Operativo Zona De Rituales: El Operativo Que Quedó Prohibido - Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi nombre es Miguel Ãngel Ortega. En ese tiempo era cabo segundo y pertenecÃa a una unidad especial de reconocimiento. Ãramos tres en esa salida, el capitán Arturo Mendoza, el sargento López y yo. Nos mandaron a buscar a una patrulla que habÃa dejado de reportarse en la selva. La orden era entrar, ubicar a los militares, confirmar su estado y sacarlos si seguÃan con vida. Recuerdo que nos dieron pocos datos antes de salir. La patrulla perdida era de cinco hombres y el último mensaje habÃa llegado cortado, con una ubicación incompleta y sin explicación de lo que pasaba.
0:45 En el destacamento hablaron de terreno difÃcil, fallas de comunicación y posible presencia de hombres armados. Nadie habló de nahuales y nadie mencionó animales extraños. Para nosotros era una misión de rescate, peligrosa pero normal dentro del trabajo. Entramos por una brecha vieja y luego seguimos a pie. Mendoza iba adelante, López llevaba el radio principal y yo cerraba la marcha. Avanzamos despacio, con distancia corta entre nosotros, porque el monte estaba cerrado y el suelo se hundÃa en varias partes. Al principio encontramos señales que tenÃan sentido. pisadas de botas, una rama cortada con machete y una tira de tela verde atorada en un arbusto. Esas señales confirmaban que la patrulla habÃa pasado por ahÃ. Más adelante encontramos una mochila militar cerca de un arroyo. Era del soldado Vélez, uno de los desaparecidos. Mendoza la revisó sin movernos mucho del lugar.
1:48 Luego ordenó guardarla como evidencia. No habÃa sangre alrededor, tampoco vimos señales de arrastre. Eso nos puso más alertas, porque abandonar una mochila en esa zona significaba pérdida de control, ataque o huida. Cruzamos el arroyo y seguimos. A los pocos minutos escuchamos una voz entre los árboles. Era grave, clara y cercana. Dijo,« Váyanse de nuestro territorio». Nadie disparó y nadie respondió. Mendoza levantó la mano para detenernos. López se agachó junto a un tronco y yo apunté hacia el lugar donde escuché la voz, pero no vimos a nadie.
2:29 La voz volvió, pero ahora desde otro punto. Dijo, regresen por donde entraron. López intentó comunicarse con la base, pero el radio soltó estática. Mendoza nos ordenó mantenernos juntos y avanzar unos metros, hasta una parte con árboles más gruesos. TodavÃa cabÃa la posibilidad de que hubiera una persona escondida, un grupo intentando asustarnos o un militar herido, usando lo que le quedaba de voz. Por eso seguimos, aunque ya sabÃamos que algo no estaba bien. Caminamos poco y, unos pasos después, escuchamos ramas quebrarse al frente. El sonido venÃa directo hacia nosotros, pesado y lento. Mendoza cerró el puño para detenernos. Yo apoyé el hombro contra un árbol. López cubrió el lado derecho y el capitán sostuvo el frente.
3:21 Entonces lo vimos salir. Era alto, más alto que nosotros. TenÃa pelo oscuro en el cuerpo, hocico largo, colmillos visibles y manos con garras. Caminaba sobre dos piernas, no llevaba ropa y no llevaba armas. Se colocó en medio del paso y no cerró la ruta. Sus ojos iban de uno a otro sin apartarse mucho tiempo de Mendoza. lópez respiraba fuerte yo tenÃa el fusil arriba con el dedo fuera del gatillo mendoza mantuvo el arma lista pero no disparó ni levantó la voz el ser abrió la boca y habló con palabras claras si siguen caminando van a pagar las consecuencias los hombres que buscan entraron donde no debÃan esta zona es nuestra mendoza respondió sin moverse de su lugar Dijo que éramos militares, que buscábamos a nuestra gente y que nos retirarÃamos si los entregaban vivos. El ser mostró más los colmillos y contestó. Ya se les advirtió.
4:25 En ese momento, escuchamos movimiento a los lados. Miré de reojo y vi cuerpos grandes entre los árboles, cubiertos de pelo, moviéndose alrededor de nosotros. No se acercaban de frente, pero cerraban el espacio. Mendoza entendió el riesgo. Ãramos tres, estábamos lejos del destacamento, sin radio confiable y rodeados. No tenÃamos una lÃnea clara de salida si aquello se convertÃa en combate. El capitán nos dio la orden con voz baja, retroceder despacio, sin dar la espalda y sin disparar. López dudó un instante, y yo también dudé. La patrulla seguÃa perdida y la mochila de veles pesaba en mi espalda. Pero la orden era clara. Empezamos a retroceder. yo di los primeros pasos hacia el arroyo lópez se movió conmigo y mendoza se quedó al frente cubriendo la retirada el ser alto avanzó un paso mendoza levantó la mano izquierda y dijo nos vamos el ser se detuvo y las otras figuras dejaron de moverse ninguna atacó y ninguna se retiró sólo nos observaron mientras regresábamos por donde habÃamos llegado cruzamos el arroyo sin hablar El agua nos llegó abajo de la rodilla y el ruido de la corriente tapó por unos segundos los sonidos del monte. Del otro lado, Mendoza nos reunió detrás de unos árboles y revisó la brújula. López probó de nuevo el radio, pero seguÃa fallando. El capitán tomó
5:58 la decisión ahà mismo. La misión de rescate quedaba suspendida en ese punto. Dijo que seguir con tres hombres era entregar otra unidad. López le recordó que habÃa soldados desaparecidos. Mendoza no discutió y le respondió que lo sabÃa, que por eso tenÃamos que salir y reportar lo ocurrido. Añadió que una orden no valÃa más, que los únicos testigos capaces de informar dónde estaba la patrulla, qué habÃamos encontrado y qué clase de amenaza bloqueaba el paso. No hubo más palabras. Iniciamos la retirada con el mismo cuidado, aunque ya nada se sentÃa igual. Llevábamos la mochila, unas fotos del terreno y la certeza de haber visto algo que ningún reporte iba a aceptar completo. En ese momento pensé que obedecer la advertencia nos bastarÃa para salir. Después entendà que el monte todavÃa no habÃa terminado con nosotros. Durante la retirada, recuerdo que el monte cambió de una forma que pudimos comprobar con hechos. Las marcas que habÃamos dejado para regresar ya no estaban en varios puntos. Algunas ramas cortadas aparecÃan dobladas hacia otra dirección y más de una vez escuchamos pasos cerca sin ver a nadie. Mendoza revisó la brújula, miró el terreno y nos ordenó dejar de seguir las señales anteriores. Desde ese momento avanzamos con rumbo fijo y memoria del camino. López iba en medio, con
7:28 el radio pegado al pecho y la mirada puesta en los lados. No transmitÃa, solo escuchaba. La estática entraba por momentos, se cortaba y volvÃa. Mendoza le ordenó ahorrar baterÃa hasta llegar a una zona más abierta y López obedeció, pero lo vi apretar la mandÃbula. QuerÃa pedir apoyo. Yo también querÃa oÃr una voz de base, una indicación normal, algo que nos sacara de esa sensación de encierro. Seguimos caminando con pasos cortos. El capitán mantuvo la formación cerrada, él adelante, López al centro y yo atrás. Cada pocos metros volteaba hacia la retaguardia. OÃa ramas moverse y hojas pisadas. Dos veces vi cuerpos entre los árboles. Uno avanzó bajo, apoyado en manos y pies. Luego se levantó y se perdió detrás de la vegetación. Otro cruzó más lejos. Grande, cubierto de pelo, sin acercarse. No atacaban, solo nos seguÃan. Poco después encontramos un casco militar junto a un árbol. TenÃa el apellido Salgado escrito por dentro. Salgado era uno de los desaparecidos. El casco estaba partido de un lado y no habÃa cuerpo cerca. López quiso guardarlo, pero Mendoza le ordenó dejarlo. Ya llevábamos la mochila y no podÃamos cargar todo lo que encontráramos. López protestó, dijo que era evidencia y que pertenecÃa a uno de los nuestros. Mendoza le
9:01 respondió que la mochila bastaba por el momento y que salir con vida era la prioridad. López dejó el casco en el suelo, pero lo hizo con rabia. En cuanto se incorporó, la voz volvió detrás de nosotros. Dijo que no tomáramos nada de ese lugar. La escuchamos clara, cerca, sin ver al que hablaba. Mendoza respondió que ya nos estábamos retirando y la voz ordenó que camináramos más rápido. Luego, algo golpeó un tronco a la izquierda y otro golpe respondió a la derecha. Mendoza levantó el puño, nos detuvo un segundo, revisó ambos lados y nos hizo seguir. No corrimos, pues el terreno no lo permitÃa y correr podÃa separarnos.
