July 9, 2023

ATERRADORES RELATOS DE REPARTIDORES Y DEL METRO / EXPERIENCIAS PARANORMALES DE SUSCRIPTORES

ATERRADORES RELATOS DE REPARTIDORES Y DEL METRO / EXPERIENCIAS PARANORMALES DE SUSCRIPTORES

Aterradoras experiencias paranormales de repartidores llegando a domcilios terrorificos, y del metro subterraneo donde pasajeros y personal de seguridad han visto espectros en los vagones.

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Aterradoras experiencias paranormales de repartidores llegando a domcilios terrorificos, y del metro subterraneo donde pasajeros y personal de seguridad han visto espectros en los vagones.

O la Comunidad. Mi nombre es Fabricio Mendoza y la experiencia que les quiero contar ahora me sucedió cuando estaba trabajando yo antes era policía auxiliar en el metro. Tengo poco que me salí de este trabajo, pero el tiempo que trabajé ahí me sucedieron unas extrañas experiencias más en concreto dos que quiero compartirles en esta ocasión. Esta primera experiencia me sucedió durante la noche. En aquel momento, cuando me pasó esto no me encontraba. Solo estaba en compañía de otro elemento, otro policía auxiliar, este policía. Si bien no éramos tan amigos, teníamos un cierto compañerismo, nos encontrábamos cuidando una estación, una cierta estación que se une a otras tantas que cercana a la medianoche se vacían casi por completo y esto se debe claro a que el metro cierra sus puertas. Hay otra línea que es activa, que es durante la madrugada, pero no es transcurrida por mucha gente. Yo me encontraba en esta estación y hasta ahora no estoy muy seguro, pero parecía que la última vuelta del metro ya había pasado. No había ninguna persona en esta estación. Recuerdo que había un silencio casi sepulcral en toda el área. Es más, ni siquiera se sentía el viento que transcurría por los túneles. Era época de invierno. Eso sí lo recuerdo muy bien. Estaba a la par con mi compañero cuando decidí alejarme un poco para encender un cigarrillo. Empecé a fumar y mientras estaba fumando y hice lo que muchas personas hacen, que es estar caminando de un lado hacia otro, mirando hacia diferentes partes cuando de pronto en eso me doy cuenta de algo, le preste atención sin ningún motivo aparente a decir verdad a un póster de película. Recuerdo que era una película de superhéroes. No recuerdo muy bien cuál era. Pero eso no es lo importante. Lo importante aquí es que, mientras yo veía ese póster, me llamó la atención lo que se reflejaba en él. Verán hay algunos pósters que se ponen en el metro que tienen un cierto plástico, parecido a un vidrio, y mediante ésta se puede reflejar la cierta área que cubre. Lo que me llamó la atención es que en este plástico me podía ver a mí, podía ver a mi compañero y, además de eso, podía ver a otra persona, una persona que parecía ser un joven, un muchacho, llevaba un uniforme, un uniforme como si fuera de la preparatoria o si fuera de algún grupo de fútbol. Algo por el estilo verán yo en primer instante, yo lo volteé porque allá atrás se encontraba mi compañero y, según veía a través del vidrio, ellos dos estaban muy juntos y, a decir verdad, al ver esto no le tomé mayor importancia. Pensaba que era una persona que se había metido tan solo en lo que yo estaba fumando y no me había dado cuenta, aunque claro, las cosas se pusieron extrañas. Cuando empecé a escuchar que el metro se iba acercando, el sonido era muy irregular, era muy aparatoso para que me entiendan, no era un sonido común y corriente como el quería el metro, sino que era como más alarmante, como más pesado, como si este metro estuviera pegando en las paredes del subterráneo. Me parecía muy extraño, pero aún así decidí no voltear. Yo continuaba viendo la escena a través del espejo, observaba mi compañero y a este joven, pero cuando el metro se encontraba cerca, cuando ya estaba saliendo vi como claramente este joven se aventó hacia las vías e incluso puedo asegurar cómo escuché el estruendo del cuerpo cayendo en el metal rápidamente. Yo volteé y me sorprendí en ese momento que mi compañero estaba totalmente normal, como si para él no hubiera pasado nada. Era algo muy irregular. Según yo había visto, aquel estudiante