Lo Que Pasó En Ese Viaje Todavía Me Persigue - Historias De Terror - REDE
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0:05 Trabajo como Uber por las noches y madrugadas desde hace tiempo. Ese horario ya forma parte de mi vida. Conozco las calles, conozco el movimiento y conozco también los riesgos. Por eso siempre tuve una regla clara. No subir a nadie si el viaje no estaba marcado en la aplicación. Esa regla la hice por seguridad. Si el pasajero no entra por la app, no hay registro, no hay respaldo y si pasa algo, uno se queda solo con el problema. Muchas veces me pararon personas en la calle para pedirme un aventón, siempre con la promesa de que me pagaban en efectivo y de que iban cerca, pero casi siempre seguà de largo.
0:47 Esa noche no lo hice y desde entonces no he vuelto a romper esa regla. Salà a trabajar como cualquier otra noche. Ya habÃa hecho varios viajes y seguÃa esperando el siguiente. Iba por una calle del centro, despacio, atento al celular y al camino. En una esquina vi a un señor que levantó la mano para llamarme. No hizo señas exageradas ni se aventó hacia el carro, solo levantó el brazo y esperó. Me orillé para ver qué querÃa. Pensé que tal vez iba a preguntarme una dirección, o que quizá habÃa pedido un viaje, y todavÃa no me aparecÃa la solicitud. Bajé un poco el vidrio y el señor se acercó. Me habló con calma y me pidió que lo llevara, porque tenÃa rato buscando cómo moverse y no encontraba taxi. Lo primero que hice fue preguntarle si tenÃa el viaje en la aplicación. Me respondió que no, que él no usaba eso y que si yo podÃa llevarlo me pagaba al llegar. En cuanto escuché eso, le dije que no trabajaba de esa manera. Le expliqué, sin darle muchas vueltas, que solo subÃa pasajeros con viaje marcado por seguridad. El señor no se molestó ni discutió. Solo me dijo que ya era tarde, que no querÃa seguir esperando y que necesitaba llegar a una dirección. En ese momento lo miré mejor. Era un señor mayor, de voz firme, tranquilo al hablar. No se veÃa tomado, no hablaba golpeado
2:19 y tampoco se veÃa agresivo. La calle estaba casi sola y no habÃa taxi cerca. Dudé unos segundos, pues sabÃa que estaba rompiendo mi propia regla. Eso lo pensé en ese mismo momento. Pero también pensé que estaba ayudando a una persona mayor, que no encontraba cómo irse. Al final, destrabé la puerta y le dije que subiera. Se sentó en la parte de atrás, me dio las gracias y me pasó la dirección. La puse en el mapa y vi que el destino quedaba lejos. No era un viaje corto. Arranqué y durante los primeros minutos todo fue normal. Me preguntó si siempre trabajaba de noche. Le dije que sÃ, que casi siempre. Entonces empezó a contarme cosas de su vida.
3:06 Me dijo que durante muchos años también habÃa trabajado en turnos nocturnos, primero como velador y después en una bodega. Hablaba de eso con tranquilidad, sin hacerse el interesante, sin exagerar nada. Solo iba recordando su vida mientras yo manejaba. Me contó que ese tipo de trabajo le habÃa dejado el sueño cambiado y el cuerpo cansado, que uno se acostumbra. Pero con los años todo pesa más. También me dijo que llevaba mucho tiempo viviendo solo y que ya no tenÃa a su familia cerca. No me dio detalles de más ni me quiso meter en su vida. Solo soltó esos datos mientras avanzábamos. Yo le respondà a lo justo, por educación, y seguÃa concentrado en el camino. Hasta ahà el viaje era un viaje más y nada se sentÃa fuera de lugar. La plática me hizo bajar la guardia y pensé que habÃa hecho bien en subirlo. Era un pasajero serio, callado, respetuoso. No me estaba presionando. No me estaba preguntando cosas raras y tampoco estaba intentando hacerse confianza de más. En varios momentos lo miré por el retrovisor, primero por costumbre y después para seguirle la conversación. Fue entonces cuando empecé a notar cosas que al principio no habÃa visto. Su piel se veÃa muy pálida. No era un tono claro normal, era una palidez marcada. También tenÃa ojeras profundas y varias cicatrices en la cara. No sabrÃa
4:38 decir si eran antiguas o recientes, pero se notaban. Cuando se acercó a la ventana, no me fijé bien en esos detalles. Ya con el viaje en marcha, con la luz de la calle entrando por momentos, empecé a verlo mejor. Seguà manejando y traté de no pensar demasiado en eso, pues me dije que podÃa estar enfermo, cansado o recuperándose de algo. No serÃa la primera vez que subÃa a alguien con mal aspecto, por temas de salud. Aún asÃ, empecé a sentirme incómodo. La conversación siguió unos minutos más, pero ya no de la misma manera. Yo empecé a contestar menos. Se dio cuenta y me preguntó si estaba bien.
