Oct. 28, 2025

BRUJERÍA En Mi Propio Edificio: No Confíes En Nadie - Historias De Terror - REDE

BRUJERÍA En Mi Propio Edificio: No Confíes En Nadie - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Vivo en un edificio viejo del centro, de esos donde las paredes parecen huecas y se escucha cada paso del vecino de arriba. El mío tiene cuatro pisos, una fachada descuidada y un olor a humedad que nunca se va. Llevo tres años rentando el mismo departamento del tercer piso. Trabajo casi todo el día y por las noches me gusta cenar en silencio, con la ventana abierta para escuchar el ruido del tráfico. Mi rutina siempre fue la misma. Trabajo, regreso a casa, caliento comida y me duermo temprano. Apenas saludo a los demás inquilinos. La mayoría son personas mayores o estudiantes que cambian cada semestre. A mediados de marzo llegaron dos mujeres nuevas al cuarto piso. La administradora me dijo que eran hermanas y que venían de otro estado Las vi por primera vez subiendo con varias bolsas de tela Una era morena, delgada, de cabello recogido en un moño apretado La otra tenía el pelo suelto y los brazos llenos de pulseras Llevaban frutas, hierbas y varias botellas envueltas en periódico Al pasar frente a mi puerta me sonrieron con educación. La verdad, no les di mucha importancia.

1:18 Los primeros días se les escuchaba moviendo muebles, barriendo y encendiendo música a volumen bajo. Siempre canciones viejas. Parecían personas tranquilas. A la semana comenzaron a saludarme cada vez que nos cruzábamos en las escaleras. Me decían« vecino» con una voz amable, como si me conocieran de antes. Una mañana encontré una bolsa colgada en el picaporte de mi puerta. Dentro había pan dulce envuelto en servilletas. Pensé que era un gesto amable y lo agradecí cuando las vi en el pasillo. Desde entonces, cada dos o tres días me ofrecían algo. Una sopa, una fruta, incluso un plato con frijoles y arroz.

2:01 Nunca fui desconfiado, pues vivía solo y me resultaba cómodo aceptar comida sin tener que cocinar. Un sábado, mientras barría el pasillo, una de ellas me dijo que había preparado un té de hojas secas para el cansancio y que me haría bien probarlo. llevaba una olla pequeña con un olor fuerte como a hierbabuena mezclada con algo amargo me sirvió una taza y aunque el sabor era raro no me pareció desagradable dijo que las hojas venían de su pueblo y que eran buenas para limpiar el cuerpo los días siguientes siguieron siendo normales a veces las escuchaba riendo en su departamento o hablando en voz baja en el rellano en el edificio casi nadie las trataba una vecina de abajo comentó que le parecían raras porque siempre salían de noche con bolsas llenas de ramas Yo no presté atención, pues las veía simpáticas y no había razón para pensar mal.

3:00 El edificio tenía sus propios sonidos, los tinacos tronaban cuando bajaba la presión del agua, las escaleras crujían y a veces el viento hacía vibrar las ventanas. Pero me había acostumbrado a esos ruidos. Pero una noche, al volver del trabajo, noté que el pasillo olía diferente, como si hubieran hervido ramas podridas. Pensé que era de su cocina. Esa noche dormí mal, me costaba respirar y el pecho me pesaba, como si hubiera inhalado algo espeso. Soñé con las hermanas paradas frente a mi puerta, una de ellas sosteniendo la misma taza de té. No hacían nada, solo me miraban.

3:42 Me desperté sudando, con la garganta seca y el corazón acelerado. Los días siguientes empecé a sentirme raro. El cansancio era constante, sin motivo. En el trabajo me costaba concentrarme y por las tardes tenía mareos breves que me obligaban a sentarme. dejé de aceptarles comida pero seguían ofreciéndome cosas una de ellas insistió en que tomara otra taza de su té porque la primera limpia no siempre es suficiente rechacé con educación y desde ese momento su actitud cambió dejaron de sonreírme El olor en el pasillo se hizo más fuerte, era una mezcla de humedad y hojas podridas. En las noches, cuando todo el edificio quedaba en silencio, escuchaba pasos en el techo, como si alguien caminara arriba de mi cuarto.

4:33 Al principio pensé que eran gatos, pero una madrugada escuché el sonido claro de una voz femenina, murmurando palabras que no entendí. Me quedé quieto con los ojos abiertos en la oscuridad hasta que el ruido se detuvo. A la mañana siguiente, mientras lavaba una taza en el fregadero, sentí un mareo tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared. Me miré en el espejo del baño y vi que tenía la cara pálida y los labios resecos. Me preparé un café, pero al probarlo lo sentí amargo, como si tuviera tierra. Revisé el filtro y no había nada raro. Pensé que era estrés o que me estaba enfermando. Fui a una farmacia y me compré vitaminas, pero no mejoré.

5:16 Y cada noche soñaba con las mismas mujeres frente a mi puerta. una de ellas sosteniendo algo en las manos en el sueño me hablaban pero al despertar no recordaba las palabras lo único que quedaba era esa sensación de ahogo el ambiente del edificio se volvió pesado nadie hablaba mucho y los pocos vecinos que quedaban parecían evitarlas Un día escuché a la administradora decir que esas mujeres quemaban cosas en la azotea, pero no se atrevía a reclamarles porque eran puntuales con la renta. Una tarde, al subir las escaleras, sentí que el aire estaba más denso, como si faltara oxígeno. Al llegar al tercer piso, me apoyé en la baranda para no caer. En ese momento se abrió la puerta del cuarto piso y una de las hermanas bajó despacio cargando una bolsa de tela. Al pasar junto a mí me dijo que me veía muy pálido y que tenía algo que podría ayudarme. Sin esperar respuesta metió la mano en la bolsa y sacó una rama seca con hojas quebradizas. Me la extendió diciendo que la pusiera en agua caliente y tomara el té antes de dormir.

6:32 La miré y por un momento tuve la impresión de que sus ojos eran distintos, más hundidos. No supe qué contestar. Tomé la rama por cortesía, pero al hacerlo sentí un escalofrío recorrerme el brazo. Dijo que me sentiría mejor y siguió bajando. Esa noche dejé la rama sobre la mesa y no hice el té, pues el olor era penetrante. Me dormí tarde y soñé otra vez con ellas, pero esta vez no estaban en la puerta, sino dentro de mi cuarto, una a cada lado de la cama, observándome sin moverse. Cuando desperté, tenía la misma sensación de presión en el pecho, como si alguien me hubiera estado sujetando mientras dormía. Al día siguiente, me costaba incluso caminar. Me sentía vacío, sin fuerzas. Pensé en ir al doctor, pero ni siquiera pude salir del departamento. Encendí la luz del pasillo y vi la rama en la mesa. Tenía manchas oscuras en las hojas, como si se estuvieran pudriendo, y en ese momento entendí que algo no estaba bien. El malestar no era simple cansancio, algo de lo que había tomado o aceptado de ellas. Me estaba enfermando, y por primera vez en mucho tiempo sentí miedo real. Esa noche, mientras trataba de conciliar el sueño, escuché el ruido del tinaco sobre el techo, pero entre los golpes del agua se mezclaba otro sonido, parecido a un susurro. me tapé

