La Casa Del Diablo: Lo Que Estaba Encerrado En El Cuarto Del Fondo No Se Quedó Ahí - REDE
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0:05 ahora tengo 42 años vivo lejos de Guadalajara y todavÃa recuerdo la casa de la calle Gigantes con una claridad que no he podido quitarme tenÃa 15 años cuando llegamos ahà mi papá la compró porque costaba mucho menos que otras casas de la zona y porque mi abuela materna necesitaba un cuarto en planta baja venÃa enferma de las rodillas caminaba despacio y ya no podÃa subir escaleras éramos cuatro Mis papás, mi abuela y yo. La casa estaba en Analco, en una calle con tiendas cerca, vecinos que barrÃan temprano y camiones durante el dÃa. Y eso ayudó a que al principio todo se sintiera normal. La casa era vieja, grande y estaba descuidada. TenÃa varios cuartos, un patio al fondo y un pasillo estrecho que terminaba en una puerta sellada.
0:58 Esa puerta fue lo primero que me incomodó, aunque no dije nada. TenÃa dos tablas clavadas en cruz y encima habÃa una hoja pegada con cinta. La frase estaba escrita con plumón negro, no abrir. Debajo, con letra más chica, decÃa, no tocarlo de adentro. La mujer que vendió la casa se llamaba Amalia. Firmó los papeles, entregó las llaves y le pidió a mi papá que no la buscara después, pero no explicó nada más. Mi papá pensó que hablaba de muebles viejos o humedad o reparaciones. Mi mamá la vio salir sin mirar hacia el fondo de la casa y después comentó que esa señora querÃa irse rápido. Mi papá respondió que por eso habÃa aceptado vender barato y dio el tema por cerrado. Nos mudamos con prisa. HabÃa cajas en la sala, colchones en el piso, bolsas con ropa y trastes envueltos en periódico. Mi mamá organizaba la cocina.
2:00 Mi papá revisaba contactos y llaves, y mi abuela se quedaba sentada en el cuarto de adelante, con el bastón junto a la cama. A mà me tocó un cuarto que daba al patio. Desde mi ventana se veÃa el pasillo del fondo, y al final, la puerta con las tablas. Mi papá leyó la advertencia el primer dÃa, levantó la hoja con los dedos, la soltó y dijo que seguramente habÃa basura, animales muertos o cosas que los dueños no quisieron sacar. Mi mamá le pidió que esperara antes de abrir porque estábamos cansados. La casa olÃa a encierro y todavÃa faltaba acomodar casi todo. Aceptó dejarlo para después. Esa noche dormimos con varias luces prendidas porque nadie recordaba dónde habÃa quedado cada cosa. Los primeros dÃas pasaron entre limpieza y acomodo. Sacamos polvo de los cuartos, tiramos frascos vacÃos, lavamos el piso y abrimos las puertas. para que circulara el aire. En la cocina encontramos platos rotos y papeles viejos.
3:05 En un ropero habÃa ropa que no era nuestra. Mi mamá la metió en bolsas negras y mi abuela dijo que esas casas guardaban, lo que la gente dejaba sin despedirse. Mi papá le pidió que no empezara con historias porque apenas nos estábamos instalando. Los ruidos empezaron después. Los oà primero desde mi cuarto cuando la casa ya estaba callada. VenÃan del pasillo del fondo. Eran raspones cortos contra la madera, separados por pausas. No eran golpes fuertes ni pasos. Sonaban abajo, cerca del piso, justo donde estaba la puerta sellada. Pensé en gatos, luego en tuberÃas, pero no le dije nada a nadie. A esa edad me importaba mucho que mi papá no me tratara de miedosa. Una tarde, al volver de la secundaria, encontré a mi papá quitando las tablas.
3:57 TenÃa un martillo en la mano y una lámpara de pila sobre el suelo. Mi mamá estaba en la cocina, seria, diciéndole que hubiera esperado a que la casa estuviera más limpia, y contestó que no iba a vivir con una puerta clavada dentro de su propia propiedad. Yo me quedé en el patio, con la mochila puesta y el uniforme húmedo por el calor. Cuando quitó la última tabla, la hoja cayó al piso. Mi papá metió una llave del manojo nuevo y movió la cerradura con fuerza. La puerta abrió hacia adentro y salió un olor pesado, de ropa guardada y humedad vieja. El cuarto era pequeño. HabÃa una silla, una repisa y un baúl de madera. El baúl tenÃa una cadena alrededor. Encima habÃa otro papel pegado, más limpio que el primero. DecÃa, no tocar. Mi mamá dijo que ya era suficiente. Mi papá iluminó el cuarto desde la entrada, revisó el piso y aceptó cerrarlo, pero no volvió a clavar la puerta. Esa noche me acosté pensando en el baúl.
