April 19, 2026

Lo Que Pasó En Ese Viaje Todavía Me Persigue - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Trabajo como Uber por las noches y madrugadas desde hace tiempo. Ese horario ya forma parte de mi vida. Conozco las calles, conozco el movimiento y conozco también los riesgos. Por eso siempre tuve una regla clara. No subir a nadie si el viaje no estaba marcado en la aplicación. Esa regla la hice por seguridad. Si el pasajero no entra por la app, no hay registro, no hay respaldo y si pasa algo, uno se queda solo con el problema. Muchas veces me pararon personas en la calle para pedirme un aventón, siempre con la promesa de que me pagaban en efectivo y de que iban cerca, pero casi siempre seguí de largo.

0:47 Esa noche no lo hice y desde entonces no he vuelto a romper esa regla. Salí a trabajar como cualquier otra noche. Ya había hecho varios viajes y seguía esperando el siguiente. Iba por una calle del centro, despacio, atento al celular y al camino. En una esquina vi a un señor que levantó la mano para llamarme. No hizo señas exageradas ni se aventó hacia el carro, solo levantó el brazo y esperó. Me orillé para ver qué quería. Pensé que tal vez iba a preguntarme una dirección, o que quizá había pedido un viaje, y todavía no me aparecía la solicitud. Bajé un poco el vidrio y el señor se acercó. Me habló con calma y me pidió que lo llevara, porque tenía rato buscando cómo moverse y no encontraba taxi. Lo primero que hice fue preguntarle si tenía el viaje en la aplicación. Me respondió que no, que él no usaba eso y que si yo podía llevarlo me pagaba al llegar. En cuanto escuché eso, le dije que no trabajaba de esa manera. Le expliqué, sin darle muchas vueltas, que solo subía pasajeros con viaje marcado por seguridad. El señor no se molestó ni discutió. Solo me dijo que ya era tarde, que no quería seguir esperando y que necesitaba llegar a una dirección. En ese momento lo miré mejor. Era un señor mayor, de voz firme, tranquilo al hablar. No se veía tomado, no hablaba golpeado

2:19 y tampoco se veía agresivo. La calle estaba casi sola y no había taxi cerca. Dudé unos segundos, pues sabía que estaba rompiendo mi propia regla. Eso lo pensé en ese mismo momento. Pero también pensé que estaba ayudando a una persona mayor, que no encontraba cómo irse. Al final, destrabé la puerta y le dije que subiera. Se sentó en la parte de atrás, me dio las gracias y me pasó la dirección. La puse en el mapa y vi que el destino quedaba lejos. No era un viaje corto. Arranqué y durante los primeros minutos todo fue normal. Me preguntó si siempre trabajaba de noche. Le dije que sí, que casi siempre. Entonces empezó a contarme cosas de su vida.

3:06 Me dijo que durante muchos años también había trabajado en turnos nocturnos, primero como velador y después en una bodega. Hablaba de eso con tranquilidad, sin hacerse el interesante, sin exagerar nada. Solo iba recordando su vida mientras yo manejaba. Me contó que ese tipo de trabajo le había dejado el sueño cambiado y el cuerpo cansado, que uno se acostumbra. Pero con los años todo pesa más. También me dijo que llevaba mucho tiempo viviendo solo y que ya no tenía a su familia cerca. No me dio detalles de más ni me quiso meter en su vida. Solo soltó esos datos mientras avanzábamos. Yo le respondí a lo justo, por educación, y seguía concentrado en el camino. Hasta ahí el viaje era un viaje más y nada se sentía fuera de lugar. La plática me hizo bajar la guardia y pensé que había hecho bien en subirlo. Era un pasajero serio, callado, respetuoso. No me estaba presionando. No me estaba preguntando cosas raras y tampoco estaba intentando hacerse confianza de más. En varios momentos lo miré por el retrovisor, primero por costumbre y después para seguirle la conversación. Fue entonces cuando empecé a notar cosas que al principio no había visto. Su piel se veía muy pálida. No era un tono claro normal, era una palidez marcada. También tenía ojeras profundas y varias cicatrices en la cara. No sabría

4:38 decir si eran antiguas o recientes, pero se notaban. Cuando se acercó a la ventana, no me fijé bien en esos detalles. Ya con el viaje en marcha, con la luz de la calle entrando por momentos, empecé a verlo mejor. Seguí manejando y traté de no pensar demasiado en eso, pues me dije que podía estar enfermo, cansado o recuperándose de algo. No sería la primera vez que subía a alguien con mal aspecto, por temas de salud. Aún así, empecé a sentirme incómodo. La conversación siguió unos minutos más, pero ya no de la misma manera. Yo empecé a contestar menos. Se dio cuenta y me preguntó si estaba bien.

