ATERRADORES RELATOS DE REPARTIDORES Y DEL METRO / EXPERIENCIAS PARANORMALES DE SUSCRIPTORES

Aterradoras experiencias paranormales de repartidores llegando a domcilios terrorificos, y del metro subterraneo donde pasajeros y personal de seguridad han visto espectros en los vagones.
O la Comunidad. Mi nombre es Fabricio Mendoza y la experiencia que les quiero contar ahora me sucedió cuando estaba trabajando yo antes era policÃa auxiliar en el metro. Tengo poco que me salà de este trabajo, pero el tiempo que trabajé ahà me sucedieron unas extrañas experiencias más en concreto dos que quiero compartirles en esta ocasión. Esta primera experiencia me sucedió durante la noche. En aquel momento, cuando me pasó esto no me encontraba. Solo estaba en compañÃa de otro elemento, otro policÃa auxiliar, este policÃa. Si bien no éramos tan amigos, tenÃamos un cierto compañerismo, nos encontrábamos cuidando una estación, una cierta estación que se une a otras tantas que cercana a la medianoche se vacÃan casi por completo y esto se debe claro a que el metro cierra sus puertas. Hay otra lÃnea que es activa, que es durante la madrugada, pero no es transcurrida por mucha gente. Yo me encontraba en esta estación y hasta ahora no estoy muy seguro, pero parecÃa que la última vuelta del metro ya habÃa pasado. No habÃa ninguna persona en esta estación. Recuerdo que habÃa un silencio casi sepulcral en toda el área. Es más, ni siquiera se sentÃa el viento que transcurrÃa por los túneles. Era época de invierno. Eso sà lo recuerdo muy bien. Estaba a la par con mi compañero cuando decidà alejarme un poco para encender un cigarrillo. Empecé a fumar y mientras estaba fumando y hice lo que muchas personas hacen, que es estar caminando de un lado hacia otro, mirando hacia diferentes partes cuando de pronto en eso me doy cuenta de algo, le preste atención sin ningún motivo aparente a decir verdad a un póster de pelÃcula. Recuerdo que era una pelÃcula de superhéroes. No recuerdo muy bien cuál era. Pero eso no es lo importante. Lo importante aquà es que, mientras yo veÃa ese póster, me llamó la atención lo que se reflejaba en él. Verán hay algunos pósters que se ponen en el metro que tienen un cierto plástico, parecido a un vidrio, y mediante ésta se puede reflejar la cierta área que cubre. Lo que me llamó la atención es que en este plástico me podÃa ver a mÃ, podÃa ver a mi compañero y, además de eso, podÃa ver a otra persona, una persona que parecÃa ser un joven, un muchacho, llevaba un uniforme, un uniforme como si fuera de la preparatoria o si fuera de algún grupo de fútbol. Algo por el estilo verán yo en primer instante, yo lo volteé porque allá atrás se encontraba mi compañero y, según veÃa a través del vidrio, ellos dos estaban muy juntos y, a decir verdad, al ver esto no le tomé mayor importancia. Pensaba que era una persona que se habÃa metido tan solo en lo que yo estaba fumando y no me habÃa dado cuenta, aunque claro, las cosas se pusieron extrañas. Cuando empecé a escuchar que el metro se iba acercando, el sonido era muy irregular, era muy aparatoso para que me entiendan, no era un sonido común y corriente como el querÃa el metro, sino que era como más alarmante, como más pesado, como si este metro estuviera pegando en las paredes del subterráneo. Me parecÃa muy extraño, pero aún asà decidà no voltear. Yo continuaba viendo la escena a través del espejo, observaba mi compañero y a este joven, pero cuando el metro se encontraba cerca, cuando ya estaba saliendo vi como claramente este joven se aventó hacia las vÃas e incluso puedo asegurar cómo escuché el estruendo del cuerpo cayendo en el metal rápidamente. Yo volteé y me sorprendà en ese momento que mi compañero estaba totalmente normal, como si para él no hubiera pasado nada. Era algo muy irregular. Según yo habÃa visto, aquel estudiante se habÃa aventado enfrente de sus narices. Cómo era posible que no lo hubiera visto. Yo corrà instantáneamente y en eso el metro pasó. Pero este metro pasó de una manera muy rápida, muy estruendo. Solamente fueron segundos. Yo le dije alarmado que no lo viste. No viste al muchacho que se aventó. Mi compañero