Feb. 21, 2024

Alimentaban Al Diablo En Una Prisión De Máxima Seguridad Historias De Terror - REDE

Alimentaban Al Diablo En Una Prisión De Máxima Seguridad Historias De Terror - REDE

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Pánico. Cuando estuve preso, no creí que tuviera alguna oportunidad para salir en libertad, mucho menos la de poder reincorporarme a la sociedad. Aunque acepto que mi crimen no fue tan grave, la corrupción del sistema judicial de mi país se encargó de agravar demasiado mi caso, que, con vergüenza acepto fue estafa a complicidad. Entonces, cuando se me ofreció cumplir mi condena en una granja de una isla en el Pacífico, no lo pensé dos veces antes de alistarme. Soy de origen mexicano. La ubicación de la isla me la reservo y no no es esa que todos conocen como las Islas Marías. Además, desearía evitar la mayoría de problemas que me pudieran ocasionar este relato. El caso es que, años antes de ser trasladado a la granja, vivía desesperado en prisión. Después de haberme buscado problemas dentro de la cárcel, me metieron a esta jaula en la que nunca se apaga la luz. Estando allí dentro, realicé algo que jamás había hecho orar. A Dios le pedí que me ayudara no a salir de allí, sino a buscar el camino de la redención. Y es que hasta ese momento de mi vida siempre había buscado el camino fácil de ganarme la vida mismo que sé que no siempre es positivo ni el mejor. Entonces, en ese momento le pedí a Dios que me ayudara a darme la oportunidad de demostrarme a mí mismo que podía ser mejor. Pero Dios no me respondió de inmediato. Cuando estás dentro de esa jaula luminosa, el tiempo pasa de manera distinta. No puedes dormir ni despertar, aunque suene estúpido. Pierdes la percepción del tiempo, aun cuando le preguntes al guardia cada que te lleva comida, qué hora y día es sentí que en lo que sería hasta que de repente vi llegar a un hombre de traje, cosa que se me hizo extraña, ya que sólo el custodio trataba conmigo. Entonces el hombre me llevó con él a una oficina. Yo pienso que él era un abogado influyente o un fiscal, pues me ofreció comida de verdad y hasta un café, no como la basura quedan allí adentro. Entonces me sentí en el cielo, sobre todo cuando bebí ese café. Juro por Dios que nunca más he vuelto a tomar uno como ese. El hombre fue quien me ofreció la posibilidad de salir de la jaula siempre y cuando prometiera mantener una buena conducta y trabajar arduamente. Yo, como me encontraba tan mal. Le dije que sí, sin siquiera preguntarle qué era lo que ocurría o si me dijo en ese momento, no lo recuerdo. Nos llevaron a una docena de reos, a un camión que iba bien custodiado por guardias que lucían como civiles allí como ya había dormido bien, mi estado mejoró bastante, así que le pregunté a uno de los reos que hacia dónde nos llevaban. Él me dijo que nos llevarían a una granja en una isla, dónde nos pondrían a trabajar sin paga, pero con mejores alimentos y mejores habitaciones, en pocas palabras, una jaula mejor. Después de escuchar lo, pensé con que no nos vendan como conejillos de indias. Todo estará bien, pero yo estaba equivocado, pues en esa isla todo fue mejor aunque nos tenían bien vigilados, teníamos ciertas libertades. Por ejemplo, nos dejaban caminar por una zona del campo siempre y cuando estuviéramos reportándose cada cierto tiempo por trabajar allí. También se nos redujo la condena e incluso el dueño del rancho de hortalizas. Nos ofrecía trabajo siempre y cuando demostráramos ser buenos trabajadores. Yo interpreté esta oportunidad como una respuesta directa de Dios y realmente sigo creyendo que así fue, pues aquí era donde podía demostrar que, si podía redimirme y encontrar esa paz que tanto ansiaba al principio, no salía a caminar por el campo, sino que me quedaba a realizar trabajo la mayor parte del día, aun cuando no me tocara, casi no descansaba ni siquiera en las noches, pues tuve episodios de insomnio. Esto a causa de mi estancia en esa jaula iluminada. En lugar de luchar contra el insomnio, preferí aceptarlo, ya que no era algo de todos los días. Pero cuando aparecía tomaba uno de los libros que nos ofrecían y los leía toda la noche, me gustaba leer sobre leyendas y mitología. Leí una vez acerca de un dios antiguo llamado fauno, que tenía patas de cabra y cuernos, lo que me hacía pensar si no eran estas criaturas aquellas que dieron forma a los demonios que decían ver las personas. Un día, mientras me encontraba trabajando en el campo, escuché que dos reos decían haber escuchado el sonido de varios cerdos animales que, por cierto, no había en toda la isla. En el rancho había cabras, caballos, algunas vacas pero cerdos no. Según supe el dueño de aquel rancho era judío y consideraba a este animal impuro. No habría sonado extraño que hubieran escuchado esos animales, de no ser porque dijeron haberlos escuchado en lo profundo del campo. Además, la plática no terminó allí, sino que dijeron haber escuchado otro sonido que no identificaron, pero que era como si el valido de una cabra tuviera este tono que formaba palabras. Yo que los estaba escuchando, les interrumpí sugiriendo que no estuvieran consumiendo estupefaciente su alcohol. Pues bien, sabían que cualquier error podía hacerlos que le regresaran a la jaula. Ellos me miraron y me juraron que lo que escucharon fue real y que ni siquiera consumían cigarros ni café, que estaban limpios de cualquier sustancia, además de que no era la única cosa extraña que había notado en la isla. Quise preguntarles de qué se trataba, pero en eso se acercó un capataz para separarnos y presionarnos en el trabajo. Entonces se sembró una semilla en mí, la semilla de la curiosidad. No sé cómo explicarlo, y es que, en verdad, ese tipo de temas de origen sobrenatural siempre han sido de mi interés. Entonces comencé a tomar paseos por el campo para ver si acaso era testigo de lo que se contaba entre el resto de reos. Al principio no noté nada, y es que realmente no me adentraba demasiado en el campo, pues con tanta cosa que me había pasado en el sistema penitenciario, quedas con esta sensación de culpa de que cualquier cosa que hagas está mal y de que no tienes derecho a hacer cosas en libertad. Sin sentirse observado, pero poco a poco fui recobrando mi sentido de libertad y comencé a realizar paseos más largos y a trabajar solamente lo que me tocaba, pues para entonces ya había causado una buena impresión. Un día, mientras caminaba hasta una parte del campo que mostraba bastante árboles, escuché el gruñido de los cerdos del que habían hablado los reos en las hortalizas. Seguí el gruñido hasta que topé con una de las mallas de acero que impedían el paso para nosotros los reos a ciertas zonas de la isla. Supe que el sonido provenía del otro lado y, para mi suerte, la malla estaba rota en una parte. Me quedé un rato dudando entre desobedecer y salir por aquel orificio. Al final decidí cruzar la malla caminando un par de metros y cruzando una arboleda topé con un corral bastante alto. El tablado impedía la vista. El gruñido de los cerdos era demasiado fuerte para ser proferido por un animal normal, lo que me decía que estos eran de gran tamaño. Le di la vuelta al corral hasta que no encontré un agujero en el tablado. Entonces vi hacia adentro eran unos animales de un tamaño descomunal. Dentro apestaba a animal muerto y vi que los cerdos estaban comiendo una especie de carne con huesos. Me alejé del corral. Me sentía confundido. No sabía qué sentido tendría dejar un corral allí lejos del rancho en medio de la nada, además, porque los alimentaban con carne y no con sobras de alimento o cereales. De pronto escuché el sonido de una flauta. Entonces corría a esconderme entre los árboles. En eso vi a dos sujetos que no había visto antes ni en la Granja ni en la isla. Llevaban dos cajas de plástico rebosantes de despojos de carne. Me quedé quieto mientras ellos hacían su trabajo, pues no sabía realmente si yo debía de ver eso. Así que, para evitarme problemas, me quedé quieto hasta que se fueron y enseguida. Me alejé corriendo de vuelta a la granja. Cuando regresé, no hablé con nadie acerca de mi hallazgo, pues no sabía si al contar lo que vi me metería en problemas. Sin embargo, mi cabeza no dejaba de preguntarse con qué finalidad se alimentaba con carne a aquellos cerdos y porque se les mantenía allí en medio de la nada. Aquella noche estuve despierto hasta muy tarde leía con la ayuda de una vela. Era un libro sobre mitología grecorromana donde se mostraban algunas figuras de dioses antiguos de apariencia bastante aterradora. Esto incrementó mi pensamiento acerca de que esas criaturas fueron probablemente aquellas que fueron llamadas demonios. Al final no supe pero la acumulación de noches en vela hizo estragos en mí, dejándome dormido hasta cerca del mediodía. No entiendo por qué no me despertaron los capataces de la granja y si tal vez lo hicieron ni los escuché. Cuando me puse de pie y salí de mi barraca, escuché un alboroto proveniente de una de las casas de los trabajadores. Los trabajadores estaban separados de nosotros los reos. Ellos no dormían en barracas, sino en casas dentro de una finca principal. Tenían más privilegios, mejor comida y, pues obviamente, un salario. Entonces corrí de inmediato en dirección a la finca. Teníamos restringido el acceso a esa parte de la finca. Aún así me acerqué hasta la valla que nos impedía el acceso. Allí estaban congregados varios presos a quienes, algunos custodios y capataces de inmediato, echaron para atrás. Supe que por eso no me despertaron en la mañana, pues algo grave había pasado a nosotros. No nos quisieron dar explicaciones. Si bien nos daban más libertad que en la prisión, no era lo mismo. Escuché decir a un par de reos que alguien de los trabajadores había muerto de una manera horrible. Al parecer, un animal se comió parte de su rostro y sus extremidades más blandas. No se sospechó de ninguno de nosotros. Quién sabe por qué. Pero esto sumaba un misterio más a lo que comencé a notar en esa isla. Lo que sí que a partir de ese macabro incidente, la vigilancia hacia nosotros aumentó y hasta se nos restringieron los paseos a la zona del campo que teníamos acceso. Esto causó que entre los reos hubiera malos comportamientos