Feb. 14, 2026

Tamales De Carne PROHIBIDA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Laura y desde hace cinco años vivo sola con mis tres hijas. La mayor tiene 14 años, la de en medio 10 y la más pequeña apenas cumplió 6. El papá no vive con nosotras. Se fue cuando la niña menor todavía estaba en brazos y desde entonces yo me hago cargo de todo. Trabajo limpiando casas entre semana. Nuestra casa es sencilla, de una sola planta. con sala pequeña, cocina al fondo y dos recámaras donde nos acomodamos como podemos. El patio trasero tiene una barda baja de bloc que no llega ni a los dos metros. Desde ahí se alcanza a ver el techo y parte del patio de la casa que está detrás, donde vive una familia cristiana.

0:48 Cuando llegamos a vivir aquí pensé que era buena señal tener vecinos religiosos. Creí que eso traería tranquilidad. El matrimonio siempre parecía correcto. Cada domingo, desde temprano, instalaban una mesa afuera de su casa y vendían tamales. La señora usaba falda larga hasta los tobillos y blusas cerradas hasta el cuello. El señor vestía camisa blanca casi todos los días, incluso cuando hacía calor. Los domingos agregaba un saco oscuro. Siempre estaban peinados, arreglados y hablaban con voz suave. saludaban con una sonrisa breve y preguntaban por mis hijas nunca se metían en problemas con nadie de la colonia por las mañanas casi todos los días se escuchaba música cristiana desde su casa cantos con coros largos y voces femeninas a veces comenzaban antes de las 7 al principio me parecía algo normal incluso agradable ellos tenían dos hijos ya grandes entre 18 y 22 años Altos, delgados, casi siempre vestidos con ropa oscura.

1:59 No los veía ayudar en el negocio de los tamales ni acompañar a sus padres. Salían mucho y casi no convivían con el resto de la colonia. Cuando los encontraba en la tienda apenas levantaban la mirada para saludar. Con el paso de los meses empecé a notar cosas que no me cuadraban. Los muchachos llegaban de madrugada varias veces por semana. Escuchaba el ruido del portón trasero abriéndose y cerrándose después de la una o dos de la mañana. A veces entraban rápido, otras veces se quedaban hablando en voz baja en el patio. En más de una ocasión oí discusiones fuertes dentro de la casa. No entendía lo que decían, pero el tono era agresivo. distinto al que usaban los padres. Un olor extraño comenzó a sentirse algunas noches.

2:48 Era un olor espeso, como a carne echada a perder mezclada con algo quemado. Al principio pensé que era basura acumulada o algún animal muerto en el terreno baldío de la esquina. Pero el olor venía claramente desde atrás de mi barda. En cuanto aparecía, cerraba puertas y ventanas para que no entrara a la casa. Mis hijas también empezaron a comentar cosas pequeñas. La mayor me dijo que una noche, mientras hacía tarea en la mesa del comedor, vio una sombra pasar varias veces frente a la ventana del patio. Pensó que era uno de los muchachos caminando de un lado a otro. La niña de 10 años dijo que escuchó que arrastraban algo pesado en la madrugada, como si movieran muebles.

3:33 La más chica solo comentó que los perros de la colonia ladraban mucho cuando los hijos llegaban tarde. Yo intentaba no darle importancia. Pensaba que eran cosas normales de jóvenes que salen de fiesta o tienen problemas propios de su edad. También me repetía que no tenía tiempo para andar imaginando cosas. Bastante tenía con mantener la casa limpia, pagar la luz y asegurarme de que mis hijas hicieran la tarea. Aún así, cada vez que el olor regresaba o que los gritos se escuchaban más fuertes, sentía una incomodidad en el estómago que no se iba fácilmente. Empecé a fijarme más en detalles que antes ignoraba. Noté que los domingos, mientras los padres vendían tamales con su ropa formal y su sonrisa tranquila, los hijos casi no salían de la casa. Si lo hacían, evitaban cruzar mirada con los clientes. También vi que en el patio trasero tenían siempre un área cubierta con una lona oscura. No supe qué guardaban ahí, pero nadie se acercaba a esa parte. Seguíamos con nuestra rutina, pero mis hijas preguntaban más seguido si podían dormir juntas en la misma cama. La mayor empezó a cerrar con seguro la puerta que da al patio cada noche sin que yo se lo pidiera. No había visto nada directamente que me hiciera pensar en algo grave. Solo eran ruidos, olores y actitudes que no encajaban con la imagen tranquila que daban los padres. Me repetía que tal vez exageraba, que cada