5:21 Le dije que sí, que solo iba atento al manejo. Entonces me dijo que en la noche la mente le juega cosas a uno. Lo dijo tranquilo, sin cambiar el tono, mirando al frente. Esa frase me dejó inquieto. porque yo ya traía esa incomodidad encima. No le respondí gran cosa, me concentré en la ruta y seguí avanzando. Después le pregunté otra vez a dónde iba, solo para confirmar. Me repitió la dirección y revisé con más atención el mapa. Ahí fue cuando vi con claridad que el punto quedaba junto a un panteón de la ciudad. El destino no marcaba adentro, pero sí a un lado en esa zona.

6:05 Pensé que tal vez vivía cerca o que iba con alguien de por ahí. No le pregunté más, solo le dije que faltaba poco y él me respondió que sí, que siguiera. Desde ese momento el viaje cambió por completo. El señor dejó de hablar. Se quedó callado, sentado derecho, mirando hacia el frente. Yo lo veía por el retrovisor y cada vez me inquietaba más. La palidez, las ojeras, las cicatrices y la forma en que iba sentado. Todo junto empezó a pesarme. Además, casi no se movía. Yo buscaba una explicación lógica porque no quería asustarme por nada y me repetí varias veces que era un hombre enfermo o cansado o simplemente maltratado por la vida. Pero el miedo ya había entrado. Se me secó la boca. Empecé a apretar el volante más de la cuenta y me dieron ganas de terminar ese viaje lo más rápido posible.

7:02 No quería hablar. tanto y no quería seguir pensando en lo que estaba viendo solo quería llegar dejarlo en la dirección y seguir con mi trabajo cada vez que alzaba los ojos al retrovisor sentía más tensión él seguía igual serio callado con la vista fija al frente en una de esas miradas se dio cuenta de que yo ya estaba nervioso entonces me preguntó con total tranquilidad si le tenía miedo Me lo dijo de frente, sin cambiar la voz y sin ningún gesto brusco. Yo reaccioné rápido y le respondí que no, que¿ por qué habría de tenerle miedo?

7:43 La respuesta me salió automática, la verdad, no quería reconocer lo que ya estaba sintiendo. Sonrió apenas, fue una sonrisa breve, seca, y después me dijo, yo ya estoy muerto. Lo dijo sin énfasis, sin alzar la voz, sin reírse después. Lo soltó y se quedó callado. Yo no respondí enseguida y mi primera idea fue que quería asustarme. Luego pensé que podía tener algún problema mental. También pensé que tal vez yo ya estaba demasiado cansado y estaba dándole demasiado peso a sus palabras. Busqué explicaciones rápidas porque necesitaba seguir manejando y mantener el control del carro. No frené, no volteé de golpe y no hice nada brusco, solo seguí derecho.

8:31 Pasaron unos segundos en silencio y le pregunté otra vez si esa dirección era la correcta. Me respondió que sí, que ya casi llegábamos. Me lo dijo con total normalidad, igual que antes, y eso me puso peor. Ya no quise seguir la conversación, me quedé callado y seguí manejando. La calle empezó a verse más sola, y el mapa marcaba pocas cuadras para llegar. Yo iba mirando el camino y de vez en cuando el retrovisor. Él seguía atrás, inmóvil, callado, con la vista al frente. La zona del panteón ya estaba cerca y yo sabía bien dónde estábamos. Pensé en no detenerme, en seguir de largo, en inventar cualquier cosa para no dejarlo ahí, pero no tenía un motivo claro para hacerlo. El hombre no me había amenazado, no me había insultado y no había intentado tocarme. Lo único que tenía era esa presencia rara, su aspecto y la frase que me acababa de decir. Aún así, seguía hasta el punto, pues en ese momento yo solo quería que se bajara y terminar con eso. El miedo ya iba conmigo, sentado adelante, pegado al volante, y cada metro que avanzaba me hacía sentir más tenso. Cuando el mapa marcó que estábamos por llegar, respiré hondo sin apartar la vista del camino y esperé a que ese viaje se acabara de una vez. Cuando llegamos a la zona, el señor me pidió que avanzara un poco más. Yo ya conocía ese rumbo y sabía