y no eran algo nero natural. Era como si un brote de violencia sin sentido se posara entre ellos. Por ejemplo, un día, mientras nos encontrábamos cosechando unas vallas, uno de los reos se levantó de pronto y comenzó a golpear con mucha fuerza a otro, mandándolo grave a la enfermería. Uno de los reos era un señor ya muy mayor. Había sido sacerdote de la Iglesia Ortodoxa, una religión no tan popular en México, y estaba preso de por vida, Así que cuando le dieron la oportunidad de vivir en una pseudo libertad en la granja eligió esto. Su crimen es demasiado fuerte como para escribirlo aquí. No lo juzgo. Su nombre era Isaías. Comenzó a entablar una buena amistad conmigo, esto a causa de que un día me observó mientras leía, entonces para sacarme plática, comenzó a hablarme sobre creencias antiguas, mitología y esas cosas. Él me dijo un día que ninguna religión vale una sola gota de sangre y, en esencia, toda la religión era edificada sobre el cuerpo del profeta. Entonces olía a muerte y terminaba atrayendo aquello que se deseaba alejar el mal. Yo no entendía por qué me decía esto, pero luego me explicó que algo muy malo estaba ocurriendo en la isla, que ya lo había sentido desde el primer día que puso en pie y al ser uno de los reos que llevaba más tiempo en la isla había sido testigo de un sinfín de cosas, pero que aunque llevaba ya mucho tiempo, sospechado que aquel lugar era el refugio de una secta maligna que hicieron algo que se les salió de las manos y ahora todos corríamos peligro. Él no decía no sentir miedo, pues toda su vida la dedicó a prepararse para la muerte, pero que se temía que la muerte no era lo que más debíamos temer, porque había cosas peores que la muerte. Isaías me despertó mucha confianza, así que le conté lo que vi aquella vez en el campo. Le hablé de los cerdos que eran alimentados con carne y hueso. Esto lo asustó demasiado y su manera de reaccionar fue quedarse en silencio, mientras que colocaba su mano derecha en su boca como si deseara callar algo. Luego se puso a dar pequeñas vueltas en círculo. Comenzó a decirme que lo que estaba ocurriendo era peor de lo que pensaba, que si fuera un hombre libre, se iría de inmediato de esa granja, pero ya había afirmado que pasaría el resto de su vida en aquel lugar, cuando yo le pregunté sobre lo que pensaba acerca de los cerdos en medio de la nada, y él me contestó que estaba mejor sin saber lo que él pensaba, pero que me mantuviera alejado de ese lugar y del campo en general, preferí no incomodar, así que no volví a cuestionarlo. Antes de dejarlo, se puso a realizar sus oraciones en griego, idioma que me daba un poco de miedo. Pasaron un par de días cuando nuevamente ocurrió algo siniestro en esta ocasión traían a uno de los reos sin un par de extremidades, se había desangrado hasta morir. Como la mayoría de reos que estábamos allí, éramos prácticamente perros de la calle, sin familia, sin personas a quien realmente les importáramos. La muerte del reo pasó sin revuelo. Yo, en cambio, si comencé a sentirme preocupado por lo que hablé con uno de los custodios, solicitando hablar con el hombre que me trajo, el custodio me dijo que el hombre vendría dentro de un mes que se lo comunicaría. Yo me imaginé que ese sujeto era una especie de inversor que se llevaba algo de ganancia con nosotros. Un día escuché de boca de dos reos haber estado en un campo llano donde algún tiempo se quiso sembrar trigo. Estando allí, escucharon un golpeteo de tambores y el sonido de una flauta. Atraídos por ese sonido, se acercaron lo que vieron fue descrito como una completa locura. Dijeron haber visto al demonio con sus patas de cabra cuernos y estaba alimentando s de lo que parecía ser un cerdo gigantesco. Luego el demonio se percató de su presencia y, al mirarlos, se echó a reír este par de reos. Corrieron pero dicen haber escuchado como el diablo los perseguía, pero que escuchaban algo más aparte del sonido de la flauta y el tambor, que era como sonidos de placer dolor y sufrimiento. Al mismo tiempo, ellos sólo pudieron llamar a aquello como puro pánico. A estos reos que eran mis compañeros de litera, les comenzó a ocurrir algo muy extraño. Después de su encuentro con el supuesto diablo en el campo por las noches los escuchaba llorar. También se levantaban dando gritos de desesperación. Luego me hablaban, pues por alguna extraña razón, decían que yo les hacía sentir un poco de seguridad. Esto a causa de mi fortaleza de carácter. Me contaban que después de su encuentro, les daban episodios de pánico, sentían terror hacia la nada, se sen n o sordo a la muerte o a volverse locos. Les daba una taquicardia terrible, además de que no paraban de sudar aún cuando estuviera haciendo frío. Nadie los atendió. Por lo regular, en prisión no te hacen caso y aprendíamos a realizar remedios caseros y a curarnos con hierbas. Pero pese a que varias personas intentaron darles algún remedio para su mal, no logramos hacer que mejoraran. Entonces le pedía a Isaías que, por favor, hiciera algo por ellos, alguna oración, un exorcismo, cualquier cosa. Isaías dijo que haría lo que fuera posible. Pero después de haber escuchado que comenzaron a estar mal, justo después de haber visto a ese ser con patas de cabra y cuernos, no pintaba nada bien. Durante su formación de sacerdote ortodoxo, le tocó viajar a Grecia, donde escuchó sobre fauno un antiguo semidios griego que durante la Antigüedad los campesinos decían haberlo encontrado y despus después de su encuentro, su destino no era muy optimista, pues morían o enloquecen, cosa que era peor. Pasaron unos meses y se llevaron al par de hombres no supe más de ellos como yo, era el único que se mostraba saludable y sensato. Demente me comenzaron a encomendar algunas responsabilidades, siendo una de estas la de dar de comer a los chivos. Un día se perdieron un par de chivos. Esto no ocurrió durante mi guardia con los animales. Uno de los custodios me encomendó salir a buscarlos al campo. Entonces caminé por un largo tramo, dejando atrás la zona que nos tenían permitida, pero llevaba permiso. Entonces no me metería en problemas. Al menos por eso hacía un sol muy fuerte, tan fuerte que me hizo mantener los ojos semicerrados. En eso escuché los válidos de una de las cabras. Entonces descubrí un monolito de madera que, acercándome a él, noté que mostraba tallados unas extrañas figuras, hombres con gns cuernos y patas de animales. Entonces los válidos de la cabra se hicieron más fuertes. Parecía como si alguien la estuviera atacando. Entonces dejé atrás el monolito y siguiendo el lamento del animal, comencé a escuchar ese sonido de flauta y tambor. Unos pasos más adelante, estuve frente a frente con algo que no puedo llamar más que una completa locura. Frente a mí estaba una bestia de más de dos metros. No sé ni cómo describirla, pues el pánico me dominaba, pero recuerdo que la mitad de su cuerpo estaba cubierto de vello y sus pies eran pezuñas. Tenía cuernos. Estaba mancillando el cuerpo de una de las cabras mientras se alimentaba de la otra. En eso me volteo a ver y echándose a reír, me arrojó la cabeza del animal que cargaba en sus manos comencé a temblar descontroladamente y caí de rodillas. Sentí lo que era enloquecer más. El instinto de supervivencia me dominó. Escuché las pisadas de la criatura y no me iba a dejar asesinar. Me eché a correr sin ninguna pausa. Corrí como jamás lo hice antes en mi vida. Cuando llegué de nuevo a la granja, me desmayé. No sé si por el cansancio o por impacto de lo que vi. Cuando recobré la conciencia habían pasado dos días. Estaba en una barraca aparte. Cuando abrí los ojos, Isaías estaba conmigo, le conté todo lo que había visto y mientras lo hacía, no podía evitar temblar descontroladamente, pero Isaías me dijo que callara, pues todo lo que vi fue sólo a causa de la fiebre que, al parecer había epidemia en la granja. Se me hizo bastante extraño que no creyera en mi historia, pues él era mi único amigo allí. Preferí callar y no contarle a nadie lo que me había ocurrido. Después de eso, intenté continuar realizando trabajos extras, pero nuevamente me daban estos ataques de pánico incontrolables. En las noches despertaba gritando, lo que me causó muchos problemas con los demás reos. Entonces volví a presentar crisis de insomnio y en las noches no podía ni leer, pues de vez en cuando venían a mí los ataques de pánico. A veces en la noche, viendo la oscuridad, sentía demasiado miedo de estar enloqueciendo. Cuando vi al sujeto que consiguió moverme de lugar, me dijo que la sentencia se había reducido, así que me iría de inmediato a ser liberado. Esto fue demasiado inesperado. Realmente esperaba cualquier cosa menos ser de nuevo un hombre libre, pero jamás he entendido el funcionamiento del sistema penal en México o el mundo. Me despedí de isaías prometiendo mantener comunicación por correspondencia. Al salir de prisión, me metí en un programa en cual te conseguían empleo, pues cuando tienes en tu historial que estuviste preso, no es tan fácil que te contraten. Me contrataron en un auto lavado y como no tenía familia ni amigos, entonces pedí permiso de pasar algunas noches en el auto lavado. A cambio, me ofrecía a hacerme responsable de la limpieza de los baños y oficina con un gran esfuerzo, pues no me sentía del todo bien. Los ataques de pánico continuaban. Mis pesadillas eran cada vez más vívidas y aterradoras. Una vez que me había establecido en un cuarto de vecindad. Comencé a escribirle a Isaías, de quien obtuve respuesta de inmediato. Me hubiera gustado conservar sus cartas, pues pudiera transcribir cuanto me dijo. Desgraciadamente, no lo hice aún así, recuerdo mucho de lo que nos dijimos en su primera carta. Me pedía disculpas por no haberme creído cuando le conté sobre mi encuentro con el demonio en el llano, pero decía que en ese momento sentía miedo. Además, en ese momento sospechaba de algunos reos, pues desde antes de que yo llegaba a él tenía sospechas de que entre los trabajadores y algunos de los dueños se llevaban a cabo rituales siniestros que él no esperaba que tuvieran resultado. Pero justo cuando yo llegué, los rumores acerca de algo siniestro acechando en los campos incrementaron aún así, no se imaginaba lo que