ATERRADORES RELATOS DE MILITARES Y SECTAS / EXPERIENCIAS PARANORMALES EN EXTRAÑAS RELIGIONES Y LUGARES RECONDITOS

Una recopilacion de historias de militares sucedidas en cerros, rios y lugares internados en las selvas, donde extrañas cosas aparecen. Relatos aterradores de sectas y experiencias aterradoras.
Mi nombre es Rosaura Ãngeles. La experiencia que les quiero contar proviene de mi padre. Mi padre fue militar. Fue militar en esos años en los que hubo mucho peligro tanto para la ciudadanÃa como también para los cuerpos policÃacos, para el cuerpo militar y, en un todo, para cualquier persona que viviera en el Norte. Esto le sucedió en Tamaulipas. Mi padre estuvo en muchos enfrentamientos. Vio acción más de la que él querÃa. Hubo unos dÃas en los que prácticamente no dormÃa lo mandaban de un lugar a otro en retenes, en encuentros armados. Particularmente antes de que le pasara esta experiencia, él habÃa tenido una semana muy muy dura, no habÃa descansado aproximadamente en cuatro dÃas. Esto obviamente, algunos oficiales ya lo sabÃan. Los cabos con los que iba le habÃan dado la orden a él y a otro grupo de soldados de ir a Tamaulipas y acordonar, como quien dice, algunos sitios para cuando él llegó, ya todo habÃa pasado. El ejército habÃa tomado una casa, una casa que estaba ocupada por esta organización criminal. Dentro de esta casa se encontraron diferentes cosas, tales como armas, estupefacientes, mercancÃa, una cierta parte de lo que exportaban vehÃculos personas. Todas estas fueron arrestadas, al menos las que se rindieron. Mi padre llegó y cuando cayó la noche se le dio la orden a él y a otros militares de ir a descansar. Se le notaban el aspecto. Además, como ya dije anteriormente, algunos oficiales ya sabÃan que no habÃan descansado. No es como si iban a descansar sobre las camas o sobre un cuarto. En concreto, se les dio la orden de descansar en la sala de la casa. Era un descanso breve de algunas cuatro a cuatro horas y media máximo. Ãl recuerda que eran cuatro soldados los que iban a dormir En ese momento. Obviamente, habÃa muchos más soldados custodiando la casa alrededor de los lugares, haciendo perÃmetros. Por ende, estaban más que despreocupados. Mi padre se sentó, se recostó después y durmió profundamente. Tal vez habrán pasado una hora o tal vez dos cuando mi padre lo despierta algo y es algo que está tocando la ventana, la está golpeando pequeños toques. Una y otra y otra vez mi padre se despierta y lo primero que ve es el reflejo de una sombra. La luz de la luna estaba entrando por una ventana que daba al patio trasero de la casa y por esta misma luz se podÃa dibujar una sombra, una sombra que en un principio él pensó que se trataba de un compañero, se trataba de un soldado. Pero claro era algo curioso. Esta sombra no tenÃa el aspecto de un soldado. Esta sombra tenÃa el aspecto de otra cosa muy diferente. Se podÃa ver que tenÃa el pelo largo, se podÃa ver que su complexión era muy, pero muy pequeña, sus hombros eran muy estrechos y su altura prácticamente no superarÃa el metro con veinte. A mi padre esto le pareció muy extraño, por lo que se dio la media vuelta. Al poner la mirada fijamente en aquella ventana, se dio cuenta que lo que lo estaba mirando era una niña, una niña con su pelo largo, una niña que le calcula lo mejor. Unos seis a ocho años estaba mirándolo por fuera de la ventana. Esta niña se encontraba llorando, llorando de una manera muy mórbida, muy aterradora, porque les explicarÃa continuación cómo era que estaba llorando. Sus ojos eran completamente negros y de ellos mi padre explica que lo que escurrÃa no eran lágrimas, Era como una especie de brea, una brea oscura que escorrÃa por las mejillas, por su boca, muy extraña, muy repugnante. Era como si estuviera viendo llorar a un cadáver o, a un cuerpo en descomposición. Mi padre se levantó, le dio un leve golpe al soldado que estaba a un lado. Ãl se levantó e inmediatamente vio a la niña. Ambos se levantaron, caminaron, pero antes de salir, esta niña se alejó de la ventana, perdiéndose por completo entre el patio. Mi padre y su compañero salieron, pero no lograron ver nada. La niña ve desaparecido. Ambos se quedaron mirando, miraron todo el panorama. Era muy difÃcil que una niña anduviera por ahÃ. HabÃa militares en todos lados. A pesar de que era pequeña, no podrÃa escabullirse por en medio de estos soldados. Mi padre y su compañero decidieron volver a dormir. El sueño le duró nuevamente poco, pues mi padre fue despertado, despertado nuevamente por un llanto, era el llanto de una niña. Mi padre volteó, pero esta vez no vio a la niña en la ventana. Esta vez solamente escuchaba y escuchaba el llanto, que provenÃa de atrás, precisamente del patio trasero, donde esta extraña niña se habÃa perdido. Ãl No le quiso dar vueltas al asunto. Mi padre ya sentÃa. Ãl dice que tenÃa un presentimiento de que esto no era una niña viva. Esto era un fenómeno paranormal para él. Cuando se les acabó el descanso, todavÃa a horas de la madrugada, se levantaron, recogieron sus armas, se les puso nuevamente a registrar la casa. Estaban registrando las paredes. Cuando en eso de pronto llaman a mi padre le dicen que requieren ayuda. Precisamente en el patio trasero, Ãl baja y a la parte que estaba con los demás militares empezó a surgir una plática, una plática extraña, pero que se le hizo muy familiar. Diversos militares estaban diciendo que ellos habÃan escuchado o habÃan visto a una niña. Pero da el patio trasero, mi padre, obviamente también se sumo esta y para no hacer más largo, el relato. Prácticamente eran cinco a seis