COMÍ CARNE DE NAHUAL Historias De Terror - REDE
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0:02 VivÃamos en un llano seco de Zacatecas, donde la tierra se abrÃa en grietas y el viento levantaba polvo que se metÃa en todo. El rancho estaba viejo, las bardas de piedra se caÃan por tramos y el corral tenÃa los postes vencidos. El granero, que antes servÃa para guardar maÃz y frijol, Se quemó en un incendio y quedó ennegrecido. Mi padre decÃa que desde ese dÃa todo empezó a salir mal. Cada año era peor. La sequÃa mataba las milpas, las plagas se comÃan el maÃz y el ganado enfermaba o desaparecÃa. Mi madre pensaba en irse a otro pueblo, pero mi padre no aceptaba abandonar la tierra. Una mañana regresó de la cabecera municipal con un paquete envuelto en un trapo rojo. Lo traÃa apretado contra el pecho. Dijo que era un amuleto que le vendieron en el mercado, para proteger a los animales y traer prosperidad. Yo me acerqué y vi que las orillas del trapo tenÃan manchas oscuras.
1:02 Mi padre ordenó que no lo tocara. Lo enterró junto a la barda y echó aguardiente encima. Al dÃa siguiente llegó un camión con seis puercos negros. Bajaron despacio, gruñendo bajo. Eran más grandes de lo normal, con el lomo ancho y la piel oscura como carbón. Uno traÃa la oreja rasgada y una cicatriz en la frente. Mientras los empujábamos al corral, noté que ese me miraba fijo. TenÃa los ojos de un color claro que no parecÃa de animal. Por la tarde, vinieron vecinos a verlos. DecÃan que nunca habÃan visto puercos asÃ. Doña Zenaida comentó que traÃan algo raro. Otro hombre dijo que parecÃan saber más de lo que mostraban.
1:45 Mi padre insistió en que eran de buena raza y que pronto engordarÃan. Cuando el corral quedó cerrado, los animales empezaron a caminar en cÃrculo, olfateando cada rincón. El más grande no apartaba la vista de mÃ. Si me movÃa a un lado, giraba la cabeza. Si retrocedÃa, avanzaba un paso. Preferà no acercarme más. Esa noche soñé que estaba junto al corral y el puerco grande se levantaba en dos patas. No recordaba las palabras, pero la voz era gruesa, como si hablara un hombre. Al despertar, sentà que algo me observaba. Me asomé por la ventana. El puerco estaba de pie junto a la cerca, mirando hacia la casa. Por la mañana salà con un balde y vi que seguÃa en el mismo sitio. Cuando levanté la vista, se sentó sin dejar de mirarme. Entré de inmediato. Mi madre me preguntó si habÃa notado algo extraño. Le dije que ese animal no se comportaba como un puerco normal. Mi padre aseguró que todo iba bien y que pronto saldrÃamos adelante. Ese dÃa comprendà que esos animales no eran la solución que él esperaba, eran el principio de algo que ya estaba dentro del rancho. Las semanas siguientes fueron distintas a todo lo que conocÃamos. Los puercos crecieron tan rápido que parecÃan inflarse de un dÃa para otro. cada mañana se veÃan más anchos y pesados el más grande pasaba el metro de alto cuando se paraba derecho para olfatear pronto empezaron
3:18 a comportarse diferente a los pocos dÃas de llegar aprendieron a mover el pasador del corral una tarde los encontramos sueltos caminando junto al granero Mi padre miró cómo el puerco grande empujaba el seguro con el hocico hasta abrirlo. Por las noches caminaban en cÃrculo o se quedaban mirando hacia la casa. Sus ojos brillaban con la luna. A veces se echaban sobre la paja y la acomodaban con cuidado, dejando un hueco en el centro como si marcaran un sitio especial. Mi madre decÃa que eso no era normal. Yo pensaba lo mismo, pero mi padre insistÃa en que era señal de inteligencia y buena crianza. Una mañana descubrimos que habÃan entrado al cuarto donde guardábamos los costales de alimento.
