May 9, 2026

Tomé El Camino Viejo De Noche Y Tres Brujas Ya Me Estaban Esperando - Historias De Terror - REDE

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0:05 Recuerdo bien esa noche, porque, hasta entonces, el camino viejo de San Miguel de la Presa era parte de mi rutina, no de una historia que yo tuviera que contar con cuidado. Yo lo usaba desde muchacho, salía del pueblo por detrás de los terrenos y llegaba más rápido a mi casa sin rodear por la carretera. Lo había recorrido de día, de tarde y también de noche, tantas veces que conocía sus bajadas, las piedras sueltas, el tramo donde el monte cerraba el paso y el punto exacto donde empezaba a perderse la luz del pueblo. Ese día salí más tarde de la empacadora. Hubo un problema con una máquina y nos quedamos hasta que terminaron de ordenar el área. Cuando pasé por la última tienda abierta, Doña Meche ya estaba cerrando.

0:55 Me vio con la mochila al hombro y me preguntó si todavía iba para mi casa. Le contesté que sí, que iba a cortar por el camino viejo. Ella me pidió que mejor tomara la carretera. No levantó la voz, no hizo escándalo, solo lo dijo seria, con la cortina de la tienda a medio bajar. Yo le respondí que conocía bien el camino y seguí. Traía una lámpara pequeña, mi celular y un cuchillo de trabajo para abrir costales. iba cansado pero iba despierto y con la cabeza clara antes de entrar al camino le mandé un mensaje a mi mujer para avisarle que ya iba de regreso guardé el teléfono y seguí caminando al principio todo estuvo normal la tierra estaba seca no había gente cerca y el ruido de mis pasos se escuchaba más fuerte porque el pueblo quedaba atrás no pensé en nada extraño pues solo quería llegar a casa Cuando entré al tramo de los árboles, escuché una rama quebrarse del lado izquierdo. Me detuve y alumbré hacia el monte, pero no vi movimiento. Esperé un momento con la lámpara fija entre los troncos y el ruido se apagó. Pensé en un animal, tal vez una vaca suelta o un perro metido entre la maleza. Así que seguí avanzando, más atento al suelo y a los lados.

2:18 Había caminado poco cuando escuché una risa. Venía de la izquierda, entre los árboles, ronca, breve, de mujer vieja. Me paré, y la luz de la lámpara quedó apuntando al camino, porque mi mano se quedó quieta antes de levantarla. Entonces escuché otra risa a la derecha, más cerca, y esa segunda risa me hizo girar de inmediato. Alumbré hacia ese lado y vi a una anciana saliendo del monte. Caminaba despacio, con el cuerpo encorvado y el pelo blanco cayéndole sobre la cara. Tenía las manos hacia adelante, abiertas, y las uñas largas, gruesas y amarillas. La luz le dio en los ojos y no se cubrió. Me miró de frente.

3:04 Después sonrió. Y pude verle los dientes afilados, separados, podridos, con manchas oscuras hasta la encía. Retrocedí un paso. En ese mismo momento escuché movimiento al otro lado del camino. Giré la lámpara y vi a otras dos ancianas entre los árboles. Una llevaba un rebozo viejo sobre los hombros, la otra caminaba con la cabeza baja, pero los ojos los tenía puestos en mí. Venían separadas, cada una por un lado, acercándose al camino sin hablar. Las tres tenían las manos visibles, y las tres tenían uñas largas. Les pedí que se apartaran, Les dije que iba para mi casa y que no quería problemas. La voz me salió baja, por eso repetí lo mismo con más fuerza, pero ninguna respondió.

