El Demonio Esperaba Dentro De La Capilla: La Sombra Del Diablo - Historias De Terror - REDE
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0:05 Llegué a la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza al final de la tarde. HabÃa aceptado ir porque me hablaron de Alonso, un muchacho de 17 años que llevaba meses sin decir una palabra y que pasaba horas dentro de la capilla dibujando sÃmbolos en las paredes. Pensaba quedarme una noche, hablar con él por escrito si era necesario y regresar al pueblo al dÃa siguiente. Cuando llegué, Alonso estaba sentado frente a la entrada con un cuaderno sobre las piernas y carbón en los dedos. Le pregunté su nombre, asintió y entró conmigo. Dentro vi dibujos en varias paredes y alrededor del altar. Algunos se repetÃan y otros estaban incompletos.
0:48 No reconocà ninguno. Le pregunté qué significaban y abrió el cuaderno. Dibujó la capilla, luego una figura adentro con una cruz en el pecho. y después trazó unas lÃneas alrededor de los brazos, le pregunté si esa figura era yo, asintió, le pregunté si querÃa decir que alguien iba a atarme, y volvió a sentir, después dibujó otra figura detrás de la mÃa, y no tenÃa rostro, señalé el dibujo y le pregunté quién era, Alonso escribió una palabra, dentro, le pregunté dentro de qué, se tocó el pecho y luego señaló la capilla, Antes de llegar, me habÃan contado que su madre habÃa muerto meses atrás y que él habÃa dejado de hablar poco después. También sabÃa que no tenÃa ninguna lesión que explicara su silencio. Mientras todavÃa habÃa luz, me mostró otros dibujos y escribió que los veÃa mientras dormÃa.
1:45 En esos sueños aparecÃa su madre y detrás de ella habÃa alguien que le pedÃa abrir una puerta. Le pregunté cuál y Alonso señaló su boca. Le pregunté si habÃa dejado de hablar porque temÃa que algo ocurriera al hacerlo. Asintió. Le dije que podÃa seguir usando el cuaderno y que no necesitaba forzarse a hablar conmigo. Alonso cerró el cuaderno, lo sostuvo contra el pecho unos segundos y después volvió a abrirlo. Escribió que la voz de su madre aparecÃa cada noche y que siempre terminaba pidiéndole lo mismo, una palabra. Comimos algo y regresamos a la nave. Cerca del altar habÃa un sÃmbolo nuevo. Yo habÃa recorrido esa parte de la pared antes y sabÃa que no estaba ahÃ. Me acerqué y toqué una de las lÃneas con un paño y estaba húmeda. Era sangre. Alonso retrocedió en cuanto la vio.
2:41 Le revisé las manos y los brazos, pero no encontré cortes. Le pregunté si él habÃa hecho el dibujo, pero negó con fuerza. Iba a preguntarle otra cosa cuando una mujer pronunció mi nombre desde el cuarto contiguo. Reconocà la voz en la primera palabra. Era Elena, mi hermana menor, muerta doce años antes. Alonso se llevó las manos a los oÃdos y bajó la cabeza. Tomé la lámpara y fui al cuarto. Ahà estaban mi maleta y las cosas que habÃa dejado al llegar, pero no habÃa nadie. La voz volvió a hablar y mencionó un accidente que tuve de adolescente y una discusión con Elena después de aquel dÃa.
3:22 Nadie en Nuestra Señora de la Esperanza conocÃa eso, pues yo no lo habÃa contado. La voz añadió una frase que Elena usaba cuando se enfadaba conmigo. La habÃa escuchado muchas veces de joven y llevaba años sin pensar en ella. Me quedé junto a la puerta hasta que la voz dejó de hablar. Regresé con Alonso y cerré el cuarto. Le pregunté si él también habÃa reconocido una voz. Escribió que habÃa escuchado a su madre. Decidà que debÃamos salir de la capilla y esperar afuera hasta que amaneciera. Fui a la puerta principal. La llave giró y el mecanismo se movió, pero la puerta no abrió. Probé la otra salida y ocurrió lo mismo. Alonso empezó a respirar con rapidez y le pedà que se quedara cerca de mÃ.
