July 4, 2025

CACERÍA DE UN NAHUAL Historias De Terror - REDE

CACERÍA DE UN NAHUAL Historias De Terror - REDE
CACERÍA DE UN NAHUAL Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
CACERÍA DE UN NAHUAL Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:02 Me llamó Mateo. Mi abuelo me contó esta historia una sola vez, cuando ya estaba enfermo y hablaba poco. Yo tenía 14 años cuando me la contó. Esto le pasó en 1989 en un pueblo de Veracruz. A mi abuelo le decían Don Eliseo. Era un hombre de campo, nunca fue de hablar mucho. Mi mamá decía que él había cambiado desde aquel año, pero nadie en la familia sabía por qué. En ese tiempo, Eliseo vivía con mi abuela y sus tres hijos, entre ellos mi mamá, en un terreno un poco alejado del pueblo, cerca de una vereda que llevaba al cerro. Tenía su casa. una pequeña parcela de milpa y un corral con puercos y gallinas, todo lo que necesitaban para vivir. Pero esa zona ya tenía fama de que allá se aparecían cosas. Desde antes se contaban historias de gritos en la madrugada, de animales muertos en condiciones extrañas, de mujeres que caminaban solas por el monte, y luego regresaban sin recordar por qué se habían ido. mi abuelo no creía en eso siempre decía que eran puras invenciones de gente floja para no trabajar de noche o para justificar cuando se les perdía el ganado según lo que me contó todo empezó una noche en la que los perros no dejaban de ladrar eran como las dos de la madrugada primero creyó que era algún zorro o un tlacuache merodeando el corral salió con una lámpara de petróleo

1:33 solo por rutina sin mucha prisa Pero, al llegar, se dio cuenta de que los animales estaban inquietos, nerviosos. Uno de los puercos estaba sangrando del lomo, como si lo hubieran arañado con algo filoso. No parecía la mordida de un animal común. Las gallinas chillaban sin parar, pero no había nadie ahí. Buscó con la lámpara por todo el terreno, pero no vio a nadie. Volvió a dormir, aunque mal. A la mañana siguiente encontró una huella frente al gallinero. Era grande, de forma rara. Parecía de un pie humano, pero con los dedos más largos, casi como garras. Se lo mostró a mi abuela, pero ella solo se persignó y le dijo que no lo tocara, que mejor le echara cal encima. Mi abuelo borró la huella con una pala.

2:23 Esa misma noche volvió a pasar. Se levantó de nuevo, ahora con el machete en la mano, y se dirigió hacia la parte trasera del corral. Mi abuelo encontró la tela del gallinero rota. Estaba rasgada de forma irregular, como si la hubieran jalado con fuerza desde afuera. En el suelo había muchas plumas, algunas todavía flotando en el aire, como si acabara de pasar algo. Pero no había ningún cuerpo, ninguna gallina muerta, ninguna herida, solo las plumas esparcidas por el corral. Se quedó un momento en silencio, escuchando, pero no se oía nada, ni el canto de los grillos, solo el crujido muy leve de las hojas secas que el viento arrastraba por la milpa. Mi abuelo empezó a caminar despacio por el terreno. Rodeó el corral, revisó detrás del gallinero, entre los matorrales. No vio rastros de sangre ni huellas como las de la noche anterior, pero había ramas rotas. Tenía el machete en la mano, pero el brazo le temblaba. Él decía que no era de asustarse por cualquier cosa, pero esa noche le costaba trabajo pensar con claridad. Caminó hasta la cerca de alambre que marcaba el final del terreno. Allí se detuvo. El monte seguía hacia el cerro, y el camino se perdía entre los árboles.

3:43 La lámpara no alcanzaba a iluminar mucho. Mi abuelo retrocedió sin darle la espalda al monte. Estaba sudando. En un momento sintió que algo respiraba cerca. No lo escuchó, lo sintió, como si el aire cambiara. No vio nada, solo oscuridad. Volvió sobre sus pasos sin correr. Cuando se alejó del gallinero notó que los perros ya no ladraban. Estaban echados contra la pared de la casa, gimiendo, con el hocico entre las patas. Mi abuelo nunca los había visto así. Eran animales acostumbrados al campo, bravos, pero ahora estaban muy asustados.

