Sobreviví A Una Operación GAFE Contra Una Manada De Nahuales - Historias De Terror - REDE
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0:04 Yo era parte de un grupo de gafes desplegado en una zona de pueblos cercanos a la selva. Nos mandaron después de varios ataques seguidos contra comunidades pequeñas. Primero llegaron reportes de animales grandes que bajaban de noche, tumbaban puertas, mataban ganado y dejaban rastros extraños en los patios. Dos dÃas después el problema ya no era el ganado. Empezaron a desaparecer personas y poco después comenzaron a aparecer los cuerpos. Entramos primero a San Isidro del Monte. Recuerdo bien el silencio del pueblo, las calles vacÃas, las puertas cerradas y la gente mirando desde adentro sin decidirse a salir. Nadie se acercó hasta que el comisario nos vio. Habló con el teniente Ãvila y confirmó quienes éramos. A partir de ahÃ, empezó a moverse de una casa a otra con nosotros, llevándonos directo a donde habÃan ocurrido los ataques. La primera vivienda estaba en la orilla del pueblo. La puerta estaba tirada en el suelo. Adentro habÃa sangre, muebles volcados y marcas claras de lucha. En el patio encontramos a un hombre muerto, de unos 50 años, con heridas profundas en el cuello y en el pecho. La familia nos dijo que su hija habÃa desaparecido durante la madrugada. No habÃa señales de que hubiera salido por su cuenta, y todo indicaba que se la habÃan llevado. Ese mismo dÃa revisamos otras casas.
1:34 En una faltaba un niño, en otra una mujer mayor, en otra más estaban muertos un muchacho y su abuelo, ambos con golpes fuertes y desgarres que no coincidÃan con machete, cuchillo ni arma de fuego. Los vecinos querÃan contarlo todo al mismo tiempo, pero en lo importante todos repetÃan lo mismo. Primero se oÃan pasos o movimiento afuera, luego un golpe duro en la puerta o en la ventana, Después gritos, y en pocos segundos todo terminaba. Los que alcanzaban a ver a los atacantes hablaban de cuerpos grandes, encorvados, con pelo oscuro y fuerza fuera de lo normal. El Teniente Ãvila ordenó de inmediato cierre de salidas durante la noche, vigilancia en accesos y revisión del monte cercano. En ese momento, nuestra primera lectura seguÃa siendo operativa. pensábamos en un grupo de hombres usando el miedo para dominar la zona o en una combinación de hombres violentos con animales no era una idea improvisada era lo más lógico con la información que tenÃamos pero esa lógica empezó a romperse cuando salimos a buscar rastros a poca distancia de las últimas casas encontramos huellas algunas tenÃan forma de pie humano pero eran más largas y más anchas otras quedaban marcadas en la tierra con forma de manos HabÃa ramas quebradas a una altura que no coincidÃa con el paso normal de un hombre.
3:02 El cabo Arteaga las miró un momento y dijo que eso no lo habÃa hecho alguien normal. Nadie respondió. Y seguimos trabajando. Levantamos marcas para el informe y continuamos la revisión del área. Ese mismo dÃa llegaron reportes de poblados cercanos. En la reforma faltaban dos personas. En el aguacate habÃan atacado a una familia y habÃan dejado a un sobreviviente grave. En paso hondo reportaban destrozos, un muerto y otra persona desaparecida. El patrón se repetÃa sin cambios. Entraban de noche casi siempre por las orillas, escogÃan casas apartadas, atacaban rápido, se llevaban a uno o dos y mataban a quien intentara impedirlo.
3:48 Lo que más pesaba no era solo la violencia. sino la coincidencia entre testigos que no habÃan hablado entre sÃ. Varios decÃan haber visto, primero figuras con forma humana rondando cerca del monte y durante el ataque, cuerpos grandes que ya no eran del todo humanos. Yo crecà escuchando historias de Nahuales. Eso era parte de la vida en esa región. Pero a mà no me entrenaron para creer en historias. Me entrenaron para identificar amenazas, cerrar perÃmetros, entrar a zonas hostiles y responder con datos claros. Aún asÃ, esa tarde, mientras revisábamos una casa con dos muertos adentro, y una familia insistÃa en que encontráramos a una muchacha desaparecida, Empecé a aceptar una cosa simple. Estábamos frente a algo que no entendÃamos. La primera noche montamos vigilancia doble. Se apagaron luces visibles, se colocaron puntos de observación en los accesos y se dividió el pueblo en sectores de respuesta. A mà me tocó con Arteaga, cerca del camino que bajaba al monte. Recuerdo esa espera con claridad. Pasó mucho tiempo sin movimiento, sin voces y sin un ruido que justificara levantar el arma. Luego empezó el sonido en la maleza.
5:07 Después vinieron golpes sobre una lámina al otro lado del pueblo y enseguida los gritos. El radio se llenó de voces al mismo tiempo. Corrimos al punto del ataque. Cuando llegamos, la puerta de la vivienda ya estaba en el suelo y un sentinela disparaba hacia la oscuridad. En ese momento vi una figura cruzando el patio de un salto. Era más alta que un hombre. Iba encorvada y traÃa algo colgando del brazo. Disparé tres veces y escuché que al menos un tiro pegó, pero la figura no cayó. Se detuvo un instante, giró la cabeza hacia nosotros y siguió moviéndose.
5:48 No alcancé a verla completa, pero vi pelo oscuro, el rostro descompuesto y los ojos reflejando la luz. Saltó la barda y se metió al monte. Entramos a la casa. Un hombre seguÃa vivo junto a una cama. TenÃa la cara destrozada y ya no podÃa hablar. Su esposa estaba muerta cerca de la cocina y el hijo no estaba. Encontramos un rastro de sangre y salimos seis hombres a seguirlo. Caminamos selva adentro durante horas, con luz mÃnima, buscando marcas entre raÃces, hojas y lodo. Antes del amanecer, encontramos al niño, pero estaba muerto. Ahà mismo, el soldado más joven del grupo se quebró, empezó a respirar mal, soltó el arma y tuvimos que retirarlo de la búsqueda. Cuando regresamos al pueblo, la gente ya estaba reunida frente a la capilla, y todos estaban esperando una respuesta que no tenÃamos. Una mujer le gritó al teniente que, si nosotros tampoco podÃamos detener eso, entonces ya no quedaba nadie. El teniente la miró, escuchó todo y no respondió en ese momento, pues no tenÃa con qué responder. Para entonces ya llevábamos cinco muertos confirmados en dos noches, varios desaparecidos y ningún resultado claro con el armamento normal. Fue en ese momento cuando llegó Don Sostenes.
7:12 VenÃa de un pueblo más adentro de la selva, acompañado por dos hombres y una mula. Pidió hablar con el mando. Dijo que ya habÃa visto rastros de ese tipo antes y que sabÃa lo que estaba pasando. En otra situación lo habrÃamos tomado por un civil más, uno de tantos que habla para meter miedo, pero esa vez nadie estaba para desechar información. El teniente lo dejó hablar. El viejo dijo que no eran animales ni hombres comunes. Dijo que eran nahuales, una manada vieja que ya no regresaba bien a forma humana. y que habÃa empezado a bajar a los pueblos. A nosotros el nombre nos importaba menos que lo demás. Lo importante fue lo que dijo después. Afirmó que el plomo servÃa para frenarlos, para herirlos, para hacerlos retroceder, pero no bastaba para rematarlos. Según él, habÃa que entrarles con filo preparado directo al cuello o al pecho, y habÃa que hacerlo con fuerza, sin retirar la hoja al primer impacto. Nadie se rió. pues ya llevábamos demasiado encima para burlarnos de alguien que al menos estaba diciendo algo útil.
8:26 Don Sóstenes abrió un costal y sacó varias dagas cortas. Dijo que estaban preparadas para eso con una mezcla hecha por él y un trabajo especial en la hoja. El teniente le preguntó cuántos creÃa que eran. El viejo respondió que habÃa visto señales de seis y quizá una más, pero que estaba seguro de una cosa. No eran pocos y no se iban a detener solos. El teniente repartió las dagas entre quienes irÃamos al contacto cercano. A mà me dio una, la tomé, la probé en la mano y sentà el peso desde el primer momento. Don Sostenes repitió que una herida superficial no iba a servir, habÃa que entrar profundo y sostener. El teniente no discutió esa indicación.