4:12 Entonces escuché otra voz. Era Armando, mi hermano mayor, muerto muchos años antes. La voz me preguntó por qué seguÃa usando el crucifijo que Armando me habÃa dado antes de morir. Llevé la mano al pecho y toqué la cruz. Después dijo que Armando nunca habÃa querido dármela para siempre. Contesté que mi hermano estaba muerto y que aquello no era él. Alonso abrió el cuaderno y escribió de inmediato, no contestes. Me mostró la frase y señaló su propia boca. Luego escribió debajo, aprende de ti. Dejé de responder. Alonso se sentó en el primer banco y mantuvo el cuaderno abierto sobre las rodillas. Yo seguà de pie junto al altar, atento a las puertas y al cuarto contigo. Durante varios minutos solo escuchamos el viento golpeando afuera y nuestra respiración.
5:06 me quedé junto al altar y empecé a rezar en voz baja, poco después escuché a Carmen, una mujer a la que conocà antes de entrar al seminario, la voz mencionó una carta que recibà y nunca contesté, luego repitió una frase que Carmen me dijo la última vez que nos vimos, bajé la mirada, Alonso me observó y escribió, también la conoces, las voces empezaron a alternarse, Elena hablaba de mi familia, Armando de mi infancia y Carmen de decisiones que tomé antes de ser sacerdote. Usaban hechos precisos, nombres y conversaciones que yo recordaba. Asà que seguà rezando y Alonso escribió que su madre hacÃa lo mismo con él, que le decÃa que habÃa muerto sola y que le pedÃa una sola palabra para poder hablarle mejor. Le indiqué que no respondiera y me escribió que durante meses habÃa contestado por escrito pero que las voces nunca respondÃan a lo escrito. Solo reaccionaban cuando alguien hablaba en voz alta.
6:11 La voz de Armando regresó y mencionó una noche de nuestra infancia. Mi padre habÃa golpeado a Armando y yo me habÃa escondido. Dejé de rezar durante unos segundos. Alonso escribió, eso quiere. Le pregunté qué querÃa y debajo escribió, que respondas. Guardé silencio y las voces también callaron por un momento. Después Alonso empezó a mover las manos con dificultad. Las abrÃa y las cerraba, mirándolas, tratando de detenerlas. Caminó hacia la sacristÃa y tomó una cuerda. Le ordené que la dejara, pero negó con la cabeza. Ya estaba llorando, pero siguió avanzando hacia mÃ. Intenté quitarle la cuerda y forcejeamos junto a los bancos. Alonso consiguió empujarme, me llevó contra una columna y me sujetó los brazos. Mientras hacÃa los nudos, lloraba y trataba de retirar las manos, pero volvÃa a apretar la cuerda. Yo le repetÃa que la soltara. Ãl me miraba y seguÃa apretando. En un momento logró apartar una mano, respiró hondo y trató de alejarse, pero regresó de inmediato y terminó el nudo. Cuando acabó, se apartó y cayó de rodillas. Probé la cuerda, pero tenÃa los brazos sujetos a la columna y no podÃa sacar las manos.
7:36 Le pedà que buscara algo para cortarla. Alonso se puso de pie y dio unos pasos hacia la sacristÃa. Antes de que llegara, escuchamos una voz distinta frente al altar. Alonso se detuvo y levantó la cabeza, y yo dejé de tirar de la cuerda. Era la primera vez que escuchábamos aquella voz. No pertenecÃa a Elena, Armando, Carmen ni a la madre de Alonso. Dijo que llevaba meses esperando a alguien como yo. Le pregunté qué querÃa y me respondió que querÃa salir de la capilla. Hizo una pausa breve y añadió que necesitaba llegar al pueblo. Alonso se quedó junto a la pared y yo seguà atado a la columna. La voz dijo que él habÃa sido útil durante meses, pero que su silencio habÃa detenido lo que debÃa terminar. Le pregunté qué habÃa empezado y no respondió.
