June 2, 2026

La Nómina Del Diablo: Nadie Sale Del Turno Nocturno - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Martín Cárdenas Pérez y fui velador del Panteón de la Cañada durante casi cinco años. De todas las noches que trabajé ahí, recuerdo completa la última, desde que recibí las llaves hasta que regresé a la caseta con el revólver en la mano. El panteón estaba fuera del pueblo y colindaba con el monte por la parte de atrás. ahí la barda era baja y entraban perros ya había sacado varios durante mis turnos nunca tuve que hacer más que alumbrarlos o gritarles esa noche el encargado me señaló una tumba del fondo antes de irse el día anterior habían exhumado un cuerpo por orden de la autoridad y al terminar habían vuelto a cubrir la fosa la tierra estaba reciente fácil de abrir para cualquier animal Me pidió que revisara esa zona durante mis recorridos. Fui hasta allá, alumbré el montículo, vi la tierra pareja y regresé sin encontrar nada fuera de lugar. El turno siguió tranquilo durante varias horas. Hice mis rondas, revisé el portón y recorrí las hileras del fondo. En ese trabajo uno aprende a distinguir las hojas secas, algún perro junto a la barda y el roce de las ramas, cuando sopla aire desde el monte. Aquella noche no había viento, por eso escuché con claridad los primeros golpes. Venían de la sección nueva, uno detrás de otro, hundidos en la tierra, con una fuerza que no correspondía a un animal pequeño. Salí de

1:36 la caseta con la lámpara en una mano y el bastón en la otra. Llevaba el revólver en la funda porque ya habían entrado a robar adornos y herramientas, aunque nunca lo había disparado ahí. Llamé por radio, pero no contestaron. Los golpes siguieron más rápidos y luego se detuvieron. En ese silencio escuché un chillido largo, igual al de un cerdo herido, seguido por una respiración pesada y un nuevo raspar contra la tierra. Pensé que un animal grande estaba abriendo la tumba que me habían encargado vigilar. Caminé por el pasillo central sin apagar la lámpara. No corrí, porque el suelo tenía grava suelta y cruces bajas a los lados.

2:18 El ruido se oía más cerca, húmedo, insistente. Cuando llegué a la última hilera, encontré tierra desparramada sobre el paso y una tira de tela sucia junto a una lápida. El olor llegó enseguida. Me cubrí la nariz con el hombro, avancé dos pasos más y alumbré la tumba. La fosa estaba abierta. En el borde, con la cabeza metida entre la tierra removida, había un animal negro. Lo primero que reconocí fue la forma de un perro, pero era demasiado grande. Su lomo me llegaba casi a la cintura. Tenía el cuello ancho y las patas gruesas, cubiertas de lodo. Hundía el hocico en el hoyo, tiraba hacia atrás y masticaba.

3:02 Entre sus patas vi tela rasgada y restos oscuros, recién sacados de la fosa. Le grité que se alejara y golpeé el bastón contra el cemento de una tumba. El animal dejó de masticar, aunque no retrocedió. Levantó la cabeza y dejó caer lo que tenía en la boca. La lámpara iluminó tela funeraria pegada a carne húmeda. Sentí náuseas, tragué saliva y volví a gritarle, esta vez con el arma afuera. Apunté al suelo, frente a sus patas, porque todavía quería hacerlo huir. El animal volvió la cabeza hacia mí. Tenía tierra en el hocico, sangre mezclada con lodo en la boca y los ojos abiertos bajo la luz. Los perros que yo había echado siempre corrían al recibir el primer grito. Ese animal se quedó de frente, con espacio libre para salir hacia la barda, y luego movió el cuerpo hacia mí. Primero enderezó el cuello, luego levantó el pecho y se sostuvo sobre las patas traseras. Lo vi completo, con las patas delanteras recogidas frente al cuerpo y la cabeza más alta que la mía. Sentí que se me aflojaban las piernas, pero mantuve la luz fija. Detrás de él solo estaban la tierra abierta y la barda del fondo.

4:20 Permaneció de pie y abrió la boca. Los dientes delanteros no eran los de un perro. Eran planos, cortos, alineados, cubiertos en parte por tierra y sangre. Tenían forma de dientes humanos. El animal separó un poco más los labios y sostuvo la boca abierta frente a mí. Me estaba mostrando los dientes. Di un paso atrás. Choqué con la orilla de una tumba y perdí el apoyo. El animal avanzó. Dio un paso sobre las patas traseras, lento, todavía de frente a la luz. Levanté el revólver y disparé. El golpe del arma me sacudió la mano y el tiro pegó abajo, en la pata trasera izquierda. El animal cayó sobre las cuatro patas y soltó un chillido que me lastimó los oídos. Se dobló hacia el lado herido, giró y comenzó a avanzar hacia la barda, sin apoyar la pata izquierda. Yo seguía apuntándole, pero no disparé otra vez.

5:17 Mientras se alejaba, el chillido terminó y, desde su garganta, salió una risa breve, ronca, humana. La escuché ahí mismo, entre las tumbas. Llegó a la barda. Volvió la cabeza y abrió otra vez la boca, con los mismos dientes a la vista. Después cruzó hacia el monte apoyándose en tres patas. Las ramas se sacudieron a su paso y la risa volvió a oírse desde la oscuridad, más lejos, hasta apagarse. Me quedé frente a la fosa sin poder bajar el arma. La lámpara alumbraba la tierra abierta, los restos tirados y un rastro de gotas oscuras que seguía hasta la barda. Cuando pude mover las piernas, retrocedí por el pasillo sin darle la espalda al monte. Al llegar a la caseta, cerré la puerta, dejé la lámpara sobre la mesa y busqué el teléfono para pedir ayuda. Cerré la caseta y apoyé la espalda contra la puerta, todavía con el revólver en la mano. Me costó guardarlo, los dedos no me respondían bien y el ruido del disparo seguía metido en los oídos. Dejé el bastón junto a la mesa, marqué a la comandancia y pedí una patrulla para el panteón. Dije que una sepultura había sido abierta, que había restos fuera de la fosa y que yo había disparado contra un animal que escapó hacia el monte.

6:39 No añadí lo que había visto antes del disparo. Necesitaba que alguien llegara y revisara el lugar. La patrulla entró por el portón poco después. Bajaron dos agentes con lámparas. Uno me pidió el arma y se la entregué sin discutir. Le señalé el pasillo del fondo, caminé detrás de ellos y me detuve a unos pasos de la tumba. Los dos vieron la tierra abierta, la tela tirada, los restos sobre el borde y las gotas que seguían hasta la barda. Uno llamó por radio para informar lo ocurrido y pedir que localizaran al encargado. Me preguntaron si había entrado alguna persona. Respondí que no, que encontré un animal negro dentro de la sepultura y que le disparé cuando avanzó hacia mí.

7:26 El agente que llevaba mi revólver preguntó dónde le había pegado el tiro. Le indiqué la pata trasera izquierda y volví a señalar el rastro de sangre. Después me preguntó por qué había disparado. Entonces les dije que el animal se levantó sobre las patas traseras, que abrió la boca frente a la luz y que tenía dientes humanos. También les conté que lo escuché reír mientras cruzaba hacia el monte. Los agentes guardaron silencio. Uno anotó mis palabras y el otro me pidió que esperara fuera del área. El encargado llegó, reconoció la sepultura y confirmó que había sido abierta el día anterior. Los policías cercaron la zona y avisaron a la autoridad que debía revisar los restos. Como yo había usado el arma y no estaba en condiciones de seguir trabajando, me retiraron del turno. Uno se quedó en el panteón, el otro tomó mis datos y me acompañó hasta el portón.