9:12 La aceptó, la incorporó al plan y nos ordenó prepararnos para la siguiente noche. Yo recuerdo bien lo que pensé entonces. No sentà el susto rápido del primer contacto. Sentà otra cosa, una certeza pesada. Algo estaba saliendo del monte. Ya habÃa matado a varios civiles, se estaba llevando gente viva y volverÃa a entrar al pueblo. Nosotros Ãbamos a esperarlo. Ya no hablábamos de rumores ni de historias viejas, hablábamos de una amenaza real, de muertos reales y de una noche que todavÃa no terminaba. El teniente organizó la defensa antes de que oscureciera, no dejó familias solas y ordenó que los habitantes se reunieran en las casas más seguras y en la escuela, y repartió a la sección en tres grupos.
10:03 uno fijo para cubrir el centro del pueblo y dos más, para vigilar las orillas y responder si el ataque entraba desde el monte. Las dagas quedaron con quienes irÃamos al contacto cercano, el resto mantendrÃa cierre de salidas. Don Sóstenes pidió acompañarnos hasta la lÃnea del monte. El teniente no querÃa civiles en una operación asÃ, pero el viejo insistió en que podÃa señalar el paso que estaban usando. antes de movernos explicó que esas cosas no entraban sin mirar primero, daban vueltas, medÃan la reacción del pueblo y buscaban un hueco, con eso entendimos que el ataque no iba a ser solo de fuerza, también iba a ser de distracción, nos dirigimos hacia un arroyo seco al norte del poblado, porque ahà el viejo encontró marcas frescas, se limitó a señalar la tierra, unas piedras manchadas y ramas movidas a baja altura, El teniente aceptó el dato y avanzamos. Entramos despacio, con radio en volumen bajo y distancia corta entre binomios. Yo iba con Arteaga. A poca distancia vimos una figura de espaldas entre los árboles. TenÃa forma humana y no respondió cuando el teniente le gritó alto. Volvió a exigir identificación.
11:23 La figura giró la cabeza y salió corriendo en cuatro apoyos. Disparamos, pero se perdió entre la maleza. Y en ese mismo momento entró por radio el primer reporte de ataque dentro del pueblo. Nos habÃan jalado fuera del punto principal. Regresamos corriendo, pero a medio camino Arteaga cayó en una zanja cubierta por hojas. Escuché el golpe y luego el forcejeo. Alumbré hacia abajo y lo vi peleando con una de esas cosas. Al principio solo distinguà pelo, brazos largos y la mano metida en su chaleco. Disparé casi encima. La criatura soltó a Arteaga y se me vino de frente. Me tumbó antes de que pudiera acomodar el arma y buscó el cuello.
12:10 Metà el antebrazo para cubrirme. Sentà la presión en el uniforme y en la carne. Busqué la daga con la otra mano y la clavé debajo de la mandÃbula. La hoja entró, pero siguió moviéndose. Volvà a meterla en el cuello y la sostuve hasta que empezó a perder fuerza. Cuando los demás la separaron de mà y le dieron luz, todos vimos lo mismo. No era un animal común, pero tampoco era un hombre. TenÃa el cuerpo grande, manos deformes, piernas capaces de enderezarse y restos de ropa pegados al torso. Arteaga estaba herido del hombro, pero seguÃa consciente. Le hicimos un vendaje rápido y seguimos de regreso al pueblo. Al salir del monte, encontramos el ataque en plena marcha. Una de las criaturas estaba dentro de una tienda rompiendo todo, otra estaba encima de un soldado junto al pozo, y tres hombres abrieron fuego y lograron quitársela de encima, pero no cayó. Corrió hacia un corral y el teniente fue tras ella con otro elemento. Yo no vi el final de ese choque, porque en ese momento tuvimos que cubrir el centro del pueblo, pero escuché disparos y luego la voz del teniente pidiendo apoyo médico. Cuando llegamos, la criatura estaba muerta. El teniente tenÃa una herida profunda en el muslo, y el soldado del pozo ya no respiraba. La tercera apareció sobre un techo. Se movÃa entre una casa y otra, buscando la entrada. En medio del desorden, un civil salió
13:43 corriendo de la escuela, porque escuchó llorar a su hija al otro lado del patio. Alcanzó a dar pocos pasos. Luego, la criatura lo derribó de un golpe y se le fue encima. Disparamos desde dos ángulos para no pegarle a la niña. Cayó del techo, tocó el suelo y todavÃa intentó levantarse. Núñez entró con la daga por el costado y la remató. El civil murió ahà mismo. Después de eso, el ataque cambió. Ya no entraban de frente. Ahora rasgaban paredes, golpeaban puertas, tiraban piedras y probaban ventanas. QuerÃan sacar a alguien o hacernos romper la formación. Nosotros respondimos con movimientos cortos, sin abrir el cerco y sin perseguir a ciegas. Matamos otra más en la parte sur del pueblo, pero en ese choque un cabo salió con fractura de cráneo y otro soldado recibió una mordida profunda en el muslo. Cuando empezó a aclarear, tenÃamos cuatro cuerpos confirmados, un soldado muerto, un civil muerto y varios heridos de gravedad. Don Sostenes revisó los cuerpos a distancia menos dos. El teniente le preguntó si estaba seguro, y el viejo respondió que sÃ, que habÃa visto rastros de varios tamaños. Esa respuesta bastó.
15:04 El médico quiso evacuar al teniente y a los heridos más delicados de inmediato. Ãvila permitió la salida de los que ya no podÃan caminar ni pelear, pero él se negó a dejar la operación. dijo que entrarÃamos al monte en cuanto hubiera luz suficiente y que no saldrÃamos hasta cerrar el asunto antes de salir pasamos por la escuela para verificar a los civiles habÃa niños llorando, mujeres en shock y hombres pidiendo armas para acompañarnos el teniente les explicó que nadie del pueblo iba a entrar con nosotros porque un grupo improvisado dentro de la selva iba a convertirse en más bajas Don Sostenes dijo que conocÃa una zona donde podÃan estar guardándose, una grieta entre lomas. Señaló la dirección y dijo que si seguÃan vivos, ahà iban a estar. Nos preparamos con lo que tenÃamos, cambio de cargadores, vendas nuevas, agua, radios revisados y las dagas otra vez al frente. Yo llevaba el brazo mordido y el cuerpo resentido, pero podÃa moverme. El teniente caminaba con dificultad y siguió dando órdenes. Cuando nos formamos para salir, nadie hablaba de Nahuales en voz alta, pero nadie lo negaba tampoco. Después de lo que habÃamos visto durante la noche, el nombre ya no importaba. Lo único claro era esto. Aún quedaban dos y nos tocaba ir a buscarlos en su terreno.
16:31 Entramos a la selva al amanecer. En San Isidro se quedaron los heridos que ya no podÃan seguir. Un grupo de resguardo y las familias reunidas bajo vigilancia. Salimos once hombres en condiciones de pelear. Varios Ãbamos lastimados, pero nadie pidió quedarse. El teniente Ãvila iba al frente y don Sóstenes nos guió hacia una zona de lomas y barrancas. Desde que dejamos atrás las últimas casas, ya casi no hablamos. El viejo se detenÃa, miraba el suelo, tocaba ramas movidas, veÃa marcas de arrastre y seguÃa avanzando. En el camino encontramos señales claras. de que ese era el paso que usaban.
17:14 Vimos huesos de animales, ropa desgarrada y restos humanos regados en una cañada. Uno de los compañeros reconoció la playera del niño, que habÃamos hallado muerto la noche anterior. Más adelante encontramos una sandalia, un arete y una trenza cortada. La entrada del refugio estaba entre rocas y raÃces, tapada a medias por maleza. Era una grieta larga que bajaba a una cámara de piedra. El teniente organizó el ingreso en escalón corto, dos al frente, dos cubriendo y el resto detrás del primer contacto. Don Sóstenes se quedó afuera, pero, antes de que pasáramos, repitió una advertencia, que revisáramos bien cada cuerpo y que no diéramos por muerto a ninguno hasta confirmarlo. El teniente asintió y entramos. No habÃamos avanzado mucho cuando uno de ellos cayó desde arriba sobre el soldado Vega. Lo tiró al suelo y empezó a golpearlo antes de que pudiéramos abrirnos bien. Disparamos a muy corta distancia.
