Brujería En Mi Casa: Abrimos El Cuarto Prohibido Y Encontramos Su Foto - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Rafael Paredes y recuerdo la casa de la calle Naranjo, porque fui yo quien ayudó a mi hermana Mariela a mudarse. Ella acababa de separarse, tenÃa poco dinero y necesitaba un lugar donde vivir con Diego, su hijo de nueve años. Yo la acompañé porque tenÃa camioneta, porque podÃa cargar muebles y porque en mi familia siempre me pedÃan revisar llaves de agua, contactos y chapas antes de ocupar una casa. La dueña se llamaba Adela, nos recibió con prisa, nos entregó las llaves y nos advirtió que no usáramos los cuartos del fondo. Dijo que ahà guardaba cosas de una inquilina anterior y que después mandarÃa por ellas.
0:48 Mariela aceptó, porque la renta era baja y porque debÃa entregar el departamento donde vivÃa. Yo le dije que una casa rentada con cuartos cerrados traÃa problemas, pero ella me pidió que no empezara. que solo necesitaba unos meses de calma para ordenar su vida. Ese dÃa bajamos camas, ropa, cajas de cocina y algunos muebles. Diego estuvo tranquilo mientras cargábamos, hasta que fue al baño y volvió con la cara seria. Se acercó a Mariela y le dijo que alguien habÃa tocado la pared. Ella le pidió que no hiciera bromas, pero el niño insistió. Dijo que fueron tres golpes separados.
1:30 desde el otro lado del pasillo. Fui con él, puse la mano en la pared y escuché. No habÃa voces ni pasos. Golpeé dos veces con los nudillos para enseñarle que revisábamos lo que habÃa dicho. Del otro lado respondieron tres golpes. Mariela se acercó y no dijo nada. Yo volvà a golpear, esta vez más fuerte, y del otro lado respondieron de inmediato. Salà a la calle, revisé las entradas de las casas vecinas y no encontré movimientos. La dueña ya se habÃa ido. Volvà con Mariela y le dije que esa noche se fuera a mi departamento con Diego. Ella se negó. Dijo que no podÃa dejarse correr por ruidos desde el primer dÃa. Guardó las llaves en su bolsa, acomodó una colchoneta en la recámara y me pidió que pasara temprano al dÃa siguiente. Me llamó antes de que yo saliera a trabajar. TenÃa la voz cansada. Me contó que Diego habÃa despertado varias veces durante la noche. porque una mujer le hablaba desde el pasillo. El niño le habÃa dicho que la voz repetÃa su nombre, y luego contaba números siempre en el mismo orden. Mariela revisó la sala, la cocina y el patio, pero no encontró a nadie.
2:47 Al volver al cuarto, Diego estaba sentado en la cama con las manos sobre los oÃdos. Ella le preguntó qué escuchaba, y él respondió que la mujer seguÃa contando, ahora junto a la puerta. Fui a la casa con mi primo Esteban. Mariela nos abrió sin peinarse con la misma ropa del dÃa anterior. Diego estaba en la sala, callado. No quiso acercarse al pasillo. Revisamos los cuartos del fondo y una puerta tenÃa candado. La otra estaba cubierta por una tabla clavada desde nuestro lado. Llamamos a Adela. Mariela le dijo que habÃa golpes, una voz y un niño asustado. Adela respondió que la casa era segura. que esos cuartos no entraban en la renta y que no tocáramos nada. Mi hermana le recordó que ella habÃa rentado la casa completa.
3:38 Adela dejó de hablar unos segundos y después dijo que irÃa más tarde. No la esperamos. Yo quité la tabla del pasillo. Detrás habÃa una puerta cerrada. Esteban forzó el seguro. Al abrir, vimos un cuarto sin uso. En el piso habÃa velas consumidas, tierra, sal, una libreta y un plato con una foto escolar boca abajo. Mariela levantó la foto y reconoció a Diego. Era una de las fotos que habÃa llevado a la escuela. La tuvo en la mano sin moverse. Luego me la mostró y Diego empezó a llorar desde la sala. Abrà la libreta. TenÃa nombres escritos en varias páginas, algunos repetidos con fechas y direcciones. En una hoja cerca del final estaba el nombre completo de Mariela.
4:27 Debajo estaba el nombre completo de Diego, con su fecha de nacimiento. Mariela dijo que esos datos los habÃa entregado en pocos lugares. La escuela, el centro de salud y el contrato de la casa. Entre los papeles habÃa una copia arrugada del recibo que Adela le dio al cobrarle el depósito. También habÃa palabras sueltas sobre enfermedades, pleitos, pérdidas y niños. Cerré la libreta porque Mariela empezó a respirar mal. Esteban dijo que debÃamos sacar las cosas ese mismo dÃa. Mariela asintió pero quiso calmar primero a Diego. En ese momento escuchamos un golpe dentro del cuarto. VenÃa del piso.
5:11 Luego sonó otro más cerca de la puerta. Esteban alumbró hacia abajo. La sala se abrió en una lÃnea delgada, desde el centro del cuarto hasta nuestros zapatos. No vimos ningún animal ni corriente de aire. Mariela retrocedió con la foto de Diego apretada contra el pecho. Desde la sala, el niño gritó que la mujer se habÃa callado. Salimos del cuarto y cerré la puerta. Puse una silla contra ella. Mariela quiso recoger documentos, ropa de Diego y medicinas, pero las manos le temblaban y confundÃa las cajas. Esteban cargó lo que pudo yo tomé las mochilas una bolsa de ropa y la libreta porque no querÃa dejar ahà los nombres de mi hermana y de mi sobrino antes de salir escuchamos tres golpes desde el cuarto cerrado pero nadie volvió a responder nos fuimos a casa de mi madre Diego no habló durante el camino Mariela iba en el asiento trasero abrazándolo con la foto escolar doblada en la mano Al llegar, mi madre abrió la puerta y preguntó qué habÃa pasado. Diego entró primero, se detuvo en la sala y miró hacia el pasillo. Luego le preguntó a mi madre si las mujeres muertas podÃan saber dónde dormÃa uno.
6:29 Mariela soltó la bolsa y se sentó en el piso. Yo cerré la puerta detrás, guardé la libreta en una caja. Y Diego siguió dentro de esa casa aunque estaba con nosotros. Dejamos pasar dos dÃas antes de volver. Mariela no querÃa pisar esa casa, pero todavÃa tenÃa ahà sus papeles, ropa de Diego y una caja con documentos de trabajo. Mi madre le dijo que no regresara sola. Esteban y yo la acompañamos. Fuimos de dÃa con la idea de entrar, recoger lo indispensable y salir. Nadie habló de revisar más cuartos, ni de buscar explicaciones. Mariela llevaba las llaves en la mano desde antes de bajar de la camioneta. Al abrir, vimos tierra en el pasillo. La lÃnea empezaba en la entrada y llegaba hasta el cuarto del fondo. Las cajas seguÃan donde las dejamos, los muebles también, pero la silla que yo puse contra la puerta ya no estaba ahÃ.
7:27 La encontramos en la cocina, recargada junto al fregadero. La chapa de la entrada estaba entera y las ventanas seguÃan cerradas. Esteban revisó el patio y no encontró marcas. Mariela se quedó en medio de la sala, respirando con dificultad con la bolsa de Diego pegada al pecho. Entramos al cuarto del fondo y la puerta estaba abierta. La libreta seguÃa en el suelo pero no estaba cerrada. La encontramos sobre una página limpia. Alguien habÃa escrito la dirección de mi madre con letra reciente. Debajo estaba otra vez el nombre de Diego, esta vez acompañado por una fecha cercana. Mariela estiró la mano para arrancar la hoja, pero la detuve y le dije que no tocara nada más. Ella me miró con rabia y me respondió que eso ya no servÃa, porque alguien sabÃa dónde dormÃa su hijo. Entonces escuchamos pasos en la casa de junto. VenÃan pegados a la pared.
