March 29, 2026

Experiencias De Un Chofer Con Entes Demoníacos - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Todavía me acuerdo de esa ruta, aunque han pasado años desde la última vez que manejé de noche. He querido olvidarla muchas veces, pero hay recuerdos que no se sueltan aunque uno cambie de trabajo, de casa y hasta de costumbres. Yo había vuelto a manejar después de mucho tiempo porque necesitaba el dinero y sobre todo porque quería convencerme de que el pasado ya no me alcanzaba. Me repetí que los años habían puesto suficiente distancia entre aquella época y yo. Me repetí que ya no era el mismo hombre y me repetí muchas cosas que solo sirven, mientras no aparezca algo dispuesto a recordarte la verdad. La ruta no tenía nada especial. A esas horas la ciudad ya estaba medio dormida y el trayecto se volvía casi automático. Subían pocos pasajeros, bajaban rápido y uno seguía adelante sin pensar demasiado Tal vez por eso me costó tanto trabajo entender lo que estaba pasando cuando empezó a subir el mismo hombre todas las noches. Yo llegaba a una parada casi al final del recorrido. Abría la puerta y esperaba escuchar pasos o ver una sombra entrando, pero no veía a nadie. Lo único que ocurría era que, al levantar la vista hacia el espejo, él ya estaba sentado al fondo, del lado izquierdo, quieto, como si hubiera estado ahí desde antes. La primera vez creí que era el cansancio. La segunda me irrité y

1:35 le pedí el pasaje. El hombre no respondió, ni siquiera volvió la cara. Caminó hasta el último asiento y se quedó ahí, inmóvil, como si yo no existiera. La tercera vez decidí que no iba a permitírselo. Esperé a terminar la ruta. Estacioné el camión y fui hasta atrás con la intención de bajarlo. Pero no había nadie. Revisé el pasillo, los asientos. vacío me quedé parado un buen rato sintiéndome ridículo y me dije que seguro se había bajado cuando yo no estaba mirando esa explicación me sirvió unos días aunque en el fondo ya sospechaba que era mentira lo supe porque desde entonces empecé a esperar esa parada con una tensión que antes no sentía con el paso de las noches me fui acostumbrando a su presencia no es que la aceptara pero aprendí a seguir trabajando a pesar de ella. Lo veía sentado siempre en el mismo lugar, sin hablar, sin moverse, sin pedir la parada. Nunca lo vi mezclarse con los demás pasajeros. A veces el camión iba lleno y nadie parecía notarlo, o eso creía yo.

2:47 Luego empezaron a pasar cosas que ya no pude meter dentro de ninguna explicación razonable. Una noche iba completamente solo y sonó el timbre de parada. Miré el espejo por reflejo. El hombre seguía al fondo y no había nadie más. Pensé que el botón estaba fallando, pero el sonido no volvió a repetirse en ninguna otra parte del trayecto, solo en esas noches en que él iba arriba. Otra vez, al dar una vuelta, sentí con toda claridad que alguien avanzaba por el pasillo. Fue una sensación tan exacta que hasta me hice a un lado por instinto. Miré de inmediato el espejo y el hombre seguía sentado. No había movimiento.

3:30 Aún así, durante varios minutos tuve la certeza de que no estaba solo en la cabina. No le conté nada a nadie al principio. Me daba vergüenza. No quería que pensaran que el turno de noche me estaba afectando la cabeza. Además, en ese trabajo siempre había historias parecidas. Y yo no quería convertirme en otro chofer, que veía cosas donde no las sabía. Preferí callarme y terminar cada jornada con la sensación de que algo se había subido conmigo y no se estaba bajando en ningún lado. Lo peor no era el miedo, sino la costumbre que empezó a formarse alrededor de él. Hubo noches en que me sorprendí esperando verlo en el espejo, como si su ausencia fuera a inquietarme más que su presencia. Eso fue lo que más me asustó.