9:48 Bajamos por una parte lodosa con cuidado de no perder pie. Ahà López resbaló y cayó sobre la rodilla. Se levantó de inmediato pero empezó a cojear y Mendoza le preguntó si podÃa continuar. López dijo que sÃ, aunque su forma de apoyar la pierna decÃa otra cosa. Le ajustamos la carga, redujimos el paso y seguimos hacia el sur. El radio volvió a sonar más adelante. Primero entró estática. Después, una voz de hombre dijo el apellido de Mendoza. El capitán tomó el aparato y pidió la clave de identificación. La voz no dio clave. Repitió que la patrulla seguÃa viva, que uno de los hombres necesitaba ayuda y que debÃamos regresar al norte. López miró al capitán con la cara tensa.
10:37 Yo también escuché el mensaje y sentà el golpe en el estómago. porque la posibilidad de un sobreviviente cambiaba la misión. Mendoza escuchó unos segundos más, luego apagó el radio. Dijo, ninguna voz sin clave nos va a dirigir dentro del monte. López respondió que podÃa ser un herido, alguien confundido o sin fuerza para seguir el protocolo. Mendoza le contestó que también podÃa ser una trampa y que ya habÃamos visto suficiente para no obedecer voces salidas del monte. seguimos el camino se cerró más tuvimos que pasar entre raÃces y troncos bajos yo iba atento a la espalda de lópez porque su pierna fallaba en cada bajada después encontramos el cuerpo de salgado estaba sentado contra un árbol con el uniforme roto y el cuello torcido no tenÃa arma tenÃa las manos atadas con parte de su propio equipo mendoza nos detuvo antes de acercarnos El cuerpo estaba colocado en medio del paso, visible desde nuestra ruta. Tomamos fotos desde donde estábamos, pero nadie lo tocó. Entonces apareció el Nahual.
11:49 Salió entre los árboles, a pocos metros del cuerpo, con un fusil militar en la mano. Lo tiró al suelo. Mendoza no disparó. Y López levantó el arma, pero el capitán le ordenó bajar el cañón. El Nahual habló con la misma voz que habÃamos escuchado antes. Dijo que Salgado habÃa disparado primero. Dijo que los otros corrieron y que uno seguÃa vivo, pero ya no iba a salir. Mendoza preguntó dónde estaba ese hombre, pero el Nahual contestó que si dábamos un paso hacia el norte, el capitán perderÃa a los dos soldados que lo acompañaban. López apretó el fusil con las dos manos. Yo vi que estaba cerca de desobedecer, pero Mendoza se acercó a él sin dejar de mirar al frente. y repitió la orden de bajar el arma. López tardó unos segundos, luego obedeció. El Nahual no sostuvo la mirada, no avanzó y no atacó. Dijo que saliéramos antes de que bajara la luz, después retrocedió entre los árboles y desapareció. Mendoza ordenó movernos. López se quedó detenido y dijo que si uno seguÃa vivo tenÃamos que intentar sacarlo. El capitán le respondió que no habÃa forma de hacerlo con tres hombres, sin apoyo, con el radio comprometido y con nosotros rodeados. Le dijo que regresar al norte no era un rescate, era entregar otra unidad.
13:18 López respiró fuerte, miró hacia donde el Nahual habÃa desaparecido y siguió caminando. Dejamos el cuerpo de Salgado atrás. Recuerdo ese tramo con claridad porque nadie habló. Solo se oÃan nuestros pasos, la respiración de López y los movimientos entre los árboles. Yo entendà ahà que la misión ya no era traer a la patrulla completa. La misión era salir, llevar la mochila de Vélez, las fotos de Salgado y el reporte de lo que nos habÃa cerrado el paso. Eso era poco para cinco hombres perdidos, pero era lo único que todavÃa podÃamos sacar del monte. Recuerdo que la luz bajó antes de que encontráramos la salida. Bajo los árboles el camino se cerraba más. López caminaba mal por la rodilla, apoyaba la pierna con cuidado y tardaba en reaccionar, cuando Mendoza daba una orden. El capitán cambió la formación, me mandó al frente para buscar terreno abierto, dejó a López en medio y se quedó atrás cubriendo la retaguardia.
14:22 Ya no seguÃamos las marcas de entrada, porque varias habÃan sido movidas y no podÃamos confiar en ellas. Avanzamos con la brújula y con lo poco que yo recordaba del camino. En una parte baja escuchamos un grito. VenÃa del norte. Era un hombre pidiendo ayuda. López se detuvo, levantó la cabeza y dijo que era Vélez. El grito volvió, más claro, y esta vez usó su apodo. López dio un paso hacia esa voz. Mendoza lo sujetó del chaleco y le ordenó seguir caminando. Pero López respondió que no iba a dejar a un compañero que lo estaba llamando. Mendoza le habló de frente, sin gritar. Puede ser Vélez, pero también puede ser una trampa. Aunque sea él, no podemos sacarlo con tres hombres y sin apoyo. López apretó el fusil y miró hacia el norte. Yo también escuché el grito y reconocà el miedo en esa voz. Pero no habÃa ruta limpia, no habÃa comunicación estable y tenÃamos movimiento alrededor.