8:27 Se detuvieron a la altura del cuarto y luego retrocedieron. No eran golpes de madera ni ruidos de techo. Eran pasos humanos. Esteban salió al patio, puso una silla junto a la barda y se levantó para mirar Bajó casi de inmediato y dijo que habÃa una mujer en el patio vecino Le habló, pero ella no contestó ni se apartó Mariela preguntó si era Adela, pero Esteban lo negó con la cabeza y dijo que era una mujer mayor Salà a buscarla por la entrada La puerta de la casa vecina estaba cerrada Toqué varias veces, pero nadie abrió Desde adentro, una mujer dijo mi nombre completo. No preguntó quién estaba afuera. No pidió que me fuera, solo dijo mi nombre, con los dos apellidos. Me quedé frente a la puerta. Punté quién era, por qué tenÃa datos de mi familia y qué querÃa con Diego. La mujer respondió que la casa ya tenÃa dueño por dentro. Después dijo que Mariela habÃa entrado sin permiso. Regresé con ellos. Mariela estaba blanca. Esteban tenÃa una barra en la mano. Decidimos salir con lo que pudiéramos cargar, asà que tomamos documentos, uniformes de Diego, dos bolsas de ropa y una caja pequeña.
9:47 Al pasar por el pasillo, la puerta del cuarto se cerró de golpe. Esteban estaba cerca y la sostuvo con el hombro y del otro lado empujaron. Gritó que habÃa una mano entre la puerta y el marco y yo la vi. Era oscura, larga, con uñas gruesas. Esteban pateó la puerta. La mano se retiró, pero le abrió la muñeca antes de soltarse. Salimos con la puerta mal cerrada. En la banqueta, Esteban se quitó el trapo que traÃa enrollado y se revisó la herida. TenÃa tres cortes hondos. Mariela quiso llevarlo a curar, pero dijo que primero debÃamos sacar a Diego de casa de mi madre. Nadie discutió.
10:27 Si la dirección estaba escrita en la libreta, mi madre también estaba expuesta. Subimos las cosas a la camioneta y nos fuimos sin mirar atrás. Cuando llegamos, Diego estaba sentado en la sala y mi madre lo tenÃa abrazado. Nos contó que el niño habÃa empezado a repetir números mientras dormÃa. Luego despertó llorando y dijo que una señora lo llamaba desde el patio. También dijo que la mujer le pedÃa abrir. porque traÃa una foto suya. Mi madre revisó el patio y no vio a nadie, pero encontró tierra junto a la puerta trasera. Era tierra oscura, del mismo tipo que vimos en el pasillo de la casa rentada. Esa noche nos quedamos todos juntos. Diego tuvo fiebre. Mariela caminaba de la sala al patio y del patio a la cocina, revisando puertas y ventanas. Esteban se lavó la muñeca, se puso alcohol y se vendó con una toalla limpia. Yo llamé a Adela varias veces, tardó en contestar, y cuando por fin lo hizo, le dije que sus casas estaban comunicadas, que habÃa datos de mi familia en una libreta, que alguien habÃa entrado después de que nos fuimos, y que una mujer estaba usando la casa de junto. Adela no preguntó nada, solo dijo que nos habÃa pedido no abrir los cuartos. Mariela me quitó el teléfono y le exigió el nombre de la mujer. Adela respondió que se llamaba Elia, que antes vivÃa ahà y que hacÃa trabajos para gente
11:58 que pagaba bien. Mi hermana preguntó qué clase de trabajos. Adela dijo, limpias, amarres y encargos, con una voz baja y rápida. Luego pidió que dejáramos las llaves y olvidáramos el depósito. Mariela le dijo que iba a volver por sus cosas. Adela contestó que podÃa volver sola, pero que no llevara a Diego. Después agregó que si el niño entraba otra vez, la situación iba a empeorar. Esa frase nos dejó callados. Ya no era una casa con ruidos, ni un cuarto sucio, ni una dueña abusiva. HabÃa una persona viva detrás de todo. Una mujer que sabÃa nombres, direcciones y movimientos. Y Adela la estaba protegiendo. Mi madre quiso llevarse a Diego con una hermana suya en otra colonia.
12:47 Mariela aceptó, pero antes necesitaba recuperar las actas, los papeles médicos y unas cosas que no pudo sacar. Yo no querÃa volver, Esteban tampoco. Aún asÃ, sabÃamos que Mariela irÃa aunque nadie la acompañara. Al dÃa siguiente, fuimos sin Diego. Nos acompañó mi tÃo Samuel. Ãl no creÃa en lo que contamos. DecÃa que una vieja nos estaba asustando para quedarse con los muebles y el depósito. Su plan era encarar a Adela, sacar las cosas grandes y cerrar el trato. Mariela no discutió. Iba sentada atrás, con los ojos fijos en las llaves. Al llegar, vimos a Adela frente a la casa vecina. A su lado estaba la mujer mayor.
13:32 Mariela reconoció la voz antes de que yo pudiera verla bien. Era la misma mujer que habÃa dicho mi nombre desde adentro. Adela dio un paso hacia la banqueta cuando nos vio. Samuel le cerró el paso y le pidió las llaves. Elia se quedó junto a la puerta vecina. Mariela la miró de frente y le preguntó por la foto de Diego, por la libreta y por la dirección de mi madre. Elia respondió que Diego ya estaba marcado antes de que Mariela firmara la renta. Luego agregó que esa casa trabajaba mejor con niños, porque los niños escuchaban mientras dormÃan. Samuel quiso acercarse, pero Esteban lo detuvo Yo le pedà a Adela que abriera. Dijo que dentro no habÃa nada nuestro.
14:20 Mariela le contestó que entonces podÃa abrir sin problema. Adela buscó las llaves y abrió la casa de junto. Entramos Samuel, Esteban y yo. Mariela se quedó en la entrada. Caminamos directo al cuarto del fondo. HabÃa hojas con nombres, velas gastadas, fotos dobladas y una caja con papeles. Samuel abrió la caja y encontró credenciales, recibos y direcciones. En medio de todo estaba una copia del acta de nacimiento de Diego. Mariela la vio desde la puerta y se cubrió la boca. Junto a esa copia estaban la dirección de mi madre y la de mi tÃa. Samuel revisó la pared del cuarto y encontró una tabla clavada. La arrancó con la barra de Esteban. Detrás apareció una abertura estrecha. y del otro lado estaba el cuarto de la casa de Mariela donde habÃamos encontrado la libreta eso explicaba los golpes y las voces dentro del pasillo una persona podÃa pasar de una casa a otra sin salir a la calle esa respuesta alcanzó para entender una parte pero no lo que ocurrió después escuchamos a Elia detrás de nosotros su voz salió del pasillo aunque la habÃamos dejado en la puerta volteé y la vi dentro de la casa parada junto a Adela nadie la vio entrar Adela lloraba con las manos pegadas al cuerpo Mariela le ordenó a Elia que se apartara Elia respondió que la libreta no debÃa abrirse
15:52 porque cada nombre escrito ahà tenÃa pago Samuel le gritó que dejara de amenazar a la familia ella lo miró y mencionó una cicatriz que él tenÃa en la pierna izquierda Samuel guardó silencio Yo conocÃa esa cicatriz. Entonces escuchamos la voz de Diego desde la casa de Mariela. VenÃa del otro lado de la abertura. Gritaba por su madre. Mariela corrió hacia la pared y la sujeté por los hombros antes de que cruzara. Ella forcejeó y repitió que su hijo estaba ahÃ. Le dije que Diego estaba con mi madre y el teléfono sonó en mi bolsa. Contesté.
