La Noche Que El Wendigo Entró Al Campamento - Historias De Terror - REDE
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0:05 Esto pasó hace tres inviernos, en una reserva, donde dejaban acampar una noche con permiso. Ãbamos cuatro personas, mi primo Esteban, Mariana, Fabián y yo. Ya habÃamos hecho salidas parecidas, sabÃamos armar una tienda, movernos por senderos marcados y pasar una noche en el monte sin hacer tonterÃas. Pero no éramos gente de campo, ni llevábamos años haciendo eso. Cargamos lo básico, una tienda grande, lámparas, comida, un botiquÃn, cobijas, herramientas simples y un rifle viejo que Fabián quiso llevar por seguridad. Antes de entrar, nos atendió un guardabosques en la caseta.
0:47 Nos habló serio, nos pidió que nos saliéramos del sendero principal y que si en la noche escuchábamos algo raro, nos quedáramos en el claro y no fuéramos a revisar. También dijo que, en dÃas recientes, habÃan encontrado venados destrozados cerca del arroyo. Nosotros lo tomamos como una advertencia normal. Pensamos en un puma o en un oso flaco, bajando por comida, nada más. Llegamos con luz suficiente para montar todo sin apuro. El área del campamento tenÃa una mesa, un aro de piedra para la fogata y espacio para estacionar la camioneta a un lado del claro. Armamos la tienda, acomodamos las mochilas adentro y juntamos leña. Mariana puso orden en la comida, Esteban y yo nos movimos por la orilla del claro para traer ramas secas y Fabián dejó el rifle a la mano cerca de la mesa. Durante un rato todo fue normal, hablábamos de cualquier cosa, nos pasábamos cosas de una mano a otra, revisábamos que no faltara nada y se oÃan los sonidos de siempre. ramas movidas por el aire, insectos y pájaros a lo lejos.
2:01 Yo recuerdo eso con claridad, porque el cambio se notó de inmediato. Primero bajó el ruido y luego quedó un silencio extraño, no completo, pero lo bastante marcado para que se sintiera. Yo estaba cerca de una zanja, recogiendo ramas cuando me di cuenta Dejé de oÃr insectos, dejé de oÃr pájaros y dejé de oÃr ese movimiento pequeño que siempre hay alrededor de un campamento cuando cae la tarde. Volvà al centro del claro y se los dije. Fabián soltó una risa corta y respondió que yo ya me estaba sugestionando. Mariana dijo que también lo habÃa notado. Esteban agregó que habÃa un olor raro en el aire. En ese momento yo apenas lo percibÃ. Un olor sucio, mezclado, difÃcil de ubicar, pero después lo reconocà bien. No discutimos mucho, seguimos con lo nuestro y encendimos la fogata cuando empezó a oscurecer, porque el frÃo ya estaba entrando y tampoco querÃamos movernos más de lo necesario. Cenamos algo simple, nos quedamos junto al fuego y al principio tratamos de actuar normal.
3:16 mariana fue la primera en decir que escuchaba pasos del lado del arroyo no levantó la voz ni quiso asustarnos solo dijo que algo venÃa caminando entre los árboles todos nos callamos y entonces lo oÃmos eran pasos lentos pesados con separación entre uno y otro no sonaban a venado no sonaban a perro y no sonaban a una persona caminando sobre hojas fabián agarró una lámpara y dijo que iba a ver Esteban y yo le dijimos que no. Le recordamos la advertencia del guardabosques y preferimos quedarnos donde estábamos. Los pasos siguieron un poco más, luego se detuvieron. Después escuchamos dos golpes secos en un tronco, uno y luego otro, con una pausa corta entre los dos. Mariana pidió que nos metiéramos a la tienda y apagáramos el fuego. Fabián respondió que sin luz Ãbamos a quedar peor, que lo mejor era mantenernos juntos y atentos. Nadie alcanzó a decidir nada, porque en ese momento vimos dos puntos rojos entre los árboles.
