Dec. 16, 2023

Asistí A Un Aquelarre De Brujas Historias De Terror - REDE

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Caminando entre Brujas. Mi historia comienza en mil novecientos setenta en una comunidad rural de las muchas que había en el Estado de México. En el mes de octubre acostumbrábamos visitar una pariente de mi papá, aunque ya habíamos ido en ocasiones anteriores. No las recuerdo del todo porque era muy chico, pero esa vez sí, porque ya tenía nueve años de nuestra casa a la comunidad vecina donde vivía esa persona, hacíamos alrededor de una hora. No viajábamos por una carretera. Más bien era un camino poco transitado a la casa donde llegábamos. Era de una familiar de mi papá, la tía Lala, una señora ya mayor de edad que en ocasiones hablaba en un dialecto desconocido, sobre todo para mí. Además, tenía una particularidad, a pesar de ser ciega. Hacía todas las cosas cotidianas de manera normal. Preparaba la comida, barría, le daba de comer a sus sangres animales y rezaba el rosario todas las tardes. Confieso que a mí me producía miedo nada más de verla, aparte de tener los ojos cerrados, los tenía sumidos. Aún así parecía que me miraba. Volteaba la cabeza para donde yo caminara. Mi papá me decía que se guiaba mucho por el oído, por el sonido que hacían los animales. Sabía la hora que era. También sabía cuando iba a ser frío o iba a llover. Los perros le avisaban si alguien se acercaba y conocía el significado del canto de las aves. Así era su vida. Por supuesto que en su casa no había luz eléctrica. Por eso mi papá siempre llevaba algunas velas y así alumbrarnos las noches que pasáramos en su casa. Al ocultarse el sol su jacal, como ella le decía que estaba apartada de los demás, se quedaba en penumbras el sonido de los animales. Poco a poco se iba apagando el silencio de vez en cuando era interrumpido por el ruido de los grillos o las chicharras. Entonces la tía Lala empezaba a hablar de cosas raras. Se preparaba un cigarro de hoja y nos contaba que en las noches, sobre todo las más frías, bajaban las brujas a merodear por toda la comunidad. Aprovechaban cualquier descuido de la gente para llevarse algunos animales e incluso niños. Nos aseguraba que algunas de ellas se ponían los ojos de gatos para poder ver en la obscuridad. Otras brujas se transformaban en grandes aves con filosas garras con las que atrapaban a sus presas, las levantaban y en el aire les chupaban la sangre para después dejarlas caer desde las alturas quedando prácticamente secas. Cuando la tía de mi papá contaba esas cosas, yo me llenaba de miedo. Comenzaba a voltear para todas partes porque se escuchaban silbidos extraños. Al decir eso es porque no pareciera que los hiciera ningún humano. Trataba de mirar algo, pero a unos cuantos metros ya no se podía discer extinguir nada por la negrura del lugar. Ya a la hora de dormir, con la ayuda de mi papá, encerraba todos sus animales, los bendecía con oraciones extrañas y con una vara trazaba unas líneas en el patio. Las veces que le pregunté a mi papá lo que eran, me aseguró que no sabía. Luego que estábamos todos adentro cerraba la puerta con una tranca. Además aventaba sala a las dos ventanas de su casa formando una cruz en el aire. Después se sentaba en una mecedora y ya no se movía. Si durante la noche me daban ganas de ir al baño, me aguantaba porque afuera se escuchaba que alguien andaba caminando o en ocasiones intentaban abrir los corrales. Cuando eso sucedía, los animales hacían gran alboroto, pero nadie se asomaba antes de que cantaran los gallos. Se levantaba la tía Lala a espantar a las brujas. Al menos eso era lo que ella nos aseguraba. Se paraba en medio de su terreno, empezaba a gritar malas palabras y decía cosas inentendibles. Hubo ocasiones que la miré tirarle piedra a las