estaba totalmente sacado de sÃ. No sabÃa de lo que le estaba hablando. Ãl no habÃa visto a ningún estudiante. Como dije antes, nos hablábamos y todo, pero en cuestiones de trabajo éramos muy profesionales. Ãl sabÃa que yo no estaba mintiendo, por lo que se aterró junto conmigo y tan pronto pasó el metro. Empezamos a usar hacia las vÃas una y otra y otra vez, pero no podÃamos ver nada. Era como si nunca se hubiera aventado, no habÃa rastros. Estábamos esperando ver una carnicerÃa, ver sangre, ver pedazos, pero todo estaba limpio en ese momento y creo que ambos nos dimos cuenta que, como les dije en un principio del relato. Estaba seguro que el metro ya habÃa pasado por última vez en ese horario por esa estación. Yo trabajaba ahÃ. Recuerdo muy bien el aspecto del metro, los colores. Aquel metro que habÃa pasado, o más bien aquella cosa estaba muy corta y era de un color diferente al del metro que pasaba diario. Estábamos más que seguros que era un único vagón el que habÃa pasado. Llamamos por radio simplemente para cerciorarnos de esto a los demás policÃas que se encontraban en las estaciones a las que se dirigÃa este metro. Pero extrañamente y a pesar de que se encontraban ahà vigilando, ninguno de ellos nos pudo decir que aquel vagón hubiera pasado era como si solamente se hubiera presentado ante nosotros y hubiera pasado por esa estación. Y asà también hubiera desaparecido después de dÃas. Supimos que lo que habÃamos vivido en aquella ocasión no se trataba de otra cosa, sino de la manifestación de un fantasma. Verán, como policÃa se nos da la orden de cuidar a toda la población. Eso incluye de crÃmenes claro, de ladrones, de algunas personas que roban bolsos, roban carteras. Pero lo más extraño y creo que lo que muchas personas también han escuchado es que debemos estar atentos por ciertas personas que van al metro a acabar con su vida. No son pocas las personas que van al metro a aventarse las vÃas cuando este se encuentra a una corta distancia. Obviamente, esto es casi seguro de que no vas a sobrevivir. Muchas personas deciden hacerlo. Las personas que deciden quitarse la vida si no optan por armas de fuego, optan por este método. Creo que lo que vimos más allá de ser un fantasma, es un alma que acabó con su propia vida y que ahora, tristemente por sus acciones, está condenada a repetir el suceso una y otra y otra vez hasta que por fin se ha llamado a descansar. Este segundo relato que te quiero contar me sucedió cuando ya habÃa terminado todo mi horario laboral pase. Resulta que, para mi buena suerte, era la última vez que el metro pasaba y pues se me facilitaba bastante tomarlo para llegar hasta mi casa. Ya otras ocasiones lo habÃa hecho. Esto para dejarles en claro que todas las otras ocasiones que yo habÃa tomado el metro a esa hora y más o menos con la misma cantidad de personas, jamás me habÃa pasado algo parecido. Subà al vagón, como siempre iba listando mis audÃfonos, ya que durante el trayecto me gusta ir escuchando música, me ayuda a relajarme y otras veces incluso hasta dormirme. HabÃa sido un dÃa muy cansado y lo único que querÃa era relajarme. Por algunos minutos. Empecé a ponerme los audÃfonos y subà el volumen al máximo. Entré al metro y cuando fui entrando, me encontré con algo que me pareció sumamente extraño, pero tampoco era para tanto. Asà resulta que en los asientos del metro, en dos asientos de este, se encontraban sentados lo que vendrÃan a ser unos muñecos o unos maniquÃs de tamaño natural, es decir, de unos setentas, unos setenta y cinco de altura estaban sentados como si fueran personas. Estos maniquÃs habÃan sido enrollados con lo que se podrÃa decir papel plástico o algunas bolsas. Se podrÃa saber que eran maniquÃs más que nada por cómo se veÃan de las bolsas hacia afuera. Las bolsas eran transparentes. Lo que se me hizo extraño es que este tipo de maniquÃs no iban con su propietario. Ya habÃa visto antes algunas personas que viajan con este tipo de cosas o incluso más grandes en el metro, por lo regular se sientan a un lado de ellas o enfrente de ellas para estarlas vigilando, para tenerlas a la mano cuando se vayan a bajar. Pero