June 17, 2026

Ex GAFES En Michoacán: La Noche De Las Luces Y Las Brujas - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi nombre completo no debe quedar escrito. En ese tiempo seguía activo, asignado a un grupo de reconocimiento de fuerzas especiales. Recuerdo bien esa entrada a la sierra de Nayarit, porque no empezó con combate ni con una alerta clara. Empezó con una misión común, de esas que uno cumple sin hacer preguntas. Revisar una zona marcada por inteligencia, confirmar si había acampamentos. y salir antes de que la noche cerrara por completo. Éramos cuatro. El capitán Castillo iba al mando. El sargento Ibarra era el segundo. El cabo Cárdenas llevaba el radio. Yo era el soldado Najera, fusilero. Nadie más entró con nosotros. La orden era sencilla, avanzar por una brecha, seguir a pie hasta el arroyo, buscar señales de actividad reciente y reportar. Si encontrábamos gente armada, no debíamos iniciar un enfrentamiento. La prioridad era ubicar, informar y regresar con la patrulla completa. Entramos con fusiles pesados, calibre grande, linternas, radio y un monocular térmico. No hacía falta más para esa revisión. La zona era complicada, pero conocida para nosotros.

1:23 Había veredas angostas, piedras sueltas, árboles cerrados en algunas partes. y una barranca cerca del arroyo. La señal del radio fallaba por tramos, así que Cárdenas mandaba posición cada vez que el terreno lo permitía. Castillo no aceleró el paso. Quería revisar sin hacer ruido, sin levantar polvo y sin dejar marcas evidentes. Durante el avance encontramos bolsas, latas abiertas, pedazos de plástico y huellas de botas. También vimos ramas cortadas y tierra removida junto a una vereda. No alcanzaba para confirmar un campamento activo, pero sí bastaba para seguir revisando.

2:04 Castillo decidió bajar hacia el arroyo porque el cauce daba cobertura y podía servir para mover carga. Ibarra revisaba el térmico por turnos. Cárdenas cuidaba el radio. Yo cerraba la formación y vigilaba los lados. La luz empezó a bajar mientras seguíamos el cauce. No recuerdo un horario exacto. Recuerdo el color apagado del terreno y la forma en que todos hablamos menos. En esas entradas, cuando el día se acaba, uno escucha mejor los pasos de los demás, el roce del equipo y cualquier rama que se quiebra fuera de la línea. Por eso nos detuvimos al mismo tiempo, cuando sonó el primer golpe entre los árboles a nuestra derecha.

2:47 Castillo levantó la mano. Todos quedamos fijos. El golpe se repitió, más bajo, más cerca del arroyo. Ibarra levantó el térmico y revisó sin moverse de su sitio. Tardó poco en ubicar algo y marcó con la mano hacia el frente derecho. Después me pasó el monocular. En la pantalla vi una firma de calor grande, baja, en movimiento. Tenía cuatro puntos de apoyo y avanzaba con fuerza. No era una persona caminando agachada, pues la espalda se mantenía muy cerca del suelo, pero el volumen era demasiado ancho. El contacto se movió entre los árboles, se detuvo y volvió hacia el cauce.

3:31 No había otra firma de calor cerca. No vimos armas, luces ni siluetas humanas alrededor. Castillo hizo señas para mantener la posición y abrir un poco la línea de tiro. Cárdenas intentó enlazar con la base, pero no entró respuesta. Nadie habló en voz alta. Cada uno hizo lo suyo. Ibarra mantuvo el térmico arriba, Cárdenas siguió con el radio, y yo apunté hacia el punto donde la firma había bajado. La respiración llegó antes de verlo con luz directa. Era fuerte, pesada y cortada. Venía desde el arroyo. Después llegó el olor, sangre vieja, pelo mojado y carne descompuesta. Lo recuerdo porque entró de golpe, sin viento que lo trajera desde otro lado.

4:18 Castillo miró a Ibarra y levantó dos dedos. Ibarra entendió la orden, preparó la lámpara, esperó a que el contacto avanzara un poco más y encendió un destello breve. Lo vimos agachado, con las extremidades delanteras apoyadas en el suelo. Tenía pelo oscuro en el cuerpo, el torso ancho, los brazos largos y la cabeza baja. La luz le pegó en la cara y levantó la mirada hacia nosotros. Tenía hocico. frente marcada y ojos de frente, no a los lados. No corrió, no se cubrió y no buscó el monte. Se quedó mirando a la patrulla durante ese segundo de luz y Barra apagó la lámpara. Castillo levantó el fusil, pero no disparó. Marcó con la mano que nadie abriera fuego sin ataque directo. El contacto volvió a moverse. Primero dio dos pasos hacia un lado, luego bajó más el cuerpo y avanzó hacia la parte estrecha del cauce. Lo escuchábamos pisar tierra y piedras. Cada movimiento tenía peso. Cárdenas probó otra vez el radio, pero la transmisión no salió.

5:27 Castillo le indicó silencio con la mano y lo colocó detrás de una roca. Yo tenía el fusil apuntado al centro del arroyo. Sentía el dedo fuera del gatillo y el seguro listo. Ibarra respiraba por la boca sin apartar el térmico. Castillo observaba el terreno, buscando una salida para nosotros y una línea clara hacia el contacto. Nadie mencionó brujería y nadie dijo Nahual. En ese momento solo había un cuerpo grande frente a nosotros, una señal de radio caída y una distancia que se estaba cerrando. Castillo ordenó retroceder unos metros. Lo hizo con señas, sin romper el silencio.

6:08 Empezamos a movernos despacio, primero Cárdenas, luego Ibarra, luego yo. El capitán quedó un paso adelante, con el fusil fijo hacia el cauce. Entonces, el contacto golpeó el suelo con las manos y se levantó sobre las patas traseras. El movimiento fue rápido, firme y completo. Quedó más alto que un hombre, el pecho subía con fuerza y los brazos le colgaban hasta abajo con los dedos abiertos. Abrió el hocico y soltó un rugido grave, corto, con una voz humana metida al final. Ese sonido nos detuvo. Cárdenas dejó el radio contra el chaleco. Ibarra bajó una rodilla y apuntó.

6:51 Yo tomé mejor apoyo en la piedra. Y Castillo habló apenas fuerte para que lo oyéramos los tres. Se ataca, le dan fuego. La criatura bajó de nuevo al suelo, apoyó las manos, tensó las piernas y saltó hacia nosotros. Castillo disparó primero, una ráfaga corta al centro del cuerpo. y en cuanto escuché los impactos, entré con mi fusil. Ibarra disparó desde la rodilla. Cárdenas tardó un segundo más, porque todavía traía el radio contra el pecho, pero alcanzó a levantar el arma y abrió fuego. La criatura venía baja con las manos golpeando el suelo y se frenó al recibir los primeros tiros. La distancia era corta, así que los impactos le pegaron en el torso, en el hombro y en la parte alta del cuello. El cuerpo se sacudió, soltó un rugido fuerte y siguió avanzando. Castillo ordenó fuego controlado, pues no quería que vaciáramos los cargadores sin medir la distancia. Yo apunté al pecho, después al abdomen, y vi sangre oscura abrirse entre el pelo. Ibarra buscó la cabeza. Dos disparos pegaron arriba porque la criatura echó el cuello hacia atrás, pero recuperó la postura de inmediato.

