May 29, 2026

La Casa Del Diablo: Lo Que Estaba Encerrado En El Cuarto Del Fondo No Se Quedó Ahí - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 ahora tengo 42 años vivo lejos de Guadalajara y todavía recuerdo la casa de la calle Gigantes con una claridad que no he podido quitarme tenía 15 años cuando llegamos ahí mi papá la compró porque costaba mucho menos que otras casas de la zona y porque mi abuela materna necesitaba un cuarto en planta baja venía enferma de las rodillas caminaba despacio y ya no podía subir escaleras éramos cuatro Mis papás, mi abuela y yo. La casa estaba en Analco, en una calle con tiendas cerca, vecinos que barrían temprano y camiones durante el día. Y eso ayudó a que al principio todo se sintiera normal. La casa era vieja, grande y estaba descuidada. Tenía varios cuartos, un patio al fondo y un pasillo estrecho que terminaba en una puerta sellada.

0:58 Esa puerta fue lo primero que me incomodó, aunque no dije nada. Tenía dos tablas clavadas en cruz y encima había una hoja pegada con cinta. La frase estaba escrita con plumón negro, no abrir. Debajo, con letra más chica, decía, no tocarlo de adentro. La mujer que vendió la casa se llamaba Amalia. Firmó los papeles, entregó las llaves y le pidió a mi papá que no la buscara después, pero no explicó nada más. Mi papá pensó que hablaba de muebles viejos o humedad o reparaciones. Mi mamá la vio salir sin mirar hacia el fondo de la casa y después comentó que esa señora quería irse rápido. Mi papá respondió que por eso había aceptado vender barato y dio el tema por cerrado. Nos mudamos con prisa. Había cajas en la sala, colchones en el piso, bolsas con ropa y trastes envueltos en periódico. Mi mamá organizaba la cocina.

2:00 Mi papá revisaba contactos y llaves, y mi abuela se quedaba sentada en el cuarto de adelante, con el bastón junto a la cama. A mí me tocó un cuarto que daba al patio. Desde mi ventana se veía el pasillo del fondo, y al final, la puerta con las tablas. Mi papá leyó la advertencia el primer día, levantó la hoja con los dedos, la soltó y dijo que seguramente había basura, animales muertos o cosas que los dueños no quisieron sacar. Mi mamá le pidió que esperara antes de abrir porque estábamos cansados. La casa olía a encierro y todavía faltaba acomodar casi todo. Aceptó dejarlo para después. Esa noche dormimos con varias luces prendidas porque nadie recordaba dónde había quedado cada cosa. Los primeros días pasaron entre limpieza y acomodo. Sacamos polvo de los cuartos, tiramos frascos vacíos, lavamos el piso y abrimos las puertas. para que circulara el aire. En la cocina encontramos platos rotos y papeles viejos.

3:05 En un ropero había ropa que no era nuestra. Mi mamá la metió en bolsas negras y mi abuela dijo que esas casas guardaban, lo que la gente dejaba sin despedirse. Mi papá le pidió que no empezara con historias porque apenas nos estábamos instalando. Los ruidos empezaron después. Los oí primero desde mi cuarto cuando la casa ya estaba callada. Venían del pasillo del fondo. Eran raspones cortos contra la madera, separados por pausas. No eran golpes fuertes ni pasos. Sonaban abajo, cerca del piso, justo donde estaba la puerta sellada. Pensé en gatos, luego en tuberías, pero no le dije nada a nadie. A esa edad me importaba mucho que mi papá no me tratara de miedosa. Una tarde, al volver de la secundaria, encontré a mi papá quitando las tablas.

3:57 Tenía un martillo en la mano y una lámpara de pila sobre el suelo. Mi mamá estaba en la cocina, seria, diciéndole que hubiera esperado a que la casa estuviera más limpia, y contestó que no iba a vivir con una puerta clavada dentro de su propia propiedad. Yo me quedé en el patio, con la mochila puesta y el uniforme húmedo por el calor. Cuando quitó la última tabla, la hoja cayó al piso. Mi papá metió una llave del manojo nuevo y movió la cerradura con fuerza. La puerta abrió hacia adentro y salió un olor pesado, de ropa guardada y humedad vieja. El cuarto era pequeño. Había una silla, una repisa y un baúl de madera. El baúl tenía una cadena alrededor. Encima había otro papel pegado, más limpio que el primero. Decía, no tocar. Mi mamá dijo que ya era suficiente. Mi papá iluminó el cuarto desde la entrada, revisó el piso y aceptó cerrarlo, pero no volvió a clavar la puerta. Esa noche me acosté pensando en el baúl.

