Tamales De Carne PROHIBIDA Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Laura y desde hace cinco años vivo sola con mis tres hijas. La mayor tiene 14 años, la de en medio 10 y la más pequeña apenas cumplió 6. El papá no vive con nosotras. Se fue cuando la niña menor todavÃa estaba en brazos y desde entonces yo me hago cargo de todo. Trabajo limpiando casas entre semana. Nuestra casa es sencilla, de una sola planta. con sala pequeña, cocina al fondo y dos recámaras donde nos acomodamos como podemos. El patio trasero tiene una barda baja de bloc que no llega ni a los dos metros. Desde ahà se alcanza a ver el techo y parte del patio de la casa que está detrás, donde vive una familia cristiana.
0:48 Cuando llegamos a vivir aquà pensé que era buena señal tener vecinos religiosos. Creà que eso traerÃa tranquilidad. El matrimonio siempre parecÃa correcto. Cada domingo, desde temprano, instalaban una mesa afuera de su casa y vendÃan tamales. La señora usaba falda larga hasta los tobillos y blusas cerradas hasta el cuello. El señor vestÃa camisa blanca casi todos los dÃas, incluso cuando hacÃa calor. Los domingos agregaba un saco oscuro. Siempre estaban peinados, arreglados y hablaban con voz suave. saludaban con una sonrisa breve y preguntaban por mis hijas nunca se metÃan en problemas con nadie de la colonia por las mañanas casi todos los dÃas se escuchaba música cristiana desde su casa cantos con coros largos y voces femeninas a veces comenzaban antes de las 7 al principio me parecÃa algo normal incluso agradable ellos tenÃan dos hijos ya grandes entre 18 y 22 años Altos, delgados, casi siempre vestidos con ropa oscura.
1:59 No los veÃa ayudar en el negocio de los tamales ni acompañar a sus padres. SalÃan mucho y casi no convivÃan con el resto de la colonia. Cuando los encontraba en la tienda apenas levantaban la mirada para saludar. Con el paso de los meses empecé a notar cosas que no me cuadraban. Los muchachos llegaban de madrugada varias veces por semana. Escuchaba el ruido del portón trasero abriéndose y cerrándose después de la una o dos de la mañana. A veces entraban rápido, otras veces se quedaban hablando en voz baja en el patio. En más de una ocasión oà discusiones fuertes dentro de la casa. No entendÃa lo que decÃan, pero el tono era agresivo. distinto al que usaban los padres. Un olor extraño comenzó a sentirse algunas noches.
2:48 Era un olor espeso, como a carne echada a perder mezclada con algo quemado. Al principio pensé que era basura acumulada o algún animal muerto en el terreno baldÃo de la esquina. Pero el olor venÃa claramente desde atrás de mi barda. En cuanto aparecÃa, cerraba puertas y ventanas para que no entrara a la casa. Mis hijas también empezaron a comentar cosas pequeñas. La mayor me dijo que una noche, mientras hacÃa tarea en la mesa del comedor, vio una sombra pasar varias veces frente a la ventana del patio. Pensó que era uno de los muchachos caminando de un lado a otro. La niña de 10 años dijo que escuchó que arrastraban algo pesado en la madrugada, como si movieran muebles.
