvo gris, y en la cocina aparecÃa una fina capa de ceniza sobre la mesa. Cuando le preguntaba, ella sonreÃa y decÃa que era la humedad del lugar.
27:45 Sin embargo, el aire tenÃa un sabor amargo, y las paredes parecÃan absorber los sonidos. Una noche no pude contener la curiosidad. me despertó un murmullo que venÃa del sótano tomé una vela y bajé despacio la puerta estaba entreabierta y desde el interior se filtraba una luz rojiza como de brasas encendidas escuché la voz de mi madre baja y constante pronunciando palabras que no entendÃa Le hablaba a alguien. Entonces oà una respuesta. Una voz grave, profunda, que parecÃa salir del suelo. Pero en eso dijo mi nombre. Sentà que la cera caliente me caÃa sobre los dedos. Mi madre respondió algo sobre la fecha, la ofrenda y la sangre propia como pago. retrocedà sin hacer ruido y subà las escaleras con el corazón desbocado pasé el resto de la noche despierta mirando la puerta del cuarto y esperando escucharla subir al amanecer entró a mi habitación con un tono amable que no recordaba llevaba una bandeja con desayuno y una sonrisa impecable me acarició el cabello y me dijo que el dolor habÃa terminado que lo peor ya habÃa pasado sus ojos parecÃan vacÃos pero su voz sonaba dulce durante los dÃas siguientes se comportó como nunca me preparaba mi comida favorita me dejaba dormir hasta tarde y
29:15 una tarde llegó del pueblo con un vestido blanco nuevo Dijo que era un regalo y que lo usara pronto, porque se acercaba una fecha importante. Me abrazó y repitió que tendrÃamos una vida mejor, que Dios asà lo dijo, aunque sonó extraño en su boca, nos habÃa dado otra oportunidad. Esa noche, mientras intentaba dormir, repasé todo lo que habÃa visto. El baúl con los objetos, las marcas de ceniza y la voz del sótano. Algo me decÃa que el cambio de mi madre no era una casualidad. HabÃa un motivo detrás de tanta amabilidad, y lo sentÃa cada vez que sus ojos se quedaban fijos en mà por demasiado tiempo.
29:59 Ya no veÃa en ella a la mujer que me crió, sino a alguien que esperaba el momento exacto para cumplir con algo que yo todavÃa no entendÃa. No dije nada y decidà esperar, pero en el fondo presentÃa que la vida mejor de la que hablaba no era para las dos. A las semanas de vivir en San Julián empecé a notar que mi madre cambiaba. Su piel, antes pálida por el cansancio, tenÃa un brillo extraño, como si reflejara más luz de la que recibÃa. su cabello naturalmente oscuro se veÃa más grueso y brillante y su voz habÃa perdido aquella aspereza con la que me llamaba desde niña todos parecÃan notarlo pues algunas vecinas la observaban desde las ventanas murmurando entre ellas cada vez que pasábamos era evidente que su aspecto despertaba tanto admiración como miedo una tarde cuando regresaba del pozo con un balde de agua una anciana me detuvo en el camino se llamaba tomasa y era la única que me hablaba desde que llegamos tenÃa las manos temblorosas y una mirada cansada tu madre no reza niña me dijo en voz baja lo que hace allá abajo no es oración Cada 20 años se entrega algo, por eso no envejece. No supe qué responder, quise pensar que deliraba o que solo repetÃa supersticiones del pueblo. Pero esa noche, mientras mi madre se peinaba frente al espejo, entendà que
31:30 no mentÃa. Su rostro se veÃa tan joven que parecÃa el de una mujer de 30 años. con los dÃas su comportamiento se volvió diferente se levantaba antes del amanecer limpiaba cada rincón de la casa y quemaba hierbas en la estufa el olor era fuerte una mezcla de cera derretida y tierra húmeda en el comedor colocó un mantel rojo y trajo flores que nunca habÃa visto por la zona de pétalos oscuros y hojas gruesas dijo que se preparaba para una noche especial vamos a celebrar me dijo es hora de dejar atrás el luto sacó el vestido blanco que me habÃa regalado semanas atrás y me pidió que lo usara habrá invitados añadió con una sonrisa y quiero que estés hermosa no quise discutir fingà calma y acepté esa tarde mientras barrÃa el corredor escuché su voz provenir del sótano no rezaba cantaba una melodÃa lenta en un idioma que no entendÃa las notas subÃan y bajaban como un lamento Me acerqué con cuidado y miré por la rendija de la puerta. Adentro, la luz se movÃa en cÃrculos, como si varias velas giraran a la vez. Me aparté de inmediato con el corazón acelerado. Al bajar a la cocina más tarde, encontré los frascos del baúl abiertos sobre la mesa. Algunos tenÃan hierbas secas, otros lÃquidos espumosos, y uno guardaba algo que parecÃa una lengua. En el mantel