5:01 La advertencia ya no me daba miedo, me daba curiosidad. Esperé hasta que todos se durmieron. Me levanté sin zapatos, tomé una lámpara pequeña y caminé al fondo de la casa. La puerta estaba cerrada, pero no tenÃa llave. Entré y el olor me hizo cubrirme la nariz. La cadena del baúl no tenÃa candado, solo estaba enrollada. La quité despacio, levanté la tapa y alumbré adentro. HabÃa ropa vieja, una bolsa con cabello, amarrado con hilo rojo, una medalla rota y una fotografÃa. En la foto aparecÃan una mujer sentada y un niño de pie a su lado. A la mujer le habÃan raspado los ojos con algo filoso. El niño tenÃa la cara intacta. Tomé la fotografÃa, la acerqué a la lámpara y vi una fecha escrita por detrás, pero la tinta estaba corrida. Entonces oà un golpe dentro del cuarto. La silla ya no estaba junto a la pared, estaba cerca de la puerta. No la escuché moverse, solo entendà que algo habÃa cambiado mientras yo miraba la foto.
6:10 Dejé la fotografÃa dentro del baúl, bajé la tapa sin acomodar la cadena y salÃ. regresé a mi cuarto con la lámpara encendida un rato después escuché tres golpes en mi ventana mi cuarto daba al patio cerrado y nadie podÃa llegar ahà sin pasar por la casa me quedé quieta hasta que empezó a aclarar al dÃa siguiente no dije nada guardé silencio y ese silencio fue la primera parte de todo lo que vino después después de abrir el baúl los ruidos dejaron de venir solo del fondo Empezaron a oÃrse en el patio, en la cocina y en la pared junto a mi cuarto. Al principio eran pasos cortos, arrastrados, siempre de noche. Luego se sumaron golpes suaves, movimientos de sillas y raspones cerca del piso. Mi mamá pensaba que mi abuela se levantaba al baño. Mi abuela se molestaba cada vez que la culpaban, porque ella caminaba con bastón y todos conocÃamos el sonido seco de ese bastón sobre el piso. Lo que se oÃa en la casa no era eso. La primera cosa que vimos todos ocurrió durante el desayuno. Estábamos sentados en la mesa cuando la puerta del fondo se cerró sola. No fue un portazo.
7:25 Se movió despacio hasta que el seguro pegó contra el marco. Mi papá dejó la taza, fue al pasillo y la abrió. Revisó el cuarto desde la entrada. Miró el techo, el piso, las paredes y regresó sin decir nada. Mi mamá le preguntó si habÃa corriente de aire, pero respondió que no. Desde ese dÃa empezó a revisar cerraduras, ventanas y techos, buscando una causa que pudiera tocar con las manos. Yo seguà callada hasta que la fotografÃa apareció sobre mi cama. La encontré al volver de la escuela puesta boca arriba sobre la almohada, la mujer seguÃa con los ojos raspados, pero el niño tenÃa una raya sobre la boca, esa raya no estaba cuando abrà el baúl, la guardé en un cajón, la cubrà con ropa y salà del cuarto, más tarde al regresar el cajón estaba abierto y la foto estaba otra vez sobre la cama, esa noche le conté a mi mamá lo que habÃa hecho, le dije que habÃa entrado al cuarto que habÃa abierto el baúl y que habÃa tocado la fotografÃa ella no me gritó me tomó del brazo y me llevó con mi papá él se enojó al principio pero al ver la foto se quedó callado fue al pasillo abrió el cuarto del fondo cerró el baúl le puso un candado a la cadena y clavó otra vez la puerta también quemó los papeles con las advertencias en una lata del patio dijo que ya no querÃa verlos dentro de la casa El problema empeoró esa misma noche. Los golpes empezaron en la
8:58 puerta sellada y siguieron por el pasillo. Se oÃan bajos, pegados a la pared, con pausas largas entre uno y otro. Mi papá salió con una lámpara y una herramienta en la mano. No encontró a nadie. Varias noches hizo lo mismo. Una vez regresó con una marca de polvo en la camisa, a la altura del pecho. Dijo que se habÃa rozado con la pared, pero la marca tenÃa tres lÃneas largas separadas entre sà y bajaban desde el hombro hasta el centro de la tela. Mi abuela fue la primera en decir que debÃamos irnos. Mi papá no quiso. HabÃa puesto sus ahorros en esa casa y aceptar que algo andaba mal era aceptar que habÃa perdido su dinero. Mi mamá intentó mantener la calma, pero empezó a dormir con el rosario en la mano. Yo dejé de apagar la luz.