4:24 No quiso asustar a nadie, así que no despertó a mi abuela ni a sus hijos. Cerró bien las puertas, apagó la lámpara y se sentó en una silla junto a la ventana. Se quedó ahí hasta que amaneció, con el machete en el regazo, sin quitar la vista de la oscuridad afuera. A la mañana siguiente, revisó todo el corral. El daño en la malla era evidente y no encontró ni una sola de las gallinas que faltaban. Buscó huellas, rastros, pero el suelo estaba seco y no había marcas nuevas. Esa vez no encontró ninguna huella como la del primer día. mi abuela lo notó extraño le preguntó si había pasado algo él sólo dijo que había que reforzar el corral y mantener a los niños dentro de la casa al anochecer no explicó más fue hasta el pueblo a comprar más malla clavos y reparó todo con sus propias manos antes de que cayera la tarde Ese día no quiso salir ni a la milpa, durmió unas cuantas horas en la tarde, y ya de noche no quería dormir. Se sentó otra vez junto a la ventana, con la lámpara y el machete, esperando, pero no ocurrió nada, se quedó dormido sentado. Había pasado dos noches más en vela, sentado junto a la ventana con el machete entre las piernas, y ya se notaba agotado. Mi abuela le insistió en que descansara, que no podía seguir así. Él accedió y se acostó temprano, pero con la lámpara y el machete al lado de la cama. Durmió apenas unas horas. Lo

5:57 despertaron de nuevo los ruidos del corral. No eran ladridos esta vez. Eran los chillidos de las gallinas, pisadas desordenadas, aleteos fuertes y madera quebrándose. Se levantó de golpe, tomó el machete, encendió la lámpara y salió. El gallinero estaba otra vez roto. La malla tenía un agujero nuevo, más grande, y por él escapaban las gallinas, corriendo por el terreno, chocando entre ellas, completamente desorientadas. Una se estrelló contra un tronco, otras se escondieron entre las macetas y bajo un banco de piedra que había junto a un árbol de guamúchil. Mi abuelo no vio a nadie. Caminó alrededor del gallinero, revisó el terreno con la lámpara, buscó rastros, algo que le dijera por dónde había llegado el atacante. Pero no había nada, otra vez, como si simplemente apareciera, tomara lo que quisiera y se desvaneciera. Recogió las gallinas una por una.

6:57 Algunas ya no se movían, estaban muertas de susto o heridas. Otras chillaban cuando las tocaba, como si ya no confiaran ni en él. Volvió a meterlas al gallinero y, con las tablas y alambres que tenía cerca, improvisó una reparación para cerrar el agujero. No era algo duradero, pero serviría hasta el día siguiente. El suelo estaba lleno de plumas, igual que la noche anterior. No había sangre, no había huellas, solo los animales desechos de miedo. Y ya estaba muy enojado porque no era solo el daño a su corral, era la impotencia que sentía, el no poder hacer mucho al respecto. Volvió a entrar a la casa cerca de las cuatro de la madrugada. Mi abuela se acababa de despertar.

7:44 Le preguntó qué había pasado. Él no respondió. Solo se quitó las botas y se sentó a la mesa. Respiraba hondo con los ojos clavados en el suelo. Mi abuela le dijo que ya no podían seguir así, que si era un animal había que pedir ayuda a los vecinos. pero mi abuelo dijo que nadie iba a venir hasta allá y menos por unas gallinas discutieron mucho hasta despertaron a sus hijos mi abuela le dijo que tenían que irse unos días con sus familiares al otro lado del pueblo hasta que pasara pero mi abuelo no quiso dijo que no iba a abandonar su casa ni sus tierras ni a dejar que algo fuera lo que fuera lo sacara de ahí esa fue la primera vez que discutieron por eso A mi abuela no le gustaba levantar la voz, pero esa madrugada le dijo que si seguía con esa terquedad, se iba a quedar solo enfrentando lo que fuera que estaba allá afuera. Él no respondió. Solo se quedó sentado en silencio. Durmió unas dos horas cuando amaneció, sentado en una silla. Al despertar, salió al corral y encontró el gallinero como lo había dejado, sin daños nuevos. Pero dos gallinas más habían desaparecido. Ni rastros, ni plumas esta vez.

