July 15, 2025

COMÍ CARNE DE NAHUAL Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Vivíamos en un llano seco de Zacatecas, donde la tierra se abría en grietas y el viento levantaba polvo que se metía en todo. El rancho estaba viejo, las bardas de piedra se caían por tramos y el corral tenía los postes vencidos. El granero, que antes servía para guardar maíz y frijol, Se quemó en un incendio y quedó ennegrecido. Mi padre decía que desde ese día todo empezó a salir mal. Cada año era peor. La sequía mataba las milpas, las plagas se comían el maíz y el ganado enfermaba o desaparecía. Mi madre pensaba en irse a otro pueblo, pero mi padre no aceptaba abandonar la tierra. Una mañana regresó de la cabecera municipal con un paquete envuelto en un trapo rojo. Lo traía apretado contra el pecho. Dijo que era un amuleto que le vendieron en el mercado, para proteger a los animales y traer prosperidad. Yo me acerqué y vi que las orillas del trapo tenían manchas oscuras.

1:02 Mi padre ordenó que no lo tocara. Lo enterró junto a la barda y echó aguardiente encima. Al día siguiente llegó un camión con seis puercos negros. Bajaron despacio, gruñendo bajo. Eran más grandes de lo normal, con el lomo ancho y la piel oscura como carbón. Uno traía la oreja rasgada y una cicatriz en la frente. Mientras los empujábamos al corral, noté que ese me miraba fijo. Tenía los ojos de un color claro que no parecía de animal. Por la tarde, vinieron vecinos a verlos. Decían que nunca habían visto puercos así. Doña Zenaida comentó que traían algo raro. Otro hombre dijo que parecían saber más de lo que mostraban.

1:45 Mi padre insistió en que eran de buena raza y que pronto engordarían. Cuando el corral quedó cerrado, los animales empezaron a caminar en círculo, olfateando cada rincón. El más grande no apartaba la vista de mí. Si me movía a un lado, giraba la cabeza. Si retrocedía, avanzaba un paso. Preferí no acercarme más. Esa noche soñé que estaba junto al corral y el puerco grande se levantaba en dos patas. No recordaba las palabras, pero la voz era gruesa, como si hablara un hombre. Al despertar, sentí que algo me observaba. Me asomé por la ventana. El puerco estaba de pie junto a la cerca, mirando hacia la casa. Por la mañana salí con un balde y vi que seguía en el mismo sitio. Cuando levanté la vista, se sentó sin dejar de mirarme. Entré de inmediato. Mi madre me preguntó si había notado algo extraño. Le dije que ese animal no se comportaba como un puerco normal. Mi padre aseguró que todo iba bien y que pronto saldríamos adelante. Ese día comprendí que esos animales no eran la solución que él esperaba, eran el principio de algo que ya estaba dentro del rancho. Las semanas siguientes fueron distintas a todo lo que conocíamos. Los puercos crecieron tan rápido que parecían inflarse de un día para otro. cada mañana se veían más anchos y pesados el más grande pasaba el metro de alto cuando se paraba derecho para olfatear pronto empezaron

3:18 a comportarse diferente a los pocos días de llegar aprendieron a mover el pasador del corral una tarde los encontramos sueltos caminando junto al granero Mi padre miró cómo el puerco grande empujaba el seguro con el hocico hasta abrirlo. Por las noches caminaban en círculo o se quedaban mirando hacia la casa. Sus ojos brillaban con la luna. A veces se echaban sobre la paja y la acomodaban con cuidado, dejando un hueco en el centro como si marcaran un sitio especial. Mi madre decía que eso no era normal. Yo pensaba lo mismo, pero mi padre insistía en que era señal de inteligencia y buena crianza. Una mañana descubrimos que habían entrado al cuarto donde guardábamos los costales de alimento.

