La Noche De La Venganza Del NAHUAL - Historias De Terror - REDE
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0:05 Voy a dejar esto por escrito para que quede claro qué pasó conmigo y por qué terminé buscándolo. No lo hago para que alguien me crea, ni para pedir compasión. Lo hago porque durante mucho tiempo vivà repitiendo una versión incompleta de mi vida. Y llegó un punto en que seguir diciendo lo mismo ya era otra forma de mentirme. Tengo una herida vieja en el costado. Cada luna vuelve a abrirse. siempre en el mismo lugar y con el mismo dolor. No sangra mucho, pero arde como si la hoja acabara de entrar otra vez, y ese ardor me trae recuerdos. Al principio no eran recuerdos enteros, eran pedazos sueltos, escenas cortadas, cosas que aparecÃan de golpe, y se iban antes de que yo pudiera entenderlas. VeÃa árboles, escuchaba perros ladrando a lo lejos, alcanzaba a distinguir una fogata. el brillo de un machete y una voz gritando mi nombre.
1:07 Durante años pensé que eso era lo poco que me habÃa quedado de la noche en que casi me mata una bestia. Eso fue lo que me dijeron cuando aparecà en el pueblo, herido y sin saber de dónde venÃa. Y eso fue también lo que yo acepté, porque en ese momento necesitaba una explicación, aunque fuera incompleta. VivÃa solo en una casa apartada y bajaba al pueblo solo cuando me hacÃa falta comida, sal o vendas. No hablaba mucho con nadie. La gente me conocÃa de vista. SabÃan cómo me llamaba porque asà me presenté cuando empecé a vivir ahÃ. Pero no sabÃan de dónde habÃa salido y yo tampoco podÃa responder esa pregunta. TenÃa recuerdos útiles para seguir adelante.
1:53 SabÃa hacer cosas que me ayudaban a vivir solo. SabÃa cortar leña, poner trampas, curar una herida, cargar un arma y moverme por el monte sin perderme. Lo que no sabÃa era quién habÃa sido antes de llegar ahÃ, de qué lugar venÃa, qué habÃa hecho, por qué traÃa esa herida y por qué cada luna se me abrÃa como si el cuerpo no quisiera dejarme olvidar algo. Con el tiempo empecé a notar que habÃa algo mal en esos recuerdos. No era solo que estuvieran incompletos, era la forma en que regresaban. Yo no veÃa esa noche como la verÃa un hombre que huye para salvarse. No sentÃa miedo primero, sentÃa impulso. No me veÃa cayendo hacia atrás ni escondiéndome.
2:40 Me veÃa avanzando. OÃa mi respiración muy cerca del suelo. SentÃa el cuerpo cargado hacia adelante. el golpe de las extremidades contra la tierra y el esfuerzo de seguir incluso herido. Durante mucho tiempo traté de no pensar en eso porque me convenÃa más creer que yo habÃa sido una vÃctima, que todo habÃa empezado conmigo malherido en el monte y que lo anterior no importaba, pero la herida seguÃa abriéndose y cada vez devolvÃa algo más hasta que llegó el momento en que ya no pude sostener esa aversión. La última vez que se abrió no me trajo escenas sueltas.
3:22 Me devolvió la memoria completa de un tramo de esa noche. Vi una casa ardiendo. Vi tres cuerpos en el patio. Vi a una mujer caer mientras gritaba mi nombre y la reconocà en el mismo instante en que la vi. Era mi madre. Después miré al hombre que estaba cerca del pozo y entendà que era mi padre. Vi al otro muchacho junto a la pared y supe que era mi hermano. No fue una suposición, lo supe con esa claridad, con la que uno reconoce algo que siempre habÃa estado ahÃ, aunque durante años no pudiera nombrarlo. En ese momento entendà también qué era lo que faltaba en todos los recuerdos anteriores.
4:04 Yo no estaba huyendo de esa matanza, yo iba llegando, iba herido, lleno de rabia, buscando al hombre que habÃa hecho eso. Entonces entendà la otra parte, la que llevaba años rodeando sin atreverme a verla completa. Yo no corrÃa como hombre, porque en ese momento ya no era solo un hombre. Durante mucho tiempo creà que habÃa sobrevivido a la cacerÃa de una bestia, pero la verdad era otra. La bestia que perseguÃan era yo. Yo era el Nahual, aunque en ese momento ya no recordara ni mi nombre, ni la vida que habÃa tenido antes de esa noche. nadie me salvó el hombre que me abrió el costado me dejó tirado cerca del arroyo y se fue porque pensó que yo no iba a sobrevivir lo último que recuerdo de ese momento es el machete entrando el golpe, la caÃda y la sensación de que el cuerpo dejaba de responder después solo hay un vacÃo largo y luego el momento en que desperté solo con la ropa dura por la sangre y con la cabeza casi vacÃa apenas podÃa moverme No sabÃa dónde estaba ni qué habÃa pasado.
