El Escuadrón Secreto De La Sedena Que Cazaba Nahuales - Historias De Terror - REDE
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0:05 Recuerdo el expediente porque no pasó por ningún sistema. Me lo entregaron en una oficina militar, sin registro de entrada ni firma. El mando no dio su nombre, cerró la puerta, puso una carpeta sobre la mesa y aclaró que esa conversación no iba a existir fuera de ese cuarto. Después preguntó si aceptaba operar bajo órdenes especiales. Yo venÃa de fuerzas especiales. Lo que les interesaba no era mi hoja de combate, sino un parte cerrado en la sierra de Puebla, donde mi equipo encontró dos muertos, un soldado herido y rastros registrados como ataque de fauna. El informe quedó limpio, pero los que estuvimos ahà sabÃamos que ningún animal identificado en la zona explicaba esas heridas. Yo no hablé fuera del canal interno, tampoco perdà el control durante la extracción.
0:57 La unidad se llamaba Sección de Control Anómalo. Entre operadores circulaba el nombre de Escuadrón Criptozoológico, pero nadie lo escribÃa. La formaban pocos elementos, casi todos reclutados después de incidentes sin explicación suficiente. En la Huasteca éramos cuatro. El Capitán Arroyo iba al mando. Vargas llevaba el arma de apoyo. Medrano era sanidad de combate y yo iba como operador de entrada. No usamos insignias visibles. Llevábamos visor térmico y munición tratada con plata. Arroyo fue claro antes de salir.
1:37 Si un objetivo seguÃa avanzando, la cabeza y la pelvis eran prioridad. La orden era entrar a un pueblo, donde una patrulla de cinco soldados habÃa perdido comunicación. HabÃan acudido por una denuncia de secuestro. robo de ganado y hombres armados el último reporte mencionó civiles encerrados en la escuela gritos dentro de varias casas y animales sueltos en la calle después se cortó la transmisión el mando pidió rescate y control de la escena entramos de madrugada por un camino de tierra el helicóptero nos dejó lejos y seguimos a pie sin luces la radio recibÃa cortes de voz respiraciones y golpes Arroyo intentó enlazar con la patrulla. Una voz respondió con un indicativo correcto, pero usó una clave vieja y el capitán cortó de inmediato. Con eso, supimos que alguien tenÃa una radio y trataba de atraernos. Antes de llegar, encontramos una camioneta de la patrulla. HabÃa sangre en el asiento trasero, cargadores vacÃos y marcas profundas en una puerta. Medrano revisó las marcas y habló sin levantar la voz. Eran mordidas. Vargas barrió los árboles con el visor térmico y detectó una señal pegada al monte. La señal se movió rápido y salió del alcance. Arroyo no autorizó disparar, pues todavÃa no sabÃamos cuántos civiles seguÃan vivos.
3:06 El primer sobreviviente estaba en una casa cerca de la entrada. Era un soldado joven con una mordida en la pierna y el fusil vacÃo. Medrano lo vendó y lo mantuvo consciente. El soldado informó que la patrulla llegó cuando la gente del pueblo estaba reunida en la iglesia. Al frente habÃa tres personas mayores, dos mujeres y un hombre, dando órdenes. Luego abrieron varias casas y soltaron a los transformados. Algunos iban en cuatro patas, otros se levantaban y corrÃan sobre dos. Varios llevaban ropa rota. Hago una pequeña pausa para entrar en contexto sobre qué era un transformado para nosotros. aunque decidimos usar ese nombre. Un transformado era una persona alterada por los brujos mediante brujerÃa, encierro, fiebre, mordidas y una mezcla preparada con plantas, sangre y restos de otros afectados.
4:03 No todos sobrevivÃan. Los que resistÃan perdÃan control, ganaban fuerza y obedecÃan voces, golpes o señales. Por eso los usaban como armas vivas contra soldados y civiles. Para la gente del pueblo eran Nahuales, aunque no todos habÃan completado la transformación. Algunos todavÃa conservaban rasgos humanos, entendÃan órdenes simples y reaccionaban a nombres o sonidos. Arroyo preguntó por los demás soldados. El herido respondió que dos habÃan muerto. Uno fue llevado a la iglesia y otro seguÃa en la escuela con civiles. También explicó que los brujos empujaban a la gente hacia el centro del pueblo, usando a los transformados. Si alguien corrÃa, lo atacaban. Si obedecÃa, lo encerraban. Medrano quiso evacuarlo, pero Arroyo decidió dejarlo oculto hasta confirmar a los otros. El soldado entendió la orden y pidió una sola cosa. Si empezaba a cambiar, no querÃa quedar amarrado con los civiles.
5:08 Medrano no contestó. Le dio analgésico, le dejó agua, una pistola y una cámara encendida. Salimos sabiendo que la decisión podÃa costarle la vida, pero moverlo podÃa costarle la vida a todos. Entramos al pueblo por la calle principal. No vimos gente afuera, pero el visor térmico marcaba cuerpos dentro de las casas. En la escuela habÃa varias señales juntas, en la iglesia también, aunque ahà las figuras permanecÃan agrupadas. Arroyo decidió ir primero a la escuela. Si habÃa civiles vivos, habÃa que sacarlos antes de enfrentar a los responsables. Vargas cubrió una esquina. Medrano y yo llegamos a la puerta.
5:50 Estaba cerrada desde afuera. Dentro se oÃan golpes y una mujer pidiendo ayuda. Arroyo autorizó abrir. Quité el cierre y algo golpeó desde adentro. No salió una mujer. Salió un soldado de la patrulla, con fiebre, manos ensangrentadas y espuma en la boca. Intentó hablar pero solo produjo sonidos cortos Medrano disparó dos veces al pecho El soldado cayó, se levantó y avanzó otra vez Vargas lo detuvo con un tiro en la cabeza En el salón habÃa dos mujeres, tres niños y un soldado herido Todos estaban contra la pared Una de las mujeres explicó que llevaban horas encerrados con el soldado muerto Lo habÃan mordido y obligado a beber una mezcla dentro de la iglesia Después empezó la fiebre y los ataques. También dijo que los brujos no convertÃan a todos, escogÃan a los fuertes. A los demás los usaban para alimentar a los transformados o para mantener sometido al pueblo. Escuchamos rasguños sobre el techo. Vargas levantó el visor y habÃa dos señales arriba. Arroyo ordenó mover a los civiles hacia la parte trasera. Antes de cruzar el patio, una figura cayó desde el techo y bloqueó la salida. Era uno de los transformados, con cuerpo humano, restos de uniforme y una placa militar en el cuello.
7:16 Reconocimos el nombre. Era uno de los soldados desaparecidos. Se lanzó contra Vargas y Vargas disparó al torso. Arroyo le tiró a la pierna y yo al hombro. El objetivo siguió encima. Vargas cayó de lado y el transformado buscó su cuello. Arroyo se acercó, puso el cañón bajo la mandÃbula y disparó. El cuerpo dejó de moverse. Vargas se levantó con sangre en la cara y podÃa seguir. Arroyo revisó la placa y confirmó la identidad. Ahà entendimos que la patrulla no solo habÃa caÃdo en una emboscada, la habÃan capturado, probado y usado contra nosotros. En la escuela reunimos a los civiles contra la pared del fondo. Medrano revisó al soldado que seguÃa vivo. TenÃa una mordida en el hombro, fiebre y temblor en las manos. pero respondÃa su nombre y reconocÃa su unidad. El otro soldado, el que acabábamos de abatir, habÃa estado igual unas horas antes.