16:34 Mi madre habló rápido y Diego acababa de caer en la sala. TenÃa los ojos abiertos, respiraba fuerte y repetÃa el nombre de Mariela. Mariela escuchó eso y se quedó sin fuerza, se arrodilló en el pasillo. Elia siguió hablando bajo y Adela le pidió que se callara. Elia respondió que ya no dependÃa de ella. Dijo que ella solo alimentaba la casa. y que la casa cobraba cuando alguien rompÃa el trabajo. Samuel la tomó del brazo. Apenas la tocó, un golpe reventó la madera de la abertura. Una mano salió hasta el codo. Era oscura, seca, con dedos largos y uñas gruesas. Agarró a Samuel de la camisa y lo estrelló contra la pared. Esteban y yo lo jalamos de los hombros, pero la camisa se rompió. La mano volvió hacia adentro, y Samuel quedó sentado en el suelo, con marcas hundidas en el pecho y la respiración cortada.
17:34 Elia caminó hacia la salida. Adela se quedó pegada a la pared, llorando y repitiendo que ella solo rentaba. Mariela entró al cuarto de su casa por la abertura y fui detrás de ella. La libreta estaba abierta en el piso, cerca de la puerta, y en la página venÃa el nombre de Diego escrito varias veces. Debajo estaba el nombre de Mariela. La última lÃnea era una fecha. Mariela recogió la libreta. Le pedà que la soltara. Ella respondió que, si la dejaba ahÃ, iban a seguir usando a su hijo. Asà que la metió debajo de su blusa y salió.
18:15 Nos llevamos lo que pudimos cargar. Sacamos la caja de documentos, las mochilas de Diego, medicamentos y algo de ropa. Dejamos muebles, cama, trastes y casi todo lo demás. Samuel caminó apoyado en mà hasta la camioneta. Adela no devolvió dinero y tampoco volvió a contestar llamadas. Diego pasó varios dÃas enfermo. Tuvo fiebre, dolor de cabeza y ratos largos sin hablar. Cuando pudo decir frases completas, preguntó por la mujer que contaba números. Dijo que la veÃa al cerrar los ojos y que detrás de ella habÃa alguien agachado, esperando permiso. Mariela cambió de casa con ayuda de la familia. Durante meses durmió con Diego en la misma cama, con la luz encendida.
19:01 Samuel se recuperó, pero le quedaron marcas en el pecho. Esteban conserva las cicatrices de la muñeca, y yo guardé la libreta porque Mariela no podÃa verla. La tuve en una caja cerrada. Una noche la abrà y encontré una lÃnea nueva. Era mi dirección. Solo mi madre, Mariela y Esteban sabÃan dónde vivÃa. Quemamos la libreta en un terreno vacÃo. Solo quedaron ceniza, humo y un olor fuerte en la ropa. Esa misma semana, Mariela encontró tierra junto a la puerta de su nueva casa. Diego le pidió que no la barriera y le dijo que la señora se enojaba cuando le quitaban el camino. Mariela cerró la casa, levantó a Diego y se fue con una tÃa en otra ciudad.
19:50 No volvimos a la calle Naranjo. Las casas siguen rentadas por temporadas. Yo he visto los anuncios varias veces. La fecha escrita en la libreta ya pasó, pero eso no nos dio paz. Ese dÃa Diego no murió, pero despertó sin reconocer la voz de Mariela. La reconocÃa por la cara y por su nombre, pero no por la forma en que le hablaba. A veces, cuando ella le da las buenas noches, él le pide que hable más fuerte. Dice que, detrás de su voz, todavÃa escucha a una mujer contando. Mi nombre es Brian, y lo que les quiero contar hoy es más que nada una advertencia para todos aquellos que se burlan o rÃen de los temas paranormales, pensando que son falsos y que de ninguna forma podrÃan sucederles a ellos. Solo quiero decir que están muy equivocados y que a todas esas cosas que aún no podemos comprender del todo, es mejor guardarles respeto y mantener cierta distancia.
20:58 Digo todo esto por lo que me pasó a mà cuando solo tenÃa 16 años. En aquel entonces yo era un muchacho bastante promedio. Iba a mis clases, tenÃa amigos y una familia bastante común. TenÃa tres hermanos, uno mayor y dos menores que eran gemelos. Mi padre solÃa trabajar casi todo el dÃa y mi madre trabajaba medio tiempo, razón por la cual la mayorÃa del tiempo nos la pasábamos solos al cuidado de mi hermano mayor. Ãl no nos cuidaba, simplemente se encerraba en su habitación, no querÃa ser molestado. Esta es la razón por la que yo tenÃa muchÃsima libertad para prácticamente hacer cualquier cosa que quisiera. Por ese tiempo estaban muy de moda todos los videos de terror en internet. Esos videos de exploración urbana o gente que iba a sitios abandonados para jugar a la ouija. Hacer distintos rituales o simplemente intentar encontrar algo interesante. En ese momento yo, al igual que otro grupo de amigos, nos encontrábamos bastante metidos en todo ese tema. Siempre decÃamos que serÃa bueno algún dÃa hacer nuestros propios videos. Fue con este pensamiento que Marcos, uno de mis mejores amigos... el cual incluso aún conservo su amistad hasta hoy en dÃa.
22:17 Encontró un sitio que, según él, era perfecto para comenzar con nuestra serie de videos de YouTube. Esta era una iglesia abandonada, al parecer, ubicada a unas dos horas caminando desde nuestra ubicación. En esta iglesia abandonada se decÃan muchas cosas sobre el porqué de su cierre. Se hablaba sobre un campanero que, un dÃa, simplemente enloqueció y acabó con todos ahÃ. Otras historias decÃan que, en realidad, aquella iglesia habÃa sido construida sobre un cementerio, y que muchas de las almas permanecÃan aún ahÃ, volviendo completamente imposible la estancia. Yo habÃa escuchado sobre esa iglesia. Recordaba que en más de una ocasión mi hermano mayor me habÃa contado historias sobre ese lugar. Me habÃa dicho cómo él habÃa ido cuando estaba en secundaria junto con sus amigos, y que una vez ahà vieron a una mujer con cara de cerdo Esa historia me aterraba mucho de niño, pero ahora que estaba más grande, en realidad no creÃa nada de lo que mi hermano decÃa. Pensaba que simplemente lo decÃa con el único propósito de que no lo siguiera molestando.
23:28 Todos acordamos que aquella iglesia serÃa perfecta para comenzar nuestros videos. Esperamos a que fuera un fin de semana. Todos nos encontrábamos muy emocionados y les dijimos una mentira a nuestros padres. que acamparÃamos en el jardÃn de Marcos. Aquella mentira era perfecta porque al padre de Marcos en realidad nunca le interesaba si Marcos estaba ahà o no, por lo que solo debÃamos montar una tienda en su patio trasero, y él creerÃa que todos estarÃamos adentro hasta el dÃa siguiente, cuando ya pensarÃamos en estar de vuelta. No éramos unos expertos exploradores urbanos, por lo que en realidad no empacamos muchas cosas más que una cámara. una linterna, algunas frituras, y yo tenÃa una pequeña navaja que serÃa un milagro si llegaba a cortar algo. SabÃamos que serÃa un largo camino, pero estábamos completamente motivados a llegar sin importar qué. Por eso es que a partir de más o menos las 8 de la noche empezamos el camino a la iglesia. Debo admitir que el viaje fue muchÃsimo más pesado de lo que creÃmos. Bien habÃamos visto que el viaje caminando era de solamente dos horas. Debimos haber tomado un camino más largo, pues nos demoró casi tres horas y media. Tal vez no caminábamos lo suficientemente rápido para poder llegar. Nos encontrábamos bastante exhaustos y debo admitir que ya un poco enfadados.
24:55 Finalmente logramos llegar. El sitio estaba bastante descuidado. Se veÃa que habÃa sido construido con materiales bastante fuertes. pues prácticamente toda la estructura se mantenÃa intacta. Solo se veÃa vieja, habÃa mucha maleza, basura y hojas secas por todos lados. Inmediatamente desde que llegamos, Marcos comenzó a grabar. Comenzó a decir un poco sobre las leyendas que se contaban sobre la iglesia al mismo tiempo que caminaba hasta la entrada. Fue ahà cuando nos topamos con otro problema. La puerta se encontraba cerrada con candado. Yo pensé que eso serÃa todo, que debÃamos regresar. Y es que la razón por la cual no deseaba luchar más por ingresar al lugar era porque desde que habÃamos llegado habÃa sentido un ambiente bastante pesado en todo el lugar. Un ambiente que el resto de mis amigos no parecÃa notar. Yo no querÃa ser el que dijera que era mala idea y que mejor volviéramos, por lo que simplemente decidà aguantarme. El resto de mis amigos no estaba para nada conforme con la idea de volver.
