Nunca Debes Romper Un Pacto Con Una BRUJA - Historias De Terror - REDE
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0:05 Yo no cuento esto como rumor, lo cuento porque estuve ahà desde el principio. La bruja vivÃa sola al final del pueblo. Era una anciana y la gente le tenÃa miedo, pero también la buscaba cuando ya no encontraba otra salida. Curaba fiebres, cortadas, torceduras y partos difÃciles. A veces cobraba dinero, a veces cobraba otra cosa. Mi primo Mauro la llevó a su casa cuando su mujer Elisa se estaba muriendo al parir a su segunda hija. Yo llegué antes que la bruja y vi a Elisa en la cama, pálida y casi ida. HabÃa sangre en las sábanas y en el suelo. La niña ya habÃa nacido, pero Elisa seguÃa perdiendo sangre y apenas reaccionaba. Mauro tenÃa a la bebé en brazos y no sabÃa qué hacer. Su madre lloraba en una silla y yo estaba junto a la puerta cuando la bruja entró. Entró sin saludar, dejó sus cosas sobre la mesa y fue directo a revisar a Elisa.
1:06 Pidió agua, paños limpios y espacio. Nadie discutió. Mauro le preguntó cuánto iba a cobrar. Ella respondió que, primero, iba a ver si la mujer salÃa viva de esa cama. Lo dijo con una calma que hizo callar a todos. Después trabajó un buen rato, le dio a Elisa un lÃquido amargo, la hizo reaccionar varias veces y no dejó que nadie se interpusiera. Mauro la miraba con miedo. Al final, el sangrado bajó. Elisa abrió los ojos, pidió agua y preguntó por la niña. Mauro se sentó y lloró del alivio. Yo pensé que todo habÃa terminado ahÃ, pero no fue asÃ.
1:47 La bruja dijo que iba a cobrar en ese momento, No pidió dinero ni comida, pidió la pieza del fondo y el pedazo de tierra junto al corral para vivir ahà hasta su muerte. Lo dijo delante de todos, dijo que ese era el pago por haberle devuelto la vida a Elisa. Mauro aceptó de inmediato, dijo que sÃ, que la pieza serÃa de ella y que nadie la iba a sacar. La bruja le pidió que lo repitiera despacio. Mauro lo hizo. Yo lo oÃ, su madre también, y una vecina que habÃa entrado a ayudar también lo oyó. Fue una promesa clara. La bruja se mudó poco después.
2:28 Se instaló en la pieza del fondo y empezó a usar la tierra. No molestaba mucho. Casi siempre estaba en su cuarto o sentada cerca de la puerta. No hablaba con los niños ni se metÃa en conversaciones ajenas, pero pesaba en la casa. Elisa nunca estuvo tranquila con ella ahÃ. Mauro al principio tampoco, aunque se hacÃa el fuerte. Yo iba seguido y siempre notaba lo mismo. Cuando la bruja salÃa al patio, la casa se quedaba callada. Con el tiempo, Mauro dejó de sentir agradecimiento y empezó a sentir vergüenza. Algunos hombres del pueblo le metieron en la cabeza que se habÃa dejado mandar por una vieja. Le dijeron que una cosa era pedir ayuda y otra regalarle parte de su casa para siempre. Mauro empezó a repetir eso. Elisa no lo frenó, pues a ella tampoco le gustaba tener a la bruja cerca de sus hijos. Entre los dos se fueron convenciendo de que habÃan prometido demasiado y de que podÃan echarse atrás. Yo estuve el dÃa en que Mauro decidió romper su palabra. Entró a la pieza y le dijo a la bruja que ya era suficiente, que habÃa vivido ahà y que se fuera. La anciana no se levantó. Le respondió que él no le habÃa ofrecido unos dÃas ni unos meses. Le habÃa prometido el lugar hasta su muerte. Mauro dijo que habÃa hablado desesperado, que nadie podÃa tomar una promesa asà como si fuera un contrato.
4:01 La bruja lo miró y le dijo que una promesa vale más cuando se hace con miedo. Mauro se enojó y le contestó que en su casa mandaba a él. La bruja le pidió que repitiera eso mirándola a la cara. Mauro no quiso, dio media vuelta y salió. Poco después cambió el candado de la pieza, esperó a que la anciana saliera, sacó sus cosas y las dejó afuera. Yo llegué cuando ya estaban en el patio. La caja, la ropa y el petate estaban en el suelo. Elisa estaba junto a Mauro con la niña en brazos y no parecÃa contenta, se le veÃa tensa. La bruja regresó, vio sus cosas y no hizo escándalo. Solo pidió entrar por un frasco que habÃa dejado guardado, pero Mauro se negó.
4:51 Le dijo que se llevara lo suyo y se fuera. La anciana se quedó quieta un momento. Después miró a Elisa, miró a la niña, miró la puerta cerrada y volvió a mirar a Mauro. Entonces dijo algo que yo no olvidé nunca. Dijo que una promesa rota no se cobra de inmediato. Dijo que cobrar rápido sirve para asustar, pero no para castigar. Según ella, el castigo tenÃa que llegar después, cuando el que faltó a su palabra ya se sintiera seguro y pensara que no iba a pasar nada. Dijo que lo iba a dejar vivir tranquilo, trabajar, criar a sus hijos y convencerse de que habÃa ganado. Después, cuando menos lo esperara, empezarÃa la cuenta. Mauro se rió y le dijo que dejara esas amenazas para niños. La bruja acomodó sus cosas y antes de irse dijo una última cosa.
5:48 Dijo que no iba a tocar la casa todavÃa porque sabÃa esperar. También dijo que cuando empezara a cobrar no iba a perdonar nada. Luego se fue caminando por la calle y no volvió a entrar en esa casa. Pasó bastante tiempo. Mauro empezó a burlarse del asunto. DecÃa que ya se habÃa visto lo que valÃan las palabras de la vieja. Volvió a usar la pieza del fondo para guardar cosas. Hablaba de ella como si ya no importara. Yo no me reÃa con él. Mauro quiso olvidar pronto, pero yo no pude. La bruja murió después. La encontraron sola en su casa. Mauro no fue a verla ni fue a enterrarla. Dijo que ya estaba terminado, pero no estaba terminado Apenas iba a empezar. Después de la muerte de la bruja, Mauro se relajó. Empezó a decir que el miedo se habÃa acabado con ella. Abrió la pieza del fondo, metió costales y herramientas y la dejó como almacén.
6:49 Yo lo ayudé una vez a mover unas cosas. El cuarto estaba vacÃo, sin nada raro a la vista, y Mauro sonreÃa con la tranquilidad del hombre que cree que ya pasó lo peor. Elisa no entró, se quedó afuera y dijo que no querÃa volver a pisar ese lugar. Mauro se burló. La desgracia empezó por su hijo mayor, DarÃo. Tuvo un accidente trabajando y volvió sin una pierna. Eso quebró algo dentro de la casa. Se volvió agresivo, bebÃa, gritaba y trataba mal a todos. Mauro querÃa controlarlo con golpes y órdenes. Elisa se fue consumiendo entre el miedo y el cansancio. E Inés empezó a quedarse callada demasiado tiempo.
