June 16, 2026

Aceptamos El Juego Del Diablo Y Pagamos Con Sangre - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Recuerdo bien esa noche, porque nada de lo que pasó se mezcló con sueños ni con rumores. Yo estuve ahí, en el panteón viejo de San Miguel, junto con Nora y Jacinto. Éramos tres, crecimos en el mismo pueblo y habíamos escuchado desde niños la misma advertencia, en luna llena, después de medianoche. Nadie debía entrar al panteón ni tocar la tumba sin nombre. A esa historia le decían los juegos del diablo. Los mayores contaban que, al fondo del panteón, había una tumba sin cruz y sin letras, y que junto a ella aparecía una silla limpia. Si alguien tocaba tres veces el cemento y pedía jugar, se presentaba un hombre vestido de traje negro. No perseguía a nadie, no gritaba, y no hacía ruido de más. Se sentaba, explicaba las reglas y cobraba cada falta. El que cumplía seguía vivo, el que fallaba pagaba con sangre. con una parte del cuerpo o con la vida, Jacinto propuso entrar, insistió durante varios días hasta que nos cansó, decía que la historia era puro cuento y que nadie se atrevía a comprobarla, Nora se negó desde el principio, yo tampoco quería ir, pero Jacinto empezó a burlarse y en el pueblo una burla así se queda pegada, al final aceptamos por orgullo, no por valor, eso lo tengo claro, Salimos cuando las casas ya estaban apagadas. No llevamos teléfonos. Nora cargó una

1:38 vela bendecida. Jacinto llevó una navaja chica y yo llevé una lámpara de pilas. Caminamos por el camino de tierra detrás del corral abandonado, sin hablar mucho. Jacinto iba adelante, pero cada vez volteaba menos. Nora caminaba cerca de mí y me pedía que no apagara la lámpara. Le respondí que no me iba a separar. Llegamos al panteón cuando ya había pasado la medianoche. El portón estaba cerrado, así que entramos por la parte baja de la barda. Jacinto brincó primero, luego paseó y después ayudamos a Nora. Adentro había luz de luna, suficiente para avanzar. No vimos nada extraño al entrar, solo tumbas, cruces y tierra. Aún así, ninguno habló durante varios segundos. Jacinto señaló hacia el fondo.

2:30 Caminamos por el pasillo central, entre las tumbas. La lámpara falló una vez. La golpeé con la mano y volvió a prender. Nora me tomó del brazo. Jacinto no se burló. Eso me preocupó más que cualquier ruido, porque hasta ese momento él había tratado de demostrar que no tenía miedo. La tumba estaba al fondo. Era una plancha de cemento sin nombre, sin fecha y sin cruz. A un lado estaba la silla de madera. La silla estaba limpia, bien puesta, lista para usarse. Jacinto se detuvo. Nora dijo que ya habíamos visto suficiente y que debíamos irnos. Yo estuve de acuerdo, pero Jacinto negó con la cabeza. Nos recordó que habíamos llegado hasta ahí y que irnos sin tocar iba a ser peor para nosotros. Nadie en el pueblo sabía que estábamos ahí, pero en ese momento la vergüenza pesó más que la razón. Jacinto se acercó primero. Tocó la tumba tres veces con los nudillos y el sonido quedó seco en el aire. Después pidió jugar. Nora le ordenó callarse, pero Jacinto ya había hablado. Luego nos miró y aseguró que los tres debíamos tocar porque los tres habíamos entrado.

3:47 No sé si esa regla existía. Tal vez la inventó para no quedarse solo en la culpa. Nora tocó la tumba con la mano temblando. y yo toqué al final. El cemento estaba frío y áspero. La vela de Nora se apagó, mi lámpara también. No sentí aire, pero la silla crujió, y el hombre ya estaba sentado. Vestía traje negro, camisa blanca y corbata oscura. Tenía las manos sobre las rodillas. Sus uñas eran largas, curvas y duras, y al mover los dedos rasparon la madera. Sus ojos eran negros completos, sin parte blanca, y no parpadeaba. Cuando abrió la boca, vimos dientes afilados, apretados y montados en varias líneas. De su respiración salió un olor fuerte a azufre y acerillo apagado.

