Jan. 4, 2026

Catemaco: Lo Que Pasa De Noche Es Lo Que Nadie Te Advierte - Historias De Terror - REDE

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0:05 Mi nombre es Pedro y esta es mi historia. Me pasó hace algunos años y la recuerdo como si hubiera sido ayer. Yo fui a Catemaco por un motivo simple. Un familiar cercano llevaba días mal, con un cansancio raro y una fiebre que subía y bajaba sin orden. En mi casa ya no sabían a quién más acudir. Habían ido con médicos, habían cambiado medicinas, habían probado remedios de cocina y la mejoría no llegaba. Una vecina que tenía familia en Veracruz me habló de un curandero conocido del pueblo, de esos que la gente busca. Yo no iba con ganas de creer ni de discutir. Iba por una oportunidad de ayudar a los míos y regresar con algo concreto.

0:48 Llegué a Catemaco en la mañana y lo primero que sentí fue el calor húmedo pegado a la piel. En el centro vi movimiento constante. gente entrando y saliendo del mercado, y tiendas donde vendían hierbas secas en ramos, velas de varios colores, jabones, lociones e imágenes. Ahí entendí algo rápido. Hablar de curación y de trabajos era parte de la vida diaria. Me quedé en un hospedaje sencillo, cerca de las calles donde estaban la mayoría de los negocios. El dueño me dio la llave y me señaló el cuarto. Mientras me acomodaba, me preguntó de dónde venía y a qué iba. Le expliqué lo de mi familiar y el curandero.

1:31 Me dijo, como si hablara de cualquier cosa, que también había gente que trabajaba para hacer daño, por si me interesaba. Esa manera de decirlo sin cuidado se me quedó sonando. Salí en la tarde a ubicar al curandero que me habían recomendado. En el mercado, el ambiente era pesado por los olores. Comida caliente, copal en un bracero, y la humedad de la tierra, caminé despacio para no perderme, vi compras que se veían distintas por la cantidad y por la prisa, una señora se llevó velas negras por varias piezas, envueltas en papel, un hombre compró cuchillos de trabajo, de esos que se usan para carne, y los guardó de inmediato en una bolsa, otros cargaban botellas e imágenes del diablo y figuras extrañas, Esa tarde no alcancé a ver al curandero. Me dijeron que a veces salía a atender gente por fuera y que regresaba más tarde. Volví al hospedaje con la idea de salir temprano al día siguiente.

2:34 Me bañé, me cambié de ropa y me quedé un rato cerca de la ventana mirando hacia la calle. El dueño seguía despierto caminando por el pasillo como si estuviera pendiente del movimiento. Ya más tarde, vi pasar a dos hombres por la parte de afuera del hospedaje. No iban caminando como quien va al centro. Cargaban una bolsa pesada entre los dos, agarrada por las puntas, y la mantenían levantada para que no arrastrara. Se movían con cuidado, atentos a los pasos. Me ganó la curiosidad. Me puse los zapatos, bajé y salí. Los seguí a distancia. Tomaron una calle menos iluminada y luego un tramo donde se sentía más el olor del agua. El camino se puso irregular, con vegetación a los lados y el piso húmedo. Ellos no volteaban mucho, pero su forma de caminar decía que no querían compañía. Yo me quedé atrás, cuidando mis pasos. Llegaron a una zona cercana a la laguna donde la vegetación se cerraba. Entraron por un camino angosto y yo me detuve antes, donde todavía podía ver sin meterme de lleno.

3:43 Desde ahí alcancé a distinguir velas en el suelo. El humo de copal subía y se movía con el aire. Había pocas personas, cinco o seis, y hablaban en voz baja. Vi que acomodaban cosas en el suelo y que uno traía un cuchillo, y la bolsa que cargaban la pusieron cerca de una piedra. Luego vi el animal. Estaba amarrado y se movía por el miedo, pero lo sujetaron y lo sacrificaron rápido. La sangre cayó en la tierra y el olor se hizo pesado, como hierro mezclado con humedad. Uno se agachó y con la mano extendió sangre sobre el suelo, como si marcara una línea. Al lado vi botellas, una bandeja y más velas. Ese momento me dio asco y me obligó a moverme. Ahí escuché un quejido apagado que no venía del animal. Fue corto. como si alguien intentara respirar con algo en la boca. Miré hacia la piedra y vi una prenda humana tirada cerca, una camisa manchada puesta ahí. El cuerpo se me tensó y la idea fue directa. Había alguien retenido y yo estaba viendo algo que no debía ver. Me moví para irme, pero en el primer paso pisé una rama húmeda y tronó.