15:27 Tres figuras aparecieron entre los árboles, una quedó delante de nosotros, otra a la izquierda y otra detrás. No corrieron, no se lanzaron, solo ocuparon posiciones. Después salió el Nahualalto, el mismo que nos habÃa detenido antes. TraÃa un pedazo de uniforme colgando de una mano. No supimos si era de Vélez o de otro de los desaparecidos. López levantó el fusil y apuntó al pecho de esa cosa. Mendoza le ordenó bajar el arma, pero López no obedeció. El Nahual habló con voz clara. El que grita todavÃa respira, pero ya no sale. Si van por él, lo ven morir antes de tocarlo. Y el grito volvió más débil. López lloraba, pero mantenÃa el fusil arriba. Mendoza se puso entre él y el ser. Tomó el cañón con una mano y lo bajó despacio.« Si disparas, nos matas a todos», le dijo.
16:26 López bajó el arma y el grito se cortó de golpe. No escuchamos disparo, golpe ni carrera. Solo quedó el monte quieto, con las figuras mirándonos desde los lados. Mendoza nos ordenó avanzar, pero esta vez caminamos más rápido, pegados unos a otros. Detrás se oÃan ramas moviéndose, pasos pesados y respiraciones cercanas. Nos seguÃan a la misma distancia. Cerca de la brecha, López cayó. Una mano cubierta de pelo salió de un matorral y le cerró los dedos sobre la bota. López gritó y cayó boca abajo. Mendoza disparó al suelo, junto al matorral. La mano lo soltó. Yo lo jalé del chaleco y lo arrastré hacia atrás. TenÃa la pantorrilla abierta, con cortes profundos y sangre bajando hasta la bota. Mendoza puso el torniquete. Yo apreté una venda contra la herida y López dijo que el pie se le estaba durmiendo.
17:24 No podÃamos cargarlo bien ni dejarlo en el suelo. Lo levantamos entre los dos. Yo tomé su brazo derecho y parte de su peso. Mendoza sostuvo el otro lado y cubrió hacia atrás, cada vez que el terreno nos obligaba a detenernos. Los nahuales dejaron de ocultarse. Los veÃamos moverse entre los árboles, unos apoyados en manos y pies, otros caminando erguidos. Conté varios cuerpos alrededor. Luego dejé de contar. ninguno atacó de frente nos fueron llevando hacia la salida cuando vimos la brecha el radio recuperó la señal Mendoza tomó el aparato y transmitió reportó que salÃamos con un herido que habÃamos tenido contacto con una amenaza desconocida y que necesitábamos extracción médica no habló de Nahuales por radio en ese momento importaba sacar a López sostener la posición y mantenernos vivos hasta que llegara apoyo Nos colocamos junto a la brecha de frente a la selva. López estaba pálido y temblaba. Yo seguà presionando la venda y Mendoza apuntó hacia los árboles. Pasaron varios minutos sin movimiento. Luego el Nahual apareció en el lÃmite del monte, pero no cruzó.
18:41 Se quedó en la primera lÃnea de vegetación y habló por última vez. Tres entraron y tres salen porque obedecieron al final. Los otros pagaron por entrar armados y disparar. Y si vuelven con más hombres no sale ninguno. Después retrocedió y desapareció. La camioneta llegó poco después. Nos sacaron de la zona y llevaron a López al puesto médico. Salvó la pierna pero perdió movilidad en el tobillo. Mendoza entregó la mochila de Vélez, las fotos y el reporte de contacto. No entregamos cuerpos y no recuperamos a los demás. Nuestras pruebas fueron pocas. Una mochila, fotos tomadas a distancia, la herida de López y tres declaraciones que no encajaban con la versión que querÃan escribir. Al dÃa siguiente entró un grupo más grande con perros y apoyo desde el aire.
19:35 Llegaron hasta el arroyo y encontraron el cuerpo de Salgado, en un punto distinto al que nosotros habÃamos reportado. alguien lo movió después de nuestra salida no encontraron a Vélez ni a los otros tres los perros se frenaron en una parte del recorrido dos drones cayeron por falla de señal y el operativo se cerró por riesgo para el personal el informe oficial habló de grupo armado fauna de la zona y desorientación en terreno difÃcil a nosotros nos tomaron declaración por separado nos pidieron quitar partes del reporte para dejar una versión aceptable Mendoza se negó, y López también.
20:17 Yo escribà lo que vi y firmé con mi nombre. Con el tiempo, Mendoza pidió su baja. López quedó en labores administrativas. Yo seguà en servicio, pero nunca acepté volver a esa zona. La patrulla quedó registrada como caÃda en operación y solo recuperaron un cuerpo. Las familias recibieron ceremonias, documentos y banderas, y eso fue todo. Entramos a rescatar militares y salimos con un herido, una mochila y una advertencia que nadie quiso poner completa en el informe. Entramos al asentamiento antes del amanecer. Ãramos tres, el capitán Rivas, el sargento Molina y yo, el cabo Arce. La orden era revisar el lugar, confirmar si habÃa personas viviendo ahÃ.
21:12 y retirarnos si el riesgo superaba lo que podÃamos manejar. En los reportes civiles, el sitio aparecÃa mencionado como un asentamiento de brujas, pero para nosotros seguÃa siendo una zona sin verificar. No Ãbamos a detener a nadie sin apoyo, y Rivas dejó claro desde el inicio que nadie se separarÃa. Dejamos el vehÃculo a distancia y seguimos a pie. El camino tenÃa lodo, ramas y marcas viejas de paso. Rivas iba adelante. Molina llevaba la radio y yo cubrÃa la retaguardia. Desde los primeros metros encontramos huesos colgados en los árboles. Algunos estaban atados con hilo negro, otros estaban quebrados. Molina los miró sin tocarlos y comentó que podÃan ser de animales.
22:01 Rivas le ordenó seguir y no mover nada. Llegamos al claro cuando todavÃa habÃa poca luz. Vi varias chozas alrededor, huesos en algunas entradas, ramas clavadas en el suelo y ceniza extendida en distintas partes. En el centro habÃa una estructura usada para rituales. Cerca de ella el piso tenÃa marcas hechas con ceniza y algunas formaban pentagramas. Rivas observó el lugar unos segundos, levantó la mano y nos indicó avanzar despacio. La prioridad era revisar si habÃa civiles dentro. Entramos primero a una choza cercana. Molina grabó lo necesario. Yo me quedé en la entrada, mirando las demás chozas y escuchando los alrededores. Adentro habÃa velas apagadas, restos de cera y huesos sobre una mesa, pero no vimos a nadie.
22:54 El lugar tenÃa señales de uso reciente. HabÃa pisadas sobre la ceniza y mantas movidas en algunas entradas. En la segunda choza encontramos ropa vieja, frascos cerrados y más huesos. No vimos comida, camas limpias ni señales normales de una familia viviendo ahÃ. Molina comentó que el lugar no coincidÃa con un campamento común. Rivas le pidió registrar lo básico y salir. En ese momento escuché una risa al otro lado del claro. Levanté el arma y avisé. Los tres nos quedamos quietos. La risa volvió a escucharse. Era una voz de mujer, aguda, corta y muy limpia. VenÃa de algún punto entre las chozas. Rivas ordenó en voz alta que cualquier persona presente saliera con las manos visibles, pero nadie respondió. Molina intentó comunicarse con la base, pero la radio soltó estática. Yo vi movimiento junto a una choza pequeña y apunté hacia esa entrada. Rivas me ordenó bajar el cañón hasta tener un blanco confirmado. Avanzamos hacia el centro.