se había aventado enfrente de sus narices. Cómo era posible que no lo hubiera visto. Yo corrí instantáneamente y en eso el metro pasó. Pero este metro pasó de una manera muy rápida, muy estruendo. Solamente fueron segundos. Yo le dije alarmado que no lo viste. No viste al muchacho que se aventó. Mi compañero estaba totalmente sacado de sí. No sabía de lo que le estaba hablando. Él no había visto a ningún estudiante. Como dije antes, nos hablábamos y todo, pero en cuestiones de trabajo éramos muy profesionales. Él sabía que yo no estaba mintiendo, por lo que se aterró junto conmigo y tan pronto pasó el metro. Empezamos a usar hacia las vías una y otra y otra vez, pero no podíamos ver nada. Era como si nunca se hubiera aventado, no había rastros. Estábamos esperando ver una carnicería, ver sangre, ver pedazos, pero todo estaba limpio en ese momento y creo que ambos nos dimos cuenta que, como les dije en un principio del relato. Estaba seguro que el metro ya había pasado por última vez en ese horario por esa estación. Yo trabajaba ahí. Recuerdo muy bien el aspecto del metro, los colores. Aquel metro que había pasado, o más bien aquella cosa estaba muy corta y era de un color diferente al del metro que pasaba diario. Estábamos más que seguros que era un único vagón el que había pasado. Llamamos por radio simplemente para cerciorarnos de esto a los demás policías que se encontraban en las estaciones a las que se dirigía este metro. Pero extrañamente y a pesar de que se encontraban ahí vigilando, ninguno de ellos nos pudo decir que aquel vagón hubiera pasado era como si solamente se hubiera presentado ante nosotros y hubiera pasado por esa estación. Y así también hubiera desaparecido después de días. Supimos que lo que habíamos vivido en aquella ocasión no se trataba de otra cosa, sino de la manifestación de un fantasma. Verán, como policía se nos da la orden de cuidar a toda la población. Eso incluye de crímenes claro, de ladrones, de algunas personas que roban bolsos, roban carteras. Pero lo más extraño y creo que lo que muchas personas también han escuchado es que debemos estar atentos por ciertas personas que van al metro a acabar con su vida. No son pocas las personas que van al metro a aventarse las vías cuando este se encuentra a una corta distancia. Obviamente, esto es casi seguro de que no vas a sobrevivir. Muchas personas deciden hacerlo. Las personas que deciden quitarse la vida si no optan por armas de fuego, optan por este método. Creo que lo que vimos más allá de ser un fantasma, es un alma que acabó con su propia vida y que ahora, tristemente por sus acciones, está condenada a repetir el suceso una y otra y otra vez hasta que por fin se ha llamado a descansar. Este segundo relato que te quiero contar me sucedió cuando ya había terminado todo mi horario laboral pase. Resulta que, para mi buena suerte, era la última vez que el metro pasaba y pues se me facilitaba bastante tomarlo para llegar hasta mi casa. Ya otras ocasiones lo había hecho. Esto para dejarles en claro que todas las otras ocasiones que yo había tomado el metro a esa hora y más o menos con la misma cantidad de personas, jamás me había pasado algo parecido. Subí al vagón, como siempre iba listando mis audífonos, ya que durante el trayecto me gusta ir escuchando música, me ayuda a relajarme y otras veces incluso hasta dormirme. Había sido un día muy cansado y lo único que quería era relajarme. Por algunos minutos. Empecé a ponerme los audífonos y subí el volumen al máximo. Entré al metro y cuando fui entrando, me encontré con algo que me pareció sumamente extraño, pero tampoco era para tanto. Así resulta que en los asientos del metro, en dos asientos de este, se encontraban sentados lo que vendrían a ser unos muñecos o unos maniquís de tamaño natural, es decir, de unos setentas, unos setenta y cinco de altura estaban sentados como si fueran personas. Estos maniquís habían sido enrollados con lo que se podría decir papel plástico o algunas bolsas. Se podría saber que eran maniquís más que nada por cómo se veían de las bolsas hacia afuera. Las bolsas eran transparentes. Lo que se me hizo extraño es que este tipo de maniquís no iban con