4:06 El pasador estaba roto. Ningún saco tenía mordidas. Solo estaban abiertos y desordenados. Mi padre comentó que buscaban grano, pero no quiso darle importancia. Cada vez que me acercaba al corral, el puerco más grande me miraba fijo. Si daba un paso, él giraba la cabeza. Si retrocedía, avanzaba. Llegó un momento en que preferí no acercarme solo. Aquella noche mi madre hervía café mientras yo partía leña junto a la puerta. Un golpe retumbó en la ventana. Pensé que era un pájaro, pero mi madre me llamó con voz baja. Al acercarme, vi al puerco grande parado afuera, con las patas delanteras sobre el marco y la cabeza pegada al vidrio. Movía el hocico despacio, como si formara palabras. La lámpara iluminaba su cara. Sus ojos se veían claros, casi amarillos. Un murmullo salió de su garganta. No entendí las palabras, pero sentí que me hablaba. Mi madre dijo que no podíamos seguir con esos animales, que pronto pasaría algo peor. Cuando mi padre regresó, le contamos lo que habíamos visto. Él meneó la cabeza y dijo que un cerdo no podía hacer esas cosas. Mi madre repitió que ese animal no era igual a los demás. Mi padre respondió que todo era imaginación y que el miedo nos hacía ver cosas.

5:30 Discutieron un rato. Al final dijo que no pensaba venderlos ni matarlos. Recordó que el amuleto había costado caro y que por primera vez algo crecía fuerte en el rancho. Para él eso significaba que la suerte estaba cambiando. Esa noche me acosté con la imagen del puerco junto a la ventana. Desde mi cama alcancé a ver el corral. Pensé en la forma en que movía el hocico y en el murmullo que llevaba mi nombre. Aunque quise creer que era un sueño, algo me decía que no. Antes de cerrar los ojos, vi una sombra moviéndose junto a la cerca. Supe que la mirada de ese animal ya se había quedado conmigo. El primero que faltó fue Eugenio, el jornalero que dormía en un cobertizo detrás del granero.

6:18 Llevaba dos meses ayudando a reparar cercos y limpiar la tierra. Cada noche se quedaba en un catre de fierro con una cobija gruesa. Una mañana, cuando mi madre fue a llevarle un plato de frijoles, encontró el lugar vacío. la cobija estaba tirada en el piso arrugada y el catrecorrido de su sitio mi padre revisó alrededor sobre la tierra se marcaban huellas profundas las pezuñas tenían un ancho que no correspondía con ningún animal común Entre las marcas quedaban surcos que avanzaban hacia la parte de atrás del corral. Nadie comentó nada en ese momento. Ese día Eugenio no apareció.

6:59 Tampoco llegó al amanecer. Mi padre dijo que se había marchado por su cuenta. Mi madre preguntó por qué dejaría la ropa y el dinero que guardaba en una bolsa. Mi padre repitió que no era asunto nuestro adivinar las razones. Un par de vecinos se acercaron a preguntar si habíamos visto algo. Mi padre salió a hablar con ellos mientras yo me quedé a un lado de la puerta. Alcancé a escuchar que uno mencionó que, por las noches, se oían pasos en el corral. El otro dijo que un animal se paraba junto a las bardas y miraba hacia adentro, como si buscara a alguien. Mi padre aseguró que Eugenio se cansó del trabajo y se marchó sin avisar. Esa tarde, mi madre comentó que guardar silencio era un error. Mi padre respondió que si los rumores crecían, vendrían autoridades a revisar el rancho y nos quitarían todo. Según él, perder los animales sería peor que cualquier comentario. Con los días empezó a correrse la historia de que una voz llamaba a la gente mientras dormía. Una mujer de la parcela vecina contó que despertó de madrugada con su nombre pronunciado cerca de la ventana. Cuando se asomó, vio una figura negra moviéndose junto al corral. Decía que medía lo mismo que un hombre agachado y que olía a tierra mojada.

