La Noche Que Las Brujas Entraron Al Pueblo - Historias De Terror - REDE
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0:06 Me llamo Rodrigo y vivà muchos años en San Miguel de la Barranca, un pueblo pequeño donde casi todos se conocÃan por nombre. Mi esposa se llama Laura y nuestro hijo se llama Juan. Cuando pasó esto, Juan tenÃa seis años. VivÃamos en una casa al final del pueblo, cerca del camino que llevaba al lavadero. Recuerdo ese dato porque los ruidos empezaron por ahÃ, siempre de noche, cuando la calle quedaba vacÃa y las puertas ya estaban cerradas. Me fui de San Miguel después de aquella noche. No preparé cajas ni avisé con tiempo. Saqué ropa, documentos y algunas cosas de Juan. Lo demás se quedó adentro. Vendà barato semanas después, sin volver a enseñar la casa, porque no quise entrar otra vez. Varias personas me preguntaron por qué hice eso.
0:58 Durante mucho tiempo respondà poco, pero ahora cuento lo que pasó tal como lo recuerdo. Todo empezó con risas. Primero se escuchaban lejos, hacia el lavadero. Eran varias voces juntas, unas graves y otras agudas. No sonaban a vecinos platicando, ni a jóvenes tomando en la calle. Se reÃan durante unos segundos, se callaban, y luego volvÃan en otro punto del camino. Los perros ladraban, corrÃan hacia las puertas y después se metÃan debajo de los carros. Eso ocurrió varias noches. Yo pensé que alguien querÃa asustar al pueblo También pensé en borrachos, pleitos o gente escondida entre las casas. En San Miguel siempre se hablaba de cosas raras, pero casi nadie enseñaba pruebas. Laura se inquietó desde la primera noche.
1:49 Me pidió cerrar bien la puerta, revisar las ventanas y no salir, aunque las risas estuvieran cerca. Yo revisaba por darle calma, no porque creyera que hubiera peligro real. Después empezó lo de Juan. Una noche despertó llorando y nos dijo que unas señoras estaban afuera de su ventana. Laura fue por mà y entramos a su cuarto. Revisé la ventana, el patio y la puerta trasera, pero todo estaba cerrado. Juan insistió en que lo habÃan llamado por su nombre. Estaba agarrado a Laura con la cara pálida y los ojos puestos en la ventana. Esa noche durmió con nosotros.
2:29 Al dÃa siguiente, encontré marcas en el marco de su ventana. Eran lÃneas largas, hechas desde afuera. No quise alarmar a Laura y le dije que pudo haber sido un animal, aunque yo tampoco estaba convencido. Puse una tabla por dentro y reforcé el seguro. Pensé que eso alcanzaba para dejar tranquila a la familia. Durante los dÃas siguientes, más vecinos hablaron del asunto. Don Mauro, el de la tienda, Contó que habÃa visto a tres mujeres cerca del lavadero. Las vio caminando dobladas, con las manos bajas y el pelo cubriéndoles la cara. También contó que les habló y ninguna respondió.
3:09 Algunos se burlaron de él, pero esa misma tarde varias casas cerraron antes de lo normal. Luego aparecieron animales muertos. Mi cuñado encontró gallinas tiradas en su corral. Otra familia encontró a su perro herido junto a la puerta. Quienes vieron las marcas hablaron de rasguños largos. Los hombres decÃan que eran ladrones o gente enferma. Y las mujeres mayores decÃan que eran brujas. En voz baja, sin discutir con nadie. Juan dejó de dormir bien. Despertaba muchas noches, sudado, con los ojos abiertos y la respiración rápida. DecÃa que las señoras seguÃan afuera, que se reÃan y querÃan que saliera.
3:52 Laura me pidió irnos unos dÃas con su mamá. Yo le pedà esperar y le dije que iba a estar atento y que no permitirÃa que nadie entrara. Esa decisión fue mÃa y todavÃa me pesa. La noche en que las vi, Juan estaba dormido en nuestra cama. Laura y yo seguÃamos despiertos porque las risas habÃan vuelto. Esta vez venÃan del patio. Apagué la luz de la sala y me acerqué a la ventana. No abrÃ. Aparté un poco la cortina y afuera habÃa tres figuras junto a la casa. TenÃan forma de mujeres, estaban quietas. Una tenÃa el cabello sobre la cara, otra estaba agachada y la tercera se quedó cerca de la ventana. No necesité ver más. Sus manos eran largas y sus uñas también. eran uñas oscuras, curvas, demasiado largas para una persona común, Laura se acercó y las vio conmigo, no gritó, se quedó inmóvil unos segundos, luego me pidió cerrar todo y guardar silencio, una de ellas levantó la mano y tocó el vidrio con una uña, no golpeó fuerte, raspó despacio de arriba hacia abajo, el sonido cruzó la sala, Juan despertó y dijo que ya habÃan venido por él, fui por el machete que guardaba detrás de la puerta pero no salà me quedé entre la sala y el pasillo escuchando sus movimientos alrededor de la casa sus uñas pasaban por las ventanas por la puerta y por la pared las tres se reÃan y
5:25 la risa era fuerte seca y subÃa cuando Juan lloraba una voz habló desde afuera dijo mi nombre y después dijo el nombre completo de Juan no gritó habló con calma Pidió que abriéramos y dijo que solo querÃan al niño y que si lo entregábamos nos dejarÃan en paz. Laura abrazó a Juan. Yo le pedà que se metiera al baño con él porque era el lugar más seguro. Ella obedeció, cerró la puerta y puso un mueble pequeño contra la entrada. Yo me quedé en la sala, con el machete en una mano y el teléfono en la otra. Intenté marcarle a mi cuñado pero la señal fallaba. Afuera seguÃan las risas. Una de ellas golpeó la ventana del cuarto de Juan. Luego escuché la tabla que yo habÃa puesto, primero moviéndose, después partiéndose. No entré al cuarto, cerré esa puerta y empujé un mueble contra ella. Desde el baño, Laura me llamó con voz baja. Cuando abrÃ, Juan tenÃa tres marcas rojas en el brazo. Eran largas, paralelas, recientes.
