Desenterramos Un ANIMAL Con BRUJERÍA Historias De Terror - REDE
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0:05 En ese tiempo yo vivÃa con mis tres hijos, mis padres y mi hermano en un rancho donde nos mantenÃamos criando animales. TenÃamos gallinas, algunos cerdos y unas vacas que nos daban leche para la venta. Era un lugar sencillo, rodeado de monte y con espacio suficiente para seguir ampliando lo que necesitáramos. Un dÃa decidimos crecer el corral para que los animales tuvieran más terreno. Entre todos comenzamos a excavar. La tierra era dura y llena de piedras, asà que nos turnábamos con la pala y la barreta para ir avanzando poco a poco. El sol pegaba fuerte y el sudor se nos escurrÃa, pero estábamos acostumbrados a esas faenas.
0:47 Mi padre cortaba raÃces con el machete mientras mi hermano y yo apartábamos las piedras grandes. Los niños ayudaban a llevar la tierra en cubetas para rellenar un costado. Todo iba normal hasta que la pala de mi hermano chocó con algo que no sonaba a piedra. El golpe fue distinto. Se agachó para escarbar con las manos y yo me acerqué a ayudarle. No estaba muy profundo. apenas cubierto con una capa de tierra apretada. Con cuidado, fuimos descubriendo un bulto extraño. Al principio pensamos que era una bolsa vieja o un costal enterrado, pero conforme quitamos más tierra, la forma se hizo clara. Era un cuerpo de animal. Lo levantamos con cuidado y lo sacamos al aire. Se trataba de un chivo negro. Estaba reseco, con la piel pegada a los huesos y las patas rÃgidas. No parecÃa recién muerto, sino conservado por el tiempo bajo la tierra. Lo más perturbador fue verlo boca abajo, como si alguien lo hubiera enterrado a propósito en esa posición. Y peor todavÃa, la boca estaba cosida con un hilo oscuro que se enredaba entre los dientes. Nos quedamos todos en silencio alrededor del bulto.
1:59 Nadie decÃa nada, pero en la cara de cada uno estaba claro que no era algo común. Mi padre miraba con seriedad. Mi madre se llevó las manos a la boca y mis hijos dieron un paso atrás sin entender del todo. Yo sentà un escalofrÃo recorrerme. SabÃamos lo que tenÃamos enfrente. En el rancho, cuando uno se topa con esas cosas... No hace falta explicarlas demasiado. Era brujerÃa. Alguien habÃa enterrado ese chivo negro con intención, usando la tierra de nuestro propio terreno. No era casualidad ni accidente. Mi madre fue la primera en hablar. Pidió que lo sacáramos lejos, que no podÃamos dejar eso cerca de la casa ni del corral. DecÃa que esas cosas traen desgracias. que no se deben guardar ni tocar más de lo necesario mi hermano tomó al chivo por las patas traseras y lo levantó aunque el cuerpo estaba tan seco que crujÃa al moverse yo ayudé a sostenerlo y lo apartamos del hoyo los niños observaban con ojos grandes sin preguntar nada como si entendieran que no era momento de hacerlo mi padre se quedó viendo el hueco abierto en la tierra No quiso decirlo, pero yo supe que también estaba pensando lo mismo.
3:14 Alguien habÃa escogido nuestro rancho para enterrar ese trabajo, y nosotros acabábamos de descubrirlo. Ese dÃa dejamos de excavar. Tapamos el hueco con tierra limpia, y mi madre insistió en que el chivo debÃa ser sacado lejos, que no debÃamos permitir que lo enterrado permaneciera cerca de nosotros. nadie se atrevió a contradecirla el sol ya se ocultaba cuando terminamos de guardar las herramientas el bulto del chivo seguÃa tendido a un costado mi hermano fue el primero en moverse cargó al chivo muerto sobre el hombro caminó hasta un barranco que quedaba a varios metros del corral un lugar donde solÃamos tirar ramas, piedras y restos de basura del campo.
3:57 Ahà lo dejó caer entre la maleza y regresó con la cara seria, limpiándose las manos en el pantalón como si quisiera quitárselas de encima. Todos pensamos que con eso serÃa suficiente, que al alejarlo del terreno ya no tendrÃamos problemas. Pero, aunque lo intentábamos, la intranquilidad se quedó en nosotros. El hallazgo habÃa sido demasiado extraño, y la manera en que estaba enterrado nos rondaba la cabeza. Esa misma tarde, mientras revisábamos el corral y acomodábamos de nuevo las estacas que habÃamos movido, algo nos hizo detenernos. Los niños fueron los primeros en señalarlo. Al voltear hacia la cerca, lo vimos.
