March 10, 2026

Altar Demoniaco En El Cerro Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:00 Tenía 22 años cuando pasó eso. Éramos cuatro amigos de la colonia, de esos grupos que se forman más por costumbre que por afinidad real. Nos juntábamos seguido porque todos vivíamos cerca, porque no había mucho que hacer en las noches y porque cualquier pretexto servía para salir a perder el tiempo. Esa vez fuimos yo, Omar, El Chino y Beto. Omar era el más pesado del grupo. Le gustaba burlarse de todo. Siempre andaba queriendo llamar la atención y tenía esa costumbre de meterse con cosas que no le importaban nomás por reírse. El chino era más tranquilo, pero de esos que no deciden nada por sí mismos y solo siguen la corriente para no quedarse fuera. Beto sí era más nervioso. Se reía con nosotros y salía igual, pero cuando algo le daba mala espina se le notaba rápido en la cara.

0:53 yo la verdad fui por convivir, no tenía ganas de estar en mi casa, era fin de semana y pensamos que subir al cerro a tomar un rato, podía ser mejor que quedarnos sentados en la banqueta como siempre, la idea fue de Omar, dijo que subiéramos al cerro que estaba a un lado del pueblo, uno al que ya habíamos ido antes un par de veces, desde arriba se veía casi todo, las calles con poca luz, las casas dispersas, la carretera a lo lejos y el monte oscuro alrededor. Además, como estaba retirado, nadie iba a molestarnos si poníamos música o gritábamos. Entre los cuatro juntamos dinero para unas cervezas y una botella barata de brandy que compramos antes de que cerrara la tienda. Salimos ya noche cerrada, poco después de las diez y media. Todavía había gente en la calle cuando arrancamos. Pero para cuando llegamos al pie del cerro ya casi no se veía a nadie. La subida no era difícil al principio, pero sí cansaba. El camino era de tierra suelta y piedra, con partes donde uno se resbalaba si no pisaba bien. A los lados había matorrales secos, monte bajo, ramas que se atravesaban en las piernas y uno que otro mezquite torcido. Íbamos alumbrándonos con los celulares porque la luna apenas alcanzaba a marcar las siluetas del terreno. Omar empezó a tomar desde abajo y desde ahí iba diciendo tonterías, cantando mal y queriendo empujar a los demás por juego. El chino se reía. Beto

2:26 le decía que ya se calmara para no caerse y yo iba más pendiente del piso que de la conversación. Cuando por fin llegamos a una parte más alta, donde el camino se abría un poco y se podía caminar mejor, pensamos quedarnos ahí. Pero Omar quiso seguir más arriba porque decía que todavía se veían luces del pueblo y que mejor buscáramos un lugar más metido para estar más a gusto. Seguimos caminando unos minutos más, ya menos animados porque la subida empezaba a cansar de verdad. Fue entonces cuando llegamos a una zona que se veía distinta al resto del cerro. No era algo que diera miedo de inmediato, pero sí se notaba que alguien había estado trabajando ahí. La tierra estaba removida en varios puntos, como si hubieran enterrado y desenterrado cosas muchas veces. Había velas clavadas a medias por todo el suelo, muchas más de las que uno pondría por casualidad. Algunas estaban ya consumidas, con la cera regada y endurecida alrededor. Otras estaban casi enteras, enterradas de punta, formando líneas torcidas y también varios círculos incompletos. Entre ellas, había manchas de cera negra más gruesa y montoncitos donde se había juntado el residuo. Nos acercamos más por curiosidad y vimos que no solo eran velas. También había figuras hechas con cera negra, deformes. Unas con forma medio humana y otras nada más como bultos amarrados. Varias tenían alfileres

3:59 clavados o hilos enrollados muy apretados. Cerca de unas piedras había botellas tapadas con trapos y selladas con macera. Omar agarró el celular y alumbró una de cerca. Dentro se veía algo flotando en un líquido oscuro. Cuando la movió, se acomodó lo que traía adentro y alcanzamos a distinguir que era un animal pequeño, ya podrido. En otras botellas había lo mismo, una con una lagartija, otra con algo que parecía un pájaro chico y otra con lo que yo juraría que era una rata. El olor estaba fuerte un olor agrio y podrido que se quedaba en la nariz.

