Pacto Con El Diablo: El Precio De La Avaricia - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Mateo Robles y recuerdo a mi abuelo Julián Robles, sentado en el cuarto del fondo, con la puerta cerrada y la llave amarrada al cuello. Yo era niño cuando empecé a notar el miedo en la casa, aunque nadie me explicaba nada completo. Mi madre cambiaba de tema cuando yo preguntaba por la caja, mi abuela bajaba la voz. Al hablar del camino viejo y los peones evitaban quedarse cerca del corral cuando ya estaba oscureciendo, Con los años entendà que todos sabÃan una parte, pero nadie querÃa cargar con la historia entera. El rancho se llamaba El Mesquite y quedaba cerca del pueblo por el camino viejo. Ahà vivió mi abuelo casi toda su vida. Antes de tener tierras fue jornalero, rentó una parcela y trabajó desde antes de amanecer para sacar maÃz de una tierra cansada. Mi abuela Tomasa lavaba ropa ajena, hacÃa tortillas para vender. y guardaba cada moneda en una lata tenÃan una casa pobre comida medida y deudas que crecÃan aunque trabajaran todos los dÃas la deuda empezó con una sequÃa dos cosechas se perdieron mi tÃo Esteban enfermo de niño y mi abuelo pidió dinero al dueño de la tienda luego pidió más para semilla después para medicina y después para cubrir los intereses cada pago dejaba otro pendiente Mi abuela recordaba esos años con precisión, porque vendió sus aretes, empeñó cobijas y
1:39 aún asà llegó el dÃa en que el tendero le quitó a mi abuelo las dos vacas que le quedaban. Esa tarde mi abuelo regresó a la casa con las manos lastimadas, no quiso comer, se quedó un rato en silencio y luego anunció que iba a conseguir dinero esa misma noche, aunque tuviera que pedÃrselo al demonio. Mi abuela intentó detenerlo, pero él tomó un machete viejo, un costal vacÃo y salió hacia el camino viejo. Ella no lo siguió, por miedo, por cansancio y porque ya no sabÃa cómo hablarle sin que él se enojara. Lo que pasó en el cruce lo contó mi abuelo años después, cuando la culpa ya no lo dejaba dormir. Dijo que llegó a la cruz del camino viejo, se hincó en la tierra y pidió oro. No pidió salud. ni trabajo, ni paciencia.
2:33 Pidió pagar la deuda, comprar tierra propia y dejar de agachar la cabeza frente al tendero. Lo pidió en voz alta varias veces hasta que oyó cascos acercándose. Vio un caballo negro detenido en el camino y encima iba un charro vestido de negro. No alcanzó a verle bien la cara, solo distinguió el sombrero, las manos sobre las riendas y el caballo quieto frente a él. El charro habló primero. Le ofreció una bolsa de oro, pero aclaró que no era regalo. VolverÃa años después y mi abuelo tendrÃa que entregar la misma bolsa con las mismas monedas. Si faltaba una, el pago serÃa él. Mi abuelo preguntó si podrÃa cubrir la falta con más oro, con tierras o con ganado, pero el charro le respondió que no. Solo servirÃan esas monedas, las mismas de esa noche. Mi abuelo aceptó. Siempre dijo que aceptó porque tenÃa hambre, deudas y coraje. Pero también admitió que escuchó la condición completa. El charro señaló el suelo junto al mezquite y ahà estaba la bolsa. Mi abuelo la abrió, contó cincuenta monedas y cuando levantó la vista el charro ya iba camino abajo. Regresó al amanecer con la bolsa escondida bajo la ropa. Mi abuela vio el oro y le pidió que no lo tocara. Ãl respondió que primero pagarÃa lo que debÃa. Asà que fue a la tienda, entregó una moneda y liquidó la cuenta.
