La Partera Que Elegía Bebés Para El Diablo - Historias De Terror - REDE
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0:05 En el pueblo todos decÃan que Doña Elvira tenÃa manos benditas. Bastaba con que tocara el vientre de una mujer para calmarle el dolor, acomodar al niño o avisar si el parto venÃa difÃcil. Hablaba bajo, sonreÃa con dulzura y nunca cobraba de más. Mi madre decÃa que habÃa algo peor que una bruja que se esconde, una bruja a la que todos dejan entrar a su casa. Yo tenÃa seis meses de embarazo la primera vez que me tocó Llegó porque mi suegra la mandó llamar. Se sentó junto a mÃ, me preguntó si estaba comiendo bien y después me puso la mano sobre el vientre. Mi hijo se movÃa desde temprano, pero en cuanto ella me tocó se quedó quieto. Doña Elvira cerró los ojos, sonrió y dijo que ese sà servÃa.
0:57 Yo le pregunté qué habÃa querido decir. Contestó que servÃa para nacer fuerte, que venÃa bien hecho. Mi suegra se rió y me dijo que yo estaba sensible y siguió hablando como si no hubiera dicho nada raro. A los pocos segundos el niño volvió a moverse. Yo traté de tranquilizarme, pero donde ella me habÃa puesto la mano me quedó un frÃo que no se me fue en todo el dÃa. Esa noche se lo conté a mi esposo, Ramiro. Me dijo que no sacara cosas de una frase maldicha que doña Elvira habÃa atendido a medio pueblo. y que nadie hablaba mal de ella salvo por historias viejas. También dijo que yo estaba nerviosa. Después empecé a fijarme mejor en las mujeres del pueblo. No fui preguntando de frente, solo escuché.
1:48 Varias habÃan perdido hijos, otras tenÃan niños de los que se hablaba en voz baja. Rufina tuvo un bebé que vivió unos dÃas sin llorar. Teresa tenÃa una niña que se quedaba despierta, mirando una esquina de la cocina. Petra habÃa tenido un niño con una mancha en forma de media luna. Nadie decÃa que eso tuviera relación con Doña Elvira, pero todos bajaban la voz al nombrarla. HabÃa otro caso que todos conocÃan. Era Julián, el nieto de Evarista. TendrÃa unos 15 años y trabajaba con su abuelo. No estaba enfermo. Lo raro era que a veces se quedaba quieto sin responder y otras veces decÃa cosas que no tenÃa cómo saber.
2:31 Varias personas lo evitaban, aunque nadie explicaba por qué. Mi madre me habÃa dicho una vez que a ese muchacho lo habÃan apartado de algo cuando nació. Intenté evitar a doña Elvira. Si sabÃa que iba a pasar por la calle, no salÃa. Si mi suegra querÃa llamarla, yo decÃa que me sentÃa bien. Pero en un pueblo chico no hay mucho margen. Un dÃa la encontré sentada en mi corredor. Mi suegra la habÃa hecho pasar sin avisarme. Doña Elvira me dijo que solo querÃa revisarme. Yo le contesté que no hacÃa falta. Mi suegra se molestó y dijo que yo estaba siendo grosera. Ramiro entró en medio de esa discusión y me pidió que me calmara y dijo que no tenÃa sentido hacer un problema por una revisión. Mientras hablaban, Doña Elvira se levantó y al pasar junto a mÃ, me rozó el vientre con los dedos. Otra vez sentà el frÃo y otra vez mi hijo se quedó quieto.
3:30 Ella bajó la voz y dijo que lo cuidara bien, porque lo reclamado se enfermaba si la madre se resistÃa. Le pedà a Ramiro que la sacara. Mi suegra me dijo que me estaba portando como una loca. Doña Elvira se fue sin discutir, pero antes de salir miró mi vientre como si ya supiera cómo iba a terminar todo. Yo me quedé con la mano sobre la panza hasta que el niño volvió a moverse. Fui a ver a mi madre y cuando le conté lo que habÃa pasado no se sorprendió. Me preguntó dónde me habÃa tocado y qué habÃa dicho. Después me contó algo que nunca me habÃa querido decir. Cuando estaba embarazada de mÃ, Doña Elvira también la habÃa tocado y habÃa usado la misma frase.