8:05 No cayó. Tampoco retrocedió lo suficiente para darnos espacio. Se movía herida, con más furia, y cada paso cerraba la línea entre nosotros y la salida. Cárdenas intentó transmitir mientras disparaba en ráfagas cortas. Alcanzó a mandar nuestra clave. Después dijo contacto y lesionado probable, aunque todavía nadie había caído. La transmisión salió cortada. La criatura giró hacia su voz y Castillo le gritó que se moviera atrás. Cárdenas bajó el radio, pero quedó descubierto un instante. Ibarra lo jaló del chaleco, y en ese movimiento la criatura se fue contra los dos. Ibarra disparó a menos de cinco metros.

8:48 Yo vi los fogonazos pegarle de frente a la criatura, en el pecho y en un brazo. Eso la desvió, pero no la detuvo. Alcanzó a golpear a Ibarra con el brazo izquierdo. El golpe entró contra el pecho y el hombro. Ibarra salió hacia atrás y cayó contra una piedra. Cárdenas también cayó, arrastrado por el peso del chaleco, pero se levantó rápido y buscó al sargento. Castillo y yo disparamos al mismo tiempo para quitarle presión a los dos. La criatura giró hacia nosotros, abrió el hocico y volvió a gruñir. Tenía sangre en la boca. La luz de las linternas le pegaba en el pelo mojado y en las heridas abiertas. Yo cambié cargador con las manos firmes, aunque sentía la garganta cerrada. Castillo no perdió el mando, señaló a Cárdenas, después a Ibarra, y ordenó mover al herido al centro. Ibarra seguía consciente, tenía la ceja abierta y respiraba con dolor. Cárdenas lo tomó del chaleco y lo levantó hasta sentarlo. El sargento apretó los dientes, buscó su fusil y volvió a apuntar desde el suelo. Castillo le preguntó si podía caminar, e Ibarra respondió con una señal de mano. No había tiempo para revisar más. La criatura bajó la cabeza, apoyó las manos en la tierra y empezó a moverse de lado, cerrándonos el paso hacia el arroyo. Castillo cambió la orden.— Piernas, tiren a las piernas para inmovilizarlo. Apunté a la derecha, debajo de la cadera.

10:22 Ibarra disparó desde donde estaba, y Castillo sostuvo fuego al centro para que la criatura no levantara el cuerpo. Cárdenas, ya detrás de Ibarra, también disparó. La criatura recibió varios impactos bajos, perdió apoyo y cayó sobre una rodilla. El golpe levantó tierra. Por primera vez se quedó abajo más de un segundo. Luego clavó las manos en el suelo, se empujó con los brazos y se incorporó otra vez. Esa parte la recuerdo con claridad, porque ahí entendí que no bastaba con pegarle. La estábamos hiriendo, la estábamos haciendo sangrar, pero no la estábamos deteniendo. Cada disparo producía reacción, cada impacto le abría la piel o el pelo, y aún así el cuerpo seguía funcionando. No era un hombre con protección, y no era alguien drogado aguantando dolor. Era otra cosa, y venía contra nosotros en terreno cerrado. Cárdenas logró enlazar otra vez con la base. Habló rápido, sin apartar la vista del frente. Reportó un elemento lesionado, contacto no identificado y necesidad de extracción. La respuesta llegó incompleta, con interferencia.

11:41 Castillo no esperó confirmación. Ordenó retirada por la misma ruta, todos juntos, sin abrirnos. Cárdenas cargó a Ibarra del chaleco. El sargento pudo ponerse de pie, pero caminaba doblado, con una mano sobre el costado. Yo quedé atrás con Castillo, cubriendo el movimiento. La criatura no nos siguió en línea recta. Avanzó hacia el borde del barranco. Castillo la vio primero y levantó el brazo para detenernos. Todos apuntamos. El barranco abría un corte ancho junto al cauce. Y desde nuestra posición no había paso directo. La criatura llegó al borde, se agachó y tomó impulso con las dos piernas. Saltó completo y cayó del otro lado con las manos por delante.

12:28 Resbaló sobre la tierra y recuperó apoyo sin detenerse. Ibarra, sostenido por Cárdenas, levantó el fusil y disparó una última ráfaga. Yo disparé también. Vi impactos en la espalda y en un hombro. La criatura bajó el cuerpo, siguió entre los árboles y desapareció. Todavía escuchamos ramas quebrándose unos segundos. Después quedó solo el radio con estática y nuestra respiración. Castillo ordenó cesar el fuego. Nadie volvió a disparar. Revisó a Ibarra de inmediato. La herida de la ceja sangraba, pero lo que más le dolía era el costado. Cárdenas confirmó que el radio seguía funcionando, aunque la señal entraba débil.

13:12 Yo revisé munición y mantuve la luz hacia el otro lado del barranco, pero no hubo más movimiento. Antes de retirarnos por completo, Castillo decidió revisar el punto del contacto. No autorizó persecución ni cruce. Solo permitió avanzar hasta el arroyo, juntos, con línea de tiro abierta. Necesitábamos rastros. Llegar al puesto con un lesionado, cartuchos gastados y una historia sin evidencia iba a traer problemas. Caminamos despacio hasta el lugar donde la criatura había caído de rodillas. Había sangre oscura en la tierra, pelo pegado a una rama y marcas profundas en el suelo. Cárdenas guardó una muestra en una bolsa.

13:56 Ibarra tomó dos fotos apoyado en una piedra para no caer. Castillo alumbró el borde del barranco, revisó el otro lado y cerró la búsqueda con una orden seca. Nadie iba a cruzar. Con un herido, señal mala y menos munición, seguir ese rastro era entregar al equipo. Regresamos por la misma vereda, con Ibarra al centro, Cárdenas junto a él, Castillo adelante y yo cubriendo atrás. Cada ruido nos detenía pero nadie mencionó Nahuales y nadie buscó una explicación. Caminamos hasta el punto de extracción, subimos a la camioneta y salimos sin hablar. Yo todavía traía el olor de esa sangre metido en el uniforme. En el puesto nos bajaron sin preguntas largas. Primero atendieron a Ibarra porque traía el golpe más fuerte y respiraba con dolor. El médico le revisó el costado, la espalda y la herida de la ceja.

14:55 Tenía dos costillas fisuradas, una contusión amplia y el corte abierto, por el golpe contra la piedra. No perdió el conocimiento y eso permitió que le tomaran declaraciones a misma noche. Castillo pidió que no nos dejaran hablar entre nosotros hasta terminar los reportes. Quería declaraciones separadas, con horas, ubicación, munición usada y estado de cada elemento. A mí me sentaron en una mesa dentro de una oficina pequeña. Todavía traía el uniforme sucio, el olor de la sangre en las mangas y tierra pegada en las rodilleras. Un oficial me dio hojas y me pidió escribir sin adornos. Eso hice.

