Jan. 14, 2024

Mi Abuela Me Causó Mis Miedos Historias De Terror - REDE

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Mis miedos. Mi intención al contar esta historia es simple, intento liberarme del miedo que me dan los recuerdos. Cada vez que la cuento algo sana en mí y así, poco a poco, nuevamente me he ido convirtiendo en una persona normal, o al menos así lo siento. Mi nombre es Blanca Estela. Todos en mi casa me dicen Blanca nada más porque Estela era el nombre de mi abuela materna que nadie quería por su forma de ser. Además, a todos les parecía que era una mujer muy extraña. De hecho lo era. A veces hablaba sola o lo hacía con las cosas, dormía con unas muñecas horribles que no permitía que nadie tocara. Tenía una mirada muy pesada, casi no reía, pero además, su mal humor era más que notable. Vestía de una manera muy rara. Siempre andaba del mismo color. Nos regañaba por cualquier cosa a mi hermano y a mí no quería. A mi papá era común que, enfrente de nosotros, le recordara a mi mamá que ella no estuvo de acuerdo con su matrimonio. Cuando la visitábamos, no podíamos hacer ruido mucho menos correr o decir una mala palabra porque se alteraba y le decía a mi mamá que no nos había educado bien. Si eso hubiera sido todo estaba bien. Quizás sí, son muchas abuelas, pero mi abuela Estela no actuaba normal. No era como mi otra abuela María, la mamá de mi papá. Con ella reíamos mucho. Era muy creyente. En su casa había muchas imágenes religiosas y en Navidad rezábamos el rosario. Mi abuela Estela creía en el diablo, no nada más. Eso nos amenazaba con él. De hecho, no podíamos hacer ruido porque nos decía que ese ser estaba dormido en el pozo. Así le decía a un pequeño sótano que había en su vieja casa que para ese entonces nosotros nunca habíamos visto. Además, tenía costumbres extrañas. Cuando caía la noche con sábanas negras todos los espejos, decía que eran portales por donde se asomaba el diablo. Ya muy de madrugada. También los tapaba porque, según sus propias creencias, las brujas se valían de los espejos para espiar a las personas a las cuales les hacían trabajos oscuros de brujería. Llegué a escuchar decirle a mi mamá que nunca se mirara en el espejo cuando la luz estuviera apagada, porque el diablo se podría salir y meterse en su cuerpo para siempre cuando por alguna razón se llegaba a quebrar uno juntaba todos los pedazos, aún los más pequeños. Luego los enterraba en el patio o en una bolsa los metía al sótano. Esto lo hacía para que la maldad que en él habitaba no se regara por todas partes. En el lugar donde se había quebrado el espejo pintaba una cruz. La abuela estela nunca fue a nuestra casa. Por eso nosotros la visitábamos. Mientras mi mamá platicaba con ella, yo me ponía a mirar todas sus cosas. En los rriosbacon de la casa tenía figuras de yeso que parecían tener vida. Algunas de esas figuras eran duendes, otras de diablos horribles, a los cuales ella les llamaba mis bebés. Cada que visitábamos a la abuela estaban en diferente posición. En más de una ocasión me pareció ver que se movían. Además, despedían una mala vibra. Uno de ellos que no tenía boca, se me figuraba que movía los ojos. Había un duende con las barbas hasta el suelo. Había veces que estaba muy serio, pero otras parecía que se estaba riendo. Cuando le cuestionaba a mi mamá, porque mi abuela se comportaba así y si era cierto, todo lo que nos decía se ponía nerviosa. Me preguntaba si había visto cosas raras o escuchado algo fuera de lo común. Cuando la visitábamos, yo le contestaba que no, porque de seguro no me creería un día que era su cumpleaños. Fuimos a visitarla. Lo único que me daba gusto era saber que iría toda la familia, entre ellos mis primos, con los cuales nos llevábamos muy bien e incluso compartíamos el desagrado que sentíamos por la mamá de