4:06 El pasador estaba roto. Ningún saco tenÃa mordidas. Solo estaban abiertos y desordenados. Mi padre comentó que buscaban grano, pero no quiso darle importancia. Cada vez que me acercaba al corral, el puerco más grande me miraba fijo. Si daba un paso, él giraba la cabeza. Si retrocedÃa, avanzaba. Llegó un momento en que preferà no acercarme solo. Aquella noche mi madre hervÃa café mientras yo partÃa leña junto a la puerta. Un golpe retumbó en la ventana. Pensé que era un pájaro, pero mi madre me llamó con voz baja. Al acercarme, vi al puerco grande parado afuera, con las patas delanteras sobre el marco y la cabeza pegada al vidrio. MovÃa el hocico despacio, como si formara palabras. La lámpara iluminaba su cara. Sus ojos se veÃan claros, casi amarillos. Un murmullo salió de su garganta. No entendà las palabras, pero sentà que me hablaba. Mi madre dijo que no podÃamos seguir con esos animales, que pronto pasarÃa algo peor. Cuando mi padre regresó, le contamos lo que habÃamos visto. Ãl meneó la cabeza y dijo que un cerdo no podÃa hacer esas cosas. Mi madre repitió que ese animal no era igual a los demás. Mi padre respondió que todo era imaginación y que el miedo nos hacÃa ver cosas.
5:30 Discutieron un rato. Al final dijo que no pensaba venderlos ni matarlos. Recordó que el amuleto habÃa costado caro y que por primera vez algo crecÃa fuerte en el rancho. Para él eso significaba que la suerte estaba cambiando. Esa noche me acosté con la imagen del puerco junto a la ventana. Desde mi cama alcancé a ver el corral. Pensé en la forma en que movÃa el hocico y en el murmullo que llevaba mi nombre. Aunque quise creer que era un sueño, algo me decÃa que no. Antes de cerrar los ojos, vi una sombra moviéndose junto a la cerca. Supe que la mirada de ese animal ya se habÃa quedado conmigo. El primero que faltó fue Eugenio, el jornalero que dormÃa en un cobertizo detrás del granero.
6:18 Llevaba dos meses ayudando a reparar cercos y limpiar la tierra. Cada noche se quedaba en un catre de fierro con una cobija gruesa. Una mañana, cuando mi madre fue a llevarle un plato de frijoles, encontró el lugar vacÃo. la cobija estaba tirada en el piso arrugada y el catrecorrido de su sitio mi padre revisó alrededor sobre la tierra se marcaban huellas profundas las pezuñas tenÃan un ancho que no correspondÃa con ningún animal común Entre las marcas quedaban surcos que avanzaban hacia la parte de atrás del corral. Nadie comentó nada en ese momento. Ese dÃa Eugenio no apareció.
6:59 Tampoco llegó al amanecer. Mi padre dijo que se habÃa marchado por su cuenta. Mi madre preguntó por qué dejarÃa la ropa y el dinero que guardaba en una bolsa. Mi padre repitió que no era asunto nuestro adivinar las razones. Un par de vecinos se acercaron a preguntar si habÃamos visto algo. Mi padre salió a hablar con ellos mientras yo me quedé a un lado de la puerta. Alcancé a escuchar que uno mencionó que, por las noches, se oÃan pasos en el corral. El otro dijo que un animal se paraba junto a las bardas y miraba hacia adentro, como si buscara a alguien. Mi padre aseguró que Eugenio se cansó del trabajo y se marchó sin avisar. Esa tarde, mi madre comentó que guardar silencio era un error. Mi padre respondió que si los rumores crecÃan, vendrÃan autoridades a revisar el rancho y nos quitarÃan todo. Según él, perder los animales serÃa peor que cualquier comentario. Con los dÃas empezó a correrse la historia de que una voz llamaba a la gente mientras dormÃa. Una mujer de la parcela vecina contó que despertó de madrugada con su nombre pronunciado cerca de la ventana. Cuando se asomó, vio una figura negra moviéndose junto al corral. DecÃa que medÃa lo mismo que un hombre agachado y que olÃa a tierra mojada.