8:03 hasta la cabeza y esperé el amanecer cuando por fin se hizo de día llamé a mi madre y le pedí que viniera a visitarme le dije que me sentía muy mal sin explicar detalles no sabía cómo contarlo pero tenía claro que todo empezó cuando las hermanas llegaron al edificio los días siguientes fueron una caída lenta me levantaba con la cabeza pesada y las piernas débiles perdí el apetito podía pasar un día entero sin comer más que un pedazo de pan y un vaso de agua me dolía el estómago pero no era hambre era una sensación de vacío como si el cuerpo no procesara nada a veces me daba fiebre leve otras veces un frío que me obligaba a ponerme dos chamarras dentro del departamento empecé a faltar al trabajo no tenía fuerza para salir y todo me daba vueltas caminaba unos metros y el corazón se me aceleraba en una ocasión mientras lavaba un plato se me nubló la vista y desperté en el suelo con la cara mojada y el agua corriendo fue un desmayo corto pero me asustó Decidí quedarme en cama todo el día. Las vecinas seguían subiendo y bajando por el pasillo.

9:19 Escuchaba sus pasos y el arrastre de sus bolsas. A veces se detenían frente a mi puerta y el olor a hierbas secas llenaba el aire. Cada vez que me cruzaban repetían lo mismo. que me veía mal que debía tomar otro té que podían darme una rama especial para aliviar el mareo una de ellas me mostró una bolsa de tela con ramas finas como si las acabara de cortar me dijo que las pusiera debajo de la almohada Me negué con cortesía, pero insistió, diciendo que los males del cuerpo no siempre se curan con medicina. Su insistencia comenzó a darme desconfianza. Dejé de abrir la puerta cuando tocaban.

10:01 Cerraba las ventanas para que el olor de su cocina no entrara. Pero, aún así, el olor se quedaba. a veces aunque no las viera el pasillo tenía ese aroma penetrante mezcla de humo y hojas podridas las noches se volvieron insoportables sentía la cama caliente como si alguien hubiera estado acostado antes escuchaba golpes leves en la pared y un zumbido que iba y venía del techo llegó un punto en que empecé a pensar que estaba perdiendo la razón un martes mi madre viajó desde culiacán al verme se asustó dijo que estaba muy flaco y que tenía los ojos hundidos me tomó la cara con las dos manos y dijo que no parecía el mismo Le conté lo poco que podía explicar. Los tés, los olores, los sueños y los mareos. Escuchó todo sin interrumpir. Luego me dijo que se quedaría unos días conmigo. Esa noche preparó cena ligera. Comí un poco para no preocuparla más no por hambre. Me sentía vigilado y cada vez que la puerta del pasillo sonaba, mi cuerpo se tensaba. Le dije que las vecinas eran amables pero extrañas. Ella salió a mirar y regresó seria, diciendo que las vio en la escalera hablando entre sí. con una mirada fija hacia nuestro piso los siguientes días traté de recuperarme pero seguía igual dormía poco pues cuando cerraba los ojos veía el pasillo

11:31 del edificio y las dos mujeres paradas frente a mi puerta a veces despertaba sobresaltado convencido de que habían tocado Mi madre se levantaba conmigo, me calmaba y encendía la luz. El viernes, cerca de la medianoche, se levantó para ir al baño y escuchó un ruido en la cocina. Me despertó con un grito bajo. Fui tras ella. El refrigerador estaba entreabierto. Dentro, en la parte de abajo, había una bolsa pequeña de color oscuro, apretada con un hilo rojo. La abrió sin decir nada. Adentro había tierra húmeda y un mechón de cabello. me quedé inmóvil pues no era mío ella cerró la bolsa la envolvió en un trapo y la sacó al pasillo la tiró por las escaleras sin pensarlo luego revisamos cada rincón del departamento buscando si había algo más raro dijo que esa cosa no estaba ahí cuando llegó esa noche nadie durmió mi madre rezó un rato y luego se sentó en la silla del comedor me dijo que ya no íbamos a quedarnos ni un día más en ese lugar que en la mañana me llevaría con una mujer que conocía alguien que ayudaba en casos de brujería no quise discutir pues apenas podía mantenerme de pie Antes de amanecer escuchamos un golpe en la puerta, como si algo se hubiera caído justo afuera.

12:58 Mi madre no me dejó abrir, esperó a que saliera el sol para asomarse. En el pasillo no había nada, solo un olor fuerte, y el piso tenía gotas secas de color oscuro que parecían de sangre. empaque pocas cosas ella insistió en que no tomara nada de la despensa ni de la cocina cerramos la puerta con llave y bajamos despacio la puerta de las vecinas estaba entreabierta y se escuchaba un murmullo bajo como si alguien rezara de verdad sentí una presión en el pecho cuando salimos del edificio respire hondo el aire de afuera se sentía distinto más limpio Mi madre me ayudó a subir al taxi.

13:41 Mientras nos alejábamos, volví la vista hacia las ventanas del cuarto piso. Una de las cortinas se movió y vi una silueta detrás, quieta, observándonos. Esa mañana tomamos un autobús hacia las afueras de la ciudad. No tenía idea de a dónde íbamos, pero ella me dijo que ahí encontraríamos ayuda. Por primera vez en semanas sentí un poco de esperanza, aunque el cuerpo seguía débil. Cada curva del camino me mareaba, así que me recosté sobre su hombro. Pensaba en el refrigerador, en la bolsa con tierra y cabello, y en cómo había llegado ahí. No me atreví a preguntarlo en voz alta.

14:21 Cerré los ojos. Mi madre me acarició la frente y dijo que todo eso tenía solución, pero que no debía volver a ese edificio nunca más. Mientras el autobús avanzaba, la imagen de las dos mujeres se quedó fija en mi mente. Sus rostros parecían mezclarse con el humo del té, con ese olor que todavía sentía en la ropa. No sabía qué me habían hecho, ni cuánto tiempo me quedaba, pero al menos ya no estaba solo. Mi madre seguía firme, con la mirada al frente, como si supiera exactamente a dónde íbamos. Dijo que la mujer que nos esperaba había ayudado antes a personas con males parecidos, que esa gente trabajaba con comida y plantas, y que lo que yo tenía no era una enfermedad común. No contesté, apenas podía mantener los ojos abiertos, pero en medio de todo ese cansancio me quedé dormido, sin saber que al despertar, mi vida ya no volvería a ser la misma. Mi madre me llevó directo a la casa de una mujer que conocía desde hacía años. No era una curandera famosa, ni alguien de anuncios. Era una bruja vieja de barrio. Vivía en una colonia vieja, al fondo de una calle. Su casa olía a jabón y café. Al entrar me sentí un poco mareado, como si el cuerpo pesara más de lo normal. La mujer me miró apenas crucé la puerta.

