Altar Demoniaco En El Cerro Historias De Terror - REDE
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0:00 TenÃa 22 años cuando pasó eso. Ãramos cuatro amigos de la colonia, de esos grupos que se forman más por costumbre que por afinidad real. Nos juntábamos seguido porque todos vivÃamos cerca, porque no habÃa mucho que hacer en las noches y porque cualquier pretexto servÃa para salir a perder el tiempo. Esa vez fuimos yo, Omar, El Chino y Beto. Omar era el más pesado del grupo. Le gustaba burlarse de todo. Siempre andaba queriendo llamar la atención y tenÃa esa costumbre de meterse con cosas que no le importaban nomás por reÃrse. El chino era más tranquilo, pero de esos que no deciden nada por sà mismos y solo siguen la corriente para no quedarse fuera. Beto sà era más nervioso. Se reÃa con nosotros y salÃa igual, pero cuando algo le daba mala espina se le notaba rápido en la cara.
0:53 yo la verdad fui por convivir, no tenÃa ganas de estar en mi casa, era fin de semana y pensamos que subir al cerro a tomar un rato, podÃa ser mejor que quedarnos sentados en la banqueta como siempre, la idea fue de Omar, dijo que subiéramos al cerro que estaba a un lado del pueblo, uno al que ya habÃamos ido antes un par de veces, desde arriba se veÃa casi todo, las calles con poca luz, las casas dispersas, la carretera a lo lejos y el monte oscuro alrededor. Además, como estaba retirado, nadie iba a molestarnos si ponÃamos música o gritábamos. Entre los cuatro juntamos dinero para unas cervezas y una botella barata de brandy que compramos antes de que cerrara la tienda. Salimos ya noche cerrada, poco después de las diez y media. TodavÃa habÃa gente en la calle cuando arrancamos. Pero para cuando llegamos al pie del cerro ya casi no se veÃa a nadie. La subida no era difÃcil al principio, pero sà cansaba. El camino era de tierra suelta y piedra, con partes donde uno se resbalaba si no pisaba bien. A los lados habÃa matorrales secos, monte bajo, ramas que se atravesaban en las piernas y uno que otro mezquite torcido. Ãbamos alumbrándonos con los celulares porque la luna apenas alcanzaba a marcar las siluetas del terreno. Omar empezó a tomar desde abajo y desde ahà iba diciendo tonterÃas, cantando mal y queriendo empujar a los demás por juego. El chino se reÃa. Beto
2:26 le decÃa que ya se calmara para no caerse y yo iba más pendiente del piso que de la conversación. Cuando por fin llegamos a una parte más alta, donde el camino se abrÃa un poco y se podÃa caminar mejor, pensamos quedarnos ahÃ. Pero Omar quiso seguir más arriba porque decÃa que todavÃa se veÃan luces del pueblo y que mejor buscáramos un lugar más metido para estar más a gusto. Seguimos caminando unos minutos más, ya menos animados porque la subida empezaba a cansar de verdad. Fue entonces cuando llegamos a una zona que se veÃa distinta al resto del cerro. No era algo que diera miedo de inmediato, pero sà se notaba que alguien habÃa estado trabajando ahÃ. La tierra estaba removida en varios puntos, como si hubieran enterrado y desenterrado cosas muchas veces. HabÃa velas clavadas a medias por todo el suelo, muchas más de las que uno pondrÃa por casualidad. Algunas estaban ya consumidas, con la cera regada y endurecida alrededor. Otras estaban casi enteras, enterradas de punta, formando lÃneas torcidas y también varios cÃrculos incompletos. Entre ellas, habÃa manchas de cera negra más gruesa y montoncitos donde se habÃa juntado el residuo. Nos acercamos más por curiosidad y vimos que no solo eran velas. También habÃa figuras hechas con cera negra, deformes. Unas con forma medio humana y otras nada más como bultos amarrados. Varias tenÃan alfileres
3:59 clavados o hilos enrollados muy apretados. Cerca de unas piedras habÃa botellas tapadas con trapos y selladas con macera. Omar agarró el celular y alumbró una de cerca. Dentro se veÃa algo flotando en un lÃquido oscuro. Cuando la movió, se acomodó lo que traÃa adentro y alcanzamos a distinguir que era un animal pequeño, ya podrido. En otras botellas habÃa lo mismo, una con una lagartija, otra con algo que parecÃa un pájaro chico y otra con lo que yo jurarÃa que era una rata. El olor estaba fuerte un olor agrio y podrido que se quedaba en la nariz.