7:33 Yo iba seguido, y cada vez que entraba, sentÃa que esa familia se estaba hundiendo. Entonces empezó lo otro. Lo primero fue el olor en la pieza del fondo. Cada vez que se abrÃa la puerta, salÃa el mismo olor que habÃa dejado la bruja. Mauro decÃa que eran cosas viejas encerradas. Limpiamos el cuarto, sacamos basura y dejamos todo abierto, pero el olor volvÃa. no estaba siempre aparecÃa de golpe Mauro fingÃa que no le daba importancia pero cada vez que lo sentÃa miraba hacia la puerta después empezaron los ruidos no eran ruidos grandes eran cosas concretas una silla arrastrándose dos golpes secos sobre la mesa un roce contra la pared y siempre salÃan de ahà yo lo escuché una vez en la cocina y Mauro también lo oyó fuimos juntos a abrir La silla estaba en el centro del cuarto. Los dos sabÃamos que él la habÃa dejado pegada a la pared. Mauro se quedó mirando un momento y luego cerró otra vez. Ese mismo dÃa puso candado.
8:43 Desde ahà la pieza se volvió el centro de todo. Mauro ya no pasaba tranquilo frente a esa puerta. Elisa empezó a enfermarse. Primero fue el cansancio, luego los moretones, la debilidad y la falta de aire. Cada semana se veÃa peor. Mauro la llevaba a consulta y le daban cosas para tomar, pero ella seguÃa apagándose. Yo iba por las tardes y siempre encontraba lo mismo. Elisa acostada, Mauro irritable, DarÃo de mal humor, Inés quieta y la puerta de la pieza cerrada. Una tarde, Elisa me habló cuando Mauro no estaba cerca. Me dijo que varias noches se habÃa despertado sintiendo una mano sobre los pies por encima de la sábana dijo que era una mano seca y dura y que después de sentirla escuchaba pasos salir del cuarto yo no le respondà enseguida pero antes de que yo me fuera me pidió que no se lo contara a mauro la que empezó a hablar más claro fue inés la niña decÃa que veÃa a la vieja cerca de la pieza a veces sentada a veces parada junto a la puerta mauro la callaba en cuanto la oÃa Inés dejó de decirlo delante de él, pero a mà sà me lo contaba. DecÃa que la bruja no entraba a la casa principal, porque todavÃa estaba esperando algo de Mauro.
10:08 Según Inés, la vieja repetÃa que la deuda seguÃa abierta. Yo trataba de calmarla, pero ella siempre volvÃa a lo mismo. Una noche, DarÃo se puso a gritarle a la pieza, pues habÃa tomado mucho. Abrió la puerta de golpe y empezó a insultar al cuarto vacÃo. yo lo sujeté por detrás para sacarlo de ahà Mauro llegó con una lámpara y los tres vimos que sobre la mesa estaba doblado el delantal con el que la anciana habÃa trabajado la noche del parto yo no lo habÃa vuelto a ver desde que la echaron Mauro se puso pálido lo agarró, lo lanzó al fuego del patio y lo vimos quemarse a la mañana siguiente volvió a aparecer dentro del cuarto doblado de la misma manera ahà Mauro dejó de burlarse empezó a dormir mal revisaba el candado varias veces y a veces me pedÃa que lo acompañara a abrir la pieza porque no querÃa entrar solo se sentaba en la cocina y se quedaba oyendo yo nunca lo habÃa visto asà ya no hablaba como un hombre seguro hablaba como alguien que siente que su casa dejó de obedecerle Elisa murió después de una enfermedad lenta no se fue de golpe se fue gastando hasta que ya no tuvo fuerza ni para incorporarse. Mauro quedó destruido, pero ni siquiera pudo hacer su duelo en paz, porque los ruidos siguieron, el olor siguió, la silla siguió moviéndose, e Inés ya no
11:41 quiso pasar sola por el patio, y DarÃo se hundió más en la bebida. La casa terminó de quebrarse. Después de la muerte de Elisa, Mauro quiso arreglar lo que habÃa hecho. Fue a la tumba de la bruja, dejó una vela y dijo que reconocÃa la promesa, y también dejó la llave de la pieza. Volvió con la cara cambiada. Esa misma noche, la puerta apareció abierta y la cadena estaba en el piso. Entramos juntos. La silla estaba frente a la mesa y sobre la mesa habÃa un frasco viejo que Mauro dijo haberle negado el dÃa que la echó. Quiso romper la pieza y tirarla abajo, pero no pudo.
12:23 Cada vez que alguien tocaba ese cuarto, pasaba algo. Un hombre que fue a ayudar salió diciendo que no volvÃa. Mauro se abrió la mano con un clavo. Inés cayó al suelo del susto cuando oyó un golpe adentro. Todo terminaba girando alrededor del mismo lugar. Fue entonces cuando Mauro me dijo algo que todavÃa recuerdo. Me dijo que la bruja no estaba buscando asustarlo, que estaba esperando a que él aceptara que habÃa roto una promesa de vida o muerte y que eso no se pagaba con disculpas. Yo le respondà que ya estaba demasiado afectado. Mauro me miró con una calma que me dio más miedo que sus nervios y me contestó que no habÃa empezado lo peor y tenÃa razón. Cuando Inés volvió a quedarse sola en la casa con su padre, todo empeoró. La niña ya no dormÃa bien. Se despertaba llorando y decÃa que la vieja se paraba junto a su cama. No hablaba mucho, según ella. Solo preguntaba por qué Mauro seguÃa callado. Inés no decÃa que la bruja la golpeara ni que la persiguiera por la casa. DecÃa algo peor. Que hablaba como si tuviera derecho a estar ahÃ. Y como si todo lo que pasaba fuera apenas una parte de la cuenta.
13:44 Mauro se fue acabando por dentro. DormÃa con una lámpara al lado y a veces se quedaba sentado mirando la puerta de la pieza. Ya no tomaba decisiones normales. Un dÃa querÃa mandar a la niña con una tÃa. Al siguiente decÃa que no, que si la sacaba de la casa, la bruja iba a seguirla. Yo traté de convencerlo de que Inés se fuera unos dÃas. Mauro aceptaba y luego cambiaba de idea. Empezó a decir que la vieja ya no estaba atada a la pieza, que ahora caminaba por toda la casa. Cuando hablaba asÃ, yo ya no sabÃa si estaba describiendo algo real o si el miedo se lo habÃa vencido por completo. La propia Inés me contó que la bruja entraba al cuarto de Mauro cuando se quedaba dormido y se le acercaba a la cara hasta hacerlo despertar. La niña decÃa que su padre amanecÃa ahogado y con los ojos abiertos del susto. Yo le pregunté si de verdad lo habÃa visto. Me dijo que no, que lo sabÃa porque escuchaba a Mauro levantarse de golpe y empezar a rezar en voz baja. Eso sà podÃa creerlo.
14:57 Varias veces lo oà yo también y no era una oración tranquila. Sonaba como la voz de un hombre que ya no sabe con quién está hablando. Mauro quiso una última solución. Contrató a dos hombres para tirar la pieza. Yo estuve ahÃ. Apenas empezaron a mover las cosas, el cuarto se sintió distinto. Lo digo porque todos nos quedamos callados al entrar. La silla estaba otra vez junto a la mesa, como si alguien acabara de levantarse. Uno de los hombres quiso sacar la mesa, pero apenas la tocó dijo que estaba caliente. El otro no le creyó hasta poner la mano encima. Los dos se miraron raro, pero siguieron. Entonces, desde la casa principal se oyó el grito de Inés.