militares, siete los que decÃan haber visto a la niña o haberle escuchado. A estos militares se les dio la orden de empezar a escarbar. HabÃa un extraño bulto en la tierra. Los oficiales que estaban al mando querÃan asegurarse de que no hubieran escondido más material, más cargamento abajo en el suelo que lo hubieran enterrado. No serÃa la primera vez que descubren esto. De hecho, es una práctica que al menos esta organización hacÃa mi padre a la par de otros comienzan a escarbar y es aquà donde viene un detalle o un descubrimiento que lo aterrorizó todavÃa aún más, Y es que encontraron bolsas, bolsas de basura muy grandes apiladas una sobre otra y lo que venÃa dentro era lo que más llamaba la atención, porque no eran cosas que ellos en particular estaban buscando. No habÃa estupefacientes, no habÃa paquetes. En lugar de eso, lo que encontraron adentro de las bolsas eran huesos, huesos de humano de diferente tamaño, de diferentes personas. Eran en concreto cerca de cinco bolsas en cada una de ellas habÃa diferentes partes por el estado en que los encontraron. Se podÃa deducir que la organización criminal que estaba al mando de esta onda habÃa estado hace muchos años, porque prácticamente lo que enterraron en aquella parte venÃa con piel, venÃa con órganos, y eso ahora ya no existÃa. Las bolsas obviamente, se habÃan caÃdo a pedazos en su mayorÃa. El oficial habÃa dado la orden simplemente de sacar todos los huesos y mi padre fue el encargado de esto. Bueno, él, junto con otro militar. Lo sacaron y le dieron la mejor sepultura que pudieron en lo que tenÃa a sus condiciones. Rezaron rápidamente y enterraron los restos antes de que se fuera mi padre al dÃa siguiente, porque todavÃa pasó una noche más allà y esta vez en el puesto de vigÃa estaba vigilando durante la madrugada. Pasó por el patio trasero muchas veces, pero la niña jamás hizo aparición de nuevo. Mi padre está más que seguro que entre esos restos iban los de la niña, los cuales ahora, si bien no están en un cementerio, al menos ya no están dentro de esa casa donde, seguro, esta niña no querÃa estar más, al menos por ahora su cuerpo descansa o los restos fuera de aquel sitio donde ella perdió la vida. Y si se preguntan por qué no se llevaron los restos o trataron de investigar sobre los familiares de los restos, por si tenÃan familias, por si alguien nos estaba buscando. Es el año dos mil diez esto se encontraba y por el estado en que lo hacÃan, era prácticamente imposible lograr saber solamente con los huesos de quién se trata. Simplemente son personas que nadie va a poder identificar. Gracias por escuchar mi historia. Mi padre envÃa saludos también a toda la Comunidad y espera que su experiencia les haya gustado hola. Mi nombre es MatÃas, y esta experiencia que les voy a contar se remonta al año dos mil diecisiete. Yo sirvo en el cuerpo de la Guardia Nacional y recuerdo que en aquel año se nos habÃa dado la orden de acudir entre la frontera de ns México y Guatemala. Como sabrán, Por ahà hay mucha selva, muchos rÃos y se nos habÃa encomendado guardar un cierto orden en lo que vendrÃa a ser una caravana de inmigrantes que iba a pasar por México rumbo a los Estados Unidos. Nos encontrábamos concretamente en un rÃo. Por este rÃo, algunos dÃas atrás, habÃamos encontrado algunas familias, algunas madres con hijos intentando pasar. Obviamente, esto es muy peligroso. Este rÃo no era tan grande, no era un rÃo tampoco muy volátil, pero tenÃa cierto peligro. Nuestras órdenes eran simples. Si veÃamos que una persona iba pasando por ahÃ, tenÃamos que ayudarla y a la par también enviarla o escoltarla al departamento de migración, simplemente para llenar un papel, un formato. HabÃamos estado desempeñando estas actividades con total normalidad. Pero una mañana, una madrugada, por eso, de las cuatro de la mañana, todo esto cambiarÃa. Verán por el sur de México se tiene bastante la creencia de las brujas, de los nahuales yo soy más o menos del norte. Asà que estos cuentos, estos relatos, estas leyendas, más bien eran nuevas para mÃ, también para otro grupo de soldados y aquella madrugada Ãbamos a experimentar algo que está hoy no tiene explicación alguna. Verán eran las cuatro de la mañana. Estábamos parados en ese rÃo. No nos metÃamos más allá de unos cuantos metros, pero nos llamó la atención algo a veces. El rÃo a la par de la Selva, que es bassa bastante común por estas zonas, empieza a haber mucha niebla una niebla que a veces es muy densa, que es prácticamente imposible ver más allá de unos cuantos metros esa niebla, en particular por la madrugada te dejas ciego. Prácticamente ese era el problema que tenÃamos nosotros en ese momento. Estábamos entre el rÃo. Casi no podÃamos ver nada la oscuridad y la niebla, asà ya que nuestras lámparas ni siquiera sirvieran de mucho. Cuando de pronto empiezamos a escuchar un movimiento, un movimiento que venÃa del agua, eran como chapozones, como que alguien se habÃa metido, como que alguien estaba nadando. Obviamente, esto nos fue llamando la atención y empezamos a buscar de dónde provenÃa el ruido. Uno de mis compañeros, Sergio, fue el que peor la pasó en aquella ocasión y es que él estaba más cerca que todos y empezó a acercarse aún más de donde provenÃan estos ruidos. Ãramos acompañados en ese momento con un perro. Era un perro pastor alemán, muy bien entrenado para ciertas ocasiones. En ese momento el perro estaba gruñendo, gruñendo de una forma muy pero muy extraña. A ver el perro nos avisaba cada vez que habÃa alguien, obviamente sÃ, pero nos ladraba. Nos gruñÃa de cierta forma, pero en aquella ocasión no