4:41 Beto fue el primero en echarse para atrás y dijo que mejor nos fuéramos a otro lado, no por miedo, dijo, sino porque eso ya daba asco. Yo le dije que sí, que no tenía caso quedarse ahí, que nos moviéramos unos metros más arriba o nos regresáramos a una piedra más limpia. Omar se soltó riéndose. Dijo que seguro alguien había subido a hacer amarres o trabajos de brujería para que una vieja regresara con él. Y empezó a patear unas velas. Dos salieron volando y una se quebró contra una piedra. El chino se rió también, pero menos convencido. Yo le dije que ya no estuviera fregando, que se viera que eran cosas de alguien y que además olía de la chingada.

5:28 Beto le dijo algo parecido, que ya dejara eso en paz. Nadie se puso realmente serio, y ese fue el error. Se lo dijimos como quien regaña por juego, no como alguien que de verdad quiere evitar un problema. Omar siguió de necio. Pisó una de las figuras de cera y la deshizo con el zapato. Luego tumbó otras velas con el pie y levantó una botella agarrándola del cuello para enseñárnosla de cerca, burlándose de lo que traía dentro. La agitó y se rió cuando el animal golpeó el vidrio por dentro. Después aventó la botella al suelo y se tronó a un lado sin romperse del todo. Mientras andaba moviendo la tierra con la suela, dijo que miráramos lo que había encontrado. Se agachó y sacó algo pequeño que estaba medio pegado con cera negra y tierra. Era una medalla como de escapulario o de cadena, ennegrecida y sucia con la imagen apenas visible. Se veía religiosa, pero tan manchada y maltratada que daba mala impresión. Beto le dijo que la dejara ahí. Yo también le dije que,¿ para qué agarraba eso? Omar nomás se la limpió con la camisa, se la mostró al chino y dijo que ya traía amuleto nuevo, que la iba a colgar en su cuarto para espantar visitas. En ese momento, la música que traíamos en el celular se cortó de golpe. Nadie dijo nada por un segundo. Luego escuchamos un movimiento cerca, entre los matorrales,

6:59 no lejos de nosotros. Volteamos pensando que tal vez había alguien más en el cerro, pero no vimos a nadie. Beto ya habló en serio y dijo que nos bajáramos de una vez. Omar todavía soltó una risa, pero ya no sonó igual. Guardó la medalla en la bolsa del pantalón y empezó a caminar primero. nosotros lo seguimos sin discutir la bajada fue distinta ya nadie iba gritando ni cantando Omar de vez en cuando hacía una broma pero más por costumbre que por ganas a la mitad del camino alumbrándolo por detrás vi que traía tierra pegada en una parte de la camisa y también en las manos el chino se lo dijo y Omar contestó que era obvio que había estado metiendo el pie entre las velas y removiendo todo No le dimos más vueltas. Llegamos al pueblo ya de madrugada. Cada quien se fue para su casa y antes de meterse, Omar todavía sacó la medalla y la levantó como si fuera un trofeo. Se la guardó otra vez en la bolsa, riéndose solo. Al día siguiente no me desperté pensando en eso. La verdad, lo del cerro se me quedó como una tontería más de las que uno hace de joven y luego cuenta entre risas.

8:15 Eran como las nueve de la mañana cuando vi que Omar me había marcado dos veces. No era normal que me buscara tan temprano, menos después de una noche de tomar. Primero pensé que quería seguir la cura o que se le había perdido algo allá arriba, pero cuando le regresé la llamada noté en su voz algo distinto. No estaba jugando, no estaba crudo en ese tono fastidioso que le salía a veces. Sonaba alterado, como alguien que no había dormido bien y que no sabía si contar lo que le había pasado, porque ni él mismo lo entendía. Me dijo que fuera a su casa, que necesitaba enseñarme algo. Le pregunté qué tenía y me contestó que no más fuera, que también le avisara al chino si lo veía. Como vivía cerca, me fui caminando y en el trayecto me encontré al chino. Le dije que Omar andaba raro y fuimos juntos. Desde que lo vimos en la puerta, se notaba cambiado. Traía la cara pálida, los ojos hinchados y esa expresión de alguien que está incómodo hasta dentro de su propia casa. Apenas nos vio, nos hizo pasar a su cuarto y cerró la puerta. Nos contó que en la madrugada se despertó tosiendo fuerte, con la garganta irritada, como si algo se le hubiera ido por el camino.

9:34 Dijo que, al abrir bien la boca y escupir en la mano, vio tierra. No era una manchita ni polvo, era tierra de verdad, suficiente para sentirla entre los dientes, pegada en la lengua, metida hasta atrás, al grado de que tuvo que seguir escupiendo varias veces en el lavabo. Al principio pensó que había vomitado o que venía tan borracho que tal vez se había caído al suelo antes de acostarse. pero revisó su cama, la almohada, la sábana y el piso junto al colchón, y no había tierra regada en ninguna parte, solo la que había sacado de la boca, nos lo dijo con una seriedad que no era común en él, pero aún así el chino se rió un poco, y le preguntó si no se había tragado media subida del cerro por andar haciendo tonterías, yo también le dije que tal vez se había metido la mano sucia a la boca sin acordarse, Omar no se rió.

10:32 Nomás se levantó la camisa. Tenía tres marcas en el pecho, pequeñas. Una cerca del esternón y dos un poco cargadas hacia el lado izquierdo. Eran quemaduras recientes, redondas, no muy grandes, pero sí bien definidas, como si algo caliente hubiera tocado la piel por un instante. No parecían raspones de ramas ni marcas de haberse caído. Tampoco se veían como las quemadas de cigarro que a veces dejan un borde más parejo Estas estaban rojas alrededor y le dolían cuando se tocaba. Dijo que cuando se bañó en la mañana fue cuando las vio mejor y que hasta ese momento pensó que, igual, se había quemado sin darse cuenta con algo la noche anterior.

11:15 pero no recordaba nada parecido. A mí ya no me dio risa, aunque tampoco quería aceptar que eso tuviera relación con lo del cerro. Le dije que a lo mejor se había recargado en algo o que en la borrachera ni cuenta se dio. Él respondió que no, que las había sentido arder al despertar. Durante el día se le notaba mal. Decía que traía un sabor feo en la boca desde la madrugada, como tierra mojada mezclada con algo quemado, y que no se le quitaba ni lavándose los dientes. También andaba irritable, con sueño, con un cansancio raro que no era cruda normal. De pronto se quedaba callado, luego se enojaba por cualquier cosa y después se calmaba. En un momento abrió el cajón de un mueble y nos enseñó la medalla. La había dejado ahí en la mañana, todavía con pedazos secos de cera negra pegados a un lado.

12:09 Nos dijo que había pensado tirarla a la basura desde que se levantó, pero que se le había olvidado cuando empezó con lo de la tierra y el pecho. Yo en cuanto la vi me acordé del lugar como estaba antes de que Omar empezara a patear todo, y me dio una incomodidad que no había sentido en la noche. Ya no se me hizo chistoso haber dejado ese desorden allá arriba. Nos quedamos un rato con él, hablando como si estuviéramos resolviendo una tontería. Incluso le dijimos que mejor se bañara otra vez, que lavara la medalla y que dejara de pensar tanto en eso. En ese momento seguíamos con la idea de que algo debía tener explicación. Nos fuimos como a mediodía y pensé que ahí iba a quedar.