8:23 Una tarde estaba ordeñando la vaca cuando oí mi nombre. La voz sonaba baja con un eco que parecía rebotar entre los tablones. Me quedé con las manos quietas sobre el balde. La vaca alzó la cabeza de golpe y tiró la cubeta. Miré detrás y no había nadie. Al regresar a la casa sentí que los hombros me pesaban. Mi madre preguntó si me encontraba mal. Contesté que tenía cansancio. Guardé silencio porque sabía que, si contaba lo ocurrido, ella insistiría en que sacáramos a los puercos. Mi padre no iba a permitirlo. Esa noche me senté un rato junto a la puerta. Miré hacia el corral. El más grande estaba de pie, con la cabeza orientada hacia la casa.

9:09 Tenía una postura firme, como si estuviera esperando. Pensé que, si permanecía ahí, volvería a escuchar mi nombre. Entré cuando el frío empezó a calar en los brazos. Al amanecer llegó un hombre preguntando por Eugenio. Quería saber si alguien lo había visto irse. Mi padre contestó que debió tomar camino a otro rancho. Nadie mencionó las huellas ni el rastro que se perdía detrás de la barda. Cuando se marchó, mi padre nos dijo que, si alguien preguntaba, todos diríamos lo mismo. Para él era más importante sostener la historia que aclarar la verdad. Esa tarde lo escuché decir que todo cambio requiere un precio. Decía que los animales demostraban que el amuleto estaba haciendo efecto y que cada cosa extraña era parte de la transformación. Mientras hablaba, recordé la voz que me había llamado junto a la vaca. Esa noche me desperté con la sensación de que alguien me observaba.

10:09 Tardé unos segundos en acostumbrar la vista a la oscuridad. La puerta estaba abierta. En el marco se dibujaba una silueta ancha que respiraba con un sonido profundo, parejo. El olor llegó antes de que pudiera moverme. Un tufo espeso, mezclado con tierra húmeda y un aroma rancio que me hizo apretar la garganta. El animal dio un paso y quedó iluminado por la luz pálida que entraba por la ventana. Era el puerco grande. La cicatriz de su frente se marcaba como una línea oscura que le dividía la cara. mantenía la cabeza gacha pero los ojos estaban fijos en mí avanzó hasta quedar al lado de mi cama el aire se sentía pesado cargado con un calor que subía desde el suelo cada vez que respiraba la piel de su hocico se inflaba y dejaba escapar un soplo húmedo pensé que si gritaba Mi madre correría a ayudarme, pero la voz se quedó atorada. El puerco inclinó la cabeza, movió el hocico despacio como si buscara las palabras. La voz salió de su garganta con un tono grave que retumbó en mi pecho. Dijo que no temiera, que todo estaba destinado a cambiar y que pronto todo sería mío.

11:24 mientras hablaba un hilo de baba cayó sobre la manta la tela se manchó y supe que no estaba soñando sentí que las piernas se me entumecían el animal la dio la cabeza sin apartar la mirada su respiración tenía un ritmo constante como si se sintiera cómodo junto a la cama El olor era tan intenso que me ardieron los ojos. Quise empujarme hacia atrás, pero el cuerpo no me respondió. La voz volvió a sonar más baja que antes. Dijo que solo debía esperar, que las cosas se acomodarían solas. En ese momento comprendí que no hablaba de mí solamente. Algo en su forma de pronunciar las palabras hacía que parecieran antiguas, como si se repitieran desde antes de que naciera.

12:10 El puerco retrocedió un paso y giró hacia la puerta. Lo vi caminar de costado hasta el pasillo. Al llegar al umbral, se enderezó. Sus patas traseras sostuvieron el peso sin esfuerzo. Se dio vuelta y caminó en dos patas, lento, con la cabeza recta. El sonido de sus pasos se mezclaba con el crujido de la madera. Me levanté de golpe. Salí corriendo al cuarto de mi madre. Ella estaba sentada en el borde de la cama con la cara pálida. Me miró y no hizo preguntas. Yo tampoco dije nada. Afuera, los pasos continuaron hasta perderse en la dirección del corral. Mi madre tomó un costal y empezó a meter ropa sin mirar que agarraba. Su voz sonaba seca cuando dijo que ya no podíamos quedarnos. Dijo que si algo tenía el valor de entrar a una casa y hablar como persona, era porque esperaba que aceptáramos su presencia. Yo me acerqué a la ventana. El corral quedaba a lo lejos, pero distinguí la figura del puerco que cruzaba despacio la cerca y se acomodaba en el mismo rincón donde dormía siempre.