su propietario. Ya había visto antes algunas personas que viajan con este tipo de cosas o incluso más grandes en el metro, por lo regular se sientan a un lado de ellas o enfrente de ellas para estarlas vigilando, para tenerlas a la mano cuando se vayan a bajar. Pero en este caso no ir así. Las personas que iban adelante de estos maniquís e era una señora y su hija, además de otras personas haciendo memoria, Creo que seríamos como unas siete personas las que estábamos en ese vagón. Yo pasé más adelante y me senté cerré mis ojos por un instante y pasaron los minutos hasta que claro algo me levantó. Ya estaba en un profundo sueño. Cuando de la nada empiezo a sentir unos golpecitos, unos golpes que provienen de lo que vendría a ser la pared del metro. Escucho una y otra vez pequeños golpes que no eran nada normales, eran rítmicos, tenían sus pausas. Obviamente, esto me llama la atención. Abro los ojos y lo primero que me encuentro es que las personas están actuando de una manera muy extraña. La señora y su hija me están mirando y de nuevo, están mirando los maniquís. Casi todas las personas están mirando los maniquís, pero no de una forma normal, sino como de una forma asombrada, como de una forma con miedo. Esto lo empiezo a ver y obviamente, aunque traigo los audífonos y traigo la música a todo volumen. Me resulta bastante extraño. Me los quito y al momento en que me los quito, escucho claramente la razón del porqué la actitud de esas personas. Y es que escucho una leve risa, una risa que provenía de los maniquís. Yo volteo, los veo y solamente puedo ver la cara distorsionada por la bolsa de aquel muñeco volteado observándome quiero aclarar aquí una cosa y es que cuando me había subido, no es que les haya puesto mucha atención, pero si recuerdo perfectamente que ambos maniquís estaban mirando derecho o sea, hacia enfrente, ninguno de ellos tenía la cabeza volteada y en aquel momento, este extraño maniquí ya la tenía volteada. Observándome fijamente donde yo estaba sentado, obviamente me levanté y todas las personas estaban desconcertadas hasta que uno de ellos, un señor que trabajaba en limpieza por su uniforme, lo pude ver. Me dijo escuché que se estaban riendo tú los escuchaste también verdad. Yo no sabía qué responder. Simplemente le dije que me parecía extraño y que dónde estaban los propietarios de esos maniquís, que de quién eran. Más que nada para sentirme seguro y creo que también para sentirse seguro que las demás personas que venían en el vagón ya que habían captado extrañas cosas, extrañas situaciones. Unas de las personas decían que habían visto moverse a los maniquís levemente. Otras personas decían que los habían visto hablando, murmurándose, riéndose por más de que buscamos al propietario. No lo pudimos encontrar. Simplemente no venía en ese vagón o tal vez quién sabe los había olvidado. Tratamos de mantener la calma, pero no sirvió de nada. Yo estoy muy seguro que escuché a esos Maniquís riéndose murmurándose como si fueran unas personas de carne y hueso. Lo primero que se me vino a la mente es que tal vez pudiera ser una broma. Había visto en redes que hacen brumas en los trenes, en los taxis, pero por más que buscaba abajo de los asientos por detrás de los muros. No había ni una sola persona escondida ni tampoco una cámara que estuviera grabando todo. Las personas que estaban en el vagón optaron por retirarse del mismo. No querían pasar ni un solo minuto más con aquellos Maniquís. Yo hice lo mismo y cuando estaba pasando al otro vagón, la niña me dice que la mano de uno de ellos estaba golpeando la pared del metro a propósito para despertarme que ella lo había visto cuando nadie más los estaba observando. Esto en cierta parte me aterró porque yo no había dicho nada. No sabían cómo o por qué me había despertado. Sin embargo, esa niña lo supo. Supo cuál fue el motivo por el cual me desperté, porque con los audífonos no podía escuchar todo el escándalo que tenían. Esto me hizo tener escalofríos y, por suerte, no faltaba mucho para bajarme. Cuando lo hice, me llamó la atención otra vez este vagón, ya que habían pasado aproximadamente unos cuatro o tres minutos y el subterráneo no se había