Nov. 3, 2025

Brujas En El Panteón: En Día De Los Muertos - Historias De Terror - REDE

Brujas En El Panteón: En Día De Los Muertos - Historias De Terror - REDE
Brujas En El Panteón: En Día De Los Muertos - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
Brujas En El Panteón: En Día De Los Muertos - Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:05 A las tres con once de la madrugada sonó el teléfono. Tardé en entender qué pasaba hasta que vi el nombre de mi madre en la pantalla. Contesté medio dormida. Su voz temblaba. Me dijo que habían venido a dejar flores, pero que no había altar. Me quedé callada un momento pensando que se refería a alguna tradición del barrio, pero luego añadió que las habían dejado justo afuera de la puerta y que las velas seguían encendidas. Su tono me inquietó. En los últimos meses había tenido episodios de confusión por los medicamentos y pensé que tal vez era eso. Le pedí que se calmara, que durmiera un rato, pero antes de colgar alcanzó a decir, no son para mí. A la mañana siguiente decidí viajar a Toluca. Mi madre vivía sola en una casa vieja que era de mis abuelos.

0:59 Cuando llegué, el portón estaba cubierto de flores marchitas, las mismas que usan en los velorios. había velas negras derretidas sobre el suelo y una marca de tres dedos sobre la lámina como si alguien la hubiera tocado con las manos llenas de hollín el olor era raro una mezcla entre cera quemada y tierra húmeda entré con cuidado mi madre estaba en su sillón pálida los labios resecos con la mirada fija hacia la ventana de la cocina me dijo que no tocara las flores y que no abriera esa ventana hasta que pasaran los días santos en la pared del comedor había un calendario viejo el 2 de noviembre estaba encerrado con marcador rojo en una esquina con letra temblorosa había escrito una frase ellas vuelven cuando se apagan las velas le preparé un té y traté de limpiar la casa cada rincón tenía ese olor agrio Abrí las cortinas para que entrara luz, pero la ventana de la cocina seguía sellada con cinta negra. Pregunté por qué lo había hecho y solo movió la cabeza, negando. A la tarde llegaron las vecinas, trajeron pan y dijeron que toda la colonia olía así cada octubre. que el aire se ponía pesado y que los perros no dormían. Una de ellas, Doña Meche, comentó que en los últimos días habían visto a tres mujeres vestidas de negro caminando por el callejón, rezando.

2:31 Esa noche no pude dormir. Escuché pasos en el patio, pasos lentos que iban de un lado a otro. Pensé que era el viento moviendo las macetas, hasta que algo golpeó la ventana del cuarto. me incorporé de golpe y del otro lado entre las sombras vi una silueta de mujer con un sombrero de paja parada frente a las macetas no se movía permaneció ahí quieta mirando hacia adentro cuando encendí la luz y salí al patio no había nadie las macetas estaban intactas pero la tierra estaba húmeda como si la hubieran removido regresé al cuarto con la piel erizada Revisé que la puerta quedara bien cerrada y traté de dormir, pero el sonido de las velas consumiéndose me acompañó toda la noche. Al amanecer, encontré a mi madre de pie en el pasillo. Tenía los ojos hinchados y me dijo que las había oído entrar por la cocina.

3:30 Le pedí que se recostara, pero me miró con una mezcla de miedo y cansancio.« No quieren a las viejas». juventud para pagar la deuda. No entendía a qué se refería hasta que encontré debajo de su cama un baúl antiguo de madera. Estaba lleno de trapos y papeles viejos. Entre ellos había una hoja amarillenta doblada en cuatro. Decía la misma frase escrita tres veces. lo prometido se paga con el cuerpo de verdad me dio un escalofrío esa noche mientras la casa se hundía en un silencio denso volví a escuchar pasos en el patio pero esta vez eran más pesados y arrastrados las velas que habían quedado encendidas en la entrada comenzaron a apagarse una por una fui a buscar a mi madre al cuarto y la encontré mirando por la ventana sellada con los labios moviéndose sin sonido como si repitiera un rezo no sé cuánto tiempo pasó hasta que todo quedó en silencio el aire olía más fuerte a flores marchitas y a humo alguien tocó la puerta eran golpes secos tres veces mi madre se levantó de inmediato tomó una vela y dijo que tenía que salir que ya era su turno la detuve Y me gritó que no entendía, que ellas iban a llevársela si no entregaba lo prometido. Cuando intentó abrir la puerta, la sujeté con todas mis fuerzas. Afuera, las tres sombras esperaban.

5:03 No podía ver sus caras, solo sus manos pálidas sobre el marco, marcadas con tierra. Le supliqué que no saliera, pero se soltó. Al abrir la puerta, el aire se volvió helado. Las tres figuras cruzaron el umbral y se quedaron frente a mí. Una de ellas levantó la mano y señaló mi rostro. Sentí un peso en el pecho, como si me hundieran algo por dentro. Mi madre giró hacia mí con los ojos llenos de lágrimas.« Perdóname», murmuró. Entendí entonces que quería entregarme a mí. El miedo se transformó en rabia. Me lancé hacia la puerta y, sin pensarlo, la empujé hacia afuera. Mi madre cayó de rodillas frente a ellas. Una de las mujeres le tomó el rostro con una mano y la otra le sopló algo al oído.

5:52 En ese momento, la vela que sostenía se apagó sola. Cerré la puerta con fuerza y eché el cerrojo. No quise mirar más. Durante horas, escuché susurros del otro lado, rezos y el arrastre de pies sobre el suelo. Cuando por fin amaneció, la calle estaba vacía. Las flores que habían dejado el primer día seguían ahí, frescas, como si las hubieran traído en ese instante. Busqué a mi madre en la entrada. Estaba tendida junto al portón con la mirada perdida. No reaccionaba y su piel tenía el mismo tono de las flores y el aire a su alrededor se sentía pesado. Llamé a una ambulancia, pero cuando llegaron los paramédicos dijeron que no tenía nada grave, solo agotamiento.

6:39 Desde entonces ya no volvió a ser la misma. Habla poco, apenas come, y pasa los días mirando por la ventana de la cocina, esperando algo que no me dice. Yo tampoco soy la misma. Esa noche, por coraje, por miedo o por instinto, la entregué. Y aunque no me lo digo en voz alta, sé que ellas no se fueron. Me lo recuerdan cada madrugada, cuando el reloj marca las 3 con 11, y el aire vuelve a oler a flores podridas. Desde ese día, las cosas cambiaron. Las brujas le quitaron algo a mi madre, pero también se llevaron una parte de mí. Pasaron tres semanas desde aquella noche. Regresé a Toluca porque la vecina me llamó, diciendo que mi madre no salía ni a comprar pan. La encontré sentada junto a la ventana de la cocina, mirando hacia afuera. No me reconoció de inmediato, tardó unos segundos en decir mi nombre, como si lo buscara en la memoria. Tenía el cabello sucio, los labios resecos y una manta sobre los hombros. A su lado había un plato con flores marchitas, las mismas que habían dejado aquella madrugada. La casa olía igual que antes, una mezcla entre humedad y tierra. Yo había dejado las ventanas abiertas para que ventilara, pero el olor seguía, como si viniera del suelo. Lo primero que hice fue limpiar todo. Barrí, lavé las cortinas, tiré las flores, pero al poco rato

8:11 el aire volvió a sentirse pesado. Me dolía la cabeza cada vez que pasaba por la cocina. Mi madre casi no hablaba. Le preparaba sopa y apenas probaba dos cucharadas. Cuando le preguntaba cómo se sentía, solo decía que estaba cansada. Por las noches dormía poco, y desde su cuarto se escuchaba que murmuraban hombres de mujeres. A veces decía tres seguidos en voz baja. Un día encontré el baúl bajo su cama otra vez. Yo lo había cerrado la última vez, pero alguien lo había movido. Dentro ya no estaba el papel con la frase vieja. En su lugar había otro, más nuevo, escrito con letra firme. Lo entregado no se recupera.