ramas de los árboles tratando de espantar a alguien, o discutía de manera muy fuerte, sólo que nunca pude ver a nadie. Cuando se convencía que ya no había brujas alrededor de su vivienda y comenzaba a amanecer, dejaba salir a sus animales. Así iniciaba su diario vivir como si no pasara nada. Un día antes de regresar para nuestra casa, la tía Lala se disponía a ir a visitar a una persona para recoger unas hierbas. Como mi papá andaba arreglando algunas cosas para nuestro regreso, me pidió que la acompañara como a eso de las tres de la tarde. Agarró un morral de ixtle, un palo que usaba como bastón y una vara volteo hacia donde yo estaba. Como si me mirara me dijo vámonos y comenzamos a caminar por una vereda angosta por en medio del tupido monte, no me atrevía a hablarle sólo la seguía de cerca. Me asombraba la facilidad que tenía para caminar, a pesar de lo burdo del camino. Además, seguía el rumbo sin salir de la vereda, sin rasguñarse con las ramas que tenían grandes espinas. Después de caminar algunos diez minutos volteó. Me preguntó si le tenía miedo a las brujas. Me hice el fuerte y le contesté que no. Esperaba que me explicara el porqué de esa pregunta. Qué bueno me dijo porque a la persona que vamos a ver es una bruja muy sabia y poderosa. Yo no la puedo ver con los ojos, pero tú sí. Espero que no te asuste su aspecto. Además, me pidió que cuando llegáramos no la mirara por mucho tiempo seguido porque me podría hechizar. Confieso que no le creí del todo si le tenía miedo a las brujas, pero nunca había visto una. Además, si fuera a visitar una, mi papá no me hubiera dejado acompañarla. Caminamos un rato más. Miraba a la tía Lala avanzar muy segura de lo que hacía. Mientras tanto, yo me sentía perdido todo el camino. Me pareció igual como si hubiéramos pasado por el mismo lugar una y otra vez. Cuando me dijo ya vamos a llegar, me entraron los nervios. No sé por qué. Quizá sólo de pensar que pudiera ser cierto. Lo que me decía iba a haber a una bruja. Si existían, yo me las imaginaba horribles, también porque ella misma nos afirmaba que eran peligrosas. La casa a la que llegamos parecía abandonada. Estaba hecha de viejas maderas mal clavadas. El techo era de palmas. Había hierbas por todas partes y despedía un olor extraño. Antes de entrar a su terreno. Había un mono horrible recargado en una cerca de púas, una especie de espantapájaros tan horrible que parecía estar hecho para espantar a las personas. Nos faltaban algunos metros. Cuando se abrió la puerta, mi corazón latía al cien esperando ver lo peor de la casa. Salió una mujer bastante alta. Me escondí detrás de la tía Ala porque me dio miedo su presencia. Nunca había visto una mujer así. Era muy morena con el pelo largo llena de canas. Sus ojos parecían desorbitados y estaba exageradamente flaca. Al grado de notársele todos los huesos, sobre todo los de la cara. Eso la hacía ver como una calavera con dificultad. Caminó hacia nosotros yo intentaba disimular el terror que me producía. Cuando se acercó demasiado, agarré del brazo a mi tía tratando de encontrar su protección. Al pararse frente a nosotros, pude apreciar lo grande que era. Comenzaron a hablar entre ellas, pero en un dialecto desconocido para mí. Mientras lo hacían, la mujer me miraba con insistencia. Si al principio dudé que fuera una bruja, ya no tenía ninguna duda. Al verla me sentí vulnerable. Si quisiera atacarme estaba perdido. La única persona que pudiera ayudarme era mi tía, pero ya anciana y ciega. Poco podría hacer por mí. Después de ponerse de acuerdo con Señas, nos pidió que entráramos a su vivienda. La tía me agarró fuertemente del brazo y casi en contra de mi voluntad, me estiró hasta que nos metimos en un cuarto muy obscuro. Nunca había estado en un lugar así. Todo estaba lleno de polvo, Se