Brujas Querian A Mi Mamá De Bebé Historias De Terror - REDE

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Llantos de Bruja. Mi nombre es Javier. Fui el más pequeño de tres hermanos esta historia que les comparto. Me sucedió en una pequeña comunidad del Estado de Oaxaca. Hará algunos cincuenta y cinco años aproximadamente. En ese lugar vivÃa mi abuela. En ese entonces andaba alrededor de los setenta y cinco años. TodavÃa se miraba fuerte al grado de vivir y mantenerse sola. TenÃa buena vista, además de una excelente memoria. TodavÃa era una adolescente. Esa ocasión que fuimos a visitarla recuerdo que su casa era muy humilde, casi perdida. Entre el monte. Tuvimos que caminar un buen rato por una vereda mal trazada para poder llegar. TenÃa gatos y varios perros, entre ellos tres animales enormes que la cuidaban y obedecÃan al grado de no dejarnos acercar a la casa hass hasta que salió mi abuela clara para calmarlos. En esa ocasión fui con mi mamá a visitarla por unos dÃas, casi a conocerla, porque sólo la habÃa visto en una fotografÃa muy antigua que tenÃa mi madre y que guardaba celosamente. Nosotros vivÃamos en el Estado de Veracruz. Por eso tenÃamos que hacer un gran recorrido en camión, pero no importaba. Estaba feliz de ir a verla. Nunca supe nada de mi abuelo Aurelio, solo que habÃa desaparecido muchos años atrás. Cuando le preguntaba a mi mamá por él, me contestaba tajante que ella no sabÃa y me advertÃa que no le gustaba hablar de eso que, por favor, no le preguntara. Cuando llegamos, mi abuela fue muy cariñosa con nosotros ya dentro de la casa. Por curiosidad, buscaba si miraba una foto de mi abuelo porque lo querÃa conocer. Para mi decepción no habÃa nada por ningún lado, como mi mamá y mi abuela se quedaron a platicar hasta muy tarde. Yo me acoso en una pequeña cama que habÃa en la cocina. Pensé que al momento me quedarÃa dormido por lo cansado del viaje, pero no fue asÃ. Esa noche parecÃa muy tranquila, sólo que en cierto momento comenzaron a ladrar los perros de una forma extraña. Estaban en completo silencio. De pronto ladraban de manera desesperada. Por unos minutos luego se callaban todos. Al mismo tiempo pasaba un rato y de nuevo lo hacÃan aparte. Aullaban muy feo como si algo los lastimara. Comenzaba uno y lo seguÃan todos los demás. Algo se escuchaba porque los gatos también maullaban horrible hasta parecÃa como cuando llora un niño. Eso me comenzó a poner inquieto. Todo me parecÃa tan extraño, porque los perros de nuestra casa nunca habÃan actuado asÃ. Me levanté y miré a mi mamá rezando muy asustada. Mientras mi abuela miraba por la ventana sin comprender lo que pasaba, me quedé a observarlas un rato. Mi abuela cerró las ventanas con una especie de de madera que hacÃa el lugar de cortinas. Luego se puso a rezar a un lado de mi mamá. Me daba temor escucharlas rezar en voz alta y de una manera desesperada. Los perros siguieron aullando y ladrando de fea manera no supe cuánto tiempo lo hicieron. Aunque me tapé los oÃdos con las manos. Los estuve escuchando en repetidas ocasiones sin saber qué hacer mejor. Me acosté de nuevo. También podÃa distinguir que alguien lloraba a lo lejos. No podÃa saber si era hombre o mujer, pero su llanto me causaba escalofrÃos. Si me asusté como pude, me aguanté las ganas de llorar. Aún asÃ, escuchando todos los ladridos, me quedé dormido, aunque ya casi para amanecer. A media mañana, cuando me levanté, no me atrevà a preguntar qué habÃa sido todo aquello. A pesar de ver a mi abuela muy nerviosa. Mi mamá me comentó que irÃa a visitar unas familiares o conocidas de ella que vivÃan bastante retirado. Como como no quise ir a acompañarla, me pidió que no saliera hasta que ella regresara. Asà quedé solo con mi abuela supuse que mamá se iba a tardar unas horas en ir y regresar. Miré en eso una oportunidad. Por eso me animé buscando las palabras. Le pregunté a mi