8:18 Arroyo le preguntó si podÃa caminar, y el soldado respondió que sÃ, aunque pidió no ir junto a los niños. SentÃa presión en la mandÃbula y ganas de morderse la lengua. Medrano le aplicó sedante ligero y le ató las manos con cinchos, para ganar segundos si perdÃa el control. El soldado aceptó y mantuvo la cabeza baja. La mujer que nos habÃa pedido ayuda nos dio datos útiles. Los tres brujos llegaron semanas atrás, primero con hombres armados, después con gente del pueblo obligada a ayudar. Usaban encierro, hambre y castigos. A algunos les daban una mezcla preparada en la iglesia, a otros los mordÃan después. Los que soportaban la fiebre quedaban encerrados en casas separadas y por la noche los sacaban a vigilar. Arroyo pidió rutas y lugares. La mujer señaló la iglesia, ahà preparaban la mezcla. Señaló una casa cercana, ahà guardaban a los transformados que todavÃa obedecÃan. También indicó una salida detrás de la escuela, cerca del campanario. Si alguien nos veÃa desde arriba, iban a soltar a los demás antes de que alcanzáramos el camino viejo. El capitán ordenó movernos por partes. Vargas cubrirÃa la calle. Medrano sacarÃa a los civiles al patio trasero. Y yo volverÃa con arroyo por el soldado que dejamos en la primera casa.
9:45 La iglesia quedaba pendiente, salvo que intentaran cerrarnos el paso. Encontramos al soldado en la puerta de la casa. Se habÃa arrastrado desde el cuarto donde lo dejamos. TenÃa la pistola en la mano y la cámara rota a un lado. Reconoció a Arroyo y explicó que alguien le habló desde la calle con la voz de su madre. SabÃa que no era ella, pero quiso salir. También escuchaba un golpe repetido desde la iglesia y cada golpe le subÃa el ardor de la mordida. Arroyo le pidió que soltara la pistola. El soldado obedeció y después le preguntó si podÃa mantener la cabeza clara hasta la escuela. Contestó que por momentos sÃ, por momentos no. y avisó que, si lo subÃamos con los niños, iba a atacarlos. Arroyo le explicó que lo moverÃamos aparte, y entre los dos lo cargamos. A mitad del regreso sonaron tres golpes desde la iglesia. El cuerpo del soldado se tensó, cerró los dedos sobre mi chaleco, giró la cabeza y trató de morderme la cara. Lo solté, caà de espalda y empujé con la bota para alejarlo.
10:56 Arroyo le disparó en la pierna. El soldado se arrastró hacia el capitán con la mandÃbula abierta. Arroyo esperó la lÃnea limpia y le disparó a la cabeza. La cámara de mi casco registró la acción. Arroyo revisó mi cuello, mis manos y mi chaleco, pero no habÃa mordida. No habló del disparo ni del soldado. Me ordenó levantarme y regresar a la escuela. Cuando llegamos, Vargas contenÃa la calle. Dos transformados avanzaban desde una casa. Esperaban los golpes de la iglesia y se movÃan después. Vargas derribó a uno con munición de plata, pero el cuerpo siguió arrastrándose. Al segundo le disparó cuando cruzó la puerta lateral y el tiro entró en la cabeza. Medrano ya tenÃa a los civiles en el patio. El soldado mordido seguÃa consciente, con más fiebre. Pidió que no le quitaran los hinchos. La mujer apartaba a los niños cada vez que tosÃa. Medrano dijo que no podÃa sedarlo más sin apagarle la respiración.
12:01 Arroyo respondió que lo moviéramos al final del grupo. La salida detrás de la escuela pasaba cerca de la iglesia y desde ahà escuchamos voces. Un hombre daba órdenes para soltar a los transformados. Una mujer repetÃa nombres y otra voz marcaba los golpes con un objeto duro. No eran rezos, eran instrucciones de control. Arroyo decidió neutralizar a los tres antes de salir. Vargas se opuso, pues tenÃamos civiles, un herido inestable y cuatro operadores para cubrir demasiados ángulos. Arroyo sostuvo la orden. Si cruzábamos sin cortar el mando, nos iban a seguir hasta la brecha, y la discusión terminó ahÃ.
12:44 Medrano se quedó con los civiles. Vargas cubrió desde una esquina. Arroyo y yo cruzamos hacia la iglesia. La mujer de la escuela tomó al capitán del brazo antes de que saliera y le informó que el hombre era su hermano. Pidió que no lo dejáramos mandar a nadie más, pero Arroyo no prometió nada. Entramos por un costado. Dentro habÃa radios militares, sangre en el piso y equipo de la patrulla sobre una mesa. Los tres responsables estaban cerca del altar, dos mujeres y un hombre. El hombre tenÃa una radio. Una mujer sostenÃa un recipiente y la otra estaba junto a un soldado arrodillado con las manos atadas y la cabeza baja. Arroyo ordenó que soltaran todo y se tiraran al piso. El hombre levantó la radio y afirmó que ya habÃa cuerpos fuera del pueblo, pero Arroyo repitió la orden.
13:40 La mujer del recipiente empezó a hablar fuerte y de un cuarto lateral salió un transformado completo que obedecÃa su voz. Arroyo disparó contra la mujer y yo disparé al objetivo. Ella cayó, pero el transformado siguió adelante. Me golpeó en el pecho y caà contra una banca, y la placa aguantó. Arroyo disparó varias veces y el objetivo giró hacia él. Vargas entró sin esperar orden y abrió fuego. Yo le disparé a una pierna. Arroyo le metió dos tiros a la cabeza y Vargas remató cuando el cuerpo cayó. El hombre intentó correr, pero Arroyo lo alcanzó y lo derribó.
