Ataque De Demonio Historias De Terror - REDE

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Ataque de demonio. Hay ocasiones en las que uno cree conocer a las personas con el hecho de tratarlas un poco. Creemos que las conocemos. Nos formamos una imagen de ellas y hasta somos capaces de defenderlas o, por lo contrario, de ser emisores un juicio de valor sin darnos cuenta de que ni siquiera las conocemos lo suficiente. Anteriormente tenÃa esa mala costumbre por el hecho de tener cercanÃa con alguien podrÃa decir que era una buena o mala persona. Con el paso del tiempo, fui cambiando esa postura porque la misma vida se encargó de enseñarme lo contrario. Me casé cuando era joven, tuve cuatro hijos de mi matrimonio. Durante un tiempo rentamos una casa en Querétaro, un poco retirado del centro de la ciudad. Después de cinco años pudimos comprar una casa en la colonia Jardines de la Hacienda era un lugar fraccionado en el que empezaban a venderse las casas. Cuando nosotros llegamos a esa colonia, habÃa pocos vecinos. Las casas se fueron vendiendo y el vecindario se fue llenando de gente. Siempre fue una colonia tranquila en la que se vivÃa muy a gusto querétaro. Era una ciudad en la que se podÃa vivir con seguridad. El mayor de mis hijos era un adolescente de diecisiete años y el más pequeño tenÃa seis años. La casa de enfrente estaba en venta después de varios meses que permaneció sola. Recuerdo el dÃa que llegó una familia, era una pareja joven. Ese dÃa no se me olvidó porque mi hijo, el más pequeño, se cayó de la bicicleta, ya que estaba aprendiendo a usarla y se rompió su brazo iba de salida hacia el hospital. Cuando vi un camión de mudanzas estacionado enfrente de mi casa, no le presté tanta atención por la prisa que tenÃa de atender a mi hijo, que lloraba constantemente. Estuve en el ocio por más de cuatro horas. Cuando regresamos ya comenzaba a oscurecer, aunque venÃa cansada y abrumada por lo sucedido con mi hijo. Me alegró ver que habÃa movimiento y luz en la casa vecina. Pensé que por fin esa vivienda ya no estarÃa abandonada. TendrÃa vida con una nueva familia. Mi hijo Manuel dejó de asistir a la escuela por unos dÃas, en lo que se adaptaba a traer el yeso y a practicar escribir con la mano izquierda, ya que él era diestro y no sabÃa usar la otra mano. Esos dÃas que él estuvo ahÃ, se entretenÃa saliendo a jugar al jardÃn desde el interior de la casa, lo podÃa vigilar y ver que todo estuviera en orden. En una de esas ocasiones en las que estaba jugando con su pelota, vi cuando salió de la casa de enfrente una señora joven muy bonita llevaba de la mano a un pequeño de la edad de mi hijo Manuel. Otras dos niñas la acompañaban. Ella. Se dio cuenta que la estaba viendo y me sonrió la saludé con la mano mientras la veÃa cómo se retiraba apresuradamente. Cada año después que empezaban las clases. En el mes de septiembre, la escuela convocaba a una reunión de padres de familia para conocer al nuevo maestro del ciclo escolar y dar los parámetros para calificar tareas y exámenes, asà como pedir el apoyo de cada uno de nosotros para el mejor desempeño de nuestros hijos. En esa junta me encontré con mi nueva vecina. Ella en cuanto me vio esbozó una gran sonrisa. Se notó que le dio mucho gusto ver a alguien conocido en esa escuela. Al terminar la reunión, ella se acercó conmigo, se presentó, me dijo que se llamaba Diana y que su hijo era Alfredo. Nos quedamos unos minutos platicando sobre la calidad de la escuela. Le di información sobre algunas cosas básicas del colegio. Ella me comentó que también tenÃa otras dos niñas. Después de esa sencilla conversación, cada una nos retiramos si no nos nos fuimos a nuestras casas. A partir de ese dÃa empecé a tener más relación con Diana, porque con frecuencia nos veÃamos en la entrada o en la salida del colegio. Además, nuestros hijos más pequeños empezaron a hacer amistad. Diana era una mujer joven, aunque ya era madre de tres hijos. Su belleza era notoria. Al lado de su esposo Alfredo, se