26:03 Antonio fue el que comenzó a golpear aquel candado, pero debido a que el candado llevaba muchÃsimo tiempo ahÃ, combinado con que estuvo a la intemperie, el candado solo resistió unas cuantas patadas antes de que se terminara rompiendo y pudiéramos ingresar a la iglesia. En cuanto más estuvimos dentro, mis nervios comenzaron a calmarse, pues no solo no habÃa nada extraño más que una simple iglesia abandonada, sino que las bromas de mis amigos ayudaron mucho a aliviar el ambiente tan pesado que habÃa sentido al llegar ahÃ. Después de casi una hora explorando, grabando y haciendo tonterÃas entre nosotros, me sentÃa bastante cómodo al respecto. Incluso me sentà tonto por el hecho de haber sentido un poco de miedo antes de entrar. Mientras nos encontrábamos haciendo tonterÃas frente a la cámara, nos topamos con algo que llamó la atención de todos, una estatua. Aquello ya me puso un poco nervioso.
27:02 Logré disimularlo bastante bien. Para intentar alejarnos de ahÃ, sugerà continuar caminando, cosa que, para mi fortuna, mis amigos aceptaron. Finalmente llegamos al campanario. Ya estando dentro comenzamos a ver todo el lugar. Estuvimos explorándolo sin encontrar nada interesante, hasta que escuchamos un grito. Todos nos encontrábamos nerviosos y ninguno de nosotros sabÃa exactamente qué hacer o cómo actuar, hasta que escuchamos pasos. Eran como si alguien arrastrara los pies, pero también parecÃan estar arrastrando cadenas, o eso es lo que parecÃa. El eco de aquellos pasos retumbaba por cada centÃmetro de aquella enorme iglesia. Todos comenzamos a correr con toda la intención de salir. Lo único que nos iluminaba era la linterna de Esteban, y de un momento a otro esta se apagó. A pesar de todo eso, todos continuamos corriendo. Todos estábamos seguros de que Ãbamos en la misma dirección, o al menos yo lo estaba, hasta que dejé de escuchar los pasos de todos. En ese momento fue cuando dejé de correr. No podÃa ver mucho. Era de noche. Miré hacia todos lados gritando el nombre de mis amigos, pero no recibà ningún tipo de respuesta. Mientras mi cerebro aún intentaba comprender todo lo que estaba sucediendo, volvà a escuchar aquellos pasos. Fue entonces cuando comencé a correr de nuevo. Pensaba que solo habÃa corrido en lÃnea recta.
28:34 No importaba cuánto corriera, no parecÃa poder llegar a la salida y en un momento tropecé y caÃ. Aquellos pasos no solo parecÃan acercarse a mÃ, sino que también pude vislumbrar una silueta que también se estaba acercando. Me encontraba tan en calma que no pensé nada malo respecto a aquello. Pensaba que debÃa ser alguno de mis amigos. el cual me habÃa encontrado y se estaba dirigiendo hacia mà para encontrar juntos una salida. Yo aún permanecÃa sentado donde me habÃa caÃdo. No alcanzaba a ver quién era el que se estaba acercando a mÃ, sin importar lo cada vez más cerca que estaba. De pronto, escuché la voz de Marcos, quien decÃa mi nombre de una forma bastante tranquila. Me decÃa que todo estaba bien. que habÃa encontrado una salida y que le diera la mano, al mismo tiempo que me la extendÃa para que la tomara. Eso fue lo que hice. Su mano era un poco extraña. Si lo pienso un poco más, era lisa, frÃa, y si supiera lo que sé ahora, lo compararÃa exactamente con yeso, con pintura.
29:40 Aún asÃ, tomé su mano y me ayudó a levantarme. Aquella sensación de paz habÃa aturdido por completo cualquiera de mis sentidos, incluso mi razón. Aún asÃ, no podÃa evitar sentirme raro, pues no podÃa ver el rostro ni nada de Marcos, solo podÃa escuchar su voz. Caminé junto con él un rato. Yo me sentÃa casi como en un estado de sueño semiconsciente. Lo seguÃa prácticamente como si fuera un zombi y estaba convencido de que mi amigo me ayudarÃa y me sacarÃa de ahÃ. No sé cuánto tiempo estuvimos caminando. Debieron ser unos cinco minutos cuando aquel estado de somnolencia y tranquilidad comenzaron a irse. En su lugar, mi cuerpo comenzó a sentir mucho frÃo y al mismo tiempo muchÃsimo miedo. Todo seguÃa bastante oscuro y yo intenté hablar con Marcos preguntándole si estaba seguro de hacia dónde Ãbamos, pues parecÃa más bien que nos estábamos metiendo cada vez más en la iglesia. Pero él no me respondió nada, solo continuaba caminando jalándome de la mano. Fue después de unos cuantos pasos más que no quise continuar caminando y me detuve, diciéndole que tenÃamos que buscar otro camino, pues seguramente estábamos perdidos. Este tiró de mi mano muy fuerte, al grado de hacerme daño. Le hice saber que me estaba lastimando, pues estaba apretando muy fuerte mi mano y comenzaba incluso a arrastrarme para que continuara caminando. Mientras intentaba
31:11 liberarme de su agarre, pude escuchar la voz de Esteban, el cual llamaba especÃficamente mi nombre y podÃa ver a lo lejos la luz de su linterna que se acercaba hacia mÃ. Yo comencé a gritarle. diciéndole dónde estaba y que Marcos estaba raro. Estábamos cerca, tanto que pude escuchar claramente cómo me dijo que Marcos estaba fuera de la iglesia. Aquello hizo que mirara de inmediato a la persona que me estaba sosteniendo de la mano, y gracias a la luz de la linterna de Esteban, que se aproximaba cada vez más, pude verlo claramente. Era exactamente la misma estatua que habÃamos visto casi al entrar a la iglesia. Cada herida y detalle que habÃamos visto en aquella escultura los tenÃa, pero ahora de una forma realista. Inclusive podÃa ver cómo sus heridas sangraban y supuraban. En el momento en que pareció verse descubierta, aquella cosa me miró directamente con esos ojos pintados, los cuales se encontraban bastante enrojecidos, y gritó.
32:14 Fue un grito espantoso, lleno de dolor y sufrimiento. antes de soltarme y comenzar a correr, perdiéndose en la oscuridad. Sus pasos eran pesados, pero poco a poco dejaron de escucharse. Para ese momento, Esteban ya estaba demasiado cerca, y me preguntaba qué me habÃa pasado. Pensaba que yo era el que habÃa gritado de esa forma. Estaba tan aterrado por lo que acababa de presenciar, que ni siquiera podÃa explicarle nada. Solo le comencé a suplicar que nos fuéramos, jalándolo para salir de ahÃ. Cuando por fin salimos, pude ver que todos ya se encontraban afuera. El viento de la noche me hizo entrar un poco más en razón, pero mi cuerpo no dejaba de temblar. No podÃa decirle a nadie lo que habÃa sucedido, a pesar de que todos me preguntaban por qué me habÃa separado del grupo. Luego de un rato en el que todos se dieron por vencidos de poder obtener una respuesta de mà en ese momento, dijeron que lo mejor era irnos. Durante el camino de regreso, nadie dijo una palabra. Creo que es algo que todos deseamos olvidar. Creo que yo era el más asustado de todos.
