Vengo A Confesar Tus Pecados, No Los Míos
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0:05 Recuerdo el instante en que el padre Rafael abrió la rejilla del confesionario y se quedó inmóvil. Desde donde yo estaba alcanzaba a ver dos ojos completamente blancos al otro lado. Antes de que pudiera cerrarla, salieron varias voces superpuestas, hombres, mujeres y niños, diciendo al mismo tiempo, vengo a confesar tus pecados, no los mÃos. Yo estaba a pocos metros, junto a Manuel, el sacristán e Isabel, que habÃa llegado buscando a su hija. Los tres oÃmos la misma frase, pero nadie preguntó qué habÃa dicho. Todo habÃa empezado poco antes, cuando aún seguÃamos dentro de la iglesia. Escuchamos un llanto cerca de los confesionarios, y el padre pensó que alguien habÃa entrado antes de cerrar. Manuel dijo que habÃa revisado el lugar, pero el llanto volvió. Isabel reaccionó de inmediato porque llevaba horas buscando a Valeria, su hija de 19 años.
1:07 Caminamos hacia el fondo y Rafael preguntó quién estaba ahÃ. El sonido se cortó. Esperamos una respuesta y no llegó. El sacerdote entró en su lado del confesionario, abrió la rejilla y encontró aquellos ojos. Retrocedió. Manuel abrió la puerta del compartimiento contiguo y entonces vimos a Valeria. Estaba agachada, con la cabeza inclinada y los brazos pegados al cuerpo. Isabel quiso entrar, pero Rafael la detuvo con una mano. Valeria levantó el rostro. Sus ojos seguÃan blancos, sin iris visible, y no respondió cuando su madre la llamó. El padre le preguntó si podÃa escucharlo. Ella inclinó la cabeza y sonrió.
1:53 De su garganta volvieron a salir varias voces. Rafael sacó el crucifijo y empezó a rezar. La sonrisa desapareció y Valeria se quedó quieta unos segundos. Luego llevó un brazo detrás de la espalda hasta que escuchamos un crujido. Isabel avanzó, pero yo la sujeté. La muchacha movió el otro brazo y giró el cuerpo hacia la rejilla. No pidió ayuda ni mostró dolor. Mantuvo la mirada fija en el sacerdote. Rafael siguió rezando. y las voces le ordenaron callarse. Pero no se detuvo y Valeria golpeó el interior del confesionario con el hombro. La madera crujió y la estructura se sacudió.
2:36 El padre levantó el crucifijo y exigió que abandonara a la joven. La respuesta llegó sin gritos. Aquello dijo que Manuel llevaba años sacando dinero de las limosnas. El sacristán bajó la mirada y Rafael le ordenó que no escuchara. pero la voz mencionó la última vez que habÃa robado y en qué habÃa gastado el dinero. Manuel no respondió. Yo sabÃa que habrÃa protestado si fuera falso, pero se quedó quieto con la cabeza baja. El padre volvió a ordenar que dejara a Valeria. Entonces habló de mÃ. Dijo que yo habÃa falsificado documentos de la parroquia para ocultar un movimiento de dinero que nunca debió hacerse. Sentà un golpe en el estómago porque era verdad. Años antes, la parroquia habÃa tenido problemas económicos y Rafael me pidió que modificara unos registros para cubrir temporalmente dinero usado en otra obligación.
3:36 La cantidad se repuso, pero los papeles quedaron alterados. Nadie fuera de nosotros conocÃa ese asunto. Manuel me miró y yo miré al sacerdote. Rafael interrumpió la oración y en cuanto quedó en silencio, Valeria se empezó a reÃr. Isabel exigió saber que tenÃa todo eso que ver con su hija. Valeria giró la cabeza hacia ella y las voces respondieron que ahà todos pedÃan perdón, pero seguÃan haciendo lo mismo. Añadieron que esa noche nadie se esconderÃa detrás de una oración. Rafael pidió a Isabel que se apartara. Ella intentó llegar hasta Valeria y tuvimos que detenerla. La joven comenzó a golpearse contra la madera, primero con la espalda y después con el hombro, hasta que el confesionario volvió a crujir.
4:28 De pronto se quedó quieta, miró al padre y pronunció un nombre, Adriana. Vi cambiar el rostro de Rafael, pues yo conocÃa ese nombre. Adriana habÃa acudido años atrás a la parroquia por los problemas que tenÃa con su esposo. El padre le aconsejó que intentara salvar su matrimonio. Tiempo después, ella terminó hospitalizada tras una agresión. Rafael supo lo ocurrido y nunca volvió a hablar del caso. Cuando las voces mencionaron aquel episodio, respondió que habÃa cometido un error. La respuesta llegó de inmediato. Llevaba años llamándolo error porque le costaba más llamarlo culpa. Rafael apretó el crucifijo y guardó silencio.
5:14 La verdad, yo nunca lo habÃa visto quedarse sin palabras. Entonces Valeria empezó a llorar. Esa vez reconocà su voz. Llamó a su madre y pidió ayuda, e Isabel forcejeó para soltarse de nosotros. Valeria levantó la cabeza, tomó aire y trató de acercarse a la puerta, pero sus ojos seguÃan blancos. Las otras voces regresaron y dijeron que aún no habÃan terminado. Isabel dejó de moverse. Rafael dio un paso hacia la rejilla y ordenó que dejara de atacar a los demás. Dijo que, si querÃa enfrentarlo, lo hiciera con él. El demonio le dijo que eso era lo que llevaba haciendo desde el principio. Valeria acercó el rostro a la rejilla y las voces hablaron directamente al padre.
6:03 Le recordaron que habÃa pasado gran parte de su vida escuchando los pecados de otros, decidiendo cuándo absolver. cuándo corregir y cuándo exigir arrepentimiento. Pero esa noche le tocaba escuchar los suyos. Rafael no retrocedió, pero dejó de rezar. Yo tenÃa la vista puesta en sus manos y vi que el crucifijo le temblaba entre los dedos. Después llegó la advertencia que cambió todo. Las voces dijeron que ninguno de nosotros saldrÃa de la iglesia hasta que Rafael demostrara cuánto valÃa para él la vida de una persona inocente. Isabel preguntó qué querÃa decir con eso. Valeria no la miró, mantuvo los ojos clavados en el sacerdote y sonrió otra vez.
6:48 El padre dio un paso hacia ella. Yo pensé en detenerlo, pero no lo hice. En ese momento todavÃa creÃamos que aquello querÃa castigarlo por sus pecados. Sin embargo, ninguno de nosotros entendÃa que ella estaba preparando la única decisión que necesitaba que tomara. Manuel fue directo hacia la entrada y trató de abrirla, pero la puerta no se dio. El padre Rafael le pidió que buscara otra salida mientras yo sacaba el teléfono y llamaba a emergencias. Conseguà comunicarme y expliqué que habÃa una joven sufriendo una crisis grave dentro de la iglesia, que habÃa perdido el control de su cuerpo y necesitábamos una ambulancia cuanto antes. No mencioné los ojos ni las voces. En ese momento, solo querÃa que alguien llegara y sacara a Valeria de ahÃ. Mientras hablaba, ella comenzó a convulsionar dentro del confesionario. Isabel gritó que la sacáramos y Rafael se acercó para sostenerla sin lastimarla.