4:21 Los vi a la altura de los troncos, quietos, separados de una forma, que no cuadraba con la cara de un animal común. Al principio pensé en un reflejo, pero se quedaron fijos demasiado tiempo, y en una posición demasiado alta. Nos estaban mirando. Fabián levantó la lámpara para alumbrar hacia ese lado, y en cuanto la luz desaparecieron. No se movieron hacia un lado ni hacia abajo, simplemente dejaron de verse. Nos quedamos callados. Entonces algo empezó a rodear el claro, rápido, sin entrar todavÃa. OÃamos las zancadas bordeando los árboles, largas, firmes, con un ritmo que daba la vuelta y cambiaba de lugar sin perder velocidad. Esteban me dijo que tomara el rifle.
5:10 Yo no querÃa usarlo. No sabÃa bien cuántos cartuchos tenÃa, ni cuánto iba a servirnos un arma vieja en medio de un susto, pero lo agarré para no dejarlo tirado. En ese momento vi la figura pasar detrás de un tronco, apenas un segundo, pero lo suficiente. Era muy alta, muy delgada, y sus brazos colgaban tan abajo que casi tocaban el suelo. Fabián disparó primero. No disparó porque la tuviera bien vista. disparó porque algo golpeó la hielera y la lanzó a un lado del campamento el estampido reventó el silencio y enseguida escuchamos un chillido grave, corto y seco en el mismo instante algo cayó sobre la tienda con tanta fuerza que hundió un lado completo Mariana gritó Esteban retrocedió y yo alumbré hacia ahà ahà fue cuando la vi de frente sobresalÃa por encima de la tienda aún con la espalda encorvada TenÃa el cuerpo flaco, brazos largos, piernas altas y una cabeza alargada con la boca abierta, lo suficiente para dejar los dientes a la vista todo el tiempo.
6:19 De la parte alta de la cabeza salÃan astas de reno, grandes, torcidas y desiguales. Los ojos eran rojos, hundidos y fijos. La piel se le pegaba al cuerpo y dejaba ver costillas, hombros y articulaciones. En varias partes se veÃa abierta o rota. El olor me llegó entero en ese momento. Sangre vieja, carne podrida, pelo húmedo y tierra sucia. Fabián quiso volver a disparar, pero la criatura se movió antes. Le pegó con un brazo y lo lanzó contra la mesa. La madera se partió, el rifle cayó cerca de la fogata y Fabián quedó en el suelo. Mariana corrió hacia la camioneta y Esteban fue detrás de ella. Yo me agaché, recogà el rifle y disparé casi sin pensar. Le pegué en la parte alta del torso. Vi salir sangre oscura y la vi girar hacia mÃ. Abrió más la boca y soltó un sonido grave, quebrado, con aire y rabia.
7:21 Retrocedà con el rifle levantado, aunque ya no sabÃa si quedaban cartuchos. Dio dos pasos hacia mà y luego volvió la cabeza hacia la camioneta, porque Mariana estaba peleando con la puerta y Esteban trataba de ayudarla a abrir. La criatura cruzó el claro en pocas zancadas. Fabián quedó tirado donde habÃa caÃdo, sin levantarse. Yo fui detrás con el rifle vacÃo. Metà la mano en mi chamarra para buscar más munición y no traÃa nada. Ahà sentà una mano en el hombro. Me giré de golpe, listo para soltarme, y vi al guardabosques de la caseta. Era Salazar. TraÃa una linterna, su escopeta y la radio. HabÃa llegado por el disparo. Me habló en voz baja, rápida y firme.
8:10 Me ordenó tirarme al suelo, no correr hacia los árboles y no separarme. Dijo que si esa cosa nos veÃa correr sin orden, nos iba a sacar uno por uno. Le hice caso. Desde ahà vimos como la criatura metió un brazo por la ventana de la camioneta y reventó el cristal. Mariana cayó al suelo y Esteban trató de cerrar la puerta, pero la mano de esa cosa salió con él agarrado del brazo. Lo levantó del suelo y lo sostuvo sin esfuerzo. Salazar gritó para atraerla. La cabeza giró de inmediato y, por primera vez, le vi los ojos de frente clavados en él. Salazar me dijo que arrastrara a Mariana hacia la zanja y que no me detuviera por nada. Lo hice. La saqué tirando de sus brazos mientras ella intentaba voltearse para buscar a Esteban. En ese momento, escuché el primer disparo de la escopeta La criatura se frenó y el segundo disparo la desvió y la hizo tambalearse junto al aro de piedra. Alcancé a pensar que iba a caer, pero se sostuvo. Antes de que Salazar pudiera rematarla, se movió otra vez, bajó el cuerpo y se lanzó sobre Esteban. Lo tumbó y lo arrastró hacia la orilla del claro. Esteban gritó una sola vez.