15:44 Fuimos corriendo, la niña estaba en el suelo agarrándose el cuello y temblando. Cuando pudo hablar, dijo que la vieja le habÃa dicho al oÃdo que no se rompÃa lo que todavÃa se debÃa. Mauro salió de la casa como un animal rabioso, volvió a la pieza y empezó a gritarle que se lo cobrara a él, que dejara a su hija. yo lo alcancé justo cuando la puerta del cuarto se cerró sola de golpe los dos hombres se fueron sin pedir nada y no quisieron volver desde ese dÃa Mauro quedó vencido ya no intentó tirar la pieza dejó la puerta abierta y empezó a hablar de la bruja como si siguiera viva dentro de ese cuarto yo iba a verlo por obligación y por lástima pero cada vez costaba más estar ahà la niña apenas comÃa No querÃa cruzar el patio. Se quedaba sentada mirando al suelo y a veces alzaba la cabeza como si escuchara algo que los demás no oÃamos. Una tarde me dijo que la vieja ya estaba enojada porque Mauro seguÃa buscando la manera de salvarse solo. No supe qué responderle. La última vez que vi a Inés con vida estaba callada en la cocina. Mauro estaba en el corredor con la vista fija en la pieza. La niña me habló en voz muy baja. Me dijo que la bruja ya no esperaba junto a la puerta, que ahora entraba y salÃa como dueña.
17:14 También me dijo que ya no faltaba mucho. Yo quise llevarla conmigo en ese mismo momento, pero Mauro no la soltó. Me dijo que nadie la iba a cuidar mejor que él. No le creÃ, pero tampoco pude quitársela por la fuerza. Al dÃa siguiente, la niña desapareció. La buscamos por la casa, por el patio y por los alrededores. Mauro estaba fuera de sÃ, gritaba el nombre de su hija y al mismo tiempo no dejaba de mirar la pieza. Yo entré al patio trasero y sentà el olor de la bruja antes de acercarme. La puerta del cuarto estaba cerrada y desde adentro se escuchaba un golpe seco, siempre igual. Llamé a Mauro, llegó corriendo y abrió con manos temblorosas. La pieza estaba en orden, la mesa limpia. la silla en su sitio y la cama tendida. Y sobre esa cama estaba Inés. Pero ya estaba muerta. No tenÃa heridas grandes, solo una marca en el cuello. Mauro cayó de rodillas y empezó a decir que él habÃa roto la promesa, que todo venÃa de ahÃ, que la vieja lo habÃa advertido delante de todos y que él se habÃa reÃdo.
18:24 Lo repitió muchas veces. Yo saqué a la niña de la cama y la llevé afuera. Mauro no me ayudó. seguÃa en el suelo mirando el cuarto como si esperara ver a la bruja sentada frente a él después de eso no quedó nada de él no hacÃa falta que nadie le dijera nada se le veÃa en la cara que ya estaba acabado dejó de comer dejó de atender la casa y dejó la pieza abierta todo el tiempo entraba a veces y se quedaba sentado solo como si estuviera esperando una sentencia cuando fui a verlo por última vez estaba frente a la mesa del cuarto Hablando en voz baja, me dijo que la bruja seguÃa ahà y que todavÃa no lo habÃa soltado. Yo le pregunté qué más podÃa quitarle si ya le habÃa quitado todo. Mauro me respondió que todavÃa le quedaba entenderlo. Esas fueron sus palabras.
19:18 A la mañana siguiente se ahorcó en el corredor. La casa quedó ahà y nadie quiso vivir ahÃ. Nadie quiso usar la pieza. Hubo quien intentó entrar tiempo después para sacar cosas, pero salió pálido y no volvió. Dijo que habÃa oÃdo la silla moverse adentro. Yo no entré nunca más, no me hizo falta. Ya habÃa visto suficiente. Lo que recuerdo con más claridad no es la muerte de Mauro ni la de la niña. Lo que más recuerdo es la voz de la bruja el dÃa que la echaron. Dijo que iba a esperar, que iba a dejar que Mauro se sintiera tranquilo y que el castigo llegarÃa después cuando creyera que no iba a pasar nada. Asà fue.
20:01 Pasaron años, la vida siguió y luego empezó la cuenta. Primero el accidente de su hijo, después Elisa, después la niña y al final Mauro. Yo estuve ahà desde la promesa hasta el último dÃa. Por eso lo digo como lo recuerdo. Esa anciana no perdonaba promesas rotas, y cuando empezó a cobrar, lo hizo despacio, con muerte y con una desgracia que no dejó a nadie en pie. TodavÃa me acuerdo de Clara Valdés, me acuerdo de su cara, de su voz, y de la forma en que fue torciendo la vida de todos en Santa LucÃa, hasta que el pueblo dejó de hablar de otra cosa no lo cuento como rumor lo cuento porque yo estaba ahà vi lo que hizo y vi cómo empezó el miedo que después ya no nos dejó vivir en paz Clara vivÃa sola todo el pueblo sabÃa dónde encontrarla cuando en una casa entraba una enfermedad rara cuando un niño se ponÃa grave de un dÃa para otro o cuando alguien empezaba a empeorar sin explicación la buscaban por miedo Al principio, algunos decÃan que curaba. Después, ya nadie usó esa palabra con tranquilidad. Lo que hacÃa era otra cosa. Ayudaba cuando querÃa, cobraba como querÃa y siempre dejaba claro que la decisión
21:32 era suya. La primera vez que yo entendà de verdad quién era fue por mi hermana Rosa. TenÃa 17 años. Una tarde volvió con fiebre alta. Al anochecer ya hablaba sin sentido y pedÃa agua sin reconocer a nadie. Mi madre lloraba. Mi padre caminaba de un lado a otro. No habÃa médico cerca. Al final, mi madre dijo lo que todos estaban pensando. Dijo que habÃa que ir con Clara antes de que amaneciera y Rosa se nos muriera en la cama. Fui con mi padre. Cuando tocamos, Clara tardó en abrir, pero no se mostró sorprendida. Mi padre le explicó lo de Rosa. Ella lo dejó hablar hasta el final. Luego dijo con toda calma, que sà podÃa ayudar, pero que antes querÃa la cadena de oro de mi abuela. Mi padre le dijo que no la traÃa. Clara respondió que entonces tampoco tenÃa caso seguir hablando. Mi padre le pidió que no jugara con eso, pero ella contestó que no estaba jugando y que cuando una familia querÃa salvar a alguien, siempre terminaba entendiendo el precio. Volvimos a la casa, mi madre sacó la cadena del baúl sin discutir, y se la llevamos. Clara entró con nosotros, se sentó junto a Rosa, le pasó humo por la cara, le hizo tomar un lÃquido oscuro, y le amarró una cinta roja en la muñeca.
23:00 Antes de irse, dijo que nadie debÃa tocar esa cinta por nueve dÃas. Mi madre obedeció, y a la madrugada la fiebre bajó. A los tres dÃas Rosa ya podÃa levantarse. Eso fue lo que yo vi. También vi que desde esa noche mis padres empezaron a tenerle miedo de verdad. Después de eso la gente empezó a ir más seguido con ella. Clara escuchaba y pedÃa algo a cambio. A unos les pedÃa animales, a otros joyas, escrituras o herramientas. Si aceptaban, ella entraba a la casa y hacÃa lo suyo. Si no aceptaban, se iba sin mirar atrás. No fingÃa compasión y dejaba claro que si alguien sufrÃa, para ella eso era parte de la negociación. Me acuerdo de don Mateo.