15:49 Tenía el cabello recogido, la piel curtida por el sol y una mirada firme. Saludó a mi madre, luego me observó de arriba abajo y dijo que me habían trabajado con comida y té. Me pidió que me sentara en una silla de madera, junto a una mesa llena de frascos, velas gastadas y un tazón con agua limpia. Comenzó a revisarme. Pasó una vela alrededor de mi cuerpo y observó cómo chispeaba. Luego tomó un huevo fresco, lo giró varias veces entre sus manos y empezó a pasarlo por mi cabeza, el cuello, el pecho y las piernas. Decía que con eso iba a ver lo que tenía adentro. No pronunciaba oraciones ni palabras raras, solo murmuraba con un tono bajo y constante.

16:37 Después encendió un carbón en un pequeño anafre y colocó encima hierbas secas. El humo llenó la habitación. Me ardieron los ojos, pero no dije nada, y me pidió que respirara despacio. Mientras lo hacía, sentí un calor en el pecho, como si el aire que entraba me limpiara por dentro. El humo formaba una especie de niebla espesa que se movía con el aire del ventilador. a mitad de la limpia me dieron ganas de vomitar la mujer dijo que lo dejara salir me pasaron una cubeta y apenas incliné la cabeza vomité un líquido espeso amarillento con un olor agrio me temblaban las manos y la mujer dijo que era parte del mal que había entrado por la comida Me dio un paño para secarme el sudor y continuó pasando las hierbas por todo el cuerpo. El olor del humo se hizo más fuerte, me zumbaban los oídos y cada vez que ella movía las ramas, sentía una corriente ligera que me enfriaba la piel. Dijo que la brujería había sido hecha con té, y que por eso el cuerpo se me estaba secando por dentro. Que los síntomas no eran enfermedad, sino un trabajo metido, que me estaba consumiendo poco a poco. Terminó la limpia y puso el huevo dentro del tazón con agua. Lo miró por unos segundos y dijo que ya estaba saliendo todo. Me sentía agotado, como si hubiera corrido una larga distancia. apenas podía sostenerme en la silla me dieron un vaso de agua con

18:09 sal y un trozo de pan no sabía si era por el cansancio o por lo que me había hecho pero tenía una sensación de ligereza en el pecho algo que no sentía desde hacía semanas me recostaron en una cama La habitación estaba oscura, apenas iluminada por una lámpara de escritorio. Cerré los ojos un momento y me quedé dormido profundamente. Cuando desperté, era de noche. Mi madre estaba a un lado y la mujer le decía que debía volver en tres días para terminar de limpiar lo que quedara. Me sentía más tranquilo, no me dolía la cabeza ni tenía mareos. Durante los días siguientes dormí mucho, sudaba por las noches y el olor del té se me salía por los poros, como si el cuerpo lo estuviera expulsando.

19:00 Comía sin que me doliera el estómago y recuperé el color de la piel. Mi madre se quedó conmigo hasta que volví a tener fuerza para caminar sin apoyo. Una semana después decidí regresar al edificio a recoger mis cosas. Ella me acompañó. Cuando llegamos, el ambiente estaba distinto. Las luces del pasillo parpadeaban y el aire olía igual que antes. Subimos despacio y al llegar al piso notamos que la puerta del departamento de las brujas estaba abierta. fuimos y entramos sin tocar adentro no había muebles ni ropa ni nada sólo el olor del té impregnado en las paredes en la estufa quedaba una olla ennegrecida con restos de hojas secas pegadas al fondo la administradora dijo que se habían ido una madrugada sin dejar aviso que entregaron las llaves por debajo de su puerta y desaparecieron nadie sabía su nombre verdadero ni de dónde venían Revisé mi departamento.

20:02 Todo seguía igual, excepto que en la mesa había una mancha redonda, como si algo se hubiera derramado y secado ahí. Pero no olía a té, sino a hierro. Guardé mis cosas rápido, pues mi madre me insistió en que no me quedara ni una noche. Antes de irnos, cerré las cortinas y apagué las luces. Desde el pasillo miré por última vez hacia el cuarto piso. La puerta abierta dejaba ver la oscuridad del interior, y por un momento juraría que algo se movió, como si alguien hubiera pasado adentro. La verdad, no esperé a comprobarlo. Nos fuimos en silencio, y en el taxi mi madre me tomó la mano y dijo que todo eso había pasado. porque había confiado en gente que no conocía. Que en la ciudad también hay brujas, solo que no llevan sombrero ni escoba. Sonríen, te saludan y te ofrecen ayuda, hasta que logran meterse en tu vida. Tardé meses en recuperar del todo la energía.

21:04 Dejé el edificio y renté en otro lugar lejos del centro. A veces, cuando paso cerca del mercado y siento olor a té, me regresa esa sensación de pesadez en el estómago. como si una parte de aquel mal siguiera rondando cerca. Aprendí a no aceptar nada de nadie, por más amable que parezca. Entendí que hay personas que disfrazan el daño con sonrisas y gestos de buena voluntad. Desde entonces, cada vez que alguien toca mi puerta con una bolsa o una taza en las manos, no abro. Solo espero en silencio a que se aleje. Porque después de lo que viví, supe que el mal no siempre llega gritando. A veces entra con una sonrisa y el aroma de un té.

21:57 En el rancho donde vivía mi abuela, las casas estaban muy separadas. Entre una y otra había parcelas sembradas de maíz y frijol, con algunos magueyes y nopaleras marcando los linderos. No había más de doce familias en toda la zona. Todos se conocían, y aunque cada quien tenía su modo de vivir, la mayoría se ayudaba en la siembra y en la trilla. no había tiendas ni médico ni luz eléctrica lo que hacía falta se conseguía bajando al pueblo a más de una hora mi abuela era una niña cuando todo eso pasó vivía con sus padres y tres hermanos en una casa de adobe con techo de palma y piso de tierra Tenían gallinas, dos vacas, un burro viejo y un corral con chivas. Su madre se encargaba de la casa y de cuidar a los niños, mientras el padre salía desde temprano a trabajar en la parcela.

22:52 Era una vida sencilla, de trabajo duro, pero estable. Nadie hablaba de cosas raras, hasta que apareció una mujer desconocida. un día la vieron venir por el camino de terracería con una bolsa colgada al hombro y un sombrero de palma que casi le tapaba el rostro decía que venía de más arriba del cerro aunque nunca explicó de qué parte se presentó diciendo que curaba con hierbas que preparaba tés para los dolores y ungüentos para los males de la piel Algunos la miraron con desconfianza, pero otros la recibieron con gusto, porque en esos ranchos era común que la gente se atendiera con remedios caseros. Mi bisabuela le compró un frasco con pomada para el reumatismo del padre.

23:40 Otros vecinos le compraron manzanilla, gordolobo y hojas de eucalipto. al principio todos hablaron bien de ella un niño que tenía tos se alivió al tomar uno de sus tés y una mujer mayor dijo que el ungüento le había quitado un dolor en las rodillas La mujer de las hierbas se fue ganando la confianza de la gente. Volvía cada semana, caminando despacio, y se sentaba en los portales a ofrecer sus frascos y bolsas con plantas secas. Hablaba poco, pero siempre sonreía. Tenía la piel morena, el cabello muy negro y los ojos hundidos. A veces se quedaba mirando fijamente a la gente, mientras hablaban como si los estudiara.

