Oct. 17, 2023

Aterradores Relatos Del 19 De Septiembre De 1985 Historias De Terror - REDE

Aterradores Relatos Del 19 De Septiembre De 1985 Historias De Terror - REDE

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Bajo escombros. Nota del escritor. Si existe una fecha en México que cada vez que se recuerde abra una herida, sin duda ese es el diecinueve de septiembre, cuando la capital sufrió un fuerte terremoto que no sólo marcó la ciudad, sino al país entero. Existen muchas historias en torno a esto, plagadas de desesperación, de dolor e incluso de cosas paranormales. También situaciones inimaginables pero reales. Aunque sé de muchísimas historias aterradoras, he elegido estas dos para narrarles como en esa fecha el primer cuadro de la ciudad de México se convirtió en el mismo infierno. Mi nombre es Juan Nací el diecinueve de septiembre de mil novecientos cincuenta y ocho. Durante veintiséis años. Esta fecha fue de fiesta para mí nunca pasaba desapercibida para mi familia, aunque sea una comida, me hacían para festejar. Cuando cumplí veintisiete años, eso cambió para siempre. En ese tiempo vivíamos en la ciudad de México, en la segunda planta de unos multifamiliares de cinco pisos. Ya estábamos acostumbrados a ese modo de vida. Todos los vecinos nos conocíamos y no teníamos ningún problema con nadie. Dos días antes de mi cumpleaños notamos algo raro. Nosotros no teníamos perro, pero los vecinos del primer piso, si tenían en su gran mayoría, Estas mascotas actuaban de manera muy rara anduvieron inquietos todo el día. Ladraban con insistencia y algunos de ellos, según los propios vecinos, hacían el intento por meterse dentro de sus casas. Recuerdo que ese día pasó rápido. Ya por la noche tuve un sueño extraño donde me miraba atrapado en un cuarto oscuro. Me sentía sofocado. Además, no podía moverme mientras tras una risa macabra se escuchaba de vez en cuando era muy diferente a lo conocido. Más parecía la risa de un payaso que cualquier otra cosa. Cuando intentaba salir de ahí se aparecía un ser espantoso que yo identificaba como el diablo. Me agarraba de los pies para que no me escapara del miedo que me daba. Tenía dificultad para respirar y aparte, me dolía todo el cuerpo. Eso me hizo despertar. No podía comprender el porqué de la pesadilla. A mí no me pasaban esas cosas. De hecho, esa fue la primera vez que tuve un sueño tan espantoso al platicarles a mis papás. Me dijeron que tal vez me había caído pesada la cena, que no me preocupara tanto. Un día antes de mi cumpleaños, los perros aullaban de una manera muy extraña. Dos de mis amigos vivían en la planta de abajo. Comentaban que era como si sus perros les quisieran advertir de algo. Cuando oscureció, se escuchaba como los perros rasguñaban las puertas. Algunos vecinos con tal de callarlos los metieron a sus departamentos. Muchos otros salieron y nada más los amarraron. Así estuvieron toda la noche aullando, ladrando y rasguñando como nunca los habíamos escuchado. Todo eso creaba un ambiente raro, pero así quedó. Esa noche tuve la misma pesadilla. Me miré en medio de una tenebrosa oscuridad. Escuchaba gritos y aquella risa siniestra. Además, sentía que me ahogaba al intentar salir. De ahí el diablo apareció, mordió mi pie derecho hasta arrancármelo. Me retorcí de dolor y grité con todas mis fuerzas. Eso es todo lo que recuerdo a la mañana siguiente. El diecinueve de septiembre, sonaron los despertadores, como siempre, a las seis, al ser mi cumpleaños no iría a trabajar. Mi papá entraba a las ocho, pero se iba diez para las siete a dejar a mi hermana a la secundaria, que no estaba muy lejos. Ese día no fue la excepción. Antes de salir fueron a mi cuarto, me felicitaron y quedamos de vernos a la hora de la comida para festejar. Minutos después, mi mamá gritó que saldría a la tienda, la cual se encontraba en el piso de abajo. Luego noté algo. Me puse a escuchar el silencio y sentí una sensación rara. Los perros no hacían ningún ruido ni se escuchaban los pájaros. Había una calma extraña, como una soledad incómoda. Estaba sentado en la cama frente a la ventana pensando cuando los árboles y los cables de la luz se comenzaron a mover como si hubiera mucho aire. Intenté levantarme, pero el piso y todo se me movió. Pensé que me había mareado. Cuando escuché que las paredes empezaron a crujir, no supe qué pensar ni qué hacer. Me quedé en blanco. Después de unos segundos que pude recobrar la conciencia. Entendí que estaba temblando, pero este no era cualquier temblor. Todo se estremecía muy fuerte. Se caían las cosas, se quebraban los vidrios pedazos de enjarre comenzaron a caer sobre mi cabeza. Siempre había escuchado que cuando hubiera un temblor me refugiara debajo del marco de una puerta y así lo hice en espera de que pronto pasara. Desde ahí pude escuchar la televisión que confirmaban del movimiento