33:01 habÃa marcas circulares de sal y cera derretida. No quise tocar nada, la verdad. La casa entera olÃa a humo y a azufre. Cuando anocheció, el ambiente cambió. La neblina cubrió los ventanales y el aire se volvió espeso. Mi madre subió las escaleras con un vestido negro ajustado y un collar de plata que nunca le habÃa visto. Sus labios estaban pintados y sus ojos brillaban como si llevara fuego dentro.« Ponte el vestido, hija», me dijo,« pues es una noche para recordar». Obedecà a lo que me dijo, pero al bajar encontré la mesa servida con platos que jamás habÃamos usado. En el centro, varias velas negras encendidas, rodeadas de flores rojas y frutas cortadas. El mantel rojo parecÃa recién planchado. me senté frente a ella intentando disimular el temblor de mis manos¿ qué celebramos? le pregunté ella me respondió sonriendo y me dijo a tu padre y lo que vendrá después mientras hablaba las sombras del techo se movÃan las velas crepitaban sin viento y el olor a cera se mezclaba con otro más fuerte como azufre o carne quemada La respiración se me volvió pesada. Mi madre se levantó, echó el cerrojo de la puerta principal y regresó a mi lado. Me tomó la mano con suavidad y me dijo, cierra los ojos. Intenté negarme, pero el aire se volvió tan denso que me mareé. todo
34:33 giró a mi alrededor y cuando los abrà de nuevo ya no estábamos en el comedor estábamos en el sótano el suelo estaba cubierto de sÃmbolos pintados con sangre seca en el centro un cÃrculo de fuego rodeado de velas derretidas El calor era sofocante y cada respiración ardÃa. Mi madre estaba tranquila, incluso sonriente, y me dijo,« No tengas miedo, hija. Todo esto es por tu bien». RetrocedÃ, pero el suelo temblaba bajo mis pies. Intenté correr hacia las escaleras, pero algo invisible me sujetó los tobillos. Ella se acercó despacio, me tomó del rostro y sus dedos estaban tan frÃos que me hicieron estremecer.« Te amo, hija», me susurró.« Naciste para algo grande, y gracias a ti, las dos viviremos para siempre».¿ Qué estás haciendo? Le pregunté llorando. Cumpliendo con una promesa, me respondió con firmeza. Hace muchos años ofrecà mi sangre al que me dio poder, pero el pacto debe renovarse, y tú eres la única que puede hacerlo.
35:42 El corazón me golpeaba el pecho. De pronto, la misma voz que habÃa escuchado aquella noche resonó desde el fuego, más profunda y cercana. El tiempo ha llegado, Beatriz. Cumple lo prometido. Mi madre tembló, pero no retrocedió. Se inclinó ante el fuego y empezó a recitar frases rápidas, con una voz que no era la suya. Las llamas subieron y su piel brilló como si ardiera desde dentro. Perdóname, hija. Es la única manera. La llama cambió de color, tornándose verde, y el olor a azufre llenó la habitación. Intenté moverme, pero mis pies estaban fijos al suelo. Ella sacó una daga de plata y la sostuvo con ambas manos, y me gritó que no dolerÃa. Grité y logré empujarla con todas mis fuerzas. La daga cayó al suelo y rebotó con un sonido metálico. Las llamas se levantaron de golpe y en el siguiente segundo todo se apagó. El silencio fue total. En la oscuridad solo se escuchaba su respiración, agitada y rota.« El sacrificio está incompleto», murmuró, y no supe qué hizo después. Solo sentà su cuerpo empujarme y el olor del humo llenando los pulmones. Luego todo se volvió negro. Cuando el fuego del cÃrculo se apagó, todo quedó en una oscuridad espesa. El aire olÃa a metal y ceniza, y en el silencio se escuchaba el goteo del sudor cayendo sobre el suelo. Mi madre respiraba con dificultad.