15:35 Puse que el contacto no estaba identificado, que atacó al equipo, que recibió fuego directo y que dejó evidencia biológica en el terreno. No usé la palabra Nahual y la verdad no usé ninguna palabra que sacara el reporte del canal militar. escribí lo que podía sostener con mis ojos, con los disparos realizados y con las muestras entregadas. Cárdenas entregó la bolsa con pelo y tierra manchada. También entregó el registro del radio, aunque la transmisión había quedado incompleta. Ibarra entregó la cámara con las fotos que tomó antes de la retirada. Castillo entregó las coordenadas y la relación de cartuchos gastados.

16:16 Todo quedó bajo resguardo, con firmas y nombres completos. El capitán revisó cada formato antes de entregarlo. No levantó la voz, no pidió trato especial y no agregó comentarios fuera de lugar. Se limitó a dejar constancia de que un elemento estaba herido y de que el equipo había usado fuerza por amenaza directa. Después me llamaron a entrevista. El oficial que me recibió no estaba molesto, pero tampoco aceptaba mi relato de inmediato. Me hizo repetir la parte del barranco varias veces. Quería saber desde dónde lo vimos saltar, qué distancia había, qué luz teníamos y quién más pudo confirmar ese movimiento.

16:59 Respondí con los datos que recordaba y no adorné nada. Cuando preguntó si pudo tratarse de un hombre con protección, le dije que no había visto casco, placas, mochila ni ropa. Cuando preguntó si pudo ser un animal conocido, le dije que ningún animal de esa zona, Se levantaba de esa manera, ni seguía avanzando después de recibir tantos impactos. El oficial siguió escribiendo. A ratos levantaba la mirada y me dejaba terminar, antes de pasar a otra pregunta. Me pidió describir el sonido, le dije que fue un gruñido grave, con una parte humana al final. Me pidió describir el olor, le dije que era sangre vieja y carne echada a perder. También me pidió confirmar si alguno de nosotros mencionó leyendas durante el contacto. Le dije que no. En ese momento nadie tenía espacio para historias. Había un herido, poca señal, munición gastada y un contacto que se había perdido del otro lado de la barranca. Al amanecer mandaron otro equipo al sitio.

18:04 Nosotros no fuimos. Ibarra quedó en observación y Castillo permaneció en el puesto para ampliar el parte. Cárdenas y yo seguimos disponibles por si necesitaban otra entrevista. Más tarde llegó información del segundo equipo. Encontraron sangre seca, más pelo y marcas del otro lado del barranco. También revisaron el área por la misión original. No encontraron campamento activo, armas, cobijas ni comida reciente. Ese dato dejó el asunto en una zona incómoda, porque el operativo había entrado buscando actividad humana y el terreno entregó otra clase de evidencia. Un guía local acompañó esa revisión. No recuerdo su apellido, pero se llamaba Julián. Cárdenas habló con él al regresar el equipo y luego me contó la conversación. El guía vio las marcas, preguntó cuántos habíamos entrado durante la noche y pidió no seguir hacia la parte alta. Dijo que esa zona tenía historias de Nahuales y que la gente de las rancherías evitaba cruzar por ahí después de oscurecer. No lo dijo para asustar, lo dijo con voz baja frente a militares armados, mientras señalaba el rumbo por donde se había perdido el rastro.

19:19 Esa palabra no quedó en el informe principal, apareció en una nota secundaria atribuida al guía, sin darle peso operativo. El documento final habló de un espécimen animal no identificado, agresivo, de gran tamaño, con resistencia inusual a munición de fusil. También asentó que el uso de fuerza fue justificado por ataque directo. Esa parte protegió al equipo. Habíamos disparado mucho, había un lesionado y no había cuerpo. Sin esa redacción, el caso habría terminado en investigación contra nosotros antes de revisar el terreno. Las muestras salieron del puesto dos días después.

20:02 Nadie nos dijo a dónde las llevaron. Primero informaron que el análisis estaba pendiente. Luego dejaron de responder. Castillo pidió novedades por el conducto regular, hasta que le ordenaron cerrar el tema en nuestra unidad. No fue una amenaza abierta, fue una instrucción seca. No insistir fuera de cadena de mando, no hablar del evento con otros elementos y no circular fotos ni versiones de pasillo. Ibarra pasó semanas fuera de campo. Cuando volvió, ya no era el mismo en las salidas nocturnas. Cumplía, revisaba su equipo y obedecía órdenes, pero evitaba quedar en retaguardia cuando el terreno tenía barrancas. Cárdenas siguió operando, aunque dejó de bromear con los guías cuando mencionaban lugares pesados.

20:51 Castillo nunca volvió a hablar del caso delante de nosotros. Si alguien preguntaba por la lesión de Ibarra, Respondía que había sido durante un contacto en la sierra y cambiaba el tema. Yo seguí saliendo a operaciones. No cambié por miedo, cambié por experiencia. Desde esa noche, reviso más los cortes del terreno, escucho los ruidos bajos y pongo atención cuando los animales se callan de golpe. También aprendí a respetar lo que dicen los pobladores, aunque no entré en un reporte. La sierra guarda cosas que no siempre dejan cuerpo, ni explicación, ni un archivo completo. El expediente quedó cerrado en términos prácticos, pero no quedó resuelto. El equipo entregó muestras, fotos, coordenadas y declaraciones. La respuesta oficial nunca regresó. Lo único que recibimos fue silencio administrativo, servicio normal y una orden clara de no convertir el contacto en conversación de cuartel. Esa fue la parte más dura de aceptar. No el ataque, no el ruido y no la sangre. Lo más duro fue entender que algo podía herir a un soldado. Resistir fuego directo, dejar rastros en el terreno y desaparecer dentro de un documento. Ibarra cargó las costillas rotas. Cárdenas cargó la grabación incompleta. Castillo cargó el parte y yo cargué el recuerdo del barranco, la caída del otro lado. y ese cuerpo herido que siguió avanzando hasta perderse entre los árboles.

22:33 Recuerdo esa operación en la sierra de Michoacán, porque fue la primera vez que vi perder el control a un elemento, sin que hubiera disparos ni contacto armado. Éramos cuatro, el sargento Jiménez, el cabo Tobar, el soldado Vega y yo. La orden era subir por la ladera norte de un cerro, ocupar un punto de observación y confirmar el movimiento en una brecha. No íbamos a detener a nadie, solo debíamos mirar, reportar y salir antes de que amaneciera. Jiménez nos dio la instrucción antes de bajar del vehículo. Nadie hablaba, nadie encendía la luz y nadie se separaba. Las señales con la mano bastaban. La zona tenía barrancos y monte cerrado, así que el silencio también servía para escuchar el terreno.

