La Brecha Del Diablo: El Reporte Que El Ejército Ocultó
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0:05 Cualquier soldado veterano sabe que si el bosque se queda en silencio absoluto a las dos de la mañana, no debes recargar tu arma, debes prepararte para correr por tu vida. Yo aprendà eso en el cañón seco y todavÃa recuerdo el momento exacto en que entendà que algo estaba mal. Ãramos cinco hombres. HabÃamos entrado por el fondo del cañón con una tarea simple, revisar dos pasos entre las montañas, comprobar si alguien estaba usando aquella ruta. y salir antes del amanecer. Llevábamos rifles, munición, radios, agua, botiquines y chalecos, el equipo normal para una operación corta. El terreno obligaba a avanzar despacio. HabÃa piedra suelta, zonas estrechas y árboles que cerraban la vista a pocos metros. Rivas iba al frente, era el más experimentado y conocÃa mejor que cualquiera de nosotros la forma de moverse en terreno difÃcil. Uno de los compañeros caminaba detrás de él, yo iba en medio.
1:06 Molina venÃa a mi espalda y el quinto hombre cerraba la formación. HabÃamos avanzado bastante cuando Rivas levantó el puño y todos nos detuvimos. Al principio pensé que habÃa visto movimiento, pero no estaba mirando hacia ningún punto concreto, estaba escuchando. Entonces yo también lo noté. El bosque se habÃa quedado en silencio. Hasta unos segundos antes oÃamos insectos, ramas movidas por el aire y animales pequeños entre la maleza, pero de pronto no se escuchaba nada. Miré hacia atrás y Molina ya tenÃa la vista fija en la ladera. Rivas hizo una señal para que nadie se moviera y los cinco permanecimos quietos, atentos a cualquier sonido, pero no llegó ninguno.
1:52 Uno de los hombres levantó la mano y señaló la cresta. Alcé la vista y entre los árboles, recortada contra el cielo, habÃa una figura parada en lo alto del cerro. Durante el primer segundo pensé que era una persona, pero su tamaño no correspondÃa con el de un hombre. TenÃa los brazos demasiado largos y se mantenÃa erguida sobre dos piernas. Rivas tomó los binoculares y yo levanté el rifle. La figura dio un paso y escuchamos un raspado sobre la piedra. Rivas bajó los binoculares sin decir nada. Luego nos indicó que cubriéramos los alrededores. La figura avanzó fuera de la sombra y pudimos verla mejor. TenÃa el cuerpo cubierto de pelaje negro, hombros anchos y una cabeza con rasgos de lobo.
2:40 Los brazos colgaban a los lados y las manos terminaban en uñas largas. Cuando apoyó una de ellas sobre una roca, volvió a escucharse el mismo raspado. Nadie disparó y la criatura permaneció arriba mirándonos. Giró la cabeza despacio, primero fijó la vista en Rivas, después en el hombre que estaba junto a él, luego en Molina, en el compañero de retaguardia y al final en mÃ. No apartó los ojos de inmediato, después abrió la boca y mostró dientes largos y regulares, demasiado grandes para un animal que caminaba erguido. Los labios se levantaron hasta dejar la dentadura expuesta. Aquello se veÃa como una sonrisa, pero yo no necesitaba ponerle un nombre, bastaba con verla. El hombre de retaguardia retiró el seguro de su arma. El clic fue leve, pero la criatura giró la cabeza hacia él en el mismo instante.
3:39 Rivas ordenó en voz baja que nadie disparara. El compañero respiraba rápido y yo sentÃa mi propia respiración dentro del chaleco. Ninguno hablaba. Rivas intentó comunicarse por radio con el equipo que debÃa esperarnos fuera de la zona, pero recibió interferencia. Molina probó con la suya y tampoco obtuvo respuesta clara. Rivas decidió que retrocederÃamos por la misma ruta. Nos indicó que lo hiciéramos despacio y sin darle la espalda a la cresta del cerro. Empezamos a movernos, primero un paso, luego otro, manteniendo las armas arriba. La criatura seguÃa inmóvil.
4:19 Avanzamos unos metros y entonces cambió de postura. Bajó el cuerpo, apoyó las manos sobre el suelo y flexionó las piernas. Rivas nos ordenó preparar las armas. La criatura saltó y cayó más abajo sobre la pendiente. Levantó piedra suelta y volvió a impulsarse antes de detenerse por completo. Dio otro salto, luego uno más. Cada movimiento recortaba la distancia con una rapidez que ninguno de nosotros esperaba. Rivas nos abrió sobre el terreno para formar una lÃnea de fuego. Dos hombres cubrieron un lado, los otros dos el contrario y yo quedé cerca de Molina. Uno de los compañeros llevaba la ametralladora.
5:02 La apoyó y buscó un ángulo limpio, mientras la criatura seguÃa bajando. El Nahual dejó de saltar y empezó a correr sobre cuatro extremidades y bajaba entre las piedras sin perder velocidad. Rivas esperó y nadie abrió fuego antes de tiempo. Yo tenÃa el punto de mira sobre el pecho de la criatura y trataba de mantenerlo ahÃ, pero cada cambio de dirección me obligaba a corregir. Entonces volvió a levantarse sobre dos piernas y siguió avanzando sin frenar. Rivas dio la orden y los cinco abrimos fuego. El cañón se llenó de disparos. El ruido golpeó las paredes y volvió sobre nosotros. Vi los primeros impactos en el cuerpo de la criatura. Uno arrancó pelo negro del hombro. Otro abrió el costado y varios golpearon el pecho. El Nahual perdió el equilibrio y cayó sobre una rodilla. Molina gritó que le habÃamos dado y Rivas ordenó mantener el fuego. Seguimos disparando mientras la criatura bajaba la cabeza durante un instante.
6:06 Pensé que iba a caer por completo, pero apoyó una mano en el suelo y volvió a levantarse. La sangre ya le bajaba por el hombro y el costado. Le apunté otra vez al pecho. Rivas seguÃa dando órdenes y la ametralladora continuaba disparando, pero el Nahual levantó la cabeza y volvió a correr hacia nosotros. El hombre de la ametralladora corrigió la posición y soltó otra ráfaga. Rivas y yo seguimos disparando desde el lado contrario. mientras Molina cubrÃa el centro. El Nahual quedó dentro de nuestro fuego. Recibió varios impactos en el hombro, el pecho y el costado, pero siguió avanzando. Vi sangre caer sobre las piedras, mientras trataba de mantener la mira sobre él. Cada vez que una bala lo hacÃa perder el equilibrio, apoyaba una mano en el suelo, recuperaba la posición y continuaba bajando. Rivas ordenó retroceder sin romper la lÃnea. Apenas empezamos a movernos, la criatura cambió de dirección y se lanzó hacia el hombre de la ametralladora. El compañero intentó girar el arma, pero el Nahual llegó antes, cayó sobre él y ambos golpearon el suelo. El hombre alcanzó a sujetar la ametralladora, aunque solo durante un instante. La criatura se la arrancó de las manos, lo sujetó por el chaleco y hundió las garras en la protección. La tela y las correas cedieron.