37:16 Traté de moverme, pero el cuerpo me pesaba. Entonces, del fondo del sótano vino un crujido, como si algo se arrastrara entre las sombras. Subà las escaleras casi a tientas. Los escalones temblaban bajo mis pies. Detrás de mà escuché a mi madre gritar mi nombre, pero su voz ya no era la misma. Sonaba deformada, más grave, como si no viniera de su garganta. Un polvo negro caÃa del techo y, cuando miré hacia abajo, vi el fuego encenderse otra vez. Sólo que esta vez no era una llama natural. Era oscura, con destellos verdes, como si respirara. Algo se movÃa adentro. No supe si era una sombra o una forma.
38:02 pero tenÃa brazos y una silueta que se estiraba hacia ella. Mi madre gritó, extendiendo la mano hacia mÃ, pidiendo ayuda, pero el fuego la rodeó. Su cuerpo empezó a retorcerse dentro del cÃrculo y de su boca salÃa un sonido que no parecÃa humano. El suelo tembló tan fuerte que las botellas del estante cayeron y se rompieron. El olor a azufre se volvió insoportable. Corrà sin mirar atrás, subà las escaleras y salà por la puerta principal. El aire de la noche me golpeó el rostro como un balde de agua helada. Afuera el cielo estaba cubierto de nubes y la niebla habÃa bajado hasta el jardÃn. caà de rodillas sobre el pasto húmedo a mis espaldas la casa crujÃa y desde una de las ventanas vi una sombra enorme levantarse dentro del sótano parecÃa tener forma humana pero se estiraba hasta el techo y al moverse dejaba una estela de fuego mi madre seguÃa adentro gritando la vi por un instante de pie frente al ventanal con el cabello encendido en llamas y los brazos extendidos hacia mà Luego el cristal estalló y una lengua de fuego la envolvió por completo. Las llamas se extendieron por las paredes subiendo hasta el techo. Corrà hacia el monte tropezando con las piedras mientras el sonido del derrumbe resonaba detrás de mÃ.
39:27 La noche era frÃa y no se oÃa ni un solo grillo. Desde la ladera vi cómo la casa se incendiaba desde abajo, como si el fuego naciera del suelo. El resplandor anaranjado iluminaba los árboles y en el aire se elevaba un humo espeso que olÃa a azufre. Me quedé mirando hasta que el último grito de mi madre se perdió entre el crepitar de la madera. Cuando amaneció, el fuego ya se habÃa consumido. Los vecinos subieron al ver el humo. Encontraron las ruinas reducidas a cenizas y un cuerpo carbonizado, con un anillo de plata que reconocà de inmediato. Era el que mi madre usaba desde que tengo memoria. No pude acercarme. Sentà que si lo hacÃa, algo me arrastrarÃa de nuevo hacia esa oscuridad. Los dÃas siguientes pasaron como en un sueño. Me quedé en casa de una mujer del pueblo que me daba de comer y me cubrÃa con mantas. No recordaba cómo habÃa llegado ahÃ, pues nadie me preguntaba mucho. Todos sabÃan que Beatriz no era una viuda común. Un sacerdote intentó bendecir el terreno donde estuvo la casa, pero el suelo se hundÃa cada vez que clavaban la cruz. Al final el padre dijo que ese sitio debÃa dejarse como estaba. para que lo que fue no vuelva a salir me mudé con unos parientes en otro pueblo no dormÃa bien pues cada vez que cerraba los ojos veÃa el fuego del sótano encendiéndose otra vez y a mi madre dentro del cÃrculo girando
40:58 el rostro hacia mà pasaron semanas hasta que me animé a mirarme en un espejo lo hice una mañana y me quedé helada mi piel lucÃa más clara que antes y mi cabello que siempre fue castaño se veÃa más oscuro pensé que era el reflejo de la luz pero no lo era esa misma tarde descubrà una marca en mi brazo derecho un sÃmbolo pequeño grabado en la piel idéntico a los que habÃa visto pintados en el suelo del ritual Era como una quemadura con lÃneas entrelazadas que se unÃan en el centro. Intenté lavarla, frotarla con jabón, pero no desapareció. En los dÃas siguientes empezó a picarme y por las noches sentÃa calor en el lugar exacto donde estaba. No se lo conté a nadie. Me convencà de que era parte de un sueño o una secuela del incendio. Pero cada noche el olor a ceniza regresaba.