8:55 No se lo mostré a mi madre. Guardé el papel en mi bolso, pero desde ese día sentí que algo cambió en mí. Dormía mal. soñaba con pasillos largos y puertas que no abrían y despertaba con la sensación de tener tierra en las manos las vecinas comenzaron a evitar la casa decían que de noche se veía una luz prendida en la cocina aunque yo juraría que la apagaba antes de dormir una de ellas me dijo que el olor del patio se extendía hasta la esquina que los perros ya no pasaban por ahí Traté de no escuchar, pero cada vez que me asomaba al callejón, sentía que alguien me observaba desde el fondo. Una mañana, al abrir la puerta, encontré un ramo de flores frescas sobre el escalón.

9:41 Eran iguales a las primeras, pétalos amarillos con bordes marchitos. No había nota ni lazos, solo las flores, perfectamente acomodadas. Las tiré al basurero, pero a la tarde aparecieron otra vez en la mesa del comedor. Le pregunté a mi madre si las había traído, pero negó con la cabeza. Ese día noté algo más. Las paredes del pasillo tenían manchas oscuras, alargadas. como si alguien hubiera apoyado las manos. Eran marcas de tres dedos. Pasé un trapo húmedo y se borraron, pero al día siguiente volvieron a aparecer más arriba, casi en el techo. Cada noche el ambiente empeoraba, el aire se enfriaba al caer la tarde, y dentro de la casa se escuchaban chasquidos suaves como si el piso se contrajera. Me acostumbré a oír pasos cuando ya estaba en la cama. No eran fuertes, pero constantes, siempre dirigiéndose a la cocina. Una vez bajé con una linterna, pero no vi a nadie, pero el suelo estaba húmedo. Mi madre empezó a llamarme de otra forma. Me decía niña prometida mientras dormía. La primera vez creía haber entendido mal, pero la repetía en sueños una y otra vez. Pero cuando se lo mencioné fingió no recordar. Algunas noches la escuchaba levantarse y caminar por el pasillo. Se quedaba parada frente a la puerta murmurando que no debía cerrarse nunca,

11:15 que pronto vendrían a buscar lo suyo. Y en la mañana no recordaba nada. Intenté convencerla de mudarse conmigo a la ciudad, pero se negó. Dijo que la casa no la dejaría salir, que si cruzaba el portón el aire se le acabaría en el pecho. Empecé a sentirme enferma, tenía dolor de cabeza, cansancio constante, perdí el apetito y me temblaban las manos sin razón. Fui al médico del barrio, me recetó vitaminas y descanso, pero sabía que el problema no era físico. Una tarde llovió fuerte. Me quedé sola porque mi madre se había quedado dormida en su cuarto. De pronto escuché cómo se abría la ventana de la cocina.

11:58 Corrí a cerrarla, pero el pestillo estaba trabado. El viento entraba con fuerza y tiró una maceta al suelo. En medio de la tierra mojada había algo envuelto en una hoja de periódico. Lo abrí y era una fotografía vieja. Mi madre joven con otras tres mujeres vestidas de negro. Las tres sonreían. Detrás, escrito con tinta corrida, se leía Toluca, 1979. Guardé la foto, pero no pude dejar de pensar en ella. Esa noche soñé con esas tres mujeres sentadas en el comedor frente a mi madre. Ninguna hablaba, solo miraban hacia donde yo estaba parada. Cuando desperté, la foto ya no estaba en el cajón. Desde entonces, cada amanecer encuentro algo distinto en la casa. Flores frescas, velas nuevas, a veces una huella húmeda en el suelo. Todo aparece en silencio, como si alguien entrara y saliera sin abrir las puertas.

12:59 Una vecina, la única que todavía se acercaba, me dijo que debía prender una vela blanca para espantar lo que quedaba. Lo hice, la encendí en la cocina y la dejé toda la noche. Al día siguiente, la cera se había derretido en forma de tres gotas grandes. La salud de mi madre empeoró. Empezó a hablar sola, a reír de forma entrecortada. Cuando le pregunté qué le pasaba, me tomó de la mano y dijo...« Ya vienen por ti. No quieren que me muera sin pagar lo que debo». Le grité que dejara de decir tonterías. Esa noche no dormí. Me quedé sentada junto a la puerta del cuarto escuchando su respiración. De repente se cayó. Fui a verla y estaba despierta con los ojos abiertos. Dijo que había soñado con mi padre, pero que no tenía rostro. Que él le había dicho que el pago todavía no estaba hecho.

13:53 Esa misma madrugada escuché algo caer en el patio. Al salir vi un ramo de flores empapado bajo la lluvia. En una de las cintas, escrita con tinta corrida, estaba mi nombre, Lucía. Lo levanté sin entender por qué sentí culpa. Lo tiré a la basura, pero al amanecer apareció dentro del fregadero, seco, como si nunca se hubiera mojado. No sé qué mantiene viva esta casa. A veces pienso que las brujas no se fueron del todo. que dejaron algo aquí pegado a las paredes. Otras veces creo que mi madre fue la que se quedó a medio camino entre lo que se llevaron y lo que dejaron. He intentado venderla, pero nadie se interesa. Dicen que el terreno está hundido, que no vale la pena. Ya no sueño, solo espero que amanezca para comprobar que sigo aquí. Mi madre duerme casi todo el día. Cuando despierta, mira hacia la ventana de la cocina y sonríe, como si alguien la saludara desde afuera. Yo la observo en silencio. Hay algo en su mirada que no reconozco, una calma extraña, como si ya no perteneciera del todo a este lado. A veces me pregunto si realmente fue ella la que entregué aquella noche, o si fui yo la que quedó prometida. Desde que volví, no me miro al espejo, lo cubrí con una sábana, porque cada vez que lo hacía, juraría ver detrás de mí una sombra con sombrero de paja, pero no me

15:25 atrevo a comprobarlo. No sé cuánto tiempo más podré quedarme aquí, pero algo me lo dice con claridad. Esta casa no se olvida de lo que se prometió. Han pasado casi seis meses desde que regresé a la casa. Mi madre sigue igual, moviéndose despacio, hablando poco, como si cada palabra le costara esfuerzo. a veces se sienta frente a la ventana de la cocina y repite los mismos nombres de mujeres los pronuncia con cuidado uno por uno y después se queda en silencio largo rato mirando el reflejo del vidrio Yo intento mantener la casa limpia, aunque el olor nunca se va. Es un olor leve, pero constante, a flores secas y humedad. Pero cada vez que paso el trapeador por el pasillo, las manchas regresan al día siguiente como si brotaran de la pintura. La verdad, me acostumbré a verlas. Una tarde encontré una caja metálica en el ropero del cuarto principal. Estaba cerrada con cinta vieja y tenía encima una etiqueta con un nombre, Círculo de Promesas, 1979.

16:34 La abrí con cuidado y dentro había recortes de periódico, fotografías y varias hojas escritas a mano. En las fotos aparecían tres mujeres jóvenes junto a mi madre, reunidas en un patio. En una de las hojas decía, reunión de agradecimiento, viernes 13 de abril. Había oraciones, dibujos de manos y una lista con nombres de mujeres tachados. me quedé un rato revisando cada papel algunos tenían frases como no romper el círculo la deuda pasa a la siguiente sangre o el pago se mantiene con ofrenda viva sentí un escalofrío guardé la caja y bajé las escaleras Mi madre estaba dormida, así que la dejé en paz, pero esa noche, antes de acostarme, miré por la ventana y juraría haber visto a alguien de pie en el callejón. Solo una sombra, pero no me atreví a salir. A la mañana siguiente fui a buscar a Doña Meche. Hacía semanas que no la veía, pero cuando me abrió la puerta, me invitó a pasar. Le pregunté si conocía a las mujeres de la fotografía. Me miró sin sorpresa, como si hubiera esperado esa pregunta desde hacía años. Dijo que sí, que las recordaba bien. Contó que en 1979, cuando el pueblo pasaba una temporada difícil... Hubo una mujer que llegó desde el sur, vendiendo remedios y oraciones. Decía que podía curar y proteger

18:07 a quien se uniera a su círculo. Muchas se burlaron, pero cuatro aceptaron. Mi madre y tres mujeres más. Prometieron mantenerse unidas y seguir ciertas reglas. Encender velas cada primero de mes, no hablar del pacto. y ofrecer una vida joven cuando llegara el tiempo. Según Doña Meche, la mujer del sur desapareció un año después. Julia murió joven en circunstancias raras. Soledad y María se fueron del barrio sin dejar rastro. Solo mi madre se quedó en la casa cumpliendo las fechas marcadas en el calendario. Cada octubre el olor a tierra regresaba y cada día de muertos aparecían flores negras en la puerta. regresé con la cabeza llena de imágenes. Quise confrontar a mi madre, pero no sabía cómo empezar. Esa noche se levantó de la cama sin que la oyera. La encontré en la cocina, frente a la ventana, con una vela encendida. Me dijo que había soñado con Julia, que le pedía que cumpliera. Le pregunté qué debía cumplir. Me miró con los ojos apagados y me dijo que el círculo nunca se rompe, que si una no paga, la deuda pasa a la siguiente. Le pedí que me explicara y que me dijera de qué deuda hablaba, pero tardó un rato en responder. Contó que, cuando era joven, enfermó del pecho y le dijeron que no sobreviviría el invierno. Entonces apareció aquella mujer, la de los remedios, y le ofreció curarla a cambio de una promesa.

19:40 Cuando tuviera una hija, debía entregarla en el momento que se le pidiera. Mi madre dijo que aceptó sin pensar. Firmó con sangre junto con las otras tres. La enfermedad desapareció y al año siguiente nací yo. Por un tiempo creyó que todo había quedado en el pasado, pero al cumplir mis 30 empezaron a llegar las señales. Las flores, las velas y los sueños. Dijo que trató de advertirme, pero no supo cómo. que aquella madrugada cuando tocaron la puerta entendió que no había más salida me quedé en silencio sin poder moverme pero ella siguió hablando dijo que lo que hice aquella noche al empujarla hacia afuera no rompió el pacto sólo cambió el orden que las brujas no toman lo que se les niega sólo cambian el turno del pago quise pensar que deliraba pero algo en su voz no era de locura era una resignación vieja de quien carga un peso durante años pasé los días siguientes en silencio salía poco y evitaba la cocina aunque de ahí provenía el único rayo de luz que entraba en la casa cada vez que miraba el calendario me quedaba fija en el 2 de noviembre todavía marcado en rojo una tarde escuché golpes suaves en la puerta del patio abrí y no había nadie sólo un sobre amarillo en el suelo dentro había una sola hoja escrita con letra temblorosa

21:10 la deuda sigue viva mientras respire el último testigo pero no decía quién la enviaba Fui a mostrarle la nota a mi madre, pero estaba dormida, y su respiración era débil. Me senté junto a ella, pensando en todo lo que me había contado. Miré sus manos, delgadas, manchadas de vejez. Pensé en la joven que había sido, en el miedo que debió sentir al aceptar algo así. Por la noche me despertó un ruido en la cocina. No era fuerte, pero constante, como si alguien moviera las sillas. Me levanté despacio y la vela que había dejado sobre la mesa seguía encendida. Al lado, sobre el mantel, estaba la caja metálica abierta. Dentro había solo una hoja nueva escrita con tinta fresca. El relevo ya fue hecho. sentí el estómago helado y revisé la caja otra vez buscando los papeles anteriores pero habían desaparecido sólo quedaba esa frase a la mañana siguiente mi madre no despertó no había señales de lucha ni de dolor ni de nada parecía dormida pero su piel estaba fría llamé al médico del barrio me dijo que fue un paro respiratorio algo común a su edad y la verdad no quise discutir el funeral fue pequeño sólo vinieron dos vecinas y nadie habló mucho cuando los hombres del servicio se llevaron el ataúd una de ellas me entregó un sobre que había quedado en la entrada Dentro había una foto, las cuatro mujeres del círculo,

22:44 de pie frente a la misma casa. Pero esta vez eran cinco. La quinta era yo. Desde ese día no he podido salir de Toluca. Intenté vender la casa, pero nadie se interesa. He comenzado a escribir todo para no olvidar los detalles. Me levanto cada madrugada antes de que suene el reloj. siempre marca las 3 con 11 aunque no lo conecte en ese momento el aire cambia huele a flores frescas como si alguien acabara de entrar ya no les tengo miedo a veces pienso que lo justo fue que ella pagara pero otras noches siento que las cosas no terminaron ahí que lo prometido sigue vigente El espejo del pasillo sigue cubierto con una sábana. No me atrevo a quitarla, no por miedo a ver otra cara, sino porque temo encontrar la mía, distinta con la misma expresión resignada que tenía mi madre, cuando comprendió que todo estaba cumplido. desde que murió nadie volvió a dejar flores en la puerta pero en la cocina cada amanecer hay una vela nueva encendida y su llama por más que sople nunca se apaga del todo yo sigo aquí cuidando la casa no sé si por culpa o por costumbre lo único que tengo claro es que lo prometido se paga con el cuerpo y que a veces pagar no significa morir sino quedarse viva con lo que se entregó La primera vez

24:17 que pasé por Santa María del Río, vi a alguien parado en el campanario del templo viejo. Me pareció un sacerdote. Pero cuando bajé la vista, el atrio estaba cerrado con candado. El sol apenas se metía detrás de los cerros, y la luz anaranjada hacía brillar la cantera amarilla del templo, como si ardiera por dentro. En ese momento no supe explicarlo, pero sentí que ese lugar tenía algo. y que no debía mirar demasiado tiempo. Viajaba desde la capital de San Luis Potosí con Ulises, mi compañero de trabajo. Nos habían asignado la tarea de hacer análisis de agua en las comunidades cercanas al municipio. Era un viaje corto, poco más de una hora, pero conforme nos acercábamos el paisaje cambiaba.

25:07 Los campos secos daban paso a árboles dispersos y de pronto comenzaron a verse las fachadas viejas de las casas, con balcones de hierro y techos de teja. Al pasar frente al templo de Nuestra Señora de la Asunción, Ulises bajó la velocidad. El templo estaba a un costado de la carretera, con una reja de hierro forjado y un atrio cubierto de hierba alta. Las campanas parecían intactas, aunque la torre tenía manchas de humedad y algunas grietas. le pregunté si todavía se usaba me contestó que no que las misas se hacían en otro templo nuevo del otro lado del río dicen que en la noche esas campanas suenan solas me dijo sin mirarme mejor ni lo mires mucho No supe si lo decía en broma o en serio, pero su tono me dejó inquieto. Seguimos manejando hasta llegar a la casa donde nos hospedaríamos. Era una construcción de dos pisos, antigua pero bien cuidada con un portón de madera que daba a un patio interior. La dueña, una mujer llamada Lidia, nos rentó dos cuartos y nos ofreció café de olla. Desde ahí se alcanzaba a ver la torre del templo entre los árboles. Esa noche, mientras revisaba mis notas del día, escuché tres campanadas lentas, una detrás de otra. No había misa, ni procesión, ni motivo para que sonaran. Miré el reloj. Eran las ocho en punto. Luego, el silencio se volvió más denso, que podía oír los

26:39 pasos de alguien caminando afuera del cuarto. Me asomé por la ventana, pero solo vi la calle vacía y las luces amarillentas del alumbrado. Al día siguiente salimos temprano a tomar muestras de los pozos y manantiales del municipio. Santa María del Río tenía una mezcla extraña, turismo y tradición. En el centro las tiendas de rebozos convivían con cafés nuevos y letreros modernos, pero bastaba caminar dos calles más para ver casas antiguas con paredes gruesas y ventanas de madera. Había olor a pan y a humo de leña por todas partes. En el jardín principal conocí a Teresa, una mujer de edad avanzada que vendía rebozos tejidos a mano.

27:26 Tenía las manos llenas de callos y hablaba despacio. Me senté junto a su puesto a esperar a Ulises y comencé a conversar con ella. Le pregunté si conocía el templo viejo. Me miró sin sorpresa, como si hubiera estado esperando que alguien tocara ese tema. Ahí me bautizaron, me dijo. Pero hace muchos años que nadie entra. Desde que el padre Rivera se enfermó, lo cerraron. Le pedí que me contara más. Ella sonrió con cierta nostalgia y siguió. Era un buen sacerdote. A todos los niños nos trataba con cariño. Pero se metió con una mujer que no debía, una curandera que vivía al otro lado del río, que se llamaba Jacinta. Dijo que Jacinta era muy conocida en el pueblo, porque ayudaba a las mujeres en los partos y preparaba remedios.

28:19 Algunos le llevaban veladoras, otros llevaban personas enfermas. Nadie hablaba mal de ella, hasta que un día el padre Rivera comenzó a decir que esa mujer trabajaba con cosas que no eran de Dios. Al principio todos pensamos que era un pleito, me dijo Teresa, pero una noche el padre fue a su casa para bendecirla. y al amanecer lo encontraron enfermo, y desde entonces ya no volvió a ser el mismo. Teresa se cayó unos segundos, bajó la vista como si se arrepintiera de haber contado demasiado, luego dobló un rebozo, lo guardó en una bolsa y me dijo,« Esa mujer no murió aquí, pero su sombra todavía ronda el pueblo». No quise insistirle. Ulises llegó poco después y seguimos trabajando el resto del día. Sin embargo, esa frase me quedó dando vueltas en la cabeza. Al anochecer, regresamos a la casa. En la calle, la gente comenzaba a cerrar sus puertas. Era una costumbre que me llamó la atención.

29:24 No era por seguridad. Se notaba que lo hacían por costumbre, como si algo los obligara a resguardarse antes de que oscureciera. Una señora que barría la banqueta me saludó rápido y entró a su casa sin decir palabra. A los pocos minutos, el pueblo entero quedó en silencio. Subí a mi habitación y abrí la ventana. Desde ahí podía ver la torre del templo iluminada por la luna. La puerta del atrio seguía cerrada con candado. A las ocho en punto sonaron las campanas, tres golpes lentos y espaciados. En ese instante, entre las sombras del atrio, me pareció ver una figura caminando.

30:05 Era una silueta alta, vestida de oscuro y se movía despacio. Pensé que quizás alguien del pueblo había entrado a dejar flores, aunque el candado seguía puesto. Me quedé observando un rato tratando de distinguir mejor. la figura se detuvo y levantó la cabeza hacia el campanario después desapareció entre la oscuridad sin hacer ruido cerré la ventana y apagué la lámpara pero no pude dormir el sonido de las campanas seguía repitiéndose en mi cabeza Tenía la sensación de que ese lugar escondía algo más que una simple historia vieja. Al día siguiente decidí que terminando mi jornada iría a ver el templo de cerca. Quería comprobar si el pozo que se encontraba detrás todavía tenía agua y si ese olor metálico que algunos mencionaban en los registros podía tener alguna explicación.

31:02 No lo hacía por curiosidad, sino por costumbre profesional, pero en el fondo sabía que había algo más. Desde que escuché esas campanadas sentía que ese templo me estaba llamando. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Lidia, la encargada de la casa donde nos hospedábamos, escuchó que le preguntaba a Ulises si alguien del pueblo aún limpiaba el templo viejo. Ella volteó de inmediato y dijo con voz baja, Mi abuela me contaba que ahí se perdió la paz del pueblo. La miré esperando que continuara, pero cambió el tema y se ocupó de servir el café. Mejor no insistí. Más tarde, cuando Ulises salió al centro a entregar unas muestras, quedamos solos.

31:50 Lidia se acercó con una taza y me preguntó si de verdad había escuchado las campanas la noche anterior. Le dije que sí, que eran tres golpes iguales, a las ocho en punto. se quedó seria un momento y luego dijo que me contaría la historia pero que no la interrumpiera me habló de jacinta una mujer que durante muchos años fue la partera del pueblo atendía a las mujeres en sus partos preparaba infusiones y rezos Tenía buena fama, incluso el propio padre Rivera la recomendaba cuando alguien enfermaba. Todo cambió cuando una joven dio a luz y el bebé nació sin vida. El padre dijo que Jacinta había usado agua de pozo para bautizarlo sin permiso y que por eso el niño había muerto sin sacramento. La gente se dividió. Algunos creyeron al padre, otros defendieron a Jacinta, pero días después la mujer fue al templo con el cuerpo del recién nacido envuelto en un reboso. Exigió que el padre lo bendijera. Se escucharon gritos dentro y nadie supo lo que pasó, pero esa misma noche el agua de la pila bautismal se volvió turbia. Tenía un olor fuerte, como a hierro. El padre Rivera siguió oficiando misa unos días más, pero comenzó a verse pálido y débil. Sudaba en medio de la homilía y se le quebraba la voz.

33:18 Lidia dijo que su abuela lo había visto tambalearse frente al altar, repitiendo que el agua ya no era de Dios. Después dejó de salir del templo. algunos fieles lo visitaban y contaban que hablaba solo, como si respondiera a alguien que no estaba ahí. Pasaron unas semanas y Jacinta desapareció. Nadie supo si se fue o si la obligaron a irse. A los pocos días, unos pastores dijeron haberla visto en la orilla del río Santa María, en la parte donde el cauce se vuelve angosto. Según ellos, estaba hincada frente a una cruz de ramas, con un listón rojo amarrado, rezando en voz baja. Esa fue la última vez que alguien la vio. Lidia hizo una pausa. Le temblaban las manos al sostener la taza. Desde entonces, cuando alguien se enferma sin razón, dicen que es porque tocó el agua del templo, me comentó. Mi abuela decía que Jacinta la maldijo.

34:17 Subió al altillo y bajó con una caja vieja. Dentro había fotografías y papeles amarillentos. Tomó una y me la mostró. Era una imagen antigua, tomada durante una procesión. En el centro se veía al padre Rivera con una cruz grande sobre el pecho. A un costado, apenas visible, estaba una mujer con rebozo negro. Su rostro no se veía completo, pero se notaba que lo miraba fijo. Esa es Jacinta, me dijo Lidia. Dicen que ese día ya lo había maldecido. La historia me dejó inquieto. No podía dejar de pensar en el agua turbia y en la idea de una maldición.

34:57 Lidia me aseguró que desde entonces nadie usaba esa pila y que el templo se cerró al poco tiempo, cuando el padre Rivera empeoró. Antes de retirarme, agregó algo más. Mi abuela también decía que Jacinta no buscó venganza con el padre, sino con lo que él representaba. Maldijo el agua para que ningún sacerdote encontrara paz aquí. El resto del día trabajé sin concentrarme. Cada vez que pasábamos cerca del templo, sentía el impulso de detenerme. En el atrio había maleza y el portón seguía con el mismo candado oxidado. Ulises evitaba mirarlo. dijo que en el pueblo todos preferían rodear por otra calle esa noche decidí acercarme solo caminé por la calle empedrada hasta llegar al atrio no había nadie solo las luces tenues de los faroles del centro el portón estaba cerrado Pero a través de los barrotes vi una vela encendida junto al altar. La flama se movía lento, aunque no corría viento. De pronto escuché un murmullo.

36:06 No era en español, ni una oración conocida. La verdad sonaba como un rezo, en una lengua que no entendía, con palabras cortadas y tono grave. me quedé inmóvil tratando de identificar de dónde venía y venía del interior saqué mi linterna y la apunté hacia el altar pero la vela se apagó de golpe al instante el murmullo cesó sentí una presión en el pecho una sensación de que alguien me observaba caminé hacia la reja y justo al bajar la mirada noté algo tirado en el suelo un listón rojo anudado con cabello estaba junto a un pedazo de tela negra como de rebozo dudé en tocarlo pero lo recogí el listón tenía un olor fuerte como a humo mezclado con flores secas lo guardé en el bolsillo y di unos pasos hacia atrás Pero al hacerlo, escuché un leve tintineo, como de cadena arrastrándose detrás de mí.

37:04 Me giré rápido, pero la calle estaba vacía. Ni una persona, ni un perro, solo el eco de mis propios pasos. Empecé a caminar de regreso al hospedaje sin mirar atrás. Sentía que alguien venía detrás de mí, a una distancia exacta, sincronizando sus pasos con los míos. aceleraba y también lo hacía me detuve y el sonido se detuvo pero cuando volteé no vi nada llegué a la casa ulises ya dormía subí las escaleras con el corazón acelerado cerré la puerta del cuarto y saqué el listón para verlo con calma al tocarlo noté que estaba tibio como si acabara de salir del fuego Lo dejé sobre la mesa y me quedé observándolo. El nudo parecía apretado con fuerza, y entre el cabello se alcanzaba a ver un hilo fino de cobre, como si lo hubieran enredado adrede. Apagué la lámpara y me recosté, pero no logré dormir. Afuera se escuchaban de nuevo las tres campanadas lentas, seguidas de un silencio absoluto. En ese silencio juraría que oí una respiración cerca de la ventana, pausada y constante. No quise asomarme, solo esperé que amaneciera. Cuando la luz entró por la rendija, el listón seguía sobre la mesa, pero ahora el nudo estaba más apretado que antes. A la mañana siguiente desperté con un dolor punzante en la cabeza y las palmas

38:35 irritadas como si hubiera sostenido algo caliente durante mucho tiempo. Ulises tocó a la puerta y me dijo que las campanas del templo habían sonado seis veces seguidas en la madrugada. La gente salió de sus casas, algunos rezando y otros mirando hacia la torre con miedo. Intenté no relacionarlo con el listón, pero durante todo el día tuve la sensación de que alguien me seguía con la mirada. En cada calle, en cada esquina, percibía esa presencia, como si el pueblo entero estuviera pendiente de mis movimientos. No lo comenté con Ulises, él ya estaba inquieto desde la noche anterior. Por la tarde, cuando íbamos de regreso al hospedaje, pasamos frente al templo.

39:21 La puerta lateral, la que siempre estaba cerrada, estaba entreabierta. Ulises frenó sin pensarlo y me dijo que solo serían unos minutos, que quería tomar unas fotos del interior para registrar el deterioro. Dudé, pero accedí. Empujé la puerta. El sonido del metal rozando el suelo se escuchó más fuerte de lo esperado. Adentro, el aire era húmedo y denso, con un olor a cera. La luz del atardecer entraba por los ventanales rotos y formaba reflejo sobre el altar. El silencio era tan espeso que cada paso sonaba como un golpe seco. El piso tenía marcas oscuras, como si algo líquido se hubiera derramado y dejado rastro. Ulises comenzó a revisar las losas con cuidado mientras yo caminaba hacia el altar. Fue ahí donde vi la grieta. Desde el centro del piso, un hilo de agua salía lentamente, formando un pequeño charco. Me incliné, y el olor era igual al hierro oxidado que había sentido en el listón.« Parece filtración», me dijo Ulises,« pero el agua viene de abajo». Saqué una linterna para alumbrar mejor. El reflejo del agua mostró algo que no esperaba. Detrás de mí, en el reflejo, había una figura con reboso negro. Estaba de pie, inmóvil.

40:42 Alcancé a notar el contorno del rostro, pero cuando giré, no había nadie. volví a mirar el reflejo y la figura seguía ahí sólo que ahora estaba más cerca sentí un frío intenso en la nuca llamé a Ulises pero en ese instante las campanas del templo comenzaron a sonar no eran tres sino seis golpes seguidos idénticos a los que Ulises había mencionado esa mañana el sonido llenó el interior del templo como un temblor ulises me tomó del brazo y salimos corriendo afuera el aire era helado y un anciano que caminaba por la calle se detuvo al vernos nos preguntó si habíamos tocado el agua no supe qué responder bajó la mirada y dijo Cada vez que alguien lo hace, las campanas llaman solas y un rebozo se mueve en la torre. No le respondimos y caminamos en silencio de regreso al hospedaje. Ya en el cuarto miré mis manos. Seguían irritadas, pero el ardor había disminuido.

41:47 El listón rojo estaba sobre la mesa, tal como lo había dejado la noche anterior. aunque el nudo parecía más apretado y el cabello más oscuro esa noche las campanas volvieron a sonar tres golpes lentos después una ráfaga de viento sacudió las ventanas me asomé y en la torre del templo un trozo de tela negra ondeaba colgado de una de las campanas parecía un pedazo de rebozo Ulises también lo vio y prefirió cerrar las cortinas nadie en el pueblo salió esa noche los días siguientes intenté concentrarme en el trabajo pero no podía todo el tiempo recordaba el reflejo en el agua cuando terminamos las muestras regresamos a San Luis Potosí en el camino Ulises apenas habló dijo que no quería volver a ese pueblo yo asentí aunque en el fondo Sabía que algo había quedado pendiente.

42:44 Ya en mi departamento, al desempacar la mochila, encontré el listón. No recordaba haberlo guardado ahí. Lo saqué con intención de tirarlo, pero en cuanto lo tuve en la mano, noté que olía a humedad, como si hubiera estado guardado. lo puse sobre la mesa y encendí una vela y pensé que lo mejor era quemarlo el listón comenzó a retorcerse en la flama pero no se consumió del todo cuando el fuego se apagó quedó un pedazo ennegrecido con unas letras bordadas me acerqué para leerlas él sigue bebiendo el olor a hierro volvió a llenar el cuarto abrí las ventanas pero el aire afuera estaba igual de pesado tiré el resto del listón al lavabo y abrí la llave para que se lo llevara el agua aunque tuve la impresión de que el trozo resistía. Durante la noche soñé con el interior del templo. El agua brotaba de la grieta y el padre Rivera estaba de pie, con la sotana empapada sosteniendo un cáliz. Cuando levantaba la vista, el líquido dentro del cáliz se movía. Detrás de él, la mujer del rebozo me miraba pero no tenía rostro. Desperté sobresaltado.