ocurría hasta que no le conté yo acerca del corral de cerdos en medio de la nada. Mi contestación para él fue hablarle sobre el Estado, que me invadía que, pese allá no estar en aquel lugar, seguía presentando continuos ataques de pánico terrores nocturnos que temía por mi mente, pues cada vez me costaba más intentar parecer una persona normal, pues la mayor parte del tiempo sentía miedo de estar solo y a veces escuchaba ese maldito sonido de flautas y tambores en mi cabeza. Le confesaba que me daban ganas de irme a encerrar a un manicomio y, de hecho, si no mejoraba, lo intentaría. En su próxima carta me recomendó a urdir a una iglesia ortodoxa en Ciudad de México. Donde conocí a su amigo, quien, aparte de realizarme una serie de rituales, me ha recomendado acudir con un psiquiatra. En la última carta que recibí de Isaías, supe que estaba enfermo de gravedad. Me decía que no creía que le quedaran muchos días de vida y que las cosas en la Granja ya se habían calmado, pues al parecer, las personas que liberaron aquel ente o demonio habían abandonado la isla llevándose el mal con ellos. El doctor fue quien me recomendó que lo mejor para superar todo el trauma vivido, redactara esta historia intentando recordar todos los detalles. Espero algún día poder despertar sin la necesidad de gritar la cabaña desolada cuando salí de Ecuador y ho o lo his ours con la determinación de un guerrero que abandona su tierra en busca de un mejor futuro. Era la primavera del dos mil doce, cuando ya no soporte la hambruna, el desempleo y la presión que ejercían en el pueblo los delincuentes que, lejos de ofrecer alguna mejor oportunidad, sumían en la más profunda miseria a toda la sociedad. Salí junto a un grupo de veinte personas el primer sábado de primavera, gente trabajadora, realizamos un largo recorrido a pie por el camino. Nos encontramos con todo tipo de personas, tanto personas que quisieron abusar de nosotros como gente que nos alimentaron y regalaron ropa. Después de un par de semanas de caminata, divisamos la frontera de México, lugar donde esperábamos trepar a ese tren que llaman la bestia. Primeramente no pudimos atravesar la frontera, pues nos encontramos con un operativo que nos impidió la entrada a México y allí, en medio de toda la gente, buscamos otro medio para entrar eligiendo el peor camino de todos. Subimos a la Bestia, donde nos encontramos con un ambiente parecido, donde líderes de pequeñas pandillas nos extorsionaron. Por fortuna, nos unimos a un grupo que no hacía negocio con la desgracia ajena y nos cuidamos las espaldas. Aún así llegamos a una zona pasando Chiapas donde ya no nos permitieron seguir adelante. Para esto, de las veinte personas que salimos sólo quedamos nueve mismos que nos dividimos entre los que desearon proseguir a toda costa y los que ya estábamos cansados y preferimos buscar alojamiento en el Estado. Entonces llegamos a un poblado cercano, a San Cristóbal de las Casas, lugar donde encontramos trabajo en un rancho cafetalero. No era mi intención quedarme allí, pero cualquier trabajo en ese lugar era mejor que regresar al Ecuador. Duré allí primero un par de semanas, luego seis meses y cuando recordé ya tenía trabajando un año, incluso me instalé en una casilla a las afueras del poblado. No es que no estuviera cómodo. La gente de Chiapas es gente muy humanitaria, humilde y hospitalaria, hasta comencé una relación con una chica de San Cristóbal. Sin embargo, sentí dentro de mí este llamado de continuar mi camino por el campo, platicando con mi entonces pareja, que se llamaba Nancy. Me aconsejó tomar paseos en mis días de descanso para acallar este deseo de continuar pues el camino hacia el país vecino del norte era muy incierto. Quizás ni siquiera lograría cruzar y existía más probabilidad de que mi historia acabara mala que obtuviera el éxito. Después de meditar en sus palabras, no pude más que darle la razón. Si en Chiapas ya me había instalado, qué me detenía a ser feliz. Así pues, seguí su consejo, comencé a tomar como pasatiempo las caminatas por el campo. Primero con ella, luego yo solo me convertí en todo ho pro profesional de las caminatas. Incluso conseguí una casa de campaña, una bolsa de dormir, un kit de primeros auxilios y unas botas todo terreno. Estas últimas fueron un obsequio de Nancy. A decir verdad, prefería viajar solo, pues al realizar esta actividad me llevaba a una especie de Estado de meditación que siempre me reponía tanto de la carga laboral como de los traumas vividos durante mi travesía por Centroamérica. Durante el primer aniversario de Noviazgo, decidimos acampar durante un fin de semana en una zona que hoy en día no existe, pues ha sido ocupada por la urbanización, pero en aquel entonces era un campo yermo que conducía hasta una brecha cuyo camino te llevaba hasta un pequeño lago. Nos preparamos con varios alimentos enlatados, frutas, un par de bolsas para dormir y ropa abrigadora, pues las noches en la intemperie, pese a que los días son soleados, las noches son bastante frías. Escuché por medio de uno de los peones del café tal que esa zona en la que deseábamos acampar no era muy segura, no por la delincuencia sino porque se contaba que allí ocurrían fenómenos paranormales y muchas personas se habían perdido. Pese aquel lugar no poseía un bosque frondoso, ni acantilados o pozos. Yo, como siempre, me limité a escuchar esa advertencia. Pero como había sobrevivido al infierno que vivimos los migrantes, entonces sí me hablaban de fenómenos paranormales. Me daban igual. No les temía. En Ecuador conocía varias brujas de quienes se aseguraba poseían el poder de causar enfermedades en las personas, además de lograr cambiar de forma a la de animales. Pero ni en Ecuador ni en México creí en esas historias. Así pues, ni Nancy ni yo nos acobardamos con aquella escapada, y es que nos tocó ver un par de fotografías. Se nos hizo bello el paisaje, además de que un terreno plano alejado de los árboles es el lugar ideal para el levantar un campamento. Nos adentramos al campo caminando de la mano, atravesamos una parte de bosque frondoso y decidimos detenernos para mirar la luz entraba entre las ramas de los árboles y unido al viento que mecía las ramas y las hojas, hacía parecer que la luz danzaba. Nos gustó tanto esta zona que prometimos volver al día siguiente para pasar la tarde. Antes de irnos de nuevo a casa, seguimos nuestro camino hasta dejar detrás el pequeño bosque. El verde de los árboles fue sustituido por un terreno yermo y plano donde olía como a nardos. Caminamos un par de kilómetros y divisamos una cabaña desolada en la lejanía. Era una construcción bastante curiosa, pues no se parecía a ninguna que vi ni en México ni en Ecuador. Se parecía a ese tipo de cabañas estilo americanas que salían en las series de televisión. Era el típico diseño de casa que uno dibujaría de niño niño, pese a no haber visto nunca una casa así, cuatro paredes, un techo en forma de triángulo, una puerta, una ventana y sobresaliendo del tejado, una chimenea. Nos acercamos atraídos por esta peculiar cabaña y justo cuando nos acercábamos sentimos algo sobrevolando nuestras cabezas, nos paramos en seco y miramos delante de nosotros como un ave de gran tamaño volaba hasta posarse encima de la cabaña. Parecía una lechuza, pero a lo que sabía, esas aves no alcanzaban ese tamaño, ni siquiera los búhos. Nos acercamos con precaución. Una vez que estuvimos frente a la cabaña, vimos que estaba abandonada y casi toda la madera que la mantenía en pie estaba podrida. Mirábamos los detalles de la construcción, pues la cabaña mostraba haber sido bella en el pasado. Algunas tablas tenían un relieve bien ornamentado con símbolos extraños de entre los que recuerdo haber visto números al azar una estrella, el sol y la luna. Estábamos absortos en los detalles de la cabaña. Cuando Nancy brincó asustada y yo no tardé en descubrir qué fue aquello que la asustó, volteé a la derecha y por un par de segundos vi a una niña de cabello negro muy largo con ojos completamente negros. Mostraba una cara de angustia. Me eché para atrás. Asustado. Luego la niña se giró y se perdió. Tras la cabaña, Nancy y yo nos alejamos de la cabaña, decidimos levantar el campamento en una pequeña planicie sobresaliente en el terreno llano. Ambos coincidimos que aquella niña no era humana, sino un fantasma. Después de haber instalado la casa de campaña, me puse a reunir algo de leña para encender una fogata, ya que al caer la tarde, el frío pegaría con ganas. Comimos juntos y al caer el sol una pesadez se apoderó de nosotros. Entramos dentro de la casa de campaña y apenas cerramos los ojos, nos quedamos dormido. Recuerdo entre sueños haber escuchado unas pisadas de animal a las afueras de la tienda, lo mismo un grito horrible. Entonces intenté despertarme, pero no lograba. Me sentía cada vez más pesado como si me sumergiera en aguas profundas después de varios intentos por despertar y no lograrlo, me di por vencido y seguí entregado al sueño que presentía. No sería nada agradable en mi sueño si lograba despertarme y de inmediato le hablaba a Nancy, quien también lucía bastante intranquila en eso. Por pura inercia, me echaba para atrás, agarrándola de los brazos y sobre nosotros. La carpa comenzaba a ser rasgada. La tela de la tienda se abrió y una enorme pata peluda y puntiaguda entró. Luego vimos aparecer de nuevo el horrible rostro de la niña de ojos negros que apenas nos vio. Lanzó ese mismo lamento que escuché. Cuando intentaba despertar la niña tenía el cuerpo de araña y cuando estuvo a punto de alcanzarnos, me desperté gritando desesperadamente hasta quedarme afónica. Cuando desperté, Nancy me abrazaba intentando tranquilizarme ya no quería dormir. Ella me dijo que también soñó con la niña araña, pero que le había asustado más mis gritos que la pesadilla. En Sí le besé y le dije que volviera a dormir. Salí de la casa de campaña y puse agua a calentarse. En los restos de la fogata. Miré mi reloj eran las cinco de la madrugada. No tardaría en amanecer. Mientras tomaba mi café sentado en un tronco, miré que justo a un lado de la casa de campaña estaban un par de flechas como de arco ambas adornadas con la pluma de alguna ave. Se me hizo bastante extraño ver