percibÃa que eran una familia unida y de buenos principios. El matrimonio era católico y devoto y asistÃan los domingos a misa. Diana comenzó a involucrarse en actividades escolares del colegio. Ella se postuló para asistente de la maestra durante el horario en el que estaban sus hijos en el colegio. Como ella tenÃa tiempo libre para colaborar en actividades escolares, estuvo un tiempo ofreciendo sus servicios. Seguramente, la maestra vio sus aptitudes para la docencia y tenÃa los estudios requeridos para hacerlo. La postularon como maestra de catecismo ya que el colegio era católico. En aquel tiempo, el director del colegio era el padre Ramón. Desde un principio, ella comenzó una buena relación con el sacerdote. Cuando tenÃa oportunidad, Diana entraba a la dirección asistir al padre en las necesidades que tuviera. Se quedaba hasta más tarde para después retirarse con sus tres hijos. HabÃa ocasiones en las que ya tenÃa más de dos horas en mi casa cuando la veÃa regresar del colegio. Desde mi perspectiva, creÃa que ella formaba la familia ideal y que mantenÃa una relación sana con su esposo y sus hijos. Eran muy educados, por lo que suponÃa que era por el tipo de formación y ejemplo que les daban sus padres. HabÃa ocasiones en las que el niño pequeño de Diana iba a jugar con mi hijo. Se quedaban por las tardes jugando en el jardÃn de mi casa. Luego ella iba por su niño. Platicábamos de cotidianidades. En una ocasión en la que Diana cruzó la calle para ir por Alfredit, me platicó que ella era originaria de Mazatlán y que habÃa ganado un concurso de belleza. En ningún momento lo dudé porque era muy bonita. Me dijo que sus padres le habÃan heredado una buena cantidad de dinero con el que pudo comprar la casa en la que vivÃan. De repente, el pequeño Alfredo se cayó, se puso a llorar intensamente, se habÃa raspado una rodilla. El pobre de mi hijo Manuel estaba muy asustado. El de inmediato dijo que habÃa sido un accidente. Asà lo tomó Diana ni siquiera se molestó. Le agradecà mucho por el detalle que tuvo hacia mi hijo. Le dijo que no se preocupara eran juegos de niños. Una vez Diana llegó muy asustada a la casa. Su hijo Alfredo tenÃa temperatura muy alta, ya le habÃa dado medicamento y le habÃa puesto compresas de agua tibia y la fiebre no cedÃa. Ella estaba muy angustiada porque tenÃa antecedentes de que sus hijos convulsionaban con un poco de fiebre. A su hijo hija mayor, Andrea, ya le habÃa sucedido. Su esposo Alfredo no estaba, por lo que no tenÃa auto. Mi esposo, que en aquel tiempo todavÃa vivÃa, se encargó de llevarla al hospital más cercano para que atendieran al pequeño. Un poco más de tres horas regresaron con alfredito en brazos. A partir de esa ocasión, Diana mostró agradecimiento y tuvimos una relación un poco más estrecha. Ella en ocasiones iba en las tardes a llevarme una gelatina o un pedazo de pan que habÃa cocinado. Era su manera que tenÃa para continuar agradeciendo el favor que le hizo mi esposo. Una vez llamó mi atención que ella llegó un poco apresurada a la casa. Tocó con insistencia en la puerta como si tuviera mucha prisa. Le abrà de inmediato. Pensé que el pequeño Alfredo nuevamente estaba enfermo, pero no se trataba de eso. La invité a pasar a mi casa. Diana iba sola y se le notaba inquieta porque caminaba de un lado hacia el otro. Después se asomaba por la ventana. AbrÃa un poco la cortina para después cerrarla enseguida y se ocultaba en la pared como si se escondiera de alguien y no querÃa que la viera. Esa primera vez que la vi extraña, le pregunté por sus hijos porque no estaban con ella y si algo le preocupaba, no tenÃa por qué dejarlos solos en su casa. Ella me respondió que su esposo Alfredo se los habÃa llevado al cine, pero que ella no quiso ir porque le aburrÃan las pelÃculas animadas. Mientras me contaba lo del cine, seguÃa inquieta y asomándose por la ventana hacia su casa. Le pregunté qué le ocurrÃa ella con un tic nervioso que se le notaba porque se agarraba con mucha frecuencia a su