en este caso no ir asÃ. Las personas que iban adelante de estos maniquÃs e era una señora y su hija, además de otras personas haciendo memoria, Creo que serÃamos como unas siete personas las que estábamos en ese vagón. Yo pasé más adelante y me senté cerré mis ojos por un instante y pasaron los minutos hasta que claro algo me levantó. Ya estaba en un profundo sueño. Cuando de la nada empiezo a sentir unos golpecitos, unos golpes que provienen de lo que vendrÃa a ser la pared del metro. Escucho una y otra vez pequeños golpes que no eran nada normales, eran rÃtmicos, tenÃan sus pausas. Obviamente, esto me llama la atención. Abro los ojos y lo primero que me encuentro es que las personas están actuando de una manera muy extraña. La señora y su hija me están mirando y de nuevo, están mirando los maniquÃs. Casi todas las personas están mirando los maniquÃs, pero no de una forma normal, sino como de una forma asombrada, como de una forma con miedo. Esto lo empiezo a ver y obviamente, aunque traigo los audÃfonos y traigo la música a todo volumen. Me resulta bastante extraño. Me los quito y al momento en que me los quito, escucho claramente la razón del porqué la actitud de esas personas. Y es que escucho una leve risa, una risa que provenÃa de los maniquÃs. Yo volteo, los veo y solamente puedo ver la cara distorsionada por la bolsa de aquel muñeco volteado observándome quiero aclarar aquà una cosa y es que cuando me habÃa subido, no es que les haya puesto mucha atención, pero si recuerdo perfectamente que ambos maniquÃs estaban mirando derecho o sea, hacia enfrente, ninguno de ellos tenÃa la cabeza volteada y en aquel momento, este extraño maniquà ya la tenÃa volteada. Observándome fijamente donde yo estaba sentado, obviamente me levanté y todas las personas estaban desconcertadas hasta que uno de ellos, un señor que trabajaba en limpieza por su uniforme, lo pude ver. Me dijo escuché que se estaban riendo tú los escuchaste también verdad. Yo no sabÃa qué responder. Simplemente le dije que me parecÃa extraño y que dónde estaban los propietarios de esos maniquÃs, que de quién eran. Más que nada para sentirme seguro y creo que también para sentirse seguro que las demás personas que venÃan en el vagón ya que habÃan captado extrañas cosas, extrañas situaciones. Unas de las personas decÃan que habÃan visto moverse a los maniquÃs levemente. Otras personas decÃan que los habÃan visto hablando, murmurándose, riéndose por más de que buscamos al propietario. No lo pudimos encontrar. Simplemente no venÃa en ese vagón o tal vez quién sabe los habÃa olvidado. Tratamos de mantener la calma, pero no sirvió de nada. Yo estoy muy seguro que escuché a esos ManiquÃs riéndose murmurándose como si fueran unas personas de carne y hueso. Lo primero que se me vino a la mente es que tal vez pudiera ser una broma. HabÃa visto en redes que hacen brumas en los trenes, en los taxis, pero por más que buscaba abajo de los asientos por detrás de los muros. No habÃa ni una sola persona escondida ni tampoco una cámara que estuviera grabando todo. Las personas que estaban en el vagón optaron por retirarse del mismo. No querÃan pasar ni un solo minuto más con aquellos ManiquÃs. Yo hice lo mismo y cuando estaba pasando al otro vagón, la niña me dice que la mano de uno de ellos estaba golpeando la pared del metro a propósito para despertarme que ella lo habÃa visto cuando nadie más los estaba observando. Esto en cierta parte me aterró porque yo no habÃa dicho nada. No sabÃan cómo o por qué me habÃa despertado. Sin embargo, esa niña lo supo. Supo cuál fue el motivo por el cual me desperté, porque con los audÃfonos no podÃa escuchar todo el escándalo que tenÃan. Esto me hizo tener escalofrÃos y, por suerte, no faltaba mucho para bajarme. Cuando lo hice, me llamó la atención otra vez este vagón, ya que habÃan pasado aproximadamente unos cuatro o tres minutos y el subterráneo no se habÃa detenido en ninguna otra estación. Eso significa que el vagón tenÃa que venir vacÃo. Pero me sorpresa fue que este vagón no venÃa vacÃo cuando el tren nuevamente se puso en marcha lentamente pode ver por las ventanas como