24:22 Mi abuela recordaba que eso incomodaba a los adultos, aunque nadie lo decía abiertamente. Pasó poco tiempo para que las cosas cambiaran. Una mujer del rancho de abajo enfermó después de tomar un té que esa señora le había dado. le había dicho que era para el insomnio a los tres días empezó con fiebre alta la piel se le manchó como si tuviera moretones y no podía respirar bien la llevaron hasta el pueblo pero el doctor no encontró explicación y murió en menos de una semana desde entonces algunos empezaron a desconfiar de la recién llegada un hombre que había comprado un frasco de ungüento comentó que al abrirlo le salió un olor a podrido, como de carne vieja.

25:11 Nadie lo creyó al principio, pero al poco tiempo varios animales empezaron a morir sin razón. Unas gallinas, un becerro y hasta un perro aparecieron muertos, con la lengua negra y los ojos abiertos. El rumor se regó rápido. Decían que esa mujer traía un mal escondido en sus bolsas, que las hierbas que vendía no eran de Dios. Otros aseguraban que sus manos tenían marcas raras, como si se hubiera quemado. Algunos rancheros dejaron de abrirle la puerta, pero ella seguía pasando, saludando a todos con su voz tranquila, como si nada ocurriera. Mi bisabuela empezó a inquietarse. Una noche vio a la mujer parada detrás del corral, mirando hacia la sierra. Tenía los brazos extendidos y murmuraba algo que no se entendía. No había luna, pero el brillo de las brasas del fogón alumbró un poco su rostro.

26:09 dijo que parecía rezar aunque no de la manera normal no tenía cruz ni rosario sólo un puñado de ramas secas en la mano esa noche la familia se encerró temprano mi bisabuela despertó a su esposo y le dijo que no quería volver a ver a esa mujer cerca de la casa desde entonces le prohibió a mi abuela acercarse cuando pasara vendiendo pero la mujer seguía apareciendo caminando sola por los potreros con su bolsa al hombro a veces se detenía frente a las casas y miraba hacia adentro aunque nadie le hablara en cuestión de días el miedo empezó a sentirse las noches se volvieron más silenciosas y la gente evitaba salir después del anochecer en los corrales se escuchaban ruidos como si algo arrastrara los costales o se metiera entre los animales los perros ladraban sin parar y en una ocasión un hombre que salió a revisar su ganado dijo haber visto una sombra que caminaba encorvada con una bolsa grande al hombro iluminada apenas por la luz del fogón Para entonces ya nadie le compraba nada, pero seguía pasando, más delgada y pálida que antes, sin hablar con nadie. En el rancho ya no se mencionaba su nombre. La gente evitaba cruzarse con ella, porque algunos aseguraban que con solo mirarla podían enfermar. mi abuela contaba que los niños ya no jugaban afuera y que sus

27:41 madres los obligaban a entrar apenas se ocultaba el sol una sensación rara se instaló en el ambiente como si todos supieran que algo andaba mal pero prefirieron no hablarlo Nadie quería creer que una persona que había curado a tantos pudiera estar detrás de las muertes y enfermedades. Sin embargo, cada vez que alguien encontraba un animal muerto o sentía un malestar sin razón, lo primero que pensaban era en ella. Las familias se reunían para rezar el rosario por las noches y algunos hombres empezaron a dormir con machetes junto a la cama. Era evidente que ya no confiaban en nadie, ni siquiera entre ellos. Mi abuela decía que, en ese tiempo, se acabó la tranquilidad del rancho. Ya no se escuchaban las risas de los niños ni las pláticas en los portales.

28:33 Solo se oían los ladridos y el viento que bajaba del cerro. Todos sabían que el problema había empezado, desde que esa mujer llegó con sus remedios. Desde entonces, cada vez que alguien veía humo salir de los potreros o encontraba marcas extrañas en la tierra, pensaban que ella andaba por ahí, haciendo brujería. Nadie lo decía abiertamente, pero todos lo pensaban. Y aunque nadie se atrevía a enfrentarla, sabían que algo malo estaba pasando. El miedo se quedó en cada casa y la desconfianza se volvió costumbre. Mi abuela recordaba que desde entonces su madre nunca volvió a dejar una vela encendida en la noche porque decía que la luz atraía a quienes no debían andar vivos. Fue así como empezó todo, con una mujer que ofrecía hierbas para curar y terminó trayendo enfermedad y muerte. Desde esa época mi abuela decía que nunca volvió a confiar en nadie, que llegara diciendo que curaba con plantas. Pasó un mes desde que la mujer de las hierbas comenzó a causar desconfianza, y lo que siguió fue todavía peor. Tres personas se enfermaron casi al mismo tiempo. Primero fue un muchacho joven del rancho de arriba, luego una señora de edad avanzada y por último el tío de mi abuela. Todos presentaban los mismos síntomas, los labios morados, el cuerpo sin fuerza y un sueño intranquilo, lleno de pesadillas. decían que en

30:06 la noche gritaban ningún remedio del pueblo los aliviaba ni los tés ni los rezos la gente dejó de trabajar temprano se encerraban apenas caía la tarde y colgaban ramas de pirul o cruces en las puertas A nadie le sorprendió cuando el párroco del pueblo subió en su mula, con una cubeta de agua bendita y un crucifijo de madera. Iba casa por casa, echando agua en las entradas y diciendo oraciones. Recomendó poner sal en las esquinas y cruces sobre las camas, sobre todo en los cuartos donde dormían los niños. Durante unos días hubo calma, pues nadie vio a la mujer de las hierbas, y algunos creyeron que se había ido para siempre. Pero una noche mi abuela la vio. Estaba cruzando los potreros con una bolsa grande al hombro, caminando despacio, como si cargara algo pesado. No llevaba lámpara ni parecía temerle a la oscuridad. El burro del corral empezó a inquietarse y las gallinas no dejaron de hacer ruido hasta el amanecer. Cuando salió el sol, el perro apareció muerto junto al gallinero. No tenía heridas, pero su cuerpo estaba rígido y la lengua de un color oscuro, casi negro. Dentro de la casa olía a humo, aunque nadie había encendido fuego. Mi bisabuela barrió y echó agua bendita en las esquinas, pero el olor no se quitó en todo el día. Esa misma semana corrió la

31:37 noticia de que en el pueblo de abajo había muerto un bebé sin explicación. la madre juró que había visto una sombra parada afuera del cuarto justo antes de que el niño dejara de respirar dijo que no era una persona que estaba agachada y se movía lento varios aseguraron que era la misma mujer la de las hierbas que había bajado hasta allá el miedo se extendió por todos los ranchos algunos hombres comenzaron a hacer guardias nocturnas con machetes y escopetas se organizaban por turnos vigilando los potreros y los caminos decían que si volvían a verla no dejarían que escapara en las pláticas de la tarde ya no se hablaba de otra cosa pues los rumores crecían cada día más Unos decían que la mujer se alimentaba de los enfermos, que les sacaba la sangre mientras dormían para fortalecerse. Otros aseguraban que tenía pacto con el diablo, porque la habían visto hablar sola frente a una fogata en medio del monte. Nadie se atrevía a mencionar su nombre, pues decían que al hacerlo podía aparecerse. Por las noches se oían pasos entre los matorrales y los animales se agitaban.

