Sept. 14, 2025

Desenterramos Un ANIMAL Con BRUJERÍA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 En ese tiempo yo vivía con mis tres hijos, mis padres y mi hermano en un rancho donde nos manteníamos criando animales. Teníamos gallinas, algunos cerdos y unas vacas que nos daban leche para la venta. Era un lugar sencillo, rodeado de monte y con espacio suficiente para seguir ampliando lo que necesitáramos. Un día decidimos crecer el corral para que los animales tuvieran más terreno. Entre todos comenzamos a excavar. La tierra era dura y llena de piedras, así que nos turnábamos con la pala y la barreta para ir avanzando poco a poco. El sol pegaba fuerte y el sudor se nos escurría, pero estábamos acostumbrados a esas faenas.

0:47 Mi padre cortaba raíces con el machete mientras mi hermano y yo apartábamos las piedras grandes. Los niños ayudaban a llevar la tierra en cubetas para rellenar un costado. Todo iba normal hasta que la pala de mi hermano chocó con algo que no sonaba a piedra. El golpe fue distinto. Se agachó para escarbar con las manos y yo me acerqué a ayudarle. No estaba muy profundo. apenas cubierto con una capa de tierra apretada. Con cuidado, fuimos descubriendo un bulto extraño. Al principio pensamos que era una bolsa vieja o un costal enterrado, pero conforme quitamos más tierra, la forma se hizo clara. Era un cuerpo de animal. Lo levantamos con cuidado y lo sacamos al aire. Se trataba de un chivo negro. Estaba reseco, con la piel pegada a los huesos y las patas rígidas. No parecía recién muerto, sino conservado por el tiempo bajo la tierra. Lo más perturbador fue verlo boca abajo, como si alguien lo hubiera enterrado a propósito en esa posición. Y peor todavía, la boca estaba cosida con un hilo oscuro que se enredaba entre los dientes. Nos quedamos todos en silencio alrededor del bulto.

1:59 Nadie decía nada, pero en la cara de cada uno estaba claro que no era algo común. Mi padre miraba con seriedad. Mi madre se llevó las manos a la boca y mis hijos dieron un paso atrás sin entender del todo. Yo sentí un escalofrío recorrerme. Sabíamos lo que teníamos enfrente. En el rancho, cuando uno se topa con esas cosas... No hace falta explicarlas demasiado. Era brujería. Alguien había enterrado ese chivo negro con intención, usando la tierra de nuestro propio terreno. No era casualidad ni accidente. Mi madre fue la primera en hablar. Pidió que lo sacáramos lejos, que no podíamos dejar eso cerca de la casa ni del corral. Decía que esas cosas traen desgracias. que no se deben guardar ni tocar más de lo necesario mi hermano tomó al chivo por las patas traseras y lo levantó aunque el cuerpo estaba tan seco que crujía al moverse yo ayudé a sostenerlo y lo apartamos del hoyo los niños observaban con ojos grandes sin preguntar nada como si entendieran que no era momento de hacerlo mi padre se quedó viendo el hueco abierto en la tierra No quiso decirlo, pero yo supe que también estaba pensando lo mismo.

3:14 Alguien había escogido nuestro rancho para enterrar ese trabajo, y nosotros acabábamos de descubrirlo. Ese día dejamos de excavar. Tapamos el hueco con tierra limpia, y mi madre insistió en que el chivo debía ser sacado lejos, que no debíamos permitir que lo enterrado permaneciera cerca de nosotros. nadie se atrevió a contradecirla el sol ya se ocultaba cuando terminamos de guardar las herramientas el bulto del chivo seguía tendido a un costado mi hermano fue el primero en moverse cargó al chivo muerto sobre el hombro caminó hasta un barranco que quedaba a varios metros del corral un lugar donde solíamos tirar ramas, piedras y restos de basura del campo.

3:57 Ahí lo dejó caer entre la maleza y regresó con la cara seria, limpiándose las manos en el pantalón como si quisiera quitárselas de encima. Todos pensamos que con eso sería suficiente, que al alejarlo del terreno ya no tendríamos problemas. Pero, aunque lo intentábamos, la intranquilidad se quedó en nosotros. El hallazgo había sido demasiado extraño, y la manera en que estaba enterrado nos rondaba la cabeza. Esa misma tarde, mientras revisábamos el corral y acomodábamos de nuevo las estacas que habíamos movido, algo nos hizo detenernos. Los niños fueron los primeros en señalarlo. Al voltear hacia la cerca, lo vimos.