7:33 Después vino un segundo golpe y el compañero quedó inmóvil. Otro hombre abrió fuego desde nuestra izquierda. El Nahual recibió los disparos en la espalda. Se giró y saltó hacia él. El compañero levantó el rifle para cubrirse. La criatura golpeó el arma y lo lanzó contra unas piedras. Cayó detrás de ellas y dejamos de verlo. Rivas gritó que nos separáramos. Yo corrà hacia una roca. Molina quedó unos metros más atrás y tratamos de recuperar una lÃnea de tiro limpia. El Nahual volvió hacia nosotros. TenÃa sangre en el pecho, el hombro y uno de los costados, además de varias zonas sin pelaje, en donde habÃan entrado los disparos. Abrió la boca y lanzó un rugido grave. Rivas ordenó apuntar a la cabeza y al torso, asà que disparamos al mismo tiempo. La criatura recibió varios impactos y se metió entre los árboles, donde desapareció de nuestra vista. Rivas cambió el cargador, Molina hizo lo mismo y yo mantuve el rifle apuntando hacia el lugar donde habÃa desaparecido. Nadie habló.
8:43 Durante unos segundos solo escuché nuestra respiración y el movimiento de los cargadores. Entonces algo salió de entre los árboles. Era el Nahual y venÃa directo hacia Molina. Alcanzó a levantar el rifle y disparó una vez, pero la criatura golpeó el arma antes de que pudiera corregir la mira. Molina cayó de espaldas, trató de sacar la pistola y el Nahual lo agarró por el chaleco, lo levantó del suelo y lo arrojó contra una piedra. Escuché el impacto. Molina cayó de lado, intentó mover un brazo y después quedó quieto. Rivas abrió fuego y yo disparé detrás de él.
9:25 Varias balas golpearon al Nahual en el cuello y el torso. La criatura se giró hacia nosotros, avanzó unos pasos y volvió a buscar cobertura entre los árboles. Rivas levantó una mano y dejamos de disparar, y el cañón quedó otra vez en silencio. Yo respiraba con la boca abierta y tenÃa sangre en la cara. HabÃa llegado hasta mà cuando Molina cayó. Riva se acercó sin bajar el arma y los dos empezamos a buscar movimiento entre las sombras. Escuchamos piedras desplazándose a nuestra izquierda y giramos. al mismo tiempo. El compañero que habÃa sido derribado antes salió de detrás de unas rocas. SeguÃa vivo. TenÃa un brazo pegado al cuerpo y caminaba con dificultad. Rivas le hizo una señal para que se acercara. El hombre dio unos pasos hacia nosotros y el Nahual apareció detrás de él. No escuchamos de dónde habÃa salido. El compañero alcanzó a girarse, pero la criatura ya estaba encima y lo derribó de un golpe.
10:29 Rivas disparó y yo abrà fuego junto con él. El Nahual soltó al hombre, bajó el cuerpo y se lanzó hacia nuestra posición. Rivas me empujó hacia un lado y sentà el golpe en el pecho antes de ver la garra. Caà sobre la espalda y durante unos segundos no entendà qué habÃa pasado. Traté de levantarme, el brazo derecho respondió, pero la pierna izquierda apenas tenÃa fuerza. Miré hacia abajo y vi tres cortes largos atravesando el chaleco. La tela estaba abierta y la sangre comenzaba a salir por debajo, y el dolor llegó después. Levanté la cabeza, Rivas estaba a pocos metros y el Nahual ya iba hacia él.
11:13 Rivas disparó varias veces mientras retrocedÃa y los impactos entraron en el cuerpo de la criatura, pero no consiguieron frenarla. El cargador se vació y Rivas buscó otro con la mano izquierda, aunque no llegó a colocarlo. El Nahual lo alcanzó, lo golpeó en el pecho y lo lanzó contra una piedra. Rivas intentó incorporarse, pero la criatura volvió a golpearlo y después dejó de moverse. Yo seguÃa tendido en el suelo. Miré alrededor y entendà mi situación. Molina estaba inmóvil. El hombre de la ametralladora seguÃa donde habÃa caÃdo. El compañero que habÃa intentado llegar hasta nosotros tampoco reaccionaba, y Rivas no se levantaba. Mi rifle habÃa quedado cerca. Extendà la mano, pues la correa estaba a pocos centÃmetros. Movà el cuerpo y conseguà tocarla con la punta de los dedos. El movimiento me abrió más las heridas y sentà sangre bajar por el costado, pero seguà intentando acercar el arma. Entonces escuché pasos y levanté la vista. El Nahual venÃa hacia mÃ, caminaba erguido y más despacio que antes. El cuerpo estaba cubierto de sangre, tenÃa heridas abiertas en el torso y uno de los hombros colgaba más bajo. Respiraba con fuerza, pero seguÃa avanzando. Volvà a estirar la mano hacia el rifle.
12:40 La criatura se detuvo, miró el arma y después me miró a mÃ. Puso una pata sobre el rifle y lo empujó hasta dejarlo fuera de mi alcance. No aparté la vista y el Nahua levantó la cabeza y abrió la boca. Los dientes quedaron expuestos otra vez y la sonrisa seguÃa ahÃ. Yo tenÃa tres heridas abiertas en el pecho, el rifle lejos de la mano y cuatro hombres inmóviles alrededor. La criatura dio otro paso hacia mÃ. asà que retrocedà usando los codos, porque la pierna izquierda apenas me respondÃa, y el pecho me ardÃa cada vez que intentaba moverme, el Nahual avanzó hacia mà despacio, ya no corrÃa, y tampoco necesitaba hacerlo, a esa distancia pude verlo mejor que en cualquier otro momento de la noche, cuando estaba erguido superaba los dos metros, tenÃa sangre en el cuello, varias heridas abiertas en el torso, y uno de los hombros colgaba más bajo, HabÃa recibido suficientes disparos para caer varias veces.
13:43 Aún asÃ, seguÃa delante de mÃ, respirando con fuerza y acercándose. La criatura bajó la cabeza. Le vi los dientes y la sangre que le cubrÃa parte de la boca. Busqué con la mano derecha hasta encontrar la pistola todavÃa en la funda. El movimiento me dolió en el pecho, pero conseguà sacarla antes de que el Nahual terminara de levantar una garra. Disparé sin esperar más. El primer tiro entró debajo de la mandÃbula. El segundo golpeó cerca de la boca y la criatura retrocedió un paso. Seguà apretando el gatillo tres disparos más hasta que el arma quedó vacÃa. El Nahual levantó un brazo y lanzó un rugido. La parte inferior de la boca estaba dañada y la sangre le bajaba por el cuello. Intenté incorporarme pero el cuerpo no me respondió. Miré alrededor buscando cualquier cosa que todavÃa pudiera usar y vi otro rifle junto a una piedra.
14:44 Estaba lo bastante cerca para alcanzarlo si conseguÃa moverme. Me lancé de costado, sentà abrirse otra vez las heridas del pecho y por un momento me faltó el aire. Aún asà estiré el brazo, agarré la correa y tiré con todas mis fuerzas hasta traer el arma hacia mÃ. La sujeté con las dos manos y No sabÃa cuánta munición quedaba y tampoco tenÃa tiempo para comprobarlo, pues el Nahual ya venÃa otra vez. La mandÃbula no cerraba bien y aquella expresión que habÃa mantenido desde la cresta habÃa desaparecido. Apoyé la culata contra el suelo para estabilizarla y levanté el cañón hacia su cara. La criatura avanzó varios pasos, después bajó el cuerpo y flexionó las piernas. Reconocà la postura de inmediato. Era la misma que habÃa usado antes de lanzarse desde la ladera. Esperé hasta que estuvo cerca.