cabellera. Me dijo que estaba teniendo muchos problemas con su esposo Alfredo. Ãl la acusaba de que tenÃa una relación con el padre Ramón. Sin ningún motivo comenzó a carcajearse de una manera grotesca. Tratando de disculparse. Me dijo que el sacerdote sólo era su guÃa y su confidente, pero que entré los dos. No existÃa ningún tipo de relación amorosa. No quise contradecirla porque en realidad no tenÃa la certeza. Pero ya en el colegio se corrÃa el rumor de que ella mantenÃa un interés por el padre Ramón. Sin embargo, todo era basado en supuestos, asà que le di el beneficio de la duda. Le pregunté por qué se asomaba tanto a la ventana. Acaso estaba esperando a alguien que no querÃa que llegara o de qué se trataba. Ella tomó una actitud muy extraña. Se acercó conmigo para susurrarme al oÃdo que alguien la estaba siguiendo. Por eso se escondÃa. Casi siempre le pasaba eso cuando se quedaba sola en los momentos en los que estaba con sus hijos o con su esposo, nadie la seguÃa. Le dije que no entendÃa lo que me querÃa decir. Le pregunté si una persona la acosaba o qué sucedÃa. Ella me hizo la señal con el dedo para que guardase silencio. Me respondió en voz baja que nos estaban escuchando. Esa fue la primera vez que noté que tenÃa una conducta no tan normal. Creo que no se atrevió a decirme todo lo que le pasaba por temor a que no le creyera, porque tenÃa una mirada de miedo con los ojos abiertos y las pupilas dilatadas. Respiraba agitadamente al mismo tiempo que mantenÃa una conducta de alerta. Se asustaba con cualquier ruido. Dejé de mantener una relación tan estrecha con ella porque mi esposo enfermó Cada vez que se ponÃa mal, habÃa que llevarlo al hospital. Mi hijo, el mayor, ya sabÃa conducir por lo que él nos llevaba en el auto de su padre. Ãl empezó a perder la motricidad de sus piernas y sus brazos. Sà podÃa caminar, pero con cuidado. Asà estuvo durante más de un mes hasta que un dÃa no se levantó de la cama. Cuando fui a ver qué le sucedÃa, me dijo que querÃa ir al baño. Al momento que se levantó o no se pudo sostener se fue de lado hasta que cayó. Por suerte, mi hijo el mayor ese dÃa no habÃa ido a la preparatoria. Fuimos a los hospitas. Tal mi esposo se quedó internado a las pocas horas. El médico me dijo que habÃa tenido un derrame cerebral. Su cerebro estaba inundado de sangre. Tuvo una hemorragia que le causó la muerte cerebral. Ya no habÃa nada que hacer por él, sólo esperar hasta que cada uno de sus órganos empezaran a fallar y después la muerte inminente. Esa noticia me dejó devastada. Fue una semana compleja en la que perdà de vista todo lo que estaba a mi alrededor. Sólo me concentré en mi esposo mientras estaba en el hospital. Diana fue a verme. Ella se ofreció a ayudarme con mi pequeño Manuel para llevarlo y recogerlo del colegio. Le agradecà mucho su voluntad de hacerlo. Aunque me encontraba en un estado desesperado. No pude dejar de darme cuenta de las acciones que tuvo Diana. Ella comenzó a caminar en el pasillo de la sala de visitas de un lado hacia el otro, al mismo tiempo que movÃa sus manos como si estuviese platicando con alguien. La verdad no no le tomé el interés suficiente. Bastante tenÃa con lo que me sucedÃa como para ver qué le ocurrÃa a ella. Sólo me llamó la atención que hubo un momento en el que ella se fue hacia el ventanal del hospital. ParecÃa como si alguien la estuviera sosteniendo del cuello y la hubiera empujado hacia la ventana. Ella abrió desmesuradamente los ojos, al mismo tiempo que hacÃa un movimiento con su cabeza para decir que no caminé hacia donde se encontraba Diana. En ese momento salió el médico y me nombró. Me dio la terrible noticia. Mi esposo acababa de morir. Ese fue un momento en el que me sentÃa aturdida, con un gran vacÃo en el alma y sin saber qué hacer ni qué pensar. Entré en un estado de shock en el que comencé a balbucear palabras sin sentido. Fue necesario que el médico me diera un tranquilizante los dÃas posteriores a la muerte de mi esposo. Lo que menos tuve fue