4:02 Esa fue la moneda que perdió para siempre. En ese momento no pensó en recuperarla o no quiso detenerse a pensarlo. Salió de la tienda y empezó a comprar animales, semilla y herramientas. Pronto tuvo tierra propia, después más terreno. luego peones y cosechas buenas, la gente del pueblo habló desde el principio, unos dijeron que habÃa tenido suerte, otros dijeron que nadie levantaba un rancho tan rápido, sin pagar algo por debajo, mi abuelo no respondÃa, trabajaba, compraba, cobraba y guardaba, la casa mejoró, la comida dejó de faltar, pero dentro de la familia empezó otra forma de miedo, Mi abuelo cerraba puertas, revisaba los corrales y preguntaba quién habÃa entrado y dormÃa con un arma cerca de la cama. La bolsa quedó guardada en una caja, dentro del cuarto del fondo.
4:59 Nadie entraba ahà sin permiso. Yo lo vi muchas veces sacar la llave del cuello, abrir, entrar y cerrar por dentro. Tardaba mucho. Al salir tenÃa las manos manchadas y la cara sudada. Mi madre me apartaba de esa puerta. Y si yo preguntaba por las monedas, me mandaba a jugar lejos. Con los años, mi abuelo dejó de confiar en todos, despidió peones por acercarse a la casa, acusó a mi abuela de mover cosas y revisó a sus hijos cuando pasaban cerca del cuarto. Una vez golpeó a mi tÃo Esteban porque creyó que habÃa tomado una moneda. Después la encontró donde él mismo la habÃa dejado, pero no pidió perdón.
5:43 Desde entonces Esteban dejó de mirarlo a la cara. Las primeras señales llegaron antes de que yo naciera, pero en mi casa las recordaban con detalle. Una noche los perros se echaron junto a la puerta y no quisieron levantarse. Mi abuelo salió con el rifle, fue al corral y volvió sin explicar nada. Al dÃa siguiente la cerca estaba abierta, aunque ningún animal se habÃa salido. Las vacas estaban juntas contra una pared con espuma en la boca y alrededor del pozo habÃa huellas de caballo. Mi abuelo mandó cubrirlas antes de que las vieran los demás peones. Después empezó a buscar monedas antiguas. Iba a ferias, tiendas, casas de prestamistas y pueblos vecinos. Pagaba mucho por cualquier moneda de oro con marcas parecidas. Mi abuela entendió que faltaba una, pero él nunca lo dijo frente a todos. Cuando ella le preguntó para qué querÃa más oro, respondió que debÃa cerrar una cuenta. Desde ese dÃa dejó de dormir en paz.
6:49 Caminaba por la casa durante la noche, revisaba la caja y contaba en voz baja. Yo crecà viendo esa rutina. Mi abuelo ya era viejo, pero todavÃa mandaba en el rancho. ComÃa solo, hablaba poco y pasaba horas encerrado. Una noche me acerqué a la puerta del cuarto y escuché el golpe de las monedas sobre la mesa. Contó hasta las 49, se quedó callado y volvió a empezar. Mi madre me encontró ahÃ, me jaló del brazo y me ordenó no acercarme otra vez. A los 16 años supe lo que faltaba. Mi abuela estaba enferma, me llamó a su cuarto y me contó que la moneda entregada al tendero era una de las originales. Mi abuelo quiso recuperarla años después, pero el tendero ya la habÃa vendido y nadie supo a quién pasó. Desde entonces compraba copias, probaba pesos, revisaba marcas y guardaba todo en la caja. Mi abuela me pidió no tocar esa puerta, no levantar la bolsa y no salir.
7:54 si alguna noche escuchaba un caballo junto a la casa. Recuerdo esa advertencia porque la dijo sin llorar con la voz baja, las manos cerradas sobre la sábana vieja y los ojos fijos. El regreso ocurrió el 2 de noviembre de 1978. Recuerdo la fecha porque ese dÃa mi madre puso flores para los difuntos y mi abuelo Julián ordenó quitarlas de la mesa. No quiso velas, rezos ni nombres de muertos dentro de la casa. Nadie discutió. Al caer la tarde cerró el portón, mandó a los peones a sus cuartos y nos dejó a todos en la cocina. Ãl entró al cuarto del fondo con la caja y la bolsa de cuero. La casa quedó callada. Mi abuela se sentó junto al fogón, mi madre guardó los platos y mi tÃo Esteban puso el rifle contra la pared. Yo me quedé cerca de la puerta de la cocina, con las manos frÃas y la espalda pegada al muro. Mi abuelo no salió durante un rato. Solo se oÃa el golpe de las monedas sobre la mesa, una por una, y luego silencio. Los golpes llegaron ya entrada la noche. Fueron tres, secos, en el portón. No fueron de mano ni de piedra.
