RELATOS DE HORROR DE MONJAS Y SACERDOTES / RECOPILACION PARANORMAL / L.C.E.

Tambien en los lugares santos han ocuirrido cosas extrañas y perturbadoras, y en este capitulo son los sacerdotes y monjas los que nos cuentan sus experiencias.
Hola cripta embrujada. Saludos a toda la comunidad de la cripta. Quisiera contarles mi experiencia. Es una de las experiencias más aterradoras y traumáticas que me han pasado a lo largo de los años. Yo soy una monja y prácticamente toda mi vida ha estado en la iglesia. He estado en varios conventos, en varias iglesias alrededor de toda Latinoamérica y les puedo decir que dentro de estos lugares pasan algunas cosas extrañas. Si bien la iglesia es la casa de Dios y procuramos siempre que sea un lugar abierto para todas las personas, eso no quita que a pesar de tener rosarios, a pesar de tener figuras, oraciones y agua bendita, a veces ocurren cosas extrañas que uno no puede explicar. Esto me sucedió durante las vacaciones de semana Santa Obviamente, como supondrán, estaba en puerta lo que vendrÃa a ser el evento del Viacrucis. Necesitábamos a varios niños, a varias personas. Esta iglesia se situaba en una sierra cercana. A esta habÃa unos cuantos pueblos y también con sus respectivas capillas. En la iglesia donde yo me encontraba era la más grande y la que estaba en remodelación. Por asà decirlo, era una iglesia y también un convento, por lo que, por lo regular todas las festividades, ya sea de un Santo, el Viacrucis, la Navidad, las mañanitas a la Virgen, todo se desarrollaba en aquella iglesia más que nada por el espacio. Recuerdo que ya era de noche los niños a los que me contraba dandoles catecismo y también a otros tantos que me encontraba, ayudándolos a poner ese papel durado que lleva la armadura de los soldados a practicar con los guiones de todo lo que debÃan de decir. En el Viacrucis nos cayó la noche. Cada padre fue llegando a la iglesia y fue recogiendo a su hijo. Estoy más que segura que al último niño pasaron por él. Por eso, de las nueve, treinta o nueve cuarenta de la noche, ya casi a las diez, como les expliqué anteriormente, estábamos en Semana Santa y la iglesia estaba siendo reconstruida. Se estaban mandando a poner unos vitrales. Estos vitrales ya se encontraban en la parte delantera de la iglesia donde el padre y los demás ayudantes, como los monaguillos, se sientan para dar la palabra de Dios por algunas cuestiones técnicas y también de los eléctricos nos habÃan dicho que parte de la Iglesia no podÃa tener energÃa. Por ende, esta parte se encontraba sumergida en la absoluta oscuridad de la noche. Yo entré a la Iglesia más que nada por unos cuadernos y unos libros que más que nada tenÃa que tenerlos alistados para los chicos del catecismo que venÃan a presentarse al dÃa siguiente. Yo entré a la Iglesia y vi que toda estaba oscura a excepción del pasillo. En este pasillo, el sacerdote y también los monaguillos habÃan puesto veladoras por todo el pasillo más que nada, porque siempre tenÃamos que entrar por algo y no podÃamos permitirnos caernos y lastimarnos. Más que nada, era para seguridad. Durante la noche yo caminé por este pasillo y de un modo a otro empezó a hacer un frÃo muy sepulcral en aquel lugar. En esta época tiende a ser bastante calor. Las temperaturas suben y el problema en aquel verano son las temperaturas altas. No me explico como tan repentinamente en aquel dÃa que habÃa un exceso de calor. Ahora habÃa frÃo dentro de la iglesia. HacÃa bastante frÃo. Les puedo decir que hasta incluso cuando iba caminando en el pasillo, logré sacar un poco de vapor de mi boca. Esto se me hizo extraño, pero solamente querÃa pasar por los libros, asà que mantuve mi mirada fija hasta llegar a aquel lugar. Cuando me di la media vuelta, una de las ventanas en donde se suponÃa tenÃan que poner los vitrales. Ya tenÃa una imagen a ver. Les explico los vitrales se ponÃan desde enfrente hacia atrás, desde donde estaba el sacerdote hasta la entrada principal. Yo me encontraba en ese momento en la entrada principal. Por lo tanto, esos vitrales eran los últimos en ponerse. Lo que me sorprendió bastante es ver que en una de estas ventanas ya se habÃa colocado uno, o al menos es lo que yo creÃa. Por la luz de las velas y por la luz de la luna del exterior, pude ver la sombra de una figura que estaba en aquella ventana. Yo creà que era una de las figuras que se ponÃan en los vitrales. Estas figuras, por lo regular, hacen sombras, por lo que, al final de cuentas, no le tienes que prestar mucha atención. Uno se puede confundir claro, pero cuando volteas, simplemente se trata de una figura, ya sea de un santo o de alguna imagen que quieren representar en algún capÃtulo de la Biblia, pero en aquella ocasión, esta imagen no se parecÃa a ningún santo. No parecÃa ninguna imagen sacá de la Biblia. Lo que yo vi fue la sombra de un hombre, la mitad del cuerpo de un hombre, las manos las tenÃa levantadas, sus dedos eran demasiado largos y en su cabeza salÃan a relucir un par de cuernos que se divisaban fácilmente gracias a la luz de la veladura. Yo, en un principio creà que solamente estaba con la percepción algo alterada. Seguramente era una imagen que tenÃa sentido, pero en ese momento, con la oscuridad y gracias a que no la veÃa bien, tal vez estaba confundiendo la imagen y a pesar de que me dispuse a irme lo que sentÃa dentro de mÃ, no me dejó hacerlo. TenÃa curiosidad. QuerÃa saber qué tipo de dibujo habÃan puesto en esa ventana. Tomé una de las veladoras del pasillo y me fui acercando poco a poco hasta aquella ventana y vi finalmente aquel dibujo. En efecto, no era ningún santo, no era ninguna imagen. Lo que yo vi fue el dibujo de un diablo, de un demonio. Este tenÃa los ojos saltones, reposaba sus manos sobre la ventana, tenÃa la boca abierta, mostrando los colmillos y también la lengua, la cual caÃa hasta su pecho, era una lengua extremadamente larga. Sus ojos eran fijos hacia mà como si me estuviera siguiendo en ese momento. Me espanté, pero claro de inmediato lo que se me vino a la mente es que los trabajadores habÃan puesto eso. Tal vez se trataba de alguna broma de mal gusto, pero el vitral del demonio tenÃa la particularidad que se veÃa muy real a comparación de los otros. Yo me fui retirando y mientras lo iba haciendo, sentÃa a la temperatura que aún más caÃa. Caminé por el pasillo dejando aquel vitral sumamente perturbador y horrendo detrás de mÃ. Afortunadamente, llegué a la parte frontal del convento y vi que los trabajadores aún no se iban me acerqué hacia ellos y antes de que me pudieran saludar a empecé a regañarlos. Obviamente, no me habÃa gustado para nada lo que habÃan hecho en la Iglesia y les empecé a decir que los vitrales no eran para eso, que esas figuras de demonios, esas figuras de diablos, no eran acorde a lo que iba con la Iglesia. Ellos estaban muy confundidos mientras yo me encontraba reclamando y reclamando esto hasta que uno de ellos me dijo a ver madrecita cálmese de qué vitral se está hablando. Nosotros hemos puesto solamente los vitrales que el sacerdote especÃficamente nos ha dicho que pongamos en cada una de las ventanas. Yo le dije que sÃ, que tal vez él sÃ, pero que sus trabajadores habÃan hecho todo lo contrario y que, si no me creÃa que me acompañara para mostrarle lo que habÃan hecho. Aquella noche me acompañó el jefe, y no solamente él, sino también todos los trabajadores. Juntos caminamos entramos a la iglesia y caminamos los diez por aquel pasillo. Una vez que llegamos a donde se encontraban los vitrales de aquel diablo, me di cuenta que no tenÃan vitrales aquel marco. Se trataba simplemente de una ventana, una ventana común y corriente que daba hacia el exterior. Yo en ese momento no supe qué decir por más que les explicaba. La verdad es que incluso para mà era difÃcil de creer. A final de cuentas, me disculpé con ellos y todos salimos de la Iglesia. Después de esto empecé a orar mucho, sobre todo adentro de la Iglesia y en compañÃa con más monjas. Era más que obvio que lo que habÃa visto aquella noche no era el dibujo de un diablo, sino algo verdadero que se manifestó aquella noche. Antes de acabar la historia, quisiera mencionar algo más y esto se me pasó desapercibido, y es que a la mañana siguiente revisé esta ventana por el otro lado, y por ese lado pude ver claramente