Una Mujer Nahual Historias De Terror - REDE

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En todos los pueblos. Han existido algunas leyendas sobre seres sobrenaturales que habitan en esta tierra, como brujas y nahuales. Tales criaturas han sido durante muchas décadas los protagonistas de tantas historias que los abuelos transmiten a sus siguientes generaciones. Muchas historias lo representan como seres mÃticos y fantásticos, pero en algunos relatos son tan escalofriantes que causan temor y miedo. Incluso hay quienes no quieren hablar nunca de lo que han presenciado y guardan esa experiencia en sus recuerdos. Yo quiero compartir mi historia. Esto me ocurrió hace treinta años. En aquel entonces yo vivÃa en la calle, mis padres habÃan muerto en un accidente de carretera junto a mis dos hermanos. Lo que me condenó a ser mendigo fue que mis padres llevaban una nula relación como familia. Lo que habÃa pasado es que ellos eran primos segundos, pero eso no los detuvo. Mi madre quedó embarazada y después se casó con mi padre. Esa situación rompió a la familia. La mitad culpaba a mi madre y la otra mitad culpaba a mi padre. Ellos decidieron alejarse de todos y hacer su vida sin importarles lo que dijeran ni opinaran los demás. Los primeros meses viviendo en la calle fueron horribles. El hambre, el frÃo, la constante sea cada que conseguà un poco de dinero, llegaba alguien a golpearme para quitármelo. Cuando me cansé, decidà irme a otra ciudad. Yo apenas tenÃa diez años. Caminé hasta la carretera y pedà un aventón. Cientos de autos pasaban de largo hasta que un trailero se detuvo. Me preguntó hacia dónde iba. Le respondà que hasta dónde llegara. Y fue asà que salà de Tijuana sin saber hacia dónde me llevarÃa la vida. El trailer no hizo ninguna pregunta en todo el camino. Después de muchas horas se orilló. Me dijo que hasta ahà podÃa llevarme que más adelante leer imposible, pero que si seguÃa por el camino que salÃa de la carretera, llegarÃa a una ciudad en unas tres horas. Le di las gracias antes de que me bajara. Me dio unos billetes y me dijo que Dios te bendiga. Salà del tráiler y caminé hasta llegar a la ciudad. Yo no lo sabÃa, pero habÃa llegado al Estado de Sinaloa. El dinero que me habÃa dado el trailero me sirvió para comer durante un mes. Me duró mucho, porque ya me habÃa acostumbrado a comer poco y sólo una vez al dÃa. Ese primer mes la pasé bien. HabÃa aprendido mucho de los terribles meses en Tijuana. Lo primero que hice llegando a Sinaloa fue comprarme tres cambios de ropa, una gorra y unos tenias, todo de segunda mano y muy barato. Hice eso para no parecer un niño de la calle. Casi todo el dÃa me la pasaba en parques y plazas que estuvieran cerca de las escuelas. En esos lugares siempre habÃa familias con niños. Por lo tanto, yo no llamaba la atención. DormÃa en un negocio abandonado. Me metÃa por una ventana rota, siempre cuidando que nadie me viera. Todos los dÃas lavaba mi ropa en algún baño público. Cuando me quedaba poco dinero, compré una escoba, un recogedor, un cuaderno y una pluma. Ya habÃa visto varias casas en las que vivÃan personas ya mayores y que todos los dÃas salÃan a barrer el frente de su casa. Yo iba una vez por semana a cada una de esas casas a barrer. Lo hacÃa muy temprano y cuando terminaba dejaba una nota adorada en el portón en el que decÃa que era un niño sin papás que estaba intentando ganarme la vida barriando las banquetas que más tarde regresarÃa a tocar su puerta si no tenÃan dinero para darme que, por favor, por lo menos, me regalaran un vaso con agua un taco. Tuve la fortuna de que todas las personas a las que les barrÃa la banqueta me ayudaban con algo, inclusive varias señoras que vivÃan solas. Me pedÃa que fuera todos los dÃas. Ellas querÃan que les ayudara con otras cosas. AsÃ, sobrevivà durante un año hasta que una persona malintencionada me siguió y descubrió dónde me quedaba dormÃa. Esa noche fue la peor de mi vida. En la mañana volvà a la carretera para alargarme de Sinaloa, pero llegó el atardecer y nadie se detuvo. Me rehusaba regresar, asà que empecé a caminar por la carretera. PreferÃa morir en medio de la nada que regresar. Cuando llegó la madrugada, la oscuridad era abrumadora e intimidante. Respiraba de manera profunda tratando de recuperar mis fuerzas, pero el cansancio y el sueño me estaban venciendo. Quise retractarme y volver a Sinaloa, pero me mantuve y seguà alejándome. Comencé a silbar una canción que me habÃa enseñado