Aug. 2, 2025

BRUJA Hace BRUJERÍA En Nuestro RANCHO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Nosotros vivimos del ganado. Desde que me casé con mi esposo, hemos criado vacas lecheras aquí en el rancho. No tenemos muchas, pero con las que hay, sacamos lo justo.« Yo me encargo del ordeño, él de mantener el potrero y el corral. Nuestro hijo nos ayuda en lo que puede, aunque todavía es chico. Siempre hemos sido ordenados, nunca hemos tenido problemas con la producción, ni con la salud de los animales. Por eso me llamó tanto la atención lo que pasó con la vaca vieja, la más mansa, la que siempre daba buena leche». Una mañana se mostró inquieta. No quería acercarse al cubículo. Se alejaba del balde y no dejaba que la tocara. Le hablaba como siempre, pero no se calmaba.

0:48 Movía la cabeza. Se alejaba del rincón donde siempre la ordeñaba. Pensé que algo la había espantado en la noche. Dejé pasar el día. A la tarde seguía igual, no comía bien. Se le notaba tensa, como si sintiera dolor por dentro, pero sin mostrar herida. Al día siguiente, fue peor. Al entrar al corral, vimos que tenía espuma en el hocico, pero no era blanca ni clara, era oscura, casi negra. Salía espesa, como si le escurriese barro por la lengua. Mi esposo revisó si había comido algo raro, pero todo el alimento estaba normal. Pensó que tal vez había metido el hocico en agua sucia o se tragó algo podrido.

1:32 Dijo que esperáramos a ver cómo pasaba la noche, pero no fue una sola. En los días que siguieron, otras empezaron igual. Primero dejaban de acercarse, luego no daban leche o temblaban al caminar. A varias se les notaba nerviosas con la mirada perdida, y al rato ya tenían el hocico manchado, como si algo les estuviera revolviendo el cuerpo desde adentro. Nunca habíamos visto nada parecido. Llamamos al veterinario del municipio. es un muchacho joven pero ya había venido antes recién llegó revisó a una de las vacas que ya tenía los ojos llorosos le metió el termómetro palpó la panza le revisó la boca dijo que no veía infección ni fiebre ni inflamación Nos preguntó qué les estábamos dando de comer, si alguien podía estar metiéndose al potrero.

2:24 Nos recomendó revisar el agua y la alfalfa. Dijo que si no mejoraban en tres días, podía volver. Yo sentía que no era eso, que no era lo que comían ni lo que tomaban. Se lo dije a mi esposo y me miró raro. Me dijo que no empezara con ideas, que ya bastaba con el susto, que no había tiempo para supersticiones. Pero yo crecí aquí, conozco la tierra, conozco los ruidos, los tiempos, los cambios. Y lo que estaba pasando no era normal. Las vacas no se espantan así sin motivo, no se les corta la leche de golpe. No se enferman todas al mismo tiempo, de la misma forma. Una vecina que pasó por leche me comentó, sin que yo preguntara, que había oído cosas, que en las partes más altas del cerro había gente que hacía trabajos, que la leche, cuando es fresca, sirve para ciertas cosas malas.

3:18 Dijo que antes no se veía tanto, pero que últimamente se habían escuchado rezos en partes donde nadie vive. Le pregunté si sabía quién, solo encogió los hombros. Desde esa noche empecé a fijarme más, me levantaba a ver por la ventana sin prender luz, dejaba la puerta trasera bien cerrada. Me fijaba en el corral antes de dormir. Mi esposo ya pensaba que me estaba imaginando cosas, pero yo sabía que alguien estaba entrando y que si no hacíamos algo pronto no íbamos a perder solo las vacas. Esa noche salí al patio con el perro. No se paró con ganas, pero vino tras de mí cuando abrí la puerta. Caminamos hasta la orilla del corral. Revisé que todo estuviera en su sitio, que la reja quedara bien cerrada, que no hubiera señales de pisadas. Cuando ya íbamos de regreso, el perro se quedó quieto. Solo alzó la cabeza y miró hacia los árboles del lindero. Yo volteé por instinto. Fue ahí cuando vi una figura delgada con el cuerpo cubierto por un rebozo oscuro. Caminaba entre los árboles, despacio, como si le costara el paso. Tenía un andar raro, ladeado, como si cojeaba. No parecía traer lámpara ni usar bastón.