como las manos y la lengua habÃan sido marcadas y habÃan sido dejadas puestas en la ventana. No habÃa sido mi imaginación ni mi superstición. Algo se habÃa puesto en aquella ventana y me habÃa estado observando durante toda la noche hola. A todos. Quisiera que mi nombre se mantuviera anónimo. Actualmente soy sacerdote y la experiencia que les quiero contar sucede en mis años de estudio. Como sabrán ser sacerdote es como otra cualquier carrera y hace abogado, arquitecto, doctor, Tienes que pasar por escuela, tienes que pasar por estudios y te mandan a varios lugares, muchos de ellos dentro de la República Mexicana. A ciertos retiros. Les quiero contar una historia que se contaba a los retiros a los cuales yo me iba, como ustedes se pueden esperar. Esta historia tiene décadas. Yo ya soy un hombre mayor y esto me pasó cuando yo tenÃa apenas veinte años llegamos a este retiro donde nos Ãbamos a quedar. Se trataba de una casa grande. Era una casa sino mal recuerdo, de algunos tres pisos y con numerosas habitaciones. Al lado de esta casa habÃa una iglesia y después de esta iglesia, una capilla hacia el SantÃsimo. En esta pequeña capilla estaba una figura de Cristo reposada, acostada y cubierta, por lo que viene siendo un vidrio. Dentro de esta capilla también se encontraban, aunque a algo más de distancia, las cabinas de confesionarios, Estas cabinas de seguro ya las conocen. Estas cabinas de seguro ya las conocen, son cabinas de madera de un extremo. Se puede centrar el padre y en el otro extremo la persona, ya sea joven, mujer, hombre, niño, anciano, que quiera purgar todos aquellos pecados que quiera confesarse, si bien les digo que esto ya tiene décadas. Todo comenzó con un sacerdote, incluso años antes de que yo llegara a esa Iglesia. Este era una leyenda que se contaba y que tantos sacerdotes como monjas decÃan que era verdadera. Todo comenzó cuando un sacerdote se encontraba de noche. Estaba caminando por el santÃsimo. Las razones pueden variar. Muchos sacerdotes van al santÃsimo, ya sea porque quieren pedir algo, porque quieren orar o porque simplemente les transmite mucha paz estar en esa capilla. Lo que le llamó la atención a este sacerdote es que, mientras estaba rezando, escuchó el llanto de una persona provenir de una de las cabinas del confesionario. El sacerdote terminó las oraciones, se levantó y caminó hacia esta cabina. Efectivamente, cuando llegó pudo escuchar el llanto de la persona. HabÃa una persona adentro de ahà que estaba llorando. El tiempo de las confesiones, por lo regular se hacen en la mañana y durante la tarde, en dos dÃas especÃficos a lo largo de la semana. Pero claro, a veces hay asuntos, a veces hay personas que se sienten muy mal y lo único que quieren es platicar con alguien, sacar todo eso que traen adentro, y muchas veces las personas van en la iglesia. Simplemente a eso el sacerdote entró y, como es su costumbre, se sentó en el otro extremo y le preguntó si tenÃa algo que decir, si se querÃa confesar. El joven no tardó mucho en decir que sà y dijo las palabras bendÃgame padre, porque he pecado. Después de esto, el joven empezó a decir toda su vida desde que era niño hasta esos años. El sacerdote se da cuenta de que este joven se refiere a sà mismo como en periodo pasado, y muchas veces este joven le dice al sacerdote que todo esto que ha cometido no lo va a poder solucionar y que se arrepiente de ello. El sacerdote obviamente, trata de calmarlo, trata de decirle que todo esto tiene solución, que él puede cambiar, que todavÃa tiene mucha vida por delante. En fin, siguen con la confesión y al final, el sacerdote sale de la cabina y espera que él chico también salga. Se dice que eran horas altas de la noche. El sacerdote tenÃa que cerrar la capilla. Por ende, tenÃa que esperar a que el chico saliera y encaminarlo hacia la salida. Pero pasó un minuto. Pasaron dos minutos. Pasaron tres, cuatro o cinco diez minutos y el chico no salÃa el sacerdote con pena le toca la puerta y le dice que ya es hora que tiene que cerrar la capilla. Escucha la voz del joven provenir dentro de esta. Ãl le contesta que sà que está listo. El sacerdote abre la puerta y resulta que no hay nadie en su interior. El joven ya no se encontraba, a pesar de haberlo escuchado segundos antes. Se dice en la historia que el sacerdote con con con con con continúa con su noche normal. Claro, antes de irse da unas plegarias por aquella alma, se sale de la capilla, la cierra con llave y transcurre la noche normal. Al dÃa siguiente, este mismo sacerdote se encuentra otra vez en el santÃsimo. De nuevo está orando, De nuevo está dando plegarias, cuando en eso se levanta y antes de irse, antes de cerrar otra vez esa capilla con llave se acerca a una de las cabinas y tenuemente le toca la puerta como esperando que alguien le contestara desde adentro. Esta vez ya no es un joven, sino una mujer, la cual le dice Bendiga mi padre por qué he pecado el sacerdote de nueva cuenta, abre la puerta y entra estando adentro. Escucha todos los pecados que esta mujer tenÃa y una vez cuando termina, sale de nueva cuenta de la cabina. Espera que salga aquella mujer, pero jamás lo hace el sacerdote otra vez, repitiendo lo que hizo la noche anterior, toma la manija, abre la puerta y se entera de que no hay nadie. Ya no se encontraba nadie dentro de la cabina. Desde ese momento y los dÃas siguientes, el sacerdote repite todo todas las noches lo mismo, todas las noches lo mismo. Hasta llegar el caso en que este sacerdote prácticamente todas las noches, en las seis cabinas que habÃa escuchaba los pecados de las seis personas de cada noche o, mejor dicho, las seis almas en pena que iban hacia esa capilla, no se podrÃa decir que las almas volvÃan. El sacerdote cuenta que cada noche, en cada cabina diferente, la vida que le contaban, los pecados que le contaban era diferente, siempre era diferente, Y también la voz, muy diferente a todas las noches anteriores, muy diferente a todas las cabinas y variaban A veces. Escuchaba la voz de un hombre, de un anciano, de una mujer, de una anciana, de un niño o de una niña. Siempre escuchaba, siempre variaban las historias siempre variaban los pecados y siempre variaban las personas. Sin embargo, ya a pesar de que el sacerdote creÃa que estaba haciendo el bien, que estaba escuchando, aquellas almas que iban en pena, aquellas almas que no podÃan descansar, se dice que cuando hablas con alguien que ya falleció, ellos tienen una extraña energÃa, una energÃa que si tienes y mantienes contacto con él por un tiempo prolongado, básicamente ellos también te están quitando vida. De alguna manera, tú les estás dando vida y ellos te la están robando, Pues técnicamente se cree que tanto los vivos como los fallecidos pertenecen a planos totalmente diferentes. Esto es lo que se cree de esta historia. El sacerdote empezó a enfermar, empezó a decaerse empezó a no poder sostenerse de pie y finalmente acabó en cama, en esa misma casa y después de pasar unos breves dÃas, el sacerdote terminó perdiendo la vida. Y desde aquel momento, la capilla del santÃsimo permaneció cerrada después de las nueve de la noche. Ni a estudiantes, ni a monjas, ni a sacerdotes se le permitÃa entrarte después de las nueve de la noche a aquella capilla, pues se decÃa que si entrabas a esta y si por error tocabas o una de las cabinas del confesionario, a alguien desde adentro te iba a contestar, pues aún hay almas que no pueden descansar en paz debido a los pecados que tienen y van constantemente a iglesias, a lugares santos para que de alguna manera logren conseguir la luz. Y fue tal el caso de este padre. Espero que les haya gustado mi experiencia. Gracias a todos y buenas noches. Esto ocurrió en el año dos mil seis. En aquel tiempo, yo estaba comenzando a trabajar como taxista. HabÃa renunciado a mi anterior empleo, habÃa logrado juntar para comprar tres autos. Dos de sus autos los habÃa puesto a trabajar como taxis y habÃa dejado el tercero para trabajar. De vez en cuando me acababa de casar y en fin querÃa más tiempo para pasar con mi familia. Por ende, al estar mayor tiempo en casa, empecé a acompañar a mi familia, a mi esposa, a varias actividades, entre estas. Obviamente, estaba en la iglesia en los domingos y de vez en cuando los sábados, cuando los niños tienen catecismo. Debido