23:52 TenÃa tos con sangre y ya casi no podÃa caminar. Su mujer fue a buscar a Clara. Clara llegó, lo miró un rato y le pidió el caballo. Don Mateo dijo que era lo único que le quedaba para trabajar. Clara respondió que entonces tampoco le quedaba remedio. Se fue. Don Mateo murió a los cinco dÃas, y en el velorio su mujer dijo delante de todos que Clara lo habÃa dejado morir por orgullo, y nadie la contradijo. Con el tiempo empezaron a pasar más cosas. En algunas puertas aparecÃan frascos con agua turbia, agujas, pelo enredado y paquetes amarrados con hilo negro. En los corrales amanecÃan gallinas muertas.
24:37 La gente enfermaba después de discutir con Clara o después de negarle algo. Eso pasó tantas veces que al final ya nadie hablaba de casualidad. A mi vecino Tomás le pasó algo asÃ. Clara querÃa comprarle una franja de tierra, pero él se negó. Dos dÃas después, su mujer, Elvira, empezó con dolores fuertes y perdió el embarazo. Yo no digo que la viera hacerlo. Digo otra cosa que sà vi. La tarde anterior yo vi a Clara junto al cerco de Tomás, agachada, metiendo algo en la tierra. Cuando me vio, se levantó y me dijo que siguiera mi camino. Al dÃa siguiente, Elvira sangró todo el dÃa, y en la noche perdió al niño. Tomás fue a reclamarle, pero volvió con la cara abierta y con la mano torcida. Lo contó delante de varios hombres. Dijo que Clara le habÃa respondido que debÃa agradecer seguir vivo. Desde entonces, Elvira se escondÃa cada vez que oÃa sus pasos por la calle.
25:42 También me acuerdo del padre Emilio. Empezó a hablar de ella en los sermones. DecÃa que el pueblo se estaba entregando a una mujer que trabajaba con cosas oscuras. Dos semanas después cayó enfermo, se le cerró la garganta y perdió la voz. Lo que hizo Clara no fue solo enfermar gente o aprovecharse de los que sufrÃan. Hizo algo peor. Nos acostumbró a vivir pendientes de ella. En cuanto un niño tenÃa fiebre, en cuanto una mujer amanecÃa doblada del dolor, o en cuanto un hombre caÃa de golpe, la primera pregunta ya no era qué tenÃa. La primera pregunta era si Clara estaba enojada o si todavÃa aceptarÃa ayudar. Asà el pueblo se fue llenando de miedo Yo mismo caà en eso. Cuando enfermó mi hermana, fuimos. Cuando enfermó mi mujer, también fui. Cada familia que iba con Clara salÃa debiéndole algo, y cada vez que ella cobraba, su poder se hacÃa más grande. A esas alturas ya se decÃa, sin bajar mucho la voz, que trabajaba con el diablo, y era ella misma la que lo insinuaba. Nadie la enfrentaba solo.
26:55 Y cada semana que pasaba, el pueblo estaba más cansado, más enfermo y más sometido. Asà empezó todo, no de golpe, sino con casos como el de Rosa, el de Don Mateo, el de Elvira y tantos otros. Al principio parecÃa que cada quien estaba peleando su propia desgracia. Después entendimos que todos estábamos metidos en lo mismo y que Clara llevaba años decidiendo quién se salvaba. quien empeoraba y quien se morÃa esperando una ayuda que nunca llegaba. El año en que todo se rompió fue el mismo en que murió mi sobrino Jacinto. Desde enero el pueblo ya se sentÃa distinto.
27:37 HabÃa más enfermos, más discusiones y más velorios. Clara, en cambio, seguÃa igual. Caminaba tranquila y trataba a todos como si ya supiera hasta dónde podÃa apretarlos. Cuando alguien iba a verla, ella primero preguntaba qué le iban a dar. Jacinto era hijo de Rosa, tenÃa ocho años. Empezó con fiebre y vómito y al anochecer ya deliraba. Rosa se negó desde el principio a buscar a Clara. Dijo que no iba a poner a su hijo otra vez en manos de esa mujer. Mi cuñado mandó traer al practicante. El hombre llegó al dÃa siguiente y dejó unas pastillas. Pero esa misma noche Jacinto empezó a convulsionar. Yo estaba ahÃ. Vi a Rosa sosteniéndole la cabeza y a mi madre hincada junto a la cama. Una vecina fue por Clara sin pedir permiso. Clara llegó casi de inmediato. Entró, miró al niño y dijo que todavÃa podÃa ayudar. Luego puso el precio.
28:40 QuerÃa el solar que Rosa y su marido guardaban para ampliar la casa. Rosa le dijo que era una abusiva. Clara respondió que nadie la estaba obligando a quedarse. Se dio media vuelta y en ese momento Jacinto volvió a sacudirse en la cama. Mi cuñado la detuvo y le dijo que aceptaba. Clara volvió a entrar, preparó algo en un vaso, dejó caer sangre en el agua y se la hizo tomar al niño por cucharadas. Antes del amanecer, la fiebre bajó, y una semana después el terreno ya estaba firmado a nombre de ella. Desde ese momento, ya nadie pudo sostener que solo cobraba por sus remedios. Lo que hacÃa era usar la desesperación como arma. Mientras peor estaba alguien, más pedÃa. Si el enfermo mejoraba, ella se quedaba con el pago. Si el enfermo morÃa, decÃa que habÃan llegado tarde o que alguien habÃa desobedecido. En junio murió Martina, la hija de Tomás y Elvira. TenÃa 12 años.
29:44 Empezó con moretones y sangrado de nariz y después ya no pudo ni sentarse sola. Sus padres fueron con Clara. Clara los hizo esperar afuera más de una hora. Y cuando por fin salió, pidió la tierra que Tomás le habÃa negado antes. Tomás dijo que ya no podÃa darle nada. Elvira se puso de rodillas y le pidió que ayudara a la niña. Pero Clara se soltó de ella y cerró la puerta. Martina murió esa misma noche. Yo ayudé a acabar la fosa. Mientras echábamos pala, Tomás repetÃa que eso ya no era pleito, era matanza. Después del entierro hubo una reunión. Se dijo que habÃa que denunciarla, se dijo que habÃa que traer a la policÃa. Don Chuy recordó que eso ya se habÃa intentado una vez y que la policÃa vino. Habló con Clara, miró por encima y se fue sin hacer nada. Al salir, Adrián me dijo que el pueblo estaba pensando como cobarde. Dijo que todos querÃan que alguien de afuera viniera a arreglar lo que nosotros habÃamos dejado crecer. Yo le respondà que una cosa era estar hartos y otra matar a una mujer dormida.
30:58 Adrián me dijo que Martina también habÃa dormido. No le contesté. En julio enfermó mi mujer, Luisa. Primero fue una tos seca, luego le costó respirar. En dos dÃas perdió fuerza y color. Yo no querÃa ir con Clara, Luisa tampoco, asà que esperamos al médico, pero no pudo venir. Esa noche Luisa me dijo que no dejara solos a los niños por orgullo. Fui con Clara y me recibió como si ya me estuviera esperando. Dijo que ayudarÃa, pero que querÃa mi reloj, el reloj que habÃa sido de mi padre. Yo se lo entregué, preparó un cocimiento y me ordenó que nadie mirara cuando Luisa lo tomara. Asà hice, y mi mujer mejoró al dÃa siguiente. Dos dÃas después vi a Clara con mi reloj colgado del cuello. Desde entonces la rabia ya no me dejó. no sólo por lo mÃo, por cada velorio, por cada madre de rodillas y por cada hombre tragándose el orgullo para entregarle lo que ella pedÃa.