41:56 A veces, justo antes de dormirme, escuchaba la voz de mi madre repitiendo las mismas palabras que dijo en el sótano. La belleza se hereda, pero el pacto también. Con los años, el cuerpo de mi madre se convirtió en recuerdo, pero su presencia no se fue. En los espejos, mi reflejo comenzó a cambiar poco a poco. Cada año, mi piel se mantenÃa igual de firme. sin una sola arruga, sin marcas del tiempo. La gente me decÃa que parecÃa no envejecer y eso, en lugar de halagarme, me llenaba de miedo. Intenté rehacer mi vida, me mudé a otra ciudad, estudié, trabajé y evité volver a mencionar su nombre, pero no pude borrar lo que vi. Cuando cumplà 37 años, miré una fotografÃa mÃa y noté algo que me heló. TenÃa el mismo rostro que mi madre cuando la vi por última vez.
42:51 nunca me casé ni tuve hijos la verdad no quise tentar al destino cada aniversario de aquella noche siento el mismo olor a azufre que impregnaba nuestra casa a veces me despierta un silbido que viene del techo o escucho pasos suaves en el pasillo sé que no es el viento cuando salgo al patio la niebla me rodea y distingo una figura de mujer quieta entre los árboles con el cabello largo y oscuro mirando hacia mà no se mueve y no habla sólo espera No creo en maldiciones, pero he aprendido que hay cosas que se heredan sin querer. Mi madre no desapareció, fue reemplazada, y lo que ella ofreció aquella noche no se perdió, solo cambió de cuerpo.
43:40 Ahora entiendo lo que quiso decir cuando me abrazó antes del ritual. Pronto las dos viviremos para siempre, y cumplió su promesa. Crecà en un barrio pequeño, de esos que apenas aparecen en los mapas, con calles polvorientas, casas pegadas unas a otras y vecinos que sabÃan todo de todos. Mi casa era modesta, hecha de ladrillo sin aplanar y con un techo de lámina, que en los dÃas de calor se volvÃa insoportable. VivÃa con mis padres, quienes habÃan pasado la mayor parte de su vida ahÃ. No tenÃamos lujos, pero la rutina sencilla nos bastaba. en aquel lugar cada persona conocÃa la vida entera de la otra y sin embargo habÃa alguien de quien nunca se hablaba demasiado como si el silencio fuera la mejor manera de referirse a ella me refiero a mi vecina la anciana que todos describÃan como una buena mujer Pero que yo aprendà a mirar con ojos distintos. Se llamaba Doña Rosa, aunque casi nadie usaba su nombre. Para todos era simplemente la vecina de la esquina. Era una anciana menuda, de movimientos lentos, siempre cubierta con rebozos oscuros y vestidos largos. A primera vista parecÃa inofensiva. TenÃa una voz pausada, dulce, que usaba para saludar a cualquiera que pasara frente a su casa.
45:13 a menudo regalaba pan recién hecho o frutas que aseguraba haber comprado en el mercado como si quisiera ganarse la simpatÃa de todos los niños del barrio aceptaban sus dulces y los adultos agradecÃan su amabilidad se habÃa ganado una reputación de mujer generosa alguien que ayudaba sin pedir nada a cambio sin embargo habÃa algo en su mirada que no encajaba con esa imagen aunque sonreÃa de manera amplia sus ojos permanecÃan apagados sin brillo como si fueran dos cuencas opacas que no reflejaban la luz esa contradicción me inquietaba desde niño sentÃa que detrás de esas sonrisas habÃa algo que no alcanzaba a comprender una frialdad que no podÃa esconderse en ningún gesto amable. Su casa también era motivo de sospechas. Era una construcción antigua, con paredes descarapeladas y un portón que apenas se sostenÃa. de dÃa parecÃa común pero al caer la tarde empezaban a notarse cosas extrañas con frecuencia salÃa un humo espeso de su patio acompañado de olores fuertes que no pertenecÃan a ninguna cocina normal A veces era el aroma penetrante de hierbas quemadas, en otras ocasiones olÃa a carne carbonizada. Los vecinos decÃan que Doña Rosa preparaba remedios caseros, que era muy de antes y usaba hierbas para curar. Pero a mà me
46:44 parecÃa que esos olores eran otra cosa. Los gatos eran parte inseparable de su casa. No eran los tÃpicos animales juguetones, sino criaturas flacas, de pelaje enmarañado, que se movÃan como sombras por las bardas y el tejado. eran muchos demasiados y sus maullidos se escuchaban a todas horas como si discutieran entre ellos en un idioma extraño en las madrugadas cuando despertaba por la sed o por el calor podÃa oÃrlos pelear en su patio acompañados de ruidos que no parecÃan propios de animales a veces eran murmullos bajos otras eran rezos incomprensibles que se mezclaban con el viento lo más inquietante era que cada vez que intentaba asomarme por la ventana todo quedaba en silencio de golpe como si supieran que alguien los escuchaba Desde niño tuve la sensación de que algo no estaba bien con esa mujer. No podÃa explicarlo, pero mi instinto me empujaba a desconfiar de ella.