a que me volvà cada vez más cercano a la iglesia, empecé a tener conocidos entre ellos, pues fueron los sacerdotes, las monjas y demás personas que frecuentaban mucho la iglesia. Eran personas muy religiosas a grandes rasgos. Como les dije anteriormente, yo no andaba en la carretera buscando pasaje. Yo simplemente tenÃa clientes fijos y de vez en cuando llegaba uno nuevo, debido a que estaba tan cercano a la iglesia, empecé a mover a las monjas, a los sacerdotes y de más personal. Cuando un diciembre y bien lo recuerdo, llegó este sacerdote. Pero lo curioso de este sacerdote es que yo lo veÃa, pero no daba misa. Simplemente estaba a un lado. Se presentó con todos los de la parroquia, pero él simplemente estaba a un lado. Jamás damamiza, jamás daba catecismo, Era como si él hubiera llegado. Pero para otra cosa. Tengo que decir que este sacerdote no era mexicano, era europeo. No sé de qué parte de Europa, pero era del continente europeo. Se notaba en sus rasgos y se notaba también en su forma de hablar. Más temprano que tarde, debido a mis contactos una noche, cuando estaba en mi casa, este sacerdote me llamó. Ãl me preguntó si lo podÃa llevar a un domicilio que estaba relativamente cercano a la capilla. Yo le dije que sÃ, que con todo gusto fui por ir a la parroquia y lo llevé hasta una casa, una casa que se me hacÃa muy familiar. Era la casa de una familia que era muy devota a la iglesia. Era una de esas familias que también son pudientes, pero también muy religiosas. Lo curioso es que se me vino a la mente que yo no habÃa visto a esa familia. Ãltimamente en la Iglesia, los que vamos casi todos los fines de semana empezamos a distinguir a las personas que siempre van e incluso platicamos con ellas. Esta familia era una de ellas y, curiosamente, en los últimos meses no habÃan ido ningún integrante. Yo no soy una persona que se meta en asuntos que la verdad no le conciernen. Entonces yo simplemente me limité a llevarlo y no le pregunté nada acerca de esta familia. Lo curioso empieza es que a la noche siguiente, de nueva cuenta, me pide este sacerdote que lo lleve a esta misma casa. Yo cumplÃ. Lo llevé nuevamente y por un periodo, podrÃamos decirlo de algunos nueve o diez meses, casi el año completo. Llevé este sacerdote, podrÃamos decirlo y si la memoria no me falla algunas cuatro o cinco veces a la semana a este mismo domicilio. Era raro cuando no me llamaba, debido a que pasó el tiempo y mi amistad con el sacerdote crecÃa, le llegué a preguntar ya en los últimos meses que porque esa familia ya no habÃa ido y se habÃan tenido algún problema, ya que el sacerdote iba casi diario. Ãl me dijo que no lo podÃa decir, pero que tal vez pronto yo me darÃa cuenta y a decir verdad, ojalá jamás me hubiera enterado. Es algo que tengo que cargar en mi mente y va a ser muy difÃcil olvidarlo. Esto comenzó una noche que él me llamó. Ãl me dijo que si pudiera la parroquia, yo pensé que de nueva cuenta querÃa que lo llevara a esta casa y sÃ, a grandes rasgos. Era lo mismo, pero antes de llevarlo, querÃa platicar conmigo, querÃa darme un trabajo, QuerÃa que fuera su taxista durante toda esta semana que venÃa y también tenÃa que decirme ciertas reglas que yo tenÃa que seguir. Yo en este momento le puse una cara de extrañado, es decir, yo pensé que solamente lo iba a llevar él me dijo que sÃ. PodrÃamos decir que solamente era ese el trabajo, pero que en la casa de esta familia estaba pasando algo muy malo y querÃa un transportista, un taxista de confianza, más que nada, un taxista que tuviera mucha fe en lo que cree, que creyera en Dios, que supiera rezar y más que nada, nada que tuviera ahora sÃ, sus creencias bien cimientadas. En este punto. Yo hice una pausa. Le dije que sÃ, que era católico, que creÃa en Dios, que me sabÃa todos los rezos, pero que querÃa que me explicara un poco más qué era lo que estaba pasando. Ãl simplemente se metió su mano en su túnica. Sacó unos billetes que para ese momento era mucho dinero. Era demasiado dinero. Yo le dije que no lo podÃa aceptar simplemente por una semana de trabajo. Es que es que no podÃa aceptar eso. Ãl me dijo que no habÃa problema y que ese era el pago más que nada, porque mis servicios los iba a solicitar Durante toda la noche y la madrugada. Me dijo que nos pusiéramos en marcha y por el camino me iba a contar todo. Ãl comenzó diciéndome que era un sacerdote exorcista, que habÃa estudiado en el Vaticano, que se habÃa preparado y que para la mala suerte de aquella familia, a la hija más grande de unos quince años habÃa sido poseÃda por un demonio y, obviamente, al escuchar esto, se me empezó a poner China la piel. Me dijo que su asistencia o su presencia ya con esta familia ya era el último recurso que se estaba tomando. La chica ya habÃa pasado por psiquiatras, por doctores, por la medicina en general, pero nadie le habÃa podido ayudar hasta ahora. Se pidió la intervención del sacerdote por orden del Vaticano, después de ya haber confirmado hace un año y medio que era una posesión. Este sacerdote habÃa llevado trabajando con esta chica desde que vino. Prácticamente este extorcismo llevaba ocho a diez meses la chica en ese estado. Yo le pregunté si es que tardaban más, por qué demoraban tanto si ya tenÃan el permiso del Vaticano. El sacerdote me contestó que no todos los exorcismos son iguales. Algunos llevan dÃas, semanas, meses o incluso años. Son tan volátiles que no se sabe cuánto van a tardar. Ãl me dijo simplemente al llegar que me colocaran rosario en el cuello, el cual él me proporcionó. Me dijo que estaba bendito y que se escuchaba algo raro, que no prestara atención, que simplemente no mantuviera dentro del taxi. Se me ha olvidado decir que los carros que habÃa sacado de aquella empresa no eran carros, por asà decirlo normales, Eran tipo van, es decir, le cabÃan cerca de algunas siete personas. Eran taxis grandes, los tres ons más que nada. También por eso me querÃa el sacerdote, ya que sabÃa muy bien que tal vez alguna noche tenÃan que transportarla a ella en esas condiciones y por desgracia, me tocó a mà tener que transportarla Ese mismo dÃa. Recuerdo que sacaron a la chica. ParecÃa totalmente dormida. Yo, al verla como la pusieron en los asientos, me sorprendÃ. Es decir, la chica se miraba desgastada. Era como si hubiera adelgazado algunos diez kilos. Se notaba demacrada y profundamente dormida. Eran cerca de las dos de la mañana y el sacerdote me dijo que los llevara a la capilla. Yo obedecà arranqué el taxi y me puse en marcha. Al momento me sorprendÃ, ya que vi que él no era el único sacerdote que se encontraba ahÃ. HabÃa varios. Se metieron cuatro y una monja dentro de mi taxi. Todos ellos iban tocando la chica mientras rezaban. ParecÃa una escena completamente salida de una pelÃcula de terror. El sacerdote exorcista iba a un lado de mà Me dijo que mantuviera mi mirada frente a la carretera, que mantuvieran atención frente a la carretera en todo momento, pero que eso sÃ, que estuviera rezando el credo. Junto con él, ambos empezamos al mismo tiempo, Ãbamos casi incluso a la misma velocidad rezando. Cuando en eso empiezo a escuchar unos gritos, unos gritos desgarradores que vienen desde atrás, yo me empecé a asustar bastante esos gritos provenÃan de aquella chica. Los gritos eran tan desgarradores era era era, Eran tan aster s s s o n o s son tan fuertes que incluso me volvieron sordo por un momento e incluso creÃa que las cuerdas vocales de aquella chica iban a reventar sus pulmones. Estaban esforzando bastante pero cuando voltea a ver el retrovisor, se podrÃa decir que materré todavÃa aún más de lo que ya estaba. Y es que por el retrovisor pude ver que la chica venÃa completamente dormida, es decir, ella no estaba gritando o si lo hacÃa, lo estaba haciendo con la boca cerrada. Y eso es prácticamente imposible. Y ahora, antes de que ustedes saquen sus propias seducciones, cuando llegué a mi casa, yo empecé a hacer ejercicios o sea, intentar gritar con la boca cerrada. Obviamente se puede, pero el sonido no es igual a como si tuvieras la boca abierta. Aquel sonido era un grito o un grito desgarrado, como el de una mujer junto con la voz de un hombre. Era una voz totalmente extraña. Obviamente, esto me empezó como a distraer un poco tenÃa mucho miedo. Lo sabÃa muy bien cómo actuar en ese tipo de