detenido en ninguna otra estación. Eso significa que el vagón tenía que venir vacío. Pero me sorpresa fue que este vagón no venía vacío cuando el tren nuevamente se puso en marcha lentamente pode ver por las ventanas como estos maniquí se habían levantado y ahora se encontraban de pie, como si fueran unas personas normales, pero obviamente eran maniquís agarrados de unos de los tubos, de las manos parados, observando hacia afuera las bolsas el plástico que los cubría ya no se encontraba. Era como si alguien se los hubiera quitado y los hubiera puesto en esa posición, una posición muy humana, pero sus caras eran inexpresivas. Les podría decir que caían en la categoría de valle inquietante. Más está decir que jamás en mi vida y doy gracias a esto todas las veces que he tomado el metro más nunca he vuelto a ver a estos maniquís. Esas fueron mis experiencias. Gracias por permitirme compartirlas. Mi nombre es Diego Suárez y mi historia comienza hace apenas un año. Yo actualmente tengo veinte años y, por lo tanto, estudio de la Universidad. Tengo un trabajo de medio tiempo. Podríamos decir que solamente trabajo los fines de semana, lo que vienen siendo viernes, sábados y a veces los domingos. Solamente por las noches. Trabajo como repartidor, pero no en ninguna plataforma de comida. Yo trabajo para unos establecimientos que quedan muy cercanos a mi casa. Estos dos establecimientos es un puesto de tacos y el otro viene haciendo de comidas. Senaduría en general, yo tengo mi propia motocicleta. Aquella noche transcurría como cualquier otra. En aquella ocasión me mandaron a uno de los viajes más largos que había tenido. Ambos establecimientos tenían una regla. Obviamente, pueden enviar a domicilio, pero siempre y cuando no sea un trayecto muy largo. Tenía motocicleta, claro, pero teníamos que manejar los tiempos y había que tener esa regla más que nada para no retrasar todos los pedidos. Me habían mandado a unos edificios de renta. Estos edificios, si bien no estaban en una localidad más o menos buena, era la localidad que se encontraba cerca del centro. Yo, después de pensarlo un poco, acepté el servicio, subí a mi motocicleta y fui en camino hacia estos departamentos. Cuando llegué a estos departamentos, me di cuenta que había algunos edificios que se encontraban totalmente vacíos y otros tantos con algunas luces prendidas el edificio al cual iba a dejar la comida. La mayoría de los pisos se encontraron habitados. En general, los pisos de arriba, los dos primeros pisos se encontraban totalmente apagados, algo que me llamó mucho la atención, ya que la comida que habían pedido era para la segunda planta, para el segundo piso. Ambos departamentos que se encontraban en ese piso se encontraban apagados. No había ninguna señal de cubir a gente, ni siquiera una luz afuera ni una luz por la ventana. Se me hizo extraño, pero a veces hay algunas personas que les gusta su privacidad y no suelen tener estas luces prendidas. Fui hasta la segunda planta, me puse de frente hacia la puerta del departamento y la toqué suavemente. Una y otra y otra vez estuve parado cerca de un minuto y medio dos minutos tocando la puerta repetidamente e incluso ya me dispone a irme cuando en eso de pronto me abren la puerta. La que me recibe es una viejita, una viejita que se nota está muy enferma por su expresión, por su modo en vive ese modo tan lento a la pared también una tos, una tos que se nota que es profunda. Ella me pregunta quién, qué me puede ayudar. Yo le respondo que habían pedido un servicio para este departamento. Obviamente, le pregunté que si era ella ella con una tierna cara. Me dice que no, que ella se encuentra sola en ese departamento y que no hay nadie más. Ahí Estoy algo desconcertado para mi mala suerte. Traía teléfono, pero en ese entonces no contaba con saldo, Así que con la pena le pedí permiso o si podía proporcionarme un celular para ver si me había equivocado o las personas que me habían llamado se habían equivocado en darme los números del departamento. Ella de nuevo, con esa sonrisa, me respondió que sí, qué podía pasar y en la cocina estaba un teléfono que lo podía usar el tiempo que yo quisiera. Yo pasé a su