15:40 El Nahual saltó y disparé. La ráfaga le entró de frente en la mandÃbula. La cabeza giró hacia un lado y el cuerpo cayó a pocos metros de mÃ. Seguà disparando hasta que el rifle dejó de responder. La criatura rodó por el suelo. Golpeó la tierra con las manos y trató de incorporarse. Cayó una vez, luego volvió a empujarse con los brazos hasta quedar sobre cuatro patas. La mandÃbula estaba destrozada, faltaban varios dientes, y la sangre caÃa directamente sobre las piedras. Pensé que ya no conseguirÃa levantarse, pero apoyó primero una pierna, después la otra, y terminó poniéndose de pie. Tambaleó unos segundos, respiró con dificultad y levantó la cabeza hacia mÃ. Yo seguÃa apuntándole con el rifle vacÃo, aunque sabÃa que ya no podÃa disparar. El Nahual se quedó quieto unos instantes. Después giró hacia la pendiente, dio varios pasos, tomó impulso y saltó. Aterrizó más arriba, volvió a impulsarse y siguió subiendo. Antes de llegar a los árboles se detuvo, giró la cabeza y me miró desde la ladera, pero no hizo ningún sonido. Después entró entre los troncos y desapareció. Escuché ramas romperse mientras se alejaba.
17:02 El ruido duró unos segundos y luego el cañón volvió a quedar en silencio. Me quedé tendido donde estaba y no sé cuánto tiempo pasó. Presioné las heridas con parte del uniforme y traté de mantenerme despierto. Cada vez que cambiaba de posición, sentÃa que el pecho volvÃa a sangrar. A ratos escuchaba movimiento arriba, entre los árboles, pero dejé de buscar el origen. No tenÃa fuerzas para levantarme ni munición para defenderme. Cuando empezó a aclarar, escuché voces a lo lejos y después pasos. Agarré la pistola vacÃa por reflejo y esperé. Las voces se acercaron hasta que reconocà a los hombres del equipo de apoyo. Me encontraron junto a los cuerpos de mis compañeros y me sacaron del cañón.
17:49 Desperté después en un hospital y pasé por varias cirugÃas. Tres heridas del pecho necesitaron reconstrucción muscular. Una de las garras habÃa pasado muy cerca de una arteria y otra lesión dejó limitado parte del movimiento de mi brazo derecho. Los médicos me preguntaron qué habÃa ocurrido. Les conté lo que podÃa recordar y describà al animal que nos habÃa atacado. En los documentos quedó registrado como una agresión de fauna de gran tamaño durante una operación en terreno difÃcil. Nunca me dieron otro nombre y yo tampoco insistÃ. Con el tiempo recibà la baja médica y una pensión completa. Las heridas cerraron, pero las marcas quedaron. TodavÃa tengo tres cicatrices gruesas atravesando el pecho y puedo sentir con los dedos el punto exacto donde entraron las garras. hay dÃas en que el brazo derecho responde bien y otros en que se endurece, sobre todo después de cargar peso, nunca regresé al cañón seco y no tengo intención de hacerlo, lo que más recuerdo no son los disparos ni el ruido de la ametralladora, tampoco recuerdo primero los gritos, lo primero que vuelve es la imagen de la criatura deteniéndose antes de entrar entre los árboles, tenÃa la mandÃbula rota, La boca ya no cerraba y la sangre le cubrÃa el cuello.
19:13 Aún asÃ, se detuvo y giró la cabeza hacia mÃ. Yo fui el hombre que le destrozó la mandÃbula. Ãl salió vivo del cañón y yo también. Desde entonces, cada vez que despierto de madrugada y todo está demasiado callado, vuelvo a recordar esos últimos segundos. No pienso en lo que era, pienso en lo que hizo y recuerdo su cara antes de desaparecer. Porque una criatura con esa inteligencia no necesita volver a verte para reconocerte, solo necesita recordarte.
19:55 En el ejército te enseñan a enfrentarte a hombres armados, a responder una emboscada y a seguir disparando aunque tengas miedo, pero nadie te prepara para ver. como las balas de un fusil golpean el pecho de una bestia y no consiguen detenerla. Eso me pasó en 2024, durante un patrullaje nocturno en una brecha desértica de Chihuahua. Ãramos cinco elementos y hasta esa noche yo estaba convencido de que cualquier amenaza tenÃa una explicación. Un vehÃculo detenido podÃa esconder gente armada, un ruido entre los arbustos podÃa delatar a un vigilante. y una luz a lo lejos podÃa indicar movimiento. Aquello fue distinto, porque los cinco vimos lo mismo al mismo tiempo y ninguno supo qué tenÃa enfrente. Nuestro jefe de patrulla era el sargento Herrera, un hombre con años de experiencia en esa región. Salgado conducÃa el camión, los otros dos compañeros cubrÃan los costados, y yo llevaba seis años en servicio. La orden era sencilla, recorrer varias brechas. Revisar puntos usados para mover vehÃculos y reportar cualquier actividad fuera de lo normal. Salimos de noche y durante un buen tramo no ocurrió nada. El camino estaba vacÃo. No vimos camionetas, campamentos ni luces. Hasta que entramos en una brecha estrecha que algunos habitantes de la zona conocÃan como la Brecha
21:28 del Diablo. El nombre no nos preocupó. En esos lugares cada camino tiene alguna historia. y nosotros estábamos ahà para cumplir una orden. Después de un rato, el motor comenzó a fallar. Salgado intentó mantenerlo en marcha, pero perdió fuerza y terminó apagándose, asà que quedamos detenidos en medio de la brecha. Herrera le preguntó qué pasaba y Salgado respondió que no sabÃa. Intentó encenderlo varias veces sin resultado, mientras el sargento nos ordenaba bajar y asegurar el perÃmetro. Encendimos las linternas tácticas y tomamos posiciones alrededor del vehÃculo. HabÃa matorrales secos a ambos lados y la oscuridad empezaba justo donde terminaba el alcance de las lámparas. Pasaron unos minutos hasta que uno de mis compañeros dijo que habÃa escuchado algo.
22:22 Herrera preguntó hacia dónde y él señaló los arbustos del lado derecho. Todos dirigimos las luces hacia ese punto, pero no vimos nada. Salgado siguió revisando el motor y poco después también lo escuché. Eran ramas secas quebrándose, una tras otra, cada vez más cerca. Herrera levantó el fusil y nosotros hicimos lo mismo. El ruido continuó hasta que vi movimiento entre los matorrales. Al principio solo distinguà una figura oscura, parcialmente cubierta por las ramas. Entonces salió. TenÃa el cuerpo de un lobo enorme, cubierto de pelaje negro. pero avanzaba erguido sobre las patas traseras. Era del tamaño de un hombre grande, con las extremidades delanteras largas y unas uñas que sobresalÃan varios centÃmetros. Ninguno habló. La criatura salió por completo al camino y se detuvo frente a nosotros. Herrera preguntó qué demonios era aquello, pero nadie respondió. Las luces de los fusiles quedaron sobre su rostro. TenÃa el hocico largo, las orejas levantadas y una mandÃbula ancha. mostraba todos los dientes, con la boca abierta hacia los lados en una mueca fija.