ocasiones y debido al miedo a la ansiedad que tenÃa en ese momento, empecé a dejar de rezar y solamente miraba aquella chica por medio del retrovisor y en una de esas vistas, cuando alejé la mirada del camino y luego la volvà a poner sobre el camino enfrente de mÃ, se me apareció un hombre. O se puede decir que querÃa aparentar la silueta de un hombre. Sus piernas eran muy largas, sus manos eran también demasiado largas. Sus piernas eran elevadas casi hasta el pecho de una persona y sus manos eran largas y extendidas hasta llegar casi al piso. Era un ser completamente deforme, podrÃamos decirlo, y en su cabeza salÃan a relucir un par de cuernos que se podÃan ver con la luz de mi taxi. Este hombre se paró enfrente de mà y yo. Lo que hice fue dar un volantazo, alcanzar a esquivarlo y después volver a la carretera. Obviamente, por este movimiento todos se movieron. El sacerdote me tomó del hombre me dijo no dejes de rezar, pon atención al camino, no mires ni una otra cosa. Solamente reza y preocúpate por llevarnos hasta la capilla. Yo me enfoqué en eso iba rezando y conduciendo, rezando y conduciendo hasta que, por fin y a pesar de que se me hizo un viaje eterno, pude llegar a la capilla. Pero esto, para mi desgracia, no acabarÃa ahÃ. Dos sacerdotes se bajaron y fueron a preparar unas cosas en la capilla. El otro sacerdote, el exorcista, me miró y después me dijo. Sé que es mucho lo que te voy a pedir, pero, por favor, solamente por esta vez ayúdanos a bajar aquella muchacha y meterla en la capilla. Por favor, yo solamente lo miré con ojos de que por qué me estás pidiendo eso. Yo no querÃa, yo no querÃa hacerlo, pero a final de cuentas, lo terminé haciendo. Bajamos aquella muchacha y mientras lo hacÃamos, recuerdo muy bien una voz que provenÃa desde ella, desde dentro de ella. Vuelvo a decirlo, la chica iba como que completamente sedada, iba respirando, pero la voz que venÃa de ella, la voz que me hablaba, que nos hablaba todos en conjunto, No sé qué era lo que nos decÃa, pero una voz como que femenina y masculina al mismo tiempo, venÃa como desde su torso, desde su estómago, desde su pecho. Desde ahà provenÃa aquella voz, no de su boca y puedo decir que los gritos que escuché anteriormente también provenÃan de ahÃ. Era como si algo estuviera dentro de ella. Yo simplemente me limité a llevarla y ahà una vez yo me salÃ. Me salà muy apresurado. Corrà incluso abrà el portón y lo primero que hice al llegar a la banqueta, al llegar con mi taxi, fue vomitar en la banqueta. TenÃa muchas emociones encontradas. Estaba muy nervioso. Terminé vomitando. Una vez ahà me subà de nuevo el taxi y esperé órdenes del sacerdote. Obviamente, y aunque no me gustara la idea, tenÃa que llevarlos de regreso y podrÃa decirles que la espera de esto era algo mucho peor, ya que no sabÃa qué era lo que me pasarÃa en el camino de regreso. Por suerte, el camino de regreso fue totalmente opuesto a lo que vivimos. Cuando Ãbamos fue de lo más tranquilo sacamos aquella chica la volvieron a poner en medio del taxi y en el camino, aunque algo tenso como que todos preparados para algo que surgiera en el camino Ãbamos. Bien, fue un transcurso calmado y eso que solamente era el primer dÃa con el que habÃa trabajado con este sacerdote. TodavÃa quedaban otros cuatro dÃas. Los llevé y regresé a mi casa en la madrugada. Honestamente, me quedé pensando cerca de media hora en la sala de mi casa si en verdad podÃa con este paquete. No sabÃa si seguir tomando el trabajo. A final de cuentas, terminé yendo nuevamente al dÃa siguiente, llevé al sacerdote y después, como era mi orden, tenÃa que esperar ahà más que nada. No era porque los iba a transportar siempre, sino es que para cualquier percance querÃan a alguien de mucha confianza y que también, pues, fuera religioso. Pero esa noche nada pasó, al menos nadie salió de la casa. Pero lo que sà pude ver es que alrededor de la casa, en el patio, por las ventanas, por la puerta, habÃa niños, niños que me observaban desde adentro hacia afuera. Eran niños de diferentes edades. Tal vez el más menor tenÃa como cinco años y el mayor tendrÃa algunos diez o once. Eran como siete niños los que veÃan caminando de un lado hacia otro por toda la parte de enfrente de la casa. Mirándome yo en ese momento estaba más que aterrado. No sabÃa muy bien cómo reaccionar. Asà que simplemente me limité a mirar hacia enfrente porque podÃa ver que estos niños tenÃan los ojos completamente oscuros y hasta era necio preguntarlo, pero muy dentro de mà sabÃa muy bien que esos niños no eran niños comunes por tres dÃas, que eran los que siguieron. Después de aquella noche que habÃa transportado a esta chica. No sucedió nada. Solamente veÃa a estos niños mirándome desde la casa. Alguna vez me quedé dormido en el taxi y cuando desperté, uno de estos niños se encontraba de frente a mà y después caminó de vuelta y se metió en la casa sin pronunciar ni una sola palabra. Yo continué manteniéndome al margen. Cuando cayó la quinta noche. Aquella quinta noche aproximadamente a las tres de la mañana salió el sacerdote en compañÃa de una monja. Ãl me pidió que lo llevara de nueva cuenta a la parroquia. La monja iba llorando y se iba rascando de muchos lados, de sus brazos, de su pecho, de su espalda, mientras que este sacerdote simplemente le decÃa que, por favor, se calmara, rezaba y rezaba junto con él, hasta que eventualmente la monja pudo tranquilizarse, una vez que todavÃa Ãbamos en camino casi llegando a la parroquia, yo le pregunté al sacerdote que si habÃa niños en aquella casa. Le dije verdad que no hay niños, verdad que solamente están ustedes. Ãl me contestó que no, que solamente estaban ellos y de vez en cuando los padres, pero que los niños menores de la familia habÃan sido llevados a otra casa más cerca del centro, pero que ahà no se encontraba ningún niño. Y yo le respondà que veÃan niños alrededor de la casa, en el patio, de vez en cuando, en la banqueta y en otras partes de la casa. Ãl me dijo que no eran niños, que simplemente son cosas que no les gusta que los estuviera ayudando, pero que no tuviera miedo a grandes rasgos, que ellos a mà no me podÃan hacer nada, solamente intimidarme, solamente asustarme, por asà decirlo, pero que no se podÃan meter conmigo que eso se los habÃa prohibido mediante algo que habÃa hecho él antes de que yo entrara a esa casa o que estuviera allà enfrente de ella. Los dÃas pasaron y, obviamente, pues el servicio pues se acabó. Yo dejé de ir por este padre y después ya no supe acerca de la familia, por suerte, y me complace decirles que este relato, esta experiencia, termina de una forma buena. A pesar de todo lo sucedido. El padre, que es exorcista de vez en cuando vuelve a la localidad y pues lo he saludado en varias ocasiones, sino que cada cuatro años, cada tres años, pues dice que le gustó mucho México en cuanto a la familia. A la familia la pude ver nuevamente en la iglesia y también pude ver a aquella niña, a aquella chiquilla. Por suerte, al parecer, si lograron sacar a aquel demonio que habitaba en ella. He hablado nuevamente con sus padres, tanto con su madre, con su padre, con sus hermanos. Todos sabemos por lo que pasó ella, todos sabemos lo que la poseyó, pero no hablamos del tema. Es como si quisiéramos sepultarlo. Es un recuerdo que nadie quiere volver a vivir y que en esta ocasión he querido compartirla contigo y con toda tu audiencia. Gracias por los buenos relatos. Espero que les haya gustado mi experiencia hola a toda la Comunidad lo que les quiero contar a continuación me gustarÃa que permaneciera en completo anonimato. Verán. Yo soy sacerdote y lo que les quiero contar me pasó hace ya algunos buenos años. No estoy muy seguro, pero creo que unos veinte años si ya han pasado. De esto Resulta ser que, como sacerdote, nos mandan a diferentes lugares, diferentes paÃses. Por suerte, yo soy mexicano y estoy actualmente en México. Les cuento hace veinte años A mà me habÃan mandado a una zona se podrÃa decir rural. Era un pueblo. HabÃa algunas buenas personas y en su mayorÃa todos eran católicos. Por ende, la iglesia se llenaba por completo. La Iglesia en un principio era una casita de madera bastante humilde. Conforme pasó el tiempo. Fuimos remodelándola, fuimos metiéndole material, etc, etc. Etc. Y muchas personas del pueblo