9:04 Ese día no quiso hablar. Ni con mi abuela, ni con los niños. No comió con ellos. Se quedó arreglando el cerco todo el día. Puso más tablas, más malla. Reforzó el marco con alambre grueso. terminó justo cuando empezaba a oscurecer, caminaba como si le pesara todo el cuerpo, esa noche no se sentó junto a la ventana, se quedó afuera parado frente al gallinero con la lámpara colgada del cuello y el machete bien agarrado, no quería que volviera a pasar, no otra vez, decía que si ese animal o lo que fuera regresaba lo iba a estar esperando, Durante las noches siguientes no pasó nada, ni un ruido, ni un ladrido. Las gallinas dormían tranquilas y los perros volvieron a ladrar con normalidad ante cualquier sonido. Mi abuelo seguía durmiendo mal, pero poco a poco dejó de quedarse despierto toda la madrugada. Ya no se sentaba junto a la ventana ni vigilaba el corral con el machete. Solo se levantaba una o dos veces para asomarse por rutina, sin encontrar nada fuera de lugar. Aprovechó esos días para reparar mejor el cerco. Cambió los postes de madera más viejos, colocó una puerta de lámina con candado y reforzó la parte trasera del gallinero con alambre de púas. También fue al pueblo. Compró alimento para los animales y platicó con algunos vecinos de confianza. Les contó lo que había pasado,

10:35 sin exagerar, solo como él lo recordaba. Unos dijeron que seguramente era un gato montés, otros que podría ser un coyote. Uno mencionó que, por esas fechas, bajaban jaguares jóvenes desde la zona alta del cerro, aunque no era común. También hubo quien habló de brujas y otros de nahuales. Le dijeron que si volvía a ver algo, que avisara, que podían ayudarlo, que si se trataba de un animal peligroso, había que atraparlo entre varios. Mi abuelo no respondió mucho. No negaba lo de los nahuales, pero tampoco lo aceptaba. Solo dijo que era algo raro y que nadie más debía salir solo de noche por si acaso. Mi abuela intentaba que todo volviera a la normalidad. Limpiaba el patio, alimentaba a los niños, les prohibía acercarse al gallinero y le pedía a mi abuelo que descansara. Pero él no lograba relajarse del todo. Tenía la sensación de que aquello no se había ido, solo se había escondido por un tiempo.

11:40 Pasaron cuatro o cinco días sin novedades. Luego una semana, mi abuelo volvió a salir a la milpa, aunque solo por las mañanas, por las tardes se quedaba cerca del terreno, decía que no había que confiarse, pero lo cierto es que el ambiente en la casa se había calmado. Una tarde, mientras arreglaba la cerca del potrero, llegó uno de sus amigos, un señor que se llamaba Próspero, que vivía del otro lado del pueblo rumbo a la cañada. Venía sudando, con la camisa manchada de polvo, ya mi abuelo lo miraba preocupado. Lo invitó a pasar, pero Próspero le dijo que no venía a platicar. Le dijo que alguien más había tenido problemas con sus animales, que esa misma madrugada el corral del señor Tadeo, que tenía chivos y patos, había amanecido hecho pedazos. Y no fue solo el daño. Le dijo que los animales no estaban. Desaparecieron, sin huellas, sin rastros, igual que lo que le había pasado a mi abuelo.

12:45 Mi abuelo no dijo nada al principio, solo fue por el machete. Le preguntó a Próspero si ya había visto bien el terreno. Él le dijo que no, que era mejor ir a ver antes de que se hiciera tarde. Mi abuelo no avisó a mi abuela, solo le dijo que regresaba en un rato. Tomó su lámpara, se colgó el machete en la cintura y siguió a próspero. Caminaron casi media hora. El rancho del señor Tadeo estaba más alejado, entre dos lomas secas. Cuando llegaron, ya había varias personas reunidas en el corral. Eran vecinos, familiares y curiosos que habían ido al escuchar el escándalo desde la madrugada. Todos hablaban entre ellos. El lugar estaba destrozado. La malla del corral estaba completamente doblada hacia adentro, como si algo pesado hubiera caído sobre ella desde arriba. Las tablas de la puerta estaban rotas, astilladas en varias partes. Dentro, el suelo estaba cubierto de plumas, pelos y restos de madera. No había ni un solo animal, ni un pato, ni un chivo, solo marcas del desorden y un olor raro, como tierra mojada con ceniza. Tadeo estaba sentado en una piedra, con la cara entre las manos. Era un hombre de voz fuerte, pero esa mañana no hablaba. Su esposa decía que no había dormido nada desde el ataque y que incluso había vomitado del susto cuando encontró el corral vacío. Mi abuelo