14:21 La segunda mujer cortó la garganta del soldado arrodillado antes de que pudiéramos llegar. Vargas le disparó y la abatió. El soldado murió sin poder decir su nombre. Atamos al hombre herido. Arroyo le preguntó cuántos transformados quedaban. Respondió que suficientes para cerrar el camino. Y añadió que algunos ya cazaban sin recibir órdenes. Desde ese momento buscamos abrir una salida. Recuerdo que sacamos al hombre capturado. Vargas pidió abatirlo ahà mismo, pero Arroyo mantuvo la orden de moverlo vivo. Necesitábamos información sobre la mezcla, los mordidos y lo que quedaba dentro del pueblo. Vargas respondió que el mando pedirÃa un detenido desde una mesa, pero nosotros tendrÃamos que cargarlo entre niños y heridos. Arroyo no discutió más. Empujó al prisionero hacia la salida y ordenó regresar al patio. Medrano tenÃa a los civiles detrás de la escuela. Los niños estaban agotados, las mujeres caminaban con dificultad y el soldado mordido respiraba rápido, con las manos sujetas por cinchos. TenÃa fiebre alta y la mandÃbula apretada. Medrano le revisó el pulso y dijo que el sedante ya no alcanzaba. El soldado pidió que no lo dejáramos cambiar. lo dijo mirando a Arroyo sin levantar la voz. Arroyo miró la ruta hacia el camino viejo y pidió otra dosis. Medrano le avisó que podÃa
15:52 detenerle la respiración. Arroyo respondió que lo necesitábamos quieto durante la salida, asà que Medrano aplicó la inyección. El soldado resistió unos segundos, después aflojó el cuerpo y quedó inconsciente, y yo lo tomé por los hombros. La salida comenzó con otro golpe desde la iglesia, Fueron tres golpes, separados y fuertes. El prisionero levantó la cabeza. Vargas lo derribó con la culata antes de que hablara. En ese momento salieron dos transformados detrás de la escuela. Uno corrió hacia los civiles, pero Vargas disparó y lo frenó. El otro rodeó por la izquierda y cayó sobre él. Vargas perdió el arma de apoyo, metió el brazo entre su cuello y la mordida. Mientras yo disparaba al torso del transformado y Arroyo buscaba las piernas. Medrano gritó a los civiles que siguieran avanzando. Vargas sacó su pistola y disparó tres veces contra el cuerpo que lo aplastaba, pero el transformado no lo soltó. Arroyo llegó por detrás, puso el cañón contra la cabeza y disparó dos veces Vargas quedó en el suelo, con una mordida abierta en el cuello y otra en el hombro Medrano presionó la herida, revisó la respiración y negó con la cabeza Vargas seguÃa consciente, movió la mano hacia su pistola, pero no pudo cerrar los dedos Arroyo se arrodilló junto a él, le quitó el arma y le dijo que Ãbamos a sacar a los
17:23 civiles Vargas parpadeó una vez, pero no pudo hablar.« Lo dejamos ahÃ, porque cargarlo habrÃa detenido a todos». Avanzamos hacia el camino viejo. Medrano cargaba al niño más pequeño, yo arrastraba al soldado sedado. Arroyo llevaba al prisionero delante, y las mujeres guiaban a los otros niños. Cada sonido en las casas nos obligaba a apuntar, pero no todos los sonidos eran ataques. En algunas ventanas habÃa habitantes escondidos, en otras se oÃan golpes contra puertas cerradas, pero nadie salió a pedir ayuda. A mitad del camino el prisionero frenó los pies y dijo que no iba a salir del pueblo.
18:07 Arroyo le ordenó avanzar, pero el hombre respondió que otros seguirÃan el rastro si los sacábamos y agregó que ya habÃa mordidos fuera, en comunidades cercanas. No pudimos comprobarlo. Estaba ganando tiempo. Arroyo lo empujó con el fusil. El prisionero cayó de rodillas y empezó a gritar nombres. Uno de los niños se cubrió los oÃdos y el soldado sedado se tensó entre mis brazos. Medrano dijo que la dosis estaba fallando. Solté al soldado y retrocedÃ. Abrió los ojos, tiró de los hinchos y giró la cabeza hacia el niño que Medrano cargaba. Arroyo disparó primero al soldado sedado.
18:51 después le disparó al prisionero, los dos cayeron en el camino, Medrano se quedó quieto con el niño en brazos, luego siguió caminando, nadie preguntó nada, la ruta seguÃa abierta y los civiles todavÃa podÃan moverse, llegamos al punto de extracción cuando empezaba a aclarar, no entró el helicóptero, llegaron dos vehÃculos militares sin marcas y una ambulancia, los hombres que bajaron pidieron vivos, Muertos, mordidas visibles y material recuperado. Arroyo entregó las cámaras, los radios tomados en la iglesia y una muestra de la mezcla. También informó la muerte de Vargas, la baja del soldado infectado y la baja del detenido durante el traslado. A los civiles los separaron de inmediato.
19:40 A Medrano y a mà nos revisaron mordidas, temperatura, ojos y manos. A Arroyo lo llevaron aparte. Después nos quitaron uniformes, cargadores y registros personales. El mando explicó la versión oficial, enfrentamiento con grupo criminal y rescate parcial de civiles. Vargas quedarÃa registrado como caÃdo en cumplimiento del deber. La patrulla original serÃa entregada a sus familias cuando hubiera causas médicas aceptables. Después cerraron la escuela, aseguraron la iglesia y demolieron parte del sitio. Al pueblo le pusieron vigilancia durante unos dÃas y a la gente le ordenaron no hablar. Medrano pidió salir de la sección, pero no se lo autorizaron. Dijo que habÃa entrado para salvar gente, no para decidir a quién se podÃa mover y a quién habÃa que dejar.
20:35 Arroyo siguió al mando, pero desde esa misión revisó dos veces cualquier orden de rescate rural. Yo también cambié mi forma de leer los partes. Cuando un documento usa palabras como fauna o grupo no identificado, busco que hecho quedó cerrado sin explicación. El expediente final habló de operadores rituales, sustancias de origen vegetal y animal, transformación parcial en personas retenidas, obediencia inducida por voz y sonido, y riesgo de transmisión por mordida en sujetos debilitados. No usó la palabra magia. y la palabra Nahual apareció solo en una nota escrita a mano. De cuatro operadores, volvimos tres. De la patrulla original, solo uno salió con vida y tardó semanas en declarar.
21:26 De los civiles, sobrevivieron cinco. No vi el número real de habitantes que quedaron dentro. Tampoco vi un conteo completo de cuerpos. La operación sacó a algunos vivos, recuperó equipo militar y destruyó parte de la escena. Vargas quedó en el patio de la escuela. Un soldado sedado recibió un disparo, porque ya no era seguro moverlo, y un detenido murió, porque su voz podÃa atraer a lo que seguÃa cerca. Eso fue lo que ocurrió en la Huasteca, aunque el mando eligió otro nombre para escribirlo. Dejo esta historia como recuerdo de lo que vivà en la base de operaciones mixtas que instalaron en un pueblo de la sierra entre Guerrero y Oaxaca. El nombre real quedó fuera del expediente y también lo dejo fuera aquÃ, porque todavÃa hay familias en esa zona y porque algunos que hablaron con nosotros desaparecieron después. En el informe oficial escribieron ataque de civiles armados, hostigamiento y fallas de comunicación. Esa versión cerró el trámite, pero dejó fuera los hechos que marcaron nuestra primera noche en la escuela. HabÃa más personal asignado a la operación, repartido en caminos, vigilancia exterior y enlace, pero en el punto que recibió el primer golpe quedamos cuatro. El sargento Lezama,
22:59 el cabo Ortega, el soldado Rueda y yo. La escuela nos servÃa de base temporal. TenÃa patio, aulas, baños⦠una entrada principal y espacio para guardar equipo. Llegamos con una camioneta, un radio, armas largas, munición medida, agua y vÃveres para pocos dÃas. El lugar servÃa para controlar el paso por el pueblo, aunque no ofrecÃa defensa para resistir un sitio. La orden era permanecer ahà mientras se revisaban caminos y casas señaladas por armas y vehÃculos robados. La zona ya tenÃa emboscadas registradas. desapariciones y movimiento de gente armada durante la noche. También circulaban reportes de animales grandes, cruzando veredas en dos patas, y de familias que trabajaban con pieles, nombres escritos y entierros cerca de las casas. Los mandos escuchaban eso y los sacaban de la conversación, pues nadie querÃa poner la palabra Nahual en un parte militar. Recuerdo bien a Lezama, venÃa de fuerzas especiales, Hablaba poco, revisaba todo y nunca levantaba la voz sin necesidad. Ortega era práctico.