10:04 que estábamos junto al panteón. Seguí despacio hasta que me indicó que me detuviera junto a la banqueta. Frené y dejé el motor encendido porque mi intención era que bajara rápido. me pagara y yo salir de ahí de inmediato. Ya no quería seguir hablando, ya no quería mirarlo por el retrovisor y ya no quería alargar ese momento. Tenía la vista al frente, las manos apretadas sobre el volante y la cabeza puesta solo en terminar el viaje. Entonces, antes de que yo dijera una sola palabra, él me dio las gracias por haberlo llevado a su eterno descanso. Esa fue la última frase que le escuché. En cuanto terminó de decirla, giré para verlo bajar, pero no vi que se moviera hacia la puerta. No escuché que tocara la manija y no vi ningún movimiento dentro del carro. Volteé por completo y el asiento estaba vacío. Me quedé inmóvil unos segundos, sin entender lo que tenía enfrente. Miré el asiento trasero, miré la puerta del lado derecho, luego la del lado izquierdo y después otra vez el asiento. Pero no había nadie. La puerta seguía cerrada y el vidrio seguía arriba. No había ruido afuera, no había pasos y no había nada que indicara que una persona acababa de salir.

11:27 Yo sabía perfectamente que ese señor venía atrás. Había subido por su cuenta, me había dado una dirección, había hablado conmigo durante el camino y acababa de decirme esa última frase. No era una duda, no era una confusión menor, y no era algo que yo estuviera inventando en ese momento. Él venía en el carro y al girar ya no estaba. En ese instante sentí un golpe de miedo en el cuerpo. No pensé con claridad y no busqué entender nada, solo reaccioné. Quité el seguro de las puertas y me bajé rápido. Fui primero a la puerta trasera, del lado donde venía sentado y la abrí de golpe. pero no había nadie.

12:11 Me incliné para revisar bien el asiento, el piso y el espacio entre los asientos, pero fue lo mismo. No había nada. Cerré esa puerta y rodé el carro para abrir la otra. Tampoco había nadie. Miré hacia la banqueta, miré la calle y miré alrededor del carro. La calle estaba sola y frente a mí estaba el panteón oscuro y cerrado. No vi a una persona alejándose. No vi a nadie cruzando y no escuché pasos. El lugar estaba en silencio. Volví a asomarme al interior del carro, porque seguía buscando una respuesta sencilla, cualquier cosa que me permitiera decir que había pasado algo normal y que yo estaba reaccionando de más. Revisé otra vez el asiento y las puertas, pero todo seguía igual. El señor ya no estaba y no había rastro de que hubiera bajado. En ese momento me subí al carro, cerré todo y arranqué de inmediato.

13:12 No me quedé ni un segundo más del necesario, pues lo único que quería era salir de esa zona. Avancé varias calles con la vista fija al frente, sin mirar apenas el retrovisor, porque cada vez que sentía ganas de levantar los ojos me volvía la misma sensación en el estómago. Seguía oyendo su voz en la cabeza, primero la parte en que me preguntó si le tenía miedo, Luego la frase en que me dijo que ya estaba muerto y al final ese agradecimiento por haberlo llevado a su eterno descanso. Todo había pasado en un mismo trayecto y yo no lograba acomodarlo. Quería pensar que había algo que se me escapaba, un detalle lógico, una salida rápida o una explicación práctica, pero no tenía nada. Solo tenía el recuerdo del hombre sentado detrás de mí y luego el recuerdo del asiento vacío con las puertas cerradas. Manejé hasta una gasolinera donde sabía que siempre había gente despierta. Entré, me estacioné y me quedé un momento sin bajarme. Tenía las manos temblando y la respiración corta. Miré al frente, luego a los espejos laterales y me costó trabajo reunir valor para mirar el retrovisor central. Cuando lo hice, vi el asiento vacío y aún así no sentía alivio. Bajé del carro, fui al baño y me eché agua en la cara. Me miré al espejo y tenía la cara tensa, los ojos