4:40 El chivo estaba de nuevo cerca de la casa. Estaba tirado en la tierra, justo junto a la cerca de madera. Lo más perturbador era que estaba en la misma posición en que lo habÃamos encontrado enterrado, boca abajo, con las patas rÃgidas y la boca cosida con ese hilo oscuro. No habÃa señales de que alguien lo hubiera traÃdo, ni huellas frescas en la tierra. Simplemente habÃa regresado. El silencio que nos cayó encima fue peor que el calor de la tarde. Nadie sabÃa qué decir. Mis abuelos se miraban entre ellos con la expresión de quienes reconocen un mal presagio. Mi abuelo murmuró que aquello era un mal augurio, y mi abuela le apretó el brazo, como pidiéndole que no siguiera hablando. Mi madre estaba pálida de miedo, caminó hasta el chivo, lo miró de cerca y luego nos dijo que no podÃamos permitir que siguiera apareciendo en la casa.
5:36 Mi hermano apretaba los puños, nervioso, mientras yo trataba de mantener a los niños lejos de la cerca. Ellos no entendÃan del todo, pero alcanzaban a sentir el ambiente pesado. El chivo negro, reseco y con la boca cosida, parecÃa mirarnos aunque no tuviera vida. Era una presencia que no se quitaba con solo apartar la vista. Esa tarde supimos que lo que habÃamos desenterrado no era un simple animal y que la decisión de qué hacer con él serÃa más difÃcil de lo que pensábamos. Al ver que el chivo habÃa regresado, mi madre tomó la decisión. Dijo que no podÃa quedarse tirado junto a la cerca. que no permitirÃa que siguiera apareciendo cerca de la casa. Asà que, entre todos, comenzamos a reunir leña y ramas secas. Los niños miraban de lejos mientras mi hermano y yo cargábamos troncos viejos, y mi padre se encargaba de partirlos con el machete para que prendieran más rápido. En medio del corral improvisamos una hoguera, y encima colocamos el cuerpo del chivo negro. El animal crujió al tocar la madera. Estaba tan reseco que se sentÃa como si fueran huesos envueltos en cuero. Cuando prendimos el fuego, las llamas subieron de inmediato y el humo espeso se levantó hacia el cielo.
6:57 No era un humo normal, era oscuro, pesado, como si cada bocanada se quedara suspendida antes de disiparse. El olor nos golpeó de lleno. No se parecÃa a la carne quemada que conocÃamos de cuando matábamos algún animal para comer. Era mucho más fuerte, penetrante, casi imposible de soportar. Quemaba la garganta y se metÃa hasta en los ojos. Mis hijos comenzaron a toser y yo misma tuve que cubrirme la nariz con el mandil. De pronto, el viento cambió de dirección de golpe. No soplaba hacia el monte ni hacia el barranco, sino directo a la casa. El humo entraba por las ventanas abiertas y se pegaba en las paredes como si buscara quedarse ahÃ. Corrimos a cerrar las puertas y las rendijas, pero era inútil. El olor ya estaba adentro, impregnándose en la ropa, en los muebles, en todo lo que alcanzaba. Mi madre se quejaba en voz baja, moviendo las manos como si quisiera apartar el humo. Mi padre no decÃa nada, solo estaba mirando. Los niños lloraban porque no podÃan respirar bien. Y hasta mi hermano, que pocas veces mostraba miedo, se cubrÃa la cara con desesperación.
8:09 Mi abuelo aseguraba que ahora lo que fuera que habÃan enterrado en ese animal ya no estaba en la tierra, sino suelto en el aire, buscando dónde quedarse. Las llamas seguÃan ardiendo, altas, consumiendo la carne reseca y haciendo que el olor se volviera insoportable. Yo intentaba mantenerme firme, pero por dentro sentÃa un vacÃo, como si hubiéramos cometido una falta que no tenÃa arreglo. El humo negro no dejaba de salir, retorciéndose con el viento, y la casa parecÃa rodeada por una sombra que se colaba por todos lados. cuando al fin el cuerpo se consumió y las brasas comenzaron a bajar el olor seguÃa presente pegajoso como si el aire lo repitiera una y otra vez nos miramos en silencio sabiendo que algo malo habÃamos provocado con esa decisión Nadie se atrevió a decirlo directamente, pero la sensación era clara. Lo que antes estaba enterrado ahora se habÃa liberado y todos lo habÃamos respirado. Esa misma noche, apenas el sol se ocultó detrás del monte, los malestares comenzaron a sentirse en la familia. Yo fui la primera. Mientras trataba de preparar la cena, sentà un mareo repentino que me obligó a recargarme en la mesa. El estómago me dio vuelta y tuve que salir al patio a tomar aire, aunque lo único que respiraba era el olor rancio que todavÃa flotaba después de haber quemado al chivo. Los niños