5:01 La advertencia ya no me daba miedo, me daba curiosidad. Esperé hasta que todos se durmieron. Me levanté sin zapatos, tomé una lámpara pequeña y caminé al fondo de la casa. La puerta estaba cerrada, pero no tenía llave. Entré y el olor me hizo cubrirme la nariz. La cadena del baúl no tenía candado, solo estaba enrollada. La quité despacio, levanté la tapa y alumbré adentro. Había ropa vieja, una bolsa con cabello, amarrado con hilo rojo, una medalla rota y una fotografía. En la foto aparecían una mujer sentada y un niño de pie a su lado. A la mujer le habían raspado los ojos con algo filoso. El niño tenía la cara intacta. Tomé la fotografía, la acerqué a la lámpara y vi una fecha escrita por detrás, pero la tinta estaba corrida. Entonces oí un golpe dentro del cuarto. La silla ya no estaba junto a la pared, estaba cerca de la puerta. No la escuché moverse, solo entendí que algo había cambiado mientras yo miraba la foto.

6:10 Dejé la fotografía dentro del baúl, bajé la tapa sin acomodar la cadena y salí. regresé a mi cuarto con la lámpara encendida un rato después escuché tres golpes en mi ventana mi cuarto daba al patio cerrado y nadie podía llegar ahí sin pasar por la casa me quedé quieta hasta que empezó a aclarar al día siguiente no dije nada guardé silencio y ese silencio fue la primera parte de todo lo que vino después después de abrir el baúl los ruidos dejaron de venir solo del fondo Empezaron a oírse en el patio, en la cocina y en la pared junto a mi cuarto. Al principio eran pasos cortos, arrastrados, siempre de noche. Luego se sumaron golpes suaves, movimientos de sillas y raspones cerca del piso. Mi mamá pensaba que mi abuela se levantaba al baño. Mi abuela se molestaba cada vez que la culpaban, porque ella caminaba con bastón y todos conocíamos el sonido seco de ese bastón sobre el piso. Lo que se oía en la casa no era eso. La primera cosa que vimos todos ocurrió durante el desayuno. Estábamos sentados en la mesa cuando la puerta del fondo se cerró sola. No fue un portazo.

7:25 Se movió despacio hasta que el seguro pegó contra el marco. Mi papá dejó la taza, fue al pasillo y la abrió. Revisó el cuarto desde la entrada. Miró el techo, el piso, las paredes y regresó sin decir nada. Mi mamá le preguntó si había corriente de aire, pero respondió que no. Desde ese día empezó a revisar cerraduras, ventanas y techos, buscando una causa que pudiera tocar con las manos. Yo seguí callada hasta que la fotografía apareció sobre mi cama. La encontré al volver de la escuela puesta boca arriba sobre la almohada, la mujer seguía con los ojos raspados, pero el niño tenía una raya sobre la boca, esa raya no estaba cuando abrí el baúl, la guardé en un cajón, la cubrí con ropa y salí del cuarto, más tarde al regresar el cajón estaba abierto y la foto estaba otra vez sobre la cama, esa noche le conté a mi mamá lo que había hecho, le dije que había entrado al cuarto que había abierto el baúl y que había tocado la fotografía ella no me gritó me tomó del brazo y me llevó con mi papá él se enojó al principio pero al ver la foto se quedó callado fue al pasillo abrió el cuarto del fondo cerró el baúl le puso un candado a la cadena y clavó otra vez la puerta también quemó los papeles con las advertencias en una lata del patio dijo que ya no quería verlos dentro de la casa El problema empeoró esa misma noche. Los golpes empezaron en la

8:58 puerta sellada y siguieron por el pasillo. Se oían bajos, pegados a la pared, con pausas largas entre uno y otro. Mi papá salió con una lámpara y una herramienta en la mano. No encontró a nadie. Varias noches hizo lo mismo. Una vez regresó con una marca de polvo en la camisa, a la altura del pecho. Dijo que se había rozado con la pared, pero la marca tenía tres líneas largas separadas entre sí y bajaban desde el hombro hasta el centro de la tela. Mi abuela fue la primera en decir que debíamos irnos. Mi papá no quiso. Había puesto sus ahorros en esa casa y aceptar que algo andaba mal era aceptar que había perdido su dinero. Mi mamá intentó mantener la calma, pero empezó a dormir con el rosario en la mano. Yo dejé de apagar la luz.

