Cruce De Nahuales Historias De Terror - REDE

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Cruce de nahualias la historia que voy a compartir me sucedió cuando era un niño de diez años. A esa edad todo me llamaba la atención, como no comprendÃa muchas cosas. Era muy curioso, al grado de no medir los riesgos o los peligros. Por eso, de vez en cuando mis papás me regañaban por las cosas que hacÃa en ese entonces vivÃamos en una villa en el Estado de Tabasco. En realidad no habÃa mucho en qué Entretenerme acudÃa a la escuela, ayudaba un poco en casa, jugaba con mis gatos y el perro. Quizá para muchos una vida asà era ideal, pero cuando caÃa la tarde, las cosas cambiaban. HabÃa poco alumbrado público en las calles de tierra. Por lo mismo, pronto se veÃan solitarias. Además, estaban muy separadas unas casas de otras con infinidad de árboles. Todo se ponÃa sombrÃo. SabÃamos que la negrura de la noche pronto se dueñarÃa de la villa, ya para las nueve la oscuridad era total. El silencio era notorio, al menos por el rumbo donde yo vivÃa. Quizá de vez en cuando, a lo lejos se escuchaban los perros ladrar, pero era todo. En ocasiones me salÃa a caminar solo a escondidas de mis padres para escuchar los ruidos propios del lugar. Me gustaba el silbido del viento, el ruido que hacen los insectos y algunas aves nocturnas. De vez en cuando se escuchaban otros sonidos como si un animal estuviera arriba de los árboles. Aunque nunca lo miraba algo, me decÃa que estaba ahÃ. Acechándome a esa edad, no lograba formarme una idea de cómo podÃa ser sin medir las consecuencias. A veces aventaba piedras a las copas de los árboles para ver si lograba espantar a lo que en ellos se ocultaba. Pero lo más que llegué a ver fue como una sombra grande brincaba de un árbol a otro. En una ocasión que me encontraba unos doscientos metros de la casa, miré cómo algo se trepaba a un árbol con una agilidad increÃble. Yo me acerqué para tirarle piedras, como siempre lo hacÃa. Me detuve en seco cuando me di cuenta que de entre las ramas brillaban dos ojos. En ese momento no supe qué hacer. Dejé caer las piedras que traÃa en las manos y comencé a caminar de regreso. No me atrevà a voltear hacia atrás. Llegué a mi casa. Me encerré en mi cuarto sin decir nada a mis padres. Esa fue la primera vez que me dio miedo a andar solo lejos de la casa. Pero eso fue todo porque nunca más le aventé piedras a los árboles. Tampoco volvà a salir de noche. Con el paso del tiempo lo olvidé. Aunque sucedÃan cosas raras, no era para ponernos en alerta. Por ejemplo, mi mamá le ponÃa trampas a los tlacuaches porque de vez en cuando se le desaparecÃan las gallinas, pero nunca caÃa ningún animal. También se escuchaba que alguien caminaba pesadamente por las noches cerca del gallinero, pero ni las gallinas ni los perros parecÃan enterarse porque no hacÃa ningún ruido. Eso no me daba miedo. Yo me asomaba por las ventanas, pero no habÃa nadie. Estaba acostumbrado a caminar en lugares solitarios y ver muchas cosas en medio del monte, a escuchar todo tipo de sonidos raros. Lo que sà me asustaba eran las cosas que toda la gente decÃa que pasaba. Era muy común que cuando habÃa una desaparición, ya sea de animales o personas, se las achacaban a ciertas criaturas nocturnas. Desde niño conocÃa la historia de Balacán, tierra de brujos, que, por cierto, no quedaba muy lejos ahÃ. Según se contaba, dichos brujos tenÃan la capacidad de convertirse en animales horribles conocidos como nahuales. Por las noches. SalÃan a merodear por las rancherÃas cercanas para alimentarse de lo primero que encontrara los los los los s Contaba mi papá que cuando aullaban los perros, era porque estaban avisando que los nahuales se acercaban y asà todos personas