12:52 Pero en la noche volvió a buscarme, ahora por mensaje. Me puso que en su casa estaban pasando cosas raras y que su mamá ya estaba asustada. Fui otra vez, esta vez solo, y al llegar vi a su mamá en la cocina con una cara muy distinta a la de otras veces. No estaba enojada, estaba nerviosa. Omar me contó que unas horas antes habían encontrado una vela prendida en el baño, en un rincón junto a la ventana. Nadie dijo haberla puesto. Su mamá pensó que uno de sus hermanos estaba jugando o que alguien la encendió por alguna tontería. Pero luego apareció otra en la cocina, pegada a la pared en una orilla del piso, con la cera corriendo hacia abajo. Más tarde encontraron otra cerca de una imagen religiosa que tenían en una repisa y otra debajo de la mesa del patio. No eran veladoras de la casa. Eran velas simples, clavadas o acomodadas como si alguien las hubiera dejado ahí a propósito. Lo peor era que nadie había visto a nadie ponerlas. La casa de Omar no tenía nada raro antes de eso. Era una casa común, de bloc, con piso firme, muebles viejos pero normales, patio pequeño y cuartos apretados. Justo por eso se sentía peor.

14:09 No era una casa abandonada ni un lugar donde uno dijera que se prestaba para inventar cosas. Era su casa de siempre, metida de pronto en algo ajeno. Su mamá andaba recogiendo la cera con un cuchillo de cocina porque se estaba pegando al piso. Me dijo que ella no quería esa medalla ahí, que desde que su hijo la llevó estaba inquieta la casa. Omar, por fastidio, la sacó del cajón y dijo que entonces la iba a tirar. Salió hasta la bolsa del patio, la aventó dentro de una bolsa negra y regresó. No pasaron ni 20 minutos cuando uno de sus hermanos gritó desde el cuarto. La medalla estaba otra vez sobre el buró, junto a la cama.

14:51 Ahí sí se nos bajó por completo la actitud de burla. Omar ya no hablaba fuerte ni se hacía el valiente. Nos enseñó que tenía una quemadura más, una nueva, apenas marcada arriba de las otras. Dijo que, mientras intentaba dormir una siesta, sintió un calor concentrado en el pecho, como cuando alguien acerca una flama demasiado a la piel. Y al levantarse, la camisa vio la marca reciente. Esa noche volvió a despertarse con tierra en la boca. Esta vez, según dijo, estaba más húmeda, con un olor mezclado entre cera quemada y podrido. un olor parecido al de las botellas del cerro. Su mamá ya no quería la medalla dentro de la casa, pero tampoco sabían cómo sacarla si cada vez que la aventaban aparecía otra vez adentro. Yo empecé a pensar en el sitio donde habíamos estado. Y en cómo quedaron las velas, las figuras rotas, la tierra removida.

15:50 No era miedo todavía, era culpa. Una culpa concreta por haber estado ahí viendo cómo destruían cosas ajenas y no haber parado a Omar de verdad. Le dije que tal vez debíamos subir otra vez al cerro, regresar la medalla y ver si todavía seguía igual ese lugar. Cuando se lo comenté al chino por teléfono, se negó de inmediato y dijo que él ya no iba a volver. Omar primero se quiso hacer el pesado otra vez. Soltó una risa corta y dijo que no creía en esas mamadas. Pero luego miró las marcas de su pecho, volteó hacia la puerta de su cuarto y aceptó que fuéramos al día siguiente antes de que anocheciera. La decisión ya estaba hecha.

16:33 Íbamos a regresar la medalla y dejarla donde la encontró. Pero antes de salir de su casa, mientras seguíamos hablando de eso, su mamá entró al cuarto sin tocar y se quedó parada en seco luego se agachó y nos dijo que viéramos debajo de la cama de Omar pegada casi al centro había otra vela encendida al día siguiente nos organizamos para volver al cerro ya no había ambiente de salida ni ganas de tomar nadie llevó cerveza nadie puso música y ni siquiera hablamos mucho antes de salir la intención era una sola regresar la medalla y dejarla donde estaba Quedamos de subir todavía con luz, ya cerca de la tarde para no agarrar la bajada de noche.

17:18 Al final fuimos tres. Yo fui porque sentía responsabilidad por no haber parado a Omar cuando empezó a patear todo. Omar fue porque ya estaba asustado de verdad y quería que eso se acabara. Y Beto aceptó acompañarnos porque no quiso dejarnos solos. El chino se negó desde temprano. Dijo que no iba a volver a subir, que le daba igual si nos burlábamos de él, pero que ese lugar ya no le gustaba. No insistimos. La verdad, tampoco teníamos ganas de convencer a nadie. Desde que empezamos a subir, Omar iba distinto a como había ido la primera vez. Ya no venía hablando fuerte ni haciendo chistes. Se veía cansado desde abajo, aunque no era una subida tan pesada.

18:03 A ratos se secaba el sudor con la manga. aunque todavía no hacía tanto calor, y varias veces se llevó la mano al pecho. Le pregunté si seguía con las quemaduras y me dijo que sí, pero que ahora también sentía la zona como apretada, como si algo le presionara por dentro. Traía la boca seca y cargaba una botella de agua, pero ni tomando se le quitaba esa resequedad. Beto lo iba viendo de lado, sin decir mucho, y yo trataba de mantener el paso parejo para no alargar más el trayecto. Nadie quería estar ahí más de lo necesario. Durante el ascenso me fui acordando mejor de la noche anterior, del olor de las botellas, de la forma en que quedaron tiradas las velas, de la medalla embarrada de cera negra en la mano de Omar. Mientras más cerca estábamos, más me pesaba haberlo tomado a juego. no era miedo todavía era la idea concreta de haber entrado a un sitio ajeno haberlo dejado destruido y luego habernos ido como si nada cuando por fin llegamos a la parte alta y nos metimos hacia la zona donde estaba todo aquello lo primero que noté fue que no estaba como lo habíamos dejado las velas estaban otra vez clavadas en la tierra no iguales en la misma posición exacta, pero sí acomodadas con orden, formando otra vez círculos y líneas. Había restos de cera negra fresca sobre el suelo, como si las hubieran trabajado hace poco. Las botellas estaban colocadas de pie,

19:36 varias juntas, y las figuras de cera habían sido rehechas. Algunas se veían nuevas, con menos polvo encima que el resto del terreno. Ahí entendimos algo que nos dejó peor. Lo que destruimos no se había quedado arruinado. Alguien lo había recompuesto o se había recompuesto de alguna manera. Beto fue el primero en decir que dejáramos la medalla y nos fuéramos ya. Omar no contestó. Se quedó viendo una de las figuras, tieso. Había una nueva, más grande que las otras, hecha con cera negra y amarrada con hilo oscuro. No tenía forma exacta de personas. pero sí se le notaban dos marcas pequeñas en el pecho, en el mismo lado donde Omar tenía las quemaduras. Al verla, él respiró más rápido. Me dijo en voz baja que sentía otra vez esa presión por dentro. Yo le dije que sacara la medalla de una vez y la dejara ahí. Metió la mano temblando en la bolsa del pantalón, sacó la medalla y caminó despacio hasta el centro de donde estaban las velas. Apenas la soltó sobre la tierra, se dobló un poco hacia adelante. Primero pensé que le había dado un mareo, pero luego empezó a toser con fuerza. Dio dos pasos hacia atrás, se agarró el pecho y escupió al suelo. Era tierra. Ahí, frente a nosotros, volvió a sacar tierra de la boca, húmeda, espesa, mezclada con saliva.

21:03 Beto retrocedió enseguida. Yo me acerqué a Omar y lo agarré del brazo, pero él me apartó porque seguía tosiendo. En lo que intentaba incorporarse, volteé hacia el suelo de alrededor y vi que entre la tierra removida había cosas enterradas más abajo. No se alcanzaban a ver desde lejos, pero de cerca sí. Había huesos pequeños, listones manchados, pedazos de foto quemada, mechones de pelo apelmazados y papeles mojados con nombres escritos. No pude leerlos completos porque la tinta estaba corrida, pero sí eran nombres. Eso me dio más coraje conmigo mismo, porque ya no se trataba solo de velas raras. Habíamos pateado y roto cosas que alguien había dejado ahí por algún motivo, y no eran pocas. Entonces, escuchamos un ruido a un lado, como pasos cortos o algo arrastrándose entre los matorrales. No fue lejos. Los tres volteamos al mismo tiempo. No vimos a nadie, pero el sonido se repitió un poco más atrás, rodeándonos por otro lado.