5:17 Me arrastré como pude. Después me levanté y seguà andando sin rumbo claro, solo buscando salir de ese lugar. Tardé en encontrar gente, pero cuando por fin me vieron ya estaba hecho pedazos. Me ayudaron. Me dejaron quedarme. Me preguntaron qué me habÃa ocurrido y yo no supe responder. Ellos dijeron que quizá habÃa escapado de algo en el monte. Yo acepté esa idea porque no tenÃa otra, y porque a veces uno se agarra de la primera explicación que le permita seguir vivo. Desde entonces vivà con la memoria rota. No era que no recordara nada. Recordaba cosas sueltas, movimientos, reacciones del cuerpo, maneras de hacer ciertas tareas, pero nada de eso formaba una vida completa. La herida seguÃa abriéndose con cada luna. y cada vez me devolvÃa un poco más, un ruido, un olor, una cara, un tramo del monte, el calor del fuego, y la sensación de estar persiguiendo a alguien. Durante mucho tiempo no pude ordenar nada de eso, solo sentÃa que detrás del dolor habÃa una verdad entera empujando, esperando el momento de salir. Cuando por fin salió, recordé mi nombre completo, ElÃas Laureano. Lo recordé sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahÃ, y yo solo hubiera pasado años sin tocarlo. Después recordé el nombre del hombre al que iba siguiendo aquella noche. No era un desconocido, no
6:50 era alguien que se hubiera cruzado conmigo por accidente. Yo iba detrás de él porque sabÃa lo que habÃa hecho. Se llamaba Carlos López. Ese nombre me llevó de regreso al arroyo. Volvà al lugar donde desperté herido, porque entendà que ahà habÃa quedado algo de mÃ, algo que no habÃa encontrado antes, porque todavÃa no sabÃa qué estaba buscando. Reconocà el sitio en cuanto lo vi. HabÃa unas piedras junto al borde, tierra removida y una marca que me resultó familiar, antes de entender por qué. Escarbé con las manos y saqué un cuchillo viejo, una medalla de cobre y un papel doblado muchas veces. En el papel estaba escrito dos veces el nombre de Carlos López y junto al nombre habÃa una indicación simple para ubicar un desvÃo en el monte. Eso terminó de cerrar lo que faltaba.
7:45 Antes del ataque yo iba detrás de él. Lo alcancé herido y peleamos. Logró tumbarme y me dejó tirado. Yo sobrevivÃ, pero perdà la memoria. Olvidé quién era, olvidé lo que habÃa pasado y olvidé por qué llevaba esa herida. Lo más difÃcil no fue entender que yo era el Nahual. Lo más difÃcil fue aceptar que habÃa pasado años, viviendo con una historia falsa porque me ayudaba a no recordar. Mientras yo repetÃa que habÃa sobrevivido de milagro, Carlos López seguÃa vivo en alguna parte. Cuando tuve claro eso, dejé de esperar que la herida me devolviera algo más. Preparé lo necesario y salà a buscarlo. No fui a buscarlo por impulso. Después de recuperar su nombre, entendà que, si me apresuraba, podÃa echar a perder lo único que habÃa tardado años en reconstruir. La memoria ya me habÃa engañado antes con fragmentos, con imágenes sueltas que parecÃan claras, y luego se deshacÃan cuando intentaba darles orden. Asà que, primero, quise asegurarme de que esta vez no estaba siguiendo una idea nacida del dolor. Volvà al arroyo, revisé otra vez el papel, la marca y el desvÃo. Caminé la zona con cuidado y fui buscando señales que no dependieran de lo que yo recordaba, sino de lo que todavÃa siguiera ahÃ.
9:11 Encontré huellas, restos de paso, trampas colocadas con oficio y un camino usado más veces, de las que habrÃa dejado cualquier cazador ocasional. Eso me bastó para entender que el lugar no estaba abandonado. y que si Carlos López seguÃa vivo, tenÃa que estar cerca. Seguà el rastro con calma. No iba pensando en lo que le dirÃa cuando lo tuviera enfrente, ni en cómo iba a terminar todo. Iba pendiente del terreno, del silencio y de las señales que dejaba a alguien acostumbrado a vivir alerta. Mientras avanzaba, me fui acordando de cosas que no habÃan vuelto completas antes. El modo en que yo lo seguÃa aquella noche. El olor del humo mezclado con tierra húmeda y la urgencia de llegar antes de que se me fuera otra vez. No era un recuerdo limpio, pero ya no me desorientaba. Al contrario, me ayudaba a reconocer movimientos, a entender por dónde habrÃa elegido pasar un hombre como él y a distinguir qué partes del monte estaban quietas y cuáles seguÃan teniendo mano humana encima.