podía oler la humedad y la soledad. Había animales disecados, colguijes por todas partes, cuadros antiguos con imágenes de gente bastante extraña. Pero lo que me ponía más nervioso era que la bruja no dejaba de mirarme. Nunca entendí lo que se dijeron. Después de un rato tocaron a la puerta. Cuando pudo abrir la bruja, entraron otras dos mujeres tan raras y siniestras como ella. Saludaron a la tía Lala con un abrazo mientras me miraban sorprendidas como si el raro en esa casa fuera. Yo me sorprendió ver que una de ellas era tuerta. Le faltaban algunos dedos de las dos manos y a la otra le faltaba una pierna las cuatro mujeres hablaban y de vez en cuando se carcajeaban, yo ya no podía con el miedo. Estoy seguro que de eso todas las mujeres se daban cuenta. Tal vez eso era lo que les causaba risa. Cuando parecía que ya nos íbamos a retirar. Llegó una mujer más sólo que ésta era muy diferente, muy mal encarada. Eso sí, pero estaba joven. Tenía un brillo en sus ojos que reflejaban maldad. Fue la única de todas que estiró su delgada mano para saludarme. Cuando la toqué me di cuenta de que estaba helada. Sin dejar de mirarme me olió de los nervios que tenía. Hice una mueca en lugar de una sonrisa. El tiempo transcurría demasiado lento. A mí se me hacía eterno. Deseaba con todas mis fuerzas que la tía Lala se levantara y por fin saliéramos de esa casa porque por mis nervios me ponía a pensar que me había llevado para dejarme ahí. Luchaba contra mi pensamiento porque muchas imágenes macabras pasaban por mi mente en todas. Yo terminaba siendo devorado por la bruja dueña de la casa, porque me parecía la más fea. Ya no era un niño, pequeño, pero estaba muerto de miedo y a punto de llorar, no comprendía el por qué mi papá me mandó para que yo la acompañara. Tal vez también a él le daba miedo. La última mujer que había llegado sacó de un morral, que llevaba unas hierbas y se las empezó a repartir de una manera desesperada. Comenzaron a consumirla como si su vida dependiera de ello. Antes de que terminaran de comer llegaron apuradas otras dos mujeres vestidas de negro cubrían sus caras con velos del mismo color. Ambas traían bastón. También les dieron de esas hierbas y comieron. Las últimas mujeres que entraron extrañamente también estaban mutiladas, pero se mostraban tranquilas, agradecidas y contentas de haber llegado a tiempo para esa hora. No tenía duda alguna que todas eran brujas, incluyendo a mi tía, que platicaba muy a gusto, como si el tiempo no le importara, a pesar de que afuera comenzaba a caer la tarde. En ese tiempo no sabía lo que era un aquelarre. Ahora, a mi edad sé que era eso una reunión de brujas donde se ponían de acuerdo y presentaban sus respetos a la gran bruja madre. Prepararon una bebida caliente y todas bebieron del mismo recipiente, formaron un círculo e hicieron una invocación. Al concluir le hicieron reverencias a la bruja más joven mientras le agradecían la visita. Antes de retirarse, algo les dijo a todas las ancianas. Me pareció que eran ademanes de advertencia a lo que todas bajaron la cabeza en señal de sumisión. Tal vez sería como las seis de la tarde, cuando, por decirlo de algún modo, la reunión terminó. La más joven se fue no sin antes voltear a verme por última vez. Minutos después, todas salieron de esa casa al mismo tiempo y yo en medio de ellas. En lugar de dispersarse, las demás mujeres agarraron el mismo camino por donde llegamos. Hacía algunas con dificultad para caminar, unas mutiladas y o y miras tía ciega. Nos internamos en el monte de Regreso. Yo sentía que nos estaba ganando la noche. Esta vez avanzábamos más despacio por obvias razones. Tal vez habían pasado unos quince minutos cuando estuvimos frente a una pequeña casa mal construida que no habíamos visto. Al pasar una de esas