8:23 Una tarde estaba ordeñando la vaca cuando oà mi nombre. La voz sonaba baja con un eco que parecÃa rebotar entre los tablones. Me quedé con las manos quietas sobre el balde. La vaca alzó la cabeza de golpe y tiró la cubeta. Miré detrás y no habÃa nadie. Al regresar a la casa sentà que los hombros me pesaban. Mi madre preguntó si me encontraba mal. Contesté que tenÃa cansancio. Guardé silencio porque sabÃa que, si contaba lo ocurrido, ella insistirÃa en que sacáramos a los puercos. Mi padre no iba a permitirlo. Esa noche me senté un rato junto a la puerta. Miré hacia el corral. El más grande estaba de pie, con la cabeza orientada hacia la casa.
9:09 TenÃa una postura firme, como si estuviera esperando. Pensé que, si permanecÃa ahÃ, volverÃa a escuchar mi nombre. Entré cuando el frÃo empezó a calar en los brazos. Al amanecer llegó un hombre preguntando por Eugenio. QuerÃa saber si alguien lo habÃa visto irse. Mi padre contestó que debió tomar camino a otro rancho. Nadie mencionó las huellas ni el rastro que se perdÃa detrás de la barda. Cuando se marchó, mi padre nos dijo que, si alguien preguntaba, todos dirÃamos lo mismo. Para él era más importante sostener la historia que aclarar la verdad. Esa tarde lo escuché decir que todo cambio requiere un precio. DecÃa que los animales demostraban que el amuleto estaba haciendo efecto y que cada cosa extraña era parte de la transformación. Mientras hablaba, recordé la voz que me habÃa llamado junto a la vaca. Esa noche me desperté con la sensación de que alguien me observaba.
10:09 Tardé unos segundos en acostumbrar la vista a la oscuridad. La puerta estaba abierta. En el marco se dibujaba una silueta ancha que respiraba con un sonido profundo, parejo. El olor llegó antes de que pudiera moverme. Un tufo espeso, mezclado con tierra húmeda y un aroma rancio que me hizo apretar la garganta. El animal dio un paso y quedó iluminado por la luz pálida que entraba por la ventana. Era el puerco grande. La cicatriz de su frente se marcaba como una lÃnea oscura que le dividÃa la cara. mantenÃa la cabeza gacha pero los ojos estaban fijos en mà avanzó hasta quedar al lado de mi cama el aire se sentÃa pesado cargado con un calor que subÃa desde el suelo cada vez que respiraba la piel de su hocico se inflaba y dejaba escapar un soplo húmedo pensé que si gritaba Mi madre correrÃa a ayudarme, pero la voz se quedó atorada. El puerco inclinó la cabeza, movió el hocico despacio como si buscara las palabras. La voz salió de su garganta con un tono grave que retumbó en mi pecho. Dijo que no temiera, que todo estaba destinado a cambiar y que pronto todo serÃa mÃo.
11:24 mientras hablaba un hilo de baba cayó sobre la manta la tela se manchó y supe que no estaba soñando sentà que las piernas se me entumecÃan el animal la dio la cabeza sin apartar la mirada su respiración tenÃa un ritmo constante como si se sintiera cómodo junto a la cama El olor era tan intenso que me ardieron los ojos. Quise empujarme hacia atrás, pero el cuerpo no me respondió. La voz volvió a sonar más baja que antes. Dijo que solo debÃa esperar, que las cosas se acomodarÃan solas. En ese momento comprendà que no hablaba de mà solamente. Algo en su forma de pronunciar las palabras hacÃa que parecieran antiguas, como si se repitieran desde antes de que naciera.
12:10 El puerco retrocedió un paso y giró hacia la puerta. Lo vi caminar de costado hasta el pasillo. Al llegar al umbral, se enderezó. Sus patas traseras sostuvieron el peso sin esfuerzo. Se dio vuelta y caminó en dos patas, lento, con la cabeza recta. El sonido de sus pasos se mezclaba con el crujido de la madera. Me levanté de golpe. Salà corriendo al cuarto de mi madre. Ella estaba sentada en el borde de la cama con la cara pálida. Me miró y no hizo preguntas. Yo tampoco dije nada. Afuera, los pasos continuaron hasta perderse en la dirección del corral. Mi madre tomó un costal y empezó a meter ropa sin mirar que agarraba. Su voz sonaba seca cuando dijo que ya no podÃamos quedarnos. Dijo que si algo tenÃa el valor de entrar a una casa y hablar como persona, era porque esperaba que aceptáramos su presencia. Yo me acerqué a la ventana. El corral quedaba a lo lejos, pero distinguà la figura del puerco que cruzaba despacio la cerca y se acomodaba en el mismo rincón donde dormÃa siempre.