23:23 Un tropiezo, una rama quebrada o una piedra rodando podían delatarnos. Revisamos el equipo sin decir más. Antes de iniciar, un policía municipal se acercó a Jiménez con el croquis, señaló el cerro y dijo que la gente evitaba esa parte después de medianoche. Mencionó luces arriba de la sierra, brujas y nahuales, Jiménez le pidió caminos, salidas y puntos habitados. El policía volvió a decir que esas luces no eran de lámparas. Jiménez cerró el mapa, le agradeció la información útil y terminó la conversación. Yo escuché todo desde la parte trasera del vehículo. La tomé por una advertencia más de la zona. Entramos al monte en fila corta. Vega abrió camino. Tobar iba detrás. Jiménez caminaba al centro y yo cerraba. La subida exigía cuidado, pero avanzamos sin problemas al principio. El suelo tenía piedra suelta y había tramos donde las ramas rozaban el equipo. Cada vez que algo sonaba, nos detenía la mano de Jiménez. Esperábamos unos segundos y seguíamos.

24:33 Nadie habló ni se quejó. El avance era lento, pero ordenado. Llegamos al punto de observación con la madrugada encima. Desde esa posición se alcanzaba a ver una parte de la brecha y también se tenía vista hacia la cima del cerro. Jiménez nos acomodó en una línea corta. Vega quedó adelante, cerca de la pendiente. Tobar se abrió hacia su derecha. Jiménez quedó entre los dos y yo cubrí la salida. Nos colocamos boca abajo, con el equipo pegado al cuerpo. La orden era observar y esperar. Durante varios minutos no hubo movimiento en la brecha. No vimos vehículos ni escuchamos motores.

25:15 Yo revisaba la parte baja cuando Vega levantó la mano. No hizo una seña completa. Solo alzó dos dedos y apuntó hacia la cima. Todos miramos. La primera luz estaba arriba del cerro. Era una esfera de fuego suspendida sobre los árboles. Se mantenía fija durante unos segundos y luego descendía con lentitud. No soltaba humo, no dejaba chispas y no alumbraba el suelo. Después aparecieron otras dos, una a cada lado. y las tres bajaron por la misma zona con movimientos controlados. Ninguna cayó. Jiménez levantó el puño para ordenar quietud. Tobar usó el visor nocturno, miró unos segundos y lo bajó de inmediato. Vega volteó hacia nosotros, buscó confirmación con la cara y Jiménez le señaló el frente.

26:06 Yo no necesitaba visor para verlas pues las tres luces estaban claras sobre las copas de los árboles. Cuando bajaron un poco más, el monte empezó a moverse debajo de ellas. Las ramas altas se doblaban y regresaban a su lugar. En nuestra posición no había viento. Jiménez miró hacia los lados, luego hacia Vega, y mantuvo la mano cerrada. Nadie debía moverse. Yo sentí que el cuerpo se me tensaba, pero mantuve el arma baja. La primera risa salió desde la parte baja cerca del barranco. Era una voz de mujer vieja, ronca y cortada. Luego respondió otra desde la izquierda y una tercera sonó detrás de los árboles. No venían del mismo punto. La risa se movía entre el monte, subía, bajaba y regresaba por otro lado. Jiménez volvió a cerrar el puño. Tobar giró despacio la cabeza, revisó entre los troncos y negó con una seña. Vega empezó a respirar por la boca. Yo lo veía de perfil. Tenía las manos en el fusil, pero la cabeza se le iba hacia donde salían las risas. Tobar preguntó con una seña si había personas, pero Jiménez negó. Yo recorrí el monte con la vista, de izquierda a derecha, y no encontré cuerpos, armas ni lámparas. Solo estaban las risas y las tres luces sobre los árboles. Después llegaron los susurros. El primero dijo el nombre de Vega, no fue su apellido, fue

27:37 su nombre de pila. La voz salió desde el barranco, baja y clara. Vega reaccionó en ese instante. Movió la cabeza, cargó el peso hacia adelante y soltó aire por la nariz. Jiménez se arrastró hasta él y le puso una mano en el chaleco. Vega se quedó quieto, pero ya no miraba la brecha, miraba hacia el borde. Luego escuché mi nombre a mi derecha. Salió cerca, a pocos metros. Nadie en la patrulla lo había pronunciado. En operación usábamos apellidos, no nombres. No contesté, apreté la mandíbula y fijé la vista en los árboles. La voz repitió mi nombre una vez más, más bajo, y después se mezcló con una risa larga que terminó cerca de la pendiente. Las tres luces descendieron otro tramo. Jiménez hizo la seña de repliegue lento, pero antes de iniciar el movimiento, las luces se apagaron al mismo tiempo. La cima quedó negra. y la risa paró, y durante unos segundos solo escuché la respiración de Vega.

28:44 Entonces Vega soltó una correa de su equipo. Tobar lo vio y se acercó para detenerle la mano. Jiménez también se movió hacia él. Vega no respondió. Tenía los ojos abiertos y la cara vacía. No mostraba miedo ni enojo. Sus dedos buscaron otra hebilla del chaleco, la soltaron, y luego bajaron hacia la cintura. Jiménez le ordenó en voz baja que se quedara quieto pero Vega siguió con las manos en el equipo. Una voz de mujer dijo su nombre otra vez, ahora desde el borde del acantilado. Vega levantó la cabeza, dio un paso hacia adelante y dejó atrás la cobertura. Jiménez alcanzó a sujetar a Vega del chaleco y lo jaló hacia atrás. Tobar entró por el lado derecho. Yo avancé por detrás y le tomé el hombro izquierdo. Vega no gritó, no pidió ayuda y nos miró.

29:37 Solo empujaba hacia el barranco con la vista clavada en el borde, y cada vez que le cerrábamos el paso, volvía a meter fuerza con las piernas. Jiménez nos ordenó tumbarlo. Lo hicimos entre los tres, sin soltarle los brazos. Vega cayó de costado, golpeó la rodilla contra una piedra y siguió tratando de levantarse. No tenía la reacción normal de un hombre asustado. Tenía los ojos abiertos, respiraba por la boca y mantenía la cabeza dirigida hacia el mismo punto. Tobar le sujetó las muñecas, yo le aseguré las piernas y Jiménez le puso una rodilla en la espalda para inmovilizarlo. Las risas regresaron desde el monte, pero esta vez estaban más cerca, no venían juntas. Una sonaba a la izquierda, otra adelante y otra abajo, cerca del corte del terreno.

30:28 Vega dejó de empujar, levantó la cara del suelo y empezó a llorar sin hacer ruido. No volvió en sí, tenía lágrimas, pero no respuesta. jiménez le habló por su apellido tovar le golpeó el casco con la mano abierta y yo le apreté el hombro y le repetí que se quedara abajo pero vega no reaccionó entonces las vimos tres mujeres estaban paradas en la línea de árboles frente al barranco no las vimos llegar estaban separadas por pocos pasos y miraban hacia nosotros eran ancianas horribles Tenían el pelo suelto, la cara hundida, las uñas largas y los ojos completamente negros. No había blanco en esos ojos. La del centro tenía la boca abierta en una sonrisa fija.

