July 5, 2023

Una Mujer Nahual Historias De Terror - REDE

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En todos los pueblos. Han existido algunas leyendas sobre seres sobrenaturales que habitan en esta tierra, como brujas y nahuales. Tales criaturas han sido durante muchas décadas los protagonistas de tantas historias que los abuelos transmiten a sus siguientes generaciones. Muchas historias lo representan como seres míticos y fantásticos, pero en algunos relatos son tan escalofriantes que causan temor y miedo. Incluso hay quienes no quieren hablar nunca de lo que han presenciado y guardan esa experiencia en sus recuerdos. Yo quiero compartir mi historia. Esto me ocurrió hace treinta años. En aquel entonces yo vivía en la calle, mis padres habían muerto en un accidente de carretera junto a mis dos hermanos. Lo que me condenó a ser mendigo fue que mis padres llevaban una nula relación como familia. Lo que había pasado es que ellos eran primos segundos, pero eso no los detuvo. Mi madre quedó embarazada y después se casó con mi padre. Esa situación rompió a la familia. La mitad culpaba a mi madre y la otra mitad culpaba a mi padre. Ellos decidieron alejarse de todos y hacer su vida sin importarles lo que dijeran ni opinaran los demás. Los primeros meses viviendo en la calle fueron horribles. El hambre, el frío, la constante sea cada que conseguí un poco de dinero, llegaba alguien a golpearme para quitármelo. Cuando me cansé, decidí irme a otra ciudad. Yo apenas tenía diez años. Caminé hasta la carretera y pedí un aventón. Cientos de autos pasaban de largo hasta que un trailero se detuvo. Me preguntó hacia dónde iba. Le respondí que hasta dónde llegara. Y fue así que salí de Tijuana sin saber hacia dónde me llevaría la vida. El trailer no hizo ninguna pregunta en todo el camino. Después de muchas horas se orilló. Me dijo que hasta ahí podía llevarme que más adelante leer imposible, pero que si seguía por el camino que salía de la carretera, llegaría a una ciudad en unas tres horas. Le di las gracias antes de que me bajara. Me dio unos billetes y me dijo que Dios te bendiga. Salí del tráiler y caminé hasta llegar a la ciudad. Yo no lo sabía, pero había llegado al Estado de Sinaloa. El dinero que me había dado el trailero me sirvió para comer durante un mes. Me duró mucho, porque ya me había acostumbrado a comer poco y sólo una vez al día. Ese primer mes la pasé bien. Había aprendido mucho de los terribles meses en Tijuana. Lo primero que hice llegando a Sinaloa fue comprarme tres cambios de ropa, una gorra y unos tenias, todo de segunda mano y muy barato. Hice eso para no parecer un niño de la calle. Casi todo el día me la pasaba en parques y plazas que estuvieran cerca de las escuelas. En esos lugares siempre había familias con niños. Por lo tanto, yo no llamaba la atención. Dormía en un negocio abandonado. Me metía por una ventana rota, siempre cuidando que nadie me viera. Todos los días lavaba mi ropa en algún baño público. Cuando me quedaba poco dinero, compré una escoba, un recogedor, un cuaderno y una pluma. Ya había visto varias casas en las que vivían personas ya mayores y que todos los días salían a barrer el frente de su casa. Yo iba una vez por semana a cada una de esas casas a barrer. Lo hacía muy temprano y cuando terminaba dejaba una nota adorada en el portón en el que decía que era un niño sin papás que estaba intentando ganarme la vida barriando las banquetas que más tarde regresaría a tocar su puerta si no tenían dinero para darme que, por favor, por lo menos, me regalaran un vaso con agua un taco. Tuve la fortuna de que todas las personas a las que les barría la banqueta me ayudaban con algo, inclusive varias señoras que vivían solas. Me pedía que fuera todos los días. Ellas querían que les ayudara con otras cosas. Así, sobreviví durante un año hasta que una persona malintencionada me siguió y descubrió dónde me quedaba dormía. Esa noche fue la peor de mi vida. En la mañana volví a la carretera para alargarme de Sinaloa, pero llegó el atardecer y nadie se detuvo. Me rehusaba regresar, así que empecé a caminar por la carretera. Prefería morir en medio de la nada que regresar. Cuando llegó la madrugada, la oscuridad era abrumadora e intimidante. Respiraba de manera profunda tratando de recuperar mis fuerzas, pero el cansancio y el sueño me estaban venciendo. Quise retractarme y volver a Sinaloa, pero me mantuve y seguí alejándome. Comencé a silbar una canción que me