Oct. 29, 2023

Cargamos El Cadaver Por La Ruta Del Peregrino Historias De Terror - REDE

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La ruta del Peregrino. Talpa de Allende es un pueblo mágico del Estado de Jalisco. Está aproximadamente a tres horas de Guadalajara. Este lugar es muy reconocido por las peregrinaciones que se realizan durante todo el año para visitar a la Virgen, principalmente durante el mes de marzo y abril, que es cuando empieza la Semana Santa. Por lo regular, cuando se visita este poblado es con finalidad religiosa. Hay una leyenda alrededor de la Virgen del Rosario de Taalpa, por lo que se le considera milagrosa. Esta historia narra que la Virgen fue hecha con material de caña. Unos pobladores michoacanos la llevaron como regalo al pueblo. Estuvo expuesta en el templo de nuestro señor San José. Fue la primera iglesia que hubo en el poblado de Talpa. Con el paso de los años, la virgen se fue deteriorando. Pensaron en quitarla de la Iglesia. De acuerdo a sus costumbres, no era posible tirarla a la basura. La tradición era enterrarla en algún lugar de la Iglesia. La señora que se encargaba de la limpieza del templo, fue asignada para realizar esta labor al. Momento que la iba a enterrar, la virgen se incendió y cambió su materia original, que era de caña, para transformarlo en madera. A partir de ese momento se le ha considerado como milagrosa. La voz corrió por todas partes, así que los feligreses creyentes empezaron a ir a talpa para pedirle un favor a la virgen o agradecer algún beneficio recibido. Hay personas que han realizado el viaje en autobús, aunque lo más común es hacerlo caminando desde el lugar de origen hacia el pueblo de Taalpa. Así fue como se creó la Ruta del Peregrino. Una de las rutas inicia en el pueblo de Ameca. De ahí se camina hacia Talpa. Durante el trayecto se pasan por ríos, montes, descensos y cuestas. Se escucha sencillo, pero para poder llegar a Talpa es necesario caminar por este camino durante tres días, haciendo espacio para el descanso y las comidas. Con el paso del tiempo se han creado una serie de historias y leyendas de las personas que caminan por esta ruta. La primera vez que visité a la Virgen de Talpa era una niña. Mis padres me llevaron en camión. No quisieron que fuera caminando porque era muy pesado que lo hiciera. Al igual que para mi hermana menor. Cuando crecí, mi madre empezó a enfermar. Ella inició con un problema en el estómago que se le fue agravando. Quería que fuéramos juntos caminando por la Ruta del Peregrino, pero a ella no le era posible, por lo que le prometí que iría caminando para pedirle a la Virgen que recuperara su salud. Mi madre me agradeció que lo hiciera, así que me organicé con mi hermana para poder ir a talpa. Pensamos que sería mejor llevarla a cabo durante el mes de enero, porque los siguientes tres meses había más gente en el campo. En un inicio, mi papá nos dijo que iría con nosotras, pero su trabajo no se lo permitió. Además, era necesario que se quedara para estar al pendiente de mi madre. Había ocasiones en las que se ponía un poco más delicada y era necesario llevarla al hospital. Mi otra hermana más pequeña quería ir pero tenía diez años. Consideré que no era prudente hacerlo. Le prometí que más adelante podría acudir con nosotras. Recuerdo que salimos el treinta y uno de enero de mil novecientos noventa y uno. En aquella época tenía veintiuno años y mi hermana Angélica diecinueve. Mis padres se quedaron tranquilos porque no íbamos solas. Se había organizado un viaje entre los vecinos de la cuadra. Se rentó un camión para poder ir a Ameca. No todos iríamos caminando. Las personas mayores se irían en el camión hasta talpa. Ahí nos esperaría el camión hasta nuestra llegada y nos regresaríamos todos juntos. Entre los vecinos que iríamos caminando, estaba Pepe, Él era nuestro amigo desde la infancia. Sus padres también irían con nosotras él le dijo a mis papás que estaríamos juntos todo el tiempo, que no se preocuparan, por lo que ellos se quedaron tranquilos. Cuando estábamos reunidos en Ameca empezó la travesía. Eran las ocho de la mañana, por lo que empezamos con lo frío de la mañana. Era un camino de terracería por el que pasamos por distintas rancherías durante un largo rato. Estuvimos caminando por una brecha recta pero inestable. El camino se fue complicando porque había un ascenso. Uno