14:15 se acercó y le preguntó qué había escuchado. Tadeo dijo que solo oyó a los animales alborotarse, pero cuando salió ya no vio nada, solo la oscuridad. Nadie vio huellas ni rastros de sangre. Los perros del rancho estaban vivos, pero escondidos bajo un remolque, como si también hubieran sentido que era mejor no enfrentarse a lo que pasó, mientras otros trataban de consolar a la familia. Mi abuelo caminó solo alrededor del corral. Revisó el suelo, los cercos, los árboles cercanos. Había ramas bajas rotas, pero no era claro si fue por el viento o por algo que hubiera pasado por ahí. Encontró unas marcas en la tierra muy superficiales, como si algo hubiera resbalado o arrastrado por ahí, pero sin forma clara. Después, él y Próspero decidieron rodear la zona.

15:10 Caminaron por la vereda que subía entre los cerros, siguiendo una cerca de piedra que marcaba el límite entre el rancho de Tadeo y el monte. No encontraron nada nuevo. Avanzaron un poco más y llegaron a una especie de claro, pero no encontraron rastros. Parecía que aquello simplemente había desaparecido con todo lo que se llevó. Volvieron por otro camino, bordeando la parte trasera del cerro, buscando indicios, alguna rama caída, algún trapo enganchado entre los matorrales, pero no había señales de nada. Cuando regresaron al rancho de Tadeo, la mayoría de la gente ya se había ido, solo quedaban algunos ayudando a reparar la cerca. Próspero dijo que era mejor reforzar también los corrales de los demás vecinos, por si el animal volvía. Tadeo lo miró y le preguntó si creía que era lo mismo que lo había atacado a él días antes. Mi abuelo le dijo que sí. Volvió a su casa ya entrada la tarde. No habló con nadie.

16:11 Fue directo al gallinero, revisó las reparaciones. Luego caminó hasta el árbol de Guamúchil. Se quedó ahí un rato mirando hacia el cerro. Mi abuela le preguntó si todo estaba bien, pero él no respondió. Solo se fue y se encerró en su cuarto. Esa noche no se sentó junto a la ventana ni se quedó afuera, pero tampoco durmió, pasó horas con el machete apoyado en el pecho, la lámpara encendida, mirando una sombra que se formaba en la esquina del techo. Esa semana, mi abuelo ya no se separaba de la lámpara ni del machete. Dormía en la silla, frente a la puerta trasera, con la cabeza recargada en la pared.

16:54 Apenas comía, apenas hablaba. Si los perros ladraban aunque fuera una sola vez, él ya estaba afuera, con la lámpara apuntando al monte. Mi abuela se preocupaba. Le preparaba café por las noches y le pedía que durmiera aunque fuera unas horas. Pero él solo le decía que ya iba, que en un rato entraba. Nunca lo hacía. Pasaba toda la noche despierto, a veces caminando en círculos por el terreno, a veces en silencio, parado bajo el árbol de guamúchil. mirando hacia la vereda del cerro. Dice mi abuelo que se despertó de golpe una madrugada por los chillidos desesperados de los cerdos. No eran gritos largos como si los estuvieran lastimando. Se puso de pie, agarró el machete, encendió la lámpara de petróleo y salió sin perder tiempo. La noche estaba fría. Apenas se alcanzaban a ver las siluetas de los árboles. Caminó hacia el corral y una parte de la cerca estaba tirada, la madera rota, los alambres arrancados, torcidos hacia afuera. Había manchas de sangre en la madera astillada, en la tierra, en los troncos cercanos. El corral estaba casi vacío. Solo quedaban cuatro cerdos, temblando contra una esquina, respirando agitados, cubiertos de lodo. Dos no estaban, sin rastros de lucha, sin huellas visibles de algo que los hubiera arrastrado.