13:18 Cuando se echó sobre la tierra, todo volvió a quedar en silencio. Mi padre apareció en la puerta. TraÃa la camisa abierta y la cara llena de sudor. Nos preguntó qué estábamos haciendo. Mi madre le dijo que Ãbamos a marcharnos esa misma noche. Mi padre caminó hacia ella con pasos cortos. Dijo que si nos Ãbamos, todo se perderÃa. Aseguró que él mismo matarÃa a los puercos. Lo dijo con una voz que no le conocÃa, más desesperada que enojada. Mi madre no le respondió. Siguió guardando ropa en el costal. Yo me quedé de pie sin saber si acercarme o salir corriendo. Mi padre puso una mano en su hombro.
13:59 Repitió que lo harÃa, que a la mañana siguiente acabarÃa con los animales. Durante un instante pensé que hablaba en serio, pero cuando bajé la vista noté que las manos le temblaban. supe que él también habÃa entendido que no estaba frente a simples animales supe que en su mente ya se habÃa rendido aunque no lo quisiera decir me quedé mirando la puerta abierta convencido de que en cualquier momento esa voz volverÃa a llamarme por la mañana mi padre salió con un machete y un costal dijo que cumplirÃa su palabra Mi madre y yo nos quedamos dentro, escuchando el portón abrirse con un chirrido largo. Durante un rato solo se oyeron pasos y el ruido de la paja que revolvÃa en el corral. luego entró un olor a humo desde la puerta de la cocina vimos que mi padre encendÃa montones de paja en los rincones las llamas subieron despacio el humo se mezcló con un tufo amargo mi madre me tomó del hombro mi padre permaneció en el corral hasta que todo quedó cubierto de ceniza al regresar aseguró que ya estaba hecho que no volverÃamos a preocuparnos Ese dÃa recogimos la ropa del costal y la guardamos en los cajones. ParecÃa que Ãbamos a quedarnos. Mi madre se sentó en la mesa con la mirada fija en el piso. Yo no lograba quitarme de la mente el momento en que el puerco me habló junto a la cama.
15:29 Esa noche fingà dormir. OÃa a mi padre caminar despacio por el pasillo. Salió al patio y se detuvo junto a la barda. La puerta del corral se abrió con un rechinido. El silencio que siguió duró tanto que pensé que se habÃa marchado. Luego llegaron sonidos suaves como si alguien moviera un costal sobre la tierra. A la mañana siguiente, mi madre preguntó por qué no habÃan quedado huesos ni restos. Mi padre explicó que el fuego los consumió. Nadie insistió. Cada uno se quedó con su propia sospecha. Mi padre salÃa poco de la casa. Cuando volvÃa, traÃa la ropa impregnada de ceniza. ComÃa rápido y regresaba al corral. A veces pasaba horas sentado en un banco frente al cerco, con la vista fija en un punto que nosotros no podÃamos ver. Una semana después llegó un vecino gritando. DecÃa que su niño no aparecÃa desde la tarde. HabÃa salido a juntar leña cerca del camino que pasaba detrás de nuestra propiedad. Mi padre no contestó. Se quedó parado junto a la puerta con las manos colgando a los lados.
16:38 Mi madre salió a preguntar qué habÃa pasado. El hombre contó que habÃan encontrado un rastro de sangre que seguÃa la vereda y se perdÃa cerca de nuestra barda. Fuimos con ellos. El camino estaba marcado con gotas oscuras que se secaban en la tierra. A cada paso, el olor se hacÃa más espeso, parecido al corral cuando se mezclaba la humedad con los restos de comida. Nadie hablaba. Mi padre caminaba detrás arrastrando las botas. Al llegar a la barda, el rastro desaparecÃa. Mi madre miró a mi padre sin pronunciar una palabra. Ãl mantuvo la vista baja. El vecino se fue con el rostro endurecido, prometiendo volver con más gente.