de los compañeros dijo que se trataba del cerro del obispo. Ahí fue cuando puse a prueba mi condición física, que no era tan buena, porque empecé a sentirme cansada. Mi hermana Angélica era más ágil. Pepe se acercó para preguntarme si me sentía muy cansada. Le dije que sí y nos sentamos durante unos minutos a descansar en una piedra. En ningún momento me sentí sola todo el tiempo, o acompañada por Pepe, sus padres, mi hermana y las demás personas que se iban agregando a la peregrinación. Mientras recuperaba el aliento, vi a una señora de edad avanzada que se había sentado a descansar del otro lado del camino. Ella se sentó en un tronco de un árbol, llevaba una bolsa tejida. Se le notaba que estaba un poco pesada. Pepe se ofreció a ayudarla. Ella agradeció el detalle, nos dijo que se llamaba Esther y le dio la bolsa a mi amigo. Reanudamos la caminata para alcanzar a mi hermana y a los padres de Pepe por la misma edad de la señora. Ella caminaba más lento y necesitaba descansar. En más ocasiones no podíamos quedarnos todo el tiempo con ella, porque era separarnos de nuestro grupo de peregrinos. Pepe le dijo a la señora que en talpala esperaba para regresarle su bolso. Pensé que la señora no iba a querer porque no nos conocía, pero sí lo hizo. Aceptó agradecida. Más adelante nos esperaban mi hermana y los padres de Pepe Teníamos los tenis blancos del polvo del camino. Después la tierra cambió de color. Era de un rojo pegajoso vi otra cuesta por subir. Le nombraban la cuesta de las comadres. Continuamos caminando hasta llegar a la estanzuela. Los padres de Pepe ya se veían exhaustos. Nos quedamos a descansar por un rato. Cuando le vieron a Pepe la bolsa que traía, le preguntaron de quién era. Les platicamos de la señora que venía más atrás. El padre de Pepe sostuvo la bolsa para pesarla. Realmente tenía un peso considerable. Era bastante carga para la señora. Por respeto, no quisimos abrirla. Cuando recuperamos un poco el aliento, seguimos nuestro caminar. Mi hermana, Angélica se acercó para decirme que estaba pesado caminar bajo los rayos del sol, pero era una experiencia increíble porque era posible darse cuenta la fe con la que las personas hacían el peregrinar. Me señaló a una muchacha que iba más adelante de nosotras. Ella era de la edad de mi hermana. Tenía como veinte años. Angélica me platicó que durante el camino hubo un momento en que la chica se acercó con ella. Le dijo que se llamaba María. Ella venía del Estado de Michoacán. Estaba enferma de cáncer. Iba con la virgen de Talpa con la esperanza de que la sanara de su enfermedad. Fue una coincidencia que, al mismo tiempo que mi hermana me platicaba de ella, la muchacha volteó y se sonrió su rostro. Mostraba huellas de la enfermedad. Se le veía con una palidez extrema. Le comenté a Angélica que personas como ella deberían de irse en el camión, al igual que la señora que habíamos dejado atrás. Llegamos al pueblo de La Estanzuela y seguimos el camino sólo en ratos. Descansamos en enramadas que estaban con esa finalidad para hidratarnos y dar un pequeño receso. Al llegar al poblado de majadas nos preparamos para para pasar la primera noche y poder descansar. Era una bodegón grande en el que todos nos acomodábamos en el piso. Ni siquiera sentimos lo frío de la noche ni lo duro del suelo. Estábamos tan cansadas que de inmediato nos quedamos dormidas. Pensé que estaba soñando. Cuando escuché que una mujer estaba rezando con dificultad pude abrir los ojos a lo lejos, seguía oyendo el rezo de una persona. Me senté para ver de quién se trataba. No pude ver a la persona que rezaba, porque el lugar estaba muy oscuro. Me incorporé para ir al baño que se encontraba fuera del lugar. Sólo iluminaba un foco con una luz titilante. Me metí al baño mientras estaba dentro. Tocaron a la puerta. No respondí, pero de nuevo tocaron con más insistencia. Les dije que esperaran. Acababa de entrar. Lo dije un poco molesta. Me apresuré y abrí de golpe la puerta. Sin embargo, no había nadie afuera. Pensé que la persona que estuvo tocando se fue detrás de las hierbas a hacer del baño. Iba de regreso con el resto de las personas. Cuando escuché unas pisadas en el terreno polvoriento. Cuando volteé vi a un hombre de edad avanzada. Se le notaba que no podía con el cansancio me acerqué a ayudarlo. Le pregunté si él fue el que estuvo tocando a la puerta, pero el hombre no