7:48 Valeria abrió la boca y las voces regresaron. Esta vez fueron directamente contra él. Le preguntaron cuántas veces habÃa pedido a otros que confiaran en Dios, mientras él dudaba de lo que decÃa desde el altar. El padre respondió que la duda formaba parte de la fe y trató de seguir rezando, pero la acusación continuó. Le recordaron funerales en los que habÃa repetido palabras que ya no sentÃa, confesiones que habÃa escuchado sin prestar atención y momentos en los que habÃa juzgado a personas después de absolverlas. Isabel exigÃa que ayudáramos a su hija. Manuel volvió diciendo que no habÃa conseguido abrir otra salida. y se acercó al confesionario.
8:34 La respiración de Valeria se volvió irregular. Rafael le buscó el pulso y pidió espacio para sacarla. Entre los tres logramos llevarla al suelo. Isabel se arrodilló junto a ella, pero el sacerdote le pidió que no la sujetara mientras siguiera moviéndose. Valeria respiraba con dificultad. La entidad siguió hablando y dijo que Manuel devolvÃa parte del dinero que tomaba para reducir su propia culpa. Después habló de mà y afirmó que yo habÃa obedecido al padre con aquellos documentos porque tenÃa miedo de perder mi trabajo, aunque durante años hubiera preferido llamarlo lealtad. No respondÃ. En ese punto ya no me preocupaba que Manuel supiera lo que habÃa hecho, solo miraba a Valeria. Después se dirigió a Isabel. Le recordó que durante años habÃa exigido confianza a su hija, pero cuando Valeria intentaba contarle lo que sentÃa, ella respondÃa que exageraba o que debÃa ser más fuerte. Isabel bajó la cabeza y empezó a pedirle perdón, pero su hija no reaccionó. Rafael levantó la voz y ordenó que la dejaran en paz. Entonces, el cuerpo de la joven se tensó, arqueó la espalda y quedó inmóvil. El padre volvió a comprobar su respiración y seguÃa viva. Las voces dijeron que podÃan terminar con todo en ese momento. momento. Rafael preguntó qué querÃan y la respuesta fue un intercambio. DejarÃan a
10:06 Valeria si otra persona aceptaba recibirlas voluntariamente. Manuel dijo de inmediato que era una trampa y el sacerdote respondió que lo sabÃa. Isabel preguntó qué ocurrirÃa si nadie aceptaba. La entidad contestó que su hija morirÃa. Rafael dijo que no tenÃa ninguna razón para creer esa promesa y no recibió respuesta. Entonces Valeria dejó de respirar. Recuerdo que el padre Rafael dejó de discutir y de rezar. Se arrodilló junto a ella y comenzó a reanimarla. Isabel trató de acercarse y tuve que sujetarla para que pudiera trabajar. manuel se colocó al otro lado y valeria seguÃa sin responder yo tenÃa el teléfono todavÃa en la mano y escuchaba a la operadora preguntándome qué estaba pasando pero apenas podÃa contestar mientras veÃa al padre intentar que la joven volviera a respirar valeria tomó aire de golpe y abrió los ojos eran normales miró a isabel y movió una mano hacia ella su madre se inclinó le habló y trató de tocarle la cara La joven alcanzó a reconocerla pero duró pocos segundos.
11:21 Su cuerpo volvió a tensarse, cerró los dedos y los ojos quedaron blancos otra vez. Las voces regresaron y dijeron que la siguiente vez no la devolverÃan. Isabel se volvió hacia Rafael y le pidió que aceptara. Manuel intervino y le advirtió que aquello podÃa ponerlos a todos en peligro. Pero ella respondió que su hija se estaba muriendo delante de nosotros. Y que esperar también era una decisión. El padre guardó silencio. Valeria respiraba de nuevo, aunque dejaba pausas cada vez más largas entre una respiración y otra. Entonces la entidad dejó claro lo que querÃa. No buscaba a Manuel.
12:03 Tampoco me querÃa a mà ni a Isabel. QuerÃa al sacerdote. Rafael preguntó por qué. Las voces le recordaron que llevaba toda una vida enseñando. que un buen pastor debÃa estar dispuesto a entregar la suya por quienes dependÃan de él, y que habÃa llegado el momento de demostrar si realmente creÃa esas palabras. El padre miró a Valeria, luego a Isabel y por último al crucifijo que sostenÃa. Manuel le pidió que esperara a la ambulancia, pero Rafael respondió que la muchacha podÃa no tener ese tiempo. Volvió a acercarse, colocó el crucifijo sobre el pecho de Valeria y comenzó a rezar. La entidad se rió, aunque él continuó hasta terminar la oración. Después dijo que aceptarÃa recibirla, si la joven quedaba libre y seguÃa con vida. Manuel trató de detenerlo y yo también le pedà que no lo hiciera.
12:59 Rafael nos indicó que nos apartáramos, se arrodilló frente a Valeria y repitió su decisión. Isabel permaneció junto a su hija llorando en silencio. Las voces le preguntaron si comprendÃa lo que estaba ofreciendo y el padre respondió que sÃ. Valeria abrió los ojos y dejó de moverse. Después comenzó a reÃr, pero las voces ya no gritaban. Ahora hablaban con un tono bajo y estable. Rafael cerró los ojos. Valeria soltó un grito y todas las luces se apagaron. Escuché a Isabel lanzarse hacia su hija. Manuel llamó al sacerdote y algo cayó cerca de mÃ. Intenté encender la luz del teléfono, pero antes de conseguirlo se activó la iluminación de emergencia. Valeria estaba tendida en el suelo, inconsciente y respirando con normalidad. El padre Rafael ya no estaba arrodillado frente a ella. Se encontraba de pie junto al confesionario, completamente quieto, pero no dijo nada, solo nos miró. Isabel se arrodilló junto a Valeria y le sostuvo la cabeza mientras yo seguÃa mirando a Rafael. La muchacha abrió los ojos poco después, reconoció a su madre y preguntó dónde estaba.
14:16 PodÃa mover los brazos, aunque se quejó de dolor en la espalda y los hombros. Rafael se acercó y le pidió que no intentara levantarse hasta que llegaran los paramédicos. Hablaba con su tono habitual, sin rastro de aquellas voces, y Manuel me buscó con la mirada. Yo seguÃa esperando una señal más clara de lo que habÃa ocurrido durante el apagón. Rafael recogió el crucifijo del suelo, se acomodó la sotana y preguntó si necesitábamos ayuda. Al levantar la cara, vi el cambio. El iris de un ojo se volvió rojo y un instante después ocurrió lo mismo con el otro. Parpadeó y recuperó su color normal. Retrocedà y Manuel dejó de moverse, apretando las llaves que llevaba en la mano.
15:02 Ãl también lo habÃa visto. El sacerdote preguntó qué nos pasaba. Le respondà que nada y sonrió. Los paramédicos llegaron poco después, revisaron a Valeria y decidieron trasladarla al hospital. Isabel subió con ella. Antes de salir, la joven volvió la cabeza hacia Rafael, dejó de responder las preguntas que le hacÃan y empezó a temblar. Ãl le dijo que ya estaba a salvo, pero Valeria no contestó y mantuvo la vista fija en él hasta que la sacaron de la iglesia. Cuando nos quedamos solos, Manuel preguntó qué habÃa sentido durante el intercambio. Rafael dijo que no podÃa explicarlo. Manuel insistió y quiso saber si recordaba lo ocurrido cuando se apagaron las luces. Respondió que sà y aseguró que todo habÃa terminado.