32:54 Los perros ladraban mirando hacia el cerro y el ganado no se acercaba a beber agua en los arroyos. Una madrugada, mi abuela despertó al escuchar pasos en el gallinero. Decía que sonaban lentos pero firmes, como si alguien caminara descalzo. Su madre la mandó a quedarse dentro, mientras su padre salía con el machete y una lámpara de petróleo, al alumbrar hacia atrás del corral. vieron una figura agachada no corría ni se escondía solo los miraba era la mujer con la misma bolsa al hombro y la cara cubierta por el cabello cuando el padre le apuntó con la lámpara ella levantó la cabeza despacio tenía los ojos muy abiertos y una sonrisa extraña el hombre dio un paso adelante pero la luz tembló y la figura desapareció no hubo ruido de pasos ni ramas quebrándose simplemente ya no estaba buscaron por todos lados y no hallaron rastro sin embargo al amanecer encontraron el ternero recién nacido seco como si no tuviera sangre no había heridas ni señales de que algún animal lo hubiera atacado sólo el cuerpo flácido los ojos hundidos y la tierra húmeda debajo desde entonces el miedo se volvió parte de la rutina la gente dejó de dormir bien los hombres hablaban de formar grupos más grandes y algunos querían ir hasta el cerro para buscar su escondite pero nadie se animaba a hacerlo mi

34:26 abuela decía que al anochecer se oía un sonido raro como un zumbido o un murmullo y que venía de la dirección de donde siempre aparecía aquella mujer A la familia de mi abuela le tocó otra noche inquietante. El burro empezó a patear el corral. Las gallinas se alborotaron y del monte se oía un chillido parecido al de un bebé. Su padre salió con la escopeta, pero no encontró nada. Al volver a entrar, vio que el crucifijo que estaba sobre la puerta se había caído, pero nadie quiso levantarlo esa noche. La enfermedad de los tres enfermos empeoró. Uno de ellos murió sin explicación. Los otros dos se fueron al pueblo a buscar atención, pero no volvieron. La gente empezó a decir que no había cura para lo que ella provocaba. Nadie se atrevía a tocar los frascos o hierbas que ella había vendido. y muchos los quemaron frente a sus casas. El párroco regresó una segunda vez, esta vez con más miedo que antes. Les pidió a todos que mantuvieran el rosario encendido en las noches, que cerraran las puertas con sal y que no dejaran a los niños solos ni un momento. Pero aunque rezaran, las cosas seguían empeorando. Una tarde, un grupo de hombres juró haberla visto otra vez, parada en el borde del arroyo con las faldas levantadas y las manos metidas en el agua.

35:54 Dijeron que parecía hablar con alguien dentro del río, pero cuando se acercaron se esfumó frente a sus ojos. Solo quedó un olor a podredumbre. En esos días nadie se sentía a salvo y las noches eran eternas. Los animales se ponían inquietos sin motivo. El mal se sentía más cerca y nadie sabía cómo detenerlo. y cada día parecía que la mujer se volvía más fuerte. Las cruces, la sal y las oraciones ya no parecían servir. Lo único que quedaba era el miedo, y todos sabían que tarde o temprano alguien más iba a morir. Después de tantas muertes y enfermedades, el rancho vivía con el miedo metido en el cuerpo. Nadie dormía tranquilo. la mujer de las hierbas ya casi no se dejaba ver pero todos sabían que seguía rondando porque de vez en cuando aparecían marcas raras en la tierra cruces hechas con ramas secas y animales muertos en los corrales fue en esos días cuando ocurrió lo de doña manuela la vecina que perdió a su hijo menor El niño había enfermado de repente, le dio una fiebre que no bajaba y amaneció con manchas oscuras en el cuello. La madre, desesperada, fue a buscar ayuda al pueblo, pero el pequeño murió antes de que regresara.

37:16 Al enterrarlo, alguien comentó que, la noche anterior, habían visto pasar a la mujer de las hierbas frente a su casa. Doña Manuela, fuera de sí, por el coraje y el dolor, juró que la encontraría. a la mañana siguiente salió con una reata en la mano y caminó hasta la loma donde decían que vivía nadie quiso acompañarla aunque varios la vieron alejarse por el camino de los nopales volvió al anochecer pálida y sin decir palabra se encerró en su casa y no quiso comer A los dos días, su piel comenzó a resecarse, los dedos se le pusieron negros y el cabello se le caía en mechones. Su marido trató de llevarla al pueblo, pero ya no aguantaba ni caminar.

38:01 Murió antes de la semana, consumida y con los ojos abiertos, como si aún viera lo que la había espantado. El marido, cegado por la rabia, reunió a varios hombres. Entre ellos estaba el padre de mi abuela. decidieron ir esa misma noche a buscar a la bruja de las hierbas llevaban machetes escopetas y lámparas de petróleo no hubo rezos ni advertencias todos sabían que si esperaban más seguirían cayendo víctimas caminaron por los potreros hasta llegar a una choza levantada al pie del cerro cubierta con ramas y costales viejos desde afuera olía a podrido un olor fuerte que salía por las rendijas También se veían luces parpadeando adentro como de velas. Se acercaron despacio y escucharon un murmullo, una voz baja que no hablaba español. El marido de doña Manuela fue el primero en empujar la puerta. adentro estaba la mujer parada frente a una mesa hecha con tablones encima había huesos de animales frascos con líquidos oscuros y dibujos hechos con sangre seca en las paredes colgaban tiras de tela con figuras torcidas y del techo pendían ramas con cintas negras La mujer volteó despacio. Tenía el rostro joven, pero los ojos hundidos y sin brillo. Levantó la mano queriendo decir algo, pero uno de los hombres disparó sin esperar.

39:32 El tiro retumbó dentro de la choza. La mujer cayó de espaldas sobre la mesa, tirando todo al suelo, y las velas se apagaron de golpe. Cuando los hombres se acercaron, la luz de las lámparas reveló algo que los hizo retroceder. El cuerpo ya no era el de una mujer joven. la piel se había vuelto gris y arrugada como la de una anciana seca el cabello antes negro era blanco y quebradizo en los brazos se veían marcas como si las venas estuvieran abiertas uno de los hombres dijo que no era humana el marido de doña manuela dio la orden de quemarlo todo encendieron fuego con petróleo y se quedaron mirando hasta que la choza entera ardió. El humo era espeso y tenía un olor agrio que se metía por la nariz y quemaba los ojos. Nadie habló en todo ese rato. Algunos decían que entre las llamas se escuchaban gritos, pero otros aseguraban que solo era el viento.