24:12 Antes de dormir, revisaba cargadores, agua, lámparas y salida. Rueda era joven, obediente, con ganas de cumplir la comisión sin quedar mal frente al sargento. Yo llevaba años en servicio y conocÃa las señales de un pueblo cerrado. Puertas que se cierran al paso de una patrulla, voces que bajan al ver uniformes, Miradas hacia la calle antes de contestar una pregunta. Eso encontramos desde el primer dÃa. La primera noche apareció una gallina sin cabeza cerca de la entrada. Estaba puesta a la vista, justo donde salÃamos al relevo, y la sangre seguÃa fresca. El sentinela no habÃa escuchado pasos.
24:55 Lezama ordenó tomar fotos, levantar el animal con una pala y registrar el hallazgo. Después revisó la entrada, el patio y la calle. pero no encontró huellas claras y dejó una instrucción sencilla. Nadie salÃa solo, nadie perseguÃa ruidos y nadie disparaba sin blanco. Al dÃa siguiente, encontramos dos perros muertos en el camino al manantial. También estaban decapitados, con las cabezas orientadas hacia la escuela. Ese camino lo habÃamos usado una sola vez. Por eso, Ortega dijo que alguien estaba viendo nuestros movimientos. Rueda se quedó mirando el monte mientras regresábamos. Más tarde me contó que habÃa escuchado un silbido entre los árboles, primero lejos, luego más cerca. No lo tomé por cobarde ni por nervioso. Lo vi pálido, con la mandÃbula apretada, y supe que habÃa escuchado algo real.
25:52 La segunda noche lo escuchamos todos. Era un silbido corto, repetido, siempre desde un punto distinto. VenÃa del monte, luego de la calle. luego de atrás de las aulas. Cuando alumbrábamos, se cortaba. Cuando bajábamos la luz, volvÃa. Lezama mandó apagar una lámpara y dejar otra fija en la entrada, para no mostrar todos nuestros puntos. Nadie contestó. Nadie salió. Durante un rato solo se oyó ese silbido y la respiración de los que estábamos en guardia. A la mañana siguiente llegó Aurelia con comida. Se quedó en la entrada sin cruzar al patio, y pidió hablar con Lezama. TraÃa tortillas, frijol, café y una bolsa de sal de grano. Habló sin rodeos.
26:40 No pasarán otra noche sin poner sal en las entradas. Lezama preguntó quién nos vigilaba. Aurelia respondió que habÃa familias metidas en eso. Familias que usaban animales, pieles y nombres escritos. Ortega le pidió nombres. Ella miró hacia la calle y dijo que no iba a afirmar su muerte. Dejó la sal y pidió ponerla en puertas, ventanas y alrededor del lugar donde durmiéramos. Rueda dijo en voz baja que se estaban burlando de nosotros. Lezama lo escuchó y no lo corrigió con enojo. Ordenó guardar la sal junto al puesto, con diésel, trapos, cal, cerillos y herramientas. Dijo que en una zona hostil se usaba todo lo que diera ventaja, y esa orden nos quitó la vergüenza de tocar la sal.
27:29 Nadie habló de fe ni de superstición. Solo la dejamos lista. Esa tarde cayeron piedras dentro del patio. Una pegó en la camioneta, otra rompió una lámpara y otra cayó cerca de rueda. Revisamos la entrada, la calle y el techo, pero no vimos personas. Después encontramos tierra removida junto al portón. Ortega abrió el hueco con una pala y sacó plumas, restos de vela y un pedazo de tela con nombres escritos. Lezama mandó quemarlo todo en un bote sin tocarlo con las manos. Mientras ardÃa, el silbido volvió desde el monte. La noche del asedio comenzó con un silencio largo, sin perros, sin radios vecinos y sin voces en las casas. Recuerdo a Ortega revisando su arma junto a la entrada, a ruedas sentado cerca de las aulas. con una venda en la mano y a Lesama parado en el patio, viendo los puntos por donde podÃan entrar. Yo estaba cerca del radio, intentando mantener la señal con el enlace exterior. El primer golpe llegó contra la entrada principal. La madera crujió y el seguro se dobló. Lesama ordenó cerrar el centro de la escuela y dejar una sola ruta para movernos entre el patio y las aulas. Ortega tomó posición. Rueda cubrió el costado y yo pasé cargadores hacia el interior. El segundo golpe abrió una franja en la entrada y al
28:59 mismo tiempo volvieron los silbidos, ya no desde un solo punto, sino alrededor de toda la escuela. Entonces Lezama ordenó no salir, no responder voces y preparar la sal. Esa noche venÃan por nosotros. La entrada terminó de abrirse con el tercer golpe y y lo primero que pasó por la franja no fue una persona armada. Fueron dos cuerpos bajos, rápidos, con las manos pegadas al piso, y detrás de ellos entró una figura más alta, encorvada, con cabeza de animal y manos humanas. La vimos con las lámparas encendidas desde pocos metros, sin tiempo para discutir lo que era. Lezama levantó el arma, Ortega cubrió la entrada. Rueda apuntó desde el costado y yo disparé al cuerpo que venÃa por la derecha. Las balas pegaron. Hubo sangre en el piso, astillas en la madera y un golpe fuerte contra la pared.
29:58 Una de las criaturas cayó de lado, se torció, pero volvió a levantarse y siguió avanzando. Ortega le disparó al pecho, después al cuello y aún asà la tuvo encima. Rueda vació media carga en segundos y Lezama le ordenó controlar el fuego, porque no sabÃamos cuántos venÃan, y la munición ya estaba medida desde antes de la noche. La primera criatura alcanzó a Ortega y lo tiró contra el suelo, le mordió el chaleco y le buscó la cara. Ortega metió el antebrazo para cubrirse, empujó con las rodillas y trató de girar el cuerpo para sacar el arma. Lezama se acercó y disparó casi encima de los dos, pero el animal no lo soltó. Yo tenÃa la bolsa de sal junto al puesto, la abrà con las manos y la lancé sobre el piso. Una parte cayó en la cara de la criatura y otra sobre el pecho de Ortega.
30:52 El animal lo soltó de inmediato, se raspó el hocico contra el suelo, golpeó la pared y retrocedió hacia la entrada. Lezama vio el efecto y cambió la defensa sin perder tiempo. Ordenó tirar sal en la entrada, frente a las aulas y alrededor del punto donde Ãbamos a mover a cualquier herido. No habló de creencias ni de rituales, dio una orden útil, corta, con la misma voz que usaba para movernos en una revisión. Lo que detenÃa al enemigo se usaba, lo que no servÃa quedaba fuera. Esa fue la primera regla nueva de la noche. El ataque siguió desde afuera. Cayeron piedras dentro del patio, una pegó en el casco de rueda y lo dejó sentado unos segundos. Otra entró por una ventana y rompió parte del radio. Perdimos la comunicación clara. TodavÃa alcanzábamos a mandar mensajes cortos, pero no podÃamos explicar lo que estaba pasando, sin que sonara a desorden o a pánico.