10:17 Asà llegué hasta su casa. Estaba apartada y metida en una zona donde nadie se instala si no tiene un motivo para querer estar lejos. No parecÃa un refugio improvisado. ParecÃa el lugar de alguien que llevaba mucho tiempo esperando algo. No me acerqué de frente. Antes de llegar, vi lo suficiente para saber que él no habÃa bajado la guardia con los años. HabÃa trampas en los alrededores, alambres colocados a mala intención y señales de que el terreno estaba pensado para frenar a cualquiera que entrara sin conocerlo. No era solo la defensa de un hombre viejo, era el hábito de alguien que habÃa pasado demasiado tiempo pensando en la posibilidad de una visita como la mÃa. Rodé la casa despacio, buscando la forma de verlo antes de que él me viera a mÃ. Y cuando por fin me asomé por una ventana, lo encontré sentado junto a una mesa, limpiando un rifle con una calma, que solo tiene quien ha repetido el mismo gesto durante años. Era más viejo de lo que yo recordaba, pero no estaba vencido. El cuerpo se le notaba gastado, aunque todavÃa firme, y la cara fue suficiente para que no me quedara ninguna duda.
11:34 No hizo falta comparar mucho. En cuanto lo vi, supe que era él. Entré por atrás, no recuerdo haber dudado, lo que sà recuerdo con claridad es que no se sorprendió al verme. Levantó la vista, me reconoció y habló, como si esta visita hubiera quedado pendiente desde mucho tiempo atrás. Dijo que yo habÃa tardado en volver y lo dijo sin miedo en la voz, más bien con el tono de alguien, que habÃa pensado muchas veces en ese momento. y que, cuando por fin lo tiene enfrente, entiende que ya no sirve de nada fingir otra cosa. Yo no fui a escuchar excusas ni a pedirle una explicación completa.
12:17 Fui a confirmar que el nombre, la cara y la memoria coincidÃan. Por eso le pregunté por mi familia, antes que por cualquier otra cosa. QuerÃa oÃr de su boca que no estaba persiguiendo una sombra. Ãl no lo negó y dijo que sà se acordaba. Le pregunté por la casa quemada y también dijo que sÃ. No quiso adornar nada ni ensayar una defensa. Habló con una frialdad que hizo peor todo lo que decÃa. Reconoció que antes de matarlos los habÃan vigilado y que no habÃa sido una reacción ni una confusión, sino un trabajo encargado y pagado. Cuando dijo eso, entendà que aunque yo ya sabÃa suficiente para matarlo, necesitaba seguir preguntando un poco más. No porque me hiciera falta entenderlo, sino porque cada respuesta terminaba de cerrar una parte que yo habÃa pasado años arrastrando sin nombre.
13:14 Le pregunté quiénes habÃan ido con él. Al principio se quedó callado, como si todavÃa pensara que podÃa guardarse algo. pero después entendió que podrÃa hacerlo sufrir demasiado y empezó a dar nombres. Algunos, dijo, ya estaban muertos, otros seguÃan vivos. También me confirmó lo que yo ya sabÃa, que me habÃa dejado tirado, porque estaba seguro de que yo no iba a levantarme de esa herida. No discutà con él, no fui a pedirle razones ni a medir su culpa. Fui para tener la certeza de que era el mismo hombre que habÃa mandado matar a mi familia, y el mismo que me habÃa abierto el costado antes de dejarme en el arroyo. Cuando ya no hubo nada más que confirmar, el silencio entre los dos cambió. Miró el rifle, yo di un paso más y en ese momento empezó la pelea.
14:08 Fue rápida y desordenada, como casi todas. Alcanzó a mover el arma antes de que yo llegara, disparó y falló. El tiro se fue a un lado y enseguida nos fuimos al suelo. Trató de sacar otra arma, le pisé la mano, me alcanzó a herir el brazo y le pegué con la culata hasta quitarle espacio para levantarse. Aún asÃ, siguió peleando. No lo hizo como un hombre desesperado, sino como alguien que ya habÃa estado en situaciones parecidas y todavÃa confiaba en sacarle ventaja al cansancio o al descuido del otro. En medio del forcejeo, sentà el cambio. No fue algo limpio ni ordenado, tampoco algo que yo pudiera controlar.