telúrico. En ese momento no pensé en mi papá o en mi mamá. Estaba asustado porque el sismo parecía no tener fin. No había pasado ni un minuto. Cuando se cuartearon las paredes por la ventana, miré que el edificio de enfrente colapsó entre una nube de polvo. En ese momento supe que la situación era de vida o muerte. De pronto se fue la luz y un estruendo horrible retumbó en mis oídos. En ese instante desapareció el piso. Mientras caía Me golpeaba muchas cosas. Quizá algo pegó en mi cabeza, porque no recuerdo más. Cuando desperté todo estaba oscuro, pero esta era una oscuridad rara que nunca vi vio visto. Tardé unos minutos en reaccionar. No sabía cuánto tiempo había pasado. Alcanzaba a escuchar las sirenas de las ambulancias que se confundían con los aullidos de algunos perros. Al querer moverme me fue imposible. Parecía que estaba encerrado en una caja estrecha. Además, me di cuenta de que estaba muy golpeado. Todo me dolía de pronto recordé lo que había pasado. Cuando se vino a mi mente la idea de que estaba enterrado, entré en pánico y comencé a gritar por ayuda de una manera desesperada. Pronto me acostumbré a la oscuridad. Me encontraba recargado sobre mi lado derecho. Miré que había pequeñas rendijas por donde se colaba una tenue luz del sol, así como un poco de aire. Conforme pasaba el tiempo, el ambiente se volvía cada vez más asfixiante. Cuando me calmé un poco, me puse a escuchar los gritos de desesperación de otras personas, algunas debajo de mí, Otras por encima, eran clamores de ayuda y llanto me supuse que pronto me iban a rescatar, pero transcurría el tiempo y no pasaba nada. La poca luz que entraba por las pequeñas rendijas se fue apagando. Así supe que ya se había hecho de noche. Por lo mismo, las maniobras de rescate seguramente se volverían más lentas. Los gritos de muchas personas aún persistían. Podía escuchar que trabajaban quitando las piedras para rescatarnos. Los minutos pasaban desesperadamente lentos. Mi cuerpo no daba para más. Estar en esa posición todo el día sin comer, sin tomar agua, Me tenía agotado. Estaba a punto de dormir para poder agarrar fuerzas. Cuando me llegó un olor muy feo pensé que era una fuga de gas. Luego, en medio de todos esos sonidos de dolor, escuché una risa horrible. No lo podía creer por más que intentaba descubrir quién reía. Me era imposible, no sólo por la oscuridad, sino porque no podía mover el cuello con facilidad. Al escucharla por segunda vez, sentí un escalofrío horrible, porque después me di cuenta que era la misma risa que escuchaba en mis pesadillas, aquella que era como de payaso lo que estaba viviendo. Era exactamente lo que había soñado días anteriores. En ese momento fue lo más terrible que me podía pasar estaba enterrado bajo los escombros de mi edificio en medio de una terrible oscuridad escuchando la risa que yo sabía que era del diablo porque lo había visto en mis pesadillas. Y lo peor era que no podía moverme del terror que tenía. Se me olvidaron los dolores de las heridas de nueva cuenta. Comencé a gritar por ayuda, grité hasta que me cansé de hacerlo. Mientras seguía escuchando aquella risa Burlona, a veces sentía que me clavaban las uñas en los pies y en los costados. Solamente me estremecía porque no podía hacer otra cosa. No tenía espacio para nada. En ocasiones le pedía a ese ser que se callara, pero no dejaba de reír Esta realidad Era peor que mis pesadillas. Así estuve sintiendo como ese ser me mordía por todas partes. Mientras se reía, apenas me movía. Sentía los piquetes eran como si se me enterraran algunas varillas. Varias veces entré en crisis lleno de terror. Les gritaba a mis papás para que me ayudaran. Tratando de controlar mi miedo, recé todo lo que pude. Mi única esperanza era que pronto amaneciera y que me ayudaran a salir de ahí. Gracias a Dios y quizá por el cansancio no supe Cuando me quedé dormido a la mañana siguiente desperté en la misma terrible situación. Estaban los gritos, las sirenas de las ambulancias, los murmullos. Lo peor era que seguía enterrado de nueva cuenta lo hice. No sé cuántas veces grité con todas mis fuerzas hasta casi romper mi garganta, pero todo era inútil. Parecía que nadie me escuchaba un terrible pesimismo se apoderó de mí. Me empezaba a convencer que tal vez no saldría. De ahí. Me aterrorizaba pensar que iba a morir de hambre de sed o aplastado por todos los escombros. Ya habían pasado veinticuatro horas. Aunque tenía hambre y sed no me preocupaba tanto. Lo que sí me daba miedo era cuando me venían los recuerdos de lo que había vivido la noche anterior, la presencia del diablo y su macabra risa llenándome de muchos escalofríos. Pensaba que de pasar otra noche así podría perder la razón débil por los golpes o quizá por estar deshidratado. Me estaba quedando dormido cuando escuché que gritaron muy cerca de mí. Si se encontraba a alguien, grité con