4:34 Solo avanzaba en línea recta, arrastrando una pierna, cruzando por detrás del potrero sin acercarse. Me agaché un poco, la vi pasar entre dos mezquites y luego la perdí de vista. No le dije nada a mi esposo. Sabía que me iba a decir que eran imaginaciones o que alguna vecina se había desviado. No quise discutir. Al día siguiente me aseguré de dejar la lámpara cargando. Esperé que todos se durmieran. Luego me quedé en la cocina sin prender luces, solo mirando por la ventana que da al establo. Esa noche volvió, venía del mismo lado, la misma silueta, el mismo rebozo, el mismo paso lento y torcido, esta vez no pasó de largo, se detuvo junto a la cerca, no entró, solo se quedó parada frente a los palos viendo hacia el establo, me agaché un poco, no respiré. Cuando quise asomarme de nuevo, ya no estaba. Durante el día, empecé a recordar cosas que había oído hacía años. De una mujer que vivía sola más arriba, cerca del cerro, en una cabaña vieja. Nunca bajaba al pueblo, pero sí vendía hierbas, alcoholes y remedios a quien se atrevía a buscarla. Decían que curaba a los animales, que antes usaba leche en sus limpias, que sabía cosas que no enseñan en ningún lado.

5:58 Algunos le tenían respeto, otros miedo. Yo nunca la había visto en persona, pero sabía dónde vivía. Empecé a preguntar con cuidado, sin decir nombres. Una vecina me dijo que esa mujer antes ayudaba a las parteras, que curaba con leche, con lumbre, con humo. Pero que luego se torció, que una vez una mujer del rancho le pidió ayuda para que el marido regresara, y que desde entonces nadie volvió a confiar en ella, que hablaba sola cuando caminaba por los senderos. Volví al establo esa tarde, sin decirle a nadie, revisé poste por poste, las vigas, los palos, las puertas.

6:38 Fue en una de las esquinas del fondo donde encontré colgado detrás de una tabla, entre una grieta. Un amarre pequeño, hecho con mecate grueso y pelos negros como de animal o de persona. Estaba atado con nudos que no eran normales. Olía a orina. No toqué nada al principio. Lo miré desde lejos, lo agarré con cuidado. Envolví la mano con un trapo y lo metí en una bolsa. salí al patio trasero y lo quemé en un bote sin dejar que nadie viera tardó en prender no sabía qué significaba ese amarre pero estaba segura de que alguien lo había puesto ahí para algo volví al establo y revisé todo de nuevo ya no encontré nada me quedé parada frente a las vacas me miraban pero no se acercaban una de ellas seguía temblando aunque ya no tenía espuma No sabía si había hecho bien en quemarlo. No sabía si eso iba a empeorar las cosas o a detenerlas. Después de quemar aquel amarre y revisar cada rincón del establo, me aseguré de seguir las indicaciones del veterinario y de mantener el corral limpio, el alimento fresco y el agua cambiada.

7:50 También empecé a santiguar el cubo donde recogíamos la leche. Lo lavaba con sal antes de cada ordeña, lo dejaba al sol, lo enjuagaba dos veces, pero nada de eso sirvió. La leche se echaba a perder igual, salía tibia con la espuma manchada, y al abrir las cubetas olía raro. No era leche agria. Una de las cubetas tenía larvas pegadas al borde, como si hubieran salido de la leche misma. mi esposo ya no me decía loca empezó a sospechar en serio que alguien se estaba metiendo al corral por las noches dijo que tal vez habrían la cerca que les daban algo raro a las vacas revisó los candados reforzó las cadenas clavó clavos nuevos en las tablas flojas incluso compró un candado doble y lo puso él mismo en la puerta trasera del establo lo cerró con fuerza me mostró la llave y la colgó en un clavo junto a la puerta de la cocina pensamos que así ya no podrían entrar pero esa misma semana una noche que amaneció nublada salimos temprano y encontramos la puerta del corral abierta el candado seguía colgado pero la cadena estaba tirada en el suelo suelta como si alguien la hubiera desabrochado con calma las vacas estaban nerviosas caminaban en círculos Una de ellas chocó con un poste de madera y casi se cae. Al acercarnos vimos que una tenía espuma negra en los ojos, como si le brotara por dentro.

9:21 No dijimos nada. Mi esposo agarró el machete y revisó el lugar. Yo limpié la espuma con trapo húmedo. Le hablé bajito al animal. Me temblaban los dedos. El perro no apareció. No se asomó siquiera. Esa tarde, nuestro hijo menor dijo que en la madrugada había escuchado voces en el corral, que alguien hablaba bajito, como rezando. Dijo que no entendió las palabras, pero que eran palabras raras, muy bajitas, como si no quisieran que se oyeran. Le preguntamos si lo soñó. Dijo que se había tapado con la cobija hasta que ya no oyó nada. Esa noche no dormí.