44:00 En la habitación aún persistía el olor a cera quemada. me senté en la cama y escuché el sonido del reloj eran las ocho de la noche y afuera muy a lo lejos sonaron tres campanadas pasaron los meses no volví a santa maría del río pero en una ocasión tuve que viajar cerca por trabajo No resistí la curiosidad y tomé un desvío para pasar frente al pueblo. Era mediodía y el cielo estaba despejado. Desde la carretera se veía la torre del templo, que seguía cerrada igual que siempre. Me detuve un momento solo para mirar. Había una mujer en el atrio, vestida de negro, barriendo las hojas. Pensé que quizá la parroquia la había contratado para limpiar. bajé del auto para saludarla pero cuando crucé la calle ya no estaba no había puerta abierta por donde pudiera haber salido seguí mi camino pero al llegar al entronque las campanas sonaron otra vez tres golpes exactos en el retrovisor vi como una ráfaga levantaba el polvo del atrio y agitaba la tela negra que colgaba de la torre desde entonces cada vez que escucho campanas a distancia recuerdo la frase bordada en el listón él sigue bebiendo y pienso que tal vez el padre ribera nunca dejó de hacerlo

45:31 Nunca imaginé que una ofrenda pudiera abrirle la puerta a los muertos, y mucho menos a las brujas. Eso lo aprendí el primer día de muertos que pasamos en la casa frente al Panteón de San Sebastián. Mi familia se mudó ahí a finales de octubre, cuando el calor todavía se mezclaba con el olor a pan recién horneado. Mi madre llevaba semanas preparando su puesto de pan de muerto. Cada año le iba bien vendiendo en la plaza, pero esta vez decidió hacerlo desde casa, porque quedaba justo frente al cementerio, y decía que sería mejor negocio. Mi padre, que trabajaba en una funeraria del mismo pueblo, creyó que era una buena idea. La ubicación le quedaba cerca del trabajo, y el alquiler era bajo. La casa era antigua. Desde que cruzamos la puerta me dio una sensación de que no pertenecíamos ahí. Las paredes estaban llenas de grietas y el techo, tan alto, parecía colgar sobre nosotros como si fuera a desmoronarse. Había olor a humedad y las ventanas temblaban con cada ráfaga de viento. Detrás del patio había un árbol seco, enorme, con ramas torcidas que se extendían sobre el tejado. Los vecinos nos advirtieron que ese árbol no debía tocarse. Según ellos, ahí se posaban las brujas, cuando el panteón abría sus puertas cada primero y dos de noviembre. Mi madre se rió al oírlo, pero yo

47:02 me quedé mirando ese árbol por largo rato. Parecía muerto, pero al caer la tarde se escuchaba cómo tronaban sus ramas, como si algo pesado se moviera entre ellas. La primera noche fue difícil. Aún no desempacábamos todo y dormimos en la sala, sobre colchones en el piso. A media madrugada me despertó un ruido sobre el techo. Eran pasos lentos que iban de un extremo al otro, como si alguien caminara arrastrando algo. Me tapé hasta la cabeza y recé para que parara. Recordé las historias que me contaba mi abuela cuando era niña. Que las brujas caminan sobre las casas, buscando almas jóvenes. Y que si las escuchas, Es porque te están midiendo el cuerpo para saber si le sirves.

47:48 Cerré los ojos con fuerza, pero los pasos seguían. El amanecer me trajo calma y pensé que había sido mi imaginación. Mi madre preparó café y me pidió que la ayudara a amasar la harina. Afuera, el pueblo empezaba a llenarse de vida. La gente ponía altares, los niños corrían disfrazados de calaveras, y se escuchaba música en cada esquina. Todo olía a cempasúchil. Sin embargo, nuestra casa no encajaba en el ambiente. Era la única sin adornos ni color y cada vez que miraba al árbol seco me daban escalofríos. Esa tarde, mientras ayudaba a mi madre, se acercó una vecina a comprar pan. Era una mujer morena de mirada triste que dijo llamarse Clara. Mientras le envolvíamos los panes, me preguntó si dormíamos tranquilos. Mi madre le respondió que sí, aunque se notaba cansada. Clara bajó la voz y dijo que la última familia que vivió ahí se había ido de madrugada, sin llevarse nada, que desde entonces nadie aguantaba vivir mucho tiempo.« No es la casa», dijo,« es el árbol.

48:59 Si lo escuchas crujir en la noche, no mires por la ventana». Luego pagó y se fue sin despedirse. aquella noche del de noviembre el pueblo entero estaba en fiesta desde mi ventana se veía el cementerio iluminado por cientos de veladoras las familias entraban con flores y canastas de comida y el aire se llenaba de humo de copal me quedé observando desde el cuarto mientras mis padres terminaban de hornear pan y mi hermano menor dormía en el sillón cerca de la medianoche vi algo extraño un grupo de mujeres vestidas de negro caminaba despacio frente al panteón no iban con la multitud ni llevaban flores se detuvieron justo frente a la puerta principal donde nadie más estaba una de ellas la más alta Colocó una ofrenda en el suelo y encendió una vela. No podía verles bien el rostro, pero cuando la mujer levantó la cabeza, sentí que me miraba directamente. Era una mirada fija, sin expresión.

50:02 No sé cuánto tiempo la sostuve, pero me heló la sangre. Cerré las cortinas y me escondí debajo de la cobija. A la mañana siguiente todo parecía normal. El sol entraba por las ventanas y mi madre cantaba mientras amasaba. Quise pensar que lo de la noche anterior había sido parte del sueño. Sin embargo, cuando barrí el piso junto a la ventana, vi un rastro de cera derretida formando una cruz invertida. Le llamé a mi madre, pero apenas lo miró. Dijo que seguro había sido alguna vela caída del altar del vecino. La limpió con un trapo y siguió con lo suyo. Durante el día ayudé a repartir pan, pero cada vez que salía al patio sentía que alguien me observaba desde el árbol seco. Al principio pensé que eran pájaros, pero no se escuchaban alas ni cantos, solo un crujido leve, como si algo respirara dentro de las ramas. Por la tarde, mi padre llegó de trabajar con su ropa manchada de tierra.

51:06 Traía cara seria y no quiso cenar. Cuando mi madre le preguntó, dijo que en la funeraria les habían llevado el cuerpo de una mujer, que encontraron sin identificación. Lo curioso era que su cuerpo estaba completamente seco, como si llevara semanas muerta, aunque la hallaron esa mañana. Preguntó si alguien había visto algo extraño por la noche. Mi madre lo miró con desconfianza y le dijo que no, y yo guardé silencio. Esa noche intenté no pensar en nada. Apagué la luz temprano y cerré las cortinas. Afuera, el sonido de los cohetes se mezclaba con risas y música.

51:46 Pero pasadas las once, el ambiente cambió. Se hizo un silencio raro, como si el pueblo entero se hubiera detenido. Fue entonces cuando lo escuché, un leve golpe en el techo, seguido de otro y otro más. No eran pasos apresurados, sino lentos, pesados. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Decidí asomarme por la ventana buscando convencimiento de que solo era el viento, pero al hacerlo, el aire me trajo el olor del copal mezclado con tierra húmeda, y ahí estaban, las mismas mujeres vestidas de negro, de pie frente al panteón. Una de ellas sostenía una vela encendida, y la flama no se movía a pesar del viento. Las otras murmuraban algo, palabras que no entendía, como si rezaran al revés. De pronto, una de ellas levantó la vista y me vio. No tuve tiempo de apartarme. Su rostro estaba cubierto por un velo oscuro, pero sus ojos se distinguían, hundidos y brillantes.