e incluso animales se pusieran en la alerta porque sabÃan que esos seres eran peligrosos, aunque otros decÃan que los perros ahullaban porque anunciaban la muerte. Eran animales extraños que no sólo cazaban en tierra, también se trepaban a los árboles o arriba de las casas acababan con los gallineros, perros o gatos. Esta y otras historias eran comunes en mi casa, pero cuando Ãbamos a visitar a mi abuela, las historias eran otras igual o más escalofriantes. Entre ellas también nos contaba de los brujos carnÃvoros de Jalapa. Eso sà me daba miedo. Nos platicaba mi abuela que en Jalapa allá en tiempos muy lejanos, cuando una persona morÃa por un trabajo de brujerÃa, los brujos esperaban la medianoche para desenterrar el cuerpo. Luego, sin que nadie supiera lo hace, arrastraban entre todos se lo comÃan en medio de una gran fiesta de brujas y brujos donde invocaban al diablo ya al final casi para amanecer, se convertÃan en animales horribles y peleaban entre ellos. Además, tenÃan prácticas extrañas que no puedo mencionar. También habÃa brujas con esas habilidades, pero ellas en los aquelares le ofrecÃan niños al diablo a cambio de poderes como transformarse en bolas de fuego o en animales diferentes. Brujos y brujas se alejaban de la gente para formar sus familias y procreaban hijos. Con esa terrible condición, el nahualismo eran tantos que por las noches más oscuras se esparcÃan por todos los alrededores. Por lo mismo, la hulladera de perros era terrible. Cuando esto pasaba, los hombres con sus rifles les disparaban para ahuyentarlos. Los tronidos de las armas se escuchaban a lo lejos hasta muy entrada a la madrugada por pláticas de la gente. Se sabÃa que los nahuales habÃan matado a algunos animales y aunque aseguraban haber herido uno que otro nahual, nunca se encontraban rastros de sangre o sus cadáveres. DecÃan las personas mayores que ellos mismos devoraban a los heridos. Aunque yo sabÃa que eran historias, habÃa algo de cierto, porque eran muchas las personas que contaban cosas parecidas. Además, mi abuela lo platicaba de una manera que hacÃa que se nos pusiera la piel chinita. Mi abuela vivÃa en unas rancherÃas apartadas de los pueblos. En una ocasión que fuimos a visitarla, nos contó historias terribles de nahuales que no me dejaban dormir. Nos decÃa que cerca De ahà habÃa una pasadera de estos animales, un tramo solitario por donde cruzaban estos seres. Todas las noches rumbo a sus madrigueras. Yo me imaginaba manadas de monstruos corriendo en dos o cuatro patas, devorando a cuanto animal se cruzaba por su camino o o incluso personas. Tal vez su gestionado. Me parecÃa escuchar gruñidos por las noches. Además, me asustaba cuando los perros ahullaban y hasta escuchaba cómo algo se arrastraba alrededor de la casa. Tal vez nada de eso era real, pero tampoco iba a salir a comprobarlo. En esa ocasión estuvimos como una semana de visita, cuando ya tenÃamos que regresar. Cayó una fuerte tormenta por las lluvias. Tuvimos que quedarnos unos dÃas más de los planeados porque los caminos se ponÃan intransitables. Si ya de por sà eran caminos solitarios. Cuando habÃa mal tiempo. Todo era desolación, sobre todo por las noches. Cuando alguien se animaba a salir asÃ, tenÃa que alumbrarse con una lámpara de petróleo y caminar con mucha precaución, porque si algo te pasaba o te encontrabas de frente con algún animal, te mirarÃas solo en medio de todo ese monte. Recuerdo esa noche que yo vi a cano por una ventana de la casa, alcancé a mirar varias luces que brillaban. A lo lejos le dije a mi abuela que alguien venÃa, pero de un jalón me apartó de la ventana y cerró diciendo seguramente andan buscando niños para robárselos. Ellas no saben que estás aquÃ. Cuando me dijo que a