atención hacia las demás personas. Ni siquiera la tenÃa para mÃ, asà que olvidé el incidente del hospital, el extraño suceso que tuvo. Diana entré en una depresión muy profunda, tanto asà que una de mis hermanas me aconsejó ir a terapia psicológica para tratar el duelo en un inicio. No estuve de acuerdo en hacerlo hasta que me convencieron hubo un antes y un después de la terapia. Poco a poco fui saliendo de ese estado doloroso. Conforme avancé con el psicólogo, me di cuenta que ya comenzaba a hacer la misma persona de antes, porque empecé a pensar en Diana a tal grado que le hice un comentario al psicólogo. Le pregunté si a una persona era posible que le sucedieran situaciones en las que imaginara las cosas o que tuviera un miedo grande a que la persiguieran sin haber motivo. El psicólogo me preguntó si asà me estaba sintiendo. Le dije que no era por una amiga. Le di un poco más de información. Ãl me respondió que podÃa tratarse de distintas enfermedades mentales. Una de ellas podrÃa ser la esquizofrenia. Ãl me dijo que la esquizofrenia era un problema delicado en el que afectaba a las personas en todos los ámbitos de su vida desde como pensaba, sentÃa y actuaba. Una persona con esquizofrenia podÃa tener dificultad para distinguir entre lo real y lo imaginario. Las personas solÃan tener alucinaciones en las que escuchaban una voz que les daba órdenes. El terapeuta ya no quiso adentrarse en darme más explicaciones. Me dijo que nos estábamos desviando del tema en el que la paciente principal era yo tenÃa razón en lo que me decÃa, aunque me hubiera gustado que me hablara más sobre enfermedades mentales, porque habÃa empezado a darme cuenta a partir de lo que sucedió en el hospital, que Diana estaba un poco perturbada. Quizás lo que necesitaba era atención psicológica. En ese momento fue cuando pensé que una manera de ayudarla era sugerirle que fuera también a terapia. Ese dÃa salà del consultorio del psicólogo con la premisa de ayudar a Diana de esa manera. Ya habÃa pasado varios meses en los que no tenÃa noticias de ella. Estuve atenta en mi vecina en tres dÃas. No tuve suerte hasta que la vi que salÃa hacia la escuela, traté de coincidir con ella. La noté delgada y desmejorada. Le pregunté cómo se sentÃa. Me dijo que las cosas no estaban bien. En su matrimonio. Peleaba mucho con su esposo. Se le notaba que se sentÃa abrumada porque nunca me contaba cosas tan personales. La invité a mi casa por la tarde. Ella me dijo que sÃ. Ese mismo dÃa estuvimos platicando. Cuando la vi más de cerca, noté unas ojeras profundas. También estaba un poco pálida. Ella me confesó que estaba separada de su esposo. Eran tantos los problemas que tenÃan que habÃan decidido divorciarse. Fue una noticia que me sorprendió, porque siempre habÃa creÃdo que tenÃan una buena relación. Ella no me dijo que parte de los problemas era porque estaba enamorada del padre Ramón y se sospechaba que mantenÃa una relación con él. Pero esos rumores lo supe en el colegio. Las demás mamás ya empezaban a hablar de ella. No me importaron los rumores que decÃan de Diana. Mi intención era apoyarla, porque esta vez, mientras fui a la cocina para tomarnos un café, la escuché hablando a solas. Me quedé unos minutos en el comedor tratando de entender lo que decÃa. No logré escucharla con claridad de lo único que me di cuenta fue que ella decÃa que no eso jamás lo harÃa que ya la dejara en paz. De nuevo regresé a la sala con ella de manera despreocupada. Le pregunté si todo estaba bien. Primero me dijo que sÃ. Enseguida dijo que no. Varias veces la tomé de la mano para decirle que podÃa confiar en mÃ. Mi única intención era ayudarla, pero creo que no me tuvo la suficiente confianza porque sólo me dijo que los problemas en su casa cada dÃa estaban peor. Alfredo ya se habÃa ido de la casa y cada dÃa que lo veÃa la trataba muy mal. Le decÃa cosas vergonzosas. Ãl no se daba cuenta que lo que ella realizaba no era porque lo decidÃa o lo querÃa hacer. Siempre habÃa alguien que le ordenaba