9:48 Dormía poco, escuchando el patio y revisando la ventana, cada vez que algo sonaba cerca. Una noche vi una sombra al otro lado de la cortina. Estaba quieta, pegada al vidrio. Pensé que era mi papá, pero la altura no coincidía con la de él. Abrí la puerta de mi cuarto y miré al patio, pero no había nadie. La puerta del fondo seguía clavada, así que volví a la cama y la cortina se movió hacia adentro, aunque la ventana estaba cerrada. No grité. Me quedé sentada con la espalda contra la pared, esperando a que amaneciera. Al día siguiente, mi mamá me llevó al Mercado Libertad para hablar con una señora que conocía desde hacía años. Se llamaba Lorenza y vendía hierbas, veladoras y remedios. No vestía raro ni hacía espectáculo. Tenía una mesa pequeña, una libreta de cuentas y una bolsa donde guardaba el dinero. Mi mamá le contó lo de la casa, la advertencia, el baúl, la fotografía y los ruidos. Lorenza escuchó todo. Luego me pidió que le enseñara las manos, los brazos y el cuello.

10:59 Me revisó con cuidado, pero no encontró heridas. Eso la dejó seria. Dijo que abrir algo guardado con advertencias podía bastar para que la persona quedara reconocida. Mi mamá le preguntó si se podía limpiar la casa. Lorenza respondió que limpiar no era sacar y que algunas cosas solo podían cerrarse otra vez. También dijo que yo no debía contestar si escuchaba mi nombre durante la noche, aunque la voz fuera conocida. Le pregunté qué había en esa casa, pero ella no quiso darle nombre. Dijo que nombrarlo no iba a ayudarme y que lo importante era no responderle. Salimos de ahí con ruda, alcohol y dos veladoras. Mi mamá puso una en mi cuarto y otra en el pasillo.

11:46 Mi papá aceptó llamar a un albañil para tapear la puerta del fondo. Esa noche cenamos casi sin hablar. Mi abuela rezó antes de acostarse y mi papá dejó una silla contra la puerta sellada para saber si algo la empujaba desde adentro. Me acosté de lado, mirando hacia la pared. La veladora del pasillo dejaba una línea de luz bajo mi puerta. Durante un rato solo escuché ruidos comunes de la casa, madera acomodándose, agua en las tuberías y un camión pasando lejos. Después oí mi nombre desde el patio. La voz era de mi mamá. Lo dijo una sola vez, en tono bajo. Recordé la advertencia de Lorenza y no respondí.

12:30 Luego empezaron los raspones en la pared junto a mi cama. Subían despacio desde el piso hasta la altura de mi cabeza y la veladora se apagó. Sentí peso sobre el colchón, primero en los pies, luego más cerca de mis piernas. Abrí los ojos. En la esquina del cuarto había dos puntos brillantes. Estaban bajos casi a la altura del piso. Después subieron y vi unas manos apoyadas en el suelo. Los dedos eran largos, delgados y estaban torcidos. La figura avanzó hacia la cama. Quise gritar, pero mi cuerpo no respondió. Lo que pasó esa noche lo entendí años después, bajo el nombre de parálisis del sueño. Pero ese nombre no explica la marca ni explica la voz. Yo estaba despierta y veía la línea de luz bajo la puerta. Escuchaba mi respiración y sentía el colchón hundirse cerca de mis pies.

13:27 Quise mover los brazos, las piernas y la cabeza, pero el cuerpo no me obedeció. También quise llamar a mi mamá y solo me salió aire. Tenía la lengua pesada pegada al paladar. La figura llegó hasta el borde de la cama. No vi todo su cuerpo porque el cuarto estaba oscuro, pero vi los ojos, parte de la cara y una mano apoyada junto a mi hombro. Los ojos eran claros, fijos, abiertos de más. La mano tenía tres dedos largos y los otros estaban doblados hacia la palma. Olía al cuarto del fondo, a ropa encerrada, humedad y madera vieja. Se inclinó sobre mí, acercó la boca a mi oído y me habló con una voz baja, quebrada.

14:13 Me dijo que ya sabía mi cara. Después puso la mano sobre mi clavícula izquierda y el dolor fue inmediato. Sentí tres presiones hundirse en la piel una junto a otra, con fuerza suficiente para hacerme llorar sin poder moverme. No fue un sueño ligero ni una impresión del cuerpo, fue un dolor claro, en un punto exacto. Cuando pude mover los dedos, grité. Mi mamá entró corriendo, seguida por mi papá y mi abuela. Encendieron la luz. Yo estaba sentada en la cama, sudando, con la blusa jalada hacia un lado. En la clavícula tenía tres líneas rojas, hundidas, y una sangraba.