todas mis fuerzas hasta que me escucharon. Me pidieron tener calma y comenzaron a mover los escombros para rescatarme sentí un gran alivio y una luz de esperanza brilló para mí. Minutos y minutos pasaban tan tanto que se convirtieron en horas. No lograban llegar hasta donde yo me encontraba porque rescataban a otras personas que iban encontrando. No sé si vivas o muertas. Así poco a poco, ante mi desesperación fue cayendo la tarde de nuevo, cuando estaban muy cerca de mí. Sentí otra vez la tenebrosa presencia del diablo. Recordé que en mis pesadillas, cuando intentaba escaparme de él, no me dejaba salir de donde estaba. Por eso les grité que se apuraran. En mi desesperación, hice el intento de estirarme para empujar algunas piedras y por fin salir de ahí, pero el diablo no lo permitiría así tan fácil. Yo lo sabía en ese instante todo tembló de nuevo fueron segundos angustiantes e interminables. Polvo, piedras, maderas cayeron sobre mí. Lo peor de todo fue cuando sentí que alguien apretó mi tobillo con una fuerza descomunal. Sintiendo un intenso dolor, Recordé mi pesadilla supe que era el diablo el que me estaba mordiendo el pie derecho con malas palabras. Le ordenaba que me soltara porque el dolor era insoportable. Cuando grité por ayuda, tragué mucho polvo, golpeaba como podía los pedazos de cemento que estaban a mis costados hasta sentir mis manos destrozadas también con mi otro pie. Trataba de golpear al diablo para que me soltara, pero cada vez que lo hacía algo, se me encajaba, convencido de que nada podía hacer contra él. Me puse a hablar con el diablo. Le pedí de muchas formas que me soltara en mi ignorancia, Le ofrecí veladoras rezos obediencia para que me dejara salir. Él solamente reía sin contestarme nada en ese sufrimiento. Se pasó la noche. Fue espantoso sentir que alguien te mira y te agré de oculto entre la oscuridad. Peor aún si sabes que ese alguien es el diablo. Cuando desperté, supuse que ya era otro día tenía una sed espantosa. Ahora la oscuridad era terrible. Prácticamente no entraba nada de luz y era difícil respirar. Recordé que hubo otro temblor. Lo primero que se me vino a la mente fue que seguramente los escombros obstruirían el paso que habían hecho los rescatistas, porque ya no se escucharon más. Estoy seguro que todavía no era de noche, porque no había transcurrido mucho tiempo. Tuve la espantosa sensación de que alguien me miraba, pero yo sabía que era imposible porque ahí no había espacio. Tartamudeando le pregunté al diablo que quería de mí, no recibía ninguna respuesta. Eso era lo que más me desesperaba. Luego sentí que empezó a apretar mi pecho con tanta fuerza que me era imposible respirar A punto de desfallecer. Escuché la voz de uno de mis amigos. Parecía estar detrás de unas piedras me daba ánimos para que resistiera. Me aseguró que al día siguiente me rescatarían. Esa noche perdí el sentido porque no recuerdo nada de lo que pasó a la a la sonora mañana siguiente, la voz de mi amigo me despertó, diciéndome que ya venían por mí. Luego le pregunté a mi amigo cómo estaba, pero ya no me respondió quizá una hora o un poco más tuve comunicación con los rescatistas. Esta vez no tenía fuerzas para intentar ayudarlos. Además, sabía y sentía que el diablo me tenía bien atrapado de mi pie. Una luz me cegó cuando quitaron una roca que estaba sobre mí. No puedo describir la alegría que sentí. Una persona con casco me preguntó si estaba aplastado o atorado con algo como pude. Le dije que el diablo me tenía agarrado. Me dio una bolsita con agua, a la cual bebí con desesperación. Después de muchas maniobras, estiró sus manos para checar mis pies. Me aseguró que una pared estaba aplastando uno de ellos. Le repetí muchas veces que era el diablo el que no me dejaba salir y aparte se burlaba de mí. El rescatista me pidió tranquilidad. Era mucha más la desesperación que sentía al saber que las cosas se complicaban. Cuando estaba a punto de salir sin ningún cuidado, me estiraba. Trataba de safarme lastimándome todavía más. El rescatista me dijo que era difícil sacar mi pie porque estaba bajo toneladas de escombros. Me dijo que sufriría un horrible dolor al intentar sacar mi pierna. Eso me hizo recordar mi segunda pesadilla, en donde el diablo me arrancaba. El pie salió el rescatista por todo lo necesario. Cuando me quedé solo me habló mi amigo de nuevo me pidió que cuando estuviera afuera, le dijera a las personas que él estaba a un metro de mí para que sacaran su cuerpo. En ese momento no comprendí sus palabras. Minutos después regresó al rescatista. En ese momento entré en conciencia de lo que me iba a hacer. Me llené de terror de lo que podía sentir cuando comenzó a liberar mi pie yo comencé a llorar y a gritarle al diablo porque me atormentaba así y no dejaba de escuchar esa risa siniestra que taladraba mi cerebro. En el momento que me sentí