9:40 no tardaron en caer. Primero, uno se quejó de dolor en el estómago y en cuestión de minutos comenzó a vomitar junto a la puerta. El otro lo siguió poco después, doblado en dos, expulsando lo poco que habÃa comido durante el dÃa. El más pequeño lloraba desconsolado, diciendo que le dolÃa la panza aunque no habÃa probado bocado. Mi hermano también empezó a sentirse mal. DecÃa que la cabeza le pesaba demasiado, como si hubiera inhalado humo durante horas. Se frotaba las sienes y caminaba de un lado a otro, respirando fuerte. intentando despejarse sin conseguirlo mis padres lo miraban preocupados pero ni ellos estaban en mejores condiciones los dos se quejaban de cansancio con el cuerpo flojo como si hubieran trabajado tres dÃas seguidos sin descanso el gato que siempre andaba dormido en las sillas o persiguiendo sombras en el patio estaba inquieto caminaba de un lado a otro estornudando sin parar con las orejas tiesas y la cola erizada metÃa el hocico en cada rincón rascándose con desesperación como si tuviera algo atorado en la nariz que no podÃa sacarse Cada estornudo resonaba en la cocina y aumentaba la sensación de que algo invisible rondaba entre nosotros. Nadie pudo cenar esa noche. La comida quedó servida sobre la mesa y nadie tuvo fuerzas para probarla. Nos sentÃamos débiles, con un malestar que aumentaba conforme pasaban las horas. Yo
11:13 seguÃa con las náuseas y apenas podÃa mantenerme de pie. Los niños, agotados de tanto vomitar, terminaron acostados en el suelo con mantas demasiado débiles para moverse. Mi madre se sentó frente a la mesa, con las manos apretadas, y dijo en voz baja que quemar al chivo habÃa sido nuestro peor error, que en vez de librarnos de lo que nos habÃan enterrado, lo habÃamos liberado. Lo que más me pesaba era no saber qué hacer. El humo, el olor, el aire impregnado en la casa, todo parecÃa clavado en nosotros. Nadie dormÃa tranquilo, todos se quejaban de dolor, de debilidad, de la sensación de tener algo extraño dentro. Los dÃas siguientes fueron igual de pesados que esa primera noche. La casa permanecÃa impregnada con el olor a carne. Desde que amanecÃa hasta que caÃa la tarde, intentábamos limpiar con agua y jabón. Echábamos cubetadas en las paredes, en el patio, en las cercas. Colgábamos ropa perfumada en las ventanas. Quemábamos ramas de eucalipto y hojas secas para tapar el hedor, pero nada funcionaba. Apenas oscurecÃa, el mismo olor regresaba, espeso, como si el humo del chivo se levantara de nuevo.
12:31 Era un olor que no dejaba dormir. Se metÃa en la ropa limpia, en las sábanas y hasta en la comida. Aunque el guiso estuviera recién hecho, al probarlo parecÃa tener ese regusto rancio que nos revolvÃa el estómago. Los niños seguÃan débiles, sin apetito, y nosotros trabajábamos con menos fuerza. Era como si la casa misma nos estuviera absorbiendo poco a poco. Hasta nuestro gato se sentÃa diferente. Antes pasaba el dÃa descansando en cualquier rincón, pero ahora se mantenÃa cerca de la puerta, como si vigilara. Se quedaba quieto, mirando fijo hacia el corral, y de pronto bufaba con fuerza, arqueando el lomo y enseñando los colmillos. A veces corrÃa de un lado a otro como persiguiendo algo invisible, y luego volvÃa a la puerta, inquieto, con los ojos clavados en la oscuridad del monte. Mis papás decÃan que aquello no habÃa sido casualidad, que el chivo estaba destinado a nosotros, que alguien nos habÃa escogido para recibir esa brujerÃa y que, al desenterrarlo, ya habÃamos caÃdo en la trampa. Mi papá aseguraba que enterrarlo de nuevo no servirÃa, y que lo que habÃamos hecho con el fuego solo empeoró las cosas.
13:48 Mi mamá rezaba en voz baja cada noche. Mi madre repetÃa que, aunque el cuerpo ya no estuviera, lo que habÃa salido de él seguÃa presente en el rancho, escondido en el aire que respirábamos. Con el tiempo aprendimos a convivir con ese recuerdo. Nadie hablaba mucho del tema, pero bastaba con que alguien mencionara un mareo o un sueño extraño para que todos supiéramos de qué se trataba. Quedamos marcados, no solo en las noches de insomnio, sino en la forma en que mirábamos hacia el corral, siempre esperando que el olor regresara con más fuerza. Yo lo recuerdo hasta hoy. Han pasado años y sigo convencida de que lo que encontramos enterrado no era un simple animal, sino un trabajo que alguien dejó para destruirnos.
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