había enseñado mi mamá. Mi silbido era lo único que quebraba la oscuridad silenciosa. Eso y un ni que otro vehículo que pasaba de vez en cuando el sueño me empezaba a vencer. Los ojos se me cerraban y cada vez era más difícil volver a abrirlos. De pronto observé que en medio de la carretera había un enorme bulto negro. Me quedé inmóvil mirando el bulto comenzó a moverse y a hacerse mucho más grande. Tenía la forma de un perro gigante. Sus ojos brillaban con un color amarillento. Se puso en posición de querer atacarme y yo, por supuesto, no podía hacer nada. A pesar de haber vivido tanto tiempo en la calle, nunca le perdí el miedo a los perros. Mis pies no paraban de temblar y mis dientes tronaban dentro de mi boca. Aquel animal se fue acercando lentamente. Yo solo cerré los ojos con fuerza de deseando que mi mamá apareciera. Cuando los abrí pude ver que este animal desplegó un par de enormes alas, la sacudió con fuerza y se elevó por los aires y se alejó volando hasta perderse caí de rodillas. Me había llevado una impresión muy fuerte. Sentía que el corazón se me iba a salir. No sentía las piernas. Luego ya no supe de mí. Cuando desperté estaba en un trailer, no entendía lo que había pasado. Me levanté. Moví la cortina que separaba la cama de los asientos del frente. Era una mujer la que conducía. Ella me habló y me dijo que me había encontrado inconsciente en la carretera. Me movía el asiento de enfrente. La mujer me preguntó a dónde iba. Le respondí que no importaba que cualquier lugar estaba bien. Después me preguntó por mis padres, pero no respondí. Después me comentó que más adelante nos detendríamos para comer algo. En ese lugar también había regaderas. Me dijo que sí, quería podía aprovechar para bañarme. Yo seguí un poco oído, así que sólo moví la cabeza sin decir nada. Llegamos al lugar. La señora me dijo que fuera a bañarme en lo que preparaban la comida. Ese fue el primer baño real que tuve en más de un año. Antes. Sólo me aseaba con botellas que llenaba con agua de la llave, la misma agua con la que lavaba mi ropa cuando salí de bañarme después de veinte minutos, en efecto, la comida estaba servida. No pude evitar darme cuenta que algunos de los señores que estaban ahí me veían raro. Fui a la mesa donde estaba la señora y me senté frente a ella. En eso se acercó uno de los sujetos y le preguntó quién era yo la mujer. Sin titubear. Dijo es mi sobrino, se llama Martín, mi hermana. Tuvo que salir de imprevisto y me lo dejó a cargo un par de días. El señor me saludó y luego se retiró. Mi nombre no era Martín, pero no dije nada. Mientras comíamos se me ocurrió preguntarle su nombre era Lidia, o al menos eso fue lo que me dijo. Cuando terminamos de comer fui al baño y después salimos del lugar para continuar por la carretera. Luego de unos minutos de silencio, me preguntó cuál era mi historia. Durante más de una hora le estuve contando ella. No me interrumpió en ningún momento sólo escuchó. Lo único que no le dije fue lo del perro volador, porque no quería parecer un loco. Al terminar de contarle, le pregunté si podía ir a la parte de atrás a dormir un rato antes de cerrar la cortina para que la luz no me pegara y poder dormía. Vi que ella sacó debajo de su asiento un envase con un líquido de color rojo. La botella no tenía etiqueta. No quise preguntarle nada. Me me me mejor. Me dormí. Cuando desperté, seguíamos en la carretera, pero ya se estaba poniendo el sol. Le pregunté la hora y me dijo que iban a hacer las seis de la tarde. Cuando se hizo de noche, empecé a notar que ella miraba mucho por el retrovisor. Parecía que algo estaba esperando o buscando, pero no había ningún vehículo cerca de nosotros. De pronto me dijo que me abrochara el cinturón porque tomaríamos un atajo difícil. La vi un poco tranquila, así que evité preguntar y simplemente le hice caso. Yo no veía ninguna salida, Sólo había tierra a nuestro alrededor. La señora se estaba poniendo ansiosa, tenía sudor en la frente y no dejaba de mirar hacia el retrovisor. Me ganó la curiosidad y miré por el retrovisor que estaba de mi lado. Al momento que eché el vistazo, pude ver un animal muy raro acercándose muy rápido. No podía verlo bien, porque la única luz que había eran las luces traseras el tráiler. El animal era demasiado rápido porque cada vez estaba más cerca. Entonces Lidia dio un volantazo hacia un costado, golpeando con la caja al animal. Ese volantazo, la sacó de la carretera y el trailer se empezó a mover muy