liberado, aquella risa macabra cesó. Esta persona pasó una cuerda alrededor de mi pecho. Luego desapareció por el mismo agujero por donde había entrado. Poco a poco me fueron sacando, aunque me atoré varias veces, al fin pude salir deshecho, rasgado de mis ropas, lleno de sangre y de polvo, deshidratado. Nunca supe quién me rescató. No pude darle las gracias porque al salir se mezcló con todas las personas que estaban ayudando. Cuando estuve afuera de los escombros, me encandiló la luz Era un bullicio horrible. Había gritos de desesperación por todas partes. Se escuchaban silbidos, sirenas y radios. De frecuencia todo el mundo hablaba. El ambiente estaba lleno de polvo, de cemento, había humo por todas partes, pero además se podía percibir el dolor y la desesperación de las personas. Alguien preguntó si me llevaban con los vivos o con los muertos entre varias personas. Me colocaron en una camilla hasta subirme a un vehículo. Antes de partir, les encargué que rescataran a mi amigo en la caja de una camioneta particular, junto con otras dos personas que gritaban todo el tiempo. Fue donde me trasladaron a un hospital improvisado. Me atendieron en medio de muchos sobrevivientes médicos enfermeras. Corrían de un lado para el otro, desesperados y llenos de sangre ese lugar olía a muerte. Muchas veces fueron personas extrañas a verme buscando quizá a un familiar. Ahí estuve por dos días, los cuales fueron terribles hasta que mi papá me encontró. Esto no lo digo como un reclamo, pero cuando salí ya no traía mis anillos, el reloj ni una cadena con un dije. No puedo asegurar que me los quitaron. Lo más importante era que seguía vivo. Nos fuimos a casa de unos tíos, mi papá, mi hermana y yo, porque mi mamá seguía de nero desaparecida. Yo siempre tuve la esperanza de que estuviera viva, pero fue una más de las víctimas de ese día. Vivimos un año con nuestros familiares. Durante ese tiempo viví atormentado. Tardé mucho para recuperarme, no sólo de las heridas que ya de por sí eran bastantes. Tampoco podía borrar aquella horrible risa de mi mente y de todo lo que me había hecho pasar el diablo. Hasta la fecha sufro de claustrofobia. A pesar de recibir atención psicológica y muchas terapias, nunca les conté a mis tíos que fue el diablo el que me hizo todo este daño. Aunque por largo tiempo sufrí de muchas pesadillas, las cuales me hacían despertar gritando por las noches, siempre me tuvieron paciencia. El tiempo pasó como pude hice mi vida solamente dos veces asistía a una misa que se hacía en honor a todos los difuntos del terremoto. Pero era más el daño que me hacía. Al recordar cuando comenzaba a olvidar el diecisiete de septiembre del dos mil diecisiete, dos días antes de mi cumpleaños me pasó lo impensable. Tuve la misma pesadilla de hacía ya treinta y dos años que había transcurrido el terremoto. Ya tenía muchos años de no tener un sueño tan terrible. Me soñé en aquel multifamiliar. Mi departamento retumbaba de una manera ensordecedora. Cuando volteé hacia la cocina, ahí estaba mi mamá mirándome de una manera que me dieron escalofríos. Al verla bien, estaba toda mordida. De pronto el suelo desapareció y los dos caímos quedándonos enterrados juntos, uno frente al otro. Mi mamá me miraba sin parpadear. Enseguida todo, se volvió oscuridad y aquella risa, la misma risa macabra que tantos escalofríos me daba, se empezó a escuchar. Quise escapar, pero el diablo mordió una de mis manos. Como pude logré safarme antes de salir de los escombros, mordió mi pie izquierdo. Cuando me liberé, supe que lo había perdido al despertar la sensación, el miedo y la preocupación de lo que podría ocurrir. No me dejaba tranquilo. Aunque vivíamos en una zona de bajas probabilidades de sismo no podía. Con mis nervios me volvieron todos los recuerdos, los miedos, los escalofríos e incluso me dolía el pie en el que sufrí mucho daño. Para no entrar en crisis, me fui a la iglesia que estaba cerca de mi casa y hablé con el sacerdote. A partir de esa noche me la pasé rezando pidiéndole a Dios que no permitiera que, de nueva cuenta el diablo se hiciera presente para atormentarme. Tenía la terrible sensación de que alguien me miraba y en cualquier ruido que escuchaba, me parecía oír aquella horrible risa del diablo. El día de mi cumpleaños número cincuenta y nueve. Estuve temblando desde las seis de la mañana del miedo y los nervios que tenía, Pero no fue hasta después de mediodía que mi temor se volvió una realidad por increíble que parezca y contra todas las probabilidades, ese día volvió a temblar en la Ciudad de México. Le agradecí a Dios que no me pasó nada ni a mi familia, aunque las cosas no fueron fáciles. Aún ver los noticieros fue un trauma. Me hizo volver a recordar a mi amigo que me habló cuando estaba bajo los escombros y después supe que había muerto también a mi mamá, sabiendo que no era