March 27, 2026

La Noche De La Venganza Del NAHUAL - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Voy a dejar esto por escrito para que quede claro qué pasó conmigo y por qué terminé buscándolo. No lo hago para que alguien me crea, ni para pedir compasión. Lo hago porque durante mucho tiempo viví repitiendo una versión incompleta de mi vida. Y llegó un punto en que seguir diciendo lo mismo ya era otra forma de mentirme. Tengo una herida vieja en el costado. Cada luna vuelve a abrirse. siempre en el mismo lugar y con el mismo dolor. No sangra mucho, pero arde como si la hoja acabara de entrar otra vez, y ese ardor me trae recuerdos. Al principio no eran recuerdos enteros, eran pedazos sueltos, escenas cortadas, cosas que aparecían de golpe, y se iban antes de que yo pudiera entenderlas. Veía árboles, escuchaba perros ladrando a lo lejos, alcanzaba a distinguir una fogata. el brillo de un machete y una voz gritando mi nombre.

1:07 Durante años pensé que eso era lo poco que me había quedado de la noche en que casi me mata una bestia. Eso fue lo que me dijeron cuando aparecí en el pueblo, herido y sin saber de dónde venía. Y eso fue también lo que yo acepté, porque en ese momento necesitaba una explicación, aunque fuera incompleta. Vivía solo en una casa apartada y bajaba al pueblo solo cuando me hacía falta comida, sal o vendas. No hablaba mucho con nadie. La gente me conocía de vista. Sabían cómo me llamaba porque así me presenté cuando empecé a vivir ahí. Pero no sabían de dónde había salido y yo tampoco podía responder esa pregunta. Tenía recuerdos útiles para seguir adelante.

1:53 Sabía hacer cosas que me ayudaban a vivir solo. Sabía cortar leña, poner trampas, curar una herida, cargar un arma y moverme por el monte sin perderme. Lo que no sabía era quién había sido antes de llegar ahí, de qué lugar venía, qué había hecho, por qué traía esa herida y por qué cada luna se me abría como si el cuerpo no quisiera dejarme olvidar algo. Con el tiempo empecé a notar que había algo mal en esos recuerdos. No era solo que estuvieran incompletos, era la forma en que regresaban. Yo no veía esa noche como la vería un hombre que huye para salvarse. No sentía miedo primero, sentía impulso. No me veía cayendo hacia atrás ni escondiéndome.

2:40 Me veía avanzando. Oía mi respiración muy cerca del suelo. Sentía el cuerpo cargado hacia adelante. el golpe de las extremidades contra la tierra y el esfuerzo de seguir incluso herido. Durante mucho tiempo traté de no pensar en eso porque me convenía más creer que yo había sido una víctima, que todo había empezado conmigo malherido en el monte y que lo anterior no importaba, pero la herida seguía abriéndose y cada vez devolvía algo más hasta que llegó el momento en que ya no pude sostener esa aversión. La última vez que se abrió no me trajo escenas sueltas.

3:22 Me devolvió la memoria completa de un tramo de esa noche. Vi una casa ardiendo. Vi tres cuerpos en el patio. Vi a una mujer caer mientras gritaba mi nombre y la reconocí en el mismo instante en que la vi. Era mi madre. Después miré al hombre que estaba cerca del pozo y entendí que era mi padre. Vi al otro muchacho junto a la pared y supe que era mi hermano. No fue una suposición, lo supe con esa claridad, con la que uno reconoce algo que siempre había estado ahí, aunque durante años no pudiera nombrarlo. En ese momento entendí también qué era lo que faltaba en todos los recuerdos anteriores.

4:04 Yo no estaba huyendo de esa matanza, yo iba llegando, iba herido, lleno de rabia, buscando al hombre que había hecho eso. Entonces entendí la otra parte, la que llevaba años rodeando sin atreverme a verla completa. Yo no corría como hombre, porque en ese momento ya no era solo un hombre. Durante mucho tiempo creí que había sobrevivido a la cacería de una bestia, pero la verdad era otra. La bestia que perseguían era yo. Yo era el Nahual, aunque en ese momento ya no recordara ni mi nombre, ni la vida que había tenido antes de esa noche. nadie me salvó el hombre que me abrió el costado me dejó tirado cerca del arroyo y se fue porque pensó que yo no iba a sobrevivir lo último que recuerdo de ese momento es el machete entrando el golpe, la caída y la sensación de que el cuerpo dejaba de responder después solo hay un vacío largo y luego el momento en que desperté solo con la ropa dura por la sangre y con la cabeza casi vacía apenas podía moverme No sabía dónde estaba ni qué había pasado.

