El Tesoro Del Viejo Y El Nahual (El Llano En Llamas) Historias De Terror - REDE

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El lla no en llamas nota de lengua de brujo. Con el permiso del autor, se cambiaron algunas palabras para mejor comprensión y se dejaron algunas otras por respeto a la historia. Quiero contarles una historia que me compartÃa mi abuela sobre su padre cuando era joven. Lo que les pasó tiene más de cien años y se volvió una tradición familiar contarla en cada reunión que tenemos en memoria de mi abuela. La contaré cómo mi abuelo se la contaba a ella con el fin de que perdure lo más fiel posible. Gracias. Relato de más de cien años de antigüedad corrÃa el año de mil novecientos dieciséis, poco después de la Revolución Mexicana. Mi vida habÃa cambiado drásticamente. Desde joven. Mi familia me acostumbró a trabajar de sol a sol para un patrón, el cual nos pagaba cada que podÃa. Durante varios años trabajé como jornalero en los campos de maÃz del Estado de Michoacán, en un ejido muy cerca de los reyes, junto a mis dos hermanos, Fausto y Emilio. No habÃa dÃa que no fuera largo y agotador. Nuestras manos siempre estaban llenas de callos por el esfuerzo que realizábamos. Llegó el sábado y esa tarde, los tres nos habÃamos propuesto hacer una fogata fuera de la casa, sacar el pisto y platicar mientras no cenábamos lo que quedaba de un lechón del otro dÃa. Estábamos muy entrados platicando de anécdotas y chistes. Cuando notamos que alguien nos vigilaba desde lejos. No le quisimos hacer importancia, pues elegido estaba lleno de locos y pensamos que si lo ignorábamos, se irÃa solo. Sin embargo, no fue asÃ. Yo noté que esa persona se acercaba cada vez más. Mi hermano Fausto se puso vivo y sacó la vieja carabina de nuestro padre. La escondió para que el otro sujeto no lo viera. Cuando lo vimos con mayor detenimiento, nos dimos cuenta de que se trataba de un vecino, el anciano Don AgustÃn, a quien se le botaba la canica, se acercó para calentarse las manos. Aprovechamos para darle de comer el último pedazo que nos quedaba y también le dimos de tomar pulque el anciano, agradecido, nos comentó que tenÃa que contarnos algo, un secreto que tenÃa muy guardado y que no tenÃa sentido que se lo guardara. Nos contó sobre un misterioso llano que ardÃa por las noches como si estuviera en llamas ella no se encontraba más allá del Canal de Riego. Ãl nos aseguraba que en ese lugar se encontraba un tesoro escondido, pero estaba custodiado por un ahual y los espÃritus que habÃan intentado robarlo aún seguÃan merodeando. Por ahÃ. Don AgustÃn insistió que el tesoro era de él, pero con el tiempo se hizo más bien viejo y no pudo recuperarlo, y el que se hacÃa llamar su amigo, un poderoso brujo. Nahual se lo arrebató, pero tampoco podÃa sacarlo. El tesoro estaba maldito y sólo podÃa sacarlo su dueño o a quien se lo regalara. Al principio nos divirtió con su historia, pero el anciano se le veÃa la cara triste y seria. Le quisimos invitar más pulque y aceptó diciéndonos que ocupaba para el camino. A mà me pareció extraño que dijera eso. Sólo vivÃa una cuadra de nuestra casa y habÃa sonado su tono de voz como si estuviera despidiéndose apagamos la fogata. Nunca nos dimos cuenta en qué momento el anciano se habÃa parado y se fue solo ya no lo vimos. Al dÃa siguiente, Doña Macaria, otra vecina, llegó desconsolada con nuestra madre comentando que Don AgustÃn habÃa muerto. Lo habÃan encontrado en el canal y parecÃa ser que llevaba a Dios allÃ. Emilio le dijo a nuestra madre que eso no era cierto, pues aquel anciano habÃa tomado pulque con nosotros. Hace unas horas. Le comentamos todo lo que nos dijo y ella nos dijo que tendrÃamos que sentirnos honrados porque al parecer se habÃa aparecido por última vez a despedirse y decirnos sobre su tesoro. A pesar de que no nos creÃamos lo que habÃa sucedido. La promesa de tener una vida mejor y sin preocupaciones nos motivó para ir en busca del tesoro. Nuestra madre no estuvo de acuerdo Desde que perdió a nuestro padre en la Revolución, solo le quedábamos nosotros y no estaba de acuerdo en que nos aventuráramos arriesgando nuestra vida. Ella fue siempre muy creyente de la magia negra, los chaneques y brujas, pero sobre todo le tenÃa mucho respeto a los nahuales le aseguramos que todo estarÃa bien y pronto estarÃamos de vuelta. AsÃ, un dÃa decidimos emprender la búsqueda llen llevando sons sólo lo indispensable la vieja carabina que nos habÃa dejado nuestro padre algunas provisiones