3:57 La del rebozo avanzó un poco, abrió la boca y me enseñó los dientes. La primera soltó otra risa, más fuerte, y la tercera contestó desde el lado contrario. No hablaban entre ellas y no preguntaban nada, solo se acercaban. Saqué el cuchillo de la mochila y lo sostuve al frente. No lo hice por valentía, lo hice porque necesitaba poner algo entre ellas y yo. Les ordené que se quedaran donde estaban. Pero la anciana de la derecha dio otro paso y sus uñas se movieron dentro de la luz. La del rebozo hizo un sonido bajo, de garganta, y volvió a reír. Yo miré por encima del hombro hacia la entrada del camino, buscando un espacio para regresar. El camino estaba abierto, pero desde allá llegó otra risa, más lejana y clara. No vi a nadie, aunque el sonido salió de esa dirección. Empecé a caminar hacia atrás sin dejar de alumbrarlas. Ellas avanzaron al mismo ritmo. La tierra crujía bajo mis zapatos. La mochila me pesaba en la espalda y el cuchillo me resbalaba por el sudor de la mano. Di dos pasos más, luego otro, midiendo el suelo para no caer. La anciana de la derecha levantó la cara, abrió la boca y dijo mi nombre. Lo escuché completo sin duda. Nadie me había nombrado en ese camino.

5:23 Nadie de esas mujeres podía saberlo y yo nunca las había visto en el pueblo. La anciana sonrió otra vez. La luz le pegó en la boca y volví a ver los dientes negros, largos, metidos en una sonrisa abierta. Sentí que las piernas me fallaban, pero no me quedé quieto. apreté el cuchillo bajé la lámpara para ver el suelo y corrí hacia la entrada del camino mientras las risas empezaban a moverse detrás de mí y entre los árboles escuché pasos en la tierra apreté los dientes y seguí corriendo sin volver a mirar atrás recuerdo que empecé a correr por el mismo camino por donde había entrado la lámpara se movía en mi mano La luz caía sobre la tierra por partes y cada paso me obligaba a mirar el suelo. Detrás escuché pisadas, primero una carrera, luego ramas quebrándose a los lados. No miré atrás, porque cualquier piedra podía tirarme. Llevaba el cuchillo en una mano y la lámpara en la otra. Corría con la boca abierta, tragando aire con la garganta seca. La mochila me golpeaba la espalda. Escuchaba risas detrás de mí, unas cerca, otras entre los árboles, y también oía uñas raspando troncos. Llegué a la curva donde el camino bajaba hacia el arroyo seco.

6:46 Frené para alumbrar el suelo. La bajada tenía piedras sueltas y esa noche no podía pisar a ciegas. Entonces una risa salió a mi izquierda, muy cerca. Giré apenas la cabeza y vi a una de ellas avanzando entre los árboles. Se movía rápido, con las manos sobre los troncos, y las uñas dejaban un ruido seco. Bajé al arroyo, crucé entre piedras y subí del otro lado. Al pasar por una rama baja, la mochila se atoró. El jalón me echó el cuerpo hacia atrás y casi perdí el equilibrio. Traté de soltar la correa, pero estaba trabada. Jalé una vez, luego otra, y escuché las risas encima. Entonces me quité la mochila y la dejé colgada. La verdad, solo quería seguir vivo. Al subir unos pasos, miré hacia atrás. La anciana del rebozo estaba junto a la mochila. La tomó con una mano, metió las uñas en la tela y la abrió. Sacó mi chamarra, la acercó a su cara y levantó la vista hacia mí. Luego dijo mi nombre otra vez, Esteban, con una voz baja que llegó clara.

7:55 Seguí corriendo, no respondí y no grité. Sentí el estómago cerrado porque yo no les había dicho mi nombre y en el pueblo nunca había visto a esas mujeres. Después del arroyo, el camino se cerraba más. Las ramas bajas me golpeaban la cara y los brazos. Una me abrió el labio. Sentí la sangre en la boca y seguí sin limpiarme. Las risas cambiaban de lugar. Una sonaba atrás, otra a la derecha, otra a la izquierda. Yo avanzaba por el camino, pero ellas avanzaban por dentro del monte, y cada vez quedaba menos espacio. Más adelante estaba la zanja. La recordé cuando ya la tenía cerca. De día se veía fácil, pero de noche podía caer cualquiera que corriera derecho.