4:20 darme cuenta de que una parte de mí ya estaba empezando a aceptar lo imposible. La noche que cambió todo, subió una señora mayor unas paradas antes del final. Era una pasajera común, de esas que apenas miran al chofer, pagan y buscan asientos sin hacer conversación. Se sentó cerca de mí y pasó casi todo el camino en silencio. Yo seguí pendiente del espejo, como venía haciendo desde hacía semanas. hasta que escuché su voz muy cerca, más baja de lo normal, como si no quisiera que alguien más la oyera, no lo mire tanto, a él no le gusta, sentí que se me enfriaban las manos sobre el volante, no recuerdo cuánto tardé en responderle, pero si el esfuerzo que me costó fingir que no entendía de qué me hablaba,¿ a quién?, le pregunté, aunque ya sabía la respuesta, la señora giró un poco la cabeza hacia el fondo del camión, Al del sombrero me dijo, ese señor murió en esta ruta hace años. Frené más brusco de lo que debía y ella se sostuvo del asiento para no irse hacia adelante.

5:30 Durante unos segundos pensé que iba a retractarse, a decir que se había equivocado o que me estaba tomando el pelo. No hizo nada de eso, se quedó serena, como si solo me hubiera comentado algo evidente. Yo lo vi esa noche, agregó antes de bajar. No le pregunté nada más. La verdad, no tuve valor. Seguí el recorrido como pude, pero algo ya se había roto. Manejar dejó de sentirse como un trabajo y empezó a parecerse a una espera. Cuando llegué a mi casa no dormí. Me quedé sentado hasta que amaneció y apenas hubo luz fui a la terminal. Luego fui al periódico local, busqué notas viejas como quien va detrás de una confirmación que en realidad no quiere encontrar.

6:16 Yo ya sabía lo que iba a leer, lo sabía desde el momento en que esa mujer habló de una noche que yo también había tratado de enterrar. Aún así seguí buscando, pasando páginas y pidiendo archivos, como si necesitara ver con mis propios ojos que el pasado no estaba muerto. que solo se había quedado esperando la ocasión de sentarse otra vez al fondo de mi camión. El accidente había pasado muchos años atrás en esa misma ruta, y el chofer era yo. Tardé mucho tiempo en poder decirlo, sin sentir que la voz se me atoraba en la garganta. Durante años preferí contarlo de otra forma, como si le hubiera pasado a alguien más, y yo solo hubiera estado cerca, pero la verdad era más simple y más difícil de soportar.

7:06 Yo iba manejando, era joven y llevaba poco tiempo trabajando en el turno nocturno y me había convencido de que el cansancio no me afectaba. Todavía recuerdo la lluvia sobre el parabrisas, el reflejo de las luces en el pavimento y ese instante en que todo cambió sin darme tiempo de pensar. Un frenazo, el golpe, el ruido del metal, los vidrios y los gritos. Después de eso, mis recuerdos se vuelven inciertos. Hay partes enteras que se me borran y otras que regresan solo en pedazos. Lo único que siempre supe fue que yo había salido con vida y otros no. La nota del periódico era breve y cruel.

7:48 Decía que murieron seis personas. Cinco habían sido identificadas por sus familias. Del sexto casi no había información. Un hombre de mediana edad, sin documentos y sin nadie que fuera a reclamar el cuerpo. Algunos pasajeros recordaban que iba sentado al fondo. Leí esa línea varias veces. Me bastó para entender quién era el que se había estado subiendo a mi camión cada noche. Sin embargo, hubo algo más en esos recortes. Una mención pequeña, casi perdida entre declaraciones. Uno de los rescatistas decía que varios testigos hablaron de un niño. No iba registrado en ninguna lista. No apareció entre los heridos y tampoco entre los muertos. La versión oficial trató aquello como una confusión nacida del caos, pero al leer esa parte, sentí el mismo vacío que había sentido años atrás cuando todavía estaba en el hospital, y trataba de ordenar lo poco que recordaba, porque yo no lo había olvidado del todo. Después del impacto, mientras intentaba moverme y salir de la cabina, escuché unos golpes. No eran fuertes, pero sí insistentes. como si alguien pequeño estuviera pegándole a una superficie cerrada. También escuché un llanto. Fue breve, casi perdido entre el humo y las voces que iban llegando.