3:33 La más chica solo comentó que los perros de la colonia ladraban mucho cuando los hijos llegaban tarde. Yo intentaba no darle importancia. Pensaba que eran cosas normales de jóvenes que salen de fiesta o tienen problemas propios de su edad. También me repetÃa que no tenÃa tiempo para andar imaginando cosas. Bastante tenÃa con mantener la casa limpia, pagar la luz y asegurarme de que mis hijas hicieran la tarea. Aún asÃ, cada vez que el olor regresaba o que los gritos se escuchaban más fuertes, sentÃa una incomodidad en el estómago que no se iba fácilmente. Empecé a fijarme más en detalles que antes ignoraba. Noté que los domingos, mientras los padres vendÃan tamales con su ropa formal y su sonrisa tranquila, los hijos casi no salÃan de la casa. Si lo hacÃan, evitaban cruzar mirada con los clientes. También vi que en el patio trasero tenÃan siempre un área cubierta con una lona oscura. No supe qué guardaban ahÃ, pero nadie se acercaba a esa parte. SeguÃamos con nuestra rutina, pero mis hijas preguntaban más seguido si podÃan dormir juntas en la misma cama. La mayor empezó a cerrar con seguro la puerta que da al patio cada noche sin que yo se lo pidiera. No habÃa visto nada directamente que me hiciera pensar en algo grave. Solo eran ruidos, olores y actitudes que no encajaban con la imagen tranquila que daban los padres. Me repetÃa que tal vez exageraba, que cada
5:05 familia tiene sus problemas y que lo mejor era no meterse. Una madrugada me despertó un golpe fuerte detrás de la barda. Luego otro y otro más, como si estuvieran estrellando algo pesado contra el suelo. Me quedé sentada en la cama, en silencio, escuchando cómo los golpes continuaban del otro lado. Después de aquella madrugada de los golpes, mis hijas comenzaron a hablar con más claridad de lo que habÃan visto y escuchado. La mayor fue la primera en contar algo que me hizo prestar verdadera atención. Una tarde, mientras tendÃa ropa en el patio, me dijo que dÃas antes se habÃa asomado por la ventana de la cocina cuando escuchó ruido del otro lado de la barda. Vio a uno de los hijos sentado en el suelo del patio trasero.
5:52 Estaba inclinado hacia adelante, con los brazos apoyados en las rodillas, moviendo la cabeza como si discutiera con alguien. No habÃa nadie más cerca. DecÃa cosas en voz baja, pero ella no alcanzó a entender. Luego empezó a llorar. Me dijo que lo vio golpear la tierra con el puño varias veces, con fuerza, como si quisiera enterrarse la mano. Después se quedó quieto mirando el suelo. En un momento levantó la cabeza y miró directo hacia la ventana donde ella estaba. No gritó ni hizo señas, solo la miró fijo durante varios segundos. Mi hija se agachó rápido. Cuando volvió a asomarse, él ya no estaba. La niña de 10 años contó algo distinto, pero relacionado con las mismas noches. Dijo que varias veces escuchó que arrastraban algo pesado por el piso, como si movieran un mueble grande o un costal lleno. Ese sonido venÃa desde el fondo del patio de los vecinos. También mencionó que cuando el viento corrÃa hacia nuestra casa, el olor regresaba más fuerte. Un olor a carne pasada mezclado con algo agrio que se quedaba en la garganta. La más pequeña comentó que en las noches escuchaba a alguien llorando.
7:08 No sabÃa si era hombre o mujer. Solo decÃa que era un llanto largo y bajo que empezaba y se cortaba de golpe. Pensé que podÃa ser uno de los muchachos, pero ella insistÃa en que sonaba diferente, más débil. Yo trataba de calmarlas. Les decÃa que eran problemas de adultos, que seguramente el hijo mayor tenÃa dificultades y que sus padres estaban lidiando con eso. Les recordaba que no debÃan asomarse ni escuchar detrás de la barda, pero cada vez que intentaba tranquilizarlas, sentÃa que mi propia voz no me convencÃa. Una noche escuchamos una discusión más fuerte que las anteriores.
7:49 La voz del padre sonaba alterada, algo que nunca habÃa oÃdo. Gritaba. Uno de los hijos le respondió con palabras que no entendimos bien, pero el tono era desafiante. Luego se oyó que algo cayó con fuerza al suelo, como si hubieran tirado una silla o una mesa pequeña. Después vino un golpe repetido. No era un solo impacto, eran varios seguidos, siempre con el mismo ritmo. Mis hijas se quedaron en silencio en la sala. Yo apagué la televisión para escuchar mejor. El sonido continuó durante unos segundos y luego se detuvo. Nadie gritó pidiendo ayuda. Solo quedó el silencio. Lo que más me inquietó fue notar que, después de ciertas noches con ruidos fuertes, los hijos no salÃan durante dÃas. No se escuchaba el portón abrirse de madrugada. No se veÃan sombras cruzar el patio. El área cubierta con la lona permanecÃa intacta Era como si algo hubiera pasado y todos decidieran guardarse. Yo empecé a pensar que habÃa violencia dentro de esa casa. Pensé en golpes, en discusiones que se salÃan de control, en problemas con drogas. Todo comenzó a encajar de una forma que no me gustaba. Lo extraño era que el negocio de los tamales seguÃa igual cada domingo.