estos maniquà se habÃan levantado y ahora se encontraban de pie, como si fueran unas personas normales, pero obviamente eran maniquÃs agarrados de unos de los tubos, de las manos parados, observando hacia afuera las bolsas el plástico que los cubrÃa ya no se encontraba. Era como si alguien se los hubiera quitado y los hubiera puesto en esa posición, una posición muy humana, pero sus caras eran inexpresivas. Les podrÃa decir que caÃan en la categorÃa de valle inquietante. Más está decir que jamás en mi vida y doy gracias a esto todas las veces que he tomado el metro más nunca he vuelto a ver a estos maniquÃs. Esas fueron mis experiencias. Gracias por permitirme compartirlas. Mi nombre es Diego Suárez y mi historia comienza hace apenas un año. Yo actualmente tengo veinte años y, por lo tanto, estudio de la Universidad. Tengo un trabajo de medio tiempo. PodrÃamos decir que solamente trabajo los fines de semana, lo que vienen siendo viernes, sábados y a veces los domingos. Solamente por las noches. Trabajo como repartidor, pero no en ninguna plataforma de comida. Yo trabajo para unos establecimientos que quedan muy cercanos a mi casa. Estos dos establecimientos es un puesto de tacos y el otro viene haciendo de comidas. SenadurÃa en general, yo tengo mi propia motocicleta. Aquella noche transcurrÃa como cualquier otra. En aquella ocasión me mandaron a uno de los viajes más largos que habÃa tenido. Ambos establecimientos tenÃan una regla. Obviamente, pueden enviar a domicilio, pero siempre y cuando no sea un trayecto muy largo. TenÃa motocicleta, claro, pero tenÃamos que manejar los tiempos y habÃa que tener esa regla más que nada para no retrasar todos los pedidos. Me habÃan mandado a unos edificios de renta. Estos edificios, si bien no estaban en una localidad más o menos buena, era la localidad que se encontraba cerca del centro. Yo, después de pensarlo un poco, acepté el servicio, subà a mi motocicleta y fui en camino hacia estos departamentos. Cuando llegué a estos departamentos, me di cuenta que habÃa algunos edificios que se encontraban totalmente vacÃos y otros tantos con algunas luces prendidas el edificio al cual iba a dejar la comida. La mayorÃa de los pisos se encontraron habitados. En general, los pisos de arriba, los dos primeros pisos se encontraban totalmente apagados, algo que me llamó mucho la atención, ya que la comida que habÃan pedido era para la segunda planta, para el segundo piso. Ambos departamentos que se encontraban en ese piso se encontraban apagados. No habÃa ninguna señal de cubir a gente, ni siquiera una luz afuera ni una luz por la ventana. Se me hizo extraño, pero a veces hay algunas personas que les gusta su privacidad y no suelen tener estas luces prendidas. Fui hasta la segunda planta, me puse de frente hacia la puerta del departamento y la toqué suavemente. Una y otra y otra vez estuve parado cerca de un minuto y medio dos minutos tocando la puerta repetidamente e incluso ya me dispone a irme cuando en eso de pronto me abren la puerta. La que me recibe es una viejita, una viejita que se nota está muy enferma por su expresión, por su modo en vive ese modo tan lento a la pared también una tos, una tos que se nota que es profunda. Ella me pregunta quién, qué me puede ayudar. Yo le respondo que habÃan pedido un servicio para este departamento. Obviamente, le pregunté que si era ella ella con una tierna cara. Me dice que no, que ella se encuentra sola en ese departamento y que no hay nadie más. Ahà Estoy algo desconcertado para mi mala suerte. TraÃa teléfono, pero en ese entonces no contaba con saldo, Asà que con la pena le pedà permiso o si podÃa proporcionarme un celular para ver si me habÃa equivocado o las personas que me habÃan llamado se habÃan equivocado en darme los números del departamento. Ella de nuevo, con esa sonrisa, me respondió que sÃ, qué podÃa pasar y en la cocina estaba un teléfono que lo podÃa usar el tiempo que yo quisiera. Yo pasé a su departamento y me llamó la atención mucho de que todo este se encontraba totalmente apagado. Las luces no estaban encendidas ninguna de ninguna habitación. Todas las puertas se encontraban