13:18 Cuando se echó sobre la tierra, todo volvió a quedar en silencio. Mi padre apareció en la puerta. Traía la camisa abierta y la cara llena de sudor. Nos preguntó qué estábamos haciendo. Mi madre le dijo que íbamos a marcharnos esa misma noche. Mi padre caminó hacia ella con pasos cortos. Dijo que si nos íbamos, todo se perdería. Aseguró que él mismo mataría a los puercos. Lo dijo con una voz que no le conocía, más desesperada que enojada. Mi madre no le respondió. Siguió guardando ropa en el costal. Yo me quedé de pie sin saber si acercarme o salir corriendo. Mi padre puso una mano en su hombro.

13:59 Repitió que lo haría, que a la mañana siguiente acabaría con los animales. Durante un instante pensé que hablaba en serio, pero cuando bajé la vista noté que las manos le temblaban. supe que él también había entendido que no estaba frente a simples animales supe que en su mente ya se había rendido aunque no lo quisiera decir me quedé mirando la puerta abierta convencido de que en cualquier momento esa voz volvería a llamarme por la mañana mi padre salió con un machete y un costal dijo que cumpliría su palabra Mi madre y yo nos quedamos dentro, escuchando el portón abrirse con un chirrido largo. Durante un rato solo se oyeron pasos y el ruido de la paja que revolvía en el corral. luego entró un olor a humo desde la puerta de la cocina vimos que mi padre encendía montones de paja en los rincones las llamas subieron despacio el humo se mezcló con un tufo amargo mi madre me tomó del hombro mi padre permaneció en el corral hasta que todo quedó cubierto de ceniza al regresar aseguró que ya estaba hecho que no volveríamos a preocuparnos Ese día recogimos la ropa del costal y la guardamos en los cajones. Parecía que íbamos a quedarnos. Mi madre se sentó en la mesa con la mirada fija en el piso. Yo no lograba quitarme de la mente el momento en que el puerco me habló junto a la cama.

15:29 Esa noche fingí dormir. Oía a mi padre caminar despacio por el pasillo. Salió al patio y se detuvo junto a la barda. La puerta del corral se abrió con un rechinido. El silencio que siguió duró tanto que pensé que se había marchado. Luego llegaron sonidos suaves como si alguien moviera un costal sobre la tierra. A la mañana siguiente, mi madre preguntó por qué no habían quedado huesos ni restos. Mi padre explicó que el fuego los consumió. Nadie insistió. Cada uno se quedó con su propia sospecha. Mi padre salía poco de la casa. Cuando volvía, traía la ropa impregnada de ceniza. Comía rápido y regresaba al corral. A veces pasaba horas sentado en un banco frente al cerco, con la vista fija en un punto que nosotros no podíamos ver. Una semana después llegó un vecino gritando. Decía que su niño no aparecía desde la tarde. Había salido a juntar leña cerca del camino que pasaba detrás de nuestra propiedad. Mi padre no contestó. Se quedó parado junto a la puerta con las manos colgando a los lados.

16:38 Mi madre salió a preguntar qué había pasado. El hombre contó que habían encontrado un rastro de sangre que seguía la vereda y se perdía cerca de nuestra barda. Fuimos con ellos. El camino estaba marcado con gotas oscuras que se secaban en la tierra. A cada paso, el olor se hacía más espeso, parecido al corral cuando se mezclaba la humedad con los restos de comida. Nadie hablaba. Mi padre caminaba detrás arrastrando las botas. Al llegar a la barda, el rastro desaparecía. Mi madre miró a mi padre sin pronunciar una palabra. Él mantuvo la vista baja. El vecino se fue con el rostro endurecido, prometiendo volver con más gente.