31:14 Las otras dos mantenían las manos abajo, con los dedos estirados. Tobar avisó que también las veía, y Jiménez le ordenó no soltar a Vega. Yo no necesitaba que nadie confirmara nada. Las tenía de frente a una distancia corta, quietas entre los árboles. La del centro levantó la mano despacio y movió los dedos. Las uñas se marcaron contra la oscuridad y luego soltó una risa baja, áspera, con dos tonos mezclados en la garganta. Las otras dos respondieron y el sonido se abrió por el barranco. Vega reaccionó de inmediato, empujó el cuerpo contra el suelo y jaló las piernas para avanzar. Tobar perdió el agarre y cayó de rodillas.

31:58 Jiménez ordenó asegurarlo. Así que saqué una brida del equipo y le sujeté las muñecas por delante, y Tobar usó una correa para amarrarle los tobillos. Vega siguió respirando fuerte, con la cara pegada a la tierra, sin reconocer nuestras voces. Una de las ancianas pronunció el nombre completo de Jiménez. Lo dijo claro, sin gritar. Después pronunció el de Tobar y luego el mío. Pero nadie contestó. La del centro inclinó la cabeza y dijo el nombre de la madre de Vega. Yo no lo conocía, Tobar tampoco. Jiménez se quedó inmóvil un segundo, pero no soltó presión sobre la espalda de Vega. Al escuchar ese nombre, Vega levantó la cara del suelo, abrió la boca y jaló con más fuerza.

32:47 Pero no salió palabra, solo aire y llanto. Jiménez decidió salir de ahí. Ordenó levantar a Vega y bajar por la misma ruta. Nadie discutió y nadie disparó. Vega estaba en medio de nosotros y el barranco quedaba cerca. Había que sacarlo vivo, eso era todo. Tobar revisó la correa de los tobillos. Yo tomé a Vega por debajo de los brazos y Jiménez ayudó a cargarlo desde la cintura. No alcanzó a quitarse el equipo, solo había soltado dos correas, así que seguía pesado. Empezamos a bajar con pasos cortos. Tobar sangraba por el golpe de la caída pero siguió cargando.

33:29 Jiménez caminaba atrás con el arma hacia la línea de árboles. Yo llevaba más peso porque Vega se tensaba y luego se aflojaba de golpe. En varias partes tuvimos que detenernos para acomodarlo, pero cada pausa hacía volver las risas. Las ancianas no se acercaron corriendo. Caminaban entre los árboles a un lado de nuestra ruta. Las veíamos por partes entre troncos detrás de piedras. y en claros breves del monte. No se ocultaban, solo nos seguían. La del centro era la más visible, siempre un poco adelante, con la cabeza inclinada y la boca abierta. Cuando ella se reía, Vega se arqueaba y trataba de girar hacia el sonido. La bajada se hizo más difícil, pues teníamos que sostener a Vega y cuidar el terreno al mismo tiempo. Una vez lanzó el cuerpo hacia la izquierda y casi nos arrastró con él. Jiménez lo golpeó con la palma en la espalda y le ordenó quedarse quieto, pero Vega no respondió.

34:30 Solo movía los labios, pero no formaba palabras. Tenía tierra en la boca y sangre en un lado del labio. Más abajo, las risas se apagaron. Seguimos en silencio y solo se oían nuestras botas, la respiración de Vega. Y, entonces, Tobar levantó la mano y señaló hacia la cañada. Venía algo entre el monte. Jiménez le ordenó no separarse. Yo miré hacia ese punto y vi movimiento bajo, primero entre ramas, luego sobre el camino. Salió un perro negro. Era grande, de lomo alto, con el cuerpo flaco y los ojos negros. No ladró y no mostró los dientes. Se quedó parado a la misma distancia que habían mantenido las ancianas. Jiménez lo vio y nos mandó seguir. Reanudamos la marcha con Vega encima, y el perro empezó a caminar detrás de nosotros.

35:24 Cada vez que nos deteníamos, el perro se detenía, y cuando avanzábamos, avanzaba. Tobar preguntó si lo abatíamos, pero Jiménez le contestó que no perdiéramos tiempo. La orden fue bajar hasta el vehículo sin abrirnos de la ruta. Vega oyó la voz de Tobar y volvió a moverse, e intentó girar hacia la parte alta, donde habíamos visto a las mujeres. El perro se detuvo, levantó el hocico y abrió la boca. De ahí salió la misma risa de la anciana del centro. Después de esa risa, Jiménez cambió la formación sin esperar respuesta. Me mandó al frente para ubicar la bajada. Tobar quedó conmigo cargando a Vega, y él cerró atrás con el arma hacia el monte. El perro nos siguió durante un tramo, caminaba detrás. Donde el terreno se abrió, dejamos de verlo, pero todavía escuchamos pisadas entre las ramas. Jiménez habló por radio con voz baja. Reportó que llevábamos un elemento en mal estado y que íbamos hacia el punto de extracción.

36:29 No mencionó luces, mujeres ni animales. La señal entró con interferencia, pero alcanzaron a responder. Con eso tuvimos una referencia clara, llegar al vehículo y salir. Vega iba peor. Tenía las muñecas marcadas por la brida, la boca lastimada y tierra en la cara. Respiraba rápido, endurecía el cuerpo por momentos y luego perdía fuerza de golpe. Cada cambio nos obligaba a corregir el agarre. Yo traía los brazos cansados, las piernas flojas por la bajada y la espalda cargada por el peso de Vega. Jiménez no dejaba de revisar atrás. Las voces siguieron más bajas que antes. y decían nuestros nombres desde distintos puntos del monte. Una voz le ordenó a Jiménez soltar a Vega. Otra le dijo a Tobar que se fuera por la izquierda, pero nadie les respondió.

37:23 Jiménez nos ordenó mirar al frente y seguir bajando. Yo obedecí, aunque cada vez que escuchaba mi nombre sentía el impulso de voltear, pero no lo hice. Cerca de la brecha volvimos a ver las tres luces en la parte alta del cerro. Estaban suspendidas sobre los árboles, quietas, separadas entre sí. No bajaron. Jiménez las vio, Tobar también, pero nadie habló. Yo seguí caminando porque, si me detenía con Vega encima, podía perder el equilibrio. El vehículo estaba donde lo habíamos dejado y el conductor salió al escucharnos. Preguntó qué pasaba, pero Jiménez le ordenó encender el vehículo y moverse. Subimos a Vega en la parte trasera. Yo entré con él para sujetarle la cabeza. Tobar subió adelante limpiándose la sangre con la manga y Jiménez fue el último en entrar.