y dos palas para excavar el viaje. Fue sencillo. Seguimos las instrucciones al pie de la letra, atravesamos los terrenos bajo el sol ardiente. El ambiente se sentÃa seco y sofocante. Era verano y tiempos de sequÃa. HacÃa un calor extremo. Al principio estábamos platicando, pero poco a poco nos fuimos callando. Yo sentÃa que el polvo se me metÃa en los ojos y garganta. Sin embargo, nadie en ningún momento se rindió Estábamos decididos a encontrar el llano en llamas y cambiar nuestras vidas. Finalmente llegamos al lugar que nos habÃa comentado, el anciano, o por lo menos eso pensamos ya que era el único llano en todo alrededor, pero no se veÃa que estuviera ardiendo. Ya era un poco tarde. El sol apenas se estaba poniendo por lo que decidimos es esperar un poco debajo de un árbol. Nos instalamos con una pequeña fogata y mientras cenábamos, pasó lo que más estábamos esperando. El pasto empezó a menearse de un lado a otro y de pronto empezó a brillar. ParecÃan ser luciérnagas, pero el olor a humo era notable. Brillaba al igual que un pequeño incendio que ilumina la noche, pero no se propagaba o quemaba. Nos dimos cuenta que estábamos en un lugar correcto. Emilio se emocionó tanto que tomó la pala y nos dio la indicación que nos apresuráramos acabar. Pero fausto lo detuvo, pues habÃa alcanzado a ver que alguien estaba muy cerca del llano. Los tres nos miramos con miedo y asombro. Vimos como una figura espectral estaba escasos metros frente a nosotros. La aparición era, al parecer, un viejo guerrillero que sostenÃa una carabina. Apuntándonos, parecÃa ser un revolucionario que se habÃa extraviado su ropa estaba desgarra, da, da y llena de lodo. Cuando estuvimos a punto de hablar, nos gritó que nos alejáramos que ese tesoro no era para nosotros. Nos quedamos paralizados por el terror, pero Emilio, siempre valiente, levantó la carabina y disparó al espectro. El disparo no tuvo efecto. Emilio nos aseguraba que acertó, pero aquel hombre no nos quitaba la mirada de encima. Entonces a Fausto se le ocurrió pedirle que bajara la pistola y habláramos. Aquel espectro se desvaneció. De pronto. Pensamos que de alguna manera habÃamos ganado, pero de la nada. El gruñido de un animal detrás de nosotros nos sorprendió. En la cual habÃa llegado era el cuerpo de un enorme lobo. Sus ojos parecÃan brazos. Ardiendo nos observaba con una inteligencia sobrehumana. Corrió alrededor de nosotros. Noté que sus extremidades eran enormes. Las uñas de sus manos y pies se veÃan filosas y el rostro era igual al de un perro y con enormes dientes. El animal se perdió entre el humo y después un anciano salió caminando con la ropa rasgada. Nos miró a los tres y sacó su lengua lamiéndose los labios. Yo sentà que de alguna manera me estaba saboreando. Nos preguntó cuáles eran nuestras intenciones. Los tres nos miramos con miedo. Fausto fue quien le respondió diciéndole que una persona nos habÃa dicho que encontrarÃamos algo para nosotros en estas tierras. SabÃamos qué enfrentarnos a él serÃa inútil, asà que le dije a mi hermano que lo olvidara y nos fuéramos de allÃ, pero en la cual se rió de nosotros y nos dijo que el tesoro estaba maldito y no lo podÃamos sacar a menos que fuera para nosotros. Emilio no dejaba de apuntar al Nahual con la carabina. Le dije que asà era, pues el tesoro era del anciano Don AgustÃn y que ya habÃa fallecido y nos lo entregó a nosotros. El Nahuel se dio cuenta de que no mentÃamos, asà que nos propuso que lo sacáramos y si realmente era de nosotros, no se harÃa carbón en cuanto lo tocáramos y lo repartirÃamos en partes iguales. Nos dimos cuenta que era el mejor trato de todos, asà que con miedo, pero también con esperanza de sobrevivir, empezamos a excavar fausto y yo nos encargamos de hacer el hoyo. Mientras que Emilio no dejaba de apuntar al nahual, él estaba muy ansioso dando vueltas alrededor de nosotros. Mientras excavábamos, los ruidos del campo se volvieron cada vez más extraños y aterradores. Los coyotes ahullaban los grillos, dejaron de cantar y un viento frÃo comenzó a silbar. Yo tenÃa miedo de que no encontráramos nada y que todo fuera una mentira y estuviéramos cavando nuestra tumba y cuando estuve a punto de rendirme golpeó algo. Excavamos más rápido alrededor y nos encontramos con una enorme caja de madera. Se encontraba envuelta en Sábanas la sacamos del hoyo y la pusimos debajo del árbol en la ual miraba la caja con ansiedad nos gritaba para que la abriéramos rápido. El corazón me latÃa con mucha fuerza. No