24:02 y ahà vimos mejor los pentagramas de ceniza. HabÃa varios, algunos completos y otros pisados. También habÃa cuerdas, recipientes quemados y marcas de rodillas en el suelo. Rivas no se detuvo a explicar nada, revisó con la vista, señaló el camino que debÃamos seguir y nos mantuvo juntos. No habÃa personas heridas a la vista, no habÃa cuerpos y tampoco escuchábamos pedidos de ayuda. Mientras Molina tomaba fotografÃas, vi una sombra moverse detrás de una pared. Giré de golpe y avisé. Rivas fue conmigo hacia ese punto y ordenó salir a quien estuviera escondido, pero no salió nadie. La manta de la entrada se movió un poco y Molina iluminó el interior y no encontró personas. Rivas nos hizo retroceder al centro sin permitir que yo rodeara la choza solo. Los sonidos empezaron a cambiar de lugar. Una risa salió detrás de nosotros, otra desde una choza que ya habÃamos revisado y otra desde los árboles. Ninguna duró mucho, pues cada vez que intentábamos fijar la vista en un punto, el siguiente sonido aparecÃa en otra dirección. Yo sentÃa la presión en las manos por sostener el arma tanto tiempo, pero Rivas mantenÃa la voz firme y eso nos ayudó a no romper la formación. Molina dijo que la radio seguÃa sin respuesta, y Rivas decidió hacer una última revisión visual desde el centro y salir por el mismo camino. Antes
25:35 de movernos, escuchamos golpes dentro de varias chozas. Eran golpes suaves, secos, contra madera. Pregunté si ya podÃamos retirarnos. Rivas respondió que sÃ, pero ordenó hacerlo en formación, sin correr, hasta llegar al borde del asentamiento. Pasamos junto a la estructura central. Molina notó marcas nuevas sobre la ceniza. Eran lÃneas arrastradas en dirección a nuestras pisadas. No aseguró cuándo aparecieron, solo dijo que no las habÃa visto antes. Rivas le ordenó seguir. Yo caminé de espaldas por momentos, mirando las entradas de las chozas, porque ya no confiaba en dejar ningún punto sin vigilancia. Entonces escuchamos una risa más larga, pero esta vez no fue una sola voz, fueron varias y desde distintos lados. Rivas levantó la mano y nos detuvo. No vimos cuerpos, no vimos rostros, pero el lugar ya estaba activo alrededor de nosotros. HabÃamos entrado esperando encontrar un asentamiento abandonado o una comunidad escondida. Encontramos un sitio ocupado por personas que no daban la cara. conocÃan el terreno y respondÃan a cada movimiento con sonidos. Rivas cambió la orden.
26:51 Ya no revisarÃamos más chozas, Ãbamos a salir. Molina guardó la cámara y ajustó la radio. Yo cerré la formación. Avanzamos hacia la salida con las armas listas, sin disparar y sin perseguir nada. TodavÃa pensábamos que podÃamos retirarnos sin contacto directo. Antes de llegar al borde del asentamiento, vimos ramas cruzadas en el camino. esa entrada estaba despejada cuando pasamos yo lo recordaba bien porque habÃa cubierto la retaguardia desde ese punto molina confirmó lo mismo ribas observó el suelo y distinguió huellas descalzas cerca de las ramas algunas eran pequeñas otras más profundas pero todas iban hacia las chozas no hacia el bosque alguien se habÃa movido detrás de nosotros mientras revisábamos el lugar ribas ordenó no tocar las ramas todavÃa y buscar otra salida por el lado sur, manteniendo la formación cerrada. Nadie discutió la orden. Rivas eligió el lado sur, porque ahà habÃa menos chozas y más espacio para movernos. Molina quedó en medio con la radio y yo cerré la formación, mirando los costados y las entradas que dejábamos atrás. Avanzamos sin separarnos y cada pocos pasos se escuchaba una risa, siempre fuera de nuestra vista.
28:13 Cuando girábamos hacia un punto, el sonido salÃa de otro. Cerca de una choza pequeña vimos otro pentagrama de ceniza en el suelo. A un lado habÃa una estructura baja, usada para rituales. Rivas la revisó y siguió adelante. Y no dejó que Molina se detuviera a grabar más, porque ya tenÃamos material suficiente y la situación habÃa cambiado. Ya no estábamos haciendo una revisión completa. La orden era salir. conservar el registro y llegar al vehÃculo con los tres hombres vivos. Vi movimiento entre dos chozas y avisé. Rivas detuvo la marcha y ordenó que la persona saliera con las manos visibles, pero nadie salió. La respuesta fue una risa corta, más cercana que las anteriores. Después escuchamos pasos sobre hojas secas. Molina alumbró la zona, yo apunté hacia la entrada cubierta y Rivas decidió no entrar. Si habÃa alguien adentro, tenÃa ventaja. Si querÃan atraernos, no Ãbamos a regalarles la puerta. Seguimos hacia el sur. El terreno bajaba y se volvÃa más húmedo. Encontramos una zanja que cortaba el paso. No era profunda, pero cruzarla con equipo, armas y poca luz podÃa tirarnos al suelo. Rivas revisó el borde.
29:32 Molina propuso regresar a la entrada bloqueada y cortar las ramas, y yo apoyé esa opción. Saltar ahà no valÃa el riesgo. Rivas aceptó y ordenó volver por el mismo camino, más rápido, sin perder formación. Cuando giramos, vimos a la mujer. Estaba junto a una choza, de pie, con las manos al frente. Era anciana, baja y delgada. TenÃa el cabello blanco sobre la cara, uñas largas y dientes afilados. No llevaba arma visible. Y no retrocedió cuando la iluminamos. Tampoco levantó las manos. Miró a Rivas, luego a Molina y después a mÃ.
30:13 Rivas le ordenó quedarse donde estaba y Molina mantuvo la linterna sobre ella. Yo cubrà los árboles y las entradas cercanas. La anciana habló con voz baja, pero la escuchamos bien. Dijo, entraron donde no mandan y si siguen aquà serán el siguiente sacrificio. Rivas no respondió a la amenaza y le ordenó ponerse de rodillas y dejar las manos visibles. La anciana no obedeció. Movió la cabeza hacia la estructura central del asentamiento y dijo, ya fueron contados. Esa frase nos hizo mirar alrededor. Yo apreté el arma y revisé las chozas cercanas. No vi cuerpos, pero escuché movimiento detrás de varias paredes. Molina preguntó si la Ãbamos a detener. Rivas miró la zanja, la salida bloqueada y las chozas. Yo tenÃa el arma firme, aunque respiraba rápido. tenÃamos una salida cerrada a la espalda risas alrededor y una anciana amenazándonos de frente entonces las risas salieron por todas partes no fueron dos voces fueron muchas venÃan de las chozas de los árboles de la zanja y del camino algunas sonaban cerca del suelo otras venÃan desde estructuras que ya habÃamos revisado molina bajó la linterna para no perder el piso Yo giré hacia la derecha, luego hacia atrás, pero no vi un blanco claro. Rivas tomó la decisión ahà mismo.