8:21 Caminé a mi casa sin el revólver porque quedó bajo resguardo. Ya había gente en las calles, pero no me detuve con nadie. Llevaba tierra en las botas, humedad en la ropa y el olor de la fosa pegado en las manos. Me froté los dedos varias veces contra el pantalón, pero el olor no desapareció, así que seguí caminando, pensando en lavarme y sentarme un momento antes de regresar a la comandancia. Vivía con Elena en una casa cerca de la plaza. Cuando abrí la puerta, escuché movimiento en la cocina y la llamé por su nombre. Ella respondió que estaba preparando comida. Su voz era la de todos los días, por eso dejé las llaves sobre la mesa y fui al fregadero para lavarme las manos. Elena estaba de espaldas frente a una olla con el cabello recogido y la ropa que usaba en casa. Le dije que había tenido un problema en el panteón, que una tumba había sido abierta y que la policía seguía allá. Ella preguntó si quería comer sin volverse a mirarme. Le respondí que, primero, necesitaba calmarme y lavarme la cara. Tomó un plato, me sirvió caldo y caminó hacia la mesa. Al dar el primer paso, no apoyó bien el pie izquierdo. Arrastró el talón, cargó el peso sobre la otra pierna y avanzó con cuidado hasta mi silla. Me quedé junto al fregadero mirándole los pies.

9:47 Le pregunté qué se había hecho. Elena contestó que se había cortado durante la madrugada al levantarse y que ya se había limpiado la herida. Me acerqué y vi que en el tobillo izquierdo llevaba una tira de tela apretada y manchada. Tenía tierra húmeda en el pie y había dejado una marca en el piso. Le pregunté dónde se había lastimado. Acomodó la cuchara junto al plato y respondió que había pisado algo en el patio. No me miró mientras lo decía. Le pedí que se sentara para ver la herida. Permaneció de pie con una mano apoyada en la silla y el pie izquierdo levantado apenas del suelo.

10:28 Una gota bajó desde el vendaje y cayó junto a sus dedos. Vi la mancha roja sobre el piso. Tomé las llaves de la mesa y le dije que la llevaría al centro de salud. Elena rodeó la silla y se colocó frente a la puerta. Se movió con rapidez, aunque seguía evitando apoyar el pie izquierdo. Le pedí que me dejara pasar. Levantó la cara y sostuvo la mirada sobre mí, callada, mientras la mano que tenía en la silla se cerraba con fuerza sobre el respaldo. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué a emergencias. Alcancé a decir mi nombre, la dirección y que necesitaba una patrulla. Elena empujó la mesa contra mis piernas. El borde me golpeó debajo de las rodillas y caí junto a la silla.

11:14 El teléfono se soltó de mi mano. Quedó en el piso con la llamada abierta y escuché a la operadora pidiéndome que respondiera. Intenté levantarme, pero Elena puso el pie derecho sobre mi muñeca. El izquierdo seguía apartado del suelo, envuelto en la tela húmeda. Se inclinó hasta dejar su cara frente a la mía. Sus labios se abrieron, mostraron los dientes delanteros y quedaron tensos en una sonrisa fija. Era la misma boca que había visto bajo la luz en el borde de la fosa. quise retirar la mano pero aumentó la presión sobre mi muñeca y me sujetó de la camisa acercó la boca a mi oído la voz que salió de ella era grave y áspera me agradeció el bocado que le había dejado la noche anterior y dijo que la carne muerta no tenía el sabor de la carne viva después soltó una risa corta dentro de mi casa con el mismo sonido que había escuchado desaparecer entre los árboles la risa terminó junto a mi oído y sentí que aflojaba el peso sobre mi muñeca, alcancé a doblar la rodilla, la empujé desde el suelo y retiré la mano antes de que volviera a pisármela, Elena golpeó la mesa con la cadera, el plato cayó, el caldo se extendió por el piso y el teléfono quedó del otro lado, todavía con la operadora pidiendo respuesta, me levanté sujetándome del respaldo de una silla, avancé hacia el aparato, y escuché el roce de un cuchillo al

12:47 salir de la mesa. Elena lo llevaba en la mano derecha, con el filo hacia abajo. La tela del tobillo izquierdo estaba mojada, y se le había soltado una punta que arrastraba al caminar. No dijo nada más, dio un paso hacia mí, y tuve que retirarme hacia el pasillo, porque la puerta de salida quedaba detrás de ella. Alcancé a decir en voz alta que seguía en la casa. y que mi esposa tenía un cuchillo, esperando que la operadora me oyera desde el suelo. Tomé una silla y la sostuve entre los dos. Elena levantó el brazo, tiró un golpe por encima del respaldo y el filo pasó junto a mi hombro. Empujé la silla contra su cuerpo para ganar espacio y retrocedí hasta el baño. Entré, cerré la puerta y puse el pasador. Mi respiración llenaba el cuarto, el brazo me temblaba al sujetar la manija, y del otro lado escuché sus pasos cortos sobre el piso. Golpeó la puerta con el hombro. Le grité que la policía iba en camino y que dejara el cuchillo. Contestó con su voz normal. Me dijo que abriera, que yo estaba enfermo y que me había caído solo. Mientras hablaba, siguió golpeando.

14:03 El marco crujió junto al pasador. Y miré alrededor. Arranqué el tubo de la cortina y lo sostuve con las dos manos. Otro golpe abrió una separación junto a la chapa. Metió el cuchillo por ahí y empezó a moverlo hacia adentro, a la altura de mi pecho. Retrocedí hasta tocar la pared. El filo rozó mi brazo derecho. Después entró más profundo y me abrió la piel debajo del codo. Vi la sangre bajar hacia mi mano y golpeé la hoja con el tubo. El cuchillo cayó fuera del baño. Ella empujó la puerta de inmediato, y el pasador terminó por arrancarse.