31:54 Lezama reportó ataque al punto, entrada dañada y personal lesionado. La respuesta llegó incompleta, con ruido y cortes. Solo entendimos que el camino estaba cerrado, y que el apoyo intentarÃa entrar cuando pudiera. Después empezaron las voces. Una llamó a Rueda por su nombre y mencionó a su madre. La voz venÃa de afuera, cerca de la entrada dañada. Rueda se quedó quieto, con el arma apretada, y durante unos segundos dejó de mirar su sector. Lezama lo tomó del chaleco y lo puso frente a él. Le ordenó no contestar, no moverse hacia la puerta y no obedecer ninguna voz que viniera de fuera. Rueda respiró hondo, asintió y volvió a su posición, aunque le temblaban las manos. El siguiente intento llegó por los baños. Primero escuchamos lámina doblándose, luego un golpe seco contra el piso. Ortega y yo nos movimos hacia allá, cada uno por un lado, con las lámparas bajas. Algo habÃa caÃdo adentro y trataba de pasar al patio. Ortega alumbró primero, y vimos un cuerpo atorado en el espacio estrecho, con un costal amarrado al cuello.
33:07 El costal arrastraba velas, plumas, tela y pedazos de hueso. Cuando el cuerpo tocó la lÃnea de sal, se detuvo y empezó a golpear el piso con las manos. Lezama ordenó fuego sobre el costal. No apuntamos al cuerpo, apuntamos a lo que traÃa colgado. Mojé un trapo con diésel. Ortega lo encendió y lo lanzó. El costal prendió rápido y la criatura se revolvió contra la pared, rompió parte del marco de la ventana y salió por ahÃ, arrastrando fuego y humo. Afuera, los silbidos cambiaron por gritos. Algunas voces eran de hombre, otras de mujer, y venÃan de varios puntos alrededor de la escuela. Con eso confirmamos tres cosas.
33:52 Las balas los frenaban, pero no bastaban. La sal les cerraba ciertos pasos, siempre que estuviera seca y limpia. El fuego los hacÃa retroceder, aunque también podÃa dejarnos encerrados si prendÃamos demasiado. Lezama ordenó usar las tres cosas juntas, disparo para detener, sal para cortar el paso, y fuego para sacar de encima lo que ya estuviera dentro. Nadie discutió, porque todos habÃamos visto el mismo resultado. Aurelia también habÃa dejado cal, y con eso marcamos puertas, ventanas y el piso de las aulas. No sabÃamos si la forma de las marcas importaba, asà que hicimos lo que ella habÃa indicado, sin agregar más. Ortega reforzó la entrada dañada con una mesa.
34:40 Rueda puso sal nueva junto a las aulas, todavÃa mareado por el golpe en el casco. Yo movà agua, cargadores y vendas al cuarto interior porque el patio ya no era seguro. La parte más dura vino cuando vimos personas detrás de las criaturas. Estaban afuera. cerca de la entrada sin armas largas hacÃan señas con las manos y lanzaban polvo oscuro hacia las lÃneas de sal donde caÃa el polvo la sal se humedecÃa y dejaba abierto el paso una criatura cruzó por ese punto y fue directo hacia rueda disparó dos veces retrocedió y cayó ortega lo jaló del chaleco y yo tiré sal nueva sobre el corte abierto en el piso La criatura se frenó apenas, el tiempo justo para que Lezama le empujara una bengala encendida contra el cuerpo. El animal retrocedió, chocó con la entrada y salió arrastrándose. Rueda quedó herido en la pierna, el corte era profundo y su pantalón se llenó de sangre.
35:44 Quiso seguir en pie, pero Lezama lo mandó al cuarto interior y le dio trabajo, contar cargadores, pasar vendas y avisar si escuchaba movimiento en las ventanas. Rueda obedeció. De vez en cuando preguntaba si la voz de su madre seguÃa afuera. Lezama solo le repetÃa que escuchara a los vivos que tenÃa enfrente. El perÃmetro quedó roto antes de la mitad de la noche. TenÃamos la entrada dañada, una ventana abierta, el baño comprometido y el patio lleno de piedras, sal regada, sangre, vidrio y ceniza. Aún asà seguimos sosteniendo la escuela. Cada vez que una lÃnea se ensuciaba, ponÃamos más sal. Cada vez que caÃa un objeto con tela, plumas o nombres escritos, lo empujábamos al fuego. Y cada vez que una voz llamaba desde afuera, guardábamos silencio. Eso no terminó el ataque, solo nos dio minutos. Y esa noche, los minutos eran lo único que tenÃamos. Antes del amanecer, dejaron de empujar todos a la vez. VenÃan por partes, golpeaban la entrada. Aventaban piedras, dejaban cosas en el patio y se retiraban antes de que pudiéramos verlos completos. Cayó un animal sin cabeza, luego una camisa con nombres escritos y después un frasco que se quebró contra el piso.
37:06 Lezama ordenó empujarlo todo al fuego con una tabla, sin tocar nada con las manos. Ortega tenÃa el brazo lastimado y ya no podÃa sostener bien el fusil. Rueda seguÃa sangrando de la pierna. sentado en el cuarto interior, con cargadores y vendas sobre las rodillas. Yo tenÃa cortes en la cara por el vidrio de la ventana, y Lezama traÃa la mano izquierda, envuelta en una venda sucia, pero seguÃa de pie revisando la sal, el fuego y las ventanas. Sus órdenes fueron directas, no mirar fijo hacia el monte, no seguir voces, no levantar objetos, no responder nombres, no gastar balas sin cuerpo visible. y no pisar la sal regada, porque ya no sabÃamos qué parte servÃa. Nadie discutió. Cada orden tenÃa una razón inmediata, y cada error podÃa abrirles paso.
38:02 En un momento se acabaron los silbidos. El silencio nos dejó escuchar mejor lo que habÃa afuera. HabÃa pasos alrededor de la escuela y respiración en las ventanas. Rueda levantó el arma hacia una sombra. Pero Lezama le bajó el cañón con la mano vendada. Le dijo que no regalara tiros, que ellos querÃan cansarnos antes de entrar, y Rueda obedeció. La entrada volvió a ceder. Esta vez entró una criatura quemada de un lado, con sangre seca en el pecho y las manos contra el suelo. Detrás de ella vimos a una persona, junto a la abertura. Levantaba una mano y señalaba hacia nosotros. Cada señal cambiaba el movimiento de la criatura. Ahà entendimos que no eran animales sueltos. HabÃa mando, habÃa gente trabajando con ellos, y esa gente nos estaba usando el miedo para partir la defensa. Lezama ordenó tirar a la persona. Ortega disparó primero y falló. Yo disparé después, dos veces, y la vi caer junto a la entrada.
39:08 La criatura se detuvo, levantó la cabeza y quedó sin dirección. Lezama avanzó hasta la lÃnea de sal. Tomó un trapo encendido y lo arrojó sobre el costal que esa persona llevaba colgado. El costal prendió y desde afuera respondieron con gritos y golpes contra las paredes. La criatura chocó contra una banca, cayó en el patio y dejó de moverse. Eso nos dio unos minutos. Los golpes siguieron, más separados, más fuertes. Una parte junto a los baños se abrió y por ahà entró otra criatura. Alcanzó a Ortega antes de que pudiera girar. Le mordió el hombro y lo empujó contra el piso. Rueda, desde el cuarto, le lanzó una lata con sal. Parte cayó sobre la herida abierta del animal. Ortega se soltó y yo disparé al cuerpo.
