March 28, 2026

La Partera Que Elegía Bebés Para El Diablo - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 En el pueblo todos decían que Doña Elvira tenía manos benditas. Bastaba con que tocara el vientre de una mujer para calmarle el dolor, acomodar al niño o avisar si el parto venía difícil. Hablaba bajo, sonreía con dulzura y nunca cobraba de más. Mi madre decía que había algo peor que una bruja que se esconde, una bruja a la que todos dejan entrar a su casa. Yo tenía seis meses de embarazo la primera vez que me tocó Llegó porque mi suegra la mandó llamar. Se sentó junto a mí, me preguntó si estaba comiendo bien y después me puso la mano sobre el vientre. Mi hijo se movía desde temprano, pero en cuanto ella me tocó se quedó quieto. Doña Elvira cerró los ojos, sonrió y dijo que ese sí servía.

0:57 Yo le pregunté qué había querido decir. Contestó que servía para nacer fuerte, que venía bien hecho. Mi suegra se rió y me dijo que yo estaba sensible y siguió hablando como si no hubiera dicho nada raro. A los pocos segundos el niño volvió a moverse. Yo traté de tranquilizarme, pero donde ella me había puesto la mano me quedó un frío que no se me fue en todo el día. Esa noche se lo conté a mi esposo, Ramiro. Me dijo que no sacara cosas de una frase maldicha que doña Elvira había atendido a medio pueblo. y que nadie hablaba mal de ella salvo por historias viejas. También dijo que yo estaba nerviosa. Después empecé a fijarme mejor en las mujeres del pueblo. No fui preguntando de frente, solo escuché.

1:48 Varias habían perdido hijos, otras tenían niños de los que se hablaba en voz baja. Rufina tuvo un bebé que vivió unos días sin llorar. Teresa tenía una niña que se quedaba despierta, mirando una esquina de la cocina. Petra había tenido un niño con una mancha en forma de media luna. Nadie decía que eso tuviera relación con Doña Elvira, pero todos bajaban la voz al nombrarla. Había otro caso que todos conocían. Era Julián, el nieto de Evarista. Tendría unos 15 años y trabajaba con su abuelo. No estaba enfermo. Lo raro era que a veces se quedaba quieto sin responder y otras veces decía cosas que no tenía cómo saber.

2:31 Varias personas lo evitaban, aunque nadie explicaba por qué. Mi madre me había dicho una vez que a ese muchacho lo habían apartado de algo cuando nació. Intenté evitar a doña Elvira. Si sabía que iba a pasar por la calle, no salía. Si mi suegra quería llamarla, yo decía que me sentía bien. Pero en un pueblo chico no hay mucho margen. Un día la encontré sentada en mi corredor. Mi suegra la había hecho pasar sin avisarme. Doña Elvira me dijo que solo quería revisarme. Yo le contesté que no hacía falta. Mi suegra se molestó y dijo que yo estaba siendo grosera. Ramiro entró en medio de esa discusión y me pidió que me calmara y dijo que no tenía sentido hacer un problema por una revisión. Mientras hablaban, Doña Elvira se levantó y al pasar junto a mí, me rozó el vientre con los dedos. Otra vez sentí el frío y otra vez mi hijo se quedó quieto.

3:30 Ella bajó la voz y dijo que lo cuidara bien, porque lo reclamado se enfermaba si la madre se resistía. Le pedí a Ramiro que la sacara. Mi suegra me dijo que me estaba portando como una loca. Doña Elvira se fue sin discutir, pero antes de salir miró mi vientre como si ya supiera cómo iba a terminar todo. Yo me quedé con la mano sobre la panza hasta que el niño volvió a moverse. Fui a ver a mi madre y cuando le conté lo que había pasado no se sorprendió. Me preguntó dónde me había tocado y qué había dicho. Después me contó algo que nunca me había querido decir. Cuando estaba embarazada de mí, Doña Elvira también la había tocado y había usado la misma frase.

4:16 Mi padre la sacó de la casa y no dejó que volviera. Mi madre se asustó tanto que se fue a esconder con una tía hasta que yo nací. Le pregunté por qué nunca me lo había contado. Me respondió que quiso dejarlo enterrado, pero que ya no servía seguir callando. También me explicó por qué el pueblo seguía protegiendo a Doña Elvira. Años atrás hubo una temporada mala. Se enfermaron animales, murieron recién nacidos y faltó agua. La gente empezó a decir que eso pasaba cada vez que alguien rompía lo que Doña Elvira pedía. Desde entonces casi nadie la enfrentaba, y no porque la quisieran, sino porque le tenían miedo.