9:07 Desde temprano colocaban la mesa, acomodaban las ollas y atendÃan a los clientes con la misma sonrisa de siempre El padre saludaba, preguntaba cómo estaban mis niñas, y ofrecÃa tamales de rajas o de pollo como si nada hubiera ocurrido en la semana. La madre permanecÃa a su lado con la falda larga y la expresión tranquila. Nunca vi moretones visibles ni señales claras en los muchachos cuando salÃan, pero su mirada era distinta, más perdida. A veces tenÃan los ojos rojos y evitaban cualquier contacto. Una noche, eran casi las dos de la mañana cuando me desperté. No habÃa música cristiana, no habÃa televisión, no habÃa ningún sonido de rutina.
9:51 El silencio era completo hasta que comenzaron los pasos en el patio de atrás. Eran pasos rápidos y fuertes de alguien que iba y venÃa sobre el cemento. Abrà los ojos en la oscuridad y me quedé quieta. Mis hijas dormÃan en el mismo cuarto conmigo desde hacÃa dÃas. El ruido volvió, esta vez más cerca de la barda. Luego se escuchó un golpe fuerte. No fue como cuando algo cae por accidente. Fue un golpe directo. Después vino otro. El sonido parecÃa el de carne siendo golpeada. Es algo raro de explicar. Se repitió varias veces. Entre cada impacto se escuchaba respiración agitada. Era la respiración de un hombre cansado, forzada.
10:36 Como si estuviera haciendo un esfuerzo fÃsico grande. No habÃa gritos. No habÃa palabras. Solo el sonido del brazo bajando y el impacto. Mi hija mayor se levantó despacio. Pensé que estaba dormida, pero tenÃa los ojos abiertos. Me dijo en voz baja que escuchaba lo mismo que yo. Se levantó sin que yo pudiera detenerla y caminó hacia la cocina. Hay una rendija pequeña en la ventana que da al patio trasero, justo en la parte donde la cortina no cubre por completo. Yo me quedé en el cuarto. SentÃa que si me asomaba confirmarÃa algo que no querÃa ver. Los golpes continuaban, uno tras otro, con pausas breves entre ellos.
11:20 Mi hija regresó a los pocos segundos. TenÃa la cara pálida. Me dijo que vio al vecino, al padre cristiano. Estaba de pie en su patio, moviendo el brazo hacia abajo repetidamente. Su cuerpo se inclinaba ligeramente cada vez que bajaba el brazo. No describió ningún objeto en su mano. Solo dijo que el movimiento era firme, constante. dirigido hacia algo que estaba en el suelo. Le pregunté qué habÃa en el piso. Me dijo que no lo distinguÃa bien. Solo vio una forma oscura extendida sobre el cemento. No se movÃa. Los golpes siguieron durante algunos segundos más. Luego se detuvieron de repente.
12:01 La respiración agitada continuó un momento, como si el hombre estuviera recuperando el aire. Después se escuchó algo diferente. El sonido del agua corriendo. era agua saliendo de una manguera o de una llave abierta se oÃa el chorro constante golpeando el piso pasaron varios minutos asà yo seguÃa sentada en la orilla de la cama con las manos frÃas ninguna de mis hijas hablaba después el agua se cerró el patio quedó en silencio nadie durmió el resto de la noche cuando amaneció me armé de valor y salà al patio con la excusa de tender ropa miré por encima de la barda lo más discreto que pude El cemento del vecino se veÃa limpio. No habÃa manchas visibles.