5:17 Me arrastré como pude. Después me levanté y seguí andando sin rumbo claro, solo buscando salir de ese lugar. Tardé en encontrar gente, pero cuando por fin me vieron ya estaba hecho pedazos. Me ayudaron. Me dejaron quedarme. Me preguntaron qué me había ocurrido y yo no supe responder. Ellos dijeron que quizá había escapado de algo en el monte. Yo acepté esa idea porque no tenía otra, y porque a veces uno se agarra de la primera explicación que le permita seguir vivo. Desde entonces viví con la memoria rota. No era que no recordara nada. Recordaba cosas sueltas, movimientos, reacciones del cuerpo, maneras de hacer ciertas tareas, pero nada de eso formaba una vida completa. La herida seguía abriéndose con cada luna. y cada vez me devolvía un poco más, un ruido, un olor, una cara, un tramo del monte, el calor del fuego, y la sensación de estar persiguiendo a alguien. Durante mucho tiempo no pude ordenar nada de eso, solo sentía que detrás del dolor había una verdad entera empujando, esperando el momento de salir. Cuando por fin salió, recordé mi nombre completo, Elías Laureano. Lo recordé sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí, y yo solo hubiera pasado años sin tocarlo. Después recordé el nombre del hombre al que iba siguiendo aquella noche. No era un desconocido, no

6:50 era alguien que se hubiera cruzado conmigo por accidente. Yo iba detrás de él porque sabía lo que había hecho. Se llamaba Carlos López. Ese nombre me llevó de regreso al arroyo. Volví al lugar donde desperté herido, porque entendí que ahí había quedado algo de mí, algo que no había encontrado antes, porque todavía no sabía qué estaba buscando. Reconocí el sitio en cuanto lo vi. Había unas piedras junto al borde, tierra removida y una marca que me resultó familiar, antes de entender por qué. Escarbé con las manos y saqué un cuchillo viejo, una medalla de cobre y un papel doblado muchas veces. En el papel estaba escrito dos veces el nombre de Carlos López y junto al nombre había una indicación simple para ubicar un desvío en el monte. Eso terminó de cerrar lo que faltaba.

7:45 Antes del ataque yo iba detrás de él. Lo alcancé herido y peleamos. Logró tumbarme y me dejó tirado. Yo sobreviví, pero perdí la memoria. Olvidé quién era, olvidé lo que había pasado y olvidé por qué llevaba esa herida. Lo más difícil no fue entender que yo era el Nahual. Lo más difícil fue aceptar que había pasado años, viviendo con una historia falsa porque me ayudaba a no recordar. Mientras yo repetía que había sobrevivido de milagro, Carlos López seguía vivo en alguna parte. Cuando tuve claro eso, dejé de esperar que la herida me devolviera algo más. Preparé lo necesario y salí a buscarlo. No fui a buscarlo por impulso. Después de recuperar su nombre, entendí que, si me apresuraba, podía echar a perder lo único que había tardado años en reconstruir. La memoria ya me había engañado antes con fragmentos, con imágenes sueltas que parecían claras, y luego se deshacían cuando intentaba darles orden. Así que, primero, quise asegurarme de que esta vez no estaba siguiendo una idea nacida del dolor. Volví al arroyo, revisé otra vez el papel, la marca y el desvío. Caminé la zona con cuidado y fui buscando señales que no dependieran de lo que yo recordaba, sino de lo que todavía siguiera ahí.

9:11 Encontré huellas, restos de paso, trampas colocadas con oficio y un camino usado más veces, de las que habría dejado cualquier cazador ocasional. Eso me bastó para entender que el lugar no estaba abandonado. y que si Carlos López seguía vivo, tenía que estar cerca. Seguí el rastro con calma. No iba pensando en lo que le diría cuando lo tuviera enfrente, ni en cómo iba a terminar todo. Iba pendiente del terreno, del silencio y de las señales que dejaba a alguien acostumbrado a vivir alerta. Mientras avanzaba, me fui acordando de cosas que no habían vuelto completas antes. El modo en que yo lo seguía aquella noche. El olor del humo mezclado con tierra húmeda y la urgencia de llegar antes de que se me fuera otra vez. No era un recuerdo limpio, pero ya no me desorientaba. Al contrario, me ayudaba a reconocer movimientos, a entender por dónde habría elegido pasar un hombre como él y a distinguir qué partes del monte estaban quietas y cuáles seguían teniendo mano humana encima.