8:43 Alumbré al frente y vi el corte del terreno. Frené con fuerza. La tierra se soltó bajo mis zapatos. Mis pies resbalaron y alcancé a detenerme antes de caer. Me giré para volver al camino, pero la de la falda oscura ya estaba ahí. Venía con la boca abierta, respirando fuerte, con los dientes negros a la vista. A mi derecha apareció la bruja del reboso y a mi izquierda salió la otra. Las tres quedaron frente a mí. Levanté el cuchillo y les ordené que se alejaran. La mano me temblaba, pero mantuve la hoja al frente. La de la falda oscura avanzó, así que le tiré un corte para detenerla.

9:27 La punta alcanzó su ropa y la tela se rasgó, pero no vi sangre. Ella miró la abertura y se rió. La del rebozo entró por mi derecha y extendió una mano hacia mi brazo. Vi las uñas largas, sucias y curvas. La otra se agachó, recogió algo del suelo y se lo llevó a la boca. Escuché los dientes apretar contra eso. Me moví hacia un tronco caído que cruzaba parte de la zanja, porque era la única salida. La del rebozo quiso cerrarme el paso, pero le aventé la lámpara a la cara. La golpeó en la frente y cayó al suelo, encendida.

10:07 La anciana gritó. Corrí hacia el tronco. Pisé en medio. Sentí la madera hundirse y salté al otro lado. Caí sobre el hombro y la rodilla y el cuchillo se me soltó. Intenté buscarlo con la vista, pero las ancianas ya estaban en el borde. La del rebozo bajaba apoyándose con las manos y sus uñas se clavaban en la madera. Me levanté y corrí por la parte baja de la zanja. Sabía que ese cauce salía cerca de la casa de los Román. Eran vecinos conocidos y dejaban una luz prendida afuera. El suelo estaba lleno de piedras, así que tropecé, me corté la mano con algo filoso y seguí. Detrás venía el raspado de uñas contra piedra. Una estaba dentro de la zanja y otra corría por arriba. Cuando vi la cerca de los Román, empecé a gritar el nombre de Beto.

10:59 Pedí ayuda con la poca voz que me quedaba. Una luz se movió en el patio. Llegué a los alambres, me atoré la camisa, jalé con fuerza y una púa me abrió el costado. Crucé, caí dentro del terreno y me levanté. Beto salió con una lámpara grande y un rifle, y su hijo venía detrás. Les dije que unas mujeres me seguían desde el camino. Beto alumbró hacia la cerca, y del otro lado estaba la del reboso, con la boca abierta y los dientes a la vista. Beto la vio, su hijo también. Le gritó que se fuera, y ella giró la cabeza hacia los árboles. y desde allá contestaron dos risas. Beto levantó el rifle y disparó al aire.

11:46 La anciana retrocedió sin dejar de mirarnos. Luego entró al monte y desapareció. Recuerdo que Beto me metió a su casa con el rifle en la mano. Su esposa cerró la puerta, la atrancó y mandó a sus hijos al cuarto. Yo traía tierra en la ropa, sangre en la mano y una herida abierta en el costado. Me sentaron junto a la mesa y la mujer de Beto buscó agua, alcohol y una venda limpia, mientras él se quedó junto a la ventana mirando hacia el corral. Me preguntaron qué había pasado y les conté que, desde la entrada del camino viejo, había escuchado risas entre los árboles. Tres ancianas salieron al camino. Una de ellas dijo mi nombre y mi mochila quedó atorada junto al arroyo. Hablé rápido, con la boca seca. Beto y su hijo habían visto a la del reboso junto a la cerca y eso bastó para que nadie se riera. La esposa de Beto me pidió que bajara la voz porque los niños estaban despiertos en el cuarto. Me lavaron la mano y me apretaron el costado con una tela y me ardía fuerte. Beto no dejó el rifle y su hijo tampoco se apartó de la ventana. Usé el teléfono de la casa para llamar a mi mujer y me contestó llorando. Le avisé que estaba en casa de los Román, golpeado, pero vivo.