14:44 Entró con el vendaje colgando del tobillo y las manos manchadas de tierra. Levanté el tubo para detenerla, pero se lanzó contra mí. Me tomó por el cuello y me estrelló contra el lavabo. Golpeé su hombro y el brazo con el que me sujetaba. Pero solo me soltó cuando le pegué en la pierna herida. Dobló la rodilla izquierda, perdió apoyo y pude apartarla. Salí del baño, corrí hacia la cocina y recogí el teléfono. La operadora seguía en la línea, así que le dije que estaba herido y que la puerta principal estaba cerrada por dentro. Pero Elena ya venía por el pasillo con el cuchillo otra vez en la mano. Llegué a la entrada, metí la llave en la cerradura y no alcancé a girarla. Ella me jaló de la camisa y me tiró de espaldas. Caí con el teléfono bajo el cuerpo. Elena se arrodilló sobre mí y trató de hundirme el cuchillo en el pecho, pero le sujeté la muñeca con las dos manos. El filo bajó hasta tocarme la camisa. Se detuvo ahí por la fuerza que hacíamos. Vi su cara a pocos centímetros de la mía, los dientes visibles y los ojos fijos, sin una palabra. Los golpes en la puerta comenzaron cuando ya se me vencían los brazos. Un agente gritó mi nombre y ordenó abrir. Elena retiró el cuchillo de golpe, me cortó la palma al liberarse y corrió hacia el patio, apoyando apenas el pie izquierdo. Yo no pude seguirla. Me quedé en el suelo, presionando el cuello y la mano

16:16 mientras la puerta principal cedía. Entraron dos agentes. Uno se arrodilló junto a mí y el otro atravesó la casa. Salió al patio y pidió apoyo por radio. Le indiqué por dónde había escapado Elena. Antes de que me sacaran, vi el pedazo de tela que había llevado en el tobillo, tirado junto a la salida trasera, cubierto de sangre y tierra. El cuchillo ya no estaba en la casa. Me llevaron al centro de salud, me cerraron la herida del brazo, limpiaron la lesión del cuello y vendaron la mano. Un agente tomó mi declaración y le conté todo, sin omitir la herida de Elena ni la voz que usó al hablarme.

16:58 Después me informó que habían seguido las gotas de sangre hasta un terreno cubierto de maleza en el borde del pueblo y que ahí el rastro terminaba. Más tarde llegó uno de los policías. Traía varias fotografías y me mostró una, tomada junto a la barda del fondo. En la tierra se veía una mancha de sangre y la marca de una pata grande. Le pregunté si habían encontrado al animal y me contestó que no y guardó la foto. Me dejaron en observación con un agente sentado en el pasillo. Elena no apareció y nadie explicó por qué el vendaje que dejó en el patio tenía tierra de la tumba. Escuché ese dato cuando dos agentes hablaron fuera del cuarto y uno le pidió al otro que esperara el análisis.

17:45 Ya de noche oía a una enfermera discutir con alguien cerca de la entrada. Decía que no podía pasar sin registrarse. Luego escuché pasos en el pasillo, uno firme y otro arrastrado, cada vez más cerca de mi puerta. Llamé a la gente, pero su silla estaba vacía y su radio estaba en el piso. Desde la cama vi una mano apoyarse en el marco, cubierta de tierra hasta la muñeca. Elena entró descalza, con sangre seca en el tobillo izquierdo y el cuchillo sujeto contra la pierna. Cerró la puerta sin apartar los ojos de mí. No dijo mi nombre, solo avanzó cojeando con los dientes a la vista y me dijo, vengo por lo que me pertenece. Me llamo Pedro Herrera. La noche que entré a trabajar en Textiles Carranza, llevaba meses aceptando turnos de vigilancia en patios, estacionamientos y bodegas, siempre por pocos días y con pagos que apenas alcanzaban. Encontré el anuncio en una tienda de uniformes. Solicitaban guardia nocturno para una bodega textil. Ofrecían depósito semanal y daban un número para presentarse de inmediato. Llamé. Una mujer tomó mis datos y me citó esa misma tarde. Necesitaba trabajo, por eso fui. La bodega estaba en la zona industrial. Llegué

19:15 en camión y caminé desde la avenida hasta el portón, donde vi el nombre de la empresa en una placa. Textiles Carranza. Esperé afuera unos minutos sin ver vehículos, trabajadores ni entregas. Toqué el timbre y una mujer abrió desde adentro. Dijo que se llamaba Lorena. Me condujo a una oficina y puso sobre el escritorio una solicitud de ingreso. Me pidió la credencial, el número de mi cuenta. y un contacto para emergencias. Le di el nombre de mi hermana, Clara Herrera, y su teléfono. Lorena copió los datos, guardó los documentos en una carpeta, y me explicó que el dueño decidiría si me quedaba esa noche. Pregunté si había más vigilantes. Ella contestó que el turno requería una sola persona, con vigilancia desde el portón y la caseta. Desde la oficina podía ver una parte de la bodega. había máquinas de coser industriales y rollos de tela sobre varias mesas todo estaba quieto no escuché máquinas encendidas conversaciones ni movimientos de carga Lorena no mencionó producción ni entregas revisó mi solicitud otra vez me pidió que esperara y salió con la carpeta poco después entró Abel Carranza Lorena venía detrás de él y le entregó mis papeles vestía de negro y usaba un perfume dulce Fuerte, que quedó en la oficina cuando cerró la puerta. Se sentó frente a mí,

20:47 leyó la solicitud y me preguntó si Clara sabía dónde iba a trabajar. Le respondí que le mandaría la ubicación al terminar la contratación. Dijo que debía hacerlo porque el guardia tenía que mantenerse localizable. Carranza explicó que debía vigilar la entrada, hacer recorridos dentro de la bodega y reportar cualquier daño o ingreso no autorizado. El radio estaría en la caseta y las llaves servirían para el portón, el baño y la oficina. Después dejó la carpeta sobre el escritorio y agregó una indicación que no aparecía en la hoja que yo había llenado. Dijo que a las 3 de la mañana en Punto Tenía que entrar en la caseta, cerrar la puerta, poner el seguro y mantener los ojos cerrados, hasta escuchar que las máquinas de coser se apagaban. Le pregunté si habría trabajadores durante la madrugada y me contestó que no. Pregunté quién pondría en marcha las máquinas y dijo que eso no era responsabilidad del guardia, que yo solo necesitaba obedecer. Quise saber qué debía hacer si ocurría una falla o un incendio. Carranza respondió que la caseta era el único lugar seguro durante ese proceso y que no debía salir ni mirar hacia el área de trabajo.

22:11 Lorena estaba junto a la puerta y guardó silencio. Carranza agregó que el vigilante anterior había abierto la caseta antes de tiempo y que desde entonces el puesto estaba disponible, pero no me explicó qué había ocurrido con él. La instrucción me inquietó, pero el pago era mejor que en mis trabajos anteriores y yo tenía recibos vencidos. Acepté. Lorena me entregó el formulario de ingreso, lo firmé y recibí un chaleco, un radio y un juego de llaves. Antes de guardar el teléfono, le envié a Clara la ubicación de la bodega y le escribí que cubriría un turno nocturno. Ella me respondió que le avisara al salir. Lorena me llevó a la caseta. Tenía una ventana dirigida al interior de la bodega, una mesa y el tablero donde debía registrar mis recorridos. Desde ahí se veía el pasillo central y las primeras máquinas. Me mostró el baño, revisó conmigo el portón y me indicó que no abriera a nadie sin autorización del dueño. Después ella y Carranza salieron. Cerré la entrada, probé el radio y anoté el inicio de mi turno. Durante las primeras horas recorrí la bodega varias veces.

23:26 La puerta principal seguía cerrada. Las máquinas permanecían apagadas y no había nadie más dentro. Al regresar a la caseta, anotaba que todo continuaba en orden. El teléfono conservaba señal y el radio funcionó cuando hice la primera prueba. Más tarde, no necesité comunicarme con nadie. Poco antes de las tres, caminé por última vez hasta las máquinas. seguían apagadas y el área estaba vacía, regresé a la caseta, guardé las llaves sobre la mesa y me preparé para cumplir la orden, entonces volvió el perfume de Carranza, el olor venía del pasillo central, alumbré desde la ventana, abrí la puerta y miré hacia las mesas pero no vi a nadie, cerré de nuevo, puse el seguro y sostuve el radio con una mano, A las tres de la mañana, la luz del área de trabajo se volvió roja y todas las máquinas comenzaron a funcionar al mismo tiempo. El ruido llenó la bodega y sacudió el vidrio de la caseta. Cerré los ojos porque esa era la orden, pero los abrí al escuchar la tela correr sobre las mesas sin voces alrededor.

