El Nahual Del Arroyo Me Quiso Sacar De La Casa - Historias De Terror - REDE
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0:05 Llegué a San Juan una tarde de octubre, con una mochila, documentos y la orden de presentarme como maestro en la primaria del pueblo. Me habÃan enviado desde la supervisión, porque el maestro anterior pidió cambio, y en el oficio decÃa que habÃa sido por motivos de salud. Pero, desde que bajé de la camioneta, noté que ese asunto no estaba claro, porque, cada vez que lo mencionaban, la gente bajaba la voz o cambiaba de temas. Pregunté por el comisario en una tienda cercana a la entrada del pueblo y me mandaron con don Celso. Era un hombre serio, hablaba poco y no daba explicaciones de más. Me llevó primero a la escuela, me mostró el salón y las llaves del portón. Después caminó conmigo hasta la casa donde iba a quedarme. Era una casa sola cerca del arroyo. De dÃa no se veÃa lejos, pero al caer la noche quedaba apartada. Don Celso me entregó la llave, revisó la puerta y me dijo que cerrara temprano. Le pregunté si habÃa robos, pleitos o gente que tomara de noche. Me contestó que no se trataba de eso. Luego se quedó mirándome y me advirtió que si alguien me llamaba desde afuera, yo no debÃa contestar. Agregó que no importaba si reconocÃa la voz, ni si decÃa mi nombre, ni si pedÃa ayuda. Yo lo escuché sin interrumpirlo. Pensé que era una prueba para el maestro nuevo, pero no me reÃ, porque su cara
1:35 no tenÃa burla. Solo asentÃ, guardé la llave y lo vi marcharse. Al dÃa siguiente empecé las clases. Los niños llegaron callados con sus cuadernos bajo el brazo. Trabajaron bien, pero me observaban demasiado, sobre todo cuando afuera ladraban los perros o se movÃa algo cerca de la ventana. En la salida, una señora esperó hasta que los demás padres se fueron. me preguntó si yo dormÃa en la casa del arroyo le dije que sà y entonces me pidió que no abriera la puerta después de oscurecer aunque escuchara a mi madre a mi padre o a alguien de mi familia me dijo que guardara silencio que no respondiera ni para preguntar quién era le pregunté quién podÃa saber la voz de mi familia ella miró hacia la calle se aseguró de que los niños ya estuvieran lejos y me dijo que el Nahual bajaba cuando llegaba alguien nuevo Usaba voces conocidas para sacar a la gente de sus casas.
2:33 No dijo más. Yo habÃa escuchado historias de Nahuales en otros lugares, pero siempre las habÃa dejado del lado de los cuentos. Esa vez me costó hacerlo, porque la mujer habló para dejarme una instrucción precisa y después se fue. Esa tarde cerré la escuela, caminé a la casa y me metà antes de que terminara de oscurecer. revisé unas libretas acomodé la lista de asistencia y dejé mis papeles sobre la mesa traté de mantener la cabeza ocupada pero afuera los perros empezaron a ladrar al principio los oà lejos después más cerca luego del otro lado del arroyo el ruido avanzaba se detenÃa y volvÃa a empezar cerré la puerta puse el pasador y aseguré las ventanas también arrimé una silla a la entrada No lo hice porque creyera por completo en lo que me habÃan contado. Lo hice porque ya tenÃa el cuerpo tenso y no querÃa quedarme sin hacer nada. Me senté con el teléfono en la mano. La señal iba y venÃa. Pensé en llamar a mi madre, escucharla y tranquilizarme, pero no quise preocuparla.
