Mi Abuela Me Causó Mis Miedos Historias De Terror - REDE

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Mis miedos. Mi intención al contar esta historia es simple, intento liberarme del miedo que me dan los recuerdos. Cada vez que la cuento algo sana en mà y asÃ, poco a poco, nuevamente me he ido convirtiendo en una persona normal, o al menos asà lo siento. Mi nombre es Blanca Estela. Todos en mi casa me dicen Blanca nada más porque Estela era el nombre de mi abuela materna que nadie querÃa por su forma de ser. Además, a todos les parecÃa que era una mujer muy extraña. De hecho lo era. A veces hablaba sola o lo hacÃa con las cosas, dormÃa con unas muñecas horribles que no permitÃa que nadie tocara. TenÃa una mirada muy pesada, casi no reÃa, pero además, su mal humor era más que notable. VestÃa de una manera muy rara. Siempre andaba del mismo color. Nos regañaba por cualquier cosa a mi hermano y a mà no querÃa. A mi papá era común que, enfrente de nosotros, le recordara a mi mamá que ella no estuvo de acuerdo con su matrimonio. Cuando la visitábamos, no podÃamos hacer ruido mucho menos correr o decir una mala palabra porque se alteraba y le decÃa a mi mamá que no nos habÃa educado bien. Si eso hubiera sido todo estaba bien. Quizás sÃ, son muchas abuelas, pero mi abuela Estela no actuaba normal. No era como mi otra abuela MarÃa, la mamá de mi papá. Con ella reÃamos mucho. Era muy creyente. En su casa habÃa muchas imágenes religiosas y en Navidad rezábamos el rosario. Mi abuela Estela creÃa en el diablo, no nada más. Eso nos amenazaba con él. De hecho, no podÃamos hacer ruido porque nos decÃa que ese ser estaba dormido en el pozo. Asà le decÃa a un pequeño sótano que habÃa en su vieja casa que para ese entonces nosotros nunca habÃamos visto. Además, tenÃa costumbres extrañas. Cuando caÃa la noche con sábanas negras todos los espejos, decÃa que eran portales por donde se asomaba el diablo. Ya muy de madrugada. También los tapaba porque, según sus propias creencias, las brujas se valÃan de los espejos para espiar a las personas a las cuales les hacÃan trabajos oscuros de brujerÃa. Llegué a escuchar decirle a mi mamá que nunca se mirara en el espejo cuando la luz estuviera apagada, porque el diablo se podrÃa salir y meterse en su cuerpo para siempre cuando por alguna razón se llegaba a quebrar uno juntaba todos los pedazos, aún los más pequeños. Luego los enterraba en el patio o en una bolsa los metÃa al sótano. Esto lo hacÃa para que la maldad que en él habitaba no se regara por todas partes. En el lugar donde se habÃa quebrado el espejo pintaba una cruz. La abuela estela nunca fue a nuestra casa. Por eso nosotros la visitábamos. Mientras mi mamá platicaba con ella, yo me ponÃa a mirar todas sus cosas. En los rriosbacon de la casa tenÃa figuras de yeso que parecÃan tener vida. Algunas de esas figuras eran duendes, otras de diablos horribles, a los cuales ella les llamaba mis bebés. Cada que visitábamos a la abuela estaban en diferente posición. En más de una ocasión me pareció ver que se movÃan. Además, despedÃan una mala vibra. Uno de ellos que no tenÃa boca, se me figuraba que movÃa los ojos. HabÃa un duende con las barbas hasta el suelo. HabÃa veces que estaba muy serio, pero otras parecÃa que se estaba riendo. Cuando le cuestionaba a mi mamá, porque mi abuela se comportaba asà y si era cierto, todo lo que nos decÃa se ponÃa nerviosa. Me preguntaba si habÃa visto cosas raras o escuchado algo fuera de lo común. Cuando la visitábamos, yo le contestaba que no, porque de seguro no me creerÃa un dÃa que era su cumpleaños. Fuimos a visitarla. Lo único que me daba gusto era saber que irÃa toda la familia, entre ellos mis primos, con los cuales nos llevábamos muy bien e incluso compartÃamos el desagrado que sentÃamos por la mamá de mi mamá. A las