24:40 Miré por la ventana. Las sillas estaban vacías. Las agujas bajaban sin descanso. y un líquido rojo caía sobre las bandejas de metal. Al fondo del pasillo vi una figura que avanzaba hacia mí. Tenía pezuñas, cabeza de cabra y llevaba el traje negro de Carranza. Sostenía un libro abierto. Se detuvo frente a una máquina, bajó la cabeza y escribió en una de sus páginas. Tomé el teléfono y comencé a grabar. Activé la grabadora, luego me agaché debajo de la ventana. con la espalda pegada a la pared y el radio sobre la rodilla. Las máquinas trabajaban sin pausa, el ruido cubría los sonidos de la calle y la luz roja seguía encendida sobre el piso. La figura permanecía en el pasillo, inclinada sobre el libro que llevaba en las manos. Presioné el botón del radio y llamé a Lorena.

25:35 Repetí su nombre, pedí respuesta y acerqué el aparato al oído. Solo escuché estática, después la pantalla se apagó. Intenté encenderlo otra vez y no respondió. Lo dejé sobre la mesa, desbloqueé mi teléfono y llamé a Clara. Contestó después de varios tonos. Le dije que estaba encerrado en la caseta, que alguien había entrado en la bodega y que avisara a la policía. Ella preguntó si yo estaba herido, pero la llamada comenzó a cortarse. Alcancé a pedirle que no entrara, que esperara afuera y diera la dirección que le había enviado. La comunicación terminó antes de escuchar su respuesta. Marqué otra vez, pero la llamada no salió. Guardé el teléfono en el bolsillo del chaleco y fui hacia la puerta. Quité el seguro, tomé la manija y jalé. La puerta no abrió, así que empujé con el hombro, primero una vez y después con más fuerza, pero algo la sujetaba desde el exterior.

26:36 Yo la había cerrado sin dificultad al entrar. Estaba seguro. porque probé el seguro con mi propia mano. Golpeé el metal y grité que necesitaba ayuda, pero nadie respondió. Me acerqué a la ventana sin levantar todo el cuerpo. La figura caminaba frente a las máquinas y se detenía frente a algunas mesas. Abría el libro, pasaba una hoja y movía la mano sobre la página. Vi el traje negro de Carranza, las pezuñas dentro de la luz roja y los cuernos que sobresalían sobre su cabeza. El perfume llegó hasta mí. Era el mismo olor que Carranza llevaba en la oficina, dulce y fuerte, y no lo confundí con otra cosa. Aumentaba cuando la figura se acercaba y disminuía cuando volvía hacia las máquinas. Tomé el teléfono, mantuve la grabación activa y busqué algo para abrir la puerta o romper la ventana. Junto a la mesa había una barra de hierro que se usaba para sostener la puerta durante los recorridos. La levanté y golpeé una esquina del vidrio, pero solo conseguí marcarlo. Antes de golpear otra vez, escuché las pezuñas frente a la caseta. Levanté la vista y la figura estaba del otro lado de la ventana, con el libro abierto contra el pecho. El traje era el mismo que Carranza usó cuando me entregó las llaves. Retrocedí con la barra en las manos. La figura bajó el libro, arrancó una hoja y la empujó por el espacio inferior

28:08 de la puerta. El papel avanzó hasta quedar frente a mis zapatos. Miré la ventana y la puerta, esperando que intentara entrar, pero permaneció afuera con una mano apoyada sobre el libro. Empujé la hoja con la punta de la barra hasta colocarla bajo la luz de la mesa. El encabezado llevaba el nombre de Textiles Carranza. Debajo estaban mis datos, Pedro Herrera, mi fecha de nacimiento, mi domicilio y los últimos números de la cuenta que le entregué a Lorena. También aparecía el nombre de Abel Carranza sobre una línea que decía Beneficiario. El documento se titulaba Registro de Pago de Nómina del Patrón. En el espacio destinado al concepto del pago estaba escrito mi nombre y en el renglón de la fecha figuraba la noche de mi turno. La parte inferior indicaba que la aceptación del empleo autorizaba el cobro sin requerir otra firma. Yo había firmado para vigilar la bodega, no para figurar como pago de Carranza. Tomé una fotografía desde donde estaba sin tocar la hoja. La voz de Carranza sonó frente a la ventana. Dijo que me había dado una instrucción, que debía mantener los ojos cerrados y que abrirlos había adelantado el cobro. Yo veía el hocico, los cuernos y el libro contra su cuerpo, mientras escuchaba esa voz desde el otro lado del vidrio.

29:34 Le respondí que Clara conocía la dirección y que la policía vendría a buscarme. El cuerno derecho golpeó el vidrio. La marca se abrió hasta el centro de la ventana. Luego, otro golpe lanzó fragmentos dentro de la caseta. Levanté el antebrazo para cubrirme y sentí un corte bajo la manga y la sangre bajó hacia la muñeca. Me sujeté el brazo con la mano libre y retrocedí hasta la pared sin soltar la barra. La figura acercó el libro al hueco del vidrio. Golpeé desde adentro para tirar los restos que quedaban en el marco. El espacio se abrió, pero era estrecho y la ventana estaba alta. No podía salir por ahí, pero la puerta continuaba cerrada desde afuera. La figura se retiró y sus pasos rodearon la caseta. Cada golpe de las pezuñas se distinguía entre el trabajo continuo de las máquinas, primero del lado del pasillo, Después, cerca de la puerta, luego hacia la parte trasera, me mantuve lejos de la ventana, presionando la herida con la manga, mientras el teléfono seguía grabando sobre la mesa. Entonces, entró una llamada de Clara. Contesté sin dejar la barra. Me dijo que estaba frente al portón con una patrulla, que el oficial había llamado varias veces y que nadie abría.

30:56 Le pedí que se quedara afuera, detrás del portón, y que no aceptara ayuda de Carranza ni de ninguna persona de la empresa. Ella preguntó qué había ocurrido. Le respondí que la puerta estaba bloqueada, que el dueño había usado mis datos en un documento, y que el agente debía sacarme de la caseta. Clara le entregó el teléfono al policía. El agente me pidió que indicara dónde estaba y respondí que la caseta quedaba frente al área de máquinas, detrás del portón principal. Le advertí que había alguien dentro y que Clara no debía entrar. Me respondió que intentaría abrir y que ella permanecería afuera. El ruido de las máquinas cubrió el final de la llamada. Desde la ventana vi a la figura volver al pasillo central, con el libro cerrado y la cabeza dirigida hacia el portón. Afuera comenzaron los golpes contra la entrada, acompañados por la voz de un agente que ordenaba abrir. Grité que estaba encerrado, golpeé la puerta con la barra y traté de hacerme oír.