esos objetos y es que se encontraban encajados en la tierra y no sobre el suelo. No quise imaginar cosas, pues aún me sentía un poco alterado por la pesadilla que acababa de sufrir. Seguí bebiendo el café y vi cómo salía el sol más allá de la cabaña desolada. No sé por qué, pero en ese momento sentí un enorme impulso de caminar hacia allá y explorar dentro de la cabaña, cosa que no hice hasta que no estuvo completamente iluminado. Ni siquiera le avise a Nancy, pues cuando me disponía a salir, escuchaba sus ronquidos y me dio pena levantarla. Cuando estuve frente a la cabaña, me sentí avergonzado, pues no encontraba una razón para tenerle miedo a una construcción tan vieja que muy probablemente estaba por derrumbarse. Al entrar vi un destello dentro, justo después de asomarme noté que se trataba de tres velas negras sobre un candelabro. Metí la cabeza dentro de la ventana y me pareció ver a una anciana que mostraba un rostro demasiado arrugado. En eso me eché para atrás y me escondí pegando la cara a la ventana. La mujer parecía estar desplumando una gallina, pero el ave seguía viva y, en lugar de hacer sonidos pertenecientes a un animal de especie, parecía como si se estuviera lastimando a un ser humano. Me sentí anonadado. Entonces me eché para atrás y en ese momento choqué contra la espalda de alguien era un sujeto que se veía en deplorable estado. No tenía camisa e iba vestido solo con unos calzoncillos de tela. Apenas me vio. Se echó al suelo quedando hincado. Luego comenzó a suplicarme por ayuda, pues según él, la mujer de la cabaña tenía atrapada a su hija. Le pedí al hombre que se pusiera de pie y si lo deseaba, le podía dar de comer y también algo de ropa. Pero el hombre, mirándome, me dijo que no le quedaba mucho tiempo. En eso me desesperé. Lo tomé de los hombros y le invité a entrar a la cabaña conmigo para que viera que una anciana no era un problema real arrastrando al hombre me acerqué hasta la puerta, pues él no deseaba entrar. Cuando alcanzamos la puerta dentro no estaban ni las tres velas ni la anciana. Empujé al hombre para mostrarle que realmente no había nada que temer allí dentro y si era verdad que su hija se encontraba allí, la encontraríamos. Pero el hombre me dio un empujón con una fuerza excesiva para alguien como él, pues consiguió derribarme y arrojarme varios metros dentro de la casa. Me puse en pie y de inmediato quise encarar a ese hombre, pero ya iba corriendo varios metros por delante de mí. Quise salir corriendo tras él, pero pensé que no tenía sentido. Era muy probable que se tratara de un simple demente que vivía en la indigencia. Aún así sentí miedo por Nancy, pero aquel hombre corrió en dirección opuesta a la ubicación de nuestro campamento. Entonces, aprovechando que ya estaba dentro, decidí dar un vistazo, aunque fuera rápido. No encontré la gran cosa, sólo los restos de cera de las velas, también algunas plumas de ave y rosa antigua de niña. El aroma allí dentro era bastante desagradable. Como si abrieran una especie de cañería y para intentar tapar el aroma se encendieran varios inciensos. No creí que alguien pudiera estar ocupando la cabaña, pues incluso la cera derretida parecía llevar ya allí mucho tiempo. Decidí regresar a buscar a Nancy para pasar el resto de la tarde en el lago. Pensé encontrarla en los restos de la fogata, pero no estaba allí, pensando que seguiría dormida. Entré dentro de la casita de campaña, pero tampoco encontré a Nancy. Me imaginé lo peor, así que comencé a gritar su nombre. Segundos después, ella apareció tras los árboles. Me dijo que había ido al baño. Ella me dijo que me veía bastante nervioso que si prefería levantábamos el campamento y regresamos a casa o intentábamos acampar en algún otro lugar. Le dije que al menos pasamos el resto de la mañana en el lago, ya luego veíamos si regresábamos o no. Estando allá, le conté mi encuentro con ese extraño vagabundo y como segundos antes, vi a esa anciana frente las velas asesinando un ave que producía un sonido humano. Ella pensaba que era muy probable que la cabaña estuviera habitada por fantasmas, pero que realmente, aparte de asustarnos, no podían hacernos daño en cambio del vagabundo. Si habría que cuidarse, pues cabía la posibilidad de que nos atacara durante la noche, entonces le sugerí mudar nuestro campamento junto al lago, pues aunque el terreno no era tan plano, si era bastante hermoso y no creía que aquel hombre pudiera sobrevivir estando semi desnudo con el frío que se filtraba en la noche del lago. Nancy opinó igual que yo. Además, yo comencé a fanfarronear diciendo que si volvías aparecer ese hombre lo atravesaría con mi cuchillo de cazador. Acudimos, pues, a levantar la casa de campaña y le mostré también a Nancy el par de flechas que descubrí en la mañana. Esto se le hizo bastante extraño, pero preferimos dejarlas donde las encontramos. Cuando terminamos de levantar el campamento, escuchamos una especie de lamento, pero era tan tenue el sonido que bien nos pudimos confundir con el silbido del viento y, a diferencia de la noche anterior, la pesadez no se adueñó de nosotros. Nos quedamos hasta tarde mirando la luna y su reflejo dentro del agua. Nos fuimos a dormir. Pasada la medianoche yo tuve una pequeña pesadilla con aquel hombre. Le veía en medio del campo yermo hincado, gritando el nombre de su hija y llorando con desesperación. Momentos después veía como aquella anciana, desnudándose en medio del yermo, pero sus pies se agarrotan hasta formar algo parecido a las garras de un buitre. En ese momento se aferraba al pescuezo de aquel hombre y su cara se deformaba hasta formar un pico y con este le picaba la cara hasta dejar vacías sus cuencas. En ese momento desperté esta vez no grité. Simplemente me puse de pie y vi como Nancy es estaba hincada hablando incoherencias. Esto me asustó bastante, pues hasta donde yo sabía, ella no tenía problemas de sonambulismo ni nada parecido. Así que intenté abrazarla para volver a acostarla, pero su reacción fue soltar un golpe en media cara. Me eché para atrás. Entonces noté que la nariz me sangraba. Cuando pude pararme el sangrado, comencé a hablarle a Nancy, que de repente abrió los ojos. Se me quedó viendo estando como poseída y me dijo algo así. Ella vendrá también por tus ojos. Me sentí asustado, pero segundos después ella despertó y se echó a llorar. Me dijo que tuvo la peor pesadilla de su vida. Entonces le pedí que me contara, cosa a la que se negó, pues me dijo que preferí olvidarlo, pero que lo mejor era abandonar esas tierras, pues estaba segura de que existía algo maligno allí mismo, algo que no era tangible ni físico, sino que habitaba entre nuestro mundo y el bajo astral. Entonces esperamos a que amaneciera completamente. Luego desayunamos y comenzamos a levantar el campamento. Mientras retiraba las estacas que mantenían atada la carpa a la tierra, pensaba en que lo que le ocurrió a Nancy no fue otra cosa que posesión y no un simple episodio de sonambulismo. Cuando terminamos de guardar todas las cosas, nos pusimos de camino llegando de nuevo al campo. Yermo nos encontramos con aquel hombre que andaba semidesnudo. Este se hincó frente a Nancy y le pidió lo mismo que a mí. Le dijo que le ayudara a recuperar a su hija, que estaba encerrada en una especie de jaula que se localizaba, enterrada bajo la cabaña desolada. Nancy me volteó a ver y, contra todo pronóstico, me pidió que ayudáramos a aquel hombre. Yo le dije que no tenía sentido que este hombre padecía de sus facultades mentales, que ya había estado dentro de la cabaña y lo único que había allí dentro eran fantasmas. Nancy no me escuchó y como si estuviera poseída de nuevo, se echó a correr en dirección a la cabaña. Yo no tuve más remedio que seguirla total, ya que estuviera adentro, se daría cuenta que ese pobre sujeto sólo era víctima de algún trauma vivido en el pasado. Pero Nancy no me escuchó. Entró en la cabaña y yo me quedé afuera de un segundo a otro. Escuché cómo ella gritaba. Entonces entré. Nancy estaba en ese estado en el que la encontré por la mañana. Estaba de rodillas en un rincón de la cabaña. Entonces me acerqué a ella e intenté pedirle que regresara conmigo, pero no me respondió. En eso me fijé que era lo que exactamente estaba observando. Bajo la cabaña había una escalera de madera toda quebrada y debajo. Comencé a escuchar el mismo sonido que producía la gallina que desplumaba la mujer. Segundos después vi emerger a la anciana que al vernos subió de una manera antinatural por la escalera rota. En ese momento atraje hacia mi a Nancy, pues no respondía y no iba a esperar a que lo hiciera para salir de esa maldita cabaña. Cuando estábamos afuera, se desvaneció y tuve que cargarla con el peso del equipaje, más, el peso de ella. Sólo alcancé a llegar hasta la planicie. Desde allí pude ver esa cosa que no podía hacer nada más que una bruja y no un fantasma. Voló hasta quedar a un metro y medio de distancia. Era lo más horrible que jamás había visto. Ni siquiera tengo palabras para describirla. Era una anciana con patas de ave y su rostro estaba mezclado con el de un sopilote o buitre. Lanzaba un chillido que calaba en el cerebro. El pánico se apoderó. De mí no sabía ni cómo reaccionar, pues no podía salir corriendo y dejar a Nancy allí tirada la bruja voló hasta donde estábamos y lo único que se me ocurrió hacer fue a abrazar a Nancy, colocando mi espalda como escudo mientras cerraba los ojos. Sentí un ardor horrible en la espalda. Luego la escuché chillar después alcancé a percibir la voz de un hombre y como no sentí que me volvieran a atacar. Me levanté para ver qué estaba ocurriendo. Entonces vi al hombre semidesnudo atacar a la bruja con una especie de bate de béisbol con clavos. La criatura chilló y el hombre la maldijo mientras le asestaba un garrotazo en la cabeza. En eso Nancy volvió a recobrar el sentido y sin mediar palabra, la tomé de la mano y empezamos a correr. Nos detuvimos al llegar al pequeño bosque. En ese momento me sentí muy cansado y el ardor en la espalda se hizo insoportable. Nancy notó mis heridas y soltó un grito. Todo pasó tan rápido que apenas puedo recordar algunos detalles. Volvimos a casa y después de guardar el equipaje, nos dirigimos a un centro