4:41 Beto fue el primero en echarse para atrás y dijo que mejor nos fuéramos a otro lado, no por miedo, dijo, sino porque eso ya daba asco. Yo le dije que sÃ, que no tenÃa caso quedarse ahÃ, que nos moviéramos unos metros más arriba o nos regresáramos a una piedra más limpia. Omar se soltó riéndose. Dijo que seguro alguien habÃa subido a hacer amarres o trabajos de brujerÃa para que una vieja regresara con él. Y empezó a patear unas velas. Dos salieron volando y una se quebró contra una piedra. El chino se rió también, pero menos convencido. Yo le dije que ya no estuviera fregando, que se viera que eran cosas de alguien y que además olÃa de la chingada.
5:28 Beto le dijo algo parecido, que ya dejara eso en paz. Nadie se puso realmente serio, y ese fue el error. Se lo dijimos como quien regaña por juego, no como alguien que de verdad quiere evitar un problema. Omar siguió de necio. Pisó una de las figuras de cera y la deshizo con el zapato. Luego tumbó otras velas con el pie y levantó una botella agarrándola del cuello para enseñárnosla de cerca, burlándose de lo que traÃa dentro. La agitó y se rió cuando el animal golpeó el vidrio por dentro. Después aventó la botella al suelo y se tronó a un lado sin romperse del todo. Mientras andaba moviendo la tierra con la suela, dijo que miráramos lo que habÃa encontrado. Se agachó y sacó algo pequeño que estaba medio pegado con cera negra y tierra. Era una medalla como de escapulario o de cadena, ennegrecida y sucia con la imagen apenas visible. Se veÃa religiosa, pero tan manchada y maltratada que daba mala impresión. Beto le dijo que la dejara ahÃ. Yo también le dije que,¿ para qué agarraba eso? Omar nomás se la limpió con la camisa, se la mostró al chino y dijo que ya traÃa amuleto nuevo, que la iba a colgar en su cuarto para espantar visitas. En ese momento, la música que traÃamos en el celular se cortó de golpe. Nadie dijo nada por un segundo. Luego escuchamos un movimiento cerca, entre los matorrales,
6:59 no lejos de nosotros. Volteamos pensando que tal vez habÃa alguien más en el cerro, pero no vimos a nadie. Beto ya habló en serio y dijo que nos bajáramos de una vez. Omar todavÃa soltó una risa, pero ya no sonó igual. Guardó la medalla en la bolsa del pantalón y empezó a caminar primero. nosotros lo seguimos sin discutir la bajada fue distinta ya nadie iba gritando ni cantando Omar de vez en cuando hacÃa una broma pero más por costumbre que por ganas a la mitad del camino alumbrándolo por detrás vi que traÃa tierra pegada en una parte de la camisa y también en las manos el chino se lo dijo y Omar contestó que era obvio que habÃa estado metiendo el pie entre las velas y removiendo todo No le dimos más vueltas. Llegamos al pueblo ya de madrugada. Cada quien se fue para su casa y antes de meterse, Omar todavÃa sacó la medalla y la levantó como si fuera un trofeo. Se la guardó otra vez en la bolsa, riéndose solo. Al dÃa siguiente no me desperté pensando en eso. La verdad, lo del cerro se me quedó como una tonterÃa más de las que uno hace de joven y luego cuenta entre risas.