23:37 No apartaba la mirada, nos observaba uno por uno y permanecÃa quieta, sin buscar refugio ni intentar escapar. Herrera le gritó para que se detuviera, pero la criatura movió la cabeza y dio un paso hacia nosotros. El sargento ordenó mantener la posición. la criatura avanzó otro paso uno de mis compañeros dijo que podÃa ser un oso enfermo pero la forma del cuerpo descartaba eso Herrera volvió a gritarle y la criatura siguió acercándose entonces le disparó el primer impacto dio en el pecho el cuerpo de la bestia se movió hacia atrás pero no cayó Herrera disparó otra vez y el segundo tiro golpeó cerca del hombro la criatura soltó un gruñido grave Bajó un poco la cabeza y continuó avanzando. El sargento dio la orden de abrir fuego y los cuatro disparamos. El estruendo llenó la brecha y las balas golpeaban el pecho, los hombros y el abdomen.
24:37 Yo veÃa cada impacto. VeÃa el cuerpo reaccionar, pero no caÃa. SeguÃa acercándose mientras disparábamos, paso a paso, soportando las ráfagas. No entendÃa qué estaba viendo. Un blanco de ese tamaño tenÃa que haber caÃdo mucho antes. Seguimos disparando y la distancia se redujo, hasta que Herrera nos ordenó retroceder hacia el camión. Fue entonces cuando la criatura corrió. Pasó de avanzar despacio a lanzarse directamente contra nosotros y apenas tuvimos tiempo de movernos. Llegó al vehÃculo antes de que pudiéramos subir. Golpeó una de las puertas con la mano y la lámina se dobló. Dio otro golpe y parte del marco cedió.
25:20 Herrera estaba junto al costado del camión. Giró el fusil hacia ella, pero no alcanzó a disparar. La criatura levantó el brazo derecho y le lanzó un zarpazo. Las uñas entraron desde el hombro hasta el abdomen. Herrera golpeó el costado del vehÃculo y cayó al suelo. Vi la herida y supe de inmediato que no iba a levantarse. Pero todo ocurrió tan rápido que ninguno alcanzó a reaccionar antes del segundo ataque. Salgado abrió fuego desde la parte delantera y los demás hicimos lo mismo. La criatura giró hacia nosotros con sangre en una de las manos y volvió a mostrar los dientes. Disparamos otra vez tratando de mantenerla lejos del cuerpo del sargento. Algunos impactos dieron en el torso y otros en los brazos. pero la bestia no retrocedió lo suficiente. Se movÃa entre los disparos, buscaba el espacio para acercarse y mantenÃa la vista fija en nosotros.
26:18 Ahà entendà que el problema ya no era sacarla del camino. El sargento estaba muerto, el camión seguÃa averiado, y tenÃamos enfrente algo que habÃa recibido una cantidad de disparos, suficiente para derribar a cualquier hombre o animal que yo hubiera visto. Salgado gritó que siguiéramos disparando y lo hicimos, pero la criatura volvió a avanzar. Para ese momento ninguno pensaba ya en la patrulla, en el recorrido ni en el reporte que tendrÃamos que entregar después. Solo querÃamos salir vivos de esa brecha. Salgado disparó hasta vaciar el cargador. Estaba cerca y la mayorÃa de los tiros dieron en el cuerpo, pero la criatura no cayó. Cuando intentó cambiar de cargador, la bestia se lanzó sobre él y lo golpeó en el pecho, tirándolo contra el suelo. Uno de mis compañeros abrió fuego desde un costado y yo hice lo mismo.
27:13 Los impactos la obligaron a retroceder unos pasos y enseguida desapareció detrás del camión. Salgado seguÃa consciente, tenÃa varios cortes en el torso, pero el chaleco habÃa detenido parte del golpe. Intentó levantarse y no pudo. Asà que me gritó que encendiera el vehÃculo. Le dejé un cargador, corrà a la cabina y giré la llave varias veces. El motor respondÃa, pero no arrancaba. Mientras insistÃa, escuché disparos en la parte trasera. Salà de la cabina y vi a uno de los soldados en el suelo, y el otro retrocedÃa mientras disparaba hacia la parte trasera del camión. La criatura habÃa reaparecido detrás de ellos. Golpeó al hombre que estaba caÃdo y lo dejó inmóvil. Levanté el fusil y disparé desde la puerta.
28:03 Uno de los impactos dio cerca del cuello y otro en la parte superior del pecho. Salgado también abrió fuego desde el suelo. La bestia giró hacia nosotros, recibió varios tiros más y se apartó hacia los matorrales. No intentamos seguirla. Quedábamos tres y ya sabÃamos que alejarnos del vehÃculo era lo peor que podÃamos hacer. El otro soldado dijo que debÃamos correr hacia el cerro, pero le respondà que no. HabÃamos visto la velocidad de esa cosa y a pie no tenÃamos ninguna oportunidad. La única salida era conseguir que el camión arrancara. Volvà a la cabina mientras Salgado se acomodaba detrás de una llanta y el otro compañero cubrÃa el lado izquierdo. Giré la llave otra vez y el motor hizo un intento más fuerte, pero volvió a apagarse.
28:56 Golpeé el tablero y probé de nuevo, pero nada. Entonces escuchamos piedras moverse en la ladera. El compañero levantó la linterna y la encontró arriba, sobre una zona de roca. TenÃa sangre en el pecho y varias heridas abiertas, pero se mantenÃa firme. SeguÃa pendiente de nosotros. El soldado disparó antes de que yo pudiera decirle que esperara. La criatura se lanzó desde la ladera y cayó detrás del vehÃculo. Salgado gritó y salà de la cabina. Lo vi en el suelo, arrastrado por una pierna. La bestia tiraba de él hacia los matorrales, mientras Salgado disparaba desde abajo sin apuntar bien. Levanté el fusil y abrà fuego, y el otro compañero... hizo lo mismo. La criatura soltó la pierna y retrocedió. Salgado trató de alejarse arrastrándose, pero no alcanzó a ponerse a cubierto. La bestia volvió sobre él y lo golpeó por debajo del chaleco. Entonces Salgado quedó inmóvil.
29:56 El otro soldado retrocedió mientras disparaba. La criatura levantó la cabeza, giró hacia él y corrió. Ãl trató de llegar al vehÃculo, pero no alcanzó. El primer golpe lo tiró al suelo y el segundo acabó con él. Todo pasó en pocos segundos y cuando levanté el fusil para ayudarlo ya no habÃa nada que hacer y yo era el único que seguÃa de pie. Corrà hacia la cabina, entré y giré la llave, pero de nuevo el motor no encendió. Escuché las uñas arrastrarse sobre la carrocerÃa y volvà a intentarlo. La criatura estaba rodeando el camión y un golpe sacudió la puerta. Giré otra vez la llave y esta vez el motor respondió. Pisé el acelerador de inmediato y el vehÃculo comenzó a moverse, lento al principio, mientras yo intentaba mantenerlo en la parte firme del camino. Entonces la bestia apareció frente a los faros, en medio de la brecha, con sangre en el pecho, los brazos y el hocico.