feo. Yo me estaba asustando y más porque Lidia no decía nada, sólo conducía y aceleraba mientras intentaba no voltearse. Después de revisar muchas veces ambos retrovisores, volvió a la carretera, dio un suspiro como de alivio y en eso algo cayó un poco adelante de nosotros y ella le pasó por encima. Cuando se me pasó la conmoción, le pregunté qué había sucedido, pero ella no me respondió. Insistí con mi pregunta, pero se mantuvo en silencio. Después de un muy largo rato orilló el camión, agarró una linterna, me dijo que le pasara un cepillo amarillo y se bajó. Yo me asomé por la ventana y vi que estaba quitando algo de las llantas. Estuvo afuera por varios minutos y luego volvió a entrar. No le dije nada, pero ella se dio cuenta que yo quería saber qué era lo que estaba pasando. Lo que dijo fue que había cosas que los niños no debían saber. Le dije que yo vivía solo en la calle. Por lo tanto, podía saber qué estaba pasando y al contarme lo hizo de forma vaga. En realidad no entendí nada. Dijo que había bajado a limpiar las llantas porque habían quedado pedazos de carne. Después de arrollar aquello que nos había aparecido de repente sobre el animal. No me dijo nada. Puso en marcha el tráiler y nos fuimos de ahí. Ella ya no volteaba por el retrovisor parecía más calmada, pero yo seguía nervioso y no podía dejar de ver hacia afuera rezando porque no se nos apareciera otro de esos animales. Ella encendió la radio y después de un rato le dije que yo le había contado mi historia y que quería saber qué había ocurrido. Lidia suspiros descarnada y me contó que lo que nos había seguido no era un animal, sino que era un ual. También me dijo que la criatura voladora que yo había visto era un tipo de nahual diferente que aunque yo pensara que eran animales, no era así. Yo nunca había escuchado nada sobre los nauvales. La señora Lidia me explicó que se trataba de poderosos brujos que, debido a que habían partido su alma en dos, podían utilizar una de esas mitades para transformarse en otra cosa. Podía ser en animales como tal, o podía ser en monstruos que eran mezclas de animales o en criaturas mitad humano y mitad animal. O hice perfectamente lo que es un huar. Pero en aquel entonces no entendí ni la mitad de lo que me dijo, pero su respuesta sonó tan real que simplemente le creí. Luego le pregunté si los nauales tenían poderes o algo. Me dijo que tenían un olfado que les permitió leer a muchos metros de distancia. También podían correr muy rápido y eran bastante fuertes. Me dijo que los nauales se comían a la gente y que no les gustaba ser vistos. Por eso el que yo había visto en Sinaloa se había ido en lugar de comerme, porque no se comían a cualquiera. Le pregunté si creía que a mí me querían comer los nahuales ella sin voltear a verme me dijo que no era yo lo que los nauvales quería. Que fuera un niño no significaba que fuera tonto. Por eso entendí que si en ese tráiler sólo íbamos ella y yo y los navales no me querían a mí, entonces la única opción que daba era que los nahuales la querían a ella. Pero en ese momento algo me hizo clic en la cabeza. Recordé que yo no le había comentado nada sobre el perro volador. Cuando le cuestioné al respecto, se quedó muda. Por unos momentos después dijo que ella no se había detenido para levantarme, sino que había parado el trailer Después de escapar de ese nahual y cuando bajó para tomar aire, me vio ahí tirado. Los dos nos quedamos callados durante el resto del viaje. Cuando estábamos en el Estado de Guerrero, me dijo que ahí me tenía que dejar. Le di las gracias por todo y bajé del trailer para seguir mi camino. Por mi cuenta, siento totalmente honesto. No recuerdo en qué ciudad me dejó, pero sé que estaba cerca tanto de Oaxaca como de Puebla. Me las arreglé para vivir unos meses ahí, hasta que conseguí trabajo en una bodega y a partir de ahí las cosas fueron cambiando para bien poco a poco. Estuve en guerrero por cinco años y después me moví al Estado de México para trabajar en un mercado de Ixtapaluca. En una ocasión, por azares del destino a unas pocas cuadras del mercado, había varios trailers estacionados. Yo iba saliendo de mi día de trabajo y pasé al lado y ahí me encontré a la señora Lidia. Yo había cambiado mucho y no me reconoció, pero ella estaba igualita. Me acerqué a ella la saludé y cuando le dije quién era yo se acordó de mí. Fuimos a comer a un local cercano que estaba en unas cuantas cuadras de ahí. Relato escrito y adaptado por Ramiro contreras