Experiencias De Un Chofer Con Entes Demoníacos - Historias De Terror - REDE
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0:05 TodavÃa me acuerdo de esa ruta, aunque han pasado años desde la última vez que manejé de noche. He querido olvidarla muchas veces, pero hay recuerdos que no se sueltan aunque uno cambie de trabajo, de casa y hasta de costumbres. Yo habÃa vuelto a manejar después de mucho tiempo porque necesitaba el dinero y sobre todo porque querÃa convencerme de que el pasado ya no me alcanzaba. Me repetà que los años habÃan puesto suficiente distancia entre aquella época y yo. Me repetà que ya no era el mismo hombre y me repetà muchas cosas que solo sirven, mientras no aparezca algo dispuesto a recordarte la verdad. La ruta no tenÃa nada especial. A esas horas la ciudad ya estaba medio dormida y el trayecto se volvÃa casi automático. SubÃan pocos pasajeros, bajaban rápido y uno seguÃa adelante sin pensar demasiado Tal vez por eso me costó tanto trabajo entender lo que estaba pasando cuando empezó a subir el mismo hombre todas las noches. Yo llegaba a una parada casi al final del recorrido. AbrÃa la puerta y esperaba escuchar pasos o ver una sombra entrando, pero no veÃa a nadie. Lo único que ocurrÃa era que, al levantar la vista hacia el espejo, él ya estaba sentado al fondo, del lado izquierdo, quieto, como si hubiera estado ahà desde antes. La primera vez creà que era el cansancio. La segunda me irrité y
1:35 le pedà el pasaje. El hombre no respondió, ni siquiera volvió la cara. Caminó hasta el último asiento y se quedó ahÃ, inmóvil, como si yo no existiera. La tercera vez decidà que no iba a permitÃrselo. Esperé a terminar la ruta. Estacioné el camión y fui hasta atrás con la intención de bajarlo. Pero no habÃa nadie. Revisé el pasillo, los asientos. vacÃo me quedé parado un buen rato sintiéndome ridÃculo y me dije que seguro se habÃa bajado cuando yo no estaba mirando esa explicación me sirvió unos dÃas aunque en el fondo ya sospechaba que era mentira lo supe porque desde entonces empecé a esperar esa parada con una tensión que antes no sentÃa con el paso de las noches me fui acostumbrando a su presencia no es que la aceptara pero aprendà a seguir trabajando a pesar de ella. Lo veÃa sentado siempre en el mismo lugar, sin hablar, sin moverse, sin pedir la parada. Nunca lo vi mezclarse con los demás pasajeros. A veces el camión iba lleno y nadie parecÃa notarlo, o eso creÃa yo.
2:47 Luego empezaron a pasar cosas que ya no pude meter dentro de ninguna explicación razonable. Una noche iba completamente solo y sonó el timbre de parada. Miré el espejo por reflejo. El hombre seguÃa al fondo y no habÃa nadie más. Pensé que el botón estaba fallando, pero el sonido no volvió a repetirse en ninguna otra parte del trayecto, solo en esas noches en que él iba arriba. Otra vez, al dar una vuelta, sentà con toda claridad que alguien avanzaba por el pasillo. Fue una sensación tan exacta que hasta me hice a un lado por instinto. Miré de inmediato el espejo y el hombre seguÃa sentado. No habÃa movimiento.
3:30 Aún asÃ, durante varios minutos tuve la certeza de que no estaba solo en la cabina. No le conté nada a nadie al principio. Me daba vergüenza. No querÃa que pensaran que el turno de noche me estaba afectando la cabeza. Además, en ese trabajo siempre habÃa historias parecidas. Y yo no querÃa convertirme en otro chofer, que veÃa cosas donde no las sabÃa. Preferà callarme y terminar cada jornada con la sensación de que algo se habÃa subido conmigo y no se estaba bajando en ningún lado. Lo peor no era el miedo, sino la costumbre que empezó a formarse alrededor de él. Hubo noches en que me sorprendà esperando verlo en el espejo, como si su ausencia fuera a inquietarme más que su presencia. Eso fue lo que más me asustó.