47:49 Lo mencionaba en casa. Le decÃa a mi madre que no me gustaba recibir fruta o pan de sus manos, que habÃa algo raro en la forma en que me miraba. Mi madre siempre me reprendÃa con severidad y me decÃa que no debÃa juzgar a una persona mayor, que doña Rosa era una buena vecina y que esas ideas eran producto de mi imaginación, alimentada por cuentos de miedo. No seas malagradecido, me decÃa mientras me obligaba a agradecer cada obsequio. Yo obedecÃa, pero en el fondo sentÃa que no estaba equivocado. El barrio la admiraba porque nunca negaba un favor. Si alguien necesitaba un remedio para el dolor de estómago, ella aparecÃa con una infusión. Si un niño tenÃa tos, llevaba jarabes preparados en frascos oscuros. Para todos era la abuelita buena, que se preocupaba por los demás. Y aunque algunos mencionaban los olores extraños o los gatos inquietos, Lo hacÃan en tono de broma, sin querer aceptar que algo más oscuro podÃa estar detrás. Yo aprendà a convivir con esa doble imagen.
49:01 Durante el dÃa, saludaba y fingÃa simpatÃa como los demás. De noche, escuchaba los murmullos y los rezos que se escapaban de su patio. Cada madrugada que pasaba, me convencÃa más de que esa anciana no era lo que aparentaba. su sonrisa no alcanzaba a borrar la frialdad de sus ojos ni el peso extraño que se sentÃa al pasar frente a su puerta con los años esa desconfianza se convirtió en certeza el barrio la veÃa como la vecina ejemplar pero yo guardaba la sensación de que detrás de esa fachada amable se escondÃa algo más algo que nos observaba en silencio esperando el momento de mostrarse con su verdadero rostro los primeros sucesos extraños en mi casa comenzaron de manera sutil como detalles que cualquiera podrÃa haber atribuido al azar sin embargo al acumularse dÃa tras dÃa se hicieron imposibles de ignorar el primero en notarlo fue mi padre una mañana salió de su cuarto con el pecho descubierto y mi madre lo miró horrorizada tenÃa moretones que parecÃan hechos por manos humanas eran marcas alargadas como de uñas hundidas en la piel cinco lÃneas que le cruzaban desde la clavÃcula hasta el estómago intentó reÃrse Dijo que quizá se habÃa lastimado al dormir, pero los surcos eran demasiado definidos, demasiado parecidos a los que dejarÃa alguien arañando
50:36 con fuerza. Esa misma semana comenzaron los problemas con la comida, la leche que comprábamos fresca. Al llegar a casa, se cortaba sola en cuestión de horas. Mi madre hervÃa un litro y lo dejaba enfriar, pero en la mañana siguiente aparecÃa con grumos y un olor agrio insoportable. Intentó cambiar de proveedor, pero el resultado era el mismo. Los vecinos se la tomaban sin problema. Solo en nuestra cocina se echaba a perder. Fue entonces que mi madre empezó a sospechar que alguien nos estaba trabajando. Nuestro perro también empezó a mostrar un comportamiento extraño. De dÃa era juguetón y obediente.
51:19 Pero al caer la noche se transformaba en una criatura inquieta. Se quedaba horas mirando hacia la casa de la anciana, con el cuerpo rÃgido y los pelos erizados. Después empezaba a ladrar con furia, como si algo invisible lo desafiara desde el otro lado. Y en ocasiones su ladrido se transformaba en un gemido agudo, como si lo golpearan o lo lastimaran, y terminaba escondiéndose bajo la mesa. temblando sin que nadie pudiera calmarlo. Yo lo acompañaba acariciándole el lomo, pero era inútil. Sus ojos seguÃan clavados hacia la casa de Doña Rosa. La confirmación de mis sospechas llegó una noche en la que no pude dormir. La casa estaba en silencio, y al asomarme por la ventana, vi directamente hacia el patio de la vecina. Bajo la luz débil de una vela roja, Doña Rosa se encontraba sentada en un banquillo, con un muñeco de trapo entre las manos.