10:17 Así llegué hasta su casa. Estaba apartada y metida en una zona donde nadie se instala si no tiene un motivo para querer estar lejos. No parecía un refugio improvisado. Parecía el lugar de alguien que llevaba mucho tiempo esperando algo. No me acerqué de frente. Antes de llegar, vi lo suficiente para saber que él no había bajado la guardia con los años. Había trampas en los alrededores, alambres colocados a mala intención y señales de que el terreno estaba pensado para frenar a cualquiera que entrara sin conocerlo. No era solo la defensa de un hombre viejo, era el hábito de alguien que había pasado demasiado tiempo pensando en la posibilidad de una visita como la mía. Rodé la casa despacio, buscando la forma de verlo antes de que él me viera a mí. Y cuando por fin me asomé por una ventana, lo encontré sentado junto a una mesa, limpiando un rifle con una calma, que solo tiene quien ha repetido el mismo gesto durante años. Era más viejo de lo que yo recordaba, pero no estaba vencido. El cuerpo se le notaba gastado, aunque todavía firme, y la cara fue suficiente para que no me quedara ninguna duda.

11:34 No hizo falta comparar mucho. En cuanto lo vi, supe que era él. Entré por atrás, no recuerdo haber dudado, lo que sí recuerdo con claridad es que no se sorprendió al verme. Levantó la vista, me reconoció y habló, como si esta visita hubiera quedado pendiente desde mucho tiempo atrás. Dijo que yo había tardado en volver y lo dijo sin miedo en la voz, más bien con el tono de alguien, que había pensado muchas veces en ese momento. y que, cuando por fin lo tiene enfrente, entiende que ya no sirve de nada fingir otra cosa. Yo no fui a escuchar excusas ni a pedirle una explicación completa.

12:17 Fui a confirmar que el nombre, la cara y la memoria coincidían. Por eso le pregunté por mi familia, antes que por cualquier otra cosa. Quería oír de su boca que no estaba persiguiendo una sombra. Él no lo negó y dijo que sí se acordaba. Le pregunté por la casa quemada y también dijo que sí. No quiso adornar nada ni ensayar una defensa. Habló con una frialdad que hizo peor todo lo que decía. Reconoció que antes de matarlos los habían vigilado y que no había sido una reacción ni una confusión, sino un trabajo encargado y pagado. Cuando dijo eso, entendí que aunque yo ya sabía suficiente para matarlo, necesitaba seguir preguntando un poco más. No porque me hiciera falta entenderlo, sino porque cada respuesta terminaba de cerrar una parte que yo había pasado años arrastrando sin nombre.

13:14 Le pregunté quiénes habían ido con él. Al principio se quedó callado, como si todavía pensara que podía guardarse algo. pero después entendió que podría hacerlo sufrir demasiado y empezó a dar nombres. Algunos, dijo, ya estaban muertos, otros seguían vivos. También me confirmó lo que yo ya sabía, que me había dejado tirado, porque estaba seguro de que yo no iba a levantarme de esa herida. No discutí con él, no fui a pedirle razones ni a medir su culpa. Fui para tener la certeza de que era el mismo hombre que había mandado matar a mi familia, y el mismo que me había abierto el costado antes de dejarme en el arroyo. Cuando ya no hubo nada más que confirmar, el silencio entre los dos cambió. Miró el rifle, yo di un paso más y en ese momento empezó la pelea.

14:08 Fue rápida y desordenada, como casi todas. Alcanzó a mover el arma antes de que yo llegara, disparó y falló. El tiro se fue a un lado y enseguida nos fuimos al suelo. Trató de sacar otra arma, le pisé la mano, me alcanzó a herir el brazo y le pegué con la culata hasta quitarle espacio para levantarse. Aún así, siguió peleando. No lo hizo como un hombre desesperado, sino como alguien que ya había estado en situaciones parecidas y todavía confiaba en sacarle ventaja al cansancio o al descuido del otro. En medio del forcejeo, sentí el cambio. No fue algo limpio ni ordenado, tampoco algo que yo pudiera controlar.