5:00 Le pregunté cómo había logrado esconderme sin que el pueblo la detuviera. Me dijo que en ese tiempo no todos sabían lo mismo, solo unos pocos sospechaban. Mi padre y mi abuelo me sacaron antes de que se corriera la voz. Después todo cambió y la gente empezó a vigilar más. Entonces me contó otra cosa. Ese mismo año nacieron dos niños raros, uno no lloró, el otro abrió los ojos apenas salió y se quedó mirando como si entendiera todo. Mi madre siempre creyó que el pueblo aceptó eso como pago por haberme dejado escapar. También me dijo que si doña Elvira seguía pendiente de mí, no era solo por mi hijo, era por una deuda que había quedado abierta desde antes de que yo naciera. Antes de irme, mi madre me agarró del brazo y me dijo que no pariera en el pueblo. Me pidió que, si empezaban los dolores, buscara salir aunque fuera a pie. Yo iba a decirle que Ramiro no me iba a creer, pero en ese momento vimos a Doña Elvira parada al otro lado de la cerca. No dijo nada, solo se quedó mirando la casa.

6:11 Mi madre cerró la puerta y me dijo que era tarde para fingir que no estaba pasando nada. Esa mujer había esperado mi embarazo y no pensaba dejarlo perder otra vez. Después de hablar con mi madre ya no pude seguir fingiendo que todo era una exageración mía. Hasta ese momento yo todavía había querido pensar que estaba nerviosa, que el embarazo me tenía más sensible y que una frase rara por sí sola no alcanzaba para desconfiar de una mujer a la que todo el pueblo respetaba. Pero cuando salí de la casa de mi madre ya no iba pensando eso. Iba recordando cada vez que Doña Elvira me había tocado, cada vez que mi hijo se había quedado quieto y cada vez que alguien, al nombrarla, bajaba la voz como si tuviera miedo de que hasta las paredes la oyeran.

7:02 Empecé a mirar distinto a la gente. Antes creía que solo repetían lo que se decía desde siempre, como pasa en los pueblos donde todo el mundo habla de todo. y al final nadie sabe bien de dónde salió cada historia. Pero después de lo que mi madre me contó, entendí que no era solo chisme. Había silencio, había costumbre, y había una forma de hacerse los ciegos que ya llevaban años practicando. Ramiro seguía tratando de calmarme, aunque ya no lo hacía con la misma seguridad. Yo le repetí palabra por palabra lo que doña Elvira me había dicho. También le recordé cómo el niño se quedaba quieto cada vez que ella me tocaba. Él se quedó callado un rato, sentado al borde de la cama, con los codos sobre las rodillas, mirando el piso como si ahí pudiera encontrar una respuesta. Después me preguntó qué quería que hiciéramos. Yo le dije que nos fuéramos, así, sin pensarlo más. Me respondió que irnos de golpe iba a ser como acusarla delante de todos y que en un lugar como ese ponerse en contra de la partera era ponerse en contra del pueblo entero. Yo le contesté que eso ya estaba pasando, solo que él todavía no quería aceptarlo. Fue entonces cuando pensé en Julián. Mi madre lo había mencionado antes y yo también llevaba tiempo fijándome en él. Si de verdad lo habían marcado antes de nacer como ella decía, entonces

8:35 él debía saber cosas que los demás no se animaban a decir. Fui a buscarlo cerca de la casa de su abuelo. Lo encontré trabajando sin apuro como si nada alrededor de él pudiera sorprenderlo ya. Me acerqué y le pregunté de frente si doña Elvira había ido por él cuando nació. Julián levantó la cara, me miró un momento y después dijo que sí, nada más. ni se hizo el ofendido ni me preguntó por qué quería saberlo sólo dijo que sí como si supiera que tarde o temprano alguien más iba a terminar preguntándole lo mismo me contó que su abuela le había dicho la verdad cuando empezó a despertarse diciendo palabras que él no entendía según ella doña elvira lo había elegido antes de nacer pero en el parto hubo una pelea su abuelo lo sacó de la casa envuelto en una cobija y lo escondió antes de que la partera pudiera tocarlo. No pudieron huir del pueblo, pero se alcanzaron a quitárselo de las manos. Desde entonces, dijo Julián, Doña Elvira repetía que él seguía pendiente, que no estaba libre, solo atrasado. Esa fue la palabra que usó, y yo todavía la recuerdo, porque me dio más miedo que si hubiera dicho maldito o marcado. Atrasado sonaba peor.