mi mamá. Mi silbido era lo único que quebraba la oscuridad silenciosa. Eso y un ni que otro vehÃculo que pasaba de vez en cuando el sueño me empezaba a vencer. Los ojos se me cerraban y cada vez era más difÃcil volver a abrirlos. De pronto observé que en medio de la carretera habÃa un enorme bulto negro. Me quedé inmóvil mirando el bulto comenzó a moverse y a hacerse mucho más grande. TenÃa la forma de un perro gigante. Sus ojos brillaban con un color amarillento. Se puso en posición de querer atacarme y yo, por supuesto, no podÃa hacer nada. A pesar de haber vivido tanto tiempo en la calle, nunca le perdà el miedo a los perros. Mis pies no paraban de temblar y mis dientes tronaban dentro de mi boca. Aquel animal se fue acercando lentamente. Yo solo cerré los ojos con fuerza de deseando que mi mamá apareciera. Cuando los abrà pude ver que este animal desplegó un par de enormes alas, la sacudió con fuerza y se elevó por los aires y se alejó volando hasta perderse caà de rodillas. Me habÃa llevado una impresión muy fuerte. SentÃa que el corazón se me iba a salir. No sentÃa las piernas. Luego ya no supe de mÃ. Cuando desperté estaba en un trailer, no entendÃa lo que habÃa pasado. Me levanté. Movà la cortina que separaba la cama de los asientos del frente. Era una mujer la que conducÃa. Ella me habló y me dijo que me habÃa encontrado inconsciente en la carretera. Me movÃa el asiento de enfrente. La mujer me preguntó a dónde iba. Le respondà que no importaba que cualquier lugar estaba bien. Después me preguntó por mis padres, pero no respondÃ. Después me comentó que más adelante nos detendrÃamos para comer algo. En ese lugar también habÃa regaderas. Me dijo que sÃ, querÃa podÃa aprovechar para bañarme. Yo seguà un poco oÃdo, asà que sólo movà la cabeza sin decir nada. Llegamos al lugar. La señora me dijo que fuera a bañarme en lo que preparaban la comida. Ese fue el primer baño real que tuve en más de un año. Antes. Sólo me aseaba con botellas que llenaba con agua de la llave, la misma agua con la que lavaba mi ropa cuando salà de bañarme después de veinte minutos, en efecto, la comida estaba servida. No pude evitar darme cuenta que algunos de los señores que estaban ahà me veÃan raro. Fui a la mesa donde estaba la señora y me senté frente a ella. En eso se acercó uno de los sujetos y le preguntó quién era yo la mujer. Sin titubear. Dijo es mi sobrino, se llama MartÃn, mi hermana. Tuvo que salir de imprevisto y me lo dejó a cargo un par de dÃas. El señor me saludó y luego se retiró. Mi nombre no era MartÃn, pero no dije nada. Mientras comÃamos se me ocurrió preguntarle su nombre era Lidia, o al menos eso fue lo que me dijo. Cuando terminamos de comer fui al baño y después salimos del lugar para continuar por la carretera. Luego de unos minutos de silencio, me preguntó cuál era mi historia. Durante más de una hora le estuve contando ella. No me interrumpió en ningún momento sólo escuchó. Lo único que no le dije fue lo del perro volador, porque no querÃa parecer un loco. Al terminar de contarle, le pregunté si podÃa ir a la parte de atrás a dormir un rato antes de cerrar la cortina para que la luz no me pegara y poder dormÃa. Vi que ella sacó debajo de su asiento un envase con un lÃquido de color rojo. La botella no tenÃa etiqueta. No quise preguntarle nada. Me me me mejor. Me dormÃ. Cuando desperté, seguÃamos en la carretera, pero ya se estaba poniendo el sol. Le pregunté la hora y me dijo que iban a hacer las seis de la tarde. Cuando se hizo de noche, empecé a notar que ella miraba mucho por el retrovisor. ParecÃa que algo estaba esperando o buscando, pero no habÃa ningún vehÃculo cerca de nosotros. De pronto me dijo que me abrochara el cinturón porque tomarÃamos un atajo difÃcil. La vi un poco tranquila, asà que evité preguntar y simplemente le hice caso. Yo no veÃa ninguna salida, Sólo habÃa tierra a nuestro alrededor. La señora se estaba poniendo ansiosa, tenÃa sudor en la frente y no dejaba de mirar hacia el retrovisor. Me ganó la curiosidad y miré por el retrovisor que estaba de mi lado. Al momento que eché el vistazo, pude ver un animal muy raro acercándose muy rápido. No podÃa verlo bien, porque la única luz que habÃa eran las luces traseras el tráiler. El animal era demasiado rápido porque cada vez estaba más cerca. Entonces Lidia dio un volantazo hacia un costado, golpeando con la caja al animal. Ese volantazo, la sacó de la carretera y el trailer se empezó a mover muy feo. Yo me estaba