de salud para que me atendieran las heridas mismas que fueron bastante graves y profundas. No supe qué decirles, pues había que si contaba la verdad, no me creerían y quizás hasta se podían burlar de mí por mucho tiempo. Dejamos de salir. Incluso Nancy y yo terminamos, aunque no nos dejamos de hablar. Supe que después de lo vivido tuvo una crisis de insomnio y le tuvieron que dar pastillas para dormir un día. Yo me animé a contar mi relato a un señor ya grande de edad que trabajaba con nosotros. Él me dijo que ese lugar en el que estuve fue habitado precisamente no sólo por una bruja, sino por varias, pero que, a lo que sabía, eso había ocurrido hace ya muchísimo tiempo atrás, cuando él era un niño de apenas cinco años. Según el relato del señor, las mujeres eran extranjeras que se establecieron allí donde se dedicaron a ofrecer hierbas para que las mujeres interrumpieran sus embarazos. Pero justo cuando ellas tenían allí cerca de dos años, varios niños de poblados cercanos comenzaron a desaparecer. Así que, como era natural, acusaron a las mujeres de ser brujas y ser culpables de la desaparición de los niños. Sólo un hombre de entre toda la gente se atrevió a enfrentarlas, pues juraba que tenían a su hija y rumpió en la cabaña a una de las mujeres, a quien encontró despellejando una gallina, le enterró unas tijeras en uno de sus ojos. La otra mujer, al ver el peligro, salió volando convertida en ave. El hombre no pudo encontrar a su hija y tampoco volvió a casa sabían de lo ocurrido debido a un muchacho que lo siguió al hombre lo encontraron a los tres días flotando en el lago. No llevaba más que unos calzoncillos. Los peces le habían comido los ojos y llevaba en el pecho una enorme cruz hecha con fuego. Escuché la historia del señor y al final no pude evitar pensar que tal vez fue el espíritu de aquel hombre a quien vi que aún ronda por esa zona buscando quien pueda ayudarle a encontrar a su hija. Con el tiempo, el espíritu de viaje volvió a invadirme y actualmente resido en Chihuahua, lugar donde me he establecido y no deseo seguir adelante. El pantano del Diablo siempre me ha gustado el campo mi padre. Cada que tenía oportunidad, nos llevaba a acampar, además de que nos inscribió a mi hermano Mayo y a mí a los Scouts. Somos oriundos de Inglaterra, pero desde hace una década vivimos en Valle Colchagua, Chile, lugar donde mis padres abrieron un bar y donde yo les he ayudado a trabajar como mesero casi toda mi vida, motivo por el cual el lenguaje no me representa un problema. Hablo perfectamente inglés y español. Cuando vivíamos en Inglaterra nos tocó vivir un par de anécdotas sobrenaturales. En cierta ocasión tuvimos oportunidad de ir a acampar a randles Ham Forest Sant Folk, Inglaterra, un lugar del que, si se investiga a fondo, es famoso por mostrar un alto índice de avistamientos del fenómeno Ovni es curioso, pero tanto los avistamientos de OVNIs reptilianos y demás incidentes extraños siempre ocurren a las cercanías de alguna base militar. Aquella ocasión en la que acampamos en aquel campo, no íbamos con la intención de tener algún encuentro paranormal ni nada de eso. De hecho, cuando éramos niños, solíamos ser muy miedosos. Aún así nos encantaba Halloween y las historias de brujas o fantasmas. Recuerdo que era una noche clara y estrellada. Cuando llegamos al camping ken reinl Sham Forest, montamos nuestras tiendas de campaña y encendimos una fogata para calentarnos y cocinar nuestra cena. Mi hermano y yo estábamos emocionados por la aventura que nos esperaba, pero también un poco nerviosos por las historias que habíamos escuchado sobre avistamientos en el área. Pasamos la noche contando historias o s das miedo y riendo tratando de no pensar demasiado en lo que podría suceder. Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, comenzamos a notar luces extrañas en el cielo. Eran destellos brillantes que parecían moverse de manera errática. Al principio pensamos que eran estrellas fugaces, pero pronto nos dimos cuenta de que eran demasiado grandes y rápidas para hacerlo intrigados. Salimos de nuestras tiendas de campaña y nos dirigimos hacia el lugar de donde provenían las luces. Mientras caminábamos por el bosque, el ambiente se volvió cada vez más silencioso y tenso no escuchábamos ningún sonido de animales ni el viento. Moviendo las ramas de los árboles. Era como si todo estuviera congelado en un extraño estado de quietud. De repente vimos una luz intensa que iluminaba el bosque. A lo lejos nos acercamos cautelosamente y nos encontramos con un claro donde había algo que nunca olvidaré. Allí, en medio del claro estaba una especie de hombre desnudo, con piel escamosa y verdosa. No recuerdo mucho sus rasgos, pues yo era aún muy pequeño, así que la imagen la tengo como entre sueños, Parecía estarse alimentando con los restos de un ave muy grande, al parecer, un águila o halcón. Realmente no podíamos estar seguros porque el encuentro duró sólo unos segundos, pues mi padre nos ordenó volver de inmediato. Apenas llegamos al campamento, levantamos las tiendas y nos fuimos a casa, ya que mi padre estaba demasiado nervioso y no deseaba exponernos. Pasaron un par de años para que mi padre deseara volver a llevarnos a acampar. Además, por aquella época tuvo problemas económicos que prácticamente llevaron a la familia a la bancarrota. Mi padre siempre decía que la causa de su infortunio fue aquel encuentro con ese ser reptil, pero ninguno de nosotros estábamos de acuerdo mucho menos rns cuando llegamos a Chile, donde pudimos pasar a vivir una mejor vida con una casa más grande. La verdad me gusta en ambos países, pero en Chile siento que existen ciertos paisajes que en Inglaterra no se pueden ver. Tal vez en Escocia, país que nunca pude visitar. El caso es que pasado el tiempo nos olvidamos de aquel ser en el claro. Nos hicimos amigos de unos niños cuyos padres trabajaban en uno de los viñedos que abundan en el área. Estos chicos nos invitaban a acampar a las tierras de los patrones de sus padres. La villa era en verdad hermosa. Me reservo el nombre por cualquier problema que le pudiera traer, pues esa no es mi intención. De toda la zona. Existía un lugar muy pantanoso donde no se cultivaba nada, pero sí existían plantas de uva salvaje y a mis amigos les encantaba ir allí a comerlas. Cuando las probé supe que su sabor era diferente. Un día les pregunté por qué no levantábamos un campamento allí mismo en las colinas que daban a un pantano bastante grande. Pero los chicos decían que tanto sus padres como mucha gente de la comunidad evitaban habitar aquella zona, ya que era famosa por tener encuentros paranormales incluyendo al avistamiento de la luz mala, leyenda que habla acerca de una luz fantasmal, cuyo único propósito es el de perder a los incautos desorientarlos para que se ahoguen en pantanos como aquel o para que caigan tras un barranco. Yo, en ese momento no conocía la leyenda de la luz mala. Había escuchado de los fuegos fatuos, pero sabía que éstos eran provocados por los gases de la naturaleza en descomposición, así que no sería extraño ver este fenómeno en un pantano como aquel. Les expliqué esto a los chicos y opinaron lo mismo que yo, pero que aún así sería difícil convencer a sus padres de dejarlos pasar la noche allí, pues incluso habían nombrado al pantano más grande como el pantano del diablo, yo que era el más chico tenía quince años. Les dije que no nos pasaría nada malo que les dijéramos que íbamos a acampar en el viñedo más cercano a ese pantano. Por aquel entonces yo tenía una casa de campaña para seis personas. Era de fácil ensamblaje, así que ante cualquier indicio de que mis padres o los de ellos estuvieran cerca, rápidamente levantaríamos el campamento y bajaríamos por la colina que daba a una parte del viñedo, que estaba justo detrás del pantano. Mentimos a nuestros padres y levantamos el campamento. Un viernes por la tarde escogimos un terreno plano que quedaba exactamente del otro lado del viñedo, siendo ésta una decisión tonta, pues no cumplía con nuestro plan principal, que era que el campamento quedara cerca del viñedo. Ante cualquier cosa. La decisión de levantar el campamento allí fue de mi hermano, quien tenía mayor experiencia en este tipo de cosas. El opinaba que levantar el campamento en una ladera era estúpido, pues, para empezar el tema terreno era bastante disparejo. Además, se corría el riesgo de sufrir un deslave del propio cerro. En cambio, el terreno de enfrente era plano y despejado. A pesar de la ubicación menos estratégica de nuestro campamento, decidimos seguir adelante con nuestro plan. Montamos las tiendas de campaña, encendimos una fogata y comenzamos a disfrutar de la tranquilidad del lugar. La noche caía rápidamente sobre el paisaje y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo despejado. Los olores del pantano comenzaron a incrementarse. A eso de las once de la noche y, tal como me imaginaba, los fuegos fatuos se hicieron presentes en medio del pantano. Aproveché la aparición de éstos para sugerir que tal vez las personas de la comunidad eran supersticiosas. Luego les conté mi encuentro con aquel ser de aspecto reptil en Inglaterra. Mi hermano me interrumpió a media historia. Me dijo que me callara, pues ni siquiera rec acordaba bien lo que ocurrió. Noté que mi hermano se puso nervioso y no era la primera vez, pues cada que se tocaba el tema en casa siempre era lo mismo. Él intentaba interrumpir la plática. Preferí callar, pero los chicos comenzaron a contar relatos acerca de encuentros con estos seres de aspecto reptil y, como tal vez la gente en la antigüedad los asociaba con demonios, pero que realmente no tenía ni idea del origen de estos seres. Mi hermano se metió a la casa de campaña sin mediar palabra alguna. Los chicos me preguntaron sobre qué era lo que ocurría. Yo les respondí que no tenía idea, pero que siempre que se tocaban temas parecidos, se comportaba de la misma manera. Mientras les decía esto, me preguntaba si no le habría ocurrido algo más a mi hermano durante aquel incidente, algo de lo que no lograba acordarme, pero que sin duda alguna era demasiado aterrador. De pronto nos quedamos todos callados durante un largo rato. Yo lo sentí como esos silencios