32:04 A esas alturas el pueblo ya estaba quebrado. En septiembre murió el padre Emilio, cayó por las escaleras de madrugada, lo encontró el sacristán con el cuello roto y no hubo testigos. El domingo anterior habÃa dicho que la iba a señalar por su nombre y que iba a pedir a todos que dejaran de ir con ella, pero no alcanzó a hacerlo. La muerte que terminó de encender al pueblo fue la de Jacinto. SÃ, el mismo niño que ella habÃa ayudado meses antes. En octubre volvió a enfermar, pero esta vez con más fuerza. Rosa dijo que no pensaba buscarla de nuevo, pero Clara se enteró de todos modos.
32:48 Fue hasta la puerta de la casa. Miró al niño desde lejos y dijo que ahora querÃa otra cosa. QuerÃa la mitad de la próxima cosecha y querÃa que, cuando Jacinto creciera, trabajara para ella durante tres años. Mi cuñado le dijo que estaba loca y Clara respondió que, entonces, el niño no llegarÃa al amanecer. Y no llegó. Yo estuve ahà cuando le cerraron los ojos. Vi a Rosa sentada en el suelo, seca, sin lágrimas ya. Vi a mi cuñado con las manos abiertas, como si todavÃa esperara una explicación. Y vi a mi madre temblando junto a la pared. Nadie hablaba, pues lo que habÃa era cansancio y rabia. Esa noche nadie volvió a hablar de denunciar.
33:35 Nadie habló de esperar a la policÃa ni a la iglesia. Se habló de aceite, de leña seca, de cerrar todas las salidas y de no dejarle tiempo para escapar. Yo escuché todo. No dije que sà enseguida, pero tampoco me fui. Hasta esa noche, yo todavÃa querÃa creer que habÃa un lÃmite que el pueblo no iba a cruzar. Después de ver a Jacinto muerto, entendà que ese lÃmite ya se habÃa roto. Clara llevaba años decidiendo por todos. Y esa fue la primera noche en que los demás dijeron que ahora le tocaba al pueblo decidir por ella. La noche en que quemaron a Clara, yo fui con ellos. No voy a decir que pasé por ahà por casualidad, ni que intenté detenerlos hasta el final. Fui porque ya estaba cansado, porque Jacinto acababa de morir, y porque esa noche el pueblo dejó de buscar otra salida. Caminé junto a los demás, vi cómo se hizo todo. Y escuché lo que Clara gritó desde adentro. Eso lo recuerdo entero. Y hay cosas de esa noche que no se me han borrado nunca.
34:43 Nos reunimos detrás del almacén de Don Chuy después de las once. Ãramos dieciséis hombres y dos mujeres. Las mujeres eran Rosa y Elvira. Nadie les dijo que se fueran, pues nadie tenÃa cara para hacerlo. Adrián, el herrero, tomó la palabra y repartió a cada quien. Dijo quién iba al frente, quién rodeaba por atrás y quién se quedaba vigilando para que Clara no saliera por una ventana o por alguna rendija. Llevábamos bidones de aceite para tractor, sogas, una barra de hierro, dos palas y unas cuantas escopetas viejas que nadie pensaba usar primero. Yo llevaba un machete corto, no porque hiciera falta, sino porque salà de mi casa sin pensar y fue lo primero que agarré. Fuimos en silencio, Nadie hablaba, solo se oÃan los pasos, alguna respiración pesada y el golpeteo de las cosas que cada quien cargaba.
35:40 Cuando llegamos, la casa estaba a oscuras y no se veÃa luz por ninguna parte. Adrián hizo una señal con la mano y cada quien se movió a su lugar. A mà me tocó el costado derecho junto a Tomás. Me acuerdo de que Tomás respiraba por la boca y de que la mano le temblaba sobre la culata de la escopeta. TenÃa la rabia metida hasta el cuello desde que murió Martina, y esa noche ya no la estaba escondiendo. Adrián golpeó la puerta con la barra de hierro, una vez y luego otra. Esperó, pero no hubo respuesta. Volvió a golpear más fuerte y gritó que saliera, pero tampoco hubo respuesta. Entonces Elvira dio un paso al frente y dijo que Clara ya habÃa decidido demasiado tiempo por todos.
36:32 Lo dijo sin gritar, pero se oyó claro. Adrián ordenó vaciar el aceite. Lo echaron sobre la puerta, por las ventanas y al pie de las paredes. El olor subió de golpe y se quedó pegado en la garganta. En ese momento se oyó movimiento adentro. Primero fueron pasos, después el arrastre de algo pesado. Y luego se escuchó la voz de Clara, apagada por la pared, preguntando quién estaba afuera. Nadie le contestó. Adrián prendió la tea con una lámpara, dio dos pasos y la lanzó contra la puerta. El fuego agarró rápido, subió por la madera, corrió por el marco y se abrió hacia los lados. El calor se sintió enseguida, como un golpe en la cara. Clara empezó a golpear desde adentro, Al principio gritó que abrieran, luego cambió el tono. Dijo que tenÃa dinero guardado, joyas y papeles firmados, que nos quedáramos con todo, pero que la dejaran salir. Nadie se movió. Tomás apretó los dientes, Elvira seguÃa mirando la puerta sin pestañear, y Rosa estaba dos pasos atrás, tiesa, con las manos cerradas. Yo me acuerdo de haber pensado que todavÃa quedaba un instante para echar todo atrás. Pero nadie dio esa orden, nadie quiso ser el primero en romper lo que ya estaba en marcha.
37:55 Se rompió un vidrio de una ventana lateral. Por ahà la vi un momento, tenÃa el pelo suelto, una manta sobre los hombros y la cara marcada por el humo. Intentó pasar, pero una parte del techo, que ya estaba agarrando, cayó hacia ese lado y la hizo retroceder. Entonces corrió hacia el cuarto del fondo. Desde afuera se oyó como arrastraba un mueble. cómo abrÃa algo de metal y cómo tiraba objetos al suelo. Adrián gritó a los de atrás que no la dejaran salir y ellos respondieron que seguÃan en su sitio. El fuego ya estaba en el techo, la lámina empezó a crujir y salÃa humo negro por todas partes. Fue entonces cuando Clara empezó a decir cosas desde el fondo. Al principio eran palabras rápidas, seguidas, como si rezara o repitiera algo de memoria. Luego la voz cambió, se hizo más clara. Después empezó a nombrarnos. Dijo el nombre de Elvira, luego el de Rosa, luego el de Tomás, el de Adrián, el mÃo y varios más. No gritaba como alguien perdido. Lo decÃa con calma, uno por uno, como si nos tuviera enfrente y nos estuviera mirando la cara.
39:10 Varios retrocedieron al oÃrla. Don Chuy soltó el bidón vacÃo. Uno de los muchachos que estaba detrás de mà se persignó. Rosa me agarró del brazo tan fuerte que al dÃa siguiente todavÃa me dolÃa. Clara siguió hablando y dijo que ninguno iba a descansar. Dijo que si ella se quedaba ahÃ, nosotros también nos Ãbamos a quedar. Aunque siguiéramos caminando por años. Dijo que nos iba a buscar en la cama, en el campo, en el parto, en la enfermedad y en la noche. Lo dijo claro, despacio, como alguien que quiere que todos entiendan bien la amenaza. Un pedazo grande del techo se vino abajo. Hubo un golpe seco, una lluvia de chispas y luego un grito corto. Después ya no se oyó más que el fuego. Nadie entró, pues nadie podÃa entrar. Esperamos a que bajara un poco el calor.