5:05 familia tiene sus problemas y que lo mejor era no meterse. Una madrugada me despertó un golpe fuerte detrás de la barda. Luego otro y otro más, como si estuvieran estrellando algo pesado contra el suelo. Me quedé sentada en la cama, en silencio, escuchando cómo los golpes continuaban del otro lado. Después de aquella madrugada de los golpes, mis hijas comenzaron a hablar con más claridad de lo que habían visto y escuchado. La mayor fue la primera en contar algo que me hizo prestar verdadera atención. Una tarde, mientras tendía ropa en el patio, me dijo que días antes se había asomado por la ventana de la cocina cuando escuchó ruido del otro lado de la barda. Vio a uno de los hijos sentado en el suelo del patio trasero.

5:52 Estaba inclinado hacia adelante, con los brazos apoyados en las rodillas, moviendo la cabeza como si discutiera con alguien. No había nadie más cerca. Decía cosas en voz baja, pero ella no alcanzó a entender. Luego empezó a llorar. Me dijo que lo vio golpear la tierra con el puño varias veces, con fuerza, como si quisiera enterrarse la mano. Después se quedó quieto mirando el suelo. En un momento levantó la cabeza y miró directo hacia la ventana donde ella estaba. No gritó ni hizo señas, solo la miró fijo durante varios segundos. Mi hija se agachó rápido. Cuando volvió a asomarse, él ya no estaba. La niña de 10 años contó algo distinto, pero relacionado con las mismas noches. Dijo que varias veces escuchó que arrastraban algo pesado por el piso, como si movieran un mueble grande o un costal lleno. Ese sonido venía desde el fondo del patio de los vecinos. También mencionó que cuando el viento corría hacia nuestra casa, el olor regresaba más fuerte. Un olor a carne pasada mezclado con algo agrio que se quedaba en la garganta. La más pequeña comentó que en las noches escuchaba a alguien llorando.

7:08 No sabía si era hombre o mujer. Solo decía que era un llanto largo y bajo que empezaba y se cortaba de golpe. Pensé que podía ser uno de los muchachos, pero ella insistía en que sonaba diferente, más débil. Yo trataba de calmarlas. Les decía que eran problemas de adultos, que seguramente el hijo mayor tenía dificultades y que sus padres estaban lidiando con eso. Les recordaba que no debían asomarse ni escuchar detrás de la barda, pero cada vez que intentaba tranquilizarlas, sentía que mi propia voz no me convencía. Una noche escuchamos una discusión más fuerte que las anteriores.

7:49 La voz del padre sonaba alterada, algo que nunca había oído. Gritaba. Uno de los hijos le respondió con palabras que no entendimos bien, pero el tono era desafiante. Luego se oyó que algo cayó con fuerza al suelo, como si hubieran tirado una silla o una mesa pequeña. Después vino un golpe repetido. No era un solo impacto, eran varios seguidos, siempre con el mismo ritmo. Mis hijas se quedaron en silencio en la sala. Yo apagué la televisión para escuchar mejor. El sonido continuó durante unos segundos y luego se detuvo. Nadie gritó pidiendo ayuda. Solo quedó el silencio. Lo que más me inquietó fue notar que, después de ciertas noches con ruidos fuertes, los hijos no salían durante días. No se escuchaba el portón abrirse de madrugada. No se veían sombras cruzar el patio. El área cubierta con la lona permanecía intacta Era como si algo hubiera pasado y todos decidieran guardarse. Yo empecé a pensar que había violencia dentro de esa casa. Pensé en golpes, en discusiones que se salían de control, en problemas con drogas. Todo comenzó a encajar de una forma que no me gustaba. Lo extraño era que el negocio de los tamales seguía igual cada domingo.