13:08 Le pedí que llamara a mi hermano y que no saliera sola. Ella quería saber qué había pasado, pero le pedí que esperara. No quería hacerla caminar de noche hacia donde estábamos. Beto ordenó que nadie saliera hasta que amaneciera. Revisó la puerta, revisó las ventanas y apagó las luces de afuera. Y la casa quedó quieta. se oían los animales en el corral la respiración de todos y el roce de la venda nadie comió y nadie se acostó pasó un rato en silencio yo estaba sentado con los pies firmes en el suelo la esposa de Beto me dio agua pero el vaso tembló en mis manos y se derramó sobre la mesa ella lo limpió sin decir nada después golpearon la lámina del corral fueron tres golpes separados Beto levantó el rifle, su hijo apagó la lámpara de la sala y la esposa de Beto entró al cuarto con los niños y cerró. Yo me quedé inmóvil con la espalda pegada a la silla. Los golpes pararon y enseguida escuchamos uñas raspando la pared trasera y una voz de mujer dijo mi nombre desde afuera. Lo dijo bajo y claro igual que en el arroyo. Beto me miró y levantó una mano para que guardara silencio. La voz volvió a decir Esteban. Luego dijo que saliera por mi mochila. Nadie dentro de la casa respondió. Beto siguió apuntando hacia la pared y el raspado pasó de la

14:42 parte trasera a un costado, lento, con pausas. Luego llegó una risa desde el corral y otra contestó desde los árboles. Los animales se inquietaron. Una vaca golpeó contra la madera y Y el perro de los Román lloró debajo de una banca, pero no ladró. Yo apreté la venda hasta sentir dolor. Y la voz repitió mi nombre una vez más, pero más lejos. Después todo quedó quieto. Esperamos hasta que entró luz por las rendijas. Pero Beto no abrió al primer claro. Se quedó oyendo y cuando decidió salir fue primero con el rifle. Su hijo salió detrás y yo salí al último. El patio estaba revuelto y había marcas en la tierra junto a la pared trasera y arañazos largos en una tabla del corral. Ninguno habló al verlos.

15:35 Mi hermano llegó después con dos vecinos y nos fuimos juntos al camino viejo. Caminamos en grupo hasta el arroyo. Mi mochila seguía ahí, rota. La tela tenía cortes largos. Mi chamarra estaba tirada a un lado, abierta por el centro. Más adelante encontramos la lámpara quebrada. y en la parte baja de la zanja apareció el cuchillo con la hoja doblada. En el tronco por donde crucé había marcas profundas. Eran líneas paralelas hundidas en la madera, justo donde la del rebozo había puesto las manos. Beto las vio de cerca y se quedó callado. Un vecino habló de animales, pero nadie respondió. No entramos al monte, pues mi hermano dijo que primero me llevaría a curar. En el centro de salud dije que me había caído, que me había cortado con alambre y que perdí la mochila al correr. La enfermera me preguntó si alguien me había atacado, pero contesté que no. Beto estaba a mi lado y guardó silencio. Después, algunos preguntaron por qué no denunciamos. Siempre he dado la misma respuesta. Teníamos heridas, marcas y una mochila rota, pero no teníamos una explicación que la autoridad fuera a tomar en serio. Beto habló con vecinos cercanos. Al principio solo advirtió que evitaran el camino viejo de noche. Luego contó lo que vio junto a la cerca y su hijo confirmó lo mismo. Varias familias dejaron de cruzar por ahí

17:06 cuando oscurecía. Ese día quemamos mi mochila y la chamarra. Tiré el cuchillo y la lámpara. Mi mujer me pidió que no hablara del tema dentro de la casa porque cualquier ruido afuera la despertaba. Yo dejé de usar el camino viejo, rodé por la carretera y después cambié de trabajo. Tiempo después, mi hermano pasó por la entrada del camino y vio a tres ancianas junto a la barda, mirando hacia el pueblo. No se detuvo, pero llegó a mi casa y se quedó hasta que amaneció. Desde esa noche, mi familia no volvió a cruzar por el camino viejo y yo tampoco.