¿Por qué se están triturando millones de libros?
Treinta y cinco euros de libros. Sesenta y siete euros de gastos de envío. Eso es lo que pagó alguien por cuatro volúmenes descatalogados en una librería de segunda mano de Badalona, entre ellos uno sobre el mundo casteller editado en los años setenta que llevaba dos décadas sin que nadie lo pidiera. El librero tiró del hilo y encontró un operador logístico en Estados Unidos, una cortadora hidráulica que separa la cubierta del cuerpo del libro y una empresa de reciclaje que se lleva lo que queda convertido en pasta de papel.
Desde finales de abril, una veintena de librerías españolas han registrado el mismo patrón, y lo mismo se ha detectado en Alemania, Países Bajos, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia. No buscan primeras ediciones ni piezas de coleccionista. Buscan manuales técnicos, actas de congresos de hace cincuenta años, dietarios de la Guerra Civil, recetarios comarcales. Libros de cinco o diez euros que no existen en ningún otro sitio.
Detrás hay una frontera temporal muy concreta, 2022, y un concepto que la industria llama muro de datos. Todo lo impreso antes de esa fecha está estructuralmente limpio porque no existía la herramienta que contamina. ISBNdb, con una base de más de ciento diez millones de títulos, ofrece a los desarrolladores de inteligencia artificial pedidos de entre mil y un millón de libros físicos, acuerdos de confidencialidad incluidos.
Y luego está el papeleo, que es donde está lo serio. Un juez federal estadounidense resolvió que descargar libros de repositorios piratas costaba mil quinientos millones de dólares. Comprar el libro en papel, cortarle el lomo, escanearlo y tirar el original le salió gratis a la misma empresa.
Nadie escribió nunca la casilla que dice quién responde de que el original siga existiendo. Alguien ha encontrado ese hueco antes que nosotros y lo está usando legalmente, a la vista de todos.
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