18:21 Pero una de las marcas era clara, una línea larga y hundida en la tierra, hecha por algo muy pesado que había sido arrastrado. Mi abuelo alumbró esa marca con la lámpara. Era una huella directa que iba desde el corral y se perdía hacia el monte justo en la dirección del cerro. Era demasiado ancha para ser hecha por un perro o un gato montés. Era como si hubieran jalado un tronco grande por la tierra húmeda. solo que con sangre a los lados se acercó hasta el inicio del rastro ahí vio las patas de uno de los cerdos marcas apenas visibles en la tierra antes de ser arrastrado estaba seguro de que ese animal pesaba más de 100 kilos era imposible que lo movieran así tan fácil ni siquiera entre varios hombres y ahí no se veían pisadas nada solo la línea recta pareja como si algo invisible se lo hubiera llevado se quedó ahí parado un buen rato con el machete en alto y la lámpara apuntando a la oscuridad entre los árboles no escuchó nada no vio nada no se atrevió a dar otro paso se regresó despacio caminando hacia atrás sin darle la espalda al monte Entró a la casa, cerró la puerta con seguro.

19:39 Todos estaban despiertos, habían escuchado los gritos de los cerdos y por las ventanas vieron a mi abuelo revisar el lugar. Solo se sentó en una silla frente a la ventana, apagó la lámpara para no reflejarse y se quedó mirando hacia el monte. Mi abuela no dijo nada, solo mandó a los niños a dormir y se puso a platicar con mi abuelo de que tenía miedo por la seguridad de todos. Mi abuela ya no le dijo nada y fue con sus hijos para que no estuvieran solos. Cuando empezó a aclarar el cielo, seguía despierto. Afuera, los perros estaban acurrucados en un rincón sin ladrar. Cuando amaneció por completo, mi abuelo salió al terreno. Caminaba lento con los ojos pesados.

20:25 Revisó el corral con más calma. La tierra ya estaba seca en algunas partes, pero las manchas de sangre seguían ahí. Los alambres sueltos colgaban como si alguien los hubiera torcido con las manos. Las marcas del arrastre del cerdo seguían visibles, bajando por la pendiente en dirección al monte. Mi abuela salió a verlo. Le preguntó si quería desayunar, pero él no respondió. Solo le pidió que alistara a los niños, que los iba a llevar al pueblo con su hermana. No explicó por qué, solo insistió en que era urgente. Mi abuela no quiso discutir. Ayudó a empacar unas ropas, algunos frascos de medicina, cobijas y tortillas frías envueltas en servilletas.

21:10 Esa mañana se fueron en la camioneta de uno de sus compadres, que vivía a unas parcelas de distancia, y mi abuelo se quedó solo. Después de dejar a su familia a salvo, regresó al rancho. Recorrió con la mirada el corral vacío, las cercas dañadas, la tierra revuelta. Afiló el machete en una piedra plana y se colgó un morral viejo al hombro. Caminó por la misma dirección de la marca. Siguió el rastro solo por unos minutos. la marca bajaba por una vereda angosta serpenteando entre arbustos secos y piedras sueltas a los lados ramas rotas pero no parecía que algo hubiera huido por ahí sino que todo fue arrastrado con violencia y rapidez Después de avanzar unos metros más, se detuvo. Miró hacia el cerro. No se oían pájaros ni insectos, solo el sonido de su propia respiración.

22:05 No quiso seguir avanzando solo. Se dio cuenta de que no era buena idea. Dio vuelta y se fue al pueblo. Allá preguntó por Próspero. Le contó lo que había pasado en la madrugada, lo del cerdo arrastrado, lo que había encontrado al seguir el rastro. Próspero lo escuchó en silencio y al final le dijo que iba a reunir a algunos hombres para ayudarlo, que no podía seguir enfrentando eso él solo, que era claro que algo estaba cazando por la zona. Solo cinco personas se animaron. Eran hombres del pueblo, conocidos de confianza, gente que ya había oído hablar de lo que pasaba en ese rancho, y que ahora, después de lo de Tadeo, también empezaban a creer que no era solo un animal cualquiera. Uno de ellos llevó una escopeta de doble cañón. Otro cargaba un machete largo envuelto en tela. Próspero llevaba una lámpara nueva con batería. Acordaron salir al amanecer del día siguiente. Querían caminar toda la mañana y parte de la tarde sin que la noche los alcanzara. Harían una sola ruta siguiendo la marca que había visto mi abuelo hasta donde se perdiera. Si encontraban algo tomarían una decisión ahí mismo. Esa noche mi abuelo no reparó del todo el corral, pero amarró los alambres flojos con varas de mezquite. Reforzó una esquina con tablas y se quedó despierto unas horas por costumbre. Pero no pasó nada. Ningún ruido, ningún ladrido. Durmió apenas dos horas,