38:18 Antes de que cerrara la puerta, la risa volvió desde la orilla del camino. El conductor la escuchó y se quedó inmóvil con la mano en la llave. Jiménez le gritó que arrancara y el motor prendió al segundo intento. Cuando avanzamos, miré por la parte trasera y vi a las tres ancianas en la brecha. Estaban juntas en medio del camino. La del centro levantó una mano y todavía alcancé a ver las uñas largas. Después las tres se agacharon al mismo tiempo. El vehículo tomó la curva y las perdí de vista. No paramos hasta llegar al destacamento. Bajamos a vega entre dos y lo llevamos al área médica. Seguía en trance. El médico de guardia le revisó el pulso, la presión, las pupilas y las heridas visibles. No olía a alcohol y no tenía señales claras de consumo. Le limpiaron la boca, revisaron las marcas de las muñecas y lo dejaron en observación. Le dieron medicamento para tranquilizarlo. Vega despertó ya con luz de día. Yo estaba afuera del cuarto cuando lo escuché preguntar por qué estaba amarrado y por qué le dolía la boca. Entré con Tobar unos minutos después. Vega nos miró confundido. Recordaba las luces sobre los árboles, pero no recordaba el avance hacia el barranco.

39:38 Las correas sueltas ni la brida en las muñecas. Tobar le preguntó por el nombre que había dicho la voz. Vega guardó silencio. Luego confirmó que era el nombre de su madre, pero ninguno de nosotros lo conocía. El mando nos entrevistó por separado. Jiménez declaró primero. Tobar declaró después. Y yo entré al final. El conductor solo habló de la risa que escuchó junto al vehículo. A Vega lo entrevistaron cuando el médico lo autorizó. El reporte cerró el caso como desorientación nocturna asociada a estrés operativo. Jiménez firmó, Tobar firmó y yo firmé. Entendí que el papel necesitaba una causa simple, aunque lo ocurrido no la tuviera. Un equipo regresó de día al punto donde sujetamos a Vega.

40:31 Fueron con más elementos y revisaron la ruta completa. Al volver, dijeron que encontraron la hebilla rota del chaleco, marcas de arrastre en la tierra y huellas descalzas cerca de la línea de árboles. También mencionaron marcas profundas junto a esas huellas. Tomaron fotografías, pero yo nunca las vi. En el pueblo más cercano, Tobar habló de las luces mientras compraba agua. Una mujer lo escuchó y dijo que eran las brujas de la sierra. También dijo que esas brujas atemorizaban al pueblo. Jiménez lo cortó en ese momento y nos sacó del lugar. Vega estuvo semanas fuera de servicio. Cuando volvió, hablaba poco, evitaba los turnos nocturnos y se alteraba con las risas de mujeres mayores. Tobar quedó con una cicatriz. Jiménez siguió trabajando, pero nunca volvió a mandar una patrulla chica por ese cerro durante la noche. Yo tampoco volví a pasar por ahí.

41:29 Lo duro fue aceptar que casi perdimos a Vega sin recibir un disparo. No hubo enemigo armado, persecución ni emboscada que pudiera explicarse en un informe. Vega caminó hacia el barranco con los ojos abiertos y sin obedecer órdenes. Lo sacamos porque lo sometimos a tiempo, porque Jiménez no dudó y porque Tobar aguantó herido durante la bajada. El caso quedó cerrado como baja psicológica temporal. Esa fue la versión oficial. Yo no discuto lo que firmé, pero recuerdo lo que vi. Recuerdo las voces diciendo nombres que no usamos. Recuerdo la risa saliendo de la boca del perro. Y recuerdo a Vega, despertando sin saber por qué tenía las muñecas marcadas. Desde esa noche, cuando alguien habla de Nahuales o de las brujas de la sierra, no me burlo. No afirmo más de lo que puedo sostener. Solo digo que, en ese cerro, algo nos llamó por nuestros nombres. Le quitó la voluntad a Vega durante varios minutos y nos dejó salir con vida, pero no completos. Recuerdo ese operativo por el olor, antes que por cualquier otra cosa. Mi nombre completo no quedó en el informe final. Solo aparecí como elemento de apoyo dentro de un equipo de reconocimiento, asignado a una revisión

43:00 en un rancho abandonado de Tamaulipas, cerca de la frontera norte. Escribo esto desde lo que vi, lo que registró mi cámara y lo que quedó en mis apuntes personales, sin agregar explicaciones que no pueda sostener. El mando directo lo llevaba el sargento Darío Fonseca. La teniente Valeria Mena iba a cargo de comunicaciones. El cabo Carlos Araujo llevaba el visor térmico principal. Yo iba como fusilero y operador de cámara corporal. Mi apellido es García. Éramos más elementos en el equipo, pero estos son los nombres necesarios para entender lo que pasó dentro de la propiedad. La orden era revisar el rancho, confirmar si había sido usado como casa de seguridad y salir con registro suficiente. No esperábamos encontrar civiles.

43:51 pero esperábamos encontrar basura reciente, comida, ropa, casquillos, marcas de vehículos o cualquier señal de movimiento. El objetivo era simple, entrar, revisar, documentar y retirarnos sin abrir una permanencia innecesaria. Llegamos en dos vehículos y entramos por una brecha secundaria. Fonseca ordenó apagar las luces antes del portón. La entrada estaba abierta, aunque el reporte previo Marcaba la propiedad como cerrada desde hacía años. El sargento no hizo comentarios sobre eso, solo indicó distancia entre elementos, armas en control y nadie separado del grupo. Desde la entrada nos golpeó un olor pesado, a carne podrida, azufre y sangre vieja. Mena reportó irritación en la garganta, luego intentó levantar la base. La respuesta llegó débil, pero alcanzó para confirmar nuestra entrada al punto.

44:49 Ella informó ubicación, condición inicial de acceso y comienzo de revisión. Entramos primero a la casa y no había personas dentro. Encontramos basura, restos de comida y objetos que indicaban uso reciente. En la cocina había una botella de agua cerrada, colillas y una cobija doblada. Eso bastaba para cambiar la lectura del sitio. El rancho estaba abandonado por sus dueños. pero alguien había estado usando la propiedad. Araujo revisó el piso con luz baja, marcó huellas de bota y otras marcas más anchas, hundidas en el polvo, dirigidas hacia la parte trasera.

45:29 No las calificó de inmediato. Fonseca ordenó grabarlas desde varios ángulos sin tocar el suelo. Yo enfoqué la cámara, seguí el rastro desde la cocina hasta la salida y confirmé que esas marcas venían del patio. En una pared encontramos rayones verticales, profundos, a la altura del pecho de un adulto. Araujo propuso registrarlos como daño por objeto metálico. Fonseca corrigió la redacción en el momento, daño en superficie, causa no determinada. Esa precisión era normal en él. Fonseca evitaba suposiciones durante un operativo, porque cada palabra podía terminar en un parte oficial.

46:12 Mientras terminábamos la revisión de la cocina, escuchamos un golpe en el patio. Fue seco, corto, con peso. Luego vino otro golpe, más bajo, hacia el corral. Nadie habló. Fonseca levantó la mano, ordenó cubrir la salida trasera y pidió lectura térmica. Araujo apuntó el visor hacia afuera, sostuvo la posición unos segundos y confirmó una fuente de calor cerca del corral. Fonseca preguntó tamaño y distancia. Araujo respondió que la fuente era grande, baja, con movimiento irregular. Mena intentó avisar a la base que teníamos actividad en el patio, pero la transmisión entró con ruido, cambió de canal, repitió el reporte y la señal se cortó antes de terminar.

47:00 Salimos por la parte trasera en fila corta. El olor aumentó al cruzar la puerta, más denso, más agrio, El patio estaba descuidado y el corral quedaba a pocos metros. No necesité avanzar mucho para ver la causa principal del olor. Había una cabra muerta dentro del corral, abierta del vientre con sangre fresca en la tierra, y sobre el cuerpo estaba un animal comiendo. Al verlo de frente, lo registré primero como perro, pero era demasiado grande, con pelo oscuro, cuerpo bajo y cabeza metida en los restos. No ladró, no huyó y no retrocedió. Levantó la cabeza, dejó caer un pedazo de carne y mantuvo la mirada fija sobre nosotros.

47:47 La luz de los cascos le tocó el hocico y el pecho, manchados de sangre. Fonseca ordenó alto verbal. Araujo dio la indicación con voz firme, para que el animal se apartara y quedara quieto. Pero la orden no produjo reacción. El animal pisó la cabra, Giró el cuerpo hacia nosotros y avanzó un paso. Entonces vimos sus patas delanteras con claridad. Eran largas, demasiado largas para la proporción del cuerpo, y los dedos se hundían en la tierra con peso. El pecho se le movía rápido, respiraba con fuerza, con saliva y sangre en la boca. Fonseca ordenó un disparo preventivo al suelo, a un costado del corral. El tiro levantó polvo cerca de sus patas, pero el animal bajó la cabeza, abrió el hocico y comenzó a temblar. El temblor le recorrió los hombros, el lomo y las piernas. Araujo mantuvo el visor encima y reportó cambio en la firma térmica.

48:50 Mena preguntó por otras presencias en el corral, pero Araujo confirmó una sola fuente de calor. Fonseca ordenó mantener posición y no disparar al cuerpo sin amenaza directa. Nadie respondió y todos mirábamos la misma escena. El animal dio otro paso. Las patas delanteras se le doblaron hacia afuera y se escuchó un crujido limpio. El cuerpo se le alargó de golpe. La piel se abrió en zonas del pecho y de los costados. Otro crujido salió de las patas traseras y el hocico se le abrió más. La saliva cayó mezclada con sangre y la respiración se volvió más fuerte. Fonseca sostuvo la línea y repitió la orden de mantener la posición.

49:35 Su voz seguía firme, pero ya no usó la palabra perro. En ese momento, dentro de mi recuerdo, la revisión dejó de ser un operativo contra una casa de seguridad y se convirtió en una retirada que todavía no había empezado. El Nahual terminó de levantarse frente al corral. Primero apoyó las manos en la tierra y Después enderezó la espalda y quedó por encima de nuestra línea de mira. El cuerpo conservaba pelo en los hombros, en la nuca y en parte del pecho, pero la piel se había abierto en varias zonas. El hocico seguía ahí, más ancho, con sangre en los bordes, y saliva cayendo sobre la tierra.

50:17 Recuerdo que nadie disparó en ese primer segundo, porque todos esperamos la orden de Fonseca. Mena intentó levantar base. pero la radio respondió con estática. Revisó el cable, cambió de canal y repitió la transmisión, pero el ruido siguió. Fonseca le indicó bajar volumen y mantener el equipo listo. La estática se metía en los auriculares y nos hacía perder concentración. Araujo no apartó el visor, reportó una sola firma térmica, grande, concentrada en el cuerpo de El Nahual. No había otra silueta cerca del corral, ni dentro de la casa, ni detrás de la barda. Fonseca pidió distancia y dirección. Araujo respondió que estaba a menos de treinta metros frente a nosotros con movimiento lento. El Nahual bajó los brazos y apoyó una mano en un poste. Los dedos eran largos, con uñas gruesas. Empujó la madera hasta vencerla. El alambre cayó y quedó arrastrando polvo. Entonces cruzó fuera del corral.

51:21 con el pecho inclinado y la cabeza fija hacia el equipo. El olor aumentó cuando avanzó. Era azufre, sangre y carne vieja. Fonseca dio una advertencia final, clara, sin levantar demasiado la voz. Le ordenó que se detuviera, pero el Nahual dio otro paso. La luz de los cascos le pegó de frente y no cambió su avance. No reaccionó a la voz, ni a las armas, ni al disparo anterior. Fonseca ordenó dos tiros al suelo Los disparos pegaron delante de sus pies y levantaron tierra, pero el Nahual se detuvo apenas un momento, luego siguió caminando. En ese punto Fonseca cambió la instrucción y ordenó una retirada táctica, escalonada, con contacto visual y sin disparar al cuerpo, salvo ataque directo. Esa orden nos movió a todos y nadie preguntó nada. Retrocedimos hacia la casa porque era el paso más cercano, para salir al frente de la propiedad. Yo iba apuntando hacia el patio, con la cámara encendida. Araujo caminaba a mi izquierda, guiándose por el visor. Mena avanzaba junto al sargento, con el radio en la mano. Los demás elementos cerraban formación y cuidaban que nadie quedara aislado. El Nahual siguió avanzando. Su respiración era fuerte y húmeda. El hocico se abría y se cerraba, pero no salía ladrido ni palabra. Cada movimiento traía chasquidos en las articulaciones. La piel del pecho se

52:52 movía con la respiración y dejaba ver zonas oscuras entre el pelo. Recuerdo haber sentido el dedo firme sobre el seguro del arma, esperando una orden que no llegaba, porque Fonseca todavía buscaba sacarnos completos del patio. Cerca de la puerta trasera, uno de los elementos tropezó con material tirado en el suelo, cayó de lado y su arma golpeó la tierra. El Nahual reaccionó de inmediato, bajó el torso. cargó hacia nosotros y acortó la distancia en pocos pasos, Fonseca disparó al suelo frente a sus manos, el polvo le cubrió el pecho, el Nahual frenó, abrió el hocico y dejó salir una respiración larga, Araujo y yo levantamos al compañero sin soltar nuestras armas, entramos a la casa por la puerta trasera, Fonseca fue el último en cruzar, apenas estuvo dentro ordenó cerrar, pero la puerta no tenía seguro, Dos elementos empujaron una mesa contra la madera y se quedaron sosteniéndola. El primer golpe llegó enseguida y la puerta vibró completa. El segundo golpe abrió una separación en el marco.

54:02 El tercero rajó la parte baja, pero Fonseca no esperó otro impacto y ordenó la salida por la ventana frontal. Mena avisó que la comunicación seguía perdida, pero Fonseca le indicó conservar batería y avanzar. Araujo retiró una tabla suelta del marco. Yo ayudé al compañero que había caído. Tenía sangre en la ceja, pero se mantenía de pie. Nadie revisó cuartos, nadie buscó muestras y nadie volvió por equipo menor. La prioridad quedó clara, salir vivos del inmueble y llegar a los vehículos. Los golpes se detuvieron antes de que todos cruzáramos. Ese silencio nos obligó a movernos más rápido.