40:31 Cuando el fuego se apagó, no quedaba casi nada. El cuerpo se había quemado y entre las cenizas solo encontraron restos de huesos. Al amanecer los hombres regresaron al rancho sin decir palabra. Mi abuela recordaba que su padre llegó con la ropa tiznada y la mirada perdida. Esa noche no quiso cenar ni hablar. Dijo que el olor del humo no se le quitaba del cuerpo. Los días siguientes fueron distintos. El aire se sentía más limpio. Los animales ya no enfermaban y la gente empezó a trabajar otra vez. Las cruces que colgaban en las puertas dejaron de caerse y los niños volvieron a jugar afuera. parecía que la calma había regresado algunos decían que el mal se había ido con el fuego otros pensaban que sólo se había escondido el párroco volvió para dar misa y bendecir el lugar donde habían quemado la choza dijo que dios había castigado al demonio disfrazado de mujer y que la fe de los hombres había salvado al rancho la gente rezó pero pocos se convencieron del todo sabían que lo que habían visto no tenía explicación Mi abuela siempre contaba que las noches siguientes fueron extrañas. A lo lejos, sobre el cerro, se veían luces rojas moviéndose entre los árboles. Al principio pensaron que eran fogatas, pero las luces no se quedaban quietas.

42:01 Flotaban de un lado a otro, como si alguien caminara con una vela encendida. A veces eran dos o tres, otras solo una, y se apagaban de golpe. Con el tiempo, nadie volvió a hablar de la bruja de las hierbas, pero cada luna llena cuando el cerro se iluminaba, las luces volvían a verse. No atacaban a nadie, solo se movían despacio, como si buscaran algo. Algunos viejos del rancho aseguraban que eran las almas de las brujas que seguían penando, o que el fuego nunca se apagó por completo en aquel cerro. mi abuela juraba haber visto una de esas luces cuando era joven dijo que brillaba más que las demás y que en medio del resplandor se alcanzaba a distinguir un rostro el mismo de aquella mujer que había llegado un día con sus remedios y sus frascos no quiso volver a mirar desde entonces cada vez que veía encenderse una vela en el cerro cerraba las ventanas y rezaba así terminó la historia de la mujer de las hierbas en el rancho volvió la vida normal pero el miedo nunca se fue del todo la gente aprendió a desconfiar y hasta hoy dicen que cuando alguien se enferma de repente o los animales se alteran sin razón el aire se llena de ese mismo olor a humo que mi abuela decía reconocer a la distancia porque aunque hayan pasado los años todos saben que el fuego del cerro nunca se apagó por completo vivía con mi familia en

43:42 una casa de adobe a las afueras del pueblo en la parte donde el camino se hace de tierra y los cerros se miran cerca mi padre la había levantado con sus manos hacía muchos años y aunque era sencilla resistía los vientos y la lluvia detrás quedaba el corral con las gallinas un cerdo y el perro que dormía junto al tronco donde colgábamos los costales por las noches se oía el canto de los grillos y a veces los válidos lejanos de las cabras de los vecinos era un lugar tranquilo y casi nunca pasaba nada fuera de lo normal aquella semana había llovido mucho la tierra estaba blanda y el aire olía a humedad Me levantaba temprano para limpiar el corral, echarles maíz a las gallinas y revisar que no se metieran animales del monte. Una noche, mientras todos dormían, escuché pasos afuera, justo donde guardábamos el alimento.

44:42 Sonaban lentos, con el peso de algo que se movía despacio. Pensé que sería algún perro o mapache buscando restos, pero el ruido duró varios minutos. El perro ladró con fuerza y luego se cayó como si hubiera visto algo que lo dejó quieto. Esperé un rato con la lámpara en la mano, pero no salí. Al amanecer fui a revisar. La tierra frente al gallinero estaba removida, como si alguien hubiera escarbado. Me agaché y vi un pedazo de trapo sobresaliendo. Lo jalé con cuidado y salió una bolsa pequeña envuelta con más telas sucias y amarrada con un cordón rojo.

45:22 Estaba húmeda, pesada y tenía un olor fuerte, como carne podrida. la abrí ahí mismo adentro había un trozo de tela con manchas oscuras mechones de cabello enredados y una figura pequeña hecha con huesos amarrados con el mismo hilo rojo eran huesos finos de algún animal chico tal vez un pollo o una rata no entendí por qué alguien habría dejado eso enterrado justo frente a mi corral me quedé mirándolo un buen rato no quise decir nada a mi familia pensé que si se enteraban mi madre se iba a asustar pues en el pueblo se hablaba de cosas de brujas de mujeres que hacían trabajo cerca del monte Pero yo nunca había creído en eso. Tomé la bolsa y la llevé al patio, detrás de la casa, donde hacíamos las fogatas. Le eché gasolina y le prendí fuego.

46:17 Al principio ardió bien, pero luego, sin viento ni agua, la llama se apagó. La encendí otra vez y volvió a pasar lo mismo. El humo salía con un olor agrio que se quedaba pegado en la nariz. Me dio una sensación extraña, como si me observaran desde los cerros. Lo tiré todo al arroyo que pasaba detrás de la casa. El agua estaba turbia por la lluvia y la bolsa se hundió rápido. Regresé y limpié el lugar donde la había encontrado, echando tierra encima del hueco. el resto del día lo pasé con un malestar que no supe explicar la cabeza me dolía y sentía un zumbido leve como si tuviera un insecto dentro del oído en la tarde el perro volvió a ladrar hacia el monte y las gallinas no quisieron dormir en su rincón habitual miraban todas hacia el mismo punto como si vieran algo entre los árboles esa noche no pude dormir bien pues el zumbido seguía y me costaba respirar por la nariz salí al patio para despejarme el cielo estaba despejado y la luna iluminaba la tierra mojada No había viento, pero las ramas del pirul se movían. En eso sentí un calor fuerte en la nuca, como si alguien me soplara. Giré la cabeza y no había nadie. Entré rápido, cerré la puerta y me recosté sin quitarme la ropa. Tardé mucho en dormirme, pues cada tanto me parecía oír el mismo sonido de

47:49 pasos afuera del corral, solo que más lentos y más pesados. A la mañana siguiente el perro no estaba en su lugar. Lo encontré lejos, junto al arroyo, temblando y con el hocico lleno de lodo. Durante el desayuno mi madre comentó que el agua del pozo amaneció con un color raro, entre gris y verdoso. Mi padre dijo que era por la tierra revuelta de las lluvias. Yo no dije nada, y pasé el día con una sensación de cansancio, como si hubiera trabajado toda la noche. El zumbido en la cabeza no paraba, y el calor en la nuca se hacía más fuerte cuando caía la tarde. Volví al corral antes de que oscureciera. El mismo lugar donde había encontrado la bolsa parecía otra vez removido. Había marcas recientes en la tierra, como si alguien hubiera escarbado de nuevo. Me quedé ahí parado un rato, mirando el cerro. La luz del sol ya se escondía detrás de la loma, y todo empezaba a ponerse color naranja. Por dentro, sentí que algo no estaba bien. No era miedo. Era una incomodidad, una especie de aviso. Tapé otra vez el hueco, puse piedras encima y amarré mejor el portón, y me aseguré de que el perro quedara adentro. Esa noche el zumbido fue más fuerte, ya no lo sentía solo en la cabeza, sino también en el pecho. Me costaba mantener los ojos abiertos, pero tampoco podía dormir, pues cada vez que lo cerraba,