8:15 Eran como las nueve de la mañana cuando vi que Omar me habÃa marcado dos veces. No era normal que me buscara tan temprano, menos después de una noche de tomar. Primero pensé que querÃa seguir la cura o que se le habÃa perdido algo allá arriba, pero cuando le regresé la llamada noté en su voz algo distinto. No estaba jugando, no estaba crudo en ese tono fastidioso que le salÃa a veces. Sonaba alterado, como alguien que no habÃa dormido bien y que no sabÃa si contar lo que le habÃa pasado, porque ni él mismo lo entendÃa. Me dijo que fuera a su casa, que necesitaba enseñarme algo. Le pregunté qué tenÃa y me contestó que no más fuera, que también le avisara al chino si lo veÃa. Como vivÃa cerca, me fui caminando y en el trayecto me encontré al chino. Le dije que Omar andaba raro y fuimos juntos. Desde que lo vimos en la puerta, se notaba cambiado. TraÃa la cara pálida, los ojos hinchados y esa expresión de alguien que está incómodo hasta dentro de su propia casa. Apenas nos vio, nos hizo pasar a su cuarto y cerró la puerta. Nos contó que en la madrugada se despertó tosiendo fuerte, con la garganta irritada, como si algo se le hubiera ido por el camino.
9:34 Dijo que, al abrir bien la boca y escupir en la mano, vio tierra. No era una manchita ni polvo, era tierra de verdad, suficiente para sentirla entre los dientes, pegada en la lengua, metida hasta atrás, al grado de que tuvo que seguir escupiendo varias veces en el lavabo. Al principio pensó que habÃa vomitado o que venÃa tan borracho que tal vez se habÃa caÃdo al suelo antes de acostarse. pero revisó su cama, la almohada, la sábana y el piso junto al colchón, y no habÃa tierra regada en ninguna parte, solo la que habÃa sacado de la boca, nos lo dijo con una seriedad que no era común en él, pero aún asà el chino se rió un poco, y le preguntó si no se habÃa tragado media subida del cerro por andar haciendo tonterÃas, yo también le dije que tal vez se habÃa metido la mano sucia a la boca sin acordarse, Omar no se rió.
10:32 Nomás se levantó la camisa. TenÃa tres marcas en el pecho, pequeñas. Una cerca del esternón y dos un poco cargadas hacia el lado izquierdo. Eran quemaduras recientes, redondas, no muy grandes, pero sà bien definidas, como si algo caliente hubiera tocado la piel por un instante. No parecÃan raspones de ramas ni marcas de haberse caÃdo. Tampoco se veÃan como las quemadas de cigarro que a veces dejan un borde más parejo Estas estaban rojas alrededor y le dolÃan cuando se tocaba. Dijo que cuando se bañó en la mañana fue cuando las vio mejor y que hasta ese momento pensó que, igual, se habÃa quemado sin darse cuenta con algo la noche anterior.
11:15 pero no recordaba nada parecido. A mà ya no me dio risa, aunque tampoco querÃa aceptar que eso tuviera relación con lo del cerro. Le dije que a lo mejor se habÃa recargado en algo o que en la borrachera ni cuenta se dio. Ãl respondió que no, que las habÃa sentido arder al despertar. Durante el dÃa se le notaba mal. DecÃa que traÃa un sabor feo en la boca desde la madrugada, como tierra mojada mezclada con algo quemado, y que no se le quitaba ni lavándose los dientes. También andaba irritable, con sueño, con un cansancio raro que no era cruda normal. De pronto se quedaba callado, luego se enojaba por cualquier cosa y después se calmaba. En un momento abrió el cajón de un mueble y nos enseñó la medalla. La habÃa dejado ahà en la mañana, todavÃa con pedazos secos de cera negra pegados a un lado.
12:09 Nos dijo que habÃa pensado tirarla a la basura desde que se levantó, pero que se le habÃa olvidado cuando empezó con lo de la tierra y el pecho. Yo en cuanto la vi me acordé del lugar como estaba antes de que Omar empezara a patear todo, y me dio una incomodidad que no habÃa sentido en la noche. Ya no se me hizo chistoso haber dejado ese desorden allá arriba. Nos quedamos un rato con él, hablando como si estuviéramos resolviendo una tonterÃa. Incluso le dijimos que mejor se bañara otra vez, que lavara la medalla y que dejara de pensar tanto en eso. En ese momento seguÃamos con la idea de que algo debÃa tener explicación. Nos fuimos como a mediodÃa y pensé que ahà iba a quedar.