9:12 Sonaron a herradura contra madera. Mi madre soltó una taza y el barro se partió en el piso. Mi abuela apretó la orilla de su rebozo y mi tÃo tomó el rifle. Entonces se abrió la puerta del cuarto del fondo. Mi abuelo salió con la bolsa en una mano y una pistola en la otra. TenÃa la cara pálida y la respiración corta. Nos ordenó quedarnos dentro y nos pidió que si preguntaban por él respondiéramos que ya habÃa muerto. Nadie contestó. Ãl caminó hasta la sala y se quedó frente a la puerta. No abrió, solo esperó, sin mirar hacia la cocina. Los golpes se repitieron, pero ahora en la puerta de la casa. El portón seguÃa cerrado y quien golpeaba ya estaba dentro del patio. Mi tÃo levantó el rifle y mi abuelo le ordenó bajarlo. Esa arma no iba a servir. Después abrió la puerta. Frente a la casa estaba el caballo negro, quieto, con el charro negro montado. No le vimos la cara completa, solo vimos el sombrero, la ropa negra y las manos sobre las riendas.
10:20 Mi abuela empezó a llorar en silencio. El charro habló primero. Le dijo que habÃa llegado por lo acordado. Mi abuelo respondió que tenÃa la bolsa. El charro exigió contar las monedas afuera, en la tierra. Mi abuelo quiso hacerlo dentro de la casa, pero el charro no aceptó. El trato se habÃa hecho afuera. Mi abuelo apretó la bolsa contra el pecho y salió. Mi tÃo dio un paso para seguirlo, pero mi abuela lo sujetó del brazo. Nos quedamos en la entrada. Mi abuelo abrió la bolsa y vació las monedas sobre una tabla. Luego empezó a contarlas en voz alta. Al llegar a 49 se detuvo. Sacó otra moneda del bolsillo y la puso con las demás. Afirmó que ahà estaban las 50, aunque todos vimos que habÃa sacado la última del bolsillo.
11:12 El charro se bajó del caballo. Las gallinas del corral empezaron a golpearse contra la malla y los perros quedaron echados y no levantaron la cabeza. El charro tomó la última moneda, la miró y la dejó aparte. Le dijo que esa no era de la bolsa. Mi abuelo respondió que era oro verdadero con el mismo peso. El charro corrigió la cuenta. El trato no era por peso, era por las mismas monedas. Mi abuelo sacó un papel doblado, lo habÃa escrito él, con palabras acomodadas a su favor. Reclamó que nunca quedó señalado cómo probar cada moneda. El charro no tocó el papel. El acuerdo habÃa salido de la boca de mi abuelo, en el cruce frente a la bolsa. Mi abuelo insistió y prometió traer la moneda faltante si recibÃa una noche más. Dijo que la tuvo un comerciante muerto, que podÃa buscar al hijo, pagar lo que pidiera y regresar antes del amanecer. pero el charro le cerró esa salida, pues habÃa tenido años para buscarla.
12:17 Mi abuelo ofreció el rancho, las vacas, todas las monedas que habÃa juntado en la caja. Dejó de ordenar y empezó a suplicar. Aceptó que habÃa llamado por hambre, por deudas y por miedo a perder a su familia. El charro sostuvo la misma cuenta. Nadie lo obligó a llamar, nadie le puso la bolsa en las manos y nadie lo obligó a entregar una moneda original en la tienda. Mi abuela salió al patio, pidió que se llevara el oro y dejara a mi abuelo morir en la casa. El charro le respondió que ella no habÃa hecho el trato, pero habÃa vivido bajo el techo pagado con esas monedas.