32:00 La figura no avanzó hacia mí y permaneció frente al pasillo. Bajé la vista hacia la hoja que había fotografiado. Ya no estaba bajo la luz de la mesa, había vuelto a quedar frente a la puerta, extendida sobre el piso con mi nombre visible en el centro. Yo no la había tocado y nadie había entrado en la caseta. Guardé el teléfono en el bolsillo para llevarme la grabación. Sostuve la barra con la mano sana y esperé, mientras los golpes del portón se hacían más fuertes. Cuando el portón cedió, yo seguía junto a la ventana rota, con la barra y el teléfono en el chaleco. Las máquinas cosían, la luz roja cubría el piso y la figura con el libro.

32:44 Permanecía en el pasillo ante la entrada. Escuché la voz de Clara detrás del portón, luego una orden de un policía y el golpe de sus botas sobre el concreto. El agente entró solo, con la linterna levantada y el arma hacia abajo. Clara quedó afuera. Cuando el hombre pasó cerca de la caseta, leí el apellido y barra en su uniforme. Le grité que estaba encerrado, que la puerta tenía algo puesto por fuera y que se detuviera. respondió que iba a sacarme y avanzó hacia la puerta la figura se movió antes de que el agente llegara cerró el libro caminó hacia la luz y levantó la cabeza Ibarra le ordenó detenerse pidió que soltara lo que llevaba y subió el arma la figura siguió caminando el policía repitió la orden mientras yo golpeaba la puerta con la barra y le gritaba que retrocediera escuché dos disparos un disparo golpeó una máquina El otro se perdió entre las agujas.

33:45 La figura avanzó, levantó un brazo y golpeó a la gente en el pecho. Ibarra cayó junto a una mesa. Su linterna rodó por el piso y alumbró las patas de las máquinas. El arma cayó cerca de la caseta y lo llamé por su apellido. Respondió con un quejido y después guardó silencio. La figura se inclinó junto a él, abrió el libro sobre una mesa y escribió. Vi el movimiento de su mano, la hoja que arrancó al terminar y el camino que recorrió hasta mi puerta. Empujó el papel por debajo del marco. La hoja quedó cerca de la anterior. Alcancé a leer el nombre del agente, Manuel Ibarra, seguido por el encabezado que tenía mi documento. Registro de pago de nómina del patrón. Saqué el teléfono y llamé a Clara. Le dije que el agente estaba herido y que no entrara. que volviera a llamar a emergencias y se alejara del portón. Ella había escuchado los disparos y alcanzó a oír a la gente antes de que callara.

34:49 Respondió que no iba a dejarlo ahí. Le repetí que Carranza estaba dentro, que había bloqueado mi puerta y que ya tenía un documento con el nombre del policía. Clara cortó la llamada mientras yo le pedía que se fuera. La vi entrar corriendo con una lámpara. Vino hacia la caseta, se agachó frente a la puerta y encontró la barra que la mantenía cerrada por fuera. Me dijo que estaba encajada entre el marco y la manija. Luego intentó sacarla. Yo le pedí que la soltara y corriera hacia la salida, pero ella siguió jalando hasta moverla. La figura llegó detrás de Clara con el libro contra el traje negro. Vi sus pezuñas detenerse junto a los pies de mi hermana y golpeé la puerta con la barra. Clara levantó la cabeza, giró hacia el pasillo y soltó la pieza. Gritó mi nombre, dio un paso atrás y chocó contra la puerta. Metí el brazo por el vidrio roto, abrí la mano hacia ella, pero solo alcancé a rozarle la manga. La figura la tomó del brazo y la retiró del marco. Clara se sujetó a la manija, yo la sostuve de la muñeca y la sangre de mi corte quedó sobre su piel.

36:00 La puerta no abrió. Mi mano perdió fuerza. Sus dedos se soltaron y la figura la llevó fuera del alcance de la ventana. La escuché gritar otra vez. Después oí el libro caer sobre una mesa y el trabajo continuo de las máquinas. Golpeé el vidrio hasta cortarme la otra mano. Llamé a Clara y a Ibarra, pero ninguno respondió. La figura regresó, abrió el libro frente a la caseta y desprendió otra hoja. El papel entró por debajo de la puerta y quedó sobre los anteriores. El nombre de Clara Herrera aparecía en el centro, junto al mío y al de la gente, bajo el mismo registro de pago. El perfume de Carranza cubría el olor del metal y de mi sangre. Dejé el teléfono sobre la mesa, con la grabación encendida de frente a la puerta. Dije mi nombre, el de Clara y el de la gente Ibarra. Luego nombré a Abel Carranza y a Lorena. porque recibieron mis datos antes del turno. Dije que las tres hojas estaban dentro de la caseta y que nadie había entrado para escribirlas.

37:07 Las máquinas redujeron la velocidad, una fila después de otra, hasta que pude escuchar mi respiración. La barra cayó al piso, la puerta se abrió hacia mí y la figura quedó en el marco, con el libro a la altura del pecho. Detrás de ella vi el arma del agente. la lámpara de Clara y las mesas cubiertas de tela, pero no vi a ninguno de los dos. La criatura colocó las tres hojas en el libro y pasó la mano por la página donde estaba escrito mi nombre. Escuché la voz de Carranza cerca de mi cara, ordenándome dejar el teléfono y salir. Le respondí que la grabación ya tenía su nombre, que Clara había avisado a la policía. y que encontrarían los documentos. La figura me tomó del brazo herido, me obligó a levantarme y acercó el libro a mi pecho.

37:58 La última máquina dejó de funcionar, la luz roja se apagó y alcancé a ver mi hoja pegada a la página, marcada con sangre antes de que el libro se cerrara sobre mi mano. No pude sostener la barra ni llegar al teléfono. Repetí mi nombre, Pedro Herrera, y el nombre de la empresa, mientras la figura me sacaba de la caseta. El perfume llenó el pasillo, y desde el portón una voz de hombre dijo que el vigilante había abandonado su puesto. Yo seguía ahí cuando lo dijo, con la mano atrapada en el libro, sin ver a Clara ni a la gente, mientras las máquinas guardaban silencio. Mi nombre es Mateo Beltrán y todavía recuerdo la primera noche que trabajé en el Panteón Histórico de San Jerónimo. Tenía 24 años. Necesitaba un sueldo fijo y acepté el turno sin preguntar demasiado. Hasta entonces había cuidado una bodega, donde siempre había compañeros cerca. Pero en el cementerio me correspondía quedarme solo hasta el amanecer.

39:12 Llegué cuando el guardia anterior todavía estaba en la caseta. Se llamaba Arturo Gaitán. Me pidió mi identificación. Anotó mi nombre en la libreta y me mostró lo necesario. El portón principal, la caseta, el cuarto de herramientas, el radio y las llaves. No recorrió conmigo las tumbas. Solo indicó que durante la noche debía permanecer cerca de la entrada. Cuando terminó, sacó una hoja doblada del cajón y la dejó frente a mí. Dijo que debía leerla completa y cumplirla sin cambios. La primera instrucción ordenaba entregar cualquier herramienta que pidieran por la ventana lateral, sin mirar el rostro de quien la recibiera. La segunda decía que si escuchaba llorar a un niño, debía quedarme dentro de la caseta.