33:27 Cuando llegamos, pude contarles un poco a mis amigos lo que habÃa visto antes de que Esteban llegara conmigo. Ellos parecÃan estar algo aterrados, pero no creo que pudieran creer del todo que una estatua de yeso pudiera cobrar vida e intentar llevarme a algún lugar para hacer quien sabe qué. Marcos fue el que pareció creerme más. En realidad, no era como si pudiéramos hacer nada con todo aquello. Está de más decir que mi creencia en todo lo paranormal, al igual que en lo religioso, nunca volvió a ser la misma. Jamás volvà a estar tranquilo con cualquier imagen de Jesucristo o de ninguna otra que tuviera que ver con religión. Las estatuas me daban mucho miedo. Incluso hoy en dÃa he intentado sobrellevarlo con el tiempo. Después de todo, nunca más volvió a sucederme nada. Pero ahora sé que no se debe jugar con lo que desconocemos. Trabajo en un puestito de dulces en el mercado. No es nada de otro mundo, pero me da para comer. Los dÃas suelen ser parecidos. Llego temprano, ordeno los dulces, le echo un ojo a la gente que ya está en el mercado.
34:46 y espero a que el reloj avance, pero este año las cosas cambiaron, todo empezó el primer viernes de marzo, no habÃa nada raro, todo en calma, yo estaba acomodando el puesto cuando se me acercó Clara, una chava que vende hierbas, es de esas personas que siempre tienen algo que decir, aunque no éramos amigas, su puesto está cerca del mÃo y de vez en cuando nos soltamos alguna plática, me contó que las ventas no estaban muy bien, que la gente andaba con la cartera floja, Se quedó callada un momento y luego sacó un ramito de hierbas atadas con un hilo rojo. Me dijo que las pusiera atrás de mi puesto, que eso iba a mejorar las ventas.
35:27 Yo no soy de meterme en cosas de trabajos ni en esas creencias, pero no le quise decir que no. Clara insistió tanto que no pude negarme. No le pregunté qué tipo de hierbas eran ni por qué pensaba que me ayudarÃan. La neta, me dio pena decirle que no. Lo puse atrás del mostrador, donde nadie lo viera. Pensé que si no hacÃa nada, pues al menos no me iba a hacer daño. Pasaron los dÃas y todo seguÃa igual, hasta que una noche lo vi. Era lunes, ya estaba guardando mis cosas. El mercado estaba casi vacÃo, ya solo quedaban algunos de los compañeros cerrando sus puestos. Y al fondo, cerca del puesto de Clara, vi a un hombre. Estaba quieto, parado ahÃ, como si estuviera esperando algo. pensé que tal vez era un cliente que se habÃa quedado esperando, pero algo en cómo se plantaba ahà me hizo sentir rara, llevaba ropa oscura, un sombrero le tapaba la cabeza y su cara ni se veÃa, apuré todo lo que pude y me largué lo más rápido posible, sin voltear ni a ver, esa noche no pude dormir bien, la imagen de ese tipo no se me salÃa de la cabeza, al dÃa siguiente Clara pasó frente a mà como si nada, decidà contarle lo que habÃa visto, Le platiqué que habÃa visto a un tipo raro, parado como si estuviera esperando algo.
36:52 Me miró fijo y con una calma que me dio mala espina. Me dijo que no le hiciera caso, que lo mejor era no prestarle atención. Eso me dejó más intranquila. No entendÃa cómo podÃa hablar tan tranquila de algo asÃ. Me sentà tonta por haber aceptado las hierbas. Tal vez algo en ellas estaba jugando con mi cabeza. La noche siguiente, el tipo volvió a aparecer. Esta vez no estaba al fondo del pasillo. Estaba más cerca, a unos cuantos pasos de mi puesto. PodÃa sentir que algo estaba raro, aunque no me veÃa de frente. Cuando levanté la mirada y me di cuenta de que no tenÃa cara. Donde deberÃan estar los ojos, la nariz y la boca. Solo habÃa piel lisa, como si lo hubieran borrado. Me quedé tiesa, con las manos temblando. El aire me faltaba. QuerÃa gritar, pero no pude. En vez de quedarme ahÃ, tomé mis cosas y salà corriendo del mercado. Ni siquiera cerré el puesto.
37:50 No volvà al mercado hasta dos dÃas después. Necesitaba trabajar. Traté de hacer todo normal, pero todos los que pasaban cerca de mi puesto podÃan notar que algo no andaba bien. Clara llegó por la tarde como si todo estuviera normal. La miré fijo y la encaré, preguntándole por las hierbas que me habÃa dado. Le pedà una explicación. Ella, tranquila como si nada, me vio y sonrió, como si no tuviera idea de por qué estaba enojado. Me dijo que solo me querÃa ayudar, que me las dio porque pensó que las necesitaba, pero que nadie me habÃa obligado a tomarlas. Si las acepté, ese ya era mi problema, no el suyo.
38:32 con el tiempo, las cosas fueron de mal en peor. El hombre ese sin cara ya no solo se aparecÃa en el mercado. Empezó a seguirme a todas partes, siempre a lo lejos, como una sombra que no se quita. Un vecino comerciante, que ya sabÃa de mi rollo, me preguntó por qué no habÃa tirado las hierbas. En ese momento me sentà hasta tonta, porque claro, esa era la solución más obvia. Pero hasta ese momento ni se me habÃa ocurrido. Y honestamente, si no hubiera sido por él, jamás me habrÃa dado cuenta. Asà que hice lo que debÃa haber hecho desde el principio. Tomé las hierbas y las tiré en el lugar donde los floristas dejan los restos.
39:14 Pensé que con eso ya habÃa terminado todo. Pero, como ya deben imaginar, eso no fue el fin de nada. Tirar las hierbas no sirvió de nada. El hombre sin ojos seguÃa apareciendo y yo ya no daba más. Ni siquiera podÃa dormir tranquila. El miedo me estaba agotando y ya no podÃa concentrarme en nada. Un dÃa, una de las vendedoras me sugirió que fuera a la iglesia, que un rosario me ayudarÃa. Pero, siendo honesta, no tenÃa tiempo para ponerme a rezar y esperar a que todo se solucionara. Yo necesitaba algo que funcionara de inmediato, algo rápido. Fue ese dÃa cuando escuché a una señora platicando sobre una bruja que trabajaba en la central de abastos de otro lado.
40:00 No me decidà al instante, pero después de un par de dÃas, un viernes cerré mi puesto sin avisar a nadie y me subà a un camión para llegar allá. La central estaba bien grande, casi como un laberinto. Estuve preguntando por ahà hasta que llegué a un local chiquito, todo escondido entre unas bodegas. La puerta estaba tapada con una cortina gruesa y adentro habÃa un olor bien fuerte a incienso. La bruja era una mujer ya mayor, con el pelo gris y unos ojos oscuros que parecÃan leerme sin yo hablar. Le platiqué todo, desde el momento en que Clara me dio las hierbas hasta cómo ese tipo sin ojos no me dejaba en paz. La señora me escuchó sin interrumpir ni una sola vez. Después me explicó que lo que me habÃan dado no eran unas simples hierbas.
40:51 Aunque sà lo eran, el detalle estaba en cómo me las entregaron y cómo las acepté. Eso no era solo un favor, fue un acuerdo. Me quedé helada cuando lo dijo. Un trato con el hombre sin ojos, dijo, como si fuera lo más normal del mundo. Me contó que Clara me habÃa tendido una trampa y que, al aceptar esas hierbas, habÃa cerrado el trato. El pacto no se podÃa romper, sà habÃa forma de deshacerlo. Me dijo que lo podÃa mover, pero para eso tenÃa que darle esas mismas hierbas a otra persona. Sólo que esa persona debÃa aceptarlas por su cuenta. Asà la entidad dejarÃa de seguirme a mà y se irÃa tras alguien más. Le dije que ya habÃa tirado las hierbas, pero la bruja me negó con la cabeza.« No te deshiciste de todo», me dijo con una certeza que me confundió.« QuÃtate el tenis izquierdo». No entendà mucho, pero lo hice. Luego me pidió que metiera la mano hasta el fondo del tenis. Al hacerlo, sentà algo pequeño y rugoso. Lo saqué y ahà estaba, una hoja seca del racimo de hierbas. No tenÃa ni idea de cómo habÃa llegado hasta ahÃ. Sentà un poco de alivio en un principio, pero luego me dio por preguntarle qué querÃa decir con eso de pasarle el pacto a alguien más.