brujas. Ahí se quedó supuse que para mí desesperación acompañaríamos a cada quien a su casa. Seguimos caminando en medio de todos los matorrales mientras poco a poco se iba oscureciendo. Ya no le tenía tanto miedo a las brujas. Me preocupaba más la oscuridad. Un buen rato después llegamos a otro jacal casi en ruinas. Dos de ellas se despidieron de mi tía para perderse entre la oscuridad. Solamente faltaba una por acompañar y luego seguramente nos iríamos para la casa antes de que llegáramos a la casa de la última Bruja. Se hizo de noche cuando por fin llegamos mi tía todavía se puso a platicar con ella por un buen rato, se despidió y cuando volteamos rumbo al camino. Todo era una tenebrosa oscuridad. Nunca me imaginé que caminar casi a ciegas por esas veredas irregulares fuera tan terrible. No tenía la más mínima idea de dónde estábamos ni cuánto nos faltaba para llegar, para hacer todo más tétrico. Empezó a formarse una densa neblina que me tapó el cien por ciento. La visibilidad apenas alcanzaba a ver como un metro de distancia. Por eso no soltaba a la tía, porque perderme sería mi perdición si no me agarraban las brujas. Seguramente moriría de miedo temeroso la apreté de su brazo hasta entonces habló en español. Ahora si tienes miedo, me dijo bastante divertida. Le contesté que sí y por imprudencia le pregunté si era una bruja suspiró para luego decirme que todas lo habían sido muchos años atrás, pero las habían expulsado de su fraternidad por un pleito de brujas por querer quedarse con el aquelarre Estuvimos en el bando equivocado y nos tomaron como traidoras, condenándonos al destierro. Dijo con desagrado las que acabas de ver somos las que quedamos de más de quince que éramos. Algunas han muerto, otras jamás volvieron. Nadie sabe si aún viven. Al perder fuimos atacadas por el resto de las brujas. Golpeadas y mutiladas. La hierba que comimos hace rato nos quita el poder que nos había dado el diablo. Perdimos todo el conocimiento y la juventud, pero nos perdonaron la vida con tristeza. Me decía fui humillada y rebajada a ser una simple mujer. Además de dejarme ciega, estoy obligada a rezar el rosario todos los días de mi vida. Tal vez un día me canse de agachar la cabeza y no obedezca más. Preferiré morir que seguir así siendo la burla de todas las brujas que antes eran mis hermanas, porque el día que alguna de nosotras no acuda a comer esa hierba del diablo ha hasta ah vivimos. Si obedecemos, nos permitirán vivir cien años o quizá un poco más. Pero eso sí sin poderes, sin dignidad ni nada interrumpió la plática para decirme no te separes de mí, no te has dado cuenta, pero las brujas nos vienen siguiendo. Las puedo ver o leer y oír A mucha distancia de nosotros. No les demuestres miedo. A mí no me hace nada, pero tú sí corres riesgo. Algo me dio en la mano guarda. Esto es mi protección. Mientras lo traigas. Ninguna bruja se te puede acercar, pero tampoco las busques ni las ofendas, porque son malas. Apenas dijo eso. Sentí que algo estaba metido entre la oscuridad. Comencé a escuchar ruidos extraños a nuestro alrededor. Se podía escuchar cómo crujían las ramas secas y se movían los matorrales. Quizás sintió mi tía que quise correr, porque me agarró con fuerza del brazo al hacerlo. Me encajó unas uñas picudas que no me había dado cuenta que tenía. Los ruidos se incrementaron. Escuchábamos voces y risas a la par de nosotros. Comprendí que eran varias brujas las que nos venían siguiendo no tiembles. Me decía sólo quieren percatarse, que estaré en mi casa porque por la madrugada tendrán su aquelarre y no quieren a ninguna de nosotras. Cerca empecé a mirar bultos a la orilla del Angosto camino. Al principio no les encontraba forma, pero en una ocasión pasamos tan cerca de uno de ellos que me horroricé al verlo. Esos bultos eran