12:52 Pero en la noche volvió a buscarme, ahora por mensaje. Me puso que en su casa estaban pasando cosas raras y que su mamá ya estaba asustada. Fui otra vez, esta vez solo, y al llegar vi a su mamá en la cocina con una cara muy distinta a la de otras veces. No estaba enojada, estaba nerviosa. Omar me contó que unas horas antes habÃan encontrado una vela prendida en el baño, en un rincón junto a la ventana. Nadie dijo haberla puesto. Su mamá pensó que uno de sus hermanos estaba jugando o que alguien la encendió por alguna tonterÃa. Pero luego apareció otra en la cocina, pegada a la pared en una orilla del piso, con la cera corriendo hacia abajo. Más tarde encontraron otra cerca de una imagen religiosa que tenÃan en una repisa y otra debajo de la mesa del patio. No eran veladoras de la casa. Eran velas simples, clavadas o acomodadas como si alguien las hubiera dejado ahà a propósito. Lo peor era que nadie habÃa visto a nadie ponerlas. La casa de Omar no tenÃa nada raro antes de eso. Era una casa común, de bloc, con piso firme, muebles viejos pero normales, patio pequeño y cuartos apretados. Justo por eso se sentÃa peor.
14:09 No era una casa abandonada ni un lugar donde uno dijera que se prestaba para inventar cosas. Era su casa de siempre, metida de pronto en algo ajeno. Su mamá andaba recogiendo la cera con un cuchillo de cocina porque se estaba pegando al piso. Me dijo que ella no querÃa esa medalla ahÃ, que desde que su hijo la llevó estaba inquieta la casa. Omar, por fastidio, la sacó del cajón y dijo que entonces la iba a tirar. Salió hasta la bolsa del patio, la aventó dentro de una bolsa negra y regresó. No pasaron ni 20 minutos cuando uno de sus hermanos gritó desde el cuarto. La medalla estaba otra vez sobre el buró, junto a la cama.
14:51 Ahà sà se nos bajó por completo la actitud de burla. Omar ya no hablaba fuerte ni se hacÃa el valiente. Nos enseñó que tenÃa una quemadura más, una nueva, apenas marcada arriba de las otras. Dijo que, mientras intentaba dormir una siesta, sintió un calor concentrado en el pecho, como cuando alguien acerca una flama demasiado a la piel. Y al levantarse, la camisa vio la marca reciente. Esa noche volvió a despertarse con tierra en la boca. Esta vez, según dijo, estaba más húmeda, con un olor mezclado entre cera quemada y podrido. un olor parecido al de las botellas del cerro. Su mamá ya no querÃa la medalla dentro de la casa, pero tampoco sabÃan cómo sacarla si cada vez que la aventaban aparecÃa otra vez adentro. Yo empecé a pensar en el sitio donde habÃamos estado. Y en cómo quedaron las velas, las figuras rotas, la tierra removida.
15:50 No era miedo todavÃa, era culpa. Una culpa concreta por haber estado ahà viendo cómo destruÃan cosas ajenas y no haber parado a Omar de verdad. Le dije que tal vez debÃamos subir otra vez al cerro, regresar la medalla y ver si todavÃa seguÃa igual ese lugar. Cuando se lo comenté al chino por teléfono, se negó de inmediato y dijo que él ya no iba a volver. Omar primero se quiso hacer el pesado otra vez. Soltó una risa corta y dijo que no creÃa en esas mamadas. Pero luego miró las marcas de su pecho, volteó hacia la puerta de su cuarto y aceptó que fuéramos al dÃa siguiente antes de que anocheciera. La decisión ya estaba hecha.
16:33 Ãbamos a regresar la medalla y dejarla donde la encontró. Pero antes de salir de su casa, mientras seguÃamos hablando de eso, su mamá entró al cuarto sin tocar y se quedó parada en seco luego se agachó y nos dijo que viéramos debajo de la cama de Omar pegada casi al centro habÃa otra vela encendida al dÃa siguiente nos organizamos para volver al cerro ya no habÃa ambiente de salida ni ganas de tomar nadie llevó cerveza nadie puso música y ni siquiera hablamos mucho antes de salir la intención era una sola regresar la medalla y dejarla donde estaba Quedamos de subir todavÃa con luz, ya cerca de la tarde para no agarrar la bajada de noche.
17:18 Al final fuimos tres. Yo fui porque sentÃa responsabilidad por no haber parado a Omar cuando empezó a patear todo. Omar fue porque ya estaba asustado de verdad y querÃa que eso se acabara. Y Beto aceptó acompañarnos porque no quiso dejarnos solos. El chino se negó desde temprano. Dijo que no iba a volver a subir, que le daba igual si nos burlábamos de él, pero que ese lugar ya no le gustaba. No insistimos. La verdad, tampoco tenÃamos ganas de convencer a nadie. Desde que empezamos a subir, Omar iba distinto a como habÃa ido la primera vez. Ya no venÃa hablando fuerte ni haciendo chistes. Se veÃa cansado desde abajo, aunque no era una subida tan pesada.
18:03 A ratos se secaba el sudor con la manga. aunque todavÃa no hacÃa tanto calor, y varias veces se llevó la mano al pecho. Le pregunté si seguÃa con las quemaduras y me dijo que sÃ, pero que ahora también sentÃa la zona como apretada, como si algo le presionara por dentro. TraÃa la boca seca y cargaba una botella de agua, pero ni tomando se le quitaba esa resequedad. Beto lo iba viendo de lado, sin decir mucho, y yo trataba de mantener el paso parejo para no alargar más el trayecto. Nadie querÃa estar ahà más de lo necesario. Durante el ascenso me fui acordando mejor de la noche anterior, del olor de las botellas, de la forma en que quedaron tiradas las velas, de la medalla embarrada de cera negra en la mano de Omar. Mientras más cerca estábamos, más me pesaba haberlo tomado a juego. no era miedo todavÃa era la idea concreta de haber entrado a un sitio ajeno haberlo dejado destruido y luego habernos ido como si nada cuando por fin llegamos a la parte alta y nos metimos hacia la zona donde estaba todo aquello lo primero que noté fue que no estaba como lo habÃamos dejado las velas estaban otra vez clavadas en la tierra no iguales en la misma posición exacta, pero sà acomodadas con orden, formando otra vez cÃrculos y lÃneas. HabÃa restos de cera negra fresca sobre el suelo, como si las hubieran trabajado hace poco. Las botellas estaban colocadas de pie,
19:36 varias juntas, y las figuras de cera habÃan sido rehechas. Algunas se veÃan nuevas, con menos polvo encima que el resto del terreno. Ahà entendimos algo que nos dejó peor. Lo que destruimos no se habÃa quedado arruinado. Alguien lo habÃa recompuesto o se habÃa recompuesto de alguna manera. Beto fue el primero en decir que dejáramos la medalla y nos fuéramos ya. Omar no contestó. Se quedó viendo una de las figuras, tieso. HabÃa una nueva, más grande que las otras, hecha con cera negra y amarrada con hilo oscuro. No tenÃa forma exacta de personas. pero sà se le notaban dos marcas pequeñas en el pecho, en el mismo lado donde Omar tenÃa las quemaduras. Al verla, él respiró más rápido. Me dijo en voz baja que sentÃa otra vez esa presión por dentro. Yo le dije que sacara la medalla de una vez y la dejara ahÃ. Metió la mano temblando en la bolsa del pantalón, sacó la medalla y caminó despacio hasta el centro de donde estaban las velas. Apenas la soltó sobre la tierra, se dobló un poco hacia adelante. Primero pensé que le habÃa dado un mareo, pero luego empezó a toser con fuerza. Dio dos pasos hacia atrás, se agarró el pecho y escupió al suelo. Era tierra. AhÃ, frente a nosotros, volvió a sacar tierra de la boca, húmeda, espesa, mezclada con saliva.
21:03 Beto retrocedió enseguida. Yo me acerqué a Omar y lo agarré del brazo, pero él me apartó porque seguÃa tosiendo. En lo que intentaba incorporarse, volteé hacia el suelo de alrededor y vi que entre la tierra removida habÃa cosas enterradas más abajo. No se alcanzaban a ver desde lejos, pero de cerca sÃ. HabÃa huesos pequeños, listones manchados, pedazos de foto quemada, mechones de pelo apelmazados y papeles mojados con nombres escritos. No pude leerlos completos porque la tinta estaba corrida, pero sà eran nombres. Eso me dio más coraje conmigo mismo, porque ya no se trataba solo de velas raras. HabÃamos pateado y roto cosas que alguien habÃa dejado ahà por algún motivo, y no eran pocas. Entonces, escuchamos un ruido a un lado, como pasos cortos o algo arrastrándose entre los matorrales. No fue lejos. Los tres volteamos al mismo tiempo. No vimos a nadie, pero el sonido se repitió un poco más atrás, rodeándonos por otro lado.