9:57 pues sonaba a una cuenta que alguien pensaba cobrar tarde o temprano. Le pregunté si él recordaba algo. Me dijo que no eran recuerdos enteros, sino pedazos, fuego, una cuna, varias voces y una mano sobre el pecho. También me dijo que cuando pasaba cerca de la casa de Doña Elvira, sentía que alguien lo llamaba por un nombre que no era el suyo. Yo lo escuché sin interrumpirlo, que me llevara a esa casa al principio no quiso después aceptó pero me dijo que sólo entraría si estaba seguro de que ella no estaba fuimos por atrás la puerta no tenía seguro yo entré detrás de él con el corazón golpeando fuerte y recuerdo que en ese momento pensé que si encontrábamos algo ya no iba a haber forma de volver a vivir tranquila en ese pueblo Adentro no había una escena escandalosa, ni nada que por sí solo sirviera para convencer a un extraño. Lo que había era otra cosa, demasiados objetos de recién nacido, demasiados frascos, muchas cunas vacías y demasiadas cosas guardadas con orden. También había santos puestos al revés. Eso fue lo que más me heló, porque no parecía desorden ni locura, parecía costumbre. Julián revisó una repisa y sacó una libreta. Me la pasó y yo

11:28 la abrí ahí mismo. Tenía nombres de mujeres, fechas de partos y notas cortas. Algunas decían que el niño había servido, otras que no. En varias páginas aparecían marcas, señales o comentarios sobre la madre. Seguí pasando hojas hasta que encontré el nombre de mi madre. Debajo decía que la criatura había sido apartada por mano ajena. y que la deuda seguía abierta por sangre. Más adelante estaba mi nombre. Decía que había que vigilar cuando hubiera preñez. Todavía me acuerdo del golpe que sentí en el pecho al leer eso. No era sorpresa, era algo peor. Era entender de golpe que esa mujer me había estado esperando desde antes de que yo supiera lo que era un embarazo, y que mi hijo no había empezado a correr peligro cuando ella me tocó, sino mucho antes. Le dije a Julián que teníamos que llevarnos la libreta y mostrarla. Él me respondió que enseñarla en el pueblo no iba a servir de nada, porque nadie iba a ponerse en contra de Doña Elvira por un cuaderno. Yo sabía que tenía razón, pero aún así le dije que no podíamos dejarla ahí. Se la metió bajo la camisa y salimos. No alcanzamos a alejarnos mucho antes de verla entrar al patio. Venía sola. Caminaba encorvada, arrastrando los pies, y no se veía como cuando visitaba a las embarazadas. Nos escondimos hasta que pasó. Después, Julián

13:00 me dijo que ya no había tiempo, que ella iba a notar que alguien había entrado. Fui directo con Ramiro y le conté todo. Le enseñamos la libreta, la leyó varias veces. Y cuando vio el nombre de mi madre y después el mío, cambió la cara. Dijo que había que irnos en ese mismo momento. También dijo que lo mejor era quemar la libreta, porque si nos la encontraban encima ya no íbamos a poder negar nada. Julián se negó. Dijo que no pensaba soltarla, porque era lo único que dejaba por escrito lo que hacía doña Elvira. Discutieron un poco y al final la libreta se quedó con él.

13:42 Pero ya era tarde. Cuando Ramiro salió a buscar el caballo volvió enseguida. Me dijo que había dos hombres del pueblo junto al portón. No estaban armados, no gritaban, no hacían nada abierto. Solo estaban ahí, mirando. Quisimos salir por atrás, pero también había gente en el camino. No eran muchos, solo los suficientes. Ahí entendí que no necesitaban tocarme ni arrastrarme. Les bastaba con cerrar el paso y esperar. Poco después llegó el comienzo Dijeron que venían por un robo, hablaron con una calma, que me dio más miedo que cualquier amenaza.

14:25 Mi suegra oyó todo desde la cocina y no se sorprendió, solo dijo que lo mejor era dejar que doña Elvira me atendiera cuando llegara el momento. En ese instante entendí que ella también estaba de acuerdo, no porque disfrutara lo que pasaba, sino porque ya había decidido de qué lado ponerse. Yo le pregunté a Ramiro si de verdad iba a dejar que esa mujer se me acercara otra vez. Me dijo que no sabía qué hacer. Esa respuesta me hizo entender que estaba sola. Fue entonces cuando empezaron los dolores. Eran fuertes, seguidos, y ya no me dejaban pensar bien. Julián alcanzó a mandar aviso a mi madre con un niño del vecino. Ella llegó poco después y apenas me vio, supo que ya no quedaba tiempo para escapar. Quiso sacarme por atrás, pero al asomarse vio a la gente en el patio y volvió de inmediato. Desde la ventana vimos llegar a Doña Elvira. Traía una manta doblada en el brazo.