4:20 darme cuenta de que una parte de mà ya estaba empezando a aceptar lo imposible. La noche que cambió todo, subió una señora mayor unas paradas antes del final. Era una pasajera común, de esas que apenas miran al chofer, pagan y buscan asientos sin hacer conversación. Se sentó cerca de mà y pasó casi todo el camino en silencio. Yo seguà pendiente del espejo, como venÃa haciendo desde hacÃa semanas. hasta que escuché su voz muy cerca, más baja de lo normal, como si no quisiera que alguien más la oyera, no lo mire tanto, a él no le gusta, sentà que se me enfriaban las manos sobre el volante, no recuerdo cuánto tardé en responderle, pero si el esfuerzo que me costó fingir que no entendÃa de qué me hablaba,¿ a quién?, le pregunté, aunque ya sabÃa la respuesta, la señora giró un poco la cabeza hacia el fondo del camión, Al del sombrero me dijo, ese señor murió en esta ruta hace años. Frené más brusco de lo que debÃa y ella se sostuvo del asiento para no irse hacia adelante.
5:30 Durante unos segundos pensé que iba a retractarse, a decir que se habÃa equivocado o que me estaba tomando el pelo. No hizo nada de eso, se quedó serena, como si solo me hubiera comentado algo evidente. Yo lo vi esa noche, agregó antes de bajar. No le pregunté nada más. La verdad, no tuve valor. Seguà el recorrido como pude, pero algo ya se habÃa roto. Manejar dejó de sentirse como un trabajo y empezó a parecerse a una espera. Cuando llegué a mi casa no dormÃ. Me quedé sentado hasta que amaneció y apenas hubo luz fui a la terminal. Luego fui al periódico local, busqué notas viejas como quien va detrás de una confirmación que en realidad no quiere encontrar.
6:16 Yo ya sabÃa lo que iba a leer, lo sabÃa desde el momento en que esa mujer habló de una noche que yo también habÃa tratado de enterrar. Aún asà seguà buscando, pasando páginas y pidiendo archivos, como si necesitara ver con mis propios ojos que el pasado no estaba muerto. que solo se habÃa quedado esperando la ocasión de sentarse otra vez al fondo de mi camión. El accidente habÃa pasado muchos años atrás en esa misma ruta, y el chofer era yo. Tardé mucho tiempo en poder decirlo, sin sentir que la voz se me atoraba en la garganta. Durante años preferà contarlo de otra forma, como si le hubiera pasado a alguien más, y yo solo hubiera estado cerca, pero la verdad era más simple y más difÃcil de soportar.
7:06 Yo iba manejando, era joven y llevaba poco tiempo trabajando en el turno nocturno y me habÃa convencido de que el cansancio no me afectaba. TodavÃa recuerdo la lluvia sobre el parabrisas, el reflejo de las luces en el pavimento y ese instante en que todo cambió sin darme tiempo de pensar. Un frenazo, el golpe, el ruido del metal, los vidrios y los gritos. Después de eso, mis recuerdos se vuelven inciertos. Hay partes enteras que se me borran y otras que regresan solo en pedazos. Lo único que siempre supe fue que yo habÃa salido con vida y otros no. La nota del periódico era breve y cruel.
7:48 DecÃa que murieron seis personas. Cinco habÃan sido identificadas por sus familias. Del sexto casi no habÃa información. Un hombre de mediana edad, sin documentos y sin nadie que fuera a reclamar el cuerpo. Algunos pasajeros recordaban que iba sentado al fondo. Leà esa lÃnea varias veces. Me bastó para entender quién era el que se habÃa estado subiendo a mi camión cada noche. Sin embargo, hubo algo más en esos recortes. Una mención pequeña, casi perdida entre declaraciones. Uno de los rescatistas decÃa que varios testigos hablaron de un niño. No iba registrado en ninguna lista. No apareció entre los heridos y tampoco entre los muertos. La versión oficial trató aquello como una confusión nacida del caos, pero al leer esa parte, sentà el mismo vacÃo que habÃa sentido años atrás cuando todavÃa estaba en el hospital, y trataba de ordenar lo poco que recordaba, porque yo no lo habÃa olvidado del todo. Después del impacto, mientras intentaba moverme y salir de la cabina, escuché unos golpes. No eran fuertes, pero sà insistentes. como si alguien pequeño estuviera pegándole a una superficie cerrada. También escuché un llanto. Fue breve, casi perdido entre el humo y las voces que iban llegando.
