Oct. 19, 2023

San Gabriel, El Pueblo Maldito Historias De Terror - REDE

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San Gabriel. Mi abuela vivía en el pueblo de San Gabriel, un pequeño poblado entre los montes de Michoacán, muy cercano a los Azufres. La tranquilidad de San Gabriel siempre me ha traído. Es un lugar ideal para buscar paz y tranquilidad para aquellos que buscan un refugio lejos del ajetreo de la ciudad, y es allí donde, por muchos años la casa de mi abuela siempre estuvo llena de familia. Cada año hacíamos nuestras reuniones familiares, pero conforme la familia y los intereses cambian lo dejamos todo atrás. En los últimos años de vida de mi abuela ya no la visitaban tanto como antes. Es por eso que, de mi parte, comencé a frecuentarle cada vez que podía. Había ocasiones en las que sólo era yo quien se quedaba con ella durante varios días. Es así como mi abuela me tomó mucho cariño, pero una noche, cuando descans pensaba en mi casa, pasó algo muy extraño. Soy maestro en una preparatoria de la ciudad de Morelia. La casa de mi abuela me quedaba tan sólo una hora en moto. Procuraba llamarla siempre, pero por cuestiones de trabajo, donde tuve una semana complicada por exámenes y trabajo finales, no pude llamarle. Tuve un par de llamadas de su parte, las cuales ignoré debido a que no podía ni distraerme un poco por fin. Llegado el fin de semana, mi intención era descansar un poco, me senté sobre mi sillón y perdí la noción del tiempo porque me quedé dormido. De pronto desperté por un ruido que provenía de mi cocina vivo solo, pero comúnmente se llegan a meter los gatos del departamento de al lado, pero esta ocasión no sería así. Allí se encontraba mi abuela estaba cocinando algo. De hecho, podía oler lo que tenía en la estufa, pues el olor a quemado se impregnó en la casa. Le pregunté qué estaba haciendo, pero ella no me contestó ni había volteado a verme. Le volví a preguntar, pero ahora con un tono más alto y ella dijo en voz alta vete ya muerte. No sabía por qué dijo eso, y antes de que le volviera a preguntar, el humo comenzó a salir del sartén y después comenzó a quemarse. Quise alejar a mi abuela y al momento en que la tomé del brazo la sentí helada, miré su rostro, el cual lo tenía quemado hasta la mitad. Las llamas la habían alcanzado de pronto me desperté. Sentí un gran alivio al darme cuenta de que se trataba de solo una pesadilla, pero esa sensación terminó muy pronto cuando recibí una llamada de mi madre con una terrible noticia. La cocina de mi abuela se había incendiado debido a que olvidó apagar la estufa cuando quiso controlarlo. Ya era más grande de lo que esperaba y terminó quemándola a ella. Los vecinos contactaron a mis padres. Desafortunadamente, ya era muy tarde en or sordo, lo que soñé me dejó pensando tantas cosas. La conexión que teníamos entre los dos de algún modo me hacía sentir especial, pero por cuestiones del trabajo, la dejé a un lado Por muchos días tuve que asistir a terapia, pues sentía que esto había sido mi culpa y era algo con lo que me pesaba cargar. Le repetía al terapeuta lo que le escuché decir a mi abuela en la pesadilla me quitaba el sueño por las noches. El terapeuta me comentó que quizás de alguna manera estaba ahuyentando, algo que le molestaba como tarea. Me dejó que ya era necesario cerrar un ciclo y me recomendó visitar la casa de mi abuela para despedirme de ella como tenía que ser. No me pareció mala idea, incluso me pareció coherente. Por mucho tiempo evité regresar a la casa de mi abuela, pues no quería verla destruida por las llamas. Así que, después de un año de su muerte, tomé la decisión de viajar a San Gabriel Para llegar al pueblo. Es necesario a traer besar algunos cientos de metros de terracería, por lo que al conducir la moto tuve que disminuir la velocidad. Fue a partir de ese instante cuando comencé a sentir que alguien estaba casi a mi lado como si algo me llegara a caer encima de pronto. Fue una sensación de agobio que jamás me había llegado a pasar. Traté de distraerme un poco pensando en otras cosas, mientras veía que el sol se comenzaba a esconder en el horizonte estaba refrescando y el frío comenzó a sentirse hasta los huesos. Cuando llegué a ver las primeras casas de San Gabriel, me desconcertó un poco ver que la gente ya no se quedaba afuera como antes. Lo acostumbraban a hacer era como si le tuvieran miedo a la oscuridad. Quise acelerar un poco, pero mi moto comenzó a fallar. Realmente me sorprendió que no quisiera arrancar suelo, darle mantenimiento. Cada semana tuve que bajarme y empujarla. Mientras caminaba hacia la casa de mi abuela, me di cuenta de que algo no estaba bien. Un escalofrío recorrió mi espalda y sentí una presencia inquietante detrás de mí. Me di la vuelta para ver si alguien me estaba siguiendo, pero sólo veía las sombras oscurecidas por el anochecer. Sacudí mi cabeza pensando que quizás mi mente me estaba jugando una mala pasada por todo el estrés emocional que significaba estar allí. No quise prestarle más atención a ese sentimiento. Así que continué mi camino, pero a medida que avanzaba, el ambiente se volvía cada más opresivo. Nuevamente escuché un ruido detrás de mí como un susurro sofocado. Me detuve en seco y giré mi cabeza hacia atrás, pero sólo era oscuridad lo que veía. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y sin pensarlo, aceleré el paso. Lo más que pude. Encendí los faros de la moto para que me ayudara un poco más a ver por dónde iba de algún modo ver una luz me ayudaba a mantenerme sereno, pues tenía la seguridad de que me estaban siguiendo. Al llegar a la casa de mi abuela, me di cuenta que no estaba tan destrozada como me lo habían platicado mis padres. Sólo un extremo de la casa estaba destrozada por el incendio y lo demás parecía intacto. Metí la moto lo más cerca que pude de la puerta, pues mi abuela no tenía protecciones. La puerta principal daba directamente al exterior, aunque en San Gabriel eso era habitual. Nunca había la necesidad de tener tanta seguridad en las casas. Entre y cerré la puerta. El olor a quemado aún estaba impregnado en toda la casa. Traté de encender las luces, pero como era de esperarse, no tenía energía eléctrica. Recordé donde guardaba mi abuela las velas, así que encendí algunas para iluminar la habitación. Miré alrededor. Era como si no hubiera pasado el tiempo. Todo estaba en su lugar, a pesar de que ya había pasado mucho tiempo. Esperaba que por lo menos estuviera saqueada la casa, pero todo parecía intacto. Los cuadros fotografías, algunos muebles a aún con la orba en el mismo lugar. Sabía que mis padres y tíos se habían llevado las cosas más valiosas, pero era como si nadie hubiera ido casi podía sentir que no había sucedido nada. Me sentía agotado y agobiado. Así que vi la mecedora de mi abuela y me senté en ella. Miraba a mi alrededor recordándola. Traté de relajarme un poco. Cuando algo que me llamó la atención sobre el descansa brazos de la mecedora se veían unas marcas, traté de distinguir que eran con la poca luz que había y me di cuenta que parecían ser rasguños. Ya me había sentado tiempo atrás en su mecedora y no los había notado, pero esta ocasión era muy notorio. Entonces me di cuenta que estaba temblando Mi abuela Quizás había pasado por una crisis y estaba sola. Nadie la pudo ayudar. Me levanté para tomar un poco de aire, pero justo cuando exhalé un golpe fuerte resonó en la puerta mi corazón se detuvo por un momento y quedó paralizado. El golpe se repitió, pero esta vez con más fuerza me acerqué lentamente a la puerta contenía la respiración. No sabía si abrir o fingir, que no lo había escuchado, pero había algo en mí que me decía que era necesario enfrentar el miedo y tomar el control de la situación. Abrí la puerta de un tirón y me encontré con un hombre alto y de mirada tenebrosa. Me miró fijamente. Su mirada parecía llena de malicia. Le pregunté con voz temblorosa que se le ofrecía. Quería esconder mi miedo, pero era inevitable. El hombre no me dijo nada, pero su sonrisa hablaba por sí sola. Quise cerrarle la puerta por no decirme nada, pero me di cuenta que no podía moverme Estaba paralizado de pies a cabeza y aquel extraño parecía disfrutar verme sufriendo. Intenté elevar mi voz, pero me ahogaba. Sentía que tenía algo en mi garganta. El hombre se acercó lentamente hacia mí. Sentí un terror pronoundo atravesar mi alma. Sus ojos oscuros parecían penetrar mi alma. Su sonrisa parecía alargarse cada vez más y más. Yo trataba desesperadamente de moverme, pero mis piernas no me respondían. Parecía que traía un ancla invisible. De repente, una ráfaga de viento helado barrió la habitación, apagando las velas y sumiéndola en completa oscuridad. La presencia del hombre se desvaneció, pero el ambiente se llenó de una energía opresiva y maligna. Sentí como si estuviera rodeado por fuerzas hostiles. En ese momento escuché un susurro suave y familiar en mi oído era la voz de mi abuela Vete ya muerte susurró su voz me llenó de calma y fortaleza, a pesar de la presencia amenazante que aún sentía en la habitación con más fuerza, en mí reuní todo el valor que pude y comencé a recitar en voz alta una oración que con mi abuela se siempre hacíamos antes de irnos a dormir. Sentí como la opresión en el ambiente disminuía gradualmente y poco a poco recuperaba el control de mi cuerpo. Las sombras parecieron desvanecerse o por lo menos ya distinguía la tenue luz de la luna filtrada por las ventanas. En cuanto pude moverme libremente, me apresuré hacia el exterior de la casa, buscando desesperadamente un poco de aire