9:07 Desde temprano colocaban la mesa, acomodaban las ollas y atendían a los clientes con la misma sonrisa de siempre El padre saludaba, preguntaba cómo estaban mis niñas, y ofrecía tamales de rajas o de pollo como si nada hubiera ocurrido en la semana. La madre permanecía a su lado con la falda larga y la expresión tranquila. Nunca vi moretones visibles ni señales claras en los muchachos cuando salían, pero su mirada era distinta, más perdida. A veces tenían los ojos rojos y evitaban cualquier contacto. Una noche, eran casi las dos de la mañana cuando me desperté. No había música cristiana, no había televisión, no había ningún sonido de rutina.

9:51 El silencio era completo hasta que comenzaron los pasos en el patio de atrás. Eran pasos rápidos y fuertes de alguien que iba y venía sobre el cemento. Abrí los ojos en la oscuridad y me quedé quieta. Mis hijas dormían en el mismo cuarto conmigo desde hacía días. El ruido volvió, esta vez más cerca de la barda. Luego se escuchó un golpe fuerte. No fue como cuando algo cae por accidente. Fue un golpe directo. Después vino otro. El sonido parecía el de carne siendo golpeada. Es algo raro de explicar. Se repitió varias veces. Entre cada impacto se escuchaba respiración agitada. Era la respiración de un hombre cansado, forzada.

10:36 Como si estuviera haciendo un esfuerzo físico grande. No había gritos. No había palabras. Solo el sonido del brazo bajando y el impacto. Mi hija mayor se levantó despacio. Pensé que estaba dormida, pero tenía los ojos abiertos. Me dijo en voz baja que escuchaba lo mismo que yo. Se levantó sin que yo pudiera detenerla y caminó hacia la cocina. Hay una rendija pequeña en la ventana que da al patio trasero, justo en la parte donde la cortina no cubre por completo. Yo me quedé en el cuarto. Sentía que si me asomaba confirmaría algo que no quería ver. Los golpes continuaban, uno tras otro, con pausas breves entre ellos.

11:20 Mi hija regresó a los pocos segundos. Tenía la cara pálida. Me dijo que vio al vecino, al padre cristiano. Estaba de pie en su patio, moviendo el brazo hacia abajo repetidamente. Su cuerpo se inclinaba ligeramente cada vez que bajaba el brazo. No describió ningún objeto en su mano. Solo dijo que el movimiento era firme, constante. dirigido hacia algo que estaba en el suelo. Le pregunté qué había en el piso. Me dijo que no lo distinguía bien. Solo vio una forma oscura extendida sobre el cemento. No se movía. Los golpes siguieron durante algunos segundos más. Luego se detuvieron de repente.

12:01 La respiración agitada continuó un momento, como si el hombre estuviera recuperando el aire. Después se escuchó algo diferente. El sonido del agua corriendo. era agua saliendo de una manguera o de una llave abierta se oía el chorro constante golpeando el piso pasaron varios minutos así yo seguía sentada en la orilla de la cama con las manos frías ninguna de mis hijas hablaba después el agua se cerró el patio quedó en silencio nadie durmió el resto de la noche cuando amaneció me armé de valor y salí al patio con la excusa de tender ropa miré por encima de la barda lo más discreto que pude El cemento del vecino se veía limpio. No había manchas visibles.