17:22 Esa tarde, mi padre sacó una silla vieja y la colocó frente al corral. se quedó allà hasta que cayó la noche yo me asomé por la rendija de la ventana la oscuridad cubrÃa el corral entero mi padre seguÃa sentado con la cabeza inclinada parecÃa que esperaba una señal que no llegaba cuando entró de nuevo pasó sin mirarnos subió al cuarto y cerró la puerta con cuidado mi madre dijo que ya no se podÃa tapar nada Yo supe que la decisión de quedarnos habÃa dejado de ser una opción. Desperté cuando todavÃa era de madrugada. La casa estaba en silencio. A través de la rendija de la puerta vi que el pasillo estaba vacÃo. Un reflejo se movÃa por la ventana del fondo. Me levanté despacio y caminé hasta la sala. Por la abertura de la cortina entraba una luz temblorosa. Me acerqué sin hacer ruido. El corral estaba iluminado por dos lámparas de petróleo. la llama oscilaba con el viento mi padre estaba arrodillado frente al puerco grande tenÃa un costal en las manos que goteaba un lÃquido espeso sobre la tierra la mancha se extendÃa hasta tocar las patas del animal el puerco no se movÃa sostenÃa la cabeza erguida mientras mi padre inclinaba el costal un poco más. El lÃquido caÃa en un hilo constante.
18:44 El olor llegó hasta la ventana, un tufo de sangre y carne fresca. Mi padre levantó una mano como si ofreciera algo. El animal la dio la cabeza y se acercó hasta rozarle los dedos con el hocico. En ese momento comprendà que ya no era un animal. que lo que dormÃa en ese corral no se conformaba con alimento común. El tributo que reclamaba venÃa de otro sitio, más oscuro que cualquier hambre. Sentà que me faltaba aire. Retrocedà un paso. La madera del piso crujió bajo mi pie. Mi padre giró la cabeza. La luz de la lámpara iluminó su cara. TenÃa los ojos abiertos, pero vacÃos. No dijo nada. Dejó el costal en el suelo y se quedó quieto, con la mano estirada hacia el hocico. Regresé a mi cuarto y cerré la puerta sin pensar. Mi corazón latÃa tan rápido que sentÃa un zumbido en los oÃdos. La madrugada siguió avanzando mientras la lámpara seguÃa ardiendo en el patio.
19:44 Cuando salió el sol, mi madre me preguntó qué pasaba. Le dije que habÃa visto a mi padre arrodillado frente al puerco. Le conté del costal y de la sangre que caÃa sobre la tierra. Ella se quedó inmóvil. No parpadeaba. Se llevó la mano al cuello y respiró con dificultad. Ese dÃa no se preparó desayuno. Mi madre caminaba de un lado a otro recogiendo cosas sin orden. DecÃa que tenÃamos que huir antes de que algo cruzara la puerta de la casa. Yo pensaba en el momento en que el puerco se acercó a la mano de mi padre. El movimiento era igual al de un perro que reconoce a su dueño. Por la tarde, mi padre entró con las botas cubiertas de lodo. Mi madre le dijo que nos irÃamos. Ãl cerró la puerta con el pasador y le contestó que nadie se moverÃa. Dijo que, si nos Ãbamos, todo lo que habÃamos trabajado se perderÃa. Durante tres dÃas mi padre salió al corral cada noche. EncendÃa la lámpara y se sentaba frente al animal. A veces llevaba un costal, otras solo un balde. El olor se quedaba en el aire hasta la mañana. Nadie preguntaba qué llevaba. Al anochecer, el puerco caminaba hasta la barda que rodeaba la casa.