12:46 No habÃa objetos fuera de lugar. La lona en el fondo del patio seguÃa cubriendo lo que fuera que guardaran ahÃ. A media mañana, el padre salió a barrer la banqueta como siempre. VestÃa su camisa blanca. Saludó a una señora que pasaba con bolsas del mercado. El domingo siguiente colocaron la mesa de tamales como si nada hubiera ocurrido. El vapor salÃa de las ollas, la gente hacÃa fila y el padre sonreÃa mientras cobraba. La madre acomodaba servilletas, nadie parecÃa notar nada extraño. Lo que sà noté fue otra cosa. Desde esa noche no volvà a escuchar a los hijos, no hubo portones abriéndose de madrugada. no hubo discusiones no hubo pasos en el patio tampoco sombras cruzando las ventanas pasaron los dÃas y ninguno de los dos apareció en la tienda ni en la calle ni asomado por el patio la casa seguÃa habitada pero parecÃa más silenciosa que nunca la música cristiana volvió algunas mañanas pero sonaba más baja el olor extraño dejó de sentirse mis hijas comenzaron a preguntarme dónde estaban los muchachos Les dije que quizás se habÃan ido unos dÃas con familiares. Yo misma intentaba creerlo.
14:03 Una semana completa pasó sin que viéramos a ninguno. Luego otra. Cada noche revisaba que la puerta del patio estuviera bien cerrada. Los domingos seguÃan vendiendo tamales con la misma calma. El padre sonreÃa igual que siempre. Pero detrás de esa barda, desde aquella noche de los golpes hacia abajo, algo habÃa cambiado. Y los hijos no volvieron a aparecer. Pasó una semana completa desde aquella madrugada y no volvÃa a ver a los hijos. Antes siempre entraban y salÃan, aunque fuera de noche. Se escuchaba el portón trasero, los pasos sobre el cemento, las discusiones. Ahora no habÃa nada. La casa de atrás estaba en silencio casi todo el tiempo. Ya no se oÃan gritos, ya no se arrastraba nada por el piso.
14:50 El olor extraño desapareció por completo, como si nunca hubiera existido. Solo quedó un silencio constante que se sentÃa diferente al de antes. DÃas más tarde, mientras barrÃa mi patio, alcancé a ver al vecino en el suyo. TenÃa una manguera y estaba lavando algo grande apoyado contra la pared. No distinguà qué era exactamente, pero era un objeto largo y oscuro. El agua corrÃa por el piso hacia una coladera. Ãl no levantó la vista en ningún momento. Noté también que una parte de la tierra del patio parecÃa distinta. Cerca del fondo, junto a la zona cubierta con la lona, el suelo se veÃa removido. La tierra no estaba compacta como el resto. Era una franja más suelta, de un color ligeramente diferente. No habÃa plantas ahÃ, solo tierra. La madre cambió también. Siempre habÃa sido seria, pero ahora hablaba menos todavÃa. Ya no se quedaba tanto tiempo afuera cuando vendÃan tamales. MantenÃa la mirada baja y respondÃa con frases cortas.
15:53 Su expresión no mostraba tristeza ni enojo. Mostraba algo más difÃcil de describir. como si estuviera concentrada en no cometer ningún error. Pasé las siguientes semanas mudándome a la casa de mis papás. Ya no podÃa pagar la renta de esa casa, se me estaba poniendo complicado. Solo empecé a empacar poco a poco. Ropa en cajas, utensilios envueltos en periódico, juguetes guardados en bolsas negras. El dÃa que cargamos el último mueble en la camioneta de un amigo, el padre cristiano salió a la banqueta. se quedó parado frente a su casa con las manos juntas al frente no dijo nada no preguntó por qué nos Ãbamos solo me miró fijo sostuve su mirada unos segundos sentà con claridad que sabÃa que escuchamos aquella noche no porque nos hubiera visto subà a la camioneta sin despedirme cuando doblamos la esquina miré por el retrovisor y lo vi todavÃa parado en el mismo lugar nos mudamos esa misma tarde Nunca volvà a saber de esa familia. No regresé a la colonia ni pregunté por ellos. Tampoco vi noticias relacionadas con jóvenes desaparecidos en esa zona. La vida siguió con trabajo, escuela y cuentas por pagar.
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