10:01 Dejé la lámpara cargada, pero no la encendí. Me senté frente a la ventana de la cocina con la espalda pegada a la pared. No hacía viento, no se movían las ramas, todo estaba callado como cuando se va a soltar la lluvia, pero sin nubes. Las vacas no hacían ruido, no se escuchaba ni el zumbido de un zancudo. Pasaron más de dos horas sin que nada se moviera. Pensé en levantarme, sentía que el sueño me ganaba. Pero vi otra vez a la mujer del rebozo. Venía del lindero, caminando lento, con el cuerpo curvado y la cabeza agacha. No se detuvo como antes. Esta vez sí entró. No forzó nada. Abrió la puerta del corral como si nada.

10:45 Caminó directo al pesebre. Las vacas no se movieron. Ninguna hizo ruido. Se quedó ahí, agachada, revolviendo algo entre una bolsa. No pude ver qué era, pero se inclinaba como si estuviera dejando algo. La lámpara estaba a mi lado, cargada, pero no la usé. Me quedé paralizada. No supe cuánto tiempo pasó. Cuando ella se puso de pie, di un paso atrás y choqué con la mesa. Hizo ruido. Corrí al cuarto y desperté a mi esposo. Le dije que estaba ahí adentro, que se apurara, que trajera el machete. Él no preguntó nada, se levantó de golpe y salió corriendo.

11:26 Yo fui detrás de él sin soltar la lámpara. La puerta seguía abierta, el candado en el suelo, el aire adentro olía a leche podrida. Las vacas no se movían, todo estaba en silencio, como si ella ya se hubiera ido. Mi esposo salió primero con el machete en la mano. Yo iba detrás con la lámpara encendida. Caminamos rápido, la puerta seguía entreabierta, y al entrar supimos que ella ya no estaba. Las vacas seguían calladas. Algunas temblaban, pero no se movían de sus sitios. Mi esposo revisó el rincón donde yo la había visto agacharse. Escarbó un poco con la punta del machete y al poco rato encontró la tierra suelta. Me llamó con la mano. Al acercarme, vi que había algo envuelto en tela, no muy grande, pero apretado.

12:17 Era un bulto oscuro, amarrado con nudos raros, con marcas de humedad. Lo levantó con cuidado. Al tocarlo, salió un hilo de líquido espeso. blanco con olor a leche echada a perder. Lo llevamos al patio y lo abrimos sin usar las manos. Usamos dos palos para desatar la tela. Adentro había restos de cera quemada, ramitas secas con espinas y una fotografía antigua, borrosa que estaba empapada en la misma leche podrida. La imagen apenas se distinguía, pero parecía un hombre sentado con un sombrero grande. También había una pata de gallina. Mi esposo no dijo nada. Solo se quedó mirando el bulto abierto. Lo observó por unos segundos.

13:05 Luego me vio a mí y asintió con la cabeza. No me preguntó si lo había visto entrar. Ya me creía. Me pidió una bolsa negra. Metimos todo ahí y la amarramos con cinta. al amanecer caminamos hasta el arroyo seco que queda a más de dos kilómetros del rancho escarbamos una zanja entre piedras y lo enterramos ahí mismo esa misma tarde fuimos a ver a doña Teresa es una señora mayor que fue curandera hace muchos años ya no atendía a nadie pero nos recibió en su casa cuando le contamos lo que estaba pasando escuchó sin interrumpir no se asombró Solo nos pidió que la lleváramos al corral.

13:48 Caminó despacio con su bastón, con una bolsa de tela colgada al hombro. Al llegar, recorrió cada esquina, tocó la tierra con la mano, se agachó junto al pesebre, respiró profundo, y luego nos dijo que eso era un trabajo para secar al ganado. Nos recomendó poner una vela bendita en cada esquina del corral, velas de las gruesas, blancas, de las que se usan para difuntos. También dijo que sobre cada cubeta donde se recolectara leche debíamos tirar sal gruesa antes de empezar, para que la leche no retuviera lo que se estaba pegando por las noches. Nos dio un puño de sal que ella misma había preparado con hierbas.

14:29 Nos pidió que no habláramos del asunto con nadie más. Esa noche hicimos lo que nos indicó. Encendimos las velas justo cuando se metió el sol. No se apagaron a pesar del aire. Mi esposo se quedó cerca del machete como cada noche y yo no quise dormir. Me senté en la cocina con la lámpara apagada, solo mirando por la ventana. No escuché nada, no vi a nadie, ni siquiera los grillos hicieron ruido. Era como si todo el monte se hubiera quedado en pausa. A la mañana siguiente, cuando ordeñamos, la leche salió limpia, blanca, tibia, sin olor. por primera vez en semanas no hubo espuma negra ni larvas ni sabor extraño hasta las vacas parecían más tranquilas pero cuando revisamos la cerca vimos algo que no estaba antes en el lado norte donde la madera está más vieja alguien había dibujado una señal con ceniza Era un círculo irregular y dentro había un triángulo y una cruz.