30:58 Parte era suya y parte pertenecÃa a mis compañeros. La vi agacharse y correr hacia el camión. Aceleré y movà el volante para evitar el choque directo, pero una de las llantas golpeó una piedra y el vehÃculo perdió velocidad. La criatura alcanzó el costado antes de que pudiera recuperar el control, y una de sus uñas entró por la abertura de la puerta dañada y jaló hacia afuera. Sujeté el volante con una mano y seguà acelerando, pero el camión apenas avanzaba. Tomé el fusil con la otra mano y disparé hacia el brazo. La criatura soltó la puerta y retrocedió. Aproveché esos segundos, abrà más la puerta y me apoyé sobre el escalón, porque necesitaba tener espacio para apuntar.
31:46 La bestia estaba a pocos metros. Bajó el cuerpo, tomó impulso y volvió a levantarse. Yo sabÃa que si conseguÃa llegar otra vez hasta la cabina, no tendrÃa una segunda oportunidad. Asà que levanté el fusil, apunté al rostro y esperé hasta tenerla cerca. Entonces apreté el gatillo y no lo solté. Los primeros disparos dieron en el hocico y la parte alta de la cabeza. La criatura siguió avanzando, pero mantuve el arma firme y continué disparando. Vi impactos en la frente y la mandÃbula. Uno de los proyectiles dio directamente en el ojo derecho, la herida se abrió de inmediato y salió sangre muy oscura. La bestia retrocedió con un alarido grave y llevó una de las manos al rostro, y yo seguà disparando hasta vaciar el cargador. Cuando el arma dejó de responder, la criatura seguÃa viva, pero habÃa perdido orientación. Dio varios pasos hacia atrás, tropezó y giró hacia el borde del camino. Durante un momento pensé que volverÃa a lanzarse contra mÃ, pero no lo hizo. Saltó hacia los matorrales y corrió en dirección a los cerros.
32:59 TodavÃa escuché ramas quebrándose durante varios segundos y después dejó de oÃrse. No me quedé a comprobar si regresaba. Volvà a meterme en la cabina, puse el camión en lÃnea y aceleré. Pasé junto al cuerpo del sargento, después junto a Salgado y los otros dos compañeros, pero no podÃa detenerme. No sabÃa cuánto aguantarÃa el motor. y tampoco sabÃa si aquella cosa podÃa alcanzarme otra vez. Seguà avanzando por la brecha con el fusil vacÃo sobre el asiento y las manos cubiertas de sangre. Cada pocos segundos miraba los espejos, esperando verla salir detrás del vehÃculo, pero no apareció. Eso fue lo único que me permitió seguir conduciendo, aunque nunca pensé que estuviera muerta. Yo habÃa visto suficiente para saber que seguÃa viva. La habÃa herido, le habÃa destruido un ojo y la última vez que la vi, todavÃa tenÃa fuerza suficiente para escapar por su cuenta hacia los cerros.
34:00 Conduje durante varios kilómetros sin saber si la criatura venÃa detrás. Miraba los espejos cada pocos segundos, pero no veÃa nada. El motor seguÃa fallando y aún asà no reduje la velocidad. TenÃa sangre en el uniforme, en las manos y sobre el asiento. Parte habÃa quedado en mà cuando intenté ayudar a Salgado. Otra estaba en la puerta dañada. No sabÃa cuánto tiempo habÃa pasado desde el primer ataque ni cuánto más aguantarÃa el camión. Solo querÃa encontrar otra unidad antes de que el motor volviera a detenerse. Después de un buen tramo, vi luces a la distancia. Era un punto militar. Llegué con el vehÃculo dañado, parte de la carrocerÃa doblada y la puerta lateral destrozada. Los soldados levantaron las armas cuando me vieron acercarme. Detuve el camión. Bajé y les dije que nuestro grupo habÃa sido atacado, que habÃa cuatro muertos y que los cuerpos seguÃan en la brecha. Me preguntaron quién nos habÃa atacado. Respondà que no sabÃa qué era.
35:05 Esa misma noche me trasladaron a una instalación militar. Me quitaron el arma, revisaron que no tuviera heridas graves y después me dejaron solo varias horas. Más tarde entraron dos oficiales, uno llevaba una carpeta y el otro se sentó frente a mà y me pidieron que relatara todo desde el principio. Les hablé de la falla del motor, del ruido entre los arbustos y de la criatura que salió al camino. Describà su tamaño, el pelaje negro, la forma de caminar erguida y las uñas largas. También expliqué que recibió múltiples disparos sin caer. Uno de los oficiales me preguntó si estaba seguro de lo que habÃa visto, y le respondà que sÃ, que los cinco lo habÃamos visto. No estaba hablando de algo que solo hubiera aparecido frente a mà durante unos segundos. Mis compañeros dispararon contra esa misma criatura, y cuatro de ellos murieron ahÃ. Seguà con la muerte de Herrera, el ataque contra Salgado y lo que pasó con los otros dos soldados. Cuando mencioné que habÃa conseguido herirle el ojo, el oficial que estaba escribiendo levantó la mirada y me pidió repetir esa parte. Le expliqué que disparé directamente contra su rostro hasta vaciar el cargador. Uno de los tiros dio en el ojo derecho y la criatura escapó hacia los cerros. No agregué nada más. Les conté lo que habÃa visto y lo que habÃa hecho.
36:33 Los dos salieron de la habitación y me dejaron esperando. Regresaron después con un documento. El reporte decÃa que el camión habÃa sufrido una falla mecánica y que nuestra patrulla habÃa sido atacada por integrantes de un grupo criminal. Mencionaba armas largas y una emboscada. Leà esa parte varias veces antes de decirles que era falso. Uno de los oficiales respondió que esa serÃa la versión oficial. Le expliqué que las heridas de mis compañeros no correspondÃan a disparos y que cualquiera que revisara los cuerpos iba a darse cuenta. No discutió ese punto, solo señaló el lugar donde debÃa firmar.
37:13 Me negué, y el otro oficial dijo que la investigación ya estaba en curso, y que toda la información relacionada con la operación quedarÃa bajo control militar. También dejó claro que contar una versión diferente podÃa traerme problemas. Insistà en que no habÃa existido ninguna emboscada, pero ninguno cambió de postura. Más tarde volvieron a poner el reporte frente a mà y terminé firmándolo. No lo hice porque creyera lo que decÃa. Firmé porque entendà que el documento ya estaba decidido y mi declaración no iba a modificarlo. Un grupo regresó a la brecha para recuperar los cuerpos. No me permitieron acompañarlos ni me dijeron qué encontraron en el lugar. Herrera, Salgado y los otros dos compañeros fueron entregados a sus familias en ataúdes sellados con la indicación de que no debÃan abrirlos.