que hacer. Esas palabras fueron las últimas que escuché de su boca. Le pregunté si habÃa acudido con el psicólogo. Me respondió que no lo habÃa hecho porque estaba segura que no la iba a poder ayudar con su problema. Lo que necesitaba era alguien que le sacara el demonio que tenÃa en su mente y en su alma. Por eso iba tanto con el padre Ramón, porque él sà la entendÃa y estaba tratando de ayudarla sin más preámbulo. Diana tomó su bolso y se marchó. Le dije que no lo hiciera, que la podÃa ayudar, pero ella ya no me escuchó. Salió de mi casa. Pensé que irÃa a la suya, pero tomó otro rumbo. Me quedé durante un rato tratando de pensar la manera en cómo ayudarla. Sin embargo, ella no regresó. Estuve en la sala con la cortina abierta para tratar de verla. Cuando regresara. Después de las diez de la noche, escuché un auto que se paró afuera de la casa de Diana. Ella bajó y se quedó durante unos minutos en la acera de su casa. ParecÃa que no querÃa entrar. Algo que llamó. Mi atención fue que parecÃa que platicaba con alguien más que platicar. Era una discusión, porque ella manoteaba al mismo tiempo que alzó la voz alcancé a escuchar un grito grotesco. En ese instante no pude creer lo que estaba viendo de nuevo, alguien la aventó hacia la reja del cancel. Lo sorprendente fue notar que comenzó a separar sus pies del piso como si una fuerza extraña la estuviera levantando. Sólo fueron unos segundos enseguida, la soltó y ella cayó al piso hincada. Ahà se quedó en lo que se recuperaba en cuanto pudo levantarse. De inmediato se metió corriendo a su casa. Lo más seguro era que sus hijos estaban dentro de la vivienda porque la luz estaba encendida. Fui para hablar con ella, pero no abrió la puerta. Regresé desanimada porque me di cuenta que los intentos que tuve de ayudarla no habÃan fructificado. Me acosté con la idea de que al dÃa siguiente irÃa con ella para darle todo mi apoyo. SabÃa que no estaba sola, porque veÃa que con frecuencia venÃa a visitarla una mujer con el cabello negro hasta los hombros. Supongo que era una amiga de muchos años. Esa noche me encontraba con mi hijo Manuel. Antes de las nueve de la noche nos fuimos a acostar. Me acomodé al lado de mi hijo. Su habitación daba a la calle. Desde ahà era posible ver con claridad la casa de Diana. Después que mi hijo se durmió iba a cerrar las cortinas cuando vi algo que llamó mi atención. Al mismo tiempo me dio escalofrÃos al interior de la casa de Diana. En la cochera vi una sombra era de un hombre alto y corpulento que caminaba hacia la entrada de la puerta principal. Era difÃcil ver con claridad de quién se trataba. Por un momento pensé que era el esposo, pero como si él se diera cuenta de que lo estaba observando, se detuvo y se volteó. Fue cosa de segundos en los que ese hombre se quedó viendo hacia mi ventana. TenÃa una cara horrible. Al mismo tiempo emitió un sonido siniestro que se escuchó en la calle. Silenciosa y vacÃa. Era como el graznido de un animal Enseguida con una rapidez extraordinaria, saltó hacia una de las ventanas del piso de arriba y se metió como si fuera un animal en cuatro patas. Me quedé durante casi una hora con la luz apagada para que ese ser no me viera si volvÃa a aparecer, pero no sucedió nada. La casa de Diana se veÃa oscura y en silencio. Ya pasaban de las diez de la noche. Al parecer, también ellos ya se habÃan dormido. No supe qué cosa fue lo que vi entrar en esa casa. Si fue un animal raro, un fantasma o un demonio. Ya no me quise ir a dormir a mi habitación. Me quedé dormida en la cama de mi pequeño porque tuve la sensación de que ese ser podrÃa trepar a la habitación de mi hijo. Tardé más de una hora en conciliar el sueño porque el nerviosismo me lo habÃa espantado, pero hubo un momento en que me quedé profundamente dormida. Sin embargo, unos gritos rompieron con el silencio de la noche. Era el pequeño Alfredo el que estaba gritando. Aún me sentÃa adormilada. No podÃa salir del sueño. Me levanté para ver qué estaba ocurriendo. Los gritos