18:18 La criatura rodó hacia un costado, pero alcanzó a morderlo cerca de la clavÃcula. Núñez entró con la daga y se la metió debajo de las costillas, y ahà quedó tirada. Encendimos mejor las lámparas y entonces vimos al otro. Estaba al fondo de la cámara, observándonos. Ese segundo Nahual era más grande. TenÃa cicatrices viejas en el pecho. En cuanto lo alumbramos, se vino de frente. El espacio era corto y no habÃa margen para abrirnos mucho. Vega seguÃa en el suelo, herido, y Rivas trató de jalarlo hacia atrás. Yo disparé primero, luego disparó Núñez, y aún asà la criatura siguió entrando. Alcanzó a pegarle a Rivas en el abdomen y lo abrió de una sola pasada. Rivas dio dos pasos y cayó. Ahà todo se cerró. El teniente trató de entrar por el lado izquierdo, pero la pierna ya no le respondÃa bien. Núñez se fue por el frente con la daga y yo me metà por el costado.
19:20 El Nahual alcanzó a girar sobre Núñez y le pegó en la cara. Vi la sangre salir en el instante y aún asà no soltó la daga. Vega quiso levantarse para apoyar con el fusil, pero apenas pudo moverse. Yo me le fui encima al Nahual, choqué con él y caÃmos contra la piedra. Metà el antebrazo entre su boca y mi cuello, busqué la daga, la saqué y la clavé debajo del pecho. La hoja entró a medias, el Nahual siguió moviéndose y me golpeó otra vez. Núñez volvió a entrar por un lado y le metió su daga en el vientre. Eso lo hizo girar y aproveché el movimiento. Hundà más la hoja y la sostuve. Ahà empezó a perder fuerza. Después el teniente llegó y lo remató por el cuello. Después de eso se hizo silencio. Nos quedamos quietos unos segundos para confirmar que ya no habÃa más movimiento dentro de la grieta. Luego revisamos los cuerpos. A uno le dimos tiro de seguridad porque todavÃa alcanzó a sacudir una mano. Al otro le dejamos la daga puesta hasta confirmar que ya no respondÃa. Vega seguÃa vivo, pero grave.
20:32 TenÃa la mordida cerca de la clavÃcula y la mano destrozada. Núñez habÃa perdido el ojo izquierdo y parte del rostro estaba abierta. El teniente casi no podÃa apoyar la pierna y Rivas murió ahà mismo, antes de que pudiéramos moverlo. Entre todos sacamos primero a los heridos. Volvimos a entrar para registrar el sitio. Dentro encontramos restos humanos de varias vÃctimas, ropa vieja, herramientas comunes y objetos personales que después sirvieron para identificar desaparecidos. También habÃa señales claras de que llevaban tiempo usando ese refugio. Salimos de la zona cuando el sol ya estaba alto. Don Sostenes seguÃa afuera sentado sobre una piedra. Nos vio salir con los heridos y con el cuerpo de Rivas y entendió el costo sin que nadie se lo explicara. No dijo nada y nosotros tampoco.
21:28 Empezamos el regreso a San Isidro en silencio, cargando a los heridos por turnos. Ya no hubo otro contacto. Ahà terminó. En el pueblo se dieron cuenta antes de que habláramos. Vieron cómo entramos. las camillas improvisadas y la sangre seca en los uniformes. Recuperamos a nuestros muertos, levantamos reporte y pedimos evacuación para los más graves. A partir de ese dÃa ya no hubo ataques en San Isidro ni en los otros poblados de esa zona. No terminó bien, pues quedaron casas vacÃas, familias rotas y desaparecidos confirmados solo por restos y objetos. De nuestro lado, para entonces ya llevábamos dos muertos y varios heridos que no volvieron a quedar igual.
22:14 Núñez sobrevivió, pero perdió el ojo y quedó fuera de operaciones. Vega se salvó, aunque pasó meses en recuperación, y el teniente pidió su cambio tiempo después. Yo seguÃa en servicio, pero desde esa operación no volvà a entrar a un monte de noche sin acordarme de esa grieta. En el informe oficial se manejaron varias lÃneas, ataques de fauna agresiva, presencia de un grupo criminal y confusión por el miedo de la población. Yo firmé lo que me tocaba como militar, número de bajas, heridos, armas empleadas, coordenadas y secuencia de contacto. Pero si me preguntan qué enfrentamos, respondo lo mismo que dije entonces, eran Nahuales. Lo digo porque eso fue lo que vimos, porque el plomo no bastó. Y porque esas dagas sà los remataron. Eso fue todo. Se detuvieron los ataques, pero el costo fue alto. Murieron civiles, murieron compañeros y los que salimos vivos cargamos con lo que vimos ahà dentro.
23:18 Asà terminó esa operación, sin alivio y sin una salida limpia. Yo estaba comisionado en una base provisional, en una zona de Sierra de Durango. Ãramos 17 en total, entre mando, radio y tropa. Llevábamos varios dÃas en esa posición, vigilando un paso de terracerÃa y las veredas cercanas. La rutina ya estaba establecida, los turnos salÃan igual cada noche y no habÃamos tenido nada fuera de lo normal, hasta que empezaron a llamarnos por nuestro nombre. Esa primera vez yo estaba en seguridad con el soldado Torres y con el cabo Rosales, cubriendo uno de los lados del perÃmetro. Se oÃa el generador, el radio y el ruido del monte. En ese silencio cualquier voz resalta. Lo que escuchamos fue una voz de hombre, desde afuera. Habló bajo pero claro y dijo el nombre completo de Torres. Lo dijo dos veces y se quedó callado.
24:28 Torres me volteó a ver y me preguntó si yo también lo habÃa oÃdo. Le dije que sÃ. Rosales dijo lo mismo. El teniente salió al oÃrnos hablar y pensó que podÃa ser alguien del pueblo buscando apoyo. Ordenó alumbrar el frente y pedir que la persona se identificara. Prendimos lámparas, revisamos la malla, el camino y el borde del arroyo seco, pero no vimos a nadie. A los pocos segundos volvió la voz. Pero esta vez dijo mi nombre y luego dijo el del teniente. Después dijo el apodo de Varela, uno que solo usábamos dentro del grupo. En ese momento dejó de sentirse como un llamado cualquiera. El teniente ordenó que nadie respondiera. Armó una salida corta y nos indicó avanzar solo unos metros, lo suficiente para revisar el borde del arroyo y volver. Salimos cinco. Ãbamos en lÃnea, con separación.
25:25 armas arriba y luces al frente al llegar a la cerca no vimos a ninguna persona lo único fuera del lugar era el olor era fuerte pesado de animal mojado y carne echada a perder torres dijo en voz baja que algo se habÃa movido a la derecha giramos las lámparas y vimos dos reflejos rojos muy bajos casi pegados al suelo y se quedaron fijos el animal salió de golpe no lo vimos venir desde lejos Estaba metido en la sombra y en un segundo ya estaba encima de nosotros. Era negro, grande, más alto que un perro normal. La cabeza era ancha, el hocico muy largo y el cuerpo se movÃa con mucha fuerza. Torres le disparó primero tres veces seguidas. El animal lo alcanzó antes de que pudiera retroceder.
26:16 Le pegó con el cuerpo, lo tiró y empezó a arrastrarlo hacia el arroyo. Todo pasó muy rápido. Rosales se lanzó para agarrar a Torres del chaleco, y yo alcancé a jalar a Rosales hacia atrás. Disparamos varios a la vez, pero ya iban bajando entre la piedra y la oscuridad. El teniente ordenó alto al fuego, por riesgo de pegarle a Torres, y bajamos unos metros detrás del rastro. Encontramos una bota, un cargador y sangre. Más abajo ya no se veÃa nada claro. El rastro se perdÃa entre tierra suelta, piedra y matorral. Seguimos en seguridad reforzada hasta que hubo luz suficiente para bajar mejor. Entonces encontramos a Torres. Estaba muerto, tirado entre unos arbustos a cierta distancia del perÃmetro. TenÃa lesiones graves en el cuello y en el hombro. Cerca del cuerpo vimos marcas profundas sobre la tierra. No eran huellas normales de perro. Algunas tenÃan garras largas y otras dejaban una forma rara, abierta, difÃcil de identificar. El teniente tomó fotos, marcó el punto y levantó el reporte. Ese mismo dÃa llegaron dos hombres de un rancho cercano, como ya habÃan hecho antes para vender comida y agua. Cuando supieron lo que habÃa pasado, uno dijo que, en esa parte de la sierra, varias personas habÃan oÃdo voces llamándolas de noche. Dijo también que cuando eso pasaba, la gente no salÃa a buscar a nadie. El teniente le pidió
27:48 que hablara claro y se limitara a decir lo que hubiera visto él. El hombre dijo que, dÃas antes, habÃa visto a un hombre desnudo, caminando junto a unas cercas, y que poco después habÃa salido un perro negro muy grande por ese mismo lado. No dijo más. Hasta ahÃ, varios todavÃa querÃan sostener una explicación normal. Se hablaba de un animal agresivo, de un civil fuera de sÃ, o de una emboscada rara. Pero esa idea duró hasta la noche siguiente. Desde una de las garitas reportaron a un hombre caminando junto a la malla. Iba desnudo, pegado a los postes, sin correr y sin decir nada. El teniente subió con binoculares y yo fui detrás. Lo vi unos segundos.