17:22 Esa tarde, mi padre sacó una silla vieja y la colocó frente al corral. se quedó allí hasta que cayó la noche yo me asomé por la rendija de la ventana la oscuridad cubría el corral entero mi padre seguía sentado con la cabeza inclinada parecía que esperaba una señal que no llegaba cuando entró de nuevo pasó sin mirarnos subió al cuarto y cerró la puerta con cuidado mi madre dijo que ya no se podía tapar nada Yo supe que la decisión de quedarnos había dejado de ser una opción. Desperté cuando todavía era de madrugada. La casa estaba en silencio. A través de la rendija de la puerta vi que el pasillo estaba vacío. Un reflejo se movía por la ventana del fondo. Me levanté despacio y caminé hasta la sala. Por la abertura de la cortina entraba una luz temblorosa. Me acerqué sin hacer ruido. El corral estaba iluminado por dos lámparas de petróleo. la llama oscilaba con el viento mi padre estaba arrodillado frente al puerco grande tenía un costal en las manos que goteaba un líquido espeso sobre la tierra la mancha se extendía hasta tocar las patas del animal el puerco no se movía sostenía la cabeza erguida mientras mi padre inclinaba el costal un poco más. El líquido caía en un hilo constante.

18:44 El olor llegó hasta la ventana, un tufo de sangre y carne fresca. Mi padre levantó una mano como si ofreciera algo. El animal la dio la cabeza y se acercó hasta rozarle los dedos con el hocico. En ese momento comprendí que ya no era un animal. que lo que dormía en ese corral no se conformaba con alimento común. El tributo que reclamaba venía de otro sitio, más oscuro que cualquier hambre. Sentí que me faltaba aire. Retrocedí un paso. La madera del piso crujió bajo mi pie. Mi padre giró la cabeza. La luz de la lámpara iluminó su cara. Tenía los ojos abiertos, pero vacíos. No dijo nada. Dejó el costal en el suelo y se quedó quieto, con la mano estirada hacia el hocico. Regresé a mi cuarto y cerré la puerta sin pensar. Mi corazón latía tan rápido que sentía un zumbido en los oídos. La madrugada siguió avanzando mientras la lámpara seguía ardiendo en el patio.

19:44 Cuando salió el sol, mi madre me preguntó qué pasaba. Le dije que había visto a mi padre arrodillado frente al puerco. Le conté del costal y de la sangre que caía sobre la tierra. Ella se quedó inmóvil. No parpadeaba. Se llevó la mano al cuello y respiró con dificultad. Ese día no se preparó desayuno. Mi madre caminaba de un lado a otro recogiendo cosas sin orden. Decía que teníamos que huir antes de que algo cruzara la puerta de la casa. Yo pensaba en el momento en que el puerco se acercó a la mano de mi padre. El movimiento era igual al de un perro que reconoce a su dueño. Por la tarde, mi padre entró con las botas cubiertas de lodo. Mi madre le dijo que nos iríamos. Él cerró la puerta con el pasador y le contestó que nadie se movería. Dijo que, si nos íbamos, todo lo que habíamos trabajado se perdería. Durante tres días mi padre salió al corral cada noche. Encendía la lámpara y se sentaba frente al animal. A veces llevaba un costal, otras solo un balde. El olor se quedaba en el aire hasta la mañana. Nadie preguntaba qué llevaba. Al anochecer, el puerco caminaba hasta la barda que rodeaba la casa.