contribuyeron, ya sea en mano de obra o en materiales, a ir, poniendo la iglesia un poco más bonita. HabÃa una familia, en concreto una familia que, si bien era católica, algunas veces iba a misa, otras veces se perdÃa y en algunas otras ocasiones desaparecÃan por completo. Yo esto me fijaba cada vez que alguien iba a misa y prácticamente de esa manera conocÃa a todo el pueblo. Pero ocurrÃa algo con esta familia. TenÃa una cierta fama el padre más que nada de que tenÃan mucho dinero, pero ese dinero era gracias a algunos crÃmenes. Se decÃa que el padre de la familia se dedicaba al crimen organizado. Me llegaron diferentes rumores de él. La verdad es que yo siempre me mantuve el margen. No quise indagar más al respecto y, como quien dice, no busques enemigos donde no los tienes. Además, siempre nos han dicho que no somos quienes para juzgar al prójimo. En cierto tiempo, esta familia decidió mudarse. Algunos dicen que porque la policÃa ya estaba buscando este hombre y querÃa huir junto con toda su familia. Esto era lo de menos más que nada para que entiendan el contexto antes de que esta familia se fuera, como les digo, la iglesia apenas estaba iniciando. Nos hacÃan falta muchas cosas llámese, pinturas, estatuas, ciertos, muebles y demás. Una mañana, la mujer de este hombre llegó y me dijo que querÃa dejar en la Iglesia dos estatuas que eran de la familia. Eran dos santos, dos santos de nuestra religión. Claro no voy a decir los nombres de los santos para simplemente no malinterpretar las cosas. El caso era que estos dos santos, estas dos estatuas, eran de cerámica y tenÃan una buena estatura A la Iglesia le iba a convenir mucho esto. Yo le pregunto a la señora si querÃa dinero. Se los compraba. Incluso ella dijo que no, que esas estatuas pertenecen a la familia, que las tenÃa en su casa y que, como se iban a mudar, no las podÃan transportar con ellos, que era mejor que se quedaran en la Iglesia. Yo las tomé de buena fe. No pensé que nada malo ocurrirÃa de esto. Ante todo, pensé que esas personas, a pesar de los chicos, a pesar de los rumores que se corrÃan por el pueblo, pensaba que esa familia era buena, pero estaba más que equivocado. O a lo mejor, ellos ni siquiera se habÃan dado cuenta de lo que me habÃan dejado en aquella iglesia. Las cosas malas empezaron a pasar casi de inmediato. Lo primero que noté es que habÃa una cierta pesadez. SentÃa tristeza, melancolÃa, Me sentÃa irritable también las misas cada vez fueron más difÃciles de llevar a cabo Y no me explico por qué hasta ese momento yo me encontraba de lo más feliz, de lo más normal. Tan solo fue el momento en que llegaran esas estatuas para cambiarlo todo. En una de las tardes yo me encontraba platicando con otras catequistas cuando de pronto, en cierto momento me quedé solo. Estaba sentado en una de las bancas de la Iglesia pensando en diferentes cosas, cosas que tenÃa que llevar a cabo en las próximas semanas cuando de repente empiezo a sentir una mirada. Creo que muchas personas saben lo que es eso sientes la mirada de alguien. Cuando alguien tiene la mirada muy pesada que te la clava y tú la sientes y te empiezas a incomodar de cierta manera. Eso era lo que me estaba pasando a mà en aquella ocasión. Yo volteé hacia donde sentÃa aquella mirada y lo que vi está de más decir que no era normal. Lo que sucedió fue lo siguiente. Tan pronto volteé la estatua. También se volteó. Para que me entiendan ustedes alguna vez han estado mirando a alguien y cuando esa persona voltea u ustedes voltean la cabeza inmediatamente, pero saben muy bien que los vieron bueno. Algo asà sucedió al momento de que yo volteé vi como claramente, aunque sea por una fracción de segundo, que la cabeza de aquella estatua se volteó rápidamente hacia otro lado. La estatua su cara, su rostro, su cabeza por completo estaba volteada mirándome y al momento de que yo me percaté, esta la volteó. Pero sÃ, me di cuenta. Me di cuenta de esto casi enseguida, me levanté caminé directamente hacia ella. Lo primero que hice fue tocar sus pies, después su pierna, después sus brazos. QuerÃa hacerserarme de alguna manera de que todo eso fuera cerámica. Toqué también su rostro de forma muy lenta y después su cuello, que era el que se habÃa movido, que era el que le habÃa dado movilidad hacia apenas unos segundos. No sé cómo me sentà en ese momento al tocarlo y cerciorarme de que, en efecto, era cerámica. No habÃa una forma congruente o lógica de que aquella estatua se hubiera volteado. Yo me alejé de esta y trata de pensar que habÃa confundido las cosas, que mis ojos me habÃan hecho pasar un mal rato mi propia mente. Pero esto se repitió y a la noche siguiente, mientras estaba dando misa, recuerdo muy bien que estaba mirando al público, estaba dando las lecturas, cuando de pronto mis ojos ojos cayeron en la vista de esas estatuas. Ambas estaban al lado de las puertas de la iglesia. Por ende, podÃa verlas muy fácilmente, pero al observarlas. Me di cuenta de algo, de algo que no me dejaba terminar las oraciones que incluso me dio un ataque de tos tartamudeaba no podÃa completar oraciones. Y es que estas estatuas me estaban observando fijamente a mÃ. HabÃan volteado su cabeza y me estaban observando su posición era recta. TenÃan que estar viendo a las entradas de la Iglesia, pero no su cabeza habÃa dado una vuelta y me estaban observando como les vuelvo a repetir, estaban hechas de cerámica. No se podÃan haber volteado, no podÃan hacer eso como en ese preciso momento me estaban viendo fijamente a mÃ. Esto me pasó no una ni dos, sino varias noches, y cada vez que terminaba la iglesia y cada vez que me acercaba a ellas de nueva cuenta, la posición de sus cabezas se encontraba de una manera normal. Ya no me estaban observando esto de por sÃ. Ya estaba taladrando mi cabeza sobre si me habÃa vuelto loco. Pero habÃa otra cosa que estaba sucediendo que, al menos a mà me reconfortaba en que no era el único al que le estaban pasando este tipo de cosas. HabÃa una señora, una catequista que era la Cabriel Iglesia temprano por las mañanas y passe y resulta que cada mañana si siempre encontraba que todos los bancos, que todas las sillas se encontraban revueltas, las habÃan movido de un lugar a otro, las habÃan regado, incluso algunas estaban tiradas, todas sin excepción. No habÃa ni una sola fila que no estuviera movida. El caso es que quién lo pudo haber hecho. Este era un pueblo muy católico. Ni siquiera los adolescentes se atrevÃan a faltarle de esa manera el respeto a la Iglesia. Aún más, lo que se hacÃa más extraño es cómo se habÃan metido. La Iglesia se cerraba y se cerraba por completo. Quien fuera que se metiera, lo harÃa de otra manera o tendrÃa algún tipo de llave. No habÃa explicación para estos sucesos hasta que una noche, una noche que habÃa mucho viento, habÃa como una tormenta. Yo salà de mi casa, que se encontraba a dos casas de la iglesia. Me dirigà hacia allá en punto de la medianoche. TenÃa la curiosidad de saber qué ocurrÃa durante la noche en la iglesia. TenÃa miedo. No lo voy a mentir y aún asà me dio más miedo aún cuando me fijé por la ventana dentro de la iglesia. Todo estaba oscuro. No se podÃa ver nada. Pero si escuchaba y escuchaba todo lo que pasaba ahà dentro habÃa una risa. Los muebles se movÃan de un lado hacia otro, mientras que esta risa se carcajeaba y se carcajeaba una y otra y otra vez como si le divirtiera, estará siendo desorden. Agarré el valor que tenÃa. Fui hasta la entrada. Metà la llave y la giré. Entré muy bruscamente a la Iglesia. El apagador se encontraba cerca y aún asà cuando entré el movimiento y las risas no se detuvieron. Siguieron y siguieron hasta que me acerqué lo suficiente para poder encender la luz. Y justo en ese momento, una de las bancas de la madera me pegó en la cadera y me hizo caer al suelo. Pero, por suerte, para esto ya habÃa encendido la luz y una vez que la encendà el movimiento, las risas se detuvieron súbitamente dentro de la Iglesia. No se encontraba nadie, no habÃa nadie, no habÃa ni una sola persona. HabÃa un desorden. En ese momento. Lo único que se me dio de idea era ir con uno de los vecinos. Este vecino me ayudaba mucho en la Iglesia y sabÃa que si le pedÃa ayuda, en cualquier hora sé que podÃa contar con él. El caso es que fui y cuando me preguntó qué era lo que pasaba dentro