9:48 DormÃa poco, escuchando el patio y revisando la ventana, cada vez que algo sonaba cerca. Una noche vi una sombra al otro lado de la cortina. Estaba quieta, pegada al vidrio. Pensé que era mi papá, pero la altura no coincidÃa con la de él. Abrà la puerta de mi cuarto y miré al patio, pero no habÃa nadie. La puerta del fondo seguÃa clavada, asà que volvà a la cama y la cortina se movió hacia adentro, aunque la ventana estaba cerrada. No grité. Me quedé sentada con la espalda contra la pared, esperando a que amaneciera. Al dÃa siguiente, mi mamá me llevó al Mercado Libertad para hablar con una señora que conocÃa desde hacÃa años. Se llamaba Lorenza y vendÃa hierbas, veladoras y remedios. No vestÃa raro ni hacÃa espectáculo. TenÃa una mesa pequeña, una libreta de cuentas y una bolsa donde guardaba el dinero. Mi mamá le contó lo de la casa, la advertencia, el baúl, la fotografÃa y los ruidos. Lorenza escuchó todo. Luego me pidió que le enseñara las manos, los brazos y el cuello.
10:59 Me revisó con cuidado, pero no encontró heridas. Eso la dejó seria. Dijo que abrir algo guardado con advertencias podÃa bastar para que la persona quedara reconocida. Mi mamá le preguntó si se podÃa limpiar la casa. Lorenza respondió que limpiar no era sacar y que algunas cosas solo podÃan cerrarse otra vez. También dijo que yo no debÃa contestar si escuchaba mi nombre durante la noche, aunque la voz fuera conocida. Le pregunté qué habÃa en esa casa, pero ella no quiso darle nombre. Dijo que nombrarlo no iba a ayudarme y que lo importante era no responderle. Salimos de ahà con ruda, alcohol y dos veladoras. Mi mamá puso una en mi cuarto y otra en el pasillo.
11:46 Mi papá aceptó llamar a un albañil para tapear la puerta del fondo. Esa noche cenamos casi sin hablar. Mi abuela rezó antes de acostarse y mi papá dejó una silla contra la puerta sellada para saber si algo la empujaba desde adentro. Me acosté de lado, mirando hacia la pared. La veladora del pasillo dejaba una lÃnea de luz bajo mi puerta. Durante un rato solo escuché ruidos comunes de la casa, madera acomodándose, agua en las tuberÃas y un camión pasando lejos. Después oà mi nombre desde el patio. La voz era de mi mamá. Lo dijo una sola vez, en tono bajo. Recordé la advertencia de Lorenza y no respondÃ.
12:30 Luego empezaron los raspones en la pared junto a mi cama. SubÃan despacio desde el piso hasta la altura de mi cabeza y la veladora se apagó. Sentà peso sobre el colchón, primero en los pies, luego más cerca de mis piernas. Abrà los ojos. En la esquina del cuarto habÃa dos puntos brillantes. Estaban bajos casi a la altura del piso. Después subieron y vi unas manos apoyadas en el suelo. Los dedos eran largos, delgados y estaban torcidos. La figura avanzó hacia la cama. Quise gritar, pero mi cuerpo no respondió. Lo que pasó esa noche lo entendà años después, bajo el nombre de parálisis del sueño. Pero ese nombre no explica la marca ni explica la voz. Yo estaba despierta y veÃa la lÃnea de luz bajo la puerta. Escuchaba mi respiración y sentÃa el colchón hundirse cerca de mis pies.
13:27 Quise mover los brazos, las piernas y la cabeza, pero el cuerpo no me obedeció. También quise llamar a mi mamá y solo me salió aire. TenÃa la lengua pesada pegada al paladar. La figura llegó hasta el borde de la cama. No vi todo su cuerpo porque el cuarto estaba oscuro, pero vi los ojos, parte de la cara y una mano apoyada junto a mi hombro. Los ojos eran claros, fijos, abiertos de más. La mano tenÃa tres dedos largos y los otros estaban doblados hacia la palma. OlÃa al cuarto del fondo, a ropa encerrada, humedad y madera vieja. Se inclinó sobre mÃ, acercó la boca a mi oÃdo y me habló con una voz baja, quebrada.
14:13 Me dijo que ya sabÃa mi cara. Después puso la mano sobre mi clavÃcula izquierda y el dolor fue inmediato. Sentà tres presiones hundirse en la piel una junto a otra, con fuerza suficiente para hacerme llorar sin poder moverme. No fue un sueño ligero ni una impresión del cuerpo, fue un dolor claro, en un punto exacto. Cuando pude mover los dedos, grité. Mi mamá entró corriendo, seguida por mi papá y mi abuela. Encendieron la luz. Yo estaba sentada en la cama, sudando, con la blusa jalada hacia un lado. En la clavÃcula tenÃa tres lÃneas rojas, hundidas, y una sangraba.