40:00 La tercera estaba subrayada. A las dos quince de la madrugada, debía abrir el portón principal, mantenerlo abierto durante cinco minutos y cerrarlo a las dos veinte. Al final se indicaba que no debía patrullar entre las tumbas ni entregar la llave a nadie. Le pregunté si entraban personas a esconderse, si robaban en el lugar o si aquellas reglas eran una prueba para el guardia nuevo. Arturo comprobó que el radio encendiera y me respondió que la hoja formaba parte del turno. Le insistí con la regla del niño porque no entendía cómo se podía ignorar a un menor que pidiera ayuda. Y después le pregunté por qué debía abrir un cementerio cerrado en plena madrugada. Me respondió que si no aceptaba esas condiciones todavía podía irme y avisaría que no había tomado el puesto. No me fui. Había esperado varios días esa llamada y necesitaba empezar a cobrar. Le dije que cumpliría las instrucciones, aunque seguía esperando una explicación.

41:06 Arturo revisó la carga de mi teléfono. Señaló su número y el del supervisor. Después indicó que programara una alarma para la apertura del portón. Antes de salir, le pregunté qué ocurría si me retrasaba unos minutos. Respondió que no debía retrasarme. Firmó la entrega del turno, me dio la llave principal y se marchó. Durante los primeros minutos no hice más que vigilar la entrada. La caseta estaba en silencio, el portón permanecía cerrado. y el monitor mostraba partes del cementerio sin movimiento. Revisé la libreta buscando anotaciones de otros guardias, pero encontré asuntos de mantenimiento y visitantes fuera de horario.

41:49 No había registro sobre herramientas pedidas de noche, llantos ni aperturas de madrugada. Después escuché tres golpes en la ventana lateral. Me acerqué y pregunté qué necesitaba. Una voz de hombre pidió una pala de mano. La solicitud me detuvo, porque el portón estaba cerrado y nadie había pasado frente a la caseta. Busqué movimiento en el monitor, pero no vi a nadie, y tuve la intención de salir a comprobar quién estaba ahí. Pero la hoja seguía sobre el escritorio. Tomé una pala pequeña, abrí la bandeja de la ventana y la empujé hacia afuera, con la vista fija en el mango. Una mano cubierta de tierra la tomó. Los dedos estaban lastimados alrededor de las uñas. La mano desapareció y escuché pasos que se alejaban. Marqué el número del supervisor, pero no contestó. Encendí el radio, repetí mi nombre varias veces y tampoco recibí respuesta. Anoté que alguien había pedido una pala, aunque no supe qué escribir en el espacio de identificación. Luego seguí observando el monitor. hasta distinguir una figura que cruzaba al fondo de la imagen. Se detuvo entre las tumbas antiguas y salió del cuadro. La imagen no mostró su cara. Más tarde escuché el llanto. Venía del interior del cementerio, cerca de la caseta. Comenzó bajo.

43:17 Después una voz infantil pidió ayuda y llamó a su madre. Me levanté con la llave en la mano. Llegué hasta la puerta y apoyé los dedos en el seguro. pero la segunda instrucción estaba frente a mí. Me quedé dentro. El niño volvió a pedir ayuda, golpeó una vez la pared y lloró durante varios minutos, hasta callarse de pronto. Llamé a Arturo. Le conté lo de la pala y lo del niño. Luego le pedí que mandara apoyo o me explicara lo que ocurría. Lo primero que quiso saber fue si había mirado la cara del hombre y si había abierto la puerta por el llanto. Le respondí que no. Respiró con fuerza y dijo que había hecho bien, que continuara dentro de la caseta y que no olvidara abrir el portón a la hora marcada. Le pregunté qué había ahí dentro. Contestó que la explicación podía esperar hasta el amanecer.

44:12 La apertura no. Después de la llamada, preparé café y dejé de buscar respuestas en la libreta. Solo intentaba mantenerme despierto. Una mujer golpeó la ventana y me pidió un martillo. Se lo entregué sin levantar la vista. Sus manos tenían tierra húmeda y le temblaron los dedos al cerrar la mano en el mango. Cuando se retiró, vi dos figuras en el monitor avanzando por el camino que llevaba al portón, pero no salía a detenerlas. Puse una alarma en el teléfono y otra en el reloj de la caseta. Dejé la llave sobre la mesa y me senté frente al portón. Recuerdo la hoja abierta, la taza vacía y el sonido bajo del monitor. También recuerdo haber pensado que faltaba poco, que podía cerrar los ojos unos segundos y abrirlos antes de la hora. Los golpes contra el portón me despertaron.

45:07 Me incorporé y busqué el reloj. Marcaba las 2.20 y la alarma ya no sonaba. Frente a la salida, dentro del cementerio, había varias personas reunidas en silencio. Todas estaban de frente al portón. Una levantó la mano y volvió a golpear desde adentro. La llave seguía sobre la mesa, junto a mi mano. Tomé la llave y avancé hasta la puerta de la caseta. Desde el portón llegaban voces de hombres y mujeres que me pedían abrir, todas con urgencia, sin gritos ni insultos. Una dijo que el tiempo se había terminado y que todavía podía ayudarlos. Sentí la llave entre los dedos y estuve a punto de salir. porque la hoja ordenaba abrir y yo ya había fallado, pero marqué el número de Arturo antes de tocar el seguro. Contestó en la primera llamada, le dije que me había dormido, que el reloj marcaba las 2.20 y que había gente reunida frente al portón. Arturo tardó unos segundos en responder, luego me ordenó que guardara la llave, cerrara la caseta y no permitiera que nadie me tocara. Le pregunté si debía abrir para que salieran. Dijo que ya no, que los cinco minutos eran la salida segura y que después de ese límite, abrir la puerta solo le servía si lograban tomar a una persona viva. Le dije que no entendía.

46:32 Arturo habló rápido. Esas personas habían sido enterradas en tumbas equivocadas, algunas con placas cambiadas, otras bajo el nombre de otra familia. En ciertas noches podían levantarse. buscar sus sepulturas correctas y salir por el portón durante esos cinco minutos. Si no cruzaban a tiempo, quedaban dentro y necesitaban tocar a alguien vivo para ocupar su cuerpo y pasar la entrada. Le pregunté por las herramientas y por la orden de no mirarles el rostro. Respondió que, mientras buscaban su tumba, no perseguían a nadie. Si veían al guardia, sabían a quién buscar cuando perdieran las salidas. El contacto era lo único que les permitía tomar un cuerpo, por eso yo debía mantenerme lejos de la puerta. Añadió que ya no podía corregir mi error abriendo tarde, solo podía mantenerme vivo hasta que llegara ayuda. Golpearon la ventana mientras él hablaba. Una mujer pidió la llave, dijo que había encontrado su nombre en una lápida abierta y que necesitaba salir. Retrocedí y le pregunté a Arturo por qué nunca me había advertido.

47:43 Respondió que llevaba meses pidiendo que retiraran el turno de noche y que nadie le hacía caso. Le corté la llamada para comunicarme con emergencias. Informé que había personas dentro del cementerio, que la entrada estaba cerrada y que yo seguía en la caseta. Pedí que los agentes hablaran conmigo antes de acercarse al portón. La operadora indicó que enviaría una patrulla y que no saliera. Dejé el teléfono grabando sobre el escritorio, apuntando hacia el monitor. porque necesitaba un registro de lo que ocurriera. Las figuras de la entrada comenzaron a moverse. Algunas se quedaron junto al portón, otras avanzaron hacia la caseta y golpearon las ventanas. En la cámara apareció el niño que había escuchado antes. Se arrodilló junto a la reja y pidió ayuda hacia la calle.