20:59 Rasgaba la madera con las pezuñas hasta dejar marcas profundas. Cuando se cansaba, se quedaba quieto. Su respiración se escuchaba desde adentro. La segunda noche escuché mi nombre. Llegó desde el patio con un tono grave, lento, que hizo que la nuca se me enfriara. No quise moverme. La voz volvió a pronunciarlo. La puerta vibró con un golpecito corto. Mi madre empezó a rezar con la voz entrecortada. Mi padre subió las escaleras y se quedó parado frente a la puerta de mi cuarto. Su cara estaba pálida y tenÃa manchas oscuras en la camisa. Dijo que nadie saldrÃa, que todo se acomodarÃa pronto. El tercer dÃa, la voz sonó más cerca. RepetÃa mi nombre con la misma calma con que me lo dijo junto a la cama. Cuando miré por la rendija, vi al puerco con el hocico apoyado en el marco de la puerta. La madera se manchaba de un lÃquido que goteaba de su quijada. La lámpara seguÃa encendida en el corral, iluminando un espacio vacÃo donde antes estaba mi padre. La tormenta empezó cuando el sol ya se habÃa escondido. El viento sacudÃa las láminas del techo y hacÃa temblar los cristales de las ventanas.
22:14 La lluvia caÃa con un golpeteo fuerte. llenando de lodo cada rincón del patio. Mi madre me miró con los ojos fijos. SabÃa que esa era la única oportunidad. Empujé el marco de la ventana hasta que se dio. El aire frÃo entró en la habitación. Mi madre amarró un costal con ropa y me lo entregó. Salté primero. El agua me cubrió hasta los tobillos. Ella salió detrás y caminamos pegados a la pared, tratando de no hacer ruido. Cada paso levantaba agua mezclada con tierra. Llegamos al corral. La cerca estaba abierta. La lluvia caÃa sobre los tablones chamuscados.
22:54 El relámpago iluminó la forma del puerco grande. Estaba erguido sobre las patas traseras, con el lomo arqueado y los ojos brillando bajo la tormenta. ParecÃa esperar nuestro paso. Mi madre se llevó una mano al pecho. Avancé con el cuchillo firme en la mano. El animal dio un paso hacia adelante. El lodo se hundió bajo su peso. TenÃa la cabeza inclinada como si estudiara cuál de los dos se moverÃa primero. Me acerqué sin mirar atrás. El puerco alzó el hocico. El viento empujó su olor hasta mi cara, una mezcla de sangre y algo más agrio. Sentà que todo se detenÃa a mi alrededor. Levanté el cuchillo y lo sostuve con las dos manos. La hoja entró en su garganta con un sonido corto, parecido a un respiro hondo.
23:43 La carne se dio con facilidad. el animal soltó un chillido que subió en un tono largo igual a un grito de persona el eco rebotó en las bardas mi madre empezó a rezar con voz temblorosa el puerco retrocedió un paso la sangre se mezcló con la lluvia El cuchillo quedó atrapado entre los músculos del cuello. Me aparté antes de que cayera de lado. Cuando tocó el suelo, el chillido se apagó como si alguien cerrara una puerta. La tormenta siguió retumbando sobre el corral. Mi madre seguÃa con las manos juntas repitiendo palabras que se perdÃan con el viento. me volvà hacia la casa la puerta principal estaba abierta mi padre estaba en el umbral llevaba la camisa empapada y la mirada perdida bajó un escalón y se detuvo en el lodo caminó despacio hasta quedar frente al cuerpo del puerco sus botas se hundÃan con cada paso se inclinó sobre la herida y pasó los dedos por la sangre Cuando levantó la cara, tenÃa las lágrimas mezcladas con la lluvia. Dijo que no entendÃamos nada, que ese animal era lo único que nos sostenÃa. Sus palabras salÃan entrecortadas pero claras. DecÃa que el amuleto no servÃa si el pacto se rompÃa, que sin el puerco todo volverÃa a secarse y a pudrirse. Mi madre dejó de rezar.
25:10 Dio un paso atrás, sin apartar la vista del cuerpo. El relámpago iluminó el corral entero. El lodo parecÃa hervir alrededor del animal muerto. Mi padre cayó de rodillas junto al hocico. Pasó la mano por la piel oscura como si acariciara algo que todavÃa respiraba. Me quedé quieto, esperando que dijera otra cosa. La tormenta arreciaba sobre nuestras cabezas. Mi madre se acercó y me tomó del brazo. La voz de mi padre bajó hasta quedar en un murmullo que no alcanzaba a entender. Por un momento pensé que se desmayarÃa allà mismo, pero levantó la cabeza y me miró. Sus ojos tenÃan un brillo que no reconocÃ. Dijo que si nos Ãbamos, el rancho terminarÃa de caerse, que ya nada lo sostendrÃa. Mi madre tiró de mi brazo con fuerza.