abuela clara qué habÃa sucedido con mi abuelo. La miré con insistencia, aunque sabÃa que no me contarÃa. Para mi sorpresa, volteo a verme mientras me decÃa si en verdad quieres saberte cuento, pero no te vayas a asustar ni le vayas a decir a tu mamá que te platiqué. Me llené de curiosidad. Al escuchar eso nos sentamos. Comenzó diciendo tu abuelo Aurelio, desapareció siendo muy joven. Apenas tenÃamos un año de vivir juntos. Por eso sólo tuvimos una hija, o sea, mi mamá. En ese tiempo vivÃamos en un lugar sombrÃo, muy cerca de un arroyo sin luz eléctrica alejados de otras personas. Aunque todos los lugareños nos conocÃamos bien, solo nos mirábamos en muy contadas ocasiones, en la mayorÃa de las veces, por los caminos. Una noche, cuando ya estábamos durmiendo algo pesado se posó en el techo de la vivienda. Despertamos porque el sonido era muy claro. Nos dimos cuenta que los perros ladraban con insistencia. Aurelio se enderezó de prisa. Yo estaba pronta a dar a luz, con casi ocho meses de embarazo, nos miramos con miedo porque ya habÃamos escuchado que una bruja andaba merodeando esas tierras, buscando niños recién nacidos para robárselos. Al menos era lo que se decÃa. Sabiendo eso nos levantamos para asegurar bien las puertas. Yo me puse a rezar mientras tu abuelo agarró un machete dispuesto a salir para espantar a la bruja o lo que estuviera arriba, aunque yo le pedà que no lo hiciera porque era peligroso. Igual salió a los pocos segundos se metió espantado diciendo que lo que estaba arriba de la casa no era sólo una bruja, sino tres horribles mujeres que susurraban entre ellas. Como poniéndose de acuerdo en algo, podÃamos escuchar cómo caminaban de un lado al otro pisando las láminas del techo de vez en cuando reÃan de una rara manera. Era una risa diferente a todo lo conocido. Cuando dejamos de escuchar que caminaban en la parte de arriba, supimos que andaban husmeando alrededor de la casa. Aunque Aurelio parecÃa que no las escuchaba. Yo claramente las podÃa oÃr que me llamaban por mi nombre. ReÃan tan fuerte que eso hacÃa que brincara mi bebé en el vientre. Yo me asustaba y temblaba de miedo. Mientras yo rezaba con toda mi devoción, tu abuelo trataba de espantarlas gritándoles sinfinidad de groserÃas desde adentro de la casa, porque ya no lo dejé salir. Además, las amenazaba con dispararles con un rifle que tenÃa. A pesar de eso, asà estuvieron hasta muy entrada la madrugada. Esa fue la primera de muchas espantosas noches. Estábamos seguros que esas siniestras mujeres estaban esperando que diera a luz para quitarme al bebé. Eso nos tenÃa aterrados una semana antes de tener a mi crÃo. El acecho de las brujas se incrementó. Rasguñaban las paredes y tocaban las ventanas como no sabÃamos qué hacer ni tenÃamos a dónde más ir a vivir. Buscamos ayuda de una persona sabia, aunque era un curandero para todos en la región. Don MartÃn era el brujo del pueblo. Se sabÃa que era muy poderoso y que tenÃa mucho conocimiento. Muchas personas hablaban mal de él e incluso hasta le tenÃan miedo. En ese momento, eso no importaba. Lo necesitábamos. Si él no podÃa ayudarnos, nadie más lo harÃa. El único contratiempo era que nos quedaba muy lejos su jacal, como a tres horas caminando por entre el monte, por unas veredas hechas por el caminar de las personas. Aurelio querÃa irse solo y traer al curandero para que me atendÃasera aquà en la casa, pero yo tuve miedo de Quedarme le pedà muchas veces que me llevara hasta que por fin dijo que estaba bien. Nos fuimos por la mañana para asegurarnos que no nos agarrara la noche. Al regresar a casa, sabÃamos que por mi estado era lento mi andar. Haciendo mi mejor esfuerzo, avanzamos lo más rápido que pudimos, siempre temerosos de lo que pudiéramos pasar. Aurelio conocÃa bien el camino aún asà iba marcando por donde pasábamos. Para mà todo el monte me pareció igual, muchos matorrales, hierbas