asustando y más porque Lidia no decÃa nada, sólo conducÃa y aceleraba mientras intentaba no voltearse. Después de revisar muchas veces ambos retrovisores, volvió a la carretera, dio un suspiro como de alivio y en eso algo cayó un poco adelante de nosotros y ella le pasó por encima. Cuando se me pasó la conmoción, le pregunté qué habÃa sucedido, pero ella no me respondió. Insistà con mi pregunta, pero se mantuvo en silencio. Después de un muy largo rato orilló el camión, agarró una linterna, me dijo que le pasara un cepillo amarillo y se bajó. Yo me asomé por la ventana y vi que estaba quitando algo de las llantas. Estuvo afuera por varios minutos y luego volvió a entrar. No le dije nada, pero ella se dio cuenta que yo querÃa saber qué era lo que estaba pasando. Lo que dijo fue que habÃa cosas que los niños no debÃan saber. Le dije que yo vivÃa solo en la calle. Por lo tanto, podÃa saber qué estaba pasando y al contarme lo hizo de forma vaga. En realidad no entendà nada. Dijo que habÃa bajado a limpiar las llantas porque habÃan quedado pedazos de carne. Después de arrollar aquello que nos habÃa aparecido de repente sobre el animal. No me dijo nada. Puso en marcha el tráiler y nos fuimos de ahÃ. Ella ya no volteaba por el retrovisor parecÃa más calmada, pero yo seguÃa nervioso y no podÃa dejar de ver hacia afuera rezando porque no se nos apareciera otro de esos animales. Ella encendió la radio y después de un rato le dije que yo le habÃa contado mi historia y que querÃa saber qué habÃa ocurrido. Lidia suspiros descarnada y me contó que lo que nos habÃa seguido no era un animal, sino que era un ual. También me dijo que la criatura voladora que yo habÃa visto era un tipo de nahual diferente que aunque yo pensara que eran animales, no era asÃ. Yo nunca habÃa escuchado nada sobre los nauvales. La señora Lidia me explicó que se trataba de poderosos brujos que, debido a que habÃan partido su alma en dos, podÃan utilizar una de esas mitades para transformarse en otra cosa. PodÃa ser en animales como tal, o podÃa ser en monstruos que eran mezclas de animales o en criaturas mitad humano y mitad animal. O hice perfectamente lo que es un huar. Pero en aquel entonces no entendà ni la mitad de lo que me dijo, pero su respuesta sonó tan real que simplemente le creÃ. Luego le pregunté si los nauales tenÃan poderes o algo. Me dijo que tenÃan un olfado que les permitió leer a muchos metros de distancia. También podÃan correr muy rápido y eran bastante fuertes. Me dijo que los nauales se comÃan a la gente y que no les gustaba ser vistos. Por eso el que yo habÃa visto en Sinaloa se habÃa ido en lugar de comerme, porque no se comÃan a cualquiera. Le pregunté si creÃa que a mà me querÃan comer los nahuales ella sin voltear a verme me dijo que no era yo lo que los nauvales querÃa. Que fuera un niño no significaba que fuera tonto. Por eso entendà que si en ese tráiler sólo Ãbamos ella y yo y los navales no me querÃan a mÃ, entonces la única opción que daba era que los nahuales la querÃan a ella. Pero en ese momento algo me hizo clic en la cabeza. Recordé que yo no le habÃa comentado nada sobre el perro volador. Cuando le cuestioné al respecto, se quedó muda. Por unos momentos después dijo que ella no se habÃa detenido para levantarme, sino que habÃa parado el trailer Después de escapar de ese nahual y cuando bajó para tomar aire, me vio ahà tirado. Los dos nos quedamos callados durante el resto del viaje. Cuando estábamos en el Estado de Guerrero, me dijo que ahà me tenÃa que dejar. Le di las gracias por todo y bajé del trailer para seguir mi camino. Por mi cuenta, siento totalmente honesto. No recuerdo en qué ciudad me dejó, pero sé que estaba cerca tanto de Oaxaca como de Puebla. Me las arreglé para vivir unos meses ahÃ, hasta que conseguà trabajo en una bodega y a partir de ahà las cosas fueron cambiando para bien poco a poco. Estuve en guerrero por cinco años y después me movà al Estado de México para trabajar en un mercado de Ixtapaluca. En una ocasión, por azares del destino a unas pocas cuadras del mercado, habÃa varios trailers estacionados. Yo iba saliendo de mi dÃa de trabajo y pasé al lado y ahà me encontré a la señora Lidia. Yo habÃa cambiado mucho y no me reconoció, pero ella estaba igualita. Me acerqué a ella la saludé y cuando le dije quién era yo se acordó de mÃ. Fuimos a comer a un local cercano que estaba en unas cuantas cuadras de ahÃ. Relato escrito y adaptado por Ramiro contreras