40:05 Pasó bastante rato antes de que Adrián ordenara remover los restos para asegurarse de que no hubiera escapado. Lo hicimos con palas y con la barra. Sacamos madera quemada, barro reventado, frascos rotos y varias cosas que nadie quiso tocar con la mano. El cuerpo de Clara apareció atrapado bajo una viga en el cuarto del fondo. Estaba boca abajo. y cerca de ella habÃa un costal abierto. Dentro se veÃan muñecos de trapo, mechones de cabello amarrados con hilo, ropa de varias personas del pueblo, fotos viejas, monedas ennegrecidas y paquetes cerrados con tela negra. Rosa reconoció una camisa de Jacinto, la levantó con la punta de la pala, la miró unos segundos y luego se sentó en el suelo sin decir nada. No hubo alivio, y eso es lo más duro de contar. Yo creà que al verla muerta iba a sentir que todo se habÃa terminado, pero no pasó.
41:05 Lo que sentà fue vacÃo. Los demás tenÃan la misma cara. Nadie celebró. Nadie dijo que por fin estábamos libres. Lo único que hubo fue silencio. Un silencio pesado, como si todos supiéramos que habÃamos cruzado una lÃnea de la que ya no se volvÃa. La enterraron al amanecer fuera del cementerio, sin caja, sin cruz y sin rezo. Cada quien regresó a su casa y durante unos dÃas el pueblo se quedó quieto, como si estuviera esperando algo. Después empezaron otras cosas. Adrián amaneció con fiebre y la lengua hinchada una semana más tarde. Don Chuy perdió una vaca que apareció abierta del vientre, sin que nadie oyera nada en la noche.
41:51 Rosa volvió a quedar embarazada y a los cuatro meses perdió al niño En diciembre, Elvira se tiró al pozo de su patio y la sacaron muerta al mediodÃa. Algunos dijeron que eso habrÃa pasado de todas maneras. Puede ser. Yo no tengo cómo probar una cosa ni la otra. Lo que sà sé es que desde la noche en que quemamos a Clara, nadie volvió a dormir igual en Santa LucÃa. Cualquier fiebre se sentÃa como una sentencia. Cualquier ruido en la lámina nos despertaba de golpe y cualquier sombra bastaba. para que uno cerrara la puerta antes de tiempo. Yo me fui años después. Me fui porque mis hijos ya despertaban llorando sin saber por qué, y porque mi mujer me dijo que en esa casa ya no se respiraba otra cosa que miedo. Antes de irme, pasé por el terreno quemado. No quedaba nada útil, solo tierra negra, vidrio roto y restos enterrados bajo el polvo. Me quedé ahà unos minutos, mirando. No vi nada y no escuché nada.
42:55 pero tampoco sentà paz. Eso fue lo que pasó, y asà lo recuerdo. Una mujer tuvo al pueblo bajo su control durante años. Enfermó gente, negoció con la desesperación de todos, y acabó quemada dentro de su propia casa porque el pueblo se hartó. Lo más duro no fue el fuego, lo más duro fue entender que después, aún muerta, Clara no salió de nosotros. yo tenÃa 11 años cuando empecé a entender que la mujer del fondo estaba buscando niños antes ya la habÃa visto muchas veces vivÃa sola en esa casa y casi siempre estaba cerca de la puerta mi madre me habÃa dicho varias veces que no le hablara que no recibiera nada de ella y que si me llamaba siguiera caminando en ese tiempo yo pensaba que era una exageración de adultos Después dejé de pensarlo. La primera vez que me habló yo salÃa de la escuela. Me dijo que me acercara, que tenÃa pan y dulces y que podÃa darme un vaso de leche. Yo seguà de largo y cuando llegué a mi casa le conté a mi madre lo que habÃa pasado. Ella me preguntó qué me habÃa dicho y dónde me habÃa detenido. Luego me dijo que desde ese dÃa no iba a salir solo.
44:21 Esa tarde fue a avisarle a mi tÃa. Las dos hablaron de la misma mujer y dijeron que ya habÃa problemas por su culpa. Poco después vi a Joel entrar a esa casa, lo vi yo, e iba solo. Ella estaba en la puerta con una bolsa de dulces en la mano, le habló, él se acercó y pasó. Yo me quedé viendo hasta que la puerta se cerró. Joel era menor que yo y estudiaba en la misma primaria, pero desde ese dÃa dejó de ir. Su banca siguió vacÃa y tampoco volvió a jugar en la calle. Su madre lo buscó por todas partes. Yo la vi llorar frente a esa casa y golpear la puerta. Vi también a dos hombres intentar entrar por el patio, pero no pudieron.
45:07 Más tarde llegó la policÃa, habló con la mujer y se fue, pero Joel no volvió a aparecer. Después vi entrar a Marisol. Iba conmigo a Catecismo. Caminaba sola con sus cosas de la escuela. La mujer le salió al paso, le mostró algo que llevaba en las manos y la hizo detenerse. No oà toda la conversación, pero vi a Marisol acercarse a la puerta y entrar. Esa fue la última vez que la vi. Al dÃa siguiente faltó a clase y al otro también. Después ya nadie la volvió a mencionar delante de los niños, pero los adultos cambiaron la forma en que nos cuidaban. Nos mandaban acompañados, nos recogÃan antes y ya nadie querÃa que pasáramos por esa calle.
45:55 Desde ahà entendà que el asunto era real. La mujer no iba detrás de todos. EscogÃa a quién hablarle. Buscaba a los que iban solos, a los que salÃan con hambre o a los que se quedaban un momento sin un adulto cerca. A veces ofrecÃa pan, a veces dulces. Y otras veces decÃa que tenÃa juguetes o remedios para el susto. Nunca la vi gritar ni correr detrás de nadie. Hablaba bajo y siempre trataba de sonar amable, y eso era lo que la hacÃa más peligrosa. A mà volvió a hablarme varias veces. Una vez me detuvo cerca de la tienda y me dijo que me veÃa cansado, que entrara un momento y que me iba a dar algo de comer. Yo le respondà que mi madre me estaba esperando.
46:40 Dijo que iba a ser rápido, que solo querÃa ayudarme y que tenÃa guardadas unas cosas para mÃ. En otra ocasión me nombró por mi nombre completo. Eso me dejó frÃo, porque yo nunca se lo habÃa dicho. Me dijo que no tuviera miedo, que en su casa me iba a tratar mejor y que podÃa ir cuando quisiera. Yo seguà caminando y al llegar a mi casa le conté a mi madre. Esa vez mi padre también escuchó. Me dijo que si ella volvÃa a acercarse yo tenÃa que gritar. Desde entonces me vigilaron más. Mi madre me mandaba con mi hermano a la tienda, mi padre me recogÃa cuando podÃa y si yo tardaba salÃan a buscarme. Al principio me molestaba, pero luego empecé a fijarme mejor en lo que hacÃa esa mujer. La veÃa mirar quién iba acompañado y quién no. Cuando pasaba un adulto atento, ella bajaba la vista o se metÃa a su casa. Cuando veÃa a un niño solo, levantaba la mano y lo llamaba.
47:43 No era casualidad, era una forma de buscar. Un dÃa volvió a salirme al paso cerca de su puerta. Me mostró una bolsa de caramelos y un pan. Me dijo que pasara y que podÃa llevarme eso si querÃa. Yo no me acerqué, pero desde donde estaba alcancé a ver parte del interior, porque la puerta estaba medio abierta. Vi velas en el suelo y marcas alrededor de una mesa. No alcancé a ver más, pues ella se movió y me tapó la vista. En ese momento, una vecina de enfrente me gritó que me fuera con ella. Yo crucé de inmediato. La mujer levantó la voz y dijo que yo iba a volver solo, porque todos volvÃan cuando tenÃan hambre.
