Sept. 4, 2023

Cruce De Nahuales Historias De Terror - REDE

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Cruce de nahualias la historia que voy a compartir me sucedió cuando era un niño de diez años. A esa edad todo me llamaba la atención, como no comprendía muchas cosas. Era muy curioso, al grado de no medir los riesgos o los peligros. Por eso, de vez en cuando mis papás me regañaban por las cosas que hacía en ese entonces vivíamos en una villa en el Estado de Tabasco. En realidad no había mucho en qué Entretenerme acudía a la escuela, ayudaba un poco en casa, jugaba con mis gatos y el perro. Quizá para muchos una vida así era ideal, pero cuando caía la tarde, las cosas cambiaban. Había poco alumbrado público en las calles de tierra. Por lo mismo, pronto se veían solitarias. Además, estaban muy separadas unas casas de otras con infinidad de árboles. Todo se ponía sombrío. Sabíamos que la negrura de la noche pronto se dueñaría de la villa, ya para las nueve la oscuridad era total. El silencio era notorio, al menos por el rumbo donde yo vivía. Quizá de vez en cuando, a lo lejos se escuchaban los perros ladrar, pero era todo. En ocasiones me salía a caminar solo a escondidas de mis padres para escuchar los ruidos propios del lugar. Me gustaba el silbido del viento, el ruido que hacen los insectos y algunas aves nocturnas. De vez en cuando se escuchaban otros sonidos como si un animal estuviera arriba de los árboles. Aunque nunca lo miraba algo, me decía que estaba ahí. Acechándome a esa edad, no lograba formarme una idea de cómo podía ser sin medir las consecuencias. A veces aventaba piedras a las copas de los árboles para ver si lograba espantar a lo que en ellos se ocultaba. Pero lo más que llegué a ver fue como una sombra grande brincaba de un árbol a otro. En una ocasión que me encontraba unos doscientos metros de la casa, miré cómo algo se trepaba a un árbol con una agilidad increíble. Yo me acerqué para tirarle piedras, como siempre lo hacía. Me detuve en seco cuando me di cuenta que de entre las ramas brillaban dos ojos. En ese momento no supe qué hacer. Dejé caer las piedras que traía en las manos y comencé a caminar de regreso. No me atreví a voltear hacia atrás. Llegué a mi casa. Me encerré en mi cuarto sin decir nada a mis padres. Esa fue la primera vez que me dio miedo a andar solo lejos de la casa. Pero eso fue todo porque nunca más le aventé piedras a los árboles. Tampoco volví a salir de noche. Con el paso del tiempo lo olvidé. Aunque sucedían cosas raras, no era para ponernos en alerta. Por ejemplo, mi mamá le ponía trampas a los tlacuaches porque de vez en cuando se le desaparecían las gallinas, pero nunca caía ningún animal. También se escuchaba que alguien caminaba pesadamente por las noches cerca del gallinero, pero ni las gallinas ni los perros parecían enterarse porque no hacía ningún ruido. Eso no me daba miedo. Yo me asomaba por las ventanas, pero no había nadie. Estaba acostumbrado a caminar en lugares solitarios y ver muchas cosas en medio del monte, a escuchar todo tipo de sonidos raros. Lo que sí me asustaba eran las cosas que toda la gente decía que pasaba. Era muy común que cuando había una desaparición, ya sea de animales o personas, se las achacaban a ciertas criaturas nocturnas. Desde niño conocía la historia de Balacán, tierra de brujos, que, por cierto, no quedaba muy lejos ahí. Según se contaba, dichos brujos tenían la capacidad de convertirse en animales horribles conocidos como nahuales. Por las noches. Salían a merodear por las rancherías cercanas para alimentarse de lo primero que encontrara los los los los s Contaba mi papá que cuando aullaban los perros, era porque estaban avisando que los nahuales se acercaban y así todos personas e incluso animales se pusieran en la alerta porque sabían que esos seres eran peligrosos, aunque otros decían que los perros ahullaban porque anunciaban la muerte. Eran animales extraños que no sólo cazaban en tierra, también se trepaban a los árboles o arriba de las casas acababan con los gallineros, perros o gatos. Esta y otras historias eran comunes en mi casa, pero cuando íbamos a visitar a mi abuela, las historias eran otras igual o más escalofriantes. Entre ellas también nos contaba de los brujos carnívoros de Jalapa. Eso sí me daba miedo. Nos platicaba mi abuela que en Jalapa allá en tiempos muy lejanos, cuando una persona moría por un trabajo de brujería, los brujos esperaban la medianoche para desenterrar el cuerpo. Luego, sin que nadie supiera lo hace, arrastraban entre todos se lo comían en medio de una gran fiesta de brujas y brujos donde invocaban al diablo ya al final casi para amanecer, se