departamento y me llamó la atención mucho de que todo este se encontraba totalmente apagado. Las luces no estaban encendidas ninguna de ninguna habitación. Todas las puertas se encontraban abiertas, incluidas las del baño. La única luz que había era la que provenía de una lámpara que se encontraba atrás de un televisor, un televisor de esos antiguos de foco. Yo pasé hasta la cocina y, por suerte, esta lámpara iluminaba lo suficiente para yo poder marcar desde el teléfono. Es decir, no quería encender las luces o quería incomodarla. A final de cuentas, era una persona mayor y sus razones tenía para estar así. Seguramente, a ella le gustaba yo llamé por teléfono y me informaron que efectivamente había una confusión, que el departamento al que le tenía que entregar la comida se encontraba en el piso de arriba. Los muchachos ya habían llamado y le habían informado que se habían confundido. Apenas me iban a llamar cuando yo los llamé de vuelta. Una vez solucionada esta confusión, yo colgué el teléfono, le di las gracias a la viejita y me surgió la curiosidad. Le pregunté muy amablemente. Disculpe. Señora no me quiero entrometer, pero por qué está oscuras tiene algún problema técnico o tal vez los focos están fundidos o algo. Ella me respondió que no, simplemente que le gustaba estar así más que nada por comodidad. Ella en ese momento estaba enferma y no podía moverse todos los días. Había unos días en que de plano no podía levantarse de la cama. Por ende, no quería dejar focos encendidos, ya que a veces le atacaba el dolor e inmediatamente se iba a costar por lo que abezas dejaba tanto televisiones, focos y otros utensilios aparatos electrónicos encendidos. Ahora simplemente utilizaba esa lámpara y cuando iba a necesitar algo, lo usaba y después lo desconectaba. Esto mismo me llevó a preguntarle otra cosa. Le dije y usted vive sola, no hay nadie que le ayude. Ella me dijo que no, que ella sí tenía familia, tenía unos hijos, pero que hasta ese momento no la visitaban y que, además, tenían mucho tiempo sin hacerlo. Yo le respondí acaso es por la distancia. Ella me dijo que no, que la distancia era lo de menos. Esta señora me contó que durante su juventud o la mayor parte de su vida, había trabajado como maestra y sí había estado distanciada un poco de sus hijos. Tan pronto se jubiló, pensó que sus hijos la iban a visitar más, pero esto no pasaba. Ella optó por mudarse incluso más cerca de ellos que eran esos departamentos de renta. Pero aún así, los hijos la visitaban muy poco y para ese momento su visita era casi nula. Le pregunté que cuánto tiempo tenía sin que sus hijos la vieran. Yo pensé que sus hijos venían cada mes o, cada dos meses como mucho, pero para nada. Ella me contestó que tenían cerca de tres años sin pararse en aquellos departamentos. Iban para tres años sin ver a su madre. Si de ella correspondiera, me dijo que esto jamás hubiera pasado. Pero cuando ella se mudó ahí, ella iba a visitarlos casi diario, se turnaba cada día para visitar a uno de ellos, pero cuando le cayó la enfermedad, ya no pudo salir. Simplemente la enfermedad que tenía le restringía salir al exterior mucho o tener algunos viajes en el transporte público. Esta historia y creo que, como a muchos, nos da una cierta tristeza, sobre todo al ver a una persona de la tercera edad completamente sola en un departamento oscuro sobre la mesa de aquella. Señora había dejado mis llaves, mi chaqueta y mi casco le dije que ahorita regresaría por ellos en lo que iba y dejaba el pedido tan solo un piso arriba. Ella Me contestó que sí, que no había ningún problema. Lo que yo planeaba era bajar y despedirme de ella y si surgía la ocasión, podría pasar a saludarla. De vez en cuando yo subí dejé el pedido al caso hubieran pasado máximo unos cinco minutos cuando regresé y toqué la puerta. Esta vez nadie me abrió. Empecé a tocar la puerta cada vez más fuerte y cada vez más fuerte le empecé a gritar a la señora, pero nadie me contestaba, nadie me abría en ese momento. Lo que pensé es que, a lo mejor, la señora había tenido un ataque ella me había contado que cuando a veces le dolía mucho el cuerpo más que nada a la espalda, el espinazo. A veces de un momento