54:45 Fonseca miró por una abertura y se apartó. Informó que el Nahual iba por el costado de la casa. No añadió explicación. La orden fue salir ya. Mena pasó primero por la ventana. Se cortó el antebrazo con el marco, pero se apretó la herida con la manga y siguió. Yo salí después del herido. El frente de la propiedad estaba abierto y los vehículos quedaban cerca. El terreno tenía piedras, alambre y maleza baja, pero se podía avanzar. Fonseca ordenó movernos en bloque, sin encender luces altas y sin disparar mientras no hubiera contacto directo. Cruzamos los primeros metros con las armas levantadas y la respiración controlada. Durante unos segundos no vimos al Nahual. Luego escuchamos pesos sobre el Tejabán.

55:37 Araujo levantó el visor y reportó calor arriba de la estructura. Fonseca ordenó seguir. El Nahual bajó con fuerza y cayó sobre las cuatro extremidades. El golpe se sintió en el suelo. Levantó la cabeza y avanzó hacia nosotros con más velocidad. La luz de los cascos alcanzó a mostrar las manos extendidas, el hocico abierto y el pecho cubierto de sangre y tierra. Usaba los brazos para impulsarse, clavaba las uñas en el suelo y se empujaba con las piernas. Venía en línea directa. Araujo llegó primero al vehículo y cubrió el costado. Mena entró al asiento trasero con el radio. Yo subí al herido y me metí detrás. Fonseca esperó hasta ver al último elemento dentro. El sargento subió al asiento delantero y ordenó arrancar. El motor encendió y el Nahual llegó por detrás y golpeó la parte trasera cuando el vehículo empezó a moverse. El golpe contra la parte trasera nos sacudió dentro del vehículo. Sentí el cuerpo irse hacia adelante, el arma pegó contra mi chaleco y el herido soltó aire por la boca. El conductor mantuvo el volante recto, aceleró por la brecha y evitó girar de golpe. A los costados había tierra suelta, maleza baja y tramos de alambre caído.

57:02 Salirnos del camino en ese punto nos habría detenido. Mena iba en el asiento trasero, con el radio pegado al pecho. La estática seguía ocupando todos los canales. Probó una transmisión corta, recibió ruido y miró a Fonseca. Él le ordenó esperar hasta cruzar la loma. Nadie habló del Nahual durante esos metros. Bastaba escuchar los golpes sobre la carrocería y las ramas quebrándose detrás, para saber que todavía venía cerca. El segundo vehículo salió detrás de nosotros. Lo vi por la ventana lateral, con las luces bajas y la suspensión brincando sobre la brecha. Fonseca preguntó por el herido y le respondí que seguía consciente, consangrado en la ceja y respiración estable. El sargento ordenó presión directa en la herida y mantenerlo sentado. Yo le sujeté la cabeza con una mano y, con la otra, mantuve el arma entre las piernas, lista, sin apuntar a nadie dentro. Pasamos la loma y la radio cambió de inmediato, La estática bajó, entró una voz de base y Mena respondió.

58:09 Reportó retirada del punto, un lesionado leve, falla de comunicación y contacto con fauna agresiva de gran tamaño. Fonseca le marcó esas palabras con la mano, una por una, mientras miraba hacia atrás por el espejo. No usó la palabra Nahual y no mencionó transformación. En ese momento, lo único urgente era llegar completos al punto de reunión. Al entrar al punto, el conductor frenó junto al equipo de apoyo. Bajamos rápido, sin correr. El herido fue atendido en el lugar. Mena recibió curación en el antebrazo y aún así pidió revisar el registro de radio antes de sentarse. Fonseca ordenó asegurar los vehículos, descargar las cámaras y levantar fotografías de los daños. Nadie tenía permiso de irse a descansar. Nadie dejó el arma tirada, y nadie convirtió aquello en conversación de pasillo. La parte trasera de nuestro vehículo tenía tres cortes largos en la lámina. Uno había abierto el borde de la puerta. En el metal quedó pegado un residuo oscuro, espeso, que no era aceite ni lodo común. Un elemento de apoyo tomó muestras en una bolsa sellada. Nunca vi el resultado.

59:25 Pregunté una vez días después y me respondieron que no había datos para compartir. Mi cámara corporal fue revisada primero. El archivo mostraba la entrada, la cocina, las huellas, el corral y el primer contacto con el perro negro. Después empezaban los cortes. En el tramo donde el Nahual se levantó, la imagen se llenó de líneas blancas. El audio se saturó y el archivo perdió continuidad. La cámara de Mena registró interferencias. desde su primera llamada a base. El visor de Araujo guardó una silueta térmica grande, pero la zona del torso quedó saturada y sin contorno limpio. Fonseca entregó su parte, antes de que terminara la revisión del material.

1:00:10 Lo vi escribir con calma, sentado en una mesa plegable, con las mangas arremangadas y la cara todavía marcada por el polvo. Registró olor químico, restos de animal de granja, presencia de canino de gran tamaño conducta agresiva, fallas de comunicación y retirada por seguridad del personal. También incluyó daño a vehículo oficial y lesión menor de un elemento. No escribió que la criatura se levantó en dos patas. Tampoco escribió que el cuerpo cambió frente a nosotros. El informe final quedó reducido. La versión archivada habló de encuentro con fauna hostil y fallas de comunicación por relieve. Esa frase cerró el incidente en papel. El rancho salió de nuestras órdenes activas y no volvimos a recibir indicación de revisarlo.

1:01:01 La muestra del vehículo no regresó a nuestro nivel. Las cámaras quedaron copiadas en una carpeta interna, con acceso limitado. Con el tiempo, circularon comentarios entre el personal local. Un policía rural mencionó el nombre que la gente usaba para ese lugar, el Nahual de la Frontera. Habló de un hombre convertido en perro, de brechas vigiladas y de propiedades, donde se guardaban armas o muertos. Fonseca lo escuchó unos segundos y cortó la conversación. No levantó la voz, solo respondió que el operativo ya tenía reporte y que no se iba a agregar nada fuera de procedimiento. Después de esa salida, Araujo pidió cambio de área. Mena siguió en comunicaciones, pero nunca volvió a entrar a una propiedad abandonada, sin probar los canales antes de cruzar la puerta. Fonseca continuó al mando con la misma forma de trabajar. Cuando alguien insinuaba el tema, cerraba la conversación con una frase breve.

1:02:02 El reporte está entregado. Yo conservé una copia dañada de mi video. La revisé muchas veces, más por necesidad que por curiosidad. Se ve el corral, se ve al animal sobre la cabra, y se ve el primer movimiento del cuerpo, y luego la imagen falla. En el audio queda la estática. Pero debajo de esa estática, en un tramo breve, se escucha un crujido y una respiración baja. Eso fue todo lo que quedó. Un vehículo marcado, una muestra sin respuesta, cámaras dañadas, una lesión leve y un informe que no decía lo que había pasado. Entramos a revisar una casa de seguridad abandonada, pero encontramos algo vivo dentro del corral y salimos antes de que nos alcanzara. En el papel fue fauna hostil. En mi recuerdo, Fonseca nos sacó de ahí antes de que el Nahual cobrara un muerto.