abiertas, incluidas las del baño. La única luz que habÃa era la que provenÃa de una lámpara que se encontraba atrás de un televisor, un televisor de esos antiguos de foco. Yo pasé hasta la cocina y, por suerte, esta lámpara iluminaba lo suficiente para yo poder marcar desde el teléfono. Es decir, no querÃa encender las luces o querÃa incomodarla. A final de cuentas, era una persona mayor y sus razones tenÃa para estar asÃ. Seguramente, a ella le gustaba yo llamé por teléfono y me informaron que efectivamente habÃa una confusión, que el departamento al que le tenÃa que entregar la comida se encontraba en el piso de arriba. Los muchachos ya habÃan llamado y le habÃan informado que se habÃan confundido. Apenas me iban a llamar cuando yo los llamé de vuelta. Una vez solucionada esta confusión, yo colgué el teléfono, le di las gracias a la viejita y me surgió la curiosidad. Le pregunté muy amablemente. Disculpe. Señora no me quiero entrometer, pero por qué está oscuras tiene algún problema técnico o tal vez los focos están fundidos o algo. Ella me respondió que no, simplemente que le gustaba estar asà más que nada por comodidad. Ella en ese momento estaba enferma y no podÃa moverse todos los dÃas. HabÃa unos dÃas en que de plano no podÃa levantarse de la cama. Por ende, no querÃa dejar focos encendidos, ya que a veces le atacaba el dolor e inmediatamente se iba a costar por lo que abezas dejaba tanto televisiones, focos y otros utensilios aparatos electrónicos encendidos. Ahora simplemente utilizaba esa lámpara y cuando iba a necesitar algo, lo usaba y después lo desconectaba. Esto mismo me llevó a preguntarle otra cosa. Le dije y usted vive sola, no hay nadie que le ayude. Ella me dijo que no, que ella sà tenÃa familia, tenÃa unos hijos, pero que hasta ese momento no la visitaban y que, además, tenÃan mucho tiempo sin hacerlo. Yo le respondà acaso es por la distancia. Ella me dijo que no, que la distancia era lo de menos. Esta señora me contó que durante su juventud o la mayor parte de su vida, habÃa trabajado como maestra y sà habÃa estado distanciada un poco de sus hijos. Tan pronto se jubiló, pensó que sus hijos la iban a visitar más, pero esto no pasaba. Ella optó por mudarse incluso más cerca de ellos que eran esos departamentos de renta. Pero aún asÃ, los hijos la visitaban muy poco y para ese momento su visita era casi nula. Le pregunté que cuánto tiempo tenÃa sin que sus hijos la vieran. Yo pensé que sus hijos venÃan cada mes o, cada dos meses como mucho, pero para nada. Ella me contestó que tenÃan cerca de tres años sin pararse en aquellos departamentos. Iban para tres años sin ver a su madre. Si de ella correspondiera, me dijo que esto jamás hubiera pasado. Pero cuando ella se mudó ahÃ, ella iba a visitarlos casi diario, se turnaba cada dÃa para visitar a uno de ellos, pero cuando le cayó la enfermedad, ya no pudo salir. Simplemente la enfermedad que tenÃa le restringÃa salir al exterior mucho o tener algunos viajes en el transporte público. Esta historia y creo que, como a muchos, nos da una cierta tristeza, sobre todo al ver a una persona de la tercera edad completamente sola en un departamento oscuro sobre la mesa de aquella. Señora habÃa dejado mis llaves, mi chaqueta y mi casco le dije que ahorita regresarÃa por ellos en lo que iba y dejaba el pedido tan solo un piso arriba. Ella Me contestó que sÃ, que no habÃa ningún problema. Lo que yo planeaba era bajar y despedirme de ella y si surgÃa la ocasión, podrÃa pasar a saludarla. De vez en cuando yo subà dejé el pedido al caso hubieran pasado máximo unos cinco minutos cuando regresé y toqué la puerta. Esta vez nadie me abrió. Empecé a tocar la puerta cada vez más fuerte y cada vez más fuerte le empecé a gritar a la señora, pero nadie me contestaba, nadie me abrÃa en ese momento. Lo que pensé es que, a lo mejor, la señora habÃa tenido un ataque ella me habÃa contado que cuando a veces le dolÃa mucho el cuerpo más que nada a la espalda, el espinazo. A veces de un momento a otro no se podÃa mover vÃctima de esto. A veces se quedaba sentada, otras veces acostada. Yo pensé en ese momento que tenÃa una de