dos de la tarde, ya estábamos todos en su casa. La abuela nos permitió jugar no sin antes advertirnos que si bajábamos al pozo se nos iba, a parecer el diablo. Este no tendrÃa piedad con nosotros. Nos llevarÃa al infierno para siempre y ya nadie nos podrÃa regresar. Hasta ese momento pensábamos que todo eran cuentos para asustarnos aparte. Nos habÃa amenazado tantas veces con lo mismo que ya ni miedo nos daba asà anduvimos corriendo por aquà y por allá. Después de un buen rato, uno de mis primos nos dijo que habÃa encontrado algo extraño que fuéramos a ver curiosos y divertidos. Caminamos hacia donde él nos decÃa. En efecto, debajo de unas escaleras de madera habÃa una puerta un tanto estrecha, apenas cubierta, con cara con cosas de la abuela a todos nos habÃan amenazado con el pozo como no sabÃamos dónde era. Deducimos que esa era la entrada, porque además no era una puerta común. TenÃa unas cosas grabadas, signos o sÃmbolos raros que ahora a esta edad ya sé que se llaman runas. Primero nos sorprendimos habÃa la posibilidad que lo que tanto nos decÃa la Abuela fuera verdad. Curiosos, como todos los niños, decidimos averiguar a ver si era cierto que ahà abajo estaba el diablo. Uno de mis primos se quedó en el pasillo, mientras que los demás quitábamos las cosas para dejar libre la puerta, pensando en asomarnos solamente para saber qué era lo que habÃa adentro en ese entonces. Yo tenÃa ocho años, pero era la más inquieta de todos. Mi primo el más grande, tendrÃa unos nueve, pero para variar era el más miedoso. Los demás eran más chicos. Obviamente, la puerta estaba cerrada por más que intentamos hacer abrirla. Nos fue imposible. Hicimos algunas bromas preguntando si estaba alguien detrás de la puerta, pero fue todo ya. Nos Ãbamos a retirar cuando miramos que a un costado habÃa una llave colgada de un clavo. Mi primo la tomó con ella. Abrió despacio aquella extraña puerta. Al hacerlo hizo un rechinido y todos nos miramos. Alguien nos dijo que mejor nos fuéramos, pero les dije que yo me iba a asomar. SabÃa que nadie más lo harÃa por más que me dijeron que no lo hiciera y me recordaban todo lo que nos decÃa la abuela. Empecé a bajar despacio, mirando para todos lados sin ningún temor. No conté los escalones, pero no eran muchos. Les dije que no taparan la puerta para que entrara un poco de luz y casi a tientas llegué al último escalón, siempre tratando de no hacer ruido. Al pisar el suelo sentà algo raro. El piso se sentÃa frÃo aún con mis zapatos puestos como quiera di unos pasos más adentro. Trataba de ver bien cada cosa para no asustarme y se fueran a ver reÃr de mÃ. El cuarto no era muy grande. Tal vez medÃa unos cuatro metros cuadrados. En dos ocasiones volté a ver a mis primos, quienes sólo asomaban la cabeza. En el lugar habÃa muchas cosas viejas, llenas de polvo, sillas y muebles, con algunas telarañas. También en el piso. De vez en cuando pateaba algo sin precisar lo que era, me apuré a comprobar que ahà abajo no habÃa ningún diablo. Hasta donde me alcanzaba la vista, todo parecÃa normal, pero al bajar la mirada con dificultad, me di cuenta que en el suelo habÃa una tapa como si fuera otra puerta. La luz de arriba ya no daba para distinguir. Bien aún asÃ, miré que tenÃa un candado, puesto esta también tenÃa cruces y estrellas grabadas. ParecÃa de metal. Por lo mismo se miraba muy pesada. Me iba a acercar para verla de cerca, pero todo estaba tan oscuro que eso me lo impidió En ese momento y a pesar de mi corta edad entendà que ahà estaba el pozo con con el vino que tantas veces nos amenazaba la abuela. Si el pozo era verdadero, entonces el diablo también lo era. No puedo describir lo que sentÃ. TenÃa ocho años sintiéndome rara di unos pasos para atrás. Por primera vez me pregunté qué estaba haciendo metida en ese sótano. Cuando creà que ya habÃa visto lo suficiente, decidà regresar. En eso escuché gritar a mi abuela Estela, mi primo cerró la puerta y escuché que todos corrieron. La oscuridad fue total. Fue como si me hubiera quedado ciega. Ya no pude Moverme sentà como si me hubiera pagado. En ese momento, lo que me daba más miedo era escuchar a mi abuela gritar enojada. SabÃa que si me encontraba ahà abajo me iba a dar la regañada de mi vida. Seguramente me castigarÃan durante dÃas por desobediente. Por eso guardé silencio por unos minutos cuando caà en cuenta de que me habÃa quedado encerrada en el sótano y estaba cerca del pozo, donde tantas veces nos dijo mi abuela que estaba dormido el diablo. Entré en shock y o o correr, pero no pude. No encontré para dónde ir Era como estar perdida en medio de la nada. Sentà que se me iban las fuerzas además de un frÃo extraño. Estaba totalmente bloqueada sin poder reaccionar por lo oscuro no me ubicaba para donde estaba la salida. Intentaba acostumbrarme rápido a la oscuridad, pero me era imposible. QuerÃa encontrar las escaleras pensando que tal vez la puerta se habÃa quedado abierta y asà salir de ese horrible lugar, sin importarme la clase de castigo que me pusieran. No sé cómo explicar esto, pero ahà adentro el silencio era ensordecedor. Ya no podÃa con el miedo. Las imágenes que se me venÃan a la cabeza eran más terribles que cualquier cuento de terror que hubiera escuchado o cualquier realidad. Ni siquiera podÃa verme las manos por la negrura del lugar. Iba a caminar con los brazos extendidos, pero me daba miedo que pudiera tocar algo horrible mi mente me empezó a traicionar asà de la nada tuve la terrible sensación de que no me encontraba sola en el sótano. Estaba segura de que alguien me miraba hasta me parecÃa escuchar una respiración. No era de una persona, más bien era de un animal grande. Trataba de calmarme, pero me era imposible también yo comencé a respirar fuerte y mi corazón latÃa como nunca. SentÃa que golpeaba mi pecho cada vez que lo hacÃa. No sé por qué, no sé cómo, pero de pronto un grito terrible de desesperación me salió desde la boca del estómago. Grité con todas mis fuerzas, aunque yo no recuerdo haberme escuchado. Era tanto el miedo que tenÃa que ni siquiera me dejaba llorar. QuerÃa gritarle a mi mamá para que fuera por mÃ, pero mis quijadas estaban trabadas. Las apretaba tanto que me dolÃan los dientes. Lo peor fue cuando se escuchó como alguien empujó la tapa que estaba en el suelo. Quise correr, pero sentÃa que actuaba en Cámara lenta cuando por fin pude moverme golpeé con algo que me hizo caer al suelo. Apenas pude levantarme agarrándome de algunas cosas cuando nada podÃa ser peor. Escuché que con una voz grave y distorsionada dijo mi nombre. Fue tanto mi miedo y tanto el frÃo que sentÃa que no me da vergüenza decir que mojé mi ropa comprobar de esa manera que si habÃa alguien más metido entre aquella terrible oscuridad era para perder la razón. Ahora le doy gracias a Dios que no podÃa verlo, porque entonces sÃ, sin duda, me hubiera pasado lo peor. Me hablaron nuevamente y reconocà la voz. Era mi abuela la que me llamaba, pero lo terrorÃfico era que me parecÃa que su voz venÃa debajo de aquella puerta que estaba en el suelo. Volvieron a empujar la tapa. Yo traté de alejarme lo más que pude de ahà trastabillando, golpeando con cuántas cosas se me atravesaban. Cuando pegué con una pared me puse en cuclillas. A pesar de estar en aquella horrible oscuridad, cerraba los ojos con fuerza. No tenÃa noción del tiempo, pero me imagino que pasaron unos minutos inesperadamente un fuerte sonido casi me hace saltar. Reaccioné segundos después habÃa sido la tapa de metal que se habÃa abierto. No podÃa pensar otra cosa. Supuse que el diablo se estaba saliendo del pozo. Me arrastré hacia donde fuera, exponiéndome a caminar en dirección donde estaba él. Estiré mi mano a tientas. Me di cuenta que era el marco de una puerta y por ahà me metà lo más rápido que pude. Cuando sentà que me habÃa retirado lo suficiente, me quedé sin moverme desde donde estaba. PodÃa escuchar como alguien caminaba por todo el cuarto arrastrando los pies. En ocasiones me llamaba por mi nombre y preguntaba en dónde me habÃa metido. El tiempo pasaba terriblemente despacio, pero no me pensaba quedar ahà para siempre. TenÃa que intentar salir de nuevo. Me arrastré hasta que encontré la puerta por donde me habÃa metido. Muerta de miedo. Me seguà unos metros más más a ver si de casualidad daba con las escaleras. Cuando toqué un escalón, comencé a reÃr, pero sin hacer ningún ruido. En ese momento escuché que arrastraban los pies muy cerca de donde yo estaba. Sentà que se me erizaba la piel. No podÃa ni respirar bien porque me dolÃa mucho el pecho, quizá por la desesperación que tenÃa. No podÃa levantarme cuando por fin lo hice antes de subir el primer escalón. Sentà que alguien agarró mi vestido impidiéndome avanzar. Recuerdo que se me entumecieron los pies. Yo tiraba golpes para todos lados, pero no le daba a nadie. Comencé a gritar del terror que sentÃa por más fuerte que gritaba. Pareciera que lo hacÃa para mis adentros, porque no me salÃa ningún sonido a punto de Desmayarme escuché que estaban abriendo la puerta. Recordé el rechinido que hizo Cuando nos metimos, volteé hacia arriba, miré la luz y algunas siluetas, pero sin distinguir a nadie. Alcancé a ver que bajaron unas mujeres con corrido para ayudarme eran. Mi mamá y mi abuela Se dieron cuenta que mi vestido se encontraba adorado con un viejo mueble. Lo estiraron hasta romperlo. Sólo asà me zafaron en mi desesperación por salir de ahà tropecé varias veces en los escalones. Cuando salà del sótano me cegaba la luz. Mis primos me agarraron entre todos porque querÃa salir corriendo hasta afuera de la casa. Después de un rato. No sé cuánto tiempo apenas reaccioné. Me di cuenta que mi mamá me tenÃa abrazada mientras me alisaba el cabello con una de sus manos. Al regresarme los recuerdos de lo que habÃa vivido, comencé a querer gritar para mi desesperación. No podÃa hacerlo de nueva cuenta. Me agarraron porque yo me retorcÃa. SentÃa que me ahogaba. Fue tanto el esfuerzo que creo que me desmayé, porque ya no recuerdo más. Mi abuela hirvió unas hierbas para darme un té que hizo que me sintiera un poco más tranquila. Me hicieron mil preguntas, pero no pude pronunciar palabra. Esa noche nos quedamos a dormir en casa de la abuela. Dormir es un decir. Ni mi mamá ni mi abuela durmieron mucho menos yo, porque a cada rato me daban crisis nerviosas. Nada más al cerrar los ojos, escuchaba aquella voz seca decir mi nombre y me veÃa de nuevo en medio de aquella tenebrosa oscuridad. Eso me hacÃa temblar de miedo. Asà estuvimos hasta que amaneció. Cuando llegó mi papá me quiso llevar al médico, pero mi abuela le dijo que estaba asustada y que esas cosas no las curaban los doctores. Por eso, a media mañana me llevaron con una curandera amiga de mi abuela. Estela le contaron lo poco que ellas sabÃan del Por qué yo no podÃa hablar la señora les dijo que me curarÃa de espanto. Me preguntó varias cosas a lo que yo contesté moviendo solamente la cabeza. Me barrió en repetidas ocasiones. Cuando me pedÃa que cerrara los ojos, me alteraba sobremanera lloraba sin poderme controlar, pero sin emitir ningún sonido. La curandera les comentó a mi mamá y a mi abuela que no mejorarÃa a la primera. Por eso les pidió que me llevaran de nuevo al dÃa siguiente. En esa ocasión, después de atenderme y al ver que no mejoraba, me dijo algo espantoso. Tienes que regresar a ese cuarto para que compruebes por ti misma que todo fue producto de tu imaginación. Estando ahÃ, seguro aparecerá tendrás que gritarle al diablo con todas tus fuerzas que no existe para liberarte del shock en el que te encuentras como me puse muy mal. Me pidió que no tuviera miedo que ella me iba a acompañar. Solamente movÃa la cabeza para decir que no Me convenció, porque me dijo que de no hacerlo, se me iba a ir secando la lengua y me quedarÃa muda para siempre. Fueron tres dÃas espantosos donde la verdad la sufrà sentÃa una presencia. Además, por las noches escuchaba que arrastraban los pies en mi mente le daba forma al diablo y le tenÃa pavor a la oscuridad. Tanto mi mamá como mi abuela me estuvieron preparando psicológicamente para que pudiera bajar al sótano y no perdiera la razón. Me aseguraban que la curandera me protegerÃa. Cuando estuve lista, le hablaron a la señora que llegó casi de inmediato con lágrimas en los ojos. Escuché todas las recomendaciones que me daba aquella señora. Mientras mi mamá me decÃa que fuera valiente. Cuando estuvimos frente a la puerta, la señora me tomó fuertemente de la mano. Me quiso dar una crisis, pero me calmó diciendo que ahà abajo no habÃa ningún diablo, que sólo habÃa sido mi imaginación nada más al entrar. Estaba el interruptor de la luz cuando prendió el foco. Fue un lugar desconocido para mÃ. Bajamos las escaleras mientras yo me aferraba a su vestido. Lo primero que vi fue que en el suelo no habÃa ninguna puerta como tal. Era un pedazo de madera el que estaba tirado. La señora se acercó para moverla y comprobar que no existÃa ningún pozo. Debajo de ella. Miramos todo alrededor y na no se sentÃa tan tenebroso. Me abrazo fuerte. Me dijo que iban a pagar el foco. Al hacerlo, seguramente se aparecerÃa el diablo. Yo tenÃa que hacer todo mi esfuerzo para gritarle que no le tenÃa miedo, porque él no existÃa. Cuando lo hagas te liberarás, dejaron la puerta abierta y apagaron la luz. En el momento en que lo hicieron. Todo se convirtió en aquel cuarto terrorÃfico. Miraba el pedazo de madera como la puerta del pozo, por donde de un momento a otro se saldrÃa el diablo. La señora me repetÃa todo lo que veas y todo lo que escuches no existe. Volteé a ver el piso y con horror miré como un ser espantoso. Se estaba saliendo del pozo por la poca luz que daba la puerta abierta. Me di cuenta de que era igual como yo me lo imaginaba. Quise correr, pero la Curandera no me soltaba. ParecÃa que ella no lo miraba. Cuando el diablo hizo el intento de agarrar, me grité con todas mis fuerzas. Me les afé a la señora y s son salà corriendo llorando a más no poder. Salà del sótano y abracé a mi mamá, que me estaba esperando. Me llevaron a la cocina para darme algo caliente. Ahà mismo, la señora Curandera me barrió de nuevo. En esa ocasión sentà que sà me ayudó. No puedo decir que todo volvió a la normalidad. Por qué mentirÃa. Le tenÃa terror a la oscuridad por mucho tiempo mojé mi cama, hablaba arrastrando las palabras y quedé tartamuda para siempre, dos años antes de que muriera mi abuela. Estela Por fin le pude contar por todo lo que habÃa pasado en el sótano me confirmó que no habÃa ningún pozo ni dormÃa ningún diablo. También me dijo que ahà abajo no habÃa otro cuarto ni ninguna puerta por donde me hubiera podido meter. Asà como yo decÃa, en su lugar estaba un espejo. Sentà un fuerte escalofrÃo, porque eso me decÃa que en donde me metà era un espejo y pude quedarme para siempre dentro de él. Pasado un tiempo o volvimos con la curandera quien me recomendó contar mi historia Cuántas veces pueda, porque eso me ayudarÃa a sanar más pronto, y asà lo estoy haciendo. Cuando cierro los ojos, todavÃa me estremezco porque el hacerlo me transporta a ese sótano terrible. Me veo parada enseguida del pozo en medio de una tenebrosa oscuridad donde realidad o no alguien o algo casi perturba mi mente. Relato escrito y adaptado por gato negro