4:40 El chivo estaba de nuevo cerca de la casa. Estaba tirado en la tierra, justo junto a la cerca de madera. Lo más perturbador era que estaba en la misma posición en que lo habíamos encontrado enterrado, boca abajo, con las patas rígidas y la boca cosida con ese hilo oscuro. No había señales de que alguien lo hubiera traído, ni huellas frescas en la tierra. Simplemente había regresado. El silencio que nos cayó encima fue peor que el calor de la tarde. Nadie sabía qué decir. Mis abuelos se miraban entre ellos con la expresión de quienes reconocen un mal presagio. Mi abuelo murmuró que aquello era un mal augurio, y mi abuela le apretó el brazo, como pidiéndole que no siguiera hablando. Mi madre estaba pálida de miedo, caminó hasta el chivo, lo miró de cerca y luego nos dijo que no podíamos permitir que siguiera apareciendo en la casa.

5:36 Mi hermano apretaba los puños, nervioso, mientras yo trataba de mantener a los niños lejos de la cerca. Ellos no entendían del todo, pero alcanzaban a sentir el ambiente pesado. El chivo negro, reseco y con la boca cosida, parecía mirarnos aunque no tuviera vida. Era una presencia que no se quitaba con solo apartar la vista. Esa tarde supimos que lo que habíamos desenterrado no era un simple animal y que la decisión de qué hacer con él sería más difícil de lo que pensábamos. Al ver que el chivo había regresado, mi madre tomó la decisión. Dijo que no podía quedarse tirado junto a la cerca. que no permitiría que siguiera apareciendo cerca de la casa. Así que, entre todos, comenzamos a reunir leña y ramas secas. Los niños miraban de lejos mientras mi hermano y yo cargábamos troncos viejos, y mi padre se encargaba de partirlos con el machete para que prendieran más rápido. En medio del corral improvisamos una hoguera, y encima colocamos el cuerpo del chivo negro. El animal crujió al tocar la madera. Estaba tan reseco que se sentía como si fueran huesos envueltos en cuero. Cuando prendimos el fuego, las llamas subieron de inmediato y el humo espeso se levantó hacia el cielo.

6:57 No era un humo normal, era oscuro, pesado, como si cada bocanada se quedara suspendida antes de disiparse. El olor nos golpeó de lleno. No se parecía a la carne quemada que conocíamos de cuando matábamos algún animal para comer. Era mucho más fuerte, penetrante, casi imposible de soportar. Quemaba la garganta y se metía hasta en los ojos. Mis hijos comenzaron a toser y yo misma tuve que cubrirme la nariz con el mandil. De pronto, el viento cambió de dirección de golpe. No soplaba hacia el monte ni hacia el barranco, sino directo a la casa. El humo entraba por las ventanas abiertas y se pegaba en las paredes como si buscara quedarse ahí. Corrimos a cerrar las puertas y las rendijas, pero era inútil. El olor ya estaba adentro, impregnándose en la ropa, en los muebles, en todo lo que alcanzaba. Mi madre se quejaba en voz baja, moviendo las manos como si quisiera apartar el humo. Mi padre no decía nada, solo estaba mirando. Los niños lloraban porque no podían respirar bien. Y hasta mi hermano, que pocas veces mostraba miedo, se cubría la cara con desesperación.

8:09 Mi abuelo aseguraba que ahora lo que fuera que habían enterrado en ese animal ya no estaba en la tierra, sino suelto en el aire, buscando dónde quedarse. Las llamas seguían ardiendo, altas, consumiendo la carne reseca y haciendo que el olor se volviera insoportable. Yo intentaba mantenerme firme, pero por dentro sentía un vacío, como si hubiéramos cometido una falta que no tenía arreglo. El humo negro no dejaba de salir, retorciéndose con el viento, y la casa parecía rodeada por una sombra que se colaba por todos lados. cuando al fin el cuerpo se consumió y las brasas comenzaron a bajar el olor seguía presente pegajoso como si el aire lo repitiera una y otra vez nos miramos en silencio sabiendo que algo malo habíamos provocado con esa decisión Nadie se atrevió a decirlo directamente, pero la sensación era clara. Lo que antes estaba enterrado ahora se había liberado y todos lo habíamos respirado. Esa misma noche, apenas el sol se ocultó detrás del monte, los malestares comenzaron a sentirse en la familia. Yo fui la primera. Mientras trataba de preparar la cena, sentí un mareo repentino que me obligó a recargarme en la mesa. El estómago me dio vuelta y tuve que salir al patio a tomar aire, aunque lo único que respiraba era el olor rancio que todavía flotaba después de haber quemado al chivo. Los niños