14:50 Empezó con el dolor de siempre, pero más fuerte. Se me cerró el pecho, me ardieron las articulaciones, perdí por un instante la fuerza en las manos y luego la recuperé de golpe, como si el cuerpo recordara antes que la cabeza lo que tenía que hacer. Él se dio cuenta en el mismo momento. Vi en su cara que entendía lo que estaba pasando, y fue entonces cuando dejó de pelear para imponerse, y empezó a moverse para escapar. Quiso llegar a la puerta, ganar unos segundos, alcanzar aire y distancia, pero ya no pudo. Lo alcancé antes de que saliera, lo tiré al suelo y le cerré la mano en el cuello. Trató de decir algo, pero no le entendí todo. Solo alcancé a oír que me pedía que terminara rápido. No lo hice. Después de lo que había visto, de lo que recordaba y de lo que él mismo me había confirmado, ya no quedaba nada que resolver hablando. Cuando todo terminó, la casa quedó revuelta y yo también. Tenía sangre en las manos, en el brazo y en la ropa. Me costaba respirar y apenas podía sostenerme derecho. Pero, por primera vez en años, no tenía dudas.

16:01 Ya no estaba persiguiendo una memoria rota, ni un presentimiento nacido de la herida. Había encontrado al hombre correcto. Había escuchado de su propia boca que mi familia fue vigilada, cazada y matada como parte de un trabajo más, y lo había matado por eso. No sentí alivio, sentí otra cosa, algo más seco y más difícil de explicar. La certeza de que una parte quedaba cerrada, sí, pero también la de que todo lo demás apenas empezaba. Por eso, antes de que amaneciera, revisé la casa. Necesitaba saber si Carlos López había dicho la verdad y si todavía quedaban los otros.

16:44 Esperé a que amaneciera para revisar la casa con calma, no por respeto a Carlos López ni por miedo a lo que pudiera encontrar, sino porque después de matarlo, entendí que no podía moverme por impulso otra vez. Ya había pasado demasiados años viviendo con una memoria rota, como para echar a perder por prisa o por rabia, lo que por fin empezaba a tener sentido. La pelea había dejado todo revuelto. Había sangre en el suelo, una silla volcada, el rifle tirado junto a la mesa, y el aire todavía cargado con el olor de la pólvora y del sudor. Yo estaba cansado, me dolía el brazo y me costaba ordenar las ideas, pero aún así supe desde el momento en que lo vi caer que quedarme un rato más no era un riesgo inútil. Si él había participado en la muerte de mi familia, tenía que haber dejado rastros.

17:41 Un hombre así no hace ese trabajo una sola vez y luego desaparece sin guardar nada. Empecé por lo más visible. Revisé la mesa, los cajones, las repisas. y después pasé al cuarto de atrás. Encontré armas, trampas, cartuchos y comida guardada, pero nada de eso era lo importante. Lo importante apareció cuando moví unas tablas y saqué tres cuadernos envueltos en plástico junto con una caja, donde había papeles y fotografías guardadas, con el mismo cuidado con que otros guardan títulos de propiedad o documentos de familia. Desde el primer momento entendí que no estaba viendo recuerdos personales, ni cosas que alguien conserva por costumbre. Eran registros. Los cuadernos tenían nombres, lugares, pagos, rutas, observaciones cortas y marcas que se repetían al margen. Algunas entradas eran breves y otras más largas, pero todas hablaban de lo mismo, vigilancia, seguimiento, entrega y cobro. No hacía falta interpretar demasiado, Carlos López no había trabajado solo y tampoco había hecho aquello una sola vez. En varias páginas estaba su nombre, en otras había nombres de hombres que yo no conocía y en algunos casos fechas o señas de lugares que solo alguien acostumbrado a moverse por el monte podía entender a la primera. Seguí leyendo hasta que

19:11 encontré lo que ya temía. En la caja había fotografías de distintos sitios y de varias personas tomadas a distancia, casi siempre sin que ellas se dieran cuenta. Entre esas personas estaban mi padre y mi madre. Los reconocí al instante. En una foto, mi padre estaba de perfil cargando algo. En otra, mi madre aparecía junto a la entrada de la casa. No eran imágenes casuales ni viejas fotos de pueblo. Eran parte de una vigilancia, y eso confirmó de la forma más clara. La matanza de mi familia no había sido una pelea, ni un accidente, ni un error. Había sido algo planeado con tiempo, como lo dijo Carlos. Pero yo no quería creerlo de esa manera. Los observaron, tomaron nota de sus movimientos, eligieron el momento y después fueron por ellos. Esa parte me dejó más quieto que la pelea.