40:00 Lezama prendió otro trapo y lo metió entre los dos. El fuego nos quemó la ropa y llenó de humo el paso. Ortega salió arrastrándose, vivo, pero ya no pudo cargar el arma. Nos replegamos al aula, pusimos una mesa contra la puerta, sal en el umbral, cal en el piso y una lata con fuego al centro. Eso fue lo último que pudimos ordenar. Afuera siguieron moviéndose, golpeaban un lado, luego otro, y una voz de mujer dijo nuestros nombres despacio, no gritaba, y hablaba cerca de la puerta. Nadie respondió. Lezama ya nos habÃa repetido que una respuesta podÃa abrir una entrada. La noche se alargó sin medida. No voy a poner una hora que no recuerdo. La contamos por cargadores, humo y sangre. Cuando algo tocaba la puerta, apuntábamos bajo y esperábamos cuerpo. Cuando un objeto caÃa adentro, lo empujábamos al fuego. Cuando la sal se ensuciaba, ponÃamos más. La bolsa quedó casi vacÃa. y cada puño empezó a valer más que una carga completa. El último ataque cayó directo sobre el aula. La puerta se abrió de golpe, aunque la mesa seguÃa atravesada, y algo entró por encima. Lezama estaba más cerca. Disparó, dejó el arma al acabarse el cargador y metió la mano herida en la lata para levantar un trapo encendido. Lo empujó contra la criatura y
41:30 la sacó de la puerta con el cuerpo. Ortega y yo jalamos la mesa para cerrar, y Rueda disparó desde el suelo. Escuchamos a Lezama afuera, peleando todavÃa, respirando fuerte, dando una sola orden que mantuviéramos la puerta cerrada. La mantuvimos cerrada, pero esa decisión me sigue pesando. Ortega quiso salir, yo también, y Rueda gritó que el sargento seguÃa vivo. Lezama volvió a ordenar desde afuera que no abriéramos. Su voz llegó clara, pero más lejos cada vez. Después hubo golpes, fuego, un arrastre sobre el piso y silencio. Cuando amaneció, esperamos antes de mover la mesa. Ortega apenas se sostenÃa. Rueda tenÃa la pierna rÃgida y la cara blanca. Yo abrà la puerta con el arma lista. El patio estaba lleno de piedras, sal mojada, ceniza, vidrio y sangre. Cerca de los baños encontramos a Lezama, TenÃa el arma vacÃa, la mano quemada y marcas de arrastre alrededor del cuerpo. Algo quiso llevárselo y no terminó el trabajo. El apoyo llegó cuando ya no habÃa ataque. Revisaron la escuela, juntaron casquillos y apartaron cosas que no nos dejaron ver. Nos sacaron antes de terminar el levantamiento. En la declaración nos pidieron quedarnos en hechos aceptables. Grupo agresor, animales usados para intimidar. Fuego, confusión,
43:04 poca visibilidad y comunicación intermitente. Firmé una versión reducida porque Ortega necesitaba traslado. Rueda no podÃa hablar sin temblar y Lezama ya no podÃa declarar. La base de operaciones mixtas se retiró ese mismo dÃa. El pueblo quedó cerrado, con puertas atrancadas y calles vacÃas. Aurelia no volvió a aparecer y su nombre no quedó en ningún reporte. Nunca supe de una operación real contra esas familias. Salimos tres de la escuela. Vivimos porque usamos sal, cal, fuego y disciplina. Pero Lezama se quedó en el patio y el informe convirtió esa noche en un ataque común para cerrar el expediente.
43:58 Nacà en la Sierra de Puebla. Mi nombre es Micaela y actualmente tengo casi 40 años. Mi padre heredó de mis abuelos un rancho no muy grande, pero con algunas hectáreas. TenÃamos algunos animales y en una parte del rancho se sembraba alfalfa y zacate para ellos. Estos siempre estuvieron a cargo de los peones. Mi padre no se hacÃa responsable de esa parte. Nuestra casa era muy antigua, estaba hecha con cantera y piedras, y era muy bonita y acogedora. Todo empezó cuando yo era niña. Tengo un hermano gemelo llamado Miguel. Desde que éramos pequeños, mis padres se separaron y mi papá se llevó a mi hermano. Ãl venÃa a la casa y se quedaba por largos periodos. Cuando estaba mi papá, ellos actuaban como una pareja normal. HabÃa una extraña relación entre mi madre y mi padre. Ellos se querÃan mucho. Y por eso yo no entendÃa por qué no podÃamos estar juntos. Ninguno de los dos habÃa buscado otra pareja. Mi hermano y yo nos querÃamos mucho.
45:02 Y cuando nos separaban, armábamos un escándalo. Nos dolÃa estar lejos uno del otro. TenÃamos como ocho años cuando mi hermano comenzó a actuar de una forma extraña. Una noche descubrà que se salÃa por la ventana. Le hablaba, pero parecÃa no escucharme. Se iba descalzo y regresaba como dos horas después. Le comenté esto a mi mamá y ella, a su vez, lo platicó con mi padre, pero él le dijo que tal vez solo estaba jugando. En una ocasión le pregunté a mi hermano por qué se iba por las noches y él simplemente me dijo que alguien le habÃa llamado por su nombre. Al principio sintió miedo, pero luego esa voz lo atrajo. Fue lo único que me dijo en ese momento. La verdad, no le creÃ.
45:48 porque yo estaba en el mismo cuarto y no escuché nada, pero tenÃa cierto temor de que siguiera saliendo, porque algo le podÃa pasar. En la sierra siempre hay animales peligrosos, y además en la casa aparecÃan serpientes, alacranes y arañas venenosas bajo las piedras. TenÃamos que cuidarnos al levantar algo, porque esos bichos se escondÃan en cualquier lugar. Decidà seguir a mi hermano, pero pasaron varios dÃas en los que no salió. Hubo ocasiones en que cuando despertaba, él ya no estaba. Una noche lo escuché decir que lo estaban llamando nuevamente. Salió por la ventana como si estuviera en trance, y yo lo seguÃ. Recuerdo que esa noche habÃa luna llena.
46:33 Caminó un buen rato hasta llegar a los lÃmites del rancho, donde habÃa demasiados árboles. Lo que separaba el rancho de las tierras vecinas era un riachuelo. Cuando mi hermano se detuvo, me escondà detrás de un árbol. Vi que habÃa un gran perro negro. Quise advertirle, pero vi que él se sentó a su lado como si lo estuviera esperando. Lo abrazaba y le hablaba. Y este comenzó a correr. Me fue imposible alcanzarlos. Regresé a casa con mucho temor ya que aún estaba oscuro. Llegué y toqué la puerta del cuarto de mis padres. Mi mamá se levantó y le conté lo que estaba pasando con mi hermano. Noté que mi padre no estaba. Mi mamá me dijo que no me preocupara, que hablarÃa con él, que tal vez yo habÃa tenido una pesadilla. Le insistà en que fuéramos a nuestro cuarto para que viera que mi hermano no estaba.