6:34 Laura juró que nadie lo habÃa tocado. Yo le creÃ. porque habÃa estado encerrada con él. Mientras ella revisaba el brazo, escuché pasos en el patio. Eran lentos, separados, dando vuelta a la casa. Una de ellas volvió a hablar y dijo que el niño ya las habÃa escuchado y por eso tenÃa que salir. Juan se tapó los oÃdos y repitió que no querÃa ir. Laura le ordenó quedarse con ella, no mirar la puerta y respirar despacio. Yo cerré el baño otra vez. Puse la espalda contra la pared y traté de pensar. TenÃa el teléfono, el machete y una casa que empezaba a ceder por el cuarto de mi hijo.
7:16 Escuché otro golpe en la ventana rota y luego el seguro raspó contra la madera. Laura apretó a Juan contra el pecho. Ya no lloraba, solo temblaba y miraba hacia el suelo. Afuera dijeron su nombre otra vez, más cerca de la puerta principal. Yo levanté el machete y le pedà a Laura que no abriera por nada. En ese momento el teléfono vibró. Era mi cuñado devolviendo la llamada. Contesté y le dije que viniera, que trajera ayuda, que no preguntara nada todavÃa y que se apurara. Seguir esperando era perder tiempo. Solo pensé en sacar a Juan vivo de ahÃ, aunque dejara todo esa noche. Entonces acepté algo que me habÃa negado desde el principio. esa casa ya no nos protegÃa, contestó al tercer intento, le dije a mi cuñado que viniera rápido, que trajera a alguien más y que no hiciera preguntas por teléfono, afuera seguÃan raspando las ventanas, Laura estaba detrás de la puerta del baño, con Juan pegado al pecho, y yo tenÃa el machete en una mano, el teléfono en la otra, sin saber por dónde iban a forzar primero, Mientras hablaba, algo golpeó la ventana de la sala y rompió una parte del vidrio.
8:36 Una mano entró por el hueco, delgada, con dedos largos y uñas curvas. La mano buscó el seguro, despacio, tocando la madera y el metal. Yo avancé y le pegué con el machete. No sé si la corté o solo la golpeé, pero salió de inmediato. Afuera se escuchó un chillido fuerte. Y después vinieron las risas, más altas, más cerca de la puerta. Laura salió del baño con Juan cubierto con una chamarra. El niño temblaba y tenÃa la mirada fija en la entrada. Ya no lloraba. Le dije a Laura que, en cuanto llegara mi cuñado, Ãbamos a salir sin detenernos. Ella no discutió y me pidió que caminara junto a ellos y que no soltara a Juan.
9:24 Los golpes siguieron. tocaban una ventana luego la puerta trasera luego el techo iban de un punto a otro revisando la casa las uñas pasaban por la madera y el vidrio Juan se tapó los oÃdos Laura le habló cerca de la cara le dijo que respirara y que mantuviera los ojos en ella después escuché la camioneta el motor entró por la calle y las luces cruzaron la ventana rota también escuché la voz de don Mauro gritó que no abriéramos todavÃa que esperáramos a que ellos estuvieran frente a la puerta, quité el mueble, levanté la tranca y esperé unos segundos, cuando abrà las vi mejor, una estaba en la banqueta, otra junto a la ventana rota y la tercera sobre el techo, no la vi subir, estaba ahà agachada con las manos apoyadas en la orilla, la luz de la camioneta les pegaba de frente y sus rostros estaban sucios y tensos, Lo que vi con claridad fueron las uñas, largas, oscuras, abiertas hacia Juan. Don Mauro traÃa una escopeta vieja pero no disparó. Apuntó hacia ellas y nos ordenó caminar. Salà primero con el machete levantado.