4:58 Una lámpara se levantó y la luz me pegó directo. Uno lanzó una voz hacia los demás y otro avanzó. Yo corrí y me metí por el mismo camino por donde había llegado. El piso resbalaba. Sentí las ramas pegándome en los brazos y en la cara. Brinqué un alambre bajo y me raspé el antebrazo con fuerza. Pero seguí hasta encontrar otra vez la calle más pareja y las luces del centro. Llegué al hospedaje sucio de lodo, con la ropa manchada y los raspones ardiendo. Entré rápido. Y en la entrada vi al dueño despierto, sentado, mirándome fijo, con la misma calma con la que me había hablado del daño. Esa mirada fue lo que más me dejó intranquilo, porque parecía vigilancia, como si ya supiera exactamente de dónde venía.

5:49 Subí al cuarto y cerré con seguro. Me lavé rápido y me quité la camisa para revisar los raspones. Tenía tierra y hojas pegadas. Me senté a respirar y escuché pasos en el pasillo, pero se detuvieron junto a mi puerta y alguien rozó la madera, como buscando el número. Después se alejaron. En el patio oí al dueño hablando con otra persona y el sonido de las llaves. Me quedé despierto, vestido, con el teléfono en la mano, esperando que amaneciera. Pensé en mi familiar y en el motivo real de estar ahí. Al amanecer tenía que buscar al curandero. También entendí que la curiosidad ya me había metido en problemas.

6:30 Al amanecer seguía con el cuerpo tenso por lo de la noche anterior. Me levanté con la boca amarga y una pesadez en los hombros, como si hubiera dormido con fiebre. Fui directo al baño, me eché agua en la cara y me miré el brazo, donde me raspé al brincar el alambre. Ahí vi algo que no cuadraba con un simple raspón. En el antebrazo, un poco más arriba de la herida, traía una marca pequeña y redonda, como una quemadura puntual. No era grande, pero estaba bien definida, con el borde parejo. Me quedé mirándola un rato porque yo no recordaba haberme quemado y en el cuarto no había nada caliente. Me ardía mucho, y no sabía qué ponerme para quitarme ese dolor, y todavía estaba confundido porque no recordaba de verdad haberme quemado con algo. Me vestí y bajé con la intención de salir al centro, pero en la entrada estaba el dueño, acomodando cosas como si no hubiera pasado nada. Me miró igual que la noche anterior, con una calma que se sentía ensayada. Yo traía la idea de que lo mejor era hacer lo que iba a hacer desde el principio y no quedarme atrapado en la paranoia. Iba por mi familiar, por un curandero y por un remedio claro, pero al mismo tiempo traía el pensamiento fijo de que me habían visto cerca del agua y de que alguien había caminado por el pasillo de mi puerta. Salí sin platicar de más y caminé hacia

8:02 donde me habían dicho que podía encontrar al curandero. Katemako ya estaba despierto. Volví a ver lo mismo del día anterior. Las tiendas con hierbas, las velas en filas, los jabones y lociones, y la gente comprando lo diario. Eso, lejos de tranquilizarme, me confirmó que para mucha gente esas cosas eran rutina, y que lo raro era que yo estuviera sorprendido. Me dieron la dirección y llegué a una casa sencilla, con un patio donde tenían plantas y un olor constante a copal. El curandero me recibió sin apuro. Le expliqué por qué estaba ahí. Le hablé de mi familiar como pude, con los síntomas, con lo que ya habían intentado en casa y con lo que yo esperaba conseguir. Una revisión seria y un camino claro. Luego le conté lo de la noche sin adornar. Le dije que vi un grupo cerca del agua, que vi velas en el suelo, humo, un sacrificio rápido y que escuché un quejido que me hizo pensar en una persona retenida. Luego le dije que al parecer alcanzaron a verme y me corretearon, pero alcancé a escapar. Y como el dueño del hospedaje me miró al verme regresar. Él no se impresionó, se enfocó en los detalles concretos. Me preguntó dónde me estaba quedando, cómo se llamaba el lugar y qué tan cerca estaba del centro.

9:26 También me preguntó que si por qué calle salí cuando seguía a los hombres. cuánta gente vi en total, qué objetos alcancé a identificar y si alguien me alcanzó a tocar durante la huida, ahí recordé el jalón del brazo cuando salté el alambre, se lo dije y le mostré la marca junto con el raspón, me observó el antebrazo con cuidado y me pidió que le describiera la forma exacta en que me habían hecho esa marca, pero yo no lo recordaba, Me hizo una limpia sencilla, usó humo de copal, hierbas y un rezo corto. Mientras lo hacía, me dijo algo directo. Si me vieron, había dos riesgos reales.