52:19 Lo vestÃa con pedazos de tela, y mientras murmuraba palabras incomprensibles, comenzó a clavarle alfileres uno tras otro. Cada vez que hundÃa uno en el muñeco, movÃa la cabeza hacia nuestra casa como si confirmara que estaba logrando lo que querÃa. Sentà un escalofrÃo recorrerme entero y me aparté de la ventana con rapidez, temiendo que también me hubiera visto. Mi padre, mientras tanto, comenzó a enfermar. Al principio fue una tos seca que lo despertaba de madrugada. Pero luego se volvió constante, acompañada de un cansancio que no podÃa explicar. PerdÃa fuerza con rapidez, como si la energÃa se le escapara sin razón.
53:04 Pasaba las noches inquieto, quejándose entre sueños. Y en más de una ocasión lo escuchamos gritar, como si alguien lo estuviera atacando. Al entrar a su cuarto lo encontrábamos sudando, con el pecho hundiéndose como si algo invisible se le recargara encima. Cuando le preguntábamos qué habÃa soñado, respondÃa con la voz quebrada, que habÃa visto a una mujer vieja sentada sobre él, presionándole el pecho con las rodillas y acercando su rostro arrugado hasta casi arrancarle el aire. Mi madre, desesperada, empezó a rezar más que nunca, colocó rosarios en las puertas, encendió veladoras frente a un cuadro de la Virgen. y repetÃa letanÃas en voz alta cada noche pero los rezos parecÃan rebotar en el aire sin resultado pues cada mañana mi padre se levantaba más débil con los ojos hundidos y la piel pálida lo que antes era un hombre fuerte y trabajador comenzó a transformarse en alguien irreconocible atrapado por una enfermedad que los médicos no lograban diagnosticar La atmósfera en la casa se volvió insoportable. SentÃamos como si un peso invisible habitara entre nosotros, un aire cargado que nos aplastaba los hombros y nos quitaba el ánimo. Las discusiones aumentaron, las noches se volvieron eternas y hasta la comida perdió sabor. Yo, siendo apenas un adolescente, entendÃa que no era casualidad. Algo de la casa de Doña Rosa
54:37 se habÃa colado a la nuestra y no pensaba marcharse tan fácil. Con cada dÃa que pasaba, la fachada amable de la vecina me resultaba más repulsiva. Su sonrisa fingida, sus obsequios de pan o fruta, sus saludos cálidos en la calle, todo me parecÃa una burla. Detrás de esa máscara estaba la misma mujer que yo habÃa visto clavando alfileres en un muñeco bajo la luz de una vela roja, trabajando en silencio para arrancarle el alma a mi padre. Esa madrugada me levanté con sed, la casa estaba en silencio, solo se escuchaba el golpeteo del viento contra las láminas del techo. caminé hacia la cocina y al pasar junto a la ventana que daba al patio me detuve en seco ahà estaba ella la anciana ya no tenÃa el aspecto de la vecina amable que saludaba en la calle Bajo la luz tenue de la luna se revelaba otra cosa.
55:35 Estaba encorvada, con la espalda arqueada como si los huesos no pudieran sostenerla. Su cabello caÃa enmarañado sobre los hombros, largo y grasiento, pegado en mechones que brillaban como si estuvieran húmedos. Sus dientes, amarillos y puntiagudos, sobresalÃan al mover los labios en un murmullo que no entendÃa. Lo que más me heló la sangre fueron sus uñas, largas, gruesas, curvadas como garras, que golpeaba suavemente contra el marco de madera del patio. En ese instante comprendà que lo que tenÃamos frente a nosotros no era una viejita bondadosa, sino una criatura hambrienta. La piel de su cara se le pegaba a los pómulos y en sus ojos no habÃa humanidad alguna. brillaban como carbones encendidos fijos en nuestra casa como si calcularan el momento exacto de entrar el estómago se me encogió de terror apenas respiraba pero aun asà no podÃa apartar la vista de esa figura deformada que hasta ese momento habÃa logrado ocultarse, tras una máscara de cordialidad.
56:45 De pronto, un grito me sacudió por dentro. Era la voz de mi padre que provenÃa de su cuarto. Corrà con todas mis fuerzas y lo encontré forcejeando en sueños. Estaba tendido en la cama, arqueando la espalda como si algo lo empujara hacia abajo. Su pecho se hundÃa y se levantaba de forma violenta. como si lo succionaran desde dentro. Su rostro estaba rojo, la boca abierta en un intento desesperado por tomar aire. Gritaba palabras incoherentes mientras agitaba los brazos, como si peleara contra alguien que lo sujetaba con fuerza. El corazón me latÃa tan fuerte que apenas escuchaba. Volté hacia la ventana de su cuarto, y ahà estaba la anciana, en el patio, observándome con una calma perturbadora. Sus labios se movÃan rápido, murmurando palabras que parecÃan un rezo oscuro.