23:39 pero suficiente. Cuando salió el sol, ya estaba listo. Los cinco hombres llegaron uno por uno a su casa. Llevaban mochilas pequeñas, cuchillos, algo de comida, y estaban serios y algo nerviosos. Nadie bromeaba, no hablaba más de lo necesario. Mi abuelo les ofreció café, pero todos querían empezar ya. Sabían que el cerro tragaba la luz más rápido de lo normal cuando el sol bajaba. Tenían que aprovechar el día y así, con la escopeta de doble cañón al frente, se internaron en el monte. Desde que salieron del rancho, caminaron separados varios metros entre ellos. Querían abarcar más terreno sin perderse de vista. El monte era cerrado, con muchas ramas bajas, piedras sueltas y espinas. iban atentos al suelo a los árboles a cualquier sonido pero no había nada sólo el crujido de sus pasos sobre la maleza seca y el roce de las ramas contra sus mochilas caminaron durante horas pasaron dos arroyos secos una vereda que parecía hecha por venados y una zona donde la tierra estaba revuelta pero no había señales claras sólo cuando cruzaron una pequeña barranca Uno de los hombres gritó. Había encontrado algo.

25:00 Todos se acercaron. Eran huesos esparcidos entre arbustos y piedras. Algunos eran largos, con las puntas mordidas. Otros parecían de aves grandes, porque había plumas pegadas a ellos. Todo estaba seco, viejo, pero aún reconocible. El olor era fuerte, apodrido y tierra húmeda. Había también partes de cercas rotas, pedazos de madera con clavos oxidados y un collar de perro con la hebilla oxidada. Ahí se reunieron todos. Estaban a casi tres kilómetros del rancho, en una zona donde nadie tenía animales. Aquello no era un camino, era un punto de abandono, un lugar al que no llegabas por accidente. Mi abuelo se agachó y tocó una de las plumas. Era negra, rígida, y estaba pegada al suelo con sangre seca. Nadie dijo nada por unos minutos, solo veían los restos. Algunos huesos aún tenían pedazos de tendones pegados. La tierra estaba negra en ciertas partes.

26:03 Había marcas como de arrastre, pero sin dirección, como si algo hubiera revolcado todo el lugar. Decidieron avanzar un poco más por una vereda que nacía justo detrás de ese sitio, pero no encontraron nada nuevo. Era como si todo hubiera terminado ahí, como si ese fuera el punto donde se acababan las cosas que desaparecían. Volvieron a reunirse en el claro de los restos. El hombre de la escopeta dijo que no tenía sentido seguir, que si aquello era lo que buscaban ya lo habían encontrado. Próspero opinaba lo mismo. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos pensaban igual.

26:44 Si eso regresaba al pueblo, ahora sabían más o menos por dónde se movía. Pero seguir adentrándose sin saber contra qué se enfrentaban era un riesgo innecesario. Mi abuelo fue el último en hablar. dijo que lo que fuera que estaba cazando no se detenía porque lo vieran o lo buscaran si no lo encontraban hoy iba a seguir viniendo por las noches cuando nadie lo esperara que si lo dejaban en paz no significaba que él los fuera a dejar a ellos aún así aceptó regresar porque entendía que ese día ya no iban a encontrar nada más el sol ya bajaba La sombra de los cerros se estiraba sobre el monte y el calor empezaba a cambiar por un aire más frío. Caminaron de regreso con más prisa.

27:33 Regresaron antes de que oscureciera del todo, pero el cielo, las primeras estrellas comenzaban a verse sobre el cerro. En el camino de regreso nadie habló. Caminaban en fila, con pasos firmes, pero cada uno en lo suyo. El hombre de la escopeta iba al frente ahora, con los ojos bien abiertos, apuntando al suelo y a los árboles cada que algo crujía. A esas alturas, todos sabían que lo que estaban enfrentando no era un animal cualquiera. Cuando llegaron al rancho de mi abuelo, él se adelantó para revisar que todo estuviera en orden. El corral de los cerdos seguía igual que como lo había dejado, medio arreglado, con tablas sueltas y alambres colgando, pero no había señales nuevas, ni rastros, ni plumas, ni olores raros. El aire estaba quieto como si nada hubiera pasado nunca. Los demás se despidieron sin quedarse mucho tiempo. Dijeron que si volvía a pasar algo, regresarían. Que ya estaban advertidos. Algunos prometieron revisar los alrededores de sus propios terrenos los días siguientes. Próspero fue el último en irse. Le dio un apretón fuerte de manos a mi abuelo y le dijo que no se confiara, que cualquier cosa extraña que volviera a pasar le avisara de inmediato. Esa noche mi abuelo no se quedó afuera, preparó un café fuerte, limpió su machete y se sentó otra vez en la silla frente a la puerta de enfrente. Con la lámpara encendida, mi abuela y