31:43 Ordenó retroceder. No Ãbamos a detener a la anciana. No Ãbamos a perseguir sombras y no Ãbamos a entrar en otra choza. Y la salida serÃa por la entrada bloqueada. La anciana volvió a hablar y dijo que podÃamos correr, porque el lugar ya sabÃa nuestros nombres. Rivas ordenó no responder y obedecimos. El regreso al centro fue rápido. No corrimos al inicio porque el suelo estaba irregular y una caÃda podÃa romper la formación. Las risas seguÃan alrededor y vi sombras cruzar entre dos chozas y avisé. Rivas me respondió que no disparara sin cuerpo completo. Esa orden me mantuvo controlado porque cada movimiento en los costados empujaba a levantar el arma. Molina intentó mandar un reporte corto por radio.
32:35 Alcancé a escuchar que nos retirábamos por riesgo de emboscada y la señal se cortó antes de recibir confirmación. Rivas no se detuvo. Nos hizo pasar junto al pentagrama central y ahà Molina vio tres lÃneas nuevas sobre la ceniza. Iban desde el borde hacia el centro. Molina dijo que no estaban en sus fotos y yo recordaba ese piso limpio cuando entramos. Rivas ordenó seguir. Llegamos a las ramas que cerraban la salida. La parte del centro estaba amarrada con cuerda. Rivas sacó el cuchillo y cortó una sección. Molina sostuvo las ramas abiertas. Yo quedé de último, apuntando hacia el claro. Desde la zona de la anciana llegó una risa grave. Después escuché pasos corriendo, pero no vi a nadie cruzar. Rivas pasó primero. Molina pasó después. Yo avancé hacia la abertura, y antes de cruzar, sentà un jalón fuerte en la mochila. Caà sobre una rodilla y golpeé el arma contra el suelo. Molina me tomó del chaleco y tiró con fuerza, y Rivas apuntó hacia las ramas.
33:46 Sentà dedos o uñas agarrados a la mochila. No vi una mano completa. En la grabación solo quedó una forma oscura retirándose detrás del bloqueo. perdà una bolsa lateral con cargadores y una linterna, Rivas me gritó que la soltara y la solté, recuperarla significaba volver a entrar, salimos del asentamiento y corrimos hasta ganar distancia, Rivas marcaba la dirección, Molina mantenÃa la radio encendida y yo miraba hacia atrás y avisaba cada ruido, las risas siguieron durante varios minutos, luego se cortaron al mismo tiempo, Ese silencio nos hizo bajar el paso. Nadie habló durante un tramo. Rivas levantó la mano y nos ordenó caminar rápido, no correr. El camino seguÃa resbaloso y llegar agotados al vehÃculo podÃa dejarnos sin respuesta. Caminamos con las armas listas, sin detenernos y sin mirar más de lo necesario. Detrás de nosotros el asentamiento quedó cubierto por los árboles. Nadie salió a perseguirnos.
34:55 Lo último que escuché fue una rama quebrarse dentro del lugar justo antes de que el bosque quedara en silencio. Llegamos al vehÃculo con la respiración rota y las manos rÃgidas. Rivas no nos dejó subir de inmediato. Revisó las llantas, las puertas y la parte baja mientras Molina intentaba recuperar comunicación junto al costado izquierdo. Yo me quedé apuntando hacia el camino por donde salimos. No vi a nadie, pero todavÃa escuchaba ramas moviéndose entre los árboles. Rivas me pidió describirlo, y le dije lo único que podÃa asegurar. Pasos suaves, hojas aplastadas y madera quebrándose en la distancia. Cuando subimos, Molina logró enviar un reporte corto. Informó que habÃamos salido del asentamiento, que encontramos chozas, huesos, estructuras rituales y pentagramas de cenizas. También reportó risas desde varios puntos, movimiento alrededor de la unidad, una anciana que nos amenazó con sacrificarnos y la pérdida de mi bolsa lateral. La base pidió repetir la amenaza. Rivas tomó la radio y confirmó que una mujer anciana nos dijo que serÃamos el siguiente sacrificio si seguÃamos ahÃ. La base preguntó si habÃa heridos. Rivas respondió que los tres estábamos completos, pero recomendó no reingresar con una unidad pequeña. Explicó que habÃa rutas cerradas, señales de ocupación reciente y personas ocultas. No usó la palabra
36:29 brujas por radio, solo dijo comunidad hostil dentro de un asentamiento ritual. Lo dijo asà porque era lo que podÃa probar en ese momento. Mientras esperábamos apoyo, Molina revisó parte del video. La cámara mostraba las chozas, los huesos, las marcas de ceniza y a la anciana. También habÃa registrado las risas. En los momentos donde yo avisé de sombras, la imagen solo mostraba movimientos rápidos entre las chozas, sin rostros ni cuerpos completos. La parte donde algo jaló mi mochila quedó incompleta. Se veÃa mi caÃda, las ramas moviéndose y una mancha oscura retirándose hacia el interior. No alcanzaba para identificar que me agarró. Pedà volver por la bolsa, más por coraje que por necesidad, pero Rivas me dijo que no. HabÃa cargadores y una linterna, pero no valÃan entrar otra vez con tres hombres a un lugar donde acababan de cerrarnos el paso. Acepté la orden, aunque seguà mirando el camino. Molina guardó las grabaciones y revisó la radio.
37:37 La señal ya estaba clara fuera del asentamiento, sin cortes ni estática. El apoyo llegó con más soldados. Rivas explicó lo ocurrido sin adornos. Señaló la entrada, describió las ramas que bloquearon la salida y advirtió que podÃa haber gente observando desde los árboles. El oficial a cargo quiso entrar para verificar si habÃa personas en peligro. Rivas no se opuso, pero pidió que nadie avanzara solo, que no siguieran voces ni risas y que marcaran la ruta de entrada para no perder orientación. El segundo grupo entró con más hombres. Rivas, Molina y yo quedamos en el vehÃculo por orden del oficial.
38:18 Desde la radio escuchamos los reportes. Primero dijeron que llegaron al borde del asentamiento. Después confirmaron las chozas, los huesos, la ceniza y las estructuras rituales. pero no encontraron a la anciana, no escucharon risas y no vieron personas escondidas. Rivas pidió que revisaran la entrada donde caÃ. El grupo encontró ramas quebradas, marcas en el barro y la cuerda cortada. Más adelante, cerca del centro, encontraron mi bolsa lateral. Estaba abierta, los cargadores estaban fuera y la linterna seguÃa encendida. Yo dije de inmediato que la habÃa perdido junto a la salida, no en el centro. Molina respaldó mi versión y Rivas también, pero nadie explicó quién la movió. El grupo revisó las chozas durante poco tiempo. Encontraron restos de animales, ropa vieja, ceniza, cuerdas y objetos usados en rituales. No encontraron cuerpos humanos, tampoco encontraron rastros claros de la anciana. HabÃa huellas descalzas en varios puntos, pero se cruzaban entre sà y no marcaban una ruta segura. El oficial decidió retirar a todos antes de avanzar más y nadie protestó por esa orden.
39:35 De regreso en la base, nos separaron para declarar. Yo conté lo que recordaba desde mi posición. Las chozas, los huesos, los pentagramas y las risas. La anciana junto a la choza y el jalón en mi mochila. Molina habló de la radio, de las fotografÃas y de las marcas nuevas sobre la ceniza. Rivas habló de las órdenes, de la retirada y de la amenaza. Las tres versiones coincidieron en lo principal. Los tres vimos a la anciana y los tres escuchamos que serÃamos el siguiente sacrificio. La revisión del material no cerró el caso. El video probó que estuvimos ahà y que la anciana apareció frente a nosotros. El audio registró las risas, aunque no permitió contar cuántas voces habÃa.
40:23 Las fotos mostraron las marcas de ceniza y las estructuras del asentamiento. Mi bolsa fue recuperada en un punto distinto al lugar donde la perdÃ, y esos fueron los hechos que quedaron escritos. Después enviaron más personal para acordonar la zona, y no hubo enfrentamiento. Durante el dÃa, el asentamiento quedó vacÃo. Por la noche, los sensores marcaron movimientos cerca de las chozas. Pero cuando las patrullas entraban, encontraban ramas movidas, ceniza alterada y ninguna persona. Nadie fue detenido. La anciana no apareció en registros cercanos y ningún poblador dijo conocerla. Rivas dejó escrito que salimos porque ya no tenÃamos control del terreno.
41:08 Ãramos tres hombres dentro de un asentamiento preparado por gente que evitaba mostrarse. Cerraba rutas y nos hablaba de sacrificios. Quedarnos habrÃa sido entregarles tiempo y distancia. El caso quedó abierto. No hubo rescate, captura ni explicación completa. Sobrevivimos porque nos fuimos a tiempo. Lo último que pude aceptar sin agregar nada fue esto. Alguien nos observó desde que entramos. Alguien nos habló, movió mi equipo y alguien siguió usando ese lugar después de nuestra salida. Salimos vivos, pero el asentamiento quedó fuera de control. Recuerdo bien la tarde en que llegaron al asentamiento San Jerónimo, porque hasta ese momento el dÃa habÃa sido común. Yo estaba asignado al puesto como sargento segundo bajo el mando del teniente Tapia, y llevaba varias semanas haciendo la misma rutina, revisión de vehÃculos, cambio de guardia y patrullajes cortos. El lugar era pequeño, con dormitorios, cocina, enfermerÃa y una cerca alrededor. Era un punto de control cerca del monte con hombres cansados. Las vimos llegar antes de que oscureciera. Eran cinco mujeres, entraron por el camino principal y venÃan a pie desde la zona del cerro.
42:35 TraÃan bolsas de tela, vestidos limpios y el cabello arreglado. Dijeron que venÃan de una comunidad cercana, que traÃan pan, queso y algunos productos para vender. El cabo MejÃa habló primero con ellas, después fue con el teniente y pidió autorización para dejarlas pasar hasta la cocina. Tapia aceptó, con la condición de que no se movieran hacia la radio ni hacia el depósito. Se veÃan jóvenes y tranquilas. Eso bastó para que varios soldados bajaran la guardia. No gritaban, no exigÃan nada y no venÃan armadas a la vista. Hablaban poco, pero cada respuesta dejaba a los hombres más atentos.
43:17 Yo las observé desde la entrada de la cocina y algo no me cuadró. VenÃan de un camino largo en una tarde pesada y ninguna traÃa polvo en la ropa, sudor en la cara ni respiración agitada. Las bolsas tampoco pesaban lo necesario para una venta real. Me acerqué más cuando empezaron a hablar con MejÃa, Camacho y Carmona. No preguntaban sólo cuánto querÃan comprar ni quién tenÃa dinero. Preguntaban nombres. turnos, quién estaba de guardia, cuántos hombres dormÃan en cada área y quién manejaba la radio. Esas preguntas no eran de vendedoras. Fui con Tapia y le conté lo que habÃa visto.
43:57 Le pedà que la sacara antes de que cayera la noche, o que al menos ordenara revisar sus bolsas. Tapia escuchó serio, pero no quiso levantar la alarma frente a las civiles. Me dijo que vigilara sin provocar a la tropa. No me quedé conforme. Busqué a MejÃa, Camacho y Carmona, porque eran los más metidos en la conversación. Les dije que esas mujeres estaban observando demasiado, que no aceptaran comida, bebida ni invitaciones fuera de la cocina. MejÃa se molestó y me respondió que yo estaba buscando amenazas, donde solo habÃa mujeres vendiendo. Camacho soltó una burla corta, de esas que se hacen para quedar bien frente a otros. Carmona ni siquiera respondió. SeguÃa sentado junto a una de ellas, Elena, según el nombre que dio. Ella le tenÃa una mano encima de la suya, y él le contaba cosas de su familia, con una confianza que no usaba con nadie del puesto. Insistà hasta que Tapia autorizó revisar las bolsas.
45:04 Fui con paredes. Encontramos pan, queso envuelto, hojas secas, una cuerda delgada, velas oscuras, una navaja corta y un muñeco de trapo con cabello cosido. No era equipo de venta. Cuando levanté el muñeco, una de las mujeres pidió que se lo devolviera. Extendió la mano sin gritar. Su cara cambió por unos segundos, perdió la sonrisa, se le endureció la mirada y la piel del cuello se le marcó de golpe. Paredes lo vio y después lo declaró conmigo. llevamos todo con el teniente tapia miró los objetos sobre la mesa y ya no tuvo la misma seguridad ordenó guardar la bolsa y preparar la salida de las mujeres el problema fue la reacción de algunos soldados nadie se amotinó nadie levantó un arma contra nosotros pero varios empezaron a murmurar mejÃa dijo que estábamos humillando a civiles camacho preguntó si también Ãbamos a detener a cada persona que trajera velas Carmona se mantuvo junto a Elena, con los ojos puestos en ella. El puesto se partió en dos en menos de una hora. Unos querÃan sacarlas, otros preferÃan dejarlas ir sin más revisión, y otros guardaban silencio. Cuando se les informó que debÃan marcharse, no discutieron. Pidieron ir al baño de campaña antes de salir. Tapia autorizó la salida con escolta, y Aranda caminó con ellas hasta el
46:36 área permitida. y yo fui detrás a distancia corta. No confiaba en la reacción de los soldados ni en la calma de esas mujeres. Una de ellas volteó y me miró de frente, pero no habló. Me sostuvo la mirada el tiempo suficiente para dejar claro que sabÃa que yo iba detrás. La luz del sector cercano al barranco falló cuando pasaron junto a los baños. El generador seguÃa trabajando, por eso supe que no era una falla general. corrà con paredes. Encontramos a Aranda de pie, con el arma baja, la boca abierta y la mirada perdida. No tenÃa heridas visibles.