4:16 Mi padre la sacó de la casa y no dejó que volviera. Mi madre se asustó tanto que se fue a esconder con una tÃa hasta que yo nacÃ. Le pregunté por qué nunca me lo habÃa contado. Me respondió que quiso dejarlo enterrado, pero que ya no servÃa seguir callando. También me explicó por qué el pueblo seguÃa protegiendo a Doña Elvira. Años atrás hubo una temporada mala. Se enfermaron animales, murieron recién nacidos y faltó agua. La gente empezó a decir que eso pasaba cada vez que alguien rompÃa lo que Doña Elvira pedÃa. Desde entonces casi nadie la enfrentaba, y no porque la quisieran, sino porque le tenÃan miedo.
5:00 Le pregunté cómo habÃa logrado esconderme sin que el pueblo la detuviera. Me dijo que en ese tiempo no todos sabÃan lo mismo, solo unos pocos sospechaban. Mi padre y mi abuelo me sacaron antes de que se corriera la voz. Después todo cambió y la gente empezó a vigilar más. Entonces me contó otra cosa. Ese mismo año nacieron dos niños raros, uno no lloró, el otro abrió los ojos apenas salió y se quedó mirando como si entendiera todo. Mi madre siempre creyó que el pueblo aceptó eso como pago por haberme dejado escapar. También me dijo que si doña Elvira seguÃa pendiente de mÃ, no era solo por mi hijo, era por una deuda que habÃa quedado abierta desde antes de que yo naciera. Antes de irme, mi madre me agarró del brazo y me dijo que no pariera en el pueblo. Me pidió que, si empezaban los dolores, buscara salir aunque fuera a pie. Yo iba a decirle que Ramiro no me iba a creer, pero en ese momento vimos a Doña Elvira parada al otro lado de la cerca. No dijo nada, solo se quedó mirando la casa.
6:11 Mi madre cerró la puerta y me dijo que era tarde para fingir que no estaba pasando nada. Esa mujer habÃa esperado mi embarazo y no pensaba dejarlo perder otra vez. Después de hablar con mi madre ya no pude seguir fingiendo que todo era una exageración mÃa. Hasta ese momento yo todavÃa habÃa querido pensar que estaba nerviosa, que el embarazo me tenÃa más sensible y que una frase rara por sà sola no alcanzaba para desconfiar de una mujer a la que todo el pueblo respetaba. Pero cuando salà de la casa de mi madre ya no iba pensando eso. Iba recordando cada vez que Doña Elvira me habÃa tocado, cada vez que mi hijo se habÃa quedado quieto y cada vez que alguien, al nombrarla, bajaba la voz como si tuviera miedo de que hasta las paredes la oyeran.