14:54 Mi papá revisó el cuarto, miró debajo de la cama, abrió el ropero, revisó la ventana y salió al patio, pero no encontró a nadie. Al volver, cerró mi ventana con seguro y puso una silla contra la puerta de mi cuarto. Mi mamá me limpió la herida con alcohol, con las manos temblándole. Mi abuela dijo que nos fuéramos antes de que amaneciera. Esta vez, mi papá no discutió. Tomó las llaves, buscó documentos y nos pidió que metiéramos la ropa en bolsas. Salimos con lo indispensable. Dejamos muebles, trastes y lo acomodado durante la mudanza. Caminamos hasta una avenida para tomar un taxi. Antes de alejarnos, se oyó una silla arrastrándose del otro lado de la puerta principal.

15:42 Mi papá apretó la llave en la mano y no volvió a abrir. Nos quedamos en casa de una tía. Mi mamá me llevó otra vez con Lorenza y la señora miró la marca sin tocarla. Dijo que eran tres presiones, hechas por una mano incompleta. Mi mamá preguntó si podía ser una herida común. Lorenza respondió que una herida común no aparecía después de romper una advertencia. Dijo que yo había sido reconocida y que esa señal servía para ubicarme. No levantó la voz ni hizo rezos frente a mí. Solo le pidió a mi mamá que no regresáramos a esa casa. Mi papá volvió a la casa con dos hombres para sacar lo necesario. Cuando regresó, venía callado, con la camisa sucia y los ojos rojos. Más tarde, lo escuché hablar con mi mamá en la cocina. La puerta del fondo estaba abierta, aunque él la había dejado clavada.

16:39 Las tablas estaban en el piso. Y el candado seguía cerrado, pero la cadena ya no rodeaba el baúl. Estaba en una esquina del cuarto. Mi papá dijo que para quitarla había que abrir el candado. La fotografía tampoco apareció. Vendimos la casa poco después por menos dinero del que habíamos pagado. Mi papá nunca quiso hablar del comprador. Mi mamá revisó las bolsas antes de salir de la casa de mi tía para asegurarse de que no lleváramos nada de allá. Tiro ropa, platos y cosas mías. Yo no reclamé. La herida cerró después de varias semanas, pero me quedaron tres líneas claras, visibles cuando hace frío o cuando estoy cansada.

17:23 Ya de adulta fui al médico. Me dijo que eran cicatrices de rasguños profundos. Le pregunté si una persona podía hacerse eso dormida, en la clavícula, con tres marcas tan parejas. Me dijo que podía pasar, así que no insistí. Durante años evité esa zona de Guadalajara. Cambié de ciudad, me casé y tuve una hija. Mi esposo conoce una versión corta y cree que fue miedo, la edad y una casa vieja. Regresé a Guadalajara por el funeral de mi abuela. Después del entierro pasé por Analco y llegué a la calle Gigantes. La casa seguía habitada. Me estacioné lejos. Una mujer salió a dejar basura. Cerró la puerta y se quedó quieta antes de entrar de nuevo. Miró hacia el fondo de la casa sin mover la cabeza. Reconocí ese gesto. Amalia, la mujer que nos vendió la propiedad, hacía lo mismo.

18:21 Esa noche dormí en un hotel. Me despertó un ardor en la clavícula. Fui al baño. Prendí la luz y vi las tres líneas rojas, inflamadas otra vez. Toqué la pared, según la indicación de Lorenza, y dije en voz baja dónde estaba. Entonces, escuché una silla moverse dentro del cuarto. No salí de inmediato. Esperé con la puerta del baño cerrada hasta que hubo luz por la ventana. Al salir, la silla del escritorio estaba frente a la cama, pero yo la había dejado junto a la mesa. La puerta tenía la cadena puesta. Desde entonces, cuando tengo que ir a Guadalajara, duermo con la luz encendida. Mi hija tiene 13 años.

19:04 Hace unos meses me dijo que a veces oye que la llamo desde la sala, aunque yo esté dormida. Revisé su cuarto esa noche. En el polvo bajo su cama había tres líneas arrastradas, delgadas, separadas entre sí. No sé qué había en el baúl. No sé quién era la mujer de la foto ni quién era el niño. Solo sé que abrí una puerta con una advertencia. Toqué algo que no me pertenecía y desde entonces hay noches en que alguien vuelve a decir mi nombre. con la voz de mi madre.