incómodos y no pude dejar de culpar a mi hermano por ello. De un momento a otro, los fuegos fatuos comenzaron desvanecerse, siendo sustituidos por esta luz extraña que nada tenía de parecida con el color de los fuegos fatuos, pues a los fuegos fatuos es fácil ver que provienen del piso. En cambio, esta enorme esfera de luz flotaba sobre el pantano. Además, iluminaba todo alrededor. Como si de un faro gigante se tratara, habrá durado sólo unos segundos este fenómeno. Nosotros estábamos tan maravillados como espantados. Incluso uno de los chicos nos sugirió irnos a nuestras casas y dejar aquello, pues fuese lo que fuese, esa luz no auguraba nada bueno. Luego el fenómeno paró dejando todo en la más profunda oscuridad. Sacamos nuestras linternas y, por pura inercia, comenzamos a iluminar en dirección a la laguna enseguida. Nos arrepentimos de Beers quedado a unos cuantos metros. Vimos emerger a una pequeña criatura. No sería más grande que nosotros. A simple vista, creímos que se trataba de un niño. No obstante, conforme se fue acercando, notamos que sus ojos eran demasiado grandes y saltones, además de que su color de piel era verde y escamosa. Despertamos a mi hermano y para cuando salió de su tienda, aquella criatura ya estaba a unos cuantos pasos de nosotros. Entonces escuchamos como hizo un sonido gutural y tan antinatural que no pudimos evitar gritar de pura desesperación. Yo noté que esa criatura cargaba una enorme joroba llena de verrugas asquerosas. En ese punto nos echamos a correr colina arriba. Intentamos no separarnos, pero llegó un punto en que el caos se adueñó de todos y a pesar de que llevábamos linternas en la espesura del campo, ya ni supe dónde estaban todos. Me ocurrió lo que me or más me temía quedarme solo en medio del campo. Intenté guardar la calma realizando respiraciones, pues de tan asustado que me sentía, comencé a ver todo borroso, comencé a gritar el nombre de mi hermano y de los otros chicos, pero no recibí respuesta alguna. Justo cuando avancé un poco, comencé a notar de nuevo aquel maldito sonido gutural. Avancé con cuidado tratando de seguir el camino que rodeaba el pantano. La oscuridad era intensa, sólo interrumpida por la tenue luz de mi linterna. El sonido gutural continuaba y mis nervios estaban a flor de piel. No sabía si la criatura reptiliana me seguía o si había más de ellas en la oscuridad. Mientras caminaba, recordé la historia que mi hermano siempre intentaba evitar aquel encuentro en rendle shan forest el ser reptiliano alimentándose de un ave gigante. La conexión entre ese recuerdo y la criatura que a que rado acababa de ver en el pantano me llenaba de temor, pero en ese momento recordé aquello que no lograba recordar. Aquella criatura había arrastrado a mi hermano Colina abajo y de no haber sido porque mi padre le arrojó una enorme piedra en la cabeza. Mi hermano no lo estaría contando. Llegando al Viñedo, me encontré con mi hermano y los chicos. Mi hermano estaba pálido y no podía respirar, así que lo llevamos rápido con los adultos, a quienes tuvimos que confesar nuestra imprudente travesura. No volvimos por las casas de campaña, pues nuestros padres dijeron que no deberíamos acercarnos más, porque las leyendas de las que se hablaban eran ciertas. Yo, hasta la fecha de hoy, no sé si eso que vimos habrá sido un demonio o no, pero no quisiera volver a corroborarlo. Reunión de Brujas. A veces pienso en que a muchas cosas inexplicables se les ha dotado de una explicación romántica y positiva historias que fueron creadas para dejar de tener miedo a la realidad aterradora, que resulta encontrarse con un ser que no pertenece a nuestro plano de existencia. O tal vez puede que nosotros mismos seamos aquellos que invaden el espacio donde alguna vez dominaron. Yo estuve a punto de responder a esta pregunta hace mucho tiempo cuando era apenas una joven entusiasta que practicaba el campismo y la exploración urbana. Durante una ocasión me invitaron a pasar unos días en un poblado del norte del país, en Durango. Para ser exactos, yo soy originaria de Málaga, España, pero llevo más de diez años viviendo en México y siempre escucho sus relatos tan interesantes, con los cuales me identifico con al menos un par Este viaje a Durango lo realice también bajo el propósito de encontrar algo de inspiración, y es que otro de mis pasatiempos es el dibujo y la pintura al óleo. Pero para ese entonces no sentía nada de inspiración, más que nada, porque pasaba por una etapa de desilusión amorosa el lugar exacto a donde me llevaron aquella ocasión. La verdad no lo recuerdo, pues soy malísima en recordar direcciones, pero cuando escuché que iríamos a durango, me imaginé que me llevarían al desierto, pero resultó que fuimos al campo, a una zona fértil, justo a un lado de un bosque. Un amigo de toda la vida no pudo acompañarme porque enfermó de gravedad un día previo al viaje, por lo que yo misma estuve a punto de cancelar el viaje, pero después de meditarlo un par de horas, no quise desperdiciar el vuelo y es que al resto del grupo no los conocía, al menos no lo suficiente como para tenerles confianza. Pero al ver que entre el grupo iban un par de chicas, también sentí un poco más de confianza. Nos alojamos en un poblado que me recordó a las viejas películas de vaqueros del cine americano inclusive el hostal donde nos quedamos. Parecía de esa época, cosa que hizo que nuestro hospedaje fuese bastante agradable. Aquella noche terminamos bebiendo cervezas en una cantina tradicional. Yo no tardé en entablar amistad con un sujeto que tenía pinta de árabe, barba poblada, piel morena y pestañas como de camello. Sinceramente, me sentía atraída a él desde un principio, y no tanto por sus rasgos físicos, sino porque era una persona culta con la cual pude hablar de diversos temas con los que normalmente no puedo hablar con cualquier persona. Mientras bebíamos otra ronda de cerveza, escuché a otros turistas que hablaban acerca de un pequeño poblado perdido entre el bosque y el campo, donde existía una mina abandonada junto a un cementerio que databa de los primeros años de la colonia. Según ellos, allí ocurrían cosas extrañas, muy parecidas a lo que ocurría en la zona del silencio, lugar que hasta la fecha no tengo el gusto de conocer, pero he escuchado que los aparatos eléctricos fallan lo mismo que las brújulas se vuelven locas. Sentí mucho interés por aquel lugar, aunque no quise creer mucho acerca de lo que hablaban estos turistas si deseaba ver un cementerio antiguo. Así pues, me acerqué a ellos para ver si podrían indicarme qué camino tomar para llegar a aquel cementerio. Me trazaron qué camino seguir en un mapa y después de que coquetearan conmigo, les agradecí y me alejé de la mesa. Le mencioné a un par de chicos del grupo acerca de este lugar, pero me dijeron que ellos iban exactamente en dirección contraria, además de que la zona en la que pensaban acampar quedaba demasiado retirada, por lo que no tendríamos oportunidad de ir tras lo que ellos nombraron un lugar de fantasía, fuera a causa del calor de la bebida o que algo más me llamaba. Terminé convenciendo a este chico con pestañas de camello y otra chica de separarnos del grupo e ir en busca del cementerio, a la chica que se llamaba Laura. No fue difícil convencer, pues ella era fotógrafa y si encontrábamos un lugar como ese, era muy probable que realizara buenas fotografías que después vendería algún diario de la ciudad de México. Entonces, Mauricio, Laura y yo terminamos separándonos de los demás sujetos, cosa que fue muy acertada, pues tiempo después nos enteramos de que no eran buenas personas e intentaron abusar de la otra chica que viajaba con nosotros. Quién de no ser porque iba una familia pasando por el lugar. Quién sabe qué le habría pasado. El caso es que anduvimos por una brecha que nos llevó hasta la entrada de un rancho abandonado y después de seguir por un camino sobre la sierra, llegamos a una especie de mirador donde sentí resurgir mi inspiración, así que comencé a tomar unos bosquejos en un cuaderno que siempre cargó conmigo. Cuando reanudamos la marcha comenzaba a oscurecer y yo me sentía decepcionada de no poder encontrar a ninguna persona a quien preguntarle acerca del lugar del que había escuchado. Entonces me sentí estúpida por haber ido tras una falacia ir detrás de un paraje del cual no tenía más certeza que unos garabatos sobre un mapa. En eso escuché a Mauricio decir que alcanzó a haber una especie de mausoleo, a lo lejos, sobre un terraplén. En eso buscamos algún paso, alguna brecha que nos permitiera bajar e ir hasta aquel lugar si la encontramos. Aunque fue difícil caminar, ya que la maleza se había dueñado de todo el camino. Con dificultad, logramos llegar al terraplén y después de mover algunas hierbas, nos topamos con que habíamos llegado al fin a nuestro destino. Realmente no eran muchas tumbas, a lo mucho contamos diez, eso sí todas bien ornamentadas. De entre todas, lo que más relucía era una cúpula de lo que aparentaba ser un mausoleo. El acceso no fue difícil, pues la reja que guardaba la entrada estaba tan oxidada que se rompió. Apenas la tocamos dentro olía bastante mal, aunque encontramos pistas de que alguien más estuvo visitando el lugar, pues encontramos latas de cerveza botellas deteniendo velas de cebo. Bajamos entonces hasta las catacumbas dentro de la cripta. Tuvimos que hacer uso de linternas para poder ver dentro. No alcanzamos a ver ninguna inscripción en ninguna lápida. Pero si vimos varios símbolos que nos indicaron que el lugar fue frecuentado por alguna persona que practicaba la brujería, Laura, emocionada por la oportunidad de capturar imágenes inusuales, comenzó a tomar fotografías mientras Mauricio y yo continuamos explorando. De repente escuchamos un susurro débil que parecía surgir de las sombras. La atmósfera se volvió densa y cargada de energía. Miramos alrededor, pero no vimos a nadie. Entonces encontramos algo dentro de un nicho abierto. Acercamos una lámpara apenas la luz rozó. Dentro del nicho vimos algo en verdad macabro. Se trataba de un par de manos humanas disecadas. Yo tuve la imprudencia de tocar una la piel se sentía tersa, pero Fría no imaginaba bajo qué fin habrían colocado esas manos