7:02 Empecé a mirar distinto a la gente. Antes creÃa que solo repetÃan lo que se decÃa desde siempre, como pasa en los pueblos donde todo el mundo habla de todo. y al final nadie sabe bien de dónde salió cada historia. Pero después de lo que mi madre me contó, entendà que no era solo chisme. HabÃa silencio, habÃa costumbre, y habÃa una forma de hacerse los ciegos que ya llevaban años practicando. Ramiro seguÃa tratando de calmarme, aunque ya no lo hacÃa con la misma seguridad. Yo le repetà palabra por palabra lo que doña Elvira me habÃa dicho. También le recordé cómo el niño se quedaba quieto cada vez que ella me tocaba. Ãl se quedó callado un rato, sentado al borde de la cama, con los codos sobre las rodillas, mirando el piso como si ahà pudiera encontrar una respuesta. Después me preguntó qué querÃa que hiciéramos. Yo le dije que nos fuéramos, asÃ, sin pensarlo más. Me respondió que irnos de golpe iba a ser como acusarla delante de todos y que en un lugar como ese ponerse en contra de la partera era ponerse en contra del pueblo entero. Yo le contesté que eso ya estaba pasando, solo que él todavÃa no querÃa aceptarlo. Fue entonces cuando pensé en Julián. Mi madre lo habÃa mencionado antes y yo también llevaba tiempo fijándome en él. Si de verdad lo habÃan marcado antes de nacer como ella decÃa, entonces
8:35 él debÃa saber cosas que los demás no se animaban a decir. Fui a buscarlo cerca de la casa de su abuelo. Lo encontré trabajando sin apuro como si nada alrededor de él pudiera sorprenderlo ya. Me acerqué y le pregunté de frente si doña Elvira habÃa ido por él cuando nació. Julián levantó la cara, me miró un momento y después dijo que sÃ, nada más. ni se hizo el ofendido ni me preguntó por qué querÃa saberlo sólo dijo que sà como si supiera que tarde o temprano alguien más iba a terminar preguntándole lo mismo me contó que su abuela le habÃa dicho la verdad cuando empezó a despertarse diciendo palabras que él no entendÃa según ella doña elvira lo habÃa elegido antes de nacer pero en el parto hubo una pelea su abuelo lo sacó de la casa envuelto en una cobija y lo escondió antes de que la partera pudiera tocarlo. No pudieron huir del pueblo, pero se alcanzaron a quitárselo de las manos. Desde entonces, dijo Julián, Doña Elvira repetÃa que él seguÃa pendiente, que no estaba libre, solo atrasado. Esa fue la palabra que usó, y yo todavÃa la recuerdo, porque me dio más miedo que si hubiera dicho maldito o marcado. Atrasado sonaba peor.
9:57 pues sonaba a una cuenta que alguien pensaba cobrar tarde o temprano. Le pregunté si él recordaba algo. Me dijo que no eran recuerdos enteros, sino pedazos, fuego, una cuna, varias voces y una mano sobre el pecho. También me dijo que cuando pasaba cerca de la casa de Doña Elvira, sentÃa que alguien lo llamaba por un nombre que no era el suyo. Yo lo escuché sin interrumpirlo, que me llevara a esa casa al principio no quiso después aceptó pero me dijo que sólo entrarÃa si estaba seguro de que ella no estaba fuimos por atrás la puerta no tenÃa seguro yo entré detrás de él con el corazón golpeando fuerte y recuerdo que en ese momento pensé que si encontrábamos algo ya no iba a haber forma de volver a vivir tranquila en ese pueblo Adentro no habÃa una escena escandalosa, ni nada que por sà solo sirviera para convencer a un extraño. Lo que habÃa era otra cosa, demasiados objetos de recién nacido, demasiados frascos, muchas cunas vacÃas y demasiadas cosas guardadas con orden. También habÃa santos puestos al revés. Eso fue lo que más me heló, porque no parecÃa desorden ni locura, parecÃa costumbre. Julián revisó una repisa y sacó una libreta. Me la pasó y yo