un caso normal lo que me había pasado. Visité sacerdotes curanderas, doctores e incluso una bruja. Quería encontrar una explicación y saber de una vez por todas si estaba embrujado o tenía una maldición. Uno de ellos que prefiero no mencionar. Me pudo ayudar porque cinco años después, el diecinueve de septiembre del dos mil veintidós, volvió a ocurrir. Tembló de nuevo en México, pero gracias a Dios, esta vez no tuve pesadillas ni presentí nada supe así que por fin me había liberado del diablo. Hoy, a mis sesenta y cinco años, todavía no comprendo el por qué me pasó todo esto. Creo que nunca lo entenderé, ya no vivo ahí, salí huyendo de esa ciudad, pero a donde vaya, nunca jamás podré olvidar el terremoto del ochenta y cinco ni la siniestra risa del diablo que me atormentó durante el incidente. No sé si el día de mi cumpleaños está maldito entre cadáveres. Para iniciar con mi historia. Pido perdón a todas las personas que se vieron afectadas con mi proceder. Les aseguro que me he arrepentido infinidad de veces de haberlo hecho e incluso me convertía al cristianismo. Espero no herir su sensibilidad al contar lo sucedido en ese tiempo. Vivía en la ciudad de México. Era muy joven, si acaso tendría unos diecisiete años. Andaba en malos pasos y en malas compañías, también cosas de la vida. Desde los trece estaba en situación de calle. Eso me hacía sentir libre, tomaba consumía sustancias, no esperaba nada bueno de la vida. Conseguía dinero como fuera. Llegué a robar con tal detener lo que tanto necesitaba. No es pretexto, pero mucho de lo que hice fue bajo los efectos de todo aquello. Todo comenzó una mañana, era un jueves. Ese día me desperté alrededor de las ocho porque el sonido de las ambulancias se escuchaban por todas partes. Me quedaba en un lugar solitario, muy cerca del estadio de béisbol, parque del seguro social se suponía que ese día para mí sería como cualquier otro ni enterado estaba de que había sucedido un sismo en la ciudad. Me levanté aturdido con una resaca horrible. Al caminar sentí todo diferente. Me dirigí al panteón donde me reunía con algunos amigos. Cuando me los encontré, me dijeron lo del terremoto. Al momento miramos eso como la oportuno de agarrar muchas cosas sin riesgo de ser detenidos. Sin conocer las dimensiones de la tragedia. Nos fuimos a un conjunto habitacional que había colapsado. Me quedé sorprendido. El panorama era estremecedor. Lo que antes era un edificio enorme estaba convertido en una montaña de escombros y fierros retorcidos. Había humo fuego polvo por algunas partes, parecía una zona de guerra. Aún así, comenzamos a buscar entre los escombros cosas de valor. Todo aquello era ya un nido de gente que, en medio de su desesperación por encontrar a las personas, ni se enteraban lo que nosotros andábamos haciendo. Nos topamos con gente saliendo de los escombros por su propio pie, totalmente cubiertos de polvo y sangre. Otros se arrastraban hasta que alguien los ayudaba. Encontramos a mucha gente fuera de sí pidiendo ayuda mientras movían piedras con sus manos ensangrentadas, gritaban los nombres de sus familiares. No les importaba que sus gritos fueran opacados por las sirenas de las ambulancias. Las personas corrían con sus familiares en brazos, no sólo pidiendo ayuda médica, también tratando de ponerse a salvo, porque a esa hora todavía algunas estructuras caían en pedazos. No pude dejar de sentir un escalofrío por esa escena. Me sobrepuse a todo aquello y busqué un lugar alejado para ver qué encontraba. Ya eran muchas las personas que auxiliaban a los sobrevivientes. Me subí en un cerro de escombros. La mayoría de los rescatistas se concentraban en la parte de abajo. Caminaba sobre las piedras cuando en medio de todos esos gritos, alguien me pidió ayuda, volteé y salvo algunas pocas personas que quitaban piedras ahí arriba no había nadie más. Pensé que podría ser alguien que estuviera atrapado o quizá enterrado, porque no lo veía por ninguna parte, por más que busqué no estaba nadie. Tal vez el grito venía de otra parte, estaba moviendo piedras para ver si miraba algo de valor. Cuando me gritaron por ayuda, esta vez lo hicieron más fuerte casi en el oído. De nuevo volteé a ver a las personas me di cuenta que sólo yo escuchaba que pedían auxilio. Me puse un poco nervioso porque varias veces me atoré con algunas varillas o alambres, tal vez por los gritos que escuchaba. Ya me encontraba nervioso. Yo sentía que alguien me agarraba o me jalaba del pantalón alcancé a ver cómo una persona con ropas desgarradas se metía entre unas enormes piedras, pensando que era el sobreviviente que me hablaba. Fui a ver, pero no había nadie me puse a buscarlo. Luego el mismo grito se escuchaba en otra parte. Caminaba hacia allá y ya no se escuchaba nada. Me sentía confundido. Pensé que todo lo estaba imaginando. Por eso mejor decidí cambiar de