29:06 los niños seguían con los familiares en el otro lado del pueblo. La casa estaba en silencio. Solo se escuchaban los grillos y el golpeteo suave de las hojas secas cuando el viento pasaba entre los árboles. No durmió. No cerró los ojos en ningún momento. Esperó, pero la noche pasó sin ruidos, sin chillidos de animales, sin ramas quebrándose, nada. Así fueron también los dos días siguientes. Cada noche él salía con su lámpara, recorría el terreno, revisaba los corrales, y se quedaba ahí hasta que amanecía. Nunca vio nada más. Iba a ver a sus hijos y a mi abuela de vez en cuando, porque aún no quería que fueran a su casa, porque aún no era seguro estar ahí.

29:54 Una mañana fue a buscar a Próspero. Caminó hasta su casa sin avisar. Cuando llegó, Próspero estaba afilando una hoz en el patio. Mi abuelo se sentó junto a él y le dijo que tenía un plan. Quería poner unas gallinas vivas, amarradas de las patas a una estaca, justo en la parte donde empezaba el monte, entre la casa y la vereda que llevaba al cerro. Dijo que si esa cosa venía a llevárselas, él la iba a estar esperando, que ya no iba a dejar que siguiera tomando lo que quisiera, cuando quisiera. Próspero lo escuchó, y cuando mi abuelo terminó de hablar, solo le dijo que estaba loco, que eso podía salir mal. que nadie sabía qué era lo que andaba rondando que si era un animal podía atacarlos a ellos también y que si no era un animal entonces era peor mi abuelo no cambió de idea le dijo que él ya lo había pensado bien que no podía vivir así Que no era vida estar vigilando cada noche esperando que algo se lo llevara todo, y que no iba a permitir que eso volviera a pasar cuando su familia regresara. Al final, Próspero le dijo que lo iba a acompañar. No porque creyera que fuera buena idea, sino porque no quería que mi abuelo lo intentara solo.

31:14 Le dijo que si algo salía mal, al menos él estaría ahí para ayudar. Ese mismo día, fueron a la casa del hombre que tenía la escopeta de doble cañón. Mi abuelo le explicó lo que quería hacer. Le dijo que solo era por esa noche, que si el animal volvía, ellos lo iban a detener. Luego el hombre fue por la escopeta, revisó que estuviera limpia y dijo que se las prestaba, pero que no pensaba ir con ellos, que no quería meterse más en eso. Dijo que si era un coyote o un jaguar ya lo habrían atrapado y que si no lo habían hecho era porque no era ninguna de las dos cosas. Mi abuelo y Próspero regresaron al rancho con la escopeta envuelta en una manta, la dejaron escondida dentro de la casa. Mi abuelo fue al gallinero y escogió tres gallinas. Les amarró un cordelfino a cada una, justo por encima de las patas sin apretar, solo lo suficiente para que no escaparan. Prepararon la estaca cerca de una higuera seca, a unos 15 metros de la cerca trasera del terreno. Ahí cavaron un agujero con una barra, enterraron la estaca y amarraron los tres cordeles. Las gallinas picoteaban la tierra, inquietas. Algunos vecinos vieron lo que hacían y les preguntaron si estaban locos, que qué ganaban con poner animales vivos como carnada, que eso solo iba a enojar más a lo que fuera que andaba por ahí.

32:43 Mi abuelo les explicó su plan. les dijo que si atrapaban a la criatura todo eso iba a terminar que si era un animal al menos iban a saber qué era nadie más se apuntó todos dijeron que ya habían ayudado suficiente que no querían problemas que mejor lo dejaran así uno dijo que si eso no había vuelto mejor no provocarlo próspero les contestó que era fácil hablar desde lejos cuando no eran sus animales ni su familia ese día mi abuelo limpió bien el machete Lo dejó junto a la puerta, junto con la lámpara. Preparó café para los dos y revisó que la escopeta estuviera cargada. Próspero llevó su cuchillo grande, uno que usaba para cortar caña.