15:52 Manuel mencionó sus ojos y y la sonrisa del sacerdote desapareció, y le preguntó qué habÃa visto exactamente. Manuel respondió que tal vez la iluminación le habÃa jugado una mala pasada. Rafael lo observó unos segundos, después volvió a sonreÃr y nos pidió que descansáramos. También nos dijo que no contáramos nada hasta hablar con alguien de la iglesia. Antes de irme, pasé junto al confesionario. La puerta seguÃa abierta. La madera estaba dañada por los golpes de Valeria y el interior estaba vacÃo. Cuando levanté la vista, Rafael me observaba desde el otro lado de la iglesia. No habló y yo tampoco.
16:36 Dormà poco y regresé por la mañana porque querÃa hablar con él antes de que llegara la gente. Pensé que suspenderÃa la misa, pero ya estaba preparado. Le dije que debÃa descansar y me respondió que la comunidad esperaba verlo. Le pregunté si habÃa informado a alguien de lo ocurrido y contestó que lo harÃa después. No discutÃ, pues cualquier conversación con él me obligaba a fingir que no habÃa visto sus ojos. Manuel llegó antes de comenzar y me llevó aparte. Me dijo que llevaba horas pensando en el intercambio. Si Valeria habÃa quedado libre, algo habÃa recibido aquello a cambio. No hizo falta decir más, pues los dos habÃamos visto lo mismo. La misa empezó y Rafael actuó con normalidad, pronunció las oraciones de siempre, saludó a la comunidad y siguió cada parte sin equivocarse. Yo apenas atendÃa a lo que decÃa, pues observaba sus manos, sus ojos y cualquier cambio en su voz. Durante la homilÃa habló de la culpa, dijo que muchas personas escondÃan partes de su vida por miedo a ser juzgadas y que un secreto guardado durante años daba poder a quien llegaba a conocerlo. Después añadió que querÃa ver a más personas en confesión, no solo a quienes creyeran haber cometido algo grave. Invitó a padres, hijos, matrimonios, jóvenes y personas alejadas de la iglesia y dijo que estarÃa disponible para escucharlos. Manuel me miró desde un lado
18:11 del altar. En ese momento entendà lo que la entidad habÃa conseguido. Valeria podÃa ser llevada lejos y Vigilada por su familia y mantenida apartada de otras personas. Pero Rafael ocupaba un lugar distinto. La gente acudÃa a él por voluntad propia. Le contaba infidelidades, deudas, miedos, problemas familiares y secretos que nunca decÃa en público. Entraba en casas y hospitales. Acompañaba funerales y conocÃa a familias enteras. Escuchar todo aquello formaba parte de su función. No habÃa buscado cualquier cuerpo. HabÃa buscado al hombre al que todos entregaban sus secretos.
18:54 Cuando terminó la misa, varias personas se acercaron a saludarlo. Una mujer esperó hasta que la mayorÃa empezó a salir y le preguntó si podÃa confesarse. Rafael dirigió la vista hacia el confesionario y le indicó que sÃ. Ella caminó hasta ahà y entró. Manuel avanzó para detenerla. pero le sujeté el brazo porque en ese momento el sacerdote se volvió hacia nosotros. Sus ojos eran normales. Sonrió y entró en el otro compartimiento. La mujer empezó a hablar en voz baja. Desde donde estábamos no podÃamos distinguir sus palabras. Rafael permaneció en silencio, escuchando detrás de la rejilla. Después levantó la cabeza y vio otra vez aquel rojo en sus ojos. Duró muy poco. Pero ya no necesitaba otra prueba.
19:46 El intercambio nunca habÃa sido una salida para Valeria. habÃa sido la forma de conseguir el consentimiento de Rafael. Lo enfrentó con sus culpas, puso a una joven al borde de la muerte y lo obligó a elegir delante de nosotros. Cuando aceptó, abrió la puerta que aquello necesitaba. Otra persona se acercó al confesionario y luego llegó una más. En pocos minutos se formó una fila. Entraban de una en una, hablaban con él y salÃan sin saber quién estaba escuchando desde el otro lado. Yo me quedé ahà sin moverme. PodÃa contar lo ocurrido, pero tendrÃa que empezar diciendo que habÃamos oÃdo varias voces dentro de una muchacha, que vimos cambiar los ojos del sacerdote y que él habÃa aceptado recibir al demonio para salvarla. Nadie iba a apartarlo de inmediato, y mientras intentábamos convencer a alguien, seguirÃa escuchando. Vi abrirse otra vez la puerta del confesionario y una persona más entró.
20:49 Ahà comprendà el alcance de lo que habÃamos permitido. Aquello ya no necesitaba buscar vÃctimas, perseguirlas ni obligarlas a acercarse. Desde esa mañana iban a llegar solas. Bajamos al sótano, porque escuchamos a una mujer pidiendo ayuda. Recuerdo que, al abrir el cuarto, lo primero que vi fueron sus pies sobre nosotros y el cabello rozando el piso. Estaba suspendida boca abajo, sin nada que la sujetara, con la espalda torcida y los ojos completamente negros. Lucio empezó a rezar de inmediato, pero la muchacha habló antes de que terminara la primera oración. Dijo mi nombre completo. Mencionó a mi hermano Gael y contó un detalle de la noche en que murió, algo que yo nunca habÃa confesado. Ãramos cuatro seminaristas, Lucio, Ezequiel, Renato y yo. Nos habÃan enviado a ese convento durante unas semanas, porque estaban reparando parte del seminario. El edificio llevaba años sin funcionar de manera normal, y una sección se usaba para guardar archivos de la diócesis. Desde que llegamos nos dieron una sola advertencia seria. El sótano permanecÃa cerrado y nadie debÃa entrar. No preguntamos demasiado, tampoco tenÃamos una razón para hacerlo. Todo cambió cuando empezaron los golpes
22:22 debajo del piso. Los escuchamos varias noches, primero separados y después más seguidos. Luego oÃmos pasos y por último una voz de mujer. Al principio creÃmos que venÃa de otra parte del edificio, pero una madrugada los cuatro la escuchamos desde abajo. PedÃa ayuda. Buscamos al sacerdote encargado y no lo encontramos. Renato insistió en bajar, porque si habÃa alguien encerrado, esperar podÃa empeorar las cosas. Lucio querÃa aguardar hasta la mañana, aunque terminó acompañándonos porque no iba a dejarnos ir solos.
23:02 Ezequiel habÃa encontrado dÃas antes una llave guardada entre objetos antiguos del archivo. La probamos y abrió la entrada del sótano. Bajamos juntos. Al final de las escaleras encontramos otra puerta y, detrás, volvimos a escuchar a la mujer. Estaba llorando. Le preguntamos quién era y respondió que llevaba mucho tiempo ahÃ, que tenÃa miedo y que no podÃa salir. Asà que abrimos. La muchacha estaba en medio del cuarto. No habÃa cuerdas, muebles ni ningún soporte cerca de ella. TenÃa los brazos colgando hacia el piso, el cuello forzado y el torso torcido.