26:00 Dimos la vuelta y corrimos bajo la lluvia, con el costal rebotando contra mi pierna. Atrás el cuerpo del puerco quedaba hundido en el lodo, mientras mi padre seguÃa de rodillas. El amanecer llegó con un aire frÃo que se metÃa por las rendijas. Mi madre y yo pasamos la noche sentados junto a la puerta, sin atrevernos a volver al cuarto. Afuera, la lluvia se habÃa convertido en un lodo espeso que cubrÃa el patio y el corral. Cuando la luz empezó a aclarear, salimos despacio. El cuerpo de mi padre estaba en el mismo sitio donde lo vimos arrodillarse. TenÃa la cabeza caÃda hacia un lado y las manos hundidas en la tierra mojada. Su pecho estaba marcado con hendiduras que cruzaban la camisa de un lado al otro. Las huellas se parecÃan a las pezuñas del puerco grande, pero eran más largas, como si algo hubiera presionado con fuerza hasta quebrarle los huesos. Nos quedamos en silencio unos segundos. Mi madre se tapó la boca y caminó hacia la barda.
27:04 Yo me acerqué al cuerpo sin pensar. La piel de mi padre estaba frÃa y pálida. A un lado suyo quedaban los restos del costal que usaba para alimentar al animal. La tela estaba rota, manchada con una sustancia oscura que no supe identificar. Esa misma mañana recogimos lo poco que cabÃa en un costal y salimos por el camino que llevaba al pueblo. Dejamos la casa sin cerrar. El corral quedó abierto, con la puerta balanceándose por el viento. Nadie miró atrás. Nos fuimos a otro estado. Mi madre consiguió trabajo en una cocina y yo ayudaba a cargar bultos en un almacén. Durante mucho tiempo evitamos hablar de lo que pasó. La gente preguntaba por qué habÃamos salido con tanta prisa. Mi madre respondÃa que el rancho no daba más.
27:57 Nunca mencionó el amuleto ni los puercos. Las noches eran más tranquilas, pero el recuerdo se quedaba en mi cabeza. Al principio creà que con distancia todo se volverÃa difuso. Me equivoqué. Cada vez que cerraba los ojos volvÃa a ver el corral iluminado por la lámpara, con mi padre de rodillas y el puerco erguido frente a él. Con los años los sueños se hicieron más claros. Empezaba siempre igual. Yo estaba parado frente a un corral sin fin, con las tablas que se perdÃan en la oscuridad. El viento movÃa las puertas y un olor a sangre llegaba desde el otro lado. Entonces la voz me hablaba. Sonaba grave y tranquila. DecÃa que todo estaba listo para que tomara mi lugar. Despertaba con el corazón acelerado. A veces sentÃa que algo me miraba desde el rincón del cuarto. Una noche me levanté y revisé bajo la cama, convencido de que encontrarÃa un hocico esperándome. mi madre murió sin regresar al rancho nunca me pidió que volviera a verlo antes de cerrar los ojos por última vez alcanzó a decir que habÃa cosas que no se podÃan enterrar yo entendà lo que querÃa decir Pasaron los años, cambié de casa y de trabajo, pero los sueños seguÃan. Era la misma voz llamándome, con un tono que no envejecÃa. A veces despertaba con la impresión de que todo habÃa sido real, que si salÃa al patio encontrarÃa la cerca abierta y
29:29 el corral esperándome. La última vez que soñé con él, la voz dijo que ya era hora. Me quedé parado sin mover un músculo, mientras sentÃa el mismo olor que llenaba el aire la noche que lo maté. Dicen que si comes de la carne de un nahual, su sombra se te queda pegada. Yo nunca probé esa carne, pero podrÃa jurar que mi padre llegó a mezclarla en el caldo que nos daba.
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