47:17 Le pregunté dónde estaban, pero tardó en responder. Dijo que una de las mujeres pidió ayuda, que MejÃa, Camacho, Carmona y Robledo se acercaron, y que todos caminaron hacia la parte oscura. Le pregunté por qué no gritó ni disparó. Se tocó el cuello y dijo que el cuerpo no le obedeció. Revisamos la cerca del lado del barranco. HabÃa una abertura recién hecha. Las cinco mujeres habÃan desaparecido. Y también MejÃa, Camacho, Carmona y Robledo. En el suelo encontramos huellas de botas, una mancha de sangre y un pedazo de tela blanca atorado en el alambre. Tapia llegó con varios hombres. Nadie volvió a burlarse. Los que antes defendÃan a las mujeres estaban callados, con la cara dura mirando hacia el monte. Pedà salir de inmediato, pero pedà llevar hombres que no hubieran hablado con ellas. Tapia aceptó. Me asignó a Paredes, Valdés, Navarro y dos soldados más. Cerraron la entrada principal, reforzaron la guardia y llevaron a Aranda a enfermerÃa. Antes de cruzar la cerca, revisé mi fusil y mis cargadores. Pensé en esperar refuerzos, pero cada minuto favorecÃa a quienes se habÃan llevado a los nuestros. Esa fue la decisión que marcó la noche. Entramos al barranco con poca información, con los hombres vivos en duda, y con una advertencia que ya habÃa llegado tarde. Recuerdo el
48:49 descenso por el barranco con mucha claridad, porque ahà cambió la noche. Salimos del asentamiento con las lámparas cubiertas, la radio baja y los fusiles pegados al cuerpo. Nadie hablaba y nadie preguntaba más de lo necesario. La tierra estaba removida en varios puntos y las huellas seguÃan frescas, todas en la misma dirección. MejÃa, Camacho, Carmona y Robledo habÃan salido juntos no por caminos separados y eso nos dio una ruta, pero también nos dejó claro. que los cuatro habÃan avanzado sin defenderse bien. Encontramos el casco de MejÃa a poca distancia de la cerca. La correa estaba rota y tenÃa un golpe en un lado. Más adelante apareció el fusil de Camacho, tirado junto a una piedra, sin cargador.
49:40 Eso me golpeó más que la sangre en el suelo, porque Camacho cuidaba su arma con disciplina. PodÃa burlarse de una orden, podÃa discutir una decisión. pero no soltaba su fusil de esa manera. Le hice una seña a paredes para que no lo tocara todavÃa. Seguimos el rastro y dejamos a Navarro intentando abrir comunicación con el puesto. La señal entraba cortada, con ruido. Navarro alcanzó a mandar una clave corta, luego guardó silencio por orden mÃa. No querÃa voces por la radio mientras avanzábamos. El monte ya tenÃa suficiente sonido, ramas, tierra suelta, piedras bajo las botas y un murmullo bajo que venÃa de más adelante. Nos detuvimos dos veces para escucharlo mejor. No eran animales, tampoco eran soldados hablando entre ellos. Era una voz o varias voces, muy bajas, repetidas, siempre desde el mismo rumbo. Antes de llegar a la capilla, encontramos a Robledo. Estaba sentado contra un árbol con las manos atadas y la boca cubierta.
50:47 TenÃa sangre en la ceja, golpes en el cuerpo y los ojos abiertos de más. Paredes le quitó la tela y le dio agua. Robledo quiso levantarse, pero no pudo. Me agarró del chaleco y alcanzó a decir que las mujeres los habÃan llamado junto al baño. Que MejÃa fue primero, que los demás lo siguieron y que después una mano le tocó la nuca. dijo que perdió fuerza cayó al suelo y oyó a Carmona llamar a una mujer por su nombre no le pedà una explicación completa lo vi temblando con la respiración rota y solo necesitaba saber si los otros seguÃan vivos Robledo dijo que habÃa escuchado a MejÃa quejarse más abajo hacia la capilla dejé a uno de los soldados con él en un punto cubierto con la orden de no moverse salvo que oyera nuestra clave Fue una decisión dura, pero cargar a Robledo en ese momento nos quitaba velocidad y ruido no nos faltaba. Seguimos bajando.
51:51 La capilla quedaba fuera del perÃmetro del asentamiento, y aunque la conocÃamos por patrullajes anteriores, nadie la revisaba de noche. Desde fuera vimos luz de velas dentro. También vimos movimiento. Levanté el puño y todos se detuvieron. Avanzamos los últimos metros con cuidado, hasta quedar cerca de una pared caÃda, y desde ahà pude ver a los nuestros. MejÃa, Camacho y Carmona estaban amarrados cerca del centro. MejÃa luchaba contra las cuerdas, tenÃa sangre en la cara y movÃa los hombros con fuerza. Camacho mantenÃa la cabeza baja, pero abrÃa y cerraba los dedos. SeguÃa consciente. Carmona estaba de pie, con los ojos abiertos y el cuerpo flojo. Una de las mujeres le pasaba la mano por la frente y él no reaccionaba. Entonces vi a las cinco mujeres de frente.
52:46 Ya no eran las jóvenes que habÃan entrado al puesto. Eran ancianas, con la espalda vencida, la cara arrugada, los dientes deformes y las uñas largas. La piel, la voz y la forma de moverse no correspondÃan a lo que todos habÃamos visto en la cocina. No necesitaba darle más vueltas, eran ellas, pero ya no llevaban el rostro con el que habÃan engañado a la tropa. En el suelo habÃa velas, ceniza y recipientes pequeños. No voy a decir que entendà el significado de eso, porque no lo entendÃ. Solo recuerdo la posición de las cosas, los soldados amarrados y las ancianas trabajando alrededor de ellos. Una de ellas hablaba en voz baja frente a Carmona, levantó la cabeza, respiró hondo y dejó de moverse. MejÃa empezó a insultarlas y a pedir que lo soltaran, y Camacho siguió callado. Después supe que estaba forzando una cuerda contra una astilla, tratando de liberar una mano. Paredes levantó el fusil, pero le puse una mano en el brazo y le ordené esperar. Las ancianas estaban demasiado cerca de los prisioneros. Si disparábamos mal, matábamos a uno de los nuestros. Le hice señas a Valdés para moverse por el lado izquierdo, a Navarro para cubrir la entrada y a los demás para mantener posición.
54:11 El plan fue simple, abrir espacio, entrar, cortar las cuerdas y sacar a los hombres. No habÃa tiempo para más. Una de las ancianas sacó una navaja y la acercó al pecho de Carmona. Ahà di la orden. Paredes disparó contra la pierna de la que tenÃa la navaja. Valdés disparó al suelo junto a otra para apartarla de MejÃa, y yo entré directo hacia Carmona. La capilla se llenó de ruido, polvo y órdenes cortas. Les grité que cuidaran la lÃnea de tiro, que no apuntaran hacia los prisioneros y que mantuvieran a las ancianas lejos del centro. La primera cayó junto a Carmona, pero siguió moviéndose. La segunda fue contra Camacho, con una rapidez que no correspondÃa a su cuerpo. Camacho levantó la pierna y la golpeó en el pecho. Valdés aprovechó el espacio y disparó. Yo corté una cuerda de Carmona, pero él no ayudó en nada.