10:39 Laura salió detrás cargando a Juan y mi cuñado dejó abierta la puerta trasera de la camioneta. Las mujeres se acercaron despacio, cerrando el espacio hasta dejarnos pasar entre ellas y la luz. Una de ellas habló otra vez y dijo que Juan era de ellas. No levantó la voz, lo dijo con seguridad y calma. Juan levantó la cabeza y trató de mirar. Laura le cubrió la cara con la chamarra, pero él empezó a moverse en sus brazos y dijo que tenÃa que irse con ellas para que nos dejaran tranquilos. Su voz salió baja y pareja, pero Laura lo apretó más fuerte y subió a la camioneta.
11:19 Yo subà después. Mi cuñado arrancó antes de que cerráramos bien la puerta. Algo golpeó la parte trasera cuando avanzamos y el metal se rasgó con un sonido largo. Don Mauro volteó con la escopeta, pero mi cuñado le ordenó que no disparara. Nadie habló hasta que dejamos atrás nuestra calle. Las risas nos siguieron por el pueblo. Yo miraba por el espejo y veÃa movimientos entre las casas. Al principio eran tres figuras, pero las voces eran más. En una esquina vi a una parada junto a una pared. La camioneta pasó cerca. Ella levantó la mano y Juan volvió a decir que iban a regresar. Laura le tapó los oÃdos y le pidió que no escuchara. Llegamos a casa de mi suegra antes de que amaneciera. Mi cuñado revisó la camioneta con una lámpara. En la parte trasera habÃa cuatro rayones profundos, lÃneas largas separadas por los dedos. Juan no quiso acostarse. Se quedó sentado, envuelto en la chamarra, con el brazo pegado al pecho. Las marcas seguÃan rojas e hinchadas. Mi suegra preguntó qué habÃa pasado, pero nadie pudo responder completo. Don Mauro dijo que en el pueblo eso ya habÃa ocurrido antes y que la gente preferÃa callarse.
12:39 Cuando abrió el centro de salud, llevamos a Juan. La doctora revisó las heridas y preguntó si lo habÃa atacado un animal. Yo contesté que no sabÃa. Laura guardó silencio. La doctora limpió el brazo, aplicó una inyección y escribió que eran lesiones hechas con un objeto punzante. Guardé esa nota porque fue lo primero que tuve en papel. Mi cuñado regresó al pueblo con dos policÃas para sacar ropa, documentos y algunas cosas de Juan. Yo no fui. No podÃa volver a entrar después de ver esa mano metiéndose por la ventana y después de escuchar a esas mujeres pedir a mi hijo. Los policÃas encontraron la ventana rota, la tabla quebrada, marcas en la puerta y tierra dentro del cuarto. También vieron los rayones en la camioneta. En el reporte pusieron daños a propiedad. Don Mauro habló de brujas frente a ellos, pero no lo escribieron. Nos mudamos a la ciudad pocos dÃas después. No busqué una casa grande ni cómoda. Busqué un lugar con puertas seguras y vecinos cerca. Cambié a Juan de escuela y dejé de contestar llamadas del pueblo. Laura dejó de hablar del tema casi por completo. Cuando alguien preguntaba por nuestra salida, decÃa que tuvimos problemas con la casa, yo respondÃa lo mismo.
14:01 Juan fue el que más cambió. Antes dormÃa solo, pero después de esa noche no quiso quedarse en un cuarto con la luz apagada. Si escuchaba risas en la calle, se tapaba los oÃdos. Durante meses despertó asustado y preguntaba si ya sabÃan dónde vivÃamos. Las marcas del brazo sanaron, pero quedaron lÃneas claras. A veces las mira y se queda callado. Yo no le pido detalles porque cada vez que habla de esa noche vuelve a dormir mal. Vendà la casa barata. El comprador era de fuera y no conocÃa bien San Miguel. Le dije que habÃa daños y que necesitaba arreglos. No le conté todo. y tampoco regresé a enseñarla. Mandé las llaves con mi cuñado y firmé lo necesario fuera del pueblo. Un tiempo después, tuve que pasar cerca de San Miguel por unos papeles. No entré.
14:55 Me quedé en la carretera, cerca del letrero. Juan iba conmigo, dormido en el asiento trasero. Al acercarnos, abrió los ojos y miró hacia el camino del lavadero. Dijo que una señora estaba parada ahÃ. Yo miré y no vi a nadie. pero Juan siguió mirando al mismo punto y dijo que todavÃa sabÃa su nombre. Sentà las manos frÃas aunque el dÃa estaba caliente. No le pregunté qué querÃa, tampoco le dije que todo estaba bien, porque no lo sabÃa. Arranqué y seguà manejando hasta dejar el pueblo atrás. Desde entonces no hemos regresado. Laura duerme con la luz del pasillo encendida.
15:36 Juan evita las ventanas por la noche y yo reviso puertas y seguros antes de acostarme. Tengo una nota médica, un reporte y fotos guardadas. Eso es lo que puedo probar. Lo demás se quedó en San Miguel junto con la casa que abandoné y las voces que esa noche pidieron a mi hijo por su nombre.
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