a otro no se podía mover víctima de esto. A veces se quedaba sentada, otras veces acostada. Yo pensé en ese momento que tenía una de estas parálisis, por lo que bajé de inmediato y fui con la recepción que se encontraba a unos cuantos metros de los edificios. Le dije al señor que estaba preocupado por la señora que estaba en la segunda planta. Le mencioné el número del departamento. Él ya estaba saliendo, cuando de pronto él se paró en seco. Me miró extrañado y me dijo de qué departamento me hablas. Yo le di el número del departamento y él aún más extrañado me dijo pero muchacho en ese departamento no hay nadie. Yo le dije que sí, que había una señora que esa señora me había invitado hacia adentro que yo la había visto, había platicado con ella. Este señor estaba muy seguro de que en ese departamento no había nadie. No fue hasta que le dije que yo había entrado al departamento y había dejado sobre la mesa mi chaqueta, mis llaves y mi casco. Por lo tanto, tenía que entrar de vuelta por ellos. El señor algo confundido, decidió acompañarme hasta el departamento y una vez enfrente de la puerta, él volteó y me preguntó de este departamento me hablas. Yo le respondí que sí, que en ese departamento vivía una mujer de mucha edad y que estaba enferma, que, de seguro estaba paralizada en el sillón o en la cama. Este señor me contestó que sí. En efecto, en ese lugar había habitado una señora, pero que en ese momento ella no se encontraba. A pesar de esto, yo le seguí insistiendo. A final de cuentas, él abrió la puerta. Ambos entramos el departamento estaba completamente oscuro Ni la luz detrás del televisor, la cual había visto hace apenas unos minutos, se encontraba encendida. Todo estaba oscuras. Yo no pude avanzar tan solo unos tres pasos cuando me metí, Cuando en eso el señor empezó a encender las luces, él vio que, en efecto, él vio en ese instante que yo no mentía en la mesa se encontraba mi chaqueta, mi casco y las llaves de mi motocicleta, lo cual él me volvió a preguntar. Pero cómo fue que te metiste. Cómo es que dejaste eso ahí. Yo le volví a explicar que una señora me había abierto la puerta y que me había dado la oportunidad de comunicarme por teléfono y que solamente había dejado mis cosas ahí, pero que rápidamente vinía por ellas. Estábamos los dos muy confundidos para este momento. Este señor me empezó a preguntar cómo lucía a la señora y yo se lo dije, pero cuando me reveló la verdad de esto, simplemente no pude con ella. Me costó mucho asimilarlo. Él me explicó que había una señora que había habitado ese departamento, pero que había fallecido así apróximo un mes y medio o dos meses. Todo sucedió por medio del servicio de agua. La señora le había dicho al muchacho que venía y dejaba agua los garrafones de agua que algunas mañanas a esta señora le atacaba un dolor en la espalda, por lo cual ella no se podía levantar. Así que le pedía de favor a este joven que si venía tocaba la puerta y veía que no habrían que él se metiera con una llave que estaba al lado de la barda aquella mañana, este joven recurrió a esto, ya que, por más que tocaba en la puerta, nadie le abría. Una vez que abrió la puerta, le pegó un olor, un olor nauseabundo, un olor a putrefacción que hizo que llamara la atención de todos los vecinos. Esta señora había fallecido aproximadamente unos cuatro días, unos cinco días, y nadie se había dado cuenta hasta ese momento. Obviamente, horas después retiraron el cadáver, pero el olor no desapareció. Por lo tanto, se hallaron el departamento, abrieron las ventanas que daban al campo, a un campo de fútbol y más allá y más allá un monte. Por lo tanto, el olor no debí de afectar tanto a los vecinos o al menos no a tantos. Desde ese momento y esperando a que se disipara todo el olor, dejaron de darle mantenimiento al departamento. Yo el volteo a ver hacia todos lados me di cuenta lo que no me dejaba ver la oscuridad y era que, en efecto, todo el departamento tenía polvo, tenía sociedad telarañas Y lo que más escalofrío me dio al menos de un momento, fue la sombra de la señora o, mejor dicho, la sombra del cadáver sentado en el mueble, en el mismo sitio donde aquella señora se había sentado y