47:27 Me abrazó y me dijo que podÃa quedarme a dormir con ella. Asà lo hice. Me molestaba que no me creyera y ni siquiera se tomara la molestia de ver si su hijo estaba bien. Tardé en dormir, pero vi que mi mamá volvió a descansar con tranquilidad. Cuando desperté, mi padre estaba acostado a mi lado. Me levanté y fui a mi cuarto, donde encontré a Miguel dormido de manera profunda. A la hora del desayuno, mi madre actuaba normal, como si nada. Yo, temiendo que algo le sucediera a mi hermano, saqué el tema. Miguel solo me miró con enfado. Mi papá me abrazó y me dijo que no me preocupara, que esa propiedad era nuestra y que a la hora que quisiéramos salir, podrÃamos hacerlo sin temor a nada. Pasaron unos dÃas hasta que una mañana, al despertar, Miguel no estaba.
48:19 Fui al cuarto de mis padres para ver si estaba con ellos. Al tocar, mi mamá me abrió de mala gana. Le dije que Miguel no estaba. Mi padre se despertó alterado. Vi el temor en su cara. Fue entonces cuando mi mamá le dijo que él tenÃa la culpa de lo que estaba sucediendo y que querÃa a su hijo de vuelta. Entre todos comenzamos a buscarlo por todos lados. Los llevé al lugar donde lo habÃa visto jugar con aquel perro. Mi papá dijo que él siempre iba a jugar con Miguel allÃ, pero no habÃa ni rastro de mi hermano. Seguimos buscando por los alrededores hasta que mi padre mencionó algo que me intrigó. Dijo que tenÃan que preguntarle a Jacinto Un brujo muy poderoso, porque él podÃa decirnos dónde estaba Miguel. Fuimos a buscar a aquel brujo. Mi madre seguÃa reprochándole a mi papá. Cuando llegamos, se metieron a un cuarto y me dejaron afuera. No sé de qué hablaron, pero cuando salieron, los tres se subieron al auto. En el trayecto, escuché que decÃan que tenÃan que hacer las cosas rápido. Al llegar a la casa, mi papá ayudó al brujo a trasladarse de una orilla a otra del terreno.
49:32 En cada orilla echaba unos polvos y decÃa cosas que no comprendÃa. Luego bajaron al lugar donde corrÃa el riachuelo. Allà el brujo señaló un sitio donde habÃa huellas de los pies descalzos de Miguel y las patas de un animal. También habÃa huellas de aves. Ãl dijo que ahà habÃan estado. El brujo traÃa una especie de zonaja y empezó a agitarla. Se tiró al suelo, olió las huellas, luego se acercó a un árbol y le dio suaves golpes con la zonaja. Fue entonces cuando dijo que se lo habÃa llevado uno igual que mi padre y que tenÃan que rescatarlo porque lo querÃan para hacer algo muy malo. Mi mamá empezó a llorar preocupada por lo que le pudiera suceder a su hijo. El brujo dijo que tenÃan que juntar algunas piedras de aquel arroyo. Luego, con una especie de pala, hizo un cÃrculo alrededor de las huellas del animal que él creÃa que se habÃa llevado a mi hermano, hasta sacarlas completas. Dijo que con eso regresarÃa a Miguel. Regresamos a casa y tomando algunas prendas de Miguel, al igual que sus zapatos, el brujo prendió fuego. Amasó aquel lodo con la huella del animal, le puso unos polvos que traÃa y lo arrojó al fuego. Diciendo que iba a salir eso que se habÃa llevado a mi hermano. Se formó la figura de un cerdo. Dirigiéndose a mi papá, el brujo le preguntó si conocÃa algún cerdo. Mi papá asintió con la cabeza. Entonces, el brujo le dijo que
51:04 ya sabÃa qué hacer. Lo atraerÃa mediante unos conjuros y esa misma noche lo atraparÃa. Pero mi papá tendrÃa que preparar una trampa y ser muy astuto. Porque ese ser era muy listo. Para poder recuperar a Miguel, tendrÃan que negociar. Todo tendrÃa que hacerse esa noche, ya que no podÃan perder tiempo, según el brujo. Vi que mi papá habló con mi mamá, y luego ella se dirigió a mà diciéndome que me pusiera una bata blanca que me habÃan comprado. Yo querÃa llevarme otra ropa porque sentÃa mucho frÃo, pero mi mamá me dijo que si querÃa ir, tendrÃa que ponerme lo que ella me decÃa. Asà lo hice. Recuerdo que cuando llegamos, todo estaba en silencio. Ni el canto de los grillos se escuchaba. Ya era muy noche. El cielo se veÃa como si estuviera amaneciendo. El brujo le dijo a mi papá que se pusiera en el lugar donde habÃamos encontrado las huellas la primera vez. Luego dijo que el cerdo se estaba acercando, que nos pusiéramos listos.
52:07 Mi mamá me llevó y nos escondimos detrás de unos arbustos. estuvimos allà un rato hasta que el brujo le dijo a mi mamá que era el momento de llevarme yo me resistà pero mi mamá me jalaba y me decÃa que no me pasarÃa nada que era para salvar a mi hermano yo no querÃa tenÃa mucho miedo ella me dijo que mi padre me protegerÃa pero que necesitaban que yo fuera la carnada mi padre se puso enfrente de mà y le preguntó al animal dónde estaba miguel Aquel horrendo ser habló, pidiendo que le soltaran la pata porque estaba lastimado. El brujo pinchó la pata de la figura del cerdo que habÃa aparecido en el fuego. Le dijo que, si no querÃa perderla, tenÃa que entregar a mi hermano.
52:52 Retorciéndose del dolor que le causó el pinchazo, lanzó un espeluznante chillido y en medio de su sufrimiento dijo que sÃ, pero que me querÃa a mà por Mi madre me abrazaba mientras yo temblaba, negándome a creer que todo aquello era real. Intentaba convencerme de que estaba soñando, pero no lograba despertar. Aquello rebasaba cualquier lógica. Mi padre le dijo al jabalà que aceptaba el trato. Sentà que mis piernas perdÃan fuerza. El animal aceptó y se acercó a mà como para llevarme. TodavÃa puedo sentir su asqueroso aliento en mi cara y el lÃquido viscoso que salió de su hocico.
53:35 Instintivamente me eché hacia atrás. Fue cuando mi padre le dijo que primero querÃa a su hijo. Mi corazón latÃa muy fuerte. Mi mente no podÃa comprender lo que estaba sucediendo. Y temblaba de pies a cabeza como si fuera a convulsionarme. A pesar de mi corta edad, entendÃa lo que iba a suceder. El ambiente se tornó pesado y vimos acercarse una figura muy larga, parecida a una persona que traÃa a Miguel de la mano. Mi padre se alegró mucho y corrió hacia ellos. Aquella cosa entregó a Miguel y se desvaneció. Alcancé a ver un gran búho volando. Miguel venÃa como en trance. El jabalà retrocedió asustado al ver esto y dijo que él no se habÃa llevado a mi hermano. que ese dÃa solo andaba por esos lugares.