15:26 Venía limpia, derecha y tranquila, como si fuera a atender cualquier parto. Cuando entró, me miró el vientre y dijo que por fin íbamos a cerrar, lo que había quedado pendiente muchos años antes. Mi madre se puso delante de la cama y le dijo a Doña Elvira que no se acercara. Doña Elvira no discutió, solo respondió que yo no iba a poder parir sola y que, si algo salía mal, la culpa iba a quedar sobre nosotras. El comisario y los demás se quedaron afuera, no necesitaban entrar. Yo ya casi no podía hablar, las contracciones venían seguidas y me dejaban sin aire. Mi madre me ayudó a acostarme.

16:09 Ramiro seguía en el cuarto, quieto. Doña Elvira se lavó las manos y se acercó. Cuando me tocó el vientre, mi hijo se quedó quieto otra vez. Ella dijo que venía bien colocado y que no faltaba mucho. Lo dijo con una calma, que me dio más miedo que todo lo demás. Para ella, aquello no era una pelea, era un trabajo. Mi madre le dijo que no me tocara más. Doña Elvira le recordó que, años atrás, ya había roto el trato una vez. Mi madre le respondió que nunca hubo trato, que todo lo había impuesto ella con miedo. Doña Elvira dijo que daba igual cómo lo llamaran, porque al final el pueblo siempre obedecía. En ese momento entró Julián por la ventana con la libreta. Empezó a leer nombres de mujeres del pueblo y notas sobre niños que habían servido y otros que habían sido cambiados. Mi suegra quiso quitársela, pero él se apartó. Doña Elvira le ordenó que se callara, pero Julián siguió leyendo. Leyó mi nombre y la nota sobre la deuda. Entonces el comisario entró y trató de arrancarle la libreta. Forcejearon y la lámpara cayó al suelo y una parte del cuarto empezó a arder.

17:30 Unos corrieron por agua, otros empezaron a sacar cosas y, por primera vez, dejaron de mirarme solo a mí. Doña Elvira no salió. Se quedó junto a la cama. Me puso una mano en la pierna y dijo que nadie iba a impedir que se cobrara lo que se debía. Mi madre quiso apartarla, pero ella la empujó. Yo tenía una tijera entre los paños, la agarré y se la clavé en el brazo. No lo hice por valiente, lo hice porque entendí que si ella recibía primero a mi hijo, yo lo iba a perder. Doña Elvira gritó y se fue contra mí. Mi madre se le lanzó encima y cayeron contra una mesa. En ese forcejeo la vi bien y ya no parecía la partera tranquila que entraba sonriendo a las casas. Estaba encorvada, con la boca abierta y las manos torcidas. Otra contracción me dobló. Mi madre volvió a la cama y me gritó que empujara. Yo empujé.

18:31 Ramiro trató de apartar a Doña Elvira. Ella se soltó y le arañó la cara. Julián volvió a entrar con un palo. Doña Elvira dijo su nombre de una forma rara, pero él no respondió. Le pegó una vez y ella cayó de rodillas. Trató de arrastrarse hacia la cama. Julián la empujó hacia la puerta, donde ya corría el fuego. Mi hijo nació en medio de ese desorden. Mi madre lo recibió, cortó el cordón y me lo puso en el pecho. Estaba vivo, respiraba bien y se movía. Lo primero que hice fue buscar la marca. La tenía. Era una media luna pequeña, debajo de la clavícula. Mi madre la vio también, pero no dijo nada. salimos por la ventana porque el pasillo ya no servía en el patio todos corrían con cubetas nadie se ocupó de detenernos mi madre me sostuvo como pudo y nos fuimos hacia el monte pero ramiro se quedó atrás y julián también cuando nos alejamos un poco revisé mejor a mi hijo seguía respirando bien tenía fuerza en las manos pero no lloraba mi madre trató de hacerlo reaccionar pero nada Entonces abrió los ojos, los abrió de golpe y se quedó mirándome fijo.

19:50 Yo estaba sangrando y llena de humo, pero aún así sentí el mismo frío que había sentido cada vez que Doña Elvira me tocó el vientre. Mi hijo sonrió apenas y giró la cabeza hacia el pueblo, como si escuchara algo. No regresé. Después supe que la casa de Doña Elvira se quemó y que encontraron un cuerpo. aunque nadie aseguró que fuera el de ella. También dijeron que Julián desapareció. Escribo esto porque mi hijo ya tiene tres meses y sigue sin llorar. Come, duerme y respira bien. Está vivo, pero de noche abre los ojos y mira la puerta. La marca se le ha puesto más oscura. A veces sonríe hacia un rincón vacío, como si alguien siguiera viniendo por lo que quedó pendiente.