11:28 la abrà ahà mismo. TenÃa nombres de mujeres, fechas de partos y notas cortas. Algunas decÃan que el niño habÃa servido, otras que no. En varias páginas aparecÃan marcas, señales o comentarios sobre la madre. Seguà pasando hojas hasta que encontré el nombre de mi madre. Debajo decÃa que la criatura habÃa sido apartada por mano ajena. y que la deuda seguÃa abierta por sangre. Más adelante estaba mi nombre. DecÃa que habÃa que vigilar cuando hubiera preñez. TodavÃa me acuerdo del golpe que sentà en el pecho al leer eso. No era sorpresa, era algo peor. Era entender de golpe que esa mujer me habÃa estado esperando desde antes de que yo supiera lo que era un embarazo, y que mi hijo no habÃa empezado a correr peligro cuando ella me tocó, sino mucho antes. Le dije a Julián que tenÃamos que llevarnos la libreta y mostrarla. Ãl me respondió que enseñarla en el pueblo no iba a servir de nada, porque nadie iba a ponerse en contra de Doña Elvira por un cuaderno. Yo sabÃa que tenÃa razón, pero aún asà le dije que no podÃamos dejarla ahÃ. Se la metió bajo la camisa y salimos. No alcanzamos a alejarnos mucho antes de verla entrar al patio. VenÃa sola. Caminaba encorvada, arrastrando los pies, y no se veÃa como cuando visitaba a las embarazadas. Nos escondimos hasta que pasó. Después, Julián
13:00 me dijo que ya no habÃa tiempo, que ella iba a notar que alguien habÃa entrado. Fui directo con Ramiro y le conté todo. Le enseñamos la libreta, la leyó varias veces. Y cuando vio el nombre de mi madre y después el mÃo, cambió la cara. Dijo que habÃa que irnos en ese mismo momento. También dijo que lo mejor era quemar la libreta, porque si nos la encontraban encima ya no Ãbamos a poder negar nada. Julián se negó. Dijo que no pensaba soltarla, porque era lo único que dejaba por escrito lo que hacÃa doña Elvira. Discutieron un poco y al final la libreta se quedó con él.
13:42 Pero ya era tarde. Cuando Ramiro salió a buscar el caballo volvió enseguida. Me dijo que habÃa dos hombres del pueblo junto al portón. No estaban armados, no gritaban, no hacÃan nada abierto. Solo estaban ahÃ, mirando. Quisimos salir por atrás, pero también habÃa gente en el camino. No eran muchos, solo los suficientes. Ahà entendà que no necesitaban tocarme ni arrastrarme. Les bastaba con cerrar el paso y esperar. Poco después llegó el comienzo Dijeron que venÃan por un robo, hablaron con una calma, que me dio más miedo que cualquier amenaza.
14:25 Mi suegra oyó todo desde la cocina y no se sorprendió, solo dijo que lo mejor era dejar que doña Elvira me atendiera cuando llegara el momento. En ese instante entendà que ella también estaba de acuerdo, no porque disfrutara lo que pasaba, sino porque ya habÃa decidido de qué lado ponerse. Yo le pregunté a Ramiro si de verdad iba a dejar que esa mujer se me acercara otra vez. Me dijo que no sabÃa qué hacer. Esa respuesta me hizo entender que estaba sola. Fue entonces cuando empezaron los dolores. Eran fuertes, seguidos, y ya no me dejaban pensar bien. Julián alcanzó a mandar aviso a mi madre con un niño del vecino. Ella llegó poco después y apenas me vio, supo que ya no quedaba tiempo para escapar. Quiso sacarme por atrás, pero al asomarse vio a la gente en el patio y volvió de inmediato. Desde la ventana vimos llegar a Doña Elvira. TraÃa una manta doblada en el brazo.
15:26 VenÃa limpia, derecha y tranquila, como si fuera a atender cualquier parto. Cuando entró, me miró el vientre y dijo que por fin Ãbamos a cerrar, lo que habÃa quedado pendiente muchos años antes. Mi madre se puso delante de la cama y le dijo a Doña Elvira que no se acercara. Doña Elvira no discutió, solo respondió que yo no iba a poder parir sola y que, si algo salÃa mal, la culpa iba a quedar sobre nosotras. El comisario y los demás se quedaron afuera, no necesitaban entrar. Yo ya casi no podÃa hablar, las contracciones venÃan seguidas y me dejaban sin aire. Mi madre me ayudó a acostarme.