9:11 Durante años me esforcé por convencerme de que aquello no habÃa sido real. Me repetà que estaba aturdido, que tenÃa sangre en la cara, que habÃa demasiada confusión alrededor. Esa explicación me permitió seguir adelante. renuncié me fui de la ciudad trabajé en otras cosas y traté de no mirar demasiado hacia atrás volvà mucho después ya más grande y con menos opciones acepté manejar otra vez porque necesitaba el trabajo y porque querÃa creer que ciertas culpas si no se nombran terminan por deshacerse solas pero me equivoqué desde la conversación con aquella señora empecé a sentir miedo de verdad Ya no era solo la incomodidad de llevar un pasajero imposible en el espejo. Era la certeza de que lo que me estaba ocurriendo tenÃa relación con algo que yo habÃa dejado enterrado a medias. Cada noche llegaba a la terminal con la idea de renunciar al dÃa siguiente.
10:12 Cada noche encontraba una razón para aplazarlo. A veces era el dinero. A veces era el cansancio. Otras veces era esa necedad absurda. que hace que uno prefiera aguantar antes que aceptar que algo se salió de sus manos. Mientras tanto, las apariciones del hombre se fueron haciendo más difÃciles de ignorar. Una noche, antes de arrancar, revisé la unidad vacÃa como solÃa hacerlo. Bajé un momento a firmar unos papeles y cuando regresé, él ya estaba sentado al fondo. Ni siquiera habÃa comenzado la ruta. se encontraba ahà inmóvil como si hubiera estado esperándome dentro del camión desde mucho antes de que yo llegara me quedé mirándolo tanto tiempo que otro chofer me preguntó si me sentÃa bien volteé apenas para responderle y cuando volvà a mirar el asiento estaba vacÃo ese fue el momento en que entendà que ya no podÃa seguir fingiendo que todo estaba en mi cabeza Decidà que dejarÃa el trabajo al dÃa siguiente. Sin embargo, antes tenÃa que cubrir un último turno. TodavÃa hoy no sé por qué acepté hacerlo. Tal vez por inercia, tal vez porque una parte de mà querÃa llegar al final de aquello.
11:28 El recorrido empezó igual que siempre. Las primeras paradas, los pasajeros de costumbre, el silencio de las calles casi vacÃas. Pero todo me pareció distinto. Cuando llegué a la parada del final del trayecto, abrà la puerta y me quedé viendo el vacÃo durante un segundo más de lo normal. No vi a nadie subir. Levanté la vista hacia el espejo y el hombre ya estaba sentado en su lugar de siempre. Sentà el golpe del miedo antes de darme cuenta de que no venÃa solo. A su lado habÃa un niño, tendrÃa unos ocho años. Llevaba uniforme escolar y abrazaba un cuaderno contra el pecho. TenÃa la mirada fija en el piso y no levantó la cabeza. No recuerdo haber pensado nada claro. Lo único que sentà fue una certeza absoluta. No estaba loco. Todo aquello era real y habÃa venido a buscarme, por algo que yo no quise recordar.
12:27 Pensé en levantarme, abrir la puerta y salir corriendo, pero no lo hice. algo en mà comprendió que ya era tarde para huir arranqué y el vehÃculo siguió avanzando pero no por la ruta normal yo llevaba las manos en el volante y sin embargo sentÃa que no era yo quien decidÃa del todo el camino fue torciéndose hasta llevarnos hacia la carretera del accidente afuera no se veÃa un solo coche entonces levanté otra vez la mirada hacia el espejo y vi que los asientos vacÃos ya no estaban vacÃos No distinguà rostros con claridad, pero supe que habÃa más gente ahà atrás. No quise contar cuántos eran. Seguà manejando con la garganta cerrada, sabiendo que estaba a punto de llegar al sitio exacto donde la ruta, los muertos y mi culpa seguÃan detenidos desde hacÃa años. No sabrÃa decir cuánto tardamos en llegar al lugar del choque. En ese momento, el tiempo ya no avanzaba de la forma normal.
13:30 Todo parecÃa suspendido dentro de una espera vieja, como si el camino y el camión hubieran vuelto a una noche que nunca terminó. Yo seguÃa con las manos apretadas al volante, respirando apenas y mirando de reojo el reflejo del pasillo. El silencio adentro era lo que más me pesaba. No se oÃa el motor como debÃa. Detrás de mà iban sentados el hombre, el niño y los otros que no quise mirar con detalle. Nadie hablaba, nadie se movÃa, pero aún asà yo sentÃa que todos estaban pendientes de mÃ. El hombre se puso de pie cuando ya estábamos cerca. Primero lo vi avanzar por el espejo y luego lo sentà junto a la cabina. Caminó despacio, sin hacer ruido.