lugar, pero a donde me fui y me pasó lo mismo. Algunas personas me pedían ayuda. Lo lo raros, pero era que nada más las escuchaba. Yo nunca había vivido algo parecido. Supuse que había personas enterradas en todos lados y eran ellas las que gritaban, pero yo no estaba para ayudar, así que de nuevo me enfoqué en lo mío. Aún así no podía dejar de pensar en lo que me pasaba. Quizá algunas personas no sabían que ya estaban muertas y sus espíritus andaban deambulando entre los escombros que fuera eso verdad. Me ponía nervioso. Ya por la noche regresamos al lugar donde nos reuníamos las terribles imágenes. Aquellos gritos y lamentos se me quedaron grabados. Los escuchaba todo el tiempo, a pesar de ya estar lejos de los derrumbes. Les conté a mis amigos lo que había escuchado. Lejos de creerme, se burlaron de mí aseguraron no haber visto nada raro. Uno de ellos nos dijo que unos hombres nos ofrecían mucho dinero para robar niños por la situación que estaba viviendo la ciudad. Sería fácil, porque había muchos niños perdidos entre los escombros. Caminando por ahí sin rumbo, pero eso ya eran palabras mayores. Yo me negué desde un principio y les dije que lo que estábamos haciendo era más que suficiente. Dos se pusieron de acuerdo y se fueron con esas intenciones. Nosotros, los restantes, tres en total, escondimos lo que habíamos encontrado. Minutos después, de nuevo caminamos a la zona de derrumbe para ver qué más podríamos encontrar. Antes de llegar. Nos pusimos de acuerdo para que, en lugar de buscar entre los escombros, le quitáramos las cosas a las personas rescatadas. El edificio caído era bastante grande, ciento cincuenta metros de largo o más, había mucho de donde agarrar. Esta vez nos hicimos pasar por rescatistas para no despertar sospechas porque ya estaban los militares. Sí, ayudamos sólo que al mismo tiempo despojamos de sus pertenencias, a los cuales cuerpos de heridos o muertos. No puedo decir que agarrábamos cosas en abundancia, porque cuando salía un cuerpo, mucha gente se remolineaba a su alrededor, algunos con buenas intenciones, pero otros como nosotros, no así. Estuvimos hasta el amanecer, después de pasar una noche inquietante, escuchando gritos de dolor y mirar que mucha gente si estaba ahí para ayudar, nos retiramos porque, por lo menos a mí me entró el remordimiento y decidí ya no regresar otra vez. No entendía por qué los gritos espantosos de la gente seguían retumbando dentro de mi cabeza. Era como si algo se me hubiera metido para no dejarme en paz. No era que estuviera cansado. Además, ya no andaba bajo los efectos de nada. El problema era que no sólo escuchaba cosas raras que me perturbaron todo el camino de regreso. Llegué a pensar que alguien me venía siguiendo porque sentía una presencia y una mirada detrás de mí. No sé cuánto tiempo descansamos donde estábamos reunidos. Llegó un amigo que trabajaba de guardia en el parque de béisbol. Conociéndonos como éramos, nos dijo que al estadio del Seguro Social llevarían los cadáveres del terremoto porque ya no había lugar en las morgues, que fuéramos a ayudarle, porque habría dinero de por medio, a lo que pronto dijimos que sí y nos fuimos. Cuando estuvimos adentro del estadio, ya tenía rato que estaban llegando los cadáveres de primero se pusieron tres carpas, una para los cuerpos identificados, la segunda para los no identificados y la tercera para los restos. Pero como volvió a temblar, hubo más muertos. Fueron tantos que poco a poco se empezó a llenar todo el campo. Nuestro amigo nos dijo que nuestro trabajo era cubrir con sábanas y cuidar los cadáveres. Pero aprovechándonos de eso le quitáramos las pertenencias a los cuerpos. Si no lo hacíamos nosotros como quiera, alguien más lo haría, como ya lo habíamos hecho, estuvimos de acuerdo. El escenario era este espantoso. Muchos muertos, había ancianos, jóvenes, mujeres niños, con la muerte dibujada en sus rostros, algunos en muy mal estado, tanto que daba miedo verlos hasta el estadio llegaban las personas tratando de encontrar a su abuela, su papá o algún hijo. Era un desfiladero de gente muchos llorando y gritando cuando reconocían un cadáver otros desconsolados al no encontrar a su familiar. Las primeras horas todo se volvió un caos de la impresión que tenía. Sentí que se me bajó lo que había consumido. Nuevamente hicimos nuestro trabajo. Yo no estaba acostumbrado a tratar con muertos mucho menos, así como algunos estaban. Por lo mismo, Pronto me vi lleno de sangre. Confieso que estaba horrorizado y sentía náuseas. Nunca me imaginé que vería una cosa así. Entrada la madrugada me di cuenta que se escuchaba un llanto diferente. No era de las personas que buscaban familiar. Además, ahí no había heridos. Este llanto erizaba la piel iba y venía. No sé cómo podía escucharlo. En medio de tanto, lamento dominando mis nervios, comencé a caminar entre las