49:20 veía la forma de los huesos que había dentro de la bolsa, atados con ese hilo rojo. moviéndose despacio entre la ceniza. El aire dentro del cuarto se sentía pesado y caliente. Volté hacia la ventana y vi que el vidrio tenía marcas, como si alguien lo hubiera tocado con los dedos llenos de tierra. Me levanté para limpiarlo, pero al hacerlo vi mi reflejo y noté que la piel de mi cuello estaba enrojecida. justo donde había sentido el calor me eché agua fría pero no bajó y la piel me ardía volví a acostarme y en medio de ese malestar escuché de nuevo el movimiento del corral pero esta vez no eran pasos sonaba como si alguien estuviera raspando la tierra con las manos no me animé a salir me quedé quieto esperando a que amaneciera cuando el primer gallo cantó el zumbido se detuvo afuera se oían los ruidos del campo los pájaros y el viento leve pero en el aire quedaba un olor a tierra mojada mezclado con algo más como ceniza o grasa quemada Esa fue la primera noche en que sentí que algo o alguien había comenzado a acercarse a mi casa. Pasaron los días y empecé a sentirme peor. Apenas dormía dos o tres horas seguidas y cuando lo lograba despertaba sudando con el corazón acelerado. En el día andaba mareado, sin ganas

50:51 de comer y la cabeza me pesaba. En las noches, el calor en la nuca se hacía insoportable y el zumbido volvía, más agudo, como si me estuvieran soplando dentro del oído. Los animales también empezaron a comportarse distinto. Las gallinas dejaron de poner, se quedaban acurrucadas en las esquinas del gallinero con las plumas erizadas. El cerdo, que siempre hacía ruido al amanecer, ya no gruñía. Se la pasaba echado con los ojos abiertos, sin moverse. Pero el que más me preocupaba era el perro. A partir de esa semana empezó a aullar mirando hacia el cerro. No era un aullido común, sino uno largo, profundo, de esos que hacen los perros cuando huelen algo que no entienden. Cada noche lo hacía a la misma hora, poco después de la medianoche, y solo se callaba cuando empezaban a cantar los gallos. Una madrugada, cansado de no dormir, salí al patio con la lámpara. El aire estaba frío y quieto.

51:55 Caminé hacia el corral. El perro miraba fijo hacia el alambrado. Seguí la dirección de su mirada y vi una figura parada junto al alambre. Era alta y delgada, con el cabello largo cayéndole por la cara. No se movía, solo estaba ahí, mirando hacia la casa. Me quedé inmóvil con la lámpara temblando en la mano. Alumbré directo, pero la luz no alcanzó bien. y el reflejo de la humedad en el pasto me molestaba, y cuando por fin di un paso, la figura ya no estaba. Caminé hasta el cerco, pero no había nadie, ni huellas visibles, pero el perro seguía inquieto. Volví adentro sin decirle nada a nadie, pero dormí todavía menos. Al día siguiente, cuando el sol salió, volví al mismo punto. Esta vez sí encontré huellas, pequeñas y hundidas en la tierra blanda. Llegaban desde afuera del cerco y se detenían justo en la orilla del corral.

52:53 Después de ahí no seguían a ningún lado. Mi madre notó que estaba pálido y me preguntó si me sentía bien. Le conté que me dolía la cabeza y que no dormía. Mientras preparaba el café, dijo que probablemente me había asustado con algo del cerro. Y luego añadió que hacía muchos años allá arriba había vivido una mujer sola. La gente decía que hacía cosas raras, que curaba y también enfermaba a la gente, y algunos aseguraban que tenía tratos con el diablo. Mi padre la había visto una vez, según contaba, y juraba que tenía los ojos blancos, pero la encontraron muerta dentro de su choza y nadie quiso enterrarla. Desde entonces el cerro quedó solo. Esa historia me dio vueltas todo el día. Pensaba en la figura que vi junto al alambre y en las huellas sin rastro de salida.

53:49 No podía concentrarme en nada. La verdad, me sentía vigilado. Cada vez que salía al patio, sentía que alguien me miraba desde lejos. En la casa, el ambiente se sentía pesado, más caluroso que de costumbre. cuando me sentaba a descansar oía pasos suaves en la tierra cerca de las ventanas y luego un silencio total esa noche mientras trataba de dormir soñé con la misma figura parada en la puerta del cuarto no se movía sólo se le alcanzaba a ver el cabello cubriéndole la cara y en el sueño respiraba fuerte me desperté sobresaltado y sentí la misma respiración pero esta vez no era sueño venía del otro lado de la puerta me quedé quieto con los ojos abiertos el zumbido se mezclaba con el sonido de la respiración duró unos segundos y luego se fue escuché pasos lentos alejándose por el pasillo me levanté y abrí la puerta de golpe pero no había nadie en el suelo quedaban marcas como si alguien hubiera pasado seguí el rastro hasta la puerta trasera de la casa el aire entraba helado y el pestillo estaba corrido hacia afuera cerré con fuerza y eché el seguro volví al cuarto sin mirar atrás el día siguiente amaneció con neblina espesa no se veía el cerro ni el camino todo estaba cubierto por un tono gris cuando fui al corral las gallinas seguían sin

55:19 poner había plumas regadas y un olor extraño como a grasa rancia el perro no se separaba de mí y se notaba nervioso con el lomo erizado mi madre volvió a mencionar a la mujer del cerro me dijo que cuando ella era niña su abuela le contó que esa mujer hacía amarres entierros y maldiciones y que siempre buscaba tierra de corrales o agua de pozos para sus cosas que cuando moría alguien y la tierra quedaba fresca la visitaba de noche me quedé callado mirando el monte cubierto por la neblina no creía del todo pero lo que había visto no lo podía negar esa noche antes de acostarme puse una cubeta con agua junto a la puerta no sé por qué lo hice sólo sentí que debía hacerlo el zumbido empezó otra vez me dolían los ojos y el cuello me ardía y a ratos me parecía ver sombras. Cerré los ojos un momento, y cuando los abrí, la puerta estaba entreabierta. Me quedé helado. Se movía despacio, como si alguien la empujara con la mano. La cubeta se tambaleó y el agua se derramó en el suelo.