mi mamá. A las dos de la tarde, ya estábamos todos en su casa. La abuela nos permitió jugar no sin antes advertirnos que si bajábamos al pozo se nos iba, a parecer el diablo. Este no tendría piedad con nosotros. Nos llevaría al infierno para siempre y ya nadie nos podría regresar. Hasta ese momento pensábamos que todo eran cuentos para asustarnos aparte. Nos había amenazado tantas veces con lo mismo que ya ni miedo nos daba así anduvimos corriendo por aquí y por allá. Después de un buen rato, uno de mis primos nos dijo que había encontrado algo extraño que fuéramos a ver curiosos y divertidos. Caminamos hacia donde él nos decía. En efecto, debajo de unas escaleras de madera había una puerta un tanto estrecha, apenas cubierta, con cara con cosas de la abuela a todos nos habían amenazado con el pozo como no sabíamos dónde era. Deducimos que esa era la entrada, porque además no era una puerta común. Tenía unas cosas grabadas, signos o símbolos raros que ahora a esta edad ya sé que se llaman runas. Primero nos sorprendimos había la posibilidad que lo que tanto nos decía la Abuela fuera verdad. Curiosos, como todos los niños, decidimos averiguar a ver si era cierto que ahí abajo estaba el diablo. Uno de mis primos se quedó en el pasillo, mientras que los demás quitábamos las cosas para dejar libre la puerta, pensando en asomarnos solamente para saber qué era lo que había adentro en ese entonces. Yo tenía ocho años, pero era la más inquieta de todos. Mi primo el más grande, tendría unos nueve, pero para variar era el más miedoso. Los demás eran más chicos. Obviamente, la puerta estaba cerrada por más que intentamos hacer abrirla. Nos fue imposible. Hicimos algunas bromas preguntando si estaba alguien detrás de la puerta, pero fue todo ya. Nos íbamos a retirar cuando miramos que a un costado había una llave colgada de un clavo. Mi primo la tomó con ella. Abrió despacio aquella extraña puerta. Al hacerlo hizo un rechinido y todos nos miramos. Alguien nos dijo que mejor nos fuéramos, pero les dije que yo me iba a asomar. Sabía que nadie más lo haría por más que me dijeron que no lo hiciera y me recordaban todo lo que nos decía la abuela. Empecé a bajar despacio, mirando para todos lados sin ningún temor. No conté los escalones, pero no eran muchos. Les dije que no taparan la puerta para que entrara un poco de luz y casi a tientas llegué al último escalón, siempre tratando de no hacer ruido. Al pisar el suelo sentí algo raro. El piso se sentía frío aún con mis zapatos puestos como quiera di unos pasos más adentro. Trataba de ver bien cada cosa para no asustarme y se fueran a ver reír de mí. El cuarto no era muy grande. Tal vez medía unos cuatro metros cuadrados. En dos ocasiones volté a ver a mis primos, quienes sólo asomaban la cabeza. En el lugar había muchas cosas viejas, llenas de polvo, sillas y muebles, con algunas telarañas. También en el piso. De vez en cuando pateaba algo sin precisar lo que era, me apuré a comprobar que ahí abajo no había ningún diablo. Hasta donde me alcanzaba la vista, todo parecía normal, pero al bajar la mirada con dificultad, me di cuenta que en el suelo había una tapa como si fuera otra puerta. La luz de arriba ya no daba para distinguir. Bien aún así, miré que tenía un candado, puesto esta también tenía cruces y estrellas grabadas. Parecía de metal. Por lo mismo se miraba muy pesada. Me iba a acercar para verla de cerca, pero todo estaba tan oscuro que eso me lo impidió En ese momento y a pesar de mi corta edad entendí que ahí estaba el pozo con con el vino que tantas veces nos amenazaba la abuela. Si el pozo era verdadero, entonces el diablo también lo era. No puedo describir lo que sentí. Tenía ocho años sintiéndome rara di unos pasos para atrás. Por primera vez me pregunté qué estaba haciendo metida en ese sótano. Cuando creí que ya había visto lo suficiente, decidí regresar. En eso escuché gritar a mi abuela Estela, mi primo cerró la puerta y escuché que todos corrieron. La oscuridad fue total. Fue como si me hubiera quedado ciega. Ya no pude Moverme sentí como si me hubiera pagado. En ese momento, lo que me daba más miedo era escuchar a mi abuela gritar enojada. Sabía que si me encontraba ahí abajo me iba a dar la regañada de mi vida. Seguramente me castigarían durante días por desobediente. Por eso guardé silencio por unos minutos cuando caí en cuenta de que me había quedado encerrada en el sótano y estaba cerca del pozo, donde tantas veces nos dijo mi abuela que estaba dormido el diablo. Entré en shock y o o correr, pero no pude. No encontré para dónde ir Era como estar perdida en medio de la nada. Sentí que se me iban las fuerzas además de un frío extraño. Estaba totalmente bloqueada sin poder reaccionar por lo oscuro no me ubicaba para donde estaba la salida. Intentaba acostumbrarme rápido a la oscuridad, pero me era imposible. Quería encontrar las escaleras pensando que tal vez la puerta se había quedado abierta y así salir de ese horrible lugar, sin importarme la clase de castigo que me pusieran. No sé cómo explicar esto, pero ahí adentro el silencio era ensordecedor. Ya no podía con el miedo. Las imágenes que se me venían a la cabeza eran más terribles que cualquier cuento de terror que hubiera escuchado o cualquier realidad. Ni siquiera podía verme las manos por la negrura del lugar. Iba a caminar con los brazos extendidos, pero me daba miedo que pudiera tocar algo horrible mi mente me empezó a traicionar así de la nada tuve la terrible sensación de que no me encontraba sola en el sótano. Estaba segura de que alguien me miraba hasta me parecía escuchar una respiración. No era de una persona, más bien era de un animal grande. Trataba de calmarme, pero me era imposible también yo comencé a respirar fuerte y mi corazón latía como nunca. Sentía que golpeaba mi pecho cada vez que lo hacía. No sé por qué, no sé cómo, pero de pronto un grito terrible de desesperación me salió desde la boca del estómago. Grité con todas mis fuerzas, aunque yo no recuerdo haberme escuchado. Era tanto el miedo que tenía que ni siquiera me dejaba llorar. Quería gritarle a mi mamá para que fuera por mí, pero mis quijadas estaban trabadas. Las apretaba tanto que me dolían los dientes. Lo peor fue cuando se escuchó como alguien empujó la tapa que estaba en el suelo. Quise correr, pero sentía que actuaba en Cámara lenta cuando por fin pude moverme golpeé con algo que me hizo caer al suelo. Apenas pude levantarme agarrándome de algunas cosas cuando nada podía ser peor. Escuché que con una voz grave y distorsionada dijo mi nombre. Fue tanto mi miedo y tanto el frío que sentía que no me da vergüenza decir que mojé mi ropa comprobar de esa manera que si había alguien más metido entre aquella terrible oscuridad era para perder la razón. Ahora le doy gracias a Dios que no podía verlo, porque entonces sí, sin duda, me hubiera pasado lo peor. Me hablaron nuevamente y reconocí la voz. Era mi abuela la que me llamaba, pero lo terrorífico era que me parecía que su voz venía debajo de aquella puerta que estaba en el suelo. Volvieron a empujar la tapa. Yo traté de alejarme lo más que pude de ahí trastabillando, golpeando con cuántas cosas se me atravesaban. Cuando pegué con una pared me puse en cuclillas. A pesar de estar en aquella horrible oscuridad, cerraba los ojos con fuerza. No tenía noción del tiempo, pero me imagino que pasaron unos minutos inesperadamente un fuerte sonido casi me hace saltar. Reaccioné segundos después había sido la tapa de metal que se había abierto. No podía pensar otra cosa. Supuse que el diablo se estaba saliendo del pozo. Me arrastré hacia donde fuera, exponiéndome