filas de los muertos, pensando que tal vez alguien había llegado vivo, pero por más que busqué no podía ser. Era más que evidente que todos eran cadáveres. Caminar entre todos esos muertos me producía escalofríos. El mismo ambiente estaba impregnado de un olor a sangre y a muerte. La mayoría de los cuerpos estaban cubiertos con sábanas que llevaba la gente Sólo se les dejaba la cara descubierta para su reconocimiento, así como si estuvieran embalsamados. Lo digo con todo respeto. Era horrendo. Lo peor fue mirar que algunos de los cadáveres se movían. Mi primera reacción fue intentar correr creí que algunos se querían levantar, estiraban los brazos o se estremecían. Yo nunca había visto él. Por lo mismo, me sentía tieso al caminar de regreso, como pude, apuré el paso. Muchas cosas macabras pasaban por mi cabeza sobresaltado. Miré que algunos cadáveres tenían los ojos abiertos, pero al pasar por un lado de ellos lo cerraban rápidamente. Tal vez era mi cargo de conciencia por haberlo robado. Me preocupé por las cosas que veía y me empezó a dar más miedo, algo que yo, siendo un joven de la calle, nunca había sentido menos como esa noche. Yo sólo me quería convencer que todo eso lo imaginaba por las cosas que había ingerido o por lo menos así lo deseaba, porque me horrorizaba pensar que estaba perdiendo la razón o peor aún que todo fuera real. Me encontré con uno de mis amigos y le platiqué lo que miraba con una sonrisa burlona. Me dijo los muertos no se mueven. Es tu miedo y tu imaginación. Conforme avanzaba la madrugada, comenzaron a ocurrir otras cosas extrañas. Algunas personas que actuaban con desinterés se paraban frente a las filas de muertos. Luego se los llevaban bajo la supervisión del amigo que nos había llevado Alcancé a ver que le dieron un sobre y comencé a sospechar que mi amigo estaba vendiendo los cadáveres a gente extraña, así como si fuera una mercancía. Cualquiera en cuanto pude, me fui y le pregunté lo que estaba pasando. Me dijo que era mejor que no supiera como insistí. Me dio a entender que esas personas eran estudiantes de medicina. Después de unos minutos me convenció de ayudarle también con eso. Sólo esa noche hasta en tres ocasiones regresaron aquellas personas siempre eligieron cuerpos sin identificar cuando iban a dar las cuatro de la mañana. No sé por qué. Una señora me llamó la atención. A pesar de tanta gente, ella se miraba muy diferente, no sólo por su forma de vestir, también como actuaba. Esculcaba los cuerpos como quitándoles algo extrañado me acerqué para hablar con ella. Ya me faltaban unos metros para llegar. Cuando mi amigo me agarró del brazo, me preguntó disgustado cuál era mi trabajo. Después de contestarle me dijo que dejara en paz a la mujer porque ya había pagado para estar ahí. Me advirtió que no me metiera con ella, porque esa señora era una bruja poderosa que podría dañarme si obstruía su trabajo. Le contesté que estaba bien. Me miraba mientras me dijo que si no podía con el trabajo, me pagaba para que me fuera. Los muertos no son de nadie. Seguramente se irán a la fosa común. Lo escuché decir de una manera bastante fría. Mirando el drama de la gente, me comencé a sugestionar ya no quería ser parte de eso, pero otra oportunidad, así como esa de ganar dinero fácil. Quién sabe cuándo se volvería a presentar. Ya habían pasado dos días con sus noches. Lo que voy a decir ahora lo digo con todo respeto. El olor a muerto se hizo presente. Era un proceso natural. Por eso llegaban ndo camionetas con bolsas de hielo, con las cuales tratábamos de cubrir los cuerpos, claro que no eran suficientes. Por eso también les echábamos sal Como eso no bastaba. Algunas personas con batas blancas llevaron un líquido y rociaron los cadáveres. Según eso era para retrasar lo más que se pudiera su descomposición, esperando que pronto fueran identificados y entregados a sus familiares. Una tarde comenzaron a llegar infinidad de cajas de madera para colocar los cuerpos que ya tenían más tiempo. Aún así, sin importar que fuera de día o de noche, el lugar se veía tétrico. Durante el tiempo que estuve ahí llegaron unos tres mil muertos, de los cuales muchísimos se quedaron sin identificar. Algunos se los llevaron a la fosa común. Otros se fueron a lugares desconocidos. Casi a la semana de estar en el estadio, miré una figura parada al final del parque. Era muy alta, vestía de negro y pare cría que cuidaba los cadáveres. No se movía de su lugar más que una persona. Parecía una aparición. Lo primero que pensé fue que era la muerte. Lo único que se me ocurrió fue ponerme a rezar. Así lo hice hasta que no la miré más. La última noche que estuve ahí, recuerdo que ya no aguantaba. Me había puesto un pañuelo para cubrir nariz y boca. De hecho, todos lo traíamos. Me ardían mucho los ojos, así como el pecho, seguramente por todo lo que estábamos respirando, quizá