era igual. Era como si estuviera viendo algún otro animal o si no lo podÃa ver más bien, estaba sintiendo la presencia de otro animal, de otro ser que estaba muy cerca de nosotros y que se estaba aproximando. Sergio continuó caminando y en ese momento logró iluminarla. Se trataba de un niño, un niño de algunos nueve años, diez años, el cual se encontraba chapoteando en el rÃo de un lado hacia otro, dándonos la espalda como ignorando que estuviéramos allà por el lugar. No habÃa localidad de cerca, no habÃa casas, no habÃa colonias. La única razón y lo único posible es que, de seguro era un niño que estaba migrando, Era un niño migrante, era un niño que de seguro venÃa con su familia. Se habÃa perdido a lo mejor entre la oscuridad, entre la niebla que habÃa. Sergio se fue acercando hacia este niño y le preguntó que dónde estaban sus padres, que si estaba él solo cerca, que en este momento calla al agua, pero calla al agua embestido por este niño. Les voy a platicar a continuación solamente lo que yo vi Sergio calla al agua. Obviamente arriba de él calle el niño. Nosotros tratamos de apresurarnos hacia el sitio, pero el que nos gana en velocidad es el pastor alemán. Ãl llega al sitio antes que nosotros, pero no solamente le toca sergio o hundirse en el agua. También a nosotros nos pasa lo mismo. Lo que sentà yo en aquella ocasión es que unos brazos como unas manos, me tomaran de los pies de las piernas y me jalaran bruscamente hacia adentro. Yo caigo al agua. Trato de levantarme, pero es como si me estuvieran arrastrando, me arrastran por debajo del agua. Obviamente, yo me empiezo a desesperar, ya que quiero respirar, quiero tomar aire y no me puedo levantar. Yo me enfoco simplemente en luchar, en patalear y de alguna manera milagrosa. Logro levantarme, logro luchar contra aquello que nos estaba jalando bajo el rÃo. En aquella ocasión, mi otro compañero también se levanta. Pero Sergio, Sergio, lo habÃamos perdido. Sergio no estaba a la vista, la niebla a la oscuridad. Estaba jugándonos en contra. Intentábamos hablarle, intentábamos gritarle, pero nada. Escuchábamos como estaban forcejeando. Tratamos de seguir el ruido, pero pero en cuestión de segundos se alejó tan rápido que no nos quedó de otra. Intentamos llamar por radio. No lo tenÃamos. Se habÃa caÃdo al agua. Tomamos las armas que tenÃamos, pero estaban completamente mojadas. No nos servÃan el otro elemento que estaba conmigo. Se le ocurrió algo, pero sin siquiera preguntarme. Ãl sacó el arma y dio un tiro al aire. Yo le pregunté qué estaba haciendo y él me dijo, con estas dos opciones que aquella cosa que nos arrastró. Espero que se haya ido con la detonación y con la otra llamar a más personas. Necesitamos a más personas para encontrar a Sergio y la radio no nos funciona. Esto era un buen plan, porque funcionó por completo. En cuestión de dos minutos, tres minutos llegaron bastantes elementos de la Guardia Nacional. Le explicamos todo lo que habÃa pasado. Y en cuestión de unos cuatro a cinco minutos, prácticamente éramos como veinticinco o veinte, por lo menos elementos que estábamos en el rÃo, todos buscando a Sergio, todos apuntando, todos iluminando lo encontramos. Sergio se encontraba sentado a orillas del rÃo. Algo más adelante tenÃa su ropa desgarrada. TenÃa arañazos en sus brazos, en sus piernas, en su espalda, también en la par de mordidas, pero no mordidas como las de un hombre, mordidas hechas con colmillos. Le preguntamos a Sergio qué era lo que habÃa pasado, cómo se habÃa librado. Ãl nos respondió todavÃa algo aterrado que lo que él creyó, que era un niño, estaba por completo equivocado. TenÃa la silueta de uno, pero tan solo cuando volteó vio que no se trataba de un niño. La cara de este niño, si podrÃamos llamarlo asÃ, estaba deformada su boca. En lugar de eso tenÃa un hocico en lugar de dientes colmillos. Sus ojos eran como los de una serpiente y sus venas estaban remarcadas alrededor de toda su cabeza. En mismas palabras de Sergio era una criatura repugnante, una criatura sumamente aterradora a la vista. Algo triste nos contó que si bien él se salvó, no fue por sà mismo. Dice que aquella cosa estaba ganando, pero que gracias al perro, porque el perro sà llegó hasta donde estaban ellos y mons mordió, rasguñó y continuó mordiendo hasta que esta cosa liberó a Sergio. Pero tristemente, aquella criatura agarró al perro y se lo llevó junto con la corriente del rÃo. Sergio estaba muy malherido. Apenas se logró poner en pie y llegar a la orilla. Cuando nosotros llegamos por él, él se quiso levantarse, quiso poner de pie, pero no podÃa. Nosotros continuamos caminando por ese rÃo, intentábamos buscar aquella cosa o, cuando menos, encontrar al perro. Muchas personas dirán que es solamente la vida de un perro, la vida de un animal. Pero, para ser sincero, aquel perro prácticamente habÃa salvado la vida de alguien, de un militar, de un elemento de la Guardia Nacional. No podÃamos ir ir olvidarlo. A pesar de que lo seguimos buscando, no lo encontramos ni siquiera un rastro nada. Hasta hoy es fecha en la que ninguno de nosotros sabe qué fue lo que nos atacó aquella noche. Lo único que lamentamos y que lamentamos los tres elementos que estuvimos en aquella ocasión es tal vez no haber actuado un poco más rápido, pues si bien perdimos la vida de un perro, les puedo asegurar que fue un perro muy fiel que nos protegió a nosotros hasta con su propia vida. Esa fue mi historia. Saludos a todos. Desde Toluca. Mi nombre es rosendo Lázaro. Recién me acabo de pensionar y hay algunas experiencias que me gustarÃa compartirles. Una de ellas se remonta