continuaron también las hijas de ella, Andre y Belén gritaban por toda la casa. En lo primero que pensé fue en el extraño ente que habÃa entrado, porque también escuché gritar a Diana. No supe qué hacer en ese momento si llamara a la policÃa o ir a ayudarlos, aunque honestamente tuve miedo de hacerlo. Sentà que si iba a su casa me podÃa ocurrir algo malo. El miedo hizo que no llamara a la policÃa porque me quedé parada por varias horas en la ventana hasta que todo quedó en silencio, pidiéndole a Dios que los protegiera. Por mucho rato. No me pude dormir hasta que comenzó el alba a aparecer. Ese dÃa no llevé a mi pequeño a la escuela. Nos quedamos dormidos. El ulular de una ambulancia y la patrulla me despertó. En efecto, algo trágico habÃa sucedido porque después de un rato empezaron a sacar en camillas los cuerpos ensangrentados de los pequeños. Jamás pensé que estaban muertos. Creà que solamente los habÃa herido. Ese ser siniestro. También Diana se encontraba bañada en sangre con la mirada perdida. La subieron a la ambulancia y partieron. La policÃa Se quedó durante varias horas haciendo indagaciones, tomando evidencias y entrevistando a cada uno de los vecinos. Cuando llegó mi turno de darles mi declaración, le les dije lo que habÃa visto. Sin embargo, ellos se rieron. Me dijeron que no estaban para inventos ni fantasÃas. QuerÃan saber exactamente lo que habÃa sucedido y que les dijera esa clase de mentiras no los ayudaba en absoluto. Esa fue la única vez que traté de decir la verdad. Ya no lo volvà a intentar por la manera en que vi que me insultaron los policÃas. Era difÃcil de creer, pero no imposible que pudiera suceder a Diana se la llevaron al hospital para curarle las heridas que se provocó en las muñecas de su mano con la intención de suicidarse. Después de varios estudios psiquiátricos, el médico dio el diagnóstico de esquizofrenia y que ella habÃa tenido un momento psicótico que provocó que matara a sus hijos. Por tal motivo se le determinó inimpugnable. Se la llevaron a una cárcel que tenÃa hospital psiquiátrico. Las autoridades determinaron una sentencia de treinta años en el psiquiátrico. Desde el momento en que sucedió esa tragedia, la casa quedó desolada. Nadie volvió a ella ni siquiera alfredo. Poco a poco, la vivienda se fue desgastando por el tiempo y quedando en pésimas condiciones a un lado que gente entraba a robarse los muebles. Más adelante, los jóvenes entraban para hacer fiestas y desmanes en ese lugar. Incluso hubo personas que entraban para hacer culto al demonio y realizar sacrificios de animales los vecinos. Empezamos a realizar reportes para que hubiera vigilancia en esa calle, pero las autoridades decidieron quitar el cancel y levantar una barda para que no hubiera forma de que entraran al lugar. Sin embargo, las personas se brincaban para tratar de entrar en ella. Llevó tiempo para que los que vivÃamos en esa calle fuéramos olvidando lo que ocurrió. Nunca lo pudimos borrar de nuestras mentes, pero al menos pudimos hacer nuestras vidas con un poco más de normalidad. Aunque hay algo que noté desde el o la primera noche que ocurrieron los asesinatos. Cada vez que me asomaba a la ventana que daba a la calle. Me parecÃa haber movimiento en las habitaciones de arriba, ya que eran los lugares de descanso de los pequeños hijos de Diana. He visto cómo se mueven las cortinas. A veces también he notado que algo se mueve en el jardÃn, como si el pequeño alfredito estuviera jugando con su pelota. Cuando les empecé a decir a los vecinos lo que veÃa, ellos me dijeron que estaba sugestionada por lo que habÃa sucedido y que creÃa que las almas de esos pequeños no estaban descansando. Por más que les dije que no era su gestión. Ellos no me creyeron. TodavÃa. Escucho la voz de alguno de ellos que dicen Mamá, Ayúdame, no me dejes aquÃ, sobre todo si me paro afuera de la casa de Diana, Desde la banqueta he escuchado las voces que me hablan en voz baja. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