allí. Mauricio dijo que tal vez fueran las manos de algunos incautos que, al igual que nosotros, nos atrevimos a entrar a ese profano lugar. Decidimos salir de las catacumbas y regresar a la superficie. La noche había caído por completo y la luna llena iluminaba el cementerio de una manera que le daba un aspecto siniestro. Al salir, notamos que el mausoleo estaba cubierto con enredaderas y hojas, dándole un aspecto abandonado. Como ya era tarde y Laura deseaba hacer más fotografías, decidimos levantar el campamento en una planicie cercana que se veía despejada. La noche transcurría en tranquilidad, como sólo puede sentirse en el campo. Encendimos una fogata y compartimos una comida. Yo me sentía triunfante de haber llegado hasta ese lugar. De pronto comenzamos a notar cierto resplandor por encima del terraplén, donde se encontraba el mausoleo. A simple vista parecían unas esferas hechas de puro fuego. Minutos después notamos que el fuego se posó casi enfrente de donde encontramos el mausoleo. En eso, Mauricio, apagando el fuego, nos sugirió guardar silencio, pues habíamos caído directamente en el lugar de reunión de unas brujas. Yo le respondí que nada malo ocurría. Si se trataban de brujas, sólo serían mujeres realizando algún ritual o alguna cosa así, pero Mauricio me indicó que no era tan sencillo que, en efecto, existían mujeres que practicaban brujería. Por otro lado, existían aquellas almas que fueron poseídas por entidades antiguas que conoceríamos como demonios y habitaban este tipo de lugares. Según él, su verdadera forma residía dentro de esas esferas luminosas, aunque eran capaces de adquirir cualquier forma por más grotesca que fuera. Además de lo que más deberíamos de temer, era que, tal como en las viejas historias, poseían el poder de lograr que también sus víctimas cambiarán de forma causando una agonía y sufrimiento perpetuo. Esto último en verdad me causó miedo, así que de inmediato me puse a rezar a lo lejos. Veíamos unas especies de sombras entre la luz del fuego, como si varias personas danzaran alrededor las brujas o lo que fuera que estuviera ocurriendo en el terraplén seguían con su ceremonia. Las esferas de fuego titilaban proyectando sombras distorsionadas sobre la maleza circundante. Aunque no podíamos distinguirlos detalles exactos. La atmósfera sugería un evento sobrenatural. De repente, las esferas comenzaron a elevarse en el aire formando una especie de espiral luminosa. Nos quedamos boquiabiertos ante el espectáculo sin poder apartar la mirada de aquel fenómeno misterioso. Mauricio, preocupado, insistió en que debíamos alejarnos del lugar cuanto antes. Yo le dije que sería estúpido caminar de noche por la brecha. Dicho esto, comenzamos a notar que sobre el campamento comenzaron a aparecer las mismas bolas de fuego. El terror se apoderó de nosotros, pues juro por Dios que dentro de esas esferas lograba notar como si dentro estuviese el cuerpo de una persona. No sé cómo explicarlo era como si las extremidades se les encontraran todas dobladas. Por fortuna, no nos hicieron nada, sólo acecharnos aquel tétrico espectáculo terminó cerca de las cinco de la rn nra drugada y apenas salió el sol. Levantamos el campamento y regresamos al hostal. Platicamos mucho acerca de las brujas y las manos disecadas. Todos creíamos que de haber durado un par de días más en ese lugar, tal vez nuestras manos estarían colgando también allí dentro de ese mausoleo. Desgraciadamente, las fotografías salieron veladas. Aunque Laura, con quien seguía en contacto, me presumía seguido haber fotografiado una de esas esferas de fuego, pero la verdad es que jamás vita la imagen. A pesar de la experiencia, no he dejado de practicar senderismo, aunque ya jamás lo he hecho. Sola están en el campo. Cuando era joven, vivía en un rancho muy cercano a la laguna de Chapala en Jalisco, México. Algunas personas pensarán que la vida en el campo es aburrida y monótona y tal vez tengan res razón. Tal vez no haya tantos lugares bulliciosos como en la ciudad. Sin embargo, el campo posee la belleza de la calma y tranquilidad, quietud que permite percibir ciertas cosas que no notamos a veces entre el brillo y el bullicio de la ciudad. Y no digo que en las ciudades no ocurran sucesos paranormales, sino que con tanta distracción solemos pasarlos por alto en ambos lugares. He sido testigo de varias cosas extrañas, pero ninguna que viviera en la ciudad superó a la anécdota que estoy por Relatarles me llamo Rodrigo y como dije al principio, vivía en un rancho ubicado en Tizapán. El alto mi padre y mi abuelo se dedicaban principalmente a la fabricación de queso de mesa, aunque también poseían varios cultivos de maíz y frijol. Yo les ayudaba en todo lo que podía. También vivían varios primos y para divertirnos a veces íbamos a la laguna o simplemente jugábamos al fútbol en algún campo que o estuviera despejado. A mí siempre me gustó mucho el fútbol, tanto que terminé por formar un equipo que inscribí en una liga local. Una tarde después de un día de que termina un torneo relámpago, decidimos organizar un partido de fútbol entre nosotros, los primos y algunos amigos del pueblo. El sol se ocultaba lentamente tiñendo el cielo con tonalidades cálidas mientras nos dirigimos al campo de juego, un terreno amplio y llano cerca del rancho. Este lugar era bastante extraño, pues en aquella época había muchas personas que aprovechaban el suelo fértil y este terreno no pertenecía a mi abuelo, sino a un vecino que tenía fama de codicioso. Entonces era extraño que no estuviera ocupado. El caso es que, para evitarnos problemas, fuimos a buscar al señor para pedirle permiso de dibujar una cancha de fútbol con cal y colocar unos arcos con tubo galvanizado para que funcionaran como porterías. El hombre nos recibió de buena manera, pero se negó a darnos el permiso, aunque no nos dijo por qué. Nosotros, como pensamos que era por lo codicioso que era, le ofrecimos pagarle una especie de renta. En eso el señor se puso serio y nos explicó que no era tanto por el dinero, sino por otra cosa que prefería callar, pero que si tanto deseábamos hacer una cancha allí, tendríamos su permiso siempre y cuando o prometiéramos no quedarnos hasta después de las ocho. Nosotros aceptamos y de momento no nos preguntamos sobre el porqué de esta regla. De cualquier manera, en el rancho no hay mucha iluminación y en el campo la luna no alumbra como las lámparas de la ciudad, así que todos solíamos irnos a casa antes de que oscureciera. Duramos jugando allí cerca de un mes. Cuando comencé a escuchar rumores entre los chicos que decían haber visto rostros entre la hierba alta. Otro dijo haber visto a un anciano que lloraba como si se tratara de un bebé, algo que a mí par parecer era bastante grotesco. Yo al principio no noté nada, y eso que me quedé hasta casi las ocho. Un par de veces, un día después de un partido, nos quedamos tomando mezcal. La verdad. A mí se me pasaron las copas y cuando vi mi reloj de pulsera, me di cuenta que eran las ocho. Con quince de todos los muchachos que se quedaron conmigo sólo se mantuvieron dos, pues cuando todos vieron la hora quisieron honrar el acuerdo y yo, con la sangre caliente por el mezcal, les dije que no pasaría nada y que si veíamos al dueño, correríamos todos a casa, cosa que no ocurrió. Todos comenzaron a bromear diciendo rigoberto nos dijo que nos fuéramos porque en su terreno se han de aparecer las brujas. Todos se lo tomaron a burla. Pero después de escuchar cierto movimiento entre la maleza, se comenzaron a asustar y yo, haciendo el valiente, me puse de pie y les llamé cobardes, recalcando que ese sonido era simplemente del viento golpeando la naturaleza, pues el temporal de lluvias se acercaba En eso sonaron también las chicharras y les dije lo ven las chicharras ya están llamando a la lluvia. Me eché un largo trago de mezcal y me dirigí directamente hacia la hierba alta. Una nube cubrió la luna y no pude ver nada dentro de la hierba. Noté que el sonido entre la maleza no era como cuando el viento la golpea, sino como si algo o alguien se arrastrara entre ella. En eso la nube pasó de largo a través de la luna y por un momento la luz iluminó la hierba alta, dejando ver lo que, a mi parecer, era una especie de máscara blanca como esas que salían en las películas donde se celebraban bailes en grandes palacios. Fue cosa de unos segundos. Quien se encontrara escondido entre la hierba corrió a esconderse más que miedo sentí curiosidad. La mente intenta darle explicación a todo aquello que nos aterra para no entregarnos al pánico ante la única verdad del universo, la cual es que existen cosas más allá de nuestra comprensión y que, además, pocas veces tenemos el control de la situación. Así pues, lo primero que se me vino a la mente fue que Rigoberto nos quería asustar por no haber acatado sus reglas. Entonces regresé intentando mantener la calma, aparentando que no había visto nada mis amigos notaron que mi semblante había cambiado y en verdad hasta sentí que la borrachera se me bajó. Cuando me preguntaron sobre lo que había visto, les dije una mentira, les dije que vi un tlacuache y, como me tomó de sorpresa, me puse nervioso En eso. Los chicos comenzaron a acercarse a la maleza. Comenzamos a escuchar ese llanto de bebé, pero no sonaba normal, sino como si tuviera un tono siniestro, no sé cómo explicarlo. Esto ocasionó que todos salieran corriendo. Una vez que se encontraron conmigo, vimos que la hierba se movía hacia un lado y hacia otro. No tardaba bar llover, pues el viento comenzó a soplar con fuerza de un momento a otro. Comenzamos a ver siluetas saliendo de entre la maleza y cuando estuvieron lo suficientemente cerca. No podíamos creer lo que veían. Nuestros ojos eran en total cuatro criaturas. Parecían personas, pero sus extremidades estaban puestas al revés. Caminaban usando sus manos también como patas. También llevaban máscaras blancas como la que acababa de ver hace unos momentos. Caminaban torpemente girando sus cabezas de una manera antinatural y cada cierta distancia se detenían para realizar ese espantoso sonido. Como de bebé endemoniado. No entendíamos lo que ocurría, pero una cosa era segura. No creíamos que algún ser humano pudiera actuar de la