5:21 Le dije que sÃ, que solo iba atento al manejo. Entonces me dijo que en la noche la mente le juega cosas a uno. Lo dijo tranquilo, sin cambiar el tono, mirando al frente. Esa frase me dejó inquieto. porque yo ya traÃa esa incomodidad encima. No le respondà gran cosa, me concentré en la ruta y seguà avanzando. Después le pregunté otra vez a dónde iba, solo para confirmar. Me repitió la dirección y revisé con más atención el mapa. Ahà fue cuando vi con claridad que el punto quedaba junto a un panteón de la ciudad. El destino no marcaba adentro, pero sà a un lado en esa zona.
6:05 Pensé que tal vez vivÃa cerca o que iba con alguien de por ahÃ. No le pregunté más, solo le dije que faltaba poco y él me respondió que sÃ, que siguiera. Desde ese momento el viaje cambió por completo. El señor dejó de hablar. Se quedó callado, sentado derecho, mirando hacia el frente. Yo lo veÃa por el retrovisor y cada vez me inquietaba más. La palidez, las ojeras, las cicatrices y la forma en que iba sentado. Todo junto empezó a pesarme. Además, casi no se movÃa. Yo buscaba una explicación lógica porque no querÃa asustarme por nada y me repetà varias veces que era un hombre enfermo o cansado o simplemente maltratado por la vida. Pero el miedo ya habÃa entrado. Se me secó la boca. Empecé a apretar el volante más de la cuenta y me dieron ganas de terminar ese viaje lo más rápido posible.
7:02 No querÃa hablar. tanto y no querÃa seguir pensando en lo que estaba viendo solo querÃa llegar dejarlo en la dirección y seguir con mi trabajo cada vez que alzaba los ojos al retrovisor sentÃa más tensión él seguÃa igual serio callado con la vista fija al frente en una de esas miradas se dio cuenta de que yo ya estaba nervioso entonces me preguntó con total tranquilidad si le tenÃa miedo Me lo dijo de frente, sin cambiar la voz y sin ningún gesto brusco. Yo reaccioné rápido y le respondà que no, que¿ por qué habrÃa de tenerle miedo?
7:43 La respuesta me salió automática, la verdad, no querÃa reconocer lo que ya estaba sintiendo. Sonrió apenas, fue una sonrisa breve, seca, y después me dijo, yo ya estoy muerto. Lo dijo sin énfasis, sin alzar la voz, sin reÃrse después. Lo soltó y se quedó callado. Yo no respondà enseguida y mi primera idea fue que querÃa asustarme. Luego pensé que podÃa tener algún problema mental. También pensé que tal vez yo ya estaba demasiado cansado y estaba dándole demasiado peso a sus palabras. Busqué explicaciones rápidas porque necesitaba seguir manejando y mantener el control del carro. No frené, no volteé de golpe y no hice nada brusco, solo seguà derecho.