me respondió. Me dijo que estaba buscando a su esposa. Ya había caminado mucho y no la podía encontrar. Le pregunté el nombre de la persona que buscaba. Me respondió que se llamaba Esther. Por un momento pensé que podría ser la misma señora que habíamos visto, pero como no sabía dónde se encontraba. No le dije nada. Lo llevé al interior del cuarto porque el hombre temblaba de frío. Sólo llevaba puesta una camisa de manga larga de manta. Le dije que se podía enfermar. Él Me comentó que por eso estaba buscando a su esposa, porque ella era la que traía todo en una bolsa, pero no más. No la encontraba. Noté al hombre desesperado le dije que se fuera a dormir cerca de nosotros. Traía una cobija de más se la podía prestar. Al día siguiente sería más fácil encontrar a su señora. El hombre estuvo de acuerdo y se fue detrás de mí. Pepe despertó. Me preguntó qué sucedía. Le dije que hiciera espacio para acomodar al señor. El hombre en cuanto se acostó se quedó dormido. Pepe se acomodó al lado de él. De pronto se levantó abruptamente. Le pregunté qué le sucedía. Él me dijo que el señor estaba muy frío. Le dije que sí, porque venía de afuera. Parecía que andaba perdido. Me dijo que lo tocara de su mano. No quería hacerlo porque lo íbamos a despertar. Sólo rocé mi mano con su mejilla. En efecto, estaba helado, pero yo también tenía las manos igual. Le dije a Pepe que se acostara y se durmiera. Al día siguiente. El trayecto sería muy pesado. Lo ideal era descansar y de nuevo nos quedamos dormidos muy pronto por la mañana. Los cantos de los gallos nos despertaron. Cuando desperté, el señor ya se había marchado. Olvidó en el tendido un rosario con cuentas de color negro. Pensé que en el camino lo encontraría de nuevo y se lo devolvería. Mi hermana y Pepe también se habían levantado. Era la única de nuestro grupo que continuaba dormida. Me salí del bodegón afuera. Estaban vendiendo caféite. Ahí estaban los padres de Pepe. Me acerqué con ellos para preguntarles por angélica. Me dijeron que habían visto a Esther. Fueron para comentarle que había un hombre que podría ser su esposo y la estaba buscando. Mi hermana venía con Pepe. En cuanto me encontraron, me dijeron que vieron a Esther, pero que no la pudieron alcanzar. Les comenté que no se preocuparan. Todos íbamos al mismo lugar. En algún momento la hallaríamos de nuevo. Les mostré el rosario que el hombre había dejado en el tendido. Me dijeron que allá los veríamos en el atrio del templo. Nuevamente reanudamos nuestra caminata, estábamos descansados y el camino era de bajada. No tuvimos el menor problema en comenzar nuestro peregrinaje. Además, nos encontramos un río que nos permitió refrescarnos un poco. Escuché que dijeron que el nombre del río era atenguillo. Nos quedamos unos minutos a descansar a la orilla del río. Después que lo cruzamos, un peregrino nos dijo que agarráramos fuerzas porque seguía otro camino de su vida. Estábamos por llegar al cerro del sacrificio. Desde ahí podíamos ver el espinazo del Diablo. El espinazo del Diablo no era otra cosa que una serie de cadenas montañosas que formaban parte de la Sierra vi una capilla pequeña que tenía una campana. El peregrino que nos acompañaba nos dijo que era tradición tocar la campana. Al pasar por ella, me fui de paso sin hacerle caso al muchacho y él me detuvo. Me dijo que me regresara a tocar la campana porque si no lo hacía algo malo me podía pasar a mí o a otros peregrinos. Era mejor que lo hiciera para evitar que alguno de los espíritus que estaban alrededor de nosotros no nos lastimaran. Pepe y mi hermana la tocaron, al igual que los padres de mi amigo. No quería hacerlo porque creí que sólo se trataban de supersticiones, pero Angélica me dijo que no perdía nada. Todos me miraron con ojos insistentes. Un poco molesta fui y toqué la campana. Le dije a Pepe que eran puras creencias, falsas otro de los peregrinos que iba me escuchó me dijo que las cosas no eran como yo decía. Era cierto lo que decían de la campana. Si no la tocaba, uno de los peregrinos podía tener un accidente o incluso morir mientras nos alejábamos. Nos contó que así le sucedió a un joven que no creyó en la campana. Se fue de largo sin tocarla más adelante cayó muerto sin explicación alguna, muy cerca del espinazo del diablo. Ahí quedó inerte pepe me tomó de la mano y entre los dos tocamos de nuevo la campana. Por aquello de