33:28 Se sentaron en la parte trasera de la casa, desde donde podían ver la estaca con las gallinas. Esperaron a que oscureciera. Las gallinas estaban inquietas. Se movían, picoteaban el suelo, a veces se empujaban entre ellas. El aire estaba callado. No corría ni una brisa. Los perros de mi abuelo dormían. No parecía que sospecharan nada. Pasó una hora, luego dos. El café ya estaba frío. Mi abuelo no hablaba. Próspero se estiraba de vez en cuando. Los dos tenían los ojos puestos en la oscuridad. Pasaban de las dos de la mañana cuando uno de los perros comenzó a gruñir. Solo gruñía despacio, con los pelos del lomo erizados, mirando fijo hacia el árbol de Guamúchil. Mi abuelo se puso de pie, levantó la lámpara y le hizo una seña a próspero. Los dos caminaron despacio por el patio sin hacer ruido. El perro seguía gruñendo sin moverse del lugar.

34:27 Se escuchaban chasquidos lejanos como si algo crujiera entre los árboles. Cuando llegaron a la orilla del terreno, justo antes de donde empezaba la vereda al cerro, vieron que las ramas bajas del guamúchil estaban rotas. Algunas colgaban hacia abajo, recién quebradas, como si algo pesado se hubiera trepado y luego bajado de golpe. Mi abuelo alzó la lámpara tratando de alumbrar más allá de los árboles, pero la luz no alcanzaba muy lejos. Próspero se colocó a su lado, cuchillo en mano, con los ojos atentos. No dijeron nada, solo escuchaban. Y entonces vieron a unos diez metros, entre los árboles, se movía una figura. Se movía abajo, como si estuviera en cuatro patas, pero demasiado grande para ser un perro. era negra y aunque no podían distinguir bien la forma sabían que no era un animal común mi abuelo no dudó apuntó en la dirección de la figura y disparó los dos tiros de la escopeta el estallido retumbó por todo el terreno los perros empezaron a ladrar y algo cayó del árbol. Fue un golpe fuerte, como si algo muy pesado se estrellara contra el suelo y luego saliera corriendo.

35:42 Las ramas se movieron violentas, y se escuchó el crujido de la maleza siendo aplastada por patas enormes. Próspero alzó la lámpara, buscando seguir la trayectoria de lo que fuera que se había movido, pero ya no había nada, solo ramas agitadas. El monte volvió a quedarse quieto, Caminaron hasta el árbol. No había sangre, solo ramas partidas y hojas revueltas. Mi abuelo recargó la escopeta y se quedó ahí, mirando al cerro, con el dedo en el gatillo. Pero ya no regresó nada. Se quedaron despiertos hasta que amaneció. No volvió a escucharse un solo ruido raro. Al aclarar, revisaron bien el terreno. Caminaron hasta la vereda y no encontraron rastros.

36:29 El suelo estaba revuelto, pero nada más. Esa fue la última vez que mi abuelo vio o escuchó algo extraño en ese lugar. Durante las dos semanas siguientes, todo fue normal. Los perros volvían a dormir tranquilos. No desapareció ni un solo animal. El monte se sentía quieto, como si algo se hubiera ido para siempre. Mi abuela y los niños regresaron después de ese tiempo. El rancho seguía en orden y mi abuelo les dijo que ya no había peligro. No les contó exactamente lo que pasó esa noche. Con el tiempo, la historia se fue quedando entre ellos. Algunos en el pueblo decían que lo que habían hecho fue una tontería. Otros opinaban que, gracias a eso, lo que sea que andaba rondando se había ido. Nunca se supo.

37:20 Mi abuelo a los días regresó la escopeta. Dijo que mientras no le regresaran los problemas, no le importaba lo que fuera que hubieran enfrentado. Mi abuelo nunca supo que fue, lo único que decía es que algo había en ese monte, algo que no caminaba como un animal ni como una persona, que no dejaba huellas pero dejaba miedo. Aunque todo había terminado, mi abuelo me dijo que siempre sentía que eso iba a regresar a comerse a sus animales y nunca estaba cómodo. hasta que de plano pasaron meses, donde ya se comenzó a sentir tranquilo. Mi abuelo falleció el 7 de octubre del 2010.