42:09 La bruja no se quedó dudando ni un segundo. Me dijo que le diera esa hoja a alguien más. Esa persona debÃa aceptarla, y cuando lo hiciera la cosa se irÃa. Pero esa persona cargarÃa con todo lo que yo he estado viviendo estos dÃas. Eso me cayó como un balde de agua frÃa. No podÃa hacerle eso a otra persona. No estaba bien. No era justo. Le dije que no lo iba a hacer, que se olvidara de esa idea. La bruja solo se echó para atrás en su silla. Luego me soltó que, si no lo hacÃa, iba a seguir con la entidad pegada a mÃ. Eso sà me prendió. Le pregunté si con eso era todo. Ella no dijo nada.
42:51 Solo me miró fijo. Salà de su local muy enojada. Pero, en realidad, esa molestia era solo para tapar el miedo que me estaba comiendo por dentro. Al dÃa siguiente, después de esa plática con la bruja, volvà a mi puesto. Decidà que iba a ser como si nada, como si jamás hubiera ido a buscarla. El mercado estaba calmado esa mañana, pero yo no lograba concentrarme en nada. Estaba haciendo todo en automático, sin ganas, como si me hubieran sacado las pilas. Uno de mis clientes habituales llegó. Era un señor que venÃa casi todos los dÃas a comprar lo mismo. Me miró con una curiosidad rara mientras revisaba lo que tenÃa en el puesto. Noté que su mirada no era igual.
43:37 Algo en ella me hizo sentir que no estaba bien. Me sentà incómoda porque no le iba a contar todo eso, mucho menos lo de un pacto con una entidad que ni cara tenÃa. Asà que le solté que tenÃa un problema, pero que no tenÃa solución. El señor, al escucharme, se puso serio por un rato, y como si ya supiera de qué hablaba, me soltó que sà era algo grave. Yo le negué rápido, sorprendida por lo que me soltó. Le aclaré que no era eso, que sà habÃa una salida, pero que esa salida involucraba a otra persona, y no era algo normal, era algo bien fuera de lo común.
44:17 Al principio pensé que con eso ya iba a estar tranquilo, pero parecÃa que el vato era más vivo de lo que me imaginaba. Frunció el ceño y en lugar de seguir insistiendo, nada más asintió, como si hubiera entendido algo más de lo que le dije. Me soltó que esos problemas medio raros casi siempre se arreglan con fuego, porque el fuego limpia todo. Lo dijo tan seguro que me quedé pensando. Me contó que el año pasado habÃa tenido uno de esos problemas y lo solucionó igual, con fuego. Pagó lo que compró y se largó sin decir más. El resto del dÃa me la pasé dándole vueltas a lo que me dijo. Cuando cerré el puesto y llegué a la casa, me dejé caer en la sala, atrapada en mis pensamientos. A lo mejor el cliente tenÃa razón, tal vez sà deberÃa intentarlo. me levanté fui a donde guardaba la hoja que tenÃa desde hace tiempo y la llevé a la cocina encendà la estufa y puse la hoja sobre la llama con las manos temblando justo cuando ya iba a soltarla para dejar que el fuego se la tragara recordé lo que me dijo el cliente que el fuego limpia pero mi problema no era algo que se pudiera limpiar era un trato pensé en lo que pasarÃa si quemaba la hoja SabÃa que no era tan fácil, que podrÃa romper el trato o ponerme en una situación peor.
45:39 Con esa duda, apagué la estufa y guardé la hoja otra vez en el cajón. Esa noche no pegué ojo, pensando en lo que casi habÃa hecho con la hoja y lo que podrÃa haber desatado. No sabÃa nada de pactos ni de esas cosas, pero sentÃa que algo no estaba bien. Necesitaba respuestas. no puros consejos vagos, asà que al amanecer fui de nuevo con la bruja de la central de abastos en la otra ciudad, cuando entré al local sentà como si ella ya me estuviera esperando, no se sorprendió ni un poquito al verme, se me quedó como si ya supiera por qué habÃa llegado, yo no perdà tiempo y le solté que querÃa saber todo el rollo, no podÃa decidir si pasarle el trato a otro sin entender bien qué era lo que andaba en juego, La bruja me explicó que la entidad esa, que no tenÃa ojos, no era un demonio ni nada del infierno. Eso era lo que la gente pensaba de las brujas, pero estaba mal.
46:39 Según ella, las brujas no podÃan hacer tratos con demonios ni controlar energÃas tan pesadas. Me dijo que la entidad esa, sin ojos, habÃa sido un hombre común, hasta que hizo una mala jugada. HabÃa sido cliente de Clara y le habÃa pedido uno de esos trabajos oscuros que solo una bruja puede hacer. No me soltó cuál era el trabajo, pero sà me dio la idea de cómo funcionaban esos rituales. Me explicó que cada uno de esos trece trabajos era como romper una balanza. Por cada maldad que causaba, alguien más tenÃa que pagar un precio adicional. Lo comparó con tirar una piedra enorme al agua. No solo salpica en el punto donde cae, sino que crea ondas que van pegando a todo lo que está cerca. La persona que estaba directamente afectada por el trabajo pagaba las consecuencias. Pero habÃa otro, un tercero que ni estaba en el rollo, que acababa pagando el precio del desbalance. Eso los hacÃa tan peligrosos, me dijo la bruja. Era lo que le pasaba a quien pedÃa esos trabajos. Cada vez que alguien pedÃa uno de esos trabajos, perdÃa años de vida. Ocho años exactos por cada ritual. Me explicó que no se podÃa pedir más de seis o siete trabajos de esos antes de caer muerto, y que Clara, como todas las brujas, nunca le soltaba esa verdad a sus clientes. Si alguien pedÃa uno de esos trabajos y le quedaban menos de ocho años de vida, morÃa en el mismo instante en que el ritual terminaba. La bruja también me dijo que,
48:12 cuando alguien morÃa asÃ, su alma pasaba a ser propiedad de la bruja que habÃa hecho el trabajo. Era algo tan aterrador que casi me daban ganas de vomitar. La bruja siguió diciendo que esas almas no podÃan quedarse por acá sin hacer algo. Por eso las brujas las usaban para negociar con los vivos, manteniéndolas en movimiento. Esas almas no podÃan hacerle daño fÃsico a nadie, pero sà te volvÃan loco. En ese momento entendà que ya no habÃa vuelta atrás. La bruja lo dejó claro. No habÃa más opciones. El trato estaba hecho. Una vida se tenÃa que acabar para que otra pudiera seguir. Salà de ahà como si me hubieran dado un golpe. Con la cabeza a mil.
48:59 Ahora entendÃa bien lo que estaba en juego. Pero eso no hacÃa la decisión ni un poquito más fácil. Me senté en una banca del parque apretando la hojita seca con los dedos. buscando alguna salida mientras el peso de todo eso me aplastaba. La miré una y otra vez. Mi cabeza daba vueltas sin parar. No querÃa morirme, pero tampoco podÃa mandar a alguien más al hoyo. Sin darme cuenta, las lágrimas empezaron a caer. No querÃa hacer esto, pero no veÃa otra salida. Respiré hondo, tratando de tragarme el nudo en la garganta. Me levanté lentamente de la banca, sintiéndome la peor persona del mundo. Conté en mi cabeza hasta el 3. Llegué a 70 pasos exactos. Me detuve. Frente a mÃ, una persona caminaba distraÃda. Un hombre de unos 35 años iba metido en su teléfono. Tragué saliva. Antes de que mi voz se quebrara, extendà la mano con la hoja y le pedà que la tomara. Se lo pedà por favor.