las dudas, sólo me limité a sonreír aunque no creían todo lo que decían. Continuamos el camino entre un camino serpenteante que a veces nos obligaba a subir y en otras ocasiones a bajar. Nos acercamos al pueblo de Mascota. Nuevamente. La noche comenzaba a caer. Nos quedamos a descansar en unos de los jacales que estaban acondicionados para que pudiéramos dormir nuevamente. El cansancio Nos venció a la mayor parte de los peregrinos. Antes de que me durmiera vi a esther, ella estaba susurrando con un rosario en la mano. Supuse que estaba rezando me acerqué para decirle que mi amigo Pepe estaba cuidando de su bolsa y que probablemente su esposo la estaba buscando. La señora sonrió con amabilidad me dijo que ella no se preocupaba por su bolsa. Sabía que estaba en buenas manos y que su contenido llegaría hasta con la Virgen, pero por las dudas su marido estaba al pendiente de que no hicieran mal uso de ella. Ese era el motivo por el que la bolsa pesaba tanto dos peregrinas nos escucharon y se acercaron para ver qué sucedía. Una de las mujeres de inmediato dijo que esa mujer era una bruja. La mamá de Pepe se alteró un poco. Dijo que no era posible que en esos caminos benditos hubiera alguien. Así continuamos el camino tratando de alcanzar a Esther sin conseguirlo. Mientras más apresuramos el paso, ella se veía más lejana. Hubo un momento en que la perdimos de vista. Cuando llegamos al atrio del templo, la buscamos sin lograr encontrarla. Pepe me dijo que mejor entráramos con la Virgen. Le dije que lo hiciera él primero con sus padres. Me quedaría con mi hermana afuera para ver si lograba encontrar a Esther. Mientras ellos entraban a la Iglesia Angélica. Me comentó que ya no había visto a la muchacha enferma la estuvo buscando sin lograr encontrarla. Le dije que quizás no pudo con el recorrido y se subió a la camioneta que esperaba a los peregrinos en ciertos pueblos, porque había vehículos que llevaban a las personas a talpa, aquellas que por el cansancio o enfermedad no resistían el trayecto a pie. Cuando salió Pepe y sus padres del templo, me tocó el turno de entrar junto con mi hermana. Le dije a Pepe que estuviera atento por si veía a Esther. Al entrar al templo, sentí una sensación de paz y emoción por haber conseguido llegar con la Virgen. Le dimos nuestros agradecimientos, así como las peticiones por nuestra madre enferma, enseguida que salimos del templo. Ni le pregunté a Pepe si había visto a Esther lo vi con la bolsa entre sus manos. No sabíamos qué hacer con las pertenencias de Esther. Angélica fue la que sugirió hablar con el sacerdote de la parroquia y dejarle las cosas de ella. Fuimos a la notaría. En el pasillo vimos a un hombre de edad mediana formalmente vestido. Supuse que se trataba del sacerdote, Lo abordé y me dijo que él era el presbítero a cargo. Después que le comentamos los detalles de lo sucedido con Esther, el padre se limitó a sonreír. Nos dijo que no éramos las primeras personas que nos sucedía algo extraño. La madre de Pepe preguntó si esa mujer era una bruja, mientras que el papá de mi amigo dijo que no era posible que ese tipo de demonios estuviera entre la gente creyente. El padre respondió que no era posible que fuera una bruja. Sacó la fotografía de la bolsa y nos la mostró. Nos dijo que el hombre de la foto era el esposo de Esther y los huesos dentro de la bolsa pertenecían a él. Quizás también ella ya estaba muerta. El sacerdote nos explicó que era muy común que sucedieran este tipo de eventos, ya que la fe de las personas los llevaba a continuar con sus propósitos. Aún después de muertos. No supimos qué responder al padre. Sólo nos quedamos con muchas preguntas que no tenían respuesta. Le dejamos al padre la bolsa de Esther. Él nos dijo que les daría sepultura a los huesos antes de salir. Nos comentó que quizás nosotros fuimos las personas que lograron que los huesos por fin llegaran al lugar indicado y que quizás el alma de esas personas podría descansar. Nos regresamos de talpa en el camión durante un rato veníamos callados. Lo más seguro era que todos pensamos en lo ocurrido. Tratando de darle una explicación razonable a lo vivido. Por mi parte, me quedé con la idea de que en la Ruta del Peregrino caminaban muertos y vivos, sin saber cómo identificarlos, cada uno tratando de cumplir su promesa a la Virgen. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas