BRUJAS Desaparecían A Soldados Mexicanos Historias De Terror - REDE

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Incertidumbre. Era mil novecientos noventa y uno. TenÃa veinte años y trabajaba como enfermera y cocinera en el ejército, llevando armas como el resto de los soldados. Nuestro lÃder Montes era firme y exigente. A pesar de mi inicial deseo de unirme al ejército de los Estados Unidos, logré ingresar al mexicano y formar parte de la corporación. El entrenamiento fue intenso para hombres y mujeres, pero valió la pena. Me convertà en experta en armas y tácticas militares. Mis compañeros como Miguel Samuel Tadeo y los Gemelos, destacaron en la misión. Muchos recibieron reconocimientos por su valentÃa. En mil novecientos noventa y tres, con los problemas de drogas y carteles afectando Michoacán, el comandante Montes lideraba nuestro grupo de cuarenta hombres y mujeres éramos horas diez mujeres, pero estábamos decididas. Nos dirigÃamos a michoacán. Al detenernos para comer, un desconocido pidió ayuda. Su camioneta con niños de un orfanato se habÃa atascado. Ayudamos y continuaron su camino, advirtiéndonos que evitáramos viajar de noche y áreas al aire libre entre árboles sin explicar. Después de comer continuamos nuestro viaje. Se avecinaban seis horas de calor asfixiante y sed intensa. El comandante nos organizó para pasar la noche en las faldas de un cerro, ya que nuestro objetivo era erradicar un plantÃo de drogas y desmantelar un laboratorio clandestino. Acampamos al pie del cerro, ya que la cima era inaccesible para vehÃculos. Al llegar montamos nuestro campamento en una zona peligrosa debido a los conflictos entre carteles y grupo rivales. En la primera noche hice guardia con los gemelos Tadeo y Samuel, A pesar de haber tenido sesiones con psicólogos en diferentes momentos. Aún no puedo quitarme de la cabeza Lo que los cuatro experimentamos en ese momento. Eran las tres, treinta y tres de la mañana cuando empezamos a escuchar risas entre las rocas y oraciones espeluznantes en las copas de los árboles, risas escalofriantes que daban miedo. Nos quedamos escuchando durante aproximadamente media hora y cuando cesaron los murmullos, comenzamos a ver luces brillantes surcando el cielo. Inicialmente pensamos que eran personas cercanas que nos advertÃan, asà que informamos al comandante. Al escucharnos, envió a un grupo para asegurar el perÃmetro y marcar el área en la que nos encontrábamos, ya que estábamos en una verdadera zona peligrosa, llena de tensión, terror y miedo a lo desconocido. Al dÃa siguiente, a las seis de la mañana, emprendimos la marcha cuesta arriba. SentÃamos que alguien nos vigilaba y estábamos alertas con las armas listas. Llegamos a un cloro de de donde encontramos una casa, no una mansión, sino una especie de refugio. Entre el cerro se enviaron a seis soldados, hombres y cuatro mujeres, incluyéndome para revisar el interior en busca de cualquier movimiento. A simple vista parecÃa abandonada, pero al entrar nos encontramos con varios cuerpos mutilados, los hombres sin su órgano masculino y las mujeres sin ojos, Algunas mostraban signos evidentes de tortura. Era una escena horrible tan impactante que nos revolvió el estómago y el olor era simplemente insoportable. Se nos dio la orden de regresar para informar y solicitar ayuda, ya que tendrÃamos que trasladar los cuerpos hasta uruapan michoacán para realizar la autopsia correspondiente. Esta misión se extenderÃa a lo largo de una semana, la semana más larga de toda mi vida. Esa noche la pasamos en la casa soportando la carga de lo que habÃa sucedido en su interior. Otros compañeros, tan hombres como mujeres, asumieron la guardia, al igual que nosotros. Comenzaron a presenciar las luces brillantes y a escuchar risas y gritos que helaban la sangre. Una compañera llamada Carmen Morales les comentó a los demás que esas luces eran brujas la forma que tomaban para cruzar el cielo por las noches. Todos miraban con terror como se desplazaban. El Comandante Montes salió y les advirtió que no las miraran, ya que eso era una ofensa para ellas y lo consideraban un desafÃo. A pesar de esto, entraron a la casa sudando y escuchando los ruidos que provenÃan de la parte alta, como si un ave de gran tamaño estuviera en la azotea grasnando. Tratamos de ahuyentarlas con disparos al aire y por un momento cesaron los ruidos. Sin embargo, regresaron con mayor intensidad. ParecÃa que estaban molestas por los disparos y trataban de obligarnos a salir de la casa. Estábamos listos para usar nuestras armas, pero nos dimos cuenta de que éramos ilusos al pensar que podrÃamos enfrentar a esos seres con balas al amanecer. Salimos hacia los cultivos para cortar la amapola y la hierba, amontonándolas para prenderles. Fuego. En ese momento, el soldado Jiménez pidió permiso para ir al baño y fue el primero en desaparecer. El fuerte olor de la marihuana nos causó dolores de cabeza, pero sólo después de una hora nos dimos cuenta de que Jiménez habÃa desaparecido. Empezamos a buscarlo considerando la posibilidad de que hubiese resbalado en una barranca, pero lo encontramos dos horas después. Le habÃan sacado los ojos y cortados sus genitales, al igual que los cuerpos que encontramos en la casa de seguridad. No sabÃamos quién o qué estaba atacando, pero estaba claro que todos corrÃamos peligro en esa zona. El regreso para verificar si ya habÃan sacado los cuerpos de la casa de seguridad nos dieron nuevas órdenes de permanecer un poco más de tiempo, ya que tenÃan información precisa sobre fosas clandestinas. Al parecer, los ejecutaban y ocultaban los restos en el mismo lugar. Aunque el miedo estaba presente, obedecimos las órdenes con determinación. La adrenalina corrÃa por nuestras venas y el pánico a la oscuridad se mezclaba con la incertidumbre de enfrentarnos a lo desconocido que habitaba esas tierras. La muerte del compañero Quiroga generó preguntas inquietantes. Cómo pudo ser atacado teniendo su arma lista, por qué no accionó su arma. Las detonaciones nos dejaron con mil preguntas sin respuesta. La noche cayó de nuevo y con ella los sonidos nocturnos se hicieron presentes. El ulular del viento caliente resonaba claramente y dormir bajo las estrellas no era frÃo. Gracias al intenso calor. Solo cuatro casas abandonadas se encontraban en Tierra de Juárez, en las faldas del cerro. Al llegar a una de ellas, pensamos en descansar al menos una hora, ya que otros cuatro valientes compañeros asumirÃan la guardia. A pesar del persistente miedo, intentamos descansar exactamente a las tres de la mañana. Medina entró pálido y con la mirada perdida, balbuceaba palabras entrecortadas explicando que algo se habÃa llevado a nuestro compañero Chávez y otro compañero habÃa ido tras él. La incertidumbre y el miedo se apoderaban de nosotros al escuchar que algo llegó del cielo y se los llevó. Los esfuerzos de búsqueda fueron en vano, ya que la oscuridad era abrumadora. No encontramos rastro ni señales de ellos. Durante tres horas de búsqueda, la noche se volvÃa más oscura. El misterio de su desaparición nos dejaba perplejos. Algunas compañeras recordaron historias de la sierra, donde las luces brillantes eran vistas y s un relato sobre cómo enfrentarlas con nudos y oraciones. Ãramos escépticos, pero la tensión en el ambiente nos hacÃa sentir observados por algo indecifrable. En pleno dÃa comenzamos la expedición para localizar las fosas clandestinas. Me unÃa a los gemelos y al compañero Miguel en una tarea desafiante de exploración en un terreno extenso. Ese dÃa, mientras cumplÃamos con las órdenes de permanecer en el lugar, tuve que enfrentar otro desafÃo personal. La llegada de mi periodo. Para ir al baño, debÃa atravesar un patio de unos veinte metros, temiendo encontrarme con brujas u otros peligros como serpientes, alacranes o escorpiones. El baño, más bien un lugar improvisado, mostraba signos de haber sido saqueado. No quedaban muebles, lavabo ni siquiera la taza del baño. Mientras realizaba esta incómoda tarea, noté un detalle peculiar. Las puertas estaban marcadas con signos extraños como garras o uñas, lo cual resultaba sumamente extraño y generaba preguntas sobre lo que habÃa ocurrido en ese lugar. Continué mi camino hacia la casa y comencé a escuchar risas entre los árboles, asà como voces que me advertÃan que me fuera grité a mis compañeros y la compañera que nos habÃa hablado de las brujas salió con una camisa en la mano, rezando y haciendo nudos. En ese momento, una gran ave negra cayó de entre los árboles emitiendo chillidos y lloros. Aparentemente afectada por la oración y los nudos realizados por mi compañera, los gemelos corrieron hacia mà y me ayudaron a llegar a la casa, ya que estaba completamente paralizada por el miedo. El Comandante Montes y otros compañeros salieron al escuchar que algo nos habÃa atacado para nuestra incredulidad. Encontramos a una anciana totalmente desnuda, con largo cabello blanco y manos arrugadas que, en lugar de uñas, mostraban garras capaces de causar sardaño. La anciana lloraba y pedÃa que cesáramos la oración, pero mi compañera continuó rezando. El comandante se acercó a la anciana, cubriéndola con una manta y le preguntó sobre su presencia y los ataques a nuestros compañeros. La anciana, con odio en la mirada, afirmó ser hija de la noche y declaró que ese lugar les pertenecÃa. Al cuestionarla sobre las muertes de los compañeros Jiménez Chávez y Quiroga, soltó una carcajada y afirmó que era solo el principio. Aseguró que una de nosotras no saldrÃa de allÃ, ya que traÃa algo que serÃa de interés para ellas. La simple idea de lo que insinuaba sobre alimentarse de recién nacidos no bautizados me estremeció. Nuestro comandante le preguntó a la anciana cuántas eran y ella respondió con una voz chillona y ronca, lo cual resultaba desconcertante. A pesar de la señal clara de que debÃamos abandonar el lugar. S Optamos por mantenerla atada de pies y manos, considerando la posibilidad de que simplemente fuera alguien que habÃa perdido la razón y se creÃa una bruja. Esa noche transcurrió con la anciana amarrada a un árbol, mirándonos y maldecidos por tenerla en esa situación. Mis nervios estaban a flor de piel cuando me revelaron lo que la anciana dijo, ya que nadie en el batallón conocÃa mi situación de mantener relaciones sexuales con un compañero y la idea de un posible embarazo no entraba en mi Mente al amanecer continuamos la búsqueda de cuerpos y la anciana a una amarrada al árbol nos observaba y nos maldecÃa. Encontramos finalmente una tumba con ocho cuerpos en diferentes Estados de descomposición, algunos reducidos a huesos y ropa. El forense procedió con el levantamiento y el comandante decidió no mencionar a la anciana hasta tener noticias de los compañeros desaparecidos. Ese dÃa, a pesar de la lluvia que intentaba aliviar un poco la pesadez del ambiente, me asignaron llevarle agua a la anciana junto con otra compañera. Sus palabras nos helaron la sangre cuando nos dijo que sus compañeras, refiriéndose a otras mujeres, vendrÃan por una de nosotras porque traÃamos en el vientre el producto del pecado carnal. Mi compañera también tenÃa novio y nos sentimos desconcertadas, sin saber a quién se referÃa. Consideramos que la anciana estaba trastornada mentalmente, pero pronto descubrimos que no era asÃ. Esa noche todos estábamos en vilo treinta y siete hombres y mujeres esperando cualquier manifestación sorprendente fuera de este mundo o paranormal. Nadie querÃa dormir y yo abrazaba mi arma de cargo intentando controlar mis nervios. De repente, todos dirigimos la mirada hacia las puertas y ventanas. Cuando varias aves de gran tamaño se lanzaron contra ellas, gritaban amenas zas horribles para todos nosotros y estaban dispuestas a todo Sentà que ese dÃa podrÃa ser el último de mi vida. Cuando las aves irrumpieron, las recibimos con una lluvia de balas. Escuchamos cómo rasguñaban las ventanas y presencié la caÃda de tres de mis compañeros. Sus garras eran como dagas capaces de atravesar la piel y arrancar el corazón de las personas. La situación se volvÃa cada vez más desesperante. Después de herir a otra de esas criaturas, al cortarle una pata, comprendimos por qué la gente en tu viscatÃo era tan reservada y desconfiada. Aquella noche, lamentablemente, tuvimos tres bajas más. No sabÃamos si era casualidad o una maldición, pero mantenÃamos a la anciana como cebo para atraer a las otras. La muerte de una de esas criaturas nos dejó impactados. Al morir el ave se transformó en una mujer más joven con cabello negro, la que perdió la paz resultó ser Anciana y la verdad era que nos sumÃa en un terror indescriptible. La noche transcurrió sin apenas dormir temerosos de otro ataque. La oscuridad entre los árboles nos impedÃa distinguir cualquier amenaza y la situación se volvÃa cada vez más aterradora. Asà pasábamos los dÃas donde las noches eran interminables y el cansancio nos carcomÃa. VivÃamos alerta, desconfiando incluso de los sonidos más inocentes, como el canto de los pájaros. Aquella noche en la que la mujer nos amenazó, sus palabras resonaban en mi mente, aunque dudaba de su advertencia sobre algo que supuestamente llevaba. Recordé un riesgo de aborto que tuve anteriormente. Me comuniqué con mi pareja en un momento Ãntimo y sin que nadie más nos escuchara, le confesé entre lágrimas que estaba embarazada y sentÃa miedo. No querÃa que mi hijo naciera en ese entorno, especialmente sabiendo que habitaban seres que se rÃa llevaban a los niños sin bautizar, sin dejar rastro su preocupación se mezclaba con la felicidad, pero el terror me embargaba al imaginar a mi bebé en manos de esas entidades malignas. En otra ocasión me enviaron a llevarle comida a la anciana, acompañada por mora y el supuesto padre de mi hijo. Las amenazas burlonas de la mujer resonaban en mis oÃdos, aumentando mi miedo. Sus palabras insinuaban que podrÃan llevarse a mi hijo no nacido y hacerlo desaparecer. La incertidumbre y el temor eran abrumadores alrededor del mediodÃa. El Comandante Montes ordenó avanzar más arriba del cerro, explorando la barranca en busca de una ruta para salir de ese lugar misterioso. DesconocÃamos lo que nos aguardaba, pero estábamos decididos a enfrentar cualquier desafÃo. De repente escuchamos ruidos de motores y voces masculinas. Guardamos silencio y nos ocultamos al descubrir un laboratorio clandestino. La orden era intentar capturar a los responsables, pero al notar nuestra presencia, nos recibieron con una lluvia de balas. En silencio nos resguardábamos entre las rocas, resistiendo las ráfagas de balas que zumbaban a nuestro alrededor. La certeza de salir con vida de ese lugar era escasa. Mi pareja de apellido Moya avanzó con siete soldados por el flanco derecho. Mientras el comandante Montes lideraba otro grupo por el izquierdo, nosotras enfrentábamos el fuego de frente. En ese dÃa, lamentablemente, hubo dieciocho bajas civiles y dos soldados heridos. La adrenalina corrÃa desbordante por mis venas, una sensación intensa que quizás sólo experimentas cuando sientes que cada segundo puede ser tu último aliento en medio del caos toqué mi vientre instintivamente y sentà un dolor agudo moya vio cuando caà inconsciente y valientemente me protegió. Los médicos que nos acompañaban atendieron a los heridos, pero notaron mi sangrado. El descubrimiento de mi embarazo cambió la perspectiva. El médico informó al comandante sobre mi situación y pronto se tomó la decisión de que debÃa abandonar el batallón. Las amenazas de la bruja y el riesgo de aborto eran motivos suficientes. Aunque faltaban tres dÃas para regresar a casa, mi estado no permitÃa continuar. Aquella noche la pasamos en el laboratorio destruyendo drogas sintéticas y metanfetaminas. A pesar de las crÃticas hacia nuestra labor Ãramos humanos, con sentimientos y comprometidos con nuestra patria. Mi partida fue difÃcil. Aunque me alejaba de la amenaza de la Bruja, no querÃa dejar a Moya. La última noche la pasamos entre abrazos y promesas de un futuro juntos. El Amanecer trajo el helicóptero que nos llevarÃa a los heridos y a mà de regreso. Me despedà con lágrimas recordando la promesa de Moya de casarse en cuanto terminara su servicio militar. Sin embargo, esa promesa quedó truncada al dÃa siguiente. Al Amanecer, el helicóptero llegó por nosotros, pero Moya ya no estaba. Desapareció misteriosamente y nadie volvió a tener noticias de él. Algo o alguien se lo llevó sin dejar rastro algo increÃble, ya que nunca estábamos solos. La búsqueda inició con la esperanza de encontrarlo con vida, pero pronto hallaron rastros ominosos, un rastro de huellas, de patas de animal que arrastraba algo a una cueva con armas listas. Varios compañeros entraron y encontraron el cuerpo de Moya, despedazado, vÃctima de un ataque brutal y no humano. La hazaña con la que lo mataron era atroz y su corazón no estaba entre los restos. La dolorosa realidad se revelaba ante nosotros otros, además de enfrentarnos a narros, también tenÃamos que lidiar con seres paranormales, un doble peligro que amenazaba nuestras vidas. Esa misma noche fuimos atacados por napos, sumiéndonos aún más en la oscuridad de la incertidumbre y el peligro. El Comandante Montes, junto con Miguel Samuel Isidoro y los gemelos respondieron al fuego. En aquella fatÃdica noche se refugiaron en una cuneta, pero dos compañeras, reyes de tierra Caliente y Andrade, perdieron la vida. Fue una noche sangrienta, capturando a cinco y matando a seis. A la mañana siguiente los trasladaron a uro a Pan, pero sabÃamos que pronto estarÃan libres para continuar sus acciones delictivas. La luz del dÃa apenas se asomaba cuando el Comandante Montes reunió a los sobrevivientes para discutir nuestro próximo movimiento. La pérdida de Moya pesaba sobre mi corazón, pero no habÃa tiempo para el duelo. SabÃamos que el peligro acechaba en todas partes. Narcos sedientos de venganza y criaturas oscuras que se alimentaban de la violencia que imperaba en la región. Decidimos replegarnos hacia un pequeño pueblo cercano, buscando refugio temporal y la posibilidad de contactar a las autoridades para obtener ayuda. El camino era arduo con la paranoia y el miedo. Como compañeros constantes, nos movÃamos en silencio, tratando de evitar cualquier rastro que pudiera llevarnos a otro enfrentamiento en el pueblo. Encontramos a gente asustada, marcada por la violencia y la desconfianza. Al principio nos miraron con recelo, pero después de explicar nuestra situación, algunos accedieron a brindarnos refugio por un tiempo. Sin embargo, la sombra de la muerte continuaba rondándonos. Las noches eran las peores. Los aullidos de criaturas desconocidas resonaban en la oscuridad y el viento traÃa consigo susurros inquietantes. El miedo se palpaba en el aire y cada sombra parecÃa albergar un peligro inminente. Aunque intentábamos mantenernos alerta, la falta de sueño y la constante tensión pasaron factura a nuestros nervios. En una de esas noches, un grupo de nars infiltró silenciosamente el pueblo. El caos se desató cuando comenzaron a disparar indiscriminadamente. Nos refugiamos en las casas, respondiendo al fuego con lo poco que tenÃamos. La batalla en las calles era feroz y la lÃnea entre amigos y enemigos se volvÃa cada vez más borrosa. Durante el enfrentamiento, el Comandante Montes resultó gravemente herido. La bala perforó su hombro y la sangre manaba sin control. A pesar de la gravedad de la situación, continuó liderando desde el frente, motivando a los demás a no rendirse. La lucha persistió hasta el amanecer, cuando los nar finalmente se retiraron, dejando tras de sà un rastro de destrucción ni muerte. Con el amanecer evaluamos los daños y las pérdidas el pueblo yacÃa sumido en el silencio, sólo interrumpido por los gemidos de los heridos y los lamentos de aquellos que habÃan perdido a seres queridos. La desesperación se apoderaba de nosotros, pero la determinación de sobrevivir aún ardÃa en nuestros corazones. El Comandante Montes, a pesar de su herida, insistió en continuar la lucha. Nos dirigimos hacia la ciudad más cercana con la esperanza de encontrar ayuda y refuerzos. Sin embargo, lo que nos esperaba allà era un panorama aún más oscuro y siniestro. Con fuerzas desconocidas conspirando en las sombras. El destino de nuestro batallón pendÃa de un hilo entre la violencia de los naos y la amenaza sobrenatural que se cernÃa sobre nosotros. La ciudad se habÃa convertido en un espectro de lo que solÃa ser y la desesperación comenzaba a apoderarse de nuestros corazones. Decidimos explorar más a fondo, buscando cualquier indicio de supervivientes o ayuda. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que no estábamos solos sombras. Oscuras se movÃan entre los edificios, acechándonos con una malevolencia que helaba la sangre. Nuestros sentidos estaban alerta, pero no podÃamos identificar la naturaleza de estas presencias. De repente, una figura emergió de la oscuridad. No era un ser humano ni un narpicante. Era algo indescriptible, una manifestación de horror que desafiaba toda lógica. No emitÃa sonidos, pero su presencia estaba cargada de una energÃa malévola que nos paralizó. Nos quedamos en silencio, observando con cautela cada movimiento de esta figura indescriptible. La criatura se movÃa hacia nosotros lentamente, como si estuviera disfrutando de nuestro miedo. Fue entonces cuando comenzaron a suceder cosas inexplicables. Los edificios temblando. El cielo se oscurecÃa sin motivo aparente y una sensación de desesperación envolvÃa. El aire era como si la realidad misma estuviera desmoronándose a nuestro alrededor. En un instante, la criatura desapareció, dejándonos con una sensación de vacÃo y confusión, pero lo peor estaba por venir el ambiente se volvió aún más opresivo y una fuerza invisible nos arrastró hacia el suelo. Al mirar alrededor, vimos sombras alargándose y distorsionándose como si estuviéramos siendo absorbidos por una dimensión desconocida. De repente, todo se volvió negro. Cuando recobramos la conciencia, nos quedamos desconcertados sin entender completamente lo que habÃa sucedido. Sin embargo, la sensación de peligro habÃa pasado y estábamos aliviados de haber escapado de las garras de lo desconocido casa nocturna. Como soldado de infanterÃa, vivà varias situaciones con cosas reales que no debÃamos comentar, especialmente con civiles. Pero yo, siendo católico, solÃa rezarle a la Virgen de Guadalupe y hablar con Dios, aunque les juro que muchos de nosotros no creÃamos en eventos tan impactantes como el que les voy a contar. Todo ocurrió en dos mil siete, cuando estábamos destinados a destruir plantas de marihuana en la zona norte del paÃs, especÃficamente en Chihuahua. En ese entonces la zona no era tan violenta como hoy y formaba parte del triángulo dorado abarcando áreas de Chihuahua, Sonora y Sinaloa. Nos enviaron a un lugar difÃcil e intransitable en la Sierra Madre Occidental, también conocida como Sierra Tarahumara. Después de caminar durante horas, llegamos a un modesto lugar ocupado por dos ancianos. El señor José y su esposa, doña Matti, eran buenas personas, Nos dieron agua y tortillas, nos prestaron un cuarto vacÃo y establecimos nuestra base. Aunque al inspeccionar la zona no encontramos nada al dÃa siguiente recibimos un informe de radar sobre un gran sembradÃo de droga a unos cuatro kilómetros. DebÃamos ir con la avanzada de inteligencia para destruirlo. Desde el primer dÃa ganamos la confianza de los ancianos pagándole a Doña Matti por la comida. Cuando nos dirigÃamos a cumplir la misión, el señor José nos miró extrañado y nos preguntó a dónde Ãbamos. Le explicamos que Ãbamos a hacer nuestro trabajo y desquitar el sueldo. Don José se puso nervioso y nos bendijo expresando su preocupación por nuestro regreso. Incluso mencionó que el lugar al que Ãbamos estaba maldito y era territorio del Nahual, una bestia peligrosa con patas de cabra que no le gustaba ser invadida. Asà que salimos con cierta inquietud l o s o s orno. Pregunté al teniente sobre la extraña reacción de Don José. Ãl explicó que el lugar estaba considerado maldito, incluso para los nativos, y que debÃamos tener cuidado con el nahual una criatura peligrosa. Nos despedimos del anciano y pensamos que lo del hombre con patas de cabra era sólo un apodo local para alguien malo. No le dimos mucha importancia y seguimos trabajando. El lugar era horrible bajar la barranca, nos tomó unas cuatro agotadoras horas. Cruzamos un rÃo con fuerte corriente para llegar al cultivo de drogas y empezamos a cortarla para quemarla. Aunque éramos rápidos casi oscurecÃa, nos dimos cuenta de que eran casi las siete de la noche. El sargento dijo que serÃa difÃcil terminar a tiempo y no tenÃamos lámparas ni comida. Decidieron que no podÃamos seguir destruyendo el cultivo y tampoco podÃamos regresar por el rÃo de noche. Asà que decidimos caminar por la orilla, lo que nos tomarÃa unas seis horas. En el camino de regreso vimos unas cuevas y sentimos una mala vibra, una pesadez que nos desesperaba. De una de las cuevas salió un águila. Mi sargento sugirió refugiarnos en las cuevas porque se acercaba una tormenta, pero el teniente ordenó regresar a la base sin importar los riesgos. Seguimos subiendo la montaña con poca luz de luna, siendo el guÃa rastreador iba adelante. Levanté la vista y a medio camino vi la silueta de un hombre enorme con algo en la mano parecido a un arma. Retrocedà para avisar al sargento. Informé sobre el hombre enorme con lo que parecÃa un arma. El teniente envió al sargento a investigar y en minutos regresó pálido y tembloroso. Gritó que todos tomaran sus armas y estuvieran atentos a cualquier cosa extraña. Ordenó tomar otro camino porque ese hombre no nos dejarÃa salir. Mis compañeros me empujaron para que corriera y no entendÃa por qué era sólo un hombre grande po posiblemente armado. En minutos lo vimos caminar detrás de nosotros con un sombrero viejo, un machete y un morral para comida. Lo que vi a continuación explicó por qué todos corrieron despavoridos. Esa cosa se acercaba rápidamente, aplastando hierbas y rompiendo troncos llevaba una pata de caballo y otra de chivo, además de mugir como si estuviera enfadada. Mis compañeros más experimentados conocÃan el área. Este animal chispeaba al golpear sus pesuñas con las piedras. De haberme quedado atrás. Esa enorme criatura me habrÃa alcanzado. El teniente, mirando hacia atrás, resbaló y cayó en una barranca de unos veinte metros. A pesar del miedo, regresé a ayudarlo. En ese momento la bestia se paró cerca burlándose de nosotros en un tono diabólico. Era aterradoramente fea, deforme como sacada de una pesadilla nervioso. Tomé mi fusil, pero el teniente ha dolorido. Me gritó que no gastara. Balas que esa cosa no era de este mundo. Empezó a llover complicando levantar al teniente la criatura lanzaba feroces mugidos intimidándonos. Mi asombro aumentó. Al ver cuán grande era milagrosamente, levanté al teniente y corrimos hasta alcanzar al resto de los militares. Algunos gritaban de terror, otros maldecÃan y hubo lágrimas de impresión. Yo no podÃa hablar. Aquello superaba la realidad. Nos turnamos para cargar al teniente y corrimos a paso veloz durante unas seis horas entre bosques y barrancos. La lluvia persistÃa mientras avanzábamos por terrenos escarpados con el teniente de nuestras espaldas. El sargento lideraba la marcha, su rostro marcado por la tensión y la incertidumbre. El rugido distante de la criatura resonaba en la noche como una maldición que no podÃamos sacudirnos. La oscuridad envolvÃa la selva y la tormenta empeoraba la visibilidad, Las sombras se mezclaban con la maleza y los susurros de la selva parecÃan burlarse de nuestra desesperada huida. A medida que avanzábamos, el teniente aún adolorido por su caÃda, murmuraba palabras ininteligibles, como si estuviera poseÃdo por el terror que nos acechaba. La criatura persistÃa en su persecución, desafiando las leyes de la realidad. Sus mugidos resonaban como un eco de ultratumba, mezclándose con los sonidos de la tormenta. La selva, que en el pasado habÃa sido testigo de nuestras operaciones militares, se transformaba en un laberinto de pesadillas. En un momento, la criatura se abalanzó desde la oscuridad, rompiendo la maleza con sus patas desiguales. La visión, de su forma grotesca, nos paralizó momentáneamente, pero el instinto de supervivencia nos impulsó a seguir corriendo. La lluvia golpeaba nuestras cabezas y el barro resbaladizo de la dificultaba el avance. El sargento tomó la delantera, guiándonos a través de un terreno irregular. Cada paso estaba marcado por el temor de ser alcanzados por la criatura, cuya presencia siniestra se prolongaba en la penumbra de la selva. A pesar de la fatiga, la única opción era seguir adelante y dejar atrás el horror que nos perseguÃa. De repente, el teniente que iba en mi espalda dejó escapar un grito ahogado al voltear vi sus ojos desorbitados fijos en algo que se movÃa detrás de nosotros. La criatura se aproximaba con una velocidad sobrenatural, como si la misma oscuridad la impulsara. Sin tiempo para reaccionar. El sargento nos condujo a un estrecho desfiladero que descendÃa hacia la negrura de la noche. La criatura, sin embargo, no se detuvo. Siguió rugiendo y persiguiéndonos por el precipicio, desafiando las leyes de la gravedad. El descenso fue caótico, con la tierra resbaladiza y la lluvia añadiendo un nivel adicional de peligro. En medio de la oscuridad, escuchábamos los aullidos de la criatura, que parecÃan resonar desde las mismas entrañas de la tierra. A cada paso, el miedo nos envolvÃa más y la sensación de que estábamos siendo casados se volvÃa ineludible. Finalmente alcanzamos el pie de la colina, donde la selva se fundÃa con la oscuridad de la noche. El sargento exhausto pero determinado, nos instó a seguir la criatura, aunque aún rugÃa. A lo lejos parecÃa haber perdido algo de su ferocidad con la criatura. A una distancia aparentemente segura, continuamos nuestra huida a través de la selva. El teniente, aunque visiblemente afectado por su encuentro con la bestia, mantenÃa la mirada perdida, como si algo más que el miedo se hubiera apoderado de su mente. Avanzamos en silencio con la lluvia, aún golpeando la y la oscuridad. Acechando a nuestro alrededor, la selva se volvÃa más densa. Los árboles se cerraban sobre nosotros como murallas vivas. El sargento, con una expresión tensa en el rostro, nos guió hacia lo que parecÃa ser un antiguo sendero apenas visible. A medida que avanzábamos, noté que la atmósfera se volvÃa más densa como si el aire mismo estuviera impregnado de una presencia ominosa. El sargento, siempre alerta, miraba a su alrededor como si esperara algo más que la persecución de la criatura. De repente, el teniente dejó escapar un suspiro tembloroso y señaló hacia adelante. La selva se abrió para revelar un claro iluminado por una luz tenue y difusa. En el centro del claro, una figura envuelta en sombras se erguÃa en silencio. Mis compañeros y yo nos detuvimos instintivamente con la mirada fija en la figura misteriosa. La lluvia se detuvo abruptamente, creando un silencio pesado que sólo era interrumpido por el sonido lejano de la criatura que aún rondaba en las sombras. La figura habló con una voz que resonaba en la mente más que en los oÃdos. Han desencadenado fuerzas que no pueden comprender, dijo, y su presencia parecÃa envolvernos como una sombra frÃa. La criatura que persigue no es simplemente una bestia, sino un guardián de los lÃmites entre mundos. No entendÃamos completamente las palabras, pero sentÃamos la gravedad de la situación con un movimiento oscuro. La figura desapareció en las sombras, dejándonos en el claro iluminado. La lluvia regresó y el sonido de la criatura se disipó. La selva seguÃa densa, pero la persecución de la criatura se habÃa desvanecido en la distancia. A medida que avanzábamos, el teniente recuperó un poco de compostura, pero su mirada aún reflejaba el impacto de lo que habÃamos experimentado. A lo lejos vimos luces que indicaban la presencia de un poblado. Al llegar al poblado, nos encontramos con miradas curiosas y preguntas sobre la razón de nuestra apresurada llegada. El sargento sin entrar en detalles, explicó que nos habÃamos extraviado en la Selva y habÃamos enfrentado una tormenta inesperada. La noche de terror quedó atrás, convertida en una historia que sólo nosotros conocÃamos completamente. Aunque nunca entendimos completamente las palabras de la figura en la sombra ni la verdadera naturaleza de la criatura. Optamos por dejar esos misterios sin resolver. La vida continuó, pero la experiencia en la Selva dejó una marca indeleble en cada uno de nosotros. Horror en el frente. Estábamos en la búsqueda de una organización guerrillera especÃfica. Una vez encontramos su ubicación, planeamos una emboscada. Sin dudar, esta organización habÃa causado problemas en poblaciones cercanas, asà que no habÃa lugar para la vacilación. Treinta sargentos fueron liderados por tres tenientes Medina, cuyo padre habÃa tenido un rango muy alto en la marina vicente que él habÃa huido de Venezuela y yo, por cierto, mi nombre es IsaÃas. La operación serÃa limpia, con seleccionados por su rendimiento. A pesar del peligro. No anticipamos bajas. La planificación duró dÃas y nuestro informante estuvo atento. Al llegar a la ubicación, a unos dieciséis kilómetros del punto de combate, nuestro informante dejó de comunicarse. PodrÃa haber sido peor, PodrÃan haberlo descubierto y asesinado. La discusión sobre cómo procederse prolongó. No podÃamos usar drones ni helicópteros, ya que podrÃan alertar a la organización. La única manera de confirmar si el laboratorio seguÃa operativo era ir al lugar. Nuestro superior. Con indiferencia dio la orden por teléfono. No sé cómo organizaron con ese soplón y honestamente no me importa. Necesito un informe en tres dÃas. No me interesa cómo, pero háganlo. Nos quedamos en silencio sin saber qué responder. Con resignación les dije a mis colegas que debÃamos obedecer Comenzamos la ruta a las cuatro treinta de la tarde para llegar con la oscuridad A nuestro favor, aunque tenÃamos una ruta establecida, cambiamos sobre la marcha por seguridad. Llevábamos solo lo necesario, incluyendo lentes de visión nocturna. Con la mente enfocada en sobrevivir, nos acercamos lentamente al objetivo. Dentro de la selva presenciamos algo extraordinario. Un equipo aéreo desconocido sobrevoló a gran velocidad sobre nosotros. Miré al cielo por casualidad y vi un objeto plateado que apareció y desapareció con un zumbido apenas perceptible. Qué fue eso, pregunté esperando que fuera el enemigo, mientras todos sujetaban sus armas listos para el combate. A qué velocidad venÃa eso dijo Vicente. No era ni avión ni helicóptero alguno reconoció la forma. Preguntó Medina. Parece uno de esos aviones nuevos gringos, pero no tiene sentido. Aquà era grande y silencioso. Un avión asà nos habrÃa dejado sordos. Respondà Alguien vio ese modelo en revistas de equipos militares estadounidenses. Pregunté al equipo yo, señor fue un objeto borroso que pasó rápido. Señaló un compañero. Nunca habÃa algo tan rápido. Añadió Todos comentaron en voz baja lo que vieron y quienes lo vieron concordaron conmigo. TenÃa forma de ave pequeña. Después de varios minutos, estando al frente con los otros tenientes, levanté la mano para detenernos. Todos se congelaron y colocaron sus armas en posición. Qué pasa, IsaÃas, preguntó Vicente. Señalé con el arma hacia un recorte de tela. Parece un resto de pantalón. Dije acercándome hay sangre seca. Pasaron por aquà o estamos cerca, preguntó Medina, no andemos especulando por un pedazo de tela. Sigamos adelante con precaución, dijo Vicente, avanzando tiene razón. No nos detengamos, dije apretando el puño, nadie se mueva, dijo isaÃas pisando donde yo pasé sin hacer preguntas, me acerqué más adelante, En una ligera caÃda del terreno habÃa cuerpos humanos desmembos que parecÃan haber sido arrastrados. Los restos mostraban signos de abrasión, con vegetación y tierra adheridos a la sangre e intestinos. Por amor a Dios, qué pasó aquÃ, preguntó Medina. Posiblemente sean minas antipersonales. He visto los estragos de bombas, pero esto no parece ser obra de ninguna bomba, dijo Vicente, guerrilleros contra guerrilleros. Ajuste de cuentas con con tras de la zona, sugirió Medina. Esto es más que eso. Conozco horrores, pero Esto parece un ataque de animales más que humano. Sigamos la sangre. Por allá está el rastro. Señalé mirando el mapa. Viene en la misma dirección a donde vamos ven Les mostré el mapa. El tiempo estimado para llegar al punto l es dos horas o menos, pero debemos esperar cerca del laboratorio para espiar, verificar y atacar. Respondà pero cuidado donde pisan. Si alguien muere por una mina, diré que se suicidó bromeo medina. Seguimos el rastro interminable de sangre, iluminando el camino con linternas tácticas en un charco poco profundo. Notamos huellas más grandes que las humanas como una forma que parecÃan garras. No eran huellas de personas ni de animales conocidos. Continuamos sin detenernos vicente más serio de lo normal. Expresó tener un mal presentimiento. Le aseguré que lo protegerÃa y sugirió matar a algunos de los compañeros y tomar cervezas. Esta serÃa nuestra última conversación. Al acercarnos al campamento de instrucciones y notamos que los lentes de visión nocturna no funcionaban, descubrieron al informante y Medina planteó la posibilidad de que las huellas y los cuerpos dispersos indicaran más de una entidad ante la situación. Propuse abortar la misión. Abortar que no. Señor aquà vinimos a lo que vinimos, diez hombres a comando de cada uno, como habÃamos acordado hoy, por el flanco derecho o por el central y vicente, por el izquierdo. Atentos todos nos fuimos. No me quedó de otra que aceptar lo que habÃa dicho y continuar con el plan, incluso con unos lentes de visión nocturna. No vimos movimiento alguno. En efecto, todo estaba solo nos fuimos acercando lentamente y lo primero que vimos fue que todo estaba arrojado en el suelo, desde la droga empacada hasta las cosas con las que lo hacÃan. No. No, No tiene ese sentido. Cómo se van a ir dejando la droga aquà si se fueron. Le digo a Medina luego de coincidir dentro del laboratorio, a menos que nos estén buscando todos atentos, espalda con espalda, digo previniendo el peligro. Hubo un momento de tensión, pero se rompió cuando Vicente llevó desde su lado caminando tranquilo quÃtense los lentes todos y usen las linternas tácticas. Están todos muertos. Aquà no hay nadie. Alguien los mató y se encarnizaron. Vengan a ver dice dirigiéndonos al sitio donde estaba lo que quedaba de entre ocho o trece personas. Es difÃcil contar cuando sólo ves piernas brazos y uno que otro hueso de la costilla están como los que vimos arriba. Les dije si los que estaban allá deben haberlos llevado desde aquÃ. Me respondió. Entonces qué hacemos, preguntó Medina, acercándose informemos y vámonos. Respondió vicente. La la tranca y el silencio se rompieron cuando uno de los hombres a nuestro cargo gritó a todo pulmón y se cayó de un segundo a otro. Atentos todos quién fue. Pregunté con prisa, ya no está, señor estaba al lado mÃo y ya no está. Respondió. Todos miramos en esa dirección. Tres personas, si se les puede llamar asÃ, eran una mezcla entre humano y lagarto. Sus cuerpos eran alargados y rÃgidos. Andaban en dos patas, pero no eran pies. La parte de su planta era de las huellas que habÃamos visto antes. Su piel era lisa y un tanto escamosa. Sus cabezas, desde la parte parietal hasta la occipital eran ovaladas, pero en la parte frontal era como ver una serpiente. Sus ojos eran lo que más resaltaba, grandes, muy grandes. Todos quedamos en shock unos segundos y fue Medina quien gritó fuego una lluvia de balas. No se tardó n en escuchar más rápido que nosotros. Al parecer, estos seres se pusieron en cuatro patas y empezaron a atacarnos uno por uno. Fue cayendo mientras les disparábamos. Todos estábamos reunidos en el mismo sitio. Algunos de nuestros subordinados afectados por el shock, no se dieron cuenta y las balas fueron matando a nuestros propios hombres. Tal vez se dispersen. Gritó Vicente, pero al mirar vi más figuras, como las iniciales, dos seres más de aquellos que nos estaban atacando, disparé en su dirección para cubrirlo. Incluso le di a uno de esos lagartos en el ojo se sintió cuando la bala atravesó su cabeza y cayó al suelo, pero el otro se abalanzó y tal cual como un animal sin piedad, empezó a desgarrar. Le disparé a la altura de la cabeza y para cuando cayó muerto mi amigo, mi buen amigo Vicente, yacÃa desangrándose. En esos momentos, el tiempo parece detenerse. Uno quiere que todo sea un sueño, pero no aún. La pesadilla seguÃa retrocedan. Gritó Medina, vámonos no te voy a dejar. Dije intentando arrastrar el cuerpo de mi amigo Déjalo, me gritaron. No se deja a nadie atrás. Le grité en medio del calor de las balas y los gritos de mis compañeros. Esto es más de lo que podemos nosotros. No se hace estúpido. Gritó con razón, con lágrimas y odio. Lo acepté y lo dejé ahà mientras estaba junto a la espalda de Medina, Ahà hubo un silencio total. No se escuchaban gritos. Ahà sentà como si el tiempo fuera más lento de lo normal en ningún sentido literal. Intentaba moverme rápido y no podÃa mi cuerpo. Se hacÃa pesado, muy pesado. Intenté accionar el gatillo y no pude Medina con los ojos llenos de pavor me miró y murmuró palabras que apenas lograba entender, estamos perdidos. Esto no tiene expo. A su alrededor. Los cuerpos inmóviles yacÃan como testigos mudos de una batalla desigual. La pesadez en el ambiente se intensificó como si el mismo aire estuviera impregnado con la maldad de esas criaturas deformes. Me tambaleé luchando contra la opresión que amenazaba con Sofocarme miré a mi alrededor y en el suelo, entre los cadáveres, los cuerpos de aquellos seres aberrantes yacÃan enroscados en formas retorcidas con pasos temblorosos. Avanzamos entre los escombros y los restos desgarrados de lo que alguna vez fueron hombres. No habÃa lugar para la razón ni para la estrategia militar. Mis pensamientos se tornaban confusos y una extraña somnolencia se apoderaba de mi cuerpo. Intenté luchar contra ella, pero cada paso se volvÃa más pesado, más difÃcil. Fue entonces cuando, en medio de la penumbra que envolvÃa el lugar, viso ons que se movÃan entre los cadáveres y los escombros, se contorsionaban y se retorcÃan como serpientes negras que se deslizaban entre los restos de la batalla. Intenté levantar mi arma, pero mis músculos se negaban a obedecer sin un destino claro y sin fuerzas para continuar, nos arrastramos entre los cuerpos y los restos de la batalla. No tengo idea de por qué, pero logramos salir de aquella masacre. Sobrevivimos y aunque pueda sonar tonto, no me parece justo hombres que eran mejores personas que yo perdieron la vida sombras y ecos. Nosotros nos quedamos una vez en Morelia. En ese lugar A veces Era un punto de reunión donde llegábamos y nos distribuÃamos a diferentes lugares, ya sea para cortar hierbas malas o para otras intervenciones como patrullajes o diversas actividades militares. A veces nos concentramos ahà para pasar una revisión de equipo y asegurarnos de no llevar nada ilegal. Era una revisión rápida antes de recibir las coordenadas para nuestro destino. Cuando nos daban las coordenadas, a veces tardábamos hasta treinta y cinco dÃas, una semana o más en estar en esas bases. Durante ese tiempo hacÃamos amistades, escuchábamos historias y compartÃamos experiencias. Recuerdo al cabo Sergio, un cabo de infanterÃa, quien contó una historia que ocurrió en una base durante la noche. La historia sucedió después de la merienda, cuando ya era noche. A veces los baños se llenaban y tenÃamos que esperar a que se desocuparan. En las unidades, la presión del adiestramiento era diferente. En trabas hacÃas lo que tenÃas que hacer y salÃas en unos segundos, pero en las bases tenÃamos más tiempo para relajarnos. En esta ocasión, mientras esperaban que se desocuparan los baños. Alguien preguntó por el Cabo Sergio. Al parecer lo habÃan visto hace unos meses, pero no sabÃan qué le habÃa pasado. Asà que contaron la historia que involucraba al Cabo Sergio en una intervención en una casa. Estaban asegurando un perÃmetro y entraron en la casa esperando encontrar a personas dedicadas a actividades ilÃcitas. Sin embargo, la casa estaba vacÃa. No habÃa nadie ni nada. A pesar de eso, revisaron minuciosamente cada rincón de la casa, que era grande y lujosa. La peculiaridad que notaron de inmediato fue la presencia de restos de veladoras que habÃan sido encendidas pero ya se habÃan consumido. Era un detalle que llamó la atención. Durante la inspección de la casa vacÃa. HabÃa un altar en una casa que se usaba como lugar de reunión. Este cabo, Sergio encontró un libro viejo y lo llevó consigo. Al principio no sabÃa qué libro era. Sólo notó que era antiguo y tenÃa algunas hojas manchadas. Resultó ser un libro de satanismo, posiblemente la Biblia Negra, escrita por Anton Lavey, aunque Sergio no sabÃa su contenido en ese momento, se llevó el libro a su base militar. Después de regresar. Mientras estaba libre de guardia, Sergio empezó a ojear el libro en su cama. Notó manchas rojas en algunas páginas, lo que le pareció extraño, pero también interesante. El libro contenÃa filosofÃas que cuestionaban la figura de Dios, presentando a satanás como el libertador, entre otras ideas controversiales. Durante su estudio del libro, Sergio notó que le faltaban algunas hojas al final, como si hubieran sido arrancadas. A pesar de esto, llevó el libro a su casa y continuó explorándolo con mayor detalle. Aunque muchos podrÃan pensar que es un libro que no deberÃa leerse, Sergio encontró las filosofÃas intrigantes y cautivadoras, a pesar de las manchas y las páginas faltantes. Entonces el cabo, Sergio llevó el libro a r casa, pero su madre, que era muy católica, lo tiró a la basura sin decirle nada. Durante unos dÃas de descanso, cuando Sergio se levantó buscando el libro, su madre le dijo que lo habÃa desechado porque no querÃa esas cosas en casa. Aunque Sergio estaba molesto, tuvo que obedecer a su madre. Después de unos dÃas, Sergio no encontraba el libro y le preguntó a su madre si sabÃa dónde estaba ella. Le dijo que lo habÃa tirado, lo cual lo enfadó aún más. Sin embargo, Sergio decidió buscar el libro en Internet y afortunadamente, lo encontró para descargarlo en formato pdf. Continuó leyendo profundamente durante esos dÃas, incluso sacrificando horas de sueño. Cuando llegó el momento de regresar al batallón, sus compañeros notaron que Sergio estaba diferente, más tÃmido y distraÃdo. Sus amigos cercanos le preguntaron qué le pasaba y finalmente a uno de ellos le confesó que habÃa estado leyendo un libro que le que le sonora cambió algo dentro. Sergio describió cómo el libro le causaba dolores de cabeza al principio, pero luego lo sumergÃa en pensamientos profundos, sintiéndose como si flotara en una situación extraña. Resulta que mientras el cabo Sergio leÃa en la madrugada escuchaba ruidos como suspiros o respiraciones fuertes que pasaban de largo. También notaba sombras que se movÃan rápidamente de reojo. SentÃa una pesadez en el ambiente, pero al mismo tiempo, ese miedo le impulsaba a seguir leyendo como si fuera una combinación extraña de temor y gusto. Después de unos dÃas en el batallón, Sergio empezó a notarse demacrado como si estuviera muy cansado sin descansar adecuadamente. Aunque era joven alrededor de veinticuatro años, su aspecto comenzó a deteriorarse. Ãl le contó a un compañero que habÃa dÃas en los que no podÃa dormir se, despertaba en la madrugada y no podÃa conciliar el sueño. Dándole vueltas a su cabeza, Sergio sentÃa que algo habÃa cambiado dentro de él. Después de leer ese libro, habÃa voces o susurros en su cabeza y en una noche especial, mientras hacÃa guardia, experimentó una especie de sueño despierto. En esos segundos de sueño soñó con una silueta alta que lo observaba cuando abrÃa los ojos. La sombra estaba presente identificándola cada vez más con ciertos rasgos caracterÃsticos. Llegó al punto en que veÃa la sombra de manera constante en lugares oscuros, generando desconfianza al entrar en esos lugares. Entonces todas esas cosas extrañas que le sucedÃan a Sergio, sus amigos y compañeros se juntaron para hablar al respecto. Alguien le sugirió un libro llamado La Biblia Negra de Anton lavey Sergio, al escuchar sobre el libro, decidió leerlo. Algunos amigos tenÃan opiniones diferentes sobre este tipo de lecturas, pero uno de ellos sus gins o que tenÃa un pariente involucrado en espiritismo y hechicerÃa y podÃa ayudar a Sergio. Después de salir de permiso, Sergio decidió visitar al pariente mencionado. Este pariente, al estar informado de los problemas de Sergio, le dijo que tenÃa muchos problemas y que lo tratarÃan para ver cómo podÃan resolverlos. Después de una sesión, Sergio experimentó una breve tranquilidad, pero pronto todo regresó con más fuerza. La sombra que veÃa se volvió permanente, como si su visión estuviera manchada por ella, similar a cuando un lente de Cámara se mancha y ve sombras en cualquier dirección. Bueno, la cosa se puso más complicada, como que todo se salió de control. Cuando llegó a ese punto, el cabo ya no era él mismo. Estaba distraÃdo, no comÃa bien, estaba flaco, demacrado, completamente cambiado, aunque iba a enfermerÃa. Y todo eso la gente notaba que algo no andaba bien. Algunos pensaban que estaba deprimido o que tenÃa problemas familiares o sentimentales, pero resulta que alguien lo contactó a través de otro compañero militar este tipo le dio una dirección y le dijo que preguntar por alguien usando una clave especÃfica que no recuerdo bien. Asà que el cabo, con toda su desesperación, querÃa resolver sus problemas y decidió ir al lugar indicado. Tocó la puerta bajo una persona aparentemente normal, con barba y un aspecto un tanto extraño, pero en fin lo hizo entrar a la casa. El cuarto estaba oscuro, no se veÃa nada, sólo se escuchaba a alguien hablar. No habÃa ni el reflejo de una vela nada en la conversación. El cabo le contó sus problemas y para no hacer la larga, resulta que lo llevaron directamente a una reunión de una especie de iglesia satánica. Oculto a satanás sÃ, asà de surrealista. Después de ese dÃa, el cabo regresó de manera inesperada. Volvió a ser el mismo de antes o o ruso, un poco más audaz y despierto. Resulta que habÃa hecho un pacto de sangre con esa secta satánica para que lo dejaran en paz. Además, hizo una promesa de seguir con ellos. La vida de Sergio se sumergió aún más en la oscuridad después de su encuentro con la secta satánica. Su pacto de sangre y la promesa de lealtad desataron fuerzas más allá de su comprensión. La sombra que antes lo atormentaba se volvió más tangible, una presencia malévola que lo acompañaba a todas partes. En el cuartel militar, sus compañeros notaron un cambio drástico en su comportamiento. Sergio, una vez un soldado valiente y comprometido, ahora irradiaba un aura siniestra. Su mirada era frÃa como si hubiera perdido todo rastro de humanidad. Los susurros en su mente se intensificaron, convirtiéndose en órdenes susurradas por la sombra que lo poseÃa. Los superiores, preocupados por su transformación, intentaron ayudarlo. Psicólogos, militares, médicos y lÃderes intentaron comprender lo que le sucedÃa, pero Sergio se volvió esquivo, evitaba el contacto visual, respondÃa con monosÃlabos y se retiraba a la soledad de su cuartel. Siempre que podÃa. El oscuro pacto que habÃa sellado se convirtió en su única obsesión. En una noche sin luna, Sergio desapareció del cuartel. No dejó rastro alguno, como si la sombra que lo poseÃa lo hubiera absorbido por completo. Los intentos de buscarlo fueron en vano. Nadie sabÃa hacia dónde se habÃa dirigido ni qué destino le aguardaba? El cabo se adentró en las profundidades de la clandestinidad, uniéndose a rituales oscuros y actividades que desafiaban cualquier explicación racional. Su participación en los siniestros eventos de la secta satánica dejó una marca imborrable en su alma. Los susurros, que una vez eran voces distantes, se volvieron gritos ensordecedores en su cabeza. Las noticias de su paradero llegaron a oÃdos sns de sus antiguos compañeros. Algunos se negaban a creer en la metamorfosis de Sergio, considerándolo un mito urbano en el oscuro tejido de sus experiencias militares. Otros que habÃan presenciado su descenso a la oscuridad, temÃan el dÃa en que el cabo regresarÃa lleno de maldad en las noches tormentosas, cuando la lluvia azotaba el cuartel y el viento susurraba secretos oscuros. Los soldados afirmaban escuchar la risa macabra de Sergio. Algunos incluso afirmaban ver su sombra retorcida y distorsionada danzando en las paredes de los cuarteles. Los eventos que siguieron se volvieron más misteriosos como si Sergio hubiera cruzado un umbral hacia lo desconocido. Las leyendas sobre su participación en rituales oscuros se propagaron, alimentando el temor entre aquellos que conocÃan su historia. Después de meses de silencio, un susurro llegó a mis oÃdos en la noche. O s s s una voz familiar, pero distorsionada por una presencia que no podÃa ser de este mundo. Era Sergio, o al menos lo que quedaba de él. Sentà un escalofrÃo, recorriendo mi espina dorsal, mientras su presencia se intensificaba en la habitación. Traté de entender lo que estaba sucediendo, pero la realidad se desdibujaba ante mis ojos. La presencia de Sergio, ahora convertida en una masa oscura, se extendÃa por la habitación. PodÃa sentir la opresión en el aire como si la misma oscuridad quisiera devorarme Sergio, o lo que quedaba de él extendió una mano sombrÃa hacia mÃ. No hay escapatoria. Dijo con un tono melancólico. La habitación se sumió en la penumbra y pude ver sombras moviéndose a mi alrededor. Los ecos de risas, macabras y susurros llenaron el espacio. Sergio, ahora una figura distorsionada de oscuridad, se desvaneció lentamente Después de esa noche las noticias de eventos extraños en el cual se multiplicaron testimonios de sombras, danzantes, risas, inquietantes y susurros. En las mentes de los soldados se volvieron comunes. Algunos comenzaron a cuestionar su propia cordura, mientras otros se sumieron en el miedo de lo desconocido. La oscura leyenda de Sergio llegó a su clÃmax una noche cuando una sombra insondable lo envolvió por completo. Los susurros y las presencias sobrenaturales que lo acompañaban desaparecieron de repente, dejando tras de sà un vacÃo inexplicable. En una expedición de búsqueda, los soldados exploraron los rincones más oscuros del Cuartel, pero no encontraron rastro alguno de Sergio. Su figura se desvaneció en el misterio sumiéndose en las sombras de la leyenda urbana. Aunque persistieron las historias de sombras danzantes y susurros, la presencia tangible de Sergio desapareció por completo. El Cuartel, marcado por los eventos inquietantes, recuperó gradualmente de la normalidad. Los soldados vivieron con la incertidumbre de lo que realmente habÃa sucedido con Sergio, pero la realidad cotidiana los atrapó, llevándolos de regreso a sus deberes militares. La historia de Sergio se desvaneció en el olvido colectivo, convirtiéndose en un recuerdo oscuro que sólo unos pocos compartÃan en susurros nocturnos. La normalidad volvió a reinar en el Cuartel, pero la sombra de lo desconocido persistió en la memoria de aquellos que habÃan sido testigos de los eventos inexplicables. AsÃ, la leyenda de Sergio concluyó sin explicaciones, dejando a los soldados con preguntas sin respuesta y una sensación de inquietud que nunca desapareció completamente la historia se perdió en la vastedad de lo inexplicable y Sergio pasó a formar parte de un capÃtulo oscuro en la historia del Cuartel, dejando sólo el eco de susurros y sombras en el viento de la noche el enigma de la casa. En el año dos mil nueve se introdujo un nuevo entrenamiento para las unidades convencionales del ejército, como la infanterÃa y la caballerÃa. Este tipo de preparación antes reservado para las fuerzas especiales se implementó debido al aumento del narcotráfico y la presencia de carteles mexicanos en todo el paÃs. La decisión se tomó ante la incapacidad de las fuerzas policiales para enfrentar la creciente fuerza, estrategia y armamento de estos grupos. Antes nos entrenábamos principalmente para conflictos bélicos contra otros paÃses, pero la situación dio un giro violento con las nuevas responsabilidades asignadas por el Presidente. El escenario de nuestro entrenamiento era un pueblo ficticio con casas, vehÃculos y estructuras diseñadas, con mecanismos especiales y explosivos. Este campo nos preparaba para combatir en entornos urbanos, acostumbrándonos a situaciones hostiles empoblados. Yo, siendo un soldado raso con cinco años de experiencia, estaba de guardia en ese lugar durante una semana, junto con el resto del pelotón. Nuestra misión incluÃa la seguridad del área, con tres elementos asignados a tareas especÃficas. Uno cuidaba la zona donde descansaban los compañeros, otro vigilaba desde una torre y yo recorrÃa a pie el pueblo. Durante mi turno de patrulla algo inesperado sucedió Eran más de las tres de la madrugada cuando me tocó recorrer el pueblo de aproximadamente un kilómetro de longitud. Dada la naturaleza del lugar completamente vacÃo, la oscuridad y el silencio creaban una sensación inquietante. Mirar las ventanas y no encontrar a nadie detrás no era suficiente para evitar la sensación de ser observado. Cada esquina y edificio solitario contribuÃan a esa sensación de pequeñez. Fue en una noche aparentemente tranquila cuando todo sucedió. Como en muchas otras, la rutina de patrullar calles desiertas se volvió más intensa de lo usual. Me preparé para hacer mi ronda, ajusté mi chaleco, casco y arma y empecé a recorrer el lugar. Llegué a una casa entré y todo estaba en orden. Las puertas eran pesadas y tenÃan un mecanismo para no quedarse abiertas. El suelo era de tezontle, una piedra volcánica, rojiza y ruidosa. Al pisar, recorrà las habitaciones. Todo estaba en orden y al sentirme solo decidà sentarme en la cama y reflexionar. Después de unos minutos escuché un ruido que me alertó. Alguien más estaba en la casa. Oà la apertura de la puerta principal y pasos por la sala. No sabÃa quién era tal vez un superior que venÃa a supervisar. Escuché cómo entró a las habitaciones, abriendo cada puerta hasta llegar a la última donde yo estaba. Todo sucedió rápido sin tiempo para levantarme. Los pasos se detuvieron afuera de mi puerta. Todo quedó en silencio esperando que alguien me reprendiera por estar sentado. Pasaron segundos en silencio y nada sucedió. Abrà la puerta, pero no habÃa nadie. Revisé la casa y estaba completamente solo. Caminé por el perÃmetro, pero no encontré a nadie más. No entendÃa, no habÃa explicación lógica. El viento no pudo ser. Las puertas eran pesadas y los sonidos que escuché eran de alguien abriendo puertas y recorriendo el pasillo. Ese sonido de pasos aún resonaba en mi cabeza. Después de eso decidà alejarme rápidamente del lugar al iniciar el camino de regreso, sentà una mirada intensa y de inmediato una sensación incómoda me invadió. Era como si algo muy pesado hubiera caÃdo sobre mis hombros. Es difÃcil de explicar, pero algo dentro de mà decÃa que alguien estaba encima de la casa detrás de mà observándome fijamente. Aunque no tuve el valor para voltear, sentà su presencia de alguna manera como si se burlara de mà con una sonrisa maliciosa y ojos penetrantes. No pude verlo fÃsicamente, pero de algún modo lo percibà con mis ojos espirituales, si es que me entienden caminar se volvió complicado. El miedo invadÃa mi cuerpo. TenÃa ganas de salir corriendo, pero no querÃa que ese ente supiera que estaba aterrado. No querÃa ser su presa, asà que me alejé caminando lo más rápido que pude dentro de mis lÃmites fÃsicos. Fue la primera y última vez que di mi ronda hasta ese lugar. Pasaron unos dos dÃas sin contarle a nadie lo sucedido para no arriesgar mi reputación sin embargo, una noche, al entregar las consignas al soldado que me releva ba la le indiqué que debÃa dar su rondÃn hasta esa casa. Su respuesta me sorprendió no estaba dispuesto a ir a ese lugar. La resistencia del soldado ante la idea de patrullar cerca de esa casa levantó sospechas entre los demás compañeros. Aunque intenté disimular mi propia inquietud, El temor que se habÃa apoderado de mà estaba ahora reflejado en los ojos del otro soldado. Decidimos cambiar las consignas para que otro compañero hiciera la ronda cerca de la misteriosa casa. Era una especie de acuerdo silencioso entre nosotros, una precaución instintiva ante lo desconocido que acechaba en ese lugar. La noche siguiente me encontraba en el cuartel cuando escuché un grito escalofriante. Corrà hacia afuera y al llegar al lugar de los hechos, encontré a mi compañero temblando pálido como un espectro. Intenté obtener detalles sobre lo ocurrido, pero sus palabras eran confusas y apenas coherentes. Se se se n su r relato. Al acercarse a la casa sintió una presión en el pecho y una opresión en el ambiente. Una sombra oscura y amenazante se materializó en el pasillo, moviéndose con una malevolencia palpable. Mi compañero, presa del pánico, intentó retroceder, pero la sombra lo persiguió con rapidez. Mis ojos se encontraron con los de mi compañero y su expresión de terror me hizo estremecer. No habÃa necesidad de palabras para comprender la gravedad de la situación. El ente oscuro que habitaba la casa parecÃa haber cobrado vida manifestándose de una manera más aterradora de lo que podrÃamos haber imaginado. Las noches siguientes fueron inquietantes. PodÃamos sentir la presencia acechante cada vez que nos aproximábamos al área de la casa. Los murmullos entre los soldados hablaban de sombras que se movÃan en las ventanas y de susurros incomprensibles que flotaban en el aire nocturno. Un dÃa, un oficial de mayor rango ordenó una inspec de nr el perÃmetro incluida la casa. Nos asignaron la tarea y mientras avanzábamos hacia el lugar, una sensación de opresión creció en el aire. La casa parecÃa emanar una oscuridad palpable, como si estuviera viva con una malevolencia consciente. Al entrar, la temperatura descendió abruptamente y una extraña quietud se apoderó del ambiente. Los pasillos estaban desiertos, pero podÃamos sentir que no estábamos solos. La atmósfera se volvÃa más densa a cada paso que dábamos. De repente. Una ráfaga de viento helado barrió el pasillo, apagando las luces y sumiéndonos en la oscuridad total. Escuchamos risas, susurrantes y pasó suaves, pero no podÃamos ver nada. La tensión en el aire alcanzó su punto máximo y sentimos una presión en el pecho similar a lo que habÃa experimentado mi compañero la noche anterior. Al salir, la temperatura volvió a la normalidad y la presión en el pecho desapareció. Miramos la casa desde afuera viendo cómo las luces parpadeaban débilmente en su interior. El Oficial de mayor rango, al enterarse de nuestra experiencia, decidió sellar la casa y marcar el área como prohibida para patrullas nocturnas. La leyenda de la casa misteriosa persistió en el cuartel, pasando de boca en boca como una advertencia silenciosa. Los soldados evitaban mencionarla directamente, pero todos sabÃan que era un lugar donde la oscuridad habÃa tomado forma susurros del mal. Una noche frÃa de invierno, mientras estaba de guardia en el cuartel, le pedà a mi compañero un cigarrillo porque olvidé mi caja en el dormitorio. Mientras intentábamos encenderlo. Escuché un tenue sonido de algo quebrándose, pero no le presté mucha atención. Mientras encendÃamos el cigarrillo, noté que las manos de mi compañero temblaban y, de repente, su rostro se llenó de terror con sangre brotando de sus ojos nariz y boca cayó sobre mà y empezó a toser sangre antes de dejar de respirar. Fue un momento confuso, pero cuando se desprendió su casco vi que su cráneo estaba aplastado como si alguien lo hubiera presionado desde atrás. El informe oficial catalogó su muerte como un accidente en servicio y se le dijo a su familia que fue un accidente. Me prohibieron hablar sobre el incidente y las autoridades no pudieron creer mi relato. No pudieron culparme porque nadie podrÃa haber causado ese daño con fuerza humana. Después de hablar con el psicólogo del Cuartel, retomé mis actividades, pero lo que habÃa vivido era sólo el comienzo. En el dormitorio. Ãramos diez soldados. Una noche mientras me preparaba para la guardia un humo oscuro y denso se formó a unos metros de mà adoptando una forma humanoide y deslizándose hacia mÃ. Desenfundé mi arma, pero fue inútil. En la cabeza de esa figura aparecieron dos ojos rojos profundos. Dejándome paralizado. La criatura se detuvo y adoptó una posición amenazante. Por un momento antes de moverse en otra dirección, sentà un escalofrÃo por el miedo que me provocaba su presencia. Observé cómo llegó a una de las camas y se inclinó para mirar a un soldado que estaba recostado en ella. IncreÃblemente vi cómo esta criatura se introdujo en su cuerpo y el soldado reaccionó de una manera aterradora, sin decir palabra. Se sentó en la cama manteniendo los ojos cerrados y abrió la boca para introducir una de sus manos y arrancarse la lengua con brutalidad. El acto Macabro fue tan repentino que hizo que la cama temblara salpicando su sangre alrededor. El soldado de la cama superior se despertó con un grito de horror al contemplar al soldado que se mutilaba a sà mismo. Recuperé el control de mis músculos mientras veÃa a la criatura abandonar el cuerpo del soldado herido, quien ahora despierto sintiendo el dolor y notando su sangre, entró en un estado de pánico. Esa noche todos presenciaron al soldado enloquecido, que aún presionaba fuertemente la lengua con la mano. El médico del Cuartel tuvo que medicarlo con calmantes hasta que finalmente se durmió. En la siguiente noche, la criatura volvió a atacar. Pasadas las diez de la noche. Escuché el estallido de vidrios mientras salÃa del comedor, vi a soldados correr por el patio gritando que alertaran al médico. Encontré a un soldado tendido en el suelo, cubierto de cortes causados por trozos de vidrio. HabÃa saltado desde una ventana del segundo piso, amortiguando su caÃda en el césped. Estuve presente cuando contó lo que le sucedió. Mencionó que se dirigÃa hacia una oficina para entregar informes. Cuando se le atravesó una niña en el pasillo, siguió a la niña hasta un pequeño cuarto que funcionaba como de pos. El soldado estaba dentro. Intentó encender la luz, pero no pudo. Llamó a la niña, pero ella no respondÃa. Le preguntó por su madre y cómo habÃa entrado. Caminó hacia la zona iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana. De repente apareció una cosa. Ese sector estaba iluminado y vio claramente la manifestación demonÃaca. Una nube negra se elevó desde el suelo y tomó forma humana con enormes ojos rojos. La criatura movió sus largos brazos, colocó garras en su cuello y empezó a ahogarlo. El soldado aseguró que nunca habÃa sentido tanto miedo. La criatura acercó su rostro mientras lo ahorcaba, mostrando un aspecto espeluznante y lanzando un gruñido con aliento putrefacto. El soldado se desmayó y la criatura lo arrojó por la ventana con fuerza. En la enfermerÃa ocurrió otro fenómeno. Macabro. Disparos y gritos desesperados provenÃan de la guardia. Me permitieron ir de inmediato y presencié una masacre. Algunos soldados disparaban hacia un punto fijo, mientras otros cuerpo a tierra les ordenaban bajar las armas. Dos soldados enloquecidos se quedaron sin municiones, pero continuaron gritando y presionando los gatillos. Los elementos se levantaron y los redujeron. Cuando me acerqué vi que disparaban a otro soldado reducido a una masa de carne y huesos. Bajo el uniforme rojo, quedó una laguna de sangre brotando del cadáver deshecho. DÃas después supe que uno de los soldados vio al tercero, un compañero de dormitorio con ojos rojos y expresión llena de odio. Después abrió la boca y escupió sangre con pequeños elementos metálicos que resultaron ser hojas de afeitar. Luego se arrojó al suelo, adoptó una posición parecida a una araña y giró su cabeza ciento ochenta grados mirándolos mientras caminaba hacia ellos rápidamente, los dos soldados asustados abrieron fuego pensando que su compañero estaba poseÃdo. Este incidente aterrorizó al cuartel. Nadie se sentÃa seguro y la criatura era vista como un demonio imparable e indomable. A los pocos dÃas, un sacerdote llegó a la base, bendijo el terreno y ofreció una misa para todos. Después de hablar en privado con las autoridades, las cosas no se calmaban. Las tensiones en el cuartel persistieron, a pesar de los esfuerzos del sacerdote por exorcizar la malevolencia que acechaba los confines de la base militar. Los soldados se movÃan con cautela, sus miradas cargadas de temor ante la posibilidad de encontrarse cara a cara con la criatura demonÃaca que habÃa desatado el caos. Las noches se volvieron un tormento con cada sonido, amplificado por la paranoia que se habÃa apoderado de las mentes de los soldados. Cada dÃa traÃa consigo nuevos relatos de encuentros sns terrorÃficos y la atmósfera se volvÃa más densa con la sensación de que algo oscuro se cernÃa sobre todos. El sacerdote, después de sus rezos y bendiciones, no pudo disipar la presencia maligna que acechaba en cada rincón. En el comedor, las conversaciones se volvieron sombrÃas y llenas de supersticiones. Los soldados intercambiaban historias de avistamientos de encuentros con la criatura y sus manifestaciones demonÃacas. Después de semanas de convivir con el terror que se apoderó del cuartel, las cosas tomaron un giro más inquietante. En una noche particularmente oscura, donde la luna apenas dejaba entrever sombras. Los pasillos resonaban con susurros de los soldados temerosos. Me encontraba en mi litera incapaz de conciliar el sueño. Cuando escuché pasos suaves. Acercándose al principio, pensé que era otro compañero de unidad, pero algo en el ritmo de los pasos me heló la sangre. A lo lejos distinguà una figura borrosa apenas visible en la penumbra. Un escalofrÃo recorrió mi espina dorsal. Cuando se detuvo junto a mi litera, no podÃa ver su rostro, pero su presencia emanaba una extraña mezcla de malevolencia y tristeza. Quedé petrificado, incapaz de articular una palabra. La figura sombrÃa permaneció junto a mi litera su presencia, envolviéndome en una mezcla de temor y ansiedad durante lo que pareció una eternidad. No hizo nada, sólo observaba en silencio. Finalmente, sin previo aviso, la figura se alejó lentamente, desvaneciéndose en las sombras de la oscura noche del Cuartel, siluetas grotescas. Mi nombre no es relevante para la historia que voy a contar, ya que es confidencial. La vivà cuando formaba parte de un batallón de infanterÃa de la marina en una operación ordenada por un Presidente recién iniciado en su sexenio. La misión implicaba tratar con un importante lÃder en Sinaloa, quien habÃa acordado entregar algunos sembradÃos y personas a cambio de ganar favor con el Gobierno. Mi lealtad siempre fue cumplir órdenes sin cuestionar, pero lo que experimentamos en esta operación fue inesperado. La zona conflictiva era el triángulo dorado, comprendiendo los Estados de Sinaloa Chihuahua y Durango. La ubicación en la sierra y la dificultad para acceder a los plantÃos de Amapola y Marihuana eran conocidas a través de servicios de inteligencia. Ya tenÃamos localizadas las áreas a quemar, ya que los nueficantes mismos nos proporcionaron la información. Nos aventuramos confiados en que la misión no representarÃa mucho riesgo, ya que la mayorÃa de la gente del capo se habÃa retirado desde el principio de la Notamos el rechazo de los habitantes, de los poblados que cruzábamos. La pobreza y la necesidad eran evidentes, con niños, descalzos, hombres trabajando en el campo y rostros reflejando una realidad alejada de la opulencia de los lÃderes del Nárfico. Avanzamos entre la hostilidad de la población que desconfiaba del Gobierno que históricamente les daba la espalda. La tensión aumentó debido a las lluvias intensas de esos dÃas, provocando deslaves en los ya difÃciles caminos de acceso. La gente de esos lugares leal a los grupos delictivos locales. VeÃa con recelo nuestra presencia, ya que los consideraban benefactores que les proporcionaban servicios básicos como energÃa eléctrica, centros de salud y mejoras en las escuelas. El ambiente se volvió aún más tenso y hostil con las difÃciles condiciones climáticas y los deslaves que complicaron nuestros desplazamientos. La misión, que parecÃa rutinaria, se tornó en una experiencia imprevista y peligrosa en la conflictiva región del Triángulo Dorado. En la primera semana hicimos nuestra tarea sin mayores problemas, detenciones y quema de algunos sembradÃos. Pronto las detenciones se volvieron tensas, ya que la mayorÃa eran campesinos que trabajaban en los cultivos. Las súplicas iniciales se convirtieron en amenazas, aunque sabÃamos que eran peones en la organización. A pesar de ello, las órdenes eran claras y debÃamos seguir adelante adentrándonos más en la sierra. El terreno complicado y el clima desfavorable pusieron en riesgo nuestra misión. En cierto momento, al cruzar un rÃo, vimos perros inusualmente grandes que desaparecieron rápidamente. Algunos vehÃculos se atascaron debido a un deslave y nuestros esfuerzos para liberarlos fueron inútiles. Nos vimos obligados a acampar en las faldas de un cerro, sabiendo que era un lugar vulnerable. Durante la noche s s la tormenta se desató con relámpagos y truenos. Mientras escuchábamos extraños ruidos en la cercanÃa, montamos guardia para prevenir cualquier ataque. En mi turno sentà un mal presentimiento, como si algo estuviera a punto de ocurrir. Compartà mis preocupaciones, pero mi compañero me aseguró que la operación serÃa segura, ya que el lÃder principal habÃa retirado a su gente casi amanecÃa. Cuando entre la maleza escuchamos movimientos rápidos, alerté a todos y nos preparamos para cualquier eventualidad. Los primeros disparos resonaron cerca del campamento, seguidos por ráfagas de armas de alto calibre. En medio de la confusión, nos unimos al fuego después de unos minutos, con aparente calma, el teniente ordenó detenernos la noche tumultuosa. Nos dejó con una sensación de tensión y la certeza de que algo inesperado estaba ocurriendo en aquella remota ubicación. Todo eso nos mantenÃa alerta y nerviosos con los ojos escudriñando a nuestro alrededor. Se sentÃa como si algo malo pudiera aparecer de repente entre los árboles y atacarnos. La extrañeza radicaba en que varios de nosotros compartÃamos esa sensación de miedo. Después de unos minutos de calma, el teniente ordenó una investigación. Nos dispersamos con nuestras linternas tratando de encontrar lo que habÃa perturbado a mi compañero, quien seguÃa en un estado extraño. Al inicio del siguiente dÃa continuamos explorando por si habÃamos dado con algo la noche anterior, pero no encontramos nada más que un anciano con su nieta llevando leña en un asno. El anciano se ofreció a buscar ayuda en su pueblo, mencionando a alguien con un tractor que podrÃa ayudarnos. Agradecimos y dos de nosotros fuimos con él en busca de asistencia. Mientras tanto, el teniente interrogó a mi compañero sobre lo que habÃa experimentado durante la madrugada, aunque al principio estaba alterado. Le contó al superior que habÃa visto algo increÃble un animal similar a un perro que, al ser descubierto, caminó erguido sobre sus patas traseras, revelando un tamaño descomunal y rasgos inusuales como brazos largos con enormes garras. El animal le advirtió que nos fuéramos del lugar bajo amenazas y mi compañero, asustado, disparó sin causarle daño. Antes de que el animal desapareciera en la espesura. Mientras tanto, en el pueblo del anciano notamos que tenÃa viviendas mejor construidas y algunas camionetas en buen estado. Lorenzo, el anciano, nos recibió amablemente sin miedo y nos invitó a tomar café y pan en su jacal. Su nieta, aunque callada, no dejaba de observarnos con curiosidad. Mientras desayunábamos, Lorenzo nos preguntaba qué asuntos nos habÃan llevado por esos lugares. Mi compañero y yo sólo respondimos de manera vaga. Después de terminar nuestro café, Lorenzo nos llevó a la casa de uno de sus vecinos en el camino. Le pregunté si habÃa algo extraño en el monte. Considerando la sorpresa de la noche anterior, el anciano dijo que hay cosas malas en la sierra. A veces traen advertencias y es mejor prestarles atención, porque después nada las detiene. En ocasiones, el diablo anda por el monte oliendo el mal y se acerca a ver lo que hacen las personas. Le encanta, pero no debÃamos preocuparnos, ya que si hubiera sido algo malo, los habrÃa matado a todos. Mi compañero y yo sólo nos miramos. Llegamos a la casa del vecino con el tractor, quien amablemente nos ayudó a intentar sacar nuestros vehÃculos atascados después del mediodÃa. Finalmente logramos salir de ese apuro. Agradecimos a esos hombres y nos dispusimos a abandonar el lugar. Sin embargo, algo extraño ocurrió, ya que Lorenzo me tomó del brazo y en voz baja me dijo que era mejor que nos fuéramos de la sierra y que sucedÃan cosas para las cuales no estábamos preparados. Al principio pensé que bromeaba, pero su expresión seria me hizo reflexionar. A pesar de ello, con muchos años de servicio, decidà no dejar que las palabras de un campesino me afectaran y traté de olvidar el asunto. Continuamos nuestra travesÃa y llegamos al siguiente punto, pero esta vez algunos hombres se resistieron, lo que nos llevó a un breve tiroteo que logramos controlar. Trabajamos durante todo el dÃa en extensas áreas de terreno encomendadas. Cuando cayó la noche, algunos compañeros y yo prendimos un cigarro y charlábamos deseando abandonar ese lugar horrible, ya que estábamos cerca de completar nuestra misión. Nuestros superiores se comunicaban con los altos mandos del ejército, informándoles que estábamos próximos a regresar esa noche alrededor de las once comenzaron los primeros ruidos en nuestro campamento. Algunos compañeros descansaban mientras otros montaban guardia. Yo no podÃa dormir como si un extraño presentimiento se apoderara de mi mente. Recordaba las palabras de aquel anciano advirtiéndonos que deberÃamos abandonar todo eso mientras aún tuviéramos vida. Estaba absorto en mis pensamientos. Cuando de repente se escucharon gritos y un gran alboroto. Todo era confusión. Pensábamos que nos habÃan emboscado por instinto. Intenté agarrar mi arma, ya que parecÃa un fuego cruzado rápidamente. Traté de resguardarme, pero lo extraño era que las detonaciones las hacÃamos nosotros mismos. A unos diez metros de distancia, vi un grupo de bestias horribles que hacÃan sonidos similares a los de los perros, no tenÃan una forma clara. Debido a la densa oscuridad. Sus siluetas se movÃan entre las sombras distorsionadas y grotescas. Los sonidos que emitÃan eran una mezcla de gruñidos y aullidos, una cacofonÃa que cortaba la noche como cuchillas afiladas. El campamento se sumió en el caos. Mientras intentábamos coordinarnos para hacer frente a esta amenaza incomprensible. Los gritos de mis compañeros resonaban en el aire, mezclándose con los sonidos siniestros de esas criaturas. Las balas iluminaban intermitentemente la oscuridad, revelando brevemente las figuras grotescas que se acercaban. A pesar de nuestros esfuerzos, la confusión y el miedo se apoderaron de nosotros, Algunos soldados caÃan presa del pánico, disparando indiscriminadamente en todas direcciones. En medio de la refriega. Pude ver cómo una de esas criaturas se abalanzaba sobre un compañero. Sus mandÃbulas se cerraron con fuerza alrededor de su cuello, arrancándole un grito de agonÃa. Busqué a mi compañero, el que compartió conmigo el desayuno en el jacal de Lorenzo. Pero entre la confusión y la oscuridad era difÃcil distinguir rostros. Las luces destellantes de los s disparos ofrecÃan sólo vislumbres fugaces de la horrible realidad que nos rodeaba. La lucha se prolongó durante lo que pareció una eternidad, pero finalmente las criaturas retrocedieron el campamento yacÃa en ruinas testigo de un enfrentamiento que no tenÃa explicación lógica. El silencio pesado se apoderó de lo que quedaba de nuestro campamento. Los altos mandos del ejército llegaron al campamento, pero sus rostros mostraban desconcierto. Nadie podÃa dar explicación alguna a lo que acabábamos de presenciar en los dÃas que siguieron. La paranoias se apoderó de nosotros. Cada sombra en la sierra parecÃa albergar una amenaza invisible. Intentamos contar nuestra historia, pero las palabras sonaban insuficientes, ridÃculas, incluso para nosotros mismos. Las investigaciones y los informes no arrojaron respuestas satisfactorias. Nadie podÃa explicar de manera coherente lo que habÃa sucedido en aquella fatÃdica noche. La historia se volvió una especie de leyenda entre los soldados que habÃan vivido aquel terror. Algunos de nosotros fueron transferidos a otras misiones, separándonos de aquel lugar Maldito, relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras








