El Nahual De La Noria: La Noche De La Leyenda - Historias De Terror - REDE
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0:05 Esto pasó en La Noria, un pueblo apartado por donde cruza un tramo viejo del Camino Real. Yo trabajaba entonces con Juan Ibarra, un ranchero que tenÃa ganado en un terreno fuera del pueblo. Ãl vivÃa con su esposa, Rufina, y yo dormÃa en un cuarto de la misma casa, porque ayudaba con los corrales, el agua, las cercas y los animales. Lo cuento porque estuve ahÃ. No lo escuché en la tienda ni me lo contaron después. Yo vi los animales muertos, vi la sangre en la tierra y vi a Carlos Morga tirado en su casa, con la misma herida que Juan le habÃa hecho al Nahual. La primera muerte fue una becerra. La encontramos una mañana dentro del corral, con el cuello abierto y sangre alrededor del cuerpo.
0:53 La tranca estaba cerrada. Juan revisó la cerca, el suelo y las marcas junto al animal. Caminó despacio por toda la orilla del corral, se agachó varias veces y regresó sin hablar. Después dijo que un coyote común no habÃa hecho eso. Los perros habÃan ladrado en la noche, pero no entraron al corral. Eso le molestó más que la pérdida de la becerra. Eran perros bravos, acostumbrados al monte y al ganado. Si algo se metÃa al rancho, ellos salÃan primero. Pero esa vez se quedaron cerca de la casa, con la cola baja. sin acercarse al lugar donde estaba la sangre Juan enterró la becerra ese mismo dÃa y reforzó la cerca en la tarde limpió su machete y lo dejó junto a la puerta Rufina le pidió que no saliera solo si volvÃa a escuchar ruido pero él respondió que no iba a quedarse encerrado mientras le mataban sus animales no levantó la voz lo dijo firme y después ya no habló más del asunto durante la comida A los pocos dÃas apareció muerto un novillo. Estaba cerca del arroyo seco, con heridas en el cuello y en las patas. No estaba comido por completo. Juan siguió las marcas hasta una parte del alambre que estaba doblada. Ahà encontró pelos oscuros atorados. Los tomó entre los dedos, los miró un momento y los dejó caer. Dijo que lo
2:23 que entraba ya conocÃa el corral, porque no llegaba perdido ni atacaba en cualquier lado. La noticia corrió en el pueblo, y unos decÃan que era un animal del cerro, otros decÃan que alguien querÃa perjudicar a Juan. Todos preguntaban, todos opinaban, pero nadie aceptó ir a velar con él. Durante el dÃa hablaban mucho, pero cuando empezaba a oscurecer, cada quien cerraba su puerta y dejaba el problema en manos de Juan. El terreno de Carlos Morga quedaba del lado donde aparecÃan las marcas. Carlos vivÃa solo en una casa al final de una vereda, casi no hablaba con nadie. Iba al pueblo cuando necesitaba comprar algo y se regresaba sin quedarse a conversar. No tenÃa familia cerca, no recibÃa visitas y se molestaba cuando alguien pasaba por la orilla de su terreno.
3:16 Juan fue a verlo y yo lo acompañé. Carlos salió a la puerta, se quedó parado ahà y no nos invitó a pasar. Juan le explicó lo de los animales muertos y le pidió permiso para revisar la orilla de su terreno, porque las marcas venÃan hacia ese lado. Carlos respondió que cada quien debÃa cuidar lo suyo. Juan aclaró que no buscaba pleito, solo querÃa saber si habÃa visto algo. Carlos repitió que no querÃa gente metida en su propiedad. No hubo gritos ni empujones. Juan lo miró unos segundos, dio media vuelta y se regresó. En el camino me dijo que Carlos sabÃa algo, aunque una sospecha no alcanzaba para acusarlo. También dijo que si el animal volvÃa, lo iba a esperar en el corral. La tercera muerte fue la que cambió todo. Encontramos una vaca tirada dentro del corral y la crÃa seguÃa viva, manchada de sangre. La vaca habÃa forcejeado. HabÃa tierra levantada. una parte de la cerca abierta y huellas revueltas junto a la tranca. Juan se quedó callado, llevó la crÃa a otro corral, revisó el filo del machete y se sentó afuera de la casa.
4:29 Rufina le pidió que buscara ayuda y Juan contestó que ya la habÃa pedido y que nadie querÃa meterse. Yo le dije que podÃa acompañarlo esa noche, pero me ordenó quedarme en la casa. No le hice caso. Cuando oscureció, Juan salió con el machete. Llevaba un costal doblado en el brazo izquierdo, para cubrirse si algo se le venÃa encima. Yo esperé un momento y salà detrás de él. Lo encontré cerca del corral, agachado junto a la entrada. Se enojó al verme y me ordenó regresar, pero le dije que no lo iba a dejar solo y no discutió más. Me señaló una piedra y me mandó quedarme detrás de ella sin hacer ruido. Las reces estaban juntas al fondo del corral y los perros no ladraban. Juan tenÃa el machete listo y yo agarré una piedra porque no llevaba otra cosa. El rancho estaba quieto, con una quietud pesada, de animales encerrados y gente esperando un golpe. Después se oyó movimiento en la cerca. Las reces se apretaron unas contra otras. Una crÃa abramó y Juan levantó la mano para que yo no me moviera. La bestia entró por la parte baja, era grande, oscura y se movÃa rápido, pegada al suelo. No puedo decir qué animal era, pues no era coyote y tampoco era un perro común. TenÃa fuerza, entró derecho y no perdió tiempo oliendo ni rodeando el corral.
6:00 Juan salió de su sitio y le gritó. La bestia volteó hacia él, se detuvo un instante y se le fue encima. Juan metió el brazo cubierto con el costal. La bestia mordió y jaló, pero él aguantó el tirón. Giró el cuerpo y le tiró un machetazo. El golpe no le entró bien, pero la bestia soltó el costal y trató de rodearlo. Yo lancé la piedra y le pegué en el costado. En eso la bestia volteó hacia mÃ. Juan aprovechó el movimiento y tiró otro machetazo, más bajo, con toda la fuerza que pudo. Ese golpe le abrió la pata trasera izquierda y la herida fue profunda. La bestia cayó de lado, gruñó fuerte, se levantó con dificultad y salió por una abertura de la cerca, dejando sangre en la tierra. Juan corrió detrás y yo lo seguÃ.
6:52 El rastro se veÃa claro porque sangraba mucho. La bestia iba adelante, metiéndose entre la maleza, pero cada vez hacÃa menos ruido. Llegamos al arroyo seco y después al camino real. Ahà dejamos de oÃrla. El animal ya no apareció aunque la sangre seguÃa y cruzaba hacia la vereda de Carlos. Juan se detuvo pues no quiso entrar de noche en terreno ajeno porque no sabÃa qué podÃa encontrar adelante. Dijo que el rastro iba a seguir ahà al dÃa siguiente. TenÃa el brazo lastimado por la mordida, aunque el costal habÃa detenido lo peor. Regresamos a la casa y Rufina nos esperaba despierta. Vio la sangre en el machete y en la ropa de Juan. Ãl le contó que habÃa herido a la bestia en la pata izquierda y que se habÃa ido hacia el terreno de Carlos. Rufina le limpió el brazo y lo vendó con lo que tenÃa.
7:49 Después nos quedamos dentro, oyendo a los animales moverse en el corral hasta que empezó a aclarar. Cuando aclaró, Juan abrió la puerta y salió sin decir nada. Rufina ya estaba despierta desde muy temprano, con el rebozo puesto y la cara cansada. Yo me levanté del banco donde habÃa pasado la noche. Tomé una cuerda y lo seguÃ. Juan llevaba el machete en la mano, no por amenaza, sino porque la bestia podÃa estar viva entre los matorrales. Fuimos primero al corral y la sangre seguÃa en la tierra. desde la abertura de la cerca hasta la orilla del arroyo seco. Juan se agachó, tocó una mancha con los dedos y siguió el rastro sin hablar. Rufina caminaba detrás de él y yo iba al último, pendiente de los lados, porque todavÃa esperaba escuchar un gruñido o ver algo moverse entre las piedras. El rastro llegó al camino real y cruzó hacia la vereda de Carlos. En la tierra se veÃa la marca arrastrada de la pata herida. No era una pisada completa. era sangre corrida polvo removido y una lÃnea irregular que avanzaba hacia su terreno Juan la miró un momento apretó el machete y siguió adelante entramos por la misma abertura de la cerca donde el rastro se metÃa nadie pidió permiso la sangre estaba ahà clara y no habÃa forma de ignorarla avanzamos por la vereda despacio
9:20 sin tocar las ramas ni apartarnos del camino En algunas partes las gotas estaban separadas, en otras se habÃan juntado sobre la tierra. No vimos cuerpo de animal, no vimos pelo fresco y no escuchamos nada escondido, pero todo llevaba a la casa de Carlos. La puerta estaba cerrada, pero no tenÃa tranca. Juan se paró frente a ella y llamó a Carlos por su nombre. Le dijo que habÃa sangre en su terreno y que necesitaba saber qué habÃa pasado. Esperó una respuesta, pero nadie contestó. Rufina levantó la mano para tocar la puerta, pero se detuvo cuando escuchamos un quejido adentro. Juan empujó la puerta con el pie. Carlos estaba tirado en el suelo, cerca de la pared. TenÃa la pierna izquierda envuelta con un trapo empapado de sangre, y habÃa manchas desde la entrada hasta donde estaba su cuerpo.