9:31 Después ya no se escuchó nada de él. yo seguÃa sosteniendo a Mariana sentÃa la tierra húmeda bajo las rodillas el olor de esa cosa seguÃa metido en el aire y la fogata ya no servÃa para nada ahà entendà con claridad lo que estaba pasando ya no era una confusión ya no era el miedo normal de estar en el bosque de noche era un ataque directo y nosotros ya Ãbamos tarde yo seguÃa sosteniendo a Mariana cuando Salazar me gritó que la moviera hacia su camioneta que estaba sobre el camino un poco más atrás del campamento. Ãl venÃa retrocediendo sin quitar la vista del bosque, con la escopeta levantada y la linterna en la otra mano. Llegó hasta nosotros, abrió la parte trasera de la camioneta de servicio y nos metió adentro. Era el espacio donde llevaba herramienta y equipo, cerrado con una cubierta dura. Nos dijo que nos agacháramos, que no habláramos y que no saliéramos hasta que él lo ordenara. Cerró casi todo, dejó una rendija y volvió al frente. Desde ahà dentro se escuchaba cada golpe con más fuerza. Oà el radio de Salazar pidiendo apoyo y dando su ubicación. Oà ramas quebrarse alrededor del campamento y algo raspando la lámina de la camioneta.
10:54 Mariana me apretaba el brazo y repetÃa el nombre de Esteban. Yo miraba por la rendija. Vi a Salazar quedarse junto a la puerta del conductor, quieto, alumbrando hacia un lado del camino. No alcanzó a moverse. Cuando la criatura cayó encima del techo, el golpe hundió la lámina y sacudió toda la camioneta. Salazar giró y disparó hacia arriba, casi pegado al vehÃculo. El fogonazo iluminó la cabeza entera. Vi las astas, la piel abierta en el cuello y los ojos rojos. La criatura resbaló por un costado, pero antes de caer metió un brazo por la ventana del conductor y agarró a Salazar del chaleco y lo jaló contra la puerta. Ãl se sostuvo con un pie, golpeó con el codo para zafarse y disparó otra vez a corta distancia.
11:44 Esta vez la criatura soltó un alarido seco y se apartó de un salto. Salazar abrió la compuerta trasera de golpe y nos ordenó salir por el lado contrario. Dijo que corriéramos por el camino, hasta una curva donde habÃa un poste reflector. Mariana no querÃa moverse. SeguÃa diciendo el nombre de Esteban y trataba de mirar hacia el campamento. Yo la saqué casi cargando, porque tenÃa las piernas flojas y cortes de vidrio en la cara y en una mano. Salazar cerró otra vez la compuerta para hacer ruido del otro lado y atraer a la criatura. Ese gesto nos dio unos segundos. Corrimos por el camino de tierra. Mariana tropezó más de una vez y yo la levanté cada vez.
12:30 Detrás de nosotros se oÃan golpes contra la carrocerÃa y un raspado largo sobre el metal. Llegamos a la curva y ahà Mariana ya no pudo seguir. La senté junto al talud. Traté de usar mi teléfono, pero no encontré señal. Y poco después apareció otra camioneta del parque. VenÃa rápido desde la dirección de la caseta. Se bajaron dos guardabosques y uno traÃa un arma larga y una linterna. El otro venÃa con botiquÃn y radio. Les dije que Salazar seguÃa en el campamento y que Esteban seguÃa allá también. El del arma salió corriendo sin preguntarme nada más. El otro se agachó junto a Mariana. Le revisó la cara, la pierna y la mano. Luego me preguntó cuántos habÃamos entrado al área al principio. Le dije que cuatro. Por su cara entendà que ya no esperaba sacar vivos a todos.