28:34 Era alto, delgado, traÃa el cuerpo sucio y caminaba derecho, viendo hacia adentro. No pedÃa ayuda, no levantaba las manos y no se detenÃa. El teniente ordenó detenerlo porque podÃa ser un civil alterado o alguien usado para acercarse a la base. Salimos seis. Apenas cruzamos la entrada y avanzamos hacia la lÃnea de postes. El hombre dejó de verse. No lo vimos correr ni tirarse al suelo. Se perdió en la parte más oscura del terreno. Nos detuvimos, alumbramos el frente y en ese momento, casi a ras de suelo, volvimos a ver los dos reflejos rojos. El animal salió desde abajo por el lado contrario, y esta vez lo vimos mejor. Era un cuerpo negro, pesado, muy grande, con patas delanteras largas, garras visibles y un hocico enorme. La cabeza era más ancha de lo normal. Leal pidió disparar y el teniente autorizó. Varios abrimos fuego. Se vio claro que recibió impactos, pero no cayó, y se cargó contra Varela.
29:40 Lo tumbó de lado y le abrió la pierna con la mordida. Leal y yo tiramos casi encima del animal para obligarlo a soltar. Pero entonces el animal se fue sobre Leal. Lo agarró del brazo y del cuello. Lo tiró y empezó a jalarlo hacia la zanja. Retrocedimos hacia la entrada para no quedar abiertos. Desde la garita prendieron una bengala y con esa luz vimos otra vez al hombre desnudo, quieto entre los arbustos. mirando hacia donde estábamos nosotros el teniente lo vio y ordenó que dos hombres intentaran cerrarle el paso apenas se movieron el hombre volvió a perderse en la oscuridad pero en ese mismo momento el animal salió otra vez alcanzó al soldado mena que llevaba la bengala lo derribó y lo mordió en el pecho mena todavÃa alcanzó a hablar por radio antes de quedarse callado el animal atacaba jalaba y cambiaba de blanco eso nos obligó a cerrar filas sobre la entrada y a cubrirnos con lo que tenÃamos desde ahà con apoyo de la torre logramos meter más disparos y por fin el animal se separó saltó hacia la malla lateral se atoró un momento con el alambre y desapareció cuando hicimos el conteo vimos que Mena ya estaba muerto Varela seguÃa herido con la pierna abierta y Leal habÃa sido arrastrado y ya no estaba a la vista cerramos todo el perÃmetro y el teniente ordenó que nadie volviera a salir
31:12 sin apoyo suficiente desde la garita siguieron revisando cada lado poco después el mismo sentinela volvió a ver al hombre desnudo caminando afuera cerca del lado norte ahà quedó claro lo que estaba pasando primero nos llamaron por nuestros nombres luego salió el animal y después apareció el hombre desnudo junto a la cerca Cuando intentamos acercarnos a él, volvió a salir el mismo animal. A esa altura ya tenÃamos dos muertos, un desaparecido y un herido grave. El teniente pidió refuerzos por radio y dejó la orden cerrada. Si ese Nahual regresaba, no Ãbamos a salir atrás de él a oscuras. La base iba a aguantar hasta que llegara más gente y más armas. El resto de esa noche nadie durmió. Se reforzaron los turnos, se pusieron más luces y se revisó el perÃmetro una y otra vez. Desde las garitas se alcanzaban a ver movimientos cortos entre la malla, el camino y el monte, pero nada se quedaba el tiempo suficiente para fijarlo bien. Lo único que volvió con claridad fue la voz. Se oyó otra vez desde afuera, baja, firme, sin gritar y sin correr de un lado a otro.
32:29 solo decÃan nombres, dijo el de Mena que ya estaba muerto, y luego dijo el del teniente, nadie respondió y nadie salió, el teniente dejó la orden cerrada, toda la tropa dentro del perÃmetro, radios abiertos, seguridad en los cuatro lados y fuego solo con identificación clara, a esas alturas ya no se trataba de buscar nada, se trataba de aguantar vivos hasta que amaneciera, Cuando hubo luz suficiente, salimos en dos columnas para buscar a Leal y revisar el área donde se habÃa perdido el animal. Yo fui con el grupo de la izquierda. Bajamos por la zanja, revisamos la orilla del arroyo seco, las piedras y los matorrales. El rastro no estaba limpio, pero sà se veÃa. Encontramos sangre, partes del equipo de Leal y marcas de arrastre. Más adelante apareció algo que cambió el reporte por completo. Entre las marcas del animal habÃa tramos de huellas humanas, descalzas, bien plantadas sobre el polvo. Eran de un hombre adulto, largas, profundas del talón y de la parte delantera del pie.
33:36 Iban unos metros, se cortaban y volvÃan a mezclarse con marcas de garras. Seguimos ese rastro hasta una ladera baja. Ahà encontramos a Leal. Estaba muerto. TenÃa lesiones graves en el cuello, en el pecho y en un brazo. El teniente ordenó que nadie tocara nada hasta terminar el registro. Tomó fotos y marcó el punto. Cerca del cuerpo se veÃa otra vez la misma combinación. Huellas humanas descalzas y marcas grandes, profundas y abiertas. Nadie dijo nada mientras trabajábamos ahÃ. TodavÃa nadie lo pusiera en voz alta. El oficial que habÃa llegado con apoyo ligero revisó el lugar junto con el teniente. No adelantaron una explicación. Lo que sà confirmaron fue que tenÃamos una amenaza activa en la zona, que ya habÃa causado tres bajas y que antes de la siguiente noche necesitábamos más gente, más luz y más armas.
34:37 El reporte se fue por radio con prioridad y se pidió personal adicional, armamento pesado. reflectores y cierre del terreno alrededor de la base. Mientras eso salÃa, evacuaron a los muertos y al herido más grave. Varela seguÃa consciente, pero iba muy mal de la pierna. Los demás nos quedamos en posición y nadie pidió retirarse. HabÃa cansancio, coraje y miedo, pero la orden era aguantar. Durante el dÃa casi no hablamos de otra cosa, aunque nadie se apartó de su puesto para ponerse a discutirlo. Cada quien seguÃa con lo suyo, limpiando armas, moviendo cajas, reforzando sacos y revisando radios. Pero todos traÃamos la misma idea encima. Primero nos llamaron por nuestros nombres, luego salió el animal. Después apareció el hombre desnudo junto a la cerca y, cuando se intentó ir sobre él, volvió a salir el mismo animal. Esa secuencia ya habÃa ocurrido más de una vez y el teniente no quiso volver a regalar gente por impulso. Dijo que la base no se iba a dejar abierta y que si eso regresaba nos iba a encontrar adentro y listos.
35:52 Antes de que anocheciera, uno de los sentinelas reportó otra vez al hombre desnudo. Caminaba junto al lado norte de la cerca, a una distancia parecida a la de la noche anterior. Pero esta vez nadie salió. Se le alumbró desde la torre y se le ordenó detenerse, pero no hizo caso y siguió caminando. sin apurarse y sin cubrirse. En un momento giró un poco la cabeza hacia la base y después se perdió en la parte más oscura del camino. No lo vimos correr ni tirarse al suelo, solo dejó de verse. La orden siguió igual. Nadie se movió de posición y nadie salió a buscarlo. Poco después empezaron los golpes en la malla del lado sur. Primero uno, luego otro. Eran secos, pesados, con fuerza suficiente para hacer vibrar el alambre. Cuando alumbramos esa parte, vimos al animal por segundos pegado a la cerca, con la cabeza baja y el cuerpo tenso. Varios le dispararon, pero alcanzó a retirarse antes de que entrara fuego sostenido. Esa maniobra se repitió dos veces más. AparecÃa por un lado, obligaba a girar luces y armas, luego se perdÃa. En otro ángulo, alguien volvÃa a ver al hombre desnudo caminando junto a la malla. Para entonces, nadie hablaba de coincidencias. No hacÃa falta decirlo. Todos estábamos viendo la misma secuencia y todos sabÃamos que nos estaba trabajando el perÃmetro. Los refuerzos pesados
37:25 llegaron ya de noche. Entraron tres vehÃculos con personal, munición, reflectores y una ametralladora. VenÃa un capitán al mando. Antes de mover un solo hombre, nos tomó declaración rápida a varios de los que habÃamos tenido contacto visual. Preguntó por separado dónde salió el animal, desde dónde se vio al hombre, por qué lado se perdió y en qué punto habÃan caÃdo los nuestros. Las respuestas coincidieron. Después recorrió el perÃmetro con el teniente y cambió toda la defensa. Dijo que no iba a haber persecuciones a ciegas ni salidas cortas. que todo se iba a hacer desde posiciones preparadas y con fuego cruzado. La ametralladora quedó cubriendo el sector por donde el animal habÃa entrado antes. A varios los movieron a los costados, apagaron algunas luces y dejaron otras listas para prenderse al mismo tiempo. También dejó una orden clara sobre el hombre desnudo. Si volvÃa a aparecer y no obedecÃa, nadie iba a tratar de agarrarlo cuerpo a cuerpo. Primero se le iba a cerrar con luz y con armas, pues a esa altura ya no se iba a abrir la lÃnea por ir tras él. Yo quedé otra vez en una garita con radio y vista sobre un costado del cerco. Desde ahà vi cómo quedó distribuida la defensa.
38:45 Se oÃan los seguros, el radio, las botas sobre la tierra y las instrucciones cortas del capitán. Nadie hablaba de más, pues todos estaban esperando el siguiente contacto. No tardó mucho. El hombre apareció de nuevo en el lado norte, caminando igual que antes, desnudo, despacio y mirando hacia la base. Cuando uno de los reflectores le cayó encima, se detuvo. El capitán le gritó que se tirara al suelo y levantara las manos, pero no obedeció. Dio unos pasos más y volvió a quedarse quieto. En ese momento sonó el radio del lado sur. El sentinela dijo que tenÃa movimiento enfrente.
39:27 y casi al mismo tiempo se encendieron las bengalas, y el animal apareció entrando por el lado opuesto al del hombre, justo por donde se habÃa previsto. Esta vez ya estaba todo listo, la ametralladora abrió fuego y los tiradores de apoyo entraron de inmediato. El animal recibió impactos antes de llegar a la zanja, retrocedió, giró y quiso salir de las de luz, pero ya estaba cruzado por fuego de dos posiciones. Aún asÃ, no cayó de inmediato, alcanzó a avanzar varios metros más, con fuerza todavÃa, arrastrando por momentos la parte trasera del cuerpo y tratando de atacar de nuevo.
40:07 El capitán gritó que nadie aflojara hasta verlo inmóvil. Los disparos siguieron y al fin cayó de costado, cerca de la entrada del perÃmetro. Al mismo tiempo, el hombre desnudo salió corriendo hacia una ladera. Dos hombres le tiraron y un equipo intentó seguirle el rastro unos metros, con cobertura desde la base. Yo bajé de la garita para integrarme al segundo anillo. El equipo de persecución encontró sangre sobre piedra y una huella humana descalza, pero al llegar a una canaleta angosta, el capitán canceló la salida, pues no iba a exponer a más gente en la oscuridad. Volvimos todos hacia donde habÃa caÃdo el animal. Nadie se acercó de inmediato Se mantuvieron luces encima, armas listas y revisión de los alrededores. El cuerpo estaba tirado, sin movimiento. Aún desde la distancia se veÃa grande, negro y fuera de proporción para un perro normal. Nadie habló, nadie bajó el arma.
41:09 Nos quedamos viéndolo desde nuestras posiciones, esperando cualquier señal. hasta que el capitán dio la orden de sostener la lÃnea y asegurar el terreno antes de aproximarnos. Después de varios minutos sin movimiento, el capitán autorizó que nos acercáramos al cuerpo con seguridad completa. Lo hicimos en grupo, cubriendo cada lado, con dos al frente, otros a los costados y el resto sosteniendo la lÃnea. Yo fui detrás de los primeros. Ya de cerca, el animal se veÃa más grande de lo que alcanzamos a medir cuando venÃa en carrera. Era negro, pesado, con el pecho muy ancho, las patas delanteras largas, garras grandes y el hocico demasiado largo para un perro común.
41:54 TenÃa varias heridas de bala, sangre en el suelo y pelo pegado en algunas partes del cuerpo. Nadie quiso tocarlo más de lo necesario. El capitán ordenó revisión visual, confirmación de inmovilidad y resguardo del área, hasta que llegara personal superior. Mientras hacÃamos esa primera revisión, uno de los soldados avisó que volvÃa a oÃrse la voz desde el monte. Esta vez decÃa el nombre del capitán. Lo dijo dos veces, desde afuera y a cierta distancia. El capitán no respondió, solo repitió la orden de mantener el perÃmetro. no romper posiciones y seguir cubriendo el cuerpo. Nadie salió a buscar nada, pues todos tenÃamos claro que el error más caro habÃa sido salir de noche, detrás de algo que conocÃa mejor el terreno y que nos habÃa estado moviendo la atención de un lado a otro. Con la zona iluminada hicimos un registro más ordenado. Cerca del animal encontramos marcas sobre la tierra y algo que volvió a dejarnos callados. HabÃa huellas humanas descalzas que llegaban hasta muy cerca del cuerpo. Llegaban, se cortaban ahà y ya no seguÃan. No salÃan del punto, no daban vuelta y no bajaban hacia otro lado. El capitán mandó fotografiar todo antes de mover cualquier cosa. También pidió fotos cerradas del cuerpo, de las heridas, del terreno y del tramo donde terminaban las huellas. Nadie discutió lo
43:25 que estaba viendo. y cada quien se limitó a marcar, alumbrar, medir y cubrir. El equipo que habÃa intentado seguir al hombre regresó sin contacto visual. Lo único que encontraron fue sangre sobre unas piedras y un tramo corto de huellas descalzas. Después de eso, el rastro se perdÃa entre monte y terreno roto. Con esa información, se cerró cualquier intento de volver a salir esa misma noche. La orden quedó igual para todos, esperar luz suficiente, mantener vigilancia completa y asegurar tanto el cuerpo del animal como el terreno inmediato. Yo regresé a una de las garitas, desde ahà se seguÃa viendo parte del perÃmetro, la entrada y la zona donde habÃa caÃdo el animal. El miedo seguÃa ahÃ, solo que ahora estaba mezclado con el cansancio, y con la impresión de que, por fin, habÃamos logrado tumbar a uno de los dos Nahuales que nos habÃan estado atacando. Hasta el amanecer ya no hubo otro ataque, pero la voz sà volvió a oÃrse. SalÃa desde distintos puntos del monte y siempre decÃa nombres, nunca dijo otra cosa. Primero nombró al capitán, luego a uno de los soldados de apoyo y después volvió a decir el nombre de Mena. Eso nos mantuvo tensos hasta que empezó a aclarar. En cuanto hubo luz suficiente, se hizo una revisión más amplia alrededor de la base.
44:52 Se encontró sangre en varios puntos, marcas de arrastre viejas y huellas sueltas. Pero el hombre desnudo ya no volvió a verse. Tampoco apareció un segundo animal, ni hubo otro contacto directo. Solo quedó el rastro, el cuerpo tirado junto al perÃmetro y el silencio del cerro cuando terminó de amanecer. Poco después llegó personal superior para hacerse cargo de la escena. Revisaron el cuerpo, tomaron fotos, medidas y muestras y levantaron el registro completo. A nosotros nos volvieron a separar para declarar por turnos. Las preguntas fueron las mismas para todos, y las respuestas coincidieron. Primero se escucharon voces diciendo nuestros nombres desde afuera. Luego apareció el animal. Después se vio al hombre desnudo caminar junto a la cerca, y cada vez que alguien intentó acercarse o detenerlo, el animal volvió a salir. El capitán no trató de cambiar esa secuencia, solo pidió precisión. QuerÃa saber qué se vio, desde dónde, a qué distancia y quién estaba presente en cada contacto.
46:01 Lo que se reportó quedó asentado de forma simple. Un animal negro de gran tamaño, con ojos rojos cuando le pegaba la luz, garras largas, hocico muy grande y un cuerpo fuera de proporción para un perro común. Además, un hombre desnudo fue visto varias veces junto al perÃmetro. antes o durante los ataques. Esos dos elementos se repitieron en todas las declaraciones de quienes estuvimos despiertos y armados durante las horas de contacto. Con luz plena también se revisó mejor la zona donde habÃa caÃdo el animal. El terreno mostró otra vez lo mismo que ya habÃamos visto, cerca de donde encontramos a Leal y en el camino por donde se perdió el rastro después de la muerte de Torres.
46:47 HabÃa marcas grandes y profundas mezcladas con huellas humanas descalzas. Eso también quedó asentado. Nadie de nosotros tocó ese punto antes de que lo fotografiaran, y nadie quiso improvisar una explicación. Ya no estábamos para eso. TenÃamos tres muertos, un herido grave y una base entera operando, con el recuerdo fresco de dos noches seguidas de ataques. Los muertos ya habÃan sido evacuados antes. y los heridos salieron en cuanto hubo condiciones para moverlos. El saldo final quedó claro. Fueron tres muertos y un herido grave, además de varios con lesiones menores y crisis de nervios. Los muertos fueron Torres, Mena y Leal. Varela salió vivo, pero muy lastimado. Los demás seguimos operativos, solo porque en la segunda noche ya nos salimos a oscuras detrás de lo que nos estaba cazando.
47:42 La diferencia estuvo ahÃ. en el cambio de decisión. Ya no fuimos detrás de él. Lo esperamos con más armas, mejor luz y posiciones cerradas. Y asà fue como lo abatieron. Desde entonces, cuando me preguntan qué fue lo que pasó, yo digo lo mismo y no le agrego nada. En esa base, en Durango, primero empezamos a oÃr voces diciendo nuestros nombres desde afuera. Después salió un animal negro, enorme, y se llevó al primero de nosotros. Luego, desde las garitas, Vimos varias veces a un hombre desnudo caminando junto a la cerca. Cada vez que se intentó acercarse a él o detenerlo, volvió a aparecer el mismo animal. Eso pasó una vez, luego otra, y luego otra, hasta que llegaron refuerzos con armamento pesado, cerraron el terreno y lo abatieron. Después, entre nosotros, varios empezaron a llamarlo con el nombre que usan en esa zona, Nahual. Yo en mi declaración no puse esa palabra, porque a mà me tocaba decir solo lo que vi y lo que escuché. Y eso fue esto.
48:51 Se escucharon nombres, se vio a un hombre desnudo junto al perÃmetro, salió un animal negro, demasiado grande, con ojos rojos al reflejo de la luz, garras largas y hocico enorme. Mató a tres hombres, hirió a otro de gravedad, se pidió refuerzo y los refuerzos lo abatieron. Eso fue lo que pasó, no hubo una explicación que dejara tranquilo a nadie. Quedó el registro, quedaron las bajas y quedó el recuerdo de que, en esa parte de Durango, algo salió del monte, nos llamó por nuestro nombre y estuvo a punto de llevarse a más de nosotros. Lo que voy a contar pasó en una operación en la sierra. Yo iba como sargento en un grupo de fuerzas especiales. Ãramos doce en total, con un capitán al mando, otro sargento, un enfermero de combate, un operador de radio, un tirador selecto y seis elementos de asalto. La orden era entrar de noche, confirmar si una célula armada seguÃa usando una cañada para mover armas y gente, fijar la ubicación y sostenernos hasta recibir apoyo.
50:09 Nadie subió pensando en otra cosa. Llegamos por la tarde a la última rancherÃa y desde ahà seguimos a pie. El guÃa civil nos dejó en el borde del monte y dijo que no avanzaba más. El capitán le pidió una razón clara y el hombre respondió que en esa zona se habÃan perdido varios del pueblo, que los perros regresaban heridos y que más arriba nadie caminaba de noche. No mencionó grupos armados ni sembradÃos. El capitán le pagó y ordenó movimiento. Nosotros seguimos porque esa era la misión. Entramos en columna con distancia corta entre binomios. El terreno estaba pesado, con lodo, subida irregular, monte cerrado y visibilidad corta.
50:55 La primera señal rara apareció a un lado del paso, donde encontramos una vaca abierta del cuello y del pecho. No tenÃa señales de disparo ni cortes de herramienta. El enfermero la revisó rápido y dijo que eso era reciente. Nadie se detuvo a discutir. Seguimos avanzando, atentos al entorno y al suelo. Un poco más adelante vi las huellas. Daban idea de perro grande, pero no coincidÃan con nada común. La parte delantera era larga, con marcas profundas al frente, y el paso cambiaba de forma extraña. En unos metros corrÃan en cuatro apoyos, en otros quedaban dos marcas más separadas y más pesadas. El sargento Salgado pidió un alto breve para revisar y marcar el punto, pero el capitán respondió que lo harÃamos de regreso y ordenó seguir hacia la cañada. La siguiente novedad fue la radio. El operador avisó que tenÃa interferencia en todos los canales. La señal entraba y salÃa sin patrón. Primero pensamos en el terreno.
52:00 pero enseguida falló también el respaldo satelital, y eso ya no cuadró. El tirador, que venÃa cubriendo retaguardia, pidió alto y reportó dos pares de ojos sobre un talud. Uno estaba abajo y el otro subió unos segundos después. El capitán ordenó cerrar formación, reducir ruido y cubrir sectores. Nadie disparó porque no habÃa blanco fijo. Seguimos hasta una casa abandonada, a un lado de un claro pequeño. Entramos por seguridad y y para revisar si habÃa rastro humano reciente. Adentro no habÃa nadie, pero sà señales de uso. Encontramos velas consumidas, restos de sangre seca sobre una tabla y dos radios civiles desarmados. Mientras asegurábamos el lugar, se oyó un golpe arriba del techo. Salgado salió primero, levantó el arma y alumbró un instante. Pero no encontró nada. Enseguida, desde el monte a la derecha, se escuchó un grito corto, humano, seguido por una carrera pesada entre los árboles. El capitán nos redistribuyó alrededor de la casa. Yo salà con el tirador y Ortega a revisar la parte de atrás, y ahà vi al primero. Estaba sobre una piedra, a corta distancia y de perfil. No era un perro, tampoco era un hombre. TenÃa el cuerpo largo, la espalda alta y los brazos delanteros terminaban en manos. Las uñas resaltaban aún con poca luz y los ojos eran rojos. Lo vi
53:31 bien antes de que se moviera. Dio un salto lateral y desapareció entre el monte. Ortega lo vio conmigo y reportó lo mismo. Desde ese momento se acabó la idea de que tenÃamos delante una amenaza normal. El capitán autorizó disparos y habÃa contacto directo. El primer ataque entró por la izquierda. MejÃa alcanzó a gritar que algo venÃa pegado al suelo. Se escuchó una ráfaga corta y luego el golpe de dos cuerpos contra el lodo. Cuando llegué, MejÃa seguÃa vivo, pero tenÃa el antebrazo abierto y cuatro surcos profundos en el pecho. A un metro habÃa sangre oscura en cantidad, aunque no habÃa cuerpo enemigo. El tirador dijo que habÃa pegado al menos dos tiros y que vio al blanco doblarse con el impacto. Aún asÃ, esa cosa se fue arrastrando con una velocidad que no correspondÃa a un herido de bala. Metimos a MejÃa dentro de la casa, lo vendamos y cerramos el perÃmetro. Para entonces ya nadie seguÃa pensando en criminales. Empezamos a verlos mejor en los cortes de luz y en los visores. No eran uno ni dos, eran varios. moviéndose alrededor del claro, entrando por un lado, retirándose y reapareciendo por otro. En unos tramos corrÃan en cuatro apoyos, en otros se levantaban y daban pasos sobre dos. En todos los casos se veÃan los ojos rojos y las uñas largas. No buscaban un ataque frontal,
55:02 buscaban al que quedara medio paso fuera de la lÃnea o al que se moviera tarde. El siguiente golpe cayó sobre el operador de radio. Algo bajó desde arriba y lo tiró contra el suelo, y el radio principal quedó destruido en el impacto. Salgado disparó casi a contacto y logró quitarle esa cosa de encima. El operador se levantó aturdido, con golpes fuertes, pero todavÃa podÃa caminar. En ese punto ya habÃa un herido grave, un equipo esencial fuera de servicio, y varias de esas cosas rodeándonos. El capitán evaluó aguantar dentro de la casa. pero el lugar no servÃa para resistir.
55:43 TenÃa demasiados puntos ciegos y el monte quedaba demasiado cerca. La orden fue salir de inmediato, ganar altura y romper el cerco, antes de quedar fijados ahà toda la noche. Nadie objetó. Lo que habÃamos visto bastaba para entender que quedarse quietos era dejarles elegir el siguiente blanco. salimos en columna cerrada mejÃa iba al centro sostenido por el enfermero el operador seguÃa con nosotros aunque caminaba mal el tirador y yo cubrÃamos los lados y el capitán iba al frente desde que dejamos la casa la presión volvió a subir ya no sólo los veÃamos también los escuchábamos corriendo en paralelo muy cerca buscando otra vez el momento de entrar A partir de que salimos de la casa, la operación dejó de ser una misión de reconocimiento y se convirtió en una salida de emergencia. Ya no pensábamos en confirmar nada. Ya no pensábamos en esperar apoyo en un punto fijo. Y ya no pensábamos en cumplir el objetivo inicial.
56:48 Lo único que importaba era sacar a los heridos y mantener la formación el mayor tiempo posible. El capitán tomó la punta y buscó una loma para ganar terreno y abrir alguna posibilidad de comunicación. La decisión era correcta, pero el problema ya no era solo el monte ni la oscuridad, pues cada vez que intentábamos tomar una vereda distinta, una de esas cosas aparecÃa unos metros adelante, quieta, mirándonos y nos obligaba a girar. No estaban entrando a rematar de inmediato. Nos iban cerrando el paso. Nos iban empujando y nos iban llevando hacia una parte de la cañada, que ellos dominaban mejor que nosotros. Yo lo entendà con claridad cuando llegamos a un espacio limpio entre los árboles. No era grande, pero sà estaba despejado y marcado. HabÃa velas apagadas, huesos pequeños y tierra removida en el centro. Nadie se acercó y nadie preguntó nada. El capitán ordenó rodearlo y seguir, sin tocar nada y sin romper la columna. En cuanto empezamos a bordear ese punto, escuchamos carrera pesada arriba del talud, justo al mismo paso que llevábamos nosotros. El sargento Salgado lo dijo en voz baja, sin voltear, nos están pastoreando.
58:09 Yo no respondà porque en ese momento ya era evidente. Cada intento de salida nos regresaba al mismo eje, cada cambio de rumbo encontraba una barrera y cada pausa les daba tiempo para acomodarse otra vez alrededor. El primero en caer fue Ortega. Iba cubriendo el lado derecho, un poco adelante de mÃ. El Nahual salió desde la parte baja, le pegó en la pierna y lo tiró de costado. Ortega alcanzó a disparar antes de caer por completo. Cuando llegamos a su posición, ya lo tenÃa sujeto por la ingle. Vi las uñas metidas entre el pantalón, el equipo y la carne. El capitán y el tirador dispararon al mismo tiempo.
58:52 Esa cosa se soltó y se fue hacia abajo. El enfermero se tiró sobre Ortega, buscó cerrar la hemorragia y pidió torniquete alto, pero no funcionó. La herida estaba en un punto donde el torniquete no resolvÃa nada. Ortega dejó de responder muy rápido. El capitán lo miró un segundo, luego ordenó seguir. Nadie discutió esa orden. Levantarlo en ese punto nos habrÃa dejado expuestos y todavÃa habÃa una posibilidad de sacar al resto. Seguimos con once, pero ya no avanzábamos bien. MejÃa iba mal, casi sin fuerza en el brazo. Medina, el operador de radio, cargaba el equipo roto, porque el capitán todavÃa esperaba rescatar alguna señal más adelante. Yo cubrÃa a Salgado por un lado y al mismo tiempo intentaba revisar la lÃnea de árboles. la presión volvió a subir cuando entramos a una barranca angosta ahà recibimos el golpe más fuerte de toda esa parte del trayecto no entró un solo Nahual entraron varios al mismo tiempo por el frente, costado y parte alta Varela vació una carga completa sobre una que se le vino encima yo la vi caer pero otra bajó desde arriba antes de que él pudiera recargar Varela gritó perdió pie en la orilla y se fue hacia la pendiente con esa cosa encima Alcancé a verlo rodar entre ramas y piedra, y después de eso no lo volvimos a ver. En la misma acción cayó Medina.
1:00:24 Una de esas cosas le alcanzó el cuello por debajo del casco, entre el borde del chaleco y la mandÃbula. Lo sacamos de encima con fuego corto, casi encima de nosotros, pero la herida ya estaba abierta. Medina quiso hablar y no pudo. El enfermero metió gazas, presión directa y las manos completas sobre la herida, mientras el capitán ordenaba humo y repliegue. No alcanzó. Medina murió ahà mismo. No habÃa tiempo ni posición para sacarlo, asà que lo dejamos donde cayó y seguimos retrocediendo, con la formación rota y con la sensación clara de que ya nos estaban cobrando uno por uno. El humo sirvió poco, pues el aire lo levantaba y la vegetación lo cortaba. En medio de ese repliegue perdimos a RÃos. Iba atrás de Salgado, cubriendo el lado izquierdo. En un momento lo vi en su lugar y al siguiente ya no estaba. Lo llamamos dos veces en voz baja y una vez con seña de luz, no respondió. No hubo grito, no hubo disparo y no hubo ruido de caÃda. Solo dejó de estar en la lÃnea.
1:01:37 El capitán quiso regresar unos pasos para buscarlo. El tirador le dijo que si regresábamos abrÃamos otro hueco y perdÃamos a más gente. La decisión se cerró ahÃ. Seguimos moviéndonos con ocho hombres útiles, uno de ellos herido grave y otro cada vez peor del lado de la cara. Avanzamos otro tramo y entonces empezó lo peor. Ya no solo los oÃamos moverse alrededor, empezaron a usar voces. Desde abajo de la pendiente se escuchó la voz de Varela, Clara, pidiendo ayuda. Pidió que lo sacáramos. Dijo que seguÃa vivo. Dijo que estaba atorado entre piedras. Yo la escuché y la reconocÃ. El enfermero me miró y negó con la cabeza.
1:02:24 Pero nadie se salió de la lÃnea, pues habÃamos visto a Varela irse por la pendiente con una de esas cosas encima. Si seguÃa vivo, estaba en un punto donde ellas querÃan jalarnos. Si ya no seguÃa vivo, entonces esa voz no era de él. El silencio que vino después pesó más que los disparos. Fue en ese punto cuando apareció el viejo. Estaba parado al lado del paso, con una bolsa colgada y un bastón en la mano. No salió corriendo, no gritó, no hizo ningún gesto raro. Simplemente estaba ahÃ. El capitán le apuntó de inmediato y le ordenó tirarse al suelo. El viejo respondió que si seguÃamos por ese rumbo no salÃa nadie. Dijo que más adelante estaba la parte donde esas cosas bajaban seguido y que el olor de la sangre ya las habÃa puesto encima de nosotros. El capitán le exigió nombre y explicación. El viejo contestó que era del pueblo de abajo, que habÃa visto nuestras luces subir y que nos venÃa siguiendo desde atrás porque sabÃa dónde nos Ãbamos a meter. También dijo que todavÃa habÃa una salida por la piedra blanca, pero que solo servÃa si apagábamos las lámparas, dejábamos de hablar y caminábamos por donde él marcara. Yo lo escuché y no le creà del todo. En una operación normal, seguir a un civil desconocido en plena retirada habrÃa sido una locura.
1:03:51 No alcanzamos a decidir nada con calma. Una de esas cosas bajó por un tronco y le abrió la cara a Salgado. Antes de que terminara de levantar el arma, el capitán disparó primero. Yo disparé detrás de él y el tirador remató. La quitamos de encima, pero el daño ya estaba hecho. Salgado cayó de rodillas con la cara abierta desde la ceja hasta la mandÃbula. El enfermero lo sostuvo, le presionó la herida y logró contenerle el sangrado, aunque el ojo de ese lado ya no respondÃa bien. Ahà se acabó cualquier duda. El viejo metió la mano a la bolsa, sacó ceniza y empezó a dejar una lÃnea sobre el suelo. Dijo que lo siguiéramos sin salirnos, que no encendiéramos luces y que si escuchábamos voces conocidas no respondiéramos ni volteáramos. También ordenó que el que sangrara más fuera al centro. El capitán dudó un segundo, luego nos acomodó detrás de él y nos echamos a andar. La columna quedó con el viejo al frente. el capitán detrás, dos elementos de asalto cubriendo, el enfermero sosteniendo a MejÃa, yo llevando a Salgado por un lado y el tirador atento a los flancos, Luna cerrando, e Ibarra cubriendo la parte más abierta. Desde que empezamos a seguir la lÃnea de ceniza, el comportamiento de esas cosas cambió. SeguÃan cerca, eso lo oÃamos y lo veÃamos, pero ya no entraban
1:05:22 de frente. Se detenÃan antes de cruzar la marca, rodeaban Se asomaban entre los troncos y piedras y nos seguÃan en paralelo. Eso no nos dio calma, nos dejó otra cosa, una certeza más dura. Hasta ese momento seguÃamos vivos, porque habÃamos aceptado movernos bajo las reglas de ese viejo, no bajo las nuestras. Seguir al brujo fue lo único que nos sostuvo vivos el resto de la noche. Para entonces ya nadie hablaba de control. Nadie pensaba en recuperar la misión ni en volver a tomar la iniciativa. El capitán seguÃa al mando, pero sus órdenes ya no iban dirigidas a dominar terreno, iban dirigidas a mantener la columna unida, a sacar a los heridos y a evitar otro hueco en la lÃnea. El viejo iba adelante, dejando una marca de ceniza y unas gotas de lÃquido oscuro sobre el suelo.