10:17 Respiraba con dificultad. TenÃa las manos sucias y la ropa llena de tierra. Juan se acercó sin bajar el machete del todo y le preguntó qué le habÃa pasado. Carlos abrió los ojos y dijo que se habÃa cortado. Juan le preguntó con qué, pero Carlos no respondió. Yo me quedé en la entrada porque el cuarto era chico y porque la sangre llegaba hasta la puerta. Desde ahà vi la herida. El corte estaba atrás, arriba del tobillo, en el mismo lugar donde Juan habÃa pegado el machetazo. Rufina entró y quiso apretar el trapo para detener la sangre, pero Carlos le apartó la mano con poca fuerza. Juan le dijo que se dejara atender, que asà se iba a morir. Carlos respondió que ya era tarde. Lo dijo bajo, con la boca seca, pero todos lo entendimos. Juan se puso frente a él y habló claro. Le dijo que una bestia habÃa entrado al corral durante la noche, que él le habÃa abierto la pata izquierda con el machete.
11:19 y que el rastro de sangre llegaba hasta su casa. Después señaló la pierna y le dijo que ese corte estaba en el mismo sitio. Carlos cerró los ojos, no negó el rastro, no explicó la herida y no dijo quién lo habÃa llevado hasta ahÃ. Rufina me mandó por ayuda. Fui al pueblo y regresé con dos hombres que aceptaron venir. Los dos entraron al patio, vieron la sangre de la vereda y se quedaron serios. Uno se acercó a la puerta y preguntó quién habÃa herido a Carlos. Carlos no contestó. El otro le miró la pierna, luego el piso, luego el machete de Juan. Juan contó lo ocurrido con pocas palabras.
12:01 Dijo que el animal habÃa entrado al corral, que lo habÃa atacado, que él lo hirió en la pata izquierda y que la sangre terminaba en esa casa. Los hombres no lo contradijeron. y tampoco hicieron preguntas inútiles. Lo que habÃa en el suelo bastaba para entender la ruta. Rufina consiguió agua y trapos limpios, se arrodilló junto a Carlos y le apretó la pierna. Esta vez él ya no pudo apartarla. TenÃa la cara pálida, los ojos abiertos a medias y el cuerpo débil. Cada vez que Rufina apretaba, Carlos soltaba aire entre los dientes, pero no gritaba. Juan le preguntó por qué habÃa matado a los animales. Carlos tardó en responder y dijo que tenÃa hambre. Juan le contestó que pudo haber pedido comida. Carlos abrió los ojos y dijo que pedir ya no era para él. Después quiso decir algo más, pero las palabras salieron cortadas y nadie pudo entenderlas. No dijo que fuera Nahual y no dijo que se volviera animal. No habló de pactos, ni de rezos, ni de tratos con nadie. Eso lo digo porque después muchos agregaron cosas. AhÃ, dentro de esa casa, lo único que tuvimos delante fue un hombre herido, una pierna abierta y un rastro de sangre que venÃa desde el camino real. Carlos murió antes de que pudieran moverlo.
13:29 Se le fue la fuerza, dejó de apretar los dientes y la cabeza le cayó hacia un lado. Rufina retiró las manos del trapo. Juan bajó el machete y se quedó mirando el piso. no al cuerpo, los dos hombres salieron al patio y llamaron a más vecinos, la gente llegó poco a poco, algunos entraron hasta la puerta, otros se quedaron afuera, todos vieron la sangre en la vereda, la sangre dentro de la casa y la herida en la pierna de Carlos, nadie quiso discutir con Juan y nadie quiso decir en voz alta lo que estaba pensando, habÃa demasiadas cosas juntas y todas apuntaban al mismo sitio, Ese dÃa enterraron a Carlos. No tenÃa familia cerca, asà que los vecinos juntaron lo necesario. Juan ayudó con dinero.
14:18 Rufina le dijo que no estaba obligado, porque ese hombre podÃa haber sido quien mató a sus animales. Juan respondió que habÃa defendido su ganado, pero que no iba a dejar a un muerto abandonado. Después del entierro, Juan regresó al rancho y reparó las cercas. Yo lo ayudé a cerrar la abertura por donde habÃa salido la bestia. La tierra todavÃa tenÃa sangre seca y las reces se mantenÃan apartadas de ese lado. Los perros volvieron a ladrar al caer la noche y ese ladrido nos hizo quedarnos quietos un momento, pero no pasó nada. Desde entonces ya no hubo ataques, no volvió a aparecer ganado muerto, no encontramos huellas nuevas y los perros regresaron a su modo de siembre.
15:05 Juan siguió trabajando, aunque ya no se quedaba afuera después de oscurecer. Rufina no volvió a nombrar a Carlos dentro de la casa. Con los años, la gente contó la historia a su manera. Algunos dijeron que la bestia caminaba en dos patas. Otros dijeron que Carlos tenÃa un pacto viejo. Yo no repito eso como verdad porque no lo vi. Lo que vi fue suficiente. Un animal salió herido del corral. La sangre cruzó el camino real. Y Carlos apareció con la misma herida antes de morir. Desde entonces, cuando paso por ese tramo, bajo la vista al suelo y sigo caminando. No sé si de verdad era un Nahual por un pacto, si lo habÃa heredado o algo asÃ. Eso jamás lo sabremos porque Carlos no lo dijo abiertamente. Pero de lo que estoy seguro es que antes no creÃa en Nahuales y hoy sà porque lo miré con mis propios ojos.
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