estas parálisis, por lo que bajé de inmediato y fui con la recepción que se encontraba a unos cuantos metros de los edificios. Le dije al señor que estaba preocupado por la señora que estaba en la segunda planta. Le mencioné el número del departamento. Ãl ya estaba saliendo, cuando de pronto él se paró en seco. Me miró extrañado y me dijo de qué departamento me hablas. Yo le di el número del departamento y él aún más extrañado me dijo pero muchacho en ese departamento no hay nadie. Yo le dije que sÃ, que habÃa una señora que esa señora me habÃa invitado hacia adentro que yo la habÃa visto, habÃa platicado con ella. Este señor estaba muy seguro de que en ese departamento no habÃa nadie. No fue hasta que le dije que yo habÃa entrado al departamento y habÃa dejado sobre la mesa mi chaqueta, mis llaves y mi casco. Por lo tanto, tenÃa que entrar de vuelta por ellos. El señor algo confundido, decidió acompañarme hasta el departamento y una vez enfrente de la puerta, él volteó y me preguntó de este departamento me hablas. Yo le respondà que sÃ, que en ese departamento vivÃa una mujer de mucha edad y que estaba enferma, que, de seguro estaba paralizada en el sillón o en la cama. Este señor me contestó que sÃ. En efecto, en ese lugar habÃa habitado una señora, pero que en ese momento ella no se encontraba. A pesar de esto, yo le seguà insistiendo. A final de cuentas, él abrió la puerta. Ambos entramos el departamento estaba completamente oscuro Ni la luz detrás del televisor, la cual habÃa visto hace apenas unos minutos, se encontraba encendida. Todo estaba oscuras. Yo no pude avanzar tan solo unos tres pasos cuando me metÃ, Cuando en eso el señor empezó a encender las luces, él vio que, en efecto, él vio en ese instante que yo no mentÃa en la mesa se encontraba mi chaqueta, mi casco y las llaves de mi motocicleta, lo cual él me volvió a preguntar. Pero cómo fue que te metiste. Cómo es que dejaste eso ahÃ. Yo le volvà a explicar que una señora me habÃa abierto la puerta y que me habÃa dado la oportunidad de comunicarme por teléfono y que solamente habÃa dejado mis cosas ahÃ, pero que rápidamente vinÃa por ellas. Estábamos los dos muy confundidos para este momento. Este señor me empezó a preguntar cómo lucÃa a la señora y yo se lo dije, pero cuando me reveló la verdad de esto, simplemente no pude con ella. Me costó mucho asimilarlo. Ãl me explicó que habÃa una señora que habÃa habitado ese departamento, pero que habÃa fallecido asà apróximo un mes y medio o dos meses. Todo sucedió por medio del servicio de agua. La señora le habÃa dicho al muchacho que venÃa y dejaba agua los garrafones de agua que algunas mañanas a esta señora le atacaba un dolor en la espalda, por lo cual ella no se podÃa levantar. Asà que le pedÃa de favor a este joven que si venÃa tocaba la puerta y veÃa que no habrÃan que él se metiera con una llave que estaba al lado de la barda aquella mañana, este joven recurrió a esto, ya que, por más que tocaba en la puerta, nadie le abrÃa. Una vez que abrió la puerta, le pegó un olor, un olor nauseabundo, un olor a putrefacción que hizo que llamara la atención de todos los vecinos. Esta señora habÃa fallecido aproximadamente unos cuatro dÃas, unos cinco dÃas, y nadie se habÃa dado cuenta hasta ese momento. Obviamente, horas después retiraron el cadáver, pero el olor no desapareció. Por lo tanto, se hallaron el departamento, abrieron las ventanas que daban al campo, a un campo de fútbol y más allá y más allá un monte. Por lo tanto, el olor no debà de afectar tanto a los vecinos o al menos no a tantos. Desde ese momento y esperando a que se disipara todo el olor, dejaron de darle mantenimiento al departamento. Yo el volteo a ver hacia todos lados me di cuenta lo que no me dejaba ver la oscuridad y era que, en efecto, todo el departamento tenÃa polvo, tenÃa sociedad telarañas Y lo que más escalofrÃo me dio al menos de un momento, fue la sombra de la señora o, mejor dicho, la sombra del cadáver sentado en el mueble, en el mismo sitio donde aquella señora se habÃa sentado y habÃa estado platicando conmigo. HacÃa apenas unos minutos después de esto, volvà a mi trabajo