crecidas y una vereda que parecÃa no tener fin. Casi a medio dÃa llegamos a una vivienda, la cual estaba muy apartada de las demás. Preguntamos por Don MartÃn. Cuando hablamos con él nos escuchó con paciencia. Después de un buen rato, me barrió con un manojo de hierbas para protegerme a mÃ, asà como al bebé. Nos advirtió que tuviéramos mucho cuidado porque seguramente yo ya estaba marcada por las brujas desde mucho tiempo atrás, Desde la primera vez que olieron a mi bebé y no me soltarÃan. Pudiera ser que también la casa lo estaba, con el fin de que otras brujas supieran que pronto darÃa a luz. Nos dio unas hierbas de fuerte olor, con las cuales podÃamos espantar a esas mujeres y a tu abuelo le prestó un machete especial. Con él podÃamos defendernos de cualquier bruja. Don MartÃn nos sugirió que nos quedáramos esa noche en el pueblo para no arriesgarnos de más, pero no tenÃamos en dónde quedarnos. Por eso nos regresarÃamos en ese momento sabÃamos que sà Alcanzábamos a llegar antes del anochecer con otras recomendaciones por parte de Don MartÃn. Nos metimos entre el monte y caminamos de regreso. Según por las sombras, podrÃamos calcular que serÃan como las dos de la tarde. No lo esperábamos, pero a medio camino me sentà mal, me mareé quis por el cansancio. Tuvimos que detenernos al menos tres veces para descansar un rato. Eso hizo que pronto cayera la tarde y el cielo comenzara a ponerse en naranja aún haciendo todo lo posible por avanzar rápido. SabÃamos que nos ganarÃa la noche pasado ya un rato y midiendo el tiempo, Aurelio me dijo que nos faltarÃan unos quince minutos para llegar al arroyo. De ahà ya estaba cerca la casa con preocupación. Miraba que a cada segundo se oscurecÃa más y más. Aunque mis piernas me dolÃan horrible, no decÃa nada para detenernos. Estábamos caminando. Cuando Aurelio me detuvo y sacó el machete. Sorprendida, le pregunté qué pasaba. Puso su dedo en la boca pidiéndome guardar silencio volteó para todas partes. Segundos después me dijo que una sombra habÃa pasado frente a nosotros. Nos quedamos parados sin movernos. El nervioso apuntaba con su dedo rumbo al espeso monte, quizá por los nervios A mà también se me figuraba que tres siluetas se asomaban entre los matorrales. En ese momento podrÃa asegurar que eran unas mujeres horribles. Sentà un miedo terrible cuando escuché que me hablaban Aurelio me traÃa del brazo jalándome a fuerza para poder avanzar lo más rápido posible. Todo lo que sentÃa seguramente se lo transmitÃa a mi criatura, porque no dejaba de patear sin detenernos comencé a rezar mientras lloraba asustada aguantando mis malestares. Apretamos todavÃa más el paso hasta llegar al arroyo. Si fuese de dÃa. Desde ahà pudiéramos ver la casa, pero ya a esas horas era imposible distinguir algo. Cruzamos el puente de prisa. Estábamos tan cerca de la casa que quizá era eso lo que me llenaba de desesperación. Ya sólo nos faltaba agarrar la vereda cuando algo como un ave grande y negra se nos echó encima. Tu abuelo comenzó a tirar machetazos asestándole varios a esa cosa que no dejaba de atacarnos. Le gritaba que se calmara porque podrÃa pegarme a mà de pronto. Ese animal desapareció por un momento. Nos faltaban algunos metros para llegar. Cuando de nuevo algo nos atacó. Yo entré a la casa y segundos después entró Aurelio muy asustado, asegurando que eran las brujas por lo menos habÃa herido a una de ellas. Nos encerramos de prisa porque afuera se escuchaban horribles chillidos de dolor, como si estuvieran torturando a alguien o matando algún animal. Todo aquello era tan terrible que los perros aullaban de una manera lastimera. Después aventaron piedras sobre la casa, rebotaban fuertemente en las paredes y en la puerta. Asà estuvimos por minutos interminables hasta que todo cesó. A partir de esa noche. Nada más llegaba a la oscuridad y se escuchaba un llanto perturbador que helaba