aproximadamente en el año noventa y siete noventa y ocho. Como sabrán ya pasado años fui militar en diferentes ciudades, en diferentes Estados. Pero lo que les puedo asegurar es que las cosas más extrañas, las cosas que no tienen explicación, suceden en los ranchos, en las sierras diferentes cuentos relatos se cuentan entre las localidades, los vecinos, incluso los sacerdotes. Se cuenta sobre brujas, naguales, brujos, incluso bestias o apariciones del diablo en diferentes zonas. InvitarÃa a cualquier persona que le gusta este tipo de relatos que fueron un poco a los ranchos. Ay de seguro encontrarÃa todo lo que está buscando e incluso más me atreverÃa a decir esto. Me pasó en un rancho o más bien cerca de unos ejidos. Como se le conocen, estaba en Coahuila, en una zona rural donde hay muchos cerros. En este lugar habÃa tres puestos de militares estaban regados en un cierto kilómetro, en una cierta intersección que hacÃa con un cerro. A lo largo de este cerro se posicionaban los diferentes retenes. Y si ustedes se preguntan y si ustedes se preguntan por qué se posicionaban en este lugar en concreto, pase y resulta que se habÃan reportado algunas desapariciones las localidades. Las personas que vivÃan cerca decÃan que no era nada extraño, que ellos mismos tienen unas reglas que tenÃan que seguir al pie de la letra. Se decÃa que en el cerro habitaba una criatura. DecÃan que era un gual decÃan que se criatura era la responsable de todas las desapariciones y que se trataban más concretamente de un brujo. Las desapariciones no eran todo lo que metÃa terror en esta localidad, sino que se encontraban. Los cuerpos de las personas que desaparecÃan se encontraban, a final de cuentas, pero era el estado en que se encontraban lo que más ocasionaba terror en todos los habitantes e incluso en escuadrones de militares, pues las personas aparecÃan entre el monte, entre los árboles del cerro, colgadas de uno de los árboles, entre el monte, entre la maleza, colgadas por el cuello, como si ellos mismos lo hubieran hecho. Cabe recalcar que ninguna de las personas creÃa que alguna de esas vÃctimas lo hubiera hecho por sà mismo. Cree muy firmemente que era obra del nahual yo. Al llegar ahÃ, me empezaron a contar todas estas historias a la parte, también a los otros elementos. Y si bien no creÃamos como tal que hubiera un gual cerca, que hubiera un tipo de criatura, la verdad es que, si pensábamos que ese lugar, cuando menos estaba maldito, tantas personas habÃan quitado la vida precisamente en ese tramo, al menos desaparecÃan y luego otra vez las encontraban, pero colgadas. Era algo extraño. Asà que, cuanto menos miedo y respeto, si tenÃamos estuve ahÃ, creo que por lo menos algunos seis meses, el trabajo era sumamente ordinario, muy calmado. Simplemente era movernos de punto a punto B, después a punto C y después repetir y repetir. Checábamos a las personas cuando subÃan, cuando pasaban y nos dimos cuenta que aquella regla de no pasar por el cerro más allá de las diez de la noche las seguÃan muy bien, pues más tardar a las nueve y media era la última persona que atravesaba el cerro. Se trataba de un hombre mayor, un hombre que iba en su carreta vieja de madera, junto con su caballo que lo jalaba. Le decÃan don Chencho. Al pasar el tiempo nos hicimos buenos amigos. Cada vez que pasaba nos saludaba e incluso a veces nos quedábamos platicando un dÃa más bien una noche. Don Chuncho llegó al retén, pero eran pasadas de las diez de la noche, eran aproximadamente las diez cuarenta y cinco de la noche. Ãl se detuvo en nuestro retén como siempre y nos pidió algo. Nos dijo disculpen, pero algunos de ustedes va a ir rumbo al cerro va a ser un cambio, un cambio de guardia junto con otros militares. Por desgraciado, no habÃa cambio, sino hasta las tres de la mañana. Don Chencho estuvo ahà un tiempo algo indeciso en si atravesar el cerro o quedarse ahÃ, prácticamente él sacó su revólver y comenzó su camino. Nosotros no le quitamos nada. Al final de cuentas, son personas de rancho. Tienen que proteger sus terrenos, Tienen que protegerlos de animales o incluso ladrones. Yo le dije, Don chenneo, si ve algo extraño, regresse a lo mejor. Puede que lo acompañemos por un cierto tramo, pero si siente que está en peligro, regresase mejor. Don Chencho me dio las gracias y siguió. No habÃa pasado tanto tiempo y, como saben, en ese tipo de lugares el silencio que hay es se pulcral un silencio absoluto a lo mucho se oyen los grillos, el viento, las ranas, por lo que escuchamos claramente tres detonaciones de un revólver arriba del cerro. Nosotros somos militares, Sabemos diferenciar entre las detonaciones de un revólver y las detonaciones de un cohete las detonaciones de otras cosas. Eso que habÃa disparado tres veces. Era una arma y estábamos seguros que se trataba de la arma de Don Chencho. TenÃamos en posición dos cuatrimotos yo y otro elemento nos subimos a ellas y empezamos el camino rumbo al cerro aceleramos, por lo que no tardamos mucho en encontrar los restos de aquella carreta vieja. La carreta estaba desplomada hacia un lado del camino. Hacia un lado del camino. El caballo de Don Chencho estaba tirado muy gravemente herido. Ni siquiera se podÃa levantar. El pobre animal simplemente relinchaba. Una y otra vez por más que buscamos a Don Chencho, no lo pudimos encontrar. Dimos el llamado más militares se nos unieron, pero era inútil. No pudimos caminar muy bien por fuera del camino, ya que estaba muy empinado. Todo estaba oscuro. Se llevó a cabo una búsqueda, una pequeña búsqueda por el perÃmetro, por eso de las siete de la