48:27 Esa frase se me quedó desde entonces. Esa misma noche hablaron del tema en mi casa. Mi padre dijo que ya eran muchos niños desaparecidos alrededor de esa mujer y que nadie hacÃa nada. Mi madre dijo que no querÃa que yo volviera a pasar por esa calle. Mi hermano mayor dijo que él también la habÃa visto hablarle a otros niños. Yo me quedé callado porque ya no podÃa fingir que eran historias de vecinos. yo habÃa visto entrar a dos niños que no regresaron yo ya habÃa escuchado a la mujer buscarme de la misma forma y también habÃa visto que dentro de esa casa habÃa algo más que comida después de eso dejé de pasar por el frente pero seguà pendiente de la casa la veÃa desde lejos cuando volvÃa de la escuela o cuando salÃa con mi padre empecé a notar que casi nunca entraban adultos y que cuando llegaba un niño la puerta se cerraba rápido También empecé a fijarme en la reacción de los vecinos.
49:29 Nadie querÃa acercarse solo, y nadie dejaba a sus hijos jugando cerca. Cuando alguien mencionaba a la mujer, bajaban la voz. Yo todavÃa no sabÃa lo que hacÃa adentro, ni por qué hablaba del diablo. Eso lo iba a ver después. Pero para ese momento ya tenÃa claro lo principal. La mujer estaba buscando niños, usaba comida para acercarlos y yo también estaba entre los que querÃa llevarse. El que más insistÃa en vigilarla era Esteban. Su hermana habÃa desaparecido antes de todo eso y estaba convencido de que la mujer se la habÃa llevado. No hablaba mucho, pero cada vez que salÃa el tema se le notaba que ya no pensaba quedarse quieto. Yo lo recuerdo serio, siempre mirando hacia esa casa. Un dÃa me dijo que por la parte de atrás habÃa una forma de mirar sin que nos vieran.
50:25 Yo dudé, pero fui con él. Lo hice porque ya habÃa visto entrar niños y porque nadie estaba revisando de verdad lo que pasaba adentro. Nos metimos por detrás y nos quedamos agachados junto a una pared. Desde ahà se alcanzaba a ver una parte del cuarto principal por una abertura baja. No era una vista completa, pero sà permitÃa distinguir lo que habÃa en medio del cuarto. Al principio no pasó nada. Estuvimos callados, esperando. Después vimos la luz de varias velas y escuchamos la voz de la mujer. No hablaba fuerte y repetÃa frases cortas y nombraba niños. Yo reconocà dos nombres de la colonia y Esteban reconoció el de su hermana. Luego la escuché decir con claridad que ese niño ya estaba entregado al diablo y que de esa casa no iba a salir. Cuando la luz se acomodó mejor, vi el altar. Era una mesa baja con velas, recipientes, fotos de niños y ropa pequeña a un lado. No hacÃa falta ver mucho más para entender que aquello no era comida ni un simple rezo. Todo estaba preparado para un ritual. La mujer se movÃa alrededor del altar con firmeza, tenÃa las uñas largas y los ojos rojos por la luz de las velas, y seguÃa repitiendo las mismas frases. En un momento se agachó, y entonces vi que debajo de la mesa habÃa un niño amarrado.
51:54 TenÃa las manos sujetas y la boca tapada con una tela. Se movÃa poco, pero se movÃa. Era un niño vivo, amarrado debajo de ese altar. Esteban quiso entrar de inmediato, pero yo lo detuve, porque los dos éramos menores y no sabÃamos si habÃa alguien más dentro de la casa. Salimos como pudimos y corrimos a buscar adultos. Primero fuimos con mi padre, luego con el tÃo de Esteban y con otros vecinos. No tardamos mucho en reunirnos frente a la casa. Los hombres golpearon la puerta y exigieron que abriera, pero nadie respondió. Mi padre dijo lo que habÃamos visto.
52:35 Y Esteban también habló. Los adultos se miraron entre ellos y ahà mismo decidieron entrar por la fuerza. La puerta tardó en abrirse porque estaba asegurada. Mientras ellos intentaban entrar, yo me quedé con mi madre en la calle. Escuché los golpes contra la puerta, escuché que rompieron una ventana y escuché a uno de los vecinos pedir una lámpara. Todo pasó rápido, pero a mà se me hizo largo. Yo solo pensaba en el niño que habÃamos visto debajo de la mesa. Cuando por fin lograron pasar, revisaron la casa en pocos minutos. Mi padre salió poco después con la cara tensa. Mi madre le preguntó por el niño.
53:17 Respondió que ya no estaba. Y también dijo que la mujer tampoco estaba en el cuarto. Pero los demás seguÃan revisando. Más tarde, mi padre me explicó lo que encontraron adentro. El altar seguÃa ahÃ. También estaban las fotos, la ropa de niño, una cuerda y la tela que pudo haber servido para taparle la boca. HabÃa manchas recientes en el suelo y las velas seguÃan encendidas. El cuarto seguÃa armado para el ritual. Lo único que ya no estaba era el niño que nosotros habÃamos visto debajo de la mesa. Tampoco estaba ella ahà cuando entraron los primeros. Después la encontraron en el patio detrás de la casa. Dijo que la estaban acusando sin pruebas, que lo de adentro era suyo y que nadie tenÃa derecho a entrar. Y poco después llegó la policÃa. Esa noche la policÃa revisó la casa, se llevaron algunas cosas y tomaron fotos. Preguntaron por el niño, pero como no lo encontraron, lo más fuerte quedó en nuestras palabras y en lo que habÃa dentro del cuarto.
54:24 Mi padre declaró, Esteban declaró, y yo también dije lo que vi. Conté que escuché nombres de niños, que escuché a la mujer hablar del diablo y que vi a un niño amarrado. Nadie pudo explicar cómo desapareció de ese lugar en el tiempo que pasó entre nuestra salida y la entrada de los vecinos. Eso fue lo que más nos dejó marcados porque quedaba claro que ella tenÃa una forma de moverlo o esconderlo antes de que alguien pudiera intervenir. Después de esa noche, la colonia cambió todavÃa más. los niños dejaron de salir solos los padres ya no discutÃan si la mujer era peligrosa o no lo daban por hecho lo que seguÃa sin pasar era lo principal no la detenÃan por los niños la retuvieron la interrogaron y la soltaron dijo que las fotos eran parte de trabajos religiosos que la ropa se la daban para limpiar y que los nombres que decÃa eran para rezos yo la volvà a ver poco después estaba otra vez cerca de la puerta Me miró fijo y me hizo una seña con la mano para que me acercara. Yo seguà con mi padre y no respondÃ. Entonces dijo, lo bastante fuerte para que yo la oyera, que tarde o temprano me iba a tocar. Mi padre la escuchó y caminó hacia ella.
55:45 Mi madre lo detuvo porque ya habÃa entendido algo importante. La mujer no se movÃa solo por oportunidad. También buscaba provocar para enredar más todo lo que la rodeaba. Desde ahà yo dejé de sentir solo miedo y empecé a sentir que me estaba siguiendo un problema, que no se iba a terminar con una denuncia ni con una sola entrada a esa casa. Yo ya habÃa visto el altar, ya habÃa escuchado el ritual y ya sabÃa que hablaba de entregar niños al diablo y que lo hacÃa con nombres reales. También sabÃa que yo estaba en su cabeza porque seguÃa buscándome a mÃ. Por eso, cuando tiempo después intentó llevarme a la fuerza, yo entendà que no estaba improvisando.