14:50 Empezó con el dolor de siempre, pero más fuerte. Se me cerró el pecho, me ardieron las articulaciones, perdà por un instante la fuerza en las manos y luego la recuperé de golpe, como si el cuerpo recordara antes que la cabeza lo que tenÃa que hacer. Ãl se dio cuenta en el mismo momento. Vi en su cara que entendÃa lo que estaba pasando, y fue entonces cuando dejó de pelear para imponerse, y empezó a moverse para escapar. Quiso llegar a la puerta, ganar unos segundos, alcanzar aire y distancia, pero ya no pudo. Lo alcancé antes de que saliera, lo tiré al suelo y le cerré la mano en el cuello. Trató de decir algo, pero no le entendà todo. Solo alcancé a oÃr que me pedÃa que terminara rápido. No lo hice. Después de lo que habÃa visto, de lo que recordaba y de lo que él mismo me habÃa confirmado, ya no quedaba nada que resolver hablando. Cuando todo terminó, la casa quedó revuelta y yo también. TenÃa sangre en las manos, en el brazo y en la ropa. Me costaba respirar y apenas podÃa sostenerme derecho. Pero, por primera vez en años, no tenÃa dudas.
16:01 Ya no estaba persiguiendo una memoria rota, ni un presentimiento nacido de la herida. HabÃa encontrado al hombre correcto. HabÃa escuchado de su propia boca que mi familia fue vigilada, cazada y matada como parte de un trabajo más, y lo habÃa matado por eso. No sentà alivio, sentà otra cosa, algo más seco y más difÃcil de explicar. La certeza de que una parte quedaba cerrada, sÃ, pero también la de que todo lo demás apenas empezaba. Por eso, antes de que amaneciera, revisé la casa. Necesitaba saber si Carlos López habÃa dicho la verdad y si todavÃa quedaban los otros.
16:44 Esperé a que amaneciera para revisar la casa con calma, no por respeto a Carlos López ni por miedo a lo que pudiera encontrar, sino porque después de matarlo, entendà que no podÃa moverme por impulso otra vez. Ya habÃa pasado demasiados años viviendo con una memoria rota, como para echar a perder por prisa o por rabia, lo que por fin empezaba a tener sentido. La pelea habÃa dejado todo revuelto. HabÃa sangre en el suelo, una silla volcada, el rifle tirado junto a la mesa, y el aire todavÃa cargado con el olor de la pólvora y del sudor. Yo estaba cansado, me dolÃa el brazo y me costaba ordenar las ideas, pero aún asà supe desde el momento en que lo vi caer que quedarme un rato más no era un riesgo inútil. Si él habÃa participado en la muerte de mi familia, tenÃa que haber dejado rastros.
17:41 Un hombre asà no hace ese trabajo una sola vez y luego desaparece sin guardar nada. Empecé por lo más visible. Revisé la mesa, los cajones, las repisas. y después pasé al cuarto de atrás. Encontré armas, trampas, cartuchos y comida guardada, pero nada de eso era lo importante. Lo importante apareció cuando movà unas tablas y saqué tres cuadernos envueltos en plástico junto con una caja, donde habÃa papeles y fotografÃas guardadas, con el mismo cuidado con que otros guardan tÃtulos de propiedad o documentos de familia. Desde el primer momento entendà que no estaba viendo recuerdos personales, ni cosas que alguien conserva por costumbre. Eran registros. Los cuadernos tenÃan nombres, lugares, pagos, rutas, observaciones cortas y marcas que se repetÃan al margen. Algunas entradas eran breves y otras más largas, pero todas hablaban de lo mismo, vigilancia, seguimiento, entrega y cobro. No hacÃa falta interpretar demasiado, Carlos López no habÃa trabajado solo y tampoco habÃa hecho aquello una sola vez. En varias páginas estaba su nombre, en otras habÃa nombres de hombres que yo no conocÃa y en algunos casos fechas o señas de lugares que solo alguien acostumbrado a moverse por el monte podÃa entender a la primera. Seguà leyendo hasta que
19:11 encontré lo que ya temÃa. En la caja habÃa fotografÃas de distintos sitios y de varias personas tomadas a distancia, casi siempre sin que ellas se dieran cuenta. Entre esas personas estaban mi padre y mi madre. Los reconocà al instante. En una foto, mi padre estaba de perfil cargando algo. En otra, mi madre aparecÃa junto a la entrada de la casa. No eran imágenes casuales ni viejas fotos de pueblo. Eran parte de una vigilancia, y eso confirmó de la forma más clara. La matanza de mi familia no habÃa sido una pelea, ni un accidente, ni un error. HabÃa sido algo planeado con tiempo, como lo dijo Carlos. Pero yo no querÃa creerlo de esa manera. Los observaron, tomaron nota de sus movimientos, eligieron el momento y después fueron por ellos. Esa parte me dejó más quieto que la pelea.