20:59 Rasgaba la madera con las pezuñas hasta dejar marcas profundas. Cuando se cansaba, se quedaba quieto. Su respiración se escuchaba desde adentro. La segunda noche escuché mi nombre. Llegó desde el patio con un tono grave, lento, que hizo que la nuca se me enfriara. No quise moverme. La voz volvió a pronunciarlo. La puerta vibró con un golpecito corto. Mi madre empezó a rezar con la voz entrecortada. Mi padre subió las escaleras y se quedó parado frente a la puerta de mi cuarto. Su cara estaba pálida y tenía manchas oscuras en la camisa. Dijo que nadie saldría, que todo se acomodaría pronto. El tercer día, la voz sonó más cerca. Repetía mi nombre con la misma calma con que me lo dijo junto a la cama. Cuando miré por la rendija, vi al puerco con el hocico apoyado en el marco de la puerta. La madera se manchaba de un líquido que goteaba de su quijada. La lámpara seguía encendida en el corral, iluminando un espacio vacío donde antes estaba mi padre. La tormenta empezó cuando el sol ya se había escondido. El viento sacudía las láminas del techo y hacía temblar los cristales de las ventanas.

22:14 La lluvia caía con un golpeteo fuerte. llenando de lodo cada rincón del patio. Mi madre me miró con los ojos fijos. Sabía que esa era la única oportunidad. Empujé el marco de la ventana hasta que se dio. El aire frío entró en la habitación. Mi madre amarró un costal con ropa y me lo entregó. Salté primero. El agua me cubrió hasta los tobillos. Ella salió detrás y caminamos pegados a la pared, tratando de no hacer ruido. Cada paso levantaba agua mezclada con tierra. Llegamos al corral. La cerca estaba abierta. La lluvia caía sobre los tablones chamuscados.

22:54 El relámpago iluminó la forma del puerco grande. Estaba erguido sobre las patas traseras, con el lomo arqueado y los ojos brillando bajo la tormenta. Parecía esperar nuestro paso. Mi madre se llevó una mano al pecho. Avancé con el cuchillo firme en la mano. El animal dio un paso hacia adelante. El lodo se hundió bajo su peso. Tenía la cabeza inclinada como si estudiara cuál de los dos se movería primero. Me acerqué sin mirar atrás. El puerco alzó el hocico. El viento empujó su olor hasta mi cara, una mezcla de sangre y algo más agrio. Sentí que todo se detenía a mi alrededor. Levanté el cuchillo y lo sostuve con las dos manos. La hoja entró en su garganta con un sonido corto, parecido a un respiro hondo.

23:43 La carne se dio con facilidad. el animal soltó un chillido que subió en un tono largo igual a un grito de persona el eco rebotó en las bardas mi madre empezó a rezar con voz temblorosa el puerco retrocedió un paso la sangre se mezcló con la lluvia El cuchillo quedó atrapado entre los músculos del cuello. Me aparté antes de que cayera de lado. Cuando tocó el suelo, el chillido se apagó como si alguien cerrara una puerta. La tormenta siguió retumbando sobre el corral. Mi madre seguía con las manos juntas repitiendo palabras que se perdían con el viento. me volví hacia la casa la puerta principal estaba abierta mi padre estaba en el umbral llevaba la camisa empapada y la mirada perdida bajó un escalón y se detuvo en el lodo caminó despacio hasta quedar frente al cuerpo del puerco sus botas se hundían con cada paso se inclinó sobre la herida y pasó los dedos por la sangre Cuando levantó la cara, tenía las lágrimas mezcladas con la lluvia. Dijo que no entendíamos nada, que ese animal era lo único que nos sostenía. Sus palabras salían entrecortadas pero claras. Decía que el amuleto no servía si el pacto se rompía, que sin el puerco todo volvería a secarse y a pudrirse. Mi madre dejó de rezar.

25:10 Dio un paso atrás, sin apartar la vista del cuerpo. El relámpago iluminó el corral entero. El lodo parecía hervir alrededor del animal muerto. Mi padre cayó de rodillas junto al hocico. Pasó la mano por la piel oscura como si acariciara algo que todavía respiraba. Me quedé quieto, esperando que dijera otra cosa. La tormenta arreciaba sobre nuestras cabezas. Mi madre se acercó y me tomó del brazo. La voz de mi padre bajó hasta quedar en un murmullo que no alcanzaba a entender. Por un momento pensé que se desmayaría allí mismo, pero levantó la cabeza y me miró. Sus ojos tenían un brillo que no reconocí. Dijo que si nos íbamos, el rancho terminaría de caerse, que ya nada lo sostendría. Mi madre tiró de mi brazo con fuerza.