57:41 No entendÃa lo que decÃa, pero cada sÃlaba retumbaba en mi cabeza, como si la pronunciara dentro de mi propio oÃdo. Sentà un frÃo recorrerme desde la nuca hasta los pies. Esa mujer, esa criatura, estaba robándole la vida a mi padre en ese mismo instante. Y lo hacÃa con la misma serenidad con la que, dÃas atrás, nos habÃa regalado pan en la puerta. Mi madre entró de golpe y al ver a mi padre en ese estado comenzó a rezar con el rosario en la mano. Su voz temblaba, pero repetÃa las oraciones con una fe desesperada. Yo, incapaz de contenerme, empecé a llorar a gritos. Entre los rezos de mi madre y mis sollozos, algo cambió en el ambiente.
58:27 La presión que parecÃa aplastar la habitación se aflojó un poco como si algo retrocediera. Volvimos la vista hacia el patio y vimos como la anciana se replegaba hacia la oscuridad. Sus ojos seguÃan brillando, pero su figura se difuminaba entre las sombras hasta que ya no quedó rastro de ella. mi padre recuperó el aire de golpe abrió los ojos jadeando con la piel cubierta de sudor frÃo no pudo explicar lo que habÃa soñado pero en su mirada se leÃa el terror de alguien que habÃa estado al borde de la muerte y desde esa noche ya no volvió a ser el mismo los dÃas siguientes fueron una agonÃa lenta mi padre comenzó a adelgazar de forma alarmante sus hombros se hundÃan las venas se marcaban en sus brazos y sus ojos se hundieron en las cuencas como si llevara semanas sin dormir Apenas comÃa, y cuando lo intentaba todo le caÃa mal. La tos que lo habÃa atacado antes se intensificó, seca y persistente, hasta dejarlo exhausto. Su voz, antes firme, se volvió apenas un murmullo. Yo sabÃa lo que ocurrÃa. Aquella vieja nos habÃa mostrado su verdadero rostro.
59:45 Ya no era solo sospecha ni rumor. Lo habÃa visto con mis propios ojos. La anciana nos hacÃa brujerÃa y querÃa el alma de mi padre. Por más rezos que intentara mi madre, el ambiente en la casa se volvÃa más pesado cada dÃa. como si lo invisible se hubiera instalado con los otros. El aire olÃa a humedad y a ceniza, y en las noches las paredes parecÃan crujir, como si algo caminara dentro de ellas. A partir de entonces, cada vez que pasaba frente a la casa de Doña Rosa, me invadÃa un escalofrÃo. Su fachada seguÃa siendo la misma, con la sonrisa amable y el saludo pausado, pero yo ya habÃa visto lo que ocultaba cuando la noche la desnudaba de su máscara. Esa imagen quedó grabada en mi memoria, encorvada con el cabello enmarañado, los dientes afilados y las uñas como garras, murmurando en la penumbra, mientras le arrancaba pedazos de vida a mi padre. Lo peor fue aceptar que no habÃa forma de demostrarlo a nadie más. Para el resto del barrio, seguÃa siendo la vecina ejemplar, la que compartÃa remedios y frutas. Pero en mi casa, cada dÃa que mi padre se debilitaba, tenÃamos la certeza de que estábamos siendo devorados poco a poco. bajo la mirada satisfecha de la vieja bruja que esperaba su momento para reclamar lo que tanto anhelaba después de aquella madrugada en que vimos a la anciana revelarse en su verdadero rostro
1:01:18 ya no hubo manera de ocultar la verdad En casa dejamos de fingir que eran simples casualidades, pues ya todos sabÃamos que ella estaba detrás de lo que sufrÃa mi padre. Al principio intentamos callarlo, como si el silencio pudiera protegernos, pero con el paso de los dÃas, la evidencia se volvió insoportable. La salud de mi padre se deterioraba sin que nadie pudiera detenerlo. Dejó de comer. Mi madre le preparaba sus platillos preferidos. Pero apenas probaba un par de bocados, antes de apartar el plato con un gesto cansado, la carne se le hacÃa pesada, la leche le sabÃa amarga y hasta el agua parecÃa repelerlo. Se volvió un cuerpo sostenido apenas por huesos. con la piel tornándose amarilla y los ojos hundidos rodeados de sombras oscuras lo llevamos al médico le hicieron análisis estudios revisiones interminables pero los doctores sólo repetÃan lo mismo no encontraban diagnóstico no habÃa infección ni cáncer ni enfermedad reconocible lo mandaban de vuelta a casa con vitaminas que nunca le devolvieron la fuerza mientras tanto los rumores en el barrio crecÃan algunos vecinos juraban haberla visto al amanecer cargando costales pesados que arrastraba hacia los cerros decÃan que al abrirse uno de esos bultos se alcanzaron a ver huesos largos y delgados como de