14:17 Me costó reunir valor para mirarlo de frente. Durante semanas solo lo habÃa visto como un reflejo al fondo del camión y tenerlo tan cerca fue peor de lo que habÃa imaginado. No tenÃa nada monstruoso. No era una aparición feroz. Era un rostro cansado, triste, con esa paciencia que solo puede tener alguien que ha esperado demasiado tiempo. Y eso fue lo que más miedo me dio. No parecÃa una amenaza. ParecÃa alguien que habÃa vuelto porque algo seguÃa faltando. Cuando habló, su voz sonó baja y gastada. Falta uno, dijo. No necesité preguntar a quién se referÃa. Lo supe en cuanto escuché esas palabras. Era el niño, el mismo que nadie registró.
15:04 El mismo cuyos golpes escuché después del choque y que yo convertÃ, con los años, en una confusión de mi memoria. Quise explicarme. Quise insistir en que yo también estaba herido y en que todo ocurrió muy rápido. Pero ninguna de esas razones servÃa ya. La verdad era más sencilla y más dura. Yo escuché algo. Yo dudé. Y no hice lo suficiente. El camión se detuvo solo. No recuerdo haber pisado el freno. La puerta se abrió con ese sonido seco que tantas veces habÃa oÃdo en el trabajo. Solo que esa vez sonó distinto. Afuera estaba la misma curva de siempre. Y al mismo tiempo no lo estaba. Reconocà el lugar, pero lo sentà vacÃo. De una manera que nunca habÃa sentido. Me di cuenta de que estaba llorando.
15:56 sin haber notado en qué momento se me llenaron los ojos. No era miedo o no era solo miedo, era vergüenza. Era el peso de haber vivido tantos años fingiendo que aquella noche estaba cerrada, cuando en realidad seguÃa abierta dentro de mÃ. Perdón, dije, esa fue la única palabra que me salió. Tal vez era una palabra demasiado pequeña para algo asÃ, pero fue lo único honesto que pude ofrecer. El niño se levantó primero, lo vi pasar de perfil, todavÃa abrazado a su cuaderno y con la cabeza baja. Caminó hacia la puerta sin prisa, luego el hombre fue detrás de él. Antes de bajar por completo, giró apenas la cara hacia mÃ. No habÃa reproche en su expresión, solo cansancio. Ya está, me dijo. Los dos descendieron y se perdieron en la oscuridad del camino. No hubo luces extrañas ni nada que pudiera contarse como un espectáculo. Simplemente dejaron de estar ahÃ. Esperé unos segundos sin atreverme a moverme.
17:00 Luego levanté la vista hacia el espejo y el camión estaba vacÃo. No habÃa nadie, solo quedaba yo, respirando como si acabara de salir de un lugar demasiado hondo. A la mañana siguiente renuncié. No di explicaciones. Dije que ya no iba a seguir en el turno y que no querÃa volver a manejar de noche. Durante mucho tiempo evité pasar por esa carretera. Cambié de trabajo, de rutina y de manera de vivir. Hice todo lo que pude para dejar atrás ese recuerdo. A veces lo consigo. A veces pasan semanas enteras sin que piense en la ruta, en el hombre o en el niño. Pero luego hay noches en que despierto. con la certeza de haber escuchado el timbre de parada dentro de mi casa. O sueño que vuelvo a manejar y que al mirar el espejo, el último asiento vuelve a estar ocupado. Nunca alcanzo a verle bien la cara a quien se sienta ahÃ. No sé si es el mismo hombre, si es el niño o si soy yo, recordando lo que hice y lo que no hice. Por eso todavÃa me acuerdo de esa ruta.
18:08 Me acuerdo porque fue ahà donde entendÃ. Que ciertas culpas no desaparecen con el tiempo. Uno puede apartarse, guardar silencio, cambiar de vida y hasta convencerse de que ya dejó atrás lo peor. Pero algunas cosas no se van. Se quedan sentadas al fondo, en silencio, esperando el momento de mirarte otra vez.
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