23:45 Cuando entramos, dejó de llorar y nos miró. Lucio comenzó a rezar y entonces salió de su boca una voz grave, mucho más fuerte que la suya. Lo primero que hizo fue dirigirse a él. Dijo que rezaba por miedo, no por fe. Y después habló del frasco de agua que llevaba escondido. Lucio lo habÃa preparado por su cuenta y pensaba usarlo para protegerse, aunque todavÃa no era sacerdote. La muchacha dijo todo eso sin que ninguno de nosotros hubiera mencionado el frasco. Lucio dejó de rezar y Ezequiel corrió hacia la puerta. El picaporte giraba. pero la hoja no se movÃa. Renato se puso a ayudarlo y los dos empujaron varias veces. Yo me quedé cerca, pendiente de la muchacha.
24:35 SeguÃa suspendida en el mismo punto, observándonos. Ezequiel empezó a rezar mientras forcejeaba con la salida y la entidad lo interrumpió. Dijo que habÃa robado dinero de una colecta. Dio la cantidad y explicó que pensaba devolverlo antes de que alguien notara la falta. Ezequiel se quedó inmóvil, con una mano todavÃa en el picaporte. No hizo falta preguntarle si era verdad. Entonces la voz dijo mi nombre y pronunció el de Gael. Mi hermano habÃa muerto dos años antes en un accidente de automóvil y yo conducÃa aquella noche. La investigación no habÃa podido determinar con certeza quién provocó el choque, pero habÃa algo que nadie de mi familia sabÃa. Yo habÃa bebido antes de manejar. No estaba inconsciente ni habÃa perdido el control al salir, pero sabÃa que no debÃa haber tomado el volante. Nunca lo conté, ni a mi familia, ni a un sacerdote, ni a mis compañeros. La muchacha dijo cuánto habÃa bebido y en dónde lo habÃa hecho.
25:43 Sentà que se me cerraba la garganta y dejé de rezar. Renato reaccionó con rabia. Le gritó que nos dejara salir y la insultó. La entidad no discutió con él. Dijo que llevaba meses pensando en abandonar el seminario, que ya tenÃa preparada una explicación para su familia y que pensaba marcharse en cuanto terminara nuestra estancia ahÃ. Renato bajó la mirada, pues también era verdad. Lucio intentó recuperar el control y dijo que nuestros pecados no anulaban una oración y que todavÃa podÃamos arrepentirnos. La voz respondió que el problema no eran las palabras, sino nosotros. HabÃamos desobedecido una orden directa.
26:27 HabÃamos entrado por decisión propia y ahora rezábamos, mientras seguÃamos ocultando cosas que no querÃamos admitir. Lucio dijo que el arrepentimiento era posible. La muchacha sonrió y respondió que primero habÃa que decir la verdad, pero nadie habló. Entonces se movió. Su cuerpo se desplazó hasta una pared, apoyó los pies y comenzó a caminar por ella. Subió sin sujetarse de nada, pasó al techo y siguió avanzando con la cabeza girada hacia nosotros. Ezequiel retrocedió, Renato volvió a golpear la puerta y Lucio retomó la oración. La joven cruzó por encima de nuestras cabezas, bajó por la pared opuesta y se detuvo frente al grupo, todavÃa boca abajo. La voz cambió de tono y dijo que podÃa terminar todo en ese momento.
27:20 Tres de nosotros podÃan marcharse y uno debÃa quedarse. Renato preguntó qué querÃa y la entidad respondió que no servÃa una palabra dicha por miedo, ni una respuesta forzada. Necesitaba una decisión voluntaria. Uno de nosotros tenÃa que renunciar conscientemente a aquello en lo que creÃa y aceptar salir del sótano a cualquier precio. Lucio reaccionó antes que los demás y ordenó que nadie respondiera. La muchacha sonrió otra vez. Detrás de ella, en la pared, habÃa una frase escrita directamente sobre el cemento, baja y cerca del suelo. No la habÃamos visto al entrar. DecÃa, no le des tu consentimiento.
28:05 La advertencia de la pared nos dejó quietos unos segundos. Lucio fue el primero en reaccionar. Nos pidió que no respondiéramos nada más y que no aceptáramos ninguna condición. Luego dijo que debÃamos hablar entre nosotros, antes de que aquella cosa siguiera usando nuestros secretos. Ezequiel comenzó. Admitió que habÃa tomado dinero de una colecta y que pensaba devolverlo antes de que alguien notara la falta. Le costó decirlo, pero terminó. Después hablé yo. Les conté que habÃa bebido la noche en que murió Gael y que nunca se lo habÃa dicho a nadie. No sabÃa si yo habÃa causado el accidente, pero llevaba dos años viviendo con la posibilidad de haberlo provocado y permitiendo que mi familia creyera que yo no habÃa hecho nada mal. Lucio también habló. Reconoció que llevaba meses dudando de su vocación y que aunque frente a nosotros actuaba con seguridad, Ya no estaba convencido de seguir en el seminario. Admitió además que habÃa preparado el frasco de agua por su cuenta, porque querÃa sentir que tenÃa alguna forma de defenderse. Renato fue el único que no dijo nada. Se quedó cerca de la puerta, mirando a la muchacha y evitando nuestras caras. Recuerdo que pensé que el silencio le estaba haciendo más daño que todo lo que nosotros acabábamos de confesar. Durante un momento la joven
29:36 dejó de moverse, su respiración cambió y la voz grave desapareció. cuando volvió a hablar escuchamos una voz débil, cansada, dijo que se llamaba Marina y nos pidió que no creyéramos nada de lo que dijera, cuando aquella otra voz regresara, Lucio avanzó un paso, pero ella le pidió que no se acercara, Nos explicó que podÃa sentir su cuerpo en todo momento, aunque solo conseguÃa controlarlo durante periodos muy cortos. Después dijo que llevaba ahà desde 1989. Ese nombre me resultaba conocido. Semanas antes habÃa revisado cajas del archivo para buscar unos documentos y habÃa visto una fotografÃa de una joven desaparecida durante un retiro en el convento. Su nombre era Marina Varela. Recordé la foto en cuanto la escuché, pero no interrumpÃ. Ella seguÃa hablando con dificultad y tenÃamos poco tiempo antes de que la entidad recuperara el control.
30:38 Marina nos contó que habÃa entrado al sótano durante el retiro de 1989. Se habÃa separado del grupo después de escuchar una voz pidiendo ayuda y en cuanto cruzó aquella puerta, perdió el control de su cuerpo. La entidad entró en ella sin que le diera permiso Desde entonces podÃa moverla, hablar a través de su boca y lastimarla dentro del cuarto, pero Marina nunca aceptó recibirla por voluntad propia. Con los años entendió que esa era la razón por la que seguÃan atrapadas ahÃ. La entidad podrÃa ocupar su cuerpo, pero no podÃa utilizarlo para cruzar el lÃmite del sótano. Tampoco podÃa abandonarla y tomar a otra persona por la fuerza mientras siguiera unida a ella. necesitaba que alguien aceptara voluntariamente ocupar su lugar. Su cuello se giró de golpe y la voz cambió otra vez. La entidad dijo que Marina habÃa hablado demasiado. Enseguida la hizo subir por la pared y correr por encima de nosotros, pero ya no se movÃa despacio. Pasó varias veces de un lado a otro, bajó casi hasta el suelo y volvió a trepar sin detenerse.