38:06 También pregunté por el camión. me dijeron que habÃa sido retirado y nunca volvà a verlo durante las semanas siguientes me sacaron de patrullajes y me asignaron otras tareas nadie volvió a interrogarme de manera oficial y ningún superior volvió a mencionar la brecha del diablo yo si seguÃa recordándola recordaba las uñas golpeando la carrocerÃa a Herrera cayendo junto al vehÃculo a Salgado disparando desde el suelo y el momento en que uno de mis tiros alcanzó el ojo de aquella cosa Nunca tuve dudas de que habÃa sobrevivido. La vi retroceder, después correr hacia los matorrales y perderse entre los cerros por sus propios medios. Estaba herida, pero seguÃa teniendo fuerza suficiente para escapar. Meses después me ofrecieron la baja y acepté. Me fui de Chihuahua y terminé viviendo solo en una casa a las afueras. Desde entonces mantengo un arma cerca, la limpio con frecuencia, reviso los cargadores y compruebo que funcione. No he vuelto a ver a la criatura, tampoco he recibido ninguna señal de que me haya seguido, pero eso no cambia lo que ocurrió aquella noche. Aquello no atacó sin pensar, nos observó antes de acercarse, cambió de posición cuando comenzamos a disparar, aprovechó cada momento en que alguno quedaba separado y volvió sobre nosotros varias veces. también me vio cuando le disparé al rostro durante los últimos segundos antes de escapar me miró
39:37 con el único ojo que le quedaba yo fui quien le destruyó el otro y por eso nunca he considerado que todo terminara cuando conseguà salir de aquella brecha Mis superiores pudieron cambiar el reporte, limpiar la zona, retirar el camión y entregar cuatro ataúdes cerrados, diciendo que todo habÃa ocurrido en una emboscada de sicarios. Eso puede cerrar un expediente, pero no cambia los hechos. Ãramos cinco militares cuando el vehÃculo se detuvo y solo uno salió de ahÃ. Yo sobrevivà porque conseguà herir a esa criatura antes de que volviera a alcanzarme. Han pasado años y sigo viviendo solo.
40:17 Cada noche reviso las puertas, limpio el arma, compruebo el cargador y después me siento frente a la ventana durante un rato. No sé dónde está el Nahual, no sé si continúa en Chihuahua, ni cuánto tiempo puede vivir. Tampoco sé si recuerda de la misma manera que nosotros. Lo único que sé es que aquella criatura entendÃa lo que hacÃamos y sabÃa quién la habÃa herido. Por eso sigo preparado, Si conserva la misma inteligencia que mostró la noche en que mató a mis compañeros, también sabe exactamente quién le quitó un ojo, y una criatura capaz de recordar algo asÃ, puede esperar mucho tiempo antes de regresar. No sé si será mañana, dentro de un año o nunca, pero si algún dÃa decide venir por mÃ, voy a estar solo.
41:04 Por eso cada noche limpio mi arma, reviso el cargador y me siento frente a la ventana esperando. Recuerdo esa entrada a la sierra porque desde el principio traÃa algo raro, aunque en ese momento ninguno quiso decirlo asÃ. Ãbamos tres, el sargento Miguel Luna, el cabo Ernesto RÃos y yo, Arturo Ortiz. Ãramos personal de fuerzas especiales y la orden era sencilla. Subir, revisar tres puntos de siembra, confirmar un campamento señalado por un informante, destruir lo que se encontrara y salir antes de que el clima cerrara el paso.
41:52 El tramo estaba entre Sinaloa y Durango, en una parte alta, lejos de camino abierto. Llevábamos radio, visión nocturna, armamento de servicio y una cámara corporal. En esa zona habÃa gente armada, sembradÃos escondidos y rutas que conocÃan mejor que cualquier mapa. Antes de subir, un hombre de un rancho cercano nos pidió que no pasáramos la noche arriba No nos habló de sicarios ni de halcones. Nos habló de nahuales. Lo dijo con la cara seria y señaló hacia la parte alta. Yo escuché, le agradecà la información y seguà con la orden. En este trabajo uno aprende a no burlarse de la gente, pero también a no cambiar un operativo por una advertencia sin comprobación. Durante el dÃa localizamos dos plantillos. también encontramos un campamento abandonado con comida, cobijas, agua y ropa vieja no habÃa armas a la vista no habÃa personas y no habÃa movimiento reciente Luna fue el primero que mencionó el silencio me dijo que algo no cuadraba porque en la sierra siempre se oye vida aunque sea poca me quedé quieto unos segundos y entendà lo que decÃa no se escuchaban perros, aves ni insectos cerca del campamento Decidimos quedarnos hasta confirmar si alguien regresaba. Nos colocamos en una parte alta, con vista a la entrada principal y a una vereda lateral. Yo quedé al centro, Luna a mi
43:24 derecha y RÃos a mi izquierda. Mantuvimos distancia corta para vernos por señas. Cuando cayó la luz, apagamos todo, no usamos lámparas, y trabajamos con visión nocturna y con el oÃdo puesto en el campamento. Ya de noche, RÃos me avisó del movimiento con una seña Miré hacia abajo y vi un animal entrando por la parte baja. TenÃa cuerpo de perro, pero era demasiado grande. Caminaba con la cabeza baja, revisando el suelo, y se movÃa con calma. Luna también lo vio, pero nadie disparó. Al principio pensamos en un perro de rancho, un animal usado para cuidar el campamento.
44:05 El animal rodeó las cobijas, olió los recipientes y se detuvo frente a la vereda. No comió, no escarbó y no buscó entre la basura. Levantó la cabeza hacia nuestra posición. Ya no revisaba el campamento, no se estaba ubicando. Le ordené a Luna que mantuviera el arma lista y a RÃos que cubriera el lado izquierdo. El animal empezó a subir hacia nosotros, en lÃnea recta, sin tomar la vereda. Le marqué el alto. Di la orden fuerte, clara, con identificación militar. Nadie respondió. El animal se detuvo un momento, luego siguió subiendo. Le repetà la orden y avisé que Ãbamos a disparar. TodavÃa contemplaba una distracción. Pudo haber alguien escondido detrás, esperando que bajáramos el arma o cambiáramos de posición. Entonces, el animal se levantó sobre las patas traseras, apoyó las extremidades delanteras contra un tronco, levantó el pecho y quedó derecho unos segundos. La cabeza quedó a la altura de un hombre. Luna apuntó al centro del cuerpo. RÃos no habló, pero lo escuché respirar más fuerte por el radio interno.
45:16 Vi las patas delanteras largas, vi el lomo alto y vi que no reaccionaba con miedo a las armas. Ordené disparar. Luna tiró primero, después RÃos y después yo. Fueron disparos controlados, a corta distancia para el terreno. Uno pegó en el cuerpo. Lo vi por el golpe que recibió. El animal bajó de golpe a cuatro patas, se movió hacia un lado y entró a la maleza. No cayó, no gritó y no dejó un rastro claro. Dejamos de disparar cuando perdimos Blanco. Pasaron unos segundos y escuchamos la risa. No fue aullido, no fue gruñido, no fue un animal quejándose. Fue una risa humana, grave, corta, salida del mismo punto donde el animal habÃa entrado. RÃos giró la cabeza hacia mà Luna mantuvo el arma arriba y nadie habló. La risa se movió hacia la derecha entre los árboles y luego se apagó.