56:31 En eso, escuché un roce en la tierra del patio, un sonido seco, como si alguien caminara sobre las hojas. Tomé la lámpara que tenía junto a la cama y la encendí. El haz de luz salió directo hacia la puerta, pero no vi a nadie, solo el marco abierto. La cortina moviéndose hacia adentro y ese aire frío que parecía venir del cerro. Me acerqué sin hacer ruido y el perro ladró, primero una vez, luego otra, más desesperado. lo llamé y nada el ruido del corral volvió a oírse el mismo de aquella primera noche sólo que más fuerte como si algo raspaba la tierra otra vez avancé hasta la puerta del patio y la empujé con la lámpara levantada la luz alumbró el suelo húmedo y vi que el portón del corral estaba abierto en el borde junto al alambrado se movía una sombra larga y delgada que se deslizaba despacio mirando hacia la casa no alcancé a distinguirle la cara pero si el cabello suelto negro y brillante bajo la luz el perro ladró una última vez y se cayó la figura desapareció entre la neblina del cerro me quedé parado sin poder moverme con la lámpara temblando en la mano La puerta del cuarto seguía abierta detrás de mí, y el aire que entraba por ella ya no estaba frío. Era tibio, y traía un olor que no conocía, una mezcla de lodo, ceniza y algo más,

58:02 que me hizo sentir que lo que había empezado con aquella bolsa enterrada no había terminado todavía. Esa mañana decidí subir al cerro. Ya no aguantaba la inquietud ni el cansancio. Le pedí a mi tío que me acompañara, porque conocía bien esos terrenos. Era hombre serio, de los que no se asustan fácil. Cuando le conté lo que había pasado, no dijo nada al principio. Solo encendió un cigarro y me dijo que saliéramos temprano, antes de que el sol pegara fuerte. caminamos casi una hora cuesta arriba el sendero estaba lleno de piedras húmedas y los arbustos nos raspaban las piernas desde arriba se alcanzaba a ver la casa pequeña con el humo del fogón saliendo por la parte de atrás El viento traía olor a tierra mojada y a hojas secas. A medida que avanzábamos, el ambiente se sentía más pesado. No era el calor ni la caminata.

59:01 Era otra cosa. Llegamos a una zona despejada, donde la tierra estaba removida y había restos de ceniza. En el centro, medio cubiertos por ramas, encontramos pedazos de veladoras blancas, plumas de gallina pegadas en el suelo y una bolsa igual a la que había encontrado junto al corral. estaba rota y dentro tenía los mismos huesos atados con hilo rojo el olor era igual de fuerte un olor que se metía en la garganta mi tío se agachó revisó el contenido con una rama y dijo que eso era brujería que ese tipo de cosas se hacían para enfermar a la gente Luego agregó que había visto varios entierros así, cuando trabajaba en los ranchos del norte, y que siempre los hacían en lugares donde antes vivió alguien que sabía.

59:53 tapamos todo con tierra y piedras sin hablar mucho antes de bajar miré hacia el cerro entre los matorrales se notaba una especie de claro como si alguien hubiera limpiado la tierra en forma de círculo había marcas de ceniza reciente y restos de una fogata apagada mi tío me dijo que mejor no tocáramos nada más y que si veía algo raro otra vez no lo enfrentara solo de regreso el perro nos salió al paso moviendo la cola pero con las orejas bajas al pasar por el corral noté que el portón estaba abierto de nuevo aunque lo había asegurado la noche anterior las piedras que puse encima del hueco donde hallé la primera bolsa estaban movidas me dio la impresión de que alguien había vuelto a escarbar el resto del día lo pasé en silencio comí poco y me dolía la cabeza cada vez que me quedaba quieto sentía el zumbido No era igual que antes, ahora venía acompañado de un murmullo, como si alguien hablara muy cerca sin que se entendiera. Por momentos me daba un sueño pesado, pero en cuanto cerraba los ojos el calor en la nuca me despertaba. Al caer la tarde el viento cambió de dirección, traía polvo del cerro y un olor agrio. Las gallinas se amontonaron bajo el tejado, el cerdo empezó a gruñir sin parar y el perro corrió hasta la puerta de la casa. Los animales no reaccionaban así por gusto. Me levanté de la silla y salí

1:01:24 al patio. El aire estaba espeso y se escuchaba un zumbido bajo parecido al ruido que hace una lámpara eléctrica, pero venía de afuera. Me quedé mirando hacia el corral y la vi. La figura estaba parada en la entrada, justo donde el alambre se dobla. No era una sombra ni un reflejo. Era una mujer. Su piel era tan pálida que se distinguía incluso con la poca luz. El rostro manchado de ceniza, los ojos hundidos y brillosos como si los tuviera mojados. El cabello le caía sobre los hombros y se movía apenas con el viento. No traía ropa que se notara, solo una especie de trapo oscuro pegado al cuerpo. No avanzaba ni se escondía, solo me miraba.

1:02:10 El perro ladró con desesperación, pero no se acercó. La verdad que mi cuerpo no reaccionaba. Tenía la lámpara en la mano, pero no podía mover los dedos, y cuando logré alzarla, la luz tembló sobre el rostro de la mujer. En ese instante pareció dar un paso, no escuché los pies sobre la tierra, solo vi que su figura se acercaba un poco más y el aire se volvió más caliente. El olor cambió, era como grasa quemada y sentí que el cuello me ardía, el mismo lugar donde antes me había enrojecido la piel. Intenté hablar pero la garganta se me cerró. La mujer levantó una mano y me pareció ver que tenía los dedos manchados, como si estuvieran cubiertos de hollín. La luz de la lámpara empezó a parpadear, y cuando volvió a encender con fuerza, la figura ya no estaba. Corrí hacia el corral, pero no había nadie, solo el aire tibio y la tierra movida. En el suelo, a unos pasos del alambrado, había una mancha negra. Me quedé ahí un rato, sin poder entender lo que acababa de pasar. Luego regresé adentro y cerré todas las puertas.

1:03:24 Esa noche dormí poco, y cada vez que el sueño me vencía, escuchaba el sonido del cerro, un murmullo constante, como si alguien estuviera escarbando. el perro no dejó de ladrar hasta que amaneció cuando el sol salió salí al corral en el mismo punto donde había visto a la mujer había un montón de cenizas todavía tibias y una cruz hecha con dos ramas amarradas con hilo rojo la tierra alrededor estaba húmeda como si recién hubieran tirado agua me arrodillé y toqué la cruz el hilo se deshizo con facilidad y las ramas cayeron al suelo No quise contarle a mi madre ni a mi tío lo que vi.

1:04:06 Solo dije que había vuelto a encontrar rastros de fuego. Me miraron sin insistir, tapamos el lugar con más tierra y el perro se quedó echado justo encima sin moverse. Desde entonces nadie duerme cerca del corral. Por las noches cerramos todo antes de que oscurezca y ya no dejamos la lámpara encendida. El perro sigue vivo, pero no se separa del patio. A veces, cuando la neblina baja del cerro y cubre el camino, empieza a aullar mirando hacia arriba. Nadie sube a ese cerro desde aquel día. Los pocos que han pasado cerca dicen que de noche se ven luces pequeñas, como si alguien encendiera velas entre los matorrales, pero yo ya no las busco. Aprendí a reconocer el olor que trae el viento cuando ella baja de ahí y cuando lo siento me encierro, porque sé que lo que empezó con una bolsa en el corral sigue ahí arriba esperando.