8:31 Pasaron unos segundos en silencio y le pregunté otra vez si esa dirección era la correcta. Me respondió que sÃ, que ya casi llegábamos. Me lo dijo con total normalidad, igual que antes, y eso me puso peor. Ya no quise seguir la conversación, me quedé callado y seguà manejando. La calle empezó a verse más sola, y el mapa marcaba pocas cuadras para llegar. Yo iba mirando el camino y de vez en cuando el retrovisor. Ãl seguÃa atrás, inmóvil, callado, con la vista al frente. La zona del panteón ya estaba cerca y yo sabÃa bien dónde estábamos. Pensé en no detenerme, en seguir de largo, en inventar cualquier cosa para no dejarlo ahÃ, pero no tenÃa un motivo claro para hacerlo. El hombre no me habÃa amenazado, no me habÃa insultado y no habÃa intentado tocarme. Lo único que tenÃa era esa presencia rara, su aspecto y la frase que me acababa de decir. Aún asÃ, seguÃa hasta el punto, pues en ese momento yo solo querÃa que se bajara y terminar con eso. El miedo ya iba conmigo, sentado adelante, pegado al volante, y cada metro que avanzaba me hacÃa sentir más tenso. Cuando el mapa marcó que estábamos por llegar, respiré hondo sin apartar la vista del camino y esperé a que ese viaje se acabara de una vez. Cuando llegamos a la zona, el señor me pidió que avanzara un poco más. Yo ya conocÃa ese rumbo y sabÃa
10:04 que estábamos junto al panteón. Seguà despacio hasta que me indicó que me detuviera junto a la banqueta. Frené y dejé el motor encendido porque mi intención era que bajara rápido. me pagara y yo salir de ahà de inmediato. Ya no querÃa seguir hablando, ya no querÃa mirarlo por el retrovisor y ya no querÃa alargar ese momento. TenÃa la vista al frente, las manos apretadas sobre el volante y la cabeza puesta solo en terminar el viaje. Entonces, antes de que yo dijera una sola palabra, él me dio las gracias por haberlo llevado a su eterno descanso. Esa fue la última frase que le escuché. En cuanto terminó de decirla, giré para verlo bajar, pero no vi que se moviera hacia la puerta. No escuché que tocara la manija y no vi ningún movimiento dentro del carro. Volteé por completo y el asiento estaba vacÃo. Me quedé inmóvil unos segundos, sin entender lo que tenÃa enfrente. Miré el asiento trasero, miré la puerta del lado derecho, luego la del lado izquierdo y después otra vez el asiento. Pero no habÃa nadie. La puerta seguÃa cerrada y el vidrio seguÃa arriba. No habÃa ruido afuera, no habÃa pasos y no habÃa nada que indicara que una persona acababa de salir.
11:27 Yo sabÃa perfectamente que ese señor venÃa atrás. HabÃa subido por su cuenta, me habÃa dado una dirección, habÃa hablado conmigo durante el camino y acababa de decirme esa última frase. No era una duda, no era una confusión menor, y no era algo que yo estuviera inventando en ese momento. Ãl venÃa en el carro y al girar ya no estaba. En ese instante sentà un golpe de miedo en el cuerpo. No pensé con claridad y no busqué entender nada, solo reaccioné. Quité el seguro de las puertas y me bajé rápido. Fui primero a la puerta trasera, del lado donde venÃa sentado y la abrà de golpe. pero no habÃa nadie.
12:11 Me incliné para revisar bien el asiento, el piso y el espacio entre los asientos, pero fue lo mismo. No habÃa nada. Cerré esa puerta y rodé el carro para abrir la otra. Tampoco habÃa nadie. Miré hacia la banqueta, miré la calle y miré alrededor del carro. La calle estaba sola y frente a mà estaba el panteón oscuro y cerrado. No vi a una persona alejándose. No vi a nadie cruzando y no escuché pasos. El lugar estaba en silencio. Volvà a asomarme al interior del carro, porque seguÃa buscando una respuesta sencilla, cualquier cosa que me permitiera decir que habÃa pasado algo normal y que yo estaba reaccionando de más. Revisé otra vez el asiento y las puertas, pero todo seguÃa igual. El señor ya no estaba y no habÃa rastro de que hubiera bajado. En ese momento me subà al carro, cerré todo y arranqué de inmediato.
13:12 No me quedé ni un segundo más del necesario, pues lo único que querÃa era salir de esa zona. Avancé varias calles con la vista fija al frente, sin mirar apenas el retrovisor, porque cada vez que sentÃa ganas de levantar los ojos me volvÃa la misma sensación en el estómago. SeguÃa oyendo su voz en la cabeza, primero la parte en que me preguntó si le tenÃa miedo, Luego la frase en que me dijo que ya estaba muerto y al final ese agradecimiento por haberlo llevado a su eterno descanso. Todo habÃa pasado en un mismo trayecto y yo no lograba acomodarlo. QuerÃa pensar que habÃa algo que se me escapaba, un detalle lógico, una salida rápida o una explicación práctica, pero no tenÃa nada. Solo tenÃa el recuerdo del hombre sentado detrás de mà y luego el recuerdo del asiento vacÃo con las puertas cerradas. Manejé hasta una gasolinera donde sabÃa que siempre habÃa gente despierta. Entré, me estacioné y me quedé un momento sin bajarme. TenÃa las manos temblando y la respiración corta. Miré al frente, luego a los espejos laterales y me costó trabajo reunir valor para mirar el retrovisor central. Cuando lo hice, vi el asiento vacÃo y aún asà no sentÃa alivio. Bajé del carro, fui al baño y me eché agua en la cara. Me miré al espejo y tenÃa la cara tensa, los ojos
14:42 muy abiertos y el gesto de alguien que acababa de pasar un susto fuerte. Me quedé ahà unos minutos tratando de ordenar la cabeza. Me pregunté varias veces si el cansancio me habÃa afectado, si en algún momento me distraje, si el Señor habÃa alcanzado a bajar sin que yo lo notara, pero ninguna de esas ideas me cerraba. Si alguien baja de un carro, se abre una puerta, se escucha un movimiento, se siente algo. Ahà no pasó nada de eso, pues yo giré y ya no estaba. Volvà a repasar el trayecto en mi cabeza. Desde el momento en que lo vi en la calle hasta el momento en que desapareció. Recordé su voz, la forma en que me pidió el viaje, la dirección que me dio, lo que me contó de su trabajo y de su vida.