8:30 Volvió a usar las voces de Elena y Armando. Mencionó recuerdos de mi familia y me dijo que dejara de resistirme. Cerré los ojos y retomé la oración. Alonso reaccionó, entró en la sacristÃa y regresó con un cuchillo pequeño. Se arrodilló detrás de mÃ. Metió la hoja bajo uno de los nudos y empezó a cortar. Le temblaban las manos, pero consiguió aflojar la cuerda. Entonces la voz de su madre sonó detrás de él y le pidió que dijera una palabra. Alonso se quedó quieto, soltó el cuchillo y se cubrió la boca. Le dije que no respondiera, asà que esperó unos segundos. Lo recogió y volvió al nudo.
9:15 El aire dentro de la capilla empezó a calentarse. Alonso abrió el cuaderno y escribió que eso ya habÃa ocurrido antes. Le pregunté qué habÃa pasado y me respondió, por eso dejé de hablar. No tuve tiempo de preguntarle más, pues escuchamos una respiración cerca del altar. No vi a nadie, pero el sonido avanzó por la nave hasta quedar frente a mÃ. Seguà rezando y la voz dijo que conocÃa aquellas palabras y también al hombre que las pronunciaba. Después volvió a hablar con la voz de Carmen y mencionó la última carta que me habÃa enviado al seminario. Dijo que yo la habÃa leÃdo y luego la habÃa quemado.
9:57 Eso era cierto. Preguntó por qué la destruà si estaba seguro de mi decisión. Le respondà que podÃa conocer mis recuerdos, pero ninguno le pertenecÃa. Las otras voces callaron. Y la entidad dijo que los recuerdos ya habÃan cumplido su función. Alonso siguió cortando y consiguió aflojar uno de los nudos. Pude mover la mano derecha, pero todavÃa no podÃa sacarla. La voz dijo que podÃa terminar aquello, si entregaba lo único que conservaba desde antes de ser sacerdote. Entendà que hablaba del crucifijo de Armando y le pedÃa a Alonso que me lo sacara de debajo de la sotana. Pasó la cadena por encima de mi cabeza y dejó la cruz entre mis manos. Cerré los dedos alrededor de la plata y empecé a rezar otra vez. El metal se calentó hasta quemarme. Abrà los dedos y vi la cruz deformarse.
10:54 Intenté soltarla, pero parte de la plata ya estaba pegada a la piel y varias gotas cayeron al suelo. Grité y Alonso tiró de la cuerda. Cortó otro tramo y logró liberar mi mano derecha. Dejé caer lo que quedaba del crucifijo y la voz dijo que eso era suficiente. Alonso miraba al suelo, asà que seguà sus ojos y vi mi sombra detrás de la columna. La luz de una ventana marcaba la sombra de Alonso, la del altar y la mÃa. Yo no me movÃa, pero mi sombra levantó la cabeza y después un brazo. Alonso retrocedió. Intenté ponerme de pie. aunque todavÃa tenÃa la muñeca izquierda atada, y le ordené que terminara de cortar la cuerda. Volvió hacia mà y empezó a cerrar el último nudo. Antes de que terminara, mi sombra se separó de mis pies y avanzó por el suelo hasta alcanzar mis piernas. Sentà un tirón en las rodillas y luego en el pecho.
11:56 Después empecé a temblar. Alonso cortó la cuerda y me liberó. pero ya no podÃa sostenerme, asà que caà de rodillas. La sombra subió por mi torso y llegó al cuello. Intenté seguir rezando. Abrà la boca y escuché salir de mi garganta la voz de la entidad. Alonso se quedó inmóvil, con el cuchillo en la mano. Me llevé las manos al cuello, pero la sombra me cubrió la cara. Sentà presión en la cabeza y en el pecho. Luego caà al suelo. Cuando abrà los ojos, Alonso estaba inclinado sobre mÃ. Quise hablar, pero solo expulsé aire. Alonso miró el suelo.