22:07 No era el viento porque en ese momento ni las ramas se estaban moviendo. Beto dijo que ya nos fuéramos. Omar trató de levantarse bien, pero antes de dar la vuelta miró otra vez la figura grande de cera y se quedó helado. La medalla que habÃa dejado en el suelo ya no estaba donde la soltó. Estaba clavada en el pecho de esa figura justo entre las dos marcas negras. No sé cómo llegó ahÃ. No vi una mano moverla, no vi caer nada. Solo sé que un segundo antes estaba en la tierra y al siguiente estaba enterrada en la acera. Omar soltó una maldición, se desesperó y quiso patearla como la primera vez. Alcanzó a darle un golpe con la punta del zapato, pero en cuanto lo hizo, se llevó ambas manos al pecho y cayó de rodillas.
22:54 El dolor le pegó tan fuerte que se quedó inclinado hacia adelante, tosiendo otra vez, escupiendo más tierra. Beto y yo corrimos a levantarlo. Yo jalé a Omar de un brazo y Beto de otro. Entre los dos lo pusimos de pie, medio arrastrándolo. Antes de bajar, agarré con el pie tierra suelta y la aventé encima de la figura y de la medalla, como para dejar eso cubierto aunque fuera a la fuerza. No lo pensé mucho, solo querÃa salir de ahÃ. La bajada fue peor que la subida, no por el camino, sino por cómo venÃa Omar. Iba blanco, con sudor frÃo, respirando con dificultad y apretándose la camisa a la altura del pecho. A ratos decÃa que sentÃa ardor, como si trajera una flama pegada por dentro. Logramos bajarlo y llevarlo a su casa. Esa noche, por unas horas, pareció que algo sà se habÃa corregido. No apareció ninguna vela nueva en los cuartos, ni en el baño, ni en la cocina. Su mamá dijo que por primera vez en dos dÃas la casa estaba tranquila. Nosotros nos fuimos ya tarde, pensando que tal vez con haber regresado la medalla bastaba. Pero no bastó del todo. Las velas dejaron de aparecer por todos lados, eso sÃ, y la casa se calmó. Pero Omar siguió despertando algunos dÃas con tierra en la boca. Ya no siempre, pero sà lo suficiente para que no pudiera olvidarlo. También se le quedó ese olor a cera quemada pegado en la piel algunas mañanas,
24:24 sobre todo en el pecho y en el cuello. Las quemaduras dejaron cicatriz, pequeñas marcas oscuras y mal acomodadas cerca del esternón que nunca se le borraron. Con el tiempo dejó de burlarse de esas cosas. Ya no subÃa al cerro, no querÃa pasar cerca de altares, y cuando olÃa velas en una casa o en una iglesia se ponÃa inquieto. Empezó a dormir con una lámpara prendida y si se iba, la luz en la noche se alteraba más de lo normal. Con los años nos fuimos alejando, cada quien agarró su vida, su trabajo, sus problemas. A veces sabÃa de Omar por otras personas y me decÃan que seguÃa raro, que dormÃa poco, que de pronto amanecÃa de malas o que no aguantaba ciertos olores. Tiempo después lo fui a ver porque su mamá me dijo que andaba enfermo de gripa y querÃa saludarlo.
25:17 Entré a su cuarto y lo vi sentado en la cama, más flaco, más callado que antes. Hablamos poco. Antes de irme, volteé hacia una esquina, junto a una pared donde no habÃa mueble ni repisa, y vi una vela encendida en el piso. No era grande, era una vela simple, clavada sobre un plato. Le pregunté si la habÃa aprendido él y me dijo que no. Me lo dijo sin bromear, sin intentar hacerse el fuerte. Solo no. Ahà entendà que devolver la medalla no arregló todo. Desde esa noche me quedó claro que el problema no empezó por casualidad. Empezó por burla, por meternos con algo ajeno y por creer que nada podÃa pasarnos. Lo que Omar se llevó del cerro no fue solo una medalla. Algo de ese lugar se le quedó pegado desde que la levantó de la tierra.
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