con una extraña sensación. SentÃa tristeza y a la vez también miedo, pues aquella noche habÃa platicado con un fantasma y no solamente eso, Me habÃa platicado toda su vida y el triste y solitario final que tuvo. Gracias por escuchar mi experiento. Mando saludos a todos desde Ciudad de México. Mi nombre es Leopoldo. Mi experiencia comienza en el año dos mil quince. Durante ese tiempo, aproximadamente unos tres años, trabajé para una farmacia. Me desempeñaba en varios rubros. A veces era cajero, otras veces estaba en almacén y otras veces cuando se requerÃa, era el repartidor a domicilio. HabÃa personas que llamaban unas que otras ocupando medicina. Claro, tomando en cuenta que solamente se llevaban medicinas que no necesitaran recetas. De esa manera trabajábamos y a mà me salÃa muy rentable. La verdad a veces daban propina y se acaba un poco más de mi sueldo a la semana en una ocasión y esto lo digo porque yo fui un testigo de lo que pasó es que recibimos una llamada. Esta llamada era algo extraña. Pero era algo extraña no por la misma, sino por quién estaba hablando. Del otro lado de la llamada se encontraba la voz de un niño. Este niño nos estaba pidiendo que si de favor podÃamos llevarle unos medicamentos a su abuela nos dio los nombres de los medicamentos. Nosotros preparamos todo y yo salà en marcha hacia la ubicación que me habÃa dado. Iba por el trayecto, pensando ya que jamás nos habÃa llamado un niño que qué tan mala deberÃa de estar la situación, sobre qué necesitan medicinas. Usualmente de las que hablan son las personas mayores en esta ocasión, cuando llegué al punto, se me hizo aún más extraño todo lo que estaba pasando, ya que frente a mà habÃa una casa, pero era una casa en extrañas circunstancias. El piso de arriba se encontraba totalmente derrumbado. Casi podrÃa decir que por el tiempo, la casa tenÃa un aspecto muy deteriorado, como si nadie viviera ahà desde hace mucho tiempo atrás y por si no fuera poco. Frente a esta casa se encontraba un cementerio, un cementerio grande y largo que acaparaba casi toda mi vista. En aquella noche baja de mi motocicleta, saqué de nuevo mi celular para ver la ubicación más precisa de a dónde me habÃan mandado en ese momento. Pensé que a lo mejor me habÃa equivocado, que a lo mejor estaba una calle atrás o una calle adelante, pero esto no era asÃ. La casa que buscaba estaba frente a mÃ. Era aquella casa toda deteriorada, aquella casa casi en ruinas, podrÃamos decirlo. Yo fui caminando hacia esta caminé lentamente. Recuerdo que hasta tarde, en llegar no estaba seguro si aproximarme más o darme la media vuelta a irme. En aquel momento pensé que, a lo mejor se trataba de algún robo, alguna trampa que me habÃan puesto ya me habÃa acercado lo suficiente para este momento, por lo que cuando me disponÃa gritar para ver si alguien estaba dentro, la persona que estaba dentro de la casa se me adelantó en ese preciso instante y escuché que me dijo una voz desde adentro. SÃ, qué se lo ofrece. Yo me quedé en choca. Algunos segundos, pero inmediatamente le contesté. Una vez que caà en sà sÃ, disculpen vengo de la farmacia y dije el nombre de la farmacia. Traigo los medicamentos que me habÃan pedido. Después de lo que le dije, hay un minuto de silencio. Nadie abre la puerta, nadie sale a recibirme. Simplemente esta voz que yo intuyo pertenecÃa a una anciana. Me contesta de nuevo. Me da un minuto. Por favor, enseguida algo, me senté un poco en aquellas escaleras y dejé que pasara el tiempo. No querÃa apresurar ni nada a lo mejor. Esta viejita estaba buscando el dinero, pero por más que esperaba. Pasaron los minutos y los minutos y nadie salÃa de la casa. Esto, obviamente, me comenzó a desesperar. Yo ya habÃa esperado como unos cinco o diez minutos. Ya era tiempo suficiente para que tuviera una respuesta. Me paré. Empecé a tocar el barrote, pero nadie contestaba. Empecé a gritar, pero igualmente nadie me contestaba. Nadie salÃa. Lo que se me ocurrió en aquel momento era que podÃa marcar por teléfono a lo mejor esta persona, si era de la tercera edad, podrÃa tener un problema. Tomé mi teléfono, le marqué e inmediatamente me