48:33 Una mujer se colocó detrás de él, sostuvo uno de sus brazos y comenzó a llamar a cualquiera que pudiera oírla. Ya no hablaban de tumbas ni de salir, decían que estaban encerrados y que el niño estaba herido. Vi llegar una patrulla y tomé el teléfono para avisar que ya estaba frente a la entrada. Dos agentes bajaron, uno se quedó junto al vehículo y el otro caminó hasta el portón. Le grité desde la caseta que no tocará a nadie, pero varias voces cubrieron mi advertencia. La mujer acercó al niño a la reja, dijo que no podía sostenerse y pidió que lo sacaran. El agente le ordenó apartarse para revisar el candado. Ella metió la mano entre los barrotes y le sujetó la muñeca. El agente dejó de responder.

49:20 Su compañero lo llamó y avanzó dos pasos sin llegar a la reja. La mujer le soltó la muñeca y retrocedió. El agente que había sido tocado volvió a la patrulla, sacó una herramienta y regresó al portón. Su compañero le preguntó y recibió un golpe en la cara cayó sobre la banqueta y perdió el radio el candado cedió después de varios golpes cuando el portón se abrió las figuras no cruzaron hacia la calle la mujer llegó hasta el policía que estaba en el suelo le tomó el cuello y lo mantuvo inmóvil el niño extendió los brazos hacia un segundo vehículo que acababa de llegar dos hombres se quedaron frente al portón abierto sin dar un paso afuera El único que cruzó fue el agente que había tocado a la mujer. Fue hasta la patrulla y tomó el radio.

50:12 Escuché su reporte desde la caseta. Dijo que el guardia del cementerio había abierto el acceso, atacado a un oficial y retenía personas dentro. Agarré el teléfono y traté de comunicarme otra vez con emergencias, pero una piedra rompió la ventana lateral. Una mano entró por el hueco y buscó el seguro. Tomé la llave, el teléfono y corrí hacia la salida que daba a las oficinas. Mientras cruzaba el pasillo, llamé a mi madre. Alcancé a decirle que no fuera al cementerio y que no le creyera a nadie que llamara, diciendo que yo necesitaba ayuda. Ella preguntó qué me había ocurrido.

50:53 Escuché abrirse la caseta detrás de mí, corté la llamada y le marqué a Arturo. Me indicó que entrara al archivo, cerrara por dentro y evitara acercarme a cualquier agente que hubiera estado en la entrada. Entré al archivo y empujé un mueble contra la puerta. Del otro lado se escuchaban órdenes, pasos y radios encendidos. Reconocí la voz del agente que había cruzado el portón. Dio mi nombre completo, informó que yo estaba armado y pidió que abrieran con cuidado. Después indicó que nadie se acercara solo, porque yo atacaba a cualquiera que intentara ayudarme. Me quedé detrás del mueble, con el teléfono en una mano y la llave en la otra.

51:37 La grabación que había iniciado en la caseta seguía corriendo. Marqué a emergencias y puse el altavoz, porque no quería perder lo que se escuchara afuera. Informé que el agente que daba órdenes había tocado a una mujer junto al portón, que después había golpeado a su compañero, y que yo estaba encerrado sin armas dentro del archivo. La operadora me pidió que mantuviera las manos visibles cuando entraran los policías. Le respondí que el primero que intentara sacarme podía estar bajo el control de esas personas. Antes de que pudiera decir algo más, golpearon la puerta y una voz anunció que mi madre ya había sido avisada. Corté la llamada y le marqué a mi madre. Contestó llorando. Dijo que un agente había llamado para informarle que yo estaba herido y que una patrulla había ido a recogerla. Le pedí que no subiera, que entrara a su casa y cerrara la puerta. Respondió que ya iba en el vehículo. que dos policías la llevaban al hospital. Escuché a un hombre pedirle el teléfono. La llamada terminó y no pude comunicarme otra vez con ella. Los golpes en la puerta aumentaron.

52:53 El mueble se movía cada vez que la herramienta entraba entre el marco y la cerradura. Grité que revisaran las cámaras de las patrullas, que el agente herido estaba en la entrada y que mi teléfono había grabado la apertura del portón. Nadie contestó. Un policía me ordenó arrodillarme, mantener las manos sobre la cabeza y no resistirme cuando abrieran. La puerta cedió. Me arrodillé donde pudieran verme y dejé el teléfono en el suelo, con la pantalla hacia arriba. Entraron dos policías. Detrás de ellos apareció la mujer que había pedido ayuda junto a la reja. Uno de los agentes me apuntó. El otro avanzó para retirar el mueble.

53:36 Les dije que la mujer no debía tocarlos y señalé el teléfono, donde seguía la grabación. Ella cayó de rodillas, dijo que le faltaba aire y extendió una mano hacia el agente más cercano. Guardó su arma y se inclinó para levantarla. Le grité que se apartara. El agente que había abierto el portón entró por un costado, me golpeó en la cara y me tiró al suelo. Alcancé a ver la mano de la mujer cerrarse sobre la muñeca del policía. Él se levantó y se dirigió hacia mí. Estiré el brazo para tomar el teléfono, pero una bota cayó sobre la pantalla y la rompió. Después recibí un golpe en la nuca. Mientras perdía el conocimiento, escuché que uno de ellos pedía una ambulancia para el guardia agresor y ordenaba informar que dos oficiales habían sido atacados durante el rescate. Desperté en una sala del hospital, con una venda en la cabeza y la muñeca izquierda. asegurada al barandal de la cama. Una enfermera me hizo preguntas para comprobar que estaba consciente. Le di mi nombre, le dije que recordaba el cementerio y pregunté por mi teléfono. Contestó que había llegado dañado y que la policía lo había entregado con mis pertenencias, pero todavía no podía devolvérmelo. Le pedí que avisara que mi madre podía estar en peligro.

55:00 La enfermera preguntó si ella tenía alguna condición médica. Le respondí que la llevaban personas relacionadas con lo ocurrido en el cementerio y que no debía dejar que entrara acompañada por agentes. Escribió algo en una hoja, salió y volvió sin responderme. Dejó mis pertenencias sobre una bandeja a una distancia que alcancé con la mano libre. El teléfono tenía la pantalla rota, pero encendió. Busqué el archivo de la grabación y no estaba. Tampoco encontré el registro de las llamadas a emergencias ni a Arturo. No sabía quién había borrado los archivos, solo que ya no tenía la prueba que había intentado guardar. Abrí la grabadora y empecé a hablar con el teléfono oculto entre la sábana y mi costado.