la sangre. Duraba horas en las cuales los perros ladraban y ladraban sin descanso de una manera que taladraba el cerebro. Aunque hicimos todas las recomendaciones que nos hizo Don MartÃn, parecÃa que las brujas no se marcharÃan. SeguÃan tercas a merodear la casa. Se escuchaban ruidos extraños, entre ellos aquel llanto desesperante. Mi abuela, Clara hizo una pausa para respirar hondo. Luego continuó diciendo el dÃa que nació la niña. Nadie quiso asistirme, porque todos se habÃan enterado que las brujas estaban aferradas a llevarse a mi hija y nadie se querÃa haber involucrado en una cosa asà como Dios le dio a entender. Aurelio me auxilió. Mientras nacÃa la niña afuera se escuchaba mucho alboroto. Apenas nació la envolvÃa en una manta y nos metimos debajo de la cama para ocultarnos. Después de medianoche sucedieron muchas cosas espantosas. Rasguñaban las paredes y empujaban las puertas como tratando de meterse. También nos dábamos cuenta que escupirÃan las ventanas. SabÃamos que eran las brujas. Seguramente venÃan por la niña. Decidido a enfrentarlas, tu abuelo salió con su machete en mano. Yo me quedé asustada por lo que se escuchaba. De pronto todo quedó en silencio, un silencio que daba miedo. Pasaba el tiempo de una manera inquietante. Aurelio no regresaba desesperada. Le grité muchas veces sin importarme que me escucharan las brujas. Desgraciadamente, tu abuelo jamás regresó. Dijo la abuela con lágrimas en sus ojos. Luego volteó a verme y me habló en tono más bajo. Se puso muy seria para decirme que eso no era todo. DÃas después vinieron algunas conocidas a ver a la niña. Luego de comentarles lo sucedido, me dijeron que les pedirÃan a sus hombres que buscaran a mi esposo. Asà lo hicieron. Un dÃa después me visitaron de nuevo con la triste noticia que no encontraron rastro de él. Y otra cosa. En el po pueblo se rumoreaba que habÃan matado a la hija de una bruja, a la cual todos le tenÃan miedo. Desde entonces, todas las noches se escuchaba su llanto que resonaba en medio de la oscuridad. Era tan perturbador que los perros se revolcaban, las gallinas y otros animales corrÃan asustados por todas partes sin encontrar un lugar seguro donde esconderse todavÃa faltaba. Lo que era peor, se sabÃa en el pueblo que la bruja habÃa jurado que un dÃa tarde o temprano vendrÃa por mi niña para llevársela en venganza, porque Aurelio era el causante de la muerte de su hija. Al verme sola y asustada con el dolor de mi corazón, regalé a la niña a unas buenas personas del pueblo con la condición que la alejaran de la furia de esa perversa mujer. Sólo asà pudo hacer su vida. Muy lejos de aquÃ, yo me quedé sola en la casa porque siempre he tenido la esperanza que un dÃa aparezca tu abuelo. Aquà lo seguiré esperando hasta los últimos dÃas de mi vida. Gracias a Dios, esas personas un dÃa le contaron la verdad a tu mamá, mi abuela buscó entre sus cosas, sacó una foto bastante vieja y maltrecha. Me la mostró sólo unos segundos. Luego la guardó de nuevo. Asà fue como conocà a mi abuelo Aurelio. No querrás escuchar esto, me dijo la abuela, pero ya empecé a contarte. Ahora tienes que aguantar hasta el final. Por eso te advertà que no te fueras a asustar. Aunque ya no estaba la niña en la casa. Las brujas no paraban de buscar de insistir en querer meterse. Me di cuenta que no podÃan, tal vez por las hierbas que nos habÃa dado Don MartÃn. Con tristeza. Comprendà que aquella noche no era necesario que Aurelio hubiera salido. Estábamos protegidos. En otra visita que tuve de aquellas personas del pueblo me contaron muchas cosas que se rumoreaba sobre la bruja. DecÃa que nunca se le olvidarÃa el olor que desprendà a mi hija un dÃa lejano o no tendrÃa que volver y la reconocerÃa entre mil. Sé que te diste cuenta lo que sucedió. Anoche me dijo la abuela. Luego que ustedes llegaron volvió a suceder. El llanto de la bruja se hizo presente después