de la Iglesia, que por qué le hablaba, que por qué le hablaba. Lo único que le dije o lo que le tenÃa a decir, lo único más rápido que pensé es que le dije que alguien se habÃa metido y que necesitaba de su apoyo. Ãl salió. Fue hasta la Iglesia junto conmigo y empezamos a acomodar todo. Lo primero que le pedà era que me ayudara a sacar las estatuas, aquellas dos estatuas que nos habÃan donado. Por suerte, él no me preguntó el por qué de esto. Simplemente me ayudó sin preguntar al momento de que la saqué de la iglesia. Y mientras mi vecino él estaba acomodando todo adentro, les aventé, agua, bendita e hice unas oraciones. Después me metà dentro de la Iglesia, acomodamos todo y las estatuas se quedaron afuera. A la mañana siguiente, aquellas estatuas ya no amanecieron. Muchas de las personas me preguntaron que qué habÃa sucedido con ellas. Muchas de las personas me preguntaron qué era lo que habÃa sucedido con ellas. Obviamente, la falta de la presencia de esta se notaba. Yo les dije que lo más probable era que las habÃan robado. Pero algo dentro de mà me dice que esto no pasó, y es que, como lo dije anteriormente, todas las personas de este lugar, en su mayorÃa, en aquella época, eran católicas, le temÃan mucho respeto a la religión. No creo que se las hayan robado, pero para suerte mÃa y también para los catequistas, las cosas paranormales, las cosas sin sentido, dejaron de suceder una vez que estas estatuas desaparecieron. Este siguiente relato cripta manÃacos viene de parte de Luisa Mendoza. Si bien a Luisa no le pasaron estas experiencias que nos quiere contar. Les pasó a un familiar muy cercano, suyo, a su tÃa en aquellos años de los sesenta, muy cercanos a los setenta, en los años sesenta y ocho sesenta y nueve. Anteriormente, las familias mexicanas, casi en toda su mayorÃa tenÃan un acercamiento muy profundo hacia la Iglesia. Tanto asà que la generación pasada de Luisa, la familia de su madre no era diferente. La familia de la madre de Luisa estaba conformada por su madre, su padre y cinco hijos. Obviamente, a uno de estos era la madre de Luisa, y los demás eran dos varones y otras dos hijas. Una de estas hijas, debido al acercamiento que tenÃa con la Iglesia, terminó optando por dedicarse por completo a esta. Era una niña que desde muy pequeña, le gustaba ir a la Iglesia y conforme pasó el tiempo, se convirtió en monja, se trataba de su tÃa, fue a retiros, fue a conventos, pero esta experiencia que le pasó le pasó en un orfanato. Antes de comenzar les voy a poner en contexto antes en los años sesenta. Los impuestos no eran destinados a orfanatos ni siquiera un poco eran más dedicados obras públicas. Otro tipo de cosas, por lo que la Iglesia, en una cierta parte de la República, se encargaba de los orfanatos. Tal era el caso de la tÃa de Luisa, de nombre Gloria. Gloria fue orfanatos y atendÃa a los niños desde temprana edad. Cuando le ocurrió esto la primera experiencia, ella tenÃa alrededor de algunos dieciocho diecinueve años y ella, para ese momento ya su vida era la Iglesia. Cuando llegó a este orfanato, le dijeron unas ciertas reglas que tenÃa que catar. Obviamente, era un orfanato de la Iglesia y el dinero no sobraba. No habÃa camas para todos los niños. Las instalaciones no eran de lo mejor y la comida, si bien no faltaba, tampoco es que tuvieran en exceso, por lo que tenÃa que medirse en las porciones. TenÃa que cuidar a los niños, tanto a la hora que se despertaban como también por la noche. HabÃa demasiados niños en ese momento, niños incluso que eran abandonados en la puerta del orfanato, otros que eran encontrados vagando caminando y otros que simplemente los padres fueron y los dejaron ahÃ. En fin, quiero que se den cuenta que un orfanato a veces se tejen muchas historias tristes a tan corta edad. Muchos niños viven ciertas experiencias que pueden dejar traumáticos a muchos y es normal que en este tipo de lugares haiga ciertas energÃas, ciertas energÃas que puedÃan atraer a ciertos entes de oscuridad, como la tÃa Gloria dice Gloria en ese momento, como les dije, tenÃa dieciocho diecinueve años y su trabajo, por lo menos durante el primer mes era cuidar también por las noches. No era que las monjas todas se acostaban y ya no despertaban. No a veces una tenÃa que hacer vigÃa y este era el turno de Gloria, por razones obvias que tenÃan que ahorrar la luz eléctrica. Todas las luces se apagaban por eso de las once de la noche. Y si Gloria le tocaba vigilar los pasillos de todo ese largo edificio que tenÃan era un edificio de tres pisos, era como una tipo casa. TenÃa que hacerlo en compañÃa de una veladora, una veladora que iba cubierta por un vaso de cristal para que más que nada en dÃas de viento no se les apagara igual en los pasillos. HabÃa veladoras, pero de vez en cuando también se apagaban y hacÃan que el labor de vigilar sea uno muy tedioso. En este momento se encontraba en su primera vigÃa, cuando de pronto en un pasillo, en el último piso, se encuentra con que varios niños están dormidos en el pasillo. Todos los niños tenÃan destinado una habitación, en concreto, no podÃan dormirse en el pasillo. Gloria recuerda que todos los niños habÃan entrado en aquel cuarto y ahora, sin razón alguna, estaban afuera acostados con sus sábanas, con sus frazadas, por lo que inmediatamente va a los despierta y les pregunta qué están haciendo en ese pasillo, por qué no están adentro durmiendo. Si bien al cuarto no es necesariamente grande, era un cuarto de dos metros y medio por dos metros y medio también es que tenÃan que dormir todos juntos no podÃan dormir en el pasillo. HabÃa una cama en este cuarto y estaba destinada al menor de todos. Más que nada. Si eran las funciones, los niños más menores tenÃan acceso a camas. Si iban creciendo, obviamente tenÃan que pasarle su cama al que seguÃan al de la edad más chica. Estos chicos que se encontraban tirados en el pasillo eran de aproximadamente unos diez a trece años. La respuesta que le dieron a Gloria era que un hombre venÃa todas las noches y se acostaba con su amigo Jorge en la cama. Y cada vez que lo hacÃa la luz que habÃa dentro del cuarto, porque dentro del cuarto siempre habÃa una veladora encendida se apagaba a ellos les daba mucho miedo, por lo que optaban mejor por salirse del cuarto. No querÃan estar con Jorge ni con su supuesto amigo. Al enterarse de esto, obviamente, Gloria entra. No es que esperaba ver a un hombre y acostado, pero a lo mejor pesadillas. Ve a Jorge recostado en posición fetal y ya sé que los otros niños entren acto seguido, prende la veladora y se va del cuarto. Baja la cocina y se encuentra con otra monja. Empieza a platicar más que nada de las cosas del dÃa y le menciona este extraño suceso que ha vivido con estos huérfanos, con estos niños del tercer piso. Su compañera, la otra monja, le dice que se acostumbre, ya que esos niños, por alguna extraña razón, siempre se duermen en el pasillo. Una tiene que ir y meterlos a la fuerza. Obviamente, Gloria tiene esto como algo o normal. Entonces empieza a investigar al respecto. Ella se da cuenta que cada mañana Jorge baja del cuarto, vale la cena y mete dulces en la alacena. Lo ve consecutivamente dos dÃas seguidos. Gloria se le acerca y le pregunta es que acaso tú agarras dulces entre la noche o de dónde sacan los dulces. Jorge le responde. Yo no saco nada, sino es que mi amigo, el que viene por las noches, siempre me los trae. Me trae dulces hasta mi cama y me dice que me puede dar más si lo acompaño. Hasta por detrás del orfanato. Detrás del orfanato se encuentra un monte y seguido de este un rÃo. Jorge le dice que él nunca quiere ir con su amigo, pero que cada vez que lo desprecia, él se enoja muchÃsimo. Aquella noche se habÃa enojado y sus amigos, los que estaban durmiendo con él, decidieron salirse porque les dio miedo estar con él en la misma habitación Gloria. Durante las noches que siguen empieza como que a querer ayudar a estos niños. Les empieza a preguntar que a qué horas es que llega aquel hombre, cómo luce como vestido y empieza a hacer oraciones. El aspecto de este hombre podÃa hacerse normal. Lo que ella pensaba en un principio resultó que para nada no era de lo más normal como ella pensaba. Los niños le dijeron que las caracterÃsticas de este hombre eran las siguientes. Era un hombre con una cara rara, una cara entre risueña y enojada, sus orejas eran puntiagudas y su torso sus brazos eran los de un hombre, un hombre normal, pero todo cambiaba de la cintura para abajo. Este hombre no tenÃa piernas como de humano, sino parecÃan como los de un caballo, como las de un chivo. Y, por último, tenÃa una larga cola, una larga cola que enroscaba y a veces jugaba con ella en el aire. Obviamente, estas caracterÃsticas dejaron la gloria más que nada asustada y empezó a ir con estos niños cada noche. Cada noche, sin falta gloria iba a la habitación de estos niños y cada noche los encontraba fuera. Cada vez que entraba solamente veÃa a Jorge recostado solo, pero lo que sà perceptÃa al menos por su olfato. Era un cierto olor, como a podrido, no un olor muy fuerte, pero sà un cierto olor, algo débil a putrefacción. En una de estas ocasiones, a Gloria se le ocurre dejarle su lámpara ya que cada vez que entraba la luz estaba apagada. Les deja su lámparas colgada en una parte de la pared y cuando por fin se retiró del cuarto, se sacó su rosario, que estaba bendito, que siempre lo portaba en el cuello y lo amarró en la manija de la puerta y lo dejó colgando ahÃ. Gloria se retira por eso de las diez de la noche. Cuando deja a los niños ahà en su cuarto y baja la cocina, hace sus deberes como todas las noches, y cuando dan nuevamente las tres de la mañana, tres y media, que era la hora en que subÃa a ver cómo estaban, se da con la sorpresa de que ahora no vea ningún niño recostado en el pasillo. Lo que ve ahora es a un hombre, un hombre parado de frente a la puerta de aquella habitación, observándola fijamente parado. Lo que le llamó más la atención una gloria, a pesar de que el pasillo estaba en completa oscuridad, es que pudo ver la silueta de este hombre a la perfección resaltaba entre la oscuridad. Era un hombre con pies de caballo. Efectivamente, y su larga cola se meneaba de un lado a otro, aparte de que tenÃa unas orejas tan grandes y puntiagudas que dice que se podÃan confundir fácilmente con cuernos. Gloria lo ve y está unos minutos ahà viéndolo. Ella dice claramente que fueron algunos dos minutos. Fue un largo. Fue un largo tiempo. Ella no se podÃa mover más que nada de la impresión de lo que estaba viendo. Ella decide bajar baja nuevamente y va a la cocina, le pide a una de las monjas que la acompañe. Cuando vuelven al pasillo. Ya no hay nada. Pero curiosamente, aquella noche fue la primera de muchas que aquellos niños pudieron dormir en paz sin sin la vista de este hombre por temas de organización, Gloria se tiene que despedir de este orfanato por unos dos meses, tiene que ir a un retiro y después va a volver al orfanato. Cuando ella se va y pasa el tiempo y luego vuelve, se da con la sorpresa, pues que otras madres no hacen lo que ella hacÃa con estos niños, por lo que el hombre continuó viniendo. Y parece que esto lo habÃa enojado demasiado, ya que habÃa arañado a Jorge de todo el cuerpo. Obviamente, Gloria empieza a hacer lo mismo. Empieza a poner aquel rosario en la manija empieza a dejarles luz y fue como estas apariciones fueron disminuyendo. Les dijo a estos niños que hicieran lo mismo, cuando ella ya no pudiera ir que era una manera de espantarlo. Obviamente, los niños no son tontos. Ellos saben que puede ser algo malo, ya que el rosario, los rezos, la luz la ahuyenta. Esta historia termina cuando Jorge le pregunta Gloria a esta monja que quién era el que habÃa ido. Dice acaso es el diablo. Gloria no le responde porque dice que, a pesar de que han pasado años, no está segura de qué ente malicioso pudo haber sido el que estaba acosando a los niños aquellas noches en el orfanato Hola. Mi nombre es Mauricio Reyes. La experiencia que les quiero contar a continuación me sucedió cuando yo era un adolescente, tenÃa alrededor de unos trece catorce años y mi familia, toda la vida desde que mi madre y mi padre se casaron, han tenido siempre esta vocación más bien de estar siempre muy apegados a la Iglesia. Mis hermanos y también yo hemos asistido a eventos, participado también en via crucis, catecismo y demás cosas. Por lo tanto, no es raro pensar que también fui moneguillo cuando lo decidà a decir verdad. A mi madre le gustó mucho la idea en cuestión de unas pocas semanas me metà a la Iglesia y empecé a desempeñarme como tal. Estuve de moneguillo. Creo que algunos dos años y exactamente cuando cumplà el año, me pasó esta experiencia. Verán. Yo antes veÃa la Iglesia como el lugar donde menos uno esperarÃa que le pasaran cosas paranormales, pero habÃa algo raro con esta Iglesia. Se los voy a explicar, porque al menos cuando yo tenÃa trece años, asà lo sentÃa, yo era moneguillo en las mañanas a mediodÃa, cuando se podÃa en fin de semana y también entre semana. Durante ese tiempo yo me sentÃa muy bien dentro de la Iglesia hacia amigos, Llevaba mi dÃa de lo más normal, pero todo cambiaba cuando caÃa la noche, y es que empezaba a sentir un cierto temor, un temor podrÃamos decirlo como incomodidad. No me sentÃa a gusto y me pasó varias veces cuando tenÃa que ser una una i en las misas que se dan por la noche y sentÃa una hora extraña. Conforme se iba acabando la misa. Nosotros nos tenÃamos que quedar para arreglar algunas cosas y siempre que me quedaba hacÃa lo que me tocaba lo más rápido posible para salir de igual manera rápido. No sé por qué, pero tenÃa la extraña sensación de que querÃa salir de ahà cuanto antes. Esto siempre me pasaba por las noches y yo lo atribuÃa a que tal vez me daba miedo a la oscuridad dentro de la iglesia o a la par de otros factores. La verdad no le traté de encontrar alguna explicación a esto, pero a excepción de un dÃa en que tuve que entrar a esta iglesia totalmente solo fue que descubrà el porqué de esto habÃa una celebración en la iglesia. No se podÃa hacer, ya que era una iglesia más o menos chica, Era una iglesia de colonia. Al frente de esta iglesia habÃa un terreno, un terreno que estaba en construcción, pero era muy espacioso estaba deshabitado y le habÃan dado permiso a la Iglesia de que se podÃa usar en caso de celebraciones, fiestas a los santos y demás eventos que se tenÃan a lo largo del año. En uno de estos eventos, una de estas fiestas, se llevó a cabo por la noche en este terreno. A mà me dieron una orden. TenÃa que ir a la Iglesia y dejar algunos instrumentos que habÃamos ocupado en esta celebración y más que nada, porque ya se iba a guardar todo, pero estos eran más importantes. Yo fui hasta la Iglesia. Se escuchaba la música, se escuchaba todo el alboroto todavÃa, pero por obvias razones, la Iglesia en en en ese momento, en concreto, se encontraba cerrada. A mà me habÃan dado la llave y yo con esa abrà y entré a esta. Las luces estaban levemente encendidas. Solamente se podÃa ver la parte de arriba y todo el pasillo, el pasillo de en medio, todo lo demás, casi en su totalidad, estaba en oscuridad. Yo caminé, dejé los utensilios, cada uno en su respectivo lugar y justo cuando me disponÃa a irme, me di cuenta de que no estaba solo en aquella iglesia. HabÃa alguien más sentado en una esquina rezando. De hecho, me llamó a mà la atención por esto mismo, porque no se escuchaba nada. Solamente de pronto empecé a escuchar unas oraciones, pero muy levemente, como un susurro. A mà se me hizo extraño, pero la verdad no le quise dar más vueltas al asunto. A lo mejor, era una persona que estaba pasando por un mal momento, necesitaba estar dentro de la iglesia. Lo que se me hacÃa extraño era como habÃa pasado. Si a mà me habÃan dado las llaves, significa que, y como habÃa corroborado, la iglesia estaba cerrada, aunque también habÃa otra entrada, una puerta de fierro que se encontraba por un lado de la iglesia que conectaba a un pasillo hacia afuera. Por ahà también podÃamos entrar. De hecho, por allà entrarábamos todos los monaguillos. Una vez que comenzaba la misa, pensé que tal vez esa puerta estuviera abierta, asà que por ahà pudo haber entrado este hombre. Simplemente me pasaba a retirar lentamente asà tal cual como habÃa entrado, pero a la parte que le ponÃa atención conforme iba caminando. Me di cuenta que este hombre más bien se trataba de un muchacho su cara, a pesar de que estaba sumido en la oscuridad, podÃa notarla un tanto extraña. Era una cara muy delgada. Sus pómulos resaltaban. Estaba como que muy pero