20:07 Matar a Carlos López cerraba una deuda, pero ver esas fotos me hizo entender que la deuda no era solo con él. Guardé todo lo que podía servirme. Metí los cuadernos, la caja, la lista de nombres y los papeles sueltos en un costal. Después saqué el cuerpo al patio y lo enterré detrás de la casa. No hice ceremonia, no recé, no marqué el lugar, solo le vacié los bolsillos antes de cubrirlo. Traía una navaja, unos cartuchos, tabacos, un escapulario y una hoja doblada con tres nombres. Uno estaba tachado, los otros dos no. Me quedé mirando esa hoja un rato, no porque dudara de lo que significaba, sino porque en ese momento entendí que Carlos López todavía estaba esperando algo cuando yo llegué. No sé si esperaba cobrar un trabajo, cumplir otro o simplemente seguir vivo lo suficientes. como para cruzarse con alguno de esos nombres, pero ya no importa.

21:09 Lo que sí importaba era que esa lista, junto con los cuadernos, me decía que el asunto no terminaba enterrándolo a él. Pensé en bajar al pueblo y contar lo que había pasado, pero la idea me duró poco. No tenía forma de explicar quién era Carlos López, qué hacía en esa casa y por qué había terminado muerto. sin exponerme yo mismo de una manera que no estaba dispuesto a aceptar. Tampoco iba a dejar en manos ajenas los cuadernos ni las fotos. Lo que estaba escrito ahí no servía para cerrar la historia, servía para seguirla. Si llevaba todo eso con cualquiera, podía perderlo, podían ocultarlo o, peor todavía, podía terminar avisando a los hombres que todavía ni siquiera sabían que yo estaba vivo. No tenía sentido correr ese riesgo, Por eso no regresé a mi casa y me quedé en la de él. No fue una decisión tomada en a la ligera ni una especie de triunfo. Fue una decisión simple. Esa casa estaba hecha para vigilar. Desde ahí se podía controlar el paso, escuchar a quien se acercara y revisar el monte con ventaja. Carlos López había vivido así durante años, esperando quizá que algún rastro del pasado regresara a cobrarle lo que debía. cuando revisé el lugar entero entendí que de alguna manera él había preparado esa espera sin saber para quién yo solo ocupé el sitio que dejó libre limpié lo necesario moví lo indispensable y

22:43 dejé el resto como estaba no quería convertir la casa en otra cosa quería usarla para lo que ahora me servía a mí la siguiente vez que la herida se abrió yo ya estaba sentado ahí con los cuadernos delante el dolor volvió igual que siempre pero esta vez no vino a romperme ni a confundirme. Me devolvió escenas que por fin entendía completas. Volví a ver a mi familia en el patio, la casa ardiendo, el machete entrando en mi costado y el momento exacto en que Carlos López se dio la vuelta y me dejó vivo porque creyó que la herida bastaba. Esa vez no sentí miedo ni duda, sentí otra cosa. Entendí que el dolor ya no venía a decirme quién era, sino a recordarme lo que seguía pendiente.

23:32 No siento paz y tampoco siento alivio. La muerte de Carlos López cerró una parte, nada más. Mi familia sigue muerta, los años que perdí siguen perdidos, y los nombres que encontré en esos cuadernos siguen ahí, esperando que alguien haga con ellos lo que él hizo antes con los nombres de otros. Por eso escribo esto desde esta casa y no desde la mía. Ya no estoy escondido, Estoy esperando. Sé lo que soy, sé lo que me hicieron y sé también que Carlos López no fue el único. Hay otros hombres que participaron, cobraron o ayudaron. Algunos quizá sigan haciendo lo mismo. Otros quizá crean que el asunto quedó atrás, porque me dejaron por muerto y nadie volvió a buscarlos.

24:20 Pero se equivocan. Yo tardé años en recordar quién era. Ellos no van a tener ese tiempo.