convertían en animales horribles y peleaban entre ellos. Además, tenían prácticas extrañas que no puedo mencionar. También había brujas con esas habilidades, pero ellas en los aquelares le ofrecían niños al diablo a cambio de poderes como transformarse en bolas de fuego o en animales diferentes. Brujos y brujas se alejaban de la gente para formar sus familias y procreaban hijos. Con esa terrible condición, el nahualismo eran tantos que por las noches más oscuras se esparcían por todos los alrededores. Por lo mismo, la hulladera de perros era terrible. Cuando esto pasaba, los hombres con sus rifles les disparaban para ahuyentarlos. Los tronidos de las armas se escuchaban a lo lejos hasta muy entrada a la madrugada por pláticas de la gente. Se sabía que los nahuales habían matado a algunos animales y aunque aseguraban haber herido uno que otro nahual, nunca se encontraban rastros de sangre o sus cadáveres. Decían las personas mayores que ellos mismos devoraban a los heridos. Aunque yo sabía que eran historias, había algo de cierto, porque eran muchas las personas que contaban cosas parecidas. Además, mi abuela lo platicaba de una manera que hacía que se nos pusiera la piel chinita. Mi abuela vivía en unas rancherías apartadas de los pueblos. En una ocasión que fuimos a visitarla, nos contó historias terribles de nahuales que no me dejaban dormir. Nos decía que cerca De ahí había una pasadera de estos animales, un tramo solitario por donde cruzaban estos seres. Todas las noches rumbo a sus madrigueras. Yo me imaginaba manadas de monstruos corriendo en dos o cuatro patas, devorando a cuanto animal se cruzaba por su camino o o incluso personas. Tal vez su gestionado. Me parecía escuchar gruñidos por las noches. Además, me asustaba cuando los perros ahullaban y hasta escuchaba cómo algo se arrastraba alrededor de la casa. Tal vez nada de eso era real, pero tampoco iba a salir a comprobarlo. En esa ocasión estuvimos como una semana de visita, cuando ya teníamos que regresar. Cayó una fuerte tormenta por las lluvias. Tuvimos que quedarnos unos días más de los planeados porque los caminos se ponían intransitables. Si ya de por sí eran caminos solitarios. Cuando había mal tiempo. Todo era desolación, sobre todo por las noches. Cuando alguien se animaba a salir así, tenía que alumbrarse con una lámpara de petróleo y caminar con mucha precaución, porque si algo te pasaba o te encontrabas de frente con algún animal, te mirarías solo en medio de todo ese monte. Recuerdo esa noche que yo vi a cano por una ventana de la casa, alcancé a mirar varias luces que brillaban. A lo lejos le dije a mi abuela que alguien venía, pero de un jalón me apartó de la ventana y cerró diciendo seguramente andan buscando niños para robárselos. Ellas no saben que estás aquí. Cuando me dijo que a todos los niños que se llevaban las brujas, los utilizaban para alimentar a sus hijos nahuales. Ya no quise escuchar y preferí retirarme a dormir. Esa noche nos acostamos todos con miedo en un mismo cuarto. Mientras mi abuela rezaba, echaba agua, bendita en puertas y ventanas, además de regarzal, hizo otras cosas en un galón de agua. Revolvió limones, agrios, pimienta, tabaco, vinagre y hierbas de fuerte olor. Esto lo esparció por toda la casa. Nos aseguró que era un repelente para nuestra protección. Así estuvimos por largas horas. Le pregunté a mi abuelo por qué las luces no se apagaban con la lluvia si eran bolas de fuego. Su respuesta me dio más miedo. Ese fuego es el infierno. No se apaga con nada. Ya entrada la madrugada comenzamos a escuchar aullidos a lo lejos. Primero se confundían con el sonido de la lluvia. Minutos después ya se escuchaban bastante cerca. Mi abuela nunca dejó de rezar, aunque muchos ruidos extraños afuera de la casa nos decían que alguien andaba busmeando no pasó a mayores. Aún así estuvimos en alerta hasta que por fin pudimos conciliar el sueño. A la mañana siguiente había cesado la lluvia. Al salir a revisar el camino, nos dimos cuenta que alrededor de la casa y del terreno había muchas pisadas de animales, aparentemente de perros. Lo extraño era que algunas de ellas eran más grandes de lo común. Algunas triplicaban en tamaño sin que se dieran cuenta a mis papás los escuchaba hablar preocupados. Aseguraban que esas huellas eran de nahuales decía mi abuela que más que animales, eran demonios, hambrientos de carne y sangre que nunca se habían atrevido a meterse a su rancho por toda la protección que ella tenía. Como a las dos de la tarde, empacamos nuestras cosas porque teníamos que regresar. Mi abuela le advirtió a mi papá de lo peligroso del camino estando en esas condiciones, pero mi padre, quizá