50:03 El hombre se detuvo, confundido. Miró la hoja seca y luego a mÃ. Su ceño se frunció un poco, pero al final tomó la hoja. Su gesto era incómodo, como si no supiera cómo reaccionar. Confundido me dio las gracias. Después el hombre siguió su camino. Y entonces el hombre sin ojos estaba ahÃ, a pocos metros, pero no me miraba a mÃ. Estaba detrás de él, siguiéndolo con pasos lentos. Me quedé quieta, con el corazón latiéndome en los oÃdos. La culpa me estaba haciéndome sentir como una maldita basura. Me senté de nuevo en la banca, sintiéndome vacÃa. El pacto habÃa terminado para mÃ, pero el tormento apenas comenzaba para alguien más. Yo soy Juan, el que maneja la combi por el barrio. Vivo en un rincón tranquilo. donde las casas son pequeñitas y parece que se están apachurrando unas con otras. Llevo ya un buen rato trabajando en la misma ruta, cruzando las calles de la colonia y andando por los caminos que conectan los pueblos. Conozco a la mayorÃa de los pasajeros que se suben seguido, y a veces me paro a echarles plática, pero ese dÃa no estaba trabajando. Mi compadre Chuy me pidió el favor de ayudarle a mover unas cosas de su casa a un taller donde arreglaba cosas electrónicas. La casa de Chuy no era gran cosa, una de esas de ladrillo sin estucar,
51:36 y el patio estaba lleno de cosas viejas. Cuando llegué, me salió con dos cajas grandes y pesadas. Las amarramos con una cuerda para que no se fueran a mover en el camino. Me dijo que le ayudara con una caja más, que estaba al fondo del cuarto de las herramientas, Cuando la levanté me di cuenta de que no pesaba mucho, pero el olor que traÃa era raro, como a humedad, como si hubiera estado guardada mucho tiempo. Le comenté a Chuy y él solo hizo una seña con los hombros. Me explicó que esa caja llevaba años ahÃ, que la encontró cuando se mudó. No le dio mucha importancia. Le pregunté si sabÃa qué traÃa adentro y me dijo que nunca la habÃa abierto. Era una caja de madera de esas que parecen hechas a mano, con la tapa que entraba a la perfección. No tenÃa clavos ni bisagras, y lo único raro era que la tapa estaba sellada con algo que parecÃa cera oscura, como si alguien hubiera querido asegurarse de que no se abriera. Subimos todo a la combi y nos fuimos al taller. Durante el camino no podÃa dejar de pensar en esa caja, algo en ella no me latÃa. pero traté de no hacerle caso. Ya casi a medio camino, Chuy, que iba a mi lado, empezó a decir que igual y estaba buena la idea de abrirla. Yo al principio no querÃa, pero como no paraba de insistir, ya empecé a dudar. Ya no habÃa mucho que hacer, asà que cuando llegamos al taller sacó
53:09 un cuchillo y empezó a raspar la cera que sellaba la tapa. Cuando al fin logramos abrir la caja, lo primero que se nos apareció fue un trapo viejo y medio rasgado cubriéndola. Al quitarlo, casi me da un paro. Dentro habÃa un montón de uñas humanas, de todos tamaños y colores, como si alguien las hubiera estado guardando un buen rato. También habÃa pedazos de cabello atados con hilos de colores y un papel doblado que traÃa algo escrito con tinta café. La letra era rara. como si fueran sÃmbolos o palabras de un idioma que ni Chuy ni yo sabÃamos. El olor que salió de la caja, no te lo imaginas. A pesar de todo, Chuy no se aguantó y agarró el papel, lo desdobló y lo vio de cerca. Johnny de chiste lo tocaba, sentÃa que algo malo saldrÃa de ahÃ. Chuy señalaba esas letras raras, pero Johnny entendÃa lo que decÃa. Ãl seguÃa viendo las uñas y el cabello. como si estuviera buscando algo que tuviera sentido.
54:11 Y en eso sentà un escalofrÃo que me recorrió todo el cuerpo, como si alguien estuviera parado atrás de nosotros. Me volteé rápido, pero no habÃa nada. El taller estaba vacÃo, no más estábamos él y yo. Chuy, viendo que ya me andaba incomodando, se rió un poco y me dijo que andaba muy supersticioso, pero algo en su tono también habÃa cambiado, ya no se oÃa tan seguro. Cerró la caja medio a disgusto y la metió en un rincón del taller. Yo le insistà en que la tirara, pero él me contestó que eso estaba muy raro y que querÃa ver qué era todo eso. Yo le dije que estaba bien loco, que se veÃa clarito que eso era brujerÃa y que no era buena idea seguir teniéndolo cerca, que lo mejor era tirarlo o quemarlo. Pero entonces Chuy usó mi mismo argumento para irme contra. Me dijo que si esa caja de uñas era en verdad brujerÃa, y si por casualidad el trabajo seguÃa funcionando, serÃa un error tirarla o quemarla, porque la bruja que la habÃa hecho podrÃa tomarse eso como un ataque y ponernos en la mira.
55:22 Estuve callado un rato, viendo la caja en el rincón del taller. Lo que me habÃa dicho, aunque lo dijo para que lo creyera, me hizo pensar un poco más. Tal vez sà tenÃa razón. Si alguien dejó esa caja con algo en mente, lo más sensato era no meterle más ruido. Pero también sabÃa que Chuy no podÃa quedarse con ella. Después de un buen rato de discutir, lo convencà de que lo mejor era enterrarla. Regresamos a su casa en la combi y buscamos un lugar en el patio. Con un pico viejo y una pala empezamos a cavar un buen hoyo. Antes de meter la caja, le pedà a Chuy que la envolviera en un trapo grueso por si las dudas. Me miró raro, pero no dijo nada, solo lo hizo. La enterramos, compactamos la tierra y tratamos de dejar todo como si no hubiéramos tocado nada. Cuando terminamos, le dije que se olvidara de la caja, que no hablara de ella con nadie y que no la tocara de nuevo. ParecÃa que me entendió, aunque Chuy tenÃa una curiosidad que no lo dejaba en paz. Al siguiente dÃa, me marcó y me dijo que pasara por el taller cuando pudiera. No sonaba urgente, asà que lo dejé para después de acabar con otras cosas. Cuando llegué, lo vi sentado en una silla, con la caja en las manos, mirando la tapa como si fuera una bomba. Me molestó ver que no dejaba el tema, asà que le pregunté qué habÃa hecho ahora. Chuy levantó la mirada y, con una cara de preocupación que nunca le habÃa visto, me
56:54 dijo que no habÃa hecho nada. Cuando llegó al taller esa mañana, la caja ya estaba ahÃ. Me quedé frÃo.¿ Cómo era eso posible? La habÃamos enterrado con nuestras propias manos. Pensé que tal vez alguien más la habÃa sacado de ahà y la habÃa llevado al taller. Pero,¿ quién y por qué harÃa eso? Esa misma tarde regresamos a la casa. Hicimos otro hoyo en otro rincón del patio y la volvimos a enterrar, esta vez poniendo unas piedras encima antes de cubrirla con tierra. Al dÃa siguiente pasó lo mismo, la caja apareció en el taller como si nunca se hubiera tocado, y lo mismo pasó el tercer dÃa, ya cuando la caja como por arte de magia volvió a aparecer en el taller por tercera vez, no nos quedó de otra más que dejarla ahÃ, no lo hicimos porque quisimos, sino porque ya no sabÃamos qué más hacer, entre los dos buscamos un lugar donde esconderla bien. La metimos en un congelador viejo que él tenÃa en la bodega del taller.