52:49 Sentí un peso en el pecho como si algo me empujara hacia atrás y caí sentada en la cama sin poder respirar. Cuando logré moverme, la vela del altar de mi madre se apagó sola. Pasé el resto de la noche sin dormir, pues cada ruido me hacía brincar. Escuché risas apagadas que parecían venir del patio, justo donde estaba el árbol. Al amanecer salí a mirar, y bajo el árbol la tierra estaba removida, y entre las raíces se veían trozos de cera negra. Amaneció con un cielo nublado. La gente seguía llegando al panteón, pero nuestra casa se sentía ajena al festejo. Mi madre insistió en hornear más pan, aunque nadie se acercaba a comprar. los vecinos cruzaban la calle para no pasar frente a nuestra puerta esa noche cuando todos dormían escuché un sonido nuevo venía del árbol una especie de crujido rítmico como si alguien estuviera columpiándose me levanté sin hacer ruido y caminé hasta la ventana entre las ramas oscuras se distinguía una silueta sentada balanceando los pies por un momento pensé que era una niña se movía despacio de un lado a otro y parecía mirar hacia mi cuarto me quedé paralizada observando hasta que noté algo que me heló por completo La figura giró la cabeza sin mover el cuerpo. La giró entera hasta mirarme de frente y aunque estaba lejos, sentí que sonreía.

54:23 Me tiré al suelo y cubrí la ventana con la cobija. No dormí el resto de la noche y desde entonces, cada vez que escucho pasos sobre un techo, recuerdo esa mirada que atravesó la oscuridad y supe que desde ese día algo se quedó esperándonos en esa casa frente al panteón. El amanecer trajo un aire distinto. No era frío ni cálido, pero cargaba algo que me incomodaba. Desde temprano, mi madre decidió montar un altar grande frente a la ventana, por donde yo había visto a la mujer del árbol. Dijo que quería hacerlo bien, que los muertos merecían un lugar digno en donde encontrar luz. La mesa quedó cubierta, con un mantel bordado que perteneció a mi abuela. Encima colocó las fotografías de los difuntos de la familia, pan, fruta, agua y copal. Todo lucía bonito, pero había algo que me llamó la atención. Entre las velas blancas del altar había dos velas negras. eran gruesas brillaban como si estuvieran recién untadas con aceite y despedían un olor extraño una mezcla de cera y yerba quemada las compré en el mercado dijo mi madre sin darle importancia venían en el mismo paquete Yo sabía que eso no era cierto, pues había visto esas mismas velas en manos de la mujer que me observó frente al panteón. Eran idénticas, hasta con las mismas gotas endurecidas en la base. No quise discutir.

55:57 Ayudé a acomodar el pan y encendí una vela blanca para distraerme, pero el olor de las velas negras me mareaba. Durante el día todo pareció tranquilo. Llegaron algunos vecinos por pan, aunque no entraron. Desde la calle se persignaban antes de hablarnos, como si ya supieran que algo raro pasaba en esa casa. Por la tarde mi madre notó que el pan del altar se había puesto duro. Apenas llevaba unas horas ahí y ya estaba como piedra. El agua del vaso se había vuelto turbia, con burbujas pequeñas pegadas al vidrio.« Debe ser el calor», dijo,« pero la casa estaba helada. Esa noche, mientras ayudaba a lavar los trastes, vi una mancha en la pared junto al altar. Tenía forma de mano, alargada, con los dedos marcados, como si alguien los hubiera presionado con fuerza sobre el yeso. Pasé un trapo y no se quitó. Mi madre dijo que era humedad, pero yo no estaba segura». A medianoche, cuando todos dormían, me despertó un sonido que venía de la cocina. Era el molinillo girando dentro de la olla con ese ruido de madera rozando la orilla. Me quedé inmóvil, escuchando. Se movía con ritmo como si alguien estuviera preparando chocolate. Me levanté despacio y caminé descalza por el pasillo. La cocina estaba oscura, pero el molinillo seguía girando solo, dando vueltas en un líquido que burbujeaba sin fuego debajo. Me acerqué, pero al

57:31 tocar la olla, el sonido se detuvo de golpe y el agua estaba fría. Esa fue la primera noche que soñé con ella. La anciana que había visto en el árbol apareció parada frente a mí, con un vestido largo. Su rostro estaba arrugado, pero sus ojos tenían brillo. Me habló con una voz seca y me dijo, tú abriste la puerta, ahora no la puedes cerrar. En el sueño me entregó una vela negra derretida y me ordenó que la mantuviera encendida hasta el amanecer. La tomé y al hacerlo sentí que se me quemaban las manos. Me desperté sobresaltada, sudando, con olor a cera en la habitación. El altar estaba iluminado y junto a las fotos había una vela negra encendida consumiéndose lentamente. Desperté a mi madre, pero ella no me creyó. Revisó las cerraduras, pero todas estaban intactas. No había señales de que alguien hubiera entrado. Me dijo que quizá yo misma la encendí dormida, pero sabía que no era así. A partir de esa noche, las cosas comenzaron a cambiar. Los olores dentro de la casa se hicieron más fuertes. El pan del altar se deshacía solo. El agua se tornaba negra al amanecer y cada mañana encontraba pequeñas huellas de cera sobre el suelo que se extendían desde el altar hasta la puerta trasera. Intentaba ignorarlo, pero las madrugadas eran cada vez más pesadas. Una sensación constante de que alguien respiraba detrás de mí. Una vez, mientras

59:05 me lavaba la cara, vi en el espejo un reflejo ajeno. Era el de una mujer vieja parada detrás, observándome, y cuando volteé no había nadie. Mi madre no dormía bien. decía que escuchaba risas afuera justo donde estaba el árbol seco mi padre llegaba cada vez más tarde y cuando entraba se quedaba mirando el altar sin decir una palabra una noche lo sorprendí mirando fijamente las velas negras se acercó tanto que casi tocó una Y en ese momento la flama se alargó, iluminándole la cara. Tenía los ojos vidriosos, como si no fuera él. Le grité y reaccionó como si despertara de un trance. Desde entonces evitó el altar.

59:52 El 4 de noviembre, al caer la noche, mi madre reunió a la familia para hacer el último rezo. Encendió todas las velas, acomodó las flores frescas y dijo que así despediríamos a los difuntos. Mi madre tenía una manera distinta de celebrar a los muertos, que eran cuatro días. Afuera soplaba un viento fuerte y las luces del pueblo se veían temblar. Cuando empezó el rezo, sentí un frío repentino. El aire se coló por las rendijas y de pronto una ráfaga apagó todas las velas, menos las dos negras. permanecían encendidas firmes como si el viento no las alcanzara nadie se movió mi madre quiso acercarse para soplarlas pero una de las flamas se torció hacia el retrato de mi abuela y la cera caliente salió disparada salpicando el vidrio la mancha se extendió sobre la fotografía y entre el reflejo del fuego vi formarse un rostro Era el mismo que había visto en el árbol, la misma boca arrugada, los mismos ojos hundidos. Mi madre soltó el rosario y retrocedió.