12:58 Mi abuela bajó la cabeza y ya no habló. Mi abuelo hizo su último intento. sacó un pedazo de vidrio que traÃa escondido bajo la manga se abrió la palma y dejó caer sangre sobre las monedas reclamó que ahora eran suyas por sangre el charro esperó y luego pisó la tabla la sangre empezó a hervir sobre el oro subió vapor y el patio se llenó de olor a sangre quemada mi abuelo gritó soltó la pistola y cayó de rodillas el charro le ordenó subir al caballo Mi abuelo se arrastró hacia la casa y agarró el marco de la puerta. Mi tÃo disparó y el tiro pegó en el pecho del charro, abrió la tela negra y no sacó sangre. El charro volteó hacia mi tÃo y el rifle se calentó en sus manos. Mi tÃo lo soltó con la piel de los dedos pegada al metal y conservó esas cicatrices hasta su muerte. Mi madre me empujó hacia atrás, pero seguà viendo. Mi abuelo pidió ayuda a mi abuela. Ella lloraba, pero no lo tocó. Años después, explicó que tuvo miedo de condenarse con él. El charro caminó hasta mi abuelo, puso una mano sobre su hombro y lo levantó. Mi abuelo soltó el marco, abrió la boca, pero no pudo hablar. El charro lo llevó al caballo.
14:22 Mi abuelo miró hacia nosotros, luego hacia la bolsa tirada en el patio. No pidió perdón, no bendijo a nadie y no alcanzó a decir mi nombre. mi madre me apretó el hombro con fuerza, el charro montó primero y mi abuelo subió detrás, el caballo avanzó hacia el portón cerrado y el portón se abrió solo, salieron al camino viejo, despacio, en el cruce se detuvieron un momento y después siguieron, después de eso no volvimos a verlo, nadie salió hasta el amanecer y en el patio encontramos la tabla partida, Las 49 monedas estaban pegadas a la madera y la falsa quedó aparte. La bolsa tenÃa la cuerda quemada y en el marco de la puerta quedaron las marcas de los dedos de mi abuelo hundidas. Fuimos al cruce y solo encontramos huellas de caballo hasta el mesquite. Bajo el árbol estaba el sombrero de mi abuelo. No habÃa sangre, cuerpo ni rastro hacia otro camino. Mi abuela ordenó levantar la tabla completa y enterrarla bajo el piso de la cocina, y nadie tocó las monedas con la mano descubierta. Un mes después vendió el rancho. Se fue con mi madre y repartió casi todo entre los trabajadores. Años después regresé solo.
15:44 La puerta todavÃa tenÃa las marcas de los dedos de mi abuelo. Levanté una loseta de la cocina y vi una esquina de la bolsa enterrada. La dejé donde estaba y me fui antes de oscurecer El trato no consistÃa en guardar las monedas sin tocarlas. El charro negro le entregó 50 monedas para que las usara, pero le advirtió que cuando volviera por el pago, debÃa tener otra vez la misma bolsa, con las mismas 50 monedas. Mi abuelo entendió que podÃa gastar el oro, siempre que después recuperara cada moneda. Por eso, cuando pagaba una deuda o compraba tierra, les decÃa a los hombres que recibÃan las monedas, que no las vendieran ni las fundieran, porque él volverÃa por ellas y pagarÃa más de lo que valÃan. Algunos aceptaron, porque veÃan ganancia segura, otros no le creyeron, pero tomaron el dinero igual. Asà empezó a levantar el rancho, usó las monedas para pagar deudas, comprar animales, comprar semilla y cerrar tratos por tierra. Después, cuando empezó a ganar dinero con las cosechas y el ganado, fue regresando con cada persona para recomprar las monedas originales. Pagaba el doble, a veces el triple, con tal de recuperarlas. El problema fue que una moneda se le perdió el rastro. La entregó al dueño de la tienda en los primeros dÃas y aunque le pidió que la guardara, el tendero la cambió con
17:16 un comerciante antes de que mi abuelo pudiera volver por ella. Desde entonces, mi abuelo buscó esa moneda por años. HabÃa gastado el oro para salir de la pobreza, pero al final entendió que cada moneda seguÃa siendo parte del trato.
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