contestaron, Pero esta vez se trataba de la voz de un hombre. Ãl me preguntó que qué era lo que necesitaba. Yo le dije que venÃa de parte de la farmacia y que traÃa su pedido que a una viejita. Me habÃa dicho que salà en breve, pero ya no habÃa salido que yo ya llevaba tiempo ahà esperándola, pero que no tenÃa respuesta y ya me tenÃa que ir. Este hombre no le dio vueltas al asunto. Ãl me dijo que esperara ahà y que en breve estarÃa conmigo de nueva cuenta. Me senté en las escaleras cuando en eso algo llama mi atención, y es que veo la luz de una lámpara saliendo de una de las casas, de al lado de una casa leja, pero que se encontraba al lado de ésta, la silueta de un hombre venÃa en compañÃa de una lámpara se acercó hasta el punto de llegar a la entrada de la casa. Después me hizo con una seña para que fuera. Yo tomé mi bolsa y caminé hasta aquel hombre, este hombre muy apenado me dijo mira muchacho. Te voy a pagar las medicinas en esta ocasión también lo que viene siendo tu trayecto, pero te voy a pedir un favor la próxima vez que te llamen si es del mismo número y oyes la misma voz del niño. Por favor, no traigas el encargo nadie te va a recibir en aquella casa. Yo estaba algo asombrado porque en ningún momento yo le habÃa dicho a ese hombre que un niño habÃa sido el que habÃa marcado a la farmacia. Yo no le habÃa dado esa información. Yo le dije que eso no lo podÃa hacer que, a final de cuentas, si no era yo, lo más probable es que en otro turno vinir otro muchacho igual si pedÃan las medicinas, él me explicó que no habÃa nadie en esa casa y que solamente lo harÃan venir una y otra y otra vez sin motivo alguno. En ese momento yo le expliqué que obviamente era nuestro trabajo y que en aquella ocasión yo habÃa escuchado claramente como la voz de una mujer venÃa desde adentro es decir, yo sabÃa que ahà vivÃa alguien. Ãl Tocándose un poco la nuca me dijo Mira. En aquella casa vivÃa mi madre. Mi madre tenÃa unas ciertas enfermedades, por la cual la tenÃamos con una enfermera, pero la enfermera tenÃa un horario. Mi madre y mi sobrina se quedaban solas, por asà decirlo, algunas dos horas o una hora y media iba dependiendo en cuanto tardábamos en llegar a la casa. Por lo regular, los dÃas viernes, mi sobrino marcaba a una farmacia, ya sea mi sobrina o mi sobrino que eran los dos que se quedaban allÃ. Ellos aseguraban que su abuelita tuviera todas las medicinas que ella necesitaba. Asà pasaron algunos dos años, pero hubo un accidente dentro de la casa, el cual en este momento me vas a disculpar, pero no te puedo explicar cómo pasó, ya que es cosa de familia. Tristemente, mis sobrinos y también mi madre madre fallecieron aquella noche y desde ese entonces que te hablo que esto pasó. Hace poco más de un año, hemos tenido un problema. Yo vivà al lado de ellos, como podrás ver, y a mà es el que me toca. Estaré diciendo a los repartidores como tú que vienen de farmacias, qué les ha estado hablando un fantasma. Mis sobrinos ya no están vivos, pero ellos siguen marcando, ya sea una farmacia o a otra, cada viernes para que continúen trayéndole las medicinas a mi madre. Si lo quieres, creer bien, Si no lo quieres creer, pues también ya es tu problema. Solamente te aclaro que si te llaman otra vez y tú decides venir, yo ya no voy a salir. La lÃnea de teléfono que tenÃa esta casa la cambiaron conmigo. De esa manera, pensé que las llamadas ya no se iban a realizar, pero me equivoqué. Las llamadas todavÃa salen. Los otros chicos que han venido creyeron, a final de cuentas, todo esto que les conté. Por qué, en efecto, vas a ver que no hay nadie y vas a ver que te habla la misma vocecita todas las veces por aquel teléfono. Es una recomendación. Simplemente ignoren esa llamada. Yo, después de platicar con él, regresé a mi trabajo con la mente muy clara y pensando muy bien lo que le iba a decir a mis jefes. Les iba a decir totalmente la verdad y que si no me creÃan que si aquel niño o niña volvà a hablar, yo no iba a repartir ese domicilio. Yo no saldrÃa hacia esa casa. A veces hay que ignorarlos para ver si de ese modo por fin descansan en paz. Esa fue mi historia. Gracias por leerme