10:09 Uno era que intentaran callarme, por miedo a que yo hablara con alguien del pueblo o con una autoridad. El otro era que intentaran enfermarme, para que me fuera asustado y sin ganas de abrir la boca. Me explicó que la gente que hace daño no siempre busca matar. Muchas veces busca controlar y que el miedo es una herramienta fácil cuando alguien ya está alterado. Cuando terminó, me dijo que revisáramos mi cuarto. No me mandó solo, salimos juntos y caminamos hacia el hospedaje. En el trayecto, me dijo que me fijara en la gente que me miraba demasiado, en quien cambiara de ruta al verme y en quien se quedara detenido sin razón. Yo no quería convertirme en alguien que sospecha de todos, pero me quedó claro que tenía que observar. Llegamos y entramos. El dueño nos abrió con una sonrisa que se sentía forzada, como si le molestara que yo fuera acompañado. El curandero no se puso a discutir con él. Subimos al cuarto. En cuanto entró, se fijó en cosas que yo no veía. Miró el piso cerca de la puerta, revisó si había tierra en un rincón donde no debía, movió un poco una silla, se asomó detrás del mueble donde yo había dejado mi mochila.

11:26 Me pidió que no tocara nada y que solo le dijera cómo había estado el cuarto cuando llegué. Yo le señalé dónde dormí, dónde dejé la ropa y dónde dejé el teléfono. Metió la mano detrás de un mueble donde yo no guardaba nada y sacó una bolsa pequeña amarrada con hilo oscuro. En cuanto la vi, el estómago se me apretó. La bolsa tenía un nudo apretado y estaba acomodada, como para que no se viera a simple vista. Me la mostró sin abrirla ahí mismo. Bajamos y la revisó afuera con cuidado. Adentro había cabello, tierra y un pedazo de tela con manchas secas y un frasco pequeño con sangre.

12:07 Ahí la historia dejó de ser una impresión y se volvió algo físico. El curandero me dijo que ese tipo de trabajo no lo dejaban al azar, que no era algo que se tirara en la calle para ver quién lo pisa, y que si apareció en mi cuarto era porque alguien dio acceso o avisó. Yo pensé en el dueño, en la mirada de la noche, en los pasos en el pasillo y en la facilidad con la que él se mantenía despierto cuando debería estar dormido. Con esa idea clara hice dos cosas. La primera fue cambiarme de lugar para quedarme. No me quedé a discutir con el dueño ni a exigir explicaciones. Subí, metí mis cosas en la mochila y salí con el mínimo de movimiento. La segunda fue aceptar que había que avisar a alguien sin andar jugando al valiente. Yo no iba a ir a buscar a ese grupo, ni a señalar gente a lo loco, ni a meterme otra vez al monte solo por orgullo.

13:06 El curandero tenía un conocido en el pueblo, que podía mover una patrulla sin armar escándalo en el centro, sin hacer que toda la gente volteara a ver, y sin dar tiempo a que los que andaban en eso se escondieran. Yo le describí la zona general cerca del agua, el camino por donde seguía los hombres, el punto donde vi las velas y el humo, y el tramo donde me alumbraron. Le dije que yo no podía prometer exactitud, porque en la noche uno corre y se desorienta pero que había referencias claras. El olor del agua, la vegetación cerrada y el tipo de paso por donde entraron. Antes de irme al nuevo hospedaje, hablé para mi casa. Di el recado sobre el curandero y dije que ya tenía una orientación para mi familiar. No conté todos los detalles por teléfono, porque no quería alarmar de más, pero sí dejé claro que yo estaba bien y que iba a terminar el encargo y regresar. Colgué y respiré con calma. Traía el brazo ardiendo por la marca y el raspón, y traía una certeza que ya no me soltaba. Alguien había decidido que yo era un problema, y yo tenía que moverme con cabeza fría para salir de ahí sin quedarme. Ese mismo día me cambié de hospedaje a uno más discreto, en una calle con menos paso. Dejé la mochila en el cuarto, me lavé los raspones otra vez y me cubrí el antebrazo con una venda ligera. La marca seguía

14:38 bien marcada, redonda, como si alguien me hubiera tocado con algo caliente por un segundo. Yo intenté mantener la cabeza fría porque todavía tenía el encargo principal en mente, volver a mi casa con una orientación para mi familiar. Volví con el curandero a media mañana. Él ya había hablado con su conocido, un hombre del pueblo que tenía forma de avisar a una patrulla sin hacer ruido en el centro. A mí me tocó lo único que podía aportar, ubicar la zona general y describir el camino por donde corrí. Lo hice sin inventar precisión. Le expliqué el tramo donde el olor del agua se sentía más fuerte, el punto donde la vegetación se cerraba, y el tipo de terreno donde resbalé y me rasgué el brazo. También expliqué que vi velas en el suelo y humo, desde un lugar donde no me metí de lleno. Al poco rato llegaron dos personas que iban con cuidado, sin uniformes visibles, y se sumó alguien que conocía bien esos caminos. Yo caminé con ellos, pero no al frente. Me quedé atrás, a una distancia que me dejaba ver el avance, y también me dejaba margen para retirarme si algo se ponía pesado.

15:52 El camino de día se veía distinto. La humedad seguía pegada a la tierra, pero ya no estaba el mismo desorden de la noche. Aún así, al acercarnos, el curandero señaló una cosa que yo no había pensado. Un lugar usado para eso siempre deja rastro, aunque intenten limpiar. Al entrar por la parte donde la vegetación estaba más apretada, Vimos cera pegada en piedras, ceniza reciente y un punto pisoteado, como si varias personas hubieran estado paradas ahí por un rato. En el suelo, entre hojas, había restos de copal quemado y pedazos de mecha. La tierra estaba removida en una franja, como si hubieran raspado y vuelto a tapar algo. Eso, por sí solo, confirmaba que yo no me había inventado nada.

16:41 Me dio coraje pensar en el dueño del primer hospedaje. y en la facilidad con la que alguien pudo entrar a mi cuarto. Al mismo tiempo, me repetí que ya estaba en manos de gente que podía actuar mejor que yo. Siguieron revisando alrededor. Uno de los que conocía el terreno se fue por un lado y el otro se metió por una parte más cerrada. Yo me quedé a la orilla del paso, cuidando no meterme donde no debía. El curandero se acercó conmigo y me hizo una seña para que no avanzara. Unos minutos después, del lado más cerrado, salió la voz de alguien pidiendo apoyo, corta y urgente, sin gritos. Me acerqué solo lo necesario para ver desde atrás, ahí estaba lo más fuerte. En la parte de vegetación más cerrada encontraron a una persona amarrada y debilitada. Estaba tirada de lado, con las muñecas marcadas por el amarre y la boca lastimada por algo que le habían puesto para callarla. No lo vi como escena de película, lo vi como lo que era, alguien retenido, lastimado y con miedo, respirando con dificultad y con el cuerpo frío, por haber pasado horas ahí. La levantaron entre dos, con cuidado y sin jaloneos, le dieron agua a tragos pequeños para que no se ahogara, y la cubrieron con una chamarra que traían.

18:04 Yo ayudé con algo simple, y en ese momento mi marca y mi malestar dejaron de importar. Lo único importante era sacar a esa persona del lugar. En cuanto la movieron hacia una zona más abierta, el conocido del curandero se separó para avisar. Poco después llegó una patrulla por una calle cercana, sin sirenas, y con eso se aseguró el traslado. No hubo una pelea bonita, no salió nadie a confesar nada. Lo que se sintió fue movimiento real. Gente revisando el área, levantando preguntas a quienes vivían cerca y anotando referencias del camino y tomando fotos de lo encontrado.

18:46 Yo me quedé callado y atrás porque ya era suficiente con haber señalado el sitio. De los que hacían esos trabajos, algunos ya no estaban. Era evidente que no se iban a quedar esperando. Agarraron a alguien. Fue a uno que se confió o a alguien relacionado, no necesariamente al que mandaba. Eso también lo entendí rápido, porque en lugares así la gente se cubre entre sí y se avisa cuando ve movimiento raro. Cuando todo quedó encaminado, el curandero me llevó aparte y me recordó lo principal. Yo no había ido por curiosidad, yo había ido por mi familiar. Me dio indicaciones simples para el tema de la enfermedad, cosas que yo podía llevar y hacer sin complicar la vida. Y también me pidió que no me quedara rondando el asunto.

19:36 del lugar donde hicieron la brujería aquella noche. Me explicó que cuando uno ya fue visto, lo más inteligente es salir del lugar y cortar el hilo antes de que lo amarren más. Me fui de Catemaco ese mismo día. No me quedé a ver qué pasaba en la noche, ni a preguntar de más en la calle. Salí con la mochila y con el brazo tapado, tratando de caminar como cualquier visitante. En el camino de regreso, sentí el cuerpo cansado, como si me hubiera pasado un camión por encima, pero también sentí alivio, por haber hecho algo útil sin meterme a la fuerza. En mi casa, entregué el recado del curandero y les expliqué lo necesario. Mi familiar siguió esas indicaciones, junto con lo que ya traía de medicina.

20:26 En pocos días se le notó mejoría y esa parte fue lo que me sostuvo, porque era la razón real por la que yo había viajado. Mi marca tardó más en bajar, el ardor se fue primero, luego se desinflamó y al final quedó una sombra en la piel por un tiempo. El malestar del cuerpo también se me quitó poco a poco, como cuando uno se recupera de un susto largo. Lo que no se me quitó fue la certeza de algo. Yo entré a Catemaco por un asunto de curación y terminé viendo una parte oscura que existe de verdad, donde la gente mezcla ritual con violencia. Desde entonces, cuando escucho que alguien habla de trabajos de sangre como si fuera un juego, yo ya sé lo que puede haber detrás. Y también sé que la curiosidad en ciertos lugares se paga caro.