3:47 Más tarde, los perros se callaron. Ese silencio fue peor que los ladridos, porque no quedó ningún ruido de la calle, ni voces, ni pasos. Me quedé sentado, escuchando. Entonces oà algo afuera, cerca de la casa. Eran pasos pesados, con pausas cortas. No venÃan por la calle principal, venÃan por el lado del arroyo. Me levanté despacio y me acerqué a la ventana, lo suficiente para mirar por un espacio de la cortina. Vi una figura baja junto al patio. Primero pensé en un animal grande, pero se levantó, apoyó una mano en la pared y giró la cabeza hacia la casa. No era una persona. TenÃa el cuerpo cubierto de pelo, la cabeza alargada, las manos grandes y los dedos largos. Cuando bajó otra vez, las uñas tocaron el suelo y rasparon la tierra. Yo me aparté de la ventana, sentà las piernas flojas y tuve que apoyar una mano en la pared. Entré a la recámara, busqué un machete que Don Celso habÃa dejado detrás de un mueble y apagué la luz. Me quedé ahà con el machete agarrado con las dos manos y en ese momento escuché que la criatura llegó a la entrada. Primero olió la parte de abajo de la puerta, después empujó una vez sin fuerza completa y empezó a rasguñar. Las uñas bajaron por la madera, despacio, con un sonido que todavÃa recuerdo. rasguñó otra vez más fuerte y la silla se movió yo
5:19 levanté el machete pero las manos me temblaban y supe que no iba a poder enfrentar aquello dejó de rasguñar y se quedó pegado a la puerta escuché su respiración pesada cortada sucia luego escuché la voz de mi madre desde afuera dijo mi nombre y me pidió que abriera la voz era la de ella con su manera de alargar ciertas palabras, con esa pausa antes de repetir mi nombre. Mi madre vivÃa en otra ciudad. Yo habÃa hablado con ella antes del viaje y sabÃa que estaba en su casa. Aún asÃ, di un paso hacia la puerta. Me detuve al recordar la advertencia de don Celso y la de la señora. Me tapé la boca con una mano porque sentà que podÃa responder sin pensarlo. La voz volvió a hablar y me dijo que tenÃa frÃo, que habÃa caminado mucho, que necesitaba entrar. No usó palabras extrañas ni frases fuera de lugar. Me habló con la firmeza que usaba mi madre cuando estaba preocupada. Yo me quedé callado, no contesté, no pregunté nada y no me acerqué más. Entonces la voz cambió y se volvió dura. Me reclamó que la dejara afuera. y después empezó a llorar ese llanto me dobló por dentro me agaché junto a la cama y me metà detrás de un mueble con el machete sobre las piernas desde ahà veÃa una parte del pasillo y
6:50 la entrada nada más el llanto siguió unos minutos luego se cortó de golpe afuera volvió el silencio pero la criatura seguÃa ahà lo supe porque sus uñas tocaron otra vez la parte baja de la puerta Después oà que se movió hacia la ventana de la cocina. Las uñas tocaron el vidrio con golpes suaves, luego bajaron despacio. Yo seguÃa detrás del mueble con la espalda contra la pared, el machete sobre las piernas y la boca seca. No me movÃ. Escuché cada roce, cada paso alrededor de la casa y cada pausa antes de volver a tocar. La criatura rodeó hasta la recámara, Yo la tenÃa cerca, separada de mÃ, por la ventana y la cortina. Vi la sombra detenerse del otro lado. El hocico tocó el vidrio, dejó humedad en la superficie y empezó a aspirar aire.
7:46 Contuve la respiración y luego solté el aire despacio, por la nariz, sin levantar la cabeza. La voz de mi madre volvió, ahora junto a la ventana. Me llamó por mi nombre y dijo que sabÃa dónde estaba. Después me ordenó que saliera de ahÃ. No sonó desesperada, sonó firme, con ese tono que ella usaba cuando querÃa que obedeciera. Yo no contesté. TenÃa las manos cerradas sobre el mango del machete, los dedos entumidos y las piernas dobladas debajo del cuerpo. Luego golpeó la ventana. El vidrio se quebró, pero aguantó. Volvió a golpear más fuerte y una parte cayó hacia adentro. Los pedazos se regaron en el piso.
8:31 Por el hueco entró una mano cubierta de pelo. Buscó el seguro, tocó la pared, rozó la cortina y bajó hasta el marco, pero no logró abrir. Se cortó con el vidrio y dejó gotas en el suelo. La criatura soltó un gruñido bajo, sacó la mano, golpeó el marco y volvió a intentarlo. Yo seguÃa pegado a la pared, mirando solo lo que alcanzaba a ver desde mi escondite. Quise correr al baño, pero para llegar tenÃa que cruzar frente a la ventana, asà que me quedé ahÃ, doblado, sin hacer ruido, con el machete listo. Aunque sabÃa que no iba a detenerla si entraba. Después se apartó de la ventana y regresó a la puerta principal. La oà empujar la madera con el cuerpo. La silla rechinó. El pasador sonó flojo. La puerta se dio un poco por abajo y entró tierra. Cada empujón movÃa la entrada completa.
9:28 Yo levanté el machete hacia el pasillo. No recé, no lloré y no pedà ayuda. Me quedé escondido, respirando bajo porque en esa casa no habÃa otro lugar seguro. La voz de mi madre habló otra vez desde la puerta. Me dijo que abriera y que todo iba a terminar. Después me dijo que me perdonaba. Esa frase me sostuvo porque mi madre no hablaba asÃ. podÃa copiar su voz, decir mi nombre y llorar, pero no conocÃa todas sus palabras, entendà eso y me quedé callado, los empujones siguieron, la madera crujÃa, la silla se arrastraba y el pasador golpeaba contra la base, dejé de mirar el teléfono pues la baterÃa estaba baja y la señal se habÃa ido, guardé el aparato en el bolsillo para no delatarme con la luz, Me quedé atento a la puerta y a los pasos que iban de un lado a otro. Pasó mucho rato, la verdad. No puedo decir cuánto. Ya no sentÃa bien las piernas y el mango del machete me dolÃa en la palma. Entonces, escuché perros otra vez. Primero lejos, después en varias casas. Luego llegaron voces de hombres desde la calle.