26:00 Dimos la vuelta y corrimos bajo la lluvia, con el costal rebotando contra mi pierna. Atrás el cuerpo del puerco quedaba hundido en el lodo, mientras mi padre seguía de rodillas. El amanecer llegó con un aire frío que se metía por las rendijas. Mi madre y yo pasamos la noche sentados junto a la puerta, sin atrevernos a volver al cuarto. Afuera, la lluvia se había convertido en un lodo espeso que cubría el patio y el corral. Cuando la luz empezó a aclarear, salimos despacio. El cuerpo de mi padre estaba en el mismo sitio donde lo vimos arrodillarse. Tenía la cabeza caída hacia un lado y las manos hundidas en la tierra mojada. Su pecho estaba marcado con hendiduras que cruzaban la camisa de un lado al otro. Las huellas se parecían a las pezuñas del puerco grande, pero eran más largas, como si algo hubiera presionado con fuerza hasta quebrarle los huesos. Nos quedamos en silencio unos segundos. Mi madre se tapó la boca y caminó hacia la barda.

27:04 Yo me acerqué al cuerpo sin pensar. La piel de mi padre estaba fría y pálida. A un lado suyo quedaban los restos del costal que usaba para alimentar al animal. La tela estaba rota, manchada con una sustancia oscura que no supe identificar. Esa misma mañana recogimos lo poco que cabía en un costal y salimos por el camino que llevaba al pueblo. Dejamos la casa sin cerrar. El corral quedó abierto, con la puerta balanceándose por el viento. Nadie miró atrás. Nos fuimos a otro estado. Mi madre consiguió trabajo en una cocina y yo ayudaba a cargar bultos en un almacén. Durante mucho tiempo evitamos hablar de lo que pasó. La gente preguntaba por qué habíamos salido con tanta prisa. Mi madre respondía que el rancho no daba más.

27:57 Nunca mencionó el amuleto ni los puercos. Las noches eran más tranquilas, pero el recuerdo se quedaba en mi cabeza. Al principio creí que con distancia todo se volvería difuso. Me equivoqué. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el corral iluminado por la lámpara, con mi padre de rodillas y el puerco erguido frente a él. Con los años los sueños se hicieron más claros. Empezaba siempre igual. Yo estaba parado frente a un corral sin fin, con las tablas que se perdían en la oscuridad. El viento movía las puertas y un olor a sangre llegaba desde el otro lado. Entonces la voz me hablaba. Sonaba grave y tranquila. Decía que todo estaba listo para que tomara mi lugar. Despertaba con el corazón acelerado. A veces sentía que algo me miraba desde el rincón del cuarto. Una noche me levanté y revisé bajo la cama, convencido de que encontraría un hocico esperándome. mi madre murió sin regresar al rancho nunca me pidió que volviera a verlo antes de cerrar los ojos por última vez alcanzó a decir que había cosas que no se podían enterrar yo entendí lo que quería decir Pasaron los años, cambié de casa y de trabajo, pero los sueños seguían. Era la misma voz llamándome, con un tono que no envejecía. A veces despertaba con la impresión de que todo había sido real, que si salía al patio encontraría la cerca abierta y

29:29 el corral esperándome. La última vez que soñé con él, la voz dijo que ya era hora. Me quedé parado sin mover un músculo, mientras sentía el mismo olor que llenaba el aire la noche que lo maté. Dicen que si comes de la carne de un nahual, su sombra se te queda pegada. Yo nunca probé esa carne, pero podría jurar que mi padre llegó a mezclarla en el caldo que nos daba.