1:01:04 Las velas empezaron a gotear al mismo tiempo y la cera formó un hilo que caía directamente al suelo. Me arrodillé para verlo mejor. Al tocarlo, sentí que aún estaba hirviendo, aunque el fuego ya se había apagado. Esa noche nadie durmió. Mi padre sacó el altar al patio y apagó las velas con agua bendita, que guardaba en un frasco de la funeraria. Pero al amanecer, las velas negras estaban de nuevo en su lugar, secas, intactas, sin señales de haber sido encendidas. Quise entender de dónde salían. Entre las cajas polvosas encontré una envuelta en periódico viejo. al abrirla me topé con un montón de fotografías en blanco y negro eran retratos del pueblo en diferentes épocas en una de ellas tres mujeres posaban frente al mismo árbol seco del patio vestían de negro y llevaban velas en las manos los rostros eran inconfundibles eran las mismas mujeres que vi en el panteón sentí un nudo en el estómago y detrás de la foto con tinta seca alguien había escrito Las guardianas del umbral, 1958. No entendía qué significaba, pero supe que aquello no era una coincidencia. Llevé la foto con mi madre y cuando la vio se quedó pálida. Dijo que la casa había pertenecido a una familia muy vieja del pueblo. pero nunca mencionó que hubiera relación con brujas

1:02:37 intentó quemar la foto pero el papel no se prendía se arrugaba y ennegrecía sin arder a partir de esa noche nadie se acercó al altar las velas negras seguían ahí sin consumirse como si esperaran algo y cada vez que pasaba frente a la ventana sentía una mirada desde el árbol no sabía aún lo que significaba ese nombre las guardianas del umbral pero ya presentía que las mujeres del panteón no eran simples aparecidas habían vuelto por una razón y esa razón empezaba en nuestra casa el amanecer siguiente fue distinto ni siquiera los pájaros se acercaron al árbol las ramas estaban cubiertas de una capa gris como si durante la noche hubiera caído ceniza Pero yo no podía quedarme con la duda. Tenía la foto de las tres mujeres en la mano, y cada vez que la miraba sentía que sus ojos cambiaban de dirección. Por la tarde fui a buscar a la vecina Clara, la misma que nos había advertido el primer día que no miráramos el árbol. Vivía a dos calles, en una casa pequeña, llena de plantas secas colgadas del techo. cuando vio la fotografía su rostro cambió se santiguó y dijo que esas mujeres no eran desconocidas me contó que hacía muchos años en los 50 vivían tres parteras en una choza a las afueras del pueblo las llamaban las hermanas del umbral porque

1:04:08 ayudaban a traer niños al mundo y también velaban a los muertos. Nadie sabía de dónde venían. Decían que hablaban un idioma raro y que conocían remedios que no usaban los demás curanderos. Al principio todos las respetaban, pero con el tiempo comenzaron los rumores. una mujer del pueblo juró haberlas visto en el panteón en la noche de los muertos murmurando nombres frente a las tumbas otra aseguró que las velas que usaban nunca se consumían se decía que robaban el aliento de los recién nacidos y la fuerza de los enfermos para mantenerse vivas Cuando una niña amaneció sin respiración, la gente fue a buscarlas con antorchas. Las encontraron frente al altar, rodeadas de velas negras, rezando. Las arrastraron fuera y les prendieron fuego junto con su choza, y nadie habló de eso después.« Dicen que no murieron», me dijo Clara, mirando la foto,« que el fuego solo las cambió».« Desde entonces regresan cada día de muertos buscando a quien revive su fuego». Solo necesitan una ofrenda o una vela encendida frente al panteón. En ese momento todo tuvo sentido. Yo había visto aquella ceremonia desde la ventana.

1:05:25 Había dejado encendidas las velas negras y las observé directamente. Fui yo quien completó el ritual. Regresé a casa antes de que oscureciera. El cielo estaba cubierto de nubes y el aire olía a lluvia. Mi madre había recogido el altar, pero las dos velas negras seguían sobre la mesa, intactas. Les pasé un trapo húmedo para tirarlas, pero no se movían. Era como si estuvieran pegadas al mantel. Esa noche todos intentamos dormir temprano. Mi padre se acostó con una botella de mezcal junto a la cama. Mi madre rezaba en voz baja y mi hermano lloraba sin motivo. Yo me quedé mirando el techo, esperando los pasos que solía escuchar.

1:06:10 Pasó una hora, luego dos, y entonces empezaron. Al principio eran leves, como si alguien caminara con cuidado. Luego se oyeron risas. no eran risas alegres eran secas como de garganta cerrada mi madre se tapó los oídos mi padre se levantó de golpe tomó una linterna y dijo que iba a ver qué pasaba lo seguía hasta el patio el árbol seco se movía aunque no había viento En sus ramas se distinguían tres figuras paradas, una junto a otra. La linterna parpadeó, y en el momento en que volvió la luz, una de las mujeres ya no estaba arriba. La vimos descender lentamente, sin tocar el suelo, hasta quedar de pie frente a la ventana del altar. Corrimos adentro.

1:06:58 Las velas negras se encendieron sin chispa, y sus llamas se alzaron. El aire se volvió espeso, con olor a cera quemada mezclada con sangre. intenté apagarlas con la mano pero el fuego no se movía mi madre rezaba en voz alta y mi hermano gritaba mi padre corrió a la funeraria por un balde de agua bendita que guardaba para emergencias cuando regresó el humo ya llenaba la sala no se veía nada solo las flamas de las velas arrojó el agua con fuerza y en ese instante se escuchó un chillido agudo que retumbó por toda la casa era un grito tan fuerte que los focos reventaron y todo se apagó el silencio que siguió fue insoportable las velas se habían derretido por completo y en el piso la acera formaba tres huellas humanas que iban desde el altar hasta la puerta trasera mi padre cerró con llave y nos prohibió salir y esa noche nadie durmió al amanecer los gallos no cantaron salimos al patio y vimos que el árbol seco estaba quemado en su base había tres cuerpos carbonizados encogidos con las manos cruzadas sobre el pecho parecían de tamaño humano pero sus caras estaban vacías sin rasgos llamaron a la policía llegaron dos patrullas acordonaron el área y tomaron fotos uno de los agentes levantó un trozo de piel quemada con una varilla dijo que

1:08:30 los cuerpos estaban huecos como muñecos no tenían órganos ni huesos sólo una cáscara negra que se deshacía al tocarla la noticia corrió rápido por el pueblo nadie se acercaba a la casa el cura vino al mediodía pero sólo entró hasta el saguán Dijo que el mal ya había sido consumido por el fuego y que no debía volver a encenderse ningún altar en ese lugar. Mi madre empacó lo poco que teníamos y nos fuimos esa misma tarde. Antes de cerrar la puerta por última vez, miré hacia el árbol. Aunque estaba quemado, las ramas seguían erguidas como si no quisieran caer. Pasaron los años y nunca volvimos a vivir frente a un panteón. Mis padres envejecieron y murieron lejos de San Sebastián. Yo sigo en otro pueblo, más pequeño, pero cada noviembre levanto un altar en su memoria.

1:09:25 Lo hago con cuidado, sin velas negras, sin copal, y siempre cierro bien las ventanas. A veces pienso que lo que pasó aquella noche fue solo una pesadilla, pero luego, al encender la primera vela, el aire cambia. Siento ese mismo olor a cera quemada y me cuesta respirar. Hace unos años regresé a San Sebastián. Quise ver la casa por última vez, pero ya no existía el árbol. Lo habían cortado hasta la raíz, pero el terreno seguía vacío con la tierra negra. Pregunté a un hombre que vivía cerca si sabía algo. Me dijo que nadie había querido construir ahí, porque cada día de muertos amanecía con huellas en el polvo, como si alguien caminara en círculos durante la noche. No respondí, solo me quedé mirando el lugar.

1:10:15 El viento movía los restos y por un momento creí escuchar pasos. Regresé a casa antes de que anocheciera. Ese mismo día armé el altar para mis padres. Puse flores, pan y fotos. Cuando terminé, apagué todas las luces y me senté a observar las flamas. Una brisa entró por la ventana y las velas titilaron. En ese instante me pareció oír un susurro, tres voces al mismo tiempo, hablándome desde el techo. Levanté la vista y sentí un peso en el pecho, el mismo de aquella vez frente al panteón. El viento volvió a soplar y las flamas se inclinaron hacia la puerta. Me prometí no mirar, pero no pude evitarlo.

1:10:59 Allá arriba, en la oscuridad, se escucharon tres pares de pies caminando, uno detrás del otro, buscando entrar de nuevo. Desde entonces, cada día de muertos sigo poniendo el altar, pero nunca vuelvo a usar velas negras, porque sé que aunque el árbol fue cortado, ellas siguen ahí, esperando que alguien vuelva a encenderles el camino.