46:14 Ordené mantener posición. No querÃa que bajáramos al campamento ni que persiguiéramos algo sin saber cuántos eran. Luna revisó con el visor y me dijo que habÃa otra figura más arriba. Giré y la vi entre los troncos. Era baja, ancha y estaba quieta. RÃos preguntó si era el mismo animal. Le ordené cubrir su sector y no seguir hablando. La figura se retiró sin ruido, pero por el tamaño que tenÃa debÃa mover ramas y no movió nada. Intenté comunicarme con la base, pero el radio entró con interferencia. Solo recibà ruido. Guardé el equipo y decidà movernos a una zona más abierta. La posición alta ya no nos servÃa.
46:59 TenÃamos actividad abajo, movimiento arriba y un flanco lateral que no podÃamos ver completo. Luna estuvo de acuerdo y RÃos no dijo nada. Antes de movernos, escuchamos un aleteo fuerte sobre los árboles. Los tres levantamos la vista. Algo cruzó encima de nosotros y cubrió parte del cielo. TenÃa alas grandes y pasó bajo, pero no alcancé a identificarlo. Luna dijo que eso no era un ave normal. Yo no contesté. porque necesitaba que siguieran obedeciendo, el aleteo se fue hacia el campamento, después volvió la risa, pero ahora salió de arriba, RÃos bajó el arma un segundo y dijo que eso no era un animal, le ordené que levantara el fusil y mantuviera la lÃnea, Luna pidió retirarnos antes de que nos cerraran la salida, acepté, les marqué la ruta con la mano y empezamos a movernos despacio hacia un costado, sin encender luces y sin darle la espalda al campamento.
48:02 En ese momento entendà que la advertencia del hombre del rancho ya no era una historia de la zona, era parte del operativo, aunque no hubiera forma correcta de ponerlo en un informe. Bajamos por el costado de la loma en columna corta. Luna iba adelante, yo iba en medio y RÃos cerraba. No corrimos porque el suelo estaba suelto y una caÃda nos podÃa dejar sin movilidad. Ãbamos despacio, con las armas listas y sin encender las luces. Cada tramo nos detenÃamos para escuchar. RÃos avisó dos veces que traÃamos algo detrás. Yo miré hacia la parte alta, pero no vi cuerpo ni movimiento claro, y ordené seguir. Más abajo encontramos huellas en una parte húmeda del suelo. Luna las vio primero y levantó la mano para detenernos. Eran marcas grandes, alargadas, con dedos definidos y presión profunda. Algunas bajaban en nuestra misma dirección, otras cruzaban hacia arriba. Tomé registro con la cámara corporal de RÃos, sin luz directa y sin perder tiempo. No nos quedamos a medirlas. El ruido volvió a escucharse a la derecha, cerca, entre los arbustos.
49:17 El ataque llegó de golpe. Un cuerpo oscuro salió del monte y golpeó a RÃos por el costado. El cabo cayó de espaldas con el fusil atorado contra el pecho. Luna apuntó, pero no tiró al centro porque RÃos estaba pegado al animal. Avancé dos pasos y golpeé con la culata hacia el lomo. La criatura soltó a rÃos y retrocedió, no mucho, pero lo suficiente para verla de frente. TenÃa cuerpo de perro grande, pecho ancho, cabeza pesada y las patas delanteras demasiado largas. La piel se veÃa oscura bajo el visor. No traÃa collar, cuerda ni marcas de rancho. Apoyaba las extremidades delanteras con fuerza, cargando el peso en ellas.
50:01 RÃos trató de levantarse y cayó de rodillas. TenÃa el brazo derecho abierto, la manga rota y una marca fuerte en el chaleco cerca del cuello. Sangraba, pero seguÃa consciente. Lo jalé hacia atrás por el correaje. Luna cubrió el frente y le gritó al animal que se alejara. La criatura no se movió. Se quedó con la cabeza baja, mirándonos. Volvà a marcarle el alto. Apunté al pecho y esperé respuestas. Entonces escuchamos una voz. Salió de la criatura o de la maleza pegada a ella. Dijo algo corto, con tono de hombre viejo. Luna oyó que nos ordenaba a irnos. Yo escuché una voz humana, clara, cerca de nosotros. Luna disparó primero una ráfaga corta al suelo frente a la figura.
50:50 Yo disparé después directo al centro del cuerpo. La criatura se movió hacia un lado, subió a una piedra y se levantó en dos patas sin tocar ningún tronco. Tire otra vez y luna también. El cuerpo cayó hacia atrás, luego se arrastró con rapidez y entró en una zanja. Desde nuestra posición vimos tierra removida y hojas rotas, pero no vimos cuerpo. RÃos estaba perdiendo fuerza. Le revisé el cuello y el hombro. El chaleco le habÃa detenido parte del golpe, pero el brazo necesitaba presión. Luna sacó una venda y la apretó sobre la herida. Yo intenté comunicarme por radio. La señal entró cortada, pero alcancé a informar que tenÃamos un herido y que saldrÃamos por ruta lateral.
51:39 Después entró ruido y se perdió la comunicación. Le pregunté a RÃos su nombre, su unidad y la fecha. Contestó bien al principio, luego me preguntó por qué el animal habÃa hablado con la voz de su hermano. Luna le dijo que se concentrara en caminar y que no escuchara nada que viniera del monte. RÃos insistió en que era la misma voz, pero le ordené callar y mantenerse pegado a mÃ. Lo levantamos entre los dos y seguimos bajando. Avanzamos poco y Luna se detuvo al escuchar movimiento arriba. Levanté el arma. Un cuerpo cayó desde un árbol o desde la parte alta y golpeó a Luna en la pierna izquierda. El sargento cayó de lado y perdió el fusil unos segundos. Disparé hacia la figura, pero se metió entre ramas antes de que pudiera fijarla. RÃos, desde el suelo, tiró una vez con la pistola. La pierna de Luna quedó abierta y no podÃa apoyar el peso. El pantalón estaba roto y la sangre le bajaba hasta la bota.
52:43 Le vendé la herida con lo que tenÃamos y le acerqué el fusil a la mano. SeguÃa consciente, seguÃa obedeciendo y podÃa cubrir un sector, pero ya no podÃa bajar por su cuenta. En ese momento supe que tenÃa dos hombres heridos y una salida cada vez más lenta. Buscamos una parte con piedras para cubrirnos. Senté a rÃos contra una roca y dejé a Luna a mi derecha. yo quedé de pie moviéndome entre los dos desde ahà veÃamos poco al frente y casi nada arriba la risa volvió desde la maleza y después escuchamos mi propia voz repetida con el mismo tono que habÃa usado por radio repetÃa pedazos de frases sin orden con pausas equivocadas luna pidió permiso para disparar hacia la voz le dije que no porque no habÃa blanco fijo rÃo se empezó a moverse y decÃa que alguien lo llamaba Lo sujeté del chaleco y le ordené quedarse quieto. No me miraba y tenÃa los ojos fijos en los árboles. La voz cambió y tomó el tono de un hombre joven. Le decÃa a RÃos que se acercara, que ya podÃan irse, que soltara el arma. Luna le gritó que no hiciera caso. Yo mantuve una mano en el chaleco del cabo y la otra en la pistola. El aleteo regresó poco después. Pasó bajo encima de nosotros y movió las ramas. Alcancé a ver unas alas grandes entre los árboles, pero nada más.