22:07 No era el viento porque en ese momento ni las ramas se estaban moviendo. Beto dijo que ya nos fuéramos. Omar trató de levantarse bien, pero antes de dar la vuelta miró otra vez la figura grande de cera y se quedó helado. La medalla que había dejado en el suelo ya no estaba donde la soltó. Estaba clavada en el pecho de esa figura justo entre las dos marcas negras. No sé cómo llegó ahí. No vi una mano moverla, no vi caer nada. Solo sé que un segundo antes estaba en la tierra y al siguiente estaba enterrada en la acera. Omar soltó una maldición, se desesperó y quiso patearla como la primera vez. Alcanzó a darle un golpe con la punta del zapato, pero en cuanto lo hizo, se llevó ambas manos al pecho y cayó de rodillas.

22:54 El dolor le pegó tan fuerte que se quedó inclinado hacia adelante, tosiendo otra vez, escupiendo más tierra. Beto y yo corrimos a levantarlo. Yo jalé a Omar de un brazo y Beto de otro. Entre los dos lo pusimos de pie, medio arrastrándolo. Antes de bajar, agarré con el pie tierra suelta y la aventé encima de la figura y de la medalla, como para dejar eso cubierto aunque fuera a la fuerza. No lo pensé mucho, solo quería salir de ahí. La bajada fue peor que la subida, no por el camino, sino por cómo venía Omar. Iba blanco, con sudor frío, respirando con dificultad y apretándose la camisa a la altura del pecho. A ratos decía que sentía ardor, como si trajera una flama pegada por dentro. Logramos bajarlo y llevarlo a su casa. Esa noche, por unas horas, pareció que algo sí se había corregido. No apareció ninguna vela nueva en los cuartos, ni en el baño, ni en la cocina. Su mamá dijo que por primera vez en dos días la casa estaba tranquila. Nosotros nos fuimos ya tarde, pensando que tal vez con haber regresado la medalla bastaba. Pero no bastó del todo. Las velas dejaron de aparecer por todos lados, eso sí, y la casa se calmó. Pero Omar siguió despertando algunos días con tierra en la boca. Ya no siempre, pero sí lo suficiente para que no pudiera olvidarlo. También se le quedó ese olor a cera quemada pegado en la piel algunas mañanas,

24:24 sobre todo en el pecho y en el cuello. Las quemaduras dejaron cicatriz, pequeñas marcas oscuras y mal acomodadas cerca del esternón que nunca se le borraron. Con el tiempo dejó de burlarse de esas cosas. Ya no subía al cerro, no quería pasar cerca de altares, y cuando olía velas en una casa o en una iglesia se ponía inquieto. Empezó a dormir con una lámpara prendida y si se iba, la luz en la noche se alteraba más de lo normal. Con los años nos fuimos alejando, cada quien agarró su vida, su trabajo, sus problemas. A veces sabía de Omar por otras personas y me decían que seguía raro, que dormía poco, que de pronto amanecía de malas o que no aguantaba ciertos olores. Tiempo después lo fui a ver porque su mamá me dijo que andaba enfermo de gripa y quería saludarlo.

25:17 Entré a su cuarto y lo vi sentado en la cama, más flaco, más callado que antes. Hablamos poco. Antes de irme, volteé hacia una esquina, junto a una pared donde no había mueble ni repisa, y vi una vela encendida en el piso. No era grande, era una vela simple, clavada sobre un plato. Le pregunté si la había aprendido él y me dijo que no. Me lo dijo sin bromear, sin intentar hacerse el fuerte. Solo no. Ahí entendí que devolver la medalla no arregló todo. Desde esa noche me quedó claro que el problema no empezó por casualidad. Empezó por burla, por meternos con algo ajeno y por creer que nada podía pasarnos. Lo que Omar se llevó del cerro no fue solo una medalla. Algo de ese lugar se le quedó pegado desde que la levantó de la tierra.