había estado platicando conmigo. Hacía apenas unos minutos después de esto, volví a mi trabajo con una extraña sensación. Sentía tristeza y a la vez también miedo, pues aquella noche había platicado con un fantasma y no solamente eso, Me había platicado toda su vida y el triste y solitario final que tuvo. Gracias por escuchar mi experiento. Mando saludos a todos desde Ciudad de México. Mi nombre es Leopoldo. Mi experiencia comienza en el año dos mil quince. Durante ese tiempo, aproximadamente unos tres años, trabajé para una farmacia. Me desempeñaba en varios rubros. A veces era cajero, otras veces estaba en almacén y otras veces cuando se requería, era el repartidor a domicilio. Había personas que llamaban unas que otras ocupando medicina. Claro, tomando en cuenta que solamente se llevaban medicinas que no necesitaran recetas. De esa manera trabajábamos y a mí me salía muy rentable. La verdad a veces daban propina y se acaba un poco más de mi sueldo a la semana en una ocasión y esto lo digo porque yo fui un testigo de lo que pasó es que recibimos una llamada. Esta llamada era algo extraña. Pero era algo extraña no por la misma, sino por quién estaba hablando. Del otro lado de la llamada se encontraba la voz de un niño. Este niño nos estaba pidiendo que si de favor podíamos llevarle unos medicamentos a su abuela nos dio los nombres de los medicamentos. Nosotros preparamos todo y yo salí en marcha hacia la ubicación que me había dado. Iba por el trayecto, pensando ya que jamás nos había llamado un niño que qué tan mala debería de estar la situación, sobre qué necesitan medicinas. Usualmente de las que hablan son las personas mayores en esta ocasión, cuando llegué al punto, se me hizo aún más extraño todo lo que estaba pasando, ya que frente a mí había una casa, pero era una casa en extrañas circunstancias. El piso de arriba se encontraba totalmente derrumbado. Casi podría decir que por el tiempo, la casa tenía un aspecto muy deteriorado, como si nadie viviera ahí desde hace mucho tiempo atrás y por si no fuera poco. Frente a esta casa se encontraba un cementerio, un cementerio grande y largo que acaparaba casi toda mi vista. En aquella noche baja de mi motocicleta, saqué de nuevo mi celular para ver la ubicación más precisa de a dónde me habían mandado en ese momento. Pensé que a lo mejor me había equivocado, que a lo mejor estaba una calle atrás o una calle adelante, pero esto no era así. La casa que buscaba estaba frente a mí. Era aquella casa toda deteriorada, aquella casa casi en ruinas, podríamos decirlo. Yo fui caminando hacia esta caminé lentamente. Recuerdo que hasta tarde, en llegar no estaba seguro si aproximarme más o darme la media vuelta a irme. En aquel momento pensé que, a lo mejor se trataba de algún robo, alguna trampa que me habían puesto ya me había acercado lo suficiente para este momento, por lo que cuando me disponía gritar para ver si alguien estaba dentro, la persona que estaba dentro de la casa se me adelantó en ese preciso instante y escuché que me dijo una voz desde adentro. Sí, qué se lo ofrece. Yo me quedé en choca. Algunos segundos, pero inmediatamente le contesté. Una vez que caí en sí sí, disculpen vengo de la farmacia y dije el nombre de la farmacia. Traigo los medicamentos que me habían pedido. Después de lo que le dije, hay un minuto de silencio. Nadie abre la puerta, nadie sale a recibirme. Simplemente esta voz que yo intuyo pertenecía a una anciana. Me contesta de nuevo. Me da un minuto. Por favor, enseguida algo, me senté un poco en aquellas escaleras y dejé que pasara el tiempo. No quería apresurar ni nada a lo mejor. Esta viejita estaba buscando el dinero, pero por más que esperaba. Pasaron los minutos y los minutos y nadie salía de la casa. Esto, obviamente, me comenzó a desesperar. Yo ya había esperado como unos cinco o diez minutos. Ya era tiempo suficiente para que tuviera una respuesta. Me paré. Empecé a tocar el barrote, pero nadie contestaba. Empecé a gritar, pero igualmente nadie me contestaba. Nadie salía. Lo que se me ocurrió en aquel momento era que podía marcar por teléfono a lo mejor esta persona, si era de la tercera edad, podría tener un problema. Tomé