por miedo a esas criaturas o porque tenía que regresar a su trabajo, no la escuchaba. Resignada a que nos iríamos, nos dio algunas cosas para el camino, así como muchas recomendaciones. También nos bendijo varias veces. Como a las tres de la tarde, emprendimos el camino en nuestra camioneta de regreso, en medio de lodo charcos y pozos. Solamente nosotros transitábamos por ese lugar como era de esperarse, no habíamos recorrido ni cinco kilos metros. Cuando se atascó la camioneta, nos quedamos varados en medio del camino, completamente desolado por más intentos que se hicieron. La camioneta seguía atascada. Como el tiempo corría rápido de la preocupación, pasamos a los nervios al pensar que pronto se haría de noche y tendríamos que dormir ahí antes de oscurecer. Logramos salir de ahí, pero nos duró poco el gusto. Tal vez a un kilómetro más adelante, quizá un poco más, volvimos a caer en otro pozo. Tuvimos la intención de regresar a la casa de la abuela caminando, pero el camino estaba verdaderamente intransitable. Además, relámpagos y truenos anunciaban aguas torrenciales, sin contar que por la distancia seguramente nos agarraría la noche y podríamos perdernos resignados. Nos quedamos dentro de la camioneta pasando de las ocho de la noche. Todo fue oscuridad. No teníamos ni luz de luna, porque seguíamos o sons si acaso un relámpago. De vez en cuando alumbraba el lugar, miraba a mis papás asustados y yo ni se diga tenía un hueco en el estómago, un terrible presentimiento de que algo malo iba a pasarnos. No me dejaba tranquilo para volver todo más tétrico. Empezó a llover aparte un fuerte viento, se soltó de repente. De vez en cuando movía la camioneta, se sentía como si alguien quisiera arrastrarla por más intentos que hacíamos por mirar hacia afuera era imposible. Así estuvimos por minutos larguísimos. Lo digo porque al mirar el reloj de mi papá. Apenas serían las diez de la noche y ya estábamos desesperados sin saber qué hacer. Mi papá nos hizo un ruido para que no fuéramos a hablar, porque se escuchaban pisadas en los charcos. Como si muchos animales corrieran por los costados de la camioneta. Lo primero que se me vino a la mente fue la pasadera de los nahuales que nos había dicho la abuela. Tal vez estábamos atascados precisamente en el tramo donde era su cruce. Lo más espantoso fue cuando se escuchó cómo rascaban la puerta de la camioneta del lado del copiloto. Mi mamá comenzó a llorar en silencio mientras me abrazaba. Cuando lo hizo supe que estaba temblando del miedo. Me abrazaba tan fuerte que me transmitía todos sus temores, quizá por la atención que se sentía. Casi no hablábamos. El aire silbaba tan fuerte que parecía que alguien lloraba afuera de la camioneta. Además, seguían rasguñando la puerta. Mi papá para calmarnos nos aseguraba que eran las ramas que se habían caído de los árboles las que hacían ese ruido. Por unos minutos más siguieron los relámpagos cada vez que alumbraban. Me parecía ver que, a lo lejos, una silueta parecida a un niño corría entre los charcos y los matorrales mientras unos perros enormes lo seguían. Estoy seguro que mis papás también los veían. Pero pero como no comentaban nada, llegué a pensar que lo imaginaba. Cuando escuchamos que alguien estaba olfateando la camioneta, mi papá encendió el motor e intentó salir del atolladero. Por más intentos que hizo no lograba nada. Tal vez hasta nos hundimos más. El ruido del motor nos alteró a todos. Al grado de empujar el tablero con las manos intentando ayudarle a camioneta a salir, pero obviamente todo era en vano. Encendió los focos delanteros que, por estar llenos de lodo, iluminaban poco. Convencido que era imposible salir, apagó de nueva cuenta la camioneta y las luces. Esa noche lo vi como nunca respirando fuerte y puedo asegurar que estaba asustado unos fuertes lloriqueos se escuchaban cerca de la camioneta. En ocasiones parecían de un niño, pero en otras eran como de un perro de regular tamaño. Tal vez estaba adorado entre el loda sal o quizá o llorar por hambre. Fuera el motivo que fuera se escuchaba horrible, hasta que poco a poco fue cediendo el viento y la lluvia. Con ello también dejó de moverse la camioneta, quedando todo en completo silencio. Al menos yo llegué a pensar que todo había terminado. Le pedí a mi mamá que se calmara un poco. Mi papá volvió a intentar sacar la camioneta, pero no se pudo. De hecho, parecía imposible. Cuando parecía estar todo tranquilo, algunos sollozos se escucharon. Lo primero que se me vino a la mente fue que era un muerto o el diablo el que estaba afuera. Lo que más miedo me daba era que esos sollozos parecían venir debajo de la camioneta. Mi mamá