Mientras unos se reían en 2006 otros construían el mundo en el que vives
33.700 millones de euros. Es la mayor inversión tecnológica anunciada nunca en España y una de las mayores de Europa. No es un plan ni una promesa electoral: hay hectáreas asignadas, declaraciones de interés general aprobadas y grúas que ya se mueven. Y mientras eso ocurre, el debate público está en otro sitio, discutiendo si todo esto es una burbuja que va a estallar.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y confundirlas sale caro. Una cosa son las valoraciones bursátiles: múltiplos que solo se sostienen si todo sale perfecto, dinero especulativo persiguiendo la próxima gran historia, Goldman Sachs y JP Morgan advirtiendo de una euforia inversora mientras lideran las salidas a bolsa de las empresas que la protagonizan. Otra cosa distinta es el capex: centros de datos, subestaciones eléctricas, semiconductores, refrigeración, fibra. Hormigón y silicio.
La historia ya nos dio esta lección y la olvidamos rápido. En marzo de 2006 Amazon lanzó un servicio para almacenar datos en servidores remotos y algunos de los ejecutivos más poderosos del sector lo despacharon en público como una moda pasajera. Veinte años después, esa moda pasajera es la capa invisible sobre la que funcionan Netflix, Airbnb, Uber y más del 75% del IBEX 35. La fibra óptica que arruinó a decenas de operadoras durante la burbuja puntocom fue exactamente la infraestructura que hizo posible internet barato.
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