todos los niños que se llevaban las brujas, los utilizaban para alimentar a sus hijos nahuales. Ya no quise escuchar y preferà retirarme a dormir. Esa noche nos acostamos todos con miedo en un mismo cuarto. Mientras mi abuela rezaba, echaba agua, bendita en puertas y ventanas, además de regarzal, hizo otras cosas en un galón de agua. Revolvió limones, agrios, pimienta, tabaco, vinagre y hierbas de fuerte olor. Esto lo esparció por toda la casa. Nos aseguró que era un repelente para nuestra protección. Asà estuvimos por largas horas. Le pregunté a mi abuelo por qué las luces no se apagaban con la lluvia si eran bolas de fuego. Su respuesta me dio más miedo. Ese fuego es el infierno. No se apaga con nada. Ya entrada la madrugada comenzamos a escuchar aullidos a lo lejos. Primero se confundÃan con el sonido de la lluvia. Minutos después ya se escuchaban bastante cerca. Mi abuela nunca dejó de rezar, aunque muchos ruidos extraños afuera de la casa nos decÃan que alguien andaba busmeando no pasó a mayores. Aún asà estuvimos en alerta hasta que por fin pudimos conciliar el sueño. A la mañana siguiente habÃa cesado la lluvia. Al salir a revisar el camino, nos dimos cuenta que alrededor de la casa y del terreno habÃa muchas pisadas de animales, aparentemente de perros. Lo extraño era que algunas de ellas eran más grandes de lo común. Algunas triplicaban en tamaño sin que se dieran cuenta a mis papás los escuchaba hablar preocupados. Aseguraban que esas huellas eran de nahuales decÃa mi abuela que más que animales, eran demonios, hambrientos de carne y sangre que nunca se habÃan atrevido a meterse a su rancho por toda la protección que ella tenÃa. Como a las dos de la tarde, empacamos nuestras cosas porque tenÃamos que regresar. Mi abuela le advirtió a mi papá de lo peligroso del camino estando en esas condiciones, pero mi padre, quizá por miedo a esas criaturas o porque tenÃa que regresar a su trabajo, no la escuchaba. Resignada a que nos irÃamos, nos dio algunas cosas para el camino, asà como muchas recomendaciones. También nos bendijo varias veces. Como a las tres de la tarde, emprendimos el camino en nuestra camioneta de regreso, en medio de lodo charcos y pozos. Solamente nosotros transitábamos por ese lugar como era de esperarse, no habÃamos recorrido ni cinco kilos metros. Cuando se atascó la camioneta, nos quedamos varados en medio del camino, completamente desolado por más intentos que se hicieron. La camioneta seguÃa atascada. Como el tiempo corrÃa rápido de la preocupación, pasamos a los nervios al pensar que pronto se harÃa de noche y tendrÃamos que dormir ahà antes de oscurecer. Logramos salir de ahÃ, pero nos duró poco el gusto. Tal vez a un kilómetro más adelante, quizá un poco más, volvimos a caer en otro pozo. Tuvimos la intención de regresar a la casa de la abuela caminando, pero el camino estaba verdaderamente intransitable. Además, relámpagos y truenos anunciaban aguas torrenciales, sin contar que por la distancia seguramente nos agarrarÃa la noche y podrÃamos perdernos resignados. Nos quedamos dentro de la camioneta pasando de las ocho de la noche. Todo fue oscuridad. No tenÃamos ni luz de luna, porque seguÃamos o sons si acaso un relámpago. De vez en cuando alumbraba el lugar, miraba a mis papás asustados y yo ni se diga tenÃa un hueco en el estómago, un terrible presentimiento de que algo malo iba a pasarnos. No me dejaba tranquilo para volver todo más tétrico. Empezó a llover aparte un fuerte viento, se soltó de repente. De vez en cuando movÃa la camioneta, se sentÃa como si alguien quisiera arrastrarla por más intentos que hacÃamos por mirar hacia afuera era imposible. Asà estuvimos por minutos larguÃsimos. Lo digo porque al mirar el reloj de mi