mañana, con la luz del sol ahora de nuestro lado, pero no encontramos ni un solo rastro. Don Chencho habÃa desaparecido. La incertidumbre duró aproximadamente algunos dos meses, porque el cuerpo de aquel viejo fue encontrado por nosotros mismos. Amaneció como otros cuerpos que habÃan desaparecido colgado de una de las ramas de los árboles del cerro. Su piel habÃa sido pintada. Su cuerpo no habÃa sido dañado, por si se lo preguntan, no habÃa sido rasguñado, No habÃa sido, como quien dice, amedrentado de ninguna manera. Simplemente se encontraba con extrañas pinturas alrededor de todo su cuerpo. Su cuerpo ni siquiera estaba en estado de descomposición o algo más. Se notaba que recientemente, tal vez algunas horas máximo, se habÃa colgado o lo habÃan colgado en ese árbol. Extrañas cosas se cuentan en los ranchos. Para este extraño y terrorÃfico acontecimiento no se encontró explicación. Aquella cosa que atacó a Don Chencho, nunca la pudimos encontrar. Mi nombre es Marisol EcheverrÃa. Yo ya soy una persona muy mayor. Soy actualmente abuela y lo que les quiero contar me sucedió cuando era niña. Como sabrán, ya han pasado muchos años y en aquella época no habÃa redes sociales, los noticieros no llegaban hasta los ranchos. Varias cosas perturbadoras, aterradoras por completo delitos crÃmenes no se sabÃan por fuera. Solamente la gente de la localidad lo sabÃa. Ciertas cosas inexplicables no llegaban a las grandes masas. El comienzo de esta historia, de hecho, comienza algunos años atrás, Prácticamente cuando yo tenÃa unos tres años en el rancho, en mi neta al pueblo se sabÃa de brujerÃa, se sabÃa de naguales. Eran unas historias que se contaban continuamente, pero en aquel tiempo las personas de la localidad sabÃan muy bien quiénes eran las brujas del pueblo y no era porque ellas fueran descuidadas o se vieran a simple vista o las señalaran como brujas, sino que ellas mismas se acuñaban este tÃtulo. Eran cinco cinco señoras que, según me cuenta mi madre, eran unas señoras ya avanzadas de edad, unas señoras que fácil todas pasaban de los ochenta años en el pueblo. Eran temidas, aunque también muy respetadas, Y es que ellas siempre se jactaron de algo, de que todos sus embrujos, de que todos sus trabajos siempre daban resultado, pero que no trabajaban con magia blanca, que no eran brujas, que se tomaran algo a la ligera. Ellas siempre dijeron que trabajaban con magia negra y, de ser necesario que incluso y esto lo decÃan a los pobladores que trabajaban con el diablo. Estas cinco brujas formaban, por asà decirlo, una pequeña secta entre ellas hacÃan reuniones en una de las capillas del pueblo. Esta capilla estaba sin terminar. Estaba hecha de piedra. Mi madre no sabe por qué, pero la lacustrir la de esta capilla era para una religión católica. A mitad de la construcción se paró todo y decidieron construir la iglesia en un lugar más cercano a la población. Sin embargo, esta edificación ahà quedó. Las brujas se apropiaron de ésta. Mi madre no sabe si fue legalmente o ilegalmente, pero ese era su lugar donde siempre se reunÃan. Ninguna persona del pueblo se atrevÃa a interrumpirlas cuando estaban en sus reuniones. Se podÃa ver la luz encendida desde adentro, pero nadie se acercaba, incluso los chicos más jóvenes, los más valientes no se atrevÃan a jugar con estas brujas y menos estando juntas. El tiempo pasó y ocurrió un accidente o al menos asà lo manejan. El caso es que en una de estas reuniones, cuando estas brujas se encontraban reunidas todas en esa casa, en esa capilla, se originó un incendio en el interior. No se sabe si este fuego fue intencionado o accidental. No se sabe si incluso las brujas lo planearon, si ellas querÃan que se quemaran la capilla junto con ellas adentro, o simplemente fue un descuido. Ellas fallecieron en aquel incendio. La puerta de la iglesia se encontraba cerrada, pero se encontraba cerrada desde adentro. Algo raro habÃa pasado. Aquella noche llegaron las personas intentaron pasar, pero no podÃan. No pudieron entrar hasta que las llamas calcinaron casi por completo la puerta y solamente de esa manera lograron acceder y apagar el incendio. El cuerpo de las cinco mujeres fue encontrado. Pero aquà les va un dato aún más terrorÃfico, y es que encontraron al cuerpo también de unos niños, de algunos dos años, tres años. Según me cuenta mi madre, habÃan encontrado sus cuerpecitos eran algunos cinco niños. Lo extraño de esto es que los cuerpos no fueron identificados en el pueblo. No habÃa desaparecido nadie lo que se creyó que, a lo mejor eran vÃctimas de otros ejidos cercanos. Pero aunque se corrió la voz, no se encontraron a las familias, no se encontraron ningunos padres, ningunos familiares que estuvieron buscando a niños de ese rango de edad era muy extraño. El tiempo siguió. Obviamente, yo crecà y aquà viene la experiencia que les quiero contar. Cuando yo era niña, tenÃa aproximadamente once años, Mi madre me mandaba por leña junto con mis hermanos y siempre que pasábamos por esa capilla, siempre que la veÃamos ahÃ, chamuscada, deteriorada y sabiendo toda la historia que tenÃa detrás de ella, siempre nos decÃamos que querÃamos entrar. QuerÃamos ver ya saben esa impetud que uno tiene de querer entrar a lugares donde se dice ocurren cosas extrañas o que tienen detrás suyo una historia aterradora, como lo es en esta ocasión. Mi hermano mayor, el cual en ese tiempo tenÃa quince años, nos dijo que podrÃamos entrar. HabÃa una cierta hora. Cua cua cuan, Cuando mi padre llegaba de la parcela que nosotros nos librábamos de nuestros deberes. Por eso, de las siete y media de la noche, ocho