16:09 Ramiro seguÃa en el cuarto, quieto. Doña Elvira se lavó las manos y se acercó. Cuando me tocó el vientre, mi hijo se quedó quieto otra vez. Ella dijo que venÃa bien colocado y que no faltaba mucho. Lo dijo con una calma, que me dio más miedo que todo lo demás. Para ella, aquello no era una pelea, era un trabajo. Mi madre le dijo que no me tocara más. Doña Elvira le recordó que, años atrás, ya habÃa roto el trato una vez. Mi madre le respondió que nunca hubo trato, que todo lo habÃa impuesto ella con miedo. Doña Elvira dijo que daba igual cómo lo llamaran, porque al final el pueblo siempre obedecÃa. En ese momento entró Julián por la ventana con la libreta. Empezó a leer nombres de mujeres del pueblo y notas sobre niños que habÃan servido y otros que habÃan sido cambiados. Mi suegra quiso quitársela, pero él se apartó. Doña Elvira le ordenó que se callara, pero Julián siguió leyendo. Leyó mi nombre y la nota sobre la deuda. Entonces el comisario entró y trató de arrancarle la libreta. Forcejearon y la lámpara cayó al suelo y una parte del cuarto empezó a arder.
17:30 Unos corrieron por agua, otros empezaron a sacar cosas y, por primera vez, dejaron de mirarme solo a mÃ. Doña Elvira no salió. Se quedó junto a la cama. Me puso una mano en la pierna y dijo que nadie iba a impedir que se cobrara lo que se debÃa. Mi madre quiso apartarla, pero ella la empujó. Yo tenÃa una tijera entre los paños, la agarré y se la clavé en el brazo. No lo hice por valiente, lo hice porque entendà que si ella recibÃa primero a mi hijo, yo lo iba a perder. Doña Elvira gritó y se fue contra mÃ. Mi madre se le lanzó encima y cayeron contra una mesa. En ese forcejeo la vi bien y ya no parecÃa la partera tranquila que entraba sonriendo a las casas. Estaba encorvada, con la boca abierta y las manos torcidas. Otra contracción me dobló. Mi madre volvió a la cama y me gritó que empujara. Yo empujé.
18:31 Ramiro trató de apartar a Doña Elvira. Ella se soltó y le arañó la cara. Julián volvió a entrar con un palo. Doña Elvira dijo su nombre de una forma rara, pero él no respondió. Le pegó una vez y ella cayó de rodillas. Trató de arrastrarse hacia la cama. Julián la empujó hacia la puerta, donde ya corrÃa el fuego. Mi hijo nació en medio de ese desorden. Mi madre lo recibió, cortó el cordón y me lo puso en el pecho. Estaba vivo, respiraba bien y se movÃa. Lo primero que hice fue buscar la marca. La tenÃa. Era una media luna pequeña, debajo de la clavÃcula. Mi madre la vio también, pero no dijo nada. salimos por la ventana porque el pasillo ya no servÃa en el patio todos corrÃan con cubetas nadie se ocupó de detenernos mi madre me sostuvo como pudo y nos fuimos hacia el monte pero ramiro se quedó atrás y julián también cuando nos alejamos un poco revisé mejor a mi hijo seguÃa respirando bien tenÃa fuerza en las manos pero no lloraba mi madre trató de hacerlo reaccionar pero nada Entonces abrió los ojos, los abrió de golpe y se quedó mirándome fijo.
19:50 Yo estaba sangrando y llena de humo, pero aún asà sentà el mismo frÃo que habÃa sentido cada vez que Doña Elvira me tocó el vientre. Mi hijo sonrió apenas y giró la cabeza hacia el pueblo, como si escuchara algo. No regresé. Después supe que la casa de Doña Elvira se quemó y que encontraron un cuerpo. aunque nadie aseguró que fuera el de ella. También dijeron que Julián desapareció. Escribo esto porque mi hijo ya tiene tres meses y sigue sin llorar. Come, duerme y respira bien. Está vivo, pero de noche abre los ojos y mira la puerta. La marca se le ha puesto más oscura. A veces sonrÃe hacia un rincón vacÃo, como si alguien siguiera viniendo por lo que quedó pendiente.
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