1:02:50 criaturas que no eran animales comunes Otros aseguraban que se quedaba parada en la banqueta durante la noche, hablando sola, con los labios moviéndose a toda velocidad. Lo perturbador era que de pronto se escuchaba otra voz, más grave, más lejana, que parecÃa responderle desde ningún lado. Quienes lo presenciaban preferÃan callar, porque en el barrio todos aprendimos que señalarla directamente era ponerse en riesgo. en esos dÃas fue algo más aterrador pues comencé a notar señales extrañas en la casa una tarde al barrer el patio sentà que la tierra estaba más blanda en un rincón junto al árbol de guayaba cabé con la escoba y descubrà que el suelo habÃa sido removido recientemente mi madre y yo desenterramos con cuidado y lo que apareció nos dejó sin palabras era un frasco de vidrio envuelto en trapos húmedos dentro habÃa cabellos de mi padre uñas cortadas y un papel doblado con su nombre escrito en letras torcidas como garabatos hechos por una mano temblorosa El olor que desprendÃa era nauseabundo, una mezcla de humedad y podredumbre. Entonces mi madre gritó, tiró el frasco contra la pared y comenzó a rezar con desesperación.
1:04:13 Yo solo me quedé inmóvil con la certeza de que aquel era el lazo que la anciana habÃa enterrado para mantener atado el cuerpo y el espÃritu de mi padre. Desde ese dÃa ya no hubo dudas, detrás estaba lo que siempre intuà desde niño, una bruja que se alimentaba del sufrimiento ajeno y que habÃa fijado su mirada en lo más valioso que tenÃamos, el alma de mi padre. Su deterioro fue rápido, cada mañana parecÃa más débil, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en manos de esa vieja. Ya no podÃa levantarse de la cama sin ayuda, y el aire en la casa era pesado, como si los muros mismos se hubieran impregnado de enfermedad.
1:04:57 A veces, mientras lo cuidaba, sentÃa que alguien nos observaba desde la ventana, pero al voltear no habÃa nada. Pero en el fondo sabÃa que ella estaba cerca, vigilando que el trabajo siguiera cumpliéndose. el barrio que antes la alababa por ser una vecina ejemplar comenzó a mirarla con miedo todos evitaban pasar frente a su casa después del anochecer la veÃan sentada en una mecedora murmurando rodeada de sus gatos si alguien se atrevÃa a sostenerle la mirada ella sonreÃa mostrando los dientes amarillentos como si disfrutara del terror que inspiraba Mi padre nunca se recuperó del todo, aunque no murió de manera inmediata, quedó marcado para siempre. Era un hombre distinto, más callado, consumido, como si hubiera perdido parte de su esencia. Mi madre y yo entendimos que habÃa sobrevivido, solo porque esa noche logramos interrumpir el ataque con rezos y llanto. pero ella habÃa alcanzado a quedarse con algo una parte de él que jamás regresó hoy al mirar atrás me doy cuenta de que sobrevivimos al precio de un silencio obligado nadie en la familia volvió a hablar abiertamente de lo que vivimos el barrio aunque comentaba en susurros lo que habÃa visto nunca se atrevió a nombrarla por lo que era siguió siendo la vecina anciana hasta el dÃa en que desapareció sin dejar rastro
1:06:28 Unos dicen que murió en su casa y que alguien se llevó el cuerpo en secreto. Otros creen que simplemente se internó en los cerros, donde esas mujeres se esconden para volver cuando quieren. Lo que persiste es la certeza de que las brujas nunca se van del todo. No importa si sus casas quedan vacÃas o si el tiempo borra sus nombres de la memoria, esperan y se mantienen en la oscuridad, observando, listas para reclamar lo que dejaron pendiente. En mi barrio aún se dice que de madrugada se ven luces extrañas entre los cerros y que los perros ladran hacia la casa abandonada, como si alguien todavÃa viviera ahÃ.
1:07:11 Yo sé que no son rumores sin fundamento, pues lo vivà en carne propia. La bruja de la esquina quiso el alma de mi padre. Y aunque ya no está entre nosotros, su sombra sigue rondando, esperando el momento justo para volver.
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