de la noche, y podrÃamos decirle a nuestra madre que Ãbamos a salir a la casa de una tÃa. De esa manera podÃamos escabullirnos y entrar a aquella capilla. A mà me gustaba la idea de mis otros dos hermanos. También en aquel momento, nosotros éramos los mayores, seguimos el plan tal como lo habÃamos planeado, seguimos el plan a punta y lo conseguimos. A las siete y media de la noche Ãbamos rumbo a la capilla. Nosotros cuatro, llevábamos veladoras más que nada para usarnos, porque era más que seguro que adentro. Solamente habÃa oscuridad y pese que no tenÃa techo y que la luz de la luna entraba por este. QuerÃamos irnos preparados. Ya estaba oscureciendo en aquel tiempo a las ocho. Prácticamente ya estaba la luna. Asà que cuando entramos a la casa y en lo que estuvimos ahà nos alcanzó la noche, esta capilla tenÃa un segundo piso. Nos subimos a él. Empezamos a juguetear con las cosas que encontrábamos. Si bien tenÃan unos buenos años de que habÃa pasado este incendio, se notaba que nadie habÃa entrado a llevarse cosas. Nosotros tampoco planeamos llevarnos cosas, pero si las estábamos agarrando, estábamos jugando con ellas collares, pulseras, hechas de metal, algunas de oro. Estábamos en el segundo piso. En este segundo piso habÃa un balcón hacia adentro, por el cual se podÃa ver todo el piso de abajo. Estábamos platicando, estábamos jugando, cuando en eso de pronto empezamos a escuchar unas voces que provenÃan de abajo. Las voces eran muy caracterÃsticas. Eran las voces de unas señoras, unas señoras que estaban haciendo conjuros ahà abajo. Mi hermano fue el primero que se asomó y a partir de lo que vio, él no pudo articular palabra. Su boca habÃa quedado sellada, como si el miedo le impidiera hablar. Yo también me fijé y vi en ese momento a las cinco brujas que se encontraban allà abajo. Todas ellas se encontraban en cÃrculo diciendo unas extrañas cosas y en el momento en el que nosotros, cuatro las estábamos observando desde arriba. Fue precisamente en ese momento en el que las brujas alzaron su cabeza y nos observaron la adrenalina recorrió todo nuestro cuerpo y eso fue lo único que nos dio valor para aventarnos. Desde el segundo piso. Fuimos hacia una ventana. Salimos por esa ventana, escalamos como pudimos la pared toda desgastada, toda de piedra. Yo en eso me caà y terminé cayendo de centón arriba de las pacas. HabÃa pacas acomodadas, todas chamuscadas. Pero lo bueno es que precisamente estas vacas retuvieron la caÃda, la caÃda de los cuatro, porque no podÃamos escalar la pared. CaÃmos en estas vacas y acto seguido, Comenzamos a correr, a correr como locos entre la parcela y después entre el monte. SabÃamos en qué dirección estaba el pueblo, pero no podÃamos seguir por el camino, ya que al volter hacia atrás vimos como la silueta de estas cinco mujeres salÃan de la capilla y comenzaban a perseguirnos. Nosotros, los cuatro continuamos corriendo, nos caemos varias veces y con la misma nos levantamos. No cedimos hasta trepar aquel muro y entrar al pueblo. Estábamos muy asustados. Obviamente, al llegar a a nuestros padres se enojaron con nosotros. Creyeron que hayamos hecho alguna travesura por el estado en que venÃamos. VenÃamos y preventilando, sudando cansados, pero no les dijimos nada. Obviamente, no se van a soblar los regaños si les decÃamos que habÃamos ido a la capilla de las Brujas, asà se le conocÃa en aquel pueblo. Después de esta experiencia, no quisimos volver a pasar por ese lugar en algún tiempo y, por suerte, al pasar los años se derrumbó aquella capilla. Pero eso sÃ. Lo que se dice y lo que se cuenta es que el espÃritu de las brujas aún sigue suelto por ahà y que de vez en cuando aparecen. Ahora tengo más de treinta años que no he vuelto a mi pueblo y pese a que debido al tiempo he olvidado algunos lugares y otros tantos, están completamente cambiados. Esta capilla, su forma como quedó después del incendio, sus escaleras, sus escombros, la silueta de aquellas brujas, esas no las he olvidado. Las recuerdo perfectamente con todos sus detalles y dudo mucho que algún dÃa las borre de mi mente o la cripta y toda la Comunidad. Mi nombre es Lorenzo. A continuación, lo que les quiero platicar es una experiencia que tuve cuando tenÃa cerca de quince años verán para explicarles algo mejor mi situación que vivÃa en aquel tiempo. Les tengo que contar las cosas que vivà en mi niñez. Me fui de la casa de mi abuela cuando era muy joven. TenÃa aproximadamente unos nueve años. Jamás conocà a mis padres, jamás conocà a mi madre. No tenÃa familiares cercanos y la verdad la vida en la casa de mi abuela no era una vida muy cómoda para un niño. No voy a caer en detalles, pero preferÃa mil veces vivir en la calle que vivir en esa casa. Y a los nueve años decidà salirme huir. Simplemente estuve recorriendo algunos Estados. Obviamente recibà algunas ayudas del Gobierno, pero jamás decidà quedarme o ir a un orfanato. No creÃa en lo que podÃa ser una familia no creÃa en nada de eso, nada de la familia feliz por asà decirlo. Por ende, no creà que una familia podrÃa ser funcional. Les cuento que era el año cerca del noventa y siete. Era una época totalmente diferente a la de ahora. Yo tenÃa quince años y parece entonces yo estaba trabajando en los semáforos, lavando para brisas, haciendo shows, haciendo lo que sea para llevarme un pan a la boca. Esto se desarrolla en el Estado de Querétaro. Cuando llegué a Querétaro habÃa conocido a un niño más o menos también por mi edad. Este niño se llamaba Gustavo. Gustavo venÃa de una familia pobre. Su padre y su madre trabajaban en empleos que no eran muy bien