por el cansancio. Me dolía también mucho la cabeza. Serían las cinco de la mañana. Ya me estaba quedando dormido. Cuando escuché gritar a un niño buscando a su mamá, me puse a buscarlo con la mirada en trescientos de cajas y cadáveres tirados A lo lejos, miré como una pequeña silueta. Se levantó de entre los muertos, corrió unos metros y se acomodó en otro lugar. Me quedé mirando unos minutos. Cuando lo hizo de nuevo supe que ya no era normal. Un niño no andaría jugando entre los muertos, simplemente por el aspecto que éstos tenían lo hubieran espantado. Además, no soportaría el terrible olor. Caminé despacio hasta donde lo ubicaba. Al llegar ahí había desaparecido, lo busqué entre las cajas y nada. Cuando comprendí que era un fantasma, sentí un tremendo escalofrío y me regresé tratando de no verles la cara a los difuntos. Caminé un poco cuando otra vez lo escuché gritar. Le hice una seña a uno de mis amigos que estaba por ahí para que se acercara. Le pregunté si escuchaba a ese niño gritar. Me miró extrañado y me aseguró que no Me ofreció algo para calmar los nervios, pero no lo quise aceptar. No sé por qué. Volteé de nuevo hacia las cajas y pude ver cómo alguien sacaba la cabeza detrás de una de ellas. Le grité a mi amigo que ahí estaba como él no miraba nada. Me o o o o dijo que ya estaba muy afectado, que sería bueno que mejor me fuera a descansar. Estuve de acuerdo. Ni siquiera pedí la paga de ese día. Quería salir corriendo de ese tenebroso lugar lo más pronto que se pudiera. Ya en la calle estuve seguro que nunca más regresaría. De hecho, me lo juré muchas veces, pero el daño ya estaba en mi cabeza. Tal vez por la culpa de lo que había hecho, me encontraba muy alterado. Los gritos llantos y ruidos retumbaban en mi memoria, así como las sirenas de las ambulancias, además de imágenes grotescas de cuerpos desfigurados. Así estuve por unos días casi delirando, tirado en una casa abandonada muy cerca de ese estadio de béisbol, mirando siluetas deformes y sombras que se escondían entre las cosas. Pensé que había llegado mi fin, porque aquella figura alta y vestida de negro que miraba en el estadio se apareció una noche. Al verla tan cerca, comprobé que si era la muerte quien se gn puramente venía por mí para castigarme. Por lo que había hecho en ese momento me arrepentí de todo y me entregué a Dios. Me puse a rezar con toda mi devoción hasta que aquella figura esquelética desapareció de mi vista. Me fui de ahí y me metí a un centro de rehabilitación, donde pasé noches espantosas, no nada más por la falta del consumo que el cuerpo. Me pedía también por las cosas que escuchaba e imaginaba me ponían tranquilizantes, porque cuando miraba muertos ensangrentados que me pedían sus pertenencias, gritaba y corría pidiendo ayuda. Llegué a golpearme muchas veces porque chocaba con las paredes. Meses después me atrevo a decir que salí de ese lugar muy mejorado a nivel físico y mental. Me acerqué a un templo y comencé una nueva vida cerca de Dios. Con el tiempo. Supe que aquel parque de béisbol donde viví todo aquello fue derrumbado en el año dos mil. En su lugar construyeron un centro comercial llamado Delta. Años después me atreví a visitar ese lugar para mi sorpresa, el solo hecho de entrar ahí me regresaron los recuerdos de todo aquello. Vinieron a mi mente imágenes espeluznantes de cuando caminaba en medio de miles de muertos que, a pesar de estar tiesos, se movían y abrían los ojos. Esos recuerdos de los cuales pensé que ya estaba liberado, vivían muy dentro de mí. Apenas iba a salir de ahí. Cuando pasó una cosa espantosa, escuché un niño gritarle a su mamá, supe que era el mismo que miraba la última noche que pasé en aquel depósito de cadáveres a pesar de la gente, me pareció ver que corría y se escondía entre las cosas, así igual como se escondía entre las cajas de los muertos. Muchos años atrás, caminé al lado contrario buscando la salida, pero llegó un momento que me sentí perdido. Empecé a mirar personas ensangrentadas que caminaban sin ningún ruto. Rumbo a punto de perder la razón, clamé de nuevo a Dios y pude salir De ahí. Jamás regresé a ese lugar, pero sé que cientos de almas se encuentran atrapadas en ese sitio y nadie se ha preocupado por ayudarlas a llegar a la luz. Les reitero mi arrepentimiento. Les pido perdón a los familiares de las víctimas, pero sobre todo a ellos los muertos del terremoto, por las cosas que les hice aquel diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco. El terremoto nos hizo ver las dos caras de los seres humanos, la de la bondad y solidaridad, así como también el lado oscuro y macabro que todos tenemos. Aunque sabemos que no son reales. Las cifras oficiales hablan de alrededor de cuatro mil muertos, además de miles de desaparecidos. Acepto que yo contribuí con todo aquello relatos escritos y adaptados por Gato negro