14:42 muy abiertos y el gesto de alguien que acababa de pasar un susto fuerte. Me quedé ahí unos minutos tratando de ordenar la cabeza. Me pregunté varias veces si el cansancio me había afectado, si en algún momento me distraje, si el Señor había alcanzado a bajar sin que yo lo notara, pero ninguna de esas ideas me cerraba. Si alguien baja de un carro, se abre una puerta, se escucha un movimiento, se siente algo. Ahí no pasó nada de eso, pues yo giré y ya no estaba. Volví a repasar el trayecto en mi cabeza. Desde el momento en que lo vi en la calle hasta el momento en que desapareció. Recordé su voz, la forma en que me pidió el viaje, la dirección que me dio, lo que me contó de su trabajo y de su vida.

15:31 También recordé el punto exacto en que empecé a notar su cara más pálida, sus ojeras, las cicatrices, el silencio que empezó a hacerse más pesado y la frase que soltó cuando me preguntó si le tenía miedo. Todo estaba claro. Yo había subido a un señor mayor en mi carro, lo había llevado hasta esa zona y al llegar, desapareció sin abrir la puerta y sin dejar rastro. Eso era lo que había ocurrido. Podía repetirlo de otra manera, podía buscarle palabras distintas, pero el hecho no cambiaba. Y mientras más lo pensaba, más me pesaba aceptar que no tenía manera de explicarlo. Esa noche ya no seguí trabajando. Cerré la aplicación y me fui directo a mi casa. En el camino manejé tenso, con la vista fija al frente y evitando el retrovisor todo lo que pude. Cada alto me incomodaba, cada calle sola me ponía peor, pues sentía que si miraba atrás en el momento menos esperado, podía volver a encontrarlo sentado en el asiento. Llegué a mi casa y me quedé un rato dentro del carro antes de bajarme. Apagué el motor, pero no salí enseguida. Necesité unos minutos para respirar, para convencerme de que ya estaba en un lugar conocido y de que no había nadie atrás.

16:57 Esa noche casi no dormí, pues cada vez que cerraba los ojos me regresaba la misma escena, la del señor hablándome con calma, la del asiento vacío y la del silencio junto al panteón. Dormía a ratos y me despertaba sobresaltado, Al día siguiente seguía con la misma presión en el cuerpo. Los días que siguieron fueron pesados. No podía dormir bien y tampoco podía manejar tranquilo. Cada vez que un pasajero subía al asiento de atrás, yo estaba más pendiente de lo normal. Si alguien se quedaba callado mucho tiempo, yo me tensaba. Si alguien me daba una dirección apartada, se me cerraba el estómago. Si una luz me cambiaba la cara del pasajero en el retrovisor... Yo sentía el golpe del recuerdo de inmediato. No me pasó una sola vez y se fue, se me quedó metido en mi mente.

17:53 Me acompañó desde esa madrugada y se volvió parte de mi trabajo. Aún así seguí manejando porque necesitaba el dinero y no podía dejarlo todo de un día para otro. Lo que sí cambió fue mi forma de trabajar. Desde esa noche no he vuelto a subir a nadie si no trae el viaje en la aplicación. No importa si me dicen que van cerca. No importa si ofrecen pagar más, si es una persona mayor. Si no está marcado en la app, no se sube. Esa regla ya no la rompo. También cambié otras cosas. Ahora reviso el asiento trasero cada vez que termina un viaje. Lo hago en automático, antes de arrancar otra vez. Reviso por costumbre y reviso porque necesito comprobar que no hay nadie. Me volví más cuidadoso con las rutas y con las zonas donde acepto viajes.

18:43 Sigo trabajando de noche porque ese sigue siendo mi horario y de eso vivo. Pero ya no manejo con la misma tranquilidad. La madrugada ya no es solo trabajo para mí. Desde esa vez, cada viaje trae una parte de esa memoria. Cuando alguien me pregunta por qué soy tan estricto con la aplicación, no doy muchas explicaciones. Solo digo que una vez rompí mi propia regla y con eso tuve suficiente. Lo que viví esa madrugada me dejó un trauma. Sigo manejando porque tengo que hacerlo, pero desde esa noche, si no es por aplicación, no subo a nadie.