papá. Apenas serÃan las diez de la noche y ya estábamos desesperados sin saber qué hacer. Mi papá nos hizo un ruido para que no fuéramos a hablar, porque se escuchaban pisadas en los charcos. Como si muchos animales corrieran por los costados de la camioneta. Lo primero que se me vino a la mente fue la pasadera de los nahuales que nos habÃa dicho la abuela. Tal vez estábamos atascados precisamente en el tramo donde era su cruce. Lo más espantoso fue cuando se escuchó cómo rascaban la puerta de la camioneta del lado del copiloto. Mi mamá comenzó a llorar en silencio mientras me abrazaba. Cuando lo hizo supe que estaba temblando del miedo. Me abrazaba tan fuerte que me transmitÃa todos sus temores, quizá por la atención que se sentÃa. Casi no hablábamos. El aire silbaba tan fuerte que parecÃa que alguien lloraba afuera de la camioneta. Además, seguÃan rasguñando la puerta. Mi papá para calmarnos nos aseguraba que eran las ramas que se habÃan caÃdo de los árboles las que hacÃan ese ruido. Por unos minutos más siguieron los relámpagos cada vez que alumbraban. Me parecÃa ver que, a lo lejos, una silueta parecida a un niño corrÃa entre los charcos y los matorrales mientras unos perros enormes lo seguÃan. Estoy seguro que mis papás también los veÃan. Pero pero como no comentaban nada, llegué a pensar que lo imaginaba. Cuando escuchamos que alguien estaba olfateando la camioneta, mi papá encendió el motor e intentó salir del atolladero. Por más intentos que hizo no lograba nada. Tal vez hasta nos hundimos más. El ruido del motor nos alteró a todos. Al grado de empujar el tablero con las manos intentando ayudarle a camioneta a salir, pero obviamente todo era en vano. Encendió los focos delanteros que, por estar llenos de lodo, iluminaban poco. Convencido que era imposible salir, apagó de nueva cuenta la camioneta y las luces. Esa noche lo vi como nunca respirando fuerte y puedo asegurar que estaba asustado unos fuertes lloriqueos se escuchaban cerca de la camioneta. En ocasiones parecÃan de un niño, pero en otras eran como de un perro de regular tamaño. Tal vez estaba adorado entre el loda sal o quizá o llorar por hambre. Fuera el motivo que fuera se escuchaba horrible, hasta que poco a poco fue cediendo el viento y la lluvia. Con ello también dejó de moverse la camioneta, quedando todo en completo silencio. Al menos yo llegué a pensar que todo habÃa terminado. Le pedà a mi mamá que se calmara un poco. Mi papá volvió a intentar sacar la camioneta, pero no se pudo. De hecho, parecÃa imposible. Cuando parecÃa estar todo tranquilo, algunos sollozos se escucharon. Lo primero que se me vino a la mente fue que era un muerto o el diablo el que estaba afuera. Lo que más miedo me daba era que esos sollozos parecÃan venir debajo de la camioneta. Mi mamá comentó que alguien no nos dejaba salÃa. Mi papá comenzó a discutir con ella para que no dijera tonterÃas. Asà estuvieron por unos minutos hasta que se calmaron. Con voz muy baja, mi mamá comenzó a rezar mientras mi papá trataba de mirar por las ventanas. Varias veces se aseguró que las puertas tuvieran el seguro, puesto en ocasiones dejaban de llorar y todo se volvÃa un silencio incómodo. Pasados unos minutos comenzaban de nuevo. Luego pasó algo terrorÃfico, algo como un lamento o un aullido. Se escuchó muy cerca de nosotros. Fue tan terrible que me llenó de escalofrÃos. Asà estuvimos escuchándolo por largo tiempo. Mi mamá decÃa en voz baja que era nahuales muy a lo lejos. Se escuchaban ahullar los coyotes, o al menos yo me forzaba a creer que eran esos animales, pero la verdad parecÃan otra cosa a los que se comunicaban con lo que estuviera debajo de nuestra camioneta, quien no dejaba de hacer ruidos. Tal vez intentando zafarse para