10:43 No contesté. Ya habÃa escuchado una voz conocida esa noche y no iba a confiar solo porque alguien dijera mi nombre. La criatura dejó de empujar. Caminó hacia el patio, se detuvo unos segundos y luego corrió hacia el arroyo. Sus pasos se alejaron rápido, pesados y ágiles. Después, el pueblo empezó a llenarse de ruido. Ladraron más perros, se abrieron puertas y varios hombres cruzaron la calle hacia la casa. Don Celso me llamó desde afuera. Reconocà su voz, pero seguà escondido. volvió a llamarme y dijo que estaba con otros hombres que no abriera todavÃa que iban a revisar el patio primero escuché pasos alrededor de la casa y voces bajas uno de los hombres dijo que habÃa sangre en la ventana otro dijo que las huellas seguÃan hacia el arroyo después tocaron la puerta don celso dijo mi nombre completo y mencionó a la supervisora que me habÃa mandado al pueblo esa información no la habÃa usado la voz de mi madre durante la noche Aún asÃ, no abrÃ.
11:49 Me quedé donde estaba, esperando que amaneciera. Cuando la luz empezó a entrar por la ventana rota, salà del escondite. Me dolÃan las piernas. TenÃa la camisa pegada al cuerpo y las manos rÃgidas. Crucé la recámara despacio, aparté la silla con el pie, levanté el pasador y abrà la puerta. Afuera estaban Don Celso, la mujer de la tienda. Dos hombres del pueblo y el padre de una de mis alumnas. Nadie me cuestionó y nadie me hizo preguntas largas. Miraron primero la puerta, luego la ventana y luego el suelo. La madera tenÃa marcas largas, el vidrio estaba roto y habÃa sangre seca cerca del marco. Tierra dentro de la recámara y huellas grandes en el patio. Don Celso me explicó que los perros habÃan alertado a varios vecinos, pero nadie quiso acercarse hasta reunir hombres suficientes. También me habló del maestro anterior. En la supervisión lo registraron como enfermedad, pero en el pueblo sabÃan que lo habÃan encontrado herido afuera de esa casa. HabÃa abierto una ventana después de escuchar la voz de su hermano muerto. Entré con Don Celso, guardé mi ropa y mis documentos. Dejé los cuadernos sobre la mesa y salÃ. La mujer de la tienda me dio café, pero me temblaban las manos y apenas pude beber.
13:15 Al pasar por la escuela, vi a varios niños afuera. Nadie me pidió que me quedara. Don Celso me acompañó hasta la salida del pueblo. Antes de irme, me pidió que en la supervisión dijera que me habÃa enfermado. Le respondà que iba a decir la verdad. Bajó la mirada y me dijo que nadie iba a creerme. Pero no le contesté. En la cabecera municipal llamé a mi madre. Contestó desde su casa y le pregunté si habÃa salido, aunque ya sabÃa la respuesta. Me dijo que no. Quise contarle, pero no pude. Ese mismo dÃa entregué las llaves y pedà mi cambio. No volvà a San Juan nunca más.
13:55 Dejé el trabajo, la casa, los cuadernos y el machete. Nunca busqué al maestro anterior ni pregunté si el Nahual volvió a bajar. Solo sé que esa noche no abrÃ, me escondà y esperé hasta que amaneció. Si los del pueblo hubieran tardado más, la puerta habrÃa cedido y yo no habrÃa salido de esa casa. Desde entonces dejé de aceptar plazas en pueblos alejados. En la supervisión insistieron en que tomara unos dÃas y regresara a trabajar, pero yo pedà cualquier escuela con camino abierto, señal de teléfono y gente cerca. Nadie me preguntó demasiado. Supongo que don Celso ya habÃa hablado con alguien, o tal vez todos prefirieron dejarlo asÃ. Durante semanas dormà con la luz prendida. Me despertaba con cualquier ruido en la ventana, con un perro rascando una puerta o con una rama pegando contra el techo.
14:51 Lo peor no eran los rasguños ni la mano entrando por el vidrio, sino la voz de mi madre afuera de esa casa. a veces la llamaba sin motivo solo para escucharla hablar desde su casa y recordarme que seguÃa lejos de San Juan nunca denuncié nada no tenÃa pruebas que alcanzaran para explicar lo que pasó solo tenÃa marcas en la memoria una renuncia firmada y el miedo metido en el cuerpo con los años aprendà a no contar esa historia en reuniones porque la gente escucha, sonrÃe y cambia de tema yo también cambiarÃa de tema si no hubiera estado ahÃ
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