56:30 Ya me venÃa buscando desde mucho antes. Después de lo del altar, en mi casa dejaron claras las reglas. Yo no podÃa salir solo, y si iba a la tienda, iba con alguien. Si iba a la escuela, salÃa acompañado. Si regresaba y me tardaba un poco, mi madre salÃa a buscarme. esa vigilancia duró bastante y yo la acepté porque ya no necesitaba que nadie me convenciera habÃa visto demasiado pero aún asà hubo un momento en que quedé solo unos minutos y la mujer aprovechó ese dÃa mi padre estaba trabajando en la entrada y mi madre me pidió que le llevara una bolsa a mi tÃa que vivÃa cerca era un recorrido corto y mi padre pensó que alcanzaba a verme casi todo el camino Yo avancé por la calle, doblé en la esquina y ahà salió ella.
57:21 No venÃa caminando desde lejos, ya estaba esperando. Se puso enfrente y me dijo que ya era tiempo, que llevaba mucho buscándome y que en su casa me tenÃa comida guardada. Yo quise seguir, pero me cerró el paso y luego me agarró del brazo. TodavÃa recuerdo la fuerza con la que me apretó. No fue un toque para detenerme, fue un jalón para llevarme. Me dijo que dejara de resistirme, que yo ya estaba marcado y que esa vez sà iba a entrar. Me jaló hacia su casa y trató de apurarme. Yo solté la bolsa, me tiré hacia atrás y empecé a gritar el nombre de mi padre. Ella siguió jalando, no me soltó enseguida. Recién cuando mi padre llegó corriendo, me dejó ir. Retrocedió unos pasos y le dijo que no iba a poder cuidarme siempre. Mi padre quiso irse encima de ella, pero mi madre llegó también y se metió para frenarlo. Ella sabÃa que si él la golpeaba ahÃ, después la mujer iba a usar eso para desviar todo. Cuando entramos a la casa, mi brazo tenÃa las marcas de los dedos. Mi madre me lavó la cara porque estaba llorando del susto y del esfuerzo.
58:34 Mi padre salió con un vecino y fueron a denunciar. Esa vez mostraron las marcas. Dijeron que me habÃa intentado arrastrar y repitieron todo lo anterior. Los niños vistos entrando, el altar, los nombres y el niño amarrado. Tomaron la denuncia, hicieron preguntas, pero nada cambió. La mujer siguió viviendo ahà y siguió saliendo a la calle. Con el tiempo crecà y me fui de la colonia, pero seguà regresando a visitar a mis padres. En cada visita buscaba esa casa con la vista. no por curiosidad, lo hacÃa para saber si seguÃa ahÃ, y seguÃa, a veces estaba sentada afuera, a veces parada en la puerta, otras veces caminando cerca de la tienda o de la iglesia, ya no me hablaba igual que antes, porque sabÃa que yo no me iba a acercar, pero me reconocÃa, cuando nos cruzábamos me miraba fijo, yo entendÃa esa mirada como una señal de que no se habÃa olvidado También seguà viendo que buscaba niños, cambiaba la forma, no la intención. Unas veces llevaba pan, otras dulces, y otras decÃa que tenÃa cosas adentro para regalar.
59:51 Siempre elegÃa el mismo tipo de momento, niños solos, niños distraÃdos, niños que todavÃa se detenÃan a escuchar a un adulto. Más de una vez me bajé del coche o crucé la calle cuando la vi hablando con algunos. Les decÃa que no la escucharan y los mandaba a su casa. Algunos me hacÃan caso rápido, otros se quedaban dudando, porque ella sabÃa parecer tranquila, nunca levantaba la voz, nunca se veÃa apurada, y eso era parte de la forma en que trabajaba. HacÃa que todo pareciera simple, como si fuera una mujer cualquiera ofreciendo algo sin importancia. Con los años entendà que eso era lo que más la protegÃa. muchas personas la veÃan hablar con niños y podÃan pensar que solo estaba siendo amable pero yo ya sabÃa que no era asà yo habÃa visto demasiado para confundirme cada vez que la veÃa acercarse a un niño volvÃa a sentir lo mismo que sentà cuando me agarró del brazo era una mezcla de miedo y rabia porque seguÃa haciendo lo mismo y porque casi nadie podÃa demostrarlo de una forma que sirviera para sacarla de ahà Años después hubo otro ingreso a esa casa y esa vez yo entré por primera vez. Unos vecinos dijeron que habÃan escuchado llantos y llamaron a la policÃa. Yo estaba visitando a mis padres cuando pasó. Como ya me conocÃan por las denuncias viejas,
1:01:21 uno de los agentes me pidió que me acercara. Entramos ellos y yo. En el cuarto del fondo estaba otra vez el altar y era más grande que el que yo habÃa visto de niño. HabÃa más fotos de niños, más ropa pequeña, cuadernos de escuela, velas y objetos de ritual. También habÃa manchas recientes en una mesa y en el suelo. La mujer estaba ahÃ, seguÃa con las uñas largas, los ojos se le veÃan rojos por la luz del cuarto. Nos dijo que lo que entraba a esa casa ya tenÃa dueño y que nadie iba a sacarlo. Los policÃas la esposaron y revisaron los demás cuartos, pero no encontraron a ningún niño. Encontraron animales muertos, objetos ajenos y cosas suficientes para detenerla por otros cargos. Otra vez faltó lo mismo.
1:02:12 Faltó el niño que justificara una acusación directa por desaparición en ese momento. Se la llevaron. Estuvo detenida un tiempo por amenazas, por resistencia y por lo que habÃa en la casa, no por los niños. Después salió y volvió a la misma colonia. Eso fue lo que más me terminó de golpear como adulto. Yo habÃa pasado años esperando que en algún momento apareciera una prueba que cerrara todo y la sacara para siempre de ahÃ. Pero no pasó. Quedaron denuncias, testimonios, objetos, fotos, ropa, frases dichas por ella misma y varios niños que entraron a esa casa y dejaron de verse. Pero siempre faltaba algo para que el caso se cerrara como debÃa. esa parte fuera ella seguÃa regresando hoy ya no soy un niño pero sigo pendiente cuando voy a ver a mis padres hace poco la vi otra vez cerca de la tienda hablando con dos niños les estaba ofreciendo pan me acerqué antes de que caminaran con ella los niños me dijeron que la señora les habÃa dicho que adentro tenÃa más cosas eso bastó los mandé a su casa y me quedé mirando a la mujer y Pero ella no respondió, se dio la vuelta y entró. Eso es lo que pasó y lo que sigue pasando. Yo vi a esa mujer buscar niños con comida. Vi entrar a niños que ya no volvà a ver. Vi el altar y escuché el ritual. Escuché
1:03:44 que hablaba de entregarlos al diablo. Vi a un niño amarrado debajo de esa mesa y sentà su mano jalando para meterme a su casa. La denunciamos muchas veces, otros también. La detuvieron algunas veces, pero nunca lo suficiente. La casa sigue ahà y ella también. Mientras siga viva y siga saliendo a buscar niños, el peligro sigue abierto. No hay un cierre limpio para esto. Lo único real es que la mujer continúa haciendo lo mismo y que hasta hoy todavÃa hay niños a los que intenta llevarse.
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