55:09 TenÃa los ojos abiertos, aunque su cuerpo no respondÃa. Paredes llegó a mi lado. Lo sostuvo por debajo de los brazos y me dio espacio para terminar el corte. Dos ancianas fueron hacia los recipientes del suelo. Otra buscó la salida trasera y la última se lanzó contra Navarro. Ãl la empujó con el fusil, cayó de espaldas y ella le alcanzó el brazo. Navarro disparó desde el suelo y la dejó inmóvil. Esos segundos nos dieron aire, pero no resolvieron el rescate. MejÃa seguÃa atado. camacho tenÃa una mano libre carmona apenas se sostenÃa y las ancianas que quedaban seguÃan dentro de la capilla decididas a terminar lo que habÃan iniciado recuerdo que paredes sacó a carmona hacia la entrada carmona no caminaba por decisión propia arrastraba los pies y miraba al frente sin responder a su nombre yo seguà dentro porque mejÃa continuaba amarrado y camacho apenas habÃa logrado liberar una mano Camacho vio mi cuchillo en el suelo, lo tomó con dificultad y empezó a cortar la otra cuerda.
56:20 TenÃa cortes en el pecho, respiraba con dolor pero seguÃa consciente. Le ordené que saliera y me contestó que primero sacáramos a MejÃa. Lo dijo con rabia. HabÃa visto lo que aquellas mujeres querÃan hacerles y esa rabia le sostuvo el cuerpo cuando las fuerzas ya le fallaban. Se arrastró hasta un poste y buscó un arma con la vista. Yo no podÃa dársela todavÃa porque la lÃnea de tiro estaba cerrada y las ancianas seguÃan moviéndose entre nosotros. MejÃa estaba atado frente al centro de la capilla. Una de ellas estaba encima de él, con una mano sobre su boca y la otra en el pecho, presionando la marca que le habÃan abierto con la navaja. Valdés llegó primero, la jaló por la ropa y logró separarla. Ella se volvió contra él y le rasgó la cara con las uñas.
57:13 Valdés soltó el fusil, cayó de rodillas y gritó que no veÃa, mientras la sangre le bajaba por los ojos. Paredes dejó a Carmona contra la pared y disparó dos veces para apartarla. Los tiros la hicieron retroceder, pero no cayó. Siguió avanzando, buscando otra vez a MejÃa. Yo tomé el fusil de Valdés, apunté al torso y le disparé hasta que dejó de moverse. No hubo tiempo para pensar en lo que resistÃa. En ese lugar solo importaba que no alcanzara otra vez a uno de los nuestros. Navarro gritó desde la entrada que otra se movÃa detrás del altar. La vi agachada junto a una bolsa en el suelo.
57:55 Sacó cabello atado con hilo y le ordené que se quedara quieta. Levantó la cara y habló con una voz joven, la misma que habÃa usado antes. Dijo que nos fuéramos, que los hombres ya estaban ofrecidos. Nadie respondió. Paredes disparó al pecho y la anciana cayó junto a la bolsa. Corté las cuerdas de mejilla. Al quedar libre, se desplomó contra mÃ. Lo sujeté del chaleco y lo bajé al suelo para que respirara. TenÃa golpes en la cara, cortes en el pecho y una marca redonda en el esternón. RepetÃa que habÃa visto a su madre al lado de las mujeres, que ella le pidió caminar, que le dijo que no tuviera miedo. Después supimos que su madre llevaba años muerta. En ese momento no lo corregÃ. Le ordené respirar y no cerrar los ojos. Camacho se acercó para ayudar.
58:50 QuerÃa cargar a MejÃa, pero no tenÃa fuerza. Le di el hombro a MejÃa y le indiqué a Camacho que tomara mi cinturón para mantenerse de pie. Paredes volvió por Carmona, que seguÃa rÃgido junto a la pared. Carmona murmuraba un nombre de mujer y movÃa los labios sin voz. No respondÃa a órdenes ni al ruido. Conté los cuerpos en el suelo y faltaba una anciana. No podÃa sacar al equipo sin ubicarla. Navarro cubrió la entrada. Valdés, todavÃa sangrando, pidió volver a la lÃnea. Le ordené quedarse atrás con los heridos porque apenas podÃa enfocar. Protestó pero obedeció. Le dejé una pistola y le dije que disparara solo si tenÃa blanco claro. La última apareció por un costado de la capilla, detrás de Navarro. VenÃa agachada con los ojos fijos en Carmona. No pronunció palabra, pero Carmona dio un paso hacia ella, aunque Paredes lo sujetaba por el chaleco.
59:52 Me crucé entre ambos, levanté el fusil y apunté. La anciana alzó las manos y durante un instante volvió a mostrar el rostro joven que habÃa usado en la cocina. Navarro bajó apenas el arma. Yo no la bajé, le disparé al centro del pecho. Ella cayó, apoyó una mano en el suelo y trató de levantarse. Camacho tomó el arma de Valdés y disparó desde mi costado. Y ese segundo tiro la dejó quieta. Después de eso no hubo alivio. Revisamos a los heridos, aseguramos las armas y comprobamos que ninguna de las cinco siguiera moviéndose. Sacamos primero a Carmona, luego a MejÃa y después a Camacho. Pasamos por el punto donde habÃamos dejado a Robledo. SeguÃa vivo, débil y frÃo.
1:00:42 Lo cargamos entre dos y tomamos el camino de regreso. El regreso fue lento. Ãbamos con hombres heridos poca visibilidad y la presión del monte encima cada ruido hacÃa que alguno levantara el arma Carmona murmuraba nombres ajenos al equipo MejÃa pedÃa perdón una y otra vez Camacho caminaba en silencio con una mano apretada contra las costillas Valdés sangraba por la cara Navarro llevaba el brazo herido y Paredes sostuvo a Carmona hasta llegar a la cerca Tapia nos recibió en la entrada Al ver a los hombres se le fue el color de la cara. No dio explicaciones.
1:01:23 Ordenó cerrar el puesto, pedir evacuación médica y preparar una patrulla para asegurar la capilla al amanecer. MejÃa tenÃa golpes, cortes y esa marca en el pecho. Carmona no recordaba haber salido del puesto. Camacho declaró primero y dijo que una de ellas le habló de su hermana menor, con datos que una desconocida no podÃa saber. Al amanecer volvieron a la capilla. Encontraron restos humanos bajo el piso, prendas viejas y objetos ajenos a nuestra unidad. Las cinco ancianas fueron retiradas por investigación. No vi el informe completo, pero vi lo necesario para sostener mi declaración. Esas mujeres entraron con un rostro y murieron con otro. Y los soldados salieron por su propio pie, pero sin control completo de su voluntad. San Jerónimo fue cerrado semanas después. La versión oficial habló de secuestro, homicidios y una secta local. Yo firmé mi parte, pero dejé escrito que las mujeres no tenÃan la misma apariencia al entrar que al morir. Carmona fue dado de baja, MejÃa pidió traslado y Camacho siguió en servicio sin volver a burlarse.
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