1:06:18 No explicó nada y tampoco se lo pedimos. Nosotros solo vimos un hecho claro, esas cosas seguÃan cerca, pero ya no se metÃan encima con la misma facilidad. El brujo nos fue dando instrucciones cortas y directas. Dijo que pisáramos piedra y raÃz cuando hubiera opción, que evitáramos la tierra removida, y que nadie levantara la vista hacia los árboles si escuchaba ruido arriba. También dijo que si oÃamos voces conocidas, siguiéramos caminando y no respondiéramos. El capitán repetÃa esa orden cada pocos minutos. Fuego solo a contacto. Nadie dispara por ruido y nadie rompe la lÃnea. Yo seguÃa volteando de reojo a los lados y cada tanto alcanzaba a verlos.
1:07:05 AparecÃan entre los árboles a pocos metros con los ojos rojos y el cuerpo agachado. Luego se movÃan y se perdÃan otra vez. No dejaron de rodearnos. Y durante todo ese tramo escuchamos uñas contra piedra. Respiración cerca, carrera corta y frenadas secas. A veces el visor térmico marcaba algo caliente por un segundo, luego se borraba. Otras veces no se veÃa nada en el visor, pero el sonido estaba ahÃ, al lado. Eso fue una de las peores partes, porque el ruido no paraba y la mente empezaba a trabajar sola. Yo me obligué a mirar el suelo, la espalda del que iba enfrente y la lÃnea de cenizas. Hice eso durante gran parte de la subida, pues si me soltaba a revisar todo lo que se movÃa alrededor, perdÃa el paso y dejaba a Salgado sin apoyo. En una parte del ascenso, Luna rompió la instrucción del viejo, se escuchó una voz arriba, clara, y Luna alzó la cabeza y se quedó quieto de inmediato. No habló, no gritó, no apuntó, solo se detuvo con el arma baja. Yo lo vi desde atrás y alcancé a notar que tenÃa la mirada fija en la copa de los árboles. El brujo regresó dos pasos, le puso ceniza en la frente y le pegó una palmada fuerte en el pecho. Luna reaccionó de golpe, tomó aire y volvió a moverse. Más tarde, ya fuera del monte, Luna contó que habÃa escuchado a su madre
1:08:37 llamándolo por su nombre, pero su madre llevaba años muerta. Lo contó sin levantar la voz y nadie le respondió nada. Seguimos avanzando hasta llegar a una parte de piedra clara, donde el paso se apretaba entre roca y monte. El brujo dijo que esa era la salida buena y también el punto más delicado, porque ahà nos podÃan entrar una vez más. El capitán reorganizó la columna sin perder tiempo. El viejo pasó primero, luego el enfermero con MejÃa. Después yo con Salgado, detrás Ibarra y el tirador. El capitán y Luna se quedaron cubriendo la parte de atrás. La orden fue cruzar de uno en uno, sin tocar las paredes y sin salirnos de la lÃnea. El espacio era estrecho, incómodo y lento para mover heridos, pero era lo único que tenÃamos. El último ataque entró ahÃ, pero no vino de frente. Cayó desde arriba, directo sobre la parte final de la columna. Luna alcanzó a disparar una vez antes de recibir el golpe. Yo escuché el tiro, luego el impacto del cuerpo contra la piedra y, enseguida, el grito corto del capitán. El tirador giró y metió dos tiros a muy poca distancia. Yo hice lo mismo desde donde estaba, sin soltar a Salgado. El Nahual cayó a un costado del paso y siguió moviendo las manos un instante antes de irse por la pendiente. Luna no se levantó. Cuando
1:10:09 el capitán se agachó a jalarlo, vio la herida en el cuello y entendió de inmediato que ya estaba fuera. Lo dejó ahà y nos ordenó seguir. Fue una orden dura, pero correcta. Quedarnos con Luna nos habrÃa dejado a todos atrapados en ese cuello de botella. Yo iba entrando al paso con Salgado, cuando otra de esas cosas intentó meterse por el borde alto. El capitán se quedó atrás para darnos esos segundos. Disparó en ráfagas cortas, retrocediendo con cuidado para no perder pie. Alcancé a verlo recibir un golpe en el costado y luego otro en la cara, cerca del casco. Aún herido, siguió tirando. El tirador quiso regresar por él, pero el capitán lo frenó con una orden directa, que nadie volviera, que sacáramos a los heridos y cruzáramos de una vez. Esa fue la última imagen que tengo de él, de pie, todavÃa peleando, con el arma arriba y el paso firme sobre la piedra, pero no lo recuperamos.
1:11:12 Del otro lado del paso, el brujo nos llevó hasta un cauce pequeño. Nos dijo que nos laváramos las botas y las manos, nada más. Lo hicimos sin discutir. Luego, seguimos hasta un claro donde el terreno se abrió un poco. Ahà ocurrió algo que recuerdo con precisión. Pues dejaron de seguirnos, se acabaron las voces, se acabó la carrera en paralelo y se acabó el ruido de uñas sobre piedra. El miedo seguÃa con nosotros, las heridas seguÃan abiertas y los muertos seguÃan atrás, pero la presión de esas cosas ya no estaba encima. Ãramos seis hombres todavÃa vivos y en movimiento, todos golpeados, todos cansados y todos conscientes de lo que habÃamos perdido en el trayecto. En ese claro, el radio secundario agarró señal débil. El tirador y yo logramos pasar una ubicación aproximada y pedir extracción urgente. No dimos detalles.
1:12:10 El mensaje fue simple, grupo emboscado, varias bajas, y necesitamos salida inmediata. Mientras esperábamos, el brujo se acercó a MejÃa y a Salgado. Les revisó las heridas y les puso una mezcla de ceniza, hojas y alcohol. El enfermero lo dejó trabajar porque ya habÃa usado casi todo lo útil que traÃa, y los dos seguÃan en estado delicado. El brujo no prometió nada, solo dijo que si aguantaban hasta salir por completo del monte, podÃan vivir. Antes de que llegara el apoyo, la cuenta ya estaba cerrada en mi cabeza. El capitán habÃa quedado atrás, Luna estaba muerto, Ortega y Medina también, y Varela y RÃos seguÃan desaparecidos. De los doce que entramos salimos seis. El brujo dijo una sola cosa antes de irse, que no regresáramos de noche y que si alguien insistÃa en volver no llevara gente nueva.
1:13:06 Después se fue por un lado del claro y lo perdimos de vista. La extracción terminó al amanecer. Después vino la búsqueda y en esa búsqueda encontraron sangre, equipo, casquillos y marcas profundas en piedra y tierra. pero no encontraron una explicación que pudiera escribirse limpia. En el informe oficial acomodaron todo dentro de ataque de fauna, caÃda en barranca, pérdida de visibilidad y desorientación nocturna. Yo leà ese papel tiempo después y entendà por qué quedó asÃ, pues no habÃa otra forma de meter lo ocurrido en un reporte. Yo solo digo lo que vi. Vi cuerpos corriendo en cuatro patas y levantándose en dos. Vi ojos rojos a pocos metros, manos con uñas largas y heridas de bala que no los detuvieron de inmediato. Vi que nos fueron cerrando el paso hasta dejarnos sin salida propia. Y vi que no los vencimos. Salimos porque un brujo conocÃa una ruta y sabÃa cómo cruzarla. Sin él, esa noche nos quedábamos todos. Por eso, cuando me preguntan por esa operación, nunca hablo de Victoria, pues lo que hubo fue una retirada con vida, incompleta, y suficiente apenas para contarlo.
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