20:07 Matar a Carlos López cerraba una deuda, pero ver esas fotos me hizo entender que la deuda no era solo con él. Guardé todo lo que podÃa servirme. Metà los cuadernos, la caja, la lista de nombres y los papeles sueltos en un costal. Después saqué el cuerpo al patio y lo enterré detrás de la casa. No hice ceremonia, no recé, no marqué el lugar, solo le vacié los bolsillos antes de cubrirlo. TraÃa una navaja, unos cartuchos, tabacos, un escapulario y una hoja doblada con tres nombres. Uno estaba tachado, los otros dos no. Me quedé mirando esa hoja un rato, no porque dudara de lo que significaba, sino porque en ese momento entendà que Carlos López todavÃa estaba esperando algo cuando yo llegué. No sé si esperaba cobrar un trabajo, cumplir otro o simplemente seguir vivo lo suficientes. como para cruzarse con alguno de esos nombres, pero ya no importa.
21:09 Lo que sà importaba era que esa lista, junto con los cuadernos, me decÃa que el asunto no terminaba enterrándolo a él. Pensé en bajar al pueblo y contar lo que habÃa pasado, pero la idea me duró poco. No tenÃa forma de explicar quién era Carlos López, qué hacÃa en esa casa y por qué habÃa terminado muerto. sin exponerme yo mismo de una manera que no estaba dispuesto a aceptar. Tampoco iba a dejar en manos ajenas los cuadernos ni las fotos. Lo que estaba escrito ahà no servÃa para cerrar la historia, servÃa para seguirla. Si llevaba todo eso con cualquiera, podÃa perderlo, podÃan ocultarlo o, peor todavÃa, podÃa terminar avisando a los hombres que todavÃa ni siquiera sabÃan que yo estaba vivo. No tenÃa sentido correr ese riesgo, Por eso no regresé a mi casa y me quedé en la de él. No fue una decisión tomada en a la ligera ni una especie de triunfo. Fue una decisión simple. Esa casa estaba hecha para vigilar. Desde ahà se podÃa controlar el paso, escuchar a quien se acercara y revisar el monte con ventaja. Carlos López habÃa vivido asà durante años, esperando quizá que algún rastro del pasado regresara a cobrarle lo que debÃa. cuando revisé el lugar entero entendà que de alguna manera él habÃa preparado esa espera sin saber para quién yo solo ocupé el sitio que dejó libre limpié lo necesario movà lo indispensable y
22:43 dejé el resto como estaba no querÃa convertir la casa en otra cosa querÃa usarla para lo que ahora me servÃa a mà la siguiente vez que la herida se abrió yo ya estaba sentado ahà con los cuadernos delante el dolor volvió igual que siempre pero esta vez no vino a romperme ni a confundirme. Me devolvió escenas que por fin entendÃa completas. Volvà a ver a mi familia en el patio, la casa ardiendo, el machete entrando en mi costado y el momento exacto en que Carlos López se dio la vuelta y me dejó vivo porque creyó que la herida bastaba. Esa vez no sentà miedo ni duda, sentà otra cosa. Entendà que el dolor ya no venÃa a decirme quién era, sino a recordarme lo que seguÃa pendiente.
23:32 No siento paz y tampoco siento alivio. La muerte de Carlos López cerró una parte, nada más. Mi familia sigue muerta, los años que perdà siguen perdidos, y los nombres que encontré en esos cuadernos siguen ahÃ, esperando que alguien haga con ellos lo que él hizo antes con los nombres de otros. Por eso escribo esto desde esta casa y no desde la mÃa. Ya no estoy escondido, Estoy esperando. Sé lo que soy, sé lo que me hicieron y sé también que Carlos López no fue el único. Hay otros hombres que participaron, cobraron o ayudaron. Algunos quizá sigan haciendo lo mismo. Otros quizá crean que el asunto quedó atrás, porque me dejaron por muerto y nadie volvió a buscarlos.
24:20 Pero se equivocan. Yo tardé años en recordar quién era. Ellos no van a tener ese tiempo.
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