remunerados y tenÃan una familia muy numerosa. Pero Gustavo siempre tenÃa el sueño de salir adelante bueno por asà decirlo. Ãl soñaba con mucho dinero, lujos casas mujeres para variar cada dÃa de la semana y siempre decÃa que lo iba a conseguir lo. Dejé de verlo aproximadamente un año, cuando de pronto, de nuevo, en el semáforo en el cual yo estaba trabajando, lo vi que venÃa bueno. Yo no lo vi la verdad no lo no lo alcancé a identificar, ya que traÃa casco. Ãl iba en una motocicleta. TenÃa el caso unos dieciséis años. Ahora me saludó, nos detuvimos y platicamos. HabÃamos sido unos buenos amigos, a pesar de que habÃamos compartido poco tiempo. Ãl me empezó a decir que le habÃa ido muy bien, que le estaba yendo muy bien en su vida, que habÃa conseguido un buen trabajo y que, por fin se habÃa mudado de la casa de sus padres, que habÃa comprado la moto y que todo pintaba bien para el futuro. Yo le dije que muy bien por él, que yo quisiera que me fuera asÃ, ya que prácticamente desde que nos dejamos de ver y hasta que nos vimos de nuevo, yo seguà en las mismas, seguÃa ganando casi el mismo dinero, viviendo en las mismas condiciones, si bien no vivÃa en la calle por mi edad me daban la oportunidad de quedarme en un albergue. Yo querÃa tener mi propia casa, querÃa tener mi propio departamento, tan solo mi propio cuarto, algo que no me podÃa dar el lujo en ese momento. En ese momento, Luis me dijo que no solamente depende de la vida, que no solamente depende de tu educación o de cómo te está yendo, sino también de tus creencias para recalcarles a TI y a tu comunidad y un hombre que crea en alguna religión. De hecho, por las cosas que vivà en mi niñez, en mi adolescencia, la verdad es que le tenÃa un cierto repudio a la Iglesia, pero en general, a los católicos, a los cristianos. No me hallaba con sus creencias. No podÃa creer que existir un dios que nos daba la vida y que nos trazaba el camino, porque si asà fuera, en definitiva, ese dios no estaba de mi lado por tan mal que me habÃa ido desde que habÃa nacido. Prácticamente, él me dijo que no era una religión que adurara un dios, sino más bien que él en su religión, en la religión que profesaba en aquel momento. Ellos adoraban al diablo, eran satamistas, una convocatorias asà cada fin de semana y me decÃa que desde que cambió sus creencias y estaba en ese grupo, en ese grupo satánico, le habÃa ido muy bien en la vida, no de la noche a la mañana, pero sÃ, paulatinamente habÃa estado mejorando todo todo en su vida, habÃa estado mejorando. Ãl me invitó a ser parte de esta. Yo un poco escéptico, acepté pensé entre mà y que no cambiaban las oraciones, que no cambiaba en ciencia a lo que iban a las iglesias, ya que me platicó queas en oraciones hacÃan rezos, pero en vez de adorar al de arriba, iban a durar al de abajo. Yo no tenÃa miedo, al menos en ese momento. Llegó el fin de semana. Fui al punto donde me quedé de ver con Gustavo y él me llevó hasta una casa, una casa que por fuera se veÃa y no deteriorada, pero sà bastante sucia, como que estaba sin cuidados habÃa una reja y habÃa un candado. Ahà esperamos hasta que llegaron los demás miembros. La casa pertenecÃa a uno de ellos. Era una casa enorme, pero al entrar me di cuenta de algo. La puerta principal por la que accedimos a la sala no tenÃa manijas. ParecÃa ser que el único acceso que impedÃa la casa era la puerta de fierro. La puerta de madera que daba acceso a la casa a su interior no tenÃa perilla, no tenÃa nada. Simplemente era un agujero. Empujamos la puerta, entramos y se me dio la orden de simplemente ver que esta reunión simplemente me iba a ayudar a mà a entrera en conexión con ellos y a ver si los espÃritus, claramente los demonios, aceptaban mi presencia. Yo hice lo que me dijeron. Me quedé parado simplemente atrás de ellos conmigo éramos diez personas las que estábamos ahà empezaron a hacer los rezos, unos rezos en una lengua la cual yo no comprendÃa. Empezaron y empezaron y llegó el momento en que estas personas sacaron animales. Miren. Yo no soy un tipo religioso, ni tengo ninguna creencia, pero los animales le quitaron la vida a los animales en la reunión. Eso para mà ya era demasiado. Constaban de gatitos conejitos. Para ese momento yo tenÃa más que claro que no volverÃa a ninguna reunión. Pero las cosas no terminaron ahÃ. Las cosas empeoraron conforme me pasó la noche. A mà se me habÃa dicho una advertencia. Era una advertencia antes de entrar a la casa y era que, una vez una vez que la reunión hubiera empezado, nadie, absolutamente nadie, aunque solamente estuviera observando, ninguna persona podÃa salir de esa casa en ese momento, hasta que la celebración terminara. Obviamente pensé que esta era una regla de ellos, pero cuando intenté salir, me di cuenta que más que una regla, era algo que prácticamente no se podÃa hacer. Yo ya me está estaba poniendo nervioso. TenÃa miedo. Solamente habÃa la luz de las veladoras que habÃan puesto y en ese momento todos nos encontrábamos en la sala parados casi en rueda, en cÃrculo y atrás de nosotros habÃan unas bancas. Esas bancas se quedaban ahà sin nadie. Yo pensé que era para sentarnos, pero ellos me dijeron que no. Al volter hacia atrás, al comenzar a caminar lentamente, ya que no querÃa hacer ruido, todos ellos se encontraban con los ojos cerrados rezando. Obviamente, yo no querÃa interrumpir. Yo me querÃa salir sin hacer el menor ruido. SabÃa que la puerta de madera no tenÃa manija y que la puerta de fierro en ese momento le habÃan quitado el candado, por lo que nada me obstruÃa a salir corriendo de ahÃ. Pero cuando voltea hacia atrás, me