9:11 Durante años me esforcé por convencerme de que aquello no había sido real. Me repetí que estaba aturdido, que tenía sangre en la cara, que había demasiada confusión alrededor. Esa explicación me permitió seguir adelante. renuncié me fui de la ciudad trabajé en otras cosas y traté de no mirar demasiado hacia atrás volví mucho después ya más grande y con menos opciones acepté manejar otra vez porque necesitaba el trabajo y porque quería creer que ciertas culpas si no se nombran terminan por deshacerse solas pero me equivoqué desde la conversación con aquella señora empecé a sentir miedo de verdad Ya no era solo la incomodidad de llevar un pasajero imposible en el espejo. Era la certeza de que lo que me estaba ocurriendo tenía relación con algo que yo había dejado enterrado a medias. Cada noche llegaba a la terminal con la idea de renunciar al día siguiente.

10:12 Cada noche encontraba una razón para aplazarlo. A veces era el dinero. A veces era el cansancio. Otras veces era esa necedad absurda. que hace que uno prefiera aguantar antes que aceptar que algo se salió de sus manos. Mientras tanto, las apariciones del hombre se fueron haciendo más difíciles de ignorar. Una noche, antes de arrancar, revisé la unidad vacía como solía hacerlo. Bajé un momento a firmar unos papeles y cuando regresé, él ya estaba sentado al fondo. Ni siquiera había comenzado la ruta. se encontraba ahí inmóvil como si hubiera estado esperándome dentro del camión desde mucho antes de que yo llegara me quedé mirándolo tanto tiempo que otro chofer me preguntó si me sentía bien volteé apenas para responderle y cuando volví a mirar el asiento estaba vacío ese fue el momento en que entendí que ya no podía seguir fingiendo que todo estaba en mi cabeza Decidí que dejaría el trabajo al día siguiente. Sin embargo, antes tenía que cubrir un último turno. Todavía hoy no sé por qué acepté hacerlo. Tal vez por inercia, tal vez porque una parte de mí quería llegar al final de aquello.

11:28 El recorrido empezó igual que siempre. Las primeras paradas, los pasajeros de costumbre, el silencio de las calles casi vacías. Pero todo me pareció distinto. Cuando llegué a la parada del final del trayecto, abrí la puerta y me quedé viendo el vacío durante un segundo más de lo normal. No vi a nadie subir. Levanté la vista hacia el espejo y el hombre ya estaba sentado en su lugar de siempre. Sentí el golpe del miedo antes de darme cuenta de que no venía solo. A su lado había un niño, tendría unos ocho años. Llevaba uniforme escolar y abrazaba un cuaderno contra el pecho. Tenía la mirada fija en el piso y no levantó la cabeza. No recuerdo haber pensado nada claro. Lo único que sentí fue una certeza absoluta. No estaba loco. Todo aquello era real y había venido a buscarme, por algo que yo no quise recordar.

12:27 Pensé en levantarme, abrir la puerta y salir corriendo, pero no lo hice. algo en mí comprendió que ya era tarde para huir arranqué y el vehículo siguió avanzando pero no por la ruta normal yo llevaba las manos en el volante y sin embargo sentía que no era yo quien decidía del todo el camino fue torciéndose hasta llevarnos hacia la carretera del accidente afuera no se veía un solo coche entonces levanté otra vez la mirada hacia el espejo y vi que los asientos vacíos ya no estaban vacíos No distinguí rostros con claridad, pero supe que había más gente ahí atrás. No quise contar cuántos eran. Seguí manejando con la garganta cerrada, sabiendo que estaba a punto de llegar al sitio exacto donde la ruta, los muertos y mi culpa seguían detenidos desde hacía años. No sabría decir cuánto tardamos en llegar al lugar del choque. En ese momento, el tiempo ya no avanzaba de la forma normal.

13:30 Todo parecía suspendido dentro de una espera vieja, como si el camino y el camión hubieran vuelto a una noche que nunca terminó. Yo seguía con las manos apretadas al volante, respirando apenas y mirando de reojo el reflejo del pasillo. El silencio adentro era lo que más me pesaba. No se oía el motor como debía. Detrás de mí iban sentados el hombre, el niño y los otros que no quise mirar con detalle. Nadie hablaba, nadie se movía, pero aún así yo sentía que todos estaban pendientes de mí. El hombre se puso de pie cuando ya estábamos cerca. Primero lo vi avanzar por el espejo y luego lo sentí junto a la cabina. Caminó despacio, sin hacer ruido.