54:13 No disparé hacia arriba, pues hubiera gastado munición sin blanco limpio y habrÃa marcado nuestra posición. La voz siguió hablando desde otro punto, más lejos, luego más cerca, siempre con palabras cortas. RÃos empezó a llorar en silencio. Luna respiraba fuerte y mantenÃa el fusil listo. Yo dejé de pensar en capturar o confirmar algo. pues la prioridad era sacarlos vivos les dije que nos moverÃamos cuando la maleza quedara quieta aunque solo ganáramos unos metros la pausa llegó después de un rato el aleteo se alejó la voz se apagó y el monte quedó inmóvil decidà mover primero a RÃos dejarlo en un punto visible y regresar por Luna le expliqué la maniobra a RÃos porque no habÃa tiempo para repetirla él tenÃa que caminar pegado a mà Luna se quedaba en la roca cubriendo el frente, y yo regresaba por el sargento en cuanto dejara al cabo en un punto visible. RÃos no querÃa dejarlo, me lo dijo con la voz baja. Le ordené obedecer. Luna también le dijo que se moviera, que podÃa cubrir unos minutos. RÃos aceptó, pero traÃa la mirada fija en los árboles y apretaba la pistola con la mano izquierda. Lo levanté por el correaje y avanzamos sin lámparas. Su peso iba cargado sobre mi hombro y mi fusil apuntaba al frente. A los pocos metros volvió la voz, esta vez desde abajo, entre
55:46 la maleza. DecÃa el nombre completo de RÃos y le pedÃa que soltara el arma. RÃos se detuvo, pero lo jalé y le ordené seguir. Dio dos pasos más, luego giró la cabeza hacia el monte. La figura apareció frente a nosotros. Era el mismo animal grande o uno del mismo tamaño. Estaba cerca, con el cuerpo bajo y la cabeza levantada. No gruñó y no enseñó los dientes. Solo se colocó en medio del paso. Levanté el fusil y apunté al pecho. RÃos levantó la pistola, pero no disparó. La voz siguió hablándole desde la maleza y le decÃa que ya habÃa terminado, que podÃa descansar, que bajara la mano.
56:30 Disparé al suelo cerca de sus botas para sacarlo de esa voz. RÃos reaccionó y volteó hacia mÃ. En ese momento, la figura se lanzó. Lo golpeó en el pecho y lo tiró hacia atrás. Disparé al cuerpo del animal y Luna tiró desde la roca, apoyado sobre un codo. La criatura soltó a RÃos un instante, pero otra sombra salió desde el costado y lo jaló hacia los árboles. Alcancé a ver el brazo del cabo entre las ramas y después se perdió. Avancé hasta el borde de la maleza. Vi movimiento entre los troncos. HabÃa dos cuerpos bajos y una figura más alta junto a un árbol. Grité el apellido de RÃos y le ordené responder, pero no hubo respuesta clara. Escuché ramas quebrándose, respiración fuerte y una risa que bajó hacia la parte honda. Quise entrar, pero Luna estaba herido y solo. Si me metÃa, lo dejaba sin defensa, y si me quedaba, RÃo se iba. Esa fue la decisión más dura de mi carrera. Regresé a la roca y Luna intentó levantarse y la pierna le falló. Cayó sentado y me gritó que fuéramos por RÃos. Le acomodé el fusil en las manos y le ordené cubrir el frente, y después avancé otra vez unos metros. La voz de RÃo se escuchó desde abajo pidiendo ayuda. Me detuve. sonaba igual pero la distancia cambiaba demasiado rápido primero estaba cerca
58:02 luego lejos luego a mi izquierda no seguà esa voz pues nadie herido se mueve asà en ese terreno la criatura con alas bajó de nuevo sentà el golpe en el hombro y caà de rodillas el chaleco recibió la mayor parte pero algo me abrió la piel debajo de la oreja saqué la pistola y disparé casi pegado al cuerpo Vi alas oscuras, un pecho pesado y una cabeza que no pude identificar. La figura subió entre las ramas y Luna le disparó desde la roca y me gritó que regresara. Me arrastré hasta su posición. Quedamos juntos, con la espalda contra la piedra. Luna tenÃa poca munición. Yo todavÃa traÃa cargadores, pero no iba a gastar sin blanco limpio.
58:49 Las voces siguieron durante un rato. Algunas repetÃan frases mÃas. Otras usaban la voz de rÃos, y una tomó la voz de Luna y pidió agua desde arriba. Luna la escuchó y apretó los dientes. Le ordené no contestar nada que no tuviera frente a los ojos. La noche se hizo larga. Mantuve presión en la pierna de Luna y revisé mi cuello cuando sentÃa la sangre bajar. Ãl se mantuvo despierto por el dolor. Entre los árboles se veÃan ojos bajos y luego desaparecÃan. También escuchamos pasos pesados, ramas rompiéndose y aleteos cortos. Las criaturas no entraron otra vez de lleno. Nos rodearon, hablaron y esperaron. Antes del amanecer, el ruido empezó a bajar. La maleza dejó de moverse y las voces se alejaron. Esperé hasta tener luz suficiente para distinguir el suelo. Ayudé a Luna a ponerse de pie y cargué parte de su peso. Me pidió volver por rÃos una última vez, pero le dije que no podÃamos entrar asÃ. porque Ãbamos a quedar los dos en el monte. No volvió a discutir y avanzamos despacio, sin hablar.
1:00:03 Tardamos horas en llegar a una zona donde el radio volvió a entrar. Reporté un elemento desaparecido y un herido grave. Cuando nos sacaron, me atendieron el cuello y el hombro. A Luna lo evacuaron por la pierna y la pérdida de sangre. En el primer informe escribà ataque de fauna no identificada. No escribà Nahual. Pues en un documento oficial no hay espacio para esa palabra La búsqueda empezó ese mismo dÃa Encontraron la pistola de RÃos Parte de su manga y el radio colgado en una rama alta No apareció su fusil ni una ruta clara de arrastre El cuerpo apareció tres dÃas después en una barranca ya revisada Sin botas, sin arma y sin identificaciones TenÃa mordidas profundas, golpes, fracturas y señales de arrastre El reporte forense cerró la causa como ataque de fauna mayor y caÃda desde altura.
1:01:02 La cámara corporal quedó dañada, pero la tarjeta guardó audio. Se escuchaban mis órdenes, disparos, respiración agitada y la voz de RÃos antes de perderse. También quedó grabada una risa que no era de nosotros. El expediente cerró sin detenidos y sin explicación adicional. Luna fue reasignado después de recuperarse. Yo seguà en servicio. pero pedà no volver a operar en ese tramo. Cuando me preguntaron si mantenÃa la frase fauna no identificada, respondà que sÃ. Era la única aceptada en un informe. Lo que escuchamos arriba tenÃa otro nombre, y el hombre del rancho nos lo dijo antes de subir.
1:01:48 Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver Militares contra un Nahual en la sierra de Nayarit. y también Nahualataca a militares de México.
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