a caminar en dirección donde estaba él. Estiré mi mano a tientas. Me di cuenta que era el marco de una puerta y por ahí me metí lo más rápido que pude. Cuando sentí que me había retirado lo suficiente, me quedé sin moverme desde donde estaba. Podía escuchar como alguien caminaba por todo el cuarto arrastrando los pies. En ocasiones me llamaba por mi nombre y preguntaba en dónde me había metido. El tiempo pasaba terriblemente despacio, pero no me pensaba quedar ahí para siempre. Tenía que intentar salir de nuevo. Me arrastré hasta que encontré la puerta por donde me había metido. Muerta de miedo. Me seguí unos metros más más a ver si de casualidad daba con las escaleras. Cuando toqué un escalón, comencé a reír, pero sin hacer ningún ruido. En ese momento escuché que arrastraban los pies muy cerca de donde yo estaba. Sentí que se me erizaba la piel. No podía ni respirar bien porque me dolía mucho el pecho, quizá por la desesperación que tenía. No podía levantarme cuando por fin lo hice antes de subir el primer escalón. Sentí que alguien agarró mi vestido impidiéndome avanzar. Recuerdo que se me entumecieron los pies. Yo tiraba golpes para todos lados, pero no le daba a nadie. Comencé a gritar del terror que sentía por más fuerte que gritaba. Pareciera que lo hacía para mis adentros, porque no me salía ningún sonido a punto de Desmayarme escuché que estaban abriendo la puerta. Recordé el rechinido que hizo Cuando nos metimos, volteé hacia arriba, miré la luz y algunas siluetas, pero sin distinguir a nadie. Alcancé a ver que bajaron unas mujeres con corrido para ayudarme eran. Mi mamá y mi abuela Se dieron cuenta que mi vestido se encontraba adorado con un viejo mueble. Lo estiraron hasta romperlo. Sólo así me zafaron en mi desesperación por salir de ahí tropecé varias veces en los escalones. Cuando salí del sótano me cegaba la luz. Mis primos me agarraron entre todos porque quería salir corriendo hasta afuera de la casa. Después de un rato. No sé cuánto tiempo apenas reaccioné. Me di cuenta que mi mamá me tenía abrazada mientras me alisaba el cabello con una de sus manos. Al regresarme los recuerdos de lo que había vivido, comencé a querer gritar para mi desesperación. No podía hacerlo de nueva cuenta. Me agarraron porque yo me retorcía. Sentía que me ahogaba. Fue tanto el esfuerzo que creo que me desmayé, porque ya no recuerdo más. Mi abuela hirvió unas hierbas para darme un té que hizo que me sintiera un poco más tranquila. Me hicieron mil preguntas, pero no pude pronunciar palabra. Esa noche nos quedamos a dormir en casa de la abuela. Dormir es un decir. Ni mi mamá ni mi abuela durmieron mucho menos yo, porque a cada rato me daban crisis nerviosas. Nada más al cerrar los ojos, escuchaba aquella voz seca decir mi nombre y me veía de nuevo en medio de aquella tenebrosa oscuridad. Eso me hacía temblar de miedo. Así estuvimos hasta que amaneció. Cuando llegó mi papá me quiso llevar al médico, pero mi abuela le dijo que estaba asustada y que esas cosas no las curaban los doctores. Por eso, a media mañana me llevaron con una curandera amiga de mi abuela. Estela le contaron lo poco que ellas sabían del Por qué yo no podía hablar la señora les dijo que me curaría de espanto. Me preguntó varias cosas a lo que yo contesté moviendo solamente la cabeza. Me barrió en repetidas ocasiones. Cuando me pedía que cerrara los ojos, me alteraba sobremanera lloraba sin poderme controlar, pero sin emitir ningún sonido. La curandera les comentó a mi mamá y a mi abuela que no mejoraría a la primera. Por eso les pidió que me llevaran de nuevo al día siguiente. En esa ocasión, después de atenderme y al ver que no mejoraba, me dijo algo espantoso. Tienes que regresar a ese cuarto para que compruebes por ti misma que todo fue producto de tu imaginación. Estando ahí, seguro