12:46 No había objetos fuera de lugar. La lona en el fondo del patio seguía cubriendo lo que fuera que guardaran ahí. A media mañana, el padre salió a barrer la banqueta como siempre. Vestía su camisa blanca. Saludó a una señora que pasaba con bolsas del mercado. El domingo siguiente colocaron la mesa de tamales como si nada hubiera ocurrido. El vapor salía de las ollas, la gente hacía fila y el padre sonreía mientras cobraba. La madre acomodaba servilletas, nadie parecía notar nada extraño. Lo que sí noté fue otra cosa. Desde esa noche no volví a escuchar a los hijos, no hubo portones abriéndose de madrugada. no hubo discusiones no hubo pasos en el patio tampoco sombras cruzando las ventanas pasaron los días y ninguno de los dos apareció en la tienda ni en la calle ni asomado por el patio la casa seguía habitada pero parecía más silenciosa que nunca la música cristiana volvió algunas mañanas pero sonaba más baja el olor extraño dejó de sentirse mis hijas comenzaron a preguntarme dónde estaban los muchachos Les dije que quizás se habían ido unos días con familiares. Yo misma intentaba creerlo.

14:03 Una semana completa pasó sin que viéramos a ninguno. Luego otra. Cada noche revisaba que la puerta del patio estuviera bien cerrada. Los domingos seguían vendiendo tamales con la misma calma. El padre sonreía igual que siempre. Pero detrás de esa barda, desde aquella noche de los golpes hacia abajo, algo había cambiado. Y los hijos no volvieron a aparecer. Pasó una semana completa desde aquella madrugada y no volvía a ver a los hijos. Antes siempre entraban y salían, aunque fuera de noche. Se escuchaba el portón trasero, los pasos sobre el cemento, las discusiones. Ahora no había nada. La casa de atrás estaba en silencio casi todo el tiempo. Ya no se oían gritos, ya no se arrastraba nada por el piso.

14:50 El olor extraño desapareció por completo, como si nunca hubiera existido. Solo quedó un silencio constante que se sentía diferente al de antes. Días más tarde, mientras barría mi patio, alcancé a ver al vecino en el suyo. Tenía una manguera y estaba lavando algo grande apoyado contra la pared. No distinguí qué era exactamente, pero era un objeto largo y oscuro. El agua corría por el piso hacia una coladera. Él no levantó la vista en ningún momento. Noté también que una parte de la tierra del patio parecía distinta. Cerca del fondo, junto a la zona cubierta con la lona, el suelo se veía removido. La tierra no estaba compacta como el resto. Era una franja más suelta, de un color ligeramente diferente. No había plantas ahí, solo tierra. La madre cambió también. Siempre había sido seria, pero ahora hablaba menos todavía. Ya no se quedaba tanto tiempo afuera cuando vendían tamales. Mantenía la mirada baja y respondía con frases cortas.

15:53 Su expresión no mostraba tristeza ni enojo. Mostraba algo más difícil de describir. como si estuviera concentrada en no cometer ningún error. Pasé las siguientes semanas mudándome a la casa de mis papás. Ya no podía pagar la renta de esa casa, se me estaba poniendo complicado. Solo empecé a empacar poco a poco. Ropa en cajas, utensilios envueltos en periódico, juguetes guardados en bolsas negras. El día que cargamos el último mueble en la camioneta de un amigo, el padre cristiano salió a la banqueta. se quedó parado frente a su casa con las manos juntas al frente no dijo nada no preguntó por qué nos íbamos solo me miró fijo sostuve su mirada unos segundos sentí con claridad que sabía que escuchamos aquella noche no porque nos hubiera visto subí a la camioneta sin despedirme cuando doblamos la esquina miré por el retrovisor y lo vi todavía parado en el mismo lugar nos mudamos esa misma tarde Nunca volví a saber de esa familia. No regresé a la colonia ni pregunté por ellos. Tampoco vi noticias relacionadas con jóvenes desaparecidos en esa zona. La vida siguió con trabajo, escuela y cuentas por pagar.