di cuenta que no estábamos solos. HabÃa unas personas, unas personas que se encontraban precisamente sentadas en estas bancas que habÃa visto tan solo minutos antes. Pensé que en ese momento, a lo mejor eran más miembros y que se habÃan sentado ahà cuando no les estaba poniendo atención. Pero era el aspecto de estas personas lo que me desconcertaba, ya que en su altura se podÃan ver que eran niños ojo y recalcu esto solamente en su altura, ya que su cara, su cabeza era la de un viejo, era la de un anciano, pero no un anciano normal. TenÃan protuberancias. Su cara estaba hasta cierto punto deforme. Algunos en la frente, otros en los pómulos, otros en la boca. TenÃan defectos, tenÃan deformaciones en la estatura. Les podrÃa decir que ninguno de ellos superaba el metro con veinte, el metro con treinta. Estas personas no tenÃan los ojos cerrados. Estas personas me estaban observando y observando los diferentes miembros de la reunión. Aún asà decidà salirme. De ahà caminé hasta la puerta. Traté de empujarla, pero no podÃa abrir. La puerta no estaba asegurada algo la estaba deteniendo, ya que yo, al empujarla, se abrió un poco, pero de nueva cuenta habÃa una fuerza desde afuera hacia adentro que la empujaba y la mantenÃa cerrada. Estas personas que les digo estas personas diminutas me seguÃan observando, me ponÃan una mala cara como de disgusto. Yo volvà hacia el centro. Miraba por las ventanas que estaban ambos lados y, en efecto, podÃa ver que no estábamos solos. PodÃa haber sombras de personas que se paraban en la ventana y después caminaban otro sitio, como si nos estuvieran cuidando, como si nos estuvieran observando o peor aún como yo lo vi en ese momento, como si nos estuvieran excluyendo del mundo, como si ellos supieran que no debÃan de dejarnos salir hasta que las oraciones hubieran terminado. No tuve de otra. Me quedé ahà dos horas que se me volvieron una eternidad por completo. Terminamos las oraciones, el lÃder se paró los cuerpos de los animales yacÃan en el piso y justo cuando estábamos saliendo. Me preguntó qué. Tal me habÃa parecido que él habÃa notado que yo habÃa estado algo inquieto. Yo le dije que sÃ, que, en efecto, tenÃan miedo de todo lo que habÃa visto. Ãl me dijo que sÃ, querÃa formar parte de esta organización, tenÃa que poner más de mÃ, ya que por ahora los demonios y asà lo dijo él no me habÃan querido, no habÃan querido hacer un pacto o no habÃan querido hacer algún trabajo conmigo. No me querÃan apoyar en mi vida, que debÃa demostrarles aún más lealtad, como todos en esa habitación. Yo, para librarme de ese momento que francamente ya me querÃa ir, le dije que sà y que para la próxima vez yo pondrÃa más de mÃ, irÃa con la mente abierta e incluso harÃa las oraciones junto con ellos, pero eran mentiras. Ya no me presenté al fin de semana siguiente. Por suerte, a los pocos dÃas se me ofreció un trabajo de mesero. El trabajo era sin paga, pero al menos me podrÃa llevar lo que me dejarán de propina. El trabajo me pareció más estable y sacaba más dinero de lo que se acaba en el semáforo, asà que lo tomé sin pensarlo mucho. A Gustavo. Lo dejé de ver aproximadamente un año, pero la experiencia con él no se terminó. HabÃa pasado un año exactamente después de lo que habÃa pasado con esta experiencia. Cuando de nueva cuenta vi a Gustavo, esta vez, Gustavo, por los viejos tiempos, me invitó su departamento. Ya tenÃamos diecisiete años a punto de cumplir dieciocho. Me sorprendà bastante de lo que vi Gustavo habÃa pasado de vivir a un estilo similar al mÃo, en un albergue, a tener su departamento, a tener aire acondicionado, a tener una estufa, a tener que comer. No le faltaba que comer, si bien su departamento no estaba en una zona muy lujosa, pero si era algo pudiente, tenÃa televisión, tenÃa aparatos electrónicos, sin duda alguna la habÃa estado yendo muy bien. En este último año estuvimos platicando de algunas cosas. Cuando salió al tema que si él todavÃa era satánico, él me vio y me sonrió. Después me dijo que no ves todo lo que he conseguido. Claro que todavÃa lo sogue y esto te trae muchas ventajas, ventajas que tú no quisiste. Pero lo que me dijo después fue el detonante en que jamás le volviera a hablar. Incluso hasta hoy en dÃa, él me dijo que habÃa hecho un pacto, habÃa hecho un trato y que lo volverÃa a hacer en cualquier momento si otra vez se le presenta la oportunidad de nuevo lo harÃa y era que ahora, dentro de él le habÃa dado el acceso a uno de los entes. Yo me le quedé mirando fijamente y le dije pero qué me estás diciendo, estás poseÃdo. Ãl se me quedó sonriendo y di sindo. Simplemente me contestó se tienen ciertas ventajas. No es como en las pelÃculas. Incluso puedo leer a las personas antes de conocerlas. Tú y yo será la última vez que conversemos. Dicho y hecho, después de esta plática, no volvà a ver a Gustavo. Sé los lugares por los que habita? Sé los lugares por los que comúnmente se moverá y sé que aún tiene ese sueño de tener mucho dinero, de tener carros, de tener poder, y me quedo aún más claro que está dispuesto a ofrecer lo que sea por obtenerlo. Yo ahora estoy bien soy padre de familia y pese que sigo trabajando para que el pan no falte, no estarÃa dispuesto a hacer un sacrificio como el que hizo él. Simplemente creo que el trato te ofrece muy poco, como lo es el dinero, las viviendas, el poder, por mucho que creo que es tu alma. Esa fue mi experiencia, una experiencia que tuve con una secta satánica. Espero les haya gustado mando saludos a toda la Comunidad, desde Baja California, donde me encuentro ahora. Espero les haya gustado mi experiencia