12:38 Me incorporé apoyándome en un brazo. La luz proyectaba su sombra y la de la columna, pero debajo de mà no habÃa nada. Movà la mano frente a la luz y tampoco apareció sombra. Entonces escuchamos movimiento en la sacristÃa. Alonso recogió el cuchillo y yo conseguà sentarme. se oyó una percha luego pasos ahà habÃa una sotana limpia guardada para los sacerdotes que llegaban a nuestra señora de la esperanza la puerta se abrió y salió un hombre vestido con ella tenÃa mi rostro mi cuerpo y mis manos se detuvo frente a nosotros y se acomodó el cuello de la sotana yo seguÃa sentado en el suelo y alonso levantó el cuchillo el hombre habló con mi voz y dijo que ya no necesitaba nada de nosotros Intenté gritarle, pero seguà sin voz. Volvió la cabeza hacia mà y dijo que también se habÃa llevado eso. Después caminó hacia la puerta principal y la abrió sin esfuerzo. Alonso corrió para cerrarle el paso con el cuchillo en las manos.
13:44 El hombre le preguntó si de verdad pensaba atacar a alguien con el rostro de un sacerdote. Pero Alonso no bajó la hoja. Entonces la entidad pronunció su nombre con la voz de su madre. Sus brazos perdieron fuerza, el cuchillo descendió y el hombre pasó a su lado. Salió de la capilla y empezó a caminar hacia el pueblo. Me puse de pie apoyándome en la columna y avancé hasta la entrada. Alonso seguÃa, ahÃ, mirando el camino. Abrió la boca para gritarle, pero se detuvo antes de producir sonido. Negué con la cabeza, pues no sabÃamos qué podÃa ocurrir si volvÃa a hablar. Alonso me ayudó a sentarme cerca de la entrada. Intenté decir su nombre y no pude.
14:32 Asà que sacó el cuaderno y escribió. Era usted. Tomé el lápiz con la mano derecha y aunque las quemaduras me dolÃan, conseguà escribir. El demonio entró en mÃ. Después añadÃ, salió con mi voz y mi cara. Alonso miró hacia el camino y preguntó qué debÃamos hacer. La figura todavÃa se veÃa a cierta distancia. Quise ponerme de pie, pero las piernas me fallaron. Escribà que no podÃamos alcanzarlo, pues yo apenas podÃa mantenerme en pie y aquel hombre ya llevaba ventaja. Nos quedamos junto a la puerta mientras la figura avanzaba por el camino. Yo conocÃa a la gente del pueblo. Muchos me habÃan visto antes y algunos habÃan hablado conmigo durante años. La entidad tenÃa mi rostro, mi voz y una sotana. PodÃa entrar en una casa, pedir agua o llamar a alguien por su nombre sin despertar sospechas.
15:31 Alonso preguntó si aquello podÃa entrar otra vez en mÃ. Miré el suelo y seguÃa sin proyectar sombra. Respondà que no lo sabÃa y añadà que ya tenÃa lo que querÃa. Alonso cerró el cuaderno y la figura ya no se veÃa. Permanecimos en la capilla hasta que clareó. Intenté hablar y no recuperé la voz. Cuando hubo suficiente luz, me acerqué a la puerta y miré el camino. Pero estaba vacÃo. El resto del crucifijo seguÃa en el suelo, deformado. Mis manos estaban quemadas y mi sombra continuaba ausente. Alonso se colocó a mi lado y ninguno escribió nada más. Miramos hacia el pueblo. El hombre que llevaba mi cara habÃa salido antes que nosotros, y cuando llegara, cualquiera que me conociera iba a llamarlo Padre Esteban. Aún continúo en esta capilla esperando a que aquel demonio me devuelva mi vida y mi sombra.
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