mi teléfono, le marqué e inmediatamente me contestaron, Pero esta vez se trataba de la voz de un hombre. Él me preguntó que qué era lo que necesitaba. Yo le dije que venía de parte de la farmacia y que traía su pedido que a una viejita. Me había dicho que salí en breve, pero ya no había salido que yo ya llevaba tiempo ahí esperándola, pero que no tenía respuesta y ya me tenía que ir. Este hombre no le dio vueltas al asunto. Él me dijo que esperara ahí y que en breve estaría conmigo de nueva cuenta. Me senté en las escaleras cuando en eso algo llama mi atención, y es que veo la luz de una lámpara saliendo de una de las casas, de al lado de una casa leja, pero que se encontraba al lado de ésta, la silueta de un hombre venía en compañía de una lámpara se acercó hasta el punto de llegar a la entrada de la casa. Después me hizo con una seña para que fuera. Yo tomé mi bolsa y caminé hasta aquel hombre, este hombre muy apenado me dijo mira muchacho. Te voy a pagar las medicinas en esta ocasión también lo que viene siendo tu trayecto, pero te voy a pedir un favor la próxima vez que te llamen si es del mismo número y oyes la misma voz del niño. Por favor, no traigas el encargo nadie te va a recibir en aquella casa. Yo estaba algo asombrado porque en ningún momento yo le había dicho a ese hombre que un niño había sido el que había marcado a la farmacia. Yo no le había dado esa información. Yo le dije que eso no lo podía hacer que, a final de cuentas, si no era yo, lo más probable es que en otro turno vinir otro muchacho igual si pedían las medicinas, él me explicó que no había nadie en esa casa y que solamente lo harían venir una y otra y otra vez sin motivo alguno. En ese momento yo le expliqué que obviamente era nuestro trabajo y que en aquella ocasión yo había escuchado claramente como la voz de una mujer venía desde adentro es decir, yo sabía que ahí vivía alguien. Él Tocándose un poco la nuca me dijo Mira. En aquella casa vivía mi madre. Mi madre tenía unas ciertas enfermedades, por la cual la teníamos con una enfermera, pero la enfermera tenía un horario. Mi madre y mi sobrina se quedaban solas, por así decirlo, algunas dos horas o una hora y media iba dependiendo en cuanto tardábamos en llegar a la casa. Por lo regular, los días viernes, mi sobrino marcaba a una farmacia, ya sea mi sobrina o mi sobrino que eran los dos que se quedaban allí. Ellos aseguraban que su abuelita tuviera todas las medicinas que ella necesitaba. Así pasaron algunos dos años, pero hubo un accidente dentro de la casa, el cual en este momento me vas a disculpar, pero no te puedo explicar cómo pasó, ya que es cosa de familia. Tristemente, mis sobrinos y también mi madre madre fallecieron aquella noche y desde ese entonces que te hablo que esto pasó. Hace poco más de un año, hemos tenido un problema. Yo viví al lado de ellos, como podrás ver, y a mí es el que me toca. Estaré diciendo a los repartidores como tú que vienen de farmacias, qué les ha estado hablando un fantasma. Mis sobrinos ya no están vivos, pero ellos siguen marcando, ya sea una farmacia o a otra, cada viernes para que continúen trayéndole las medicinas a mi madre. Si lo quieres, creer bien, Si no lo quieres creer, pues también ya es tu problema. Solamente te aclaro que si te llaman otra vez y tú decides venir, yo ya no voy a salir. La línea de teléfono que tenía esta casa la cambiaron conmigo. De esa manera, pensé que las llamadas ya no se iban a realizar, pero me equivoqué. Las llamadas todavía salen. Los otros chicos que han venido creyeron, a final de cuentas, todo esto que les conté. Por qué, en efecto, vas a ver que no hay nadie y vas a ver que te habla la misma vocecita todas las veces por aquel teléfono. Es una recomendación. Simplemente ignoren esa llamada. Yo, después de platicar con él, regresé a mi trabajo con la mente muy clara y pensando muy bien lo que le iba a decir a mis jefes. Les iba a decir totalmente la verdad y que si no me creían que si aquel niño o niña volví a hablar, yo no iba a repartir ese domicilio. Yo no saldría hacia esa casa. A veces hay que ignorarlos para ver si de ese modo por fin descansan en paz. Esa fue mi historia. Gracias por leerme