31:51 Ezequiel se cubrió la cabeza, Lucio retrocedió y Renato terminó pegado a la puerta. Entonces la voz dejó de dirigirse al grupo y empezó a hablarle solo a él. Le recordó que querÃa abandonar el seminario y que llevaba meses preguntándose cuánto tiempo más podÃa seguir fingiendo. Le dijo que los demás habÃamos confesado porque necesitábamos sentirnos mejores, mientras él al menos entendÃa algo sencillo. QuerÃa salir vivo. Renato le ordenó que se callara, pero la entidad siguió. Dijo que una persona muerta no podÃa reparar nada, pedir perdón ni empezar de nuevo, y que aceptar una salida no lo convertirÃa en alguien peor que nosotros. Lucio le pidió a Renato que no respondiera, y la voz usó eso en su contra. Le recordó que siempre habÃa obedecido decisiones tomadas por otros. que habÃa entrado al seminario para no decepcionar a su familia y que ahora también pretendÃamos decirle qué debÃa hacer. Renato empezó a respirar con dificultad. Lo sujeté del brazo y le pedà que me mirara. Le dije que no estaba intentando ayudarlo, que todo lo que decÃa tenÃa un objetivo y que si necesitaba convencerlo era porque todavÃa no tenÃa lo que buscaba. Renato me respondió que nosotros también necesitábamos salir Le señalé la advertencia escrita en la pared, y dijo que quizá la estábamos entendiendo mal.
33:22 En ese momento la puerta se abrió sola, se movió hasta quedar completamente abierta, y el corredor apareció frente a nosotros. Renato dio un paso, pero Lucio lo detuvo antes de que cruzara. La entidad explicó entonces que abrir la puerta no era el problema. PodÃa hacerlo cuando quisiera. Lo que no podÃa hacer era atravesarla dentro de Marina sin que alguien aceptara sustituirla. Para demostrarlo, obligó a la joven a bajar de la pared. Marina cayó sobre las manos y los pies con el cuerpo todavÃa torcido y avanzó hacia la salida. Llegó al marco y se detuvo. Intentó pasar una mano al corredor, pero en cuanto los dedos cruzaron, todo su cuerpo comenzó a convulsionar. La entidad insistió. Empujó el brazo unos centÃmetros más y Marina gritó con su propia voz. Después salió despedida hacia atrás y quedó tendida en el suelo. Nadie habló. Ya no dudábamos de que existÃa un lÃmite y de que por alguna razón aquella cosa no podÃa cruzarlo con ella. Renato preguntó qué ocurrirÃa si uno de nosotros aceptaba. Lucio le ordenó que dejara de hacer preguntas, pero la respuesta llegó igual. La entidad dijo que Marina quedarÃa libre. Renato quiso saber qué pasarÃa con la persona que aceptara. La muchacha levantó la cabeza, lo miró y sonrió. Dijo que esa persona también saldrÃa.
34:54 Y Renato preguntó en qué condiciones. Pero la entidad guardó silencio. Ahà entendà que todo el trato estaba construido alrededor de una verdad incompleta. Nunca habÃa prometido que quien aceptara seguirÃa siendo la misma persona. Renato dejó de mirar la puerta y se quedó unos segundos con la vista fija en Marina. Lucio le dijo que no olvidara lo que acabábamos de escuchar, que aquella cosa necesitaba una decisión voluntaria y que cualquier promesa venÃa incompleta. Ezequiel añadió que preferÃa quedarse encerrado antes que aceptar un trato que no entendÃamos. Yo le pedà que pensara en la advertencia de la pared. Si alguien habÃa escrito que no debÃa darle consentimiento, habÃa una razón.
35:45 Renato dijo que lo entendÃa, pero no apartó la vista del corredor. Marina recuperó el control por un momento y cayó de rodillas. Levantó la cabeza con esfuerzo y le pidió que no aceptara nada. Dijo que durante años habÃa buscado cualquier forma de escapar. pero terminó comprendiendo que la entidad no podÃa abandonar el sótano mientras nadie la recibiera por voluntad propia. Renato le preguntó si eso significaba que ella seguirÃa ahà para siempre. Marina tardó en responder y al final dijo que sÃ, si nadie ocupaba su lugar. Recuerdo la cara de Renato cuando escuchó eso. Dijo que no podÃa aceptar que cuatro personas murieran encerradas. para mantener a una mujer sufriendo ahà dentro, ni que Marina siguiera atrapada otros 30 años. Lucio le respondió que esa era la idea, que la entidad querÃa meterle en la cabeza, convertir el trato en un acto de compasión, para que él mismo justificara la decisión. Marina alcanzó a decir que no era un sacrificio, era una sustitución, La voz grave regresó antes de que pudiera decir algo más. Marina se levantó de golpe y su cuerpo volvió a tensarse. La entidad dijo que no necesitaba al más fuerte ni al más religioso, tampoco al peor de nosotros. Le bastaba una
37:15 persona dispuesta a poner su vida por encima de todo lo demás. Renato respondió que querÃa salir. Lucio lo sujetó del brazo, Pero la voz aclaró que esas palabras no bastaban. Necesitaba que comprendiera lo que estaba haciendo, que rechazara voluntariamente aquello en lo que habÃa creÃdo y aceptara las consecuencias. Ezequiel se puso delante de Renato y le pidió que nos siguiera. Yo también intenté detenerlo. Le dije que si salÃamos todavÃa podÃa abandonar el seminario, pedir perdón, empezar otra vida o hacer lo que quisiera. pero solo tendrÃa esa oportunidad si seguÃa siendo él mismo. Renato me miró, guardó silencio unos segundos y pensé que habÃa entendido. Entonces Marina gritó.
38:07 La entidad dobló su espalda y la golpeó contra el piso. Luego la levantó y la lanzó contra una pared. Marina pidió ayuda con su propia voz. Renato trató de apartar la vista, pero volvió a mirarla y dijo que no podÃa seguir viendo aquello. Lucio le respondió que precisamente por eso debÃa resistir. Renato se soltó, miró a Marina y pronunció la blasfemia. Habló con claridad, rechazó voluntariamente su fe y dijo que aceptaba el precio con tal de que Marina y nosotros saliéramos. Después repitió las palabras con más fuerza. Durante un instante no ocurrió nada. Después Marina cayó al suelo.
38:52 Su cuerpo dejó de estar torcido. Los brazos volvieron a una posición normal y las piernas se relajaron. Abrió los ojos y ya no estaban negros. Respiró con dificultad y Ezequiel corrió a ayudarla. Yo miré a Renato. Estaba llorando y dijo que habÃa funcionado. Entonces cayó de rodillas. Su brazo derecho se dobló hacia atrás y escuchamos el hueso desplazarse. Renato gritó y el otro brazo se torció después. Las piernas cedieron. y la espalda se arqueó hasta dejarlo inmóvil. Lucio intentó acercarse, pero Marina le pidió que no lo tocara. Los gritos se cortaron de golpe. Renato levantó la cabeza y sus ojos estaban completamente negros. Marina comenzó a llorar y dijo que ya era tarde. Lucio levantó el crucifijo y retomó la oración. Renato lo observó sin reaccionar. Luego habló con la misma voz que habÃa salido de Marina.
39:53 Dijo que habÃa cumplido lo prometido. Ella estaba libre. Nosotros podÃamos marcharnos y Renato también iba a salir. La blasfemia no habÃa abierto la puerta. La decisión habÃa permitido el intercambio. Marina nunca aceptó a la entidad y por eso no podÃa llevarla fuera del sótano. Pero Renato sà le habÃa dado permiso. ayudamos a marina a ponerse de pie y salimos al corredor lucio intentó cerrar la puerta detrás de nosotros pero renato llegó antes caminaba con dificultad aunque a cada paso sus piernas recuperaban una posición normal subimos sin detenernos arriba encontramos a dos sacerdotes que habÃan escuchado los golpes uno fue hacia marina y el otro trató de detener a renato pero él lo empujó contra la pared y siguió caminando. Cuando llegó a la salida, su postura ya era normal. Abrió la puerta principal y salió del convento, pero ninguno de nosotros lo siguió. La policÃa llegó poco después, revisaron el edificio y los alrededores. Marina fue llevada a un hospital. Su nombre coincidÃa con el registro de la joven desaparecida en 1989. Pero los médicos no pudieron explicar por qué su edad fÃsica no correspondÃa con los años transcurridos.
41:19 Tampoco encontraron a Renato. Durante los dÃas siguientes dimos declaraciones por separado. La diócesis cerró el convento y nos trasladaron. Yo pensé que nunca volverÃa a saber nada de él, hasta que un agente me llamó para enseñarme una grabación tomada en una estación de autobuses cercana. Renato aparecÃa caminando entre varias personas, pocas horas después de salir del convento. Ya no tenÃa ninguna lesión visible. Avanzó hasta quedar cerca de una cámara, se detuvo, levantó la cabeza y miró directamente al lente durante varios segundos. Luego sonrió, siguió caminando y salió de la imagen. Nunca volvieron a encontrarlo. Marina habÃa pasado 37 años evitando que aquella cosa saliera del sótano.
42:11 Nosotros entramos una sola noche y le dimos exactamente lo que necesitaba, alguien dispuesto a abrirle la puerta desde dentro. Cuando abrà la puerta, Emiliano estaba en el techo. No estaba colgado ni sujeto a nada. TenÃa las manos y los pies apoyados arriba. El cuerpo, separado de la superficie y la cabeza inclinada hacia nosotros, permanecÃa inmóvil. Yo llevaba 11 años como sacerdote, el padre Vicente más de 30, y durante ese tiempo lo habÃa acompañado en casos difÃciles, familias desesperadas y situaciones que exigÃan mucha calma. La diócesis lo llamaba cuando otros sacerdotes ya no sabÃan cómo seguir.
43:05 Lo conocÃa bien, sabÃa cómo reaccionaba bajo presión y nunca lo habÃa visto detenerse antes de entrar a una habitación. Aquella vez se quedó unos segundos en la puerta, mirando a Emiliano. Natalia, la hermana de Emiliano, nos habÃa explicado lo básico antes de subir. Ãl tenÃa 34 años y trabajaba vivÃa solo y no tenÃa antecedentes de violencia durante los últimos dÃas habÃa dormido poco comÃa menos y respondÃa cada vez con mayor dificultad esa noche ella fue a buscarlo y lo encontró en el techo no sabÃa cómo habÃa subido ni cuánto tiempo llevaba ahà vicente entró primero yo avancé detrás de él y natalia se quedó cerca de la puerta emiliano no movió el cuerpo solo los ojos Los iris estaban blancos, sin el color que Natalia recordaba.
44:00 Vicente dijo su nombre. Emiliano giró la cabeza unos centÃmetros y mantuvo la vista fija en él. Cuando el padre sacó el crucifijo, una lÃnea roja apareció alrededor de sus pupilas y comenzó a extenderse. Natalia quiso acercarse, pero le pedà que permaneciera en el pasillo. Vicente abrió el ritual y empezó las primeras oraciones. Yo esperaba gritos, amenazas o un movimiento violento, porque eso era lo que habÃa escuchado en otros casos. Pero Emiliano no hizo nada de eso. Esperó hasta que Vicente terminó la primera parte, y entonces habló con una voz mucho más grave que la suya.
44:41 Recitó un pasaje del Evangelio según Mateo, sobre quienes llaman Señor a Dios, pero no cumplen su voluntad. No dudó ni se equivocó. Después dijo que cualquiera podÃa ponerse una vestimenta religiosa, entrar a una iglesia y repetir palabras aprendidas, y que lo difÃcil era vivir de acuerdo con ellas. Vicente no le respondió y siguió leyendo. Emiliano pasó a otro pasaje, esta vez sobre Pedro y el miedo que sintió antes de negar a Cristo. Luego dijo que Vicente también tenÃa miedo. Y añadió que, antes de entrar al dormitorio, habÃa comprobado dos veces que la puerta pudiera abrirse desde dentro.
45:25 Era cierto, pues yo lo habÃa visto hacerlo. Vicente siempre revisaba las salidas antes de empezar un procedimiento, pero nunca hablaba de ese hábito con las familias. Aún asÃ, intenté encontrar una explicación. Pensé que Emiliano podÃa haber oÃdo algo sobre él o que Natalia habÃa mencionado algún detalle sin darse cuenta. Entonces Emiliano giró la cabeza hacia mÃ. Sus ojos volvieron a ponerse blancos y mencionó al padre Ignacio. Sentà un peso fuerte en el estómago. Ignacio habÃa trabajado conmigo durante mis primeros años como sacerdote. Una noche me llamó porque se encontraba mal y querÃa que fuera a verlo.
46:09 Yo estaba agotado. Le dije que irÃa por la mañana y murió antes de que llegara. Durante años cargué con esa llamada y solo se la habÃa contado a Vicente. Emiliano repitió las últimas palabras que Ignacio me dijo antes de colgar. No eran palabras conocidas, tampoco algo que pudiera encontrar en un registro o escuchar por casualidad. Di un paso hacia atrás. Vicente lo vio y me indicó que continuara con las respuestas del ritual. lo hice, aunque mi voz ya no salÃa con la misma firmeza Emiliano comenzó a moverse adelantó una mano luego un pie y después siguió con el resto del cuerpo se desplazaba despacio por el techo y cada movimiento quedaba a la vista una de sus articulaciones giró más de lo normal y escuchamos un crujido Natalia gritó desde el pasillo pero Emiliano no reaccionó al dolor no cambió la expresión y siguió avanzando llegó hasta quedar encima de nosotros. Una gota cayó sobre el libro que Vicente sostenÃa. Era sangre. Miré hacia arriba y vi que algunas uñas de Emiliano se estaban levantando por la presión contra el techo. Vicente elevó la voz y los ojos de Emiliano comenzaron a ponerse un poco rojos.
47:28 La respuesta llegó de inmediato. Otro texto bÃblico, pero esta vez sobre quienes se concentran en los errores ajenos antes de mirar los propios. Después preguntó para qué habÃamos ido realmente. Vicente siguió rezando. La voz dijo que podÃamos asegurar que estábamos ahà para salvar a Emiliano, pero que esa no era toda la verdad. Dijo que también querÃamos demostrar que nuestras oraciones servÃan, que todavÃa tenÃamos autoridad dentro de una habitación, donde nadie más podÃa controlar lo que ocurrÃa. Vicente se equivocó en una palabra. Fue un error breve, pero Emiliano sonrió.
48:10 El padre volvió al inicio de la frase y continuó. Mientras leÃa, vi un sobre viejo dentro de su bolso, colocado entre las hojas del ritual. Reconocà la letra del frente. Era del padre Ricardo Ibarra, un sacerdote que habÃa muerto años atrás. Yo conocÃa el contenido, porque Vicente me lo habÃa mostrado una vez. Dentro habÃa varias hojas con un procedimiento que la diócesis habÃa prohibido. Vicente nunca lo habÃa utilizado. Cuando le pregunté por qué seguÃa guardándolo, me respondió que conservarlo no significaba estar dispuesto a recurrir a él. Emiliano dejó de moverse y miró directamente hacia el bolso. Esta vez no mostró dolor ni rabia y sonrió. Vicente cerró el bolso con el pie y continuó con el ritual.
49:03 pero la voz dejó de citar las escrituras. Preguntó si estarÃa dispuesto a entregar su propia vida para salvar a Emiliano. Vicente no respondió. La pregunta volvió, pero esta vez fue más directa. Preguntó si morirÃa por un hombre al que acababa de conocer. Vicente apretó el crucifijo y dijo que harÃa todo lo necesario para sacarlo de ahÃ. Emiliano mantuvo la sonrisa y después respondió que eso no era lo que le habÃa preguntado. A partir de ese momento, Emiliano concentró toda su atención en Vicente, seguÃa desplazándose por el techo y dejaba pequeñas marcas de sangre con las manos y los pies. Cada vez que el padre elevaba la voz durante las oraciones, sus ojos se volvÃan rojos. Cuando se detenÃa para respirar o buscar la siguiente lÃnea, regresaban al blanco. La entidad dejó de dirigirse a mà y empezó a hablar de un caso antiguo de Vicente, uno que yo conocÃa solo en parte. Años atrás, una mujer habÃa llevado a su hijo a la parroquia porque el muchacho pasaba noches enteras despierto, gritaba y aseguraba que alguien entraba a su habitación. Vicente no encontró razones para iniciar un exorcismo y recomendó atención médica. Meses después, el joven murió.
50:27 Emiliano no dijo que el padre se hubiera equivocado. Preguntó cuántas noches habÃa pasado pensando en aquella decisión. cuántas veces habÃa repasado la conversación con la madre y cuántas habrÃa deseado actuar de otra manera. Vicente detuvo la lectura durante un segundo y continuó. Emiliano dijo que por eso nunca abandonaba un caso, aunque las condiciones empeoraran. Afirmó que no era fe lo que lo mantenÃa, sino culpa, y que cada persona a la que intentaba ayudar servÃa para corregir una muerte que seguÃa cargando. Vicente le ordenó guardar silencio.
51:09 La respuesta fue otro fragmento de las escrituras, esta vez sobre un hombre que rezaba convencido de ser mejor que quienes tenÃa alrededor. Al terminar, Emiliano le preguntó si querÃa salvarlo o si necesitaba ganar. Vi cómo Vicente tensó la mandÃbula y apretó el crucifijo. Le pedà que no respondiera y siguiera con el ritual. Emiliano giró la cabeza hacia mà y volvió a mencionar al padre Ignacio, repitiendo detalles de aquella llamada que yo habÃa intentado olvidar durante años. Me quedé sin voz en mitad de una respuesta. Vicente me ordenó continuar, pero no pude. Salà del dormitorio y me quedé en el pasillo a pocos metros de la puerta.
51:54 Desde ahà escuchaba la voz de Vicente y entre una oración y otra la de Emiliano. No habÃa insultos, amenazas directas ni exigencias para que retiráramos el crucifijo. La entidad utilizaba pasajes religiosos, recuerdos personales y preguntas concretas. Escuché un golpe seco y regresé. Emiliano seguÃa arriba, pero ahora golpeaba la cabeza contra el techo. Vicente permanecÃa junto a la cama y continuaba leyendo. Le dije que tenÃamos que detener el procedimiento y buscar otra forma de seguir. pero no respondió. Emiliano golpeó de nuevo, después otra vez y la sangre empezó a bajar por su frente. Vicente miró hacia el bolso y yo también. Le dije que no sacara el sobre y Emiliano se quedó inmóvil en ese instante. Vicente abrió el bolso y tomó las hojas del padre Ricardo.
52:51 Intenté detenerlo. Le recordé que aquel procedimiento estaba prohibido y que Ricardo habÃa pedido que nadie lo utilizara. Vicente me contestó que Emiliano no aguantarÃa mucho más. Miré hacia arriba. Las manos estaban heridas. Una de las piernas ya no apoyaba bien y la sangre de la frente le llegaba hasta el cabello. Le dije que tampoco sabÃamos qué podÃa ocurrirle a él. Respondió que conocÃa el riesgo. Yo habÃa leÃdo aquellas hojas una sola vez y recordaba lo suficiente. para saber que no ofrecÃan ninguna garantÃa. El procedimiento exigÃa continuar, mientras el cuerpo del oficiante pudiera soportarlo, y advertÃa que debÃa interrumpirse ante una pérdida de conciencia. No explicaba qué ocurrÃa con la entidad ni qué debÃa esperarse después. Vicente empezó a leer. Emiliano dejó de sonreÃr y tensó todo el cuerpo contra el techo. Durante los primeros minutos, el padre mantuvo la voz firme, aunque su respiración se volvió pesada.
53:58 Le pedà que se detuviera, pero siguió. La entidad preguntó si querÃa salvar a Emiliano. Vicente no respondió y continuó con la siguiente lÃnea. Entonces llegó la otra pregunta, la misma de antes, si necesitaba ganar. Vicente levantó la vista y bajó las hojas unos centÃmetros. Se quedó asà un instante y retomó la lectura. Una de las manos de Emiliano perdió contacto con el techo y el brazo cayó de golpe, y poco después se dio una pierna. El cuerpo quedó sostenido únicamente por una mano y un pie. Me acerqué a Vicente y le sujeté el brazo. TenÃa la piel frÃa, el pulso acelerado y un temblor que ya alcanzaba los hombros. La voz dijo que todavÃa podÃa parar, pero Vicente siguió. Emiliano empezó a desprenderse. Primero bajó el torso, luego perdió la otra mano y solo uno de los pies siguió adherido al techo. Vicente respiró con dificultad, pasó a la última parte del procedimiento y elevó la voz para terminarla. Yo seguÃa sosteniéndole el brazo cuando sentà un golpe bajo los dedos, un latido claro y fuerte. Después no sentà nada. Busqué el pulso otra vez y no lo encontré. Dije su nombre, pero Vicente no respondió. En ese mismo instante, Emiliano cayó sobre la cama con tanta fuerza que Natalia entró desde el pasillo. Comenzó a toser
55:29 y su hermana corrió hacia su lado. Yo bajé a Vicente al suelo y busqué cualquier señal de respiración mientras le hablaba, sin obtener respuesta. Pasaron varios segundos, entonces sentà movimiento debajo de los dedos, un latido débil, seguido por otro más firme. Vicente abrió la boca y tomó aire. Después sus ojos se movieron hacia mÃ. Le pregunté si podÃa escucharme y asintió. En la cama Emiliano abrió los ojos. HabÃan recuperado su color marrón. Natalia dijo su nombre y él la reconoció de inmediato. Preguntó qué habÃa ocurrido y por qué le dolÃan las manos. Vicente logró incorporarse y miró hacia la cama. Primero vi alivio en su rostro, después una calma contenida. No dijo nada, solo mantuvo la vista en Emiliano, mientras Natalia intentaba tranquilizarlo. Yo seguÃa arrodillado a su lado, con los dedos sobre su muñeca, sintiendo que el corazón habÃa vuelto a funcionar. La entidad habÃa repetido la misma pregunta durante toda la noche, salvarlo o ganar.
56:42 Vicente habÃa elegido, pero yo todavÃa no sabÃa qué acababa de aceptar. Emiliano salió de la casa consciente, reconocÃa a Natalia y respondÃa con normalidad. No recordaba lo ocurrido durante las últimas horas y solo preguntaba por el dolor de las manos. Antes de que se lo llevaran, quiso hablar con Vicente. Le agradeció haberlo ayudado y lo abrazó. El contacto duró pocos segundos, pero vi que Vicente cerró los ojos y contuvo el aire. Le pregunté si estaba bien. Dijo que estaba agotado y no insistà de inmediato, aunque después del colapso querÃa que lo revisaran también. Se negó.
57:25 Guardó las hojas de Ricardo y dijo que necesitaba descansar. Caminaba sin ayuda, hablaba con claridad y su pulso se habÃa estabilizado. Antes de salir miró hacia el dormitorio y afirmó que Emiliano estaba libre. Lo llevé hasta su casa y durante el trayecto habló poco. En un momento mencionó al muchacho que no habÃa podido ayudar años atrás y dijo que llevaba demasiado tiempo pensando en aquel caso. Después añadió que esa noche habÃa hecho lo correcto, pero no le contesté. Cuando llegamos me pidió que no informara todavÃa a la diócesis sobre el procedimiento de Ricardo. QuerÃa dormir unas horas antes de dar explicaciones. Lo vi entrar y regresé al automóvil. Al sentarme encontré su crucifijo entre el asiento y la puerta. Pensé en devolvérselo al dÃa siguiente, pero Vicente llevaba años colocando ese crucifijo junto a su cama antes de dormir. Bajé del automóvil y volvà a la casa. La puerta habÃa quedado entreabierta, asà que lo llamé desde la entrada, pero no respondió. HabÃa una luz encendida al fondo del pasillo. Avancé unos pasos y repetà su nombre. Escuché movimientos cerca del baño. Vicente estaba frente al espejo con las manos apoyadas en el lavabo. Le dije que habÃa olvidado el crucifijo, pero no reaccionó. Levantó la cabeza unos segundos después y pude verlo en el reflejo.
58:57 Sus ojos conservaban el color normal, pero me acerqué un poco, y una lÃnea roja apareció alrededor de la pupila derecha y desapareció casi de inmediato. Pensé... que el esfuerzo del ritual podÃa haberle roto algún vaso sanguÃneo, pero el mismo borde rojo apareció otra vez, esta vez alrededor de ambos iris. Vicente retrocedió, intentó hablar y no pudo. Levantó una mano hacia el pecho para hacer la señal de la cruz. pero el brazo se detuvo antes de llegar a la frente. Avancé hacia él, pero movió la cabeza y me indicó que me quedara donde estaba. Dejé el crucifijo sobre una mesa y le dije que iba a pedir ayuda. Su mano derecha comenzó a moverse hacia el interruptor. Vi cómo intentaba detenerla, tensando el brazo y cerrando los dedos, pero la mano siguió avanzando hasta apagar la luz del baño.
59:57 La lámpara del dormitorio mantenÃa iluminada una parte del pasillo. Vicente salió y caminó hacia ella. Cada paso era lento y rÃgido, pues intentaba frenar las piernas, pero seguÃa avanzando. Le ordené que se detuviera y no respondió. Entró al dormitorio y yo me quedé en la puerta. Miró hacia el crucifijo que tenÃa frente a la cama, abrió la boca y consiguió decir mi nombre. Fue lo único que pronunció con su propia voz antes de apagar la última luz. La claridad del pasillo me permitió seguir viendo su cuerpo. Vicente apoyó una mano contra la pared y luego la otra.
1:00:37 Intentó separarlas y no pudo. Después un pie dejó el suelo y luego el segundo. Un momento después empezó a subir. No saltó ni recibió ningún impulso visible. Avanzó utilizando manos y pies hasta alcanzar el techo. Ahà las articulaciones comenzaron a girar, primero los brazos, luego las piernas. Escuché su respiración y supe que seguÃa consciente, pues intentó mover la cabeza hacia mÃ, pero el cuello se detuvo antes de completar el giro. Retrocedà y entonces comprendà lo que habÃamos pasado por alto. Durante todo el exorcismo, la entidad nunca intentó convencer a Vicente de abandonar a Emiliano. Lo presionó para que continuara, atacó su culpa, cuestionó su fe y lo empujó hasta conseguir que sacara las hojas prohibidas. Cuando eso ocurrió, Emiliano se quedó quieto. Nosotros interpretamos aquella reacción como miedo, pero ahora estaba viendo el resultado real. El procedimiento no habÃa obligado a la entidad a desaparecer, le habÃa abierto una salida. Emiliano era el cuerpo que querÃa abandonar.
1:01:51 Vicente habÃa aceptado el riesgo y le habÃa dado acceso al suyo. Para llevarlo hasta ese punto, la entidad solo tuvo que encontrar la parte de él que no podÃa dejar sin respuesta y la necesidad de demostrar que todavÃa era capaz de vencer. Vicente avanzó por el techo hasta quedar encima de la cama, en la misma posición en que habÃamos encontrado a Emiliano. Sus ojos permanecÃan rojos. Saqué el teléfono, pero antes de terminar la llamada abrió la boca. Escuché la misma voz que habÃa salido de Emiliano. Utilizó otro fragmento de las escrituras y luego preguntó si pensaba abandonarlo.
1:02:33 No contesté, pues entendà lo que intentaba conseguir. QuerÃa que entrara, que creyera que podÃa ayudarlo y que recurriera al mismo procedimiento. Retrocedà hasta el pasillo y cerré la puerta. Luego empezaron los golpes dentro del dormitorio, primero contra la pared, después sobre el techo. Pedà ayuda y mantuve el crucifijo en la mano mientras escuchaba. Entonces recordé el momento exacto en que el pulso de Vicente habÃa desaparecido durante el ritual. HabÃa sentido un último latido bajo mis dedos. Después, nada. Más tarde, volvió a respirar, se levantó y habló con nosotros.
1:03:18 Hasta esa noche, pensé que su corazón simplemente habÃa comenzado a funcionar otra vez. Frente a aquella puerta, entendà que no podÃa asegurar que habÃa regresado con él. Los golpes cesaron. Me acerqué, pero no abrÃ. Entonces Vicente dijo mi nombre desde el interior, pero esta vez utilizó su voz normal. Aseguró que seguÃa consciente y me pidió que entrara. Dijo que todavÃa podÃa salvarlo. Guardé silencio y la voz cambió. Empezó a explicarme qué debÃa hacer para liberarlo, paso por paso, y reconocà las instrucciones. Era el procedimiento que Vicente habÃa utilizado con Emiliano. Ahà entendà por completo la trampa. Aquella cosa nunca necesitó derrotar a un exorcista. Solo necesitaba conseguir que el siguiente creyera que podÃa vencerla. No abrà la puerta, me alejé por el pasillo y escuché movimientos sobre el techo. Después, justo encima de mÃ, la voz de Vicente comenzó a rezar.
1:04:26 Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver. Nos vemos en el infierno, el exorcismo que rompió al sacerdote. Y también, felicidades padre, el error que cometà durante un exorcismo y me obligó a dejar la iglesia.
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