14:17 Me costó reunir valor para mirarlo de frente. Durante semanas solo lo había visto como un reflejo al fondo del camión y tenerlo tan cerca fue peor de lo que había imaginado. No tenía nada monstruoso. No era una aparición feroz. Era un rostro cansado, triste, con esa paciencia que solo puede tener alguien que ha esperado demasiado tiempo. Y eso fue lo que más miedo me dio. No parecía una amenaza. Parecía alguien que había vuelto porque algo seguía faltando. Cuando habló, su voz sonó baja y gastada. Falta uno, dijo. No necesité preguntar a quién se refería. Lo supe en cuanto escuché esas palabras. Era el niño, el mismo que nadie registró.

15:04 El mismo cuyos golpes escuché después del choque y que yo convertí, con los años, en una confusión de mi memoria. Quise explicarme. Quise insistir en que yo también estaba herido y en que todo ocurrió muy rápido. Pero ninguna de esas razones servía ya. La verdad era más sencilla y más dura. Yo escuché algo. Yo dudé. Y no hice lo suficiente. El camión se detuvo solo. No recuerdo haber pisado el freno. La puerta se abrió con ese sonido seco que tantas veces había oído en el trabajo. Solo que esa vez sonó distinto. Afuera estaba la misma curva de siempre. Y al mismo tiempo no lo estaba. Reconocí el lugar, pero lo sentí vacío. De una manera que nunca había sentido. Me di cuenta de que estaba llorando.

15:56 sin haber notado en qué momento se me llenaron los ojos. No era miedo o no era solo miedo, era vergüenza. Era el peso de haber vivido tantos años fingiendo que aquella noche estaba cerrada, cuando en realidad seguía abierta dentro de mí. Perdón, dije, esa fue la única palabra que me salió. Tal vez era una palabra demasiado pequeña para algo así, pero fue lo único honesto que pude ofrecer. El niño se levantó primero, lo vi pasar de perfil, todavía abrazado a su cuaderno y con la cabeza baja. Caminó hacia la puerta sin prisa, luego el hombre fue detrás de él. Antes de bajar por completo, giró apenas la cara hacia mí. No había reproche en su expresión, solo cansancio. Ya está, me dijo. Los dos descendieron y se perdieron en la oscuridad del camino. No hubo luces extrañas ni nada que pudiera contarse como un espectáculo. Simplemente dejaron de estar ahí. Esperé unos segundos sin atreverme a moverme.

17:00 Luego levanté la vista hacia el espejo y el camión estaba vacío. No había nadie, solo quedaba yo, respirando como si acabara de salir de un lugar demasiado hondo. A la mañana siguiente renuncié. No di explicaciones. Dije que ya no iba a seguir en el turno y que no quería volver a manejar de noche. Durante mucho tiempo evité pasar por esa carretera. Cambié de trabajo, de rutina y de manera de vivir. Hice todo lo que pude para dejar atrás ese recuerdo. A veces lo consigo. A veces pasan semanas enteras sin que piense en la ruta, en el hombre o en el niño. Pero luego hay noches en que despierto. con la certeza de haber escuchado el timbre de parada dentro de mi casa. O sueño que vuelvo a manejar y que al mirar el espejo, el último asiento vuelve a estar ocupado. Nunca alcanzo a verle bien la cara a quien se sienta ahí. No sé si es el mismo hombre, si es el niño o si soy yo, recordando lo que hice y lo que no hice. Por eso todavía me acuerdo de esa ruta.

18:08 Me acuerdo porque fue ahí donde entendí. Que ciertas culpas no desaparecen con el tiempo. Uno puede apartarse, guardar silencio, cambiar de vida y hasta convencerse de que ya dejó atrás lo peor. Pero algunas cosas no se van. Se quedan sentadas al fondo, en silencio, esperando el momento de mirarte otra vez.