sabÃa que podÃamos encontrar allà dentro en la wolsa se desesperó e intentó arrancar la tapa, pero la soltó rápidamente de su mano. SalÃa humo. Era como si se hubiera quemado con tan sólo tocar la caja de madera. A nosotros no nos habÃa pasado nada cuando la sacamos del hoyo. Por eso sabÃamos que el tesoro si era para nosotros y el nahual no podÃa tocarlo. Fausto le dio un golpe al candado oxidado y la tapa se abrió lentamente. Con ayuda de la pala. La abrió por completo y una enorme bolsa de humo se extendió sobre nosotros. Escuchamos que el nahua nl gruñÃa y ladraba pude ver cómo sus brazos cambiaban de forma alargándose su rostro también cambió de forma y comenzó a tirar mordidas por todos lados. Arañaba al humo y le gruñÃa diciéndole que lo dejaran en paz. Algo lo estaba atacando y nosotros no podÃamos ver qué era. Yo no comprendÃa qué estaba pasando hasta que mi hermano Fausto me dijo que, al parecer, habÃa un espÃritu resguardando la caja. Por ello, el Nahual no podÃa sacarla. Miré el contenido de la caja y dentro habÃa varios sacos amarrados. El Nahual no nos podÃa ver mientras se defendÃa. Asà que aprovechamos para huir de allà sosteniendo la caja. Corrimos como nunca lo habÃamos hecho dejamos atrás nuestras pertenencias. Sólo cargamos la caja, una pala y la carabina que aún sostenÃa emilio. No habÃa mucho lugar donde pudiéramos escondernos, Asà que decidimos apresurarnos al Canal para ver si tenÃamos suerte y nos encontrábamos con alguien que nos pudiera ayudar. Entonces escuchamos claramente un aullido profundo. Nunca habÃa escuchado que un animal hiciera un sonido asà en la hual se habÃa dado cuenta de que lo dejamos y seguro estarÃa rastreándonos corrimos por más de una hora. Me sentÃa aliviado de que haya pasado tanto tiempo sin que nos encontrara. Ya estábamos cerca del canal y eso significaba que también cerca de casa. Cuando de pronto el nahual nos cerró. El paso juro por Dios que ahora lo veÃa más grande y amenazante que antes. Abrió la boca y entre gruñidos nos dijo que durante años habÃa cuidado ese tesoro de soldados, guerrilleros, cazadores y a todos los habÃa eliminado y nosotros no serÃamos la excepción. Emilio disparó la carabina, pero en la guual metió la mano para proteger gruñó con más fuerza y de un golpe levantó a Emilio varios metros Fausto, tomó la pala e intentó golpear al Nahual, pero éste respondió rápidamente. Deteniendo el golpe, tomó de ambos brazos a mi hermano y lo arrojó lejos también. Entonces sólo estábamos los dos. Pude ver en mi vida pasar frente a mis ojos. Yo sabÃa que me habÃa llegado la hora dejé caer la caja de madera al piso y las bolsas se salieron de ella. El agua las tomó y abrió una de ella sacó una enorme y redonda moneda dorada. La contempló por un momento, cuando de pronto se volvió un horrible pedazo de carbón. El nahual molesto metió la mano a la bolsa y de ella sacó puro carbón. Tiró la bolsa y sacó otra más. Cuando la abrió, se dio cuenta que estaba llena de carbón. Asà pasó con todas las demás. El tesoro se habÃa vuelto por completo carbón me miró enojado y se abalanzó hacia mÃ. Lo único que hice fue cubrirme con los brazos y esperar la mordida. Pero de pronto un certero disparo le dio en la mandÃbula. Miré a un lado y allà estaba emilio, Se habÃa descalabrado la cabeza, pero al parecer estaba bien para poder disparar al nahual le colgaba la parte de abajo del hocico, se maneaba de un lado a otro. No podÃa mantenerse de pie. Se acercó a la orilla del canal y se dejó caer a un lado del camino perdiendo la vida. Fausto corrió hacia mà para preguntarme si me encontraba bien. Me di cuenta que tenÃa un brazo quebrado. Emilio caminó hacia nosotros cojeando los tres vimos el tesoro hecho carbón y no nos quedó otra más que reÃrnos. Cuando el sol comenzó a asomarse en el horizonte caÃmos en cuenta de que nos arriesgamos mucho para esa aventura. Estábamos exhaustos y aterrorizados. Nos sentamos un momento al lado del canal. Yo me di cuenta de las demás heridas de mis hermanos, asà que les propuse que nos fuéramos antes de que pasara otra sorpresa. Regresamos al pueblo y nuestra vida siguió con las labores cotidianas de jornaleros. A pesar de nuestras carencias, nos sentÃamos afortunados de estar vivos y juntos. Nunca más hablamos de nuestra aventura ni del tesoro, pero las cicatrices en nuestros cuerpos y en nuestras almas, siempre nos recordarÃan la noche en que desafiamos a los espÃritus y al náhual. Relato escrito y adaptado por lengua de brujo.