54:23 Por eso encontraron sus huellas, pero no habÃa visto a Miguel. El jabalà intentó arrastrarme, tomándome del cabello. Yo no podÃa moverme por la impresión, solo sentÃa el dolor en mi cabeza. Vi que mi padre tomó la forma de un enorme perro negro, el mismo con el que Miguel jugaba aquella noche. Se abalanzó sobre el jabalÃ, pero este lo embistió, y mi padre cayó contra un árbol. Rápidamente se recuperó y volvió a atacar. Mientras tanto, Jacinto, el brujo, estaba bailando retorciéndose de manera extraña. Mi mamá, al parecer, no estaba asustada, como si lo supiera todo. Todo parecÃa indicar que aquel jabalà acabarÃa con mi padre, ya que le estaba dando la golpiza de su vida. Lo superaba en fuerza, cuando vimos que le pisó el pecho con sus enormes pezuñas.
55:15 Justo en ese momento, aquel enorme jabalà cayó. y por más que lo intentaba, no se podÃa levantar. Aquel brujo, mediante sus rituales, le habÃa amarrado las cuatro patas. El jabalà chillaba horrible, pidiendo que lo liberaran o lo lamentarÃamos. No le hicieron caso, y mi padre, con sus fuertes colmillos, lo mordió en varias partes de su cuerpo mientras aquel cerdo gritaba y maldecÃa de dolor. Entre el brujo y mi padre, jalaron al jabalà y lo echaron adentro de un pozo seco que tenÃamos en el rancho. Cuando cayó al fondo, se escuchó un golpe muy fuerte y chillaba de manera espeluznante. Casi nos dejaba sordos. Gritaba que lo soltaran, que se irÃa y nunca volverÃa a molestarnos. Pero el brujo le dijo que mentÃa. En la primera oportunidad atacó a mi padre. Lo dejaron en el pozo y lo taparon.
56:13 El animal siguió gritando por varios dÃas hasta que todo quedó tranquilo. Pensamos que habÃa muerto. Cuando mi papá le preguntó a Miguel dónde estuvo durante los dÃas que se ausentó, él le dijo que no fueron dÃas, que solo fueron como dos horas. Comentó que escuchó que lo llamaban. No era la voz de siempre, pero no pudo evitar ir al llamado. Cuando llegó, habÃa tres señores muy delgados y largos con ojos de búho, sentados en cÃrculo. Ãl se acercó y se sentó con ellos. Dijo que no sintió temor, que le preguntaron si querÃa ir con ellos y él aceptó, pero que no pasó mucho tiempo. Esas personas se transformaron en grandes búhos blancos y lo llevaron volando. Contó que le dieron algo de beber para que olvidara todo lo que vio y que solo recuerda cuando ya estaba nuevamente en el rancho. Entonces fue cuando comprendà todo. Miguel tenÃa la misma condición que mi padre. por eso se ausentaba por largos periodos. Lo llevaba a un lugar donde le estaban enseñando a controlar sus instintos. Mi mamá sabÃa de todo esto y dijo que amaba a mi padre y a Miguel tal como eran. Después me contaron que cuando salÃan, iban a un lugar en el sur de México, donde habitaban unos nahuales muy poderosos. Le dijeron a mi papá que debÃa tener cuidado con Miguel, Ya que éramos descendientes de ancestros muy poderosos, como Miguel era un niño y aún no se daba cuenta de su poder si alguien lo descubrÃa, podrÃa raptarlo para convertirlo en un Nahual o
57:47 brujo muy malvado. Nació con ambas capacidades. Estaba asombrada y un poco molesta con ellos porque me ofrecieron para cambiarme por Miguel, pero mis padres me aseguraron que jamás hubieran dejado que aquel jabalà me llevara, que solo fue una trampa para él. Pasó el tiempo, y cuando cumplà 13 años, empecé a escuchar voces que me llamaban por mi nombre. Se lo comenté a mi mamá y vi la preocupación en su rostro. En esos dÃas, mi padre y mi hermano estaban ausentes. Mi madre me dijo que no sabÃa qué hacer conmigo, y que cuando escuchara nuevamente esas voces, no debÃa hacerles caso. Asà lo hice, pero un dÃa comencé a sentirme muy extraña, como si quisiera correr sin parar.
58:34 Era algo más fuerte que yo. Lo último que recuerdo es que salté por la ventana. Después solo tengo vagos recuerdos. Desperté en medio del establo junto a una vaca muerta, a la que le faltaban partes de su cuerpo. Estaba toda cubierta de sangre y sin ropa. Esto me aterró demasiado. Aún no amanecÃa y estaba temblando de frÃo y miedo. Corrà a casa, entré por la ventana que habÃa dejado abierta, me bañé y me vestÃ. No sabÃa si contarle a mi mamá lo sucedido. Me puse a llorar y sin darme cuenta me quedé dormida. Cuando mi mamá me despertó para almorzar, no tenÃa hambre. SentÃa como si hubiera comido mucho, aún no habÃa desayunado. En eso, uno de los peones entró gritando que algo habÃa matado una vaca. Mi mamá salió corriendo. y yo recordé haber amanecido junto a ese pobre animal. Poco después, mi mamá volvió y me dijo que yo habÃa matado a esa vaca. Le dije que no recordaba nada, pero ella me contó que encontraron pedazos de mi ropa en ese lugar. Me disculpé y le dije que no sabÃa que me estaba sucediendo. Mi mamá decidió que me encerrarÃa hasta que mi padre volviera. Esa noche me dejó en mi cuarto, bajo llave. Pero cuando volvà a sentir aquella extraña sensación, le grité a mi madre para que me ayudara. No acudió a mi llamado.
1:00:02 No sé en qué momento rompà la ventana de mi cuarto y salÃ. Me dieron unas inmensas ganas de llorar. Corrà desesperada y perdà nuevamente la conciencia. Desperté en mi cama. Mi cuarto ya no tenÃa ventana y mi madre estaba llorando a mi lado. Le pedà perdón y le supliqué que me llevara a un doctor. porque algo muy malo me estaba sucediendo. Me abrazó y me dijo que pronto volverÃa mi padre y que él sabrÃa qué hacer conmigo. Me pidió disculpas, pero me tendrÃa que poner una cadena para que no me volviera a ir, porque tenÃa miedo de que me fueran a herir. Y asà lo hizo.
1:00:42 Me encadenó a la cama. Para mi buena suerte, en esa ocasión no escuché aquellas voces que me perturbaban. Pasaron como ocho dÃas. Mi mano estaba adolorida y maltratada. Mi mamá seguÃa poniéndome aquella cadena. Cuando por fin llegó mi padre y le comentamos lo que me estaba sucediendo, lejos de molestarse, me felicitó y me dijo que ahora los tres saldrÃamos juntos por las noches. A mà me estaba dando mucho miedo mi situación. Y aunque sà llegué a salir con ellos, no pasaba nada raro. Solo caminábamos, no hacÃamos nada, solo platicar. Y asà lo hicimos por un tiempo. hasta que dejamos de hacerlo, la verdad desconozco los motivos para salir en la noche a caminar, pero después de esas noches ya no llegué a experimentar nada, ni a ver cosas que pienso que solo fueron mi imaginación, o un sueño que se hizo pasar por recuerdo.
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