seres, no muy aterradores. No me atrevo a asegurar que eran seres humanos. Eran figuras más altas que la altura promedio de cualquier persona con rostros horribles y ojos brillantes, como los de los gatos por alguna razón sólo nos miraban con desagrado. Nunca hicieron el intento de atacarnos. Algunos solamente me enseñaron sus afilados dientes. No me importó que tan cerca pasáramos de ellos. No me hacían nada. De cualquier ono modo, agaché la cabeza para no verlos. La levantaba sólo para asegurarme que a quien venía agarrando era a la Tía Lala por el miedo que estaba pasando. Sabía que esa noche jamás la iba a olvidar. No importa cuántos años viviera o cuántas situaciones pasara. Las brujas tal vez jugaban con nosotros porque de vez en cuando nos chistaban, pero la tía, con tono molesto me decía que no hiciera. Caso de todo aquello. Me volvió el alma al cuerpo cuando, en medio de la oscuridad y la neblina, apareció la casa sonreí aliviado casi le grité que ya habíamos llegado la jalé para llegar lo más pronto posible. La luz de una veladora me decía que mi papá ya estaba adentro. Entramos a la casa y nos encerramos sin preocuparnos por guardar los animales. La tía hizo lo de siempre. Luego se sentó en su mecedora, quedándose inmóvil. Como todas las noches, Yo aproveché para platicarle a mi papá todo lo que habíamos pasado. Solamente movía la cabeza para decir sí o no. Pareciera que no me creía. Ya entrada la noche me levanté porque mi papá caminaba por toda la casa. Le pregunté qué pasaba. Con una cara de espanto me dijo que algo se estaba comiendo los animales, aunque era mucho el alboroto. La tía de mi papá nunca se levantó de la mecedora más que dormida, parecía muerta porque no emitía ningún sonido ni siquiera se movía para respirar. Así pasamos el resto de la noche. Nunca había visto a mi papá tan nervioso y yo no lo puedo negar. Lloraba en silencio deseando que pronto amaneciera para irnos. De ahí a la mañana siguiente que salimos al patio, todos los pobres animales estaban tirados, algunos tasajeados, otros mordidos. Los más pequeños quedaron secos o mutilados. Antes de partir mi papá junto con otra persona, le ayudaron a la tía a deshacerse de todos los animales. Ella nunca se mostró temerosa ni preocupada. Supimos que no era la primera vez que las brujas le hacían eso. Cada cierto tiempo bajan para quitarle todo lo que tenía o destrozarle su casa. Tal vez era su forma de demostrarle su superioridad y no podía defenderse ya en este tiempo. A quien le cuento esta historia me dice que tuve mucha suerte de salir ileso esa noche que caminé entre tanta Bruja, yo sé que no me hicieron nada, porque iba en compañía de una de ellas. Esa fue la última vez que fuimos a Visitarla supuse que por miedo mi papá había dejado de ir Por respeto. Nunca le pregunté nada, pero una vez mi mamá me contó que la tía de mi papá había muerto. Una mañana la encontraron muerta sentada en su mecedora, casi devorada y sin rastro de sangre. No encontraron huellas de nada. Además, los pocos animales que tenía habían desaparecido. Yo que había escuchado su historia supuse que un día de o decidió no comer más de esa hierba y dejar de vivir en la humillación en que la tenían las brujas. Sus antiguas hermanas no la perdonaron con toda su rabias. Se fueron todas contra ella. Seguramente, esa noche no puso la sal que las contenía y se sentó a esperarlas. Además, el amuleto que era su protección me lo había regalado. Dijeron los que miraron su cuerpo que su boca estaba llena con una hierba extraña, que se utilizaba para espantar a las brujas y que no se daba por ahí. Ahora tengo sesenta y dos años jamás volví a tener un encuentro con una bruja. Quizás sea por el amuleto que me regaló la tía Lala y que aún conservo. Relato escrito y adaptado por gato negro