nuestra buena suerte, comenzó a amanecer. Poco a poco se podÃa distinguir el camino lodoso, los árboles y muchas ramas tiene alrededor de nosotros, pero también miramos algunos perros enormes perderse entre los matorrales. Curiosamente, todos eran negros. Apenas aclarando mi papá bajó de la camioneta a unos cuantos minutos le pidió a mi mamá que le ayudara. Me dijeron que no me bajara y cerraron la puerta por la ventana. Pude ver cómo sacaban a un niño debajo de la camioneta, rasgado de sus ropas y lleno de lodo. Además, parecÃa que sangraba, se veÃa asustado y no contestaba. Cuando mis padres le hacÃan preguntas. Yo no lo podÃa creer. Estaba seguro que lo que habÃa dorado debajo de la camioneta era un coyote o un perro, porque toda la noche se la habÃa pasado aullando y rasguñando, además que podrÃa ser un niño por ese lugar tan alejado de todo. Al sentirse librado, el niño corrió hacia el monte, donde parecÃa que alguien lo estaba esperando. Antes de perderse entre los matorrales, parecÃa que iba corriendo en cuatro patas. Mis papás asustados se subieron a la camioneta y nos encerramos de nuevo. Pasaba el tiempo y ya no mirábamos nada. Raro. Pareciera como si la luz del sol hubiera espantado a todos esos seres. Como mi papá hizo otro intento de sacar la camioneta sin tener resultados. Nos dijo que ya no pasarÃamos una noche más encerrados en ella, sin importarnos cómo estaba el camino o lo que pudiera pasar a la camioneta. La dejamos abandonada con miedo y todo nos enfilamos. Rumbo a la casa de la abuela, volteando constantemente temerosos de que nos fuera a seguir uno de esos animales. Hubo ocasiones que se escuchaba como si alguien nos viniera siguiendo e incluso se movÃan las ramas de los árboles. Pero por más que volteábamos nunca mirábamos a nadie. Mi papá con una voz enérgica, nos decÃa que camináramos más de prisa por lo feo del camino. Tardamos horas en llegar con la abuela, quien se sorprendió mucho de vernos y escuchar por lo que habÃamos pasado. Cuando supo por dónde nos habÃamos atascado, nos dijo que ese era el cruce de los nahuales. Lo que les he contado no son cuentos de la gente. Hasta el dÃa de hoy pasan muchas cosas inexplicables que se apegan mucho a las historias de estos lugares. Nos dijo la abuela. Después de tres dÃas y estando la tierra más seca con la ayuda de unos conocidos, fue mi papá a sacar la camioneta. Al volver con ella, estaba muy maltratada con rayones que parecÃan rasguños por todas partes. Los asientos destrozados. Las pocas cosas que quedaron en la caja estaban rotas e incluso mordidas. Papá nos contó que todo alrededor de la camioneta quedaron marcadas infinidad de huellas animales chicas y grandes. Dentro de la camioneta también encontraron mucho pelo a apartirs de perro. Mi papá estaba seguro que, de haber pasado otra noche ahà tal vez no lo hubiéramos liberado. Ahora que cuento esta historia, después de muchos años, me doy cuenta que tuvimos muchas suertes de salir ilesos De ahà en la actualidad, cuando escucho historias de brujos o nahuales, me vuelven los recuerdos, las terribles horas que pasamos encerrados en la camioneta, prácticamente en medio de la nada, escuchando llorar a un perro que al final resultó ser un niño. Esta es solo una historia de muchas que se cuentan, pero yo he escuchado otras mucho más aterradoras, donde el protagonista principal es el diablo. Es él el que les ayuda a los brujos a convertirse en esas criaturas horribles y hambrientas. Por una gran parte de mi paÃs, México, la gente hasta el dÃa de hoy, sigue contando y asegurando que los nahuales son criaturas reales. Muchos lo podemos constatar, lamentablemente otros los más desafortunados. No relato escrito y adaptado por gato negro