fresco. Mientras salía, noté que el hombre Tenebroso había desaparecido por completo. Sentí un alivio momentáneo, pero sabía que aún había muchas preguntas sin respuesta la moto tuve que dejarla. Aún así no se movería de allí sin mis llaves. Me apresuré a correr al kiosco del pueblo. Era el lugar más iluminado por las farolas. Me quedé sentado en los escalones por unos minutos. Definitivamente, San Gabriel ya no era el de antes. Parecía estar envuelto en un aura de misterio y oscuridad. Las calles estaban desiertas y silenciosas. Las puertas y ventanas de las casas parecían cerradas de forma permanente. Recordé que la iglesia no estaba lejos. No era tan tarde como para pedir santuario por esa noche, así que me apresuré a ir hacia allá. Pasaba un poco de las nueve en punto pensé que la encontraría cerrada, pero fue todo lo contrario. Me sorprendió encontrarla iluminada por velas y llena de personas que rezaban en silencio. De hecho, casi podría asegurar que todo el pueblo se encontraba allí. Me acerqué a uno de los feligreses y le pregunté qué estaba sucediendo. El hombre parecía sumiso en sus rezos que al hablarle sentí que lo había despertado de un largo trance. Me vio con cara de extrañeza por mi pregunta, pero se dio cuenta que yo no era de allí. Él me explicó que desde hace tiempo en el pueblo, las almas de antiguos habitantes se mantenían quietas y tranquilas, pero desde hace un año en adelante ll algo las había atormentado. El hombre se le veía un rostro de tristeza y preocupación. Terminó contándome que el pueblo siempre fue un lugar de descanso eterno para los espíritus inquietos y las almas atormentadas. El incendio que consumió la casa de mi abuela había liberado una presencia malévola que ahora acechaba el pueblo. Las personas tenían miedo de salir de sus casas después de anochecer y se habían refugiado en la iglesia en busca de protección espiritual. Con cada palabra que escuchaba mi mente me recordaba a mi abuela y a las marcas en los descansabrazos de la mecedora estaba decidido a descubrir la verdad y poner fin a esta oscuridad que había invadido el pueblo. Me uní a las personas que estaban rezando en la iglesia y compartí mi historia con ellos. Algunos parecían conocer detalles sobre las historias y leyendas locales y me aconsejaron buscar la ayuda de Don Rodrigo, un anciano sabio que vivía en las afueras de ns El pueblo y su vida estaba envuelta de asuntos espirituales y sobrenaturales. Decidí seguir su consejo. Al día siguiente me dirigí hacia la casa de Don Rodrigo. El camino hacia su casa estaba lleno de árboles retorcidos y sombras. La cabaña de Don Rodrigo parecía estar envuelta de un misterio inimaginable. Se respiraba un aire diferente a cualquier lugar en el que había estado antes. Llegué a su puerta y sin tocarla, él me abrió era como si ya me estuviera esperando. Tras una breve conversación, compartí mi experiencia con él. Don Rodrigo escuchó atentamente todo lo que le conté. Me dijo que el incendio había liberado un espíritu oscuro que se alimentaba del miedo y la angustia de las personas. Ese espíritu estaba atormentando al pueblo y parecía ser que buscaba venganza por alguna injusticia del pasado. Me dijo que si conoció a mi abuela en vida y que incluso la había notado perturbada días antes de su tra muerte, Don Rodrigo se ofreció en realizar un ritual de purificación en la casa de mi abuela. Me pidió que le esperara junto a la casa de mi abuela. Esa misma tarde llegó la hora. Me mantuve algunos metros alejados de la casa hasta que llegó Don Rodrigo. Juntos nos adentramos hacia la casa devastada por el fuego. Mientras recitaba las palabras sagradas y esparcía hierbas purificadoras por la casa. Sentí una presencia opresiva a nuestro alrededor. La indicación de Don Rodrigo es que yo me mantuviera firme y ante cualquier anomalía estuviera preparado de pronto. La figura de un hombre se formó en una de las esquinas de la habitación. Su cabeza llegaba a lo alto del techo, sus ojos eran rojos intensos. No me quitaban la mirada de encima. Trató de alcanzarme varias veces, pero Don Rodrigo, sosteniendo hierbas en sus manos, lo alejaba poco a poco. La energía maligna se fue disipando y finalmente la figura se connsó. Entró en un rincón hasta esfumarse. La casa quedó en calma. Sentí como si un peso enorme se hubiera levantado de mis hombros y un profundo alivio llenó mi ser Le pregunté a Don Rodrigo si ya sabía cómo ayudar al pueblo, porque no lo había hecho antes? Me comentó que los espíritus malignos se adueñaban de los hogares y él no tenía permitido invadirlos. Siempre estuvo esperando a que yo regresara, como ya lo había hecho antes. Cuando visitaba a mi abuela, me sorprendió mucho que ya me tuviera identificado desde hace tiempo atrás. Relato escrito y adaptado por lengua de brujo.