comentó que alguien no nos dejaba salía. Mi papá comenzó a discutir con ella para que no dijera tonterías. Así estuvieron por unos minutos hasta que se calmaron. Con voz muy baja, mi mamá comenzó a rezar mientras mi papá trataba de mirar por las ventanas. Varias veces se aseguró que las puertas tuvieran el seguro, puesto en ocasiones dejaban de llorar y todo se volvía un silencio incómodo. Pasados unos minutos comenzaban de nuevo. Luego pasó algo terrorífico, algo como un lamento o un aullido. Se escuchó muy cerca de nosotros. Fue tan terrible que me llenó de escalofríos. Así estuvimos escuchándolo por largo tiempo. Mi mamá decía en voz baja que era nahuales muy a lo lejos. Se escuchaban ahullar los coyotes, o al menos yo me forzaba a creer que eran esos animales, pero la verdad parecían otra cosa a los que se comunicaban con lo que estuviera debajo de nuestra camioneta, quien no dejaba de hacer ruidos. Tal vez intentando zafarse para nuestra buena suerte, comenzó a amanecer. Poco a poco se podía distinguir el camino lodoso, los árboles y muchas ramas tiene alrededor de nosotros, pero también miramos algunos perros enormes perderse entre los matorrales. Curiosamente, todos eran negros. Apenas aclarando mi papá bajó de la camioneta a unos cuantos minutos le pidió a mi mamá que le ayudara. Me dijeron que no me bajara y cerraron la puerta por la ventana. Pude ver cómo sacaban a un niño debajo de la camioneta, rasgado de sus ropas y lleno de lodo. Además, parecía que sangraba, se veía asustado y no contestaba. Cuando mis padres le hacían preguntas. Yo no lo podía creer. Estaba seguro que lo que había dorado debajo de la camioneta era un coyote o un perro, porque toda la noche se la había pasado aullando y rasguñando, además que podría ser un niño por ese lugar tan alejado de todo. Al sentirse librado, el niño corrió hacia el monte, donde parecía que alguien lo estaba esperando. Antes de perderse entre los matorrales, parecía que iba corriendo en cuatro patas. Mis papás asustados se subieron a la camioneta y nos encerramos de nuevo. Pasaba el tiempo y ya no mirábamos nada. Raro. Pareciera como si la luz del sol hubiera espantado a todos esos seres. Como mi papá hizo otro intento de sacar la camioneta sin tener resultados. Nos dijo que ya no pasaríamos una noche más encerrados en ella, sin importarnos cómo estaba el camino o lo que pudiera pasar a la camioneta. La dejamos abandonada con miedo y todo nos enfilamos. Rumbo a la casa de la abuela, volteando constantemente temerosos de que nos fuera a seguir uno de esos animales. Hubo ocasiones que se escuchaba como si alguien nos viniera siguiendo e incluso se movían las ramas de los árboles. Pero por más que volteábamos nunca mirábamos a nadie. Mi papá con una voz enérgica, nos decía que camináramos más de prisa por lo feo del camino. Tardamos horas en llegar con la abuela, quien se sorprendió mucho de vernos y escuchar por lo que habíamos pasado. Cuando supo por dónde nos habíamos atascado, nos dijo que ese era el cruce de los nahuales. Lo que les he contado no son cuentos de la gente. Hasta el día de hoy pasan muchas cosas inexplicables que se apegan mucho a las historias de estos lugares. Nos dijo la abuela. Después de tres días y estando la tierra más seca con la ayuda de unos conocidos, fue mi papá a sacar la camioneta. Al volver con ella, estaba muy maltratada con rayones que parecían rasguños por todas partes. Los asientos destrozados. Las pocas cosas que quedaron en la caja estaban rotas e incluso mordidas. Papá nos contó que todo alrededor de la camioneta quedaron marcadas infinidad de huellas animales chicas y grandes. Dentro de la camioneta también encontraron mucho pelo a apartirs de perro. Mi papá estaba seguro que, de haber pasado otra noche ahí tal vez no lo hubiéramos liberado. Ahora que cuento esta historia, después de muchos años, me doy cuenta que tuvimos muchas suertes de salir ilesos De ahí en la actualidad, cuando escucho historias de brujos o nahuales, me vuelven los recuerdos, las terribles horas que pasamos encerrados en la camioneta, prácticamente en medio de la nada, escuchando llorar a un perro que al final resultó ser un niño. Esta es solo una historia de muchas que se cuentan, pero yo he escuchado otras mucho más aterradoras, donde el protagonista principal es el diablo. Es él el que les ayuda a los brujos a convertirse en esas criaturas horribles y hambrientas. Por una gran parte de mi país, México, la gente hasta el día de hoy, sigue contando y asegurando que los nahuales son criaturas reales. Muchos lo podemos constatar, lamentablemente otros los más desafortunados. No relato escrito y adaptado por gato negro