15:31 También recordé el punto exacto en que empecé a notar su cara más pálida, sus ojeras, las cicatrices, el silencio que empezó a hacerse más pesado y la frase que soltó cuando me preguntó si le tenÃa miedo. Todo estaba claro. Yo habÃa subido a un señor mayor en mi carro, lo habÃa llevado hasta esa zona y al llegar, desapareció sin abrir la puerta y sin dejar rastro. Eso era lo que habÃa ocurrido. PodÃa repetirlo de otra manera, podÃa buscarle palabras distintas, pero el hecho no cambiaba. Y mientras más lo pensaba, más me pesaba aceptar que no tenÃa manera de explicarlo. Esa noche ya no seguà trabajando. Cerré la aplicación y me fui directo a mi casa. En el camino manejé tenso, con la vista fija al frente y evitando el retrovisor todo lo que pude. Cada alto me incomodaba, cada calle sola me ponÃa peor, pues sentÃa que si miraba atrás en el momento menos esperado, podÃa volver a encontrarlo sentado en el asiento. Llegué a mi casa y me quedé un rato dentro del carro antes de bajarme. Apagué el motor, pero no salà enseguida. Necesité unos minutos para respirar, para convencerme de que ya estaba en un lugar conocido y de que no habÃa nadie atrás.
16:57 Esa noche casi no dormÃ, pues cada vez que cerraba los ojos me regresaba la misma escena, la del señor hablándome con calma, la del asiento vacÃo y la del silencio junto al panteón. DormÃa a ratos y me despertaba sobresaltado, Al dÃa siguiente seguÃa con la misma presión en el cuerpo. Los dÃas que siguieron fueron pesados. No podÃa dormir bien y tampoco podÃa manejar tranquilo. Cada vez que un pasajero subÃa al asiento de atrás, yo estaba más pendiente de lo normal. Si alguien se quedaba callado mucho tiempo, yo me tensaba. Si alguien me daba una dirección apartada, se me cerraba el estómago. Si una luz me cambiaba la cara del pasajero en el retrovisor... Yo sentÃa el golpe del recuerdo de inmediato. No me pasó una sola vez y se fue, se me quedó metido en mi mente.
17:53 Me acompañó desde esa madrugada y se volvió parte de mi trabajo. Aún asà seguà manejando porque necesitaba el dinero y no podÃa dejarlo todo de un dÃa para otro. Lo que sà cambió fue mi forma de trabajar. Desde esa noche no he vuelto a subir a nadie si no trae el viaje en la aplicación. No importa si me dicen que van cerca. No importa si ofrecen pagar más, si es una persona mayor. Si no está marcado en la app, no se sube. Esa regla ya no la rompo. También cambié otras cosas. Ahora reviso el asiento trasero cada vez que termina un viaje. Lo hago en automático, antes de arrancar otra vez. Reviso por costumbre y reviso porque necesito comprobar que no hay nadie. Me volvà más cuidadoso con las rutas y con las zonas donde acepto viajes.
18:43 Sigo trabajando de noche porque ese sigue siendo mi horario y de eso vivo. Pero ya no manejo con la misma tranquilidad. La madrugada ya no es solo trabajo para mÃ. Desde esa vez, cada viaje trae una parte de esa memoria. Cuando alguien me pregunta por qué soy tan estricto con la aplicación, no doy muchas explicaciones. Solo digo que una vez rompà mi propia regla y con eso tuve suficiente. Lo que vivà esa madrugada me dejó un trauma. Sigo manejando porque tengo que hacerlo, pero desde esa noche, si no es por aplicación, no subo a nadie.
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