4:37 Jacinto retrocedió. Nora empezó a llorar en silencio, y yo sentí ardor en la garganta y en los ojos. El hombre nos miró uno por uno. Después dijo que tres habían tocado. Tres habían pedido y tres iban a jugar. Jacinto intentó hablar, pero no terminó la frase. El hombre levantó una mano y mostró las uñas. Jacinto cerró la boca. El hombre señaló el suelo frente a la tumba. Había tres piedras redondas acomodadas en línea. Yo había alumbrado ese mismo lugar antes de que la lámpara se apagara. Y no estaban ahí. La primera regla fue tomar una piedra y decir lo que se sentía. Mentir era perder. soltarla antes de recibir permiso era perder y ayudar sin permiso era pagar por el otro jacinto tomó la primera piedra porque él había llamado el juego cerró la mano y gritó la piedra estaba caliente la piel de su palma empezó a quemarse y el olor a carne quemada se mezcló con el azufre Quiso soltarla, pero el hombre movió una uña sobre la silla y Jacinto quedó rígido, con la piedra apretada dentro de la mano. Nora le pidió que aguantara. La verdad, yo no hablé. Cuando el hombre dio permiso, Jacinto soltó la piedra. La palma le quedó abierta y sangrando. Nora tomó la segunda y dijo que estaba fría. Sus dedos se endurecieron y la piedra se le pegó a la piel. El hombre le ordenó sostenerla

6:10 hasta escuchar siete golpes bajo tierra. Los golpes empezaron de inmediato, uno por uno, debajo de distintas tumbas. Nora contó en voz baja y, en el séptimo golpe, el hombre le permitió soltarla. Dos uñas se le habían partido y le sangraban los dedos. Yo tomé la tercera piedra. No pesaba casi nada y dije que era ligera. El hombre se levantó y se acercó. Era más alto de lo que se veía sentado, y el olor a azufre me quemó la garganta. Puso una uña sobre mi frente, presionó sin cortarme y explicó que la piedra era ligera porque todavía no tenía dueño. Luego me ordenó guardarla en la boca hasta terminar la siguiente prueba. Obedecí. La piedra sabía a tierra húmeda y metal. El hombre volvió a sentarse, sacó tres cartas del bolsillo interior del saco y las puso sobre la tumba. Eran negras por ambos lados. Nadie podía tocar la carta de otro. Nadie podía cambiarla y nadie podía negarse después de leer. Jacinto tomó la primera carta y respiró rápido al verla. Su prueba era caminar hasta la cruz de hierro, arrodillarse y regresar sin voltear. Apretó la mano quemada contra el pecho y avanzó hacia el portón.

7:30 A medio camino, una voz salió de una tumba. Decía su nombre completo y pedía ayuda. Jacinto se detuvo pero no volteó. Llegó a la cruz, se arrodilló y regresó con los ojos cerrados. Cuando volvió tenía sangre en la nariz y cuatro cortes largos en la espalda y la camisa estaba abierta por detrás. El hombre dijo que había cumplido. Luego miró a Nora y le indicó que tomara su carta. Nora la levantó con cuidado. Su prueba era encender la vela con un solo cerillo sin dejarlo caer. El hombre le entregó uno. Nora lo prendió, pero antes de acercarlo a la mecha, una mano salió de la tierra y le agarró el tobillo. Nora gritó y yo di un paso hacia ella. El hombre clavó una uña en el cemento y lo partió. Entonces me detuve. Nora sostuvo el cerillo aunque la flama ya le quemaba los dedos. La mano le apretó la pierna, pero ella acercó la lumbre a la mecha hasta que la vela se encendió. Entonces la mano la soltó. Nora cayó de rodillas con marcas negras alrededor del tobillo. El hombre no se levantó, solo dijo que había cumplido. Mi carta fue la última de esa ronda. La tomé con la piedra todavía en la boca, leí despacio y entendí la prueba. Debía contar las cruces entre la tumba sin nombre y el portón, regresar y decir el número exacto. Si me equivocaba, Nora o Jacinto

9:00 pagarían por mí. El hombre me permitió sacar la piedra solo al final. Para responder, caminé hacia el portón con la boca llena de tierra y metal. Conté cada cruz sin tocarla, pero detrás de mí escuché una respiración, luego uñas raspando piedra, pero seguí de frente. Al llegar al portón llevaba veintiuna. En el regreso conté veintidós. Me detuve y vi una cruz pequeña junto a una tumba hundida. No estaba antes. Sentía que la tierra se movía alrededor. Regresé con la lengua entumida. Saqué la piedra con los dedos y dije 22. El hombre sonrió, mostró sus dientes afilados y aceptó el número. Luego señaló la cruz pequeña. La madera se quebró sola. Debajo de la tierra sonó un golpe fuerte y todo quedó quieto. El hombre guardó las cartas y caminó alrededor de nosotros, pero no dejó huellas.

10:00 El olor a azufre me quemaba la garganta. Señaló la tumba sin nombre y el cemento tenía una grieta en el centro. Explicó la siguiente prueba. Uno de nosotros debía meter la mano, sacar lo primero que tocara y dejarlo sobre el cemento. Si esa persona se negaba, el juego seguiría con los tres encerrados. Si alguien ayudaba sin permiso, ocuparía su lugar. Su uña señaló a Nora. Pero Jacinto se ofreció a hacerlo por ella. El hombre lo corrigió. Ofrecerse no cambiaba una elección. Yo quise hablar, pero la piedra me pesó en la mano y guardé silencio. Nora se arrodilló frente a la grieta, metió la mano, sacó tierra y jaló una llave vieja, amarrada con un hilo negro.

10:47 La dejó sobre la tumba y el hombre dijo que había cumplido y añadió que la llave abría una salida. Teníamos tres opciones, el portón, la barda por donde entramos o la tumba abierta. Solo podíamos intentarlo una vez. Jacinto quería la barda, pero Nora no confiaba en ese camino. Yo dije que la llave debía usarse en el portón, así que elegimos el portón. Jacinto tomó la llave con la mano sana y Nora caminó apoyada en mí. Llegamos al portón. Jacinto metió la llave, pero antes de girarla, el hombre pidió el pago por usarla. Una verdad dicha por quien hubiera mentido primero esa noche. Jacinto había mentido desde el principio. Nora le pidió que hablara, y yo también.

11:36 Jacinto sostuvo la llave dentro del candado y aceptó que nos llevó para demostrar que mandaba sobre nosotros. Aceptó que inventó parte de la regla para no tocar solo, y que tuvo miedo desde que vio la silla. El candado se abrió. Jacinto empujó el portón y del otro lado estaba el mismo panteón, con la tumba al fondo y la silla junto al cemento. Nora empezó a llorar. Jacinto reclamó que ya había dicho la verdad. El hombre se acercó, le levantó la cara con una uña bajo la barbilla y abrió la boca. Sus dientes hicieron un sonido húmedo. El hombre le aclaró la regla. La verdad abría, pero no liberaba. Para que el portón fuera salida, uno debía quedarse hasta que cantara el primer gallo. Si se quedaba vivo, volvería a jugar cada luna llena. Si se quedaba muerto, Nora y yo podríamos cruzar. Si nadie aceptaba, el juego continuaría.

12:35 Nora dijo que se quedaba. El hombre aceptó, pero explicó que ella quedaría viva, obligada a regresar cada luna llena hasta perder. Nora entendió y bajó la mirada. Yo le pedí que no lo hiciera, y Jacinto también. Jacinto sacó la navaja y ofreció su sangre. El hombre respondió que la sangre ya había sido tomada. Luego le ofreció su mano quemada. El hombre respondió que una parte dañada valía poco, porque ya estaba marcada por el juego. Entonces Jacinto dejó de buscar salidas. Se le quebró la voz. Aceptó que él había iniciado todo y que había mentido para que tocáramos la tumba. El hombre le pidió decirlo completo. Jacinto respiró hondo y aceptó quedarse muerto para cerrar el juego y dejarnos salir. El panteón quedó callado. El hombre extendió la mano y Jacinto le entregó la navaja. El hombre no la usó. La dejó caer junto al portón, pero apareció al instante sobre la tumba sin nombre. Después señaló la silla. Jacinto entendió y caminó hacia el fondo. Nora quiso detenerlo, pero la sujeté del brazo. Me pidió que la soltara, pero no lo hice. Sabía que si entraba en la regla de Jacinto, también se quedaría. Jacinto avanzó solo y el hombre caminó detrás de él. Jacinto llegó a la silla y se sentó, y no intentó correr.

14:09 El hombre puso las manos sobre sus hombros. y las uñas entraron por la camisa, Jacinto apretó la mandíbula, el olor a azufre llenó el aire, pero nadie se movió, la tierra se abrió debajo de la silla, primero se hundieron las patas, luego los pies de Jacinto, después sus rodillas, respiraba rápido pero no gritó, cuando la tierra le llegó al pecho nos miró y nos pidió no volver nunca más. Luego la tierra le tapó la boca, le cubrió la nariz y lo cerró por completo. El hombre se inclinó sobre la tumba y con una uña escribió el nombre de Jacinto en el cemento. Después pasó la palma encima y lo borró. La tumba volvió a quedar sin nombre.

14:55 Entonces cantó un gallo dentro del panteón. El hombre recogió las cartas, la llave y la piedra que yo había tenido en la boca y Se acomodó la corbata y dijo que el juego estaba cerrado, pero podía abrirse si alguien tocaba otra vez la tumba. Luego caminó detrás de la tumba y cuando miré hacia el otro lado ya no estaba. El portón volvió a abrirse, pero esta vez del otro lado estaba el camino de tierra. Nora y yo salimos sin correr. Ella no podía apoyar bien la pierna y yo tenía la mano hinchada. Caminamos hasta el corral abandonado. donde Nora se sentó y vomitó. Nosotros entramos, tocamos y aceptamos jugar. Jacinto pagó por los tres. Nora y yo salimos, pero no salimos limpios. Si alguien toca tres veces el cemento, el hombre del traje va a volver y seguirán los juegos del diablo. Por eso siempre debes de entender y hacer caso a las advertencias de los mayores. Nosotros hasta el día de hoy vivimos con eso en la mente.