57:58 Esos congeladores largos y blancos que ya no servÃan para nada, pero que él usaba para guardar herramientas. La idea era sencilla, por si acaso. Tal vez no ayudara en nada, pero al menos nos hacÃa sentir que estábamos haciendo algo. Antes de salir del taller, le hablé claro a Chuy. Le dejé en claro que si se le ocurrÃa jugar con la caja o investigar demasiado y pasaba algo feo, que no esperara que lo ayudara. Eso ya era problema suyo, no mÃo. Chuy, que ya estaba bastante alterado con todo eso, parecÃa más preocupado que nunca. Me juró que no iba a hacer nada más con la caja, que ya lo tenÃa más que inquieto. ParecÃa que me convencÃa con sus palabras.
58:44 Los siguientes dÃas todo parecÃa estar tranquilo. o eso pensábamos, pero al tercer dÃa empezaron a pasar cosas raras. Primero fueron detalles pequeños, cosas que casi ni se notaban. Chuy me comentó que las herramientas en la bodega aparecÃan en lugares que no recordaba haberlas dejado, y que algunas noches escuchaba ruidos, como si alguien estuviera moviendo cosas. Le dije que probablemente se estaba haciendo ideas. que esas cosas siempre tienen una explicación, pero pronto me di cuenta de que no era asÃ. Un dÃa, mientras le echaba la mano a mi amigo para arreglar un ventilador, un cliente que esperaba en el mostrador empezó a gritar. Cuando volteamos, vimos como una caja de tornillos se movÃa sola sobre la mesa, como si alguien invisible la empujara. El cliente salió disparado y no quiso regresar, y no lo culpo. Hasta yo sentà ganas de salir corriendo. Pero eso no fue lo más raro. En los dÃas que siguieron, otros clientes empezaron a contarme cosas parecidas. Lo más feo de todo fue el congelador, ese mismo donde habÃamos guardado la caja. Estaba funcionando como lo oyes. A pesar de que llevaba meses descompuesto, de que mi amigo Chuy ya le habÃa quitado varias piezas y ni siquiera estaba conectado, el condenado congelador seguÃa enfriando.
1:00:07 De tal manera que por los bordes de la goma, por donde cierra la puerta, salÃa vapor frÃo. Mi compa ya andaba a punto de romperse. Más de una vez me rogó que lo ayudara a enterrar otra vez la caja, pero yo no quise ni oÃrlo. Le dejé claro que ya lo habÃamos intentado y no sirvió de nada. No tenÃa ganas de acercarme otra vez a esa caja maldita. Una mañana Chuy me llamó bien temprano. Su voz sonaba apagada, casi susurrando. Me dijo que tenÃa que contarme algo sobre la caja. Fui al taller y cuando llegué, me di cuenta que tenÃa unas ojeras de esas que ni con maquillaje se quitan, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Lo primero que le pregunté, al verlo tan mal, fue qué habÃa pasado. Chuy se veÃa peor, como si la caja lo estuviera aplastando. Con la voz toda temblorosa, me dijo que esa misma noche, ya a punto de estallar, habÃa decidido llamar a alguien que supiera de esas cosas. Le pregunté cómo habÃa dado con esa gente y me dijo que hacÃa un buen rato. Mientras iba al mercado, se topó con un cartel pegado en un poste. Era un papel todo arrugado que hablaba de un chamán de Catemaco, con un número escrito a mano en marcador. me explicó que ya estando bien desesperado sacó ese número de su libreta y le marcó esa misma noche el chamán se apareció chui le contó todo lo que habÃa pasado con la caja desde que la encontramos
1:01:39 hasta que siempre aparecÃa en el taller el tipo lo escuchó sin cortarle y luego pidió que le mostraran la caja mi amigo lo llevó a la bodega donde estaba el congelador Chuy me contó que, en cuanto el brujo puso las manos en la puerta del congelador para abrirlo, se escuchó un golpe seco, como si una tabla se rompiera. El brujo retrocedió de golpe, llevándose las manos al pecho, y se hizo una cara como si lo hubieran partido a la mitad. Chuy lo siguió. No pudo avanzar mucho más. Justo antes de llegar a la puerta del taller, el chamán cayó al suelo. Chuy, desesperado, llamó a la ambulancia, pero cuando llegaron el hombre ya habÃa palmado. Dijeron que fue un infarto. Chuy no pegó ojo en toda la noche.
1:02:25 Me contó que no podÃa dejar de pensar en lo que habÃa visto, cómo ese tipo se desmayó y murió enfrente de él. Pero lo que más le comÃa la cabeza era que el brujo habÃa caÃdo muerto por tocar ese congelador. por meterse con la caja yo traté de calmarlo pero estaba fuera de sà diciendo cosas que no tenÃan ni pies ni cabeza entre delirio y cansancio no paraba de soltar que todo el taller estaba contaminado que tenÃa que limpiarlo y purificarlo y que también se tenÃa que limpiar él porque al fin y al cabo fue su idea abrir la maldita caja logré convencer a chui de que se fuera a su casa Lo metà a la combi y al principio no dejaba de hablar de lo que tenÃa que hacer. Poco a poco se fue callando.
1:03:11 Cuando llegamos a su casa ya estaba un poco más tranquilo. Le pregunté si iba a estar bien y dudó un rato. Me dijo que sÃ. Lo dejé en la puerta con la esperanza de que pudiera descansar. Pero mientras regresaba al taller no podÃa sacarme de la cabeza la caja y lo que habÃa pasado con el brujo. Después de dejarlo algo raro me quedó en el estómago. Chuy no estaba bien y aunque me dijo que iba a dormir, no me convenció del todo. Cuando cayó la tarde, decidà llamarlo para saber si ya estaba más tranquilo. No contestó. Probé varias veces, pero después de una hora sin respuesta, supe que algo andaba mal. Subà a la combi y me fui directo a su casa. Al llegar, toqué la puerta varias veces, llamé a la ventana y hasta le pedà a un vecino que me dijera si lo habÃa visto salir, pero nadie sabÃa nada. Me fui al taller, pero lo hice tan rápido que ni me fijé bien en los semáforos o las calles. Estaba pensando en Chuy. Cuando ya casi llegaba, me estrellé contra una camioneta. El golpe me sacudió, pero no tenÃa tiempo de pensar en eso. Me bajé de volada y fui a ver si los de la camioneta estaban bien. Gracias a Dios, no hubo heridos. Sin pensarlo mucho, les dejé mi cartera, las llaves de la combi, el celular, y les dije que llamaran a la aseguradora, que tenÃa una emergencia y que luego regresarÃa. No esperé su respuesta. Salà corriendo las tres cuadras que me faltaban
1:04:42 hasta el taller. Cuando llegué, todo se veÃa en orden desde afuera. Me quedé unos segundos respirando hondo, tratando de calmarme, pero fue entonces cuando una explosión sacudió el lugar. No fue como que el taller volara en pedazos, pero el estruendo fue lo suficientemente fuerte como para reventar los vidrios de los locales cercanos. El fuego comenzó a consumir todo rápido. Sin mi celular no podÃa llamar a los bomberos, pero gracias a Dios alguien más lo hizo. Los bomberos llegaron y controlaron el incendio, pero para ese momento ya era demasiado tarde. Encontraron el cuerpo de Chuy adentro, habÃa muerto por el fuego. Me quedé ahÃ, viendo cómo los bomberos terminaban su trabajo, con la mente en blanco. Justo cuando estaba por irme para avisar a su familia, me acordé de la mugrosa caja. Como ya habÃan declarado que el lugar no era peligroso, Necesitaba comprobar algo con mis propios ojos.
1:05:45 Caminé hacia la bodega pisando entre escombros y esquivando pedazos de metal que aún estaban calientes. Al llegar me quedé perplejo porque el congelador donde habÃamos guardado la caja estaba intacto. Todo lo que estaba cerca de él habÃa sido consumido por el fuego. Incluso la pared contra la que estaba recargado estaba chamuscada. Pero el congelador seguÃa como nuevo. No tenÃa ni una sola marca. Esa cosa seguÃa funcionando como si nada hubiera pasado, y del congelador seguÃa saliendo vapor frÃo.
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