muy delgado, pero no delgado de una forma normal, sino delgado como si fuera alguna enfermedad. ParecÃa enfermo y conforme le ponÃa más atención. La situación empeoró bastante, y es que el cuerpo de este joven estaba muy maltrecho. Estaba, podrÃamos decirlo deforme, pero deforme de una manera que no podÃa pasar desapercibida. Su hombre estaba muy elevado, estaba totalmente salido de su lugar, más que dislocado. Su codo estaba quedando y sumido hacia adelante. Su brazo estaba totalmente torcido. Su pecho también parecÃa como si estuviera sumido como si algo lo hubiera enterrado su otro brazo. De igual manera, se encontraba totalmente torcido. Esto me espantó de sobremanera, porque al solo verlo era muy sorprendente y muy terrorÃfico. Traté de seguir caminando igual. No quise que se malentendieran las cosas y es que verán en ese pueblo y también por conocimiento en redes sociales. Algunas personas tienen enfermedades en el cuerpo, algunas personas desarrollan huesos y cuerpos muy impresionantes que resultan para la normativa totalmente deformes. Pensé que tal vez este joven tenÃa este problema y lo que menos querÃa era tener algún tipo de discriminación hacia él. Asà que solamente salà cerré la puerta nuevamente con llave, porque supuse que la del fierro estarÃa abierta y volvà hacia la fiesta por el camino. Me encontré con otra catequista, a la cual se dirigÃa también a la Iglesia. Ella me preguntó si la habÃa dejado abierta. Yo le contesté que estaba abierta la puerta de fierro que por ahà podÃa pasar. Ella siguió mi consejo caminó por el pasillo y minutos después llegó de nuevo a la fiesta y me dijo pero por qué me mientes la puerta de fierro no está abierta tampoco la puerta de la Iglesia. Necesito entrar. Dame las llaves. Yo en ese momento estaba sorprendido. No podÃa creer que no estuviera abierta. Cómo es que aquel joven habÃa entrado. Entonces fui con esta cataquista, abrimos la puerta de la Iglesia y al entrar yo busqué con la mirada a aquel joven que habÃa visto tan solo minutos antes. No habÃa absolutamente nadie en esa iglesia. Todo estaba silencio, como si nadie hubiera estado ahà desde hace un buen tiempo. Esto me dejó aterrado por algunas noches, por algunas dos semanas. No querÃa estar en esa iglesia tan pronto el sol se ocultara y comenzó a oscurecer. Me empezaba a poner muy nervioso, pero de nuevo otra cosa ocurrió. HabÃan pasado algunos meses en la Iglesia estaba sufriendo, por asà decirlo, de una plaga. Se habÃa dado la orden de que se van a suspender la misa del miércoles y del viernes, precisamente porque la iban a fumigar toda. Recuerdo que el dÃa viernes, una vez que todo se habÃa disipado, estábamos haciendo una limpieza general. HabÃa una señora que hace la limpieza en la Iglesia, pero ya era una señora pues de una edad muy adulta. Por ende, no podÃa hacer ciertas cosas que se necesitaban mucha fuerza para emplearlas. Y tal era el caso de las cabinas del confesionario. Estas cabinas se tienen que mover un poco, limpiar levemente y también las puertas. Los moneguillos, como yo eran los que se encargaban de este trabajo. Recuerdo que era tarde, pasadas de las ocho de la noche. Yo era el único y el último en salir de aquella limpieza. Estaba limpiando la última cabina de confesionario. Cuando de pronto vuelvo a escuchar unos rezos que provienen de la esquina de la iglesia. De nueva cuenta, veo que se encuentra otra vez aquella sombra, aquella sombra que hasta ese dÃa no habÃa podido olvidar. Era el mismo joven con las mismas torceduras en su cuerpo, rezando una y otra y otra vez. Esto para mà fue suficiente para que entrara un pánico pero un pánico, como pocos en mi vida lo he experimentado. Quise correr, quise caminar en ninguna de las dos cosas pude. Lo único que pude hacer en ese momento fue abrir la cabina del confesionario y meterme dentro de esta. No estoy seguro de cuánto tiempo tarde ahÃ, pero si fueron algunos minutos, escuchaba como rezaba y rezaba este hombre hasta que de pronto escuché como la puerta de fierro se abrió y después escuchó unos pasos, escuché la voz del padre. Ãl era el que habÃa entrado. Después de que entró, hubo un silencio y después el padre comenzó a rezar, pero a rezar de una manera muy alta, o sea, con mucha voz. Se podÃa escuchar en toda la Iglesia sus rezos. Cuando él empezó a rezar la voz de aquel joven se silenció por completo. Solamente escuchaba ahora la voz del padre. Esperé ahà unos cinco minutos más. QuerÃa cerciorarme de que ahora se encontrara el padre y que no que al menos al salir yo no estuviera solo. Cuando salà de la cabina, volteé hacia todos los lados. Solamente se encontraba el padre. Ãl me miró sorprendido y trató un poco como de sobrellevarlo. Me preguntó qué estaba haciendo ahÃ. Encerrado, yo no le respondÃ. Simplemente le pregunté él ya se fue dÃgame, si ya se fue el padre. Se me quedó mirando y después me preguntó tú puedes verlo. Qué fue lo que viste. Yo le dije que en dos ocasiones habÃa visto un muchacho con una cara muy desgastada, con un cuerpo torcido rezando en aquella esquina de la Iglesia. El Padre me dijo que lo mejor serÃa que me fuera a casa y que no regresara al menos por las noches. Yo en ese momento le hice caso, pero sabÃa que habÃa una explicación ahora para todo la voz del Padre. Su mirada me hacÃa sentir que yo tenÃa razón. Al parecer, no era el único que podÃa verlo. Después de un tiempo, yo le pregunté al padre claro todo, con mucho respeto, pero tenÃa que saber quién era ese muchacho y por qué estaba en la Iglesia. El Padre me respondió con una historia bastante triste a decir verdad que lo que vi aquella noche no era una persona viva. Ese muchacho habÃa perdido la vida hace cinco años, ya en frente de la Iglesia, o al menos a una cuadra de distancia. HabÃa una avenida, una avenida en la que los coches pasan a alta velocidad y este joven habÃa perdido la vida ahà justamente, cuando una ca ñnÃa estaba pasando, yo le pregunté entonces es un alma en pena, fue un accidente. El padre miró hacia el suelo y dijo que no, que esto no se trataba de un alma en pena, que esto no se trataba de un accidente. El muchacho habÃa visto que venÃa en la camioneta. Era un muchacho que venÃa de una familia muy disfuncional, tenÃa un fuerte problema intrafamiliar. Entonces él no vio otra razón, no vio otra salida que quitarse su propia vida en aquella avenida. La culpa no fue de la camioneta. Ella venÃa transitando a una velocidad de setenta kilómetros por hora, que es lo mÃnimo que se va en esas avenidas. El joven la vio es pero el momento justo y se lanzó enfrente de ella. El chico quedó con su cuerpo totalmente torcido debido a la fuerza con la que fue el impacto. Me dijo que las almas que cometen este pecado, porque ante todo es un pecado, no son reconocidas todavÃa en el cielo, No son reconocidas todavÃa como almas que puedan descansar en paz. No era todavÃa su tiempo. Por ende, todavÃa no se reconoce también a la par de que a veces estas almas se van y dejan cosas pendientes, dejan asuntos sin arreglar. Por ende, no son almas que puedan descansar tan fácilmente e incluso aunque sean jóvenes. Yo le pregunto al padre que si podÃa hacer algo por esta alma y yo tenÃa miedo de volvérmela a encontrar. QuerÃa saber si podÃa hacer algo para que descansara. QuerÃa saber si podÃa hacer algo para que ya no se presentara. El padre me dijo que todo lo que se podÃa hacer. Ya se habÃa hecho. La Santa sepultura los rezos. De hecho, cada vez que venÃa el padre también la podÃa ver. Rezaba por él rezaba porque encontrara la luz, pero al parecer no funcionaba. Me dijo que lo mejor serÃa que yo no me presentara por las noches. Me dijo que tenÃa, por asà decirlo, un don o, una cierta sensibilidad, ya que la gran mayorÃa de personas no pueden ver este tipo de cosas, Y yo sà pude. Le pregunté que por qué, simplemente por la noche, que porque esta alma no venÃa durante el dÃa. Ãl me dijo simplemente que lo hayaba ligado a que en esa misma hora fue cuando ocurrió el accidente. Fue cuando este joven se aventó hacia la camioneta. Posiblemente este joven aún no acepte que ya no está con vida. Lo único que podemos hacer, como dijo el Padre, es dejarlo en manos de Dios y que se vaya cuando él tenga que irse. Esa fue mi historia, gracias a toda la Comunidad y saludos desde Monterrey que