14:54 Mi papá revisó el cuarto, miró debajo de la cama, abrió el ropero, revisó la ventana y salió al patio, pero no encontró a nadie. Al volver, cerró mi ventana con seguro y puso una silla contra la puerta de mi cuarto. Mi mamá me limpió la herida con alcohol, con las manos temblándole. Mi abuela dijo que nos fuéramos antes de que amaneciera. Esta vez, mi papá no discutió. Tomó las llaves, buscó documentos y nos pidió que metiéramos la ropa en bolsas. Salimos con lo indispensable. Dejamos muebles, trastes y lo acomodado durante la mudanza. Caminamos hasta una avenida para tomar un taxi. Antes de alejarnos, se oyó una silla arrastrándose del otro lado de la puerta principal.
15:42 Mi papá apretó la llave en la mano y no volvió a abrir. Nos quedamos en casa de una tÃa. Mi mamá me llevó otra vez con Lorenza y la señora miró la marca sin tocarla. Dijo que eran tres presiones, hechas por una mano incompleta. Mi mamá preguntó si podÃa ser una herida común. Lorenza respondió que una herida común no aparecÃa después de romper una advertencia. Dijo que yo habÃa sido reconocida y que esa señal servÃa para ubicarme. No levantó la voz ni hizo rezos frente a mÃ. Solo le pidió a mi mamá que no regresáramos a esa casa. Mi papá volvió a la casa con dos hombres para sacar lo necesario. Cuando regresó, venÃa callado, con la camisa sucia y los ojos rojos. Más tarde, lo escuché hablar con mi mamá en la cocina. La puerta del fondo estaba abierta, aunque él la habÃa dejado clavada.
16:39 Las tablas estaban en el piso. Y el candado seguÃa cerrado, pero la cadena ya no rodeaba el baúl. Estaba en una esquina del cuarto. Mi papá dijo que para quitarla habÃa que abrir el candado. La fotografÃa tampoco apareció. Vendimos la casa poco después por menos dinero del que habÃamos pagado. Mi papá nunca quiso hablar del comprador. Mi mamá revisó las bolsas antes de salir de la casa de mi tÃa para asegurarse de que no lleváramos nada de allá. Tiro ropa, platos y cosas mÃas. Yo no reclamé. La herida cerró después de varias semanas, pero me quedaron tres lÃneas claras, visibles cuando hace frÃo o cuando estoy cansada.
17:23 Ya de adulta fui al médico. Me dijo que eran cicatrices de rasguños profundos. Le pregunté si una persona podÃa hacerse eso dormida, en la clavÃcula, con tres marcas tan parejas. Me dijo que podÃa pasar, asà que no insistÃ. Durante años evité esa zona de Guadalajara. Cambié de ciudad, me casé y tuve una hija. Mi esposo conoce una versión corta y cree que fue miedo, la edad y una casa vieja. Regresé a Guadalajara por el funeral de mi abuela. Después del entierro pasé por Analco y llegué a la calle Gigantes. La casa seguÃa habitada. Me estacioné lejos. Una mujer salió a dejar basura. Cerró la puerta y se quedó quieta antes de entrar de nuevo. Miró hacia el fondo de la casa sin mover la cabeza. Reconocà ese gesto. Amalia, la mujer que nos vendió la propiedad, hacÃa lo mismo.
18:21 Esa noche dormà en un hotel. Me despertó un ardor en la clavÃcula. Fui al baño. Prendà la luz y vi las tres lÃneas rojas, inflamadas otra vez. Toqué la pared, según la indicación de Lorenza, y dije en voz baja dónde estaba. Entonces, escuché una silla moverse dentro del cuarto. No salà de inmediato. Esperé con la puerta del baño cerrada hasta que hubo luz por la ventana. Al salir, la silla del escritorio estaba frente a la cama, pero yo la habÃa dejado junto a la mesa. La puerta tenÃa la cadena puesta. Desde entonces, cuando tengo que ir a Guadalajara, duermo con la luz encendida. Mi hija tiene 13 años.
19:04 Hace unos meses me dijo que a veces oye que la llamo desde la sala, aunque yo esté dormida. Revisé su cuarto esa noche. En el polvo bajo su cama habÃa tres lÃneas arrastradas, delgadas, separadas entre sÃ. No sé qué habÃa en el baúl. No sé quién era la mujer de la foto ni quién era el niño. Solo sé que abrà una puerta con una advertencia. Toqué algo que no me pertenecÃa y desde entonces hay noches en que alguien vuelve a decir mi nombre. con la voz de mi madre.
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