misma manera que esos seres, pues la manera en que se movían no respondía a nada que hubiéramos visto antes, ni siquiera en las películas de terror cuando pudimos reaccionar. Corrimos todos en dirección al rancho de mi abuelo. Al llegar, mi padre nos olió y nos regañó por andar tomando. Recibimos su regaño sin rechistar, pero apenas guardó silencio. Le platicamos lo que nos acababa de ocurrir. Mi padre no nos creyó. Se limitó a decir que lo que ocurría era que ya estábamos viendo visiones a causa del alcohol. Intentamos en vano convencer a mi padre acerca de que lo que acabábamos de ver era real. Para esto se soltó una buena tormenta. Nos quedamos en la sala mientras mi padre nos preparaba algo de té que, según él, serviría para que se nos bajara la borrachera, pero al menos yo ya no me sentía borracho. Pasaría apenas una hora cuando comenzamos a escuchar de nuevo aquel maldito sonido. Rápidamente le dijimos a mi padre que ese sonido lo producían esos seres que vimos en el campo, pero él dijo que no nos creía, pues conocí animales que venían con la tormenta que hacían el mismo sonido. El sonido comenzó a sonar más marcado. Yo estaba seguro de que no era producido por algún insecto, así que le pedí a mi padre salir en dirección a la cancha. Mi padre aceptó así que, agarrando una linterna y su machete, salimos de nuevo en dirección al campo de fútbol. Mi padre peinó toda la zona con su linterna, pero los seres que nos acecharon hacia apenas unos segundos se habían esfumado. Nosotros nos quedamos en los límites del terreno, pues aún sentíamos miedo. Cuando mi padre regresó sintiéndose triunfante. Al creer que tenía razón. Uno de los chicos le gritó allí. Están en el campo y mi padre, girándose, se puso totalmente pálido al ver que uno de esos seres corrió hacia él y le tomó del pie derecho. Mi padre soltó un par de machetazos dando directamente a la mano. Entonces la criatura lanzó un chillido muy distinto, soltó a mi padre y corrió hacia nosotros. En eso nos dijo más enojado que asustado. Ese maldito viejo avaricioso sería capaz de entregar el alma de su propia madre si se le otorgara medio poblado. No entendimos por qué lo dijo, pero me imagino que algo tenía que ver con esas apariciones. Entonces corrimos de nuevo a casa, donde mi padre nos puso a rezar un rosario entero fue realmente aterrador, porque unido al sonido de la tormenta, se escuchaba ese maldito llanto de bebé Con el pasar de los días no regresamos a ese terreno y muchas veces nos preguntamos qué serían esos seres nahuales brujas, demonios o simplemente el producto de un terreno maldito. A veces nos encontrábamos a Rigoberto que se nos quedaba viendo esbozando una sonrisa socarrona que nos dejaba pensando si él intuía lo que nos había ocurrido ya nunca. Nadie supo nada, pues como es de esperarse, ninguno o de de nosotros deseamos regresar y desalentábamos a cualquiera que deseara adentrarse en ese trozo de tierra. Los montes tienen rostros. Cuando era joven, trabajaba en un rancho tequilero, en tequila jalisco. De esto ya hace bastante tiempo. Por aquel entonces la tecnología no estaba tan avanzada como hoy en día, lo que considero una pena, pues en este momento pudiera compartir tantas imágenes de cuántas experiencias extrañas tuve. Así, tal vez me ahorraría un par de palabras. En el campo es donde suelen suceder las historias más extrañas de todas. Desafortunadamente, la urbanización ha ido terminando con la mayoría de espacios verdes y libres. Y no digo que en las ciudades no ocurran cosas extrañas, sino que hay ciertos fenómenos que no se presentan de la misma manera. Como dije, al principio trabajaba en un rancho de tequilero donde la destilación se llevaba a cabo con un proceso cien por ciento artesanal. Aunque yo sabía llevar a cabo todo el proceso mi trabajo se encontraba en el campo y no en las plantas destiladoras. Vivía en una casita en el mismo campo de agaves, mismo que se encontraba sobre una colina bastante fértil. El terreno era en verdad extenso y la única zona en la que no se sembraba era un conjunto de montes de roca, donde la tierra era yerma y lo único que crecía eran espinos y zarzas. Durante una fiesta que ofreció el patrón para todos los peones y maestros destiladores. Escuché una historia acerca de este terreno estéril. Era una historia bastante interesante acerca de que alguien vió una especie de trol entre las rocas de esos seres. Sólo tenía conocimiento por un par de libros que había leído, pero jamás escuché que alguien del campo utilizara ese término. Había escuchado historias sobre duendes, sobre brujas y nahuales. Incluso una cerca de una ánima que con engaños te llevaba a la laguna para ahogarte. Escuchar acerca de esta historia despertó un gran interés dentro de mí, así que me propuse ir a trepar ese cerrollermo. Apenas tuviera oportunidad, una vez que el temporal amainó y el sol volvió a brillar en el cielo de una manera calmada, no como ese temporal seco Aproveché mi día libre para explorar los montes estériles que se alzaban en la colina cercana. Armado con una cantimplora, una linterna y mi curiosidad, me aventuré hacia lo desconocido. A medida que ascendía por la empinada ladera, noté la ausencia de sonidos de la fauna habitual. El silencio era casi sobrecogedor, sólo interrumpido por el crujir de las ramas secas bajo mis botas. Las espinas de las arzas se aferraban a mi ropa, pero mi determinación por descubrir los secretos de los montes y saber exactamente de qué se trataba aquello de lo que se hablaba, sobre todo saber si en verdad existía alguna especie de trol o qué era lo que se confundió con ese ser pues yo me imaginaba que probablemente sólo se trataba de alguna formación rocosa a la que se le vio cara o figura humana. Cuando alcancé una altura considerable, vi cómo el cielo se cubrió de nubes oscureciendo la luz de la tarde, yo sabía que si las nubes venían del sur, la tormenta sería algo seguro. Me quedé quieto pensando en qué hacer, si bajar y regresar antes de que cayeran las primeras gotas o si buscaba un lugar donde resguardarme, pues cómo podía caer una lluvia rápida como podía durar por horas. Decidí regresar, pero no alcancé ni a avanzar un par de metros. Cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron caer con violencia sobre mí, entonces lo único que se me ocurrió fue meterme en una especie de cueva entre dos enormes rocas. Cuál sería mi sorpresa que dentro si había una cueva. Me senté sobre una roca y escuché cómo la OAO lubia caía con fuerza. Mientras esperaba que la lluvia amainara. Exploré el interior de la cueva con mi linterna. Descubrí que era más grande de lo que parecía desde afuera, con pasadizos estrechos que se adentraba en la oscuridad. Intrigado, decidí aventurarme más profundamente, dejando atrás la entrada iluminada por la lluvia que caía. A medida que me adentraba en la cueva, noté extrañas formaciones rocosas que parecían esculpidas por la mano de la naturaleza. La luz de mi linterna revelaba sombras caprichosas que danzaban en las superficies de las rocas, creando ilusiones que jugaban con mi imaginación. El sonido de la lluvia golpeando la entrada de la cueva creaba una sinfonía hipnótica y por un momento me sentí absorto en la tranquilidad del lugar. Sin embargo, a medida que avanzaba más adentro la cueva, parecía cobrar vida propia. Fue entonces cuando noté que las formaciones rocosas tomaban una extraña similitud con rostros humanos caras talladas por la erosión y el paso del tiempo me observaban desde las paredes de la cueva. Sus expresiones variaban desde la serenidad hasta la Melancolía como si fueran guardianes silenciosos de secretos ancestrales. Mis pasos resonaban en la caverna y el sonido de gotas de agua goteando creaba una atmósfera casi mística entre las sombras. Empecé a discernir siluetas que parecían moverse como si los rostros de la cueva estuvieran cobrando vida. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando al girar una esquina, me encontré frente a una abertura que daba paso a una cámara más grande. En el centro, una formación rocosa se asemejaba sorprendentemente a la figura de un gigante con rasgos, de un humano, aquello que había escuchado en las historias del Rancho. La misteriosa figura entre las rocas se desplegaba ante mí, dándome la razón acerca de la de que la historia de aquel ranchero sólo había sido una roca que parecía una criatura mitológica. Estaba a punto de salir de la cueva cuando noté que la temperatura bajó de súbito y una ráfaga de viento entró causando una especie de silbido al chocar contra las pequeñas oberturas entre las piedras. Luego las piedras cambiaron de forma no sé cómo explicarlo. Sé que suena demasiado increíble, pero juro por Dios que tanto las sombras como las paredes de la cueva parecían realizar una especie de gesticulación. Luego escuché una especie de grito gutural que me obligó a salir de inmediato De ese lugar. Salí de la cueva y me dirigí a la brecha que me llevó hasta allí. Entonces alguien o algo me arrojó unas pequeñas piedras en la cabeza. Me detuve y me giré para ver qué era lo que ocurría. Entonces vi a esta pequeña criatura de color cenizo. Iba vestida de una manera bastante poda peculiar. Parecía como hecha con puros retazos de ropa de distinto color. Me diría menos de un metro. La criatura mostraba una mirada siniestra y apenas me vio. Comenzó a acercarse a mí corriendo y yo, por puro reflejo, corrí para alejarme de él. De allí no recuerdo más, pues al estar tan resbaloso y sinuoso el camino terminé cayendo y perdí la conciencia. Me encontraron unos hombres que, por pura casualidad, se encontraban correteando a un par de borregos. Cuando les conté lo ocurrido, dudaron de mi historia, pues dijeron que todo lo que había vivido fue sólo una alucinación a causa del golpe que me di, no intenté convencerlos. En cambio, cuando pude platiqué con los rancheros que me hablaron acerca del lugar, ellos si me creyeron, además de que pensaban que tal vez dentro de la cueva existía alguna entrada a un lugar muy profundo en la tierra. Yo nunca volví a acercarme a a ese lugar, pues sé que lo que vi fue cien por ciento real. Me importa poco si me llegaran a creer o no. Relatos escritos y adaptados por Mauricio Farfán