13:27 Desde la curva escuchamos más disparos. Primero sonaron muy seguidos. Luego hubo una pausa corta y sonaron otros dos. Y después vino un silencio completo. Yo quise volver, di un paso y sentà que el brazo izquierdo me fallaba. Entonces me di cuenta de la herida. TenÃa el hombro abierto y la manga empapada. No la habÃa sentido por el miedo y por la carrera. Solo recordé un tirón fuerte cerca del campamento cuando jalaba a Mariana hacia la zanja. El guardabosques me sentó en el suelo, me cortó la tela con una navaja, me puso una venda apretada y me ordenó no mover el brazo. No volvimos al campamento enseguida.
14:11 Llegaron más unidades del parque, más luces y más radios encendidos. Los guardabosques se repartieron posiciones y avanzaron por grupos. A nosotros nos dejaron en la curva, con una manta encima y una linterna a un lado. Mariana temblaba y a ratos me preguntaba si Esteban habÃa salido por otro lado. Yo solo le dije que se quedara sentada y que no intentara ponerse de pie. Cuando por fin nos llevaron de vuelta al campamento, ya habÃa varias luces alumbrando el claro. El lugar estaba destruido. La tienda estaba abierta de arriba abajo y la mesa seguÃa partida. La fogata estaba deshecha y la leña habÃa quedado regada. HabÃa sangre en varios puntos junto al aro de piedra, sobre un costado de la camioneta de Salazar y cerca de la mesa donde habÃa caÃdo Fabián. A Fabián lo encontraron ahà mismo, muerto.
15:09 A Esteban lo hallaron más adentro, entre dos árboles, sin vida. Yo no me acerqué, pero alcancé a ver la posición del cuerpo y supe de inmediato que ya no habÃa nada que hacer. A Salazar no lo encontraron en ese primer momento. Hallaron su radio tirado cerca del camino, la escopeta vacÃa y parte del chaleco rasgado. También habÃa sangre en el suelo y marcas profundas que seguÃan hacia el borde del bosque. Eso fue todo lo que vieron esa noche. Nos apartaron del claro y nos llevaron a las ambulancias. A Mariana la subieron primero. A mà me sentaron en otra camilla, mientras me revisaban el hombro y me hacÃan preguntas cortas. De Salazar supimos al amanecer. Lo encontraron a cierta distancia del camino, detrás de un tronco caÃdo. Los otros guardabosques dijeron que habÃa peleado hasta quedarse sin munición.
16:06 Lo dedujeron por los casquillos, por las marcas en el suelo y por el rastro de sangre que salÃa del campamento y se internaba en la parte cerrada del bosque. La criatura ya no estaba y lo único que quedó fueron huellas largas, profundas, sangre oscura en varios tramos y daños en troncos. El rastro se perdió en una zona de piedra y ya no pudieron seguirlo. Cerraron ese sector de la reserva esa misma mañana y nos tomaron declaración por separado. Yo conté lo mismo que sigo contando ahora. Dije que nos atacó un ser muy alto, muy delgado, con brazos largos, ojos rojos y astas de reno. Dije que entró al claro después de rodearlo y que soportó varios disparos. A nosotros nos llevaron al hospital. Mariana tenÃa cortes por el vidrio, golpes en la pierna y un estado de shock fuerte. Yo tenÃa el hombro abierto, pérdida de sangre y el brazo casi inmóvil. Salà varios dÃas después, pero Mariana tardó más. Desde esa noche no he vuelto a entrar en un bosque de noche. Tampoco discuto el nombre de lo que vi. Hay gente que le dice Wendigo.
17:18 Yo no sé si ese sea el nombre correcto. Lo que sà sé es lo que vi a pocos metros, lo que oà durante esa noche y lo que quedó en el suelo cuando todo terminó. También sé que yo salà vivo porque Salazar decidió quedarse entre esa cosa y nosotros. Dos de mis amigos murieron en el campamento y el guardabosques también. La zona fue cerrada, hubo búsqueda y se levantaron reportes, pero esa cosa no volvió a aparecer frente a nosotros.
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