aparecerá tendrás que gritarle al diablo con todas tus fuerzas que no existe para liberarte del shock en el que te encuentras como me puse muy mal. Me pidió que no tuviera miedo que ella me iba a acompañar. Solamente movía la cabeza para decir que no Me convenció, porque me dijo que de no hacerlo, se me iba a ir secando la lengua y me quedaría muda para siempre. Fueron tres días espantosos donde la verdad la sufrí sentía una presencia. Además, por las noches escuchaba que arrastraban los pies en mi mente le daba forma al diablo y le tenía pavor a la oscuridad. Tanto mi mamá como mi abuela me estuvieron preparando psicológicamente para que pudiera bajar al sótano y no perdiera la razón. Me aseguraban que la curandera me protegería. Cuando estuve lista, le hablaron a la señora que llegó casi de inmediato con lágrimas en los ojos. Escuché todas las recomendaciones que me daba aquella señora. Mientras mi mamá me decía que fuera valiente. Cuando estuvimos frente a la puerta, la señora me tomó fuertemente de la mano. Me quiso dar una crisis, pero me calmó diciendo que ahí abajo no había ningún diablo, que sólo había sido mi imaginación nada más al entrar. Estaba el interruptor de la luz cuando prendió el foco. Fue un lugar desconocido para mí. Bajamos las escaleras mientras yo me aferraba a su vestido. Lo primero que vi fue que en el suelo no había ninguna puerta como tal. Era un pedazo de madera el que estaba tirado. La señora se acercó para moverla y comprobar que no existía ningún pozo. Debajo de ella. Miramos todo alrededor y na no se sentía tan tenebroso. Me abrazo fuerte. Me dijo que iban a pagar el foco. Al hacerlo, seguramente se aparecería el diablo. Yo tenía que hacer todo mi esfuerzo para gritarle que no le tenía miedo, porque él no existía. Cuando lo hagas te liberarás, dejaron la puerta abierta y apagaron la luz. En el momento en que lo hicieron. Todo se convirtió en aquel cuarto terrorífico. Miraba el pedazo de madera como la puerta del pozo, por donde de un momento a otro se saldría el diablo. La señora me repetía todo lo que veas y todo lo que escuches no existe. Volteé a ver el piso y con horror miré como un ser espantoso. Se estaba saliendo del pozo por la poca luz que daba la puerta abierta. Me di cuenta de que era igual como yo me lo imaginaba. Quise correr, pero la Curandera no me soltaba. Parecía que ella no lo miraba. Cuando el diablo hizo el intento de agarrar, me grité con todas mis fuerzas. Me les afé a la señora y s son salí corriendo llorando a más no poder. Salí del sótano y abracé a mi mamá, que me estaba esperando. Me llevaron a la cocina para darme algo caliente. Ahí mismo, la señora Curandera me barrió de nuevo. En esa ocasión sentí que sí me ayudó. No puedo decir que todo volvió a la normalidad. Por qué mentiría. Le tenía terror a la oscuridad por mucho tiempo mojé mi cama, hablaba arrastrando las palabras y quedé tartamuda para siempre, dos años antes de que muriera mi abuela. Estela Por fin le pude contar por todo lo que había pasado en el sótano me confirmó que no había ningún pozo ni dormía ningún diablo. También me dijo que ahí abajo no había otro cuarto ni ninguna puerta por donde me hubiera podido meter. Así como yo decía, en su lugar estaba un espejo. Sentí un fuerte escalofrío, porque eso me decía que en donde me metí era un espejo y pude quedarme para siempre dentro de él. Pasado un tiempo o volvimos con la curandera quien me recomendó contar mi historia Cuántas veces pueda, porque eso me ayudaría a sanar más pronto, y así lo estoy haciendo. Cuando cierro los ojos, todavía me estremezco porque el hacerlo me transporta a ese sótano terrible. Me veo parada enseguida del pozo en medio de una tenebrosa oscuridad donde realidad o no alguien o algo casi perturba mi mente. Relato escrito y adaptado por gato negro