de mucho tiempo de no escucharse. Por eso ladraban y aullaban los perros. De esa manera me ganó el miedo. Recordé las amenazas. Por eso nos pusimos a rezar. Aunque afuera se escucharon muchas cosas. No miramos a nadie, pero algo me dice que esa bruja o cualquier otra ya sabe que tu mamá está aquÃ. Cuestioné a mi abuela porque la dejó ir de visitas, sabiendo al riesgo que se exponÃa. Tu mamá no anda visitando ningunas parientes. Me aseguró fue a ver a la hija de Don MartÃn. Ella ahora es la bruja del pueblo. De hecho, fue a buscar protección, porque anoche, cuando aullaban los perros, escuchamos que dijeron su nombre con el mismo timbre de voz que decÃan el mÃo. Hace muchos años después de escuchar a la abuela, me quedé más intranquilo que nunca, por alrededor de dos horas me quedé parado en la puerta nervioso a más no poder esperando ver la figura de mi mamá aparecer hasta que por fin llegó. Ni siquiera me dio la oportunidad de abrazarla entró alterada. Me dijo que juntara mis cosas, porque en ese momento nos irÃamos. Ella comenzó a juntar las suyas mientras platicaba lo que habÃa averiguado. Le dijo asà con voz clara, sin importar que yo estuviera escuchando. La hija de Don MartÃn me contó que aquella bruja hacÃa muy poco, que habÃa muerto, pero que les habÃa encargado a todas las brujas e incluso a ella que si sabÃan de mÃ, me cobraran la ofrenda, sobre todo si tenÃa algún hijo. Al principio, esa señora no dejaba de mirarme de una fea manera cuando le dije que Don MartÃn habÃa ayudado a mis papás prestándoles un machete especial con el cual se habÃan defendido. La bruja se ablandó un poco, me pidió con voz enérgica que me marchara y nunca le rega egresara. Por ahà lo más rápido que pude salà corriendo de ese jacal sin haber conseguido ninguna protección. Todo el camino de regreso se me hizo eterno. Tal vez eran mis nervios, pero sentÃa que me venÃan siguiendo. Me retumbaba dentro de la cabeza aquella voz tenebrosa que decÃa mi nombre, pero gracias a eso agarraba más fuerzas para seguir corriendo, y asà pronto llegué a la casa cuando ya estábamos listos para Irnos le rogó a mi abuela varias veces para que se fuera con nosotros, pero ella se opuso rotundamente diciendo que nunca lo harÃa. EsperarÃa a mi abuelo Aurelio hasta el final le hizo saber de muchas maneras que corrÃa peligro, pero no cambió de padecer. Nos dio su bendición y salimos prácticamente corriendo de ahà para ponernos a salvo. Nos regresamos a nuestra casa en Veracruz. SabÃamos que mi abuela llevaba muchos años en su casa y nadie la molestaba. Seguramente seguirÃa bien. Nosotros estás ábamos temerosos, guardando el secreto de tener la amenaza de las brujas y asà no exponernos de un ataque a cualquiera de los dos. Estuvimos como tres semanas sin salir a ningún lado, aunque parezca increÃble. De vez en cuando los perros se comportan, como lo hacÃan aquella noche en casa de mi abuela, ladran todos de manera defensiva, como si algo maligno se paseara por la calle. Luego todos al mismo tiempo se callan, dejando en el ambiente un silencio inquietante. La primera vez que los escuché me espanté porque creà que la bruja nos habÃa encontrado por dÃas. No pude dormir venciendo mi miedo. Me asomaba por la ventana, pero nunca miré a nadie hasta el dÃa de hoy no nos ha pasado nada malo. Desde entonces he sabido que los perros de muchos lugares actúan asÃ. Sé que lo hacen. Cuando llora una bruja, quizá no sea la misma que atormentaba a mi abuela, pero cualquiera que sea es para tenerle miedo. Mi abuela hace muchos años que murió sola en su casa, esperando a mi abuelo dÃa y noche, pero nunca regresó mi mamá. El año pasado también se fue dejándome un montón de recuerdos más buenos que malos. Sin duda, el que más me atormenta fue cuando conocà a mis abuelos y escuché el llanto de la bruja por primera vez. Relato escrito y adaptado por gato negro.