15:32 Justo al centro, clavados en la tabla, había tres clavos viejos cruzados entre sí. Parecían oxidados, pero los hubieran puesto hace poco. Los días que siguieron fueron más tranquilos. Mi esposo reforzó el corral con malla nueva. Quitó los clavos viejos de la cerca donde apareció la señal con ceniza y los tiró al arroyo. También cambió los candados y volvió a poner alambres en la parte baja de la reja por si alguien intentaba meterse agachado. Dormía con el machete junto a la cama, dentro de una funda que él mismo cosió con cuero. No hablábamos mucho del tema. Pasaron cinco noches sin sobresaltos. El perro ladró un par de veces, pero no se acercó al corral. Las velas se apagaron al cuarto día y no volvimos a encenderlas.

16:23 Hasta que una madrugada, justo cuando empezaba a aclarear, mi hijo se despertó llorando. Lo escuchamos desde el cuarto. Fui corriendo y lo encontré sentado en la cama, con la cara mojada y las manos temblando. me abrazó fuerte y no quería soltarme le pregunté qué había pasado al principio no quiso decir nada pero cuando se calmó un poco me dijo que había visto a la mujer del rebozo adentro del establo dijo que estaba agachada junto a una vaca chupándole algo del hocico dijo que le dio miedo mirar más y que se tapó la cara mi esposo se levantó de inmediato tomó el machete y salió sin ponerse los zapatos Yo me quedé con el niño. Cuando volvió, venía con el rostro tenso. Dijo que no encontró a nadie, pero que una de las vacas estaba en el piso.

17:16 Fuimos los tres a verla. Estaba tirada sobre un costado, temblando, con la boca abierta y espuma negra saliéndole por el hocico. Revisamos el suelo. A un metro del pesebre había una herradura clavada en la tierra. Al revés, rodeada de ceniza y pedazos de rama quemada. La tierra estaba más blanda, como si hubiera sido removida hace poco. No era una casualidad. Alguien la había traído, la había puesto ahí. Y si eso estaba en ese lugar, era porque alguien había vuelto a entrar. Me quedé mirando la herradura largo rato, así que esa misma tarde le dije a mi esposo que iba a la casa de la señora. Me llevé un rosario en la bolsa. Llegué a la cabaña sin hacer ruido.

18:03 Era una casa de adobe, vieja, con las paredes llenas de hiedra seca. No tenía ventanas, solo una puerta mal pintada, cerrada con tranca por dentro. Toqué fuerte. Nadie respondió. Volví a tocar. Escuché un movimiento como pasos arrastrándose. La puerta se abrió despacio. Era ella, más vieja de lo que imaginaba. La piel arrugada, los ojos hundidos, la boca chueca. Llevaba el mismo rebozo oscuro. Me miró como si supiera que iba a ir. Le hablé con rabia. Le exigí que se detuviera. Le dije que dejara al ganado en paz, que no tenía por qué seguir metiéndose. Ella no dijo nada.

18:45 Solo sonrió con la boca torcida. me miró como si no le importara lo que le estaba diciendo después cerró la puerta sin más me dejó ahí de pie no supe si había logrado algo pero sentía que ya no podía quedarme esperando cuando volví no entré a la casa Me fui directo al corral, agarré un bote viejo de metal, una pala, y empecé a recorrer todo el terreno. Junto al establo, detrás de los comederos, al pie del pesebre, entre los postes de la cerca, fui encontrando cosas que antes no había notado. Montoncitos de ceniza como si hubieran quemado hierbas, cruces pequeñas hechas con varitas negras, pedazos de pelo enredado con hilo, pedacitos de mecate con nudos torcidos.

19:32 Todo escondido en esquinas que uno no revisa porque no espera encontrar nada. Lo junté todo sin tocarlo con las manos. Lo fui metiendo al bote, uno por uno. Cuando terminé, fui hasta el patio y encendí una fogata. Me quedé ahí mirando cómo ardían esas cosas, cómo se torcían los nudos y cómo crujían las ramas negras. No me moví hasta que no quedó nada. Después de eso clavé una cruz de madera junto al árbol más viejo del corral. Era un tronco grueso que había estado ahí desde que nos mudamos. Tallé la cruz con las mismas manos. La amarré con alambre. La enterré hasta que quedó firme. Luego llamé a don Santos, un hombre del pueblo que fue rezandero muchos años, de los que todavía saben las oraciones viejas.

20:19 Le pedí que viniera esa misma noche. No le dije detalles, solo que era por el ganado y por la tierra. Aceptó sin preguntar. Después de eso no volvió a pasar nada. El ganado no enfermó. y aumentamos mucho la seguridad, para que esa mujer no pudiera entrar de ninguna manera, para evitar cualquier tipo de brujería en nuestra propiedad.