55:48 Mientras grababa, escuché pasos en el pasillo. La puerta se abrió y entró el agente que había forzado el portón, acompañado por otro policía. El primero informó que me trasladarían para tomar mi declaración y que mi madre estaba en recepción. Le pregunté por el agente al que había golpeado frente al cementerio. No dio su nombre ni explicó dónde estaba. Solo pidió a su compañero que me quitara las esposas. El otro oficial sacó una llave y se acercó a la cama. Le grité que no me tocara y que llamara al médico antes de liberarme. La enfermera regresó al oírme. Se colocó entre la cama y los agentes y dijo que ningún traslado podía hacerse sin autorización. El agente del portón la sujetó del antebrazo para apartarla. Ella se quedó quieta, dejó de discutir y tomó la llave de la mano del otro oficial. No abrió mi esposa, guardó la llave en el bolsillo y salió con ellos. Cerraron la puerta, aunque la dejaron sin seguro, y seguí grabando debajo de la sábana. Después escuché la voz de mi madre en el pasillo, preguntando por mi habitación. Grité su nombre y le pedí que no entrara y que no aceptara ayuda de ningún agente. Ella respondió que estaba bien, que una enfermera la llevaría conmigo. Desde la cama vi a mi madre aparecer junto a la puerta, acompañada por el agente y la enfermera. Volví a pedirle que se alejara. El

57:19 agente le tomó una mano y dijo que yo estaba alterado. Mi madre dejó de responderme. La enfermera abrió la puerta por completo y los dos se retiraron. Mi madre entró sola, traía la llave en la mano. Cerró la puerta y caminó hasta la cama sin preguntarme por la venda ni por lo ocurrido. Le rogué que no me tocara, pero no se detuvo. Abrió la esposa del barandal, sostuvo mi muñeca libre y acercó la otra mano hacia mi brazo. Y el teléfono continúa grabando debajo de la sábana. Cuando trabajaba de velador en un patio de bodegas, llevaba seis años haciendo el mismo turno. Entraba cuando cerraban las oficinas, recibía el radio y las llaves, revisaba puertas, candados y cámaras.

58:14 Luego recorría el patio hasta que llegaba el personal de carga. Conocía los ruidos de ese lugar y sabía de dónde salían. La noche que vi aquello empezó igual, con las bodegas cerradas y la caseta en orden. Marta estaba en la central, pendiente del radio. Durante la primera ronda no encontré puertas abiertas ni candados dañados, y al volver a la caseta vi que la cámara de la bodega 7 había perdido imagen. Le reporté la falla y ella me indicó que revisara desde afuera, sin entrar si el acceso estaba forzado. Tomé la lámpara, cerré la caseta y caminé hasta esa parte del patio. Antes de llegar escuché un golpe. luego el ruido de algo arrastrándose en el piso. La puerta lateral estaba abierta y el candado cortado había quedado junto al muro.

59:08 Me detuve en la entrada, alumbré hacia adentro y vi a cuatro personas, tres mujeres y un hombre, reunidos junto a unas velas con una gallina amarrada. La mujer que estaba al frente sostenía un cuchillo y el hombre tenía una mochila en el suelo. Les pedí que salieran, levanté el radio y alcancé a avisar que había intrusos en la bodega 7. Una de las mujeres se movió antes de que Marta contestara. Me lanzó polvo a la cara y el ardor me obligó a cerrar los ojos. Sentí un golpe en la muñeca. Perdí el radio y cuando intenté retroceder, el hombre me sujetó por la espalda. Me derribó, me puso una rodilla encima y otra mujer me amarró las manos.

59:54 Grité para que Marta me escuchara por el radio tirado, pero el hombre me golpeó en las costillas. Después me arrastraron hasta una columna y me sujetaron ahí, sentado, con las piernas extendidas. La mujer del cuchillo ordenó que cerraran la puerta y apagaran el radio. La más joven le pidió que se fueran porque aquello había salido mal. La mujer respondió que nadie iba a salir hasta terminar. Yo les dije que se llevaran lo que traían y me soltaran, que el reporte ya estaba enviado. Ella se acercó, me abrió la camisa con el cuchillo y dijo que yo servía porque había llegado a mirar. La punta me cortó el pecho, sentí la sangre bajar por la piel y el hombre me sostuvo de la cabeza para que mantuviera la vista al frente. La mujer puso a la gallina junto a las velas, la mató y recogió la sangre en un recipiente. Dijo que entregaba la sangre y al vigilante que había entrado en ese lugar. La joven dio dos pasos hacia la salida. El hombre la sujetó del brazo y la obligó a regresar. En ese momento se apagó la luz de la bodega. Las velas quedaron encendidas en el piso y cerca de la entrada sonó mi radio.

1:01:09 Marta repitió mi clave y pidió que confirmara el reporte. Yo traté de contestar, pero una de las mujeres me cubrió la boca con cinta. Desde el fondo se escuchó un golpe fuerte. Luego, otro más cerca. La mujer del cuchillo levantó el recipiente. El hombre tomó mi lámpara y alumbró el pasillo entre las tarimas. La figura entró en la luz y avanzó hasta nosotros. La vi de frente, desde el suelo, con las manos amarradas y la cinta en la boca. Era alta. Tenía brazos y torso de hombre, piernas gruesas y pies terminados en pezuñas. De la frente le salían dos cuernos. Su cara estaba descubierta, con la piel oscura, los ojos abiertos y sangre alrededor de la boca.

1:01:54 El hombre mantuvo la lámpara dirigida hacia ella, y las tres mujeres también la vieron. La mujer del cuchillo alzó el recipiente con ambas manos y dio un paso. La figura se lo quitó, lo dejó caer contra el piso y la agarró del cuello. Ella soltó el cuchillo, pataleó unos segundos y dejó de moverse. El hombre arrojó la lámpara y corrió a la puerta. Abrió el pasador y salió, y dos mujeres escaparon detrás de él. La figura dejó el cuerpo junto a las velas, pasó a menos de un metro de mí y salió al patio. Sus pasos se escucharon en el concreto. Después llegó el grito del hombre y enseguida el de una mujer. seguí junto a la columna con las manos entumidas y la cinta pegada a la boca moví la mandíbula hasta despegar un borde y grité hacia la entrada la joven que había pedido irse apareció en la puerta caminó dos pasos se desplomó y ya no se levantó por el radio escuché a Marta decir que la patrulla estaba en camino y que el supervisor también iba para allá la tercera mujer no regresó y tampoco volví a ver a la figura Los policías entraron con el supervisor, me soltaron y llamaron a una ambulancia. Dentro de la bodega quedó muerta la mujer del cuchillo. Afuera encontraron al hombre y a la joven la hallaron junto a la puerta. De la otra mujer

1:03:26 no encontraron rastro. Yo tenía el corte en el pecho, golpes en las costillas y el ojo izquierdo lesionado por el polvo. Declaré desde el hospital. Describí a las cuatro personas y a la figura que salió del fondo. Marta confirmó que recibió mi aviso y escuchó los gritos, pero las cámaras dejaron de grabar desde la pérdida de imagen. No regresé a ese trabajo. Perdí la visión del ojo izquierdo y la investigación terminó sin detenidos, con tres muertos y una mujer desaparecida. En mi declaración quedó asentado que otro agresor no pudo ser identificado. Yo describí lo que tuve enfrente bajo la luz de mi lámpara. Un cuerpo con cuernos y pezuñas que tomó el recipiente, mató a quienes me tenían amarrado y salió al patio. Eso fue lo que miré aquella noche, cuando todavía trabajaba de velador.