9:40 no tardaron en caer. Primero, uno se quejó de dolor en el estómago y en cuestión de minutos comenzó a vomitar junto a la puerta. El otro lo siguió poco después, doblado en dos, expulsando lo poco que había comido durante el día. El más pequeño lloraba desconsolado, diciendo que le dolía la panza aunque no había probado bocado. Mi hermano también empezó a sentirse mal. Decía que la cabeza le pesaba demasiado, como si hubiera inhalado humo durante horas. Se frotaba las sienes y caminaba de un lado a otro, respirando fuerte. intentando despejarse sin conseguirlo mis padres lo miraban preocupados pero ni ellos estaban en mejores condiciones los dos se quejaban de cansancio con el cuerpo flojo como si hubieran trabajado tres días seguidos sin descanso el gato que siempre andaba dormido en las sillas o persiguiendo sombras en el patio estaba inquieto caminaba de un lado a otro estornudando sin parar con las orejas tiesas y la cola erizada metía el hocico en cada rincón rascándose con desesperación como si tuviera algo atorado en la nariz que no podía sacarse Cada estornudo resonaba en la cocina y aumentaba la sensación de que algo invisible rondaba entre nosotros. Nadie pudo cenar esa noche. La comida quedó servida sobre la mesa y nadie tuvo fuerzas para probarla. Nos sentíamos débiles, con un malestar que aumentaba conforme pasaban las horas. Yo

11:13 seguía con las náuseas y apenas podía mantenerme de pie. Los niños, agotados de tanto vomitar, terminaron acostados en el suelo con mantas demasiado débiles para moverse. Mi madre se sentó frente a la mesa, con las manos apretadas, y dijo en voz baja que quemar al chivo había sido nuestro peor error, que en vez de librarnos de lo que nos habían enterrado, lo habíamos liberado. Lo que más me pesaba era no saber qué hacer. El humo, el olor, el aire impregnado en la casa, todo parecía clavado en nosotros. Nadie dormía tranquilo, todos se quejaban de dolor, de debilidad, de la sensación de tener algo extraño dentro. Los días siguientes fueron igual de pesados que esa primera noche. La casa permanecía impregnada con el olor a carne. Desde que amanecía hasta que caía la tarde, intentábamos limpiar con agua y jabón. Echábamos cubetadas en las paredes, en el patio, en las cercas. Colgábamos ropa perfumada en las ventanas. Quemábamos ramas de eucalipto y hojas secas para tapar el hedor, pero nada funcionaba. Apenas oscurecía, el mismo olor regresaba, espeso, como si el humo del chivo se levantara de nuevo.

12:31 Era un olor que no dejaba dormir. Se metía en la ropa limpia, en las sábanas y hasta en la comida. Aunque el guiso estuviera recién hecho, al probarlo parecía tener ese regusto rancio que nos revolvía el estómago. Los niños seguían débiles, sin apetito, y nosotros trabajábamos con menos fuerza. Era como si la casa misma nos estuviera absorbiendo poco a poco. Hasta nuestro gato se sentía diferente. Antes pasaba el día descansando en cualquier rincón, pero ahora se mantenía cerca de la puerta, como si vigilara. Se quedaba quieto, mirando fijo hacia el corral, y de pronto bufaba con fuerza, arqueando el lomo y enseñando los colmillos. A veces corría de un lado a otro como persiguiendo algo invisible, y luego volvía a la puerta, inquieto, con los ojos clavados en la oscuridad del monte. Mis papás decían que aquello no había sido casualidad, que el chivo estaba destinado a nosotros, que alguien nos había escogido para recibir esa brujería y que, al desenterrarlo, ya habíamos caído en la trampa. Mi papá aseguraba que enterrarlo de nuevo no serviría, y que lo que habíamos hecho con el fuego solo empeoró las cosas.

13:48 Mi mamá rezaba en voz baja cada noche. Mi madre repetía que, aunque el cuerpo ya no estuviera, lo que había salido de él seguía presente en el rancho, escondido en el aire que respirábamos. Con el tiempo aprendimos a convivir con ese recuerdo. Nadie hablaba mucho del tema, pero bastaba con que alguien mencionara un mareo o un sueño extraño para que todos supiéramos de qué se trataba. Quedamos marcados, no solo en las noches de insomnio, sino en la forma en que mirábamos hacia el corral, siempre esperando que el olor regresara con más fuerza. Yo lo recuerdo hasta hoy. Han pasado años y sigo convencida de que lo que encontramos enterrado no era un simple animal, sino un trabajo que alguien dejó para destruirnos.